Estrategias para afrontar la represión

La escalada represiva en estos últimos tiempos ha venido a raíz del aumento de la protesta social ante la crisis, y por ello, el Estado se encuentra en la necesidad de blindarse ante una posible escalada de conflictos sociales que desestabilicen los cimientos del sistema. Con ETA disuelta (fuera del escenario político actual), el Estado esta tratando de fabricar nuevos enemigos, y en este caso, ha tocado a las anarquistas, aunque no solamente. Colectivos antifascistas y la izquierda extraparlamentaria también se están viendo afectados por la represión, incluidas las plataformas ciudadanas. Casos como el de Alfon, el de Carlos y Carmen y otras detenciones a raíz de las últimas huelgas generales, las operaciones Pandora y Piñata, Aturem el Parlament, el Caso Expert en el cual piden años de cárcel a quienes defendieron su puesto de trabajo, represaliadas en la huelga indefinida de técnicos y técnicas de Movistar… son conocidos en nuestros ambientes. Ahora nos preguntamos, ¿qué es la represión y cuál es su objetivo? ¿en qué medida nos afecta y qué consecuencias nos produce? ¿estamos respondiendo adecuadamente a toda esta oleada represiva? Son cuestiones que iremos respondiendo a continuación para que podamos enfrentar la represión más eficazmente.

¿Qué es?

La represión es la manifestación del monopolio de la violencia del Estado, la cual, es utilizada para establecer el actual orden capitalista evitando el surgimiento de nuevas formas de organización política y social que amenacen su paz social. Hay que entender que la represión no es una deriva autoritaria de los Estados ni por su corrupción, sino que es inherente al capitalismo para que este sistema económico pueda mantenerse. La represión se materializa en varios niveles:

– En el más ‘directo’ encontramos a los cuerpos policiales y las fuerzas armadas, pues éstas actúan como fuerzas de choque que neutralizan las nuestras a través de la violencia tanto fisica como psicologica.

– En el nivel intermedio encontramos al poder judicial y el Código Penal. A través del entramado judicial y legal, nos llevan aquí al terreno del Estado, donde nos obligan a jugar sus cartas y donde nos podemos jugar la prisión o multas.

– Y finalmente, el tercer nivel es el castigo: las multas, la prisión y el sistema penitenciario. Las multas son castigos economicos, para dejarnos sin recursos, mientras que la cárcel, a parte de privarnos de libertad, sirve para destruirnos fisica y moralmente apartándonos de nuestros seres queridos y la socialización con el resto de la sociedad.

El objetivo principal de la represión es obstaculizar y neutralizar nuestra capacidad de lucha así como impedir que crezcan alternativas políticas que rompan con la explotación capitalista y aspiren a una sociedad más justa. Para ello, las estrategias represivas van encaminadas a, por un lado, aislarnos de la sociedad y evitar que nuestras actividades ganen apoyos populares, y por otro, generar miedo entre la población, evitando así que la gente comience a cuestionar las continuas medidas antisociales (recortes en general, privatizaciones, precarización laboral, pérdida de derechos sociales…) que nos imponen. La recientemente aprobada ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, es un intento del poder político de avanzar en este camino, es decir, establecer un marco legal sobre la represión y preventivo en su aplicación. La finalidad es violentar directamente la organización colectiva, la protesta social y las acciones cuyo objetivo sea construir alternativas a su sistema. Con el tiempo se pretende que, no solamente desde el activismo anarquista se tenga temor, sino que en general como sociedad asumamos y acatemos una serie de normas que van en la línea de reforzar su control dictatorial, a costa de normalizar la represión y amenazar preventivamente con severos castigos y venganzas ejemplarizantes ante la lucha social.

No debemos olvidar que, como herramienta inherente al capitalismo, la represión ha estado presente en toda la contemporaneidad histórica, por situar un periodo concreto que desemboca en la actualidad. A distintos niveles y con una gradualidad muy variada, las prácticas represivas por parte de la clase dominante hacia las disidencias políticas y sociales, se han venido dando de manera interrelacionada en el mismo espacio temporal y en lugares geográficos distintos. Podemos hablar de periodos temporales de distintos grados de represión en todos los países del mundo, ejercida esta represión siempre en escalada creciente cuanto mayor es la organización y resistencia ofrecida por la clase trabajadora.

Los montajes policiales, como un recurso de la perfecta maquinaria del Estado, como herramienta para la represión con el fin del mantenimiento del statu quo, deben ser asumidos como lo que son: una aberrante manipulación judicial y mediática que tratan de poner al conjunto de la sociedad en contra de los movimientos sociales comprometidos con la lucha. Estos montajes no son casuales sino sistemáticos, donde las irregularidades en los procesos judiciales, la manipulación de las pruebas, los testimonios sesgados, las declaraciones embusteras de la policía, etc, están a la orden del día. Actualmente, la represión nos está salpicando de dos maneras fundamentales: Primeramente, en manifestaciones en las que expresamos nuestras sensaciones de hartazgo y rabia, acabando arrolladas por la apisonadora policial. Segundo, organizando la solidaridad, y la lucha por la búsqueda de alternativas sociales, nos vemos atacadas antes incluso de llegar a crear una organziación potente o una red de coordinación, porque se infiltran en nuestras filas y consiguen reprimirnos antes de hacernos fuertes y difundir nuestras propuestas, criminalizando pensar o tener determinada ideología.

¿En qué medida la represión nos afecta?

Aunque la represión parezca que caiga con mayor peso sobre las anarquistas, la realidad ha demostrado que no. La represión cae sobre todos aquellos colectivos, personas u organizaciones que tengan el potencial de romper con su paz social, y por tanto, afecta a todo el movimiento popular: desde las activistas de la PAH y otros movimientos sociales, pasando por militantes de diferentes tendencias de izquierdas (comunistas, antifascistas, anarquistas, republicanas socialistas…), hasta huelguistas de cualquier sindicato mínimamente combativo o sin sindicar pero no agachan la cabeza. Entonces, ¿por qué los montajes policiales llamados Operación Pandora y Piñata han ido dirigidos expresamente contra anarquistas? La razones son sencillas: primero, a causa del cese de la actividad armada de ETA y su desaparición de la escena política, necesitan fabricar nuevos enemigos para infundir miedo entre la población. Y segundo, porque saben que el anarquismo no tiene una base social como otros movimientos sociales y que la estética insurreccionalista del anarquismo es fácilmente criminalizable, y por tanto, más facilidad para aislarnos política y socialmente del resto de la sociedad empujándonos hacia el bandidismo.

La represión es el principal factor de riesgo en la militancia política y social que puede caer sobre cualquier militante. Los daños producidos por la represión se traducen en un enorme desgaste en todos los niveles. Así pues, como activistas, somos conscientes del desgaste tan acuciante que supone la represión. En primer lugar, el daño físico: contusiones, lesiones y dolor al vernos expuestos a las agresiones policiales, además bastantes personas sufren consecuencias físicas graves y con secuelas para toda su vida (pérdida de órganos por pelotazos de la policía, marcas y disfunciones debido a torturas etc.) En segundo lugar, el desgaste psicológico: tanto para nosotras, como para las familias de represaliadas, puede ser muy grande la desestabilización emocional, las secuelas psicológicas, traumas, la inoculación del miedo, sensaciones de vulnerabilidad, impotencia, paranoia y debilidad, o sentirnos estigmatizadas socialmente. Pero la represión no solo afecta a nuestra integridad, también repercute en nuestra economía como es el caso de las multas y la necesidad de dinero para gastos judiciales tanto propios como para otras represaliadas además de para poder realizar campañas de visibilización, grupos y colectivos de apoyo y solidaridad con los y las presas… A nivel colectivo, la represión nos produce otro desgaste que tiene que ver con la carga de trabajo extra pero necesario al invertir esfuerzos en apoyar a nuestras compañeras, pues abandonar a las represaliadas supondría levantar la bandera blanca. En esta línea, se quiere decir que sin descuidar las principales vertientes en nuestro activismo, es cierto que mientras estamos trasladando bastantes de nuestros esfuerzos a la labor antirrepresiva, el trabajo constructivo de base en el que estamos inmersos los movimientos sociales existentes, se ve mermado en gran parte a costa de este esfuerzo de reacción frente a los golpes represivos que sufrimos.

No obstante, la represión no solo recae sobre los movimientos sociales, también afecta a los sectores más empobrecidos de la sociedad más preocupadas por buscarse la vida que por su estabilidad, a menudo mejor integradas en sus espacios (familia, pandilla, barrio) que en las conveniencias sociales y legales, tienden más a cometer lo que se suelen llamar «delitos comunes», como por ejemplo, delitos contra la propiedad, trapicheo con drogas… Este aspecto invisibilizado pero real, es otro castigo más a la pobreza. Esta clase de represión invisibilizada y aceptada socialmente, tiene su raíz en habernos robado la capacidad de análisis de las arduas situaciones sociales a las que el sistema capitalista nos expone en nuestra vida cotidiana, y que en concreto, empuja a las capas más azotadas por la pobreza de la clase trabajadora a cometer actos que provocan rechazo social. Hemos aceptado simplonamente el código moral dominante y sus normas sociales, de esta manera moralmente condenamos la usurpación, el hurto, la delincuencia común y juzgamos a las «malhechores» como si de defender a ultranza el bien social se tratara. Con ello, olvidamos que deberíamos analizar y establecer críticas sobre cuál es el origen de estos hechos, por qué somos los y las pobres quienes para sobrevivir nos vemos arrastradas en muchas ocasiones a estas prácticas. La delincuencia es el reflejo de que algo va muy mal en una sociedad, y que la desigualdad social y económica es la causa principal de la misma.

Ante todo esto, ¿cómo estamos reaccionando?

Cuando se parten de análisis erróneos, se llegan a conclusiones erróneas. Tal es el caso que los análisis hechos desde el anarquismo hasta hoy apuntaban solamente a que la represión era más fuerte contra las anarquistas porque somos la única tendencia que pone en peligro al sistema, y puesto que estamos contra el Estado, era normal que nos persiguieran con más saña que contra el resto de tendencias políticas. De ésto han salido incluso ideas románticas acerca de la persecución del Estado contra las anarquistas, presentándonos como una suerte de inocentes justicieras que luchan por una sociedad libre. ¡Craso error si tenemos en cuenta los puntos anteriormente expuestos aquí!

De este manera, en cuanto al modo de enfrentar esta represión, se ha enfocado mucho en un pulso de tú a tú, es decir, del «anarquistas vs Estado», lo que ha llevado a un enfrentamiento de tipo guerra de guerrillas dentro de un contexto marcado por una desigualdad descomunal de fuerzas, en el cual, los únicos actores de la contienda son la maquinaria represiva del Estado (policía, sistema judicial y penitenciario) contra anarquistas, que operan en pequeños grupos de afinidad informales en estado de semiclandestinidad en muchos casos, aunque existan otros casos donde hay más anarquistas involucradas en la lucha antirrepresiva. No obstante, el gran problema es el propio hermetismo de estas luchas hasta hoy. Al mirar solamente a las presas anarquistas y no al resto de represaliadas, ha llevado a las anarquistas a una lucha meramente autorreferencial y únicamente enfocada a las propias anarquistas, alejando este frente del resto de los movimientos populares, cuyas activistas también sufren golpes represivos y condenas, culpando además al resto por no solidarizarse con las anarquistas represaliadas.

De hecho, esta desigual correlación de fuerzas ha ocasionado que las luchas antirrepresivas de carácter anarquista adquieran una forma defensiva, donde al Estado le es fácil hacernos la guerra sucia y manejarnos como quieran, sea infiltrando secretas en nuestros colectivos o forzar a que nos solidaricemos con unas compañeras atacadas por puro azar para obtenernos más información, ficharnos y así mantenernos más controladas sabiendo de antemano que somos muy pocas y prácticamente sin apoyo popular. Esto supone también que acabemos actuando por inercia y forzadas por la coyuntura, cuyo principal síntoma es el tirar del acción-reacción, lo que se traduce en «golpe policial importante – respuesta en las calles». Incluso en ocasiones, las respuestas en las calles provocan el efecto contrario al deseado: en vez de ganar más apoyos populares, provoca su rechazo (como pueden ser armar unos disturbios en actos antirrepresivos, utilizar la estética del encapuchado y las consignas autorreferenciales). Estas dinámicas dan como consecuencia que en la cuenta de resultados nos salgan números negativos, es decir, suponen más detenciones y rechazo popular, lo que provoca más aislamiento y pérdida de simpatía entre la población e incluso entre los propios movimientos sociales.

Otro problema que se observa es la repetición de modus operandi que se ha demostrado que no funcionan: los mensajes autorreferenciales en las manifestaciones, el autoaislamiento culpando al resto de personas su indiferencia ante la represión, y el peor de todos, una estética inapropiada traducida en campañas antirrepresivas en que aparecen imágenes de disturbios, ataques a la policía, barricadas y encapuchadas, con lemas que no buscan el apoyo popular, sino que desafían directamente al Estado. Con esto además, alzamos a nuestras presas casi a la posición de mártires, haciendo flaco favor al movimiento antirrepresivo, porque somos útiles en las calles y no llenando las cárceles. La automartirización además es un signo de debilidad al basarse en el victimismo, o llegando en otras ocasiones a adoptar posiciones arrogantes y vanguardistas donde relacionan la radicalidad de las luchas por la cantidad de militantes presas. En muchos casos descontextualizamos los hechos y algunos movimientos buscan dar a conocer sus siglas, a través de los mártires de las luchas sociales. Parece que la consigna única y válida es la demostración a cualquier precio de la inocencia de nuestras compañeras. Sabemos que en muchas ocasiones, según los códigos penales de cada Estado, estaremos incurriendo en delitos que sabemos tipificados como tales, si aceptamos la legitimidad de una lucha contra el poder dominante que ejerce su violencia estructural, nos debería importar poco la culpabilidad de una compañera represaliada, y por lo tanto ejerceremos el apoyo mutuo automáticamente, porque asumiremos que los principios que nos mueven son los mismos. En otras palabras, atendemos a la legitimidad de las luchas, no a la legalidad. Más aún, en un escenario social donde la norma es «todas contra todas», seguimos abiertas a críticas por nuestras acciones -legales o ilegales-, pero de otros miembros de nuestra clase esperamos, en ese caso, un tirón de orejas, no que nos denuncie a las instituciones de la clase opresora. La represión no es motivo para exigir adhesiones acríticas, pero la crítica no es motivo para entregarnos unas a otras a la represión.

Hasta ahora, hemos estado repitiendo esquemas que se han demostrado ineficaces. No hemos visto que uno de los objetivos de represión es aislarnos para tenernos controladas. Por ello, es necesario romper este aislamiento, situación no solo provocada por la represión estatal, sino fomentada incluso entre las propias anarquistas, lo cual supone condenarnos a nosotras mismas. El distanciamiento con los movimientos sociales y los procesos de lucha actuales nos relega únicamente a los ghettos políticos, espacios herméticos incapaces de influir en la realidad material, lo que nos lleva también a esta incapacidad para enfrentar la represión marcada por la dificultad de encontrar apoyos fuera de nuestros círculos. La ineficacia de los métodos ocasiona otro desgaste extra en forma de frustración y desmoralización al invertir enormes esfuerzos para cosechar pocos resultados, aun teniendo que afrontar las propias personas solidarias la represión. Por ello, es momento de replantearnos un cambio de tácticas y estrategias con el fin de encontrar una salida hacia delante ante esta escalada represiva y no ya responder solo como anarquistas, sino también como todo el movimiento popular.

Unas pinceladas para el avance.

Por supuesto, no todo va a ser flagelarnos o hundirnos ante los peligros que sufrimos como militantes políticos, ni acabar siendo correa de transmisión del miedo al resto de la sociedad, ese ya es el trabajo de los medios de comunicación controlados desde la clase dominante. No obstante, después de conocer los detalles sobre lo que es la represión y lo que nos supone física, psicológica y socialmente, nuestra labor para avanzar será encontrar nuevos caminos o explorar algunos ya conocidos para autodefendernos y protegernos unas a otras en el ejercicio de nuestra lucha según nuestras convicciones. Por ello, expondremos unas bases de cara a construir unas estrategias de avance. Debemos aprender a informarnos colectivamente sobre la represión que podemos sufrir, dado el riesgo que corremos en cualquier protesta social actualmente. Es imprescindible difundir la información a nuestro alcance y realizar talleres y charlas, dando a conocer diversas experiencias represivas, con el objetivo de saber identificar de dónde viene esta represión y cuál es la legitimidad de quien la ejerce. Solo de esta manera podremos comprender que necesitamos el apoyo colectivo, y estar conectados con los movimientos sociales de manera amplia, pues si algo nos puede unir es la lucha contra la represión.

La maquinaria represiva tiene tácticas y estrategias. La policía no es tonta, al contrario, sabe en todo momento lo que está haciendo. El Estado justamente nos quiere empujar hacia el bandidismo o el terrorismo de baja intensidad, despojándonos de cualquier contenido político y social constructivo y jugando a una guerra de desgaste donde nos manejan como quieren, recibimos y encajamos duros golpes y nos hacen la vida imposible. En esta posición, aunque el Estado podría tranquilamente acabar con nosotras, les beneficia mantenernos en una lucha de tú a tú permanente para pintarnos como enemigo interno de cara a infundir miedo a la población. Tenemos que buscar, por tanto, una salida hacia delante ante semejante situación y a partir de aquí es donde tenemos que trazar hojas de ruta para superar esta dinámica.

Primero, tenemos que fortalecernos internamente. Por ello, lo esencial es cuidarnos a nosotras mismas, lo que nos lleva a tomar medidas de prevención adecuadas. Como primera barrera: medidas de seguridad y discreción en las redes y en la vida real, no compartir información sensible evitando facilitar información a los cuerpos represivos. Actualmente, las medidas de ataque del aparato estatal están íntimamente relacionadas con el avance tecnológico, por lo tanto, para conocer cuáles son las metodologías de represión actual y qué pretenden cada una de ellas, deberemos aprender cuáles son estas herramientas utilizadas contra nosotras y las estrategias para evadirlas. Para evitar la represión debemos acercarnos a la mimetización, sin destacar e incluso trabajar con suma discreción, como se ha hecho tantas veces. Como segunda barrera, establecer anteriormente en un documento que entregaremos a algún familiar o compañera de confianza, cómo se ha de proceder en la coyuntura de que nos veamos atacadas por la represión estatal, es decir, estar prevenidas y que no nos sorprenda desorganizadas. En caso de caer sobre nuestras compañeras, los cuidados y la asistencia, tanto psicológica como legal, para evitar que se derrumben o se quemen es vital para no tener bajas en nuestras filas. Estos cuidados van desde el envío de cartas de apoyo a las personas presas hasta estar cerca de aquellas envueltas en procesos judiciales, los grupos de apoyo y plataformas de solidaridad son la única manera de sentir cerca los lazos de amistad de quienes nos apoyan. Entran también en la prevención, como tercera barrera, el minimizar o evitar en todo lo posible más represalias en los actos de solidaridad con las personas represaliadas, esto es, tratar de no generar más carga de trabajo y no encajar más golpes represivos cuando salimos a las calles en apoyo a las personas detenidas, multadas y/o presas.

Lo segundo es la necesidad de dotarnos de herramientas de análisis para conocer a qué nos enfrentamos y poder dar respuestas efectivas. En este sentido, es necesario documentar las experiencias de otras luchas antirrepresivas para aprender de sus errores y aciertos. Todo esto servirá para elaborar estrategias con las que enfrentar la represión de forma eficaz, superando la inercia, minimmizando el desgaste y poner un punto de inflexión en las luchas sociales, asi para no caer una y otra vez en los mismos errores señalados. Difundir cada caso de represión en un contexto social concreto, como ejemplo de la injusticia del sistema capitalista. Afirmar a otras personas que no se tratan de formas autoritarias puntuales del sistema político, ni son casos aislados, sino que la represión es inherente al sistema de dominación impuesto. En este sentido, ayudar a construir una memoria viva sobre la represión contra las disidencias obreras organizadas tanto en el Estado español como internacionalmente, facilitará atesorar una perspectiva histórica enriquecedora, encaminada a comprender el presente.

De cara al exterior, necesitamos superar el problema del aislamiento y la marginalidad para poder conseguir más apoyos. Las campañas antirrepresivas tienen que tener la mayor visibilidad posible, por ello, es de vital importancia que trascendamos el hermetismo. Ante esto, tenemos que seguir trabajando en los siguientes puntos:

– La inserción en los movimientos sociales/populares. Debemos reconocernos en las luchas cotidianas como personas que luchan contra toda esta serie de injusticias que azotan a la clase trabajadora a causa de la reestructuración del capitalismo, y que las anarquistas somos personas que también compartimos problemas comunes con el resto de mortales pero que no se encierran en épocas nostálgicas, ni se quedan contemplando los disturbios de otras partes del mundo ni se quedan en eternos debates teóricos, sino que estamos igual que otras personas en primera línea presentando batalla. Y que además, desde el anarquismo planteemos alternativas políticas realizables y permitan mantener y escalar los actuales conflictos sociales al margen de las instituciones. Solo formando parte de los movimientos populares, es decir, completamente insertos en ellos, conseguiremos que, al caer sobre nosotras la represión, tengamos una base social de apoyo amplia. Logrando esto, superaremos el aislamiento.

– Estrategias comunicativas y renovación estética. ¿A quiénes benefician cuando el anarquismo es visto como caos, barbarie, destrucción, fuego, barricadas, terroristas, etc? Exacto, a la clase dominante. Claro que de cara para dentro, sabemos las propias anarquistas que no somos esas definiciones pero de cara al exterior, ¿qué hacemos para demostrar lo contrario a estas descalificaciones? Más estética del encapuchado, los disturbios y sus justificaciones, en vez de aportar experiencias constructivas de las anarquistas en las luchas sociales. Otro punto importante es no reivindicar siempre la ideología, pues la represión no cae solo encima de las anarquistas, cae sobre la clase trabajadora en su conjunto, en concreto a aquellas personas que luchan, independientemente si son sindicalistas, comunistas, socialistas, anarquistas o sin ideología definida, hasta sobre aquellas personas sin recursos que terminan cometiendo pequeños delitos. Resaltar siempre la ideología (¡son anarquistas y por eso los encierran!) en vez de su condición social (trabajadora, en paro, precaria, estudiante, …) en las campañas antirrepresivas solo servirá para movilizar a anarquistas minimizando la posibilidad de conseguir adhesiones de personas no anarquistas. Sin embargo, la reivindicación de la ideología de la represaliada tendrá más o menos éxito dependiendo del grado de inserción del anarquismo en los movimientos populares, lo cual indica que existe una retroalimentación entre estrategias comunicativas e inserción social. También es importante presentar una imagen cercana de las represaliadas: como vecinas, personas integradas en el barrio y con buenas amistades, que poseen una conciencia social y por ello luchan por causas justas, evitando que las represaliadas se vean como locas, extrañas y antisociales.

Una buena estrategia comunicativa debe enfocarse a lograr el máximo apoyo y difusión posibles, y debe encaminarse a despertar la solidaridad de otras personas al margen de su ideología. Para ello hay que huir de las estéticas agresivas y la autorreferencialidad, optando por unas imágenes más cercanas.

– Multisectorialidad y política de alianzas. Como ampliación de la inserción social, la multisectorialidad es una estrategia que parte de trascender el propio sector de lucha, en este caso, tender puentes desde los frentes antirrepresivos con otros frentes tales como el sindicalismo y el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, las mareas en defensa de los servicios públicos, movimientos barriales (vivienda, okupación, vecinales), luchas territoriales/ambientales/ecologistas, etc…, puesto que la represión nos golpea a todas las que luchan en estos ámbitos. La política de alianzas implica tejer alianzas tácticas con otras tendencias políticas con quienes compartamos objetivos inmediatos comunes (que no metodologías, metas políticas y programáticas). Esto quiere decir que tenemos que superar la costumbre de mirar hacia nuestras propias presas y solidarizarnos con represaliadas de otras tendencias políticas con las que podamos compartir espacios de lucha, así como tratar de trabajar conjuntamente para sumar fuerzas con el fin de fortalecernos ante la escalada represiva no solamente como anarquistas, sino como movimiento popular en conjunto. A través de esta propuesta, pretendemos una escalada en los conflictos y suponga además una estrategia de avance.

Unas palabras finales

De las numerosas experiencias de luchas antirrepresivas, podemos extraer importantes lecciones que nos sirvan para la reflexión colectiva, sortear los callejones sin salida y construir metodologías, hojas de ruta y estrategias eficaces. Podemos ver el ejemplo de la lucha antirrepresiva del pueblo vasco y su masividad, así como la campaña por la libertad de Alfon. En todas estas campañas se ha buscado la mayor difusión posible y que se sumen la mayor cantidad de personas a la causa. No obstante, en las campañas por la libertad de las detenidas en las Operaciones Pandora y Piñata, tuvo un enfoque más dirigido a anarquistas convencidas que a personas no anarquistas, y lo único que provocó la solidaridad de personas fuera del ámbito anarquista con estas anarquistas detenidas fueron los montajes policiales chapuceros acusándoles de terrorismo por tener libros, petardos y botes de campingás. Sirva también como experiencias la manifestación del 232º Centígrados en Madrid, donde se logró la multisectorialidad (confluencia con huelguistas de Telefónica-Movistar y trabajadoras de Correos, entre otros colectivos de barrio), aunque no se superaron algunos lemas autorreferenciales como «Muerte al Estado y viva la anarquía». Ese mismo día tuvo lugar también la manifestación #LluitantRespondrem en Barcelona, en cuya convocatoria acudieron casi todas anarquistas, y además hubo destrozos en el transcurso de los actos, terminando disuelto la convocatoria por cargas policiales y pasadas unas horas, 6 personas fueron detenidas. En cambio, en la convocatoria de Madrid, los actos terminaron más tarde y el ambiente ha sido propicio para sumar apoyos y tejer lazos de unión entre quienes acudieron.

El balance muestra diferentes resultados: mientras que en Madrid el saldo salió positivo al darse unos pequeños pasos adelante pese al pequeño fallo de la autorreferencialidad en algunos lemas, en Barcelona, la cuenta de resultados dio negativo, ya que se optó por una metodología que se demostró no funcionar y que provocó más rechazo que simpatías de cara al exterior generando justificaciones de culpabilidad contra las anarquistas, contando además con las 6 detenciones horas después.

Ahora con la entrada en vigor de la Ley Mordaza que supone un retroceso más de libertades y derechos civiles, urge que trabajemos en formar frentes antirrepresivos que trasciendan nuestro propio mundo militante, que se integren en la lucha social y suponga además un cambio radical en nuestros métodos de lucha en otros ámbitos. Podríamos entender el movimiento antirrepresivo también como una forma de ataque y no solo defensivo. Normalmente tendemos a reaccionar frente a la represión de una forma defensiva pidiendo como mucho la libertad de nuestrxs compas encarcelados, hay que dar un paso más y avanzar de la necesidad militante a la necesidad social, hay que hablar de las chavalas que son diarimente secuestrados por el estado por temas relacionados con el trapicheo de drogas o pequeños robos, esto es al final el 90% de los casos de gente que entra a prisión, dato como que somos unos de los paises con menor tasa de crimen y mayores condenas creo que son importantes a la hora de analizar todo esto. Las únicas armas contra la represión son, no solo la solidaridad y el apoyo mutuo, sino también la inserción social, las estrategias comunicativas y la multisectorialidad. Aspiremos a superar las dinámicas de acción-reacción y el aislamiento. Hay que ganar en eficacia y hacer que enfrentar la represión no sea una carga de trabajo extra, sino que dicha carga de trabajo se traduzca en un mayor fortalecimiento de los movimientos populares al tejer redes de solidaridad más sólidas para que nuestra legitimidad supere la legalidad burguesa.

Lusbert y Angel Malatesta
Con aportaciones de Bari y MrBrown

La Mutualidad de Estudiantes

Víctor T.P. – Colectivo Brumario

Más textos de este colectivo pueden leerse en https://colectivobrumario.wordpress.com/

A principios de 2013 un grupo de estudiantes de la facultad de Ciencias Políticas y Sociología de la UCM decidimos involucrarnos en la construcción de una herramienta que fuese capaz de evitar la expulsión de nuestras compañeras de la universidad por no poder hacer frente a los pagos de la matrícula, desorbitados ya incluso para la lastimera socialdemocracia. Las autoridades universitarias, plenamente informadas de la existencia de este problema, no solo mantuvieron una descarada inactividad en la línea de la solución del problema, sino que, actuando de forma consecuente con su condición de cargos políticos, tomaron una posición enfrentada a la nuestra al ejecutar en última instancia las expulsiones de nuestras compañeras.

Así, consideramos necesario dotarnos de herramientas capaces de vincularse a la materialidad y de conseguir victorias reales o, al menos, frenar realmente los ataques a los que nos veíamos sometidas. Asimismo, esta debería ser una especie de nodo que aunase  la lucha estudiantil para, partiendo de esas victorias materiales, pasar al ataque. Así concebimos la Mutualidad de Estudiantes. Como un instrumento al servicio de las estudiantes y en las que estas participasen haciendo de las redes de solidaridad más que una mera enunciación, volviéndolas reales.

De esta manera, el eje central en torno al que se movía toda la estrategia era precisamente algo tan material y tangible como un fondo económico financiado por las aportaciones de las participantes en el proyecto. Se vio necesario establecer un sistema de cuotas por la simple razón de que si ese fondo no estaba bien nutrido, la Mutualidad perdía pie. La idea no era otra que, con ese fondo, responder a las necesidades económicas de las compañeras haciendo frente a los pagos que estas no pudieran efectuar. Por la misma naturaleza de la idea, entendíamos que no podía ser algo abarcado solo por un grupo, sino que si queríamos tener algo útil, debía tener cierto carácter de amplitud o, si se quiere, masividad. De hecho, solo así, al menos de la forma en la que estaba planteada la idea, hubiésemos podido hacer frente a la subida de tasas que posteriormente dinamitó el proyecto, siéndonos imposible abarcar la magnitud de los pagos.

Como es intrínseco a una iniciativa de este tipo, veíamos que existía un riesgo importante de que este cayese en el asistencialismo hacia personas que acudiesen a resolver su problema y se marchasen una vez se hubiese solucionado. No obstante, y aún sin tener muy claro de qué manera evitar esto, decidimos que era un riesgo que bien valía la pena correr. Para minimizar este pretendimos trasladar el espíritu de la lucha por la vivienda y otros ejemplos en los que las redes de resistencia y solidaridad toman protagonismo. Consideramos que en estos casos se había conseguido reducir los casos de asistencialismo al mínimo posible, logrando implicar en mayor o menor medida a las afectadas y proyectando esa energía nacida de la solidaridad hacia otros casos o problemáticas, convirtiendo lo que hasta entonces eran casos individuales en organización o movimiento, entendiendo estos en un sentido amplio.

Mutualidad

Como se ha mencionado brevemente más arriba, este era también el objetivo de la Mutualidad. Observando que el movimiento estudiantil, el que participábamos, se encontraba sumido en una continua derrota que no parecía tener visos de revertirse haciendo  lo mismo una y otra vez y sin capacidad para conseguir victorias concretas, pensamos que era sobre estas últimas sobre las que debíamos centrarnos. No quisiera que esto se entendiese como si un grupo elevado por razón divina mirase desde arriba lo que hacían el resto de sus compañeras y lo juzgase erróneo. Quienes trabajamos en esta iniciativa también participamos en las asambleas estudiantiles y en muchos casos fuimos partícipes de sus errores. La razón de separar la Mutualidad de la Asamblea radica en que pensamos que la primera necesitaba de una dedicación que no podía ser asumida por la asamblea sin ralentizar su funcionamiento o asumir un importante giro estratégico que no estábamos seguras de que esta fuese a aceptar.

Algo que consideramos reseñable es que las primeras asambleas abiertas que tuvimos atrajeron especialmente a compañeras que no ubicaríamos en el perfil de típica activista o que, desde luego, no participaban en la Asamblea de facultad. Esto parecería confirmar lo que dijimos unas líneas atrás de que en la Asamblea operaba otro tipo de estrategia, distinto a lo que se quería plantear desde la Mutualidad. Entendemos esto como debido a que una, la Mutualidad, y otra, la Asamblea, toman el problema del acceso a la universidad desde perspectivas distintas, partiendo la primera de la más estricta realidad material, y la otra, de disquisiciones sobre la naturaleza de lo público, consignas de abajo los recortes y cierta premilitancia de futuros cargos políticos. Dejando a un lado el tono sarcástico o caricaturesco, lo que queremos decir es que la lucha estudiantil durante estos últimos años y en un sentido amplio rara vez ha conseguido vincular a gente más allá de los círculos activistas debido a sus escasos resultados, producto, a su vez, de una observación maximalista de la realidad que dejaba a un lado nuestra cotidianidad y, consecuentemente, nuestro mayor potencial.

Este texto quiere rescatar brevemente una experiencia también de muy corta existencia, que no consiguió sus objetivos al no conseguir vincular la gente necesaria, no poder hacer frente a la subida de tasas o un conjunto de estos y otros factores que se nos escapen. Sin embargo, pese a su aparente fracaso, creemos que este es, al menos, el camino que debieran recorrer las próximas iniciativas en el campo universitario, o fuera de él, donde parece que sí están teniendo mejores frutos. Hacer efectivas la resistencia y la solidaridad, pasar a la ofensiva, transformar la realidad.

Si alguien quiere echarle un vistazo a la página de Facebook de la mutualidad, es esta https://www.facebook.com/MutualidadDeEstudiantes?fref=ts

Ofensiva y estrategia política

Anteriormente, hemos tratado la cuestión de los movimientos sociales, la multisectorialidad y la ofensiva. Ahora, finalizaremos esta improvisada y pequeña serie de artículos tratando la estrategia política. Para que cualquier movimiento popular pueda pasar a la ofensiva, es imprescindible también que tengan hojas de ruta y estrategia política. ¿Y qué es la estrategia política? La estrategia, en general, es un conjunto de tácticas orientadas a lograr un objetivo en un entorno complejo donde entran en escena multitud de factores. Y específicamente, la estrategia política tiene que partir del análisis de coyuntura, herramienta por el cual se extrae información detallada del entorno que nos rodea para poder intervenir en el escenario político y social con el fin de lograr una serie de cambios, permitiéndonos avanzar hacia la consecución de nuestras metas finales. Desde ese necesario análisis de coyuntura, podemos ver que nuestras metas finales son actualmente inalcanzables, siquiera en el medio y largo plazo, lo que lleva a plantearnos metas intermedias y más alcanzables, que nos permitan avanzar posiciones. Aquí es donde entra en escena la cuestión de la estrategia política.

La ausencia de estrategia polícia hace que los movimientos tiren por inercia, es decir, se muevan a la defensiva ante la necesidad de parar los ataques de la clase dominante sin saber contraatacar. En otras palabras, son forzados por la coyuntura y no impulsados desde una perspectiva de confrontación. La expresión «algo hay que hacer» ilustra perfectamente este problema, que se manifiesta en la realidad a través de las metodologías de acción-reacción, es decir, de responder solo cuando hay un ataque significativo, de propuestas vagas y muy generalistas o conservadoras de querer volver a una fase anterior o mantener el estado actual de las cosas. Las consecuencias principales de la falta de estrategias políticas son que los movimientos se encuentren desorientados y yendo a la deriva (esto en los peores casos), estando siempre influenciado por la coyuntura, encontrándose con callejones sin salida y llevando encima la volatilidad y vueltas a empezar de cero. Dentro del propio movimiento libertario, la dinámica es similar, aunque ya se está intentando superar con las nuevas iniciativas que surgieron recientemente. La falta de estrategia política nos ha condenado a la marginalidad y al aislamiento.

La necesidad de superar el «algo hay que hacer» pasa por tener una visión estratégica, esto es, superar los aires derroteros que suponen las movilizaciones por inercia y poner sobre la mesa estrategias de actuación e intervención en el escenario político y social. Por ello, hemos de preguntarnos algo que en su día lo hizo Lenin: «¿qué hacer?», que adaptándolo a nuestra coyuntura serían: ¿qué hacer con cada problema de ámbito sectorial (vivienda, servicios públicos, trabajo, educación, territorio…)? ¿Qué hacer ante la inoperancia y descrédito de otras fuerzas políticas rivales —que no enemigas porque las enemigas son las fuerzas políticas de la dominante que se haya en confrontación directa contra nosotras—? ¿Qué hacer ante los recortes en derechos sociales en general y la continua ofensiva neoliberal? ¿Qué hacer ante el oportunismo y el auge del fascismo?… cuyas respuestas serían las que sirvan de base para realizar hojas de ruta y programas enfocados en la intervención social. Desde esta visión estratégica, veremos las diversas opciones políticas como fuerzas, cuya fuerza real residirá en la legitimación que se les dé desde las bases. También hay que tener en cuenta que las fuerzas políticas tenderán a ocupar todo el espacio que puedan, o sea, que si una fuerza política abandona el espacio, será otra que lo ocupe. Así pues, si no se plantean alternativas fuera de las instituciones que apuesten por la autonomía, la confluencia y coordinación, y la radicalización de los movimientos sociales bajo discursos comunes que apunten a la superación del capitalismo y otras formas de dominación; no tardarán dichos movimientos en ser cooptados por partidos políticos que adecúen su discurso para llevar los movimientos sociales a las urnas, con su consiguiente desmovilización y asimilación por el sistema. Y esto es lo que está pasando actualmente.

Por ello, el planteamiento de la ofensiva no solo pasa por construir un movimiento multisectorial, sino también por adoptar estrategias políticas que permitan el avance de todo el movimiento popular. La ofensiva es inseparable de la estrategia política, de hecho, es desde la estrategia política lo que nos lleva a plantearnos estas premisas de ofensiva y multisectorialidad. E incluso añadiría que la visión estratégica debe partir desde el primer momento en que aspiramos a una transformación radical de la sociedad, que debe apuntar a construir, fortalecer y fomentar la autonomía de los movimientos sociales, que una vez realizado esta tarea aspire a la articulación de la multisectorialidad y por consiguente, construir una fuerza política con fuerza real capaz de conseguir cambios no solo en esta coyuntura, sino que aspire a transformar lo estructural (relaciones de producción capitalistas, neocolonialismo, heteropatriarcado, supremacismo blanco, etc…). En general, que esté enfocada en aumentar nuestra fuerza como clases sociales oprimidas.

Antes de terminar, para ilustrar mejor el concepto de estrategia política, podríamos tomar un supuesto práctico en el que, por un lado, los sindicatos mayoritarios pasen por un descrédito generalizado y vayan en decadencia por la pérdida de afiliaciones, de desencanto y desconfianza de la clase trabajadora, y su pérdida de capacidad de convocatoria; y por otro, el porcentaje de trabajadoras sindicadas sea relativamente bajo (alrededor del 10% vamos a suponer). Ante esta coyuntura en que una fuerza rival se esté debilitando, debemos aprovechar ese descrédito para llenar los huecos que han dejado. En este supuesto, sería acertado que los sindicatos de clase y alternativos se muestren como herramientas funcionales para la defensa de los intereses de la clase trabajadora, que fomente la participación de la afiliación y de simpatizantes, que sepa responder ágilmente ante la precariedad laboral, la temporalidad y la subcontratación en todos los sectores productivos, tanto desde la pequeña empresa como hasta la gran empresa y, sobre todo, que arranque victorias, aunque sean pequeñas, pero que las consigan, las mantentan y aspiren a otras mayores.

También podríamos escalar este supuesto práctico y llegar hasta la confluencia del movimiento obrero y el sindicalismo combativo con las luchas estudiantiles y las luchas por la vivienda digna así como con el movimiento okupa. Y otro supuesto práctico, ya dentro de los ámbitos libertarios, sería el aparcar en todo lo posible a un lado el enfrentamiento ideológico con otras tendencias políticas dentro de la izquierda y optar por salir de la marginalidad y superarles en fuerza real antes que las otras tendencias, lo que nos lleva a trabajar en el terreno social a través de la inserción en los movimientos sociales, responder ante los problemas sociales inmediatos e impulsar las luchas, para conseguir la necesaria base social que impulse realmente los movimientos populares y que éstos tengan un carácter lo más libertario posible, capaz de plantar cara al sistema capitalista a través de la creación de alternativas de confrontación.

En resumen, la estrategia política apunta a empujar mediante la creación de alternativas políticas que aspiren a superar el orden existente. La estrategia política además implica algo de astucia y mucha ambición, insertarnos en la realidad material, aprovechar las oportunidades que se nos presentan e intervenir o atacar, pero no atacar simbólicamente, sino de manera sistemática y planeada; tener constancia en nuestras actividades políticas y sociales, y no dejarlo todo a la improvisación; acumular las experiencias y no tener que empezar de cero; y no atacar a través de la fuerza bruta, sino con la fuerza emanada desde la autoorganización popular y su articulación política. En este sentido, la estrategia política es la que da contenido a la ofensiva.

Alcorcón, epicentro de la catástrofe

En noviembre de 2013, algunos nos despertamos con la noticia de que un terremoto de 3,5 grados en la escala de Ritcher había sacudido Alcorcón y el sur de la zona metropolitana de Madrid. No fue el primero, pero sí el más destacado, de una serie de pequeños seísmos que se estaban produciendo en una zona caracterizada precisamente no por su elevada actividad sísmica. Aunque la explicación pertinente nos dejó algo “fríos”¹, el suceso no pasó de ser una mera anécdota para la población y la noticia simpática del día para los telediarios. Sin embargo, no pasó tan inadvertida para el gobierno municipal, que enseguida puso en marcha su maquinaria mercadotécnica para hacer de ello algo para recordar. A comienzos de 2014, el ayuntamiento –con su alcalde David Pérez a la cabeza‐ anunciaba que el próximo año Alcorcón sería el escenario de un simulacro de terremoto. Más allá de la hilaridad que puede producir la visión de un simulacro en un municipio con más de 170.000 habitantes, la idea parece que tomó cuerpo entre diversos organismos y ya no asistiremos a una mera exhibición sino que el evento ha ascendido a la categoría de Congreso Internacional de Intervención en Grandes

Catástrofes

Este Congreso nace supuestamente bajo la necesidad de “coordinar, preparar y entrenar a nuestros profesionales” (fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sanitarios, organismos públicos…) para dar una respuesta “rápida y eficaz” a las situaciones de emergencia y se reduzcan sus “trágicas consecuencias”. El mega‐evento de cinco días incluirá talleres y ponencias de diferente tipo con la presencia de especialistas en emergencias, ong’s, bomberos y militares de diversas partes del mundo y estará presidido por la mismísima reina en persona.

Lo terrorífico es la normalidad

Todas las estadísticas confirman que las catástrofes naturales son un suceso excepcional. No obstante, la proliferación de congresos de esta índole y la toma de medidas legislativas de carácter excepcional en todos los ámbitos parecen indicarnos que caminamos en la dirección opuesta. Casi a diario nos llegan  noticias  sobre  catástrofes  naturales  de  todo  tipo  a  lo  largo y ancho del planeta (algunas de ellas, y sin disimulo alguno, consecuencia directa  o indirecta  de  guerras). La  elección  misma  de  la  expresión  catástrofe  natural  lleva  implícito el sentido de aleatoriedad, de azar, de imposibilidad de prever. Bajo este paraguas  quedan,  por  tanto,  incluidas  en  teoría  todos  aquellos  accidentes  producidos  por  la  naturaleza.

Como  se  entenderá,  el  problema  podría  pasar  por  definir  qué  puede  considerarse  catástrofe  natural  y  qué  no². Sin  embargo,  bajo  la  óptica  en  la que  nos  encontramos  –la  óptica  de  los  congresos  y  de  los  profesionales  de  la  emergencia‐  la  importancia no radica en si son producto de la propia naturaleza o son producidas por  efecto  de  la  acción  humana  sobre  el  medio  sino en  su  inclusión  y  asimilación  como  contratiempo inevitable en nuestro devenir cotidiano. No nos encontramos ya en la época  de  la  negación  de  las  catástrofes:  éstas  se  producen  sin  más  y,  por  lo  tanto, se  hace  necesaria  su  gestión.  Y  ésta,  pasa  por  acostumbrarnos  a  su  presencia,  es  decir,  a  aprender a convivir con ellas³.

No  albergamos  esperanza  alguna  de  que  ponencias  como  “El  accidente  de  Fukushima: lecciones  identificadas” cuestione  de  raíz  todo  lo  relacionado  con  la energía nuclear más allá de consideraciones preventivas o de carácter técnico. Tampoco  esperamos  que  hablar  sobre «La  importancia  de  los  sistemas  de  agua  potable autogestionados”  nos  dote  de  las  herramientas  colectivas  necesarias  que  nos  permitan  concebir dicho recurso de una manera distinta a la actual. Lo substancial de todos estos  encuentros  y  congresos  y  de  las  enseñanzas  de  las  situaciones  de emergencia  reside únicamente  en  la  adquisición  de  mayores  conocimientos  sobre  el  desastre  para  su divulgación, convirtiendo la emergencia en normalidad.

Esta  adaptación  a  la  catástrofe  se  manifiesta  de  múltiples  formas  y  avanza  en todos  los  campos.  La  presencia  en  el  Congreso  de  militares,  y  de la  funesta  Unidad Militar de Emergencias (UME) en particular, sólo puede ser conducente a la aceptación de  la  soldadesca  en  labores  que anteriormente realizaba  población  civil  y  a  su normalización en cada vez más facetas de la vida cotidiana, haciéndolos más útiles, más cercanos,  en  definitiva: humanizando  lo  militar.  La  clásica  imagen  de  militares  en contiendas  bélicas  ha  sido  transformada  por  la  estampa  de  las  misiones  de  paz  y  de ayuda  humanitaria  en  zonas  de  conflicto,  sumándose  ahora  las  de  auxilio y  salvamento  en zonas  de  catástrofe  natural,  convirtiendo  algo  que antaño  se  antojaba  excepcional  –la presencia militar fuera de los cuarteles‐ en una circunstancia cada vez más habitual. Y lo  que  tiene  aún  mayor calado:  convirtiendo  su  presencia  en  necesaria  dentro  de  los esquemas  de  las  situaciones  de  emergencia.  El  estado  de  alarma  implantado  en  Barajas durante  la  huelga  de  controladores  aéreos  (2010),  el  terremoto  de  Lorca  (2011),  los incendios  forestales,  su  inclusión  en  los  cuerpos  de policía  local (2014)…son  sólo  la cara más visible de esta incursión de lo militar. Siguiendo esta senda de excepcionalidad, podríamos hacer mención a la escalada represiva llevada a cabo tanto a golpe de legislación como de actuaciones policiales. La implantación del nuevo código penal y de la ley de seguridad ciudadana constituyen un paso más hacia la normalización de lo excepcional. La repugnante masacre del Charlie Hebdo, escenificada en forma catástrofe, es decir, como situación inevitable –no sabemos si natural o no‐ debe ser asimilada y nos debe hacer a todos partícipes de la constante situación de criminalidad permanente en la que vivimos. La presencia policial y militar en las calles de Francia, Bélgica o Dinamarca no nos tendría que sorprender; su falta es lo que nos debería empezar a preocupar, puesto que presagia la próxima llegada de algún tipo de cataclismo.

A partir de este momento, lo extraño será no pasear por las calles bajo la atenta mirada  de  funcionarios  públicos  y  cientos  de  cámaras  de  seguridad.  La  simple existencia  de  peligros  inminentes  que  penden  sobre  nuestras  cabezas  cual  espada  de Damocles justifica que así sea. Las numerosos redadas policiales llevadas a cabo a nivel local  e  internacional  (presentes  o  futuras),  convertidas  en  espectáculos públicos masivos al  ser televisadas y radiadas  prácticamente  en  directo,  lo  deberían  poner  de manifiesto. El ideal de seguridad aspira a imponerse como el principal y hegemónico, si no lo ha hecho ya. Como vemos, todas estas medidas auguran un nuevo período de planificación y control social –dentro de la normalidad‐ que alcanzará su culminación en el momento en que ya no sea posible distinguir entre normalidad o emergencia, cuando lo excepcional sea la regla.

Alcorcón, Estado de emergencia

La  elección  de  Alcorcón  como  lugar  para  celebrar  este  congreso  no  podía  ser más adecuada. No entendida en el sentido de sus altos índices de desastres naturales producidos por terremotos, inundaciones, actividad volcánica o incendios de miles de hectáreas,  sino  como  metáfora  visionaria que bien  han  sabido  captar  nuestros dirigentes municipales.

A diferencia de experimentos anteriores, el evento en cuestión no supondrá la creación de miles de puestos de trabajo ni será un motor de primer nivel para el desarrollo económico de la región. En esta ocasión, el Congreso de Catástrofes lo que logrará será situar  en  el  mapa  a  Alcorcón  como  una  ciudad comprometida  en  la  “protección  de  la vida,  la  seguridad  y  la  solidaridad  humana”.  Dirigido  a  autoridades,  directivos  y cuerpos de emergencia, no supondrá siquiera la dinamización de la economía local (a no  ser  que  queramos  entender  con  ello  el  pago  de  los  250€  que  cuesta  asistir)  pero  nos reportará  prestigio  de  cara  a  nuestra  capacidad  de  organización  futura  en  eventos  de similares dimensiones.  Lo  de  situar  un  territorio  en  el  mapa no  es  algo  que  nos  coja  desprevenidos.

Viene  siendo  costumbre,  con  cierta  antigüedad  ya  en  tierras  ibéricas,  lo  de promocionar  el  pueblo  de  uno  ya  sea  mediante  expos, eventos  deportivos, parques temáticos o infraestructuras de cualquier  tipo.  Competir  con  otros  lugares  (por  otra parte,  idénticos  en  esencia  al  tuyo) para  convertirlo en único y diferenciarlo de todos los demás es el guión asumido en casi todas partes: Alcorcón se limita a hacer, ni más ni  menos, lo que  hacen  el  resto  de  poblaciones.  En  este  sentido,  Alcorcón  no  es paradigmático  en  lo  que  se  refiere  a  su  comportamiento  como  entidad  municipal particular sino como modelo normalizado de funcionamiento.  La  construcción  de  una  imagen  diferencial  asociada  a  un  territorio  forma  parte de la  necesaria  adecuación  de  las  urbes  de  cara  a  poder  competir  en  el  mercado internacional de ciudades si lo que se quiere es acceder a inversiones y a la llegada de empresas e industrias. Esto, lo único que viene a demostrar es que las ciudades son un reflejo  más  de  los  cambios  producidos  en las relaciones  económicas,  cuya manifestación  más  palpable  se  da  en  forma  de  transformación del espacio urbano (tanto en lo que se refiere a su estructura como a su organización social). La ciudad se trasmuta en producto, producto que mercantiliza todo lo que ella contiene, habitantes incluidos.

Si la imagen que ahora se pretende proyectar es la asociada a la “protección de la  vida”  y  la  “seguridad”,  antaño  lo  fueron  la  cultura,  el  deporte  de  base,  la  familia,  la integración o la multiculturalidad. Transitados ya todos estos escalones, imaginamos que algunos se repetirán en el futuro. (Únicamente echamos de menos –aunque seguro que por  falta  de  memoria  del  que  escribe  esto‐  el  argumento  de  la  sostenibilidad,  el  medio ambiente y la ciudad verde).  Lo  cierto,  es  que  la  imagen  que  transfiere  Alcorcón  a  sus  habitantes  en  la actualidad –insisto, la misma que podría arrastrar otra población de cualquier latitud ibérica‐  se  encuentra  más  cercana  al  concepto  de  decadencia.  Quizá  el  calificativo  de nicho  sea  excesivo,  pero  expresa  bien  la  capacidad  para  almacenar  personas  en  un mismo  lugar  y  está  más  próximo  al  ideal  securitario  que  las  condiciones  actuales confieren.  Pasear  por  Alcorcón  es  ver  cientos  de  locales  y  naves  industriales  vacías, desarrollos  urbanos  a  medio  hacer  y esqueletos  de  edificios  abandonados;  es  ver suciedad  en  las  calles,  arbolado  enfermo,  policía  y  banderas  patrias  ondeando  en cualquier  rotonda.  Si  a  todo  esto  se  le  suma  nuestra  experiencia  en  proyectos megalómanos de la peor especie, podemos concluir que, efectivamente, Alcorcón no es noticia  por  sus  cientos  de  casos  de ébola  sino  porque  nos  encontramos  sumidos  en  la catástrofe más absoluta. El perpetuo ruido de sirenas de ambulancia y policía solamente visibiliza  el  estado de emergencia permanente  en  el  que  nos  encontramos (y no debido precisamente a los  altos índices de criminalidad).  No  esperemos,  pues,  diluvios universales ni plagas apocalípticas, el desastre en ciernes que se nos anuncia no es tal, estamos instalados en él desde hace tiempo.

La  transformación  del  espacio  urbano  en  Alcorcón  ha  llevado  siempre  el  sello indiscutible  de  la  urbanización,  de  la  expansión  geográfica  más  allá  de  todo  límite como receta única. Así podemos encontrarnos hectáreas completas dedicadas a centros comerciales (Parque Oeste y CC Tres Aguas) y kilómetros de atascos en torno a ellas, además de centros de ocio nocturno cerrados desde hace años (CC Opción), entre otros… Si  por  algo  nos  hemos  caracterizado  en  los  últimos  tiempos,  es  por  el  empeño  de nuestros regidores municipales por dejarnos grandes obras para la posteridad. Si a uno se  le  ocurrió  la  magnífica  idea  de  levantar  inmensas  moles  de  acero  y  hormigón  –todavía sin acabar y sin visos de hacerlo en un futuro próximo‐ para instalar un Centro de  Creación  de  las  Artes  (CREAA),  el  actual  soñaba  con  el  excitante  sonido  de  las máquinas  tragaperras  de  Eurovegas.

Después  de  estos  antecedentes,  ¿qué  mejor  sitio para albergar un congreso de catástrofes de carácter internacional? Aún así, no nos hemos desviado ni un ápice de esta fórmula y se continúa tras la  senda  del  progreso  materializado  en  nuevos  desarrollos  urbanos:  más  casas  para  la zona  de  Retamar de  la  Huerta  y  la  construcción  definitiva  del  polígono  industrial  El Lucero  (otro  proyecto  paralizado  desde  hace  años).  Por  si  esto  fuera  poco, empresas inmobiliarias  como  el  Atlético  de  Madrid  continúan  al  acecho  –más  aún  si  cabe después de saber que el magnate chino Wang Jianlin se ha hecho con los terrenos de Campamento‐  para  urbanizar  el  último  resquicio  libre  de  cemento  en  Alcorcón,  su zona  norte.  Si  esa  es  la  línea  a  seguir no  debemos  desfallecer  por  el  fiasco  que  ha supuesto  Eurovegas,  en  breve  será  sustituido  –de  forma  mucho  más  humilde‐  por  la nueva Ciudad del Bricolaje (¿o acaso pensabais que os ibais a quedar sin trabajar?). Más allá de todos estos episodios, concretos pero en esencia comunes a muchas zonas  de  las  áreas  metropolitanas  de  las  grandes  ciudades,  la  preocupación  por  la catástrofe  pasa  a  nuestro  entender  por  el  papel  que  juegan  las  personas  en  este escenario.  No  hay  peor  situación  que  aquella  en que  la  imagen  proyectada  por  la ciudad es asumida en la práctica (y no hacemos referencia a la imagen de gran ciudad promovida  por  los  ayuntamientos  sino  a  la  más  cercana  a  la  realidad,  la  decadente).

Conseguir  que  espacios  y  calles  que  todavía  conservaban  algo  de  bullicio  y  de encuentro entre las vecinas hayan sido reducidas al mero tránsito o sustituidas por la permanencia  en  nuestras  casas,  nos  debería  llevar  a  interrogarnos  sobre  nuestras verdaderas  necesidades  y  deseos  y  el  lugar  al  que  han  sido  relegados.  En  definitiva, preguntarnos,  tal  y  como  lo  hacía  una  canción  de  los  años  ochenta,  cómo  nos  han convencido para llevar esta ridícula vida.

Tal  vez  este  congreso  no  suponga  una  transformación  urbana  al  estilo  de  la vislumbrada en el proyecto Eurovegas, pero sí trasluce el deseo de normalizar cada vez más  el  desastre  (este  desastre  cotidiano),  de  hacernos  vivir  bajo  una  cultura  de  la emergencia  permanente.  Somos  conscientes de  que  un  mayor  grado  de  conocimiento sobre la catástrofe por sí mismo no mejorará nuestra vida ni presupone de entrada un factor de rebelión, más bien nos prepara para hacerla más sostenible e incorporarla a la cotidianidad.  Por  ello,  si  hemos  de  imponernos  la  tarea  de  reconstruir  el  territorio,  de gestionar de manera  común el espacio, deberemos ante todo arrebatarle su condición de mercancía: potenciar los pequeños espacios existentes que permanecen refractarios y ajenos al mercado, poner límites a lo urbano, paralizar todos los planes de ordenación territorial rechazando la institucionalización ‐por definición integradora y normalizadora‐ y combatir la degradación social recuperando la facultad usurpada para tomar decisiones y ponerlas en práctica desde lo colectivo. En las circunstancias actuales, no cabe duda de  que  caminar  entre  las  ruinas  (metafóricas  y  no  metafóricas)  formará  parte  de  este periplo,  lo  que  dependerá  de  nosotros  mismos  –los  afectados‐  es  determinar  durante cuánto tiempo.

Alcorcón, febrero 2015.

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Notas
1.- Según el Jefe de Área de Geofísica de la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional, el terremoto se produjo por la rotura de “una pequeña falla fría que no está cartografiada”. Otros científicos y expertos lo relacionan incluso con el Proyecto Castor.

2.- Para una visión de ello, puede leerse el texto ‘No existen catástrofes naturales’ incluido, entre otros, en el libro Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente (Ed. Bardo, 2011).

3.- Pasos para vivir con la catástrofe: 1º) Al principio, no hay ningún peligro en absoluto; 2º) Con el paso del tiempo, aparecen peligros pero la ciencia y la técnica serán capaces de dominarlos; 3º) Por último, es preciso considerar esos peligros como algo natural y vivir con ellos, pues no hay forma de dominarlos.‐Roger Belbeoch: Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre (Malapata Ed./ Hermanos Quero, 2011).

4.- Palabras del alcalde David Pérez en la bienvenida del congreso.

5.- Algunas quizás recuerden aquel “Alcorcón, municipio abierto” de los socialistas, cuando nos hermanábamos con ciudades latinoamericanas (viajes de confraternización incluidos).

6.- Nos han convencido para llevar una ridícula vida….‐ Incorruptible, canción del grupo RIP.

Homenaje a Kobanê

«A los combatientes caídos, a las guerrilleras caídas,
a las que plantan cara, a los que luchan…
Honor y gloria a las YPG e YPJ,
Larga vida a la resistencia kurda contra el Estado Islámico y el imperialismo.
Madrid — Stalingrado — Kobanê»

homenaje-kobane

—Por @ana_resya

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