El ala izquierda de la revolución soviética (I)

La pasada noche emitía la televisión estatal española (TVE) unos documentales sobre la revolución rusa (que podéis ver aquí). A pesar de su excelente calidad técnica (remasterizando y coloreando las imágenes de la época y combinándolas con recreaciones actuales), el documental reproduce una serie de mitos sobre la revolución. Por otro largo, otorga una visión sesgada de ella, centrada en los grandes hechos y personajes y no en su realidad social.

Por ello, y como la informacion es también un frente de combate social y en la guerra hay que aprovechar la mínima oportunidad, me dispongo a publicar un pequeño trabajo que realicé sobre la revolución rusa vista desde la oposición de los grupos políticos a la izquierda de Lenin, para ofrecer una mayor comprensión de la realidad revolucionaria. Aviso al lector o lectora que es un mero trabajo de síntesis, en el que sin embargo se comenta una serie de obras que considero clave. Pero, para un mayor conocimiento, no dejo de recomendar ir a las obras originales, que dejaré para su descarga.

1. Justificación y fuentes.
Es habitual que, a la hora de comprender la revolución rusa, predominen dos versiones oficiales: La primera, dada por el partido bolchevique, hegemónico tras la revolución y la segunda, su opuesta, proviene principalmente de las potencias enemigas de la Unión Soviética durante la guerra fría. Sin embargo, estas dos versiones oficiales de lo que fue la revolución rusa ofrecen una visión que no atiende a la realidad de aquel periodo revolucionario.
Por ello, pretendo reflejar la pluralidad de visiones dentro del bando revolucionario, aspirando a una perspectiva más completa de la realidad social y política del periodo y, especialmente, de como lo vivió su principal protagonista: El pueblo ruso.
Considero que esta cuestión se ha dejado a menudo apartada, cayendo en una sobreestimación del papel, sea éste positivo o negativo, del partido bolchevique en la revolución.
He recurrido a testimonios y reflexiones de los principales líderes del partido bolchevique (Lenin y Trotsky) y, para realizar la tarea de contraste, de revolucionarios influyentes de otras formaciones izquierdistas. Los autores de estos documentos vivieron la revolución en sus carnes, pero no son fuentes directas, sino trabajos y análisis historiográficos elaborados tras la revolución, lo que les da una mayor perspectiva, aunque también reflejan una mayor parcialidad.

2. La revolución rusa: causas, protagonistas y consecuencias.
Antes de lanzarnos a la tarea que nos ocupa es necesario comprender que lo que entendemos por revolución rusa corresponde a un importante cambio político y social que se desarrolló en Rusia a principios del siglo XX, dividido en dos etapas principales: La revolución de febrero, producida por la alianza de fuerzas entre liberales y socialistas que acabó con el derribamiento del zarismo y la formación de un gobierno provisional democrático-liberal; y la revolución de octubre, segunda fase en la que las fuerzas de izquierda llevan a cabo una segunda revolución contra el gobierno liberal, acabando con el auge del partido bolchevique y la formación de la URSS.
Muchas son las causas de esta revolución, más valdría la pena enumerar las principales: La debilidad de un régimen atrasado de tipo feudalista como el del Imperio Zarista, la aparición de una burguesía contraria al absolutismo, de un incipiente proletariado industrial urbano, el desgaste producido por una larga y costosa primera guerra mundial y la llegada implantación de las ideas marxistas, especialmente entre el proletariado urbano y los soldados sin rango.
Esta conjunción de causas, junto al malestar general producto de un sistema de producción en clara decadencia que mantenía a las masas rusas en la miseria y la ignorancia fueron, más que la influencia de un grupo político particular, las principales causas de la revolución.
Es necesario repasar los principales protagonistas, las principales facciones políticas y sus liderazgos, así como su papel en la revolución:
Por un lado la facción que apoyaba al zar Nicolas II. Ha sufrido ya un intento de revolución en 1905 y, tras unas tímidas e insuficientes reformas, un frente desmoronado y una situación económica grave le hacen perder el apoyo de su Estado Mayor. Abdica y se deja detener el 20 de marzo de 1917, siendo asesinado en julio de ese mismo año.
En segundo lugar, el Partido Democrático Constitucional, representa de los intereses de la burguesía. Liderado por Pável Miliukov, será el partido creador y dirigente del Gobierno Provisional tras la revolución de febrero. Defensor de una república liberal al estilo occidental, su apoyo a seguir en la guerra lo hizo muy impopular.
Encontramos a los socialistas divididos en dos partidos principales: El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, clásico partido marxista, se dividiría en 1917 en dos facciones, la menchevique, de Yuli Mártov (que apoyaba al gobierno provisional) y la bolchevique, encabezada por
Lenin, favorable a una revolución obrera y refundada en 1918 como Partido Comunista Ruso.
Y el Partido Socialista Revolucionario de Víctor Chernov, de implantación campesina y recogedor del populismo ruso. Los eseristas fueron los principales rivales de los bolcheviques durante la revolución de Octubre.
Por último, encontramos abundantes grupos anarquistas, aunque, como se lamentaban los más formados de ellos como Volin o Arshinov, muy fraccionados y desorganizados. A pesar de no haber sido capaces de levantar un anarcosindicalismo fuerte, darían un gran apoyo a los sóviets.
De entre todas estas tendencias acabaría por imponerse, tras las dos fases de la revolución, el partido liderado por Lenin. Antes de entrar a ver la visión de la oposición izquierdista veremos, en la próxima parte, que nos dicen los bolcheviques sobre la revolución en la que vencieron.

Va al siguiente.

Por otra crítica brutal de todo lo que existe

En 1844, un jovencísimo Karl Marx escribía a Arnold Ruge una carta con un título muy interesante: «por una crítica despiadada de todo lo existente.» En ella, Marx se refería a los obstáculos dogmáticos que impedían el cambio social en un mundo que, a pesar de los avances materiales, iba cada vez a peor. Para Marx existían demasiados obstáculos externos, pero lo interesante de esta carta es que también tenía en cuenta los «obstáculos internos» que nos impiden crear un mundo mejor. En palabras de Marx, tal vez sea imposible prefigurar de antemano un mundo futuro mejor, pero es nuestro deber empezar a construirlo hoy mismo. ¿Cómo? Criticando sin piedad todo aquello que conforma el mundo que tanto nos oprime.

Tal como  hizo Marx en 1844, a mí me gustaría llamar la atención de les lectores y sacar a la palestra uno de los obstáculos que, si no es el mayor de todos, es al menos uno de los más influyentes en nuestro fracaso continuo como clase social oprimida. Con obstáculo me refiero a la indefensión aprendida que nos mantiene encadenados a las tiránicas dinámicas del capital y que, sin darnos cuenta, nos oculta el verdadero rostro del opresor.

Por indefensión aprendida nos referimos en psicología y sociología a las pautas de comportamiento pasivas que un sujeto aprende a través de la experiencia. Es un estado anímico pasivo que impide la acción hacia la mejora de una situación negativa; los individuos conciben que sus situaciones nefastas no tienen solución porque son elementos externos; lejos del alcance de la mano; algo sobre lo que no se tiene control.

Dejando de lado la depresión clínica y demás elementos psicologicistas, me gustaría dejar claro que la pasividad que nos han inculcado en este mundo capitalista no nos convierte en enfermes mentales. Desde un punto de vista sociológico, esta indefensión aprendida tiene mucho más que ver con elementos culturales y de dominación ideológica que nos hacen concebir ciertas situaciones sociales negativas como inevitables: el capitalismo es inevitable, el hambre en África en inevitable, que haya ricos y ricas es inevitable, que tengamos que trabajar diez horas (¡o más!) al día es inevitable… Que tengamos una existencia tan penosa es inevitable. O eso nos dicen. Mejor dicho: eso nos enseñan a creer.

Pero el problema es mucho más complejo. No solamente nos enseñan a tener miedo al cambio, también nos enseñan a pensar que la vida que nos dan es inmejorable. Pareciera que las metas de la existencia humana fueran comprarse un coche, una casa, y retirarse con una pensión maja. A esto nos van sumando, poco a poco, más elementos que hacen «más apetecible» la vida capitalista: nos dan iPhones, ordenadores, viajes low-cost… El sistema imperante enseña a las personas a decir ¡qué dicen esos socialistas, si hoy en día se vive mejor que antes! Y nosotres nos lo creemos.

Reformas sociales, mejoras laborales, incremento de derechos civiles… caramelos vistosos con los que la clase burguesa nos compra a diario. Una clase opresora que cambia todo para que nada cambie, y se dicen entre elles: vamos a darles una jornada laboral de ocho horas para que no nos expropien las fábricas; vamos a darles sanidad pública para que no salgan a la calle y nos apresen. Vamos a darles todo tipo de bienes materiales para que no piensen más allá de lo visible. Es más, también vamos a darles la oportunidad de protestar, pero protestar de una forma controlada: démosles la MTV para que grupos punk nos vendan camisetas; vamos a darles tiendas de comida orgánica para poder subir los precios con la excusa de la calidad (pero nosotres seguiremos explotando a les trabajadores). Vamos a crear un ambiente social en el que se permita ser crítico con el capitalismo, pero precisamente para que la crítica no llegue a buen puerto. En definitiva, vamos a darles todo un aparato de posibilidades ideológicas y materiales que oculten la despótica tiranía del capitalismo, no vaya a ser que se nos acabe el chollo de explotar a la gente y dejemos de enriquecernos a su costa.

Y no os penséis que es tontería, todo esto tiene sus frutos, es eficaz. Gente que para aliviar su conciencia se pone una palestina al cuello pero luego te tacha de radical si defiendes la intifada; gente que para sentirse mejor compra alimentos orgánicos en tiendas capitalistas que siguen explotando a sus dependientes; gente que se cree anti-sistema por montar en monopatín y escuchar la MTV; hombres que se creen libres por poder ponerse pendientes; mujeres que se creen independientes por raparse el pelo. ¡Viva la estética! ¡Viva el consumo responsable! Qué importa si mi dinero se usa para crear más capital si yo puedo tomarme un café fairtrade de Colombia. Cuánta pena me dan les niñes que mueren en las guerras del Tercer Mundo, espera, que voy a twittear mi pesar desde mi Mac, ¿me pasas mi termo de Starbucks?

Todes conocemos gente así; todes estamos rodeades de este tipo de gente. Todes somos hasta cierto punto esta gente, no vamos a engañarnos. Desde pequeñes nos enseñan a pensar de esa manera: anuncios de televisión, campañas de Navidad, escaparates en las calles… Hasta eso que llamamos cultura también es capitalista (por mucho que digan les gafapastas). Como dijo Mao, eso del «arte por el arte» es una tontería; el arte, como la cultura, atiende a elementos ideológicos de clase. Libros, música, cuadros… prácticamente todo reproduce el sistema capitalista, ya sea de manera consciente o inconsciente. Así pues, Disney tal vez sea el mejor ejemplo: algo que a priori puede parecer tan inofensivo, en realidad, reproduce la dominación racial, sexual, religiosa y clasista.

Lo peor de todo es que desde pequeñes internalizamos todos estos elementos y los concebimos como naturales, como inevitables. ¿Que la gente se muere de hambre en el hemisferio sur? ¡Eso siempre ha sido así! ¿Que hay familias pobres en nuestra sociedad? ¡Será porque son disfuncionales, no será por falta de oportunidades! La dominación capitalista no solamente nos enseña a pensar en el sistema capitalista como el mejor, único, y definitivo, sino que también nos impide rebelarnos cognitivamente contra él, y a las personas que lo hacen se las castiga con cárcel, marginación, desprestigio social, e incluso la muerte.

Uno de los elementos que más se empeñan en inculcarnos son los valores pacifistas. Ironías de la vida: precisamente ese «paficismo» que nos enseñan desde pequeñes es el causante de que la mayoría de seres humanos vivan en la miseria y la guerra. Indefensión aprendida; seamos pacífiques, que eso es propio de «gente de bien.» Indefensión aprendida; qué le voy a hacer, así es la vida, al menos vivimos mejor que antes. Indefensión aprendida; salgamos a la calle a protestar, pero vamos en bici, que así no contaminamos… Y nos quedamos tan contentes en nuestro pequeño «mundo revolucionario»; nos vamos a la cama con la conciencia tranquila porque  hemos visto un documental sobre la lucha palestina. Eso sí, ¡no me digas que mi bici ha sido fabricada en China por una niña que ha cobrado un par de céntimos por ello! ¡No me digas que mi café fairtrade lo vende una tienda que está haciendo rico a un hombre «con conciencia social»! ¡No me digas que soy una pieza más del puzzle capitalista porque yo veo cine independiente y leo a Chomsky!

Como ya he dicho antes, todes somos en cierta medida «piezas del puzzle capitalista,» pero sí que existe una diferencia entre unes y otres: aunque a todes nos obliguen a tener que comprar en supermercados explotadores, aunque a todes nos obliguen a pagar a compañías de telecomunicaciones capitalistas para acceder a Internet, tenemos la posibilidad de desmarcarnos de la mayoría y empezar a construir ese mundo mejor que buscaba el joven Marx de 1844. Tenemos el poder de la razón, un gran poder que nos permite superar las barreras ideológicas que nos imponen. Tenemos la posibilidad de estudiar el sistema y comprender que vivimos en un mundo profundamente injusto, y precisamente porque tenemos la capacidad de comprender también tenemos la capacidad de actuar. Predicad con el ejemplo, decía Malatesta. Sed consecuentes, decían les componentes de la RAF. Cambiad el mundo, no lo contempléis, decía Marx.

Pues ya va siendo hora de ir tomándose en serio todo esto; va siendo hora de perder amistades por el camino si hace falta. Que nos tachen de radicales si quieren; que nos miren mal por decir las cosas como son. Nosotres no nos callaremos. Si algo nos diferencia a les socialistas (de la rama que sea) del resto de personas es la conceptualización ética de la injusticia social: no es que el capitalismo no sea el mejor modo de organizar la vida de los seres humanos, es que es malvado. No es que la explotación «del hombre por el hombre» sea una preferencia cultural, es que es absoluta y universalmente perversa. Recae en nuestros hombros cambiar lo que es malo por algo que sea justo y bueno en términos éticos.

Un buen primer paso sería criticar absolutamente todo aquello que nos rodea: las relaciones familiares, la relaciones de pareja, las relaciones económicas con el panadero, las relaciones académicas en la universidad, etcétera. Expandir y transmitir el mensaje socialista sería otro paso vital para romper con esta indefensión aprendida. Nos tenemos que poner pesades con la gente de nuestro entorno, les tenemos que decir que el capitalismo mata, y si no lo quieren comprender se lo tenemos que explicar hasta que lo acepten. Porque no hay otra respuesta posible, no es una cuestión de relativismos o ideologías: el capitalismo, en tanto que opresor de la especie humana, es malo. Nadie tiene derecho a privar de la vida a otro ser humano, y hoy por hoy estamos privando a más de la mitad del planeta de esa única vida que la naturaleza nos da. Quien calla otorga; no nos callemos entonces.

La acción directa también torna de suma importancia; hacer ver a les indecises que hay gente dispuesta a luchar por lo que es justo. Nuestro ejemplo desinteresado ha de ser un espejo en el que el resto de personas se puedan reflejar. Les zapatistas de Chiapas saben de esto, por eso llevan pasamontañas: porque más allá de colores de piel y otros rasgos físicos, los ojos son reflejo de nuestra humanidad, lo que nos caracteriza a todes nosotres. Pongámonos un pasamontañas tejido con ideas de justicia social e igualdad humana y luchemos desde hoy mismo contra el sistema que nos impide vivir con dignidad y libertad. Pero no os penséis que luchar es solamente coger las armas y salir a la calle, porque para empezar no tenemos ni armas. Luchar también es debatir, escribir, transmitir… Luchar también es leer, porque la primera batalla ha de librase en nuestras propias cabezas. Y como en toda lucha, en ésta también se pierden y ganan cosas. Se pueden perder amistades (nos pueden dejar de lado por ponernos pesades, por ser «radicales»); se puede perder el aprecio de aquellas personas que no nos comprendan porque están tan ciegas de capitalismo que no pueden ver el mal que hacen al callar. Pero se puede ganar todo un mundo nuevo, y eso es lo único que nos tendría que hacer falta saber para comenzar a tomarse las cosas en serio.

Cuando nos damos cuenta de la lógica perversa del mundo en el que vivimos, cuando comprendemos realmente y se nos empequeñece el corazón al ver que nuestro maravilloso Primer Mundo mantiene al hemisferio sur en guerra para lucrarse de la venta de armas (por mencionar un ejemplo), deviene imperativo categórico luchar contra aquello que no es justo. La oposición al capitalismo es una obligación moral que todos los seres humanos tenemos, pero que solamente unas pocas personas tienen el valor de llevar a cabo. Y son estas personas las únicas verdaderamente humanas, pues es mediante la coherencia de buscar la libertad de todo el planeta lo que les permite vivir con dignidad. Como seres humanos. Como seres imprescindibles.

Revolución social y ejército (II)

«Grandes riquezas, gran esclavitud»
-Lucio Anneo Séneca. (4 a.C.- 65 d.C.)

(Viene del anterior)
Los conflictos bélicos son tan antiguos como la propia civilización humana. Derivados de la competencia por los recursos, por la influencia política o ideológica, la guerra es una parte más de la historia de las sociedades humanas. Sin embargo, no todos estos conflictos han sido guerras de poder entre grandes generales o imperios, algunos de ellos derivaron de las aspiraciones de cambio de las masas explotadas que, por libertad y justicia social, llegaron a hacerse a las armas en no pocas ocasiones.

En este primer artículo de nuestra serie examinaremos los primeros antecedentes a los modernos conflictos revolucionarios: Las rebeliones de esclavos del mundo antiguo y clásico. ¿Qué les llevó a alzarse en armas? ¿Cómo se organizaron militarmente? ¿Cuáles fueron sus triunfos y derrotas? Sumerjámonos pues en los anales de la historia de la revuelta.

Levantamientos en las primeras civilizaciones

Por desgracia, las fuentes que nos hablan de los levantamientos de la población en Mesopotamia y Egipto son más bien escasas y siempre de una enorme parcialidad, pero esto no quiere decir que no existieran. En estas sociedades, en las que nació la propiedad privada y el Estado en lo que Marx llamó sistema de producción asiático(1) y otros denominan como despotismo hidraúlico, la propiedad de la tierra a una «comuna superior» ya sea el templo o, posteriormente, el palacio, que organiza la producción (dirigiendo, por ejemplo, las obras de construcción y reparación de canales) y controla los excedentes. Para poder controlar a la población y defender los excedentes de potencias extranjeras nacieron los primeros ejércitos. (Una ciudad-Estado podía contar con un par de miles de soldados y los imperios Egipcio e Hitita se enfrentaron en Qadesh, la mayor batalla de la edad del bronce, con varias decenas de miles de soldados). Estas fuerzas militares, por lo general, supieron controlar bastante bien a la población.

Así, el principal componente de discordia en estas sociedades lo encontramos en que eran dimórficas, conviviendo el mundo sedentario con el nómada o seminómada. La oposición a estos primeros Estados se encontraba precisamente en los pueblos que los rodeaban y que aún no habían desarrollado Estados.

Así, Mesopotamia fue invadida en varias ocasiones por tribus de pastores seminómadas, como los amorreos (siglo XXI a.C.) o los casitas (siglo XVIII a.C). Así mismo Egipto se vió invadido por los hicsos en el XVII a.C o por las tribus libias en el XI a.C.(2)

Por lo general estos pueblos acababan por adoptar las formas culturales de los invadidos por lo que se sedentarizaban y formaban un nuevo Estado. Pero esto es una prueba de como las estructuras estatales y militares se encontraban todavía en pañales, hasta el punto de que tribus de nómadas podían acabar con ellas si actuaban con suficiente contundencia.

Rebeliones de esclavos en Grecia

El mundo grecolatino se asentó sobre el esclavismo. Una minoría de ciudadanos con derechos políticos se levantaba, por lo general, sobre una gran masa de población esclavizada y reducida a la animalidad sin derechos de ninguna clase. (3) Así, en una polis de unos 250.000 habitantes como Atenas solo 30.000 eran ciudadanos (varones, libres y atenienses) mientras que más de 100.000 serían esclavos. El resto de la población se compondría de mujeres, niños y extranjeros, todos ellos sin derechos políticos. En su principal rival, Esparta, solo 9.000 habitantes pertenecían a la clase de los homoioi (los iguales), que sometían a una gran población de ilotas (esclavos) y periecos (hombres libres sin derechos), que eran los que se ocupaban de todos los aspectos de la producción.(4)

Cabe destacar que en la antigua Grecia ser ciudadano equivalía a ser soldado. O mejor dicho, ser soldado daba el derecho de ser ciudadano. Así, todos los ciudadanos de las polis griegas tenían el deber de servir durante un tiempo en el ejército como hoplitas (lanceros pesados) e incluso, en Esparta, esa era la única tarea que desarrollaban. Esto se debe a que los ciudadanos formaban parte de la maquinaria estatal y por ello debían defender la ciudad de sus enemigos y mantener el sistema imperante: el esclavismo. Y el principal modo de conseguir esclavos es capturando enemigos en campañas militares.

En este periodo se produjeron no pocas rebeliones de las grandes masas esclavas, especialmente en los momentos de guerra en los que el ejército debilitaba su presión en el interior.

Así, durante la guerra del Peloponeso que enfrentó a Esparta y Atenas los esclavos de la isla de Quios, liderados por Daómaco, se alzaron en armas en la isla. Otros 20.000 esclavos lograron huir de Atenas.(5)

Existía por ello una gran obsesión por mantener sometida a la población esclava, que superaba en número a los ciudadanos. En Esparta se declaraba, cada cierto tiempo, la guerra a los ilotas y se mandaba a la krypteria (una especie de policía secreta formada por los homoioi más jóvenes) a asesinar esclavos indiscriminadamente.

Decir que los esclavos por lo general casi no tenían formación militar y su equipo era más bien improvisado. Salvo en el caso de los ilotas espartanos, que solían acompañar a sus amos a la guerra.

Paralelo a todo esto hubo un movimiento de las clases libres populosas (artesanos y campesinos con tierras principalmente) que tras años de lucha política devino en la formación de la democracia ateniense y en la extensión de la ciudadanía espartana, por parte del político Licurgo, a 30.000 habitantes (en su mayoría, antiguos periecos o ilotas que se habían destacado como auxiliares en la guerra) en un régimen que se ha denominado como «Comunismo castrense», por estar todas las tierras del Estado divididas en 30.000 lotes iguales.

Estos movimientos populares tuvieron en buena medida apoyo de corrientes del pensamiento anti-aristocráticas como la estoica o la cínica, que defendían una vida sin lujos.

Roma y las tres Guerras Serviles

Ninguna civilización como la antigua Roma dependió tanto de la población esclava. Todo en la maquinaria romana estaba dedicado a un fin: El mantenimiento del modo de producción esclavista. Al igual que las polis griegas, Roma mantuvo desde sus tiempos como república un ingente ejército de ciudadanos, dedicados a mantener el orden y a conquistar nuevos territorios para ampliar el número de esclavos.

Esta población esclava, gigantesca, llegó a levantarse en armas hasta tres veces provocando grandes crisis en la República Romana, en lo que se conoce como las Guerras Serviles.

La primera de estas guerras fue después de la tercera guerra púnica. Tras acabar con Cártago, Roma se había convertido en la única potencia del Mediterráneo. Algunas de los territorios recién conquistados por Roma llegaron a llenarse de esclavos. En 135 a.C. la población esclava de Sicilia, en su mayoría de origen sirio y de unas 60.000 personas, tomó las armas lideradas por el profeta Euno, llegando a conquistar la ciudad de Enna, en el centro de la isla. Los esclavos fueron vencidos fácilmente por un ejército romano que desembarcó en Sicilia tras tres años de rebelión.

Años más tarde, entre el 104 y el 100 a.C. el cónsul Cayo Mario se encontraba reformando el ejército republicano. Pretendía extenderlo a las clases baja mediante la uniformalización (el Estado pagaría a partir de ahora el equipo militar) y entre sus medidas se encontraba liberar a 800 esclavos sicilianos para que sirvieran en este nuevo ejército. Demandando libertad para todos y liderados por Trifón de nuevo los esclavos de Sicilia volvieron a levantarse en armas. Pero esta vez lo hicieron de forma más organizada, logrando constituir un ejército de 60.000 hombres (2.000 de ellos a caballo). Además, en apoyo a los sicilianos, los esclavos de otras ciudades italianas también se rebelaron. Cuatro años y grandes pérdidas militares costaron sofocar esta rebelión.

Pero aún darían los esclavos una batalla más a Roma.

Espartaco y la tercera guerra servil

Ha sido protagonista de grandes películas de Hollywood, también ha sido símbolo de movimientos sociales a lo largo del siglo XX. La figura del esclavo Espartaco se ha convertido en toda una leyenda.

Más allá de la leyenda, Espartaco era un hombre originado de Tracia (aproximadamente la actual Romanía), que tras desertar de las tropas auxiliares del ejército romano fue reducido a la esclavitud y convertido en gladiador.

Los gladiadores eran aquellos esclavos dedicados al espectáculo de sangre: Combatiendo entre sí o contra fieras. Era una de las tareas más brutales a las que se podía dedicar una esclavo.

Durante su esclavitud, Espartaco ideó una rebelión contra Roma que, necesariamente, debía ser militar para que triunfase. En el 73 a.C huye de la ciudad de Capua junto con unas docenas de compañeros, todos ellos gladiadores y expertos en armas. Se refugiaron en el monte Vesubio durante un tiempo, dedicándose al bandidaje.

Espartaco, que además de su propia libertad deseaba la creación de un nuevo orden igualitario, estableció el reparto equitativo de los botines. Esto atrajo a los esclavos de la región, que comenzaron a huir de sus amos para unirse a la banda de Espartaco que, sin perder el tiempo, comenzó a entrenarlos. Una pequeña fuerza militar fue enviada desde Capua, vencida por los esclavos gracias a su estratégica posición en el Vesubio.

Los esclavos, por entonces ya unos 2.000, fueron atacados por los romanos en varias ocasiones más, venciendo en inferioridad numérica a las legiones gracias al empleo de tácticas guerrilleras. Espartaco conocía bien el funcionamiento del ejército Romano, y sabía cuales eran sus principales puntos flojos.

Después de estas victorias el ejército de Espartaco se vio engrosado no ya solo por esclavos, sino también por campesinos pobres y labradores, hasta reunir a 70.000 hombres armados sobre un total de 120.000 personas. Que se dedicaron a saquear las ciudades italiana, venciendo en varias ocasiones a los ejércitos consulares y equipándose con sus armas.

Hubo una división entre Espartaco y otro de los líderes de la rebelión, el galo Criso. Mientras Espartaco y los suyos tenían como objetivo salir de Italia, Criso deseaba permanecer un tiempo indefinido saqueando. Criso y 30.000 seguidores se escindieron de las fuerzas esclavas y fueron derrotados.

Sin embargo, el resto logró reorganizarse y suguió aglutinando esclavos. Roma temía realmente por su  supervivencia.

En el sur de Italia conquistan Puerto Turio y comienzan a construir barcazas para viajar a Sicilia e instigar allí la rebelión. También tuvieron la idea, aunque no llegó a realizarse, (5) de levantar en el sur de Italia un nuevo Estado inspirado en la Esparta de Licurgo, repartiendo las tierras igualitariamente entre los esclavos en armas. Mientras construía su flota, Espartano impuso la igualdad entre sus gentes y eliminó la moneda, claramente bajo una idealizada comprensión de la sociedad espartana.

Trágicamente y antes de que lograran salir de Italia el ejército romano logró reorganizarse y acabar con la rebelión, mientras los esclavos eran traicionados por los comerciantes que debían llevarles los barcos, siendo los líderes de la revuelta condenados a muerte por crucifixión.

Como vemos, han existido intentos de construir una sociedad mejor por parte de los oprimidos desde el origen de la historia y siempre que esto ha sicedido ha derivado en una guerra entre los que querían liberarse y los defensores del antiguo orden. Solo puedo decir una cosa, ninguna de ellas habría tenido la menor posibilidad de no haber empuñado las armas. De todas formas, salvo en el caso de la de Espartaco, estas rebeliones, por su desorganización o falta de perspectiva militar, rara vez supusieron un peligro real para los Estados antiguos, pero aún nos queda mucha historia por ver.

[1]Marx, KARL, Formaciones económicas precapitalistas, 1858.
[2]Sanmartin, JOAQUIN; Serrano, JOSÉ MIGUEL, Historia antigua del próximo oriente: Mesopotamia y Egipto, 1998, Akal.
[3]Sabine, GEORGE, Historia de la teoría política, 1945, Fondo de cultura económica.
[4]Sekunda, NICHOLAS, Guerreros espartanos, 2009, RBA Colecciones.
[5]Vitale, LUIS, Las rebeliones de los primeros movimientos sociales de la historia hasta el siglo XVI, 2001, Universidad de Chile.

En defensa de la violencia

Últimamente la idea que más ronda por mi cabeza es el uso de la violencia con fines revolucionarios. Las imágenes del descontento social, del despertar de la conciencia, de esos gritos de rabia en la calle, no hacen sino forzar al pensamiento en una dirección que parece inevitable confrontar: ¿se puede justificar la violencia?

Nos parece natural la reacción violenta que pueda tener una persona atracada; nos parece justificada la bofetada que le dio la mujer al señor que le tocó el culo en el metro; nos parece lógica la cruzada que inició George W. Bush en Oriente Próximo con el pretexto de la prevención terrorista; pero nos parece radical y repugnante la piedra que una persona encapuchada lanza a la policía. Y si somos de les poques que no pensamos así, ya están los medios capitalistas de comunicación para recordarnos la línea del pensamiento dominante. Al final acabamos sintiéndonos culpables, o llenes de dudas en el mejor de los casos, por haber llegado a pensar en la posibilidad de la violencia física.

En los Estados modernos todo encaja a la perfección: con la centralización del poder y la aglutinación de las instituciones sociales alrededor de un gobierno despótico, los Estados modernos monopolizaron el uso legal y formal de la violencia. Legal porque es la violencia amparada en el marco jurídico (estatal) la única que no es punible. Formal porque las relaciones de opresión no son sólo materiales sino que también son simbólicas, y como resultado tenemos una inmensa mayoría de la población que repudia la palabra violencia porque han internalizado (y dado por natural) el monopolio estatal de la misma.

Si el contrato social, del que tanto se jactan les liberales de bien, existe en verdad y establece que el Estado es el garante de la seguridad de sus ciudadanes, entonces no me explico las palizas sistemáticas de la policía antidisturbios en cualquier país del mundo; las elevadas tasas de desempleo en el sur de Europa; o el incremento de las familias que viven rozando el umbral de la pobreza. Si esto ha sucedido es porque antes de todo ya éramos pobres, pero pobres de conciencia.

Como apuntaba antes, una de las características del Estado moderno es que abarca prácticamente todos los espacios de vida, incluyendo lo que se puede y lo que no-se-puede. La socialización de la policía como un elemento de orden elimina de un plumazo cualquier conato de insurrección: le encapuchade es una persona indeseable porque atenta contra el garante del orden. Hemos internalizado tan profundamente el monopolio de la violencia que cualquier respuesta física es tachada por la opinión pública con una ingente cantidad de adjetivos negativos; y peor suerte corren las personas que andan detrás de las confrontaciones físicas.

Pero nada de esto se podría llegar a comenzar a entender si no tenemos en cuenta que el Estado moderno, mediante las dinámicas de socialización en las que se internaliza la cosmovisión dominante, representa y personifica todos los anhelos de bienestar que de forma social nos han inculcado. Creo que es útil comprender este galimatías teórico de la siguiente forma: imaginemos que la sociedad es una masa de agua en la que nosotres flotamos libremente. Nadamos hacia un lado, hacia otro… hasta que nos damos con los gruesos cristales del acuario, el cual delimita la realidad para les que flotamos en su interior. Pero el acuario (el Estado) no solamente delimita geográficamente nuestra libertad, también lo hace de otras maneras: los castillos, las algas, las rocas, los soldaditos del nene… todas esas cosas que suele haber en un acuario son impuestas sin opción a negarse. De la misma manera, nuestro acuario estatal nos impone una forma de pensar estandardizada, unos cánones morales a seguir, una visión específica de esto, de aquello, de lo otro… Y desde luego que romper los cristales del acuario no figura en la lista de cosas permitidas.

El contexto de crisis global que estamos viviendo en la actualidad es, sin embargo, un buen momento para empezar a ver nuestro reflejo en el cristal que nos constriñe, y así haciéndolo, empezar a pensar que hay un cristal entre nosotres y otro mundo posible. Éste es el momento idóneo para la formación, para cuestionar todo aquello que damos por hecho, para alzar la voz y hacer que otres se vean reflejades en ese cristal del acuario. Solamente cuando esto suceda podremos romper los muros del Estado que nos oprime, para así acabar de paso con el sistema de organización social que nos obliga a vivir a la fuerza.

Cada vez más gente comprende que violencia también es dejar en el paro a más de seis millones de personas; desahuciar miles de familias dejándolas en plena calle; explotar la única vida que tenemos para que unes poques puedan salir a navegar en su yate de lujo. Cuando además entendamos que luchar contra aquello que nos esclaviza (física y simbólicamente) no es violencia sino resistencia justificada, y que además estamos obligados moralmente a resistirnos, entonces podremos decir que al final la violencia sí que estaba justificada (y no sólo porque a ella nos obligan).

Muches pensarán que estoy justificando la violencia gratuita; no es así. No es mi intención hacer apología de nada excepto de la necesidad de ver la realidad social; la verdadera, no la que nos venden los medios capitalistas de comunicación. Confío en que ver y comprender la realidad social, la cual sólo tiene una posible interpretación que se reduce a la «explotación del hombre por el hombre», derive en una única y lógica respuesta.

Estoy apelando a esos anhelos de libertad que todes tenéis como seres humanos que sois. Si bien une no está dispueste a confrontar físicamente a las fuerzas opresoras del Estado capitalista, al menos que no ensucie la valentía de los que sí están por la labor de dar la cara. No es plato de buen gusto correr delante de una manada de borregos a sueldo, y por ello nadie ha de ser juzgado en base a su participación, o no, en este tipo de acciones; suficiente es el reconocer la superioridad ética de la violencia cuando es resistencia justa. Además, el hecho de que existen grupos sociales que quieren evidentemente dominar al resto, convierte a la violencia física en el único camino posible en último término. La pregunta del millón es, ¿cómo sabremos que hemos llegado al último término? La respuesta parece sencilla: cuando solamente veamos la sangre de aquellas personas que, corriendo tras la libertad, se dieron de bruces con el cristal del acuario que nos oprime.

Y esa sangre ya la estamos empezando a ver, no solamente en el Estado español, también en otras partes del mundo. Esto nos muestra que no estamos soles en nuestro acuario; que existen más acuarios que han de ser destruidos si queremos ser verdaderamente libres. Y a este respecto no existe duda alguna: la libertad personal se consigue única y exclusivamente cuando el resto de personas es libre. Y la libertad pasa, en las condiciones de vida que nos imponen, por la resistencia activa al brutal poder que nos arruina la vida; la única que tenemos.

Revolución social y ejército (I)

«Si quieres paz, prepárate para la guerra», dijo el dirigente romano Julio César. Pero, si la paz que queremos solo puede derivarse de radicales cambios sociales, ¿debemos entonces prepararnos para la guerra?

El geógrafo anarquista Eliseo Reclus afirmaba en su obra* que evolución y revolución son dos fases de un mismo proceso, existiendo épocas en las que se dan cambios lentos y graduales que no suponen un gran conflicto pero que, al acumularse, propician situaciones de cambios rápidos en las estructuras sociales, esto es, revoluciones.

Es comprensible pues que en estos períodos revolucionarios, al suponer el enfrentamiento radical de nuevas estructuras sociales y políticas contra las viejas estructuras, se den situaciones de violencia generalizada. Los partidarios del viejo orden social no se muestran por lo general muy dispuestos a abandonar pacíficamente sus hasta entonces privilegiadas posiciones y movilizan a sus fuerzas para la defensa de sus intereses reaccionarios. Es por esto que, con gran frecuencia, toda revolución social deviene en una guerra civil entre los partidarios del viejo orden y los revolucionarios.

Estos enfrentamientos bélicos: las guerras revolucionarias o para la defensa de la revolución, han generado distintas posturas entre los distintos movimientos revolucionarios en cuanto a la cuestión militar. No hay que olvidar que el ejército es, en muchos casos, el elemento más reaccionario, por su estructura y componente sociales de origen. Este debate es aún más importante dentro de las distintas corrientes del socialismo libertario, debido a que el ejército ha sido históricamente una de las herramientas de represión al servicio de los Estados.
¿Es necesaria la militarización de las fuerzas revolucionarias en el periodo de guerra civil que acompaña a las revoluciones sociales? ¿Es posible un ejército al servicio de los intereses de la clase trabajadora? ¿Puede un ejército tener una estructura que no sea autoritaria? ¿Pueden las piedras hacer frente a los fusiles? Estas son solo algunas de las preguntas que se han planteado los revolucionarios a lo largo de la historia.

Con esta serie de artículos pretendo realizar un repaso histórico del carácter bélico de las revoluciones sociales (desde las revueltas de esclavos del mundo antiguo, pasando por las revoluciones burguesas hasta llegar a los movimientos revolucionarios del siglo XX y de nuestra propia época), de las soluciones que buscaron los revolucionarios al problema militar en cada una de ellas, las distintas posturas que engendró este debate y las consecuencias de su aplicación.

No me abstendré sin embargo de ofrecer una visión crítica de este fenómeno, pues pretendo no solo mostrarlo, sino también llegar a una comprensión sobre el tema que nos permita avanzar en nuestro entendimiento de lo que supone el conflicto revolucionario.

Invito pues a las lectoras y lectores a que sigan atentamente estos artículos y no se contengan en ningún momento a la hora de dar su opinión.

*Reclus, ELISEO, Evolución, revolución y anarquismo, 1897.

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