¿Puede la clase trabajadora cambiar el mundo?

Traducción de la reseña de Ian Angus del libro «Can the working class change the world?» de Michael Yates (Monthly Review Press, 2018).

El título del nuevo libro de Michael Yates es una pregunta que todos los socialistas han escuchado muchas veces. La escuchamos por parte de los liberales, que piensan que los cambios solo pueden hacerse trabajando desde dentro del sistema. La escuchamos de los radicales, que son simplemente incapaces de imaginar a las personas que trabajan yendo en contra del sistema. Y, si somos honestos, admitiremos que cuando la actividad radical está en un período de calma y es difícil ser escuchados, a veces nos lo preguntamos también a nosotros mismos.

¿Es realmente posible que las personas que votaron por Trump o Clinton, dos caras de la reacción global, puedan algún día derrocar al capitalismo?

Si te sientes así, este libro es el antídoto perfecto. En menos de 200 páginas escritas de forma clara, muestra cómo la gente trabajadora ha cambiado ya el mundo de una manera profunda, así como lo que queda por hacer (mucho) y lo que debe suceder para que la clase obrera cumpla su potencial como fuerza revolucionaria.

Yates presenta su tesis en seis capítulos, empezando por qué es la clase trabajadora, pasando sobre por qué debe terminarse el reinado mortal del capitalismo, hasta cómo la gente trabajadora debe organizarse para obtener un cambio radical. En cada paso, ilustra sus puntos con ejemplos concretos de luchas reales en todo el mundo.

El primer capítulo sostiene que la definición formal de la clase trabajadora —todos los que trabajan por un sueldo o salario— es inútil para determinar quién puede cambiar el mundo. La policía y los guardias de la prisión trabajan por un salario, pero no están de nuestro lado. Tampoco los políticos, los ejecutivos corporativos y «otros abogados altamente cualificados y apologistas de los negocios». Por otro lado, hay millones de personas que no reciben salarios pero son parte de la clase trabajadora o aliados potenciales: aquellas cuya responsabilidad a tiempo completo es criar niños, personas desempleadas, trabajadores de la economía informal, pequeños agricultores que viven permanentemente al borde del hambre.

“En todo momento hay varios miles de millones de personas trabajando o en el ejército de reserva de mano de obra. Si se encontraran formas de organizar y unificar, por ejemplo, incluso solo al 20 por ciento de ellos, seguramente podrían cambiar el mundo».

El segundo capítulo proporciona un marco analítico para entender el capitalismo como «un sistema social hegemónico», que se basa en la explotación en el lugar de trabajo, pero que «busca dominar la mayor cantidad de aspectos de nuestras vidas como sea posible». Yates muestra que «los trabajadores son explotados y expropiados, haciendo imposible que alcancen una verdadera libertad, autonomía y vida no alienada en una sociedad capitalista «.

El tercer capítulo analiza concretamente la explotación y la opresión, y explica por qué los marxistas ven a las personas trabajadoras como agentes del cambio social. No solo considera las fuerzas que unen a los trabajadores contra el sistema, sino también las barreras (niveles de habilidad, nacionalidad, raza y género, en particular) que los enfrentan y debilitan la lucha.

El cuarto capítulo aborda un tema que incluso los socialistas experimentados a menudo descuidan, las victorias y los cambios que las luchas de la clase trabajadora ya han ganado, sobre la oposición decidida de los patrones y los gobiernos capitalistas. En ese sentido importante, las personas trabajadoras no solo pueden cambiar el mundo, sino que ya lo han hecho.

“Solo el pensamiento y la actuación radicales tienen alguna posibilidad de evitar los niveles acelerados de barbarie. Se deben forjar nuevos instrumentos: sindicatos y partidos políticos radicalmente democráticos, una ampliación de las actividades colectivas de apoyo mutuo, niveles masivos de ‘ocupar, resistir, producir’ … Llevará tiempo para una clase partida por tantas divisiones fundamentales (principalmente por raza, género y por el imperialismo) unificarse y destruir a su enemigo de clase».

El quinto capítulo demuestra que, a pesar de esas victorias, el poder del capital sigue intacto, y algunos avances importantes, incluyendo las exitosas revoluciones en Rusia y China, se han revertido. Mientras el capitalismo siga dominando globalmente ninguna victoria para la democracia y la justicia es permanente.

Al igual que el libro en su conjunto, el capítulo seis se titula ¿Puede la clase trabajadora cambiar el mundo? La primera palabra de esa pregunta es importante: está claro que los trabajadores pueden cambiar el mundo, pero ¿lo harán? Llegar de la posibilidad de hacerlo a la voluntad de hacerlo no va a ser fácil ni rápido.

En este capítulo, Yates analiza los “múltiples terrenos de lucha” que serán fundamentales para construir nuevas organizaciones basadas en la democracia y la solidaridad, y que luchen por ganancias inmediatas sin perder nunca de vista el objetivo central.

“No hay razón para que exista un proyecto político de clase trabajadora a menos que su objetivo sea la derrota del capital. Las demandas deben ser radicales y de principios, y deben ser respetadas. El compromiso táctico puede ser necesario a veces, pero nunca puede ser una estrategia».

Michael Yates ha trabajado durante muchos años como educador laboral, formando a personas trabajadoras en las aulas y reuniones sindicales en los EE. UU. Esos años le enseñaron algo muy importante: cómo expresar las ideas marxistas en un lenguaje cotidiano, sin condescendencia, sin falsas bravatas ni ilusiones, y sin indicio alguno de dogmatismo. El resultado es una excelente descripción popular de lo que va mal con el capitalismo y de lo que las personas trabajadoras deben hacer para librarse de él. Incluso si crees que sabes todo esto, deberías leerlo para aprender, gracias a un brillante ejemplo, cómo explicar las ideas socialistas en términos claros, concisos y convincentes.

«¿Puede la clase obrera cambiar el mundo?» debería encontrarse en cada librería ecosocialista. Más que eso, debería estar en manos de todos los trabajadores radicales. Es un libro para ser leído, discutido y aplicado. Michael Yates ha hecho una importante contribución a la construcción de movimientos que no solo pueden cambiar el mundo, sino que deben hacerlo.

Original en inglés: https://climateandcapitalism.com/2018/11/13/can-the-working-class-change-the-world/

Organizarnos como clase

Hablar de clase obrera suena desgastado. Las personas trabajadoras compartimos la base material de quien trabaja para vivir y no vive de rentas o del trabajo ajeno. Pero ese aspecto, que es materialmente crucial en una sociedad bajo el sistema económico capitalista, no construye necesariamente una comunidad de intereses compartidos. En gran medida, por la existencia de identidades fuertes que dificultan tejer complicidades entre quienes pueden tener intereses materiales (sociales) compartidos. La disgregación de la mayoría social que somos los trabajadores lleva a la desactivación política de nuestra clase, a la debilidad y a la pérdida de derechos que llevamos ya décadas experimentando. Hoy tenemos que hacer frente a problemas acuciantes como el paro, la inseguridad laboral, el encarecimiento de la vivienda,, la mercantilización de lo público, la corrupción política, la pobreza energética, el auge de autoritarismos machistas y reaccionarios, la catástrofe ecológica… Revertir la situación exige organizarnos como clase para empezar a plantar cara.

Una contribución importante a nuestra disgregacion lo aporta el componente político, incluso entre quienes nos definimos como parte de la izquierda socialista. Es grande entre nosotros y nosotras la discusión sobre las formas en que es necesario organizarse políticamente, así como el debate sobre en qué espacios resulta necesario o prioritario volcar nuestros esfuerzos. Pero organizarnos como clase significa hacerlo a pesar de las identidades, las diferencias políticas, la afinidad o los enfrentamientos personales. El objetivo es mejorar nuestras condiciones de vida como personas trabajadoras. Es también esta una estrategia para enfrentar al capitalismo a sus contradicciones, a su incapacidad para satisfacer a la mayoría. Para ello necesitamos de organizaciones sociales fuertes y no partidarias, que puedan exigir y lograr las demandas de la mayoría. Necesitamos recuperar un sindicalismo amplio, fuerte, organizado y a la ofensiva.

¿Cómo lograrlo cuando apenas compartimos ya una cultura común, mucho menos una vida en colectivo? La sociedad de consumo ha dado pie a una amplia diversidad de gustos e intereses culturales que generan una miríada de identidades fundamentalmente atravesadas por cuestiones de género, de etnia, de edad, de origen, de lengua… La cuestión de la identidad late bajo buena parte de los conflictos que marcan nuestra época, expresándose no siempre de manera liberadora. Sus efectos pueden rastrearse en la transformación feminista en curso, pero también en el consiguiente despertar de una reacción machista, o en el auge del fundamentalismo islámico. Un conflicto de identidades que tiene su reflejo también entre las personas trabajadoras.

Debemos empezar por integrar en la organización, desde el primer día, las necesidades y las perspectiva de grupos infrarrepresentados en buena parte de las organizaciones sociales clásicas (mujeres, migrantes, LGTBI…). A pesar de que los objetivos como clase sean comunes hay factores relevantes que son desoidos o minusvalorados a la hora de conformar organizaciones plurales. Factores a nivel de objetivos políticos, pero también a nivel personal, que son imprescindibles para personas que sufren otros ejes de opresión además del de clase. Lograr organizaciones plurales, amplias y fuertes pasa por construir un espacio confortable y empoderador para todas las personas trabajadoras, teniendo bien en cuenta las opresiones particulares dentro del funcionamiento y el programa de la organización. Debemos aspirar a un funcionamiento más democrático, más participativo y más respetuoso con las personas que lo integran.

Una organización de clase tiene que aprender a lidiar con la tensión permanente a nivel político, ya que las diferencias no van a desaparecer y los consensos siempre van a romperse llegado un punto. Es por ello tan importante mantener una práctica democrática con perspectiva unitaria, poniendo en valor la unidad de clase por encima del enfrentamiento partidista. Ese enfrentamiento puede y debe darse dentro de los cauces democráticos de la organización, pero también dar pie al trabajo conjunto cuando los acuerdos queden materializados. La flexibilidad, la capacidad de adaptación y de negociación van a marcar nuestro éxito. Por último, llegado el caso, debemos ser capaces de asumir que las diferencias estratégicas fundamentales pueden llevar a la división sin que esta tenga que suponer necesariamente un enfrentamiento directo.

En el marco de esa organización y de la lucha que se derive de la misma puede darse una politización en los valores y objetivos socialistas, pero lo fundamental es que la organización social exista y logre victorias que justifiquen su existencia. Esto es así porque en el caso de las personas trabajadoras el deseo compartido de mejorar nuestras condiciones vitales sólo puede realizarse a través de nuestra fuerza en colectivo. Equivocar el objetivo principal lleva a ideologizar la organización, a desmembrarla como resultado de conflictos políticos y, en definitiva, a inutilizarla. Los más ciegos partidarios de tomar el poder quizá puedan permitirse acabar con la capacidad de movilización social a cambio de beneficios políticos cortoplacistas pero los anarquistas, partidarios del poder popular, estamos obligados a preservar las organizaciones sociales como embriones de la futura institucionalidad popular y democrática.

Porque para nosotros y nosotras el objetivo final de organizarnos es lograr un bienestar mayoritario no basado en el consumo, sino en la realización de una sociedad sostenible, igualitaria, justa y libre. Cualquier otra alternativa para vivir bien es un engaño. El espejismo del ascensor social dentro del capitalismo se torna cada vez más difuso y, en el mejor de los casos, sólo puede funcionar para unos pocos. Más bien al contrario, la desigualdad creciente, fruto del capitalismo y las políticas que tratan de mantenerlo a flote, no hacen más que ampliar la base trabajadora empujando a las clases autoconsideradas medias hacia abajo, eliminando la zona gris que caracterizó los pocos años en que la farsa del bienestar capitalista se sostuvo apoyada en los pilares del hiperconsumismo.

Por desgracia, el socialismo, esa utopía que un día movilizó a la clase trabajadora, también suena a viejo. En medio de la confusión posmoderna, los grandes relatos que podían estimular la imaginación humana e impulsar acciones heróicas han sido desactivados. El cinismo campa a sus anchas cuando nadie es capaz de reivindicar un objetivo común que se eleve más allá de los conflictos personales y políticos de facciones. A pesar de ello, resulta más necesario que nunca alzar banderas comunitarias, especialmente entre los individuos aislados de Occidente. Necesitamos, tanto como el aire para respirar, de relatos que nos hablen de sentires compartidos y que nos emocionen. Está en nuestras manos que esas banderas y esos relatos movilizadores traten sobre sociedades heterogeneas, respetuosas y abiertas, y no sobre identidades cerradas y minoritarias que animan al odio y la xenofobia. Tenemos que apostar conjuntamente por un ecosocialismo libertario y feminista, profundamente democrático y confederal; un proyecto colectivo que logre articular mayorías sociales y que barra con la discriminación, el machismo, la desigualdad, el autoritarismo y la destrucción ecológica de una vez por todas.

2017, un año para no olvidar

Como tercer año consecutivo, llevo repasando el fin de año tratando de recordar lo más sonado este 2017, y seguir adelante con lo construido y lo que quede por hacer. Dejamos otro año repleto de muchísimas historias, de alegrías y penas, de aventuras y cambios, de tropiezos y aciertos, de victorias y derrotas… que sin duda nos marcarán en nuestras vidas.

Este 2017 sin duda marcará a la generación de los ’90 como el comienzo de la vida adulta, lo que significaría para muchas, madurar y, para todos los hijos e hijas de clase trabajadora, darse cabezazos contra la dura realidad marcada sobre todo por la falta de oportunidades, tanto en el mundo laboral como en la entrada a la Universidad, sin olvidar la dificultad para emanciparse por las altas tasas de paro juvenil, el precio de la vivienda y el trabajo temporal y mal remunerado. Y a pesar de que la crisis nos haya pillado en nuestra mejor etapa de la vida, salimos adelante sobreviviendo entre la precariedad y la emigración, luchando por una vida que merezca la pena ser vivida.

Recordamos la llegada del 2017 con un tarifazo de la luz así por la cara otro año consecutivo más, el conflicto de la estiba, la condena a Cassandra por los chistes de Carrero Blanco, las Marchas de la Dignidad, la cumbre del G20, el problema del turismo masivo en ciudades como Barcelona, Madrid, Palma de Mallorca, Venecia…, los conflictos en Venezuela, la desaparición de Santiago Maldonado y posterior aparición de su cuerpo, la cuestión catalana y la movilización social durante y tras el 1O, la lucha incansable del pueblo de Murcia contra el muro del AVE, los incendios en Galicia y el norte de Portugal, la victoria sobre Raqqa, la masiva manifestación nazi en la capital polaca el día de su independencia, las manifestaciones contra la violencia machista, la aplicación del artículo 155 en Catalunya, el tráfico de esclavos en una Libia destrozada por el imperialismo, el golpe de Estado en Honduras y la posterior resistencia popular…, el final de la neutralidad de Internet en EEUU y la chispa que volvió a incendiar Oriente Próximo cuando Trump firmó el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí. Dejo aquí muchos acontecimientos más en el tintero ya que no entrarían en este resumen.

Afrontaremos el siguiente año con un cambio climático cuyos efectos cada vez serán más graves sobre la Tierra pero que ningún país parece querer realizar acciones para revertirlo. La crisis económica aún estará lejos de solucionarse y más para España, cuya hucha de las pensiones fue saqueada por el PP y será deficitaria, mientras el BCE dejará de comprar deuda española. Dentro de Europa, hemos de considerar el auge del fascismo en los países del Este y en todo el mundo, ya está en marcha la ofensiva neoliberal. Un fantasma recorre el mundo y no es precisamente el de la URSS, sino una nueva ola conservadora reflejada en Trump, en Macri y en Macron y Le Pen.

Ante esta ola conservadora, las izquierdas —y en particular el movimiento libertario— debemos avanzar y tomar posición en la situación política actual. En América Latina, la apuesta del CNI en México es un ejemplo de la necesidad de pasar a la ofensiva con un movimiento popular indígena detrás para cambiar el modelo de país. Los movimientos sociales en Argentina también deberían plantearse una ofensiva que no solo frene los recortes de Macri, sino que también puedan configurar un nuevo modelo de país. En Chile, ponemos las esperanzas en el Frente Amplio y en la ruptura democrática en aras de hacer avanzar el movimiento popular. Tampoco olvidemos la resistencia campesina en Colombia y las luchas sociales en Brasil ante la represión contra los anarquistas. Yendo para Oriente Próximo, nos duele otra vez Palestina que sufre otra dura agresión por parte de EEUU e Israel contra Jerusalén, capital de Palestina. En Rojava destacamos la victoria sobre Raqqa y en algunas zonas de Bashur (Kurdistán iraquí) el PKK ha proclamado la autonomía democrática y hay en curso un levantamiento contra Barzani.

Volviendo hacia Europa, tenemos las miradas puestas en Catalunya, donde el Procés tras el 1-O ha dado protagonismo a la autoorganización popular a través de los CDR. Cuando la movilización social estaba prácticamente por los suelos, la llegada de septiembre y el curso de los acontecimientos pareció reactivar en Catalunya un nuevo ciclo de movilizaciones, sin olvidar tampoco la movilización del pueblo gallego durante los incendios ni al pueblo murciano que salió a las calles contra el muro del AVE. La cuestión catalana también ha abierto entre nuestras filas una serie de debates acerca de la soberanía, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, la cuestión nacional y la territorial. Estos debates sin duda han sido de los más sonados entre el anarquismo ibérico y catalán, y la izquierda en general. Para bien o para mal, era necesario una buena sacudida en nuestras filas para desechar viejas glorias y prejuicios acerca de la cuestión nacional, ya que entenderla es clave para conocer los movimientos populares del s. XXI: el Rif, las luchas indígenas y el movimiento de liberación kurdo principalmente.

Dejamos otro año atrás con un buen sabor de boca, al menos para mí, observando cómo comenzamos ya a caminar sobre suelo firme con proyectos y organizaciones como la FAGC, Apoyo Mutuo, la FEL, Embat y nuestras compañeras gallegas que estrenaron este 2017 Bátega. La construcción del poder popular requiere paciencia e inserción en las luchas sociales, como la vivienda, el movimiento estudiantil y la Educación, las remunicipalizaciones, el sindicalismo de clase, el medio ambiente y los barrios.

Para el año que viene, en Catalunya hemos de darle una salida por lo social al Procés y evitar volver al casillero de salida del ritmo institucional. La Asamblea Social Constituyente será decisiva para darle una nueva dirección y legitimidad a los movimientos sociales catalanes de cara a impulsar la construcción de una República y un proceso constituyente desde abajo a la izquierda, poniendo sobre la mesa la mejora de las condiciones materiales de la ciudadanía y la clase trabajadora en materias de: vivienda, barrios y pueblos, servicios públicos (Educación, Sanidad, pensiones, Seguridad social, suministros…), marco laboral y política económica, energías y medio ambiente, y soberanía territorial. Y para el resto de España, la ASC y los CDRs deberían ser ejemplos y motivos para que en el resto del territorio se active también la lucha social, en clave de configurar una política de alianzas entre anarquistas, los movimientos sociales y la izquierda radical de cara a construir una ofensiva contra el Régimen del ’78. Recordemos que el art. 155 no es solo para reprimir a Catalunya. También supondrá otra oleada de recortes en derechos y libertades en el resto del Estado español (ya ha sucedido con la intervención de las cuentas del Ayto. de Madrid y del de Cádiz). Debemos ir superando poco a poco los movimientos reactivos (contra la represión, contra …) para comenzar a plantearnos la ofensiva. Solo un pueblo fuerte será capaz de parar el fascismo y revertir los ataques neoliberales.

Como despedida hasta el año que viene, nos espera un 2018 movido, con un camino duro y lleno de retos que afrontar. Durante estas semanas de reencuentros familiares, no olvidemos cuidarnos nosotros y nosotras mismas junto con nuestros seres queridos y recibamos el nuevo año con alegría, ánimos, esperanzas y muchas fuerzas. Por ello, brindemos una vez más por las victorias que hayamos cosechado el movimiento popular alrededor del mundo este 2017. Iniciaremos el siguiente año con un ciclo político en el cual se nos hace cada vez más importante participar de los procesos de lucha social en las calles. Para el 2018, será clave activar un nuevo ciclo de movilizaciones con vocación de poder popular e ir construyendo una institucionalidad desde la base (asambleas de barrio, asociaciones de vecinos, sindicatos, grupos ecologistas, organizaciones feministas…) como foco de contrapoder y de clase. Tenemos que pasar a la ofensiva si queremos ganar, así que afrontemos el nuevo año con los mejores deseos y anhelos por ese nuevo mundo que llevamos en nuestros corazones, y que tratamos de materializar en estos instantes.

¡Feliz solsticio de invierno para el Norte, equinoccio para el trópico y solsticio de verano para el Sur! La historia solo acaba de empezar. ¡Construyamos colectivamente el futuro en el que deseamos vivir!

La relación entre el movimiento político y el movimiento popular

Abro este nuevo artículo con ánimos de volver a indagar en el tema histórico para poder aprender alguna cosa para nuestros tiempos. En este 2017 se cumplen 100 años de la Revolución rusa. Me ha parecido muy interesante la entrevista a Julián Vadillo sobre su nuevo libro, que aún no ha caído en mis manos. En ella dice una obviedad que veo necesario destacar, por que en el ambiente libertario no lo es tanto:

Los majnovistas son en esencia anarquistas: Majnó es anarquista, Archinov es anarquista… pero el majnovismo como tal es un movimiento de las masas laboriosas, como ellos mismos dicen. Anatol Gorelik, en El anarquismo en la Revolución rusa, dice que el majnovismo no es anarquista sino que tiene elementos que los une a los anarquistas, y los anarquistas ven en el majnovismo una opción importante para el desarrollo de sus ideas. Aparte está la Confederación Anarquista Nabat, la organización de los anarquistas ucranianos, en la que no está Majnó pero hay una confluencia. Aunque el majnovismo como tal no se defina como anarquista sí es antiautoritario, horizontal, autogestionario y tiene muchos puntos en común con el anarquismo.

Lo que nos está diciendo Vadillo no es otra cosa que el makhnovismo (que a menudo se trata como si fuera una organización anarquista sin más) era un movimiento popular y de masas y no era un movimiento específico anarquista. La específica es Nabat, que actúa de organización política de los anarquistas.

De aquí se transmite una idea muy interesante de dualismo organizativo, en los que un movimiento revolucionario está compuesto por una organización política y por una organización de masas. En este caso el makhnovismo estaba dirigido y dinamizado por anarquistas, de ahí que tuviera tantos rasgos comunes con el anarquismo, si bien era un movimiento de carácter campesino y popular.

En esto se parece al movimiento zapatista (el de Emiliano Zapata, no el actual) de la época que no se adscribía a ninguna corriente ideológica en particular pero que también compartía rasgos con el anarquismo. En este caso destaca el papel de Antonio Díaz Soto y Gama, anarquista proveniente del Partido Liberal Mexicano (organización política) y de la Casa del Obrero Mundial (sindicato anarcosindicalista). Su papel, fue relevante en el Ejército Libertador del Sur de Zapata, generando un discurso propio del movimiento, que estaba en sintonía con las ideas que había defendido el PLM.

Como vemos se trata de una nueva participación clave de militantes libertarios en un movimiento de masas revolucionario, que ayudan a construirlo. Su ejemplo se podría trasladar a Mikail Gerdzhikov y la comuna de Strandhza en la Bulgaria de 1903 y muchos otros casos similares a lo largo de la historia.

Las alianzas no se hacen por que sí. Ambas son tácticas que se supone que benefician a todas las partes. De la misma forma que podremos ver casos en los que las alianzas salieron mal, tenemos muchos otros tipos de alianzas que ayudaron a que el movimiento revolucionario creciera. De la misma forma crear un movimiento grande, plural y amplio es una forma para crear una organización con posibilidades revolucionarias. Y llevarlo a cabo debería ser responsabilidad de cualquier persona que se considere revolucionaria. Como es probable que solos no podamos crear un movimiento popular con garantías de ser una entidad de transformación social, pues tendremos que apoyarnos y colaborar con otra gente de otras tendencias y corrientes que nos apoyen en esta tarea. Lo último que hay que hacer es quedarse en la parálisis de la vida interna de los movimientos exclusivamente políticos o específicos.

@BlackSpartak

 

¿Por la República y el Socialismo?

Hoy por 86º año consecutivo, en España conmemoramos la proclamación de la II República. Quedan en nuestra memoria todas aquellas personas que lucharon por la libertad y la democracia, y más todos esos trabajadores y trabajadoras que lucharon por mejorar sus condiciones de vida. Por supuesto, no dudamos de que la II República haya traído avances, así como que tampoco olvidamos los retrocesos. Pero hoy no quiero hacer otro artículo histórico más de los miles que hay, sino ofrecer una lectura en clave estratégico respecto a lo que hoy vivimos. No es tiempo de discusiones ideológicas sobre el pasado, ni idealizar aquella época ni demonizarla. Podríamos quizás extraer lecciones de esa historia y saber de dónde venimos.

Una mirada hacia el presente nos dice ya muchas cosas: somos el segundo país del mundo con más fosas comunes sin exhumar detrás de Camboya, tenemos una monarquía herencia de Franco, los torturadores franquistas siguen impunes, las víctimas del franquismo están silenciadas… y el caso de la condena a Cassandra por unos chistes sobre Carrero Blanco mientras indemnizan a un nazi por haberle destruido su arsenal demuestran que el Estado profundo de España sigue siendo franquista. Toda esta herencia más la entrada del neoliberalismo (gracias a Felipe González) hace que hoy estemos en una coyuntura difícil para la clase trabajadora.

Actualmente, la monarquía española ya no está siendo tan bien vista como en tiempos de bonanza. Dicha monarquía representa además a esa España de los vencedores que hicieron un pacto de silencio durante la transición y lo que hoy llamamos el Régimen del ’78. Todo apunta a que España posee un déficit democrático. La reivindicación de un Estado republicano se podría leer de muchas maneras, pero en España, se toma como una república de izquierdas, al contrario que en EEUU que es conservadora. Entonces, si hacemos una lectura de la III República como un modelo de Estado socialista y no un Estado liberal, podríamos decir algo más sin caer en lo puramente ideológico. No obstante, en esta coyuntura de crisis permanente y globalización, un Estado socialista como tal en Europa sería un imposible. Como mucho podría llegarse a una república social-liberal con mayor o menor grado de depuración de elementos franquistas en las instituciones. No obstante y por otro lado, estos debates y reivindicaciones se queden en el plano institucional y seguramente sea así. Hablar de modelos de Estado y pretender cambiarlo jugando al juego institucional es malgastar tiempo y fuerzas en falsas ilusiones, ya que las relaciones de poder actuales claramente nos ponen en desventaja con respecto a la derecha en este país.

Entonces, ¿qué falta aquí? Al hablar de política a nivel macro o estatal, nos estamos olvidando de las luchas en las calles y de la política del día a día en los barrios y en los centros de trabajo. Aquí es donde querría yo incidir y pienso que estamos cayendo en el mismo error del cambio en las instituciones antes de tener un movimiento popular fuerte y capaz de marcar agenda en las políticas a nivel estatal. Reivindicar una república socialista sin construir pueblo es construir la casa por el tejado. No haremos más que perder el tiempo. Los ejemplos están a la orden del día:

—En Grecia, el triunfo de Syriza no impidió que finalmente los sectores más radicales del partido se dieran de baja y Syriza acabe reculando, agachando su cabeza ante la Troika y vendiendo las infraestructuras del país a Alemania.

—Los Estados socialistas como Cuba o Venezuela, a pesar de sus avances a nivel social con respecto a países capitalistas occidentales (Sanidad Pública, Educación, programas de investigación, lucha contra el hambre…), están caminando hacia el liberalismo en vez de profundizar en el socialismo.

—La coalición de izquierdas en Portugal está aplicando recetas keynesianas para reducir el impacto de la crisis pero no van a acabar con el capitalismo en sí. Es cierto que su economía ha mejorado pero aún tienen una deuda pública considerable.

—Las medidas de los ayuntamientos del cambio encuentran mucha dificultad para aprobarse ya que PP, PSOE y Cs se ponen de acuerdo para bloquearles. Y qué decir de políticas que no satisfacen lo que recogen sus programas electorales, como la lamentable política de vivienda de Carmena que no solucionan los casos de alquileres y ocupaciones o las políticas deficitarias para hacer frente al turismo masivo en Barcelona.

Estos pequeños ejemplos, a excepción de Venezuela que tiene oposición interna del país apoyada internacionalmente para acabar con lo poco que le queda de socialismo, denotan que ante la falta del pueblo como sujeto político, la izquierda en las instituciones es incapaz de implementar sus programas políticos. Incluso Podemos ha tenido que renunciar a muchas reivindicaciones más o menos radicales para poder entrar en las instituciones. Sin embargo, en el caso de existir un movimiento popular fuerte, las cosas ya no son las mismas:

—El ejemplo más claro que tenemos es el movimiento de liberación kurdo. Como ya sabemos, dicho movimiento articulado en torno al PKK y bajo el proyecto político del confederalismo democrático, ha logrado en Rojava crear una nueva institucionalidad democrática, no un nuevo Estados-nación, sino una administración basada en la democracia directa. En Turquía, la coyuntura es distinta pero sigue habiendo una fuerte presencia del movimiento kurdo en Bakur (la parte del Kurdistán que está dentro de las fronteras turcas), el cual llevó candidaturas en coalición con la izquierda turca bajo el partido HDP al parlamento, además de conseguir alcaldías en los pueblos de mayorías kurdas.

—Otro caso similar pero sin estar en un contexto de guerra lo podemos ver en la Izquierda Libertaria de Chile y su programa de ruptura democrática, que consiste básicamente en enviar candidaturas para desestabilizar la política institucional tras tener un movimiento popular articulado.

—No estaría demás aquí mencionar al CNI (Congreso Nacional Indígena). Una candidatura a la presidencia de México formada por las voces de las luchas indígenas del país para romper el silencio mediático y avanzar en sus luchas.

Por contra, un movimiento popular fuerte que no tenga un proyecto político a nivel macro o sin tenerlo bien definido y articulado, puede igualmente ser derrotado por la oposición que esté mejor articulada políticamente o esté copando las instituciones. Hay unas ideas simples y lógicas detrás de todo esto: uno, que no es suficiente con tener músculo en los barrios y en lo cotidiano. Dos, que hace falta un programa para lo macro para darle proyección y legitimidad a todas las luchas sociales. Y tres, que no tiene sentido que gobierne el enemigo teniendo un movimiento popular fuerte con capacidad para implementar su proyecto político. Como solo se destruye lo que se sustituye, es necesario crear una nueva institucionalidad democrática y bajo un proyecto político socialista libertario que supere las instituciones burguesas. Pero como esta nueva institucionalidad choca radicalmente con las del enemigo de clase, es preciso derribarlas, copando así todo el espacio político posible por parte de la clase trabajadora y el pueblo, como es hoy Rojava.

Y volviendo al tema de la República con estos ejemplos expuestos, primero hemos de dejar atrás el folclore, los moralismos y las discusiones ideológicas, para comenzar a hacer lecturas en el presente en clave político-estratégico para la coyuntura en el Estado español: el ciclo de movilizaciones del 15M ha terminado con el ‘asalto institucional’, y tras ello, hemos dejado atrás también el ciclo electoral de las municipales y generales. Las calles se han vaciado bastante y ya no volveremos a las grandes movilizaciones de hace unos años, pero tenemos ejemplos de luchas potentes como la del Correscales y los estibadores. Nos queda por delante reactivar un nuevo ciclo de luchas que supere la periodicidad de las movilizaciones por las movilizaciones y el activismo por el activismo. Ahora nos es prioritario construir pueblo como sujeto político fuera de las instituciones más que hablar de sustituir un rey por un jefe del Estado civil. Cuando hayamos construido ese movimiento popular, podremos hablar de ruptura democrática.

El papel de las egresadas

Durante los últimos años has estado estudiando mucho, agobiándote en las épocas de exámenes, pagando las matrículas una, dos, tres veces o más… igual te anotaste a la escuela de idiomas para sacarte el B2 de Inglés, quizás piensas que el tiempo que le dedicaste a la militancia en el movimiento estudiantil se lo podrías haber dedicado a los estudios y quizás así no hubieras repetido esta o aquella asignatura… o hasta te hubieras evitado aquel curso nefasto en el que casi no apruebas ninguna.

Es posible que llegues a pensar esto, o algo parecido, si tu situación es la de estar acabando la universidad y durante tus años en la misma has estado en el movimiento estudiantil. Esto es así porque en estos últimos años, pocos o ninguno son los casos en los que las organizaciones estudiantiles o el movimiento estudiantil donde lo hubiera, han tenido pretensiones reales de transformar la sociedad, de mejorarla.

Por un lado, la actividad ha estado girando en torno a inercias a la contra, de defensa contra lo que se quería imponer y recortar, pero sin tener la fuerza real como para ganar dichas resistencias. Esto implicó que no se alcanzara la victoria en tales luchas. Ejemplo de ello puede ser la implantación del plan Bolonia en la universidad, o la subida de tasas en la mayoría de territorios del estado español. En secundaria podríamos poner el ejemplo actual de la LOMCE, aunque este último tiene sus propias particularidades dada su instrumentalización por parte de la oposición parlamentaria.

Por otro lado tenemos a las organizaciones estudiantiles. Estas no han sabido o si quiera pretendido crear un movimiento estudiantil, no han trazado líneas estratégicas para intentar activar al mayor número de estudiantes, no han intentado sacar luchas asumibles que terminaran en victorias para hacer contrapeso a las derrotas que el movimiento estaba sufriendo… en definitiva, las organizaciones estudiantiles han estado en su lucha particular de siglas y “pesca” por recursos humanos para sus organizaciones juveniles y/o partidos parlamentarios, dejando de lado la creación de movimiento. Es decir, no han tenido pretensiones reales de cambiar nada, no han sido capaces de crear, con el estudiantado, un contrapoder, un cuerpo social con capacidad de transformar la sociedad… no han sido organizaciones revolucionarias.

Con este panorama, como decía, es normal que llegues a pensar que la época de practicar este “hobby” que conoces como activismo o estar organizada toque a su fin, pero hay otra forma de verlo y por lo tanto de actuar.

Esas horas que dedicaste a organizar tal o cual evento, esa experiencia a la hora de hablar en público o de moderar una asamblea, esa capacidad de buscar aquello que necesitas partiendo de cero y sin ayuda… son conocimientos, teóricos y prácticos, que adquiriste en base al ensayo error. Este conocimiento lo puede incorporar a tu currículum y completar así tu formación académica. Pero sé que tú no solo puedes hacer esto.

Tú eres una persona que ha estado estos años metida en asambleas infinitas, pegadas de carteles, reuniones improductivas, manifestaciones con mucha gente, con poca gente, procesiones, revueltas, debates… y no lo has hecho porque te daban créditos, lo hiciste porque sentías que debías hacer esas cosas, que debías estar ahí. Y esto lo sé porque si no fuera así, ya no estarías leyendo este artículo.

Es por eso que para ti tengo una propuesta, una propuesta que le puede dar un sentido a todas esas horas que aparentemente no te aportaron nada, una propuesta con la intención de que seas partícipe en la creación de contrapoder, una propuesta para llegar a transformar la sociedad… así pues, una propuesta revolucionaria.

El día de mañana cuando estés en tu puesto laboral, un puesto de “rango elevado” por así decirlo, ya que ese es tu perfil laboral como egresada, conviértete en algo más que en una trabajadora, convierte en una profesional al servicio del pueblo, sé un cuadro revolucionario dentro de la empresa en la que trabajes.

Cuando digo revolucionario no es para que quede bonito, me refiero a que seas participe con tu trabajo en la construcción de poder popular. ¿De qué forma?

Una forma puede ser el destinar un porcentaje de su salario al sindicato, teniendo de referencia no al sindicato corporativista que habitualmente tienen los puestos técnicos, sino al sindicato que busque la creación de poder obrero mediante el sindicalismo revolucionario.

Otra manera de contribuir sería el servir, dado tu puesto en el proceso productivo en la empresa, de enlace para el acceso a determinada información para dicho sindicato.

De igual modo, por tus conocimientos, podrías ayudar en la preparación para el futuro control de la empresa por parte del sindicato: desde formando a trabajadoras de planta para cubrir los puestos técnicos y no tener que “comprar en el futuro al cuerpo técnico de la empresa, hasta diseñando el proceso productivo que se planea tener en determinado momento.  Un ejemplo de esto último podría ser el proceso de expropiación y la gestión obrera del 80% de las industrias y servicios en Catalunya entre 1936 y 39.

Seguramente se me escapen otras razones por las cuales la existencia de cuadros revolucionarios dentro de las empresas será una cuestión indispensable el día de mañana si de verdad queremos transformar la sociedad y tener un pueblo organizado capaz de tomar las riendas de su futuro.

Pero de lo que si estoy seguro, es que igual que tú te activaste en el anterior periodo de movilizaciones que hubo, ahora se va a activar mucha más gente en este nuevo ciclo que comienza y en los siguientes que vendrán. Continuar avanzando y no abandonar la lucha es el combustible que hará funcionar el motor cuando todas las piezas estén listas y colocadas. Así pues, ¿Podemos contar contigo?

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