Esquiroles

Una huelga, como todas sabemos, es un método de presión y lucha en defensa de unos intereses comunes. Como tal, una huelga es una ruptura a la rutina impuesta a través del paro de la producción o la(s) jornada(s) de clase en el caso de ser estudiantil. No obstante, una huelga no siempre es apoyada totalmente y hay quienes estando en el mismo barco, es decir, estando en el mismo centro de trabajo o de estudio se ponen en contra de ella. La más famosa excusa que se escucha es la del derecho a ir a clase/al trabajo. Por lo visto, la mayoría de las personas han interiorizado el egocentrismo propio de las sociedades occidentales. Se olvidan de que todos los derechos sociales que hoy están siendo recortados han supuesto en el pasado luchas que costaron sangre para hacerlos efectivos.

Un esquirol es aquella persona que, en una(s) jornada(s) de huelga, se escuda en que existe un derecho que le otorga potestad para ir a clase o al trabajo a recibir sus días de salario y las palmaditas de «buen chico» del empresario. Un día de huelga significa un día de lucha en defensa de nuestros intereses de clase, en defensa de los derechos sociales conquistados y tratar de frenar medidas que van en contra nuestra y a favor de los intereses capitalistas. Es curioso que los esquiroles se acuerden del derecho a ir a clase/al trabajo cuando hay huelga pero se olviden de ello el resto de los días en que no hay huelga. ¿Dónde está esa gente que tanto se revuelve para no ir a una huelga cuando vemos cómo se destruye el empleo cada día y cómo los y las estudiantes cuyas economías no le permiten pagar las elevadas tasas de un grado universitario tienen que dejar la carrera? ¿Se acuerdan de los casi 6 millones de parados y paradas, de esas estudiantes expulsadas de la Universidad y de las que acabaron la carrera y no encontraron empleo acorde a su cualificación? Pues quienes hacemos huelga sí nos acordamos de todo lo anteriormente mencionado y es a través de ella por la cual lo defendemos. Un ejemplo de ello —y bastante conocido ya— es la jornada de 8h, conquistada a través de huelgas generales y no solo en el Estado español. Aunque a primera vista pueda parecer irónico el dejar el puesto de trabajo para defenderlo, en realidad es todo lo contrario. Las huelgas llevan el conflicto a otro nivel, paralizando la producción y generando pérdidas a la empresa como método para hacer valer nuestras reivindicaciones, como por ejemplo frenar un ERE. A través de ellas, se consiguieron echarlos atrás, como pasó por ejemplo, con la de los barrenderos de Madrid hace un tiempo.

Entonces, ¿qué es eso del derecho a ir a clase/al trabajo en las jornadas de huelga? Nada más ni nada menos que justificar el esquirolaje, ¡a eso no se le puede llamar derecho, sino más bien privilegio porque supone dificultar la conquista de otros derechos y reivindicaciones!. Asistir al trabajo por tener un día más de salario solo es pan para hoy y hambre para mañana porque en el día que le despidan, de nada le servirá ese día de salario, y aún peor, practicando el esquirolaje solo hará que perder apoyos de cara a hacer frente a un abuso patronal. En cuanto al esquirolaje en el ámbito estudiantil, quienes lo practican casi siempre son personas que disfrutan de privilegios y no tienen problemas económicos ni nada parecido, quienes no son de familias trabajadoras y pueden costeárselo todo. Hay que ver lo profundamente hipócritas que son estos estudiantes que reivindican su privilegio a ir a clase en días de huelga, pero les importan bien poco picarse clases enteras por resacas, para salir de fiesta o simplemente porque no tienen ganas. Ya no nos creemos vuestros lloriqueos para ir a clase, miserables esquiroles.

El esquirolaje beneficia a la clase dominante al dividir a las clases explotadas, es una vieja y conocida táctica de la patronal para romper huelgas y neutralizar nuestras reivindicaciones e intereses de clase. Practicar el esquirolaje es hacerle el juego a quienes nos explotan por costumbre para satisfacer egos personales y anteponer ese ego a lo que pueda ocurrirle al resto. Eso sí, los esquiroles callan cuando disfrutan de los derechos conquistados por quienes hacemos huelga. ¿Por qué no renuncian también a ellos?

El pan de cada día

Vivimos en una sociedad donde las hambrunas ya no son causadas por las malas cosechas, sino por la miseria que genera el sistema capitalista al priorizar el beneficio privado incluso sobre las necesidades básicas. Así es como se tiran miles de toneladas de comida mientras muchos millones de personas se mueren de hambre. Desde el triunfo de las revoluciones burguesas y la sustitución del feudalismo por el capitalismo, la obtención del pan de cada día ha cambiado desde entonces. Actualmente, ya no es porque sea escaso sino porque, pese al aumento de la producción, el pan tiene un precio por el que hay que pagar y para la mayoría de la gente, la principal fuente de ingresos es el trabajo asalariado. Ahora con la crisis y la reestructuración capitalista, cada vez más personas se ven con mayores dificultades a la hora de conseguir saciar el hambre y, es necesario preguntarnos en estos momentos si nuestras propuestas revolucionarias serán capaces de satisfacer las necesidades más básicas, tanto actualmente como durante una situación revolucionaria y postrevolucionaria. Incluso ya no es solo el pan de cada día, sino también los problemas del acceso a la vivienda, a la energía, al agua, a la sanidad o a la educación.

Las circunstancias materiales son un condicionante muy grande en nuestras vidas y hace que muchas veces nos lleve a contradecirnos con nuestras ideas. Pero sean cual sean las ideas que tengamos, necesitamos alimentarnos, beber agua, vestirnos y cobijarnos para seguir vivas. Esto directamente nos obligaría a jugar nuestro papel en la sociedad para poder sobrevivir y cubrir dichas necesidades. Sí, también tenemos que pelear por nuestro pan día a día, sobre todo cuando nos vemos obligadas a trabajar porque existen muy pocas alternativas al trabajo asalariado, a no ser que sea emprendiendo un negocio y teniendo asalariadas o trabajar en una cooperativa integral. La realidad material no es ajena a nosotras, estamos dentro de ella y si queremos cambiarla, antes tenemos que mantenernos con vida.

Lo inmediato también es un campo de batalla donde podemos encontrar enemigos y amigos. Por tener ideas no significa que seamos inmortales. También enfermaremos o tendremos accidentes, algunos y algunas tendrán descendencia y tendrán que meterlos en la escuela, seguramente tendremos que ganarnos la vida trabajando por cuenta ajena o autoexplotadas siendo trabajadoras por cuenta propia, nos veremos obligadas a desplazarnos en la ciudad o a otro lugar, necesitaremos cobijo, ingresos, etc… Estos aspectos cotidianos pueden llegar a ser verdaderos problemas cuando hay en juego intereses mercantiles que choquen con nuestros intereses. Si lo que hacemos es criticar lo reformistas que son las luchas inmediatas y nos desentendemos de las mismas, estaremos sirviendo en bandeja a las ofensivas neoliberales que pretenden mercantilizar aún más nuestras vidas.

Pero todos estos problemas no se solucionan a base de ideología, de hecho, las ideas no llenan estómagos, al contrario, son los estómagos llenos, la dificultad que requiere y la conciencia sobre ello, los que alimentan los ideales. No estoy hablando de lujos, sino de las necesidades básicas satisfechas. Se está muy cómodo sentado en el sofá disfrutando del privilegio de tenerlo todo hecho diciendo qué lucha es reformista y qué no. Y es así como algunas personas que se declaran revolucionarias menosprecian, por ejemplo, las luchas en defensa de la Sanidad pública, que al parecer, les importan bien poco que se despida personal sanitario, se precaricen sus condiciones, se externalicen algunos servicios, aumenten las listas de espera, cierren quirófanos, camas y plantas, que mueran personas a causa de enfermedades curables… y todo ello para que la Sanidad privada haga negocio donde quienes puedan pagársela no tienen listas de espera ni ningún tipo de incidencias. Tampoco nos olvidamos de la defensa de la Educación, el cual estamos viendo que nos suben tasas, que las aulas se masifican, que las empresas cada vez estén metiendo más la mano… para poner la Educación al servicio de los mercados y reservada a los hijos e hijas de la burguesía mientras los hijos e hijas de clase trabajadora tendrán trabas económicas a la hora de acceder a una educación mejor.  Y no solo esto, también sufriremos el paro y la precariedad laboral fruto de los atropellos de las sucesivas reformas laborales con la complicidad de los sindicatos del régimen. Podría seguir alargando la lista, como la defensa del transporte público, el agua, los barrios, etc… pero el denominador común de todos los problemas cotidianos sigue siendo el capitalismo y el Estado. No obstante, las revoluciones no se producen por arte de magia ni surgen por espontáneos que se aventuraron hacia las montañas a montar sus propias comunas, sino por la continuidad en los conflictos de clase, en mantener una tensión constante contra el sistema dominante articulando siempre respuestas populares. En otras palabras, creando alternativas de confrontación que permitan reconstruir el tejido social perdido, uniendo las luchas sectoriales y acentuando la lucha de clases.

Sabemos que desde la caída de Lehman Brothers el capitalismo occidental entró en una fase de reestructuración que consiste en el progresivo desmantelamiento del Estado del bienestar de la postguerra, y que ya no habrá vuelta atrás. Por eso hay que plantear una salida hacia delante por la vía de la escalada de la conflictividad social en todos los ámbitos y poniendo sobre la mesa el componente de clase en las luchas. Ya no estamos como en los ’90, ni en el siglo de oro de las revoluciones obreras y populares. Estamos entrando en una nueva fase del neoliberalismo y tenemos que levantar cabeza para conquistar el pan de hoy y garantizarlo en el mañana.

Enlaces del mes: Septiembre 2014

Entrevista de La neurosis o la barricada a Peter Gelderloos sobre su libro «La Anarquía Funciona».

Melissa Sepúlveda, militante del FeL Chileno, escribe en El Dinamo en pro de una educación no sexista.

En el diario nos hablan sobre cómo la intervención de artistas en los barrios marginales es funcional a los intereses capitalistas, al ocultar el conflicto: El modelo de desarrollo urbano asociado con las clases creativas ha resultado ser el sueño húmedo de la economía neoliberal: tapar los agujeros con pajaritos y buen rollo.

En Borroka Garaia Da otro análisis sobre la revuelta popular en Ferguson realizando una comparación con respecto al contexto francés y analizando el papel jugado por los medios franceses en la despolitización del suceso. Ocultando, por ejemplo, la influencia de la discriminación racista y la desigualdad o del acoso policial.

Sobre el feminismo integrado que representa Emma Watson en su discurso a la ONU podemos leer en el Portal Oaca, analizándolo desde la perspectiva de Silvia Federici: Las mujeres de todo el mundo están siendo «integradas» en la economía mundial como productoras de mano de obra no solo a nivel local sino también para los países industrializados, además de producir mercancías baratas para la exportación global. Defiendo que esta reestructuración global del trabajo reproductivo abre una crisis dentro de las políticas feministas, ya que introduce una nueva división entre las mujeres que debilita la posibilidad de una solidaridad feminista global y amenaza con reducir el feminismo a un mero vehículo para la racionalización del orden económico mundial. 

En el periódico Todo Por Hacer podemos leer una introducción a un análisis social y personal sobre el trabajo.

Finalmente, José Luis Carretero nos explica qué es el tratado transatlántico de comercio e inversión, también conocido como TTIP: Se trata de derribar barreras legales, para que las empresas de ambas partes puedan actuar libremente en ambos lados del Atlántico, y obtener beneficios crecientes. […] Normas medioambientales, laborales, sanitarias, que, muchas veces, han sido el resultado de las movilizaciones sociales y la presión ciudadana. Libre comercio con quien no tiene esas normas quiere decir, simple y llanamente, hacerlas desaparecer. Aprovechamos para enlazar la web de la campaña No al TTIP

Sobre la cuestión laboral y los recursos

A veces encontramos enfrentadas dos cuestiones sociales, las condiciones materiales de los trabajadores para poder llevarse algo a la boca y la cuestión ecológica del buen uso de los recursos naturales de los que disponemos. Será tarea de este artículo hacer un brevisimo análisis de este enfrentamiento que a veces surge en nuestra sociedad.

En 2011 según la FAO la producción mundial de pescados, crustáceos, moluscos y otros animales acuáticos alcanzó 156,2 millones de toneladas, cifra que no ha dejado de aumentar desde hace años. El crecimiento no ha dejado de aumentar, pasando de 34,6 millones de toneladas en 2001 a 52,7 millones de toneladas en 2011.

Los principales países pesqueros son: China, Perú, Indonesia, EEUU e India. En el 2011, el total de la captura en los Estados Unidos de América fue el más alto registrado en el país durante los últimos 17 años.

Si del Estado Español debemos hablar las cifras no son menos escandalosas, a pesar de la reducción en el número de buques de 10.847 en 2010 a 10.505 en 2011 las capturas pasan de 769 mil toneladas en 2010 a 860 en 2011, lo que supone un incremento de más del 10% en las capturas.

Atendiendo a las cifras de empleo, nos topamos con que solo 37.000 personas son empleadas en pesca-acuicultura en el Estado Español, es decir un 0,20% del total de personas empleadas en ese momento. Lo que vendría a suponer 23,34 toneladas por cabeza, lo que suponen algo más de 53.000 € al año por cabeza. Dinero que por supuesto no cobran las trabajadoras. Es decir, que básicamente estamos agotando el mar para que unas pocas acumulen capital.

Un 52 % de los recursos pesqueros marítimos del mundo están “plenamente explotados”, es decir, se han pescado hasta su nivel permisible máximo. Otro 28 % está “sobre explotado”, agotado o se está recuperando de haberse agotado.

En 1950, las capturas marinas fueron 16,7 millones de toneladas y representaron el 86 % de la producción total mundial de pescado. Las pesquerías marinas han experimentado diferentes etapas de desarrollo, pasando de 16,7 millones de toneladas en 1950 a un máximo de 87,7 millones de toneladas en 1996, y luego disminuyó hasta estabilizarse en alrededor de 80 millones de toneladas, con fluctuaciones interanuales.

Teniendo en cuenta todos estos datos, es de vital importancia entender que ya se están explotando los caladeros al máximo y que seguir sobre-explotando el mar, nos llevará a una catástrofe ecológica que afectará no solo a la economía, si no también a la soberanía alimentaria, muchísimas personas dependen en el mundo de la pesca para poder alimentarse, reproducir episodios como el de Somalía es no solo vergonzoso, sino un crimen contra la humanidad misma, destruir estos caladeros no solo ha hecho la pesca inviable en dicha zona, sino que ha dejado desamparadas a cientos de personas que subsistían a base de la pesca, puesto que Somalía es un país en el que, hoy por hoy, la mayor parte de la agricultura es inviable. Como este tenemos otros muchos ejemplos a lo largo del mundo.

Por esto, la exigencia de patronos para seguir mermando no solo los caladeros, recurso hoy por hoy indispensable para la seguridad alimentaria del mundo, sino la soberanía alimentaria de países como Mauritania o Somalía, es inadmisible. Reconducir la pesca a niveles que no sobre-exploten el mar es lo adecuado, pudiéndose apoyar en la implantación de cooperativas de acuicultura, respetando en lo posible la costa, no hablo ya solo de Europa sino de que de una vez las personas de precisamente los países más afectados por el expolio de recursos puedan recuperar su soberanía alimentaria y económica. Igualmente en el norte que se dispone de amplios recursos para una agricultura eco-responsable, debe dejar de consumir lo que no puede producir, promocionando una dieta que contenga más vegetales y menos animales.

Dr Alén Cea

Análisis del anarquismo actual

¿Sigue vivo el anarquismo hoy en día? Pues claro, vaya pregunta más obvia, ¿no? Bien, pero los tiros van más allá y es que si el anarquismo sigue vivo, entonces es más que conveniente analizar el estado general del anarquismo en esta coyuntura para poder avanzar en pos de construir un referente político y social en la lucha de clases. Utilizando estos criterios, tratemos de poner sobre la mesa las características generales del anarquismo presente y a partir de allí, corregir los errores, aprovechar oportunidades, reforzar los puntos fuertes y sortear las amenazas. Aquí no podré abarcar todas las particularidades territoriales en donde se desarrolle el anarquismo o movimiento anarquista, pero sí trazar unas pinceladas con el fin de ponernos en situación. Para ello, recurriré a la herramienta que utilizan las empresas para analizar su propia posición en el mercado. Dicha herramienta es el análisis DAFO (Debilidades, amenazas, fortalezas y oportunidades). Ésto en realidad tendría forma de matriz tal que así:

Análisis interno

Debilidades 

—La atomización del actual anarquismo hasta llegar a los personalismos y de cada individuo con su anarquismo personal. Esto, lejos de crear una diversidad dialéctica, ha supuesto que mucha gente de nuestros ambientes queden excusándose de cualquier atisbo de responsabilidad social, compromisos y cumplimiento de acuerdos colectivos.

—El sectarismo de algunos grupos los termina aislando de la realidad social, creando grupos marginales incapaces de comunicar nuestras reivindicaciones al resto de mortales.

—La estética tribuurbanista del punk y el skinhead, el culto a la violencia, las consignas vacías y las actitudes nihilistas de rechazo a todo lo que no sea una misma. En general, el infantilismo político de algunas personas que obstaculiza la creación de movimiento.

—La nocividad de la organización como fin o el rechazo absoluto a la misma impide materializar cualquier proyecto político-social y acumular experiencias en la lucha.

—La sobreideologización es otro enorme lastre a la hora de articular respuestas ante la actual coyuntura, creando ambientes conservadores, impidiendo avanzar a partir de las luchas inmediatas.

—La falta de proyectos políticos definidos y adaptados al contexto actual, que permitan alcanzar objetivos reales a corto plazo y la construcción de proyectos de futuro. Es una tarea pendiente entre muchas anarquistas.

—Por desgracia, todavía siguen habiendo actualmente peleas internas que nada ayudan. Ciertamente las seguirá habiendo pero creo que va siendo hora de ir superándolas.

Fortalezas

—La diversidad de los métodos y la flexibilidad que otorga la descentralización debería ser provechosa para que el anarquismo se adapte a todo tipo de contextos sociales.

—Los principios como la solidaridad, el apoyo mutuo, el asamblearismo y las estructuras horizontales o de base son herramientas al alcance de todos y todas. Permiten una mayor facilidad en cuanto a la creación de movimiento y mantener su autonomía frente a intereses partidistas y el oportunismo.

—La organización a todos los niveles (político y social) como una herramienta para la lucha de la clase trabajadora y la inserción social como estrategia política es la vía por la cual sacamos de la marginalidad el anarquismo, creando un nexo de unión entre el anarquismo y la clase trabajadora mediante la construcción de movimiento social y fuerza política para volver a ser un referente para la lucha de clases.

Análisis externo

Amenazas

—La escalada represiva en los últimos años contra los movimientos sociales debido a la crisis capitalista supone otro obstáculo a superar. La represión nos pretende aislar, neutralizar y desgastar, nos quiere despolitizar y alejarnos de la realidad social empujándonos a una lucha mano a mano contra el Estado y los intereses económicos.

—La propia ofensiva neoliberal con la privatización de los servicios públicos y recortes en derechos sociales.

—Los movimientos fascistas crecen en los países capitalistas avanzados con la complicidad de las instituciones y la burguesía. La amenaza del fascismo no solo está en las calles por los grupos parapoliciales, que actúan en ocasiones codo a codo con la policía como en el caso de Grecia, sino también en las instituciones y en los consejos de administración de empresas.

—Paralelamente, la socialdemocracia también sería un peligro en cuanto pretende acaparar el descontento social y encauzarlo por la vía del pacto social, en detrimento de la lucha de clases. Esto se traduciría en la neutralización del movimiento obrero y dejaría una clase trabajadora desorganizada e incapaz de autoorganizarse.

Oportunidades

—La crisis capitalista a su vez ha despertado la conciencia política de más gente, que ha comenzado a movilizarse. En este punto, es importante conocer cómo se desarrollan los procesos sociales y comenzar a actuar en consecuencia, respondiendo a las necesidades inmediatas de la clase trabajadora y trazando alternativas futuras a partir de las luchas presentes.

—La decadencia de la izquierda institucional y los sindicatos de concertación podría dar pie a nuevas formas de hacer política y la radicalización de los movimientos sociales, así como el panorama sindical. Si bien esto puede suponer que la derecha pueda meter mano en este asunto, no está de más que comencemos a poner sobre la mesa nuestras alternativas y poner en práctica los métodos asamblearios y la horizontalidad, sustituyendo el modelo representativo por el de la democracia directa, el modelo centralista por un modelo federativo, y el de la delegación de responsabilidades por la responsabilidad colectiva.

—La multitud de asambleas tanto estudiantiles como en el centro de trabajo o en los barrios son un punto de partida para articular un movimiento social independiente y desde las bases, superando la atomización de la actual sociedad y dar pie a la creación de alternativas políticas, económicas y sociales.

Ahora valoremos y saquemos algunas conclusiones. La atomización se diferencia de la diversidad en cuanto que lo primero supone el aislamiento, una profunda división interna, una disputa de egos y personalismos que impiden el debate sano, y la diversidad es la variedad de puntos de vista que en conjunto forman un ente dinámico, en los cuales, dichos puntos de vista mantienen una relación dialéctica. La atomización nos conduce al ostracismo, la diversidad, a garantizar nuestra supervivencia.

El sectarismo es hacer política desde grupos herméticos y solo para sí. Esto no es trabajar en pos de avanzar hacia una revolución social, sino folclore y autocomplaciencia. El actuar al margen de todo lanzando consignas maximalistas y alejado de la realidad de las luchas sociales también es una estética, es gastar inútilmente las fuerzas haciendo proselitismo. Podría polemizar mucho sobre el tema de las subculturas y tribus urbanas pero no voy a tratar aquí, solo apuntar que estas estéticas de rebeldía en general no responden necesariamente a la política anarquista. Pero desgraciadamente, existen clichés y estereotipos que identifican el anarquismo con el punk, lo cual, es despolitizar el anarquismo al reducirlo a una simple estética. Esto va unido al culto a la violencia, la cual muchas veces no se leen los trasfondos ni otros factores como el contexto, los movimientos sociales, el tejido social, etc, sino que se cae en la ilusión de que destrozando cosas se está avanzando hacia la revolución., cuando lo que realmente permite el avance de las luchas es la creación y fortalecimiento del poder popular (tejido social, organizaciones populares, sindicales y políticas, etc…) o capacitación material del pueblo y la clase trabajadora. Del sectarismo, la estética y el folclore se origina el infantilismo político, que es la incapacidad para ofrecer análisis rigurosos de la realidad social, lo que impide sacar propuestas políticas concretas en el presente, y ampararse irracionalmente en la ideología para lanzar críticas destructivas a todo aquello que se salga de un determinado marco ideológico, táctica o estrategia de acción.

La ideología ha de servir como base para dotar de orientación política a los movimientos sociales, no tiene que ser una enorme losa, un enorme peso muerto que lastrea las luchas. Y los principios que tenemos son para aplicarlos y ponerlos al alcance de cualquiera que aspire a un cambio radical en la sociedad, demostrar que son medios útiles y no simple palabrería y estética. Es importante saber leer los contextos en que nos encontramos, que no estamos solas, que todo sigue unos procesos y dependerá de cómo actuemos, con quiénes nos aliamos y con quiénes no, conozcamos quiénes son los enemigos y quiénes, posibles aliados. Así, la ideología debe ser algo dinámico, no inmutable e invariable en el tiempo y en el espacio porque las sociedades están en constante cambio y existen multitud de coyunturas según en qué parte del mundo nos encontremos. No tener en cuenta estos factores es caer en abstracciones ideológicas e idealismos, lo que se traduciría en inoperancia. Por ello, saber adaptar la ideología a los diferentes contextos es vital para poder construir alternativas políticas posibles.

La organización es siempre una herramienta, nunca puede ser tomada como un fin en sí, sino como medio para alcanzar unos objetivos. Tan pernicioso es la organización por la organización, es decir, tomarlo como fin en sí mismo, como la informalidad o el rechazo a la misma, o sea, el no querer asumir responsabilidades colectivas, compromisos y acuerdos, perdiendo además los medios para la acumulación de fuerzas a nuestro favor y experiencias en la lucha, y teniendo que empezar de cero cada cierto tiempo. A la hora de organizarnos, siempre hemos de tener en cuenta que estamos recurriendo a una herramienta, un medio material o una estructura para materializar unos objetivos. Y para materializarlos, necesitamos bases materiales y sociales. A través de la organización en todos los niveles, es donde podemos ir definiendo nuestro proyecto político y unos programas en el curso de las luchas. Es importante que comencemos a ser actores políticos y no unos residuos marginales que se niegan a morir.

Como cualquier actividad política en contra del sistema imperante, el Estado siempre desplegará su maquinaria represiva sobre nosotras. Debemos saber por dónde llegan los golpes represivos y cómo lo hacen. La represión puede venir de diferentes maneras: detenciones arbitrarias mediante montajes policiales, desgaste económico mediante multas, control social a través de seguimientos, dividirnos con infiltraciones, etc, que tienen por objetivo debilitarnos y neutralizarnos. Ante estos ataques, responder con atentados o pasar a la clandestinidad para ejecutar ataques contra sus símbolos es un suicidio, es precisamente allí donde nos quieren tener: alejados de las luchas sociales, golpeando a un enemigo mucho más poderoso y dejar las actividades políticas y sociales para sumirnos en una guerra de desgaste sin apenas apoyo popular. La mejor forma de afrontar la represión es visibilizarla, crear vínculos con los movimientos sociales y no aislarnos, y crear redes de solidaridad  y apoyo mutuo en el curso de la lucha social.

El fascismo es una amenaza similar a la represión estatal y es otro palo en la rueda que debemos quitar para poder avanzar. Actualmente, el fascismo con su cara amable trata de captar sectores autóctonos descontentos mediante discursos nacionalistas y anticapitalistas copiados de la izquierda. Mientras que cara al público se muestran como buenas personas que prestan ayuda desinteresada, a espaldas actúan como grupos parapoliciales que agreden y hostigan a los movimientos antifascistas. Por otro lado, la socialdemocracia es la cara progresista de la burguesía y actúa como sedante del movimiento obrero al conducir las luchas hacia el delegacionismo y las promesas de paz social. El reformismo socialdemócrata solo apunta a cambiar las formas pero no la estructura. Además, se ha demostrado en la historia que la socialdemocracia es incapaz dar salidas a las crisis económicas y que, con una clase trabajadora desorganizada, es fácil que la reacción acabe con las pocas conquistas que nos queda a la clase trabajadora o termine por imponer dictaduras fascistas.

A pesar de todo, tenemos oportunidades a nuestro alcance hoy con el resquebrajamiento de la paz social, la polarización de la sociedad y el surgimiento de diversos movimientos sociales que están superando la incapacidad e inoperancia de la izquierda institucional, pero que fácilmente podrían ser fagocitados por los mismos si no entramos en escena. Es por ello que es imprescindible que libremos las batallas en el terreno social, ganar terreno a formaciones políticas que solo tienen intereses partidistas y demostrar que la vía antiautoritaria es posible. El anarquismo ha de volver a ser una herramienta útil al alcance de todos y todas para la emancipación social, una alternativa seria que, además de servir para la defensa de los intereses inmediatos, aspirar a la revolución social en el seno de la sociedad, en concreto, de la clase trabajadora. Perdamos el miedo a ensuciarnos y caminemos.

Oda a la ociosidad

Una oda a la ociosidad presupone una crítica al trabajo[1]. Al ídolo trabajo, alabado por absolutamente todos. El debate y el problema entre ellos estriba en cómo organizar la producción; pero pocos ven el problema en el trabajo mismo. Una lección histórica es que no puede vencerse al enemigo apelando a su propia moral. La moral burguesa del trabajo no es una excepción. Por dos míseros puestos de trabajo, por dos empleados más, se justifica la destrucción de la naturaleza y de la persona. Todos, sin excepción, se ven arrodillados ante este ídolo que no acepta otro Dios a su lado.

Acometer esta crítica no es nada fácil. ¿Cómo hacerlo exactamente? Todo el mundo busca trabajo hoy en día, ¿y uno pretende criticarlo? Es tal la interiorización existente en cada uno de nosotros respecto al trabajo, a la productividad, a la ilusión cuantitativa del capital, que realmente es complicado darse cuenta. Lo rodea todo y a todas horas, incluso a uno mismo. Hasta el término «tiempo libre» es un concepto carcelario, que solamente sirve para que la fuerza de trabajo reponga energías y pueda seguir así produciendo infinitamente, fuera de toda lógica.

Cuando a cualquiera se le pregunta qué es (pregunta ambigua donde las haya, con una enorme cantidad de respuestas posibles), muy posiblemente, sin pensarlo siquiera, te responderá su oficio. «Yo soy peluquero». «Yo soy profesora». Eso es lo que somos. Nuestro trabajo. El capital, tras siglos de adiestramiento, ha sido terriblemente brillante al identificar por completo a la persona con su trabajo. De esta manera, la diversidad humana que se presupone que tenemos se ve reducida a su mínima expresión; al fin último de trabajar para conseguir dinero, para que de esta manera se pueda satisfacer la triste noción de libertad que se tiene actualmente; la de elegir qué mercancía escoger en los estantes de las tiendas.

En mitad de la ilusión cuantitativa del capital y de la abstracción metafísica del trabajo y del tiempo, surge una contradicción inmanente. Ciegos y sordos como son, se han perdido en el laberinto que ellos mismos han construido y no ven ni oyen los gritos de miseria de las tres cuartas partes de la humanidad. Por un lado, el sistema vive y sobrevive a raíz utilizar energía humana de forma masiva, mediante la explotación de la mano de obra en su maquinaria. Por otro lado, la ley de la competitividad empresarial impone un crecimiento constante de la productividad, en la que la fuerza de trabajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos científicos y tecnológicos. Esta contradicción ha hecho que el edificio se derrumbe por su propio peso, y a pesar de todas las evidencias, los gobiernos de todas las ideologías siguen queriendo «dar un empujón» y «hacer lo que sea» para que el edifico en ruinas dé más de sí.

Todos aluden al trabajo como fin humano absoluto que, pase lo que pase, ha de seguir vigente, aunque hoy en día sea innecesario. El desarrollo tecnológico de la microelectrónica está haciendo cada vez más prescindibles a la mayoría de «los proletarios». Este aumento del conocimiento tecnológico, junto con el aumento demográfico a nivel global, está produciendo que cada vez más sectores de la población queden excluidos de la vida moderna. Porque ya se sabe, el que no trabaja no es persona. No es útil, no es rentable, y por lo tanto es desechable. Surgen así núcleos de pobreza en medio de la abundancia, incluso dentro de las propias ciudades capitalistas. En medio de la riqueza reaparece la miseria. El capitalismo se está convirtiendo en un espectáculo global para minorías, y cada vez más minorías.

El trabajo no es una necesidad eterna, como quieren hacernos creer. No es una «ley natural», como los apologistas claman a los cuatro vientos. Si fuera de esta manera, ¿por qué tres cuartas partes de la humanidad sufren de miserias debido a que el sistema del trabajo ya no necesita su trabajo? Es la absurdidad en la que nos encontramos inmersos; que en un momento histórico en el cual el trabajo se está haciendo innecesario se nos inculca que el trabajo es el fin absoluto ante el cual todos debemos arrodillarnos, aunque por meras contradicciones uno nunca llegue a trabajar. Lo importante para el poder es crear la mentalidad adecuada que posibilite la alabanza hacia el trabajo. El hacernos sentir culpables si, simplemente, no hacemos nada. ¿Quién de nosotros no se ha sentido culpable alguna vez por no estar haciendo nada «productivo»? La interiorización de los valores del trabajo y de la productividad en las propias personas excluidas del sistema de producción, el hecho de reducir nuestras existencias a la mínima expresión posible, son los mayores logros del capitalismo.

Hace tiempo que los «nuevos mercados» fueron saqueados. En el pasado estos cumplían la función de compensar la racionalización de las empresas y de superar las contradicciones del sistema de trabajo. Pero actualmente se elimina más trabajo por motivos de racionalización del que se puede reabsorber con la expansión de los mercados. Como consecuencia lógica de la racionalización (impulsada esta a su vez por la competitividad), la electrónica sustituye la energía humana y las nuevas tecnologías de comunicación hacen el trabajo innecesario. Se impone de nuevo la contradicción, y como consecuencias el número de excluidos, de «personas sobrantes» en este mundo adorador del trabajo, crece de forma exponencial.

Por un lado más y más personas son desechadas del sistema productivo, y por otro se aumenta hasta un máximo nunca visto anteriormente la explotación de los que, por el momento, todavía conservan su preciado trabajo. El aumento de los conocimientos científicos y tecnológicos, junto con su aplicación práctica a la industria, presuponía lógicamente la disminución cada vez más pronunciada de los trabajos pesados y repetitivos. Oscar Wilde escribió que la tecnología sustituiría y liberaría a las personas de los trabajos pesados. Pero ha ocurrido lo contrario; las personas que todavía no han sido desechadas están más alienadas debido, precisamente, a la tecnología que supuestamente les liberaría. Las máquinas imponen su ritmo al trabajador en la fábrica, haciendo el tiempo así mucho más rentable debido a que la explotación crece enormemente. Con la aplicación de las máquinas en el proceso productivo, con el mismo tiempo se produce mucho más y a la persona se la comprime también mucho más. Por otro lado, la tecnología de las comunicaciones produce una completa dependencia del trabajo. Cuando el oficinista sale unos días, durante su «tiempo libre», de esa cárcel de ordenadores alineados y se marcha de vacaciones (para que recupere energías y para que sea eficiente en el trabajo futuro, obviamente) se marcha con su ordenador, con su móvil y con todos los aparatos necesarios, por si a última hora se le presenta algún proyecto que no puede esperar. La alienación de los -de momento- incluidos en el sistema productivo es más grande que nunca; su explotación y dependencia es total, y la tecnología, contrariamente a toda lógica, está siendo usada no como medio de liberación humana, sino como medio y fin al mismo tiempo de alienación en pos del trabajo.

La racionalidad de la economía de empresa exige que, por un lado, masas cada vez más numerosas se queden «sin trabajo» de manera permanente y, de esta forma, se vean apartadas de la reproducción de su vida inmanente al sistema; mientras que, por otro, el número cada vez más reducido de «empleados» se vea sometido a unas exigencias de trabajo y de rendimiento tanto mayores.

Se ha de superar la noción entendida por propiedad privada. Solamente pensando que ésta es simplemente un «poder de disposición» en manos de los capitalistas, pudo surgir otra idea como la de afirmar que puede superarse la propiedad privada sobre la base de la producción de mercancías. Se creyó que el Estado es opuesto a la propiedad privada, cuando realmente la propiedad del Estado no es sino una forma derivada de la misma propiedad privada, puesto que el Estado no es sino la imposición general y abstracta de los productores de mercancías. Tanto la propiedad privada como la propiedad estatal quedan obsoletas, ya que ambas presuponen y se basan en el proceso de explotación.

Para los economistas de todas partes y de todas las posturas su sistema funciona a la perfección. ¿Pero se puede afirmar, acaso, que el sistema impositivo del trabajo global ha traído el bienestar, aunque sea de forma remota, a una parte importante de la población? Basta con echar una mirada en las consultas de los psicólogos y psiquiatras. La falta de salud mental es pandémica, debido a que millones de personas languidecen realizando un trabajo sinsentido y enfermando física y psíquicamente, y otros tantos millones de seres se ven excluidos y condenados a la miseria y a la marginación. ¿Se puede llamar funcionar al hecho de convertir al mundo en un vertedero para que la producción siga indefinidamente y poder así sacar dinero a partir del propio dinero? Así es como su maravilloso sistema funciona. Su lema siempre ha sido y es «credo quia absurdum». Creo porque es absurdo.

Se argumentará, siempre falaces estos apologistas del trabajo, que sin propiedad privada, que sin competitividad y que sin los principios del trabajo, toda actividad se anularía. ¿Es esto la confesión de que todo su sistema se basa en la pura imposición? De ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las imposiciones del trabajo. Lo que sí es cierto es que toda actividad cambiará su carácter, cuando ya no se vea encasillada en la esfera sin sentido y autofinalista de tiempos en cadena abstractos y cuando esté integrada en contextos de vida personales siendo la producción afín a las circunstancias y a las necesidades. Siempre habrá actividades necesarias y no todas serán agradables, pero esto no importa demasiado mientras estas mismas actividades ya no te consuman la vida ni se te imponga como «ley natural». ¿Tan difícil sería encontrar el equilibrio entre la realización de actividades necesarias, de ocio y de actividades libremente elegidas? Recordemos que tanto el ocio como la actividad son necesarias; el cuerpo humano necesita tanto desconectar y descansar como liberar la energía sobrante, y nuestra naturaleza social requiere que nos sintamos útiles para con la sociedad, pero el sistema impositivo del trabajo se ha aprovechado de esta necesidad de actividad y la ha comprimido hasta dejarla vacía y distorsionada.

Mientras los humanos poblemos la tierra, se harán todas las actividades necesarias para vivir. Se cultivarán huertos, se educará a los más pequeños, se hará ropa, se construirán casas, etc. Esto es algo obvio. No es esto lo que se pretende criticar, porque sería una tontería. Lo que no es tan evidente, lo que los aduladores del trabajo no ven, o no quieren ver, es que elevan el trabajo a un principio abstracto que determina las relaciones sociales, sin importar las necesidades o las voluntades de los implicados. Se crea de esta manera un mundo aparte, abstracto. El tiempo ya no es vivido; es puesto a disposición de la productividad, de la eficiencia, de la producción, del trabajo.

El trabajo es un cadáver al cual se niegan a enterrar, de manera que su olor pestilente nos afecta a todos, contaminando nuestras mentes, nuestras vidas y los ecosistemas naturales. Pero como buen cadáver que es, está rodeado de carroñeros dispuestos a aprovecharse de él. Tenemos que hacer ver que el uso sensato de las posibilidades no pueden ya ser dirigidas por una «mano invisible» abstracta e impredecible, sino simple y únicamente por una acción social consciente. La riqueza producida es aprehendida directamente según las necesidades, y no según la «capacidad de compra». Para poder aprehender según las necesidades, es necesario antes formar asociaciones libres y consejos que determinen cuándo y qué se coge. Junto con el trabajo, desaparece la generalización abstracta del dinero así como la del Estado. El trabajo ya no sería el eje central sobre el que gira el fin de la vida.

Radix

Notas

[1] El término «trabajo» no está usado en este artículo en el sentido de actividad natural y deseable, sino en sentido negativo de imposición autofinalista.

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