Alcorcón, epicentro de la catástrofe

En noviembre de 2013, algunos nos despertamos con la noticia de que un terremoto de 3,5 grados en la escala de Ritcher había sacudido Alcorcón y el sur de la zona metropolitana de Madrid. No fue el primero, pero sí el más destacado, de una serie de pequeños seísmos que se estaban produciendo en una zona caracterizada precisamente no por su elevada actividad sísmica. Aunque la explicación pertinente nos dejó algo “fríos”¹, el suceso no pasó de ser una mera anécdota para la población y la noticia simpática del día para los telediarios. Sin embargo, no pasó tan inadvertida para el gobierno municipal, que enseguida puso en marcha su maquinaria mercadotécnica para hacer de ello algo para recordar. A comienzos de 2014, el ayuntamiento –con su alcalde David Pérez a la cabeza‐ anunciaba que el próximo año Alcorcón sería el escenario de un simulacro de terremoto. Más allá de la hilaridad que puede producir la visión de un simulacro en un municipio con más de 170.000 habitantes, la idea parece que tomó cuerpo entre diversos organismos y ya no asistiremos a una mera exhibición sino que el evento ha ascendido a la categoría de Congreso Internacional de Intervención en Grandes

Catástrofes

Este Congreso nace supuestamente bajo la necesidad de “coordinar, preparar y entrenar a nuestros profesionales” (fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, sanitarios, organismos públicos…) para dar una respuesta “rápida y eficaz” a las situaciones de emergencia y se reduzcan sus “trágicas consecuencias”. El mega‐evento de cinco días incluirá talleres y ponencias de diferente tipo con la presencia de especialistas en emergencias, ong’s, bomberos y militares de diversas partes del mundo y estará presidido por la mismísima reina en persona.

Lo terrorífico es la normalidad

Todas las estadísticas confirman que las catástrofes naturales son un suceso excepcional. No obstante, la proliferación de congresos de esta índole y la toma de medidas legislativas de carácter excepcional en todos los ámbitos parecen indicarnos que caminamos en la dirección opuesta. Casi a diario nos llegan  noticias  sobre  catástrofes  naturales  de  todo  tipo  a  lo  largo y ancho del planeta (algunas de ellas, y sin disimulo alguno, consecuencia directa  o indirecta  de  guerras). La  elección  misma  de  la  expresión  catástrofe  natural  lleva  implícito el sentido de aleatoriedad, de azar, de imposibilidad de prever. Bajo este paraguas  quedan,  por  tanto,  incluidas  en  teoría  todos  aquellos  accidentes  producidos  por  la  naturaleza.

Como  se  entenderá,  el  problema  podría  pasar  por  definir  qué  puede  considerarse  catástrofe  natural  y  qué  no². Sin  embargo,  bajo  la  óptica  en  la que  nos  encontramos  –la  óptica  de  los  congresos  y  de  los  profesionales  de  la  emergencia‐  la  importancia no radica en si son producto de la propia naturaleza o son producidas por  efecto  de  la  acción  humana  sobre  el  medio  sino en  su  inclusión  y  asimilación  como  contratiempo inevitable en nuestro devenir cotidiano. No nos encontramos ya en la época  de  la  negación  de  las  catástrofes:  éstas  se  producen  sin  más  y,  por  lo  tanto, se  hace  necesaria  su  gestión.  Y  ésta,  pasa  por  acostumbrarnos  a  su  presencia,  es  decir,  a  aprender a convivir con ellas³.

No  albergamos  esperanza  alguna  de  que  ponencias  como  “El  accidente  de  Fukushima: lecciones  identificadas” cuestione  de  raíz  todo  lo  relacionado  con  la energía nuclear más allá de consideraciones preventivas o de carácter técnico. Tampoco  esperamos  que  hablar  sobre «La  importancia  de  los  sistemas  de  agua  potable autogestionados”  nos  dote  de  las  herramientas  colectivas  necesarias  que  nos  permitan  concebir dicho recurso de una manera distinta a la actual. Lo substancial de todos estos  encuentros  y  congresos  y  de  las  enseñanzas  de  las  situaciones  de emergencia  reside únicamente  en  la  adquisición  de  mayores  conocimientos  sobre  el  desastre  para  su divulgación, convirtiendo la emergencia en normalidad.

Esta  adaptación  a  la  catástrofe  se  manifiesta  de  múltiples  formas  y  avanza  en todos  los  campos.  La  presencia  en  el  Congreso  de  militares,  y  de la  funesta  Unidad Militar de Emergencias (UME) en particular, sólo puede ser conducente a la aceptación de  la  soldadesca  en  labores  que anteriormente realizaba  población  civil  y  a  su normalización en cada vez más facetas de la vida cotidiana, haciéndolos más útiles, más cercanos,  en  definitiva: humanizando  lo  militar.  La  clásica  imagen  de  militares  en contiendas  bélicas  ha  sido  transformada  por  la  estampa  de  las  misiones  de  paz  y  de ayuda  humanitaria  en  zonas  de  conflicto,  sumándose  ahora  las  de  auxilio y  salvamento  en zonas  de  catástrofe  natural,  convirtiendo  algo  que antaño  se  antojaba  excepcional  –la presencia militar fuera de los cuarteles‐ en una circunstancia cada vez más habitual. Y lo  que  tiene  aún  mayor calado:  convirtiendo  su  presencia  en  necesaria  dentro  de  los esquemas  de  las  situaciones  de  emergencia.  El  estado  de  alarma  implantado  en  Barajas durante  la  huelga  de  controladores  aéreos  (2010),  el  terremoto  de  Lorca  (2011),  los incendios  forestales,  su  inclusión  en  los  cuerpos  de policía  local (2014)…son  sólo  la cara más visible de esta incursión de lo militar. Siguiendo esta senda de excepcionalidad, podríamos hacer mención a la escalada represiva llevada a cabo tanto a golpe de legislación como de actuaciones policiales. La implantación del nuevo código penal y de la ley de seguridad ciudadana constituyen un paso más hacia la normalización de lo excepcional. La repugnante masacre del Charlie Hebdo, escenificada en forma catástrofe, es decir, como situación inevitable –no sabemos si natural o no‐ debe ser asimilada y nos debe hacer a todos partícipes de la constante situación de criminalidad permanente en la que vivimos. La presencia policial y militar en las calles de Francia, Bélgica o Dinamarca no nos tendría que sorprender; su falta es lo que nos debería empezar a preocupar, puesto que presagia la próxima llegada de algún tipo de cataclismo.

A partir de este momento, lo extraño será no pasear por las calles bajo la atenta mirada  de  funcionarios  públicos  y  cientos  de  cámaras  de  seguridad.  La  simple existencia  de  peligros  inminentes  que  penden  sobre  nuestras  cabezas  cual  espada  de Damocles justifica que así sea. Las numerosos redadas policiales llevadas a cabo a nivel local  e  internacional  (presentes  o  futuras),  convertidas  en  espectáculos públicos masivos al  ser televisadas y radiadas  prácticamente  en  directo,  lo  deberían  poner  de manifiesto. El ideal de seguridad aspira a imponerse como el principal y hegemónico, si no lo ha hecho ya. Como vemos, todas estas medidas auguran un nuevo período de planificación y control social –dentro de la normalidad‐ que alcanzará su culminación en el momento en que ya no sea posible distinguir entre normalidad o emergencia, cuando lo excepcional sea la regla.

Alcorcón, Estado de emergencia

La  elección  de  Alcorcón  como  lugar  para  celebrar  este  congreso  no  podía  ser más adecuada. No entendida en el sentido de sus altos índices de desastres naturales producidos por terremotos, inundaciones, actividad volcánica o incendios de miles de hectáreas,  sino  como  metáfora  visionaria que bien  han  sabido  captar  nuestros dirigentes municipales.

A diferencia de experimentos anteriores, el evento en cuestión no supondrá la creación de miles de puestos de trabajo ni será un motor de primer nivel para el desarrollo económico de la región. En esta ocasión, el Congreso de Catástrofes lo que logrará será situar  en  el  mapa  a  Alcorcón  como  una  ciudad comprometida  en  la  “protección  de  la vida,  la  seguridad  y  la  solidaridad  humana”.  Dirigido  a  autoridades,  directivos  y cuerpos de emergencia, no supondrá siquiera la dinamización de la economía local (a no  ser  que  queramos  entender  con  ello  el  pago  de  los  250€  que  cuesta  asistir)  pero  nos reportará  prestigio  de  cara  a  nuestra  capacidad  de  organización  futura  en  eventos  de similares dimensiones.  Lo  de  situar  un  territorio  en  el  mapa no  es  algo  que  nos  coja  desprevenidos.

Viene  siendo  costumbre,  con  cierta  antigüedad  ya  en  tierras  ibéricas,  lo  de promocionar  el  pueblo  de  uno  ya  sea  mediante  expos, eventos  deportivos, parques temáticos o infraestructuras de cualquier  tipo.  Competir  con  otros  lugares  (por  otra parte,  idénticos  en  esencia  al  tuyo) para  convertirlo en único y diferenciarlo de todos los demás es el guión asumido en casi todas partes: Alcorcón se limita a hacer, ni más ni  menos, lo que  hacen  el  resto  de  poblaciones.  En  este  sentido,  Alcorcón  no  es paradigmático  en  lo  que  se  refiere  a  su  comportamiento  como  entidad  municipal particular sino como modelo normalizado de funcionamiento.  La  construcción  de  una  imagen  diferencial  asociada  a  un  territorio  forma  parte de la  necesaria  adecuación  de  las  urbes  de  cara  a  poder  competir  en  el  mercado internacional de ciudades si lo que se quiere es acceder a inversiones y a la llegada de empresas e industrias. Esto, lo único que viene a demostrar es que las ciudades son un reflejo  más  de  los  cambios  producidos  en las relaciones  económicas,  cuya manifestación  más  palpable  se  da  en  forma  de  transformación del espacio urbano (tanto en lo que se refiere a su estructura como a su organización social). La ciudad se trasmuta en producto, producto que mercantiliza todo lo que ella contiene, habitantes incluidos.

Si la imagen que ahora se pretende proyectar es la asociada a la “protección de la  vida”  y  la  “seguridad”,  antaño  lo  fueron  la  cultura,  el  deporte  de  base,  la  familia,  la integración o la multiculturalidad. Transitados ya todos estos escalones, imaginamos que algunos se repetirán en el futuro. (Únicamente echamos de menos –aunque seguro que por  falta  de  memoria  del  que  escribe  esto‐  el  argumento  de  la  sostenibilidad,  el  medio ambiente y la ciudad verde).  Lo  cierto,  es  que  la  imagen  que  transfiere  Alcorcón  a  sus  habitantes  en  la actualidad –insisto, la misma que podría arrastrar otra población de cualquier latitud ibérica‐  se  encuentra  más  cercana  al  concepto  de  decadencia.  Quizá  el  calificativo  de nicho  sea  excesivo,  pero  expresa  bien  la  capacidad  para  almacenar  personas  en  un mismo  lugar  y  está  más  próximo  al  ideal  securitario  que  las  condiciones  actuales confieren.  Pasear  por  Alcorcón  es  ver  cientos  de  locales  y  naves  industriales  vacías, desarrollos  urbanos  a  medio  hacer  y esqueletos  de  edificios  abandonados;  es  ver suciedad  en  las  calles,  arbolado  enfermo,  policía  y  banderas  patrias  ondeando  en cualquier  rotonda.  Si  a  todo  esto  se  le  suma  nuestra  experiencia  en  proyectos megalómanos de la peor especie, podemos concluir que, efectivamente, Alcorcón no es noticia  por  sus  cientos  de  casos  de ébola  sino  porque  nos  encontramos  sumidos  en  la catástrofe más absoluta. El perpetuo ruido de sirenas de ambulancia y policía solamente visibiliza  el  estado de emergencia permanente  en  el  que  nos  encontramos (y no debido precisamente a los  altos índices de criminalidad).  No  esperemos,  pues,  diluvios universales ni plagas apocalípticas, el desastre en ciernes que se nos anuncia no es tal, estamos instalados en él desde hace tiempo.

La  transformación  del  espacio  urbano  en  Alcorcón  ha  llevado  siempre  el  sello indiscutible  de  la  urbanización,  de  la  expansión  geográfica  más  allá  de  todo  límite como receta única. Así podemos encontrarnos hectáreas completas dedicadas a centros comerciales (Parque Oeste y CC Tres Aguas) y kilómetros de atascos en torno a ellas, además de centros de ocio nocturno cerrados desde hace años (CC Opción), entre otros… Si  por  algo  nos  hemos  caracterizado  en  los  últimos  tiempos,  es  por  el  empeño  de nuestros regidores municipales por dejarnos grandes obras para la posteridad. Si a uno se  le  ocurrió  la  magnífica  idea  de  levantar  inmensas  moles  de  acero  y  hormigón  –todavía sin acabar y sin visos de hacerlo en un futuro próximo‐ para instalar un Centro de  Creación  de  las  Artes  (CREAA),  el  actual  soñaba  con  el  excitante  sonido  de  las máquinas  tragaperras  de  Eurovegas.

Después  de  estos  antecedentes,  ¿qué  mejor  sitio para albergar un congreso de catástrofes de carácter internacional? Aún así, no nos hemos desviado ni un ápice de esta fórmula y se continúa tras la  senda  del  progreso  materializado  en  nuevos  desarrollos  urbanos:  más  casas  para  la zona  de  Retamar de  la  Huerta  y  la  construcción  definitiva  del  polígono  industrial  El Lucero  (otro  proyecto  paralizado  desde  hace  años).  Por  si  esto  fuera  poco, empresas inmobiliarias  como  el  Atlético  de  Madrid  continúan  al  acecho  –más  aún  si  cabe después de saber que el magnate chino Wang Jianlin se ha hecho con los terrenos de Campamento‐  para  urbanizar  el  último  resquicio  libre  de  cemento  en  Alcorcón,  su zona  norte.  Si  esa  es  la  línea  a  seguir no  debemos  desfallecer  por  el  fiasco  que  ha supuesto  Eurovegas,  en  breve  será  sustituido  –de  forma  mucho  más  humilde‐  por  la nueva Ciudad del Bricolaje (¿o acaso pensabais que os ibais a quedar sin trabajar?). Más allá de todos estos episodios, concretos pero en esencia comunes a muchas zonas  de  las  áreas  metropolitanas  de  las  grandes  ciudades,  la  preocupación  por  la catástrofe  pasa  a  nuestro  entender  por  el  papel  que  juegan  las  personas  en  este escenario.  No  hay  peor  situación  que  aquella  en que  la  imagen  proyectada  por  la ciudad es asumida en la práctica (y no hacemos referencia a la imagen de gran ciudad promovida  por  los  ayuntamientos  sino  a  la  más  cercana  a  la  realidad,  la  decadente).

Conseguir  que  espacios  y  calles  que  todavía  conservaban  algo  de  bullicio  y  de encuentro entre las vecinas hayan sido reducidas al mero tránsito o sustituidas por la permanencia  en  nuestras  casas,  nos  debería  llevar  a  interrogarnos  sobre  nuestras verdaderas  necesidades  y  deseos  y  el  lugar  al  que  han  sido  relegados.  En  definitiva, preguntarnos,  tal  y  como  lo  hacía  una  canción  de  los  años  ochenta,  cómo  nos  han convencido para llevar esta ridícula vida.

Tal  vez  este  congreso  no  suponga  una  transformación  urbana  al  estilo  de  la vislumbrada en el proyecto Eurovegas, pero sí trasluce el deseo de normalizar cada vez más  el  desastre  (este  desastre  cotidiano),  de  hacernos  vivir  bajo  una  cultura  de  la emergencia  permanente.  Somos  conscientes de  que  un  mayor  grado  de  conocimiento sobre la catástrofe por sí mismo no mejorará nuestra vida ni presupone de entrada un factor de rebelión, más bien nos prepara para hacerla más sostenible e incorporarla a la cotidianidad.  Por  ello,  si  hemos  de  imponernos  la  tarea  de  reconstruir  el  territorio,  de gestionar de manera  común el espacio, deberemos ante todo arrebatarle su condición de mercancía: potenciar los pequeños espacios existentes que permanecen refractarios y ajenos al mercado, poner límites a lo urbano, paralizar todos los planes de ordenación territorial rechazando la institucionalización ‐por definición integradora y normalizadora‐ y combatir la degradación social recuperando la facultad usurpada para tomar decisiones y ponerlas en práctica desde lo colectivo. En las circunstancias actuales, no cabe duda de  que  caminar  entre  las  ruinas  (metafóricas  y  no  metafóricas)  formará  parte  de  este periplo,  lo  que  dependerá  de  nosotros  mismos  –los  afectados‐  es  determinar  durante cuánto tiempo.

Alcorcón, febrero 2015.

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Notas
1.- Según el Jefe de Área de Geofísica de la Red Sísmica del Instituto Geográfico Nacional, el terremoto se produjo por la rotura de “una pequeña falla fría que no está cartografiada”. Otros científicos y expertos lo relacionan incluso con el Proyecto Castor.

2.- Para una visión de ello, puede leerse el texto ‘No existen catástrofes naturales’ incluido, entre otros, en el libro Si vis pacem. Repensar el antimilitarismo en la época de la guerra permanente (Ed. Bardo, 2011).

3.- Pasos para vivir con la catástrofe: 1º) Al principio, no hay ningún peligro en absoluto; 2º) Con el paso del tiempo, aparecen peligros pero la ciencia y la técnica serán capaces de dominarlos; 3º) Por último, es preciso considerar esos peligros como algo natural y vivir con ellos, pues no hay forma de dominarlos.‐Roger Belbeoch: Chernoblues. De la servidumbre voluntaria a la necesidad de servidumbre (Malapata Ed./ Hermanos Quero, 2011).

4.- Palabras del alcalde David Pérez en la bienvenida del congreso.

5.- Algunas quizás recuerden aquel “Alcorcón, municipio abierto” de los socialistas, cuando nos hermanábamos con ciudades latinoamericanas (viajes de confraternización incluidos).

6.- Nos han convencido para llevar una ridícula vida….‐ Incorruptible, canción del grupo RIP.

Precariedad juvenil y el viejo sindicalismo

Al referirme a sindicatos en este artículo me referiré exclusivamente a los de tradición anarcosindicalista, ya que no quiero gastar más de dos líneas en esa traición a los trabajadores que suponen los actuales UGT y CCOO.

Tengo 21 años. Estoy cursando mi último curso de una carrera de ciencias sociales, de escasa salida laboral, y trabajo tres horas en la Biblioteca de mi universidad como becario. Es decir, como trabajador encubierto. Me pagan 350 euros al mes y no tendré derecho a paro, porque la escasa cotización a la seguridad social no lo cubre. Cuando acabe todo esto, no sé que será de mi vida. He perdido la expectativa de que el mercado o el estado me garanticen bienestar. Los jóvenes, en este juego trucado, no importamos mucho.

Ante esto, mis pensamientos vuelven al romanticismo del 36, a las colectivizaciones de fábricas y campos y las siglas de sindicatos pintadas en todas las paredes de Barcelona, mientras las bombas caen sobre las obreras que esperan el regreso de sus hijos, enrolados en milicias. Hoy todo eso es Historia. Estamos en el siglo XXI, nací en en una isla donde la gente no trabaja en fábricas o campos, sino en hoteles llenos de turistas dispuestos a emborracharse y dormir la mona en la playa.

La economía sumergida, los trabajadores sin contrato, los falsos autónomos, o como yo mismo, los estudiantes en prácticas, somos los herederos de ese mundo de fábricas. Esas fábricas todavía existen, evidentemente, pero ya no están aquí. Se fueron todas a tierras más “rentables”, como China o Vietnam. Si estás leyendo esto en un móvil u ordenador, es posible que haya pasado por las manos de un trabajador de ojos rasgados, encerrado en esas grandes fábricas-residencias orwellianas que tan barato producen. La producción del campo es anecdótica, la comida que comemos ha viajado más que nosotros. Viene de esos otros países, más baratos, en los que se puede explotar como un esclavo al trabajador y contaminar el medio ambiente sin temor a que alguien se queje…

Aquí quedamos nosotros. Los tele-opeoradores (controlados por grandes empresas especializadas en “externalizar” servicios), los cajeros de supermercado (ni se te ocurra ponerte enfermo en Mercadona, enfermar es de malos trabajadores), el que tiene un bar o un pequeño negocio y ve que el dinero se le va en impuestos, cuotas de un préstamo y pagos del alquiler del local; los profesores, enfermeros, administrativos, comerciales, informáticos y funcionarios interinos expuestos a ser despedidos en cualquier momento. Quedan algunos trabajadores industriales, cada vez menos y más especializados. Y luego está el campo, que apenas puede competir con los precios de los países “baratos”.

Finalmente, un sinfín de pobres que se buscan la vida en la economía sumergida, que comen en comedores sociales, rebuscan en la basura, reciclan chatarra, roban carteras, venden coca-cola en zonas turísticas, hacen top-manta, trapichean drogas, tocan música en el metro, van a servicios sociales a pedir la Renda Mínima, se prostituyen. Piden limosna. Duermen cerca del cajero que nos escupe dinero y nos cobra odiosas comisiones. Los marxistas tienen la cara de llamar a esta gente “lumpen” y decir que son una clase que hace una alianza con la burguesía contra la clase obrera. Es evidente que no han conocido a esa mujer sin-techo, Paqui, que lanzó un huevo a Urdangarín el día de su declaración al juez. Llevaba una bandera republicana en el cuello.

Y en medio de todo este jaleo que suponen la globalización, las privatizaciones y el aumento de policías, prisiones y cámaras de seguridad, queda el sindicato. Dos anarco-sindicatos, que dicen ser herederos de esa épica organización que luchó en la guerra civil. Enfrentados desde los años ochenta sobre si se debe participar o no en las elecciones sindicales. No entraré en ese debate estéril.

—¿Qué tal en el curro?
—Mal. Tengo la espalda jodida de tanto cargar libros en la librería.
—Ostia, y ¿has pensado en montar una sección sindical o algo?
—No. ¿Para qué? Si dentro de un mes se me acaba el contrato.

Quien decía esto no era una persona apática y despolitizada. No, era un estudiante de Humanidades, amante de la Historia e involucrado activamente en el movimiento estudiantil y las organizaciones libertarias. No se decidió a sindicarse porqué simplemente, en su contexto, no le era útil.

Los sindicatos parecen estar montados siguiendo los esquemas de la antigua estructura fordista-keynesiana. Empresas grandes pertenecientes a un mismo sector y funcionarios de las cuatro ramas del casi destruido Estado del Bienestar: educación, sanidad, asistencia social y seguridad social. Así pues, se crea una organización que sube desde la sección sindical de la empresa hasta la federación sectorial y territorial, llegando finalmente a una confederación estatal o incluso internacional.

La realidad del año 2015 no puede ser más obstaculizadora para este sindicalismo. Personas que no constan como trabajadoras y por tanto, es igual para ellas los convenios que se hayan podido acordar. Currantes que están contratadas por subcontratas de otras subcontratas. Manpower, Adecco, etc. Una legión de estudiantes en prácticas. Trabajos temporales (ay, la temporada de verano y las campañas de Navidad) y la gran mayoría a media jornada. Captador de socios para ONGs que cobran por objetivos. Clases particulares para sacar cuatro duros. Comerciales a los que sus jefes intentan convencer de que “tenéis que pensar como empresarios”.

Si bien es cierto que los sindicatos intentan adaptarse como buenamente pueden a este nuevo paradigma, les cuesta. Mi expectativa es trabajar en diferentes empresas de diferente sectores y por poco tiempo, lo cual es complicado compaginar con una militancia en cada una de las secciones sindicales en las que tendría que participar o directamente intentar montar. La única manera que tendría de comprometerme es llegando a una situación de mayor rango en la empresa, que me permitiera la estabilidad necesaria para preocuparme por sindicarme en vez de cual va a ser el siguiente sitio donde me tocará trabajar. Lamentablemente, sindicarse está pasando de ser una necesidad a ser un lujo en un mundo de economía sumergida, trabajos basura y un paro desbordante.

Pero nuestro deber es ganar. Y para ganar debemos reconfigurar las categorías en las que se estructura el sindicalismo combativo. Debemos buscar la afinidad biográfica, hacer sentir a los precarios que no están solos, que hay otros que están teniendo un curso de vida similar. Y pasar al ataque. Es demasiado tarde para resistir, la mejor defensa contra la miseria que nos imponen no es reclamar una legalidad que se puede cambiar en despachos de Bruselas, sino un buen ataque.

Mi propuesta, como joven precario y sin nada que perder, es crear redes de apoyo mutuo entre personas con la misma situación biográfica (no tiene sentido juntar al funcionario a punto de jubilarse con el becario que durará un año) y dispuestas a formar cooperativas, ya sean nuevas o sean empresas colectivizadas. Para mí, el objetivo a corto plazo de un libertario es conseguir que todas las empresas se conviertan en cooperativas auto-gestionadas por sus trabajadores y orientadas al bien de toda la sociedad. Ejemplos de estas prácticas las encontramos en la “toma de empresas” sucedidas en Argentina o en Grecia. En la Catalunya de los pistoleros pagados por la patronal, Joan Peiró de la CNT fundó la Coopertativa Cristales de Mataró para apoyar a los trabajadores despedidos. Estas colectivizaciones, a mi parecer, deberían ser llevadas a cabo por asambleas autónomas, que los anarco-sindicatos pueden apoyar pero no dirigir y que tengan un planteamiento basado en la democracia directa y el bienestar para todos. En definitiva, solidaridad entre precarios y autonomía financiera frente al neoliberalismo.

Cuando no hay nada que perder, está todo por ganar.

Anónimo

Reflexiones sobre un pueblo fuerte

En mi anterior artículo ya hablé de la necesidad de que les anarquistas dejáramos de estar a la defensiva para pasar a la acción. Lo que yo expuse en mi anterior artículo puede que fueran mis reflexiones personales e individuales, pero sé a ciencia cierta que eso mismo lo pensaban y lo piensan muchas personas más. Análisis, debates y artículos que reflexionan en torno al problema del movimiento-ghetto anarquista que, guste o no, hemos creado o, al menos, es lo que tenemos en buena parte, abundan. Se torna manifiestamente claro que si nuestras ideas actualmente no tienen más seguidores entre el pueblo no es principalmente por acierto de les que nos oprimen, sino por defecto nuestro. Llevamos mucho tiempo sin una estrategia clara y haciendo muchas cosas mal o con un objetivo diferente al de convertir al movimiento libertario en un movimiento de masas, capaz de transformar nuestros anhelos en algo real. Que también se han hecho otras muchas cosas bien es obvio, pero para tirarnos flores nos sobra tiempo, para reaccionar y posibilitar alcanzar otro mundo, no.

Ha surgido Construyendo Pueblo Fuerte . Por ahora no es más que un manifiesto firmado por militantes y activistas sociales que buscan superar al capitalismo y al Estado y conseguir una democracia de verdad (directa, económica, participativa, inclusiva: libertaria ) luchando desde abajo al margen de los cauces institucionales, pero puede llegar a ser mucho más: puede llegar a ser lo que pretende.

La cosa está clara. Ante el eterno retorno de la socialdemocracia, les que no nos identificamos con las instituciones de este sistema y no creemos en las vías electoralistas y en los parlamentos, necesitamos organizarnos, reconocernos y visibilizarnos . Pero no merece la pena que nos visibilicemos si no tenemos nada que proponer. Sí, abolir el Estado y el capitalismo; comunismo libertario, democracia directa y asociación libre. Vale, muy bien, pero igual necesitamos algo más . Igual necesitamos ponernos manos a la obra a elaborar un programa específico para las necesidades políticas, económicas y sociales de nuestro tiempo . Igual necesitamos juntarnos alrededor de una iniciativa confluyente para poder tener fuerza de verdad, poder popular , sin abandonar nuestros principios (al revés, reafirmándolos) ni nuestras organizaciones. Igual necesitamos estar dispuestes a lanzarnos al barro y ponernos de mierda hasta las orejas, como han hecho todes aquelles a les que admiramos y que ya solo son palabras en libros o en nuestras bocas.

Este mundo es complejo. Como diría una gran persona, «no escogemos el tiempo que nos toca vivir, solo lo que hacemos con el tiempo que nos ha sido dado». Nuestro tiempo nos ha puesto en una situación realmente complicada, una muy difícil, pero eso no debe asustarnos ni hacer que nos quedemos resguardades dentro de nuestro caparazón, aunque las condiciones sean adversas y nada bueno se augure. Yo estoy hasta las narices de esperar . Estoy ya cansado y no tengo… mejor dicho, no tenemos (tanto) tiempo. Entre nosotres no hay jerarquías, ni órdenes ni jefes, construiremos lo que nosotres mismes queramos construir , así que basta de excusas y basta de cobardías.

Cada une que haga lo que crea conveniente para sí. Yo lo tengo claro.

@LuisAcrata

Manifiesto por una convergencia revolucionaria antiestatal

Es nuestra intención animar un proceso de convergencia revolucionaria previa definición de lo que consideramos Revolución.

Entendemos por Revolución el derrocamiento del Régimen vigente, económico, político y social, y su sustitución por un nuevo orden libremente acordado. Esto sólo puede venir por un proceso de lucha popular que mine la autoridad del Estado desde los cimientos, y para ello nos sobran los parlamentos, los ayuntamientos y los distintos gobiernos autonómicos y regionales. Este proceso debe ser impulsado por organismos populares horizontales autoorganizados que funcionen de manera asamblearia, que deben rechazar cualquier intento de absorción por parte de partidos y sindicatos si quieren continuar siendo libres a la hora de tomar decisiones y autónomos en la forma de funcionar. Entendemos pues que colaborar con las instituciones legitimando su función mediante las urnas y los mecanismos de participación acordados por el propio Sistema (como los partidos políticos y los sindicatos, sean éstos más o menos transparentes) es caminar en dirección opuesta a la de la Revolución Social.

Es absolutamente imprescindible que este proceso revolucionario tenga sus defensores, que la opción revolucionaria, rupturista, radical…. tenga voz propia, que exista, se manifieste y se dé a conocer enfrentándose dialécticamente con sus contrarios y enemigos, no ya el mismo Estado, el Régimen, el Orden, al que hay que denunciar y al que hay que enfrentarse a porfía con una estrategia meditada sino también a las diversas facciones que enmascaran y maquillan tras una apariencia más ó menos contestataria, asamblearia, opositora o antisistema, proyectos de legitimación de esta Dictadura Parlamentaria, de «regeneración democrática», de perfeccionamiento de la democracia, en resumen de apuntalamiento y sostenimiento del orden vigente. Esta es la labor de la izquierda del Capitalismo, parlamentaria ó extra-parlamentaria según convenga, más ó menos «extrema» y que ahora mismo cosecha éxitos en su programa de «reiniciar el Sistema», lema que no deja lugar a dudas sobre sus prístinas y aviesas intenciones, es un «volver a empezar», un «y vuelta la burra al trigo».

Por lo tanto, quienes tomamos partido por la Revolución hemos de criticar, denunciar y enfrentar el izquierdismo y a las izquierdas, sin complejos ni vacilaciones, con argumentos y públicamente. Debemos separarnos de la falsa oposición, la que sólo oposita al poder, quienes francamente nos oponemos a él y anhelamos no administrarlo sino combatirlo y eliminarlo, defendiendo la Revolución con vehemencia. Estar por la Revolución es estar contra el Capitalismo y contra el Estado, vístanse como se vistan. La denuncia de este régimen como una dictadura con la que hay que acabar y a la que hay que enfrentarse sin tregua, la defensa de su superación revolucionaria nos lleva a no aspirar a participar en sus instituciones y a boicotear y renunciar a la representación electoral y al entramado institucional no colaborando bajo ningún concepto en la gestión de este sistema de explotación, no justificándolo ni integrándolo.

La defensa de las asambleas como órganos soberanos de organización y poder popular es incompatible con la defensa del parlamentarismo, expresión máxima de la delegación. O auto-gobierno del Pueblo o dictadura del Estado. Quienes pretenden la coexistencia relajada de asambleas populares con las instituciones de la Dictadura Parlamentaria como proyecto de perfeccionamiento democrático, caricaturizando y reduciendo las asambleas a meros órganos consultivos y decorativos, son los defensores del Estado, son los mismos que las temen como instrumento de lucha y fortalecimiento popular, y de esta forma pretenden destruirlas como herramienta de combate y organización del pueblo. Las asambleas populares serán el legítimo auto-gobierno del Pueblo que ha de enfrentarse al gobierno dictatorial del Estado. Las asambleas no colaboran con el poder, lo deslegitiman, enfrentan y desprecian. La soberanía no puede ser representada, ninguna política es legítima democráticamente a menos que sea propuesta, discutida y decidida por el pueblo, no por representantes o sustitutos. Una democracia participativa no puede ser alcanzada por la sociedad en su conjunto mientras la vida pública esté disponible solo para aquellos con el suficiente tiempo libre para participar en ella.

Las soluciones dadas desde arriba se reducen a prometer trabajo, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y una dependencia absoluta. Desde la Izquierda la alternativa es mendigar trabajo, subsidio ó Renta Básica, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y unadependencia absoluta. Quienes sólo hablan el lenguaje económico del bienestar, de las necesidades materiales, de los derechos, son los que realmente no pasan de prometer una vida quizás materialmente aceptable pero ética e intelectualmente degradante y miserable. La carestía y el hambre, por sí mismas, no producen revoluciones sino enfermedad y muerte, la Revolución es un asunto de conciencia, de valores, de justicia social… no del monedero. Los revolucionarios hemos de hablar alto y claro contra el trabajo asalariado, contra la explotación y la legitimación del empresariado, en un momento histórico donde por primera vez han conseguido imponer el salariado generalizado y que éste no se viva como una imposición si no como la primera necesidad de la existencia. Desbaratar el maniqueismo de los defensores del Capitalismo que pretenden que solo se puede escoger entre trabajo asalariado o paro, derechas o izquierdas, monarquía o república…

Creemos que es urgente abandonar el lenguaje derechista que utiliza sobre todo la Izquierda, tener derechos, derecho al trabajo, a la educación, a la sanidad, al aborto…. es una perversión que los explotados y gobernados exijan serlo. Los pueblos, las comunidades, son capaces de ocuparse de lo suyo, de organizarse por su cuenta, de funcionar y satisfacer sus necesidades reales sin la tutela del Estado que vende cara su gestión y que como todo tutor administra los bienes del tutelado hasta su mayoría de edad, tratándonos a todos como incapaces, inútiles e inmaduros… y en este caso, la tutela del Estado es a perpetuidad.

Como enemigos del Estado lo somos del Estado del Bienestar. El bienestar del Estado es el bienestar del ganado. La humanidad que sueña con ser libre, con la igualdad y la justicia aspiramos a algo más que a un mejor establo. Se nos vende como el único freno a la sobreexplotación, el único capaz de controlar los
desmanes y excesos del “Capitalismo Salvaje” y de regalarnos derechos como la sanidad (sobremedicación, errores médicos, yatrogenia), educación (encierro forzoso desde temprana edad hasta la edad adulta para ser domesticados y encajar en el infame engranaje), … que en realidad nos salen muy, muy caros. El Estado del Bienestar funciona en una pequeña parte del mundo coyunturalmente, se construyó desde arriba y no es fruto de pretendidas luchas sino de «favores», concesiones unilaterales que compraron la paz social y la renuncia al cambio social y a la justicia integral a cambio de ciertas mejoras que ya sin presión revolucionaria, como vienen se van. Esto ha permitido gobernar y explotar sin apenas conflicto ni contestación. Los actores y métodos políticos necesarios para perpetuar este pacto son los partidos, los sindicatos y las elecciones que no sirven en absoluto para otra cosa que no sea para sostener el sistema de explotación. Si se pretende luchar contra y no sostener al, se tiene que abandonar la defensa del Estado del Bienestar y no ceder a la tentación de aspirar a ralentizar su desmantelamiento. Esto no ha de ser tenido como victoria de los de abajo y menos aún como un objetivo deseable.

La defensa del Estado, del bienestar o no, de sus ministerios, de lo público, o sea, de lo estatal, es la defensa cerrada del orden vigente, ya sea la defensa de la educación pública, de la policía pública ó de la sanidad pública. Quienes hoy hablan de lo público, lo hacen como sinónimo de lo estatal. Esto nada tiene que ver con lo común, lo popular, es más, son términos enfrentados. El Estado destruye y esclaviza al Pueblo, domina, somete, explota, ningunea mediante jueces, policías, profesores, asistentes sociales, funcionarios de prisiones, psiquiatras, etc. El Estado del Bienestar produce adicción e inacción en sus “beneficiarios”, acomodaticios e inútiles a la hora de resolver sus problemas, satisfacer sus necesidades por si mismos o en colaboración con sus iguales. El Estado Social aplasta al individuo como garante de su propia conservación y neutraliza a la comunidad como ámbito de la ayuda mutua y la autogestión.

El Estado es, según el derecho, el administrador de la única violencia legítima en Democracia y en los últimos tiempos algunos movimientos sociales han tenido mucho interés en respetar este estado de las cosas, criminalizando a los manifestantes que se defienden de la policía y tratando de que las movilizaciones no rompan el decorado de las buenas maneras, siendo éstas movilizaciones el complemento de la única vía legítima de cambio social para él: la que salga de las urnas. No respetamos este Estado de Derecho que, al contrario, definimos como Estado de Excepción permanente, donde la propia ley legitima la violación de sus principios de igualdad ante la justicia.

La totalidad de los defensores del orden defienden, justifican y aplauden el uso de esta violencia, las amenazas y la coacción estatal contra quienes les cuestionan: Asesinatos, palizas, cárcel, multas… además, otro tipo de violencia mucho más sutil, la estructural, hoy se hace sentir con toda su fuerza: el terror impuesto en las clases populares mediante el binomio paro/trabajo precario, los desahucios, la marginación, etc.Entendemos la violencia como una herramienta más de lucha y en ciertos momentos y lugares ha de ser estratégicamente utilizada. La violencia por la violencia, el exhibicionismo y su mitificación son despreciables. Su uso no es obligatorio (pero sí necesario en ocasiones), como no puede serlo su renuncia. Puede haber sectores revolucionarios que nunca participen de ella, por precaución, por falta de compromiso, de decisión, por no asumir los riesgos o por defender activamente la desobediencia civil no violenta. Siempre ha pasado y siempre sucederá. Al enemigo se le puede enfrentar de muchas formas pero quienes conformamos el bando revolucionario hemos de respetarnos mutuamente, diferentes estrategias y acciones no son incompatibles sino complementarias. La falta de respeto sí lo es.

Es un buen momento para iniciar este proceso de convergencia revolucionaria: hoy en día el Sistema Democrático está pasando por una seria crisis de legitimidad, los viejos partidos se contraen carcomidos por la corrupción, escándalo tras escándalo la reputación negativa de los políticos y hombres públicos se deteriora más y más ante el hastío y la indignación de la gente. Por momentos parece que la población despierta, debate, discute, se interesa, se inclina a la reivindicación…Y es precisamente en este momento cuando tras casi cuatro décadas de Dictadura Parlamentaria la Democracia, los partidos, los políticos, el Sistema, se encuentra más débil, más devaluado que nunca, en peor posición, más cuestionado por todos, es ahora cuando en vez de hacer leña del árbol caído las izquierdas ven su oportunidad y estas izquierdas de todo tipo, hasta hace poco “anticapitalistas” e incluso algunas antiparlamentarias, echan un flotador al Sistema y nos pretenden convencer de que no falla el Régimen sino las personas y de que, qué casualidad, son ellos los más indicados para salvarnos, es decir, para explotarnos y oprimirnos más suave y éticamente (eso sí). Nos quieren convencer de que no hay alternativa a las instituciones del Estado y al Capitalismo, que pueden ser a lo sumo algo mejoradas, perfeccionadas, vestidas con “rostro humano”, pero nunca superadas, abolidas.

Ante el frentepopulismo nacionalista, ante el irresistible atractivo de los nacionalismos disfrazados de alternativa y de solución a ciertos problemas insistir en que sólo pretenden perpetuar idéntico sistema de dominación, repartírselo entre nuevos reyezuelos ansiosos de su propia taifa. No perderemos el tiempo dividiendo estados capitalistas en otros más pequeños ni haciéndolos más grandes. Lo principal para nosotros sigue siendo la cuestión social, o sea, el trabajo asalariado, la explotación del hombre por el hombre, el sistema de clases, el monopolio del poder político y económico, y los nacionalismos no la resuelven, la Revolución sí.

Nuestra lucha no tiene fronteras y como antaño seguimos creyendo que los oprimidos de todos los países y regiones deben unirse por encima de los nacionalismos chovinistas y que debemos establecer fuera de pactos políticos partidistas con fuerzas reaccionarias la solidaridad de la acción revolucionaria. Buscamos la formación de una comunidad en lucha, que se reconozca a sí misma, por si misma y en sí misma frente al enemigo, en la que caben disparidad de formas de acción, compartiendo la misma tendencia revolucionaria. Hemos de ser irrecuperables para la Izquierda, o sea para el Sistema. La comunidad en lucha reconoce, ampara, protege y apoya a quienes en la pelea sufren el acoso ó caen en manos del enemigo y desconfía y desprecia a quiénes le defienden y justifican. Tratamos de unir esfuerzos para el desarrollo y fortalecimiento del único proceso constituyente que consideramos necesario e inaplazable, el de la construcción de esta comunidad en lucha contra el poder con aspiraciones de justicia, libertad y equidad, regida por el apoyo mutuo, lo común, que sabe que la unión hace la fuerza y que separados estamos perdidos y vendidos, que sueña con un porvenir diferente y mejor para los suyos.

Se ha de ir esbozando el futuro, no posponer la solución de todo al día siguiente de la Revolución. Elaborar un proyecto revolucionario creíble, proponer, perfilar, premeditar cómo el pueblo autogobernado hará frente en la práctica a los diferentes asuntos de la problemática social (administración de la justicia, sanidad, defensa, logística, reparto a las comunidades de los nuevos bienes comunes –tierras, infraestructuras, viviendas–, qué se desmantela y qué se mantiene…). Hay mucho sobre lo que discutir y acordar, mucho que aprender, y por fortuna o no, tenemos tiempo de hacerlo. Somos conscientes de que es éste un proyecto a largo plazo (aunque la historia siempre da sorpresas) pero es el único por el que merece la pena pelear.Divulgar, hacer pedagogía revolucionaria, exponer, defender y debatir públicamente, existir, combatir, hacerse oír, para lograr más pronto que tarde tener entidad propia, ser identificados como fuerza por la sociedad y por nuestros enemigos de todos los colores. Por nosotros hablarán nuestras palabras y nuestros actos, nos cuidaremos de no caminar junto a quienes no aspiran a más, a ser más, más conscientes, unidos y mejores para llegar más lejos.

El reto no es pequeño : ¿Seremos capaces de romper el silencio, de acabar con esta paz de cementerio, de poner fin a la docilidad y a la apatía social ? , ¿Capaces de iniciar un sincero movimiento revolucionario en estos tiempos de derrota, de rendición y traición ? ¿Capaces de conseguir que parte del descontento madure en crítica social radical, en ansias de cambio real, en ilusión, en esperanza, en ganas de pelear y no sea cíclica e inexorablemente reabsorbido y reintegrado al Sistema, o sea, liquidado, quedando fuera únicamente una presencia residual, atomizada, paralizada, descorazonada, sin ambición alguna?

Quienes apostamos por la vía revolucionaria vivimos también sumergidos en el mundo del sexismo, del dinero, del consumo, la propiedad privada, lo material, las necesidades creadas, las comodidades. Acostumbrados a lo fácil, a recibir, a pedir, a competir y a asumir, inmersos en el mundo que ansiamos superar, vivimos en la contradicción, no podemos cuestionar este mundo sin cuestionarnos a nosotros mismos, combatirlo sin combatirnos. Todos estamos de uno u otro modo involucrados en los mecanismos de reproducción del Sistema, sabotearlo y atacarlo es, en ocasiones, atacar nuestra propia subsistencia. Vivir en esta contradicción sin que nos paralice y atempere es un reto tanto personal como colectivo que no podemos pasar por alto. Partiendo de las bases expuestas en este texto, invitamos a todas las personas de libre conciencia que sinceramente deseen acabar con el Capitalismo y el Estado, y que crean necesario, imprescindible e ineludible propagar por doquier la necesidad de un cambio revolucionario, a contactarnos para poder encontrarnos y discutir directamente y en profundidad sobre como empezar a avanzar con paso firme en esta dirección.

Salud y Anarquía,
¡Viva la Revolución!

Madrid, noviembre 2014.
CONTACTO:
cra@riseup.net

Feminismo islámico

El feminismo islámico es un movimiento que reivindica el papel de la mujer en el Islam cuando éste fue deteriorado por el patriarcado. Se lleva a cabo a través de los versículos coránicos donde se le otorga a las mujeres sus derechos legitimos.

También se usan algunos «hadith» del Profeta Muhammad (sws). Los «hadith» son discursos religiosos.

Hadith;
«El creyente que tiene la fe más completa es aquel que se comporta bien, y el mejor de entre vosotros es quien mejor trata a su esposa»

El feminismo islámico reclama los derechos que el Islam otorgó a las mujeres con la aparicion del mismo hace aproximadamente 1400 años, ya que estos se violan continuamente en la sociedad actual. Lo reivindican las feministas islámicas es luchar contra el machismo y la sociedad patriarcal sin renunciar a nuestras creencias, a nuestra identidad, a nuestra forma de vestir, etc., aceptando que el feminismo islámico es un movimiento que nace para cubrir esas necesidades como mujeres y musulmanas, es decir, que no es algo ajeno sino que nace con ellas.

El Burka o Hiyab suscitan controversia y polémica; una de las controversias sería el debate sobre si su uso es o no machista. El burka no es una prenda islámica, sino que es afgana y lo usan actualmente las mujeres en Afganistán. Allí es obligatorio llevarlo por el régimen Talibán, que es el que gobierna el país. Cabe aclarar que los talibanes, al igual que ISIS, no predican absolutamente nada de lo que transmite el Islam, todo lo contrario; son asesinos, violadores e islamófobos. Si una mujer por su propia cuenta decide ponérselo, se respeta totalmente su decisión aunque no se suelen ver a mujeres llevar el burka debido a su gran peso.

Hemos de señalar que hablar del burka no es lo mismo que hablar de Hijab y Niqab. En este caso, su uso es más amplio. Éstas sí son prendas islámicas que surgieron junto al Islam. Antes de su llegada, las mujeres eran pertenencia de los hombres; las forzaban a prostituirse, eran esclavas, se les consideraban objetos, comercializaban con ellas, y hasta llegaban a enterrarlas vivas cuando una nacía. Con la llegada de la religión, esto se intentó erradicar dándole a la mujer los mismos derechos que los de un hombre elevando su estatus social al de «in san» (ser humano). Cuando las mujeres se rebelaron, decidieron ponerse el hijab como signo de distinción de que no pertenecían a los hombres, y quienes lo llevaban habían recuperado su total libertad, y gozaban de los derechos que les otorgó el Islam, lo cual, al contrario de las interpretaciones occidentales, es un signo de liberación y no de machismo. Por tanto, la visión de éste como un símbolo machista es discriminatorio en sí, ya que nos estaríamos dejando guiar por los prejuicios islamófobos. ¿Por qué a una joven musulmana que decide llevar el hijab hay que exigirle que justifique su decisión y a otra joven que decide usar otro tipo de vestimenta totalmente diferente no se le exige esto? No deberíamos cuestionar la forma de vestir de ninguna mujer. Llevar el hijab no es machista porque la principal razón que las lleva a hacerlo es el sometimiento a Dios. Es una decisión que tiene que nacer en cada mujer de forma individual, pues es una cuestión entre la creyente y Dios. Hemos de añadir también que bajo sus creencias no cabe coacción en los asuntos de la religión (“La ikraha fi din”), y suele ser su seña de identidad, además de representar el rechazo a la globalización de una vestimenta impuesta por el patriarcado.

El hijab es más conocido como “velo” o “pañuelo”, es una prenda que cubre la cabeza (pelo y orejas) y el cuello. El niqab es el velo integral, cubre la cabeza y la cara, dejando al descubierto únicamente los ojos. Los hombres no llevan hijab porque ellos fueron los opresores y privilegiados, no los oprimidos. No necesitan esa prenda como muestra de libertad. Además, el uso de la hijab es una cuestión opcional y su uso debe ser decisión de quien lo quiera llevar, sin ser impuesto a nadie por nadie.

El Corán, el libro sagrado del Islam, interpreta el papel más importante en el feminismo islámico, ya que contiene todos los versículos con los que se puede llevar a cabo este movimiento, y sin él, el feminismo islámico quedaría fuera de existencia. Al parecer, según las visiones del movimiento, el Corán es el único libro sagrado de las tres religiones monoteístas que habla de la igualdad entre el hombre y la mujer, pero los que se encuentran en el poder han ido desviando el verdadero mensaje del islam, dando como consecuencia que esta religión se haya interpretado de una manera machista, en donde la mujer salió desfavorecida y el islam termine inclinándose en favor del patriarcado.

Con respecto a la opinion que se tiene dentro del islam de las personas del colectivo LGTBQI, no está muy clara la total aprobación de la homosexualidad en el islam, ha habido varios estudios que han estado tanto a favor como en contra. Respecto a lo de ser, por ejemplo, gay y musulmán sí es posible, y no es ninguna contradicción. Una vez creas en las palabras del Profeta, en Allah, en lo que predica el Corán, y seas practicante ya eres consideradx musulmánx. Es cierto que actualmente en muchos países «islámicos» condenan la homosexualidad, eso no quiere decir que rigen adecuadamente las leyes islámicas. Todxs lxs seres, sin distinción tienen un lugar en el Islam al ser criaturas de Allah, ya que la Divinidad no tiene género. Por lo tanto, el género y la orientación sexual de las personas no debe ser motivo de discusión entre lxs musulmanxs, para decidir el derecho de tales personas a comunicarse y establecer una relación con Dios. Si nos vamos a las creencias básicas del Islam, y aceptamos que Allah es justo y todo lo creado es obra suya, pues no hay razón para condenar aquello que Allah ha permitido en su total sabiduría.

Los musulmanes homófobos que condenan la homosexualidad son los mismos que dejan llevar a cabo matrimonios forzosos, ablaciones de clítoris y la contracción de matrimonios de hombres con niñas. Ahí entran también en el campo de la pedofilia, y el islam no permite nada de lo citado aquí.

En el islam, la sodomía sí está prohibida tanto para mujeres como para hombres. Según las personas creyentes, el islam es una religión de paz y está en contra de toda discriminación, y es imposible creer que castigue la homosexualidad por ser algo distinto de lo que nos han inculcado desde pequeñxs, y no hace daño a nadie. De hecho, hace unos siglos, lxs homosexuales occidentales huyeron al mundo árabe porque en Occidente era castigada la homosexualidad. Como en aquella época en las tierras árabes gobernaban con leyes islámicas (tal cual, no como ahora), las personas homosexuales consideraban el mundo árabe como «el paraíso de los homosexuales» . Bajo sus creencias, la discriminación no es parte de su ética.

Antes de concluir, habría que tratar la cuestión de la apropiación cultural, que consiste en la adaptación de algunos elementos específicos de una cultura por un grupo cultural diferente. Esta apropiación cultural se manifiesta cuando unos individuos ajenos a esa cultura se apropian sin conocer el valor y significado de cierta vestimenta, música, arte, símbolos, bailes, rituales, amuletos propios de una cultura, etc, que forman parte de una determinada identidad cultural y religiosa que no les pertenecen, lo que resulta ser ofensivo.

Un ejemplo de apropiación cultural es la famosa mano de Fátima y las kufiyyas palestinas llevadas por Femen en sus manifestaciones y algunes antifascistas. Las kufiyyas pertenecen a lxs palestinxs, y las usan en su lucha, pero que día de hoy, Occidente se ha apropiado por completo de esta prenda y lo más aberrante es que la mayoría lo han hecho con su total ignorancia.

El deber -sí, deber. Recordemos que son las propias oprimidas quienes deciden cómo, cuándo y de qué manera llevar su lucha- de las feministas occidentales es apoyar las decisiones de las feministas islámicas, quienes consideran que debemos informar sobre Islam, sugieren qué mejor que leer el Corán y los hadithes. Que no sea desde una perspectiva Occidental prejuiciosa y cargada de odio hacia la religión. Las feministas occidentales tenemos privilegios sobre las feministas musulmanas y si alguna de las compañeras islámicas nos corrigen conductas sobre su lucha, debemos aceptarla de buena gana ya que, como musulmanas, conocen mejor su opresión y cómo les podrían afectar nuestros actos. No tomemos acciones del tipo Femen que más que un movimiento feminista, es un movimiento xenofobo, racista y nazi. Aún sorprende la idea de que haya gente que considere a Femen feministas. A modo de ejemplo, solo hay que fijarse en la falta de respeto hacia las compañeras y cómo se dirigen algunas personas hacia ellas: tachan a las feministas musulmanas de bobas y sumisas. Un grupo de personas que intentan decidir por ellas lo que deben llevar en la cabeza, o no, y cómo vestir haciendo caso omiso de sus propias decisiones, feministas desde luego que no son. Pero sí un grupo de mujeres cis racistas por excelencia y que recurren a la apropiacion de la cultura con el robo de las kufiyyas.

Al igual que toda mujer en este sistema patriarcal, las compañeras islamicas han sufrido el machismo y una gran mayoría han sido conscientes de ello mientras crecían y se hacían preguntas donde recibían respuestas poco, o nada, convincentes.

Hay algo importante que añadir: las compañeras islamicas ven un problema en las traducciones del Corán al castellano. Lo traducen del árabe al español de forma literal, eso crea bastantes confusiones y se llevan a cabo malinterpretaciones. Por eso dicen que se deben buscar interpretaciones de los versículos coránicos para los que no sepan interpretarlo. Esas interpretaciones solo pueden ser posibles por profesionales y por eso hay que tener cuidando de que las fuentes no sean engañosas. A modo de sugerencia, podéis echar un vistazo a esta página.

Nota personal: Quiero dejar muy claro que este articulo ha sido posible gracias a 4 compañeres, a quienes agradezco enormemente el gesto y oportunidad de entrevistarles para transmitir su voz como oprimides; @Fahima_93, @LallaSlum, @YsminBA, @versosdemuerte.

Como atea he procurado redactar el articulo desde el respeto que les proceso a ellas, dejando al margen mis opiniones personales respecto a la religión.

Pavlichenko

Reflexiones de un estudiante anarquista

Suena el despertador. Otro día que empieza. Como cada mañana, en un silencio oscuro, busco en mi mente una razón para levantarme. A veces no la encuentro y es un momento muy duro. Me siento solo. Esperando el bus, la misma gente. Dependiendo del mes es día o noche, pero ahora hace frío y es de noche. Solo las gotas de los días en los que llueve pueden darle a la escena un punto más dramático.

Segundos, minutos, horas, días, mucho tiempo mirando por la ventana, como un espectador de la vida. Veo gente, coches, fábricas, nubes, pero pocas sonrisas. Es normal, ¿A quién le gusta madrugar?

Llego pronto a la escuela, cosas de horarios. Una vez en clase veo a la misma gente de siempre. Unos hablan del partido de ayer, otros de la próxima excursión. Se comparten las notas de los exámenes y se hacen planes de futuro. “A ver si apruebo esta y así…”, “Para el año si cojo estas pues ya
acabo…”… Yo estoy sentado, dejándome llevar por la dinámica de la conversación, pero no estoy allí.

En mi mente recuerdo lo que me costó dormir, lo que me costó levantarme y lo que me cuesta motivarme para memorizar esas cosas que luego te preguntan para saber si tienes que pagar otra vez o si puedes pagar a otras palabras que representan asignaturas. Tengo otras preocupaciones.

La LOMCE, el paro, la ley de protección ciudadana, ¿en qué se está convirtiendo la universidad? ¿Cuál será el futuro dentro de 5 años? ¿A nadie le preocupa nada o quizás no le afecta? Su ropa, sus preocupaciones, sus ganas de que llegue el fin de semana para “salir a reventar”… me siento a años luz de los demás. Me siento solo.

La ley de enjuiciamiento criminal, la EU 2015, la ley esa por la que las bibliotecas tienen que pagar en función del número de usuarios y préstamos, la ley de propiedad intelectual. Miro por la ventana mientras no llega el profesor. A mi lado hay un paragüero para cuando llueve que las goteras no mojen todo el suelo, pero a nadie le parece importar. Veo montañas y molinos. Edificios y casetas. Montes y agua. Un océano y un lago. Torres de corriente, serán de REE supongo. Una ciudad que exhala nubes marrones que se quedan como boinas cubriendo a sus habitantes.

Empieza la clase, hablamos de leyes, normativas, fórmulas… bueno, habla el profesor, yo escucho. Hace algunas preguntas, me sé las respuestas pero me callo, así, entre silencio y silencio puedo pensar en que está pasando. ¿Al que tengo al lado no le importa la reforma laboral o simplemente no sabe lo que es? Lo miro… probablemente su familia tiene una empresa y su aspiración es vivir de rentas o pensar en el pequeño sueño burgués americano.

Recuerdo que este año comenzaba con un BOE diciendo que la iglesia va a recibir algo así como trece millones al mes del estado. Suelto una carcajada, fueron los “socialistas” los que aprobaron ese BOE. La risa se convierte en depresión… ¿Cómo hay “socialistas” que solo quieren volver a los maravillosos años de principio de siglo?

Alguien pregunta cómo va a ser el examen. Sonrío internamente. La misma pregunta de siempre, la misma respuesta de siempre. ¿Aprender? No, aprobar. Recuerdo los últimos exámenes, ese taco de folios en blanco que se abre y que contendrán el poder de decir quién paga más y quien simplemente paga. Cómo sufro cuando los veo. Ya no por el jugártelo todo a una carta, sino porque no son reciclados. Valientes árboles murieron de pie ofreciendo su vida y su cuerpo sin que les preguntaran si querían hacerlo. El plástico que los contenía se tira a la única papelera que hay en la j aula fría e incómoda que tenemos por clase.

Termina la clase, el profesor se va. Hoy no tengo más clase, toca esperar el bus. Veo carteles, veo una chapa del Ché. Aunque no lo pregunté se me dice que esa chapa es para ligar más. Tranquilo, ya lo sabía hace tiempo, tu comportamiento y tus preocupaciones no engañan a nadie, por lo menos a mí. «¡Gana dinero, aplasta a la competencia y fóllate al mayor número de chicas!» Esas son los eslóganes que veo en el día a día entre mis compañeros (por supuesto cuéntalo, sino no sirve).

Hace frio, no viene el bus, aún queda tiempo para pensar más. Sigo pensando en el tío chapa. Lo vi en alguna de las manifestaciones. No, era broma, perdón. En alguno de los paseos que hubo estos pasados cursos en contra de la LOMCE, paseos o desfiles, como os guste más. En el piquete que habíamos hecho no estaba. Bueno, más que un piquete, fue un «paseo en el zoo”. “Las concentraciones son misas y las manifestaciones son procesiones” Cuán anonanado me quedé cuando me dijeron esto: No le falta razón. Pero claro, si vuelcas un contenedor te llaman fascista (fui espectador de esta escena). Ya de vuelta, miro mi reflejo en el cristal. ¿Qué pasó? ¿Cómo puede ser para mí algo normal y totalmente legítimo algo que para otras personas les parece de “locos”? Hablo de organizarse entre iguales, sin tener que pedir permiso a nadie para poder hacer algo. Hablo de reaccionar ante una situación. Yo creo en que hablando se entiende la gente, pero del mismo modo pienso que ante un abuso e imposición con violencia de algo, el hablar no consigue nada. Esto lo aprendí en mis carnes. Pero qué fácil sería optar por considerarme la “vanguardia” de algo o alguien. Que fácil sería justificarme. Que fácil sería dormir… Pero hace tiempo que considero que nadie me debería decir lo que tengo que hacer, y por coherencia, no seré yo quien bajo la etiqueta de un cadáver del principio del SXX le diga a los demás lo que tienen que hacer.

Supongo que lo que toca es compartir mi forma de pensar respecto de cómo nos deberíamos organizar y cómo deberíamos luchar. Si, luchar. Porque luchar es pedir algo, pero pedirlo de corazón y estar dispuesto a sufrir para conseguirlo, que en toda lucha hay pérdidas. ¿Qué puedes perder cuando está todo perdido? ¿La vida? No. Si solo hay una entonces no hay nada que perder. Pero ahora es cuando entra en juego la confianza. ¿Cómo no caer en sectarismos y poder confiar en alguien anónimo que participa contigo en una lucha de “masas”?… (Sí, hay masas y siempre habrá masas, otra cosa que solo se aprende cuando sales de tu habitación. Por cierto, que decepción me llevé). Llego a mi parada, bajo y voy a casa. El resto del día no os lo cuento, no os importa la verdad. Lo único que os confesaré es que esa noche, al igual que la anterior, me costó dormir por las mismas cuestiones de siempre, y como siempre, entre sábanas me sentí solo, y como siempre al día siguiente tocará buscar otra razón para levantarse.

W.

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