Per on començar?

¿Por dónde empezar? Anarquismo e independencia

Aquí se puede encontrar la versión original en catalán. El artículo fue escrito antes de que CIU echara para atrás la consulta del 9N.

Puede que este sea el problema, que no hemos empezado. Que casi no ha habido una respuesta libertaria o esta ha sido la negación. Que hemos vivido de espaldas, no solo a este fenómeno, sino en general al día a día de la sociedad.

Da la sensación de que hemos estado más ocupados en discutirnos en quién es el autentico revolucionario (ya sea con otros anarquistas o con otras personas de otras ideologías) en debates endogámicos, creando una identidad que parece que está más ocupada en legitimarse como verdadera, que en trabajar para el cambio social. En líneas generales, no tenemos ninguna estrategia definida, y no tenemos ninguna capacidad comunicativa, de ir mas allá de nuestro mensaje e intentar conectar con el resto de gente no afín a nuestras maneras y lenguajes.

Otro punto sería que a menudo articulamos nuestro pensamiento en la constante negación. Con esto me refiero a que demasiadas veces nos centramos en la crítica y en el rechazo más que en la alternativa, causando una sensación de que este hecho a veces domina nuestra propaganda y nuestros escritos. Nuestros medios deberían estar llenos de propuestas para ir más allá de “estar en contra de”. ¿Tan atomizados estamos que solo podemos estar criticando esta sociedad sin poder ofrecer alternativas? Y desde esta perspectiva llegamos al contexto actual de Catalunya. Creo que no hemos sido capaces de ver posibilidades para extender nuestra praxis, en la línea de la negación que comentaba antes.

Esto se puede conectar con la actualidad. Encontramos dentro del cajón de sastre qué es el “independentismo” toda una serie de discursos y prácticas heterogéneas que incluso se enfrentan. Creo que ha sido un error analizar este como un movimiento dirigido por la burguesía y descuidar ciertos procesos que ahora mismo se están dando.

Una temptativa d’anàlisis

Ahora mismo tenemos que situar un movimiento heterogéneo que reclama poder votar el 9N, votando para qué modelo de Estado debería ser Catalunya. Continuar como ahora (No), un Estado federal (Si-No) o un Estado independiente (Sí-Sí) Esta consulta es vista como un derecho democrático y serviría como una legitimización para que las estructuras políticas trabajen en este sentido, aunque también hay voces que apuestan (a la vez) por un discurso más directo (1,2).

Ahora mismo el gobierno de CIU está pinzado. Estamos viendo dudas y cómo empiezan a vacilar delante del escenario político. Como partido burgués, tienen miedo a saltarse la legalidad, al mismo tiempo que crecen las tensiones internas. La historia moderna nos demuestra cómo la burguesía ha intentado ir de la mano del gobierno central para asegurarse los bolsillos. Mucha gente dice que ellos no son realmente independentistas, y creo que tienen razón. O al menos tienen claro sus prioridades por encima de cualquier bandera, quieren asegurarse el poder económico.

Pero en este sentido no podrán controlar el espacio parlamentario. Tienen miedo de ir mas allá en el llamado proceso, ya que ellos no quieren una confrontación real con el Estado central, situándose entre una posición donde perderían el espacio de diálogo con sus detractores, y un posible y relativo liderazgo del proceso entre la gente partidaria de la consulta. Si a este escenario le sumamos sus políticas neoliberales y represivas, el hundimiento de CIU continúa en la línea de las ultimas elecciones que ellos ya anticiparon. La condición del PP de abandonar la consulta para poder negociar no es una opción porque serían desbordados.

Si CIU convoca unas elecciones plebiscitarias como sustituto de la consulta perdería poder, mientras que tardar en hacerlo podría precipitar aún más su caída. Y este agujero lo llenaría ERC mayoritariamente. No conozco hasta qué punto de desobediencia (dentro de sus parámetros) Esquerra está dispuesta a asumir, pero seguramente el conflicto entre el movimiento ciudadano y el PP irán aumentando progresivamente en la rotunda negativa de negociar.

No tenemos que olvidar que en el próximo año 2015 entraran en juego las elecciones generales y las municipales, con la entrada de diferentes candidaturas municipalistas y el crecimiento de las CUP, una continuación del descenso del bipartidismo y la posible llegada de Podemos como tercera fuerza. En esta futura coyuntura, pueden pasar muchas cosas, pero seguramente la mayoría absoluta del PP se acabará.

También me gustaría comentar que una mayor fuerza del catalanismo seguramente generaría más movimiento reaccionario, y siendo el PP incapaz de parar éste, nos tenemos que preparar para el aumento del fascismo. Recordemos que también se están actualizando en el ámbito discursivo y práctico, intentando salir de su propia gueto.

El independentismo como un movimiento social

El independentismo, junto al 15M (y el post-15M electoralista), ha sido uno de los movimientos de masas de los últimos años que más personas han movilizado. De la misma manera, en el interior de estos tienen en común que conviven muchas perspectivas políticas diferentes. Pero un elemento central es su perspectiva ciudadanista, cada movimiento con sus particularidades. Resaltaría, como características generales, los siguientes aspectos:

—Transversalismo: Puede que a escala discursiva no tan marcado en el movimiento de las plazas (Somos los de abajo contra los de arriba, contra la casta, etc.) Pero de todas maneras, por pura estadística, el grueso tiene que ser de clase trabajadora o de clase mediana (como dice Delgado, 3). Pero otra cosa es quien dirige.

—Pacifismo: Ambos son movimientos pacifistas. Pienso que para romper con el capitalismo, tarde o temprano se tiene que llegar a un conflicto violento por la (no tan) vieja cuestión llamada “guerra de clases”. Romper con España, como he comentado antes, también significa una reacción (fascista), y creo que ésta se dividirá difícilmente por la vía democrática. No está de más recordarlo.

—Socialdemocracia: Más o menos radical dependiendo de qué sectores. Se exige una profundización de la “democracia” ya sea para conseguir una nueva ley electoral, listas abiertas o una consulta. Por un lado se exige una gestión pública de los servicios frente al neoliberalismo, sin cuestionar de raíz el capitalismo y proponer las colectivizaciones de los medios de producción.

El peligro de todo esto es su integración en aparatos estatales, que reproduzcan las desigualdades en el ámbito económico y en el de la toma de decisiones. Es la cultura del falso diálogo, ya que no se puede negociar con quien tiene más poder porque no estará nunca dispuesto a cederlo. Se prima la manifestación simbólica en contraposición a la capacidad real y material de boicotear al dominador y dar un golpe sobre la mesa en condiciones menos desiguales.

¿Pero esto no es el alma del reformismo, y los anarquistas estamos en contra de esto? Si, y no. En vez de criticar eso que no nos gusta y darle las espaldas, critiquémoslo de manera pedagógica y trabajemos para la superación de esta concepción, ya que muchas veces podemos llegar a pensar de manera parecida, pero no utilizamos los mismos términos, aportando una perspectiva revolucionaria. Construyendo un movimiento con consciencia de clase, no es fácil gracias a la hegemonía cultural hiperindividualista a la que estamos sometidos. Con el transcurso del tiempo es posible que los posicionamientos se vayan haciendo más nítidos, ya que en el ámbito político los burgueses intentaran pactar y la crisis y los recortes irán continuando, con la posibilidad de ofrecer escenarios para radicalizar un movimiento de clase.

En mi opinión, para superar la socialdemocracia, hay dos vías: tenemos que construir estructuras propias de los oprimidos. Ya sean asambleas populares municipales (con una estructura de democracia directa bien definida, para evitar la dictadura de la informalidad y también las burocracias), sindicatos de clase, cooperativas, grupos feministas, casales, ateneos, espacios de ocio alternativo, ocupaciones en masa de casas… No dejan de ser propuestas que ya se están dando con mayor o menor éxito, pero enredadas en un proyecto común (que no homogéneo). Así quizás podremos construir una autonomía para combatir su dominio. Por otro lado, no tenemos que olvidar de defender aquello que se paga con nuestros impuestos y que no nos dejan gestionar: los servicios públicos. Obviamente, están diseñados dentro de una lógica de reproducción capitalista, pero la cuestión es caminar hacia la colectivización de éstos y no dejarlos en manos de neoliberales (4,5,6)

Si a las revolucionarias (en general) no donamos un contenido de transformación radical a largo plazo (porque hoy la revolución es impensable), a las perspectivas “reformistas” que tanto a veces nos gusta criticar, difícilmente estas irán más allá. Puede ser que no sea tan agradable o radical pedir que las trabajadoras necesiten 10 minutos más para descansar, pero si no tenemos capacidad de cambiar nuestro día a día inmediato, no creo que podamos hacerlo a gran escala. Y con esta visión juntamente con otras propuestas que quizás sí podamos plantearlas, podremos ir colando sueños de superar manifestaciones y peticiones a los políticos de turno. Quizás un día seamos capaces de tomar y hacer, en vez de pedir y esperar.

Una raya para recordar

Vemos que todo el mundo está moviendo ficha. ¿Y los anarquistas? Como muchos sabéis, el 11 de setiembre hubo un acción que intentaba unir la V con la raya, para convertirla en una A. La acción suscitó tanto elogios como criticas (7), pero sobretodo (al menos para mí, y seguramente para muchas otras personas) puso en la meso un debate, y con eso la agradezco. Y coincidiendo con el análisis que hace la compañera en el enlace anterior, hace falta capacidad de análisis, estrategia, y de generación de propuestas. Con todo eso no digo que sea fácil, pero si alguna cosa es cierta es que llegamos tarde.

Pero eso sería hacer asunciones a una pregunta. ¿Como anarquistas tenemos o podemos aportar alguna cosa en todo esto? ¿El nacionalismo no era sinónimo de fascismo?

Yo opino que sí, que podemos aportar una perspectiva libertaria con un objetivo emancipador. No se trata de reescribir nuestro pasado y subirnos a su carro y decir que hemos sido independentistas toda la vida, sino que la gente que está subida en un movimiento determinado mire hacia otras vías.

Si la palabra democracia es un constante término en disputa para legitimar las diferencias acciones de los diferentes actores políticos, lo mismo pasa con la independencia. Porque no es la misma independencia la que quieren CIU o las CUP. Nosotros podemos plantear la nuestra propia, nuestra propia vía, la libertaria.

De hecho, todo este escenario tiene un poco de componente libertario. No, ahora no quiero calzarlo todo y decir que todos son anarquistas, sino que simplemente hay una serie de gente que cree que su voluntad tiene que ser expresada y materializada, a la vez que se está planteando la desobediencia. La segunda parte quizás no nos gusta tanto, ya que se quiere legitimar unas estructuras representativas y estatales. Pero quizás sería hacer un poco de pedagogía en vez de girar la espalda.

Algunas aclaraciones e interrogantes

No entiendo si el anarquismo es tradicionalmente federalista, porque se supone un ámbito ibérico de manera predeterminada en las proyecciones organizativas incluso hasta cuando no hay grupos dentro de Portugal de las diferentes organizaciones que se reclaman como ‘iberistas’. (¿Alguien ha preguntado a los portugueses?) ¿No es otra forma de nacionalismo encubierto? (que encima se utiliza para criticar a otro). Yo no parto de territorios estancos y definidos, así que en un contexto donde un sector importante de la población pone esta cuestión sobre la mesa, algo tiene que hacerse. No sé si mediante una votación que ganase por un determinado porcentaje de votos seria el mecanismo para hacer efectivo el federalismo, pero lo cierto es que hemos de buscar uno. Y si después Tarragona se quiere independizar y Vall d’Aran se quiere unir a Colombia, adelante.

Respecto a la dimensión cultural, estoy en contra de cualquier organización (Estado o no) esencialista. Dentro de un territorio, las diferentes culturas tienen que tener cabida, en un marco de respeto y de no dominación. Por otro lado, podemos observar que dentro de cualquier movimiento nacionalista exige un modelo cultural concreto: ahora mismo se está vendiendo la catalanidad como una cultura pacifica, de consenso e integradora. No hace falta que me extienda a hablar de CIEs, clases sociales, mossos d’esquadra…

En ese sentido soy partidario de un movimiento multicultural, de clase. Ahora que se está hablando de la dicotomía “español vs catalán” podríamos ponernos a ver que la dominación puede que se acentúe más en otra banda “blanco vs inmigrante” (Todos sabemos que los europeos y occidentales que vienen de fuera no son llamados inmigrantes). En ese sentido, hace falta trabajar en que el problema no es la gente que se siente española, sino el Estado español, de la misma manera que también lo sería un eventual Estado catalán.

– Para el carro, lo que la gente está pidiendo, ¿no es un Estado propio?-

Una tentativa de discurso y posicionamiento

Pues sí. Entonces las y los anarquistas no deberíamos de pintar nada. A menos que seamos hábiles.

Se puede ver que se pide un Estado propio, pero también una descentralización y que la voluntad popular sea ejercida a través de una votación. Podemos recordar que los Estados son enemigos de estos factores y que hemos de construir nuestras propias instituciones. Se puede ver como una batalla entre españoles y catalanes, pero tenemos que recordar que los mismos problemas que sufren los habitantes de Cataluña, son los mismos que los que sufren al resto del Estado. Se puede ver como un movimiento dirigido por burgueses. Hasta que un día pueda quizás se plantea una huelga general recordando que no queremos amos de ningún tipo…

Ahora mismo es un momento de conflicto que no deberíamos desaprovechar. Debatámoslo, posicionémonos y avancemos hacia la construcción de herramientas liberadoras. Porque recordemos, que se está planteando desobediencia a la búsqueda de la libertad. Tenemos que ser críticos con todo esto y explicar lo que las y los anarquistas entendemos por libertad, nunca en clave evangelista y mirando por encima de las espaldas. Quizás así nos demos cuenta de que tenemos más en común de lo que pensamos, porque sin lo común, no hay comunidad, no hay anarquía.

Y por si no queda claro, ningún pacto con la burguesía.

Víctor A

7 de Octubre de 2014.

Sobre el ‘anarcoestatismo’ y la creación de comunidad

En relación al artículo “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común” me gustaría realizar algunos apuntes adicionales a contestación publicada con el título “Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público” que creo que podrían aportar algo a la cuestión propuesta, a pesar de que la contestación reseñada muestra los puntos clave de la respuesta al llamado “anarco-estatismo”(extraño vocablo que encierra una contradicción en sus términos bastante considerable y que sería interesante analizar).

En primer lugar, tengo que aclarar que lo que sigue se escribe desde el punto de vista de un anarcosindicalista y que por tanto, puede muy bien no coincidir en algunas de observaciones con lo que se podría afirmar desde un anarquismo estricto, si es que se admite que éste pudiera existir, ya que esa expresión “anarquismo estricto”, también esconde una grave contradicción. Porque si algo es el anarquismo, es una forma de entender el mundo y las relaciones humanas que no pueden abarcarse de forma cerrada y estricta. Cabría decir aquí, muy en relación con este tema, que no existe, afortunadamente, ninguna central de expedición de carnés de anarquismo. Más bien, habría que afirmar que existen tantos anarquismos como anarquistas y que ninguno, por separado, puede considerar que tiene el total de la razón, ni el total seguimiento de la ortodoxia (ya que por otra parte, ¿de qué “ortodoxia” podemos hablar? ¿somos capaces de convertir la parte de la historia que nos interesa en un manual de instrucciones obviando el resto? ¿podemos construir una ortodoxia con una sucesión de hechos históricos, que fueron en muchas ocasiones, circunstanciales y adaptados al momento?).

Creo que es preciso decir esto porque en el momento actual necesitamos (con urgencia) un proyecto libertario claro y amplio, que abunde en la confluencia de iniciativas e ideas, que necesariamente tendrán que tener sus diferencias, pero que apunten al mismo objetivo: la transformación social. En ese sentido, entender el concepto de anarquismo como un estrecho pasillo por el que solo se puede transitar mediante unos determinados “tics” históricos o pseudo-filosóficos, creo que va en el sentido contrario de esa idea.

A veces les ácratas (en sentido amplio) sufrimos crisis de hipercriticismo que nos llevan a ejercer de guardianes de esa supuesta ortodoxia. Como contrapeso, padecemos también crisis de extrema laxitud y podemos comulgar, no con ruedas de molino, sino con molinos enteros, sobre todo en esa parte de nuestras vidas que no está expuesta directamente a la política. Creo que es mejor, siempre que sea posible, instalarse una sana autocrítica, propia y de los demás, que nos permita no lanzarnos a dentelladas unos contra otros cuando nos parece que los demás se “desvían” del camino que creemos correcto. Como decía antes, es muy probable que no haya un solo camino correcto ni que siempre sea el mismo, por lo que, parece más útil e interesante ver al anarquismo y al movimiento libertario como una tendencia que, aun compartiendo unos principios esenciales, ha de presentar múltiples vías de desarrollo, más que como una posición fuerte y cerrada que defender.

Por otro lado, esas crisis a las que me refería antes, nos llevan a ver sólo lo negativo en la postura de los demás y sólo lo bueno, en las propias. Más allá de las contradicciones (que afortunadamente nos persiguen a les libertaries, porque nos hacen recrear el discurso y la práctica diariamente) creo que caemos en un reduccionismo de las posturas ajenas, en las que no vemos nada que salvar, ni encontramos ninguna intención positiva (lo que no quiere decir necesariamente que la creamos acertada) y detectamos sólo falsedades, digresiones y enemigos de la “idea”. Me parece necesario relajar esta tendencia, si se pretende de alguna manera llegar a construir un discurso libertario que, de alguna manera, nos permita luchar juntes guardando cada uno nuestras particularidades. En este sentido, me parece también excelente el artículo “las malas anarquistas”.

Ya en relación al objeto de este escrito, me gustaría aportar alguna reflexión sobre los servicios públicos y la posibilidad (o no) de que los que nos autodenominamos libertarios podamos ejercer su defensa en los momentos actuales.

Cuando se afirma que esa defensa no es posible por parte del anarquismo (identificando el servicio público con el estado) se suele poner en la balanza solo dos posiciones: estado y autogestión; es decir, los servicios públicos son administrados por el estado (y por tanto son indefendibles) o deben ser autogestionados (como único escenario defendible).

En primer lugar, creo que defender los servicios públicos no es defender a su administrador (el estado), sino defender el derecho de sus dueños (el pueblo). Es decir, los servicios públicos, todo lo público, ES NUESTRO. No es del estado, que mantiene usurpada su gestión, sino de la gente que lo ha construido con su esfuerzo y con el dinero que han aportado para ello. Todos los servicios públicos están construidos con el fruto del trabajo; no son, por tanto, del estado. Y desde un punto de vista libertario, cuando se hace defensa de lo público, no se defiende al administrador espurio de esos bienes públicos, sino su pertenencia al pueblo. Y defendemos que son de todes y que por tanto, no se puede excluir a nadie por su condición social o económica o de nacimiento o de ningún otro tipo de los beneficios de esos servicios. ¿Defendemos les libertaries a la administración como maquinaria ciega que ejecuta los designios políticos sin el menor miramiento? No. ¿Defendemos acaso, la corrupción, el nepotismo, la forma de funcionamiento de esos servicios públicos? No. ¿Defendemos la forma y los contenidos que tienen la educación o la sanidad públicas? No. Porque nosotros sabemos que hay otra forma de administrar lo público, que es la que nace de la conciencia social y de la responsabilidad de la sociedad de administrarse ella misma, sin intermediarios. ¿Podemos (y debemos) aclarar esos extremos cuando estamos junto a otros defendiendo “lo público”? Parece evidente. Porque cuando coincidimos con otras muchas organizaciones en esa defensa, no todes estamos diciendo lo mismo, ni probablemente, defendamos lo mismo hasta el mismo punto. Y ahí es donde nosotres, les libertaries, debemos intentar que nuestra voz surja clara (pero no como la única verdadera) y fuerte (pero no como excluyente de las demás). Porque aspirar que todos defiendan lo mismo que nosotres es una quimera; y de igual modo, no decir lo que pensamos porque al lado haya otres que piensan distinto, es un flaco favor a nuestras ideas.

En segundo lugar, para continuar con la dicotomía Estado-autogestión, que a veces parece la única posible a la hora de plantear la cuestión de los servicios públicos, habría que incluir un tercer factor a tener en cuenta. Que se convierten en privados. Esa defensa que hoy muchos plantean de los servicios públicos no es gratuita ni obedece a una voluntad de reinstaurar el llamado Estado del bienestar, sino que es la respuesta (tardía, si se quiere) al fenómeno privatizador que tanto gobiernos de presuntas izquierdas como de derechas comenzaron hace ya unas décadas. Respuesta tardía, porque muches anduvimos en solitario en la batalla contra la privatización de lo publico hace ya mucho tiempo, sin que nadie nos prestara demasiada atención; la sociedad ha tenido que sufrirlo directamente en sus propias carnes para alarmarse sobre ese ingente proceso de trasvase de bienes públicos a manos privadas y que representa un claro deterioro en los servicios que se prestan y un encarecimiento de los mismos, que somos obligados a pagar, si queremos acceder a ellos. No parece tener mucho sentido, por tanto, atrincherarse en la exclusiva defensa de su autogestión como lejana meta definitiva, sino en tomar también la iniciativa en esa lucha por evitar que nos roben lo que es nuestro. Es decir, la privatización de cualquier servicio público empeora considerablemente todo lo relacionado con éste, tanto en el servicio que se presta, como en la universalidad de las prestaciones y en el derecho de acceso de todos a todas las prestaciones posibles. No luchamos por el sistema escolar actual cuando defendemos la educación pública; luchamos para intentar impedir la irrupción del mercantilismo, de los bancos y las multinacionales en las escuelas y universidades y contra los recortes que empeoran aún más la situación; no luchamos por el actual concepto de salud que se promociona desde la sanidad pública ni por su criminal relación con las farmacéuticas, sino para intentar que cualquier persona, tenga los ingresos que tenga, pueda acudir al médico sin pensar si podrá pagarlo o no y para que tenga acceso a una prueba que pueda tener un coste que jamás podría permitirse si tuviera que sufragarlo ella. ¿Es verdad que dentro de esas luchas podemos ser altavoz de otra forma de salud y de educación? Es verdad y es necesario. Pero, ¿eso nos obliga a no luchar contra las privatizaciones? Creo que en absoluto.

A veces caemos, desde el punto de vista libertario, en el error de considerar de forma distinta al estado y al capital, como si fueran enemigos diferenciados, ajenos el uno al otro. Sucede con frecuencia cuando se les tiene en cuenta como “patrón”, es decir, como demandantes de mano de obra. No juzgamos de la misma forma a los trabajadores del sector público que a los del sector privado, cuando en realidad, lo que están haciendo los dos “tipos” de trabajadores es lo mismo: ganarse un sueldo para poder vivir. Pero de alguna forma, trabajar para un explotador privado tiene mejor “prensa” entre les anarquistes que trabajar para el explotador público. Dar por sentado que el trabajador del sector público tiene una mayor identificación con su patrón que cualquier trabajador de la empresa privada, es una suposición bastante absurda. Cuando hablamos de la abolición del capitalismo, estamos formulando la idea de que los trabajadores del sector privado han de renunciar a su condición de asalariados para pasar a autogestionar la economía… y cuando hablamos de la abolición del estado planteamos la idea de que los trabajadores públicos han de hacer lo mismo para pasar a gestionar esos servicios públicos. Y si no tenemos empacho alguno en criticar a la multinacional X por querer hacer un ERE a sus trabajadores y enviarlos a la miseria para ganar aun más dinero del que ganan, no sé porque vamos a tener que permanecer impasibles cuando la mayor empresa de este país (al servicio de las multinacionales y los bancos, por supuesto), que es el Estado, hace lo mismo con las personas que trabajan en los servicios públicos para procurar que las grandes empresas ganen aún más dinero en detrimento de les que menos tienen.

En algún caso ¿supone una defensa de lo público como la esbozada una defensa del estatismo? Me parece que no. Sobre todo, porque les anarcosindicalistas pretendemos (y debiéramos hacer algo más que pretenderlo) que la organización de les trabajadores sea la que se haga cargo de estos servicios, de forma que la sociedad autogestione estos y otros muchos más que son necesarios con los criterios de universalidad, racionalidad y participación social. Porque sin esta premisa, cualquier discurso que pueda venir desde nuestras filas queda en agua de borrajas. Ese es nuestro objetivo, pero hacer como que no existe nada más que requiera nuestra atención entre la situación actual y la que nosotros deseamos, es situarse fuera de la realidad. ¿Se supone que esa revolución de la que se habla se consigue del 0 al 100 de forma inmediata? Esa transformación social a la que aspiramos (con todas sus variantes) no puede construirse con un chasquido de los dedos, ni esperando a que les trabajadores “vean la luz”, sino encendiendo bombillas a nuestro paso. Y cuando se apagan, volviendo a encenderlas.

Sin estar un ápice a favor del Estado ni de su existencia, ni de su aceptación siquiera como el mejor mal menor posible, creo que es posible una defensa de lo público en la situación actual sin miedo a perder nada en ese camino y sí con posibilidades de ganar algo, aunque sólo sea eso: que la lucha construye comunidad.

Finalmente, y lo que creo más importante, es admitir que la acción libertaria, por su mismo significado intrínseco, no puede pasar por los cuellos de botella de cualquier ortodoxia real o supuesta, sino por la potenciación mutua de iniciativas que deben confluir en lo esencial y que deben ser multiformes en sus particularidades. Dejar de pisarnos el cuello unos a otros y ayudarnos en lo que sea posible, mientras que sea posible, hasta que sea posible. Algunos pensarán que les anarquistas son los únicos “buenos” de esta película. Otros pensamos que podemos ser les “más” buenos, pero no los “únicos” buenos. Porque, no sólo es imposible una sociedad formada exclusivamente de anarquistas, (ni tampoco deseable, tal vez), sino que lo prioritario es la presencia de les anarquistas en la sociedad. En cualquier caso, lo que es imprescindible plantearse, tanto por los que ven más claras unas vías como otras, o los que se ven más identificados con una formas de hacer que con otras, son las preguntas que se hacen al final del articulo citado:

«¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

Cuando tengamos una respuesta a esta pregunta, que nos sirva para actuar hoy, podremos acudir (sin que nos dé vergüenza la comparación) a la historia de les que nos precedieron.

Paco Ortiz, militante de CNT-Córdoba

Sobre la cuestión laboral y los recursos

A veces encontramos enfrentadas dos cuestiones sociales, las condiciones materiales de los trabajadores para poder llevarse algo a la boca y la cuestión ecológica del buen uso de los recursos naturales de los que disponemos. Será tarea de este artículo hacer un brevisimo análisis de este enfrentamiento que a veces surge en nuestra sociedad.

En 2011 según la FAO la producción mundial de pescados, crustáceos, moluscos y otros animales acuáticos alcanzó 156,2 millones de toneladas, cifra que no ha dejado de aumentar desde hace años. El crecimiento no ha dejado de aumentar, pasando de 34,6 millones de toneladas en 2001 a 52,7 millones de toneladas en 2011.

Los principales países pesqueros son: China, Perú, Indonesia, EEUU e India. En el 2011, el total de la captura en los Estados Unidos de América fue el más alto registrado en el país durante los últimos 17 años.

Si del Estado Español debemos hablar las cifras no son menos escandalosas, a pesar de la reducción en el número de buques de 10.847 en 2010 a 10.505 en 2011 las capturas pasan de 769 mil toneladas en 2010 a 860 en 2011, lo que supone un incremento de más del 10% en las capturas.

Atendiendo a las cifras de empleo, nos topamos con que solo 37.000 personas son empleadas en pesca-acuicultura en el Estado Español, es decir un 0,20% del total de personas empleadas en ese momento. Lo que vendría a suponer 23,34 toneladas por cabeza, lo que suponen algo más de 53.000 € al año por cabeza. Dinero que por supuesto no cobran las trabajadoras. Es decir, que básicamente estamos agotando el mar para que unas pocas acumulen capital.

Un 52 % de los recursos pesqueros marítimos del mundo están “plenamente explotados”, es decir, se han pescado hasta su nivel permisible máximo. Otro 28 % está “sobre explotado”, agotado o se está recuperando de haberse agotado.

En 1950, las capturas marinas fueron 16,7 millones de toneladas y representaron el 86 % de la producción total mundial de pescado. Las pesquerías marinas han experimentado diferentes etapas de desarrollo, pasando de 16,7 millones de toneladas en 1950 a un máximo de 87,7 millones de toneladas en 1996, y luego disminuyó hasta estabilizarse en alrededor de 80 millones de toneladas, con fluctuaciones interanuales.

Teniendo en cuenta todos estos datos, es de vital importancia entender que ya se están explotando los caladeros al máximo y que seguir sobre-explotando el mar, nos llevará a una catástrofe ecológica que afectará no solo a la economía, si no también a la soberanía alimentaria, muchísimas personas dependen en el mundo de la pesca para poder alimentarse, reproducir episodios como el de Somalía es no solo vergonzoso, sino un crimen contra la humanidad misma, destruir estos caladeros no solo ha hecho la pesca inviable en dicha zona, sino que ha dejado desamparadas a cientos de personas que subsistían a base de la pesca, puesto que Somalía es un país en el que, hoy por hoy, la mayor parte de la agricultura es inviable. Como este tenemos otros muchos ejemplos a lo largo del mundo.

Por esto, la exigencia de patronos para seguir mermando no solo los caladeros, recurso hoy por hoy indispensable para la seguridad alimentaria del mundo, sino la soberanía alimentaria de países como Mauritania o Somalía, es inadmisible. Reconducir la pesca a niveles que no sobre-exploten el mar es lo adecuado, pudiéndose apoyar en la implantación de cooperativas de acuicultura, respetando en lo posible la costa, no hablo ya solo de Europa sino de que de una vez las personas de precisamente los países más afectados por el expolio de recursos puedan recuperar su soberanía alimentaria y económica. Igualmente en el norte que se dispone de amplios recursos para una agricultura eco-responsable, debe dejar de consumir lo que no puede producir, promocionando una dieta que contenga más vegetales y menos animales.

Dr Alén Cea

La insurrección que llega

No
 vemos
 por
 dónde
 comienza
 una
 insurrección.
 Sesenta
 años
 de
 pacificación,
 de
 suspensión
 de
 los
 cambios
 históricos,
 sesenta
 años
 de
 anestesia 
democrática 
y
 de 
gestión
 de 
los 
acontecimientos
 han 
debilitado 
en
 nosotros
 una 
cierta
 percepción 
abrupta
 de
 lo 
real. 
Para
 empezar,
 debemos 
recobrar 
esta 
percepción. 
Es
 inútil 
protestar 
legalmente 
contra
 la 
implosión 
consumada 
del
 marco 
legal.
 Es 
preciso
 organizarse
 en
 consecuencia. [1]

No 
hay
 que 
comprometerse con 
tal 
o 
cual
 colectivo 
ciudadano, 
en 
éste 
o 
aquel
 callejón
 sin 
salida 
de 
la 
extrema 
izquierda, 
en 
la 
última 
impostura 
asociativa.
 Todas
 las
 organizaciones
 que
 pretenden
 contestar
 el
 orden
 actual
 tienen,
 como
 los 
fantoches, 
la forma, 
las
 costumbres 
y 
el 
lenguaje 
de 
un 
Estado
 en
 miniatura.
 Todas
 las
 veleidades
 de
 “hacer
 de
 la
 política
 otra
 cosa”
 nunca
 contribuyeron,
 hasta 
hoy, 
más 
que 
a 
la 
extensión 
de 
los 
seudópodos
 estatales. No
 hay
 que
 reaccionar a
 las
 noticias
 diarias,
 sino
 comprender
 cada
 información
 como
 una
 operación
 que
 descifrar
 en
 un
 campo
 hostil
 de estrategias, 
operación
 concerniente
 a
 suscitar
 en 
tal 
o
 cual 
lugar, 
tal 
o
 cual
 tipo 
de 
reacción; 
y 
efectuar 
esta 
operación
 para 
conocer 
la 
información 
veraz
 que 
está 
contenida
 en
 la 
información
 aparente.

No 
hay 
que 
esperar más (una 
calma,
 la 
revolución, 
el 
Apocalipsis 
nuclear 
o 
un
 movimiento
 social).
 Esperar 
todavía, 
es 
una 
locura. Es de vital importancia entender el hecho de que el Estado se está organizando dentro de una realidad social que tiende hacia una forma siempre más estática, rígida e irreversible, contra la cual será cada vez más difícil combatir. 
La
 catástrofe
 no
 es
 lo 
que
 llega
 sino
 lo
 que
 ya
 está
 ahí.
 De
 ahora
 en
 adelante
 nos
 situamos
 en el
 movimiento 
de 
desplome 
de 
una 
civilización.
 Tenemos 
que 
tomar 
partido. No
 esperar 
más, 
es, 
de 
una 
u 
otra 
manera,
 entrar
 en 
la 
lógica 
insurreccional.
 En esta realidad que se forma ante nuestros ojos, es cada vez más evidente y necesario hacer algo, aquí y ahora, no cuando todos estemos encerrados por completo en el proyecto de control del capital y del Estado. Es
 escuchar 
de 
nuevo, 
en 
la 
voz 
de 
nuestros gobernantes,
 el 
ligero
 temblor
 del 
terror
 que
 nunca
 les
 abandona. 
Pues
 gobernar 
nunca 
fue 
otra
 cosa 
que
 aplazar
 con 
mil
 subterfugios
 el 
momento
 en
 el 
que
 el 
pueblo
 les
 colgará,
 y
 todo 
acto 
de 
gobierno 
no 
es 
más 
que 
un
 modo 
de 
no 
perder
 el 
control
 de 
la
 población.

Partimos 
de 
un
 punto
 de 
aislamiento
 extremo,
 de
 extrema
 impotencia.
 Todo
 está
 construyendo 
un 
proceso 
insurreccional. 
Nada 
parece
 menos 
probable
 que 
una 
insurrección, 
pero 
nada 
es 
más
 necesario.

Constituirse
 en 
comunas.

La
 comuna
 es
 lo
 que
 pasa
 cuando
 los
 seres
 se
 encuentran,
 se
 escuchan
 y
 deciden
 caminar
 juntos.
 La
 comuna,
 puede
 ser
 lo
 que
 se
 decide
 en
 el
 momento
 en
 que
 sería
 habitual
 separarse.
 Es
 la
 alegría
 del
 encuentro
 que
 sobrevive 
al 
agobio de 
rigor.
 Es
 lo 
que 
hace
 que 
se
 diga 
“nosotros”
 y 
que 
sea
 un
 acontecimiento.
 Lo
 que 
es 
extraño 
no 
es 
que 
seres 
que 
concuerdan 
formen
 una
 comuna
 sino
 que
 se
 separen.
 ¿Por
 qué
 no
 se
 multiplicarían
 hasta
 el
 infinito?
 En
 cada
 fábrica,
 en
 cada
 calle,
 en
 cada
 pueblo,
 en
 cada
 escuela.
 ¡Finalmente,
 el
 reino 
de 
los 
comités
 de 
base! 
Pero 
comunas
 que 
aceptasen
 ser
 lo
 que 
son 
allí 
donde 
lo 
son.
 Y
 si 
es 
posible, 
una 
multiplicidad 
de 
comunas 
que
 sustituyesen 
a 
las 
instituciones
 sociales: 
la 
familia,
 la 
escuela, 
el 
sindicato, 
el
 club
 deportivo,
 etc.
 Comunas
 que 
no 
temiesen, 
más 
allá 
de
 sus 
actividades
 propiamente
 políticas,
 organizarse 
para 
la 
supervivencia 
material 
y 
moral
 de
 cada
 uno
 de
 sus
 miembros
 y
 de
 todos
 los
 extraviados
 que
 les
 rodean.
 Comunas 
que 
no 
se 
definiesen
 (como 
hacen 
generalmente 
los 
colectivos) por
 un 
dentro
 y
 un 
afuera, 
sino
 por 
la
 densidad
 de 
los 
lazos
 en
 su
 interior. 
No 
por
 las 
personas
 que 
les
 compongan 
sino 
por
 el
 espíritu
 que
 les 
anima. Una
 comuna
 se 
forma 
cada 
vez 
que
 algunos, 
liberados 
de 
la
 camisa 
de 
fuerza
 individual,
 se 
comprometen
 a 
no 
contar 
más 
que 
con
 ellos 
mismos 
y 
a 
ajustar
 su
 fuerza
 a
 la
 realidad.
 Cualquier
 huelga
 salvaje
 es
 una
 comuna,
 cualquier
 casa 
colectivamente
 ocupada 
fundada 
en 
motivos 
claros 
es 
una 
comuna, 
los
 comités 
de
 acción 
del 
68
 en Francia eran
 comunas
 como
 lo 
eran 
las
 aldeas 
de 
esclavos
 negros 
en 
Estados 
Unidos.
 Toda 
comuna
 quiere
 ser
 su
 propia
 base.
 Quiere
 resolver
 la
 cuestión
 de
 las
 necesidades.
 Quiere
 romper,
 al
 tiempo
 que
 cualquier
 dependencia
 económica,
 cualquier
 sujeción 
política
 y 
degenera
 desde
 que 
pierde
 el
 contacto
 con 
las
 verdades
 que 
la 
fundan.
 Existen 
todas
 clase 
de 
comunas,
 que
 no 
esperan
 ni 
la
 fama, 
ni 
a
 los
 medios,
 ni
 todavía
 menos
 al
 “buen
 momento”
 que
 nunca
 llega,
 para
 organizarse.

Hay 
que 
ganar
 dinero 
para 
la 
comuna, 
de 
ninguna 
manera 
por 
»ganarse
 la
 vida», es decir, mediante el trabajo asalariado.
 Todas
 las
 comunas
 tienen
 cajas
 negras.
 Las
 combinaciones
 son
 múltiples.
 Existen 
los
 subsidios, 
las 
bajas 
por 
enfermedad,
 las
 bolsas
 de
 estudios
 acumuladas,
 las
 primas
 obtenidas
 por
 los
 partos
 ficticios,
 los
 tráficos
 y
 muchos
 otros 
medios
 que
 nacen
 de
 cada
 cambio
 del
 control. 
No 
nos
 tienen
 a
 nosotros 
para
 defenderles,
 ni
 nosotros
 (podemos)
 instalarles 
en
 los 
abrigos 
de
 la 
fortuna 
o 
mantenerles
 como 
un 
privilegio 
de
 iniciado.
 Lo 
que
 es 
importante 
cultivar, 
difundir, 
es 
esta 
necesaria 
disposición
 al
 fraude
 y
 a
 compartir
 las
 innovaciones.
 Un
 mundo
 que
 se
 proclama
 tan
 abiertamente 
cínico
 no 
podía
 esperar 
ninguna 
lealtad 
de 
los 
proletarios. Para
 el
 común,
 la
 cuestión
 del
 trabajo
 no 
se 
plantea
 sino 
en función
 de 
los
 demás 
ingresos 
posibles.
 No
 es
 necesario
 descuidar
 los
 conocimientos
 útiles
 que
 el
 ejercicio
 de
 ciertos
 oficios,
 formaciones
 o
 buenos
 empleos

 nos
 procuran. La
 exigencia 
de 
la 
comuna 
es 
la 
de 
liberar
 para
 cualquiera 
el 
mayor 
tiempo
 posible. Exigencia
 que
 no
 se
 contabiliza,
 no
 esencialmente,
 en
 número
 de
 horas libres
 de
 cualquier
 explotación
 salarial. 
El 
tiempo 
liberado 
no 
nos 
da
 vacaciones.
 El
 tiempo
 ocioso,
 el
 tiempo
 muerto,
 el
 tiempo
 del
 vacío
 y
 del
 miedo
 a 
la 
vida, 
es 
el
 tiempo 
del 
trabajo.
 En 
adelante 
no
 hay 
un 
tiempo 
que
 llenar,
 sino
 una
 liberación
 de
 energía
 que 
ningún
 “tiempo”
 contiene;
 líneas
 que 
se 
dibujan, 
que
 se 
acentúan,
 que 
podemos
 prolongar
 en 
el
 ocio,
 hasta
 el
 límite,
 hasta 
verlas 
cruzarse 
con 
otras.

Saquear,
 cultivar, 
fabricar. Por
 un
 lado,
 una
 comuna
 no
 puede
 contar
 eternamente
 con
 el
 “Estado
 providencia”,
 por
 otro 
no
 puede 
contar 
con 
vivir 
mucho 
tiempo 
del 
robo 
de
 productos,
 de 
la 
recuperación
 de 
los 
cubos 
de 
basura 
de 
los 
supermercados 
o
 las 
noches 
en 
los
 depósitos 
de
 las 
zonas 
industriales, 
de 
la
 malversación
 de
 subvenciones,
 de
 las
 estafas
 a
 las
 aseguradoras
 y
 de
 otros
 fraudes,
 resumiendo:
 del
 pillaje.
 Debe
 preocuparse
 pues
 de
 incrementar
 permanentemente 
el 
nivel 
y
 la 
extensión
 de 
su 
auto‐organización.
 El
 sentimiento 
de 
la 
inminencia 
del 
derrumbe 
es 
tan 
viva 
por
 todas 
partes

 como
 el
 esfuerzo
 por
 enumerar
 cada
 experimento
 en
 curso
 en
 materia
 de
 construcción,
 de
 energía,
 de
 materiales,
 de 
ilegalidad 
o 
de 
agricultura. 
Existe
 todo
 un
 conjunto
 de
 saberes
 y
 técnicas
 que
 sólo
 espera
 a
 ser
 saqueado
 y
 arrancado 
de 
su 
embalaje 
moralista, 
canalla 
o
 ecologista. 
Pero 
este
 conjunto
 no 
es
 aún 
más
 que 
una 
parte
 de 
las 
intuiciones,
 de
 las
 habilidades, 
del 
ingenio
 propio 
de
 las
 chabolas
 que 
necesitaremos
 desplegar 
si
 esperamos
 repoblar 
el
 desierto
 metropolitano
 y
 asegurar
 la 
viabilidad
 de 
una
 insurrección 
a 
medio
 plazo.

Formar
 y
 formarse. Nunca
 será
 muy
 temprano
 para
 aprender
 y
 practicar
 lo
 que
 tiempos
 menos
 pacíficos,
 más
 imprevisibles,
 van
 a
 requerirnos.
 Nuestra
 dependencia
 de
 la
 metrópolis
 (de
 su
 medicina,
 de 
su 
agricultura,
 de 
su 
policía
) en 
el 
presente,
 es 
tal
 que 
no 
podemos 
atacarla
 sin 
ponernos 
en 
peligro. 
Es 
la 
consciencia 
no
 formulada
 de
 esta
 vulnerabilidad
 la
 que
 provoca
 la
 espontánea
 autolimitación
 de
 los
 actuales
 movimientos
 sociales,
 a
 que
 hace
 temer
 las
 crisis
 y
 desear
 la
 “seguridad”.
 Debido
 a
 ella,
 las
 huelgas
 han
 cambiado
 el
 horizonte
 de 
la 
revolución 
por 
el 
del 
retorno 
a 
la 
normalidad.
 Deshacerse 
de
 esta
 fatalidad
 apela
 a
 un
 largo
 y
 consistente
 proceso
 de
 aprendizaje,
 de
 múltiples,
 masivas
 experimentaciones.
 Se
 trata
 de
 saber
 pegarse,
 saltar
 cerraduras,
 curar
 fracturas 
además 
de
 anginas,
 construir 
un 
emisor 
de 
radio
 pirata,
 montar
 comedores 
en 
la 
calle,
 aspirar 
a 
lo 
justo, 
pero
 también 
reunir
 los
 saberes
 dispersos
 y
 constituir 
una
 agronomía
 de 
guerra,
 comprender 
la
 biología 
del 
plancton,
 la
 composición
 de
 los
 suelos,
 estudiar
 las 
asociaciones
 de 
plantas
 y
 recobrar, 
en
 fin,
 las 
intuiciones
 perdidas,
 todos
 los 
usos, 
todas
 las
 relaciones 
posibles 
con
 nuestro 
medio
 inmediato 
y 
los 
límites,
 más
 allá 
de
 los
 cuales, 
le
 agotamos; 
(hay 
que 
hacerlo) 
desde 
hoy 
y 
en 
los 
días
 en 
que 
los
 necesitemos
 para
 obtener
 algo
 más
 que
 una
 parte
 simbólica
 de
 nuestra
 alimentación 
y 
de 
nuestros 
cuidados.

Crear
 territorios.
 Multiplicar 
las
 zonas
 de 
opacidad. El
 territorio
 actual
 es
 el
 producto
 de
 varios
 siglos
 de
 operaciones
 policiales.
 Se
 ha
 expulsado
 a
 la
 gente
 fuera
 de
 sus
 campos,
 después
 de
 las
 calles,
 después
 fuera 
de
 sus 
barrios
 y 
finalmente
 fuera 
de 
los 
patios
 de
 sus
 edificios,
 con
 la
 loca
 esperanza 
de
 contener
 cualquier
 vida
 entre
 las
 cuatro
 pringosas 
paredes
 de 
la 
privacidad.
 La
 cuestión 
del 
territorio 
no
 se 
plantea
 para 
el 
Estado 
como 
para
 nosotros. 
No 
se 
trata 
de 
 poseerle. 
De 
lo 
que 
se 
trata es
 de densificar
 localmente
 las
 comunas,
 las
 circulaciones
 y
 las
 solidaridades
 hasta
 el
 punto
 de
 que
 el
 territorio
 se
 vuelva
 ilegible,
 opaco
 a
 cualquier
 autoridad.
 El
 territorio 
no 
es 
un 
asunto 
a 
ocupar 
sino 
de
 ser. Cada 
práctica 
hace
 existir 
un 
territorio: territorio
 del 
trapicheo
 o 
de 
la
 caza,
 territorio
 de 
los
 juegos 
infantiles, 
amorosos 
o 
del 
motín, 
territorio 
del
 campesino,
 de 
la 
ornitología
 o
 del
 paseante.
 La 
regla 
es
 sencilla: 
cuantos más
 territorios
 se
 superponen
 en 
una
 zona 
determinada,
 hay
 mayor
 circulación
 entre
 ellos,
 y
 el
 Poder
 encuentra
 menos
 posiciones.
 Bares,
 imprentas,
 gimnasios,
 solares,
 librerías
 de
 viejo,
 tejados
 de
 edificios,
 mercados
 improvisados,
 kebabs,
 garajes,
 pueden escapar
 fácilmente
 a
 su
 vocación
 oficial 
a 
poco 
que 
encuentre 
suficientes
 complicidades. 
La 
auto‐organización
 local, 
imponiendo 
su 
propia 
geografía 
a
 la 
cartografía 
estatal,
 la 
confunde, 
la 
anula:
 produce 
la 
propia 
secesión de la autoridad.

Viajar.
 Establecer 
nuestras 
propias
 vías 
de
 comunicación. El
 permanente
 movimiento
 entre
 los
 amigos
 comunes
 es
 de
 estas
 cosas
 que 
les 
protegen 
del
 desencantamiento
 tanto
 como
 de
 la
 fatalidad
 de
 la 
renuncia.
 Acoger 
a
 los/as
 compañeros/as,
 tenerse 
al
 corriente 
de 
sus
 iniciativas, 
meditar 
en 
su
 experiencia,
 incorporar
 las
 técnicas
 que
 ellos
 dominan
 hace
 más
 por
 una
 comuna
 que
 los
 estériles
 exámenes
 de
 conciencia
 a
 puerta
 cerrada.
 Se
 cometería
 el
 error 
de 
subestimar
 lo
 que
 de 
decisivo 
puede 
elaborarse 
en 
las
 tardes
 pasadas
 confrontando 
nuestras
 visiones
 sobre
 la 
guerra 
en 
curso.

Derribar,
 poco 
a
 poco,
 todos
 los
 obstáculos. Como
 es
 sabido,
 las
 calles 
desbordan
 groserías.
 Entre 
lo
 que
 son 
realmente
 y
 lo
 que
 podrían
 ser
 está
 la
 fuerza
 centrípeta
 de
 cualquier
 policía,
 que
 se esfuerza 
por
 restablecer
 el «
orden»;
 y 
en
frente,
 estamos
 nosotros,
 es
 decir 
el
 movimiento
 opuesto,
 centrífugo.
 No
 podemos
 sino
 alegrarnos,
 por
 donde
 quiera 
que
 surjan,
 del 
arrebato 
y 
el 
desorden. 
Rutilante 
o 
destrozado, 
el 
mobiliario 
urbano materializa
 nuestra
 común
 desposesión.
 Perseverante
 en
 su
 nada,
 no
 pide
 realmente
 sino
 regresar.
 Contemplamos
 lo
 que
 nos
 rodea:
 todo
 espera
 su
 momento,
 la
 metrópolis
 adquiere 
de
 golpe 
aires 
melancólicos,
 como 
sólo 
los 
tienen 
las 
ruinas.

Que
 se
 conviertan
 en 
metódicas, 
que 
se
 sistematicen,
 y 
los 
incivilizados
 se
 agrupen
 en
 una
 guerrilla
 difusa,
 eficaz,
 que
 nos
 devuelva
 a
 nuestra
 ingobernabilidad,
 a
 nuestra
 indisciplina
 primordiales.
 Respecto
 al
 método, 
retenemos 
del
 sabotaje
 el 
siguiente 
principio:
 un 
mínimo
 riesgo
 en
 la
 acción,
 mínimo
 tiempo,
 máximos
 daños.

Es 
inútil
 extenderse
 sobre 
los 
tres 
tipos de
 sabotaje 
obrero:
 ralentizar 
el
 trabajo; romper 
las
 máquinas 
o
 entorpecer
 su
 marcha;
 divulgar
 los
 secretos
 de
 la
 empresa.
 Ensanchados
 hasta
 las
 dimensiones
 de
 la
 fábrica
 social,
 los
 principios
 del
 sabotaje
 se
 generalizan
 desde
 la
 producción
 a
 la 
circulación.
 La
 infraestructura
 técnica
 de
 la
 metrópolis
 es
 vulnerable:
 sus
 flujos
 no
 sólo
 consisten
 en
 el
 transporte
 de
 personas
 y
 mercancías,
 información 
y
 energía 
circulan
 a 
través
 de
 redes
 de
 cables 
y
 de
 canalizaciones,
 a 
las 
que
 es 
posible
 atacar.
 Sabotear
 con
 alguna
 consecuencia
 la
 máquina
 social
 implica
 hoy
 reconquistar
 y
 reinventar
 los
 medios 
para 
interrumpir
 sus
 redes.
 ¿Cómo
 inutilizar
 una
 línea
 del
 TGV,
 una
 red
 eléctrica?
 ¿Cómo
 encontrar
 los 
puntos
 débiles
 de 
las 
redes informáticas,
 como
 interferir
 las
 emisiones
 de
 radio
 y
 convertir
 en
 nieve
 la
 pequeña
 pantalla?

En 
cuanto
 a 
los 
obstáculos 
serios,
 es 
mentira 
tener
 por 
imposible 
cualquier
 destrucción.
 Lo
 que
 tiene
 de
 prometéico
 se
 resume
 en
 una
 verdadera
 apropiación
 del
 fuego,
 fuera
 de
 cualquier
 ciego
 voluntarismo.
 En el
 356
 a
 C.,
 Eróstrato
 quema
 el
 templo
 de
 Artemisa,
 una
 de
 las
 siete
 maravillas
 del
 mundo.
 En
 nuestros
 tiempos
 de
 consumada
 decadencia,
 los
 templos
 no
 tienen 
más 
de 
imponente 
que 
la
 fúnebre 
verdad 
de 
que 
ya 
son 
las 
ruinas.
 Destruir
 esta
 nada
 no
 es
 una
 tarea
 triste.
 Hacerlo
 devuelve
 una
 nueva
 juventud.
 Todo
 adquiere
 sentido,
 todo
 se
 ordena
 repentinamente;
 espacio,
 tiempo,
 amistad.

Huir
 de 
la
 visibilidad.
 Regresar 
al 
anonimato 









en 
posición 
ofensiva. La
 visibilidad 
está
 en
 huir. 
Pero 
una
 fuerza 
que 
se
 incorpora 
en 
la
 sombra
 nunca 
puede
 esquivarla.
 Se 
trata
 de
 aplazar
 nuestra
 aparición
 como 
fuerza
 hasta
 el
 momento
 oportuno.
 Pues
 cuanto
 más
 tarde
 nos
 encuentra
 la
 visibilidad,
 más
 fuertes 
nos
 encuentra.
 Y
 una 
vez 
ingresados 
en 
la 
visibilidad,
 nuestro
 tiempo
 está
 contado.
 O
 estamos
 en
 disposición
 de
 pulverizar
 su
 reinado
 en 
breve 
plazo 
o
 será
 ella 
quien
 nos
 aplaste
 sin
 tardanza.

Organizar
 la 
autodefensa. Vivimos 
bajo 
ocupación,
 bajo 
ocupación 
policial.
 Las
 redadas
 de
 sin‐papeles
 en 
plena
 calle,
 los
 coches
 camuflados
 surcando 
las
 calles, 
la 
pacificación 
de
 los
 barrios
 de
 la
 metrópoli
 con
 técnicas
 forjadas
 en
 las
 colonias,
 las
 declamaciones
 del
 ministro
 del
 Interior
 contra
 las
 “bandas” nos 
lo 
recuerdan 
cotidianamente. Son 
suficientes
 motivos
 como 
para 
no 
dejarse 
atropellar, 
como 
para 
enrolarse
 en 
la 
autodefensa. En
 la
 medida
 en
 que
 crece
 y
 brilla,
 una
 comuna
 ve
 poco
 a
 poco
 las
 operaciones 
para 
poder 
apuntar 
a 
lo 
que 
la 
constituye. 
Estos 
contraataques
 toman 
la 
forma 
de
 la
 seducción,
 de 
la 
recuperación
 y,
 en
 última 
instancia,
 la
 de 
la 
fuerza 
bruta.
 La autodefensa
 debe
 ser 
una 
evidencia
 colectiva 
para 
las
 comunas, 
tanto
 en 
la 
práctica 
como 
en 
la 
teoría. 
Impedir 
un 
arresto,
 reunirse
 rápidamente
 en
 gran
 número
 contra
 los
 intentos
 de
 expulsión,
 esconder
 a
 uno 
de 
los 
nuestros, 
no
 son
 reflexiones
 superfluas 
para 
los 
tiempos 
que
 se
 acercan.
 No
 podemos
 reconstruir
 nuestras
 bases
 sin
 parar.
 Que
 se
 deje
 de
 denunciar
 la 
represión,
 que 
se 
prepare 
todo
 esto.

La
 policía
 no
 es
 invencible
 en
 la
 calle,
 simplemente
 tiene
 medios
 para
 organizarse,
 entrenarse
 y
 probar
 continuamente
 nuevas
 armas.
 En
 comparación, 
nuestras 
armas 
siempre 
serán 
rudimentarias,
 chapuceadas 
y,
 a
 menudo,
 improvisadas 
sobre 
la 
marcha. 
En 
ningún
 caso 
pretenden 
rivalizar
 en
 potencia 
de 
fuego 
sino 
que 
tratan
 de
 mantenerles 
a
 distancia, 
distraer
 su
 atención,
 ejercer 
una
 presión 
psicológica 
o 
abrirse 
paso
 por
 sorpresa 
y 
ganar
 terreno.
 Cualquier 
innovación 
desarrollada 
en 
los 
centros 
de 
entrenamiento
 de 
la 
gendarmería
 o de cualquier cuartel policial 
no 
basta 
y 
sin
 duda 
nunca
 bastará
 para
 responder
 con
 suficiente
 prontitud
 a
 una
 multiplicidad
 móvil
 que
 puede
 golpear
 en
 varios
 puntos
 a
 la
 vez
 y
 que
 siempre
 se
 ocupa
 de
 mantener 
la 
iniciativa.

Las
 comunas
 son
 evidentemente
 vulnerables
 a
 la
 vigilancia
 y
 a
 las
 investigaciones 
policiales,
 a 
la 
policía
 científica
 y 
a 
los 
servicios
 secretos.
 Las
 oleadas
 de 
arrestos
 de 
anarquistas 
en 
Italia 
y 
de 
ecoguerreros en 
los
 Estados
 Unidos
 han
 sido
 autorizadas
 por
 escuchas.
 Cualquier
 posible
 detención
 da
 lugar 
ahora 
a 
una 
toma 
del
 ADN 
y 
engorda 
un 
fichero 
cada 
vez 
más 
completo.
 Un
 squatter
 barcelonés
 ha
 sido
 reconocido
 porque
 dejó
 sus
 huellas
 en
 las
 octavillas
 que
 distribuía.
 Los
 métodos
 de
 ficha
 mejoran
 sin
 cesar,
 especialmente 
gracias
 a 
la 
biometría.
 Y
 si 
el
 carnet
 de
 identidad 
electrónico
 llegase
 a
 ser
 puesto
 en
 práctica,
 nuestra 
tarea
 sería
 todavía
 más
 difícil.
 La
 Comuna 
de 
París 
había 
arreglado
 en 
parte
 el
 problema
 del
 fichaje: 
quemando
 el
 Ayuntamiento,
 los
 incendiarios
 destruían
 los
 registros
 civiles.
 Basta
 con
 encontrar
 los 
medios 
para 
destruir 
para 
siempre 
las
 bases 
informáticas.

Una
 escalada
 insurreccional
 no
 puede
 ser
 más
 que
 una
 multiplicación
 de
 comunas,
 su
 conexión
 y
 su
 articulación.
 Según
 el
 curso
 de
 los
 acontecimientos,
 las
 comunas
 se
 fundan
 sobre
 entidades
 de
 mayor
 envergadura
 o
 incluso
 se
 dividen.

Obstaculizar
 la 
economía,
 pero 
adaptar 
nuestra 
potencia 










de
 bloqueo
 a
 nuestro
 nivel
 de 
auto-organización. Bloquearlo 
todo, 
es
 en 
adelante 
la 
primera 
reflexión
 de 
todo 
el 
que 
se 
alce
 contra
 el
 orden
 presente.
 En
 una
 economía
 deslocalizada,
 en
 la
 que
 las
 empresas 
funcionan
 por 
flujo 
tenso, 
donde
 el
 valor 
deriva 
de 
su 
conexión 
en
 red,
 donde
 las
 autopistas
 son
 los
 eslabones
 de
 la
 cadena
 de
 producción
 desmaterializada 
que 
va
 de
 subcontrato 
en
 subcontrato
 y 
de 
allí 
a
 la 
cadena
 de 
montaje, 
bloquear
 la
 producción 
es 
también
 bloquear 
la 
circulación. Pero
 no 
se 
puede
 tratar
 de
 bloquear más
de
 lo
 que
 permite
 la 
capacidad
 de
 abastecimiento
 y 
de 
comunicación
 de 
los 
insurgentes,
 la 
organización 
eficaz
 de
 las
 diferentes
 comunas.
 ¿Cómo
 alimentarse
 una
 vez
 que
 todo
 está
 paralizado?
 Saquear
 los
 comercios,
 como
 se
 hizo
 en
 Argentina,
 tiene
 sus
 límites;
 por
 inmensos 
que
 sean
 los 
templos
 del
 consumo,
 no
 son
 despensas
 infinitas.
 Adquirir 
durante 
la 
vida 
la 
aptitud 
para
 procurarse 
la 
subsistencia
 elemental
 implica
 entonces
 apropiarse
 de
 sus
 medios
 de
 producción.
 Y
 en
 este 
punto,
 parece 
inútil
 esperar 
mucho 
tiempo.
 Dejar,
 como 
en 
la 
actualidad,
 al
 dos
 por
 ciento 
de 
la 
población
 el
 encargo
 de
 producir 
los 
alimentos
 de 
los
 demás
 es
 una
 estupidez 
tanto 
histórica
 como 
estratégica.

La
 cuestión
 para
 una
 insurrección
 es
 llegar
 a
 hacerse
 irreversible.
 La
 irreversibilidad
 se
 alcanza
 cuando 
se
 ha
 vencido,
 al
 mismo 
tiempo 
que
 a 
las
 autoridades 
la
 necesidad
 de 
autoridad, 
al
 mismo 
tiempo 
que 
a 
la 
propiedad 
el
 placer
 de
 tener,
 al
 mismo
 tiempo
 que
 a
 toda
 hegemonía
 el
 deseo
 de
 hegemonía.
 Esto
 sucede
 porque
 el
 proceso
 insurreccional
 contiene
 en
 sí
 la
 forma
 de
 su
 victoria
 o
 la
 de
 su
 derrota.
 En
 materia
 de
 irreversibilidad,
 la
 destrucción
 nunca
 ha
 sido
 suficiente.
 Todo
 reside
 en
 el
 modo.
 Existen
 maneras
 de 
destruir
 que 
inevitablemente 
provocan 
el 
retorno 
de 
lo 
que 
se 
ha
 destruido.
 Quien
 se
 encuentre 
con
 el
 cadáver 
de 
un 
orden
 asegura 
despertar 
la
 vocación
 de 
vengarle. 
Por
 eso,
 donde
 la 
economía
 está
 bloqueada, 
donde 
la
 policía
 está
 neutralizada 
es
 importante
 hacer
 el
 menor 
énfasis 
posible 
en 
el
 derrocamiento
 de
 las
 autoridades.
 Serán
 depuestas
 con
 un
 atrevimiento
 y
 una 
ironía 
escrupulosas.

Destituir
 a 
las 
autoridades 
locales. En
 esta
 época,
 el
 final
 de
 las
 centralidades
 revolucionarias 
responde
 a
 la
 descentralización
 del
 poder.
 El 
poder
 ya 
no
 se 
concentra
 en 
un 
lugar 
del
 mundo,
 es
 el
 propio
 mundo,
 sus
 flujos
 y
 sus
 avenidas,
 sus
 hombres
 y
 sus
 normas,
 sus 
códigos
 y 
sus
 tecnologías.
 El
 poder
 es
 la
 propia
 organización
 de
 la 
metrópolis.
 Es 
la 
impecable 
totalidad 
del 
mundo 
de 
la 
mercancía
 en 
cada
 uno
 de 
sus
 puntos.
 Por 
eso, 
quien
 le 
derrota 
localmente 
produce 
una 
onda 
de
 choque
 planetaria
 a 
través
 de
 las
 redes.

¡Todo 
el 
poder 
a 
las
 comunas!

Nota.

En consonancia con lo que se habla en el presente artículo, dejo tres libros [2] con el fin de expandir los conocimientos prácticos y útiles a la hora de «buscarse la vida» por uno mismo. Estos conocimientos pueden utilizarse tanto individualmente como colectivamente, y estoy seguro de que, para aquel que sepa apreciarlo, le aportarán habilidades fundamentales para la auto-organización. Los puntos que se tratan en los siguientes libros van desde la rehabilitación de una casa okupada, la manera de abrir una cerradura, hacer filtros de agua, estufas caseras, hornos de barro, hasta consejos sobre veganismo, falsificación de tickets del metro, serigrafía, higiene, propiedades terapéuticas de ciertos materiales, plantas medicinales, recetas variadas, pasando por seguridad básica de informática, permacultura, distintos trucos para robar y saquear, encuadernaciones, defensa personal y una infinidad más de conocimientos que pueden resultar muy útiles tanto en la vida cotidiana como en tiempos futuros más inciertos.

Radix

«Hazlo tú mismo» (Son dos partes): https://app.box.com/s/1d68t3y3fwliscx86qjn

«Manual de Okupación»: http://www.okupatutambien.net/wp-content/uploads/2011/11/ManualOkupacion1aEd.pdf

[1] El texto original del que se ha extraído parte del artículo se titula también «La insurrección que llega». Ha sido modificado con el fin de reducir su extensión inicial.

[2] En caso de tener algún problema con los enlaces de descarga facilitados, dejad un comentario con un correo electrónico y se os pasarán ya descargados en formato PDF.

Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público

Este artículo se trata de una respuesta a este otro: Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común. Aunque dicha respuesta está dirigida hacía un artículo que hablaba de un Congreso Estudiantil en el cual mi organización no formó parte, sentí la necesidad de escribir este tema ya que compartimos sector (el artículo es una sensibilidad propia y no tiene porque representar a las demás de mi asambleai) y a otras organizaciones y movimientos que luchan en la actualidad desde un punto de vista anarquista.

Sobre el debate (y el cómo debatimos)

Para poner un punto de partida en un artículo tan largo y que toca tantos temas, el cual empecé parágrafo por parágrafo, empezaré por situar el análisis del Estado que hace el autor. Seguramente coincidiríamos en muchas cosas respecto al análisis de “qué es el Estado”, pero él lo que supone es que todo servicio que proporcione éste, “nos embrutece, nos degrada, nos infantiliza y nos deshumaniza llevándonos a una situación de incapacidad radical de autogestionar nada.” El autor reconoce que el Estado tiene algunas funciones sociales, ya sea para evitar la revolución, y a costa de reproducir el sistema actual. Y al defender estos servicios públicos, estamos defendiendo la lógica estatal desde posturas anarquistas, estamos siendo en sus propias palabras “anarcoestatalistas”.

Puedo estar más o menos de acuerdo en la visión del autor en el análisis de las funciones (aunque no todos los servicios cumplen las mismas funciones de reproducción social ni lo hacen en la misma medida), pero la critica que realiza a partir del lema “defendiendo lo público, construyendo lo común”, creo que además de reduccionista (y para nada estratégica) también reproduce la practica social de las confrontaciones de las identidades.

Confrontación de identidades y reafirmación propia, que parece que a veces sea el único objetivo de los debates y de la producción teórica que los anarquistas realizamos, ya sea de la rama que sea. Y aunque estos aspectos sociales son inseparables del ser humano, tenemos que ver como afrontamos dichas confrontaciones. Mal vamos si continuamente nos estamos discutiendo (y con el anonimato que nos ofrece internet, con nada de respeto e empatía) de que quien o no es el anarquista correcto.

De esta manera, no aprendemos a convivir, a dialogar y a construir proyectos colectivos, en definitiva, a construir comunidad, hecho que el autor critica. Uno de los errores de los últimos tiempos del anarquismo, como exponía el autor botas y pedales en el artículo, los malos anarquistas” . De esta manera, no podemos influir a la sociedad y luchar contra el pensamiento hegemónico, no podemos extender nuestras ideas y prácticas, no podemos llegar a un consenso de discurso hacia fuera si partimos de una actitud en la cual los demás están totalmente equivocados, en vez de ver los puentes en común que normalmente los hay, y a trabajar a partir de ahí. ii

Sobre el Estado, sus servicios públicos y la lucha libertaria.

No sé si en el pasado se vivió mejor, pero es un hecho bastante objetivo que seguramente vayamos a vivir peor por el desmantelamiento de los servicios públicos, por muy criticables que sean. Y si, en el pasado había un componente más comunitario en la vida social, germen de lo que podría haber la sociedad a la cual aspirábamos, pero hoy estamos en la sociedad en la que nos ha tocado vivir, y caeremos en una sociedad peor, muy desigual y muy atomizada. O somos nosotras quienes en todos los campos posibles planteamos alternativas mientras defendemos lo existente, u otras lo harán y creo que este no es el mejor de los escenarios. De la socialdemocracia posmoderna al fascismo. Cuando me refiero al reduccionismo del análisis, me refiero a diferentes cosas:

Es innegable que el Estado del bienestar tiene una función social, totalmente criticable, pero el hecho es que estas funciones van a ser privatizadas, aumentando la explotación, la desigualdad y la alienación en una sociedad hiperindividualizada y que ha perdido las aspiraciones revolucionarias. Y aunque estas funciones sociales estén montadas en unas estructuras sociales que rechazamos, el capitalismo y el Estado, ahora mismo no tenemos ni los medios para plantear una lucha revolucionaria que sea un verdadero contrapoder para superar dicho sistema, ni seguramente podamos satisfacer las necesidades que nos cubren los servicios públicos mediante nuestras propias estructuras en el presente. Así que defender los servicios públicos seguramente va a volverse una cuestión de supervivencia (ya lo es para mucha gente), pero teniendo claro que nuestro objetivo es superar este sistema. Vamos, el viejo postulado del anarcosindicalismo. De hecho, es un debate que podría ser similar al de la abolición del trabajo asalariado.iii

Con sus penas y glorias, sin mitificar el pasado pero sin rehusar de extraer lecciones y modelos (con su contexto histórico), el anarcosindicalismo funciono. La parte más valiosa para mí fue que, las y los obreros que habían luchado por mejorar su vida diaria de miseria, después de parar un golpe de Estado en el cual la clase obrera fue indispensable se pusieron a colectivizar la economía, entre muchas otras acciones revolucionarias que emprendieron sin unas ordenes de una dirección. Hablar de las grandezas y los fracasos de la revolución del 36 no es el objetivo de este artículo, pero la posibilidad de luchar por una mejora en la actualidad apuntando hacia un futuro radicalmente diferente, está ahí.

Y si, odio tener que obligarme a venderme por un salario, pero tengo que sobrevivir en este mundo capitalista. Podríamos irnos al monte, pero seguramente no sea una posibilidad para la mayoría de la gente. Y nos guste o no, una revolución solo es posible con la implicación de una buena parte de la población. Creo que nuestra lucha social tiene que estar ligada a la experiencia diaria de las personas (trabajo asalariado, servicios públicos…) y a partir de ahí luchar hacía lo que queremos ir, si no corremos el riesgo de construir proyectos de un perfil demasiado determinado de gente, que por voluntad consciente o de manera involuntaria, serán marginados.iv

Con eso no quiero desmerecer toda la gente que crean proyectos que intentan “salir del sistema”v, pero creo que no hay que descuidar la otra víavi (cosa que quizás no hemos hecho o no lo hemos hecho lo suficiente bien durante mucho tiempo, y por eso lo enfatizo) La división entre anarquismo social y anarquismo personalvii es una falsa dicotomía, pues ambos enfoques tienen sus potencialidades y limitaciones, y ambos son necesarios y compatibles (esto daría para otro ensayo).

Al anarquismo le ha caracterizado una práctica prefigurativa, intentando que los medios sean los ejemplos de la sociedad a la que aspiramos. Sin embargo hay que añadir que es imposible llegar a la sociedad estrictamente solo mediante la coherencia y que, tendremos contradicciones. El conflicto entre medios y fines, llevados al extremo y al absurdo aparece criticado en un texto que habla en otros términos y temas, pero podría ser rescatado por que creo que la cuestión de fondo es similar:

La verdad es que la única opción inmediata que tiene cada individuo para negar la autoridad del Estado es el suicidio. Porque cualquier acto de resistencia conduce a uno a un grado superior de control, desde ciudadano normal a antisistema vigilado y desde ahí a preso común y desde ahí a preso en aislamiento de máxima seguridad donde no existe la posibilidad de contraatacar, sino sólo de sacarse los cordones de la zapatilla o las mantas de la cama y salir del juego. Al final, no funciona una cárcel sin presos, igual como no existe un Estado sin súbditos.

Planteado de forma individual, el único acto revolucionario es el suicidio (mejor llevándose algunos de los cabrones con nosotros al marchar). Porque, ¿en serio nos parece justificable distinguirnos de los demás, de las “ovejas ciudadanas” por el simple hecho de que a veces rompemos cosas? Nuestra posible participación en actos de sabotaje—incluso si estos son de lo más radical como por ejemplo poner bombitas de camping-gas—no niega el hecho de que en todos los otros momentos de nuestras vidas estamos colaborando con nuestra propia dominación.viii

Siguiendo este planteamiento hasta su absurda conclusión, tendríamos que exponer: el único anarquista coherente es el anarquista muerto.

Lo que aquí está siendo criticado en otros términos es el hecho de la “radicalidad” y la coherencia. Tienen sus límites, y toca definir colectivamente como afrontamos estas contradicciones.

2. El anarquismo y la defensa de la educación

Si la defensa de los servicios públicos es defender el Estado como argumenta el autor, si la defensa de esta educación es la defensa de un sistema en el cual no estamos de acuerdo en el cómo, en el qué, y en el para qué se educa, por reproducir este sistema que queremos tumbar, ¿qué estamos planteando al defender la educación pública?

Primero, al participar en espacios amplios tenemos la posibilidad de plantear alternativas pedagógicas más allá de nuestros círculos y de las propias escuelas libres, que no son accesibles para todo el mundo. En este es campo concreto como anarquistas lucharemos contra la privatización, además de que la educación (la que queremos nosotros, no la suya) sea accesible para todo el mundo.

Seguramente la universidad sea un campo (y cada vez lo será mas) difícil para la lucha social, ya que el perfil tiende hacia la elitización, y muchas personas de clase obrera la ven como un ascensor social. Esto sumado a la cultura política actual que tenemos en el Estado nos pone en un escenario muy difícil, ya no sea solo para superar el discurso de “la pública”, sino para obtener alguna pequeña victoria aunque sea reformista. Sin embargo en la universidad hay mucha gente que se politiza y es un espacio dónde la política se vive de otra manera.

Entre la gente militante, quizás por la edad o por el hecho de a veces estudiar ciencias sociales, existe la semilla de aquello que el autor defiende durante su artículo: la comunidad. El movimiento asambleario que he vivido, puede ser muy criticable, plagado de malos vicios y sin un proyecto a largo plazo, pero está ahí, intentándolo. Y aunque no es suficiente con intentarlo, la posibilidad de proyectar que esta red pueda sobrevivir y se autorganize fuera de la universidad y vaya construyendo comunidades en lucha, es una oportunidad que no debemos de dejar pasar, y quizás la victoria más asumible por parte de un movimiento anarquista en los centros educativos. Veo difícil que lo que planteamos en materia de autogestión pueda ser conquistado mediante reformas, pero está claro que la educación cambiara solo desde fuera de esta, desde una fuerza que ofrezca una propuesta global, que abarque todo lo posible (que no signifique tenerlo todo pautado, coma por coma). También aprendemos a convivir con gente que piensa de manera distinta (aunque no sea siempre fácil) y frases como “la izquierda es siempre estalinismo en potencia y en esencia” que se desprenden del texto me suenan a un complejo de superioridad.ix Escribiré más adelante sobre la colaboración entre diferentes ideologías.

Retomando el tema de una propuesta global es que es creo que ese creo que ha sido un error que quizás empieza a cambiar (quizás demasiado tarde, pues la gente “ha tomado partido” por el electoralismo) en la mente de los libertarios. Quizás fruto de trabajar a partir de la negación de la vida de la mayoría de la gente y no a partir de su experiencia, de querer diferenciarse de los demás, más que en el querer ver que “no somos tan distintas, que sufrimos igual”.

También creo que sus títulos son necesarios. Es seguir su sistema, pero, ¿cuántas veces un arquitecto ha ayudado a un centro social certificando que el edificio no estaba en ruinas? ¿Cuántas veces un abogado ha salvado de la cárcel a un militante? Obviamente podrían haber adquirido su conocimiento a través de canales no institucionalizados, pero sus malditos papeles ayudan a sobrevivir y luchar en el ahora por mucho que odie sus leyes.

3. Colaboración de fuerzas

Pues si hablamos de historia, en el movimiento anarquista clásico ha habido más o menos colaboración con la “izquierda”x, en función del momento. En especial quiero resaltar tres momentos relacionados: la llegada de la República y la victoria del Frente Popular, y meses más tarde, en vez de realizar una revolución e ir a por el todo (algunos lo entendían que sería una dictadura anarquista), se acabo realizando un colaboracionismo con las fuerzas burguesas que a la larga acabo ahogando la revolución e integrando a casi todo el movimiento libertario al Estado (bueno, en especial a los cuadros dirigentes).xi

¿Qué conclusiones podemos extraer? Que la colaboración con los republicanos anteriormente no impidió que el 16 de julio se desencadenara una revolución social de cariz anarquista, pero que el hacerlo durante la Guerra Civil acabo frustrando esta. El escenario fue muy complejo y lo que no voy a hacer es juzgar moralmente desde la comodidad en el siglo XXI, pero para mí la lección esta clara: en algunos momentos podemos converger, y en otros no, teniendo claro que nuestros proyectos pueden ser hasta antagónicos.

En la actualidad, la colaboración ideológica es un hecho que suele darse en las asambleas abiertas, los llamados espacios heterogéneos. Si somos intolerantes contra todo el mundo que no se declare anarquista, ¿qué mundo queremos construir? ¿Y si además, dejamos de lado a una parte importante del movimiento por ser anarquistas de Estado…? Creo que es vital reforzar estos espacios con practicas tales como la autonomía (no depender de ningún partido o sindicato), que tengan su proyecto propio definido y que no caigan en malas prácticas asamblearias (dirigismos informales, manipulación de otras organizaciones incluyendo la posibilidad de que lo hagan los mismos anarquistas, etc…). Aunque eso supone una contradicción al intentar construir un movimiento anarquista estudiantil propio (y una doble militancia), creo que estos espacios pueden ser más inclusivos que una organización determinada, siendo más propicios a la idea de construir comunidad. Por otro lado, en una supuesta sociedad futura, las asambleas de gestión, etc. ¿no deberían ser plurales?

4. Últimos apuntes

A nivel del Estado Español, estamos en un momento en el cual están surgiendo bastantes colectivos y muchos de ellos se están organizando entre sí. Creo que ahora más que nunca es necesaria la producción de textos, de debates y la difusión de ellos, especial aquellos que demuestran experiencias y propuestas actuales, ya que creo que como libertarios vamos cojos en este aspecto. Estoy harto del 36.

¿Defender lo público? Sí, y también la revolución. Del conflicto puede salir una consciencia colectiva, paso que puede ser previo a la formación de la comunidad. Pero si los anarquistas no estamos ahí, es mucho más probable que se camine hacía el electoralismo, pero luego la culpa es siempre de los demás.

_____________________________

Notas:

i  Assemblea Llibertaria UAB, adherida a la Federació d’Estudiants de la UAB

ii  Supongo que la diferencia entre la autoafirmación identitaria y el debate (dentro de un movimiento que aspira a construir algo de manera conjunta) seria no solo el cómo se produce este (respeto, empatía para entender a la persona con la que no compartimos ideas) sino con él para que. La falta de debates que apunten hacía un consenso apuntan a la existencia de una diversidad más cercana a la competencia que a la cooperación. Un artículo relacionado con todo esto que encuentro muy interesante, Hostilidad horizontal.

iii  De hecho alguien que no me acuerdo, en un artículo de Regeneración Libertaria que no encuentro, expreso que la lucha por los servicios públicos era la lucha por el salario diferido o indirecto. Me gusto la idea, pues no dejamos de ser nosotros quien financiamos todo esto gracias a nuestro trabajo.

iv Independientemente del debate de hasta qué punto adaptamos nuestra estrategia a la demás gente, a los barrios, a los trabajadores (¡nosotrxs también somos gente, somos del barrio y currantes!) hay un punto clave. La marginalidad, la hiperindividualización, es un triunfo del capitalismo. No sé si el hecho de construir comunidad es de por sí un elemento revolucionario, pero creo que es totalmente imprescindible.

v Con “Salir del sistema” me refiero a otro graaaan debate del anarquismo, muy viejo. A grandes rasgos hay una gran parte del anarquismo que parte de un enfoque que el cambio tiene que partir de la voluntad de las personas, que abandonando lógicas y construyendo nuestras propias infraestructuras y obviando las del sistema podremos conseguir un cambio social. Quizás el máximo exponente de esto serian las cooperativas integrales y las ecoaldeas. Obviamente la descripción anterior no llega a caricatura, así que lo mejor que puedes hacer es leer, reflexionar y acercarte a estos proyectos para sacarte tus propias conclusiones. Más o menos es lo que se planteaba el mutualismo, que fue superado por el anarcocolectivismo: no era suficiente montar colonias “utópicas” y cooperativas, era necesaria la lucha contra la explotación y una revolución social violenta. Eso no ha quitado que en la historia del anarquismo haya habido gente que haya desarrollado esta vertiente de un modo u otro.

vi No sé si llamarle vía social, anarcosindicalista, urbana o lo que sea. Cualquier etiqueta no es neutra, además que descriptivamente se quede corta.

vii Con anarquismo personal me refiero a la gente que intenta llevar a la práctica diaria su ideología anarquista, quizás de manera organizada se podría traducir en lo que me refería en la nota 3, y por otro lado al insurrecionalismo. El problema de las etiquetas. De todas maneras no me refiero a pautas de consumo, ni a estéticas.

viii  Subrayado mío. Otra Crítica al Insurrecionalismo

ix  No dejan de ser personas, y con personas queremos construir nuestra sociedad libertaria. Muchos piensan igual que nosotros y lo expresan de otra manera, mientras que algunas personas lo verían capaz si fuésemos un movimiento consolidado y que pudiese plantear victorias.

x  A lo largo de la historia del movimiento anarquista también ha habido personas y colectivos que han abandonado los principios del propio movimiento (principios que no deben ser sagrados, sino definidos por el mismo) y adoptado estrategias vistas como contrarias. Y si el movimiento anarquista volviese a resurgir con fuerza, probablemente podría volver a pasar. Las personas cambian y para mí lo importante no es la identidad (si es o no anarquista), sino el proyecto revolucionario real que se vive (y quizás viene un día y no lleva bandera negra).

xi Soy consciente que también hubo colaboración entre republicanos, socialistas y anarquistas con anterioridad y posterioridad, pero estos tres momentos serian los más significativos, ya que los que se presentaban en las elecciones se estaban integrando o ya lo habían hecho, en las estructuras del poder y con capacidad de gobernar en un periodo de tiempo cercano a la revolución.

Victor A.

La supremacía cultural

En relación a los últimos acontecimientos ocurridos en Gaza, donde la población está siendo masacrada sin piedad por el ejército israelí, y teniendo en cuenta el importante papel del racismo en este tipo de conflictos, me gustaría compartir mi reflexión al respecto.

La globalización, entendida como la expansión a escala planetaria del sistema de consumo capitalista, está produciendo una continúa homogeneización cultural al mismo tiempo que se nutre de ella, erosionando hasta la muerte las distintas identidades culturales que dotan a la esfera de su mayor riqueza. Esto implica una sustitución de los roles de las distintas culturas por otros ya establecidos por la cultura de masas (descendiente de la moral occidental judeocristiana), suprimiendo los positivos e intensificando o conservando los negativos según el caso. No supone bajo ningún concepto una disminución de los posibles prejuicios raciales de cada cultura, sino su intensificación y/o focalización hacia los grupos étnicos más molestos para los intereses de las grandes potencias.

Este hecho se ve perfectamente reflejado en los mass media y la industria del entretenimiento, (véase la ingente cantidad de superproducciones y videojuegos sobre las guerras de Vietnam, Iraq, la segunda guerra mundial etc) como ocurre con cualquier tipo de prejuicio, rol o estereotipo mínimamente beneficioso para el sistema de mercado. Es base indispensable de su funcionamiento, una muy eficiente herramienta tanto para legitimar las instituciones opresoras que le sirven de defensa (fuerzas policiales, jurídicas, estatales, militares etc), como para justificar la explotación y exterminio que llevan a cabo sobre las minorías étnicas o los pueblos más indefensos y, al mismo tiempo, mantener divididas y enfrentadas a las clases oprimidas en su lucha contra las clases opresoras.

Nos encontramos, pues, en la mayoría de los casos, con nuevas generaciones que, una vez perdido su sentimiento de pertenencia a la cultura de su país/región, conservan los prejuicios raciales de la misma y/o reproducen los promovidos por el capital, siendo cómplices inconscientes del paulatino empobrecimiento cultural humano, y, por tanto, de las atrocidades cometidas por las grandes potencias y corporaciones contra las desheredadas.

Israel con Palestina, China con el Tibet, Marruecos con el Sáhara, Turquía y sus amiguetes de Oriente Medio con Kurdistán y un largo etcétera. Denunciar las prácticas contra las naciones oprimidas debe significar denunciar la globalización. Socavar el monopolio capitalista de la cultura. Sólo así será posible acabar con cualquier actitud y práctica contra la igualdad de derechos del conjunto de la humanidad.

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