Tenemos que ser como la patronal

No es noticia que a la clase trabajadora no nos va de maravilla precisamente. La cuestión sería cómo dar la vuelta a la tortilla. Desde aquí va una propuesta: seamos como la patronal. Como esta afirmación puede sonar rara a los lectores y lectoras de este blog, me explicaré.

El pasado 26 de marzo José Ángel Crego, jefe del Círculo Empresarial Leonés (CEL), conseguía sus cinco minutos de gloria al afirmar que los trabajadores y trabajadoras deberíamos pagar por ser despedidos: “Una empresa que da diez años de trabajo a una persona, ¿por qué además tiene que pagar? No podemos dar por válidos los axiomas de toda la vida. ¿Por qué el trabajador no le paga 45 días por cada año que la empresa le ha estado pagando un sueldo y le ha dado trabajo?”.

Crego se unía así a la retahíla de insultos y provocaciones que desde las burocracias capitalistas se dedica desde tiempos inmemoriales, pero con más intensidad en estos últimos años, hacia nuestra clase. Es cierto que algunos factores explican tanto sadismo. En el caso de Crego, la propuesta le vendría que ni pintada teniendo en cuenta que Telemark, subcontrata en la que Crego desempeña sus tareas de explotador, está inmersa actualmente en un ERE. En el caso de la CEOE, otra organización que realiza propuestas violentas día sí día también, es conocido que la escisión de la crème de la crème capitalista en el Consejo Empresarial para la Competividad en febrero de 2011 y el sinnúmero de casos de corrupción de muchos de sus responsables la han dejado algo marginada, por lo que el radicalismo verbal puede ser una mera táctica para no perder comba. Pero estos factores no explican todo. Para entenderlo hay que mencionar la admirable personalidad de la burguesía.

He escrito “admirable”, sí. No hay nada más deprimente que ver las ambiciosas propuestas capitalistas para reforzar su poder de clase y compararlas con las tristes y reaccionarias batallas jugadas por las organizaciones obreras, aspirantes sólo a conservar los escasos islotes de poder obrero que se consiguieron hace décadas (precisamente cuando la clase obrera no era reaccionaria sino valiente). Ya las conocemos: “no privaticen… -ponga aquí el servicio público que prefieras”, “no a la reforma laboral”, “no nos echen de nuestras casas”, etc. Sólo falta añadir: “Por favor”.

En cambio, la burguesía cabalga sin cesar a profundizar su poder en base a la “acumulación por desposesión” de la que hablaba Marx y ahora David Harvey. Desposeernos de los salarios, las prestaciones por desempleo, las pensiones, las viviendas, los convenios, los servicios gratuitos o baratos, etc. Antes de conseguir algo, ya están proponiendo lo siguiente. Con su arrogancia, restringen el debate público a los márgenes por ellos deseados, hasta que consigan que debatamos si debemos pagarles por hacerles ricos.

¿No es admirable esta ambición inacabable? Creo que sí, y es tan magnífica que deberíamos hacer lo mismo. Basta ya de entrar en sus debates y basta ya de pretender salvar unos muebles que, por cierto, se caen de viejos. Creemos nuestros debates. No sólo queremos que no privaticen los servicios públicos, sino que queremos expropiar todo lo perteneciente al Estado y al capital y gestionarlo de forma común y democrática. No sólo queremos que nos den cuatro euros por despedirnos, sino que vamos a despedirles a ellos, los capitalistas, porque son parásitos inútiles. No sólo peleamos por no irnos a vivir debajo del puente, sino que les vamos a quitar todos los inmuebles vacíos y sus mansiones y los vamos a repartir según la necesidad.

Los ricos nos dicen: “todo para nosotros, nada para vosotros”. Eso es precisamente lo que tenemos que responderles. Seamos valientes, seamos como la CEOE.

Eduardo Pérez

Oda a la ociosidad

Una oda a la ociosidad presupone una crítica al trabajo[1]. Al ídolo trabajo, alabado por absolutamente todos. El debate y el problema entre ellos estriba en cómo organizar la producción; pero pocos ven el problema en el trabajo mismo. Una lección histórica es que no puede vencerse al enemigo apelando a su propia moral. La moral burguesa del trabajo no es una excepción. Por dos míseros puestos de trabajo, por dos empleados más, se justifica la destrucción de la naturaleza y de la persona. Todos, sin excepción, se ven arrodillados ante este ídolo que no acepta otro Dios a su lado.

Acometer esta crítica no es nada fácil. ¿Cómo hacerlo exactamente? Todo el mundo busca trabajo hoy en día, ¿y uno pretende criticarlo? Es tal la interiorización existente en cada uno de nosotros respecto al trabajo, a la productividad, a la ilusión cuantitativa del capital, que realmente es complicado darse cuenta. Lo rodea todo y a todas horas, incluso a uno mismo. Hasta el término «tiempo libre» es un concepto carcelario, que solamente sirve para que la fuerza de trabajo reponga energías y pueda seguir así produciendo infinitamente, fuera de toda lógica.

Cuando a cualquiera se le pregunta qué es (pregunta ambigua donde las haya, con una enorme cantidad de respuestas posibles), muy posiblemente, sin pensarlo siquiera, te responderá su oficio. «Yo soy peluquero». «Yo soy profesora». Eso es lo que somos. Nuestro trabajo. El capital, tras siglos de adiestramiento, ha sido terriblemente brillante al identificar por completo a la persona con su trabajo. De esta manera, la diversidad humana que se presupone que tenemos se ve reducida a su mínima expresión; al fin último de trabajar para conseguir dinero, para que de esta manera se pueda satisfacer la triste noción de libertad que se tiene actualmente; la de elegir qué mercancía escoger en los estantes de las tiendas.

En mitad de la ilusión cuantitativa del capital y de la abstracción metafísica del trabajo y del tiempo, surge una contradicción inmanente. Ciegos y sordos como son, se han perdido en el laberinto que ellos mismos han construido y no ven ni oyen los gritos de miseria de las tres cuartas partes de la humanidad. Por un lado, el sistema vive y sobrevive a raíz utilizar energía humana de forma masiva, mediante la explotación de la mano de obra en su maquinaria. Por otro lado, la ley de la competitividad empresarial impone un crecimiento constante de la productividad, en la que la fuerza de trabajo humana se sustituye con capital en forma de conocimientos científicos y tecnológicos. Esta contradicción ha hecho que el edificio se derrumbe por su propio peso, y a pesar de todas las evidencias, los gobiernos de todas las ideologías siguen queriendo «dar un empujón» y «hacer lo que sea» para que el edifico en ruinas dé más de sí.

Todos aluden al trabajo como fin humano absoluto que, pase lo que pase, ha de seguir vigente, aunque hoy en día sea innecesario. El desarrollo tecnológico de la microelectrónica está haciendo cada vez más prescindibles a la mayoría de «los proletarios». Este aumento del conocimiento tecnológico, junto con el aumento demográfico a nivel global, está produciendo que cada vez más sectores de la población queden excluidos de la vida moderna. Porque ya se sabe, el que no trabaja no es persona. No es útil, no es rentable, y por lo tanto es desechable. Surgen así núcleos de pobreza en medio de la abundancia, incluso dentro de las propias ciudades capitalistas. En medio de la riqueza reaparece la miseria. El capitalismo se está convirtiendo en un espectáculo global para minorías, y cada vez más minorías.

El trabajo no es una necesidad eterna, como quieren hacernos creer. No es una «ley natural», como los apologistas claman a los cuatro vientos. Si fuera de esta manera, ¿por qué tres cuartas partes de la humanidad sufren de miserias debido a que el sistema del trabajo ya no necesita su trabajo? Es la absurdidad en la que nos encontramos inmersos; que en un momento histórico en el cual el trabajo se está haciendo innecesario se nos inculca que el trabajo es el fin absoluto ante el cual todos debemos arrodillarnos, aunque por meras contradicciones uno nunca llegue a trabajar. Lo importante para el poder es crear la mentalidad adecuada que posibilite la alabanza hacia el trabajo. El hacernos sentir culpables si, simplemente, no hacemos nada. ¿Quién de nosotros no se ha sentido culpable alguna vez por no estar haciendo nada «productivo»? La interiorización de los valores del trabajo y de la productividad en las propias personas excluidas del sistema de producción, el hecho de reducir nuestras existencias a la mínima expresión posible, son los mayores logros del capitalismo.

Hace tiempo que los «nuevos mercados» fueron saqueados. En el pasado estos cumplían la función de compensar la racionalización de las empresas y de superar las contradicciones del sistema de trabajo. Pero actualmente se elimina más trabajo por motivos de racionalización del que se puede reabsorber con la expansión de los mercados. Como consecuencia lógica de la racionalización (impulsada esta a su vez por la competitividad), la electrónica sustituye la energía humana y las nuevas tecnologías de comunicación hacen el trabajo innecesario. Se impone de nuevo la contradicción, y como consecuencias el número de excluidos, de «personas sobrantes» en este mundo adorador del trabajo, crece de forma exponencial.

Por un lado más y más personas son desechadas del sistema productivo, y por otro se aumenta hasta un máximo nunca visto anteriormente la explotación de los que, por el momento, todavía conservan su preciado trabajo. El aumento de los conocimientos científicos y tecnológicos, junto con su aplicación práctica a la industria, presuponía lógicamente la disminución cada vez más pronunciada de los trabajos pesados y repetitivos. Oscar Wilde escribió que la tecnología sustituiría y liberaría a las personas de los trabajos pesados. Pero ha ocurrido lo contrario; las personas que todavía no han sido desechadas están más alienadas debido, precisamente, a la tecnología que supuestamente les liberaría. Las máquinas imponen su ritmo al trabajador en la fábrica, haciendo el tiempo así mucho más rentable debido a que la explotación crece enormemente. Con la aplicación de las máquinas en el proceso productivo, con el mismo tiempo se produce mucho más y a la persona se la comprime también mucho más. Por otro lado, la tecnología de las comunicaciones produce una completa dependencia del trabajo. Cuando el oficinista sale unos días, durante su «tiempo libre», de esa cárcel de ordenadores alineados y se marcha de vacaciones (para que recupere energías y para que sea eficiente en el trabajo futuro, obviamente) se marcha con su ordenador, con su móvil y con todos los aparatos necesarios, por si a última hora se le presenta algún proyecto que no puede esperar. La alienación de los -de momento- incluidos en el sistema productivo es más grande que nunca; su explotación y dependencia es total, y la tecnología, contrariamente a toda lógica, está siendo usada no como medio de liberación humana, sino como medio y fin al mismo tiempo de alienación en pos del trabajo.

La racionalidad de la economía de empresa exige que, por un lado, masas cada vez más numerosas se queden «sin trabajo» de manera permanente y, de esta forma, se vean apartadas de la reproducción de su vida inmanente al sistema; mientras que, por otro, el número cada vez más reducido de «empleados» se vea sometido a unas exigencias de trabajo y de rendimiento tanto mayores.

Se ha de superar la noción entendida por propiedad privada. Solamente pensando que ésta es simplemente un «poder de disposición» en manos de los capitalistas, pudo surgir otra idea como la de afirmar que puede superarse la propiedad privada sobre la base de la producción de mercancías. Se creyó que el Estado es opuesto a la propiedad privada, cuando realmente la propiedad del Estado no es sino una forma derivada de la misma propiedad privada, puesto que el Estado no es sino la imposición general y abstracta de los productores de mercancías. Tanto la propiedad privada como la propiedad estatal quedan obsoletas, ya que ambas presuponen y se basan en el proceso de explotación.

Para los economistas de todas partes y de todas las posturas su sistema funciona a la perfección. ¿Pero se puede afirmar, acaso, que el sistema impositivo del trabajo global ha traído el bienestar, aunque sea de forma remota, a una parte importante de la población? Basta con echar una mirada en las consultas de los psicólogos y psiquiatras. La falta de salud mental es pandémica, debido a que millones de personas languidecen realizando un trabajo sinsentido y enfermando física y psíquicamente, y otros tantos millones de seres se ven excluidos y condenados a la miseria y a la marginación. ¿Se puede llamar funcionar al hecho de convertir al mundo en un vertedero para que la producción siga indefinidamente y poder así sacar dinero a partir del propio dinero? Así es como su maravilloso sistema funciona. Su lema siempre ha sido y es «credo quia absurdum». Creo porque es absurdo.

Se argumentará, siempre falaces estos apologistas del trabajo, que sin propiedad privada, que sin competitividad y que sin los principios del trabajo, toda actividad se anularía. ¿Es esto la confesión de que todo su sistema se basa en la pura imposición? De ninguna manera cesará toda actividad cuando desaparezcan las imposiciones del trabajo. Lo que sí es cierto es que toda actividad cambiará su carácter, cuando ya no se vea encasillada en la esfera sin sentido y autofinalista de tiempos en cadena abstractos y cuando esté integrada en contextos de vida personales siendo la producción afín a las circunstancias y a las necesidades. Siempre habrá actividades necesarias y no todas serán agradables, pero esto no importa demasiado mientras estas mismas actividades ya no te consuman la vida ni se te imponga como «ley natural». ¿Tan difícil sería encontrar el equilibrio entre la realización de actividades necesarias, de ocio y de actividades libremente elegidas? Recordemos que tanto el ocio como la actividad son necesarias; el cuerpo humano necesita tanto desconectar y descansar como liberar la energía sobrante, y nuestra naturaleza social requiere que nos sintamos útiles para con la sociedad, pero el sistema impositivo del trabajo se ha aprovechado de esta necesidad de actividad y la ha comprimido hasta dejarla vacía y distorsionada.

Mientras los humanos poblemos la tierra, se harán todas las actividades necesarias para vivir. Se cultivarán huertos, se educará a los más pequeños, se hará ropa, se construirán casas, etc. Esto es algo obvio. No es esto lo que se pretende criticar, porque sería una tontería. Lo que no es tan evidente, lo que los aduladores del trabajo no ven, o no quieren ver, es que elevan el trabajo a un principio abstracto que determina las relaciones sociales, sin importar las necesidades o las voluntades de los implicados. Se crea de esta manera un mundo aparte, abstracto. El tiempo ya no es vivido; es puesto a disposición de la productividad, de la eficiencia, de la producción, del trabajo.

El trabajo es un cadáver al cual se niegan a enterrar, de manera que su olor pestilente nos afecta a todos, contaminando nuestras mentes, nuestras vidas y los ecosistemas naturales. Pero como buen cadáver que es, está rodeado de carroñeros dispuestos a aprovecharse de él. Tenemos que hacer ver que el uso sensato de las posibilidades no pueden ya ser dirigidas por una «mano invisible» abstracta e impredecible, sino simple y únicamente por una acción social consciente. La riqueza producida es aprehendida directamente según las necesidades, y no según la «capacidad de compra». Para poder aprehender según las necesidades, es necesario antes formar asociaciones libres y consejos que determinen cuándo y qué se coge. Junto con el trabajo, desaparece la generalización abstracta del dinero así como la del Estado. El trabajo ya no sería el eje central sobre el que gira el fin de la vida.

Radix

Notas

[1] El término «trabajo» no está usado en este artículo en el sentido de actividad natural y deseable, sino en sentido negativo de imposición autofinalista.

Las malas anarquistas

Hay quienes panfleto tras panfleto y fanzine tras fanzine hemos sido arrojados por la borda del anarquismo. Hemos oído una y otra vez a gente decirnos que no van a ir en nuestro mismo barco. Que somos malas anarquistas, que no merecemos el nombre, que somos más de lo mismo.

¿Malas anarquistas? ¿No será que simplemente no somos anarquistas?

Para obtener respuestas acertadas hay que plantear las preguntas correctas. Ser anarquista no puede tomarse como una esencia –se es o no se es- y aunque se intentara, un término tan eminentemente político no puede significar nada de cada una de nosotras si no se explica nuestro contexto. Vivimos en sociedad y en la sociedad no hay líneas ni compartimentos estancos, por lo que difícilmente se nos puede diferenciar de forma tajante frente al resto con un término que nos relaciona tanto con los demás.

La anarquía se ha formulado de mil maneras. Desde que Proudhon creó el concepto para aplicarlo sobre la política es difícil hacer un recuento de las derivaciones que ha tenido. Hubo gente que lo interpretó de forma mística, otra gente como una propuesta política, económica y social concreta, otra gente como una pulsión humana. El anarquismo vino después, a conformarse como movimiento y eso como era de esperar no fue uniforme ni en todos los tiempos ni en todas las culturas. Es comprensible que el anarquismo, en tanto que movimiento social se atenga a la realidad de las personas que lo forman. Es comprensible, por tanto, por qué en ese movimiento aparecen claras influencias de la cultura existente en la sociedad en que nace. Claro, la cultura de las sociedades con dominación reproduce la dominación, la extiende, la perpetua.

Entonces… ¿el anarquismo perpetúa la dominación?

Responder a esto necesita un largo rodeo sobre cómo se sintetizan y reproducen las ideas, para poder responder con rigor.

Muchos compas han apuntado ya a los vicios intelectuales del anarquismo decimonónico: determinismo, machismo, antropocentrismo, obrerismo, mecanicismo…Obvia decir que propios de su época. Cuando hay quién pretender rescatar 50 o 100 años después determinadas ideas tal cual se presentaron en su día, chocan con una realidad cultural distinta, en la que no se conciben igual ni los conceptos más básicos, como puede ser la idea de pueblo: de como se percibía en la génesis de lo libertario a cómo se concibe hoy hay un mundo, lo que lleva a que no produzcan el mismo impacto entre la gente. Sin embargo, ese anarquismo decimonónico, aunque sosteniendo cosas injustificables a nuestros ojos, supuso una ideología influyente para ciertos pueblos y una práctica útil para ciertos segmentos sociales.

Las corrientes ideológicas, las libertarias también, se construyen. No se inventan ni aparecen de la nada. Es por ello que la importación acrítica de ideas del pasado o de otras culturas suele producir un nulo efecto socia, precisamente lo contrario de lo que buscan las ideas transformadoras. La sociedad genera sus propias corrientes ideológicas, en función de infinidad de variables, algunas manejables y otras no. Por ejemplo, el ciudadanismo del 15M o las mareas, que ahora es el principal sostén del movimiento en torno a Podemos, no se ha inoculado así sin más por “grandes laboratorios culturales”, ni por “élites académicas”, ni por “la ignorancia de la gente”. El ciudadanismo es una corriente de inmenso peso en nuestro pueblo porque ha ido creciendo con él, con las condiciones materiales y culturales en las que se han desarrollado las últimas generaciones. Es normal que en un clima social en que el ciudadanismo es la ideología mayoritaria, quienes lo manejan y defienden se alcen como iconos de “el pueblo”. Pablo Iglesias lleva años cabalgando la ola ciudadanista, adaptando el lenguaje y las formas, y eso ha hecho de él un icono. Querer ver en las ciencias sociales linealidades o agentes que causan efectos de forma unilateral es un error, pues no funcionan así. La consecuencia directa del anterior error es pretender producir cambios sociales desde una “periferia”, ajena y alejada de las realidades que pretende transformar.

La realidad social, en ese sentido, es fractal. Hay dinámicas sociales que se repiten de forma semejante, no igual, a menor escala hasta llegar a la individualidad. De la misma manera que las sociedades construyen sus ideas hegemónicas en una dialéctica constante delimitada por su Historia, las personas vamos adoptando ideas, discursos y formas de actuar según nuestras condiciones, hechos significativos y nuestras propias decisiones. Por lo general los individuos somos situacionales, estamos más atados a nuestra situación que a nuestras decisiones. Confrontamos con la policía y creemos en la insurrección en un momento de revuelta, pero luego al volver a la normalidad tememos el conflicto y lo rehuimos, sean cuales sean nuestras ideas declaradas. Quienes militamos conocemos lo que es quemarse, pero también emocionarse y volver con ganas cuando nuestra situación cambia, aunque no lo hagan nuestras ideas. Pues la sociedad funciona a semejanza: la situación es fundamental para promover una u otra sensibilidad, sin perder de vista que en último término es la decisión -individual o colectiva, racional o emocional- la que va a inclinar la balanza.

Pero… ¿qué elementos de la dominación se han integrado en el anarquismo?

La ola post -postmarxismo, postmodernismo, postanarquismo, post…- nos ha dejado decenas de regalos, combinados muy discretamente con las cambiantes condiciones sociales, políticas y culturales. El relativismo, la disolución de “El sujeto social” en un mar de “movimientos” o la nueva teoría del poder como realidad indestructible sumados con el consumo y la derrota de toda disidencia organizada han dado pie a algunas dinámicas en la sociedad con las que los anarquismos no han sabido enfrentarse.

La diversidad identitaria es una de ellas. La subdivisión de la sociedad en una suma simple de compartimentos culturales y sociales sin aparente relación entre ellos-excepto las relaciones de mercado- ha calado tan hondo que hay quién ha creído que los movimientos sociales y los movimientos políticos se forman de la misma forma que las identidades culturales. Así como hay gitanas o heavys, hay anarquistas o quincemeros. Pero además no todo es nuevo mundo, por desgracia. Si a esta tendencia social le sumamos las inercias internas del anarquismo que se enfrentó a ello -perfectamente descritas en “La epidemia de rabia en España (1996-2007)”- nos encontramos con un “movimiento” acostumbrado a la excomunión heredada del Anarquismo Oficial de los 90 (CNT-FAI-FIJL) y a la improvisación permanente supuestamente importada de otras corrientes, como el insurreccionalismo. La reciente importación de la interpretación antiautoritaria de la estrategia del Poder Popular así como la importación de sus detracciones está evidenciando viejos vicios-excomuniones, sectarismo, tendencia a la atomización- combinados con polémicas teórico-prácticas legítimamente vigentes, todo ello dentro de un movimiento identitario–con sus símbolos, ritos, lenguajes, mitos- y cerrado -al que hace falta “entrar”-, que está lejos de ser tanto una fuerza social como un ghetto relevante. La conversión del anarquismo en una identidad cultural ha estancado su dinamismo, encerrando en sí mismas a varias generaciones de militantes. Ese encierro ha supuesto que las ideas y prácticas libertarias sigan en ese cajón del que la gente entramos y salimos según nuestros ciclos vitales mientras que las que han calado en el cuerpo social se hayan separado del movimiento, como el asamblearismo, del que un importante sector antiautoritario se ha desentendido como práctica propia precisamente cuando se generalizaba su uso para la acción social.

Otra dinámica social extraña a lo libertario y que no se ha encajado nada bien es la idea de “El fin de la Historia”. Aunque siempre se haya renegado de ella ha, ha calado muy profundo en toda nuestra sociedad, incluidos quienes militamos por supuestos cambios. Esto se suma a la confusión entre la “prefiguración de los medios de acción” y el eterno presente, esto es, confundir el hecho de que los medios tienen que ser coherentes con los fines con que los medios deben ser inmediatamente los fines y por tanto, que no futuro que construir. La extinción del horizonte revolucionario ha viciado los debates, centrándolos en el presente y en el pasado y sin intención alguna de ver más allá de los cambios que podemos crear. Hemos cambiado la revolución social por la insurrección y los levantamientos, por definición siempre condenados a extinguirse. Y eso en el mejor de los casos, cuando no estamos volcados en la “resistencia” y en la eterna espiral represiva, de la que no podremos salir sólo resistiendo. Tras 6 años de “crisis” mucha gente ha espabilado y ha entendido que la Historia ni mucho menos ha parado…pero esto no ha sido gracias a nuestra acción.

Ambos lastres teórico-prácticos mantienen en un movimiento cíclico a buena parte del movimiento . Y sin embargo se mantienen constantes las clásicas “Influencias burguesas”, que llamó Luigi Fabbri. La violencia verbal en los debates, meterse en el papel de malotes que la prensa nos adjudica, el sectarismo entre corrientes, la pureza, el elitismo ante la gente no-militante…

En fin. Las malas anarquistas, heréticas de los Principios, acabamos señalando al propio movimiento como una ficción de la que no podemos ser partícipes con el grado de implicación y coherencia que desde algunos púlpitos se nos exige para poder ser dignas de su solidaridad, tanto a nosotras como al resto de nuestra gente. Vemos con pavor esos textos en los que se nos acusa de traidores y vendidas por luchar a brazo partido y codo con codo con personas a las que respetamos y que nos respetan. Se pone por encima una catalogación -la de anarquista, que al parecer debe condicionar una realidad material ya bastante chunga -la de estudiante, vecina, precario, currante… Y no. Anarquismo no puede ser un cajón cerrado de modos de vida, discursos y prácticas. Anarquismo debe ser una tendencia en los modos de vida, discursos y prácticas existentes que los acerquen hacía la anarquía, aunque no la provoquen de inmediato.

Al final, las preguntas que nosotras nos planteamos son otras:

¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

@botasypedales

El «otro» racismo

Como muchas ya sabemos, el pasado 28 de junio se produjo una agresión racista en el metro de Barcelona, que fue grabado por dos amigos del agresor y posteriormente difundido por Internet. La noticia fue muy comentada en las redes sociales, y se consiguió identificar al agresor y a sus acompañantes, los tres de ideología neonazi. Tras su difusión, todas coincidieron en condenar la agresión, pero sin embargo, al igual que la izquierda no está exenta de reproducir actitudes machistas, muchas de ellas mostraron conductas racistas mientras manifestaban su rechazo (y también hubo algunos insultos homófobos hacia el agresor, pero no hablaré de ello debido a que solamente trataré del racismo). Éstas serán comentadas a lo largo del texto.

Para mencionar dicha agresión, muchas personas se refirieron al agredido como «el chino», aunque sea procedente de Mongolia; y al agresor como «el nazi», siendo este de origen ruso. En primer lugar, aunque ambos sean inmigrantes, se especifica la procedencia de la víctima (aunque mal), que no pertenece a la etnia caucásica dominante, a diferencia del agresor, a quien se le denomina por su ideología y no por su procedencia. Al igual que los medios de comunicación especificando la nacionalidad de una persona en casos de detenciones por los motivos que sean, parece que el origen de alguien es muy relevante si no es blanca ni occidental, por no decir que la expresión «el chino» ha adquirido un tono peyorativo, usado para insultar, como el caso de «el negro». Dicha expresión también es usada, de modo racista también, para nombrar establecimientos dirigidos en su mayoría por personas procedentes de China, como alimentaciones o bazares, mientras que nunca se dice «el europeo», por ejemplo. En segundo lugar, el agredido es de origen mongol, pero aun así se usa «el chino» para nombrarle. Al parecer, si alguien posee ojos rasgados es automáticamente calificado como «chino», aunque sea de Vietnam, Japón o Mongolia. Por estas razones, la expresión ha sido normalizada por la sociedad, y nadie ve reparos en utilizarlos en los casos mencionados, ya sea para nombrar a una persona de ojos rasgados o una alimentación, llegando incluso a ser molesto para las propias chinas solamente con oír el gentilicio. Por otra parte, si lo comparamos con otras agresiones y/o asesinatos cometidos por fascistas en donde la víctima era blanca y occidental, vemos que en ningún momento se alude a su procedencia. No se llama a Carlos Palomino «el español», ni tampoco a Pavlos Fyssas «el griego».

Sin embargo, tras señalar lo anterior se presentaron justificaciones por parte de blancas y occidentales (vaya, qué sorpresa). Veamos algunos:

– «Es relevante señalar la procedencia de la víctima, ya que sus rasgos fueron motivo de la agresión.» El más repetido. Al decir que golpearon a la víctima por sus rasgos, implícitamente se le está culpabilizando. Claro, él, que tiene unas características físicas que no ha elegido, provocó que el agresor le golpeara. Esta justificación, y no exagero, equivale a culpabilizar a una mujer violada por «haber ido provocativa». ¿Cuál fue la causa de la agresión entonces? La mentalidad racista dominante del agresor respaldada y alimentada por un sistema estructural de opresión racial. Tampoco es tan difícil, ¿no?

– Cito textualmente: «Una vez me llamaron sevillano y soy de Málaga, tampoco es para tanto.» Claro, no es para tanto para ti porque tú perteneces a la etnia dominante, que no has sufrido nunca la opresión racial. ¿Alguna vez alguien te ha insultado diciendo «sevillano»? Aquí se obvia el sistema de opresión racial existente, ya que pone a la misma altura la etnia dominante con una de las etnias oprimidas.

Otras personas simplemente ridiculizaban el hecho de que ciertas personas, a quienes posteriormente les tachaba de locas, les haga ver las actitudes racistas que han tenido. Cito textualmente algunos comentarios: «Es que si digo chino soy racista.» «He llamado chino a un oriundo de Mongolia. Soy la peor persona del mundo. En serio, déjalo…» «Déjala, no está bien, en serio… En su cabeza lo llamé así porque soy xenófobo, y lo hice porque al principio se dijo que era chino. De ahí a usar cualquier cosa que pasa en la vida para crear bulla nos demuestra que no está bien [de la cabeza]…»

Cabe destacar que en los medios se difundió la noticia denominando al agredido «un joven de rasgos asiáticos». En mi opinión, esto tampoco sería correcto, ya que no todas las habitantes de Asia tienen los rasgos parecidos. Por ejemplo, las características físicas de las personas de la India son muy distintas a las de las coreanas, y las primeras son tan asiáticas como las segundas. Asimismo, tampoco todas las personas con rasgos asignados a «lo asiático» proceden de este continente: los inuit, por ejemplo, viven en las zonas heladas de Alaska, Canadá y Groenlandia.

Todas hemos sido educadas en una sociedad racista, en donde se nos inculcan estereotipos desde la infancia que contribuye a perpetuar el racismo. No solamente por declararte anarquista, comunista o marxista vas a acabar con todo lo que has ido interiorizando desde pequeña, ya sean actitudes racistas, machistas, homófobas, tránsfobas o especistas: se exige un trabajo de revisión y deconstrucción de privilegios por parte de los colectivos socialmente opresores para acabar con el fin de toda opresión. Y para ello es necesario escuchar a quienes sufren directamente las opresiones: una blanca caucásica occidental no puede decir qué es correcto y qué no en lo que se refiere a racismo, pues la etnia a la que pertenece es socialmente opresora de las demás. Menos aleccionar y más escuchar.

Yelin

Coherencia

Él era un anarquista curtido. Rondaba los cuarenta, y desde su juventud había participado en una infinidad de manifestaciones y acciones llamativas. También era conocido por sus escritos subversivos, incendiarios, abogando por la destrucción inmediata y completa del Estado y del capital. Él era sincero. Innumerables veces a lo largo de su vida había clamado contra la autoridad estatal, contra las relaciones de poder centralizadas y asimétricas y contra la imposición proveniente de toda jerarquía. Oponiéndose a cualquier tipo de tiranía política, siempre había sido fiel a la libertad y a la horizontalidad.

Él militaba en un colectivo formado por alrededor de treinta personas. Era específicamente anarquista, aunque entre sus integrantes había gentes de toda índole; estudiantes, okupas, trabajadores, feministas e incluso dos jubilados. Su principal objetivo era el de difundir la cultura ácrata, aunque los más jóvenes y aguerridos estaban constantemente en contacto con otras organizaciones afines para planear acciones, sobre todo en manifestaciones.

Él también tenía pareja sentimental. Aunque su pareja nunca se había declarado anarquista, era una persona lo suficientemente concienciada que entendía qué hacía él y por qué lo hacía. Con su pareja había tenido dos hijos, los cuales contaban con diez y once años. Hacía tiempo que él estaba en paro, de manera que aprovechaba todo el tiempo para dedicarlo a la causa de la anarquía.

No, Juan -dijo él-, eso no puede ser así. Las pegatinas y las pintadas deben de hacerse en el mismo momento que acontece la manifestación, no antes.

Pero si lo hacemos el día de antes disminuimos el riesgo a ser identificados, aparte de que al día siguiente, durante la manifestación, lo verían muchas más personas que si lo hiciésemos en el mismo momento de la manif…

He dicho que no puede ser así. Yo tengo experiencia. Sé de lo que hablo -dijo él-.

Yo también tengo experiencia en estas cosas, y te aseguro que…

Ya sabéis que yo no apoyo que se utilice el material urbano para hacer pintadas o poner pegatinas. No le veo la utilidad -replicó Javi-.

No empieces con eso otra vez, pesado. Si por ti fuese la revolución se haría pidiéndole por favor al que ostenta el poder -le respondió Sandra-.

Callaos, los dos -advirtió él-. Está decidido. Se hará durante la manifestación. ¿Estáis todos de acuerdo?

Vale… -respondieron al unisono los ocho integrantes que se encontraban ahí-.

Tras esta pequeña discusión y de haber tomado una decisión, él se marchó a casa para ultimar los últimos detalles respecto a lo que se proponían hacer en la manifestación. ¿Acaso no se daban cuenta que hacer las pintadas durante la manifestación era mejor? De esta manera la gente veía en vivo y en directo la acción, lo cual provocaba más impacto que lo que dijese el mensaje en sí. No entendían nada. Nadie entendía nada. Menos mal que él sabía cómo iban las cosas.

Al llegar a casa vio que sus hijos todavía estaban en el colegio -en esa maldita cárcel para niños-, y su mujer todavía tardaría un par de horas en llegar del trabajo. Así pues, se puso manos a la obra y empezó a trabajar con las pegatinas para tenerlas listas a tiempo.

Hola cariño, ya estoy aquí.

¿Dónde estabas? Has tardado más de lo habitual -inquirió él-.

Me he distraído un momento, no pasa nada.

¿Y dónde y con quién te has distraído? -persistió él-

Ay, cómo eres. El señor Ismael tenía una fuga en el grifo del tejado, y como él no puede subir debido a su avanzada edad, me ha pedido ayuda para que echase un vistazo, nada más.

Bien. Vamos a comer, que los niños nos esperan.

Esta mujer siempre desaparecía por una cosa u otra. Y siempre hablaba con todo el mundo.

¿Qué has hecho hoy en el colegio, Dani? -le preguntó él a uno de sus hijos-.

Hemos ido a ver una obra de teatro. Así que no tengo deberes.

Bien. Pues ahora te ordenarás la habitación y luego me acompañarás a pasear al perro.

No tengo ganas de pasear.

¿Qué? Tú vienes conmigo, aunque te tenga que llevar de la oreja.

Vale…

¿Y tú, Pedro? -preguntó a su otro hijo-.

Yo tengo deberes de matemáticas…

Pues tú me acompañarás otro día.

He recreado de forma muy breve lo que podría ser el día a día de cualquiera de nosotros. La vida cotidiana de alguien concienciado. Lo he hecho únicamente para que se entienda mejor y de manera más fácil lo que diré a continuación.

Llevo tiempo observando ciertos comportamientos dentro del ámbito libertario que, personalmente, no me gustan, y a veces hasta me asquean. Lo he presenciado sobre todo en las redes sociales, aunque también sé de primera mano otros casos fuera de las redes. No quiero generalizar, así que cada uno/a se sienta aludido/a si es el caso.

En muchas ocasiones son personas que han leído mucho, saben cómo se organiza la sociedad, poseen nociones generales sobre las estructuras y las relaciones de poder que imperan en nuestros días. Y de esta manera escriben y hablan sobre todo ello a grandes escalas. De manera macroscópica. Hablan del poder refiriéndose a la gran maquinaria del Estado, o critican duramente al patriarcado como estructura culturalmente determinada. Escriben sobre las relaciones sociales y de poder a grandes dimensiones, para comunidades o sociedades enteras. Sobre la libertad de todos. Sobre la organización y la horizontalidad de todos. Grandes estructuras, grandes relaciones de poder.

Pero de alguna manera olvidan las relaciones interpersonales, es decir, las relaciones de persona individual a persona individual. Olvidan, o ignoran, el tipo de interacción cotidiana entre nosotros y nosotras.

He presenciado muchos «debates» en los que poco les ha faltado para insultarse. Auténticas barbaridades por unas pequeñas discrepancias, totalmente nimias en comparación al resto de pensamientos e ideologías. He visto una cantidad ingente de intolerancia, más propia de ideologías autoritarias, y también mucha arrogancia por parte de gente que supuestamente rechaza la vanguardia profesional. Se llega a tales puntos de fanatismo que convierten en más grandes unas pequeñas diferencias que las enormes diferencias que nos separan de nuestros verdaderos rivales.

El hecho que subyace a este tipo de comportamientos es que reproducimos el mismo tipo de relaciones a pequeña escala que rechazamos a gran escala. En la historia que he narrado, he descrito a una persona que rechaza la autoridad del Estado, pero él es profundamente autoritario con sus congéneres. Alguien que escribiendo sobre la libertad de todos es sumamente intolerante con la opinión de unos pocos. Es alguien arrogante (por eso durante toda la historia le hacía llamar «él», para remarcar su supuesta unicidad), alguien que desprende chulería «porque tiene experiencia» o porque «ha leído esto». Alguien que siempre mira quién es más que quién, como si fuese una competición. Alguien dominador, posesivo. Todo esto a pequeña escala, en sus relaciones interpersonales, mientras que a gran escala clama todo lo contrario. Este hecho es completamente contrario a los principios anarquistas.

Lo descrito ocurría en un grupo reducido de personas, carente de influencia e importancia, un grupo que no tenía en sus manos la solución de ninguna cuestión de peso ni la decisión sobre asunto alguno de relevancia. Sucedía en un grupo de gente unida específicamente para hacer todo lo posible por la anarquía, es decir, para combatir las ficciones sociales, y para crear las bases de la libertad futura. Trasladar ahora el caso a un grupo mucho mayor, mucho más influyente, dedicado a problemas importantes y decisiones de carácter fundamental. Considerad a ese grupo encaminando sus esfuerzos hacia la formación de una sociedad libre. Y ahora decidme si a través de tal acumulación de pequeñas tiranías entrelazadas puede vislumbrarse alguna sociedad futura parecida a una sociedad libre o a una humanidad digna de sí misma.

La historia la he escrito como algo extremo, para remarcar lo que quiero decir. No creo que realmente ningún anarquista desarrollase tal grado de descaro.

No sé si este tipo de comportamientos son generalizados o excepcionales, pero sea como sea, independientemente de la frecuencia con que se den, es sumamente importante tener esto siempre en la cabeza. En nuestra vida cotidiana, junto con nuestras personas cercanas, debemos de recrear el tipo de interacciones que queremos en la sociedad futura. Sin puyas infundadas, sin intentar demostrar cuán equivocado es el supuesto del que parte el otro para verificar de esta manera el propio.

Que no se me malinterprete. No estoy diciendo con todo esto que no se tenga que debatir, al contrario, pero estos debates tienen que partir de la premisa fundamental del respeto mutuo. Sin arrogancias, ni chulerías, ni intolerancias. Tenemos que tener presente que diferencias siempre habrá (y es bueno que las haya, de hecho), y que es imposible hacer que todos concuerden en absolutamente todas las cosas. Aun así, todos nosotros compartimos unos principios básicos y comunes que nos sitúan dentro de la misma barricada. Hagamos de nuestra vida un ejemplo de lo que queremos en la sociedad, y no reproduzcamos los mismos esquemas de poder y las mismas conductas que decimos rechazar.

Una revolución en el exterior solamente será triunfante si anteriormente hemos revolucionado nuestros propios pensamientos, nuestras propias vidas, nuestra propia manera de relacionarnos con nuestros semejantes.

Radix

Reflexiones sobre capital-trabajo

El siguiente texto solo pretende presentar de forma muy general, la teoría utilizada por un grupo procedente de Alemania ligada a las revistas “Krisis” y “Exit!” que creo puede ser relevante. Este grupo está encabezado por Robert Kurz y Anselm Jappe, desvinculados de la academia. No voy a explicar el meollo del asunto porque es complicado y prefiero dejar bibliografía recomendada para que si alguien quiere pueda hacer su propio estudio del tema. Me centraré más en implicaciones y consecuencias que tendría este análisis en caso de ser cierto.

Su análisis se basa en la teoría del valor marxiana y afirmara que el secreto real del capitalismo estaría oculto tras el fetichismo de la mercancía. Esto implica que si se profundiza en el análisis de la “doble naturaleza” de las mercancías, se llega a la conclusión de que trabajo y capital no serían antagónicos sino que serían dos cara de la misma moneda. El funcionamiento del capitalismo entonces estaría fuera del control tanto de capitalistas como de trabajadores. Los capitalistas no serían “los padres de la criatura” y el capitalismo sería algo así como una fuerza autónoma que rige la totalidad vida de sus participantes de forma inconsciente. Esta forma de funcionar llevaría inscrita también su propia destrucción.

¿Que implicaciones tendría esto?

La primera paradoja es que la lucha de clases sería un subproducto de la misma lógica del capital. Robert Kurz llega a afirmar que esta lucha de clases ayudaría, de hecho, a corregir los desequilibrios de esta lógica. Por lo tanto superar el capitalismo, aunque no implicaría abandonar la lucha de clases, pero si supondría una superación de esta, nuevas estrategias. Pongo esta paradoja como la primera por lo dura y triste que resulta.

El segundo punto sería que el peso de la lucha habría que volcarlo hacia el lado del trabajo, es decir, aboliéndolo de manera radical, ya que el trabajo abstracto sería la única forma de crear valor y el verdadero motor de esta lógica suicida. Además por supuesto, del carácter de embrutecimiento y explotación inherente al trabajo, pero esto también sería algo secundario.

El tercer punto hace referencia al carácter autodestructivo del capitalismo: llega un momento en que el sistema deja de crear valor, se estanca, tiene que despedir trabajadores y el beneficio ya no es posible. Este colapso total de la economía real habría llegado en la época Reagan-Tatcher, en la cual se estableció una economía basada en las promesas de beneficios futuros (especulación y crédito) que permitiría seguir funcionando el capitalismo aunque de forma ficticia.

Por lo tanto nuestra época sería la era del fin de esa falsificación especulativa y esta sería la última etapa del capitalismo, pero esto deja un panorama bastante gris (siendo generosos): el capital ya no necesita trabajadores así que el paro aumentará de forma exponencial, los que tengan trabajo soportarán cada vez más los esfuerzos que exige la situación y pese a la gran cantidad de recursos la gran mayoría de la población, al verse fuera del sistema mismo, no podría acceder a esos recursos ya que el trabajo sería todavía la única forma de socialización válida. Algo así como una huida hacia adelante devastadora con todas las horribles consecuencias. El capitalismo moriría de éxito, y después de él no tiene porque venir el socialismo ni mucho menos.

Hacer frente al desastre

Quiero recalcar el énfasis de la crítica al trabajo que hacen este grupo de teóricos y lo ilógico y destructivo que sería pedir más empleo como solución. Abogan por una ruptura con las categorías básicas del capitalismo: patriarcado, estado, mercado, valor, dinero, capital y por supuesto trabajo.

Para esta ruptura sería necesario la creación de espacios que puedan regirse con otras formas de socialización, formar una “contrasociedad”. El estado no tendría su papel en estas nuevas luchas, ya que según los autores, la lucha contra el trabajo sería naturalmente anti política. También critican todas las formas de personalización del problema (ya sea dirigido a plutocracias judías, banqueros o al 1%) ya que no solo erraría en señalar la raíz del problema, sino que podría tener consecuencias peligrosas.

Personalmente creo que esto deja de manifiesto la importancia de la reflexión y de la teoría, o lo que algunos llaman de forma despectiva “talleres de lectura” y replantearse seriamente las constantes movilizaciones como forma efectiva de lucha.

Repito lo que dije al principio: esto solo son brochazos de lo que yo entiendo por crítica del valor. Si a alguien le parece muy confuso le pido disculpas pero señalaré la idea principal que creo que se debe profundizar: la verdadera lógica del capitalismo estaría oculta tras el fetichismo de la mercancía, por lo tanto sería obligatorio el estudio de este concepto.

Dejo enlazado textos y referencias para aquellos que quieran entender esto de verdad.

Bibliografía recomendada:

-Manifiesto contra el trabajo: http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo
-Crédito a muerte de Anselm Jappe
-El absurdo mercado de los hombres sin cualidades
-Dos ponencias sobre el tema muy clarificadoras: https://www.youtube.com/watch?v=nFWNx7hpvwY y https://www.youtube.com/watch?v=QhbiORA7qpA

Anónimo

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