Blablacar, Uber y taxis: polvo en el camino

El pasado 11 de junio los telediarios abrieron con la noticia de que estaba habiendo una Huelga de Taxis en las principales megápolis del continente. Como es de esperar por parte de las empresas de comunicación, la información que dieron fue bastante limitada, mezclando el morbo del conflicto que se disparó en algún caso con datos aleatorios sobre el conflicto: Uber, Taxis, Comisión Europea, compartir coches, competencia desleal… Este artículo pretende verter un poco de luz sobre cuál es el conflicto en marcha, cuales son las fuerzas que hay en liza y por último intentar ofrecer una visión del problema estructural en torno al transporte que padecemos.

El conflicto ha estallado entrado 2014. Por un lado, el pasado marzo la patronal de autobuses Fenebús denunció ante el Defensor del Pueblo, la CNMC y ante la prensa la “competencia desleal” que suponía Blablacar. Fenebús es la asociación patronal del autobús que aglutina al 76% de las líneas regulares, teniendo una representatividad menor para estaciones, líneas de servicio urbano y servicios discrecionales. Por otro lado, en abril Uber se presenta en Barcelona sumándose a las más de 20 ciudades europeas en las que ya estaba presente. El sector del taxi de esas ciudades ha sido capaz de coordinar una huelga a nivel europeo que se materializó en un paro con muchísimo seguimiento el pasado 11 de junio, al que se sumaron otras ciudades para pedir que se regulen –prohíban- estas nuevas plataformas y para mostrar en general el malestar de un sector muy afectado por estos últimos años de precios disparados del petróleo, depauperación social masiva y condiciones precarias en el segmento asalariado del sector.

Este conflicto se articula a 2 niveles, pues el conflicto urbano Taxis-Uber es distinto y tiene distintos sujetos que el conflicto Patronales-Blablacar que es principalmente sobre el transporte interurbano. Sin embargo, los paralelismos son bastante significativos y es lo que hace que tanto la prensa convencional, como las instituciones, como algunas voces en el Taxi los hayan englobado como un solo problema entremezclado.

Es necesario definir que actores hay sobre el terreno:

Las nuevas empresas: Uber y Blablacar.

Uber: empresa dedicada a poner en contacto personas que ofrecen viajes y personas que necesitan viajar. Uber controla las condiciones del contacto, ofrece aseguramiento al viajero y al conductor y por supuesto, cobra por el servicio. La diferenciación de la empresa se basa en que funciona mediante una aplicación móvil, por lo que ofrece inmediatez y se permite definirse como empresa de alta tecnología. La empresa es de origen americano, fundada por Travis Kalanick, un californiano de buena posición social. Actualmente, y sólo según su web[1], está financiada por Google Venture, Goldman Sachs, Benchmark, Lowercase capital, Menlo y First Round Capital.

Blablacar: empresa dedicada a servir de plataforma para que conductores y viajeras se pongan en contacto. Blablacar en un principio servía como simple red social en la que la gente se apunta y puede hacer los contactos necesarios para satisfacer sus necesidades: llenar su coche de gente y amortizar el viaje o viajar más barato, rápido y flexible. Sin embargo, tras la denuncia que se venía gestando por las patronales del transporte, el servicio se ha modificado notablemente y aunque aún hoy está en fase de pruebas, ya la web se lleva un 10% del coste del viaje en concepto de reserva del asiento y, a mayores, el IVA del 0,21 vigente en el reino de España. Aún con esta medida, que modifica sustancialmente las condiciones iniciales del “servicio”, el 17 de junio el Ministerio de Fomento español registraba[2] su sede en el marco de la investigación abierta para ver si este tipo de negocio es legal.
La empresa es originaria de Francia, de la mano de Frédéric Mazzella, otro acomodado emprendedor que puso en marcha su idea tras volver de estudiar en EEUU. La web no hace públicos sus inversores, pero sin rebuscar mucho encontramos esta[3] noticia de 2012 en la que leemos que 2 grupos de inversión pusieron en su día su granito de arena de 7,5 millones de euros para que Blablacar se asentase en territorio peninsular.

Ambas empresas se enmarcan en una “nueva” generación de empresas adaptadas a las posibilidades de internet y de la “Web 2.0” para ofrecer servicios materiales, frente a las empresas pioneras en este campo que han servido tan solo para el entretenimiento –redes sociales, videos, noticias virales…-. En este sentido, las empresas con raíz en internet entran a competir con la economía del “mundo real”, lo que supone un cambio de paradigma que están vendiendo como una democratización de la actividad comercial e industrial. Ambas empresas han sido defendidas públicamente por la web http://www.consumocolaborativo.com/, que mantiene ese discurso de que las nuevas tecnologías permiten un consumo participativo y, por tanto, democrático. Encontramos una explicación de este “nuevo” tipo de consumo en este artículo de la Revista Exarchia [4].

Sin embargo, y como era de esperar viendo los credenciales que acompañan a las dos empresas de las que hablamos, algo huele raro en todo esto. El hecho de que grandes empresas inversoras apuesten por modelos de “consumo alternativo” es porque estos modelos tan solo son alternativos en el formato, pero no en la estructura económica que los envuelve. En este sentido conviene sacar a la luz este extracto de “El manifiesto Telecomunista”[5]:

La Web 2.0 es el Boom de la Inversión en Internet 2.0. La Web 2.0 es un modelo de negocio de apropiación privada del valor creado colectivamente. Nadie niega que la tecnología de sitios como YouTube, por ejemplo, es trivial. Esto está más que evidenciado por el gran número de servicios idénticos, tales como Daily Motion, de compartición de videos. El valor real de YouTube no es creado por los desarrolladores del sitio; en cambio, es creado por la gente que carga videos en el sitio. Aun así, cuando YouTube fue comprado por un valor de mil millones de dólares en acciones de Google, ¿cuántas de esas acciones fueron adquiridas por los que hicieron esos videos? Cero.“

En efecto, la desmaterialización de la economía que predican quienes ponen por ejemplo estas empresas web no es más que un truco en el que lo que genera valor es la propaganda y la información, no el “servicio” prestado. Lo que genera valor -mientras no cobran comisión, claro- de estas empresas “colaborativas” es usar a los usuarios como mercancía, negociar con la información que generan y la que se les puede hacer llegar. En este sentido, la descripción completa del funcionamiento de este tipo de negocio, el contexto en el que nace y la alternativa más honesta planteable se recogen ampliamente en el citado manifiesto.

En todo caso, y esto es significativo, estas empresas no son empresas del sector del transporte puesto que su actividad solo afecta tangentemente a la actividad del sector. Son empresas de internet, de aplicaciones móviles, webs de contactos…vallas publicitarias en un sentido y traficantes de información por otro. Es por ello que no tienen ningún tipo de preocupación, ni influencia, ni programa sobre los problemas estructurales del sector: la mortalidad, la vulnerabilidad energética, el impacto ambiental asociado…Excepto para su discurso mediático, en el que se aclaman como “una ayuda para luchar contra el cambio climático”, como si sus usuarios hubiesen evitado viajar en su propio vehículo o se hubieran quedado en casa sin su web.

El Estado: El Estado Español y la Unión Europea.

Sin entrar en todos los detalles, la actuación institucional en este conflicto está siendo contradictoria. Básicamente, el Estado está apoyando a la industria tradicional, o más bien, persiguiendo o dispuesto a perseguir a las novedosas empresas mientras que desde la Comisión Europea se afirma que este modelo de empresa es el futuro y que son perfectamente legales.

Nos encontramos con las dos posibilidades de las que puede actuar el estado, en tanto que “comité de gestión de los asuntos de la burguesía”: o a favor de unas empresas o a favor de otras. Mientras el Estado español, mediante su ministerio de Fomento, nos habla de lo importante que son para las consumidoras las leyes relativas a la seguridad viaria que con estos servicios se estarían incumpliendo, desde la Comisión Europea o el propio ministro de economía estatal nos dicen que es introducir competencia en el mercado y que eso sólo puede beneficiar también a las consumidoras.

El pueblo: los trabajadores del taxi y las usuarias del “consumo colaborativo”.

Los trabajadores del Taxi: Organizados en sus asociaciones corporativas o en sindicatos al uso, la respuesta está siendo tajante: esto es competencia ilegal e ilegítima. El grupo más significativo que ha organizado la movilización sería La Élite[6], un grupo de taxistas autoorganizados para defender sus intereses corporativos, creada recientemente para luchar contra el “intrusismo”. Sin embargo, el grupo del que podemos encontrar un trabajo más constante y con más amplitud de miras lo representa la sección del Taxi de CNT[7], que también ha participado activamente en las protestas.

Las críticas que hacen es principalmente que estas nuevas formas de negocio atentan contra su modo de vida, lo que sería el colofón a años y años de subidas de los combustibles, bajadas de los ingresos, precarización del modo de vida de los asalariados del taxi…En el comunicado de la sección de CNT ante la huelga se incluye a Uber al mismo nivel que el resto de plataformas para compartir coche, alertando de que “el transporte público está seriamente amenazado y puede quedar eliminado y sustituido por monopolios de telefonía como Uber o Blablacar”. La Élite hace hincapié en la legalidad que los nuevos servicios no cumplen, y aprovechan para cargar contra otros competidores que les amenazan desde hace tiempo como los hoteles con servicio propio de recogida en aeropuertos, por los mismos motivos.

En general la movilización tiene un discurso defensivo del sector y de la legislación actual como garante de sus derechos. Receta que ha recorrido otros tantos sectores amenazados por la austeridad en estos últimos años, abrazarse al “status quo del bienestar” e implorar su defensa. Evidentemente aquí se está teniendo una perspectiva puramente obrera, las “patronales” del taxi no están teniendo, al parecer ningún peso en estas movilizaciones aun considerando las particularidades de un sector donde son mayoría los autónomos.

Sin embargo, al no ser el propio Estado el agresor en este caso el conflicto tiene bastantes más visos de radicalizarse y conseguir objetivos por la vía de la acción directa, dejando en una posición seguramente muy incómoda al estado, si no ha resuelto sus incongruencias entre el liberalismo y el proteccionismo.

Las usuarias del “consumo colaborativo”: De Uber por lo pronto no hay datos de la cantidad de clientes en Barcelona, única ciudad peninsular donde tienen presencia, y en todo caso por ser un servicio con costes fijos asociados parece difícil que pueda despertar verdadero interés entre la gente trabajadora. Por contra, de Blablacar la última cifra dada[8] es de 1.000.000 de desplazamientos en los 12 estados en los que opera. Si todos los países tuviesen la misma cantidad de viajes -lo cual es seguramente falso siendo los estados más grandes los que más cantidad tengan- la cantidad en el reino de España sería algo menor de 100.000 viajes, cuando el total de viajes interurbanos en autobús en un mes ronda los 50.000.000. Es una cifra bastante pequeña, en torno a un 0,2% de lo que mueve el autobús, y sin embargo ha hecho saltar las alarmas de la patronal del autobús, que a la vez es el modo de transporte menos útil para los usuarios, o sea: el más caro, más lento y menos cómodo de entre los disponibles.

Según las variables típicas por las que en teoría las personas elegimos el modo en que viajar según las opciones disponibles -condición socioeconómica de la persona, comodidad subjetiva, coste y tiempo del modo elegido- parece que el coche compartido es una opción más que competitiva excepto por la condición socioeconómica para la que está disponible la alternativa. No olvidemos que el acceso a este modo pasa por tener acceso a internet, saber manejar internet para configurarse un perfil personal en una web y además saber interactuar un mínimo en redes sociales. Estas características, aunque a una cierta generación nos parezcan naturales como a otras les parece pelar judías verdes son una limitación muy importante, más allá de los extendidos prejuicios hacía “el desconocido” que vas a llevar o te va a llevar en el coche, que también son un freno importante. Es por lo tanto una cuestión cultural y generacional lo que ha potenciado y limitado la extensión de esta plataforma.

Aparte de las variables típicas que influyen en el comportamiento de los usuarios de transporte hay en el fenómeno Blablacar un matiz que lo hace defendible para quienes lo usan. Es el hecho de conocer gente y compartir un tiempo que de otra forma sería muerto. Aunque evidentemente esto ha generado situaciones violentas –absolutamente anecdóticas-, en nuestra sociedad de individuos atomizados sumidos en un mar de antidepresivos parece saludable crear escenarios para la sociabilidad aleatoria, aunque en ocasiones pueda suponerle a las anarquistas pasarse un viaje entero con un policía al lado hablando del tiempo y de recetas de la abuela.

Hay que reconocer en el formato de coche compartido esa potencial virtud, aunque con ese razonamiento, eso debería ser una defensa férrea de los transportes colectivos tipo bus, avión o tren, en el que viaja mucha gente muy diversa y sin embargo por lo normal estos modos no son espacios de sociabilidad ninguna. ¿qué diferencia hay? Pues que el Blablacar y sucedáneos son modos muy marginales, disponibles para ese sector de población dispuesto a socializarse así.

Ahora que las condiciones han cambiado, el servicio mayoritario –Blablacar- se ha “burocratizado” y ha subido de precios, sin duda perderá usuarias aunque se mantenga como uno de los modos más útiles del “mercado” del transporte interurbano.

Como “consumidoras” de Blablacar no ha habido ni movilizaciones ni respuestas más allá de pataletas en redes sociales, como Twitter. FACUA-Consumidores en acción, como organización portavoz de los consumidores sí que se posicionó en el conflicto abierto con un comunicado [9] atacando principalmente a Uber desde el mismo planteamiento que el grupo de taxistas La Élite: que deben acogerse a derecho para proteger a quienes consumen.

Como reflexión desde el punto de vista obrero –superando las ficticias divisiones entre consumidoras y trabajadoras, parados y estudiantes, nativas y extranjeras…- estamos ante un conflicto en el que se nos intenta enfrentar, una vez más, a quienes defienden sus derechos laborales con quienes defienden sus derechos como usuarias. Hay que señalar a las herramientas del “consumo colaborativo” super-alternativo como una trampa en la mayoría de los casos, tendida desde las escuelas de negocios más chungas –ESADE, IESE…- para captar mercados “alternativos” y como se ha esbozado antes, generar valor de las relaciones humanas que más espontáneas debieran ser. Tenemos que ser autocríticos. Frente a la posibilidad de generar herramientas P2P, descentralizadas y autoorganizadas, para cosas como compartir coche –o información tipo redes sociales- esperamos que grandes empresas multinacionales nos lo ofrezcan gratis. En vez de examinar nuestro sector laboral y encaminarlo hacía escenarios autogestivos que limiten la labor gestora del estado –y aumenten la nuestra como trabajadores y consumidores- y la labor intrusiva del mercado y por tanto del capital, nos entregamos al amparo protector del Estado que una vez más, en este caso en el Taxi, nos va a apuñalar por la espalda a la mínima oportunidad.

Pero por desgracia este conflicto levanta polvo en el camino y nos impide ver donde estamos o a donde vamos.

Lo que el “consumo colaborativo” no plantea, porque no es “su negocio”, es cómo afrontamos los problemas estructurales del transporte. Y desde luego ni las patronales del transporte, ni las estructuras del estado están tampoco por la labor de hacerlo. Compartir coche está bien en términos eco-eficientes, pero es más de lo mismo en términos eco-efectivos[10] y la efectividad hoy en día es una virtud que debería estar más en boga, frente a una eficiencia dogmática que no deja de ser la razón del mercado.

Reducir el consumo energético, amortizar mejor la maquinaria fabricada y las infraestructuras ya instaladas es menos malo que no hacerlo, pero no es necesariamente bueno. La reducción de consumo energético hoy en día ya no es una opción, hace 8 años que la producción de petróleo está en declive y es el eslabón más débil de la cadena del transporte. Es normal que ahora estemos dispuestas a apretarnos 5 desconocidas en un coche. Es normal que el taxista haga casi el doble de horas de las que haría hace 10 años, porque la gasolina vale tanto que hace 10 años decían que con los precios de hoy la economía no podría sostenerse. Y resulta que la economía que no se sostiene es precisamente la nuestra, la de la gente trabajadora.

El transporte, en taxi o Blablacar, no deja de ser una necesidad impuesta en la mayoría de los casos, veamos cómo:

Punto 1: La distancia a recorrer nos ha venido dada por el urbanismo moderno que es un instrumento más de control social. [11]

Punto 2: Ir a trabajar, ir a consumir –mercancías u ocio- son también ritmos de vida bajo el poder de la mercantilización y la explotación, sobre los que poco podemos decidir, ni siquiera opinar. [12]

Punto 3: Los modos de transporte existentes –coche, bus, tren, avión, bicicleta…- no responden más que a sus propias necesidades y no a las necesidades humanas. La historia del transporte es la historia de cómo los inventos se imponen a las necesidades, especialmente por las infraestructuras, lo que nos devuelve al punto 1 y los usos del urbanismo.

¿Cuál es entonces la solución al conflicto del taxi y el blablacar? Según lo dicho no parece ser una solución técnica o legislativa. Es un problema con raíces sociales y por tanto, sólo el cambio social puede solucionarlo.

Valladolid. Junio de 2014

@botasypedales

[1] https://www.uber.com/

[2] http://www.elmundo.es/economia/2014/06/16/539f5336e2704ee2348b4578.html

[3]http://www.europapress.es/economia/noticia-comunicado-blablacar-cierra-ronda-financiacion-75-millones-euros-accel-cabiedes-20120227120124.html

[4] http://revistaexarchia.org/2014/03/17/tiempo-de-conexion-para-un-consumo-colaborativo/

[5] http://endefensadelsl.org/manifiesto_telecomunista.html#el-comunismo-de-pares-contra-el-estado-capitalista-cliente-servidor

[6] http://www.elitestaximadrid.blogspot.com.es/

[7] http://cnt-taxi-bcn.blogspot.com.es/

[8] http://www.blablacar.es/blog/quienes-somos

[9] https://www.facua.org/es/noticia.php?Id=8538

[10] Términos en el sentido usado en el libro Cradle to Cradle de M. Braungart y W. McDonought

[11] http://cuadernosdenegacion.blogspot.com.es/2012/12/nro7-recorrido-por-el-territorio.html

[12] http://estudios.cnt.es/wp-content/uploads/2014/01/2Analisis_Paradelo.pdf

El campo de batalla

A estas alturas de la escalada capitalista, cuando la mercantilización del territorio en su conjunto es un hecho, parece poco acertado plantear la lucha antidesarrollista en términos de campo y ciudad, de medio rural y medio urbano. Tales ámbitos han ido perdiendo progresivamente su singularidad y acortando diferencias hasta convertirse en lo que observamos hoy: un único espacio interconectado real y virtualmente donde la simbiosis mercado-fábrica determina la configuración física y orgánica, así como las relaciones que en él se establecen. Un ejemplo es la degradación que ha sufrido la ciudad en su tránsito desde el modelo medieval y pre-industrial hasta lo que hoy conocemos como megaurbe.

Actualmente, los procesos de gentrificación y rehabilitación de los centros históricos, unidos a la expansión sin límite de las periferias urbanas, han acabado por difuminar, si no borrar, las líneas de ese espacio humano de cohabitación y organización político-social. Lo que queda es un lugar indefinido, inabarcable, irreconocible, donde la opresión y la desidentificación se anudan a una total dependencia de la población hacia las normas institucionales y las empresas que ejercen el control. Se trata, sin duda, de un modelo totalizador que prioriza el interés de la mercancía e insensibiliza a los seres (humanos y no humanos) adecuando el comportamiento de éstos a sus necesidades. Valores como la proporcionalidad, la comunicación, la utilidad pública o la salud del entorno han sido reemplazados por la megalomanía, la atomización, la insalubridad y la lógica del máximo beneficio al menor coste. El individuo solo, inhibido y hostil, extraño de sí mismo y de cuanto le rodea, medicalizado y reprimido es la expresión máxima de este modelo: la ciudadanía moderna.

Por supuesto, no todo son grandes metrópolis impracticables. También encontramos núcleos urbanos de tamaño medio esparcidos por todo el territorio y cuyo aspecto es muy parecido al de la antigua ciudad. ¿Son acaso supervivientes, residuos de un tiempo pretérito en pleno siglo XXI? Lamentablemente, no. Una ciudad no sólo la componen sus edificios y sus calles, sino también sus habitantes y su modelo de organización. En Calibán y la bruja, Silvia Federici refiere que en la Baja Edad Media la diferencia entre pueblo y ciudad residía en que ésta estaba dotada de consideración oficial y, sobre todo, de mercado1. Es decir, no era sólo el tamaño lo que daba a un núcleo poblado la categoría de ciudad, sino la naturaleza de las relaciones que tenían lugar en él. En esta línea, es posible afirmar que, hoy día, las ciudades ―y la ciudadanía― han sido  transformadas por el sistema dominante; el resultado son versiones más grandes o más pequeñas del ámbito metropolitano o megaurbano, puesto que las relaciones entre sus habitantes ―salvo honrosas excepciones― son decididamente capitalistas o ultracapitalistas.

Sin embargo, esta realidad no es exclusiva de las megalópolis, sino que es propia del espacio urbano en general, es decir, del conjunto del territorio que sufre la reconfiguración física y política en función de la plusvalía. En esta clasificación entra, desde luego, eso que llamamos campo o medio rural, de tal manera que sería más acertado hablar de medio urbano-rural o de áreas de deslocalización urbana, por seguir con la tendencia actual del modelo productivo. Cualquiera que conozca el medio rural sabe hasta qué punto se ha convertido en parodia de sí mismo, en mero sucedáneo. Si ya en la transición del feudalismo al capitalismo se situó en el punto de mira de quienes poseían la riqueza y los medios de producción, el ataque alcanzó su punto álgido a lo largo del siglo XX —sobre todo en el franquismo—, poniendo en práctica un proceso generalizado de desprestigio y criminalización. Hoy, como resultado de aquéllo, la vida en pequeñas localidades no se concibe sin dependencia del mercado, la maquinización y el crédito; los recursos están en manos de entidades privadas o de la burocracia administrativa ―en cualquier caso, fuera del control popular―; la mecanización del sector primario y la sistemática legislación contra el interés del campesinado ha expulsado a éste de las tierras o le ha atado de pies y manos; y quienes buscan su medio de vida fuera del ámbito agropecuario se ven empujados a un sector de servicios cada vez más precarizado, a mendigar en las bolsas públicas de empleo o a aceptar jornales en condiciones que rozan la esclavitud. Mientras tanto, los ayuntamientos y sus sucesivos equipos de gobierno dedican su esfuerzo a vender los bienes comunales, fomentar la destrucción de la fisonomía tradicional y poner en riesgo el medio ambiente.

A pesar de la situación de pobreza económica y de precariedad en que el último reajuste del sistema capitalista ha dejado a miles de personas en los últimos seis años, no se ha producido un “éxodo urbano”, en contraposición al llamado “éxodo rural” de mediados del pasado siglo; por más que nos pueda sorprender, la realidad sigue hablando de una huida en sentido inverso. Aún se escucha entre quienes migran el viejo argumento de la búsqueda de “mejores condiciones de vida”, de “oportunidades de empleo”, de “nuevos horizontes”, mientras que en la otra parte, entre aquellas que se quedan, se propaga la necesidad de adoptar un estilo de vida que recorte diferencias con la ciudad. En este sentido, la publicidad ha realizado una ingente labor de propaganda: promete distinción, pero bajo su dictado la homogeneidad es la norma.

Hasta hace no tanto tiempo, en muchos pueblos ―incluso en algunas ciudades pequeñas― eran posibles una economía, una política y unas relaciones sociales acordes a las necesidades de sus habitantes y no del poder macroeconómico de los grandes capitales o del poder macropolítico del Estado. Si bien estaba muy presente la religión, el caciquismo y diversas formas de oligarquía, las personas se reconocían mtuamente bajo la opresión, establecían lazos de solidaridad y de cooperación, eran capaces de crear espacios de libertad y a veces incluso fórmulas de rebeldía; podían, de alguna forma, sentirse parte de una comunidad y de un proceso colectivo. Hoy, en cambio, el referente comunitario ha dejado literalmente de existir. La interdependencia que trenzaba el equilibrio de un pueblo, que lo unía esencialmente (más allá de disputas y rencillas) y lo hacía funcionar como organismo vivo, autónomo y sustentable ha sido sustituida por la dependencia del mercado laboral, los subsidios, las prestaciones sociales y el turismo, hasta el punto de que muchas localidades son inviables económicamente si no albergan atractivos para atraer visitantes y empresas.

Pero quienes se marchan del pueblo, atraídos por el skyline que vislumbran en el horizonte y sus supuestas bondades, no encuentran la ciudad, sino la megaurbe; son migrantes de un lado a otro del ámbito megaurbano. Hacen suya la preceptiva de la disponibilidad y se ofrecen a la maquinaria empresarial practicando ese nomadismo tan propio del discurso capitalista: del “hay que ir donde está el trabajo” hemos pasado al “hay que ir donde está el consumo”; aunque la deslocalización ha cerrado las fábricas, los productos siguen necesitando compradores. Estas migrantes del capitalismo van donde les dicen que vayan, donde creen que está la vida real —porque lo vieron en la tele, porque se lo contó un amigo—, pero ciertamente ese lugar no es la ciudad; aunque usemos tal palabra para mantener la pretendida diferencia de espacios, lo cierto es que la ciudad no existe. “Ha existido efectivamente la ciudad antigua, la ciudad medieval y la ciudad moderna; no hay ciudad metropolitana. La metrópolis requiere la síntesis de todo el territorio […] es la muerte simultánea de la ciudad y del campo” (La insurrección que viene).

Esbozado ya el carácter ubicuo del capitalismo moderno y su colonización del territorio, ¿qué hay de la lucha contra el desarrollo, cómo y dónde plantear nuestra respuesta? Creo necesario partir de esta premisa: las alternativas que planteamos deben ser entendidas como estrategias parciales y temporales que permitan cierto grado de coherencia dentro del sistema hasta su destrucción. Son medidas urgentes de supervivencia. Y también caldo de cultivo y experimentación para ese nuevo modelo que las más optimistas vislumbran ya a la vuelta de la esquina y al que han denominado poscapitalismo. Dicho lo cual, cabe señalar la dificultad de construir esas alternativas en el ámbito al que denominamos “ciudad”, incluso de resistir y adaptarse, puesto que se trata de un espacio físico tremendamente opresivo, con un nivel de tensión ambiental extremo y un coste de la vida inasumible. Del otro lado, en el “campo”, a pesar de la aparente amabilidad del medio, la inevitable fricción con el sistema subyacente genera una confrontación fatal e impide, a largo plazo, la consecución de un proyecto alternativo no basado en el régimen de propiedad y en la producción de bienes o servicios de consumo, sobre todo si se carece de redes de apoyo (lo que cada vez es más habitual). Quizá la subsistencia resulte más cómoda, menos violenta y estresante, que permita un estilo de vida más satisfactorio, pero estará, en todo caso, lejos de constituir una resistencia eficaz contra el sistema y, más aún, de generar una alternativa a éste. No existe un afuera incontaminado de capitalismo, y, por más voluntad que le pongamos, la experiencia en este sentido nos habla de continuos fracasos.

Así las cosas, no debiéramos hablar de campo y ciudad como espacios de resistencia y construcción de alternativas, respectivamente, sino como el doble reflejo de una misma cara: la cara de la opresión capitalista. Si la vida en la ciudad se perfila como pugna desesperada, el horizonte rural no es mucho más alentador. Ambos medios, por tanto, requieren de la confluencia de las prácticas de lucha, del proceso destructivo y constructivo necesario para lograr la transformación, y es urgente comprender que tal objetivo sólo se alcanzará mediante la solidaridad y el empuje común. El éxodo urbano es negación de la megaurbe, pero también es creación del tejido capaz de reapropiarse del territorio y recuperar la autonomía en las ciudades, en los pueblos y en todas partes. Entender, pues, que sólo hay un frente de lucha —contra el capital y su modelo de desarrollo depredador y deshumanizador— es primordial para construir el mundo nuevo.

Juako Escaso

Apolíticos en el país de las maravillas.

El «apoliticismo» no existe, lo que si existe es la indiferencia que es una posición política en sí, por mucho que se pase de la política la política seguirá estando ahí porque en inseparable de la sociedad. La política es la gestión de las relaciones sociales, sin relaciones sociales no sería posible la vida en comunidad. Esas posiciones ultraindividualistas de negación de la política son abstracciones teóricas incapaces de materializarse.

La aceptación general que tiene este concepto se debe principalmente a que se confunde política con el parlamentarismo o el electoralismo y estos a su vez con la corrupción, no se tiene la visión social de la política que expliqué anteriormente. Esto es fruto (en el contexto del Estado español) de la dictadura (recordando a Franco y su «Haga como yo, no se meta en política»), de la «transición democrática» que se simplifica a un pacto entre élites y el derecho a participación de los ciudadanos queda reducido a meter un papel en una urna cada cuatro años,  y de los años que le siguieron hasta la actualidad donde esa identificación de la política con el ámbito institucional es una constante.

Otra de las causas que explican el rechazo de la gente común a la política es que la ven como algo demasiado complejo y lejos de su alcance, es uno de los argumentos que más se repiten entre quienes declaran su indiferencia, (la política es muy difícil, para entender eso hay que estudiar mucho…). Esto está relacionado con lo anterior ya que al concebir la política como la actividad institucional pues se considera la dificultad de la gestión pública burocrática, pero aún así es un argumento muy cuestionable vista la manifiesta incompetencia de gran parte de los que nos gobiernan.

Aunque cada vez más gente parece haberse dado cuenta de que si no haces política te la hacen y además en contra de tus intereses en la mayoría de los casos, aunque todavía sigue existiendo una mayoría silenciosa como se ha demostrado en las últimas movilizaciones a raíz de la abdicación del Rey, una gran masa popular salió a la calle a exigir que se respete su derecho a decidir y una ridícula minoría reaccionaria salió a defender un régimen caduco, pero el grueso de la población se quedó en casa, indiferente aunque probablemente se declaren a sí mismos como «apolíticos».

La «apolítica» vende, solo hay que mirar el interés que suscita cualquier iniciativa que se declare así. Los que manejan ese discurso no lo hacen de forma inocente ni por ignorancia, su intención es seguir manteniendo esa identificación y alejar a la política de su carácter social y potencial real de cambio.

Como conclusión, detrás del apoliticismo o la «antipolítica» se encuentra el elitismo, la negación en sí de la democracia. Perdamos el miedo a hacer política y a reivindicarla, ya sea desde las plazas o desde las instituciones quien pueda, hagamos política en defensa de los nuestros, del bien común, porque si no la hacemos seguirán haciéndola los de siempre y en beneficio de la minoría responsable del saqueo a gran escala al que estamos sometidos.

Y no seamos indiferentes (vista la imposibilidad de ser apolítico), como bien dijo Gramsci: la indiferencia es el peso muerto de la historia.

Sobre Podemos y otras cuestiones

Irab Zaid

Mayo 2014, Madrid

El triunfo de “podemos” no nos debería sorprender. Tras el 15m se abrió un escenario político bien distinto, ya no vale la cultura política post 78, tampoco el bipartidismo, y la abrumadora crisis del capitalismo, la corrupción sistemática (no son corruptos por una cuestión moral, sino que se trata de algo sistemático) son cuestiones que están a la orden del día, y los grandes partidos del régimen caducos de ideas y proyectos de estado (más aun cuando el capital financiero se impone sobre el estado-nación) parecen lanzar sus últimos aletazos. No obstante y desgraciadamente una gran parte la clase trabajadora del estado español no está pensando en grandes revoluciones que derroten al capitalismo, sino que trata de luchar de cualquier forma contra la mísera cotidianidad, la del desahucio, la del despido, la del miedo. “Podemos” ha sabido jugar sus fichas en este escenario, ha sido una bocanada de aire fresco y de diferencia. Los que apostamos por la lucha no electoralista (asambleas de vivienda, centros sociales, colectivos de barrio, sindicatos no pactistas…) tenemos que pararnos a reflexionar. Mirar a nuestro alrededor e intentar jugar nuestras cartas de la mejor forma posible en la realidad existente.

La desesperación y falta de confianza en el sistema electoral sigue presente con más del 50% de abstención. Pero no podemos pasar por alto la victoria de “podemos”, es ahora, tras el triunfo, cuando “podemos” se puede construir como otro partido más existente, o como una extensión del movimiento, “podemos” puede ser movimiento. Que “podemos” sea movimiento significa que traspase su aspiración electoralista y de la institución, para conformarse como un órgano semi horizontal de participación directa en la política de los barrios. Los círculos bien podrían ser asambleas post 15m. No negamos el carácter reformista y socialdemócrata de podemos, ni su liderazgo, pero en esta situación, ya solo nos quedan dos caminos, pensando siempre en estrategia, ya no nos vale ser autorreferenciales, ni quedarnos en nuestros pequeños colectivos de afinidad, en esta fase de crisis del capitalismo financiero, todo es posible. O nos conformamos como un actor político visible o seremos un cadáver, o intentamos crear un proceso de unificación en torno cuestiones básicas como “anticapitalismo” “no participación en la democracia del capital” “horizontalidad” o tendremos que ocupar esos espacios de participación en donde el movimiento reside, por muy reformistas que sean.

Son duros momentos para los revolucionarios, pero debemos pararnos a pensar, dejar ortodoxias aparte, e intentar buscar la fórmula para dar un salto tanto cualitativo como cuantitativo.

Una reflexión necesaria y polémica a partes iguales

Me llena de rabia e impotencia lo que ha ocurrido hoy en el desalojo de Can Vies pero me ha inspirado para una reflexión, sobre todo el hecho de ver a David Fernández (diputado al parlamento Catalán por las CUP) defendiendo la sede de La Directa cuando ha sido atacada de forma injustificable por los perros al servicio de CiU y ERC. Bueno ahí va:

¿Creeis que lo de #CanViesNoEsToca habría pasado con un ayuntamiento de las CUP? En serio, pensadlo por un momento, se que cuesta porque hemos estado acostumbrados a tener el enemigo en las instituciones siempre. Ahora amplío la pregunta a un nivel más general ¿De verdad no importa quien gobierne? ¿No sería más favorable para el movimiento popular y social tener ayuntamientos afines? Crear espacios de resistencia desde abajo está muy bien, pero esta gentuza con un simple decreto o una orden se carga todo ese esfuerzo.

Creo que es un debate que está abierto y que ahora con las municipales acercándose debe darse en profundidad en el seno de los movimientos sociales y políticos con voluntad transformadora, el tabú que hay en ciertos ambientes en torno a la participación institucional  juega en nuestra contra. Hoy mismo Traficante de Sueños ha publicado un libro sobre el municipalismo con una pinta increíble que creo que puede aportar mucho a ese debate. Dejo el enlace: http://t.co/sMmBPGqfvl

Para concluir, ya es hora de dejarse de sectarismos, ortodoxias y purismos varios y pensar en clave estratégica, flexibilidad táctica. Nos jugamos demasiado.

Sobre purismo y anarcómetros

Fran

Es ya habitual encontrarnos con adjetivos como »purista» o »sectario/a» siempre que se critican algunas posturas que toman ciertos colectivos »libertarios» u organizaciones denominadas »anarcosindicalistas» sin que nadie se haya parado a reflexionar sobre dichos argumentos.

Hay una gran diferencia entre las acusaciones de unes y otres, pues »purista» se utiliza de forma despectiva y peyorativa, ya que el anarquismo carece de biblia y gracias a ello cada corriente ha sido superada o mejorada por la que la ha sucedido. Mientras que »reformista», guste o no, es una postura política que renuncia a los principios más elementales de una ideología.

Las palabras comodín purista o sectario/a son los típicos argumentos de ciertas corrientes posibilistas y/o reformistas para intentar justificar sus contradicciones, acusado a los sectores fieles a sus principios, tácticas y finalidades de inmovilistas y que no quieren salir del ghetto apartándose de toda realidad. Quedando desmontado y demostrado que para participar en los movimientos sociales o laborales no hace falta renunciar a las propuestas más básicas de una ideología ni tampoco camuflar o rebajar el discurso, pues esto haría vaciar de contenido el mensaje, crear confusión y uniformarlo con otras tendencias contrarias, lo que posibilitaría que dichas tendencias fortalezcan sus discursos y tomen las riendas capitalizando las protestas.

Nuestro discurso debe llegar íntegro y con todos sus matices, no adulterado o suavizado, lo que generalmente sólo le hará incomprensible. Como tampoco hay que renunciar a los principios, porque cuando se renuncia a ellos, se acaba renunciando al anarquismo bajo el todo vale.

No es un asunto explícito de terminología, sino de práctica. Hablar de coherencia con los principios no significa que hagamos del anarquismo un dogma. Como he dicho más arriba: el anarquismo carece de libro sagrado.

Negarse a participar y criticar a las organizaciones que, aun autoproclamándose libertarias o anarcosindicalistas, participan en las instituciones que impone el Estado para tener controlada, desmovilizada y adiestrada a la clase trabajadora (quien paga manda) no es purismo, es coherencia.

Autoorganizarse y aplicar la acción directa, lejos de comités o parlamentos y sin delegar en liberados/as o políticos/as no es purismo, es coherencia.

Si renunciamos al electoralismo y al parlamentarismo político, ¿por qué al renunciar al modelo sindical estatista, que consiste en trasladarlo a la empresa, se nos acusa de sectarios/as y puristas?[1][2]

¿Cómo es posible que dos modelos sindicales tan opuestos como son el oficialista y el anarcosindicalista puedan complementarse en organizaciones que dicen ser de síntesis y prácticas en base al anarquismo? ¿No es esto una renuncia a la acción directa, horizontalidad y autogestión, es decir, al anarcosindicalismo mismo?[3]

Por lo tanto, no es cuestión de anarcómetros y sectarismos, simplemente es anarquismo.

Alejarse –aun en circunstancias excepcionales y por breve tiempo– de la línea de conducta que nos han trazado nuestros principios, significa cometer un error y una peligrosa imprudencia. Persistir en este error implica cometer una culpa cuyas consecuencias conducen, paulatinamente, al abandono definitivo de los mismos. Sébastien Faure – La pendiente fatal.

Para alcanzar sus fines, la organización anarquista debe estar en armonía, en su constitución y forma de operar, con los principios del anarquismo. Errico Malatesta – Un plan de organización anarquista.

Tus fines deben determinar los medios. Medios y fines son en realidad la misma cosa: no puedes separarlos. Son los medios los que configuran tus fines. Los medios son las semillas que brotan luego como flores y se transforman en frutos. El fruto será siempre la naturaleza de la semilla que plantaste. Recogerás lo que siembres. Alexander Berkman – El ABC del Comunismo Libertario.

Notas

[1] ¿Qué son las elecciones sindicales?

[2] ¿Por qué estamos en contra de los comités de empresa?

[3] Guía breve sobre la CGT para jóvenes despistados/as

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