Aquí y ahora

Es de vital importancia entender el hecho de que el Estado se está organizando dentro de una realidad social que tiende hacia una forma siempre más estática, rígida e irreversible, contra la cual será cada vez más difícil combatir.

No se está hablando de ciencia ficción cuando uno afirma que prácticamente nos controlan, que con una velocidad siempre mayor nos están encerrando en el interior de un circuito telemático absoluto, y que dentro de dicho circuito el individuo no es más que un burdo número, siempre fácil de localizar y controlar. Un circuito tecnológico con capacidad de controlar nuestras acciones tanto a priori como a posteriori. En esta realidad que se forma ante nuestros ojos, es cada vez más evidente y necesario hacer algo, aquí y ahora, no cuando todos estemos encerrados por completo en el proyecto de control del capital y del Estado.

Así pues, que vuelen por los aires las comisarías, los tribunales, las cárceles y las multinacionales. Es un simple ataque al espectáculo del capital y al control del Estado. De esta manera se rechaza no solamente lo impuesto, sino también las organizaciones del equilibrio del poder, de la espera, de la muerte. Ante la estructura monolítica del poder político, se le encara otra monolítica estructura de trabajadores. La acción es una crítica concreta de la posición de espera, suicida, de este tipo de organizaciones.

Existe una sobredosis de información. A la gente le hastían las lecturas de los clásicos, las discusiones teóricas, las reuniones, las manifestaciones inútiles, las infinitas distinciones y la monotonía. Solamente es indispensable una mínima orientación estratégica preventiva. Sin alardes, sin grandes premisas analíticas, sin complejas teorías de apoyo. Solamente el ataque inmediato cuenta.

El hecho de quemar un coche de policía no reside tanto en la funcionalidad de la acción en sí misma, sino en lo que dicha acción representa o simboliza. Pasar al ataque encarna y representa la primera condición real para terminar con su autoridad moral. Es el reflejo de nuestra negación ante su presencia y existencia.

Al destruir con una fría determinación el exterior, solamente lo estamos sincronizando con nuestro interior. Cuando un sistema entero nos persuade de que el problema somos nosotros, que el defecto está en el individuo, empezamos a no saber distinguir dónde está el que verdaderamente causa los problemas. Ya sabéis, aquello del control social y el necesario desplazamiento de la ira y la desesperación desde su objetivo genuino pero nebuloso (el sistema compuesto por el Estado, la industria, las finanzas y el comercio), hacia el único objetivo accesible; el individuo aislado en una cultura en que la insurrección y la insumisión masiva son cada vez menos pensables. Es en este aspecto cuando delineamos la presencia real del enemigo, cuando exteriorizamos y materializamos nuestra propia autodestrucción y la proyectamos hacia la destrucción de las condiciones exteriores.

Date prisa en armarte.

Radix

Transgénesis, ¿Sólo una herramienta?

Últimamente hay demasiados intentos por lavar la imagen de los transgénicos y parece que la opinión general comienza a aceptarlos con mayor facilidad. Por ello, desde hace algún tiempo tenía la intención de escribir algo al respecto. En este artículo trataré los transgénicos únicamente desde el punto de vista agronómico.

Antes de hablar sobre los impactos ambientales y sociales que producen (esto me lo reservo para otra ocasión) me ha parecido oportuno desmontar el principal argumento que enarbolan sus defensorxs: la seguridad alimentaria. Demasiadas veces he oído ya que el problema de los transgénicos es que están en manos de multinacionales que sólo buscan el beneficio, pero que en el fondo son una herramienta más que deberíamos aprovechar. Se argumenta también que los transgénicos sólo son un paso más en la relación del ser humano con la naturaleza, y que llevamos miles de años modificando el genoma de las plantas y los animales por medio de la selección artificial.

Es verdad que la mayor parte de los ecosistemas están antropizados, somos parte de ellos y necesariamente dejamos nuestra huella. Sin embargo hay diferencias fundamentales entre la evolución de un organismo por medio de la selección artificial y la evolución de otro por transgénesis. La evolución del primero es larga, continua y adaptada al ambiente, y no se modifica en esencia la naturaleza del organismo. Se produce por medio de la selección dentro de una misma variedad o por cruce con organismos evolutivamente emparentados. Este tipo de selección supone una relación más estrecha con la naturaleza y no requiere de medios tecnológicos para su aplicación.

En cambio el organismo que evoluciona por transgénesis lo hace de una forma disruptiva, instantánea, sin adaptarse al ambiente. El gen o genes insertados pueden provenir de un organismo emparentado evolutivamente o de uno que lo esté en mucha menor medida, y pueden llegar a cambiar radicalmente la naturaleza del organismo modificado. Además la secuencia genética introducida en el organismo está diseñada para insertarse tanto en el genoma del organimo en cuestión como en cualquier otro genoma, lo que supone un riesgo de transmisión horizontal, es decir de contaminación genética. Este tipo de evolución direccionada es muy propia de una visión reduccionista y antropocéntrica de la naturaleza.

A todxs nos han contado mil veces que los transgénicos tienen un mayor rendimiento. Es cierto que en muchos casos la producción que obtienen por hectárea es mayor, pero a costa de externalidades como los fitosanitarios, los fertilizantes sintéticos y la maquinaria este tipo de cultivos tiene un coste territorial mucho mayor. El rendimiento energético de estos cultivos tan industrializados es bajísimo. Las kilocalorías introducidas en el sistema apenas superan las kilocalorías recogidas en la cosecha.

La escasa eficiencia energética de los cultivos de transgénicos está relacionada con el hecho de que son cultivos altamente industrializados, no con la trangénesis de la planta. En el hipotético caso en el que consiguiésemos hacernos con el control de los laboratorios y pudiésemos hacer plantas transgénicas a voluntad, si quisiemos hacer una agricultura que tratase de respetar el medio ambiente habría ciertos problemas que serían de dificil solución:

  • Todas las plantas producidas serían genéticamente idénticas, por lo que nuestro sistema podría colapsar con facilidad cuando surgiese alguna plaga o enfermedad que afectase al cultivo.
  • Podría haber transferencia horizontal de los genes insertados a la planta a la microbiota del suelo y a la flora autóctona.
  • En el caso de producir plantas resistentes a una determinada plaga o enfermedad se podrían generar resistencias. Un claro ejemplo de esto es el maíz transgénico Bt, que se creó para evitar las plagas de escarabajos y sin embargo ya ha surgido un escarabajo resistente a la toxina producida por la planta (1). Los transgénicos, por el contrario, son organismos estáticos que no evolucionan con el medio.
  • Se producirían fenómenos de contaminación irreversible de otros cultivos por medio de la polinización.
  • A diferencia de las plantas cultivadas de forma tradicional, los transgénicos no han pasado por un proceso de adaptación ni de coevolución con el medio en el que van a desarrollarse. Se crean en un ambiente controlado y luego se exportan a miles de kilómetros para ser plantadas en un ambiente totalmente diferente. Si los transgénicos actuales pueden desarrollarse es por el pack tecnológico (herbicidas, fertilizantes sintéticos, funguicidas, insecticidas..) con el que van asociados. A igualdad de condiciones una planta transgénica no tiene nada que hacer frente a una seleccionada durante cientos de años.
  • Si por el contrario las plantas transgénicas manejadas siguiendo unos criterios “ecológicos” supusiesen, como alegan sus defensorxs, una mejora sustancial en la producción, implicarían también un mayor coste territorial ya que tendríamos que reponer los nutrientes extraidos con la cosecha. Para cerrar los ciclos de nutrientes y suplir las necesidades de los cultivos, se necesitaría abarcar un mayor territorio, y por lo tanto una mayor energía para el transporte de estos materiales.
  • Modificación de la microbiota del suelo, afectando a la relación entre las plantas y los microorganismos benéficos del suelo, responsables entre otras cosas de la fertilidad de los agroecosistemas y del equilibrio ecológico (2).
  • Incompatibilidad con otras biotecnologías, como las micorrizas, asociación simbiótica que tienen el 90% de las plantas y que mejora la captación de nutrientes y la protección frente a algunas enfermedades; o como los preparados de microorganismos que estimulan la formación de raíces o la descomposición de la materia orgánica.

Por último no hay que olvidar que los transgénicos suponen una tecnología altamente especializada. En el caso de que pudiesen ser manejados de acuerdo a los intereses de la sociedad y supusiesen una mejora cualitativa para esta, el simple hecho de que necesiten un alto grado de especialización generaría necesariamente una centralización de esta tecnología y una verticalidad en la toma de decisiones y se acabarían originando situaciones de poder.

Los transgénicos no son ni pueden llegar a ser una herramienta para conseguir la soberanía y la seguridad alimentaria de una forma respetuosa con el medio ambiente, y mucho menos dotarnos de la autonomía necesaria para conseguir la autogestión de nuestros proyectos.

Notas

  1. http://www.plosone.org/article/info:doi/10.1371/journal.pone.0022629#pone-0022629-g002
  2. http://aglr.agroknow.gr/organic-edunet/archive/files/3eff2e5ca92dfb371ff6d9ce7ce1964a.pdf

Definiciones

Coste territorial: Territorio necesario para sostener los procesos ecológicos (flujos de energía y materiales, y regulación natural de plagas y enfermedades) de un agroecosistema.

Principio de precaución: es un concepto que respalda la adopción de medidas protectoras ante las sospechas fundadas de que ciertos productos o tecnologías crean un riesgo grave para la salud pública o el medio ambiente, pero sin que se cuente todavía con una prueba científica definitiva de tal riesgo.

Seguridad alimentaria: hace referencia a la disponibilidad de alimentos, el acceso de las personas a ellos y el aprovechamiento biológico de los mismos. Según la FAO, la seguridad alimentaria existe cuando todas las personas tienen acceso en todo momento (ya sea físico, social, y económico) a alimentos suficientes, seguros y nutritivos para cubrir sus necesidades nutricionales y las preferencias culturales para una vida sana y activa.

Soberanía alimentaria: es un concepto promovido por Vía Campesina que hace referencia a la facultad de cada pueblo para definir sus propias políticas agrarias y alimentarias de acuerdo a objetivos de desarrollo sostenible y seguridad alimentaria. En contraste a la seguridad alimentaria definida por la FAO, que se centra en la disponibilidad de alimentos, la soberanía alimentaria incide también en la importancia del modo de producción de los alimentos y su origen.

Unabomber, libertario y ecologista radical.

El proyecto revolucionario.

«El proyecto revolucionario» fue publicado con el título «El trabajo del revolucionario» en la revista Anarchismo en su número 59, en Enero de 1988. La traducción aquí publicada proviene de un libro recopilatorio titulado «No podréis pararnos», que a su vez fue rescatada de unas hojas mecanografiadas que se difundieron a finales de los 90. Se desconoce quién hizo la traducción ni si fue publicada en alguna revista. El texto original fue escrito por Alfredo Bonanno.

Por qué somos anarquistas insurrecionalistas.

Porque luchamos junto a todos los excluidos por aligerar y posiblemente abolir las condiciones de explotación impuestas por los incluidos.

Porque mantenemos que es posible contribuir al desarrollo de las revueltas que van naciendo espontáneamente por todas partes haciéndolas volverse insurrecciones de masa y por tanto reales y verdaderas revoluciones.

Porque queremos destruir el orden capitalista de la realidad mundial que gracias a la reestructuración informática se ha convertido en tecnológicamente útil, solamente a los gestores del dominio de clase.

Porque estamos por el ataque inmediato y destructivo contra estructuras concretas, individuos y organizaciones del capital y del Estado.

Porque criticamos constructivamente a todos aquellos que se retardan en posiciones de compromiso con el poder o que sostienen como imposible la lucha revolucionaria.

Porque mucho mejor que esperar, estamos decididos a pasar a la acción incluso cuando los tiempos no están maduros.

Porque queremos acabar con este estado de cosas ya, y no cuando las condiciones externas hagan posible su transformación.

He aquí los motivos por los que somos anarquistas, revolucionarios e insurreccionalistas.

Coger distintos aspectos de intervención revolucionaria no es fácil. Cogerlos todos juntos, introducirlos en una propuesta global que tenga su lógica intrínseca y una articulación operativa válida, es todavía más difícil. Es esto lo que entiendo por trabajo revolucionario.

En la determinación del enemigo nos entendemos (casi siempre) con suficiencia. En la imprecisión de la definición, colocamos los elementos que provienen de nuestras experiencias (sufrimientos y alegrías), de nuestra situación social, de nuestra cultura. Cada uno cree tener los elementos idóneos para designar un mapa del territorio enemigo y para identificar objetivos y responsabilidades. Que las cosas no sean luego de este modo es algo también normal. Pero no nos curamos de ello. Cuando se presenta la ocasión aportamos las oportunas modificaciones y vamos adelante.

Oscuro es nuestro proceder, oscuras las cosas que nos rodean, nos iluminamos sólo y exclusivamente del mísero cirio de la ideología y seguros, como detrás de la guía de un faro, vamos hacia delante. El hecho trágico es que las cosas que nos rodean se modifican a menudo velozmente. Los términos de la relación de clase, que en la situación contradictoria se alargan y se acortan continuamente, se desvelan hoy para esconderse mañana. Así las certezas del ayer se precipitan en la oscuridad de hoy.

Quien mantiene un polo direccional constante, aunque no inamovible, no se le toma por lo que, en efecto es, o sea un honesto navegante del mar de las perplejidades de clase, sino que es tomado a menudo por un terco repetidor de esquemas superados y de abstractas metáforas ideológicas. Quien persiste en ver al enemigo detrás de la divisa, de la fábrica, del ministerio, de la escuela, de la iglesia, etc., se le mira con suficiencia. A las cosas en su dura realidad, se las quiere sustituir con la relación abstracta, el modo de ser, lo relativo de las posiciones. El Estado, así, acaba haciéndose un modo de ver las cosas, y no un hecho material, constituido por hombres y cosas. El resultado es que las ideas del Estado no se pueden combatir sin atacar a los hombres y las cosas del Estado. Querer combatirlas aisladamente, en la esperanza de que la realidad material a ellas sometida se modifique a continuación de su precipitarse en el abismo crítico de las contradicciones lógicas, es una trágica ilusión idealista. Y es lo que de forma general sucede en estos tiempos de retroceso de las luchas y de las perspectivas de actuar.  

Nadie que no carezca de respeto hacia sí mismo, admitiría la función positiva del Estado. Por esto la deducción lógica de que si esta función no es positiva debe ser negativa, esto es que debe causar mal a algunos en beneficio de otros. Pero el Estado no es (solamente) la idea de Estado, es también la «cosa Estado», y esta «cosa», está constituida por el policía y por la comisaría de policía, por el ministro y por el ministerio, por el sacerdote y la iglesia (también por el palacio donde se desarrolla el culto de la estafa y la mentira), del banquero y de la banca, del especulador y de su despacho, y así hasta el soplón y su más o menos confortable apartamento de la periferia. El Estado es esta cosa articulada, o no es nada: una vana abstracción, un modelo teórico, absolutamente imposible de atacar y derrotar. Ciertamente el Estado está también dentro de nosotros y dentro de los otros. Por eso es también idea. Pero en su ser idea, está subordinado a los lugares físicos y a los cuerpos físicos que lo realizan. Un ataque a la idea del Estado (también a la que albergamos dentro de nosotros, a menudo sin darnos cuenta de ello), es posible sólo en el momento que estamos atacando físicamente y en sentido destructivo su materialización histórica, esto es, su ser ante nosotros en carne y hueso y en ladrillos y hormigón.

¿Pero cómo atacar? Las cosas son duras. Los hombres se defienden y se preparan. La elección de los medios de ataque es también víctima de un equívoco similar a lo que precede. Podemos atacar (es más, debemos) con las ideas contraponiendo crítica a crítica, lógica a lógica, análisis a análisis. Pero esto sería inútil ejercitación, si se hiciese de modo aislado, separado de una intervención directa sobre las cosas y los hombres del Estado (y del capital, se entiende) Por eso en correlación con lo dicho antes, no sólo ataque con las ideas, sino ataque con las armas. No veo otra vía de salida. Limitarse a un certamen ideológico contribuye a suministrar elementos al enemigo.

Por eso, profundización teórica paralela y contemporánea al ataque práctico.

Es precisamente en el ataque, que la teoría se modifica en la práctica y la práctica asume sus fundamentos teóricos. Limitándose a la teoría se queda en el campo del idealismo, típica filosofía burguesa que lleva centenares de años alimentando los enroques (jugadas) de la clase dominante y también el aislamiento de los exterminadores de derecha o de izquierda. No importa si alguna vez este idealismo se ha camuflado de materialismo (histórico), siempre se trataba del viejo idealismo fagocitador de hombres. Un materialismo libertario debe por fuerza superar la separación entre idea y hecho. Si se determina al enemigo es necesario golpearlo, y golpearlo de modo adecuado. No tan adecuado a las valoraciones óptimas de su destrucción, valoraciones hechas por el atacante, como a la situación general que constituye parte no desdeñable de las defensas y de la posibilidad de supervivencia y de incremento de la peligrosidad del enemigo. Si se le golpea es necesario hacerlo destruyendo una parte de su estructura, haciendo pues más difícil el funcionamiento del conjunto. Todo esto aisladamente considerado, corre el peligro de resultar poco significativo. Esto es, no logra convertirse en algo real. Para tener esta transformación se necesita que el ataque esté acompañado de una profundización crítica de las ideas del enemigo, las ideas que son parte de su acción opresiva y represiva. 

Pero este recíproco convertir la acción práctica en la acción teórica y de la teoría en la práctica, no puede suceder como algo artificialmente superpuesto. En el sentido, por poner un ejemplo, de quien realiza una acción y pone encima su bravo documento de reivindicación. Las ideas del enemigo, de este modo, no se critican ni se profundizan. Se cristalizan dentro del proceso ideológico y se hacen ver como contrapuestas fuertemente a las ideas del atacante,también ellas transformadas en algo fuertemente ideológico. Creo que pocas cosas me son tan odiosas como este modo de proceder. 

¿Pero existe otro quehacer?

El lugar de la conversión de la teoría en la práctica y viceversa es el lugar del proyecto. Es el proyecto en su conjunto articulado lo que hace significativa la acción práctica y la crítica de las ideas del enemigo. De ello deriva que el trabajo del revolucionario es esencialmente, la elaboración y la realización de un proyecto.

Pero antes de saber qué cosa puede acaso ser un proyecto revolucionario, se necesita ponerse de acuerdo sobre cuáles son las cosas que el revolucionario debe poseer para trabajar en la elaboración del proyecto.

Primero el coraje. No el banal del choque físico o del asalto a la trinchera enemiga, sino el más difícil, el de las propias ideas. Se piensa de una cierta forma y se tiene una cierta valoración de las cosas, de los hombres, del mundo, y de sus tareas debe tener el coraje de ir hasta el final y al fondo, sin compromisos, sin medias tintas, sin aparentar, sin ilusiones. Pararse a la mitad es delictivo o si se prefiere absolutamente normal. Pero el revolucionario no es un hombre «normal». Debe ir mas allá de la normalidad, pero también de la excepcionalidad que es el modo aristocrático de considerar la diversidad. Más allá del bien pero también del mal, diría alguno.

No puede esperar que otro haga lo que hay que hacer. No puede delegar en los otros lo que su conciencia le dicta hacer. No puede aceptar en paz que en otros sitios, otros hombres como él, agitados y deseosos de destruir lo que nos oprime, hagan las cosas que él mismo podría hacer, tan solo con quererlo, sólo con que saliese del sopor y de los embrollos, de la palabrería y de los equívocos.

Por eso debe trabajar y trabajar duro. Trabajar para suministrarse los medios necesarios con los cuales dar fundamento idóneo a sus propios convencimientos. Y aquí entra la segunda cosa: la constancia. La fuerza de continuar, de perseverar, de insistir, también, cuando los otros se descorazonan y todo parece difícil.

No hay posibilidad de procurarse los medios que se necesitan si no es con la constancia del trabajo. El revolucionario tiene necesidad de medios culturales, esto es, de análisis, de conocimiento de base, de ahondamientos institucionales. También de estudios que parecen lejanísimos de la práctica revolucionaria y que son indispensables para la acción. Las lenguas, la economía, la filosofía, las matemáticas, las ciencias naturales, la química, las ciencias sociales, etc. Todos estos conocimientos no pueden ser vistos como sectores de especialización, ni siquiera como ejercitación diletante de un espíritu estrafalario que pizca a derecha y a izquierda, deseoso de saber pero constantemente ignorante por no estar en posesión de un método que le permite aprender. Y luego las técnicas: el escribir correctamente (y también del modo idóneo, el fin que se quiere lograr), el hablar a los otros (con todas las técnicas del hablar que son cosa no fácil y de gran importancia); el estudiar (que es técnica y también estudiar en tanto y cuanto sirva para facilitar el aprendizaje y no como especialización en sí misma); el recordar (que puede mejorarse y no dejarlo a la disposición natural, más o menos, que llevamos dentro desde la infancia); el manipular (que muchos consideran una especie de misterioso don de la naturaleza pero que en cambio es técnica que se puede aprender y perfeccionar), y otras más.

La búsqueda de estos medios es trabajo constante que no termina nunca. Su perfeccionamiento como su extensión a campos diversos, es compromiso constante del revolucionario.

Queda luego la tercera: la creatividad. No hay duda que el conjunto de medios que se van construyendo no sería productivo y se quedaría en fin en sí mismo, si no se produjese enseguida o después de un cierto tiempo, experiencias nuevas, profundamente transformadoras del individuo, en las cuales se produzcan sin tregua, modificaciones en el conjunto de los medios mismos y en las posibilidades de su empleo. Es aquí donde se puede coger la fuerza de la creatividad, esto es, del fruto de los esfuerzos precedentes. Los procesos lógicos quedan detrás, se han vuelto hechos de fondo, elemento despreciable, mientras emerge un nuevo elemento, total y distinto: la intuición.

El problema ahora se ve distinto. Ya no es como antes. Innumerables enlaces y comparaciones, inferencias y deducciones, suceden sin que nosotros nos demos cuenta de ello. Todo el conjunto de medios de los que hemos entrado en posesión vibra y se hace vivo. Recuerdos y nuevas comprensiones, viejas cosas no comprendidas que ahora se ven claras, ideas y tensiones. Una mezcla increíble que es el mero hecho creativo y que debe ser inmediatamente sometido a la disciplina del método, al dominio de las técnicas, para que pueda producir algo limitado, si se quiere, pero inmediatamente perceptible y gozable. Desgraciadamente el destino de la creatividad es que su inmensa potencialidad explosiva inicial (la cual es poca cosa en ausencia de medios de fondo de los que hablábamos antes) debe sucesivamente ser reconducida al interior de los límites de la técnica en sentido estricto, debe hacerse palabra, página, figura, sueño, forma, objeto, en caso contrario fuera de los esquemas de esta prisión comunicativa, queda abandonada y dispersa, en el mar de la inconmensurabilidad.

Finalmente una última: la materialidad. Esto es, la capacidad de coger el fundamento material, real de lo que nos circunda. Por ejemplo la capacidad de comprender que para actuar se necesitan medios idóneos a la acción, no es algo simple. La tarea de los medios parece siempre mucho más clara pero causa siempre incomprensiones. Pongamos el caso del dinero. No hay duda que sin dinero no podemos hacer las cosas que queremos hacer. No hay duda que un revolucionario no puede pedir financiación al Estado para construir los proyectos directos para destruir el mismo Estado. No se puede pensar ni siquiera, que con pequeñas (y generalmente modestas) suscripciones personales se pueden hacer todas las cosas que se quieren hacer (y que se cree necesario hacer). No pueden ni siquiera continuar llorando al infinito sobre la falta de dinero o resignarse ante el hecho de que vista la falta de dinero algunas cosas que se deberían hacer no se puedan hacer. No puede ni siquiera asumir por mucho tiempo la posición de los que estando sin dinero se sienten perfectamente en regla con sí mismos, diciendo que otro haga lo que debería hacer él directamente. Cierto, claro está, que si un compañero no tiene dinero no tiene que pagar lo que puede no permitirse pagar ¿pero es verdad que ha hecho todo cuanto podía para procurarse el dinero? O bien existe un único modo de encontrar el dinero: ¿el de ir a mendigarlos a los patronos? Pienso que no.

En el arco de variaciones de un posible modo de ser, tendencias personales y adquisiciones culturales polarizandos comportamientos límite que son ambos limitados y polarizantes. Por un lado, los que privilegian el momento teórico; por otro los que se logran en el momento práctico. Casi nunca estas dos polarizaciones están en un «estado puro» pero a menudo están suficientemente caracterizadas para convertirse en obstáculos e impedimentos.

Las grandes posibilidades que la profundización teórica pone a disposición del revolucionario, quedan en letra muerta, es más se hacen elemento de contradicción y de obstáculo cuando son llevadas al infinito. Hay quien no sabe hacer otra cosa que pensar teóricamente la vida. No es necesario que sea un literato o un estudioso (para esta gente la cosa sería normal) sino que puede ser un proletario cualquiera, un marginado crecido en la calle y liado a puñetazos. Esta búsqueda de la hipótesis resolutiva a través de la sutileza del razonamiento, se transforma en un ansia disorgánica, un tumultuoso deseo de comprender, que se transforma en pura confusión, disminuyendo la primacía del cerebro que se quiere mantener a cualquier costo. Estas exasperaciones reducen la posibilidad crítica de poner orden en las propias ideas, extendiendo la posibilidad creativa del individuo pero solamente en estado puro, se podría decir en estado libre, suministrando imágenes y juicios absolutamente privados de un método organizativo que los pueda hacer utilizables. El sujeto vive, casi constantemente en una especie de «trance«, come mal, tiene una pésima relación con el cuerpo, vive mal la relación con los otros. Se vuelve fácilmente sospechoso, cuando no ansioso de ser «comprendido«, y por esto acumula cada vez más increíble confusión de razonamientos contradictorios, sin ser capaz de encontrar un hilo conductor. La solución, para salir del laberinto, sería la acción. Pero ésta para ser tal, según este modelo de polarización que estamos examinando debe antes ser sometida al dominio del cerebro, de la «lógica« del razonamiento. De este modo, la acción está muerta o reenviada, o vivida mal por no ser «comprendida», porque no es reconducida al primado del pensamiento.

Por otro lado, la constancia del hacer, el desempeño de la propia vida en las cosas a llevar a término. Hoy, mañana, día tras día. Quizá en la espera de un día particular que ponga fin a este reenvío hacia adelante, al infinito. Pero mientras tanto, ninguna, o casi ninguna, búsqueda de un momento de reflexión que no sea exclusivamente referente a las cosas por hacer. El primado de quitar la vida como el primado del pensar. En la acción por sí misma no está la superación del momento contradictorio del individuo. Para el revolucionario las cosas están todavía peor. Los acompañamientos clásicos, que el individuo desarrolla para convencerse a sí mismo, respecto a la utilidad y a la totalidad de la acción que quiere hacer, no bastan para el revolucionario. El único expediente al que puede recurrir es el reenvío hacia adelante, a un tiempo mejor, cuando no sea necesario dedicarse «exclusivamente» al hacer y se pueda también pensar. ¿Pero cómo se podría pensar sin los medios para poderlo hacer? ¿Tal vez porque el pensamiento sea una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de actuar? No ciertamente. Del mismo modo que el hacer no es una actividad autónoma del hombre cuando éste deja de pensar.

Poseídas pues algunas cosas, el coraje, la constancia, la creatividad, la materialidad, el revolucionario puede sacar fruto a los medios de los que está en posesión y, con ésta construir su proyecto.

Y éste deberá mirar los aspectos analíticos y los aspectos prácticos. De nuevo, se representa una división que para poder ser eliminada debe profundizarse en su más íntima inconsistencia, esto es, en su real dimensión de lugar común de la lógica dominante. Un proyecto es análisis (político, social, económico, filosófico, etc.), pero es también propuesta organizativa (técnica, psicológica).

Ningún proyecto puede ser sólo lo uno o lo otro de estos aspectos. Cada análisis recibe una diversa angulación y un diferente desarrollo si se introduce en una propuesta organizativa antes que en otra. Y viceversa, una propuesta organizativa está fundada sólo si es asistida de un análisis idóneo. El revolucionario que no esté en condiciones de dirigir el análisis y el elemento organizativo de su proyecto, estará siempre a merced de los eventos, llegando constantemente tarde a las cosas, nunca antes.

El fin del proyecto es en efecto el de ver para preparar. El proyecto es una prótesis, como cualquier otra elaboración intelectual del hombre, para permitir la acción, para hacerla posible, para no reducirla a la nada en el debate inútil de la improvisación. Pero no es «causa« de la acción, no tiene ningún elemento de justificación en este sentido. El proyecto, si se entiende correctamente, es acción en sí mismo, mientras la acción es proyecto en sí misma en tanto la acreciente, la enriquezca y la transforme.

No comprender estas fundamentales premisas del trabajo revolucionario, causa, a menudo, confusiones y frustraciones. Muchos compañeros, que se quedan ligados a las intervenciones que podemos definir reflejas, sufren a menudo contragolpes que son similares a las desmotivaciones, a los descorazonamientos. Un hecho externo (la represión muy a menudo) determina el estímulo a una intervención. Cuando el hecho se detiene o se logra, la intervención no tiene más razón de existir. De aquí la constatación (frustrante) que ha obligado a volver al punto de antes. Se tiene la impresión de querer excavar la montaña con un cuchillo. La gente no recuerda, olvida pronto. La agregación no sucede. Casi siempre se es pocos. Casi siempre los únicos. Hasta el advenimiento del próximo estímulo externo, la cercanía del compañero que sólo actúa «reflexionando», sobreviviendo, yendo a menudo del rechazo radical al cierre en sí mismo, del mutismo desganado a las fantasías de destrucción del mundo (seres humanos incluidos).

Muchos otros compañeros están ligados a las intervenciones que podemos decir de rutina, esto es, los ligados a los recursos literarios (periódicos, libros, revistas) o asamblearios (congresos, reuniones, debates, asambleas). También aquí la tragedia humana no tarda en hacer su aparición. La mayoría de las veces no se trata tanto de la frustración personal (que también está y se ve), como de la transformación del compañero en burócrata congresual o en redactor de folios más o menos legibles que trata de esconder su propia inconsistencia propositiva yendo detrás de los acontecimientos cotidianos para explicarlos a la luz crítica del propio punto de vista. Como se ve la tragedia es siempre la misma.

El Proyecto, pues, es necesariamente propositivo. No puede más que tomar la iniciativa. Sobre todo, iniciativa de tipo operativo: las cosas a hacer vistas de un determinado modo. Luego en segundo lugar, iniciativa de tipo organizativo: cómo hacer estas cosas.

Muchos no se dan cuenta que las cosas a hacer (contraposición de clase) no están codificadas de una vez para siempre, sino que asumen en el tiempo y en el discurrir de las relaciones sociales, significados diversos. Esto conlleva la necesidad de valoraciones teóricas de las cosas a hacer. El hecho que algunas de estas cosas permanezcan por más tiempo como si fueran inmóviles, no significa que sean inmóviles. Por ejemplo, que haya una necesidad de organizarse para golpear al enemigo de clase, conlleva por sí misma, en cuanto a necesidad, una permanencia en el tiempo. Medios y formas organizativas tienden a cristalizarse. Y bajo ciertos aspectos, está bien que sea así. No es necesario reinventar todo cada vez que se organiza, quizás después de haber sufrido los golpes de la represión. Pero esto no quiere decir que esta reanudación deba por fuerza representar las características de la repetitividad absoluta. Los modelos precedentes pueden ser sometidos a crítica, aunque, en el fondo, resulten válidos y por eso puedan constituir un punto de partida no desdeñable. En esta materia nos sentimos a menudo bajo el ojo de las críticas, también desinformadas y preconcebidas y se quiere evitar, a toda costa, la sensación de «irreductibles» que suena así como valoración positiva, pero contiene también un elemento notable de denuncia de la incapacidad de comprender el desarrollo de las condiciones sociales en su conjunto.

Por eso, la posibilidad de utilización de viejos modelos organizativos aunque sometidos a crítica radical. Pero cuál podrá ser esta crítica. Principalmente una: denuncia de la inutilidad y de la peligrosidad de estructuras centralizadas y organigramas; denuncia de la mentalidad de delegación; denuncia del mito cuantitativo; denuncia del mito simbólico y de lo grandioso; denuncia de la utilización de los grandes medios de información, etc. Como se ve, se trata de críticas que hacen ver el otro aspecto del cielo revolucionario, el aspecto anárquico y libertario. Negar las estructuras centralizadas, los organigramas dirigistas, la delegación, lo cuantitativo, lo simbólico, el entrismo informativo, etc., significa entrar de lleno en la metodología anarquista. Y una propositividad anárquica necesita de algunas consideraciones preliminares.

Aparentemente, y en los inicios, especialmente para quien no está convencido de la necesidad y de la validez de este método, puede parecer, (y bajo ciertos aspectos es) menos eficaz. Los resultados son más modestos, menos evidentes, tienen todo el aspecto de la dispersión y de la no reconducción a un proyecto unitario. Son resultados pulverizantes y difusos, esto es, derivan de objetivos mínimos que no parecen ser enseguida reconducibles a un enemigo central, al menos por como aparecen en las iconografías descriptivas redactadas por el poder mismo. Muchas veces al poder le interesa hacer ver las ramificaciones periféricas de sí mismo y de las estructuras que lo rigen bajo aspectos positivos, como si estas ramificaciones absorbieran exclusivamente funciones sociales indispensables a la vida. Esconde en cambio muy bien y muy fácilmente, vista nuestra incapacidad de denunciar las conexiones, la relación que hay entre estas estructuras periféricas y la represión o la reunión del consenso, de aquí la notable tarea que espera al revolucionario, el cual golpeando, tiene también que esperarse una no inicial comprensión de sus acciones, de donde surge la consiguiente necesidad de «aclaraciones». Es aquí donde se coloca una ulterior trampa. Traducir estas aclaraciones en términos ideológicos significa representar, en la difusión y en lo periférico, los términos exactos de la concentración y de la centralidad. El método anarquista no puede nunca desplegarse a través de un filtro ideológico. Cuando esto ha sucedido se ha yuxtapuesto nuestro método a prácticas y a proyectos que bien poco de libertario poseían. 

Desde la denuncia de la delegación como práctica (de la teoría), además de autoritaria (este segundo aspecto podría sonar menos comprensible a compañeros no anarquistas desde siempre), lleva a la profundización de procesos agregativos. Esto es a la posibilidad de construir una agregación indirecta, una forma de referencia organizativa que no esté ligada a bases de organigramas. Grupos separados, unidos por la metodología, no por relaciones jerárquicas. Objetivos comunes, elecciones comunes, pero indirectas, todo ello querido a través de la objetividad de las elecciones comunes de los fines comunes. Cada uno hace sus propias cosas y no siente la necesidad de proponer relaciones de agregación directas que antes o después acaba por construir organigramas jerárquicos (aunque horizontales, en cuanto que se pretende quedar dentro del método anarquista) y que tienen como buen resultado el de ser destruibles cada vez que se levanta el viento represivo. Es el mito de lo cuantitativo que debe caer. El mito del número que «impresiona» al enemigo, el mito de las «fuerzas» a bajara la calle, el mito del «ejército de liberación» y otros asuntos del género. 

Así, sin quererlo casi, las viejas cosas se transforman en nuevas. Los modelos del pasado objetivos y prácticos, se revolucionan en el interior. Emerge a primer plano, sin sombra de duda, la definitiva crisis del método «político«Cada pretensión de representar modelos ideológicos para imponer a las prácticas subversivas, pensamos está definitivamente fuera de lugar.

Bajo otros aspectos y hechas las debidas proporciones, es todo el mundo en su conjunto el que está rechazando el modelo político. La crisis de la política es asunto de cada día. Las estructuras políticas tradicionales, con sus connotaciones «fuertes« son o están rechazadas. Los partidos de la izquierda se uniformizan a los de centro y los partidos de la derecha se aprietan hacia el centro siempre para no quedar aislados. Las democracias del oeste se acercan a las dictaduras del este. Este hundimiento de las estructuras políticas corresponde a una profunda modificación de las estructuras económicas y sociales. Nuevas necesidades emergen para los que deben pensar en la gestión de las potencialidades subversivas de las grandes masas. Los mitos del pasado, también el de la «lucha de clases controlada« han acabado. Las grandes masas de explotados han sido absorbidas en mecanismos que se chocan con las ideologías políticas, puras pero superficiales del ayer. He aquí el porqué los partidos de izquierda se están acercando a posiciones de centro, lo que en sustancia corresponde a un anulamiento de las discriminaciones políticas y a una posible gestión propiamente del consenso, si no acaso desde el punto de vista administrativo. Son las cosas a hacer, los programas a breve plazo, la gestión de lo público, lo que focaliza las discriminaciones. Los proyectos políticos ideales, (y pues ideológicos) están decaídos. Ninguno (o casi) está disponible para luchar por una sociedad comunista, pero pueden de nuevo otra vez ser sometidos a estructuras que pretenden salvaguardar sus intereses inmediatos, por esto, la creciente importancia de las luchas y de las formaciones políticas municipales en las confrontaciones de las estructuras políticas grandes, parlamentos nacionales y supranacionales.

La decadencia de lo político no es por sí mismo, a estos niveles, elemento que pueda hacer pensar en un giro «anarquista» en la sociedad civil, la cual, toma conciencia de su propia primariedad, contraponiéndose a los intentos de gestión política indirecta. Nada de esto. Se trata de modificaciones profundas en la estructura moderna del capital, que se uniformiza también a nivel internacional, precisamente por la cada vez mayor interdependencia hoy existente en las diversas realidades periféricas. Estas modificaciones determinan, a su vez, la imposibilidad de un control consensual a través de los mitos políticos del pasado y el paso a métodos de control más adecuados a los tiempos. La oferta de las mejores condiciones de vida en breve plazo: logro más elevado de las necesidades primarias en el este, trabajo para todos, en el oeste, éstos son los términos del nuevo curso.

De todas formas, por extraño que pueda parecer, la crisis de lo político en cuanto fenómeno generalizado, comportará necesariamente una crisis de las relaciones jerárquicas, de delegación, etc., esto es, de todas las relaciones que tienden a dislocar en la dimensión mítica lo que son los términos reales de la contraposición de clase. Esto no podrá quedar durante largo tiempo sin consecuencias también sobre la capacidad de mucha gente de comprender que la lucha no puede pasar ya a través de los mitos de la política, sino que debe entrar en la dimensión concreta de la destrucción inmediata del enemigo.

Están también aquellos que no queriendo comprender, en sustancia cuál debe ser el trabajo revolucionario, propugnan ante las modificaciones sociales vistas antes, métodos de contraposición suave, los cuales pretenderían obstaculizar el dialogo del nuevo dominio con la resistencia pasiva, la «deslegitimación» del poder. Se trata en mi parecer de un equívoco basado en el hecho de cómo se piensa en el poder moderno. Y se piensa así precisamente porque es más permisivo y más ampliamente basado en el consenso, menos «fuerte» que el del pasado (basado sobre la jerarquía y la centralización absoluta). Es un error como otro y deriva del hecho de que dentro de cada uno de nosotros quedan los residuos de un paralelo: poder fuerza, que las modernas estructuras dominantes están desmontando parte por parte. Un poder débil pero eficiente es tal vez peor que el poder fuerte pero grosero. El primero penetra en los tejidos psicológicos de la sociedad, hasta dentro del individuo, implicándolo, el segundo es externo, tiene la voz gruesa, muerde, pero en el fondo construye sólo muros de prisiones que antes o después se pueden escalar. 

La multiplicidad de los aspectos del proyecto confiere al trabajo del revolucionario una perspectiva también múltiple.

Ningún campo de posible actividad puede ser excluido a priori. No pueden por el mismo motivo, existir campos de intervención privilegiados, tampoco «congeniales» al individuo. Conozco compañeros que no se sienten «atraídos» por algunos sectores de intervención —pongamos la lucha de liberación nacional—. Las objeciones que marcan el rechazo a un cierto campo de intervención son de lo más vario, pero se reconducen todas a la idea (errada) que cada uno debe hacer las cosas que le reporten la máxima satisfacción posible. Esta idea está errada, no porque no sea justo que uno de los alicientes debe ser la alegría y la satisfacción personal, sino porque la búsqueda de esta motivación individual puede ser preclusiva de otra búsqueda más amplia y significativa, la que se funda sobre la totalidad de la intervención. Partir de preconceptos en lo que atañe a determinadas prácticas o teorías significa atrincherarse —exclusivamente por «miedo»— detrás del hecho, casi siempre ilusorio de que las prácticas y las teorías no nos «gustan». Pero todo rechazo del preconcepto está siempre fundado sobre el escaso conocimiento de lo que se rechaza, sobre la escasa o nula posibilidad de acercarse a la cosa que se rechaza. La satisfacción y la alegría de hoy son así elegidas como fin definitivo, en su inmediatez ellas cierran las perspectivas del mañana, nos volvemos así, a menudo sin quererlo, miedosos y dogmáticos rencorosos hacia los que en cambio logran superar estos obstáculos, sospechosos hacia todos, descontentos, infelices. 

El único límite aceptable es el de nuestras (limitadas) posibilidades. Pero también este límite puede ser individualizado siempre en el hecho concreto y no sospechado, como existente a priori. Yo siempre he partido de la hipótesis (evidentemente fantástica, pero operativamente real) de no tener límites, de tener posibilidades y capacidades inmensas.

Luego, la práctica de cada día se ha encargado de indicarme los límites objetivos, míos y de las cosas que he ido haciendo, pero estos límites a priori no me han detenido nunca, no han emergido como ineluctables obstáculos a posteriori. Ninguna empresa por cuan increíble o gigantesca me ha bloqueado antes de comenzarla. Sólo después en el curso de las prácticas relativas a ella, la modestia de mis medios y de mi capacidad ha emergido, pero aún con su insuperable presencia no me ha podido impedir obtener resultados parciales que luego son las cosas humanamente alcanzables.

Pero también esto es un problema de «mentalidad», esto es, del modo de ver las cosas. A menudo se está demasiado ligado a lo inmediatamente perceptible, al realismo «socialista« del barrio, de la ciudad, de la nación, etc. Se es internacionalista en palabrería, pero en los hechos concretos, se prefiere lo que es más conocido. De este modo nos encerramos hacia lo externo y hacia lo interno. Se rechazan las relaciones internacionales reales, que son relaciones de comprensión recíproca, de superación de las barreras (también lingüísticas) de colaboración y de mutuo cambio. Pero se rechazan también las relaciones específicas locales, con sus características, sus contradicciones internas, sus mitos y sus dificultades. El hecho cómico es que los primeros se rechazan en nombre de los segundos, y los segundos en nombre de los primeros.

Lo mismo respecto a las actividades específicas, preparatorias, encaminadas a la reunión de los medios revolucionarios. También aquí la delegación en otros compañeros es un hecho que a menudo, se decide a priori. Se basa sobre rémoras y miedos que, bien profundizados no tienen mucho que decir. El profesionalismo que en otras partes se abandera, no encuentra lugar en la metodología anarquista, pero ni siquiera el rechazo a priori, o el cierre preconcebido. Lo mismo para cuanto sucede en relación al deseo de la experiencia fin en sí misma, de la urgencia del «hacer», de la satisfacción personal, de las «emociones». Los dos extremos se tocan y se complementan en la cercanía.

El proyecto barre estos problemas porque logra ver las cosas en su globalidad. Por el mismo motivo el trabajo revolucionario está necesariamente ligado al proyecto, se identifica con este, no puede limitarse a aspectos parciales. Por su parte, un proyecto parcial no es un proyecto revolucionario, puede ser un óptimo proyecto de trabajo, puede llegar a comprometer a compañeros y recursos aún por largos períodos de tiempo, pero antes o después acaba por ser penalizado frente a la realidad del combate de clase.

Radix

Desmitificación de la policía

Yelin (@JYelin_)

“Están para protegernos”, “son necesarios para que nadie se pase de la raya”, “velan por nuestra seguridad”, “sin ellos, todo sería un caos”. Estas son algunas de las frases que escucharíamos si preguntásemos sobre la policía a determinadas personas en nuestra sociedad. “No tienen la culpa, solo obedecen órdenes”, “solo hacen su trabajo”, “también, tienen una familia y tienen que mantenerla de alguna forma”, “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Estas otras recibiríamos también de otras tantas que intentan justificar sus actos represivos. Si nos damos cuenta, vemos que las anteriores respuestas no son más que la reproducción de la ideología dominante, la cual el proletariado ha ido asimilando: esa ideología que utilizan los cuerpos represivos del Estado para asegurar su propia existencia y funcionamiento, ayudado por los Aparatos Ideológicos del Estado como los medios masivos de información o la cultura que le dan una buena imagen de cara a la sociedad. Así por ejemplo, vemos constantemente películas o series de televisión donde se nos presenta a la policía como el bien que lucha contra el mal. Podemos plantearnos una cuestión: ¿para qué sirve la policía?

La policía, también llamadas fuerzas de seguridad o fuerzas del orden, es aquel cuerpo que se encarga de velar por la seguridad de la ciudadanía. O eso nos cuentan. Así, necesariamente tiene que existir una amenaza para que se cumpla esta afirmación. Directamente, nos lleva a pensar que esa amenaza la representan aquellas personas que cometen crímenes (robos, asesinatos…), las marginadas sociales o las inmigrantes. Sin embargo, poca gente es consciente de que la gran mayoría de estas personas son producto del sistema capitalista (o del patriarcado, en caso de la violencia machista): la existencia de la propiedad privada de los medios de producción que provoca la desigual distribución de la riqueza, y empuja a las peor situadas socialmente a cometer crímenes para su propia subsistencia; crímenes que son causados generalmente por las condiciones sociales, políticas y económicas. Por ejemplo, si una persona que durante toda su vida ha sido pobre ve cómo la sociedad trata a otra que pertenece a una familia adinerada, con admiración y respeto, no podrá evitar compararlo con su situación, que es tratada con desprecio. No será de extrañar que esta persona quiera ser como la otra, e intentará por todos los medios conseguirlo, a través del engaño y la mentira y cometiendo algún crimen de vez en cuando. Con esta función podríamos plantearnos una paradoja: si la policía está para combatir los crímenes, pero estas continúan existiendo mientras el sistema que los produce sigue vigente, ¿significa esto que no son eficaces? ¿No sería mejor buscar una alternativa y eliminar el problema de raíz? Y si se diera el hipotético (e improbable) caso de que los crímenes se erradicaran en el capitalismo, ¿para qué seguir manteniendo a la policía? Por tanto, vemos que la policía, en vez de velar por la seguridad de la ciudadanía, perpetúa los crímenes ya que vive de ellos, con la ayuda de las prisiones, que hablaremos de ellos más adelante.

La policía es aquella institución del Estado que se encarga de mantener el orden público. O eso nos dicen. Con esta afirmación, nos hacen creer que, sin policía, viviríamos en una sociedad de constantes altercados, disturbios y violencia generalizada, en definitiva, en un caos. Pero deberíamos detenernos en el concepto de “orden público”. El orden público es el estado legal en el que todas las sociedades deberían estar para su normal funcionamiento y desarrollo, y conservar así su orden social. El orden social, por su parte, es la estructura social, con sus jerarquías, normas e instituciones socialmente aceptadas. Por tanto, mantener el orden público implica mantener el orden social, ese orden social que en la actual sociedad capitalista es la propiedad privada de los medios de producción, valores como el individualismo o la competencia, o la posición privilegiada de la burguesía respecto al resto de la población, que se reproducen y se materializan en el hambre que pasa la gran mayoría de las habitantes del planeta, las guerras imperialistas, los cientos de desahucios diarios en el Estado español, la corrupción política, el desigual reparto de la riqueza, las numerosas asesinadas por violencia machista, las redadas racistas, la dura represión que provoca heridas e incluso muertas, las detenciones por motivos políticos, y así un largo etcétera. Por tanto, sí es verdad que mantienen el orden público, pero nos ocultan todo lo que conlleva mantener ese orden público que acabamos de explicar. Aun así, se puede plantear otra contradicción: si la policía está para impedir disturbios, ¿por qué en las manifestaciones sin apenas policía siempre son tranquilas, mientras que en las que hay un gran despliegue policial es más probable que se sucedan? Cualquiera que deje su inmovilismo de lado, puede comprobar que esto es cierto.

Para llevar a cabo las anteriores funciones, tienen a su disposición un arsenal de armas e instrumentos que para una persona cualquiera está prohibida su posesión. Y a partir de esto, llegamos a su principal labor: la represión mediante la fuerza. Para la clase dominante, siempre es preferible gobernar mediante la ideología, pero si esta falla, echa mano de la fuerza para seguir conservando sus privilegios. Y ahí están la policía, el Ejército o las prisiones para defender a la burguesía. No es casualidad que en tiempos de crisis económica y descontento social, la represión policial se ve aumentada. ¿No es la policía quien acalla las voces de las manifestantes con sus porras y pelotas de goma? ¿No es la policía quien tortura en comisarías a las detenidas? ¿No es la policía la encargada de ejecutar los desalojos de los centros sociales y los desahucios que dejan a numerosas familias en la calle sin alternativa habitacional? Es aquí donde se aplican esas justificaciones de acciones policiales que mencionamos al principio del texto. Justificaciones que se quedan en nada si nos paramos a analizarlas. No, no sirve la excusa de que “obedecen órdenes”, porque como se demostró el pasado 22M, la policía también muestra inconformidad respecto a mandatos manifestándose en contra de ello, y aun así, sigue ejecutando desahucios y apalizando a jóvenes, adultas e incluso ancianas, y a veces, hasta disfrutan de ello. No, tampoco vale el pretexto de que “solo hacen su trabajo” o que “tienen familia y necesitan mantenerla”. Cada persona es consciente del trabajo que realiza y responsable de las acciones que lleva a cabo, y todo el mundo pertenece a una familia. Existen muchas otras profesiones y nadie obliga a nadie ser policía. Y tampoco sirve aquello de que “no todos son responsables de lo que hacen algunos”. Si bien es cierto que hay agentes que no han participado nunca en un desahucio o agredido a nadie, sus compañeros sí, lo que los convierte en cómplices ya que no posicionarse en casos injustos implica posicionarse en contra de la víctima. ¿Alguien ha visto alguna vez a agentes policiales recriminar a un compañero suyo por agredir a otra persona?
Esta función es la que caracteriza a la policía, una institución que está formada por personas del pueblo, de la clase obrera, que a cambio de un sueldo pagado por el propio pueblo, mantiene el statu quo de la clase dominante y defiende sus privilegios. Si hay una reivindicación en contra del actual sistema, ahí está la policía para reprimir; si hay centros sociales libres y autogestionados u ocupaciones de edificios vacíos para realojar a personas sin techo, ahí está la policía para desalojarlos; si hay comentarios en redes sociales que cuestionan el sistema establecido, ahí esta la policía efectuando detenciones para amedrentar. Vemos por tanto, que la policía de por sí es un aparato represor.

Bien es cierto que hay otras funciones que desempeña la policía que nada se les puede achacar. Es el caso de la intervención en desastres naturales o en accidentes, o la regulación del tráfico que ejercen las agentes de movilidad. Sin embargo, estas funciones no son inherentes al cuerpo policial, algo que solamente ellas puedan hacer. En el primer caso, hay otros órganos como los bomberos o los servicios sanitarios que intervienen en dichos sucesos, además de numerosas voluntarias entre la población que ponen en práctica su solidaridad con las víctimas y afectadas, haciendo que la labor policial no sume ni reste, y por tanto, sea innecesaria su presencia. En el segundo caso, su actividad puede ser reemplazada perfectamente por personas que tengan la voluntad y deseen ejercer dicho cargo, recibiendo anteriormente un curso de formación: no es necesario que sea la policía quien regule el tráfico.

Tras visibilizar estas funciones y actuaciones policiales, no es de extrañar que personas defensoras de esta institución vuelvan a reproducir la ideología dominante. “Tienes demasiado odio”, “normal que hagan lo que hagan si la gente va provocando”, si tanto odias a la policía, no denuncies cuando te roben”. Éstas suelen ser las frases más repetidas. Hay que tener claro que el odio a la policía no es gratuito, sino consecuencia de todas sus agresiones, manipulaciones, criminalizaciones, etc. Tampoco es malo, ya que su violencia es institucional y amparada por el Estado y las leyes capitalistas, así como tampoco es malo odiar al hombre que acosa y agrede mujeres o al blanco que discrimina por motivos étnicos: odiar a quien oprime no es malo. La supuesta provocación tampoco es excusa para justificar sus actuaciones, ya que los insultos, amenazas y desprecio hacia la policía es consecuencia de la rabia producida por la violencia institucional del sistema y el Estado (paro, recortes, desahucios, agresiones policiales…). Además, están perfectamente preparados para soportar este tipo de situaciones. Por otro lado, ya hemos mencionado que también desempeñan otras funciones no represivas: es el caso de las denuncias. Hay que tener en cuenta que estas funciones sirven como lavado de cara, para mejorar su imagen y reforzar esa idea que nos transmiten de que la policía es la defensora del pueblo. Si nos dicen que velan la seguridad de la ciudadanía y combaten los crímenes, necesariamente van a tener que ofrecer a las víctimas esa posibilidad de denunciar para que sea creíble. Las denuncias, por su parte, existen porque hay crímenes, la mayoría de los cuales son, como hemos explicado anteriormente, causados por la desigualdad social provocada por la propiedad privada, es decir, mientras esta propiedad siga existiendo, seguirá habiendo crímenes y, por tanto, denuncias. Sin embargo, ya hemos mencionado que no se odia a la policía por estas funciones que tienen como fin dar una buena imagen, sino por su actividad represiva y defensora de los intereses de la clase dominante, y por tanto, no existe esa supuesta hipocresía en la persona que odia a la policía y decide presentar una denuncia.

Mención aparte merece la policía en otros tipos de sociedad distintas al capitalismo actual, como es el socialismo de Estado (o capitalismo de Estado) de la antigua URSS, y veremos que su función tampoco se aleja mucho. Según la teoría de Lenin (Marx nunca se refirió a la dictadura del proletariado como un Estado obrero, y el propio Engels se la atribuía a la Comuna de París), el proletariado organizado en la vanguardia, el Partido Comunista, dirigirá la revolución social que “destruirá” el Estado burgués y “construirá” un “Estado proletario” con el que ejercerá la “dictadura del proletariado” necesaria para alcanzar la sociedad sin clases, el comunismo. En esta etapa previa, los medios de producción pasarán a ser propiedad del Estado, que organizará la nueva sociedad y que en teoría se irá extinguiéndose gradualmente hasta su completa desaparición. Sin embargo, la heterogeneidad de la clase proletaria, con sus divisiones de intereses entre unas capas y otras, nos lleva a pensar que las categorías obreras mejor desarrolladas y organizadas formarán parte de esa vanguardia y serán quienes se apropien del Estado, y que podrían constituir la futura clase dominante. Por otra parte, es obvio que las revoluciones son periodos de desorden generalizado y que es necesario establecer un orden para que la vida sea posible; será el Estado quien establezca ese orden que, sin embargo, es ficticio e impuesto desde arriba (frente al orden surgido por la iniciativa popular que proponemos las anarquistas), y por tanto, no se adecuará a las necesidades del pueblo. Al ser un orden impuesto, se necesitará algún órgano para su mantenimiento: cuál mejor que la policía, que además, defenderá los intereses de la burocracia dominante. La represión seguirá siendo su función principal, y entre sus víctimas se encontrarán, aparte de burgueses, marxistas no leninistas, anarquistas y todas aquellas personas consideradas por el Estado “enemigos de la revolución”. La gran represión desatada por el asesinato de Sergéi Kirov, donde se eliminaron hasta a integrantes del Partido Comunista como Kámenev o Zinóviev (que se enfrentaron contra Stalin por el control del Partido), con especial protagonismo de la NKVD; o la campaña de arrestos llevada a cabo por la Cheka tras la fracasada insurrección de los marinos de Kronstadt en 1921, son ejemplos de la actividad represiva de la policía en un sistema distinto del capitalismo actual.

Por último, cabe destacar que también existe una estrecha relación entre la policía, las leyes y las prisiones. El sistema capitalista necesita un gobierno que cree unas leyes que legalicen la explotación del proletariado por parte de la burguesía y su apropiación de lo producido por la clase trabajadora, y que les proteja de cualquier amenaza que pongan en peligro sus privilegios. Leyes que vamos interiorizando desde pequeñas relacionándolo con la justicia, a través de la educación que recibimos y los valores morales que nos van transmitiendo. Un ejemplo de estas leyes puede ser la inviolabilidad de la propiedad privada. Ahora bien, si alguien se da cuenta de que no siempre las leyes son justas, que existen leyes injustas, y se las salta o simplemente protesta contra ellas, aparece en escena la policía para reprimir y realizar algunas detenciones. Esas personas detenidas tendrán que pasar por un juicio, donde se decidirá si es culpable o no de lo que se les acusa. Esta decisión se hará en base a las leyes capitalistas, esas que defienden los privilegios de la clase dominante, y si finalmente la acusada es declarada culpable, se recurrirá al castigo, ya sea económicamente o con el ingreso en prisión. Nos podemos preguntar cuáles son los objetivos de las cárceles. Las prisiones son instalaciones en los cuales se pretende aislar a los individuos peligrosos de la sociedad y reeducarlos para su posterior reinserción. O una vez más, eso nos dicen. El hecho de aislar a una persona con el objetivo de su reinserción social resulta paradójico. El aislamiento a un ser humano es una forma de maltrato psicológico, que favorece el desarrollo de trastornos mentales y que provoca la supresión de sus derechos y libertades. Si tenemos en cuenta también las torturas y los maltratos físicos a las que se ven sometidas muchas presas casi diariamente, deducimos que las cárceles son centros en los que no hay ninguna disposición de reeducar a las presas, sino que más bien las anulan como personas y, por tanto, nos daremos cuenta de que las prisiones, en realidad, dificultan esa reinserción social que en teoría se pretende. Además, la existencia de estas instalaciones disuaden al pueblo de cometer actos contrarios a la ley, intentando asegurar así una población obediente y sumisa. ¿Cuántas veces nos habrán dicho “no hagas tal cosa que si no te meterán en la cárcel”? También se encarcelan a las personas por motivos políticos, gente que se muestra contrario al sistema político y económico, acallándolas y evitando que se extienda una posible oposición. Podemos concluir lo siguiente: el capitalismo necesita crímenes que él mismo produce para mantenerse, y que son perpetuados por la policía y el sistema penitenciario. Así, vemos que es imposible erradicar el crimen dentro de la sociedad capitalista. Alternativas hay, que pasan por el cambio de sistema económico, la socialización y autogestión de los medios de producción, y la práctica de valores como el apoyo mutuo que sí permitirían a aquellas personas que comentan actos antisociales (que quedarían reducidas a las que tienen alguna enfermedad mental que anulan parcial o totalmente su capacidad de decisión) ser reeducadas y reinsertadas en la sociedad.

No podemos terminar el artículo sin mencionar a Miguel e Isma, dos jóvenes en prisión provisional sin juicio ni pruebas desde el pasado 22M acusados de cometer distintos delitos en las cargas policiales de aquel día; a Noelia Cotelo, presa anarquista que ingresó hace 5 años en prisión por motivos no políticos con una condena de dos años y medio, que ha sufrido humillaciones, vejaciones y violaciones por parte de los carceleros, y que por no mantenerse callada ante los abusos le han caído otras nuevas condenas que han ampliado su estancia; a las prisioneras de los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) cuyo único delito es proceder de un país distinto y no tener papeles; a las asesinadas por la policía mientras estaban detenidas como el caso de Yassir El Younoussi el pasado 31 de julio de 2013 en la comisaría de Tarragona; a todas las presas políticas y presas comunes que ahora mismo están sufriendo la brutalidad del sistema penitenciario; a todas las desahuciadas por esos policías del “solo estoy cumpliendo órdenes”; a todas las que han resultado heridas, o simplemente golpeadas, a causa de la brutalidad policial mientras defendían derechos básicos de las personas o protestaban por mejores condiciones de vida; a todas aquellas que han resultado víctimas de manipulaciones y engaños policiales que tenían como objetivo amedrentar y limitar su actividad política; a todas esas personas que diariamente son identificadas por la policía solamente por tener una tonalidad de piel más oscura; a todas esas periodistas independientes agredidas en manifestaciones solo por querer mostrar una realidad distinta a la que nos tienen acostumbradas los medios de comunicación que solo informan acorde a los intereses de sus dueños; a las personas que tratan de cruzar la frontera de Melilla escapando de la miseria de sus países de origen saqueados por las potencias capitalistas y son brutalmente rechazadas por la Policía Nacional o la Guardia Civil, llevándose como recuerdo profundas y desgarrantes heridas causadas por las cuchillas de la valla; a Patricia Heras, que se suicidó después de ser acusada, junto con otras personas, sin pruebas y después de manipulaciones el 4 de febrero de 2006 de haber dejado en coma a un policía de una pedrada que nunca existió; a esas personas a las que la policía ha dejado daños irreversibles como el ojo perdido de Esther Quintana, la visión perdida de un chaval y el testículo reventado de otro el 22M, o el asesinato de Íñigo Cabacas después de un partido de fútbol; y un largo etcétera. Ejemplos hay muchos, y en la inmensa mayoría de los casos vemos cómo la policía actúa con total impunidad. Queda claro cuáles son las funciones de la policía, a quiénes protegen y sirven, y que son responsables de lo que hacen en todo momento. Concluimos por tanto que la policía es innecesaria para la población, pero imprescindible para una élite dominante en el mantenimiento de sus privilegios. Hasta Lisa Simpson lo sabe.

Contra los mesías del proletariado

Anónimx

Parece ser verdad que el anarquismo está en una tendencia ascendente en estos tiempos. Incluso podemos ver cómo, además de los anarquismos más clásicos, también surgen otros neoanarquismos y postanarquismos. Es más, si somos capaces de analizar mínimamente todas las luchas y movimientos sociales de los últimos años, parece que todas tienen en común, a grandes rasgos, Internet y una sensibilidad libertaria.

Como es de esperar, al temer que las ideas libertarias tomen fuerza, hay quien tiene la necesidad urgente de atacar dichas ideas. Primero ha sido la policía, con todos esos supuestos casos de (intentos de) terrorismo. Ya vimos el supuesto material peligroso que incautaron los mossos. El primer caso de atacarnos, desde arriba. Pero, recientemente, he leído un comunicado publicado en la web tintaroja.es, de las Campañas de Juventud Comunista, que demuestra otro ataque al anarquismo desde la derecha.

Para empezar, es curiosa la calificación de “oportunista”, ya que el anarquismo no tiene un guía, un gurú, un Mesías o un salvador al que calificar como tal. El oportunismo es una característica individual, como por ejemplo se le puede atribuir a Lenin cuando escribió El Estado y la revolución, haciendo simpatías por todas partes, incluyendo al anarquismo, con tal de llegar al poder y hacerse el dueño del proletariado –a costa también de las posteriores masacres–.

Los viejos conservadores y liberales, solían decir algo así como que con los marxistas se podía discutir, porque iban leídos. Bueno, pues al parecer, el responsable de este comunicado y los que lo apoyan, han roto, para mal, con esa tradición marxista de leer. Es curioso como pone en primer lugar el autodenominado “socialismo científico” y cronológicamente después el anarquismo, además como una corriente idealista. Si hacemos un análisis clásico del socialismo, Proudhon habló de anarquismo ocho años antes de que Marx y Engels publicaran el Manifiesto del Partido Comunista. Y si somos un poco más abiertos, ya hay quien habla de Jean Meslier como anarquista sistemático entre los siglos XVII-XVIII.

Resulta, por otra parte, que… ¡oh, el anarquismo es pequeñoburgués! El texto coincide con las criticas marxistas del siglo XIX, no aporta nada; ni por novedad, ni por contenido. Ahí estaba Marx, no el pequeño, sino el gran burgués de la Internacional, que se la quiso apropiar y fueron los anarquistas los que dijeron que de eso nada. ¿Por qué iba a ser alguien propietario de los trabajadores? Claro, que el pequeñoburgués era Bakunin, quien luchó en las barricadas en Dresde haciendo honor a su discurso.

Se habla del poco peso que tuvo el anarquismo en la clase obrera. Seguramente, no han leído la historia de lo que hoy es el Reino de España. El impacto que ha tenido el anarquismo en la clase obrera del siglo XX, no lo ha tenido ninguna otra. Por lo tanto, ya no vale el argumento de higienismo social de Marx de que es la pequeñaburguesía, o el campesinado, o el lumpenproletariado. Si de algo valió Bakunin, fue por su visión compleja de las sociedades… Por eso en España se le conoció y tuvo influencia antes y mucho más que su contemporáneo Marx. Negar o eludir esto es simplemente desconocimiento histórico y teórico.[1]

Estoy algo cansado de que los marxistas más dogmáticos utilicen una y otra vez el concepto de ciencia, cuando ha sido ya refutado mil y una veces. En marxismo no tiene nada de científico, no es una ciencia. Es más, su uso de la palabra corresponde más bien al de la secta de la Cienciología. Este uso del marxismo hace que sea considerado como pseudociencia, algo que, tanto Karl Popper en su tiempo como Mario Bunge en el nuestro han argumentado con una tremenda claridad. Una característica fundamental de la ciencia es que no es estática y, entre otros factores, los cambios de paradigma y la falsabilidad como actitud cuentan mucho. De esto, claro, ni un solo atisbo en el marxismo. ¿Cómo será una ciencia algo que no participa de sus características? Es más, siendo tan contrarias a la ciencia, incluso con sus libros sagrados –El Capital– ¿no sería, más bien, una religión? Si el marxismo es una ciencia, ¿cómo es posible que no haya nada que discutir? ¿Cómo es que hay ya una verdad revelada?

Esta hipótesis, aunque dura y provocadora, entre otras, me permite comprender los ataques inquisitoriales constantes de los marxistas a los libertarios. Así, podemos ver el ansia de control de Marx en la Internacional, el ansia de poder y dominación absolutista de Lenin y Stalin –y demás líderes supremos–, y así vemos el ansia y preocupación de este tipo de comunistas por conservar ese poder simbólico, cultural, que han mantenido por el momento. Eso les convierte directamente, a todos, en conservadores, en reaccionarios.

Hemos resistido durante siglos, sea ante la policía del Estado, sea la policía de esa “izquierda” con complejo de dominatrix. Y ahora, cuando las ideas anarquistas, libertarias, comienzan a hacerse oír, en todas sus variantes, vuelven a la carga los viejos fantasmas. Pero nosotros no creemos en médiums…

Stuart Mill decía que había que permitir que todo el mundo hablase, no intervenir, ya que el tiempo pondría cada cosa en su lugar. Bueno, pues, que hablen y escriban todo lo que quieran: la sociología actual nos permite decir que las ideas y las prácticas libertarias están en auge y actualizándose y adaptándose a las nuevas realidades. Negadlo y atacadnos, igual que la Iglesia hizo con Galileo.

Salud y libertad.

Notas

[1] No entro a rebatir las oraciones sobre la teoría del anarquismo, porque lo que no es falso, es una malinterpretación. Ocuparía un grueso espacio y no me gusta perder mucho tiempo. Invito tanto al autor del artículo como a los que lo suscriban a leer sobre anarquismo, libros de historia, autores teóricos etc., ya que ahí, si no se lee con prejuicios –difícil tarea–, podrán ver la falsedad de los argumentos planteados.

Por la dignidad, hacia una huelga social indefinida

Bajo el lema dignidad, que expresa la insostenibilidad de una crisis y una austeridad que intensifican el control post-nacional de la gobernanza europea y del gobierno represivo de Rajoy, las marchas han multiplicado su participación inundando Madrid. Es evidente que la participación masiva en la movilización ha desbordado las categorías a las cuales se apelaba desde la convocatoria: protagonista es una multitud irrepresentable y heterogénea que desea autoconvocarse autónomamente no solo para decir “¡Ya Basta!” al sistema sino también para derrocar a su régimen de una vez.

El 22M ha sido una reacción explosiva a un trastorno generalizado que afecta a la vida en su totalidad y cuyos síntomas se presentan en cada territorio. Ya hay una multiplicidad dispersa de luchas sociales contra el mando capitalista: unas son más organizadas, otras menos; unas son más explícitamente políticas, otras más implícitas.

Lo cierto es que existe un enorme potencial, hasta ahora latente, de antagonismo al sistema y a sus estructuras de gobernanza. El reto es la actualización y la organización de este potencial más allá de las citas electorales y de los sindicatos de concertación. Las fórmulas del siglo XX se han acabado: hoy es necesario un salto en nuestra imaginación política. El ciclo de luchas-red que empezó con las Primaveras Árabes, pasando por el 15M, Occupy, Gezi Park, etc., nos ayudan a abordar este reto. La capacidad de autoconvocatoria de estos movimientos consigue apelar a la ciudadanía en su conjunto sin ser reconducible a una identidad o a un liderazgo definido, que ahora es fluido y que se distribuye entre todas.

Estas movilizaciones trascienden las formas tradicionales de organización y se articulan y desarrollan en forma de red. Internet abre un nuevo ámbito desterritorializado de comunicación y organización basado en la inteligencia colectiva, el cual favorece la creación y proliferación de momentos y lugares de encuentro entre personas. Quien ve en la red la solución estratégica a los problemas políticos que tenemos enfrente, confundiendo los medios con el fin, obvia la importancia de la materialidad de las relaciones sociales. Las herramientas tecnopolíticas no pueden prescindir de la micro-politización distribuida del tejido social.

A pesar de las novedades que han aportado estas luchas interconectadas, reconocemos en ellas unos importantes límites estratégicos: ocupar las plazas es importante para permitir que los cuerpos en lucha se encuentren y para dar visibilidad a un problema, pero esto no es suficiente para aproximarse a su solución. Las ocupaciones de espacios urbanos, las acampadas, son útiles solo si se convierten en lugares de agregación y en centros logísticos para organizar e impulsar dinámicas de conflicto en la ciudad.

Creemos que es necesario un esfuerzo de coordinación para bloquear la economía y encontrar la forma de conseguir que las demandas de #Dignidad surgidas desde los movimientos sociales sean efectivas. Proponemos como ejemplo la coordinación de diferentes acciones que se pueden practicar simultáneamente para que el miedo cambie de bando:

-Bloqueo simultáneo de autopistas y vías principales de tránsito
-Bloqueo simultáneo de la red de metro y del transporte urbano
-Bloqueo de enclaves logísticos importantes
-Bloqueo y ocupación de sucursales bancarias y oficinas estatales
-Ocupación de edificios propiedad de bancos, ayuntamiento y del 1%
-Ocupación de las universidades y autoformación
-Reapropiación en supermercados y grandes empresas
-Hackeo de webs del gobierno y otras instituciones
-Escraches a políticos e instituciones

Este catálogo de acciones, que no pretende ni mucho menos ser exhaustivo, se propone como una invitación al desborde y como un primer paso hacia una #HuelgaSocial indefinida que golpee el sistema con acciones de desobediencia y bloqueo distribuidas y sincronizadas.

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