La justicia extraviada

A raíz del problema que recientemente sacude todas las agendas políticas internacionales, esto es, el posible ataque que Estados Unidos perpetrará contra Siria, la impotencia me llevó a pensar que, para el pueblo, eterno desgraciado, tal situación no era, para nada, justa.

El pueblo estadounidense (el pueblo, no el Estado, se entiende) no ataca ni quiere atacar al pueblo Sirio. De igual manera, y obviamente, el pueblo sirio no quiere ser atacado, ni por Estados Unidos ni por cualquier otro posible agresor. Y si uno no quiere atacar, y el otro no quiere ser atacado, ¿por qué, prácticamente con total seguridad, en los próximos días morirán tantas personas en vano? No es justo.

La respuesta no es muy difícil. Es el Estado el que, lejos de querer la paz entre los pueblos, excita la cólera de otros para justificar su existencia, y poder decir: «estamos en peligro, pero yo os protegeré y atacaré al enemigo»; actúa así y no puede actuar de otro modo porque su razón de ser estriba en la guerra permanente. Aunque ciertamente, el Estado recibe presiones. Los petrodólares todo lo pueden, pero no hablaré hoy de esto.

Una cosa me llevó a otra. Si lo que ocurre y ocurrirá no es ni será justo, ¿dónde está la justicia y por qué la gran mayoría ni dicen nada ni tienen intención de hacerlo? Y todavía más, ¿por qué algunos creen justo lo que ocurrirá en Siria?

Naturalmente, se tendrá que definir el término justo. No es mi intención hacer de este breve escrito un quebradero de cabeza con metafísicas y quintaesencias varias. Creo que la justicia se podría definir con la siguiente fórmula, que tomo prestada de Ricardo Mella: «la libertad como base, la igualdad como medio, la fraternidad como fin.»

Aparentemente sencillo. Pero todos sabemos de sobra, y la historia universal es suficiente prueba de ello, que la civilización humana dista con creces de cumplir ninguno de estos requisitos; ni en el pasado ni en el presente existieron ni existen. ¿Por qué? No me andaré con rodeos para no postergar demasiado el asunto. He aquí el por qué de este artículo; las personas situamos fuera de nosotros la idea y el hecho de justicia cuando realmente está situado en nosotros mismos. Me explico.

En los albores de la humanidad, la ignorancia y la credulidad de aquellos humanos hicieron aparecer la idea de Dios. Habiendo salido de ellos mismos, se postraron ante la idea divina declarándose sus siervos. Esta idea ha extraviado durante mucho tiempo todo tipo de sentimientos humanos, no haciendo aflorar otros sino aquellos que eran más propios de nuestra animalidad remanente que de nuestra humanidad. Las religiones, todas, nos acostumbraron a creer que la idea de justicia solo podría venir de lo alto. Con razón Bakunin afirmó: «Dios aparece, el hombre se anula, y cuanto más grande se hace la divinidad, más miserable de vuelve la humanidad, porque contra la justicia divina no hay justicia terrestre que se mantenga« Y para sentirnos identificados con el sentimiento de justicia divino, se nos educó para el bien con el temor a aquella autoridad.

Pero resulta que este miedo fue descendiendo con el tiempo. Bien pronto se produjo una revolución, y el principio de justicia pasó de la divinidad a la sociedad, y se encarnó en el Estado. Pero entonces, al igual que antes, se nos impuso el bien por el miedo a la autoridad, por el temor a los nuevos poderes humanos, no mucho mejores que los poderes divinos. Obedientes una vez a la voz de la altura, se acomodaron fácilmente a los mandatos de los hombres (y digo hombres, porque entonces lo eran todos).

Dios se llamó Estado. Los estatistas justifican su existencia mediante una filosofía de monismo político, según la cual el Estado es Dios en la tierra, la unificación bajo la planta del divino Estado es la salvación, y todos los medios tendientes a tal unificación, por más perversos que intrínsecamente sean, son justos y pueden emplearse sin escrúpulos. Con razón Franco, dictador durante cerca de cuarenta años, dijera que era caudillo de España por la gracia de Dios. Porque parafraseando a Bakunin: «basta un amo en el cielo para que haya mil en la tierra»

Cuando la ignorancia está en el seno de la sociedad y la obediencia en los espíritus, las leyes llegan a ser numerosas. La personas lo esperan todo de la legislación y cada nueva ley ha sido un nuevo engaño; piden sin cesar a la ley, al Derecho, al Estado, lo que sólo puede venir de ellos mismos, de su educación y del estado de sus costumbres.

Mientras creyeron que la justicia venía de lo alto, tuvieron respeto por la divinidad. Y como resultado hubieron matanzas sangrientas y crimen. Tal idea de justicia no podía tener otros resultados. Más tarde se relegó el papel de la justicia al Estado, y entonces se repitieron y se repiten todavía hoy los mismos sucesos; guerras, crimen y barbarie. Continuamos poniendo la justicia fuera de nosotros cuando realmente está en nosotros mismos; la justicia se ha extraviado. Quizás esto que digo pueda parecer cosa inocua, pero a mi parecer es, sino la base, una de las bases y una de las razones por las que el Estado y la idea de Dios siguen vigentes aun hoy.

Sigamos. ¿Y cómo puede estar la justicia en nosotros mismos? No me hagáis definir qué es la justicia, aunque arriba lo he intentado. Simplemente fijaros en su obra. La moral no basta; es la justicia inmanente, el único imperativo, el solo motor que puede regular la vida social e inspirar la conducta individual. La idea de la dignidad personal, fruto del sentimiento de justicia inmanente, hace que estimarse a sí mismo sea idéntico a estimar a los demás. En vez del animal religioso, o del ciudadano sumiso, afirmo la persona justa. Y me remito al primer filósofo revolucionario, Proudhon, porque nadie lo podría haber dicho mejor que él.

«La justicia es para todo ser racional principio y forma de pensamiento, regla de conducta, objeto de saber y fin de la existencia. Es sentimiento y noción, manifestación y ley, idea y hecho; vida, espíritu y razón universales. Así como en la Naturaleza todo concurre, todo conspira a un fin, todo marcha de acuerdo; así como, en una palabra, todo en el mundo tiende a la armonía y al equilibrio, así también, en la sociedad, todo se subordina a la Justicia, todo la sirve, todo se hace según sus mandatos, según su medida y su consideración; sobre ella se constituye, y a este fin de los conocimientos; en tanto que ella ni está sujeta a nada, ni reconoce quién la mande, ni sirve de instrumento a poder alguno, ni aún a la misma libertad. Es de todas nuestras ideas la más inteligible, la más constante y la más fecunda, es de todos nuestros sentimientos el único que honran los hombres sin reservas y el más indestructible. Percíbela el ignorante con la misma plenitud que el sabio, y por defenderla se hace un momento tan sutil como los doctores, tan valiente como los héroes. Por eso la edificación de la Justicia es la gran empresa del género humano, la más magistral de todas las ciencias, obra de la espontaneidad colectiva mejor que del genio de los legisladores, obra que jamás tendrá fin.»

Es de todos nuestros actos, en todas nuestras determinaciones, el espíritu de justicia se manifiesta vigoroso. Aun en los mayores extravíos que cualquiera pudiese imaginar (que no son pocos), algo de equidad siempre pugna por abrirse paso. Sólo la divinidad religiosa y la autoridad del Estado han podido debilitar la justicia en nosotros y nosotras. La montaña de una falsa educación pesa sobre la humanidad civilizada. La dignidad personal ha muerto en manos de la religión primero, del Estado después.

Necesita la humanidad un ideal y el ideal lo lleva en sí misma. La justicia los emancipará definitivamente. Ella vive en el individuo y en la especie aun por encima de otros vicios. Admitimos, pues, esta idea, este sentimiento de justicia que no nos deja reconocer la preocupación tanto religiosa como política y veréis claramente que de conferirlo unas veces a la divinidad y otras al Estado proceden todas las perturbaciones tanto individuales como sociales. Me parece imposible que vayan a pretender una revolución religiosa, o una renovación política. La derrota de estos ideales es definitiva.

Así, la dignidad personal descansa en el fundamento de nuestras aspiraciones. Cuando la personas se estime a sí misma cuanto vale, estimará de igual modo a los demás y rechazará todo acto de injusticia. La moral habrá dado un gran avance subordinándose al principio inalienable de justicia. Ahora bien, ¿en qué condiciones hemos de llegar a esta exaltación de la dignidad personal, tan rebaja por siglos de abyección religiosa y gubernamental? ¿En qué condiciones este ideal de la justicia puede llegar a realizarse?

Para no extenderme más, contestaré de forma sencilla a estas dos preguntas: las condiciones necesarias de esta gloriosa transformación son: la libertad, el pan y la ciencia. La libertad, porque ella restituirá al ser humano a su soberanía, a la integridad de sus actos, a la autonomía de su conciencia y a la razón, arrancándole de la esclavitud de la Iglesia y del Estado. El pan, porque sin la plena satisfacción de las necesidades de la alimentación, vestido, etc., no puede haber personas dignas y libres, sino seres disminuidos, sumisos al que paga y al que manda, agotados por la miseria. La ciencia, porque ella edificará en la conciencia y en la razón de las personas todo lo que no han podido edificar ni la religión ni el Estado: mutualidad, respeto, bondad, equidad y justicia.

Dejemos de creer en líderes y guías, bien sean divinos, bien sean terrestres. Dejemos de creer en la autoridad y empecemos a creer los unos en los otros. Por todas las víctimas, por toda la sangre que injustamente ha brotado, por todas las vidas arrancadas antes de tiempo.

No a la guerra.

Radix

Curso nuevo. Viejos problemas.

El pasado día 17 de mayo se aprobó la remisión a las Cortes Generales del Proyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). [1] No voy a hacer un análisis de esta ley ya que eso no es el objeto de este texto, lo que voy a hacer es reflexionar sobre el cómo se aprobó.

Durante este último curso hemos visto y asistido a numerosas asambleas, jornadas, concentraciones, ocupaciones, huelgas…etc las cuales trataban como tema central el objetivo de parar la aprobación de la Lomce. Estas movilizaciones tuvieron el pasado 9 de mayo su última gran acción con una jornada de huelga en todo el sector educativo y numerosas manifestaciones con multitud de participación. Esto se debió a que para el día siguiente estaba programada la aprobación de tal ley, hecho que finalmente no se consumó debido a que faltaba “cerrar detalles”.

Parecía que en realidad se echara atrás por la gran oposición que tenía, parecía que habíamos ganado, parecía que el salir a la calle podía cambiar las cosas, parecía….. pero solo parecía, ya que justo una semana después, coincidiendo con la final de copa, se aprueba sin que a casi nadie parezca importarle.

¿Qué falló? ¿es que acaso haciendo todo lo que hicimos no pudimos frenarla? ¿fue en vano todo ese trabajo? nos preguntaremos ¿solo nos queda lamentarnos y llorar? ¿será que por mucho que nos duela no podemos cambiar nada? ¿tendremos que esperar a las próximas elecciones para poder elegir a otros que la puedan volver a cambiar?

Para contestar a todas estas preguntas y a las que no están aquí reflejadas, analicemos un poco lo hecho. Me voy a centrar en lo relativo al estudiantado pero se podría extrapolar a todo el sector educativo en general.

Las manifestaciones y huelgas por ejemplo. He aquí el primer fallo, ¿fueron fruto de análisis y debates en los centros de enseñanza o fueron impuestas unas fechas y los pocos grupos de estudiantes que se medio organizaban tenían que adaptar su actividad a estas?

Si lo que se quiere es hacer un movimiento estudiantil fuerte, si lo que se quiere es que nuestras acciones tengan éxito, no se puede construir este movimiento de arriba a abajo como se está haciendo, sino al revés, de abajo a arriba, donde las decisiones sean debatidas y consensuadas, donde las manifestaciones y huelgas se produzcan como respuesta de una necesidad de actuación, de una necesidad de lucha, de una necesidad de defensa.

De esta forma las manifestaciones y huelgas no serán impuesta y vistas como algo sin sentido, sino que serán fruto de una necesidad y en ellas se verán reflejadas las demandas reales consensuadas tras numerosos debates y jornadas de reflexión.

Esto nos lleva al segundo fallo que es la forma de organizarnos. ¿Cómo motivar el crecimiento de un movimiento estudiantil capaz de organizar movilizaciones debido a la inconformidad de la situación en la que se encuentra, de tal forma que estas actuaciones nazcan de un estudiantado con carácter renovador?

Este es un tema serio, ya que debido a fracasos como sobre el que trata este texto, se piensa que somos incapaces de motivar cambios, que los sujetos sobre los cuales actúa un suceso no pueden influir sobre ese suceso… pero esto es falso y la historia lo demuestra.

Los cambios que se produjeron, se producen y se producirán no están originados por una fuerza suprema, ni un destino marcado, ni cualquier otra mentira que se nos pueda contar. Están motivados por las acciones de todos nosotros, bien por el sometimiento o por la sublevación contra aquellos que imponen tales cambios, con mayor o con menor éxito depende de cómo se mire.

Pero esto hoy se desconoce o no se tiene en cuenta, la resignación nos invade como un virus, no nos sentimos dueños de cambiar nuestro entorno. Por este motivo debemos mirar al pasado, ver que se hizo para originar cambios en aquellas situaciones, analizar cuáles fueron sus errores y así aprovechar su experiencia para hacer frente al presente.

Si hacemos esto, veremos que cuando los cambios fueron fruto de reflexiones y debates y de una forma de organizarse desde las bases, fue entonces cuando estas posturas consiguieron hacerle frente a las imposiciones contra las que se formulaban.

En la actualidad hay multitud de organizaciones estudiantiles con diferentes posturas ideológicas y con programas concretos de actuación, las cuales contienen a un estudiantado activo y que es consciente de que los actos pueden cambiar el entorno. Pero lo que no hay, en general, es un intento por comunicarle al resto de la sociedad, en concreto al resto del estudiantado, este mensaje más allá de las diferentes posturas que pueda tener cada uno ideológicamente.

Y en esto es en lo que hay que centrarse si de verdad se desea un cambio, ya que la historia nuevamente ha demostrado que de nada sirve sustituir a los pocos que imponen los cambios, sino que tienen que ser las bases las que procuren estos cambios a partir de la reflexión y necesidad de las bases.

Es por este motivo, que atendiendo a la herencia dejada tras multitud de intentos de organización de este movimiento de bases, se puede decir que una buena forma para combatir esta pasividad y resignación es organizarse de una forma asamblearia y abierta, donde cada uno sea libre de decir su opinión al resto y en donde se generen debates y reflexiones fruto de la interactuación de unos con los otros.

De esta forma, combinando la reflexión con la puesta en práctica de las ideas consensuadas, se conseguirá recuperar la sensación de ser dueños de nuestro entorno, de ser capaces de influir en el mundo que nos rodea, lo cual como ya dije antes, nunca perdimos.

Por último, un tercer fallo con el que nos encontramos si analizamos la situación actual es uno que viene derivado de esa impotencia en la que pensamos estamos sumidos, como ya apunté más arriba.

Cuando empezamos a cuestionarnos lo impuesto, cuando nos organizamos para hacerle frente en busca de un cambio que entendemos es favorecedor, vamos y pedimos que lo quiten, cambien o modifiquen, como si nosotros mismos, después de tantos debates, reflexiones, actuaciones y movilizaciones, no fuésemos capaces más que de ser la fuerza que pone en marcha la máquina encargada de realizar el cambio.

Durante los últimos 43 años, cada vez que ha habido un cambio de gobierno se ha aprobado una ley nueva en lo relativo a la educación: LGE (70), LODE (85), LOGSE (90), LOCE (02), LOE (06), LOMCE (13), y en cada caso se ha hecho favoreciendo en mayor o menor medida a aquellos que han puesto a ese gobierno.

Por esta razón es hora de empezar a cuestionarnos si queremos mantener este modelo de educación basado en adoctrinar de una forma u otra a las personas o si lo que queremos es una formación que no esté supeditada más que al propio conocimiento y técnica independientemente de las diferencias ideológicas.

Y es que si esta cuestión se debate en las asambleas abiertas y se empieza a organizar esta nueva forma de entender la educación desde las bases, entonces no seremos esa fuerza inicial que pondrá en marcha el cambio, sino que seremos nosotros mismos los que construyamos ese cambio, de abajo a arriba y de una forma sólida.

Alekseievich
https://twitter.com/Alekseievich

Nota

[1] http://www.mecd.gob.es/servicios-al-ciudadano-mecd/participacion-publica/lomce/20130517-aprobacion-proyecto-de-ley.html

El publicista

Soy publicista, eso es, contamino el universo. Soy el tío que os vende mierda. Que os hace soñar con esas cosas que nunca tendréis. Cielo eternamente azul, una felicidad perfecta, retocada con el PhotoShop. Imágenes relamidas, músicas pegadizas. Cuando, a fuerza de ahorrar, logréis el coche de vuestros sueños, el que lancé en mi última campaña, yo ya habré conseguido que esté pasado de moda. Os llevo tres temporadas de ventaja, y siempre me las apaño para que os sintáis frustrados.

El Glamour es el país al que nunca se consigue llegar. Os drogo con novedad, y la ventaja de lo nuevo es que nunca lo es durante mucho tiempo. Siempre hay una nueva novedad para lograr que la anterior envejezca. Hacer que se os caiga la baba; ése es mi sacerdocio.

En mi profesión, nadie desea vuestra felicidad, porque la gente feliz no consume. Vuestro sufrimiento estimula el comercio. En nuestra jerga, lo hemos bautizado «la depresión poscompra». Necesitáis urgentemente un producto pero, inmediatamente después de haberlo adquirido, necesitáis otro. El hedonismo no es una forma de humanismo: es un simple flujo de caja. ¿Su lema? «Gasto, luego existo». Para crear necesidades, sin embargo, resulta imprescindible fomentar la envidia, el dolor, la insaciabilidad: éstas son nuestras armas. Y vosotros sois mi blanco. Me paso la vida contándoos mentiras y me lo pagan con creces, interrumpo las películas que estáis viendo en la televisión para imponeros mis marcas, os machaco con mis eslóganes en vuestras revistas favoritas. Estoy en todas partes. No os libraréis de mí. Donde quisiera que miréis reina mi publicidad. Os prohíbo que os aburráis. Os impido pensar. El terrorismo de la novedad me sirve para vender vacío.

Yo decreto lo que es auténtico, lo que es hermoso, lo que está bien. Elijo a las modelos que dentro de seis meses, a fuerza de verlas retratadas, las bautizaréis como top-models. Idolatráis lo que yo elijo. Cuanto más juego con vuestro subconsciente, más me obedecéis. Si canto las excelencias de un yogur en las paredes de vuestra ciudad, os garantizo que acabaréis comprándolo. Creéis que gozáis de libre albedrío, pero el día menos pensado reconoceréis mi producto en la sección de un supermercado y lo compraréis, creedme, conozco mi trabajo.

Penetrar en vuestro cerebro resulta de lo más agradable. Vuestro deseo ya no os pertenece: os impongo el mío. Os prohíbo que deseéis el azar. Vuestro deseo es el resultado de una inversión cifrada en miles de millones de euros. Soy yo quien decide hoy lo que os gustará mañana. ¿No resulta espantoso comprobar hasta qué punto todo el mundo parece considerar normal esta situación? Me gustaría resolver este misterio: averiguar de qué modo, en el punto más álgido de una época cínica, la publicidad fue coronada Emperatriz. En dos mil años, nunca un cretino como yo logró ser tan poderoso.

Las dictaduras de antaño temían la libertad de expresión, censuraban las protestas, encarcelaban a los escritores, quemaban los libros controvertidos. A la hora de lavarse las manos, el totalitarismo publicitario resulta tanto más sutil, pero tanto más poderoso. Para someter a la humanidad a la esclavitud más absoluta, la publicidad ha elegido la discreción, la agilidad, la persuasión. Vivimos en el primer sistema de dominio del individuo por el individuo contra el cual la libertad, parece, resulta impotente. Los anunciantes no quieren que vuestro cerebro funcione, quieren convertiros en borregos, no bromeo, ya veréis cómo un día os tatúan un código de barras en la muñeca. Saben que vuestro único poder, bajo esta estructura social, reside en vuestra tarjeta de crédito. Tienen que convertir vuestros actos gratuitos en actos de consumo.

El marketing es una perversión para la fraternidad: es la orquesta la que manda sobre el director. Son los sondeos quienes deciden la política, las encuestas las que hacen publicidad, los índice de audiencia los que hacen la televisión. Nadie quiere ofreceros nada que pueda correr el riego de no gustaros. Así se mata la innovación, la originalidad, la creatividad, la rebelión. Todo el resto es una consecuencia de lo anterior. Nuestras existencias clonadas, nuestro sonámbulo embotamiento, el aislamiento de las personas, la fealdad universal anestesiada. Es el fin del mundo en marcha. No se puede obedecer y transformar el mundo al mismo tiempo.[1][2]

Radix

Notas

[1] Frédérick Beigdeber.

[2] Aunque parezca obvio, pero de todas formas para evitar posibles confusiones, aclaro que aunque el texto esté escrito en primera persona, yo no pienso eso, naturalmente. Simplemente, hablo como lo haría un publicista sincero.

Bienvenida a la lucha, clase media

Por una revolución cultural dentro y fuera del sindicalismo.

Por David García Arístegui

«Hay sindicatos de pilotos de avión, de médicos, de policías, de funcionarios de prisiones y de conductores de metro. Pero quienes realmente necesitarían una organización que vele por sus derechos, como las personas sin papeles, trabajadoras domésticas, todo el universo del sector servicios… no tienen organizaciones específicas ni de referencia. Y tenemos unos sindicatos de clase que, en el mejor de los caos, ignoran los sectores donde no pueden sacar delegados sindicales, y por tanto, horas sindicales y subvenciones estatales. Los sindicatos hace décadas que abandonaron a los sectores más fragmentados (donde es muy raro el que se puedan impulsar elecciones sindicales) y a las personas sin empleo remunerado. Y así les va».

La cosa está muy mal (una introducción)

El momento en el que escribo este artículo es bastante peculiar en mi vida. No me pagan desde hace meses en mi trabajo, precisamente en un período de mi vida en el que por primera vez desde que acabé la carrera no estoy en un sindicato. Justo cuando más necesitaría una organización especializada en la defensa de los intereses de las y los trabajadores, me encuentro partiendo casi de cero con otros compañeros y compañeras, impulsando asambleas y redes de apoyo mutuo, por desgracia desde fuera de las distintas organizaciones y facciones enfrentadas que revindican ser las herederas de la Confederación Nacional del Trabajo – CNT.

La acuciante falta de dinero y la angustia que provoca el no saber que va a ser de tu vida a corto y medio plazo hace que se observe todo lo relacionado con la política y el 15M bajo un prisma distinto. Después de la Acampada de Sol, de la articulación del movimiento en los barrios y de las distintas Mareas queda la impresión de que el discurso y las formas del 15M no parecen calar en la realidad laboral de este país. Hablamos de una realidad cada vez más y más precaria, con la impensable cifra hace sólo unos años de más de seis millones de personas sin ningún empleo remunerado.

¿Qué nos pasa?

Pero la situación tan grave que vivimos no hace que se busquen formas colectivas de lucha en todo lo relacionado con lo laboral, más bien al contrario. En su capítulo para el libro colectivo ¿Y ahora qué? Impactos y resitencia social frente a la embestida ultraliberal Paloma Monleón nos recordaba que «en los sectores más precarizados, las formas colectivas de negociación han alcanzado su práctica desaparición, sustituidas por procesos individuales de pseudo-pacto entre las dos partes. (…) Estos cambios se reflejan en la conciencia de las personas. (…) Se configura una conciencia de individualidad, opuesta a los referentes colectivos tales como la noción de clase social». Esta nula conciencia colectiva podría explicar la fiebre dentro de la clase media sociológica por las iniciativas de auto-empleo y en emprendizaje, pero no nos vamos a extender más en este punto.

Volviendo a las luchas colectivas, siempre me ha fascinado el que las críticas más ácidas y más duras a los sindicatos suelen provenir de gente que jamás ha estado en uno de ellos y, por tanto, son realizadas desde un desconocimiento total. Recientemente Pablo Iglesias, un académico sin filiación o actividad sindical conocida, elaboraba un listado de empleos y situaciones vitales supuestamente atípicas (de teleoperadores a sin papeles, de falsos autónomos a prostitutas) para llegar a la conclusión que “esos son los de abajo y sólo la miopía de cierta izquierda puede insistir en agruparles a todos bajo la etiqueta de obreros e invitarles a afiliarse a los sindicatos (ojalá pudieran). Muchos de ellos ni siquiera pueden ejercer su derecho a la huelga”.

A la clase media no le gustan los sindicatos

Pablo Iglesias no es el único que ha realizado críticas poco rigurosas al sindicalismo desde el ámbito del 99% o los de abajo -no nos atrevemos a calificarles ya simplemente como «izquierda»-. En el texto ¿Son las Mareas un nuevo Sindicalismo? se planteaba que «se da la paradoja de que cuanto más estructurada y potentes son las estructuras sindicales tradicionales en los servicios públicos, más difícil es que estas dinámicas de las Mareas se desarrollen por completo». Pero la realidad es muy tozuda y ha desmentido esa peculiar caraterización de la realidad sindical de las Mareas: la huelga que convocó CGT al margen de CCOO y UGT en el sector de la Educación se suponía que iba a ser la oportunidad de la Marea Verde para demostrar su fuerza. Pero por desgracia el resultado de la huelga fue un fracaso absoluto, produciéndose una huelga testimonial y sin ninguna repercusión. Y si hablamos de la Marea Blanca (Sanidad) quien ha convocado las huelgas y ha marcado los tiempos de estas ha sido una nueva organización, AFEM, que aunque sea la Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid es en realidad… un sindicato. Precisamente por ser una organización sindical (corportativista eso sí) es por lo que puede convocar huelgas.

Para hablar de las organizaciones sindicales puede ser muy útil leer un poco de historia. Y además para ello no es necesario irse muy lejos, de hecho, basta con un ejemplo muy cercano, que es recuperar la historia de la antes aludida CNT. Es totalmente recomendable la lectura del libro de Chris Ealham “La lucha por Barcelona – Clase, cultura y conflicto 1898-1937” (hay un buen resumen en Diagonal). En sus páginas Ealham nos recuerda como la CNT controlaba las bolsas de trabajo para las personas en paro. La CNT, con un 40% de paro entre su afiliación, intentaba en los sectores donde tenía poder el forzar a los patronos la contratación de parados de sus bolsas de trabajo, o bien remuneraba con una paga diaria de un obrero manual semi-cualificado actividades como la pegada de carteles o la participación en piquetes. Estas actividades suponían toda una escuela de activismo, con las que la CNT ganaba enorme influencia en los barrios y conseguía que los parados no hicieran de esquiroles durante las huelgas.

Además, la propia CNT amparaba e impulsaba la incautación o robo (según se mire) de frutas, verduras y pan para las personas sin recursos. Estas incautaciones podían hacerse de manera más o menos pactada a plena luz del día o bien se organizaban asaltos a almacenes y depósitos del puerto. Por último, la CNT creó un Sindicato de Inquilinos dentro de la organización y apoyó diversas huelgas y movilizaciones relacionadas con la vivienda, siendo la más grande la huelga de inquilinos de 1931 en la que participaron más de 100.000 personas (tengamos presente la demografía de la época). ¿Era más o menos difícil afiliarse a un sindicato como la CNT y hacer huelgas en los años 20 y 30 o hacerlo ahora?

Fuego amigo

César Rendueles planteaba hace años que “una de las respuestas más frecuentes a las que uno se enfrenta al abogar por la propiedad colectiva de los medios de producción viene a recordar lo desagradable que resulta compartir el cepillo de dientes o vivir en comunas. Curiosamente, nunca tarda en aparecer un compañero de viaje terriblemente contracultural que proclama la absoluta necesidad de compartir el cepillo de dientes y vivir en comunas”. Algo parecido pasa cuando se quiere defender a los sindicatos y explicar que son herramientas de lucha colectiva. En seguida aparecerá en prensa alguna actuación incomprensible de CCOO y UGT, para acto seguido saltar a los medios contrainformativos y redes sociales el enésimo comunicado de alguna organización anarcosindicalista, criticando esas actuaciones desde la irrelevancia política e impotencia sindical. Pero si es «difícil» el afiliarse a sindicatos o hacer huelgas no es sólo por los graves errores de estos sindicatos, todo esto también sucede porque la batalla de los sindicatos se perdió en la esfera cultural hace mucho.

Owen Jones ha escrito un magnífico libro sobre la demonización de la clase obrera, y en esa demonización la caricaturización y la deformación de la actividad de los sindicatos ha sido constante e implacable. De la PSV al escándalo de los EREs en Andalucía los sindicatos llamados mayoritarios han dado razones de sobra para su descrédito (el anarcosindicalismo a menor nivel también, como con el Patrimonio Sindical acumulado), pero la labor de zapa contra las organizaciones sindicales con el apoyo entusiasta de la izquierda posmoderna ha sido brutal. Hay estimaciones recientes que atribuyen un 71% del fraude fiscal a grandes patrimonios y empresas, pero los sindicatos en este país tienen la misma mala imagen que la CEOE. Y recibiendo “fuego amigo”, ya saben, textos como el de Madrilonia o discursos como el de Pablo Iglesias, que plantean que los sindicatos no pueden agrupar y ayudar a organizar a gente con problemas tan dispares como funcionarios, trabajadores del sector servicios, personas en paro o falsos autónomos. La clase media en los sectors sin sindicatos corporativistas y por desgracia gran parte de la clase trabajadora fragmentada y precaria desprecian a los sindicatos. De acuerdo, entonces… ¿donde hay que practicar el apoyo mutuo y la solidaridad, si no es en algo parecido a organizaciones sindicales?

Creo que hay que apostar por espacios por fuera de los sindicatos al uso no porque considere que las organizaciones de trabajadores/as no sirvan, si no porque constato con horror que, al haber perdido la batalla cultural y ser depreciados incluso por la clase trabajadora, se han apropiado de los sindicatos quienes no debían. Hay sindicatos de pilotos de avión, de médicos, de policías, de funcionarios de prisiones y de conductores de metro. Pero quienes realmente necesitarían una organización que vele por sus derechos no son las y los trabajadores cualificados si no las personas sin papeles, trabajadoras domésticas, todo el universo del sector servicios… esas personas no tienen organizaciones específicas ni de referencia. Y tenemos unos sindicatos de clase que, en el mejor de los casos, ignoran los sectores donde no pueden sacar delegados sindicales, (que implican las preciadas horas sindicales y aún más preciadas subvenciones estatales).

Los sindicatos hace décadas que abandonaron a los sectores más fragmentados (donde es muy raro el que se puedan impulsar elecciones sindicales) y a las personas sin empleo remunerado. Y así les va. Queda lejísimo la clarividencia de la CNT barcelonesa, que tenía muy claro que el amparar y organizar a los sectores más castigados de la sociedad la impulsaba como la organización hegemónica de la clase trabajadora, tanto en lo laboral como en lo cultura. Su prestigio y capacidad de movilización eran incuestionables, todo lo contrario a lo que sucede ahora con esas churreras de delegados sindicales a los que todavía llamamos “sindicatos”. Ahora la CNT se autoexcluye de las elecciones sindicales y renuncia a las prebendas estatales de horas sindicales y subvenciones. Pero sigue atravesando una travesía en el desierto a nivel sindical y organizativo que parece no tener fin, al quedarse como un sindicato en tierra de nadie.

La revolución no es divertida

El cambio no parece que vaya a surgir desde las organizaciones sindicales al menos a corto plazo. Mientras sigan intentando que la realidad se adapte a sus decimonónicos estatutos (y no al revés, que sería lo más razonable) su autismo y e inercias imposibilitan de momento cualquier tipo de cambio de largo alcance. La evolución y reubicación de los sindicatos como verdaderas herramientas de lucha debería surgir de la onda expansiva de la explosión de lo que fue la Acampada de Sol y el 15M. Una vez que se ha vuelto a los barrios y que se ha articulado la solidaridad en temas como el de vivienda y el drama de los desahucios, es el momento de impulsar organizaciones de apoyo mutuo y solidaridad en los centros de trabajo y en las sedes del INEM.

Pero para ello también tiene que haber un cambio cultural, y en estos momentos la situación no parece muy buena. El historiador de derechas Stanley Payne ha realizado unas declaraciones hablando de que en España “la expresión del nuevo radicalismo occidental es de tipo cultural. Al contrario de los antiguos revolucionarios políticos, estos nuevos revolucionarios culturales no pretenden cambiar las estructuras políticas, sino la identidad individual”. Y hay ideólogos que en sus textos confirman los argumentos de Payne, con ideas como “la política no es en primer lugar un asunto de denuncia y concienciación, porque no hay gota que colme el vaso y lo malo se puede tolerar indefinidamente, sino una especie de cambio de piel por el cual nos hacemos sensibles a esto o alérgicos a aquello. No pasa por convencer (discurso) o seducir (marketing) sino más bien por abrir todo tipo de espacios donde hacer una experiencia de otra forma de vida, de otra definición de la realidad, de otra visión del mundo».

Ejemplos como estos al hilo de las voces más hiperactivas en internet y redes sociales son inumerables. Cuando entrevistan al autor de “La revolución divertida” Ramón González-Férriz este plantea que las últimas movilizaciones “no son verdaderos actos revolucionarios, sino «revoluciones divertidas», actos destinados más a aparecer en los medios masivos que a cambiar la política. Como en los sesenta, aunque ahora internet tenga el mismo o más peso que la televisión”. En blogs de activistas y personas relacionadas con el 15M encontramos afirmaciones como “y me quiero divertir. Me quiero divertir dentro de mi enojo, que es una brasa interna con la que no me va a hacer falta llevar carbón (para la barbacoa); (…) Pero cuando hacemos cosas juntas, y nos divertimos, es cuando se nos apetecerá de cierto volver y reunirnos con esas personas, en otros espacios, en otros colectivos, en el barrio o en el stop desahucios”.

Propuestas

Tanto si se está dentro o fuera de un sindicato el pegar carteles, ayudar a comprender un convenio, gestionar una bolsa de trabajo o participar en un piquete no son actividades divertidas ni “cool”. O por lo menos, son mucho menos divertidas y “cool” que conseguir un Trending Topic en Twitter, escribir artículos en blogs y medios digitales, asistir a encuentros tipo #15MP2P o participar en concentraciones ilegales o escraches. Pero las acciones vinculadas al mundo de lo laboral y las personas en paro son acciones y prácticas abolutamente imprescindibles si nos tomamos el cambio social mínimamente en serio. Tanto como el recoger firmas para una ILP -algo extremadamente tedioso y para lo que hay que armarse de paciencia- como poner el cuerpo para parar un desahucio, exponiéndose uno a agresiones por parte de la policía e incluso detenciones.

Quiero ser muy claro en esta parte para que no haya malos entendidos: no revindico ni el martirologio para el activismo ni una militancia aburrida, plana y gris. Pero también es algo algo muy poco divertido que en acciones relacionadas con el 15M la policía te golpee o te detenga. Hay que conseguir que la gente no sólo se movilice cuando la desahucian o que se plantee lo laboral cuando ya la han despedido, es decir, cuando le afecte algo directamente. Pero además no practicar un activismo a la carta: hago lo que quiero, cuando quiero y como quiero, así es prácticamente imposible articular cualquier tipo de lucha colectiva. La PAH y las asambleas de vivienda han conseguido que los desahucios, que se vivían como un problema estrictamente personal, ahora ser perciban cada vez más como probleamas sociales, colectivos. Hay que ir dando pasos para que suceda lo mismo con los despidos, la desaparición de los convenios colectivos, las empresas con expedientes de regulación de empleo, con las y los parados de larga duración… En definitiva, el incidir en lo laboral es ir a la raíz de problemas como los desahucios, que es efecto de causas relacionadas con que las personas tengan que vender su fuerza de trabajo.

Como se decía en un texto muy lúcido, que no suceda más que “si a un camarero le cuesta identificarse con la clase obrera no es porque ésta no pueda representarle (pudo hacerlo en el pasado y lo hará en el futuro) sino porque una legión de teóricos le dice que no debe identificarse con ella”. Situaciones al menos tan complejas como la actual ya fueron superadas con apoyo mutuo, imaginación, compromiso y solidaridad. Es el momento de que el 15M empiece a implicarse directamente en las luchas relacionadas con lo laboral.

Finalizaremos con un homenaje, recordando lo que decía aquella mítica pancarta de unos piqueteros en la convulsa Argentina del 2001, con una situación muy similar a la nuestra: bienvenida a la lucha, clase media. Si en necesario un sindicalismo para los sectores más precarios, sin papeles y gente en paro hay que tender también la mano a la clase media, y esperando que no caigan en la tentación del sindicalismo corporativista. Las gentes de la clase media también venden su fuerza de trabajo y por lo menos desde el 2008 están comprobando que también se quedan en paro y que, por supuesto, también los desahucian.

Los de abajo y la clase obrera (aportación al debate con Pablo Iglesias y Nega)

El libro de reciente publicación ‘Chavs. La demonización de la clase obrera’, del periodista británico Owen Jones y publicado en el Estado español por Capitán Swing, ha tenido la virtud de devolver al debate público la cuestión central de la clase en nuestras sociedades capitalistas, que desde el ICEA también hemos intentado abordar en algún aspecto recientemente, como en este trabajo del compañero Gaspar Fuster (1).

Por nuestras latitudes, el libro ha generado un interesante debate. Pablo Iglesias lo abría hace unas semanas con un artículo (2), al que contestaba Nega posteriormente (3). Hay que agradecer a ambos abrir un debate que algunos consideramos crucial para las posibilidades de la transformación social, e intentaré a continuación aportar algunos elementos que veo necesarios.

El mítico “fordismo”

Comparto con Nega que Iglesias se deja llevar por un cierto lugar común (que Nega identifica con la “izquierda postmoderna” o “negrista”) que viene a decir en resumidas cuentas que ya no sirve la identificación de la clase obrera con los trabajadores fabriles del sistema fordista, y que por lo tanto el concepto de clase obrera pierde sentido para muchas y diferentes realidades de trabajadores caracterizadas por la “precariedad”. A esto responde Nega, correctamente, que “la precariedad —aunque según algunos autores pudiera parecerlo— no es ninguna novedad ni el último grito en las relaciones laborales”, y que es un error pensar “que la clase obrera es únicamente un tipo con mono azul que fuma ducados”.

Puedo añadir que, mientras que es cierto que la extensión de la clase obrera es restringida asiduamente por casi todo el mundo por los más variados motivos, no conozco absolutamente a nadie que la restrinja exclusivamente a unos obreros fabriles mitificados, excepto precisamente quienes mantienen una línea similar a la de Iglesias. De hecho, aquellos que “llegan al orgasmo cuando trabajadores sindicados de los astilleros o de la minería defienden con sus familias los puestos de trabajo y a sus comunidades frente a los antidisturbios”, en palabras de Iglesias, alcanzan su clímax con un oficio como el de minero que, si nos ponemos estrictos, no es “fordista”.

Quizá el equívoco se puede deber a seguir la teoría de unos intelectuales que suelen proceder precisamente de lugares donde el capitalismo industrial alcanzó unos niveles muy superiores a los del Estado español, como norte de Italia, Francia, Inglaterra o Alemania. Quizá allí el peso político del proletariado fabril fue mayor que aquí, y la adjudicación de su papel de vanguardia resultó más extendido, a lo que le podemos añadir un mayor peso de interpretaciones restrictivas de los escritos de Karl Marx.

Pero desde luego en el Estado español esto es más dudoso. No se puede negar que el proletariado de las fábricas tuviera su peso como uno de los sectores más organizados, pero como sugiere Nega, no fue el único. Por no hablar de que aquí la época dorada de la organización proletaria no fue ninguna época “keynesiana” (concepto que se suele confundir con el “fordismo”, que comienza anteriormente) sino el primer tercio del siglo XX.

Un repaso de cualquier documento histórico muestra la variedad de la “vanguardia obrera”. Por ejemplo, el registro de sindicatos asistentes al Congreso de la CNT de 1936 muestra la presencia de una pléyade de sindicatos no precisamente fordistas ni industriales, como un sindicato de obreras del hogar de Cádiz (775 cotizantes), sindicato de vendedores ambulantes de Granada (156), sindicato de espectáculos públicos de Sevilla (507), sindicato de albañiles de León (440), sindicato de barberos de Barcelona (838), sindicato de construcción de Barcelona (15.000), sindicato de camareros de Sant Feliu de Guixols (60), sindicato de gastronomía de Madrid (1.600), sindicato de porteros y porteras de A Coruña (205), y otros muchos ejemplos similares (4). De hecho, la lucha proletaria no sólo se daba en la producción sino, como señala por ejemplo Chris Ealham en su fantástico ‘La lucha por Barcelona’, en lo que Marx denominaba “formas secundarias de explotación”, con acciones generalizadas de huelga de alquileres, obstaculización de desahucios o expropiación de comercios, que cuando se practican ahora nos parecen “novedosas” cuando no lo son en absoluto. En este sentido, merece la pena echar un vistazo al nuevo libro de David Harvey, ‘Rebel cities’, que pone como ejemplo la Comuna de París, de hace casi siglo y medio, como insurrección de un proletariado urbano muy variado.

Por otro lado, tanto Iglesias como Nega patinan al sugerir, el primero, que el sindicalismo hoy en día tiene que ver con el fordismo, y, el segundo, que quien tiene estudios universitarios no se sindica porque es (o se cree que es) clase media. Precisamente uno de los sectores más sindicalizados, dentro de la ridícula tasa de afiliación sindical en este país, es el sector público, donde el nivel de estudios es bastante alto comparativamente.

¿Clase media?

Al mismo tiempo que Nega acierta en algunas cosas, falla en otras. Si lo que él denomina “postmodernos” hacen uso de un lenguaje restrictivo al hablar de clase obrera, él comete el mismo error al meter en el saco de la “clase media” nada menos que a todos los estudiantes universitarios.

No negaré que el perfil del universitario español no se suele adaptar al de las capas más desfavorecidas de la sociedad (aunque también pueden provenir de ellas), pero identificar al 20%, 30% o porcentaje similar de trabajadores muy pobres con la clase obrera en su totalidad carece de rigor y también beneficia a la clase dominante.

Desde luego, una de las tareas pendientes de economistas y sociólogos es intentar definir qué es esa “clase media” en la que, según se desprende de la absurda versión oficial, estamos todos a no ser que estemos pidiendo limosna en la puerta de la iglesia o, en la otra punta de la pirámide, navegando en el yate de Botín. No hace falta ser un lince para darse cuenta del uso propagandístico del concepto de clase media, pero a falta de definiciones útiles por parte de quienes se supone que se dedican a estudiar estas cosas, intentaré aventurar una que se pueda adecuar a la realidad.

En primer lugar, creo que es correcto señalar que el concepto obrero tradicional de lo que es la clase media, que la identificaba con la burguesía cuando ésta no se había impuesto todavía a la aristocracia, ya no tiene sentido. En segundo lugar, podemos afirmar que sí es necesario identificar con el término a quienes se mueven entre la mayoría social, conformada por la clase trabajadora, y la clase capitalista, dueña de la mayor parte del capital productivo, comercial y financiero. Así pues, se podría decir que la clase media está formada por tres grupos: 1) Pequeña burguesía o propietarios de medios de producción con asalariados, con importancia marginal en el sistema económico;  2) Personas que obtienen altas rentas de su fuerza de trabajo y a la vez desempeñan roles intermedios directivos, de mando o de responsabilidad en las actividades políticas o económicas y 3) Personas que, asalariadas o no, obtienen una importante proporción de sus rentas en base a actividades especulativas o rentistas (alquiler de viviendas o locales, acciones en Bolsa…), siendo éstas marginales en el sistema económico.

Por lo tanto, la mayoría de estudiantes universitarios ni son hijos de la clase media ni pertenecerán a ella cuando accedan a un trabajo acorde a su formación (como los arquitectos que menciona Nega y que en su gran mayoría son proletarios y bastante mal remunerados). Menos todavía podemos decir que el grueso de participantes en el 15-M o en las Mareas forman parte de ninguna clase media.

El proletariado en sentido amplio

Para concluir, mi opinión es que lo importante no es cómo se llama a sí mismo el sujeto revolucionario. Si preferimos llamarnos “los de abajo”, “clase obrera” o “proletariado” es irrelevante. Como dice un compañero, el sujeto revolucionario “somos los que estamos jodidos y queremos cambiar las cosas”. Pero para saber dónde estamos y cómo podemos incidir para transformar la realidad, también es imprescindible darnos cuenta de que estamos jodidos, en gran parte, por nuestra relación con los medios de producción y reproducción de la sociedad. No los poseemos y nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo en forma de mercancía, o los poseemos sin explotar a nadie, como los trabajadores autónomos o cooperativistas, pero el resultado es similar al no poder competir con el poder oligopólico de la clase capitalista. Es esta situación la que nos hace sufrir de forma brutal las “formas secundarias de explotación” de las que hablaba Marx.

En este sentido merece la pena explorar la idea lanzada por Harvey en el libro antes mencionado:

“Las distinciones entre las luchas basadas en el trabajo y las basadas en la comunidad empiezan a desvanecerse, como también lo hace la idea de que clase y trabajo se definen en un lugar de producción aislado del lugar de reproducción social en el hogar. Aquellos que traen agua corriente a nuestras casas son tan importantes en la lucha por una mejor calidad de vida como aquellos que hacen las tuberías y los grifos en la fábrica. Aquellos que llevan la comida a la ciudad (incluidos los vendedores callejeros) son tan importantes como los que la cultivan. Aquellos que cocinan la comida antes de que se coma (los vendedores de maíz tostado o perritos calientes en las calles, o aquellos que trabajan como bestias en las cocinas de los hogares o en parrillas) añaden también valor a esa comida antes de ser digerida. El trabajo colectivo involucrado en la producción y la reproducción de la vida urbana debe por lo tanto ser fuertemente incorporado en el pensamiento y la organización de la izquierda. Distinciones anteriores que tenían sentido –entre lo urbano y lo rural, la ciudad y el campo- se han vuelto irrelevantes en los tiempos recientes. La cadena de suministro tanto hacia como desde las ciudades conlleva un movimiento continuo, y no tolera ninguna ruptura. (…)

Para terminar, mientras que la explotación del trabajo vivo en la producción (en el sentido amplio ya definido) debe seguir siendo central para la concepción de cualquier movimiento anticapitalista, las luchas contra la recuperación y realización de la plusvalía de los trabajadores en sus espacios de vida tienen que recibir el mismo estatus que las luchas en los diferentes puntos de la producción de la ciudad. Como en el caso de los trabajadores temporales e inseguros, la extensión de la acción de clase en esta dirección plantea problemas organizativos. Pero también ofrece innumerables posibilidades”.

Urge, en definitiva, reconstituir el proletariado en sentido amplio, que como hemos visto no es nada nuevo sino una idea “tradicional”. No tiene sentido negar las múltiples diferencias culturales, étnicas o de nivel de vida que existen dentro de nuestra clase, que siempre han existido, sino de examinar cómo se pueden acoplar esas diferencias en base a todo lo que nos une, para desde ahí poder plantear nuestra táctica y estrategia, como clase, para avanzar hacia la democracia política y la democracia económica, imposibles la una sin la otra.

Eduardo Pérez

Miembro del Instituto de las Ciencias Económicas y de la Autogestión (ICEA)

1. http://iceautogestion.org/attachments/article/541/metrica-gaspar.pdf

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=540%3Aevolucion-y-cambio-en-la-clase-trabajadora&catid=19%3Anoticias&lang=es

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=514%3Arecomposiciones-de-poder-entre-clases&catid=19%3Anoticias&lang=es

http://iceautogestion.org/index.php?option=com_content&view=article&id=512%3Asalir-del-aislamiento&catid=19%3Anoticias&lang=es

2. http://blogs.publico.es/pablo-iglesias/291/quienes-son-los-de-abajo/

3. http://www.kaosenlared.net/component/k2/item/63046-la-clase-obrera-hoy-canis-e-inform%C3%A1ticos-respuesta-a-pablo-iglesias.html

4. http://www.acracia.org/G797a132Calero.pdf

El retorno del haz de lictor

Hay a quienes hoy en día la idea de un nuevo resurgimiento del fascismo les pareciere una idea ridícula. Lo vencimos, lo erradicamos. Perseguimos a las tropas alemanas hasta el Nido de Águilas, Hitler se suicidó y Mussolini fue colgado por partisanos italianos. Lo vencimos. Entonces vino la democracia, la libertad, los derechos civiles, la derrota del bloque soviético, el fin de la historia, en palabras de Fukuyama, líder espiritual de los neocon.

Nuestro país, más que ningún otro, debería conocer la mentira que todo ello supone. Durante treinta años se mantuvo aquí un régimen de base fascista sin que eso supusiera conflicto alguno con los regímenes demoliberales de su entorno. La relación entre fascismo y Gran Capital ya ha sido de sobras demostrada, nombres tan conocidos como Hugo Boss, Volkswagen, Fiat o Banesto aparecen completamente asociados durante el dominio de los fascismos. Todos ellos son líderes en sus respectivos sectores económicos.

¿Cuál es exactamente esta relación? La historiografía burguesa, es decir, la historiografía de los Estados demoliberales que ganaron la segunda guerra mundial, a menudo explica el fascismo, o su variante nacional-socialista, como producto del empoderamiento de un psicópata. Todos hemos oído esa historia: Hitler, un loco con carisma obsesionado con la supremacía aria, logra engañar al pueblo alemán y hacerse con el poder, tras lo cual desarrolla sus planes de supervillano de la edad de oro del cómic norteamericano.

No afirmo, y menos aún teniendo en cuenta su autobiografía, que Hitler fuera lo que entendemos por una persona libre de traumas psicológicos. Sin embargo, su llegada y, sobre todo, su permanencia en el poder no se explican si no se tienen en cuenta el sostén que supuso para su partido la gran burguesía alemana a partir de los años treinta. La cuestión de cómo este sector social acabó dando su apoyo al fascismo, cosa que no solo hizo en Alemania, sino también en Italia y España, se explica con facilidad.

Todos los países en los que el fascismo triunfa tienen varios elementos en común: la descomposición del orden capitalista, especialmente de sus relaciones productivas y de mantenimiento del Estado, la agudización de la lucha de clases y el inevitable fracaso de otras salidas. Es decir, estos países se encontraban en una situación que posibilitaba el triunfo la revolución social de la clase trabajadora. La alta burguesía, atemorizada, cierra filas en torno a los movimientos fascistas con el objetivo de fortalecer hasta el máximo el Estado burgués, unificar a la clase capitalista y liquidar el movimiento obrero revolucionario.

Volviendo al ejemplo de Alemania. Tras la primera guerra mundial Alemania se sume en una crisis producto del endeudamiento que supone la guerra y el debilitamiento tanto del Estado como del ejército. Ante esta crisis la burguesía acaba por partirse y el movimiento obrero se torna revolucionario, protagonizando la formación de consejos y levantamientos populares. Es aquí cuando aparece la socialdemocracia como salida, como pacto de clase entre la clase obrera y la burguesía. Desde el punto de vista de los socialdemócratas, una retirada pactada de la burguesía que dará paso, gradualmente, al socialismo, a la república de los trabajadores. El fracaso de la socialdemocracia alemana de solucionar la crisis del capitalismo, al ser ésta una crisis solo salvable por la revolución de la clase trabajadora, fue lo que aupó al poder al Partido Nacional Socialista. Se ha hablado mucho de la matanza de seis millones de judíos pero muy poco de la persecución que sufrieron los elementos revolucionarios del pueblo trabajador. No digo con esto que lo primero no sea relevante, pues el señalar un mítico  enemigo es el recurso del fascismo para crear un pensamiento único que le permita unir y, en definitiva, subordinar al pueblo al Estado corporativista.

Sin embargo, la destrucción del movimiento obrero es su principal raison d´etre. Solo tras ello pudieron  refundarse, tras la segunda guerra mundial, los regímenes demoliberales en Europa occidental. Volviendo a la cuestión introducida más arriba. ¿Es posible en la actualidad el resurgimiento del fascismo? Lo cierto es que nos encontramos en una crisis que recuerda en cierta medida a la crisis del período de entreguerras. La situación de España o Grecia, endeudadas ante el imperialismo europeo no está muy alejada de aquella República de Weimar, igualmente endeudada ante Francia y Reino Unido. Con todo, las fricciones sociales y la agudización de la lucha de clases aún no ha llegado, menos todavía en España, al nivel de entonces. Mientras esto sea así lo que vamos a ver es la imposición de las salidas pactadas. Aquí distinguimos dos posibles salidas. Por un lado, puede darse (y, de hecho, se está dando) la formación de un Estado autoritario al estilo de la dictadura Primorriverista o del Estado Novo portugués. Las instituciones del régimen demoliberal se tambalean, se forma entonces un gobierno de concentración, se resta importancia al parlamento y se refuerza el aparato represor del Estado, mientras se pretende buscar el pacto con ciertos sectores del movimiento popular (no olvidemos aquí el pacto que se da entre Primo de
Rivera y la UGT o el apoyo del Partido Socialista a la monarquía Italiana). Todos estos elementos los estamos presenciando actualmente en Grecia, España o Italia.

Ocurre, sin embargo, que la salida del Estado autoritario puede no llegar a solucionar las tensiones sociales generadas por el capitalismo en crisis. Aquí es cuando puede producirse la segunda salida, producto de la división de la burguesía y del pacto entre los sectores progresistas-liberales de la burguesía y el movimiento obrero. Es la salida que proponen Syriza en Grecia o Izquierda Unida en España, la configuración de una socialdemocracia. Cuando, repito: inevitablemente, la socialdemocracia Alemana fracasa, cuando fracasa la república de la izquierda burguesa en España, en sus proyectos de alianza de clase es el momento en que, temiendo la revolución obrera
(única salida posible a la crisis del capital) la alta burguesía pasa a dar su apoyo a los fascismos.

Debemos entonces estar advertidos. Ningún pacto de clase es solución a la crisis, ésta solo puede lograrse mediante el triunfo total de la clase obrera, la eliminación del Estado burgués y la imposición de un nuevo orden económico, social y político basado en la libre organización del pueblo trabajador, en la descentralización de la economía y, en definitiva, en el avance del socialismo. Quienes defienden cualquier forma de pacto de clase están defendiendo no la solución al problema del capitalismo, si acaso su prolongación, que solo facilita la posibilidad del resurgimiento del fenómeno social que es el fascismo. Un triunfo de Syriza en los próximos años podría significar, no mucho después, un triunfo de Amanecer Dorado, ya fuera electoral, mediante una tranquila «marcha sobre Roma» (la socialdemocracia tiende a desarmar a la clase trabajadora) o bien mediante un levantamiento violento. A no ser, claro está, que esto sea impedido por el pueblo griego. Paralelo sería el caso de España, si el bipartidismo se descompone y triunfa Izquierda Unida, ¿cuánto tardaría la burguesía en apoyar a un movimiento de carácter fascista? La revolución es la única salida posible. Trabajemos pues, los revolucionarios, en facilitarla y, para ello, necesitamos construir un pueblo fuerte. Solo así es posible el definitivo triunfo ante los haces de lictor.

Fran.

1 36 37 38 39 40 53