Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. IV

América ha salido de sus cuevas”: política (exterior) tras el 11S e (interior) tras el 11M.

¿Tenían un objetivo estratético, más allá de la destrucción, los planes para la acción del 11S? ¿Pretendían acaso los cerebros de al-Qaeda la apocalíptica reacción que de hecho consiguieron arrancarle a la administración de Bush hijo y que incluyó una nueva intervención militar en Oriente Medio?

Los atentados del World Trade Center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 supusieron una conmoción para la sociedad americana y un jaque al rey. Los EEUU recibieron un recordatorio de la fragilidad de sus defensas en un momento que suponían pacífico: su supremacía militar y la falta de una potencia hegemónica que le hiciera sombra habían creado la ficción de la inmortalidad. Acostumbrada a la permanente tensión de la Guerra Fría y a la amenaza ya muerta de las cabezas nucleares soviéticas, tras la disolución de la URSS y con la llegada del salafismo yihadí la nación tuvo que afrontar una forma muy otra de enfrentarse al enemigo. Esta vez no se trataba de un adversario masivo, como lo fue Rusia, sino de un grupo terrorista prácticamente desconocido que impactó en las defensas de la gloriosa norteamérica y las quebró violentamente. Varias consecuencias subsiguen a la mayor intervención efectuada por una fuerza militar no estatal hasta ahora.

La primera de ellas es el radical cambio que experimenta la agenda de los EEUU en materia de seguridad y política exterior. El primer mandato de George W. Bush se enfocó hacia una retirada progresiva de tropas en el extranjero, además de una reducción considerable del presupuesto destinado al ejército. De alguna manera se pretendía retornar al estadío más aislacionista del país. El devenir de los acontecimientos, sin embargo, obligó a la administración presidencial de Washington a volver al intervencionismo que tan habitual había sido en anteriores legislaturas. Amparado en un deber moral para con el mundo, Bush Jr. declaró la “guerra contra el terror” y envió de forma inmediata tropas al Medio Oriente, del que sólo hacía unos años que había regresado. La respuesta adquiere una forma clásica: la declaración de guerra. Ante la negativa del gobierno talibán a entregar a bin Laden y sus secuaces, que siempre habían mantenido buenas relaciones con su régimen, se da paso a la invasión de Afganistán, que aún dura, por parte de las tropas americanas. A ello se suma la controvertida guerra en Irak –a diferencia de la afgana esta no contaba con el apoyo de Turquía, pese a ser miembro de la OTAN, ni de la Liga Árabe, que sí la habían legitimado en el caso de la toma soviética veinte años atrás–, iniciada el mismo año de 2001 y englobada igualmente en el combate general contra “el Eje del Mal”. Lo cierto es que el despliegue de tropas por toda la zona del Golfo se había efectuado de forma progresiva antes de dar comienzo a las hostilidades; EEUU, con la excusa de neutralizar la amenaza que Hussein suponía para la seguridad internacional debido a la posesión de armas de destrucción masiva –algo que no se ha confirmado hasta la fecha– y la pretensión de instaurar un régimen democrático en el país volvió a tomar posesión en un área donde le era de suma utilidad tener el control: la cuenca petrolífera por excelencia.

Ahora bien: son declaraciones del propio bin Laden tras los ataques de 2001 en medios islamistas, como la cadena qatarí Al Jazeera, las que inducen a pensar que esta invasión formaba parte del plan. Demos credibilidad por un segundo a la suposición de que más que considerar la destrucción del principal centro financiero de los EEUU como el fin principal de los atentados del 11S lo que se pretendía era esta respuesta violenta desde Washington para contraatacar la afrenta sufrida. “América ha salido de sus cuevas”, dijo el cabecilla de la Yihad: el enfrentamiento con un enemigo poderoso y percibido por la comunidad musulmana como claramente externo y opuesto a los valores islámicos tiene sin duda mayor capacidad de convocatoria que la lucha contra el enemigo cercano, con la que el fundamentalismo ya había claudicado tiempo atrás –cuando las salvajes persecuciones a las que se vieron sometidos los miembros de los grupos yihadistas mermaron por igual sus efectivos y sus ánimos–. Es decir: la provocación que para toda la sociedad occidental supone el 11S se idearía como catalizador para una futura provocación del mundo musulmán que hiciera a su vez alzarse el clamor furioso de la Umma.

No cabe duda de que a la imagen de los EEUU le benefició de una u otra forma la agresión de que fue objeto. Frente a la situación plana de liderazgo de la fase anterior, en la que no se enfrentaba de facto a un enemigo poderoso de similares capacidades económicas y militares, ahora se posiciona como una potencia que está bajo una amenaza real, fraguando su hegemonía y, de paso, la legitimidad de su invasiva presencia en el Medio Oriente. Sin embargo la marca EEUU se ha vistotambién muy desprestigiada debido a las técnicas de tortura –eufemísticamente llamadas enhanced interrogation techniques, técnicas de interrogatorio mejoradas– que empleó contra los individuos implicados en los ataques del 11S detenidos bajo sus órdenes; así como por la posibilidad de que la ejecución de Saddam Hussein en 2011 fuera un acto extrajudicial. La opinión pública mundial no era ajena a las atrocidades cometidas por los agentes de seguridad que decían luchar contra el terrorismo pero utilizaban métodos que se asemejaban mucho a él.

Siendo cierto lo anterior, encontramos justificación política también para las explosiones de los cuatro trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004. Después de la masacre el gobierno del Partido Popular –que finalizaba su legislatura apenas unos días después del suceso–, con José María Aznar como su presidente, se esforzó enormemente a nivel mediático para intentar difundir la opinión de que había sido la organización más señera del terrorismo español, ETA, la responsable. Pronto surgieron dudas sobre esta versión: con una capacidad muy mermada en los últimos años ETA no parecía tener la fuerza logística suficiente para llevar a cabo algo de tales dimensiones. Sin embargo los populares eran muy conscientes de lo que, de haberse creído, esto supondría en su beneficio –aunque sólo fuera posible minimizar los daños, que no evitarlos del todo–. Recordemos que España prestó sus tropas en apoyo a la intervención estadounidense en Irak, con la oposición de gran parte de la ciudadanía. Permitir que se vinculara el 11M al mundo islámico no significaba sino que la población lo asumiría como una venganza, culpabilizando al PP en tanto que se opuso a la opinión de la mayoría y, haciendo caso omiso a las protestas, apoyó el golpe militar. Y así fue: el 14 del mismo mes las votaciones dieron el poder al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

Es difícil, de cualquier forma, aseverar la pertenencia de los yihadistas a quienes se culpabilizó de las explosiones en Madrid al núcleo de al-Qaeda. En cualquier caso, no se tataría esta de una organización matriz al uso, de la que emergieran las distintas células que quedarían bajo su control: más bien los grupúsculos independientes se verían hermanados ideológicamente por la Yihad y el islamismo, lo que, en principio, sería suficiente para prestar sus servicios y aceptar el martirio por la causa sagrada; si bien se ha hablado mucho de la posible función de enlace entre la agrupación local y la oriental que algunos implicados podrían tener.

J.

Crónicas desde Estambul

Desde lo convulso que ha sido hoy (12/6)  el día en Estambul, voy a intentar resumir lo que está pasando. Hace alrededor de dos semanas comenzaron las protestas porque iban a destruir un parque en el centro de la ciudad (Gezi Park), al lado de su plaza más famosa, Taksim. Después de dos días y noches tranquilas con conciertos, charlas y reuniones, la policía dispersó de una forma extremadamente violenta las manifestaciones y concentraciones que se llevaron a cabo en la zona. Durante varias noches, Taksim fue zona de guerra. Rápidamente, se levantaron barricadas en cada uno de los accesos a la plaza, todo el mundo se equipaba con mascarillas, y bufandas, limones y leche, para evitar los efectos del gas.

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Mensajes y manifestaciones en solidaridad surgieron desde todas partes del país.

Teniendo en cuenta la gran difusión e importancia de los conflictos de Taksim, la estrategia del Gobierno y, por lo tanto, la actuación de la policía fue muy clara. La represión pasó a lugares menos transitados. Entre ellos, Izmir, tercera ciudad más poblada del país, y donde 40 twitteros fueron detenidos por sus publicaciones en la red social. Desde Ankara, donde cada noche la represión cobraba más fuerza, compañeros que viven allí nos comentaban que el centro de la ciudad es amplio y es muy complicado levantar barricadas o intentar detener a la policía. La represión en estas zonas tiene menos difusión y queda mucho más silenciada.

En Estambul, la situación no se tranquilizó hasta el jueves, mientras que en el parque las cosas se calmaron el sábado por la noche cuando la gente recuperó la ocupación de la plaza. Los conflictos estaban concentrados en una zona cercana llamada Besiktas, próxima al palacio del Dolmabahçe, uno de los accesos a la plaza. La policía lanzaba gas y agua a presión cada día. La gente que al principio llevaba mascarillas sanitarias, empezó a equiparse con máscaras especiales antigás, gafas de bucear, llevaba leche con antiácido, etc… El gas ya no era un problema. El único problema, el miedo. Miedo no sólo a ser detenido, miedo a ser golpeado y torturado durante la detención. Miedo a un juicio injusto, lleno de ilegalidades y de influencias gubernamentales.

El presidente del país, Tayyip Erdogan, no ayudó nada en estos momentos. Primero se fue a Marruecos a un congreso, donde el Rey se negó a recibirlo. Una vez de vuelta en Turquía, dio seis ruedas de prensa en un solo día. En ellas, se dedicó a lanzar mensajes provocativos, como “yo también tengo al cincuenta por ciento de la población de mi parte”, en mi opinión una clara llamada a la guerra civil, “los manifestantes atacan a mujeres con velo”, “entraron en la Mezquita de Dolmabahçe con zapatos”, afirmaciones erróneas y tergiversadas.

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El fin de semana el parque Gezi estuvo lleno de gente. Fue bonito volver a ver ese ambiente de paz y tranquilidad. Los manifestantes intentaban alejar a los vendedores de bebidas alcohólicas. Había aún demasiada tensión como para estar de fiesta. Las cocinas estaban llenas de comida y en todo el parque no había un solo rincón libre para levantar una tienda de campaña. El fin de semana fue tan tranquilo como se esperaba.

Todos sabíamos que el domingo o el lunes la policía iba a volver. Hasta la prensa turca lo estaba anunciando. Mi compañera de piso y yo fuimos de nuevo el domingo por la noche, pero no ocurrió nada, la gente estuvo bailando y cantando durante toda la noche. Había bastante poca gente. Unos dormían, mientras otros jugaban al voleibol y otros vigilaban las barricadas, que poco a poco, después de cuatro días sin ataques, habían perdido su utilidad y su fuerza. De los seis accesos a la plaza, uno de ellos nunca estuvo cerrado, pero ahora tres de ellos estaban libres de barricadas.

A las cuatro de la mañana, pensando que ya no pasaría nada, nos fuimos a dormir. Nos despertamos a las 6’30 de la madrugada al grito de ‘polis geldi’ o ‘polis geliyor’, vamos, que viene la policía. Pero justo después de prepararlo todo y de estar listas para ir a las barricadas, gente que venía de allí nos aseguró que era una falsa alarma, que no venía la policía. Volvimos a donde habíamos estado durmiendo y nos mantuvimos despiertas hablando con el resto de amigos turcos e intentando recabar información. Mientras soñábamos con un desayuno caliente y una enorme taza de café, volvemos a oír ‘polis geldi’ , nos levantamos, atravesamos la plaza y cuando nos encontrábamos en la primera barricada en la calle que se dirige a Besiktas, vimos una procesión de cascos blancos y el sonido de los cañones de agua. Uno de los cañones de agua nos pasó por encima, nos dimos la vuelta para volver a refugiarnos en el parque y la enorme cantidad de policía entre nosotros y el parque nos lo impidieron. Entre la confusión, intentamos levantar una barricada.

Pero la policía se movía más rápido que nosotras y nos quedamos atrapadas en un bar. Por la televisión, podíamos ver cómo la multitud de la plaza había quedado reducida a periodistas, algunas personas lanzando cócteles molotov, que, como ha quedado demostrado después eran policías secretas, y seguidores del SDP. El propio partido hizo mucho énfasis aquella misma tarde en que los manifestantes que se protegían bajo  escudos con sus siglas no eran afiliados suyos. Pero lo que los medios de comunicación no mostraban era cómo gente dentro del parque también estaba siendo atacada, cómo agredieron a un señor en silla de ruedas, y demás barbaridades que ocurrían al mismo tiempo.

Durante toda la tarde vivimos ataques de gas constantes, pero de un nivel medianamente pequeño. También nos enteramos a media tarde de que las cadenas de televisión que retrasmitían los hechos habían sido multadas con miles de liras turcas, argumentando que “las imágenes podían traumatizar a niños y personas sensibles”, ya que no eran de suficiente interés. Además vimos las imágenes de cuarenta y dos abogados detenidos en los juzgados por defender y apoyar públicamente a los participantes en las revueltas.

La policía intentó detener el acceso a la plaza cortando el Metro, gaseando a la gente que se dirigía hacia Taksim, pero a las 7 dejaron de intentarlo, eran demasiados. Alrededor de las 8 sufrimos otro gran ataque de gas, agua y pelotas de goma. Pero la gente resistió.

La noche transcurrió con un tira y afloja ente policía y manifestantes. Los ataques no fueron graves y parte de la gente pudo mantenerse en el parque. Un amplio número de personas se refugió en los lujosos hoteles al final del parque que han estado apoyando siempre, ofreciendo alojamiento, agua y a veces limones o café.

Esta mañana apenas queda gente en el parque, el alcalde de la ciudad y el jefe de policía lo han visitado y han dado una rueda de prensa en la que proclaman lo orgullosos que están de la actividad policial llevada a cabo. Según el Twitter del jefe de policía acabó a las 12 de la noche, cuando claramente no fue así. Veremos como transcurre la jornada de hoy después de que el primer ministro ya ha dicho hoy que quiere la plaza limpia para mañana.

Mi opinión personal acerca de este movimiento y gran revolución no está del todo definida, y se va modificando con el paso del tiempo, pero sí quería hacer algunas reflexiones. Es impresionante que toda estas personas se hayan unido estos días, pero ¿de qué sirve la unión si por todas partes de la plaza hay colgados o pintados símbolos de partidos políticos, organizaciones y sindicatos? Los huecos entre las tiendas de campaña albergan stands para publicitar organizaciones. ¿Es esa una verdadera unión? ¿Dónde queda representada la gente que no está organizada?

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Y finalmente, el movimiento se denomina pacifista, se limita a la defensa del parque. Pero, si no estamos dispuestos a jugarnos la vida, aunque sea con tácticas pacifistas, si no se aprende que cuando se lanza gas hay que resistir y no huir, sólo estamos esperando un final triste y sin ninguna victoria. Yo personalmente, no soy pacifista, pero no voy a ser violenta si ellos han decidido que esa no es la estrategia. Sin embargo, si uno quiere ser pacifista, hay que serlo hasta el final. Hay que volver a las acciones de pacifismo extremo. No puedes ser pacifista si no tienes valor para arriesgar tu vida por la causa. (La foto de la derecha es muy bonita, pero fue disuelta con la primera bomba de gas).

Aún así, debemos aprender de nuestros compañeros turcos, que tienen mucho valor, debemos colaborar con ellos en todo lo que podamos y mandarles todo nuestro apoyo. Esta no es solo su lucha, es una lucha de clases, es la opresión de la clase trabajadora una vez más. Y una vez más, no se debe permitir. ¡A la lucha!

Toda la información citada ha sido sacada de páginas web y periódicos: http://www.hurriyetdailynews.com/  o http://occupygezipics.tumblr.com/ o https://www.facebook.com/OccupyGezi?ref=ts&fref=ts o https://www.facebook.com/geziparkidirenisi?fref=ts y de experiencias tanto personales como de mis compañeros.

Sol

Tras el 25-A: tocado, pero no hundido

“¿Piensas o eres normal?” (De una pintada en Granada)

Del derecho y del revés, hay razones para concluir que la convocatoria de la Plataforma ¡En Pie! ,“Asedia el Congreso”, del pasado 25 de abril, se ha saldado con un exitoso fracaso. Expliquemos la aparente contradicción. Fue un revés porque no cumplió con sus pretensiones, sin duda de exigencia desmesurada. Ni hubo “asedio” ni recursos humanos suficientes para plantear algo semejante, ni en la tarde-noche de ese día, ni mucho menos indefinidamente, como fantaseaban los anunciantes. En ese sentido, la montaña parió una lombriz. Pero a partir de ahí solo se pueden contabilizar “éxitos”, de esos que a veces se ocultan en una “derrota oficial”.

Pero hay más. El primer triunfo está en ese ejercicio de pluralidad y autonomía que significó la propia convocatoria, tan alejada de las habituales unanimidades, númerus clausus y pensamientos únicos de todos juntos, disciplinadamente, a la voz de mando, a que nos tienen bochornosamente acostumbrados los clanes del sistema (partidos y sindicatos, autollamados representativos y “sedicentemente de izquierdas”). ¡En pie! llevó adelante en solitario (que no en soledad) su osada propuesta sin más rechazo que las lógicas reticencias de otros movimientos sociales y colectivos que no compartían el emplazamiento. Pero solo eso. Sin recibir nunca una visceral afrenta de ese magma amigo, aunque los medios de manipulación de masas se encargaran de vocear divisiones y vetos que solo existieron en sus calaveras. Pensaban que el descalabro de ¡En Pie! Sería la palanca para el asalto y la demonización del movimiento de los indignados.

El segundo logro fue desmentir el tremendismo de los voceros del régimen. Ni hubo ni se desató esa violencia indiscriminada anunciada, es decir actos sociales reprobables de naturaleza humillante y lesiva contra las personas. Todo quedó en cuatro carreras y algunos altercados propios de una población asfixiada por la trituradora del poder. Esa ciudadanía activa que no se resigna a poner la otra mejilla ante la brutalidad y prepotencia del sistema, en sus diferentes franquicias, PP-PSOE.

A continuación la cita sirvió para conocer, como dijo Robespierre, quiénes son los amigos del pueblo. Y así vimos a la dirección de IU y de CCOO-UGT denunciar solemnemente la convocatoria. ¡Gracias por No venir! Por cierto, ha sido innecesario y poco estético ese alineamiento de la dirigente más mediática de la Plataforma Antidesahucios (PAH) con el frente del rechazo. Ojalá escampe.

Otra motivo de satisfacción fue el ridículo espantoso que ha hecho las autoridades ante la opinión pública nacional e internacional con ese despliegue policial propio de un Estado totalitario. Más de 1.400 antidisturbios, aparte de los infiltrados y provocadores, para una concentración que la prensa cifró en unas 1.000 personas. De ahí esa extravagante y reveladora nota Interior al día siguiente elevando su número hasta los 2.000 manifestantes. Era injustificable que un “gobierno democrático” pusieran en orden de batalla casi el cincuenta por ciento de efectivos más que de protestantes. Y encima va el pobre presidente del Congreso Jesús Posada y se deshace en elogios a su profesionalidad.

Por lo demás, chapó por esa nota en twiter de ¡En Pie! a última hora de la tarde desconvocando la convocatoria y reconociendo que no había contado con suficiente “apoyo social”. El sentido de la responsabilidad que esa autocrítica conlleva, demuestra la inteligencia colectiva del movimiento. Una vez más ha demostrado mayor capacidad política y sentido democrático que los señores que hicieron levantar vallas y corazas ante la supuesta sede la la soberanía popular para que la chusma del pueblo no altere su siesta.

Turba, delincuentes natos, con características antropomórficas predeterminadas, a lo Lombroso, a decir de El País, que publicaba una guía de estilo para distinguir a la gente de normal y a los perroflautas: “Los primeros manifestantes eran en su mayoría personas adultas -decía la crónica-, algunas con banderas republicanas y otras con camisas verdes a favor de la educación pública. Poco a poco, un goteo de manifestantes más jóvenes y estética antisistema -ropas negras con lemas políticos, zapatillas de deporte y piercings- fueron llegando como con cuentagotas y ocupando su sitio en la primera fila junto a la valla”. Estética antisistema. Patético. Como lo del rector de la mayor universidad de Madrid, de apellido Carrillo, llamando a la policía para asaltar la Faculta de Ciencias Políticas y Sociología (¡el centro académico dónde se enseñan valores políticos y sociales, manda carajo!) en busca de subversivos. Otra vez el “comando Dyxan”.

Las salidas en falso de la primavera egipcia, tunecina y el frenazo cívico en Islandia deben hacernos reflexionar sobre la enorme dificultad y complejidad del desafió al que nos enfrentamos, la futilidad de simples golpes de mano o escenarios-espectáculo, y en consecuencia la absoluta necesidad de lograr mayorías de cambio radicalmente democráticas, que solo son posibles con una nueva conciencia que supere inercias y atavismos. La gran baza del sistema, como ocurre con la religión, es hacernos creer que no tiene alternativa. Vamos despacio porque vamos lejos. Comprometidos en una larga marcha que se inicia en un primer y humilde paso al frente diciendo “no”, que ya hemos dado; continua con la apertura de un proceso, en el que ya estamos, y debe perseverar en una estructura de nueva planta, donde todos seamos necesarios pero nadie imprescindible.

La resistencia sigue en pie. La conciencia indignada no prescribe. Acumulando fuerzas. Porque la insignificante lombriz proporciona el indispensable humus de la fertilidad. Metabolizando, rumiando, el ADN del “sí se puede”. ¿Piensas o eres normal?

Rafael Cid

Universidad ¡Obrera y antiestatal!

Los panfletos no sirven para entendernos. Las asambleas no sirven para debatir. Las consignas no sirven para argumentar. Las huelgas no sirven para definir un programa. Es necesario utilizar otros medios. Por ello nace este escrito. Este escrito nace del movimiento. En concreto del movimiento estudiantil. Este escrito nace de la lucha y nace para la lucha.

Este escrito quiere plantear la necesidad y las posibilidades del movimiento estudiantil de desterrar la lógica izquierdista de luchar “por lo público” de sus luchas cotidianas. En lo sucesivo el texto se referirá al contexto universitario, aunque tenga partes extensibles no solo al resto del sistema educativo sino al resto de estructuras y servicios públicos y estatales, desde las carreteras a la sanidad.

Por la pública

La defensa de la “educación pública” es una especie de moda que el movimiento estudiantil asume como propia desde hace casi 30 años. Es una especie de moda, dicho coloquialmente, porque aunque pudiera tener una justificación racional y estratégica como movimiento, viene impuesta por una corriente de opinión e ideológica que ha ido calando hasta hacerse hegemónica dentro del movimiento estudiantil. Esta defensa aparece en la década de los 80, especialmente con el nacimiento del movimiento estudiantil contemporáneo en la explosión del 86-87. Previamente las luchas estudiantiles tenían componentes políticos y sindicales íntimamente ligados a la ideología y las prácticas de la clase trabajadora en la que se desenvolvían. Esa ideología y esas prácticas se desarrollan durante todo el ciclo largo de lucha de los 70 con la influencia del 68. Pero la influencia del 68 queda reducida a una fachada espectacular cuando dentro del movimiento obrero gana peso la parte “formal” y lo pierde la parte “espontánea”. Esto es, crecen partidos y sindicatos frente a las asambleas, comandos y grupos autónomos que habían marcado el ritmo anteriormente. Eso significó una enorme aceleración de los procesos de recuperación por parte de la socialdemocracia que controlaba el estado español y un ciclo de pacificación social masiva.

En el preámbulo del estallido estudiantil del 86-87 aparece lo que luego se conocería como el Sindicato de Estudiantes. Esta estructura elaboró el discurso de la educación pública, a imitación de cómo se desarrollaba en otros territorios por parte de la izquierda europea más cercana al “estado del bienestar” que a la “dictadura del proletariado”. Desde que ese discurso nace y se generaliza acríticamente entre las asambleas estudiantiles que cíclicamente nacen y mueren ha sido el punto común de todas las luchas que ha vivido el movimiento estudiantil.

El discurso de “lo público” explica panfleto tras panfleto que la universidad pública está en peligro por la inminente reforma, sea cual sea. La universidad pública es entonces un derecho a defender por parte del estudiantado. Pasados unos años, tras varios ciclos como los de los 90, bricall, LOU…el discurso de la pública se tiñe de una cierta nostalgia. Se transmite la idea de que la universidad antes era más pública y estamos en medio de un proceso de privatización. La universidad pública es entendida como lo entendían los ilustrados: un espacio neutral para el aprendizaje y la investigación. Esta concepción, apoyada en una fuerte ideología, está muy vinculada a la creencia de que el conocimiento, la ciencia o la técnica son autónomas de la sociedad en que se desarrollan, es decir, son neutrales y sólo toman un sentido según la voluntad de quién las usa. El discurso de “la pública” se combina con un anticapitalismo de pega atribuyendo la misión de mantener neutral a la universidad al estado frente la parcialidad de “el mercado”. El estado, que en  nuestro caso es la monarquía parlamentaria con sus poltronas autonómicas, es entonces el garante de que la universidad sea un vergel de sabiduría del que podamos disfrutar los hijos y las nietas del proletariado.

Es cierto que se han puesto infinidad de matices a este discurso por parte de muchos de los sectores, organizaciones, asambleas e individuos implicados en las luchas. En el momento actual, mayo de 2013, en la paralización general previa a un cambio de ciclo de los movimientos sociales y en concreto los estudiantiles, es cuando más urgencia puede tener emprender un debate sobre el sentido de las luchas que hemos mantenido y sobre los palos de ciego dados. La superación de un discurso manifiestamente caduco e inútil pueda servir para romper esa parálisis.

¿Por lo estatal?

Los análisis algo más fundamentados y reflexionados sobre la universidad, su crisis y su futuro quedan encerrados en libros a los que el movimiento estudiantil no tiene mucha afición. Libros como “De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil”, “La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado global del saber”[1]  encierran unas herramientas de análisis para interpretar el papel de la universidad que no sólo rompen con el discurso de “la pública” sino que permiten elaborar nuevas herramientas tanto de análisis como de combate para las luchas antiautoritarias en el medio estudiantil.

Este análisis sobre la universidad, heredero del 68 y sus principales impulsores situacionistas, se fundamenta en la cosmovisión marxista de la sociedad de clases para explicar el papel de la universidad. Esta cosmovisión marxista sirve para entender la dominación económica vigente al explicar de forma bastante esquemática las relaciones entre la clase dominada, la trabajadora, y la dominante, la propietaria. Así se distinguen 3 funciones de la universidad en la sociedad de clases:

a)La universidad como aparato de la clase dominante para generar y extender la ideología dominante.

b)La universidad como aparato para la valorización del conocimiento transformándolo en capital.

c)La universidad como medio de producción de cuadros técnicos y de técnicas que servirán a la producción en el mercado capitalista.

Estas 3 funciones están interrelacionadas. En una determinada época de expansión de un sector económico, ese sector necesitará de cuadros técnicos. La formación de cuadros técnicos se hace asignando a las personas un conocimiento transformado en capital individual, un capital que el individuo interioriza y se hace oficial mediante el título. Esta transmisión de conocimiento, en forma de título, transmite ideología dominante al naturalizar la división del conocimiento en áreas, la división del trabajo en categorías patriarcales y asignar un valor a las personas en función de su capital académico. Este es un ejemplo de cómo interaccionan las 3 funciones de la universidad y de la complejidad de las interacciones entre las 3 funciones.

Estas 3 funciones sitúan la universidad como una herramienta de dominación de la clase capitalista independientemente de la gestión estatal, autogestionaria o privada de esta institución. La literatura estudiantil de estos últimos 30 años se ha centrado más en la cuestión pasajera de quién gobierna la universidad que en el problema fundamental que es la función de la universidad. La gestión de la academia es un tema importante que conviene tratarlo con una perspectiva más amplia que mirando solo las consecuencias inmediatas de quién y cómo se gestiona la institución en cada momento.

El avance de las políticas liberales lo que están modificando es la gestión de la institución, para que mantenga sus 3 funciones mientras se gestiona según unos criterios que permiten sacar pasta de la clase trabajadora a la que la patronal fuerza a adquirir una serie de títulos como requisito para ser empleada.

En retroceso y decadencia se presenta el modelo socialdemócrata del estado del bienestar, en que la universidad se gestiona como un recurso que el estado ofrece a la clase trabajadora para adquirir esos títulos que la patronal la exige. Esta concepción, que tiene como fundamento la idea de que el estado es una providencia neutral que mediante la democracia parlamentaria puede ser útil y beneficioso para la clase trabajadora; se sitúa dentro de la ideología dominante en la que la dominación económica del capitalismo es una verdad intocable, como también lo sería el estatismo.

Otro punto de vista que defiende la gestión estatal, más propio de las ideologías anticapitalistas, es el que defiende que la universidad “de masas” es una conquista de una parcela de poder de la clase dominada frente a la dominante y por tanto la gestión estatal la manera más factible de obtener unas ciertas cuotas de control de la institución. Así las relaciones mercantiles que se dan en la universidad –la compra de títulos- siguen la lógica de los servicios públicos y no de la empresa privada, lo que es mejor para la clase dominada. Este punto de vista se ha ido sedimentando en ciertas corrientes pretendidamente anticapitalistas hasta perder de vista que la cuota de poder de clase que se puede tener sobre cierta institución se va desgastando si no supone una ofensiva constante y expansiva a la sociedad de clases, que es precisamente lo que ha ocurrido en estos 27 años de defensa de la “pública”.

Una crítica más dura merecen quienes dentro de un anticapitalismo estético han querido resolver la evidente incongruencia que supone defender lo que percibimos que es una herramienta de dominación con la receta mágica y ambigua de la autogestión o de lo popular. Ante el proceso privatizador y frente al decadente estado del bienestar  se acepta renunciar a la palabra “público” por ser un vocablo desgastado por las corrientes ideológicas antes descritas y se reemplaza por la universidad autogestionada o popular, sin un mayor análisis. Es un síntoma de la inercia que llevan los movimientos anticapitalistas que hace que sus luchas sean estéticas y espectaculares el hecho de que el discurso que se presenta en el ámbito universitario para romper con la corriente hegemónica en el movimiento estudiantil sea caer en la trampa de discutir el modelo de gestión sin entrar a discutir el objetivo de esa gestión o haciéndolo muy de pasada para rellenar líneas en un panfleto. En todo caso, si esta postura supone un peligro enorme para el movimiento estudiantil es por la falta de pensamiento estratégico y táctico que supone. Ni desde el punto de vista de clase económica dominada, ni desde el punto de vista del individuo coartado, emprender una lucha en el medio estudiantil por la autogestión de la universidad puede llevar ni individual ni colectivamente a trazar estrategias de victoria porque obvian la naturaleza absolutamente dependiente de la academia, eje de la universidad, del resto de la sociedad tanto por su naturaleza material(falta de recursos) como por lo intelectual(contexto en que se da).

Saltemos la trampa.

Tenemos ante nuestro movimiento la necesidad de sacudirnos de un lastre teórico y es que no tenemos programa para la universidad en la que luchamos. Como se ha apuntado hasta ahora en este escrito la cuestión del carácter público-privado-popular de la universidad no debe ser el eje principal de nuestro discurso sino una consecuencia de este. El eje principal de nuestro discurso debe contemplar sobre todo el objetivo de la universidad y debe atravesar nuestra vida actual, sin idealizaciones, y llegar a la vida que aspiramos, sin matices. Eso significa ser radicalmente sinceras con nuestra situación de estudiantes y con nuestras aspiraciones anticapitalistas. Clarificar la cuestión de nuestra situación nos servirá para trazar estrategias y definir nuestras aspiraciones para concretar los fines de la lucha.

Ser sinceras con nuestra realidad como estudiantes: El movimiento estudiantil no deja de ser un movimiento social, colectivo y con aspiraciones colectivas, por lo tanto lo más inteligente es articular nuestra conciencia como colectivo, como estudiantado. Siendo estudiantado y según las 3 funciones llegamos rápidamente a la conclusión de que los estudiantes somos mercancía desde el punto de vista del sistema universitario. Desde nuestro punto de vista, ver la universidad como una institución por donde la gente de nuestra clase debe pasar para poder acceder luego a unas condiciones laborales algo mejores, nos sitúa como clientes de la universidad. Desde nuestro punto de vista, y en esto hay que ser sinceras, si estamos en la universidad es por el título. La romántica afirmación de que a la universidad se va a aprender por voluntad propia es un enemigo del movimiento estudiantil que tenga conciencia de clase, porque niega u obvia que en la sociedad autoritaria no hay espacio para nuestra voluntad si no se conquista luchándolo. En concreto niega que dentro de la dominación capitalista, la clase dominada se vea forzada a seguir unos ritmos de vida impuestos por la producción, que es precisamente lo que ocurre con la juventud forzada a comprar títulos universitarios para cumplir la función que la patronal espera para ella.

Esta visión de nuestra situación actual nos abre varios frentes de actuación que chocan con la ambigüedad con la que se emprenden luchas a día de hoy.

Primero: Las luchas estudiantiles puramente materiales, como las que giran en torno a los precios de matrícula, las normativas académicas, la estructura de las titulaciones, la carga de trabajo, la propiedad intelectual…se pueden enfocar desde un punto de vista netamente sindical y aplicar toda la experiencia organizativa y de combate acumulada por el movimiento obrero sin necesidad de matices. A día de hoy, las luchas supuestamente sindicales en el medio universitario se tiñen de estudiantiles y todas se ven fuertemente influenciadas por la defensa del modelo “público” como antes se ha descrito. Actualmente, en época de recortes como vía rápida para la reestructuración y puesta en marcha de la universidad-empresa, los conflictos surgidos como la subida brutal de tasas se están gestionando como ataques a la universidad “pública” y como situación colateral, ataques a la clase trabajadora. Desde un punto de vista de clase como el propuesto, la subida de tasas es una consecuencia de unos cambios en la universidad que van en contra de la universidad como manera de redistribuir los beneficios, facilitando la compra de títulos a las trabajadoras, y por tanto una reconquista de la clase dominante de un terreno perdido en los 70. En este ciclo de transformaciones regresivas en la universidad podría, desde el propuesto punto de vista, articular la respuesta tanto defendiendo la adquisición “barata” de títulos para nuestra gente como atacando sindicalmente a las empresas y sectores que exijan a sus empleados haber comprado unos títulos que ahora nos son inaccesibles. Además, al resituar el debate en términos de clase como condición material se hace tabla rasa entre estudiantes de lo público, de lo privado y de lo autogestionado. Esto abre un campo de lucha tabú hasta ahora en el movimiento estudiantil que son por un lado los centros privados y la gente que va a ellos, muchas veces bajo la banalización de afirmar que quién va ahí es gente adinerada cuando no la realidad es que es la misma gente que va a la “pública”; y por otro lado la inclusión en el movimiento estudiantil a toda la gente que participa de la educación no formal que se da dentro de todos los movimientos sociales de forma más o menos explícita.
En suma, esta propuesta de acción en la universidad significa dejar de defender una universidad pública para defender una universidad que sirva a las clases dominadas y a nadie más, pues eso precisamente es arrebatarles parcelas de poder al capital y al estado. Que las luchas estudiantiles giren en torno al sometimiento de la universidad a los intereses de los trabajadores llevará sin duda a clarificar las posiciones de las clases en conflicto en la actualidad, todo lo contrario que lo que se consigue con discursos ciudadanos y demócratas.
Merece una mención el hecho de que dentro del contrapoder sindical que podría suponer un movimiento estudiantil declaradamente clasista, la reivindicación de la defensa de la gestión “pública” podría ser parte de un programa estratégico a corto plazo. Desde el punto de vista de clase se puede defender la gestión “pública” de las instituciones universitarias como mal menor frente a lo privado, pero sin perder de vista que esta defensa de la gestión pública es circunstancial, no fundamental, y que es una mínima parte de lo que está en juego.

Segundo: El otro frente que permite desarrollar esta concepción es “liberar a la academia”. Al desvincular nuestra relación con la universidad con toda inquietud académica y reduciéndola a lo material dejamos un campo enorme de actuación que es la estructuración de realidades que nos permitan, no solo como movimiento estudiantil sino como clase dominada, la socialización del conocimiento y la creación embrionaria de la “universidad” anticapitalista. Al negar que sea la universidad como institución el campo en el que deba socializarse el conocimiento, por ser esta institución una mera herramienta de dominación, nos forzamos a crear herramientas de aprendizaje e investigación colectivos. Esto no significa que se deba renunciar a la infraestructura física ni intelectual de la universidad actual, pero si necesariamente a su sistema de funcionamiento. Eso significa que el movimiento estudiantil puede y debe desarrollar sistemas de aprendizaje colectivo en las facultades y escuelas, con el conocimiento que se maneja e instrumentaliza en ellas, pero lejos de la reglamentación y la lógica que impone y reproduce la universidad, osea, sin títulos. Queda claro, que dentro de esta vía de actuación no hay espacio alguno para la defensa de la “pública”.

Ser sinceras con nuestros fines como anticapitalistas: La visión clara sobre nuestros fines a lo que nos conduce a reconstruir el comunismo y la anarquía, ambas metas que las clases dominadas se han marcado como objetivos a lo largo de la historia, con esos o con otros nombres. En el área de la universidad el objetivo es importante definirlo porque sirve para trazar los métodos y estrategias de la “liberación de la academia”. La universidad que el movimiento estudiantil define como modélica, dentro de los desvarios de confundirla con la “pública”, es ese espacio imposible en una sociedad autoritaria en la que la universidad es un espacio donde el conocimiento, su transmisión y expansión, se realizan en libertad de estudio, cátedra e investigación. Eso significa resituar las funciones de la universidad en su posición ideal de espacio neutro en donde encontrar conocimiento y técnica, por lo que estamos ante una universidad anárquica, sin autoridades académicas ni influencia de dominación alguna. Pero ello, y no debe perderse nunca de vista, será imposible en la  sociedad patriarcal -que nos somete por género-, capitalista –que nos somete por nuestra necesidades económicas- y estatista –que nos somete por el lugar en que vivimos-. Eso sitúa al movimiento estudiantil que aspire a esta universidad anárquica como un movimiento necesariamente rupturista con la universidad actual dado que es parte del entramado de la dominación que hoy padecemos.

La propuesta aquí presentada es la de llegar a la ruptura mediante una lucha estudiantil muy proletaria y la construcción de la universidad anárquica en paralelo. Que ya va siendo hora de que empecemos a tomarnos en serio nuestra capacidad de transformar las cosas.

[1] De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil. Joseba Fernández, Carlos Sevilla y miguel Urbán. Akal. Madrid. 2013.

La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado del saber. Edu Factory y Universidad Nómada. Traficantes de sueños. Madrid. 2010.

BARCELONA, MAYO DE 2013

NIHIL

nihil.org@gmail.com

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. III

Salafismo yihadí: algunas nociones.

Lo que se ha dado en llamar “fundamentalismo islamista” propone algo tan simple como el retorno absoluto a los textos coránicos para la ortopraxia de la doctrina y la regulación de las sociedades regidas por gobiernos islámicos. Este literalismo no es exclusivo del salafismo: el amplio panorama de la resistencia islámica frente la permisividad de los regímenes árabes para con las potencias extranjeras, en el caso que nos ocupa los Estados Unidos (pero también la URSS en la época en que se inicia la gestación de al-Qaeda, cfr. supra), o la intrusión de valores políticos occidentales y democráticos tiene múltiples ramificaciones y tendencias interpretativas que consideran, cada una a su manera, la necesidad de atenerse de forma extricta a la Sharia.

Desde una perspectiva cronológica el salafismo yihadí surge como doctrina concreta en los años finales del siglo XX, como la denominación que los integrantes de los grupos paramilitares se dan a sí mismos. Los salafiyyah, “antecesores”, los primeros seguidores del Profeta, contemporáneos a su tiempo y compiladores de sus enseñanzas, son considerados los practicantes más estrictos del islamismo. Es este seguimiento disciplinado e incuestionable del Corán lo que se busca recuperar y para ello se pretende reactivar el sentido de la Yihad en su acepción de guerra santa y justa: son varias las ocasiones en que bin Laden hace, en los comunicados tras los ataques del 11S, mención al terrorismo que fomenta calificándolo como bueno, frente al terrorismo nocivo e intruso de los EEUU en la zona árabe y justificándolo como respuesta.

Tenemos, entonces, la fusión de dos conceptos: el retorno purista a la verdadera religión y el método para lograrlo, la Yihad. El producto que resulta de ello es un esfuerzo, sostenido por grupos minoritarios, para inculcar la lucha por el Islam, en su sentido más sangriento, a cada individuo de los que conforman la gran comunidad que es la Umma. Proclamada como deber personal, no es necesario que medie el dictamen de un gobernante musulmán de un estado democrático llamando a ella. Esta obligación religiosa –y por tanto sagrada– deberá abordarse con o sin el mandato explícito de un superior político y, si fuera necesario, en su contra: no apoyarla constituiría una herejía, una desobediencia a los mandatos superiores de Alá. En esta idea, difundida profusamente por el teórico Sa’id Qutb (cfr. infra) –intelectual egipcio, del que al Zawahiri se declara confeso discípulo– entre otros, se fundamenta la oposición de grupos como al-Qaeda a los regímenes de gobierno como el Saudí, que incurren en esta impiedad, en esta yahiliyyah: la ignorancia pecadora preislámica. En tanto que la soberanía de dios en la tierra es real y la única legítima, cualquier imposición de ley secular pretendida no sólo se ve como una intrusión del modo occidental –acicate también para los comunicados que justifican la lucha contra el invasor – sino que constituye una violación de la ley divina en toda regla, una muestra imperdonable de la arrogancia humana. Atenerse a la ley terrena constituye una ilegalidad conforme a la ley divina. Los precedentes para la conformación de este rigorismo, conocido como reformismo musulmán– en tanto que su objetivo es recuperar la legitimidad de los gobiernos mediante el retorno a la observancia de la Sharia–, son numerosos. Desde al-Afgani al propio Zawahiri, considerado el número dos de al-Qaeda y su principal teórico, un rosario de pensadores se asocian a esta corriente severa. Todas las inflexiones de esta línea intelectual distan entre sí en sus presupuestos. Es fundamental extraer la figura de Qutb y analizar su influencia, de enorme peso para la configuración y legitimación de los objetivos globales de la Yihad.

Sa’id Qutb, nacido egipcio, fue un miembro fundamental de los Hermanos Musulmanes1, ostentando su dirección durante la época de los sesenta y setenta, una de las más activas a nivel político –lo que equivale a decir una de las más violentas– de la organización, durante la cual tomó parte en diversos atentados en Egipto, fue prohibida y sus miembros sufrieron la persecución, encarcelamiento y muerte a manos del gobierno. Qutb destacó en su juventud por su laicidad y moderación: no es hasta su viaje a EEUU en 1948, en un envío especial del Ministerio egipcio de Educación para el que trabajaba, que descubre su profunda fe en el Islam y repudia las costumbres occidentales, atacando directamente el consumismo, el libertinaje y la vacuidad de sus sociedades. Es a su vuelta a su país natal dos años más tarde cuando abraza la religión de forma radical, deja su puesto en la administración civil y comienza su militancia en los HHMM. Sus prédicas contra todo lo considerado un valor occidental inmiscuido en las sociedades islamistas, entre lo que se contaban los gobiernos de los países árabes, el calibre de los ataques perpetrados por la guerrilla asociada a la ideología panislámica relacionada con la hermandad y su implicación en el intento de asesinato del presidente Nasser –enfrentado públicamente a los Hermanos pese a la fase inicial de su mandato, cuando estos apoyaron el golpe de estado que derribó la precedente monarquía, remanente de la autoridad británica colonial– fueron el motivo de su encierro en prisión, donde escribió su obra más influyente, y de su permanente tortura hasta su ajusticiamiento en el 66. Juzgo importante considerar las condiciones de penuria y sufrimiento extremo que sufrió el principal motor intelectual de la Yihad salafista para comprender su posicionamiento a favor de la violencia. Acérrimo defensor del retorno al islam como toda fuente legislativa, puede decirse que engendró el concepto de enemigo cercano, posteriormente matizado por al-Zawahiri, refiriéndose a aquellos dirigentes que, obviando el mandato divino, dirigían sus naciones a golpe de ley secular. Esto será lo que posteriormente impulse el empeño de bin Laden para deslegitimar la monarquía saudita, infiel, ignorante de la norma, y su declarado alejamiento del wahabbismo –enmarcado también en las doctrinas reformistas– adoptado oficialmente por esta.

El llamamiento ladenista contra el enemigo estadounidense se fundamenta, pues, en esta necesaria sumisión de la comunidad al mandato de Alá, que no es sino el primer paso para encarar posteriormente la lucha contra el enemigo lejano.

Frente a las interpretaciones de la violencia como un acto nihilista de destrucción y algo intrínsecamente ligado a las enseñanzas de las azoras hay quien defiende que se trata de un conflicto más político que religioso (Burgat, 2006) y plenamente justificado en términos de autodeterminación de los pueblos y de la resistencia frente a la opresión y al adoctrinamiento occidental –ese etnocentrismo estadounidense generado por la supremacía moral que la máxima potencia mundial en términos culturales, económicos y simbólicos, se arroga–. Entender el retorno al Islam como algo legítimo y sociopolítico, en reacción a la invasión de potencias extranjeras cuyos intereses en la región juegan en contra de la soberanía del pueblo, más que como un movimiento sectario no impide reconocer el carácter extremista de los grupos que, como al-Qaeda, al-Yihad o Hezbollah, pretenden la liberación de la opresión neocolonial mediante métodos igualmente totalitarios y destructivos.

J.

1Asociación de larga andadura, fundada en 1928 por el teórico Hassan al-Banna con propósitos comunitarios y de reunión en torno al islamismo, cuya deriva no es posible analizar en un marco tan escueto como este. Valga decir que la interferencia entre ella y los movimientos yihadistas ha sido enormemente fructífera: la radicalización de sus miembros ante la respuesta tibia que la hermandad sostuvo frente a las agresiones contra el enemigo espiritual en varios países, principalmente Egipto, donde se originó, hizo que muchos abandonaran para entregarse a una lucha más en firme. Entre los que dejaron la matriz se encuentra el ya mencionado Ayman al-Zawahiri.

La policía.

En apoyo a nuestros compañeros detenidos de forma premeditada el 25 de Abril a manos de la policía y del Estado totalitario al que sirven y obedecen.

Nuestra propia policía nos pega, nuestra propia policía nos desahucia. Desde que somos jóvenes. Nuestra propia policía nos reprime cuando señalamos la corrupción de aquellos a quienes ciegamente obedecen, de aquellos que les pagan el salario con nuestro dinero. Nuestra propia policía.

Nuestra propia policía es ciega, nuestra propia policía no distingue entre quienes solo tienen la legalidad artificial de ricos sobre pobres y quienes toda la legitimidad de igualdad entre iguales.

¿Por qué agredir a un ciudadanos es legal y contestar esa agresión es violencia?

Nuestra propia policía debe saber que, agredir a un ciudadano indignado, solo es legal porque alguien con más poder que ese ciudadano indignado lo escribió en un papel, pero es un acto carente de legitimidad y de racionalidad.

¿Se puede concebir algo más ilegítimo y retorcido que agredir a un ciudadano cuando está denunciando un robo que se ha cometido contra él? Bien, todo depende de quién sea el autor del robo. Si el autor del robo es el mismo que paga al policía agresor con el dinero del ciudadano agredido, entonces se dice que es legal.

Despierte nuestra propia policía.

Despierte nuestra propia policía y comprenda de una vez que su «trabajo» no puede consistir en agredir a sus conciudadanos. Pues esa actitud es una enfermedad y como tal deberá ser tratada.

Despierte nuestra propia policía y vea en el rostro del ciudadano a quien dispone a agredir: a su madre, a su padre, a su hermano, a su hija, al pueblo.

Despierte nuestra propia policía y sea consciente de qué principios deben preservar, de qué orden deben mantener, de a quién debe proteger y de quién debe protegerle.

Despierte de una vez la razón en ellos y repriman, en todo caso, al neonazi que bulle dentro de muchos de ellos.

Si nuestra propia policía no despierta, tarde o temprano será despertada por el ciudadano a quien pretende agredir para mantenerle atemorizado. Quizás despierte cuando el ciudadano les acorrale con su aplastante mayoría y con su aplastante argumento de querer vivir en paz. Quizás eso sirva para sacar al cobarde que lleva dentro nuestra propia policía.

Si nuestra propia policía no despierta a tiempo será una cuestión sencilla la que habrá que dilucidar: su sangre o la nuestra, será el final del camino, y no será la mayoría quien sucumba, pues no habrá suficientes balas ni porras para todos. No habrá legalidad en el mundo que ampare a la minoría opresora para quien trabaja nuestra propia policía, pues habrá llegado el tiempo de la legitimidad del ciudadano, el fin del reinado de su «legalidad» irracional.

Dótese el pueblo de su propia policía, en defensa de la legitimidad más absoluta de ayudar al débil y acabe ya el «orden establecido» de ayudar al poderoso dándole de beber la sangre de los débiles.

No de ni una vuelta de tuerca más nuestra propia policía, pues el hambre no tiene miedo, y el miedo no tiene freno. Y una vez que el final se desencadene, ya todo dará igual.

Retroceda nuestra propia policía por las buenas, ahora que todavía está a tiempo.

«De entre los esclavos, no hay más cobarde que aquel que protege al amo»

Radix

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