La función de la educación

Este artículo es, en parte, la continuación de mi anterior artículo. En este último, pretendí realizar un esbozo acerca de la importancia de las características adquiridas mediante el proceso educativo.

A lo largo de la historia, todas las personas, sin importar las barreras del espacio o del tiempo, han coincidido en la importancia de la educación. Desde la alegoría del mito de la caverna de Platón, donde retractaba el arduo y costoso camino del proceso educativo y donde hacía énfasis en la manipulación de la realidad que sufrían aquellos presos ignorantes, hasta la educación y la escuela institucionalizada de hoy en día, pasando por todos los altibajos a lo largo de la historia. Todos han coincidido en su importancia, y de entre estos, a algunos les convenía dirigirla para asegurar sus intereses en un futuro.

Ahora bien, ¿qué pasa en nuestras escuelas? ¿a qué es debido el fracaso escolar tan elevado? ¿qué se está haciendo mal? Todos los gobiernos, sin importar de qué color sean, tratan de resolver este asunto tan desagradable que es el fracaso escolar. Pero lo hacen de manera tan superflua que no llegan siquiera a arañar su superficie, y mucho menos llegan a la raíz del problema en cuestión. Sabemos que algo no va bien cuando los niños -y no tan niños- entran en un estado de depresión cuando hay que volver a la escuela. Todas las semanas la misma cantinela: «mañana ya es lunes, qué asco». Pero no solo lo dicen los alumnos, sino que, peor todavía, lo dicen muchos maestros y educadores. Huelga decir que jamás ningún gobierno, y precisamente porque es un gobierno, podrá resolver estos problemas. Y, sin embargo, lo intentan, y con mucho ahínco, con las reformas educativas y sus consecuencias tan nefastas que estamos viendo en nuestros días.

No hace falta mucha filosofía para percatarse de que es ilógico que dichos programas educativos los realice un grupo administrativo. ¿Cómo pretende el gobierno planificar la educación de millones de niños, si entre sus filas no hay un solo educador? Son solo administrativos que no tienen ni idea de educación. Es más, ¿cómo pretende cualquier gobierno dirigir la educación de millones de niños que estarán vivos dentro de sesenta años, si el propio gobierno no sabe ni qué será del país en cinco años? Como se puede apreciar, el primer fallo es la institucionalización estatal de la educación.

Para poder entender la educación tal y como se conoce hoy en día, debemos remontarnos a sus orígenes. ¿Dónde surgió el concepto de educación pública, gratuita y obligatoria que utilizamos hoy en día? Este concepto proviene de finales del S. XVIII y principios del S. XIX, con el despotismo ilustrado, en Prusia. El régimen absolutista de Prusia, temeroso del contagio de la revolución francesa de 1789, empezó a introducir algunos principios de la ilustración en la educación para satisfacer al pueblo, pero manteniendo el régimen absolutista. De ahí el nombre de despotismo ilustrado. En dicha educación prusiana había una fuerte división de clases y castas. Se fomentaba la disciplina, la obediencia y el autoritarismo. ¿Qué querían estos señores, pues? No querían un pueblo culto e ilustrado. Al contrario, buscaban un pueblo dócil y obediente. Buscaban, en fin, súbditos. Las noticias de su éxito corrieron a lo largo y ancho del mundo, y representantes de todos los países del mundo occidental visitaban Prusia para nutrirse de dicho sistema educativo. Así, promulgaban la educación gratuita y alzaban la bandera de la igualdad por todo el mundo, cuando su esencia misma era el despotismo que buscaba perpetuar modelos de clases elitistas y la división de clases. Y esto opera, se sepa o no se sepa, hasta el día de hoy.

Este tipo de escuela nace en una época de crecimiento industrial, es decir, de obtener los mayores resultados observables con el menor tiempo y esfuerzo posible. Esta escuela era la respuesta ideal ante la necesidad de trabajadores medianamente cualificados, pero que fueran incapaces de cuestionar nada. La educación de entonces y de ahora sigue siendo lo mismo; una herramienta para formar trabajadores útiles al sistema y para que la cultura permanezca siempre igual. En fin: conservar la estructura establecida de la sociedad. No es de extrañar que este tipo de escuela fuera financiada por grandes propietarios y magnates de las finanzas, como fueran  J. P. Morgan o Henry Ford.

La escuela se complementó con investigaciones sobre el control de la conducta, llegando incluso a teorizar acerca de la superioridad racial. Tampoco es de extrañar que los primeros estados con el sistema prusiano o similar, fueran con el paso de las generaciones focos de xenofobia y de nacionalismo extremo. El modelo de producción industrial en cadena de montaje era perfecto para esta escuela. La educación de un niño era comparable a la manufactura de un producto, por lo tanto requería una serie de pasos determinados en un orden especifico. Separando a los niños por generaciones en grados escolares, y en cada una de estas etapas se trabajaría sobre determinados elementos totalmente parcializados. Contenidos que asegurarían el «éxito», pensados minuciosamente por un experto administrativo. En esta cadena de educación-producción, una persona -profesor- estaría al cargo de una pequeña parte del proceso, insuficiente como para conocer el mecanismo en su totalidad ni a las personas en profundidad. Un docente por año, por materia y por cada treinta o cuarenta alumnos, llegando al punto de que el proceso termine siendo meramente mecánico. Este sistema de montaje, que nace con el Taylorismo, fue aplicado tanto en la industria como en la escuela de diferentes países y culturas de occidente.

Se han construido las escuelas a imagen y semejanza de prisiones y fábricas, priorizando el cumplimiento de las reglas y el control social. Esta escuela se pensó como una fabrica de ciudadanos obedientes, consumistas y eficaces, donde poco a poco las personas se convierten en números, calificaciones y estadísticas. Las exigencias y presiones de dicho sistema terminan deshumanizándonos a todos, tanto a los alumnos como a los profesores. Todos han de hacer lo mismo, han de saber lo mismo, y hay poca o ninguna atención personal. La escuela actual instruye; es un centro de instrucción. La esencia de la escuela prusiana esta inmensa en la estructura misma de nuestra escuela. Los test estandarizados, la división de edades, las clases obligatorias, el sistema de calificaciones, el sistema de premios y castigos, los horarios estrictos, la separación de la comunidad, la estructura verticalista, etc. Todo esto forma parte en las escuelas del S. XXI. El sistema educativo no ha cambiado, ni de lejos, tan rápido como lo ha hecho la sociedad. Como se puede observar, la educación actual no se puede cambiar con ninguna reforma educativa, porque el cambio debe de ir mucho más allá de lo que ningún político ni administrativo entiende ni llegará a entender jamás. El cambio debe de ser en la base misma de la educación.

Habiendo repasado ya el origen de la escuela actual y sus múltiples errores de base, pasemos a analizar más a fondo otras cuestiones y a intentar plantear cómo debe de ser realmente al educación y cuál debe de ser su función. Antes de empezar, me gustaría recalcar cómo deben de organizarse los valores en una sociedad, y como dichos valores se tergiversaron en pos de ciertos intereses.

Ámbito cultural (educación): Libertad

Ámbito político/social: Igualdad (de derechos)

Ámbito económico: Fraternidad

Seguramente estos valores os sonarán a muchos de vosotros de la revolución francesa de 1789, comentada anteriormente. ¡Liberté, Égalité, Fraternité! Libertad en la educación y en el ámbito cultural, porque no todos tenemos ni las mismas capacidades, ni las mismas virtudes, ni los mismos gustos ni dones. Hay que dejar libertad a todos para que puedan explorar qué les gusta y que cada uno pueda reconocer sus aptitudes sin ningún tipo de límite. De estas diferencias y de esta diversidad brota el progreso humano, y hay que estimularlo. Como bien dijo Bakunin: «La diversidad es la vida, la uniformidad es la muerte«. Igualdad en el ámbito social, porque a pesar de nuestras diferencias cognitivas, todos somos igualmente personas y merecemos el mismo trato y respeto ante nuestros semejantes. En el ámbito económico no voy a entrar a hablar en este artículo, solo decir que, tal y como se planteó en 1789, en la economía debe de haber fraternidad, porque los actos traen consecuencias. A continuación voy a poner cómo a estos valores se les ha dado la vuelta de forma nefasta. Ahora ha quedado trastocado de esta manera:

Ámbito cultural (educación): Igualdad

Ámbito político/social: Fraternidad

Ámbito económico: Libertad

De esta manera, mediante la escuela prusiana que ha llegado hasta nuestros días, en el ámbito cultural y en la educación queda la igualdad, y se proclama que todos hagamos lo mismo y sepamos lo mismo, a pesar de que no somos iguales ni tenemos los mismos gustos ni aptitudes. Se obstinan en que se nos eduque a todos de igual manera y sin libertad, creando de esta forma un pensamiento único. La educación sin libertad da como resultado una vida que no puede ser vivida plenamente. En el ámbito político queda la fraternidad, y esto es evidente ante la camaradería que existe entre todos los partidos políticos, a pesar de que aparentemente se tiren piedras. Y en el ámbito económico, en el cual no entraré, queda la libertad. Lo que hoy se conoce como libre mercado.

Una vez aclarado cómo debería ser y cómo es, podemos empezar a hablar de revertir este proceso e intentar transmitir libertad en el ámbito cultural.  La palabra educación, proviene del latín «educere», que significa «sacar o extraer del interior». Es decir, educar es enseñar a reconocer las virtudes interiores de cada uno, y una vez reconocidas, ejercitarlas y potenciarlas. Estos valores de reconocimiento interno se han perdido completamente en la sociedad. Ahora los padres y los profesores nos dicen: «Estudia mucho y consigue muchos títulos para poder ganarte la vida». Esto se les repite todos los días a los niños, por parte de padres y profesores, y es monstruoso. ¿Cómo que para ganarse la vida? ¿Ese es el fin de la educación; ganarse la vida? Ya entramos, de nuevo, en los viejos métodos de la escuela prusiana de premio-castigo. Hace unas cuantas décadas esto no se decía así. Antes a los niños se les decía: «Estudia mucho para que en un futuro puedas ser alguien de provecho a la sociedad». He ahí el verdadero cambio. Se debe de estudiar, no solamente para ganarse la vida, sino para aportar todas tus capacidades, todo tu talento, todo tu amor y aprecio hacia los demás. El proceso educativo y su fin es de dentro hacia afuera. Aporta y confía que recibirás, porque uno recoge lo que siembra.

Si alguno de los lectores tiene algún hijo, no le descubriré nada nuevo, pero ha de quedar claro que todos, sin excepción, todos los niños y niñas nacen científicos. Es maravilloso la forma con la que experimentan con su entorno. Para ellos es todo nuevo. Muy de pequeños lo tocan todo y se lo llevan a la boca, más de mayores lo presionan y lo lanzan al suelo. Cuando empiezan a hablar preguntan constantemente qué ocurre ahí afuera y por qué ocurre. Son tan curiosos, tienen tantas ganas de aprender, que son capaces de asombrar incluso al científico más brillante del mundo. Nunca aprenden lo suficiente, parecen un pozo sin fondo de curiosidad y de motivación. Es más, aprender les provoca satisfacción.  Si todos son así, ¿por qué ese tedio y ese aburrimiento en las escuelas? ¿por qué tantas pocas ganas de querer aprender? Es evidente que algo del proceso educativo no les hace bien y es fuertemente nocivo para su correcto desarrollo.

Yo establezco diferencia entre la sabiduría de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera solo puede apreciarse por su carácter más minucioso y previsor, como resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad de pensamientos e ideas, las cuales, por su cúmulo tumultuoso, no son susceptibles de elaboración inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepción de futuros proyectos y dan los materiales, de entre los cuales la sesuda vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud.

La escuela es tan sumamente repetitiva y formal, que es capaz de aburrir a cualquiera en muy poco tiempo. Los niños pasan años y años, día tras día, seis horas cada día, ante un profesor de acento monótono que quiere que todos estén callados, en su sitio, y haciendo tareas que a la gran mayoría de los presentes ni les gusta ni las utilizará nunca. Los conocimientos, al igual que el resto del todo en esta sociedad, están jerarquizados. En la cúspide de la pirámide tenemos a las matemáticas, un poco más abajo el lenguaje y las ciencias, más abajo la historia y las humanidades. Y al fondo del todo, allá abajo, quedan las artes escénicas, las artes plásticas, los proyectos, etc. La educación de hoy en día está totalmente parcializada, y solo se da importancia a ciertos aspectos y conocimientos formales. En todas las escuelas y universidades se nos dice que un objetivo es aquello que es medible, cuantificable y observable, y entonces se empezó a buscar la regla que les permitiera medir los objetivos, y a eso se le llamaron calificaciones. El fin último siempre va a ser el mismo: comparar al sujeto y sus aprendizajes frente a una escala estandarizada que mide… ¿qué? Si cada sujeto es único, singular e irrepetible, ¿cómo se atreven a medir a todos por igual, sin importar gustos ni capacidades? Buscan que un número defina incluso la calidad de persona que eres, y en función de estas calificaciones, de estos números, te tratan de una manera u otra. Puede parecer cosa inocua, pero este hecho condiciona de una manera terrible a los niños.

Las calificaciones son, pues, otro método de premio-castigo que el modelo conductista elaboró. Los premios y castigos operan manipulando las necesidades básicas. Cuando no recibimos amor o protección hacemos lo posible para obtenerlos, generando, de esta manera, mecanismos de conducta y comportamientos que nos permitan sobrevivir. Nos condicionamos. Los niños no estudian para aprender, ni trabajan por placer, ni para realizarse -como debería de ser-, lo hacen porque sino pierden la seguridad y el amor. Sienten que mueren. Todo su accionar pasa a estar controlado por el miedo. Lo que se hace en todas las escuelas del mundo es sembrar el miedo. Se pone límites a las personas, y poner límites se retracta en el miedo. El miedo es un arma de control social. Todo lo que vemos en el mundo tiene como base el miedo. El miedo al cambio, miedo al progreso, miedo a ser tu mismo, miedo a amar, miedo a revelar tu ser ante este mundo, etc.

De esta manera yo digo, ¡basta de calificaciones y de darle importancia al objetivo! Lo importante no es el objetivo, ni el estímulo exterior de refuerzo o castigo. Lo importante es el proceso, el camino, sin ningún tipo de condicionamiento, presión o autoridad externa. La educación actual es un camino lineal y programado, y con unos objetivos bien definidos. Debe de ser justamente lo contrario. El infante disfruta del camino, y se tiene que dejar que vaya por donde él prefiera; debe de obedecer únicamente lo que sus impulsos naturales le digan. Dejémonos también de objetivos iguales para todos. El aprendizaje lo aporta el niño solo porque nacemos científicos, y este aprendizaje solo se aprende con un camino exento de límites que condicionan la voluntad. El aprendizaje, reitero, debe de ser libre y único. El educador solo es un mediador, un acompañante, pero el viaje es del niño.

De este modo, lo único que de pequeños se les debe de enseñar mediante el ejemplo es el de respetar las diferencias de los demás, de las misma manera que los otros respetarán su diferencia. Hay que motivarles y prestarles atención, y todo esto solo se puede lograr mediante una educación integral del todo; una educación holista. Es lo contrario a la educación parcializada de nuestros días. Una educación integral se caracteriza, principalmente, porque los alumnos están en constante movimiento, experimentando con su entorno mediante diferentes actividades. No se sientan en una silla horas y horas, sino que se mezcla la actividad motora con la cognitiva. Es esencial que los niños se muevan en sus primeros años de educación. Uno aprende lo que hace con acciones, y la libertad solo se aprende ejercitándola. De este modo, se potencia la curiosidad, la motivación, la libre elección de la actividad en función de sus gustos, la libre expresión de su diferencia, la ejercitación de sus virtudes, la cooperación social, el respeto de la diversidad, etc. Hoy en día se potencia justamente lo contrario a estos valores tan preciados. Los separan, clasifican, ordenan y evalúan de forma espantosamente mecánica. De aquí surge el aburrimiento y la posterior desmotivación. Aplastan en ellos toda flor de curiosidad, convirtiéndola en miedo y desconfianza en sí mismos y en los demás. De esta manera es, cuanto menos paradójico, que los profesores hablen de paz en las aulas. Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. Se educa en la competencia, y eso es el inicio de cualquier guerra.

Es deprimente la cantidad de talento y de genialidad que se desperdicia por culpa de este sistema «educativo». A los cinco años de edad, el 95% de los niños podrían ser considerados genios. En cambio, a los quince años solo podrían ser considerados el 10%, y el porcentaje todavía se reduce más a medida que van pasando los grados escolares. Las personas que acaban su educación en este tipo de escuela acaban siendo solo genios en potencia, pero no en la realidad. Esto ocurre porque de pequeños no han tenido esa oportunidad de conocerse a sí mismos, no han tenido esos proyectos que les acercan a sus aptitudes interiores. Como bien dijo Einstein: «Si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, crecerá toda su vida pensando que es estúpido«. Y eso precisamente es lo que ocurre. Un niño que podría ser un bailarín talentoso, crece pensando que es estúpido porque no se le dan bien los números. Es terrible; terriblemente cierto.

Así que me planteé, ¿y por qué todo esto que parece tan evidente no se aplica en la realidad? ¿por qué, después de siglos, se sigue practicando la educación de igual manera, de forma tan nefasta? He encontrado, pues, tres razones principales por las cuales el sistema educativo es un desastre y a pesar de eso nadie -o casi nadie- mueve un dedo.

La primera razón es debida a un prejuicio, al cual, desgraciadamente, los anarquistas ya estamos habituados. La gran mayoría de personas tienen pavor de que la falta de una disciplina autoritaria cree desorden. Es tan errónea esta creencia, que me parece casi ridículo tener que escribirlo.

Existen tres tipos de disciplina. La primera es la disciplina autoritaria, la cual posee reglas, control, y existe una autoridad superior que toma todas las decisiones. Este tipo de disciplina es la practicada por todos los sistemas educativos. El profesor es el único que tiene voz y voto, y por parte de los alumnos no quiere «ni escuchar una mosca». La segunda es la disciplina funcional, donde las reglas derivan de experiencias reales, y son modificadas y establecidas en grupo. Las reglas son establecidas por la comunidad y son elección de todos por igual. Este tipo de disciplina es la ideal para educar a alumnos en un número más o menos elevado, porque fomenta la participación y el respeto de todos con todos. Finalmente está la auto-disciplina, la cual se caracteriza porque cada persona es consciente de que controla su propia conducta. El desarrollo de este tipo de disciplina irá en consonancia con la disciplina funcional, porque el conocimiento y el respeto de uno mismo se extiende, inconscientemente, a la comprensión y al respeto de nuestros semejantes. Con todo esto, se puede afirmar que no estoy en contra de la disciplina. La disciplina es indispensable, pero tiene que ser una disciplina interior motivada por un propósito común y un sentimiento de camaradería; mezcla e interacción de funcional con auto-disciplina. En fin, la disciplina debe de ser de comprensión, no de imposición. Las consecuencias de la disciplina autoritaria son exasperantes. Con autoridad no hay ni aprendizaje ni respeto hacia el otro, solo existe la obediencia.  Es de sobra sabido que con autoridad no se educa; se adiestra. Otra consecuencia terrible de la disciplina autoritaria es que los niños, cuando salen de la escuela y se han de enfrentar al mundo real ellos solos, no saben qué hacer ni qué elección tomar, debido a que toda su vida ha habido alguien por encima que ha estado decidiendo por ellos. Son, sin saberlo, discapacitados, porque se les ha coartado la libertad durante toda su vida, y la libertad, repito, se aprende ejercitándola.

La segunda razón por la cual todo sigue igual es debido a una incapacidad por parte de los profesores. Uno no puede dar lo que no tiene. Los profesores, educadores o maestros, son igualmente producto de la sociedad, y ellos también han sido educados en la autoridad. De esta manera, el profesor duda incluso de sus propias emociones, y si duda de él mismo, ¿cómo se pretende que lo transmita a sus alumnos? El primer cambio interior debe de ser por parte de los educadores, para que posteriormente pueda transmitirlo a sus alumnos. Pero aquí entra de nuevo el miedo. Ese «cambio interior» significa tener que replantear todas las creencias desde cero, y esto, indudablemente, provoca miedo. Todo cambio, tanto interior -de conciencia-, como exterior, comienza con la duda de lo que cada uno cree. No es fácil. Es un camino tortuoso donde uno se enfrenta a sí mismo, pero solo mediante la voluntad de querer hacer algo bueno por ti y por los demás puede garantizar la victoria en esa guerra encarnizada entre la lógica y el corazón. Para cambiar la educación, los educadores han de cambiar necesariamente.

Finalmente, la tercera razón es debida y promovida por un interés. Como ya he comentado más arriba, el tipo de educación basada en la obediencia y en la falta de cuestionamiento va a medida con el sistema capitalista. Quieren a personas lo suficientemente inteligentes para que sepan manejar las máquinas, pero lo suficientemente ignorantes para que no cuestionen en qué sistema opera su trabajo. Todas las instituciones sociales -y en especial la escuela- inculcan desde bien jóvenes lo valores de la competencia y de la obediencia. Por ello, un buen educador debe de enseñar a sus alumnos a cuestionarlo todo; incluso lo que él enseña.

Por todas estas razones descritas aquí, me declaro enemigo de la escuela actual y de su (des)educación social. En una escuela de verdad, se debería de enseñar a pensar, y no a decirnos lo que debemos de pensar. Hay algunos proyectos en marcha a lo largo del mundo donde se están poniendo en práctica las nociones de «educación sin escuela», «educación en casa» o «educación integral». El cambio está empezando, solo es cuestión de tiempo que todos nosotros abramos los ojos. La educación es una piedra fundamental en la vida de cualquier persona y de cualquier sociedad, y por ello debe de ser promovida por todos y para todos. Sin límites ni fronteras en la mente ni en la realidad. Libres de prejuicios. Porque la función de la educación es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros. Todo y todos estamos en un constante cambio y evolución permanente; es hora de cambiar, aquí y ahora.

«Si educamos hoy a los niños, no tendremos que castigar a nadie mañana» Pitágoras.

Radix

Desmontando el Darwinismo Social

Charles Darwin fue el primero en interpretar la ‘evolución’ como un proceso mediante el cual las variaciones y la selección natural determinan la preexistencia o la desaparición de individuos. La selección natural es el proceso de supervivencia de los organismos cuya variabilidad los hace más aptos para vivir en cierto medio particular, y que a través de éste proceso, las poblaciones se alteran y aparecen especias nuevas, con la adaptación necesaria para sobrevivir en el medio.

Esta propuesta, que pretende explicar el origen y la evolución de todas las especies existentes, fue acogida con entusiasmo, en el siglo XIX, por el público de los países imperialistas y colonialistas. Encontraron en Darwin, gracias a una errónea extrapolación de su teoría, una justificación teórica y magnífica acerca del dominio y del reparto del mundo. Surgió el darwinismo social.

El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que surgió a partir de la selección natural y de la despiadada lucha por la supervivencia de Darwin. Es la creencia de que la evolución social puede ser explicada a través de las leyes de la evolución biológica. Fue planteado por Herbert Spencer, contemporáneo de Darwin. Éste interpretó la selección natural en términos de ‘la supervivencia del más apto’ y lo trasladó, fatalmente, al campo de la sociología. De este modo, Spencer defendió que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas. Dicha postura puede estar impulsada bien por la maldad, bien por la ignorancia, pero fuera como fuese es errónea y perversa, y en base a esta perversión moral los capitalistas justifican las desigualdades sociales.

Los que están en el poder -la clase burguesa, en este caso- no tratan más que de realizar fundamentos teóricos que den consistencia y estabilidad al orden social, es decir, dotar de justificación las desigualdades sociales, tanto dentro del país -con el abismo entre burgueses y proletarios, ricos y pobres- como en el exterior -con la dominación y colonización de pueblos en estadios más atrasados de civilización-. No es descabellado pensar que el darwinismo social fue y es la cimentación teórica más potente de la moral capitalista en base a los cuales se modelaron todos los sistemas políticos afines.

Los principales sostenedores y defensores de esta teoría fueron y son los dueños del capital. Permitió la ejecución de políticas económicas absolutamente degradantes y cuanto menos antagónicas ante los sentimientos de piedad, solidaridad y compasión entre personas. Se deduce que surgió la ‘moral’ capitalista en su forma más salvaje y despiadada, donde muchos aspectos antes condenables, se permiten y socialmente se adaptan y aceptan, en función de la explicación ‘científica’ y de ‘las leyes de la naturaleza social’. Eso es la razón por la que el darwinismo social se constituye como moral capitalista. Insignes banqueros del siglo XX como Rockefeller o Rothschild afirmaron que solo los mejores y más aptos por medio de su adaptación a los cambios económicos de las revoluciones industriales han prosperado. A eso se debe que las personas con mentalidad capitalistas no sienten ninguna obligación ética.

La teoría de Darwin es el equivalente biológico de la filosofía burguesa, cuya doctrina de libre competencia es la manifestación económica, la lucha por la existencia es así transformada a la lucha por satisfacer necesidades humanas. Por la competencia del poder surge el mejor, el más capaz de gobernar.

Cabe mencionar que la ideología que se desprende de esta visión se encuentra a lo largo de la historia íntimamente relacionada con posturas sexistas, racistas y etnocéntricas. Del darwinismo social se inspiró más tarde Adolf Hitler para justificar el holocausto judío y su idea de eugenesia.

Ilustres pensadores, como Kropotkin o Lynn Margulis, explicaron de forma científica dónde radica la importancia de la cooperación y el apoyo mutuo entre las diversas especies que han existido a lo largo de la historia de la vida. El libro más renombrado sobre esta cuestión es «El apoyo mutuo: un factor en la evolución«, publicado por Piotr Kropotkin en 1902.

Aun a riesgo de que no se me entienda, empiezo diciendo la conclusión a la que he llegado: el darwinismo social es erróneo porque olvida que los humanos podemos ejercer la libertad como opción de vida.

Hemos aceptado de forma reduccionista que somos animales. Los científicos nos repiten una y otra vez que, genéticamente, el chimpancé y el humano se diferencian de apenas unos pocos genes. No digo que no sea verdad, pero si miramos también los genes, es lo mismo una poesía de Antonio Machado que un anuncio de Mercadona, porque genéticamente son iguales: ambos tienen ‘a’ ‘s’ ‘b’ o ‘p’, y varía muy poco, pero una cosa es una poesía de Antonio Machado y otra muy diferente un anuncio de un supermercado. Y una cosa es un animal y otra muy diferente una persona -a pesar de que a veces la animalidad de ciertas personas supera con creces a la de cualquier bestia salvaje-.

Los humanos nos caracterizamos, entre otros rasgos, en la cuasi total ausencia de instintos animales. Cuasi ausencia, que no ausencia del todo. Entre los pocos instintos animales que quedan dentro de nuestro repertorio conductual se encuentra el egoísmo y la lucha de uno contra otros, en la que tanto hacen énfasis los darwinistas sociales. El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal.

No sólo nos caracteriza la cuasi ausencia de instintos, sino que, además, podemos elegir si acogernos a esos pocos instintos que poseemos o no. Tenemos libertad de decisión. Solo ejerciendo la libertad -de la que los darwinistas sociales parecen haberse olvidado- podemos y debemos obviar y desechar el instinto egoísta y elegir la opción de cooperar los unos con los otros. ¿No es esto una diferencia abismal entre humanos y animales?

El egoísmo, del que tanto hacen gala los capitalistas y los defensores del darwinismo social, no es idéntico al amor a sí mismo, sino su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real. Si bien el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, preocupado, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más. En esencia, el egoísta no se quiere a sí mismo sino que se tiene una profunda aversión. Este individualismo y egoísmo tan costosamente fundamentado en los habitantes de una sociedad tiene una única función; el egoísta deja de lado los problemas de la sociedad en conjunto, de manera que cada uno sólo se preocupa de sus propios problemas. Esto está llevando a que cada vez la sociedad esté más dividida y más inconexa, y es justamente lo contrario a lo que queremos. Nunca nada fue tan cierto como el refrán que dice: «En la unión está la fuerza».

De esta forma, de entre todos los seres que habitan la tierra, el humano es a la vez el más social y el más individualista. Es, sin contradicción, también el más inteligente. Hay animales más sociales que nosotros, como por ejemplo las abejas o las hormigas; pero al contrario que nosotros, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y quedan aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada para sí mismos. Parece que existe una ley natural conforme a la cual, cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.

Los humanos somos los seres más individualistas de todos. Pero al mismo tiempo -y este es uno de nuestros tantos rasgos distintivos- somos eminente e instintivamente socialistas. Esto es de tal modo verdadero que nuestra inteligencia misma, que nos hace tan superiores a todos los seres vivos y que nos constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna. [1]

Extrapolando, de esta manera, la libertad de decisión -de elegir entre la competitividad o la cooperación- al cuerpo humano, vemos que todos nuestros órganos y nuestras células reciben todo lo que necesitan para su buen funcionamiento. Si introdujéramos el capitalismo al cuerpo humano, y las células empiezan a pelearse, a competir entre ellas, a vivir a costas de otras, a contaminarse, a crecer de manera infinita, a robar, a parasitar, a perpetuar la escasez; viviríamos menos de cuatro horas. Por lo tanto tenemos que vivir de forma muy similar al cuerpo humano, a saber; mediante la cooperación de unos con otros y mediante el apoyo mutuo. Pero, ¿por qué el darwinismo social no contempla esta opción de vida, es decir, la opción de cooperar, y elige la opción instintiva de competir unos con otros? Evidentemente, porque hay intereses detrás.

Todos los animales son esclavos -en mayor o menor medida- de sus instintos. La historia de la humanidad puede caracterizarse como un proceso creciente de individualización y libertad. El humano emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán librarlo de los instintos coercitivos. Si entendemos por instinto un tipo específico de acción que se halla determinada por ciertas estructuras neurológicas heredadas, puede observarse dentro del reino animal una tendencia bien delimitada. Cuanto más bajo se sitúa un animal en la escala del desarrollo, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y mayor es la importancia que ejercen los mecanismos reflejos e instintivos sobre todas sus actividades. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esta escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completo es su adaptación tal y como se presenta en el momento de nacer. Los humanos somos, al nacer, el más desamparado de todos los seres, pues carecemos prácticamente de instintos coercitivos. La plasticidad de la mente infantil nos permite que nuestra adaptación a la naturaleza se funde sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva y heredada. Vemos aquí que Spencer se equivocó ya de entrada al afirmar que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas, cuanto justamente es al contrario.

La existencia humana empieza cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo, cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios -los instintos-. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. Y si se pretende lo contrario, como sostienen los defensores del darwinismo social -al coartar nuestra libertad y afirmar que solo existe una única forma de vida, que es la competitividad- no hay otro final posible sino la aniquilación de la humanidad misma. Los humanos nacemos desprovistos del aparato instintivo necesario para obrar adecuadamente en el medio, aparato que, en cambio, posee el animal. Dependemos de nuestros padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y nuestras reacciones con el ambiente son menos rápidas y eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Tenemos y debemos de enfrenar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo, y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano. La debilidad biológica instintiva del humano es la condición de la cultura humana. Y si en algún momento se pretende, de nuevo, afirmar que los humanos podemos obedecer única y exclusivamente a nuestros instintos competitivos y egoístas -como hacen fatalmente los defensores del darwinismo social y los capitalistas-, y que no tenemos libertad de elección para cooperar entre nosotros, no hacen más que destruir la cultura misma sobre la que se cimienta la humanidad.

Desde el comienzo de nuestra existencia los humanos nos vemos obligados a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que termina con un tipo de conducta más o menos determinada por sus instintos heredados. En los humanos esa cadena se interrumpe. La forma de satisfacer ciertas necesidades permanece «abierta», es decir, debemos elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, los humanos debemos valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empezamos a pensar. Modificamos nuestro papel frente la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la adaptación activa. Y he aquí la gran diferencia que los defensores del darwinismo social no ven -o que no quieren ver-, y que califican al humano como otro animal más de la escala biológica común, incapaz de elegir libremente para una mejor adaptación al medio. Podemos y debemos elegir. Elegir es opción de vida, es ejercer nuestra libertad, y podemos elegir entre la competencia despiadada por la supervivencia del más apto -de la que hablan los capitalistas y defensores del darwinismo social- o la cooperación y el apoyo mutuo -de la que hablamos los anarquistas-, porque nuestra adaptación puede y debe ser una adaptación activa, es decir, que nosotros podemos intervenir de forma directa en nuestra adaptación al medio que nos rodea, y ésta adaptación activa no puede llevarse a cabo sino únicamente mediante la libertad de decisión; ejerciendo la libertad y abogando siempre a favor de la cooperación de unos con los otros.

Lo que los darwinistas sociales pretenden al recurrir de forma tan obstinada a nuestros instintos animales solo puede tener una única función; que seamos predecibles y fácilmente manipulables. En la sociedad capitalista y consumista, siempre se apela para que actuemos, no de forma consciente y reflexiva, sino que, al contrario, se apela a una forma de conducta instintiva y refleja, de forma animal y autómata, de forma que nos sintamos obligados -como los animales- a consumir, a obedecer, y a hacer un llamamiento descarado a la irresponsabilidad.

Así que, no viendo ya en cada persona un enemigo necesario, por la ley de la naturaleza, sino un cooperador indispensable para nuestra vida y la de la especie, estamos más prontos a dejarnos invadir por las más altas ideas del altruismo, que son, a la vez, las más seguras servidoras del interés individual. Sabemos ya que el apoyo mutuo y la cooperación sirven para algo; que, lejos de contradecir la selección natural, contribuye a afianzar la vida y a vencer los obstáculos del medio en provecho de todos. El ser humano es, pues, un ser con genuinas esencias de ser sociable y comunitario, capaz de convivir con sus semejantes sin necesidad de coacciones externas, porque hay en nuestra propia naturaleza necesidades morales, preponderantes sobre todas las demás necesidades, que nos incitan a la cooperación y no a la lucha.

¿Se me entiende ahora cuando afirmé, al principio del artículo, que el darwinismo social es erróneo en tanto que no contempla la libertad humana? ¡La mayoría de los animales no pueden elegir si luchar o cooperar, porque sus instintos coercitivos se lo impiden! ¡Pero nosotros sí que tenemos opción de vida! ¡Ejerzamos, pues, nuestra libertad! ¡Ejerzamos la cooperación y el apoyo mutuo, y no la lucha despiadada! [2]

Cierto es que la falta de instintos por nuestra parte es una bendición -porque podemos ejercer nuestra libertad-, pero es también una maldición. Los animales, dominados casi y exclusivamente por sus instintos, son incapaces de realizar alguna conducta que perjudique la supervivencia de su especie. Pongamos como ejemplo a un león. El león es un animal territorial, y si otro león se adentra en los dominios de éste, ambos están obligados de forma instintiva a luchar entre ellos para que sólo el más fuerte y apto se quede con el territorio deseado. Una vez finalizada la lucha, el vencedor percibe la debilidad y la sumisión por parte del perdedor, y el vencedor raramente matará al perdedor, sino que lo dejará huir. Primero ha intervenido el instinto de la lucha por el territorio, y luego ha intervenido el instinto de la supervivencia de la especie. Así, el perdedor puede salir herido, pero no muerto, lo que asegura una mayor probabilidad de supervivencia de la especie. Pero nosotros, los humanos, al carecer casi completamente de instintos coercitivos, no tenemos ninguna obligación de dejar vivo a nuestro contrincante, puesto que tenemos libertad de elección. Este hecho explica el por qué la animalidad de ciertas personas supera la de cualquier bestia salvaje. Los humanos somos capaces de cometer atrocidades porque somos libres para elegir; y a menudo se elige el mal. Por eso el libre albedrío que la naturaleza y la evolución nos ha procurado debe de estar siempre acompañado de responsabilidad.

¿Quién habría de decirme, pues, que los humanos estamos condenados a la lucha entre nosotros de forma continua, y que solo el más apto puede sobrevivir? El darwinismo social es una justificación errónea de las desigualdades sociales ante una sociedad capitalista que tiene unos valores erróneos. El darwinismo social se ha convertido en un intento despreciable por justificar las desigualdades sociales bajo el sistema capitalista.

Sólo durante un periodo a lo largo de la historia de la humanidad se puede afirmar que se aplicó realmente el darwinismo social -la lucha despiadada de uno contra todos-, y este periodo fue en los albores de la humanidad, cuando los humanos todavía vivían en clanes y no había ningún tipo de civilización ni de cultura.

La lucha despiadada por los recursos y por la supervivencia, tanto en animales como en humanos, se produce, sobre todo, cuando existe escasez de recursos que son necesarios para sobrevivir. Es de sobra sabido que la naturaleza, en su estado común, es decir, sin que nadie intervenga ni se superponga por encima -como sabiamente hacemos los humanos, mediante la adaptación activa– no siempre produce abundancia de recursos. En los inicios de la humanidad, cuando la inteligencia de los hombres y su conciencia colectiva todavía estaba en desarrollo, no existía la tecnología suficiente para producir abundancia de recursos, y, por consiguiente, se producía la lucha despiadada por la supervivencia. Y ni siquiera entonces la lucha despiadada por la supervivencia se producía entre humano individual contra humano individual -como fatalmente pretenden y defienden los capitalistas y los defensores del darwinismo social-, la lucha se producía entre grupos de individuos, nunca entre individuos aislados.

Afortunadamente apareció la cultura, se desarrolló la inteligencia y la conciencia colectiva humana, y se descubrió la agricultura. Desde ese preciso momento, desde el momento que el hombre pudo y supo controlar la naturaleza a su voluntad, los recursos disponibles iban siempre de acuerdo con las necesidades y con la cantidad de personas que conformaban aquellas sociedades primitivas. Muy pronto se produjo abundancia de recursos, y finalmente terminó por desaparecer la lucha despiadada por la supervivencia, convirtiéndose en cooperación y apoyo mutuo. Huelga decir que hoy en día, con la tecnología que dominamos, producimos, en todo el mundo, dos veces más comida de la que realmente necesitamos. Hay abundancia de recursos y, sin embargo, el capitalismo -respaldado siempre por el darwinismo social- nos hace creer que es justo que unos tengan más que otros, porque «son los más aptos». No veo la lógica alguna en ese absurdo.

Por todo esto, prefiero compartir, y no competir. Prefiero el altruismo, no el egoísmo. Prefiero una sociedad que posea el equilibrio entre la libertad individual y la cooperación social. Por eso prefiero, en fin, una sociedad anarquista, y no un capitalismo desfasado que amenaza con la destrucción de la especie humana.

Notas

[1] Mijail Bakunin, El principio del Estado. P. 6-7.

[2] El tema tratado, sobre el instinto egoísta y la opción de cooperar, lo he enfocado desde un punto de vista de «obligación moral», es decir, he considerado al egoísmo como instinto y a la cooperación como opción a elegir. Lo he considerado de esta manera porque la mayoría de estudios realizados -y la propia experiencia- nos dice que tenemos ese instinto egoísta, aunque bien es cierto que en otras partes consideran la cooperación entre personas como instinto, y quizás sea cierto. Si es cierto que tenemos un instinto a cooperar entre nosotros, mejor que mejor, así tendríamos una base instintiva y otra base moral sobre las que respaldarnos, y si no es cierto que tengamos dicho instinto, nos sustentamos únicamente sobre la base moral, y de ahí la «obligación moral». Sobre esto todavía no hay nada aclarado y aun no se sabe a ciencia cierta la verdadera naturaleza del comportamiento y la conducta humana. Escribo esto porque el debate entre egoísmo-cooperación suele ser un tema polémico, y la discusión sigue estando abierta tanto en el ámbito científico como en el ámbito filosófico. De todas formas, fuera como fuese el verdadero instinto, he intentado limitarme al ámbito moral, dejando el debate de la base instintiva a vuestro juicio -en caso de no partir de la misma base de la que he partido yo-.

Radix

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. I

A modo de introducción.

Excede los propósitos y las capacidades de este texto considerar todas las variantes necesarias para la comprensión meticulosa del Islam. No obstante y no tanto a modo de introducción como de justificación sirvan las siguientes matizaciones para trazar un contexto. Debe entenderse el islamismo como una religión fundamentalmente colectiva: el poder de hermanamiento que se desarrollo bajo el llamado de Alá –y tal vez por causa suya– tiene múltiples manifestaciones que sería imposible tratar aquí. Desde el primitivo despertar a la fé verdadera por medio de las palabras de Mahoma hasta la actualidad, pasando por la histórica sociedad de los Hermanos Musulmanes, se han construido bajo el auspicio del Islam escuelas, hospitales y talleres de todo tipo, regidos desde la base y de forma estricta por las directrices divinas pero, sobre todo, movidos por una necesidad y una complicidad humanas. Seguimos viendo esta actitud cohesiva en los últimos levantamientos del pueblo árabe contra los regímenes totalitarios laicos del norte del continente africano. Cabe hablar, pues, de una confesión profundamente volcada en sus fieles con un propósito regenerador de la identidad propia de la Umma, la comunidad global de los creyentes en Alá. Es también prioritaria la legitimación de la defensa de esta idiosincrasia del pueblo árabe, que pasa irremediablemente por la reivindicación del islamismo – que, aparejado a los mandatos netamente espirituales, lleva consigo una rica tradición sociocultural digna de ser conservada frente a las injerencias occidentales, durante y después del período colonial–, sentido como algo propio y personal de cada creyente. Esta defensa del islamismo entendido como elemento imprescindible para la configuración autónoma y propia de la comunidad se realiza mediante la Yihad: lo que se ha dado en llamar Guerra Santa. Santa y también justa: la creencia acerca de la identidad absoluta entre islamismo y terrorismo que desde el 11S infecta las conciencia occidental no es sino un burdo reduccionismo ignorante que se niega a conceder plena libertad – religiosa y política– a ese Otro que es musulmán. Es bien cierto que facciones fundamentalistas y violentas han irrumpido en el panorama internacional de forma tajante; y que lo han hecho con el Islam por bandera. Sin embargo suponen tan sólo una pequeña fracción de ese pueblo islamista y son, la mayoría de las veces, abiertamente rechazas por este.

Al Qaeda es, probablemente, uno de los fenómenos más apasionantes y de mayor interés de la historia de nuestros días debido a su virulencia, a la fuerte jerarquización de sus estructuras y a la figura de bin Laden, carismático personaje en torno al cual ha girado el grupo armado y que ha aglutinado una parte muy importante de la preocupación ciudadana a lo ancho del globo. Sin embargo no basta el mero conocimiento táctico de las células aisladas y los diferentes operativos para comprender el denso entramado ideológico que, entre otros muchos de índole constructiva y pacífica, ha dado como resultado los atentados en Nueva York, Madrid o Londres.

Ante todo, la Yihad no debe considerarse mero sectarismo sino un proceso reactivo de tipo sociopolítico frente a la férrea imposición de costumbres y normas extrañas –sin olvidar por ello la sincera relación afectiva que mantienen los combatientes con la norma de dios–; y a los musulmanes un pueblo orgulloso de sí. E indómito.

De cómo la URSS inseminó a Afganistán con la semilla del yihadismo radical (pt. 1).

Pensemos en los años finales de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Al inicio de la década de los setenta, la crisis energética de los combustibles fósiles sienta un punto de ruptura con respecto a la aparente bonanza del periodo precedente. Una URSS cuyo principal potencial económico se basa en la industria se ve afectada por la parálisis de la producción fabril –con todo lo que esta ralentización implica para la economía y para la calidad de vida de sus ciudadanos– y, además, con serios problemas para mantener la competencia productiva frente al occidente capitalizado, donde la eficacia aumenta y los beneficios se reducen generando así una imagen de progreso que tiene una fácil lectura evolutiva frente al supuesto atraso del Este. Esta situación de tensión e indefensión es el motor que desestructurará el férreo bloque que conformaba el extremo oriental de Europa y cuya disolución se produce finalmente en 1989. Es una década antes de este suceso, ya con un Partido que se ve obligado sin remisión a la modernización de su infraestructura económica y a la apertura de sus precios al mercado internacional librecambista para sobrevivir –es decir: un sistema muy debilitado en sus bases ideológicas y financieras, al borde del colapso y con muy pocas perspectivas de longevidad–, cuando se produce la invasión soviética de Afganistán; y esta misma contribuye, al saldarse en derrota, a su definitiva caída. Es durante esta ocupación donde se gestan las bases de lo que, en su formación posterior, se convertirá en Al Qaeda

El jefe de estado de Afganistán, Mohammed Daud –que ya había sido primer ministro del último monarca, su primo Zahir Shah, al que él mismo arrebató la corona en 1973 para convertir el país en la primera República afgana–, fue asesinado en abril de 1978 por un grupo prosoviético –la revolución de Abril o Daur, según el calendario gregoriano o persa, respectivamente–. Los golpistas, asociados al Partido Democrático Popular de Afganistán, de corte marxista, se hacen con el poder y promocionan a su propio líder, Nur Mohammed Taraki, secretario general del Khalk (la facción más radical del PDPA, dividido internamente entre esta y un ala moderada, Parcham, que a su vez había prestado apoyo al golpe de Daud contra la monarquía).

El nuevo programa gubernamental de la recién estrenada República Democrática se definía por su marcado progresismo. Las intenciones de Taraki pasaban por la alfabetización masiva de una población analfabeta en su práctica totalidad, el cambio del régimen de propiedad agraria en el entorno rural para evitar la acumulación masiva de inmuebles y la redefinición del casamiento, con la imposición de una edad mínima para entregar a las hijas en matrimonio. Este pretendido cambio, llevado a cabo con brusquedad y sin atender a las necesidades religiosas de los ciudadanos, profundamente arraigados en las tradiciones islámicas; la violencia con que se acometieron las reformas; la purga homicida de la disidencia, que obligó al exilio a buena parte de los intelectuales y religiosos; y la escasa sensibilidad para con las formas de vida autóctonas en beneficio de las cuales se decía actuar provocaron no sólo deserciones entre la soldadesca, interpelada a arremeter contra sus compatriotas con extrema saña, sino un creciente malestar social que se canalizó hacia una primera llamada yihadista por el nacionalismo árabe.

La sedición sociorreligiosa alcanza su punto álgido en 1979, cuando Taraki es retirado de la jefatura y posteriormente asesinado por su primer ministro, Hafizullah Amin, debido a las disidencias en el seno del propio PDPA. A la vista del panorama, no demasiado conformes con el radicalismo del Khalk y alarmados por la posible evolución de las protestas afganas al modo de las que simultáneamente llevó a cabo la mayoría islamista en el vecino Irán, que ya venían sucediéndose durante los dos años anteriores al derrocamiento final del Sha en 1979, desde Moscú, con Brézhnev a la cabeza, se decide la intervención militar en Afganistán amparada en el marco del Tratado de Amistad entre este país y la URSS. A finales de diciembre de ese mismo año, sin llegar apenas a los tres meses de mandato, Amin es neutralizado por las fuerzas del Ejército Rojo durante la primera fase de la invasión; su muerte alza al candidato parchamista moderado, Babrak Karmal, más del gusto del Kremlin.

La despliegue militar soviético fue el detonante necesario para que el previo malestar ciudadano se tornara en una fuerte unión entre aquellos que deseaban expulsar al usurpador. No se debe olvidar que en un mundo inmerso por completo en el escenario de hostilidades de la Guerra Fría, cuya configuración era bipolar, sin dar lugar a matices, la política exterior era también extremista: las alianzas no tenían términos medios de negociación y se forjaban de acuerdo al apoyo a una de las potencias y la oposición a la otra; y se verá cómo y por qué esto constituirá un factor de peso en la formación de los grupos yihadistas más virulentos. Un coincidente pero no negociado interés común entre los opositores al nuevo régimen generó una alianza que será fundamental para comprender la evolución de las pulsiones políticas de la zona en los años posteriores. A los partidarios del depuesto gobierno religioso afgano –los muyahiddin–, Arabia Saudí y Pakistán se suman los Estados Unidos, movidos por sus intereses económicos –la cuenca petrolera del Golfo, que aglomera un gran porcentaje del total de las reservas mundiales de combustible– y estratéticos – el temor a la conversión ideológica del país, que podría ser el vector de expansión del comunismo en todo el Medio Oriente– y los voluntarios que llegaron de cada rincón del mundo árabe. El apoyo que fundamentó esta coalición tan heterogénea fue el económico: EEUU financió indirectamente pero de hecho –mediante el aprovisionamiento de recursos a Pakistán, que ejerció de centro redistribuidor– la guerrilla de los que ya se llamaban a sí mismos “árabes afganos”: unos diez o quince mil jóvenes de distintas procedencias que prestaron sus fuerzas de forma oficial, acorde a los tratados áraboestadounidenses desarrollados durante el conflicto, esgrimiendo un argumento de solidaridad y hermanados por la Umma.

J.

La Comuna de París

El pasado 18 de Marzo se cumplieron 142 años del inicio de la Comuna de París, tristemente su existencia fue fugaz, pero merece ser analizada ya que fue la primera revolución socialista que puso en práctica las teorías sobre emancipación del proletariado. Considero oportuno recuperar este texto del cual desconozco su autoría.

La Comuna de París fue creada después de la derrota de Francia a manos de Prusia en la guerra franco-prusiana. El gobierno francés trató de mandar tropas para recuperar el cañón de la Guardia Nacional Parisiense para evitar que cayera en manos del pueblo. Los soldados se negaron a abrir fuego sobre la muchedumbre burlona y apuntaron las armas contra sus oficiales. Esto ocurrió el 18 de marzo. La Comuna comenzaba. En las elecciones libres convocadas por la Guardia Nacional de París, los ciudadanos eligieron un consejo formado por una mayoría de Jacobinos y Republicanos y una minoría Socialista (Blanquistas, socialistas autoritarios  la mayor parte, y seguidores de Proudhon). El consejo proclamó la autonomía de París y su desea de recrear Francia como una confederación de comunas (comunidades). Dentro de la Comuna, los integrantes de consejo podían ser revocados, además, tenían que dar cuentas al pueblo que los había elegido.

Está claro por qué este suceso tiene grandes similaridades con las ideas anarquistas. De hecho, el ejemplo de la Comuna de París era en muchas maneras similar a cómo Bakunin había pronosticado que la revolución ocurriría (una ciudad principal se declararía autónoma, organizándose y dando ejemplo, y exhortaría al resto del mundo a seguirla). La Comuna de París inició el proceso de creación de una nueva sociedad, organizada de abajo a arriba.

Muchos anarquistas tuvieron un papel importante dentro de la Comuna, por ejemplo Louise Michel, los hermanos Reclús, y Eugene Varlin (este último asesinado en la consiguiente represión). Referente a las reformas iniciadas por la Comuna, tales como la re-apertura de los puestos de trabajo como cooperativas, los anarquistas pudieron ver sus ideas de labor asociada comenzar a realizarse. En el llamamiento de la Comuna al federalismo y a la autonomía, los anarquistas ven su «organización social del futuro llevada a cabo de abajo arriba, a través de la libre asociación o federación de trabajadores, comenzando por las asociaciones, siguiendo a las comunas, las regiones, las naciones, y finalmente culminando en una gran federación internacional y universal» Mijail Bakunin.

Sin embargo, para los anarquistas la Comuna se quedó corta. El estado no fue abolido dentro de la Comuna, como lo había abolido afuera. Los comuneros se organizaron «de manera Jacobina» (usando las tajantes palabras de Bakunin). Como señaló Piotr Kropotkin, «no rompieron con la tradición del estado, de gobierno representativo, y no trataron de lograr dentro de la Comuna esa organización de lo sencillo a lo complejo que había inaugurado al proclamar la independencia y la libre federación de comunas»

Además, sus atentados de reforma económica no fueron lo suficientemente lejos, no trataron de formar cooperativas en todos los puestos de trabajo ni formar asociaciones de éstas cooperativas para la coordinación y el apoyo mutuo en sus actividades económicas. No obstante, como la ciudad estaba sitiada por el ejército francés, se comprende que los comuneros pensaran en otras cosas.

En lugar de abolir el estado dentro de la comuna organizando federaciones de asambleas democráticas de masas, como las «secciones» parisinas de la revolución de 1789-93, la Comuna de París mantuvo un gobierno representativo y sufrió por ello. En vez de actuar por su cuenta el pueblo, confiando en sus gobernadores, les confió el mandato de tomar la iniciativa y así el consejo se convirtió en el mayor obstáculo a la revolución.

El consejo se aisló más y más del pueblo que lo eligió, haciéndose más y más inútil. Al tiempo que su irrelevancia aumentaba, así también sus tendencias autoritarias, llegando a crearse un «Comité de Salud Pública» por la mayoría Jacobina, para «defender» (por el terror) la revolución. El Comité se opuso a la minoría libertario-socialista y fue afortunadamente ignorado en la práctica por el pueblo de París que defendía su libertad contra el ejército francés, que los atacaba en nombre de la civilización capitalista y de la «libertad». El 1 de Mayo, las tropas gubernamentales entraron en la ciudad, siguiendo siete días de duras luchas callejeras. Pelotones de soldados y miembros de la burguesía armados merodeaban por las calles, matando a mansalva. Mas de 25,000 personas fueron muertas en la lucha callejera, muchas asesinadas después de rendirse, y sus cadáveres fueron enterrados en sepulturas comunes.

Para los anarquistas, las lecciones de la Comuna de París fueron tres. Primero, una confederación de comunidades descentralizada es la forma política necesaria para una sociedad libre. Segundo, «No más hay razones para un gobierno dentro de la Comuna que para un gobierno sobre ella». Lo cual quiere decir que una comunidad anarquista ha de ser basada en la confederación de barrios y asambleas de trabajo cooperando libremente. Tercero, es críticamente importante unificar las revoluciones política y económica en una revolución social.
«Ellos trataron de consolidar la Comuna primero, posponiendo la revolución social para más tarde, mientras que la única forma de proceder era consolidar la Comuna por medio de la revolución social» Kropotkin

Los medios de comunicación de masas y la alternativa autogestionada

Podemos definir como medio de comunicación el instrumento o forma de contenido por el cual se realiza un proceso de trasmisión de información. Pueden ser medios de comunicación de masas, los cuales están dirigidos al público en general, o los medios de comunicación interpersonales, como puede ser el teléfono.

Pero es en los medios de información de masas donde nos queremos centrar, y es aquí donde podemos preguntarnos: ¿Qué nos quieren contar y cómo nos lo van a contar?

En España, los principales medios de comunicación de masas pertenecen a élites económicas que están ligadas a los principales partidos políticos del país. Tras años de «democracia» y sucesivos gobiernos del PSOE y el PP, ha quedado demostrado que ninguno de estos partidos tiene orientación ideológica, ya que solo se dedican a crear cargos para que los amigos de los cabezas visibles puedan parasitar sin trabajar ni producir, asegurarse un buen retiro y velar tanto por sus intereses, como por los de los empresarios, la alta nobleza y los grandes bancos. Así pues, ya que los términos «izquierda» y «derecha» han sido abolidos del panorama político electoralista desde la Transición, no tiene sentido llamar a ningún tipo de medio de comunicación de izquierdas o de derechas. Estos medios solo obedecen a las directrices de los partidos según los intereses de los mismos en cualquier momento, y de los bancos que posean acciones en las grandes empresas de la comunicación.

Un ejemplo muy claro de toda esta mafia banco-partido-medio es el grupo PRISA (Promotora de Informaciones, Sociedad Anónima), relacionada directamente con el PSOE, cuyo principal accionista es Liberty Acquisition Holding, empresa perteneciente al multimillonario Nicolas Berggruen, defensor aférrimo de la Unión Europea capitalista y creador del consejo de los 21, formado por personajes tan célebres como Tony Blair, relacionado con la guerra de Irak, Felipe González, que gobernó España durante 12 años trayendo la reconversión industrial o el trabajo precario a través de las Empresas de Trabajo Temporal, o Mario Monti, actual primer ministro tecnócrata italiano. Además, han entrado en PRISA HSBC, Grupo Santander, La Caixa o Telefónica (que adquiere bonos de la compañía por un valor de 100 millones de euros).

Así pues, ningún medio relacionado con el grupo PRISA (Cadena SER, El País, etc.) va a poder dar nunca una información de «izquierdas», sino al contrario, crean una opinión pública cercana a los intereses de todos sus accionistas.

Otro curioso ejemplo es Mediaset, grupo de comunicación creado en España en marzo de 1989 cuya actividad se centra en la producción y exhibición de contenidos televisivos. Mediaset es del grupo Fininvest, propiedad del famoso y controvertido expresidente italiano Silvio Berlusconi. Esta empresa genera contenidos para canales como Tele5 o Cuatro. Un 15 por 100 del capital social de Mediaset en España es de PRISA. El presidente actual de Mediaset España es Alejandro Echevarría, cuya familia está relacionada con el Grupo Correo, perteneciente este a Vocento, todos ellos relacionados con el PP.

Esto es una prueba, como tantas otras que existen, de que los medios de comunicación en España están relacionados entre todos y que la gran mayoría de ellos no son ni siquiera españoles, sino que su capital procede de intereses de otros países, cuya principal intención es sostener la estructura económica capitalista occidental, y la idea de la unión económica y política europea, la cual está haciendo estragos en todos los países europeos y que, como siempre, es la clase obrera la que los está sufriendo (altos índices de paro, trabajo precario, generaciones de jóvenes sin oportunidades, suicidios, etc.).

Este paradigma social nos hace ver que los medios de comunicación están en manos de las clases dominantes, y que son un instrumento que usan para sus propios intereses. Además, actualmente los medios de comunicación han evolucionado y se han convertido en objetos de consumo. Cualquier persona se vuelve consumidora de medios de comunicación. Con una finalidad de entretenimiento, va pasando nuestra existencia enfrente de cualquier canal de televisión o leyendo cualquier revista, solo por mera diversión o para pasar el tiempo, escuchando música, o cualquier programa de radio mientras se está trabajando, adquiriendo los valores que vemos reflejados y que consideramos más reales y verídicos, que lo que pasa directamente en nuestra calle o en nuestro barrio.

Las funciones de los medios de comunicación de masas, por tanto, aunque ciertos sociólogos puedan decir que están desfasadas, se pueden explicar en varios puntos:

1.- La función de vigilancia: La desproporcionada demanda, cada vez más inmediata, de información al momento hace que las grandes agencias de noticias e información estén constantemente pendientes de todo aquel acontecimiento o suceso morboso que pueda llamar la atención, intercambiando noticias con otros canales de información en un flujo continuo de datos sobre el mundo en el que vivimos. Esto forma redes de vigilancia constante de estas empresas hacia todo aquello de lo que puedan sacar rentabilidad económica.

2.- La función de adjudicación de estatus: Todos los medios de comunicación confieren estatus a determinadas personas, asuntos públicos, organizaciones o movimientos sociales. Según el interés económico o social pretendido por los dirigentes en la sombra, tanto de la política, como de la economía, ponen a tal o cual persona como cabeza visible de diversas políticas, o como símbolo de cualquier institución que se precie. Así, los consumidores de información centran su atención hacia el individuo señalado y pueden adorarle, mofarse o despreciarle, desviando así su atención de los principales responsables de los problemas económicos o sociales que machacan de forma constante a la clase obrera. Así como se puede hacer con tal o cual persona, también puede adjudicarse estatus a los movimientos sociales que actualmente están surgiendo, pudiendo dar más importancia a unos, por los diversos intereses políticos y sociales que pudiesen tener, acallando al resto, para que así no se divulgue ningún tipo de reivindicación que pudiese dañar al sistema.

3.- La función de presión para la aplicación de normas sociales: Para analizar esta función, hay que saber quién está en potestad de aplicar las normas sociales. Podemos suponer que no son los pobres precisamente, quienes tienen capacidad de aplicar esta presión. Históricamente han sido los que poseen la fuerza y la riqueza, sobre los que son sometidos: las mayorías étnicas sobre las minorías, la gente mayor sobre la gente más joven o simplemente, dentro de una sociedad patriarcal, el hombre sobre la mujer. En este caso, son las personas que ostentan el poder, las fuerzas de la ley y el orden, la Iglesia y todos aquellos que pueden imponer definiciones de moralidad a otros. Estos son los que usan a los medios de comunicación para etiquetar a todos aquellos contrarios al interés económico y social de los poderosos, aplicando las normas sociales que respeten todo su estatus económico, social y no se interpongan en sus intereses. Así pues, un político, un cura, un policía o un periódico, puede tachar a varios jóvenes de un entorno de clase baja como desviados, y que estos sean tratados como indignos de confianza y condicionarlos a conductas agresivas, hasta que los mismos se definan como desviados, marginales o cualquier otra etiqueta, hasta que reproduzcan este rol. Pero nunca la voz de cualquier trabajador o excluido podrá tener relevancia en ningún tipo de medio de comunicación de masas, ni podrá tener relevancia en la crítica hacia la estructura económica y social. Además, a nivel de control de población, al bombardear constantemente con estigmas, como la delincuencia juvenil, las violaciones, las drogas, los asesinatos, los abusos sexuales, violencia policial, etc., tanto a nivel nacional, como internacional, la alerta social y el miedo crecen, haciendo a la población más sumisa y apática.

4.- La función de transmisión de la cultura: Cada persona, cada municipio o cada región tiene unos valores culturales determinados. Algunos de ellos son rentabilizados para sacar beneficios y otros son desechados. Son estos rentabilizados los que tienen la prioridad en los medios de comunicación de masas, después de los objetos de consumo de la industria del espectáculo. Espectáculos de sangre y tortura, como la tauromaquia, en la que hay muchos intereses económicos tanto de grandes ganaderías, como de otros empresarios relacionados con estos eventos, ocupan las páginas de diversos diarios españoles. Prostitución, música comercial carente de contenido, deportes de unas pocas élites de grandes empresarios que mueven millones de euros, pueden llegar a ser el contenido de cualquier medio de información. Canales de televisión como Divinity, destinado a mujeres, en el que se trasmiten valores sexistas y patriarcales, convirtiendo a la mujer en un mero objeto obsesionado por las compras o la estética, u otros como Energy, que trasmiten valores también patriarcales dirigidos a los hombres, con un contenido alto en machismo, autoritarismo y violencia. Revistas que, al igual que los canales mencionados, solo degradan a la mujer como mero objeto sexual y al hombre como ser dominante. En definitiva, valores y cultura alienante, ocio dirigido y objetos de consumo divulgados por los dueños del capital para crear seres que satisfagan una necesidad inmediata creada solo para el consumo.

5.- La función narcotizante: esta es más una disfunción que una función, haciendo referencia a que la avalancha de contenidos, imágenes, sonidos y cualquier otro tipo de información de manera constante a lo largo del tiempo adormece, nos resta capacidad crítica y nos lleva a una condición de superficialidad, en que no somos capaces de indagar en ningún tipo de tema.
Prensa obrera y autogestionada

Aun antes de la llegada de la I Internacional a España, ya existía prensa obrera como principal medio de comunicación libre y autogestionado, sin dependencia de ningún partido ni de ningún tipo de empresa, con la intención de contraponerse a la prensa escrita editada por la burguesía. En el siglo XIX, los medios de comunicación de masas ya servían como medio de manipulación y de justificación de la penosa realidad social que sufría la clase obrera en Europa y América (insalubridad, hacinamiento, trabajo esclavo, explotación de menores, etc.). Su principal consumidor era la clase media-alta, la cual podía tener acceso a la educación a través de la Iglesia.

Algunos periódicos y revistas autogestionados y libres durante el siglo XIX fueron: La Federación, Espartaco, El trabajador, La Asociación, La Unión Obrera, Acracia, Tierra y Libertad, etc. Los objetivos de estos medios eran:

-La trasmisión de ideas y el debate continuo de las mismas.

-Información sobre los acontecimientos dentro del movimiento obrero, lejos de la manipulación de partidos, gobiernos y empresarios.

-La trasmisión de valores culturales libres, la educación y la formación integral del individuo para potenciar su autonomía.

La trasmisión de conocimientos a la clase obrera se hacía principalmente en los sindicatos y en los ateneos libertarios, así como en las escuelas racionalistas. El periódico Solidaridad Obrera, creado en 1907, después de la reorganización del movimiento obrero antiautoritario en España, fue portavoz del sindicato Solidaridad Obrera en Cataluña, embrión de la Confederación Nacional del Trabajo. Este mismo periódico continuó siendo el portavoz de la Confederación Regional de Cataluña después de la creación de la CNT.
En Pleno Nacional de Regionales en 1932 se decidió que la anarcosindical poseyese un órgano propio de expresión llamado CNT, nombre elegido en contraposición al diario conservador ABC. El primer número vería la luz el 14 de noviembre de ese mismo año.

El periódico Tierra y Libertad, aunque ya existió desde 1888 como semanario o como suplemento de La Revista Blanca, años después reapareció como semanario en 1930, editado por la Federación Anarquista Ibérica, siendo diario en el periodo revolucionario desde 1936 a 1939.

Actualmente, desde las organizaciones libertarias y autogestionadas, seguimos editando revistas y periódicos con los objetivos de trasmitir la realidad social y la problemática de la clase obrera, la trasmisión de valores culturales libres de autoritarismo, la pedagogía, el análisis de la realidad económica y social, y el constante debate para nuestra construcción integral como individuos únicos y autónomos. Destacan entre estas publicaciones el CNT, órgano de expresión de la Confederación Nacional del Trabajo, de tirada mensual; Solidaridad Obrera, órgano de expresión de la Confederación Regional de Cataluña y Baleares, federada a la CNT, de tirada bimestral; Tierra y Libertad, periódico anarquista mensual editado por la FAI, y El Fuelle, órgano de expresión de la Federación Ibérica de Juventudes Libertarias, de tirada semestral.

Para contrastar visiones y distintas realidades en otras partes del mundo, se puede observar la eclosión de prensa autogestionada y libertaria en América Latina, donde existen multitud de publicaciones, como El Libertario en Venezuela, Organización Obrera de la FORA-AIT, El Libertario de la FLA (ambos de Argentina), o Cuba Libertaria.

Otros tipos de medio de comunicación son las radios libres y comunitarias en contraposición a los canales comerciales de radio, que ejercen una función idéntica a los periódicos o la televisión. Este tipo de radios existen a lo largo y ancho de España, donde también están compuestas por o participan anarquistas, y se divulga nuestro trabajo diario y nuestra perspectiva económica y social, así como el fomento del diálogo entre trabajadores, los principales afectados en cualquier temática económica y social, contrarrestando los programas de las radios comerciales llenos de tertulianos que ladran sin decir nada. Algunos programas de radio son Erre k Erre en Radio Vallekas los domingos, en emisión abierta, donde se da voz tanto a las luchas laborales, como a las vecinales y sociales; o el programa Solidaridad Obrera, realizado por los compañeros de la CNT Valencia en Radio Malva.

En definitiva, comunicación hecha y soportada económicamente por trabajadores para trasmitir su voz a toda la clase obrera, rompiendo con la narcotización a la que somos sometidos diariamente por el bombardeo continuo de información y publicidad de las grandes empresas capitalistas, las cuales solo ven en nosotros meros objetos de consumo y de ganancia, reforzando su posición en la jerarquía social y su función de control y sometimiento.

Grupo Anarquista Tierra (FAI)
g.tierra@yahoo.es
http://www.nodo50.org/tierraylibertad/3articulo.html

La transición del Estado chino a la economía de mercado (II)

Anteriormente describí el proceso reformista llevado a cabo por el Estado chino, a continuación me ocupo de como recibió la población esas reformas y de como respondió el Estado a las protestas.

Respuesta popular a las reformas y represión

La transición china a la economía de mercado no estuvo exenta de conflictos, las reformas económicas de Deng Xiaoping obtuvieron un gran éxito respecto al crecimiento de la economía china y le proporcionó un hueco a China en el mercado internacional, pero todo ello fue a costa de un empobrecimiento de la clases populares y de una situación de precariedad y explotación laboral sin precedentes. Además de la elevada inflación que se provocó por el levantamiento del control de precios y de expansión demográfica de la población china que saturó el sistema de servicios sociales del Estado Chino, también jugaron su parte la corrupción de los burócratas del Partido Comunista y de los administradores de las empresas estatales al liberalizarse y las aspiraciones democráticas que tenía un sector de la población que veía como el modelo económico cambiaba pero se mantenía el control político del Partido Comunista.

Todo este clima provocó numerosas protestas, los manifestantes pedían democracia, pero la mayoría de ellos estaba en contra de las medidas liberales que se estaban implementando, los liberales conciben que el liberalismo económico va acompañado de democracia, pero tanto en China como en Chile fue justamente al revés, estuvo acompañado de autoritarismo y represión.

Deng Xiaoping sabía que se iban a producir protestas y en 1983, al mismo tiempo que abrió las puertas a los inversores y redujo las prestaciones sociales y laborales, creó un nuevo cuerpo antidisturbios.[1]

Las protestas se fueron radicalizando progresivamente y alcanzaron su máximo exponente con las manifestaciones de estudiantes en la Plaza de Tiananmen de 1989, estas protestas fueron descritas por los medios de comunicación occidentales como un enfrentamiento entre estudiantes liberales con simpatías por el sistema democrático occidental y los defensores del Estado comunista autoritario, sin embargo análisis exhaustivos como el de Wang Hui[2] revelan que los manifestantes procedían de ámbitos muy diversos y que no todos eran estudiantes de la élite universitaria, había obreros industriales, campesinos, pequeños empresarios y trabajadores del sector de servicios y comercial, según él lo que provocó las protestas fue el descontento popular con las reformas de Deng Xiaoping y que la petición de libertades democráticas que hacían los manifestantes estaba estrechamente unida a la discrepancia en el ámbito económico, lo que impulsaba las aspiraciones democráticas era que el régimen autoritario estuviera imponiendo las reformas sin ningún consentimiento popular.

Estas circunstancias pusieron al Partido Comunista en una encrucijada, la alternativa no era entre comunismo o democracia, sino entre ceder a las presiones populares o seguir adelante con el proceso reformista y emplear la represión contra el descontento popular. Algunos miembros del Partido estaban dispuestos a ceder a la presiones y a intentar compatibilizar la democracia con las reformas, pero se impuso la línea de Deng que optaba por la represión. El 20 de Mayo de 1989 se estableció la Ley Marcial, el 3 de junio los tanques avanzaron contra las concentraciones y el ejército abrió fuego contra los manifestantes, entraron en la Plaza de Tiananmen desmantelando las barricadas y detuvieron a los principales organizadores de las protestas, la cifra de muertos se estima entre 2000 y 7000, y la de heridos hasta en 30000. Después se llevó a cabo una represión sistemática contra todos los críticos y opositores al régimen, 40000 personas fueron arrestadas, la mayor parte de ellas ejecutadas dias mas tarde, el gobierno centró su represión mas dura contra los obreros industriales y los que estaban intentado construir un sindicato, los medios de comunicación occidentales trataron la noticia como un nuevo ejemplo del totalitarismo comunista, llegando incluso a afirmar que iba dirigida a frenar las reformas económicas, cuando en realidad estaba destinada a asegurar el proyecto liberalizador. Mas tarde el mismo Deng reconoció que la actuación del ejército en Tiananmen no era para proteger al socialismo, sino a las reformas económicas y declaró que continuaría adelante con ellas.[3]

De la misma forma que el terror de Pinochet había dejado el camino despejado a las reformas económicas neoliberales, la masacre de Tiananmen allanó el camino a los reformistas chinos que pudieron llevar a cabo su proyecto sin que hubiera peligro alguno de rebelión, las medidas mas dolorosas que Deng había suspendido tras los sucesos de Tiananmen volvieron a ser reimplantadas tres meses mas tarde, entre ellas la desregularización de los precios aconsejada por Friedman que provocó la elevada inflación. Las reformas que no se pudieron llevar a cabo antes de 1989 se implementaron sin resistencia alguna tras el terror desatado por el gobierno chino.

Con el establecimiento de las ZEE China se convirtió en un taller industrial caracterizado por la mano de obra barata y las escasas condiciones laborales, que fue lo que atrajo a los inversores extranjeros que buscaba el gobierno.

Conclusión

La experiencia de China es una muestra mas del fracaso del fracaso del modelo marxista-leninista de transición hacia el comunismo por medio de un Estado monopolista que organice la sociedad, esa estructura genera una burocracia que se separa de la clase obrera y adquiere intereses propios, mantener el poder y los privilegios que les genera su posición, con tal de mantenerlo se llega hasta el extremo de abandonar las aspiraciones revolucionarias iniciales.
En el caso de China los burócratas que tenían el control de las empresas estatales vieron que si se apuntaban a la ola liberalizadora podrían mantener su poder y además adquirir los mejores activos del Estado, para tal fin no dudaron en empobrecer a su pueblo y a condenarlo a unas condiciones extremas de explotación y precariedad.

La represión de las protestas puso de manifiesto el parecido entre las tácticas del comunismo autoritario, la del neoliberalismo y la del autoritarismo militarista latinoamericano. Todos ellos coinciden en su voluntad común de hacer desaparecer toda resistencia para llevar a cabo su programa político y económico.

[1] “La Policía Armada Popular, formado por 400000 agentes con la misión de reprimir todo indicio de delito económico (huelgas y manifestaciones), este cuerpo obtuvo financiación estadounidense.” Naomi Kein, La Doctrina del Shock

[2] Wang Hui fue uno de los intelectuales chinos que organizaron las protestas de 1989

[3] “No nos hemos equivocado, no hay ningún error en los cuatro principios de la reforma económica, si algún problema existe al respecto es que aún no se han implementado de forma exhaustiva” Deng Xiaoping

Bibliografía

– Deng Xiaoping, We can develop a market economy under socialism (1978)

– Naomi Klein, La Doctrina del Shock (2010)

– Francis Fukuyama, El Fin de la Historia (1992)

– Ana Salvador, El proceso de apertura de la economía china a la inversión extranjera (2010)

– Wang Hui, El Nuevo Orden de China

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