La necesidad de las emociones

Nuestras vidas están cargadas de emociones de todo tipo: podemos sentir rabia, furia, odio hacia algo que nos repugna, o podemos amar, reírnos, y sentir felicidad con las cosas que nos producen bienestar. Las emociones marcan la forma en la que interaccionamos con lo que sucede a nuestro alrededor, dando forma a nuestras experiencias vitales y a las maneras en las interpretamos dichas experiencias. No obstante, muchas veces encontramos discursos que nos incitan a suprimir nuestras emociones y, en el peor de los casos, encontramos discursos normativos que nos hacen sentir culpables por las emociones que sentimos.

Pongamos un ejemplo: en una manifestación acalorada el cuerpo represor del Estado, esto es, la policía, carga contra les manifestantes dejando tras de sí un reguero de personas tendidas en el suelo. Hay barullo y las cosas se vuelven un tanto caóticas. Entre el desorden un par de agentes se descuelga del grupo y queda rodeado por les manifestantes, quienes habiendo visto la brutalidad de la carga decide emprenderla a palos contra los agentes (y uso aquí el masculino porque esta panda de brutos son normalmente hombres). Los medios de comunicación transmiten los sucesos y los califican negativamente. Incluso algunes manifestantes sienten repugna hacia las acciones de aquelles manifestantes que decidieron dar a los agentes de su propia medicina. Digamos entonces que tras el incidente algunas personas se sienten conformes con lo sucedido. Otras no lo están. Y algunas otras lo están y no lo están al mismo tiempo. A éstas últimas me quiero referir especialmente con este artículo.

Dejemos por un momento el ejemplo a un lado—pero vamos a mantenerlo presente en nuestras mentes—y pasemos a analizar la experiencia desde un aspecto emotivo. Lo primero que hemos de tener en cuenta es que las emociones, lejos de ser meramente biológicas, son en gran medida sociales. El componente biológico de las emociones vendría dado por la potencial universalidad de éstas, es decir, todas las personas en el planeta son capaces de sentir odio, amor, alegría, felicidad, melancolía, etcétera. Sin embargo, esta base biológica es condicionada por códigos culturales y sociales que hacen que experimentemos dichas emociones en situaciones muy variopintas. Así pues, las personas de una sociedad industrializada como la española pueden no sentir pena al ver la tala de un árbol, mientras que les indígenas del Amazonas podrían experimentar la más profundas de las penas pues asocian al árbol una idea que nosotres no tenemos. Hasta aquí no creo que  nadie disienta.

Volvamos a nuestro ejemplo: la violencia, derivada de sentimientos de rabia y odio en nuestro ejemplo—y no tanto de miedo pues recordemos que son dos agentes los que quedan descolgados entre una multitud de manifestantes—es repudiada como algo indeseable. La propia emoción de simpatía para con les manifestantes que toman parte en la acción, o la satisfacción que nos podría producir el presenciar la escena, son también suprimidas por el discurso dominante que los medios de comunicación, siguiendo la ideología del sistema, inculcan en la mentalidad de las personas—¿a alguien le suena el concepto de hegemonía de Antonio Gramsci? De esta manera, si nos paramos a pensar sobre todas las sandeces que dicen los medios de comunicación o las personas que reproducen la ideología del sistema veremos que se otorga máxima prioridad a la ‘razón’, la cual deviene la medida de todas las cosas habidas y por haber. La persona racional es inteligente, fría, no se deja llevar por las emociones que tantas veces han traído a la humanidad calamidades de monstruosas dimensiones. Y a todo esto, ¿tenemos les anarquistas algo que decir? Tenemos, y mucho.

Aristóteles, como uno de los padres fundadores de la ética de las virtudes, ya dijo en su día que la persona virtuosa—aquella que actúa de forma correcta—es la que siente la emoción adecuada ante la situación adecuada. De esta manera, sentir asco ante un caso de violencia machista, y odio hacia el machista, es algo virtuoso. Las emociones que experimentamos reflejan así los códigos morales—nuestra talla moral—que hayamos internalizado. No hay nada malo en sentir odio, asco, y repugna, cosas que alguna religión califica de «emociones negativas» a evitar. Dos cosas de vital importancia surgen en este segundo ejemplo: 1) la emoción de odio o asco que sintamos hacia el machista dice de cómo concebimos el mundo. 2) las emociones que experimentamos nos harán actuar y reaccionar de una forma u otra. Así pues, la persona que sienta odio y repugna hacia los machistas estarán más predispuestas a actuar, a cambiar el estado de cosas que les producen repugna.

Así que de Aristótles y su Ética para Nicómaco nos quedamos con que sentir emociones—aunque sean éstas «negativas»—no está tan mal como afirma la ideología racionalista que impulsa al capitalismo. Las emociones son el reflejo de nuestra capacidad moral como seres humanos, nos ayudan a interpretar los hechos que suceden a nuestro alrededor y nos impulsan también a reaccionar de una forma u otra. No obstante, ya hemos dicho que las emociones no se experimentan de forma universal sin antes pasar por el filtro de lo cultural, y es por ello que algunas personas no sientan repugna, sino simpatía, por cosas como ataques machistas o racistas. Es aquí donde damos el salto a la razón.

Kant, como uno de los mayores exponente del racionalismo, afirmó que la única manera de llegar a comprender las Leyes de la Moral era por medio de la razón, la cual nos proporciona imperativos y obligaciones. De Kant nos quedamos solamente con esta parte, pues él mismo relegó las emociones a un segundo plano prescindible—de hecho las llegó a calificar como «enfermedades» o «elementos patológicos» que alejan a las personas de la «soberanía de la razón.» De esta manera, de Kant vamos a tomar que la razón nos puede ayudar a considerar que, por ejemplo, asesinar a una persona por motivos étnicos es algo inmoral. Sin embargo, vamos a añadirle que nuestro deber moral de defender a la víctima de un ataque racista no solamente es cuestión de un proceso racional, sino también de un proceso emocional: sentir asco, odio, y repugna hacia la persona racista está al mismo nivel y es igual de importante. Como Aristóteles diría, el agente moral—un término usado en la filosofía kantiana, Aristóteles diría la persona virtuosa—sentiría innegablemente odio y repugna, no sería un frío autómata racional, y acorde con su odio actuaría de una manera específica.

Bien, es momento de volver a nuestro primer ejemplo. Los medios, la escuela, todo a nuestro alrededor en las sociedades capitalistas-liberales nos lleva a condenar la violencia y los sentimientos de odio. La violencia genera más violencia, dicen. El odio nos lleva por el camino de la amargura y de la perdición, añaden. Mantengamos la paz social, aseguran. Y para mantener todas estas proclamas nos educan en un sistema de valores acorde, integrándonos así un código moral que no deriva en la experiencia de ciertas emociones—y si sucede esto es condenado. En el ejemplo de la manifestación, las personas que sienten simpatía genuina por lo sucedido actúan conforme a algo que difícilmente podemos definir pero que podemos sentir como «natural» (con muchas comillas). Esos sentimientos de empatía, simpatía, y solidaridad que las personas somos capaces de sentir de una forma «natural» y «humana» son los que nos hacen pensar, aunque solamente sea por un momento: «se lo merecían. Esos antidisturbios se lo han buscado.» Luego puede llegar la razón y la ideología dominante para acallar la voz de los sentimientos, y podemos llegar a pensar que lo sucedido es condenable.

Pero la misma razón, en un análisis más sosegado, nos puede llevar a identificar la fuente de ese odio y repugna, haciéndonos así comprender los actos de violencia colectiva. ¿Acaso no es la policía la que reprime las voces que claman por los derechos humanos? ¿Acaso no es la policía la que ejerce violencia física con total impunidad amparada bajo el paraguas de las leyes del Estado? Como diría Julio Cortázar, ¿es la misma violencia aquella que viene de les miserables de la que proviene de les que crean la miseria? Y mediante este proceso racional podemos llegar—o no—a la conclusión de que las emociones de odio y repugna que llevaron en nuestro ejemplo a un número de manifestantes actuar de forma violenta son, de hecho, moralmente aceptables y deseables, pues fueron dichas emociones las que posibilitaron la acción virtuosa. Pero todavía más importante es el elemento socializador de este proceso racional y emotivo a partes iguales, pues alguien podría llegar a esta conclusión por vez primera tras pasar por un momento de reflexión detenida, pero tras el cual, con un poco de fortuna, integrarán la experiencia de dichas emociones—en contextos similares al de la manifestación—en su código moral interno, pasando a experimentar estas emociones de forma más automática ante casos semejantes y aumentando su «talla moral.»

La próxima vez que os digan que sentir odio, rabia, furia, y repugna es negativo decidles que no solamente está justificado dado el estado de cosas actuales, sino que también es cosa de personas virtuosas.

La base del fascismo griego no nos dista tanto

«Gracias, Grecia. Nuestra Herencia» es el título del famoso vídeo que unes estudiantes de instituto en Murcia hicieron en honor a la «cultura griega.» En un intento de dar ánimo a la sociedad griega—que tan malamente lo está pasando a causa de la crisis capitalista—, les chavales enumeran en el vídeo una gran lista de elementos altamente valorados: que si filosofía, que si dialéctica, que si democracia… Pero con tanto «que si esto» y «que si lo otro» lo que hicieron no fue otra cosa que reproducir, una vez más, la base del ultranacionalismo griego que todo el mundo acepta sin rechistar.

El primer atropello que me viene a la cabeza es el querer identificar la sociedad actual del Estado griego con la sociedad ateniense—entre otras polis independientes—de la época clásica. Nada, absolutamente nada, tiene que ver la una con la otra, y si hoy en día la historia oficial dibuja un continuo histórico entre la Atenas de Sócrates y la Atenas del capital en crisis es por cuestiones nacionalistas. Si atendemos un poco a la historia de la creación del Estado griego, veremos con facilidad que el movimiento nacionalista se sirvió desde un primer momento de la historia de las personas que vivieron en la península siglos atrás, aunque poco o nada tuvieran en común. Las gentes de eso que hoy llamamos «Grecia» estuvieron por siglos separadas en ciudades independientes, para posteriormente pasar a estar bajo dominio Otomano por unos cuatro siglos. En esos cuatrocientos años nada de lo que se cocía en Europa pasó a «Grecia.» Ni el Renacimiento, ni la Ilustración, ni la Revolución Industrial.

La idea de que la sociedad moderna griega desciende directamente de la «Grecia clásica» coge fuerza a principios de siglo XIX, y no lo hace precisamente en territorio griego sino en Europa, donde la gente ilustrada traza una genealogía del pensamiento occidental que lleva directamente a los filósofos de la Grecia clásica. De esta manera se empieza a hablar con fuerza de «la herencia griega», de «las raíces griegas», de «nuestros padres griegos.» La democracia, esa forma de organización política que tantas mentes radicales agitaba en el siglo XIX también era asociada directamente con la Grecia clásica. Esto indudablemente alentó a las fuerzas liberales y conservadoras de Grecia para luchar por la unificación pan-helénica, librándose así del yugo turco. Hasta mediados de siglo XIX no se realiza en la academia ninguna conexión directa entre la «Grecia clásica» y la «moderna.» Lo hace Konstantinos Paparrigopoulos, a pesar de las dudas que el historiador austriaco Fallmerayer—quien dudaba de esta «herencia griega»—puso años antes, específicamente en 1830. El movimiento nacionalista adquirió mucha fuerza dentro de las fronteras, pero sobre todo fuera de ellas—¿sabíais que la «herencia griega» alcanzó tanto caché que en los primeros años de independencia estadounidense se planteó instaurar el griego como idioma oficial en vez de el inglés?

Esta obsesión por lo clásico se refleja muy bien en la educación del Estado griego. Hasta 1976 les chavales aprendían en el colegio una forma «purificada» del griego moderno—o katharevousa. La gente hablaba en su vida cotidiana otro griego, el «griego hablado o demótico.» Pero si algo ha propiciado esta obsesión con las «glorias del pasado» es una sociedad profundamente nacionalista, segura y orgullosa de eso que llaman «su pasado», lo que es indudablemente un gran factor propiciador de cosas como el fascismo—aunque no el único, ni suficiente elemento, desde luego. Pero como todo nacionalismo—todos ellos artificiales y sesgados—, el nacionalismo griego sólo coge del pasado lo que le interesa, y así se olvida de cuatrocientos años de influencia otomana. Ya desde el siglo XIX, cuando se empezó a elaborar el discurso nacionalista-conservador, se identificaba «turco y Turquía» con «barbarie y retraso»—como si las gentes de Grecia hubieran vivido al margen del Imperio Otomano. De la noche a la mañana todas las gentes de la región griega quedaron unificadas bajo el paraguas de un «dorado pasado común», el cual era profundamente anti-turco. El mantenimiento de la estructura de la iglesia ortodoxa también influyó en el sentimiento nacional, pues es otro elemento que les distingue de muchas gentes de Europa.

Y de todo esto bebe el fascismo de Amanecer Dorado. Que si la democracia es un invento suyo. Que si son los maestros de la política y la dialéctica. Que si la civilización europea no es nada sin Grecia. En definitiva, que si lo uno y que si lo otro—lo más estúpido que he leído al respecto es que el sushi japonés es una copia de las dolmades griegas. Vamos, que la humanidad entera estaría perdida sin la Grecia clásica. Gracias Dios por mandarnos a los gladiadores de Amanecer Dorado que protegen nuestra raíces. «Nuestra  herencia.»

El discurso se reproduce por todo el mundo de boca en boca, y lo hace sin despertar sospecha ni crítica. Me consta muy bien que el vídeo de les estudiantes del instituto murciano no fue muy bien recibido por los movimientos anarquistas y de izquierdas, precisamente porque elles están intentando romper con esta idea nacionalista. Los diferentes estados del planeta ya se encargan, a través de los medios de comunicación y de educación, de inculcarnos estas ideas nacionalistas que justifican la existencia de esos aparatos represores que son los estados—los mismos aparatos que alimentan, protegen, y utilizan a grupos fascistas para ejercer su dominación.

Cerrando ya esta opinión, lo peor de todo, diría yo, es que los discursos nacionalistas atraviesan fronteras y adquieran una existencia tan objetiva que la gente los toma por verdades absolutas. Que la «democracia» es un invento «griego» es tan verdad como que el sol saldrá mañana—o así lo piensan muches. Pero lo que es mucho peor: la gente, alentada por la propaganda nacionalista-fascista, acepta que esos «inventores griegos» son los «abuelos de los griegos de hoy.» Alguien les debería recordar los cuatrocientos años de influencia otomana. Pero sobre todo alguien nos debería recordar a todes que todos los nacionalismos son artificiales; no existe en el mundo ni tan siquiera una nación «natural.» Si se quiere, la única nación: la raza humana.

Más allá de la blogosfera libertaria

Este artículo surge como respuesta al texto de Juan Cruz en la revista Estudios—el cual podéis leer aquí. En él se analiza el papel que los blogs y demás medios de comunicación en Internet juegan a la hora de difundir el pensamiento anarquista. Poco o nada más se puede escribir al respecto, pues el texto de Juan Cruz expone con clarividencia el tema, pero siento la necesidad de ir un poco más allá.

Sin duda Internet ha facilitado muchísimo la difusión de nuestra ideología libertaria, así como ha facilitado el dar a conocer proyectos «en la vida real» y demás actividades de grupos anarquistas muy variados. Internet también ha hecho posible luchar directamente el monopolio informativo del Estado y del capital, pues numerosos son los portales de noticias que ofrecen una visión diferente del mundo y de lo que en él acaece. No obstante, pienso yo, Internet ha de ser usado por todes nosotres con un objetivo muy claro en mente: agitar la mente de las personas.

A todas luces, la teoría queda vacía si no va acompañada de hechos y acciones. Teoría y praxis han de ir de la mano en todo momento, y ésta no es una relación unidireccional como muches puedan pensar. Es decir, la teoría no estructura la acción ni la acción fomenta la producción teórica exclusivamente. Ambos elementos actúan el uno sobre el otro de una manera sumamente inextricable, o al menos así debiera ser. Muchas veces nos encontramos con páginas web que solamente publican análisis y artículos teóricos, mientras que otras se dedican a la difusión de acciones y eventos libertarios. Desde mi punto de vista, esta difusión sesgada queda incompleta por no abordar de una manera integral los problemas del mundo en el que vivimos.

Muchas veces pecamos, y yo el primero, de escribir artículos que no van más allá del análisis de tal o cual aspecto teórico del anarquismo. Y esto se suele hacer de una manera meramente informativa, normativa, o explicativa. Hacemos así «anarquismo de salón», o si se quiere «anarquismo desde el sillón.» No niego que los artículos teóricos de por sí fomenten el pensamiento crítico, el cual, potencialmente, puede animar a la gente a moverse. Pero sería un grave error pensar que la teoría per se anima a la gente a implementar la anarquía en sus vidas cotidianas.

El mayor problema que veo yo es el modo en el que escribimos este tipo de artículos: abordamos los conceptos de una manera tan abstracta que ponemos a la anarquía por las nubes, y así muchas veces se nos queda una sensación de «¿y ahora qué? ¿Qué hacemos con esto?» Por lo general no solemos proporcionar maneras claras y concretas de «pasar a la acción.» Y no solamente esto, el lenguaje que empleamos al escribir tampoco facilita la tarea,  pues muchas veces damos mil cosas por supuestas o entendidas; suponemos que les lectores han leído las lecturas que nosotres hemos hecho, o suponemos que la gente sabe qué es la hegemonía, la anomia, o cualquier otro concepto que podamos encontrar en los textos teóricos. De esta manera hacemos una especie de «anarquía intelectual» que termina alejándose de la realidad material de les trabajadores y demás personas oprimidas por el sistema.

Bajar la teoría de las nubes y ponerla a un nivel más real sería el primer paso para mejorar esta blogosfera libertaria que tanto crece hoy en día. No pongo en duda la calidad de los muchísimos artículos teóricos que se pueden encontrar en Internet, pero algo falla cuando la anarquía se queda simplemente en conceptos abstractos. Soy consciente de la ardua tarea que esto supone, pero no creo que sea imposible, ni mucho menos. No entiendo, ni sé muy bien, cuándo decidimos alejarnos de la difusión agitadora para pasar a escribir «anarquismo de salón.» Tal vez sea el perfil de les que decidimos escribir en blogs, pues no me extrañaría leer que una gran mayoría de nosotres seamos estudiantes de universidad o personas que hemos pasado por ella, convirtiendo así al anarquismo en ensayos académicos—abstractos y sumamente teóricos.

Con esto no digo que no existan sitios web que fomenten la implementación de la anarquía, pero no creo que sea la normal general. Echo en falta en la blogosfera libertaria escrita en castellano los textos griegos, tan inflamatorios y agitadores como teóricos e informativos. Tal vez encontremos más ejemplos en las publicaciones latinoamericanas, pero no tantos en los textos que se centran en el Estado español, sin duda. Como articulista, si es que así se nos puede llamar, entiendo que ésta es una labor difícil que requiere no solamente de conocimientos teóricos, sino de creatividad a la hora de escribir, «gancho», y tener los pies en la tierra—y no la cabeza en las nubes. Los artículos anarquistas de calidad son aquellos que hacen pensar a la persona no-anarquista: «anda, esto es el anarquismo y así es como lo hacen.» También son los que otorgan a las personas anarquistas herramientas conceptuales para ponerlas en práctica. Si no simplemente nos quedamos en caricias a nuestro ego anarquista; en vacías reafirmaciones de nuestro ideal—y de esto hemos pecado todes alguna vez.

Sin querer erradicar la teoría de Internet, ni sin querer limitar la Red a notas informativas sobre esta o aquella acción, sí que veo necesaria una combinación de ambos extremos. Internet nos proporciona el medio, nosotres ponemos el contenido, mediante el cual subvertimos la propia estructura de la Red. Tal vez debamos retomar la cultura panfletaria que tanto agitó el movimiento obrero del siglo pasado. Pero esta vez no sería solamente en papel.

Reseña: The Occupation Cookbook

Hace un tiempo me hice con un ejemplar impreso de la famosa guía de la ocupación universitaria que tantas vueltas dio por Internet en su día. El título completo en inglés—hasta donde sé no hay traducción al castellano— es «The Occupation Cookbook: or the Model of the Occupation of the Faculty of Humanities and Social Sciences in Zagreb»—click en el nombre para su lectura—, editado por les compañeres que okuparon la facultad, originalmente publicado por Center for Anachist Studies en 2009, y distribuido en la versión panfleto—la que tengo yo—por Autonomedia.

La versión que reseño aquí es la inglesa, y como según elles mismes indican en el manual, esta versión dispone de algunos añadidos—además de unas fotos muy majas—que la edición original croata no tiene. Es una lectura muy recomendada aunque esté en inglés: el uso del idioma es básico y sencillo, tiene un gran interés actual, los consejos y experiencias son de gran utilidad, y lo más importante de todo, es un clarísimo ejemplo de que las cosas se pueden hacer bien cuando la gente está dispuesta a autogestionar. La okupación de la facultad no tuvo un componente únicamente anarquista, pero su organización horizontal y el uso de la democracia directa hacen de esta experiencia croata un hecho a ser tenido en cuenta por el movimiento libertario. De ahí esta reseña.

La Historia

El manual abre el debate con tres introducciones que acercan la lectura a los hechos acontecidos en Zagreb y en el mundo de la educación en general. La facultad fue tomada en la primavera de 2009, y su okupación duró 35 días en los cuales las clases fueron bloqueadas y sustituidas por clases alternativas sobre anti-capitalismo, educación, activismo, etcétera. El contexto sociohistórico no solamente es tratado en esta parte introductoria, sino que también es presentado a lo largo del manual en forma de pequeños párrafos que contextualizan las acciones que les estudiantes decidieron llevar a cabo. Contextualizar acción y teoría es algo muy importante para desarrollar un movimiento fuerte, sólido, y duradero, porque como elles mismes afirman en la guía, la lucha no finalizó tras la okupación—ni tampoco comenzó con  ésta, pues antes de la toma de la facultad ya existía un grupo de estudiantes que se reunían para fomentar la lucha estudiantil.

Aunque el componente sociohistórico es más bien escaso y, sobre todo, muy simplificado, une no se queda con las ganas de haber leído más sobre este tema, pues el manual tiene claramente otro objetivo: mostrar las experiencias de okupación y compartirlas para servir de guía y apoyo a otros grupos en el mundo.

El Plenum

El manual está estructurado de una forma muy lógica y fácil de seguir. Nunca se pierde el hilo de la lectura en detalles técnicos o notas sociológicas. Les editores dan máxima prioridad a la explicación de la asamblea general de estudiantes, o Plenum, la cual no solamente daba la bienvenida a estudiantes sino a cualquier persona interesada en el tema de la educación. A lo largo de los mini-capítulos que componen la guía, les estudiantes nos explican cómo se organizaron todas las tareas de la asamblea: su desarrollo, su diseño, su organización, etcétera.

La democracia directa era la idea vertebradora de la asamblea: todes hablan, todes opinan, y todes deciden. Nos narran los elementos clásicos de una asamblea horizontal: mesa (rotativa), acta (también tomada por una persona diferente cada vez), equipo técnico, turnos de palabra…. La forma de llevar a cabo el Plenum también nos suena familiar: lectura del orden del día, debate de los puntos, decisiones, asignación de tareas… todo muy común en este tipo de organización. La única parte que me llamó  la atención fue la deliberada decisión de votar todo con una simple mayoría de 50+1. Aunque se intentó buscar el consenso mediante el debate y la exposición de ideas, la votación por mayoría simple era la regla general—algo poco anarquista, la verdad.

La eficacia y el pragmatismo también son elementos muy presentes en el manual. Todo estaba regulado, y así te lo explica la guía. Por ejemplo, cada punto del orden del día tenía 30 minutos para ser debatido, tras los cuales la asamblea votaba si se quería continuar con ese tema o pasar al siguiente. La periodicidad del Plenum era una vez por día durante la okupación, y tras la okupación—pues las estructuras del movimiento no desaparecieron—se decidió llevar a cabo la asamblea cuando fuera necesario—aunque no explican muy bien qué es eso de «necesario.»

Anonimato

Elles sabían que los medios de comunicación jugarían un papel clave, por lo que crearon un grupo de trabajo específico para este tema. Como concebían que el poder residía en la asamblea se decidió que no hubiera ningún tipo de representante o «cara conocida.» Todas las apariciones ante los medios de comunicación eran anónimas, en el sentido de que nunca se dieron nombres ni apellidos, y las personas que comparecían ante les periodistas siempre eran diferentes.

La voz de la asamblea era transmitida al resto de la sociedad de forma estrictamente colectiva: solamente se comunicaba lo tratado en el Plenum—nada de opiniones personales—, y cada vez lo  hacía una persona distinta. Les estudiantes, por supuesto, eran libres de actuar libremente y dar su opinión personal, pero se recomendaba que no usaran sus nombres y apellidos.

Un grupo de trabajo especial se dedicaba a hacer de enlace entre los medios y la asamblea, así como también redactaban notas de prensa todos los días de la okupación. Éstas eran anónimas y directas. Como explican en el manual, temían de los intereses mercantiles de los medios, pues estos trivializan todo haciendo de algo político una historia morbosa y carente de contenido real. Así pues, se decidió que las notas de prensa fueran estrictamente directas, cortas, y sin escatimar en contenido teórico—las intervenciones ante les periodistas se desarrollaron de la misma forma.

Grupos de trabajo y mandatos

El manual dedica gran parte de su contenido a la explicación de la organización interna del movimiento. Los grupos de trabajo, formados por estudiantes permanentes, eran abiertos y de libre concurrencia. Cada cual decidía si entraba o salía, sus mini-asambleas eran públicas y abiertas, y cualquiera podía colaborar—aunque existieran equipos permanentes de personas trabajando en un tema. Estas mini-asambleas exponían sus decisiones y acuerdos en el Plenum, donde todo era votado de nuevo y se asignaban nuevas tareas a los grupos. Los grupos tenían relativa libertad para operar y ser flexibles. Por ejemplo, el equipo de prensa no podía estar pendiente en todo momento de lo que el Plenum opinase sobre un tema concreto, pues las notas de prensa tenían que ser escritas diariamente en una franja de 1 hora—según explican. Por lo que había una confianza explícita la cual no significa que el equipo de prensa podía hacer lo que se le antojara, pues siempre operaban en los límites de lo votado en el Plenum.

De les delegades ya he hablado—las personas que se comunican con la prensa y dan a conocer lo decidido por la asamblea general. Pero la okupación de la facultad también disponía de «mandatos», que  no es otra cosa que una delegación más prolongada en el tiempo. El equipo de prensa que escribía los comunicados, por ejemplo, era un mandato, pues era un equipo prolongado en el tiempo, estable—a no ser que el Plenum decidiese que ya no les daba confianza—, y con gran libertad de movimiento. Les delegades, recordemos, eran puestos de «una sóla vez.»

Seguridad

Éste fue uno de los apartados que más me sorprendió. Durante los 35 días de okupación, por supuesto, el movimiento requería de seguridad: evitar que se infiltrara gente de noche, evitar robo de material, mantener el orden en los pasillos… pero también limpiar, mover objetos, acomodar el auditorio para el Plenum, etcétera. «Seguridad» era otro grupo de trabajo organizado internamente en responsables de turnos. Todo el mundo era bienvenido y según nos cuentan prácticamente todes hicieron de «guardias» alguna vez—pues, de nuevo, los cargos son rotativos.

El funcionamiento de la facultad fue interrumpido durante esos 35 días, aunque ciertas cosas se permitieron: la secretaría de estudiantes, la librería, la cafetería… etcétera. Las clases «normales» fueron, como ya dije, bloqueadas, y si alguien quería impartir clase «normalmente», era el equipo de seguridad de turno el encargado de bloquear la clase por medio de la acción directa no-violenta—haciendo ruido, bloqueando la puerta, hablando con el o la profesora…

Últimas palabras

Como una reseña ha de ser concisa me he dejado muchas cosas en el tintero. No he realizado una exposición detallada de todos los grupos de trabajo existentes. Tampoco he realizado una exposición de la rutina del Plenum—la cual será familiar a cualquier persona involucrada en el movimiento libertario, pues la asamblea general no tenía nada de especial. Todos estos detalles son explicados minuciosamente en el manual, el cual no se hace ni pesado ni largo de leer.

A la persona con experiencia en asambleas le servirá de poco en el sentido «técnico», pero es sin duda una excelente fuente de inspiración y motivación. A esta persona, tal vez, la organización interna del movimiento le llamará más la atención, y seguramente sirva de ayuda en futuras acciones en las que tome parte. Por otro lado, a la persona con poca o ninguna experiencia en asambleas horizontales, este manual despertará algo en su interior. No solamente le proporcionará conocimientos inestimables, sino que le animará a organizarse de tal forma. Si algo muestra «The Occupation Cookbook» es que las cosas, si se quiere, se pueden hacer.

De Gramsci, hegemonía, y dogmas

Muchas veces hemos escuchado eso de que «la batalla más importante es contra nosotres mismes», que el primer paso para cambiar el mundo y esta sociedad que tanto asco nos produce es erradicar todos esos pensamientos que desde pequeñes nos inculcaron. Y razón no les falta, después de todo cualquier persona es socializada en los valores que imperan en el sistema cultural dominante.

De ahí que vea necesario rescatar el pensamiento de Antonio Gramsci, que sin ser anarquista, creo que es de utilidad para desarrollar estrategias anti-capitalistas. Pero no solamente esto, también pienso que la gran contribución de Gramsci al pensamiento radical deriva en su gran versatilidad, pues a fin de cuentas «cultura» es todo.

De su obra quiero rescatar en estas líneas el concepto de hegemonía. Para Gramsci todo era política, precisamente porque la estructura—en términos marxianos—da lugar a una superestructura determinada. Sin entrar en tecnicismos que poco aportarían a este debate, cabe resaltar que la cultural, asimismo, es política en el sentido que los valores que conforman el sistema de pensamiento imperante en una sociedad está determinado por la ideología que desde las instituciones los grupos de poder imponen. Para entendernos mejor: que la sociedad española sea sexista no es baladí, pues muchos son los siglos de dominación católica que desde las instituciones han ido inculcando profundamente los valores que rigen dicha religión—o al menos gran parte de la misma.

Olvidémonos por un momento de que Gramsci era un marxista bastante próximo al pensamiento de Lenin—o al menos utilizó el pensamiento de este último como punto de contacto con la teoría marxiana. Lo que me interesa rescatar aquí, por ser a mi parecer relevante para el movimiento libertario, es la idea de que el capitalismo no es solamente material—es decir, un modo de producción, una manera específica de organizar la economía, etcétera. Gramsci al producir una «extensión» cultural del marxismo nos proporcionó un poderoso análisis de la sociedad que puede bien ser usado por el movimiento libertario—o eso pienso yo y eso pretendo aclarar con este texto.

Así pues, para Gramsci la dominación burguesa no solamente se ejercía en lo material, sino también en lo simbólico o cultural. El modo de pensar de una sociedad, los valores dominantes, las concepciones sobre el mundo y cosas… todos estos elementos vendrían dados por la ideología de una clase dominante. De ahí que en las sociedades capitalistas tengamos gente de clase obrera que vota a partidos de derecha; o gente humilde que se alía con les poderoses y entona consignas racistas. La ideología dominante se transforma en «ideología popular» mediante la institucionalización de dichos valores: la escuela, el trabajo, el ejército, la familia… todo esto son medios de transmisión de los valores que rigen una sociedad que esclaviza y explota a la población.

A menudo leemos o escuchamos argumentos simplistas del estilo: «la masa es boba», «la gente es estúpida y no piensa», o «no saben lo que se reparte.» La gente ni es boba ni desconoce lo que «se está repartiendo», simplemente siguen los dogmas de una cultura injusta que ha sido socializada en sus vidas desde la cuna. Pensemos en el siguiente ejemplo: hace siglos la gente de Europa pensaba que la tierra era plana. Esto que hoy nos parece delirante estaba tan inculcado en la mente de la gente que no concebían la existencia de nuestro planeta de otra forma, tanto que cuando aparecieron las primeras críticas a esta idea las hogueras empezaron a avivar sus fuegos.  Dinámica parecida es la que nos encontramos hoy día: el capitalismo es «lo que ha habido toda la vida de Dios.» «Las jerarquías son necesarias.» «Si hay personas ricas y personas pobres es porque así ha sido siempre, y no puede ser de otra manera.» Pero hay más argumentos que nos podrían llamar más la atención, sobre todo aquellos relacionados con el sexismo o el especismo—precisamente porque estas ideas las tenemos más integradas, por ejemplo la dieta carnívora ha sido menos criticada que el modo de producción capitalista, de ahí que de alguna manera sea más fácil ser «anti-capitalista» que «vegana».

De todo esto se deriva la idea de que para combatir y terminar con el capitalismo—pero también con todos los demás «-ismos» que nos esclavizan—haya que ir a la raíz del problema: la mente individual, lo cultural, lo simbólico. La solución de Gramsci nunca fue totalmente cultural, pues él dejó bien claro que no basta atacar la educación institucional, sino que la ofensiva armada es necesaria al fin y al cabo. Pero sea como sea, y dejando una vez más los aspectos marxistas de Gramsci, hemos de quedarnos con la crítica cultural y la consciencia plena de que la dominación es sobre todo cultural.

El movimiento libertario es muy consciente de esto, no digo lo contrario, de ahí todos los centros sociales okupados, todos los proyectos comunicativos, todas las redes de solidaridad que organizan mercadillos de intercambio, etcétera. Sin embargo, una lectura anarquista de Gramsci nos podría proporcionar un conocimiento más amplio sobre cómo funciona el capitalismo a nivel cultural—aunque solamente nos servirá de introducción, pues sinceramente opino que el mejor análisis al respecto es el dado por la Escuela de Frankfurt, especialmente por Marcuse, otro neo-marxista.

Todo esto nos lleva al eterno debate de si la teoría marxiana es útil para el anarquismo, pero obviamente esto no interesa al objetivo de este artículo. Si algo pretendo con esto es animar a les lectores a revisar una vez más aquelles autores que por ser marxistas—o neo-marxistas—han quedado olvidados en el arcón de lecturas anarquistas. A Gramsci se le pueden criticar muchas cosas, pero otras tantas se pueden rescatar y re-leer desde un prisma libertario. Es precisamente esta «apertura mental» la que debería caracterizar al pensamiento libertario: el nunca dejar nada de lado y escrutar todo bajo una lupa crítica, aunque después no nos quedemos con nada—pero sí que habremos forzado a nuestros esquemas mentales a reafirmarse una vez más.

Los dogmas están para ser derribados.

Breve reflexión sobre anarcosindicalismo

El otro día atendía a una presentación de un nuevo panfleto editado por Solidarity Federation (SolFed), que viene a ser el referente británico del anarcosindicalismo. Hojeando el texto—que podéis descargar/leer aquí—me di cuenta que dedican bastante energía al análisis de la CNT y su papel en la Guerra Civil. Tras el simposio, ya una vez en el pub, tuve la oportunidad de hablar con dos militantes veteranos, y de ahí esta reflexión—que no pretende ser ni profunda ni extensa.

Entrando al trapo: resulta que para esta gente—como para les convencides militantes de CNT, digo yo—el anarcosindicato es la más efectiva manera de organizar al movimiento anarquista, el cual, según ellos, es un movimiento de clase a todas luces. Sin embargo, como ellos mismos me hicieron ver, la estructura de la CNT ha de ser «superada» por ser anticuada (sic). Sí, la CNT fue y sigue siendo el gran referente para les anarcosindicalistas de Reino Unido, pero como elles proponen, la cosa tiene que ir más allá, y es por ello que SolFed se está centrando en crear una densa red de «solidaridad» que aúne muchas luchas de clase.

Ésta es la breve descripción de lo que SolFed es para estos dos militantes veteranos—y cuando digo aquí «veteranos» me refiero a hombres que superan los cincuenta y han estado en la lucha obrera británica desde tiempos anteriores a Thatcher. Según me iban explicando su proyecto actual las preguntas me iban asaltando la cabeza, y desde luego que se las iba disparando a ellos según me venían.

La primera y más obvia es la del reformismo: ¿qué riesgo de convertirse en reformista existe en un anarcosindicato? En mi cabeza tenía dos ejemplos: la colaboración de la CNT en el gobierno de Largo Caballero, y la escisión de CGT. Como buenos anarcosindicalistas, demostraron tener un excelente conocimiento histórico del caso español, y argumentaron que en el primero de las casos la actuación de la CNT se podría «justificar» dada la excepcionalidad del contexto—aunque ninguno de ellos concordaba personalmente. Sobre la CGT afirmaron tajantemente que «estos de anarquistas tienen más bien poco» (sic).

Visto que no me contestaban exactamente a la pregunta intenté reformularla de otra manera: ¿qué pensáis sobre las metas del anarcosindicalismo de hoy en día? ¿No se centran, acaso, en el lugar de trabajo y en el mejor de los casos en la consecución de mayor estabilidad en el mismo? Aquí ya se tuvieron que mojar, y desde luego no defraudaron mis expectativas. Afirmaron que para nada el anarcosindicalismo se reduce a pedir un salario más alto y unas condiciones laborales de mayor calidad. ¡Para nada! SolFed apuesta por la integración social en distintas luchas sociales a nivel de barrio y comunitario. SolFed se preocupa por la formación teórica de les trabajadores. SolFed lucha contra el capitalismo en todos los niveles. Aquí me permitiréis mi dosis de escepticismo para con el anarconsindicalismo. Sin querer despreciarlo en absoluto—ni negar su importante papel dentro del movimiento anarquista—, me parece simplemente irreal decir que un anarcosindicato es la mejor manera de combatir aquello que no está relacionado con lo laboral. Como ellos mismos me dijeron, la forma de derrocar al capitalismo y todos sus males es la autogestión de las unidades productivas de la sociedad. A lo que yo me pregunto: ¿y después qué? ¿Con tomar las fábricas, las oficinas, y las escuelas acabamos con el problema de una vez por todas?

Entonces el debate se empezó a calentarse cuando varios compañeros—con mayor simpatía por los grupos de afinidad—les dijimos que el capitalismo no era el único problema, ni que seguramente fuera el mayor de ellos. Que la dinámicas de autoridad y las jerarquías que éstas crean era un problema mucho mayor, muy anterior al capitalismo, y de mayor dificultad, por lo que la simple toma de los puestos de trabajo no sería suficiente para crear una sociedad libertaria. ¿Cómo se combate el machismo en el hogar desde el sindicato? ¿Cómo «liberas» la mente mediante la toma de la fábrica? Sin dudar de la labor formativa del anarcosindicato—pero sí que la pongo en duda—, mi experiencia personal me dice que no hay que separar lo económico de lo político, cosa que muchos anarcosindicatos hacen de forma explícita. Los militantes de SolFed me decían que ellos no querían hacer esa distinción, que les parecía ridícula—sobre todo me lo decía uno de ellos que alababa el modelo de FORA-AIT—, y que por ello se implicaban en el nivel vecinal lo máximo posible. Yo les pregunté entonces que si esto era un comentario personal o se podría decir de todos los militantes de SolFed. Era a nivel personal.

Al fin y al cabo es de entender que les militantes de SolFed se preocupen, primero, por lo laboral y económico—para eso se meten en un sindicato, digo yo. En SolFed la militancia es obligada: si un grupo federado no es activo es expulsado. En CNT me consta que la militancia activa no es requisito necesario. Sea como sea, la organización de les trabajadores es, sin duda, fundamental, pero desde mi punto de vista no es suficiente. La hegemonía capitalista y burguesa, aquella de la que hablaba Gramsci, no se combate solamente en el puesto de trabajo. Hay que romper con muchos esquemas que han sido socializados profundamente: jerarquías, autoridad, poder, monogamia, valores de propiedad privada, etcétera. Para ello son fundamentales, la formación cultural, las vivencia interpersonales, el contacto con la anarquía en todos los aspectos de nuestras vidas.

Finalmente, para no extenderme mucho más, me gustaría finalizar esta breve reflexión con los métodos de lucha y resistencia que el anarcosindicalismo plantea. Se podría decir que la huelga y la acción directa son las dos herramientas que les sindicalistas disponen para acercarnos a la sociedad anarquista. Pues bien, una vez más pienso que no es suficiente, precisamente por aquello de «vivir la anarquía en el día a día.» Si lo que hay que cambiar es la mente de la gente antes que las estructuras politico-económicas, entonces, opto más por la propaganda, el trabajo comunitario a nivel de barrio con otros colectivos—inserción social—, y demás. Primero hay que crear «mentalidad anarquista», porque sin ella me temo que las fábricas por muy autogestionadas que sean, seguirán reproduciendo valores y estructuras típicas de la ideología liberal-capitalista. Pero bueno, como dije antes, esto es una reflexión breve y sobre todo personal, que nadie se ofenda.

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