Paseando por Atenas (V)

Con esta entrega cierro la serie de Paseando por Atenas, y lo hago hablando de dos okupas (centros sociales) magníficas que me dejaron alucinado: Villa Zografou y Prapopoulou.

Villa Zografou

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Tras unas cuantas cervezas en Exarchia decidimos coger un autobús en Akadimias para dirigirnos a Villa Zografou, que al parecer los sábados abre un bar para recaudar dinero para les preses polítiques. Son pasadas las once y media de la noche y, como en el Estado español, es hora de salir a pasarlo bien, por lo que cuando abandonamos Exarchia hay más jóvenes entrando que saliendo—todo lo contrario a las costumbres británicas, donde resido y no me hago a la idea de empezar a la fiesta a las ocho de la tarde.

De noche todos los gatos son pardos, o eso dicen, así que no me entero muy bien hacia dónde se dirige el autobús. En el autobús nos encontramos con una amiga de mi compañera que se nos une y nos bajamos en una calle más bien grande, desde donde caminas unos minutos hasta la villa. Es un terreno enorme, de dimensiones descomunales que no me esperaba. En el trayecto me iban contando cómo era el lugar, pero desde luego no adquirió esa forma en mi mente.

Villa Zografou—que lleva un par de años, si llega, abierta—está situada no muy lejos del centro, en un barrio de calles «normales» que alguien podría esperar de algún barrio madrileño como Arganzuela o Usera. Bloques de pisos a lo atenienses—blancos, con terrazas, más bien viejos—, coches aparcados de mala manera en las cuestas de las colinas, farolas que iluminan de poco a nada… Y allí, en medio de un barrio tan «normal», un terreno gigantesco se abre paso como si nada. Accedemos al jardín delantero por una entrada abierta en la que varias pancartas y convocatorias anarquistas nos dan la bienvenida. Dos mochileros están sentados en un terraplén, hablando, y con unas cervezas en las manos. Tras unos pasos me encuentro de bruces con la imagen de la villa: una casa enorme que perteneció en su día a algún burgués muy adinerado—véase la foto que encabeza este artículo.

La primera sensación que me viene al cuerpo al subir la escalinata de entrada y situarme en el porche soportado por columnas majestuosas es la de estar entrando en la mansión de uno de los villanos de las películas de James Bond. Las palmeras en el exterior le dan un aire latino al asunto, así que esa imagen de «mansión de villano» se torna en «mansión de capo de la droga.» Cosas mías, no me hagáis mucho caso. El interior de la mansión me deja todavía más alucinado: un enorme hall, majestuoso, de película, flanqueado por estanterías donde centenares de panfletos, carteles, pegatinas, y demás propaganda libertaria descansan esperando a ser leídos. Una puerta a la derecha da la bienvenida a la fiesta. Entramos sin antes tener que ser arrastrado por mis dos guías, pues yo sigo atontado ante tanto esplendor. ¡Cómo se lo montan les compas de Atenas!

El bar es sencillo: una mesa con las bebidas y un refrigerador al lado. La bebida es barata: un euro por una lata de cerveza y tres cincuenta por un «gin and tonic.» Una caja enorme preside la mesa, es la caja para depositar tu ayuda monetaria a les preses polítiques. La sala es grande pero está tan llena que casi no se puede respirar. Un perrito pasea alegremente entre las piernas de les allí presentes. Al final nos hacemos con un sitio en un sofá y nos ponemos a discutir primero de política y luego de nuestras vidas personales—me doy cuenta que la política y la vida sexual de une son los temas favoritos de les compañeres que he conocido en Atenas. Durante la conversación mis guías, y otras personas sentadas a nuestro lado, me explican que en Villa Zografou organizan todo tipo de eventos culturales y propagandísticos: desde conciertos y charlas políticas, hasta clases de castellano y clases de tango. ¡Wow!

Como soy curioso por naturaleza, me escaqueo de la conversación y me doy una vuelta por la mansión. Esto es enorme. En mi exploración me encuentro con al menos cuatro cuartos de baño enorme. Todo está muy limpio. El piso superior alberga una tienda libre donde la gente deja cosas que ya no necesita y coge algo que le guste del montón. Hay muchos libros, casi todos en griego. También hay ropa y zapatos. En la habitación que sigue han montado un lugar de juego para les niñes, así que me encuentro un montón de juguetes desperdigados por el suelo. Luego está la oficina y una sala con chimenea donde unos sillones y sillas descansan sin ser usados por nadie. Toda la gente está en el piso bajo, así que soy el único rondando por aquí arriba—lo que hace más excitante mi «aventura.»

El lugar es realmente grande. Para acceder al piso superior tienes que subir por una de esas escaleras enormes de madera que se abren en dos en el hall, ya sabéis, de esas escaleras que se enroscan un poco y desde las que une esperaría ver bajar a Isabel Presley con una bandeja llena de bombones. Todo es de película. Mi compañera me alcanza cuando cotilleo la oficina, y me traduce uno de los carteles que más llaman la atención: es una paloma con una frase debajo que dice «no puedo pensar en un animal más sucio que la paloma, no puede ser coincidencia que sea el símbolo de la paz.» Nos reímos.

Subimos  juntos a la azotea, que es igual de increíble que el resto de la villa. A todo esto, también cotilleamos un par de terrazas que me hacen sentir como un privilegiado al divisar desde las alturas el jardín—o parque, se podría decir—del recinto. Desde la azotea se ve gran parte de la ciudad, así que las vistas son de cine. Allí nos terminamos las cervezas, hacemos un poco de manitas, y nos bajamos de nuevo al bar, donde sigo mi conversación con la gente del lugar—la juventud de Atenas se defiende bastante bien con el inglés, por lo que no tengo problemas en comunicarme.

Antes de marcharnos, ya bien entrada la madrugada, decidimos pasear por la parte trasera de la villa, donde tienen plantados unos cuantos huertos—o eso me parece, porque se ve más bien poco. Sin duda éste es un lugar único para montar un centro social okupado, y pienso que lo mismo tendríamos que hacer les madrileñes con la mansión de Esperanza Aguirre en el centro de Madrid. No me marcho, eso sí, sin coger unas cuantas pegatinas que ahora adornan con orgullo el ordenador desde el que escribo.

Ya ha pasado una semana desde mi vista a Villa Zografou, y la noticia del ataque fascista me llega por correo. Al parecer, el sábado siguiente al que estuve yo, cuando la gente de Zografou celebraba el mismo «guateque» por les preses polítiques, un grupo de nazis atacó la villa. Los agresores fueron repelidos, y no me consta de que hubiera ninguna persona herida por nuestra parte.

Prapopoulou

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Prapopoulou es una okupa situada en Halandri, un barrio de clase media-alta en el norte de Atenas. Es una casa más bien grande—pero no una villa como Zografou—con un jardín igualmente grande. Aquí le dan mucha importancia a lo ecológico: tienen varios huertos, árboles frutales, un rincón con toboganes y juguetes para les niñes, y hasta un caballo que pasta alegremente por todo el recinto.

Al parecer el terreno y la casa estuvieron abandonados por varias décadas hasta que hace unos siete u ocho años un grupo anarquista decidió tomarlo para empezar un nuevo proyecto. Mi compañera, que se dejaba caer por allí todas las semanas cuando residía en Atenas, me comenta que la okupa organiza talleres y encuentros políticos, lo que terminó llamando la atención de los nazis quienes atacaron impunemente la casa—quemando el tejado, si recuerdo bien la historia. A Prapopoulou le dicen «okupa» pero en realidad no vive nadie allí, simplemente funciona como un centro político abierto a todo el mundo. En el interior tienen una biblioteca muy bien surtida, y entre las actividades que organizan me encuentro, de nuevo, con las clases de castellano—¡menuda sorpresa la mía!

Lo orgánico y la permacultura es, al parecer, una tarea muy importante para la gente de Prapopoulou. Organizan talleres en estos temas y además animan a la gente a pasarse y echar una mano en los huertos. Mi compañera me cuenta que una de las mejores cosas es el cine: al parecer proyectan películas y en verano el jardín delantero se llena de gente disfrutando mientras les niñes juegan en los toboganes o persiguiendo al caballo. Con todo, me quedo con la labor comunitaria que hace la gente de Prapopoulou en el barrio: organizan charlas, campañas de propaganda, colaboraciones con otros grupos vecinales, distribuyen parte de los vegetales cosechados, etcétera. El centro okupado está, al parecer, muy integrado en la vida del barrio,  y no parecer molestar a sus vecines de clase media-alta. «Al contrario», me cuentan, «la gente viene y se interesa por lo que hacemos.»

Tras unas horas de cotilleo y parloteo decidimos marcharnos a comer algo. Ahora, en mi mente solo hay lugar para un pensamiento: si se quiere, se puede. Bravo por nuestres compañeres atenienses.

Últimas palabras

Mi viaje a Atenas fue, a todas luces, una experiencia placentera y llena de sorpresas. Antes de ir pensaba que mi conocimiento de la situación griega y sus movimientos sociales era bastante nutrido—más que nada por mi compañera y mis amigos más cercanos en la ciudad donde resido, que también son de Atenas y anarquistas. Sin embargo, lo que me encontré allí superó mis expectativas. Cada encuentro, cada lugar, cada experiencia… todo fue muy enriquecedor.

Aunque no todo fue bonito, claro está. La pobreza, la indigencia, los problemas sociales… todos los problemas que el capitalismo y las políticas neoliberales generan están muy presentes en las calles de Atenas. Pasear por la calles de la ciudad es una experiencia única, pero por mucho que une se concentre en pensar positivamente al final siempre se termina con la cabeza en lugares más negativos. Mujeres con niñes pidiendo en la calle mientras millares de personas pasan sin tan siquiera mirar. Alguien podría decir: «bueno, eso también se puede ver en ciudades como Madrid o Barcelona.» Sí, contestaría yo, pero en Atenas la realidad supera a la ficción. No he visto tanta pobreza junta en mi vida. Por un lado te deprime, pero por otro te reafirma en tus ideas libertarias, y esto me quedó muy claro cuando conocí a los grupos políticos de Atenas—tanto les comunistas de ARAN, como a les anarquistas de las okupas.

De todo esto saco una idea en claro: Atenas es, seguramente, la esperanza de Europa. Si un día el movimiento libertario en la Península Ibérica fue el motor anarquista del mundo, hoy día es el turno para les atenienses. Sí, elles siguen viendo a la CNT como un ejemplo a seguir, pero me pregunto si no tenemos que ser nosotres quienes tengamos que mirar hacia nuestros  hermanos y  hermanas de Grecia. Elles tienen la rabia, la fuerza, y el coraje para decir ¡basta! Solamente espero que el entusiasmo y la energía de nuestres compañeres atenienses se transmita, cuanto antes, al resto de ciudades del mundo.

Paseando por Atenas (IV)

En esta entrega relataré un par de reflexiones que me surgieron al pasar un tiempo por el centro de Atenas. Me salto las partes más «turísticas» por no ser relevantes a los temas de Regeneración.

Akadimias

Akadimias

La gran avenida céntrica que delimita el barrio de Exarchia alberga numerosas tiendas y kioskos, pero lo más llamativo son los edificios de la Universidad de Atenas, en concreto la Facultad de Derecho y Políticas donde influyentes grupos estudiantiles, como ARAN, agitan las protestas. En Akadimias, o mejor dicho, en los edificios de la universidad, diviso multitud de estudiantes disfrutando del sol que nos calienta amablemente. Tendremos unos diecisiete grados, y la gente para mi sorpresa sigue con los abrigos puestos—será que por fin me he vuelto británico, o tal vez les griegues tengan una aversión extrema al frío. Quién sabe.

Paseo por entre los edificios universitarios entreteniéndome con los jóvenes estudiantes que fuman, hablan, y ríen entre elles. Los edificios de la universidad son de estilo clásico, con estatuas y demás cosas que gustan a les turistas—y a les atenienses, digo yo. De nuevo me encuentro con que las paredes están llenas de pintadas políticas. Una me llama la atención, es reciente—¿del día de la huelga general? Es una gran pintada anticapitalista con la «A» de anarquía y no podría estar más visible. Me muevo por el campus y veo más propaganda comunista que otra cosa. De alguna manera, siendo partidario de este tipo de expresión política, pienso que algunos muros son tan bellos que no deberían ser pintados de esta forma—la pintada está en el muro que se puede ver en la foto.

Akadimias por estar muy cerca de Exarchia suele ser un punto de encuentro para salir por la noche. Además, al ser una gran avenida numerosos autobuses pasan por allí, incluido el trolley. Pero amigues, Akadimias cambia mucho de la noche a la mañana. Cuando el sol ya no calienta la capital griega, Akadimias cambia sus estudiantes por drogodependientes y sintecho. Numerosas noches me tocó pasar por allí de madrugada, y la sensación que une siente no es precisamente cómoda. Paso a relatar una experiencia concreta:

Una noche volvíamos de Exarchia a eso de las cuatro de la mañana. Nos dirigíamos hacia una de las avenidas que salen de Syntagma, así que teníamos que cruzar Akadimias. Yo ya me había fijado que de noche el lugar cambiaba mucho: varones todos ellos, de ropa sucia y rota (menos los de rasgos extranjeros, curioso), gritando, peleando, o simplemente deambulando por el campus. Tenía en mente lo que mi compañera me comentó, que la policía empezó hace tiempo a mover a los elementos problemáticos cerca de Exarchia para justificar intervenciones y demás. Pero uno es anarquista y piensa que las personas tienen un potencial solidario y afable que el capitalismo les niega—pero potencial que existe no obstante. Sin embargo, por mucho que te empeñes en ver el lado bueno de la gente, pasear por Atenas es como una bofetada en la cara, un cubo de agua fría a tus buenas intenciones, porque los problemas sociales y las oscuras callejuelas no ayudan nada a ser «bienpensado.»

Mi compañera que ya había tenido problemas con las personas que habitan Akadimias de noche me alertó que pasara de largo si se acercaba alguno de ellos. Pensé que mucha coincidencia sería que se nos acercará alguien, pero así sucedió. Un hombre joven, extranjero (¿de Pakistán, tal vez?), de tez morena y ropa cuidada pero conjuntada de forma llamativa, nos cortó el paso para preguntar por un cigarro. Yo que fumo de liar le dije que no tenía, que era de liar y que quería llegar pronto a la parada del autobús. Le dije esto en inglés, porque mi griego no llega para tanto, y él me contestó con una mirada seria y «cash.» Sinceramente no creo en la caridad, ni me daba la gana estar ahí parado a las cuatro de la madrugada con un hombre que se cabreaba por momentos. Cuando le dije que no, su ira era ya innegable. Total, que nos fuimos sin decir más y el hombre nos dejó en paz.

Al parecer relatos como éste no son extraordinarios: tirones, agresiones, provocaciones, y demás problemas son el pan de cada «noche» en Akadimias. Si ya la pobreza y la exclusión social son cosas tristes y deprimentes de por sí, que la policía y las autoridades locales jueguen a mover gente para crear problemas en barrios subversivos me parece razón suficiente para gritar eso de «batsoi, gourounia, dolofonoi!»—léase «bachi, guruña, dolofoni». Es uno de los cánticos anarquistas más comunes en las manifestaciones, que vendría a significar «maderos, cerdos y asesinos.»

Volviendo al tema de las sensaciones que se sienten paseando por Atenas de noche. Son tantos los problemas que puedes ver por la calle que es imposible no sentirte insegure. Precisamente, creo yo, esto es lo que quiere la policía que sientas cuando paseas por barrios contestatarios como Exarchia. Amigues de mi compañera me relataban el otro día que la gente problemática empieza preguntando por tabaco, luego pasan al dinero suelto, y de ahí puede que se tuerza la cosa y tiren de violencia y amenazas. Yo les preguntaba que si no estaban exagerando, a lo que me respondieron con tantas experiencias propias o de gente conocida que empecé a creerme la historia. De nuevo, esto es precisamente lo que quiere la autoridad que pensemos, que pasear por Akadimias no es seguro, que les inmigrantes son todes seres perjudiciales e indeseables. Quieren que nos quedemos con la parte más cruda de la realidad capitalista, sin poner rostro humano a esas personas forzadas por una realidad material asesina. Como varies de elles eran comunistas me daban «la chapa» con la historia de siempre: que si el lumpemproletariado, que si les marginales, que si esto o que si lo otro.

Lo que este grupo comunista—de ideología leninista-maoísta, según elles mismes—pasaba por alto es que por muy «lumpen» que seas sigues siendo persona, y por tanto sigues teniendo, primero, todas las potencialidades humanas que cualquier persona posee—sentimientos de solidaridad y afectividad—, y segundo que son precisamente estas personas las que tienen todas las razones del mundo para desarrollar una conciencia revolucionaria. Mientras hablaba con elles en el bar recordé el famoso texto de Karl Marx sobre Luis Bonaparte y su «ejército de lumpemproletarios.» En palabras de Marx, este «ejército» del sobrino de Napoleón Bonaparte estaba compuesto por toda la calaña insalvable de la sociedad: rateros, asesinos, prostitutas, alcohólicos… Bakunin tuvo mucho que decir al respecto y así lo hizo él, como así lo hice yo en aquel bar. Como el «discurso» se lo sabe todo el mundo lo omitiré, pero dejaré constancia de la reflexión que intenté hacer ver a este grupo de leninistas-maoístas.

Si realmente crees que una sociedad mejor es posible, entonces, no debes dar la espalda a nadie. Entender el comportamiento social de las personas en base a conceptos tan rígidos como «realidad material» y «conciencia de clase» es, a mi parecer, un error grave. Ni la realidad material constriñe de manera determinante, ni la conciencia es algo inexorable. La agencia humana siempre jugará un rol importante en el desarrollo de la historia, si bien es cierto que ésta tiene lugar en un contexto limitado por elementos externos al individuo como pueda ser la realidad laboral, las condiciones económicas, o las estructuras políticas de una sociedad. Sea como sea, yo les intentaba hacer ver que trabajar con esa gente que elles descalificaban como «lumpen» era una de las tareas más necesarias—si bien es cierto que también es una de las más difíciles. Rebajar a ciertas personas a la categoría de «lumpen», que en el discurso marxista casi carece de humanidad, es hacerle el juego a esa clase dominante que elles tanto odian. Primero porque estaríamos reconociendo y aceptando los resultados de las dinámicas capitalistas—empobrecimiento, marginalización, alienación, anomia, etcétera—, y segundo, porque pensar de manera tan determinista no lleva a ningún lado. ¿Cuánta gente de clase obrera nos ha dado alguna vez la puñalada trapera? ¿Acaso no puede el burgués ser un enemigo de su propia clase? ¿Se olvidaron de dónde venían Marx y Engels?

Pero como decía antes, es imposible no sentir temor al pasear por ciertas calles de Atenas a dadas horas de la madrugada. Una cosa es creer que la gente puede ser buena, y otra cosa es ser imbécil. Si las autoridades de la ciudad se empeñan en dar la espalda a les más necesitados, entonces seamos nosotres quiénes les tendamos una mano, les decía yo bebiendo un poco de raki con miel—en otra ocasión hablaré de esta fabulosa bebida. Elles parecían mirarme con condescendencia, como pensando: «ay estos anarquistas, que no saben lo que dicen. Mejor se vayan a lanzar otro molotov.» Si de algo me sirvió mi contacto con les estudiantes comunistas de Atenas fue para reafirmarme en la idea de que antes del problema del capital viene el problema de la autoridad, que es mucho peor y más antiguo. Me da igual si la autoridad viene de la policía, partidos políticos, o grupos estudiantiles supuestamente revolucionarios. Si alguien o algo me dice que tengo que deshumanizar a parte de mi sociedad por el motivo que sea, entonces, apaga y vámonos.  Cómo les gusta las jerarquías a estes comunistas…

Paseando por Atenas (III)

Hoy publico mis experiencias del martes y miércoles—recordad que el segundo texto es solamente una parte del miércoles. En esta entrega podréis recorrer la Acrópolis, los barrios colindantes, Exarchia de nuevo, y un centro social okupado llamado Nosotros.

Acrópolis

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La Acrópolis seguramente sea la mayor atracción turística de la ciudad de Atenas. El museo, que es nuevo y está a los pies de la colina, se puede visitar con detalle en unas tres horas. La entrada cuesta doce euros, pero por cosas de leyes europeas, les universitaries de la Unión entran gratis—así que paso con mi entrada en la mano y una gran sonrisa en el rostro, que no me hace gracia apoquinar doces euros.

Si la entrada me sale gratis el café en la cafetería de museo es otra cosa—siete euros por dos cappuccinos. Eso sí, las vistas son inmejorables porque todo el café da directamente a la colina de la Acrópolis. Hace un sol radiante y una ligera brisa que nos acaricia según subimos la colina por el parque público. El lugar está rodeado de casas antiguas que rezuman poder adquisitivo, de hecho mi compañera me explica que son de las casas más caras de toda Atenas—eso salta a la vista. En uno de estos lujosos edificios que tienen como vecina más próxima a la Acrópolis, una bandera del Estado español hondea tímidamente. Es la embajada—o una oficina de la misma, no estoy yo para leer chorradas. Es lo que tiene tener una reina griega, que te da el derecho de adquirir el mejor edificio de la ciudad para tus asuntos internacionales.

El parque que duerme a los pies de la colina es precioso. Está lleno de pequeños felinos callejeros que te miran con ojos atentos desde los árboles. Pero en medio de todo este despliegue de lujos, la pobreza vuelve a aparecer en Atenas. Mujeres mayores venden diez postales a un euro para ganarse la vida. Con voz quebradiza y toda una plétora de vivas y alabanzas a Atenas soy ofrecido un set de postales, el cual adquiero gustoso porque en el museo las postales estaban a cincuenta céntimos cada una—y no podían ser más feas, todo sea dicho.

De la Acrópolis diré poco más porque podéis leer la historia en Wikipedia—he dejado el link más arriba. Simplemente mencionar que desde las alturas se puede divisar toda la ciudad en su máximo «esplendor.» Yo me sorprendo ante la apariencia de la ciudad, muy distinta a mi Madrid natal. Mi compañera suspira y dice que desde aquí arriba «te das cuenta realmente de que Atenas es una bestia.» Me paro a pensarlo dos veces y le veo el sentido: una bestia de casas blancas—y más bien viejas—que se extiende devorando el paisaje tan bonito que la rodea con mordiscos de asfalto y hormigón. La ciudad, contando el área metropolitana, no llega a los cuatro millones, pero desde la Acrópolis me parece mucho más grande que Madrid—que tiene más o menos la misma población. Supongo que las colinas y montañas que rodean a la ciudad, más el mar en un costado, hacen crecer la densidad urbana. Lo dicho: Atenas la bestia blanca.

Anafiotika, Monastiraki

Anafiotika

Tras la Acrópolis soy guiado colina abajo  hacia una parte encantadora de la ciudad, un barrio de casas bajas, con jardines pequeños, y apiñadas en calles estrechísimas. Se llama Anafiotika en honor a una isla que se llama Anafi. La estampa me recuerda un poco a los pueblos Italianos, con grandes macetas de coloridas flores en las ventanas y puertas de colores. Las paredes están repletas de graffitis—de verdad, no he visto ciudad con tanta pintada en mi vida. Pocos de ellos son de carácter político. Casi no se ve ninguna consigna anarquista. En su mayoría las pintadas son obras muy artísticas: delfines, barcos, mariposas, Atenea con su escudo y lanza…

Bajamos el barrio, que está en la loma de la colina, y pasando por cafeterías muy apetecibles, llegamos a la plaza/barrio de Monastiraki, muy cerca del Ágora. Las calles se ensanchan aquí y mi compañera me indica uno de sus sitios favoritos para comer souvlaki, que viene a ser el «kebab» griego. Con la comida en las manos reanudamos nuestro camino calle abajo hacia Thissio, y para ello atravesamos un mercado en el que venden todo tipo de ropa, ajares, camisetas de fútbol, botas de montaña… Es algo así como el rastro de Madrid pero sin tenderetes. A lo largo de nuestro paseo por Monastiraki puedo ver un gran número de gente pidiendo dinero en la calle, sobre todo señoras con niñes en los brazos. Mucha de esta gente duerme tirada en el suelo de la plaza con el brazo estirado, tieso como un palo, sosteniendo el vaso de McDonald’s donde esperan recibir unos céntimos de euro.

Thissio, Keramikos

Llegamos a Thissio y el sol me achicharra con solemnidad—el tiempo está un poco loco estos días, llueve tan rápido como sale el sol para cegarte. En Thissio paseamos por una gran calle que da a la estación de metro. Una iglesia cercana y unas ruinas antiguas son la atracción del lugar, aunque mi compañera me cuenta que la gente suele venir a pasear y a tomar algo porque está a medio camino de Keramikos. En la plaza veo una gran congregación de sintecho que hablan jovialmente, aunque observo que varios de ellos están borrachos. Son hombres barbudos, de tez morena y ropa rota. Están sentados en el césped y escalinatas de la plaza, frente a un par de cafeterías con terraza donde varias familias europeas comen e intentan ignorar a sus «morenos» vecinos. Varios hombres de etnia gitana intentan vender cosas en la calle, y a esto que pasa un sacerdote ortodoxo con su larga barba, su sombrerete negro, y su sobria túnica a juego. Esto parece llamar la atención de les turistas.

Caminando por una ancha avenida rodeada de árboles se llega a Keramikos, donde se albergaba en su día el barrio de la alfarería. Desde el camino se pueden ver la ruinas que resisten al paso del tiempo, aunque no se puede bajar porque valla te impide el paso—así que me conformo con ver e imaginar que toco las columnas ruinosas.

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En la zona de Keramikos, me cuenta mi compañera, han desarrollado una de las zonas «para salir» más de moda de Atenas. El barrio gay se encuentra en la zona, y los bares y clubes modernos se apiñan por doquier. Son como las cinco de la tarde, y las terrazas están llenas de jóvenes «muy a la moda» tomando café y cerveza. Peinados estrafalarios, gafas de marca, camisetas muy apretadas… En la plaza unos chavales de origen inmigrante juegan al fútbol y las madres observan sentadas. Según me cuenta mi guía, el barrio tiene casas muy caras y casas viejas donde vive gente humilde. El barrio está formado por edificios de dos o tres plantas más bien concentrados, por lo que volvemos a las callejuelas estrechas. Los graffitis son de nuevo una atracción, y tanto preguntar por traducciones siento que mi compañera está a punto de soltarme un bofetón a ver si me callo de una vez. Tras un rato paseando decidimos coger el metro y volver a casa.

Exarchia, de nuevo

Tras la manifestación en la mañana del miércoles decidimos dar un largo paseo por el barrio de mi compañera y luego bajamos a Exarchia para tomar algo con unes amigues. Casi todo está cerrado—por la huelga, me explica Helena, una amiga. Las calles de Exarchia a la luz de las farolas pueden ser algo intimidatorias: callejones oscuros, pintadas artísticas, pero también agresivas, sombras escurriéndose en las esquinas… Pero con todo, el barrio es un lugar seguro, según asegura mi compañera. Las calles están medio-llenas de jóvenes—anarquistas por su vestimenta—que fuman y beben sentados o de pie. En la plaza principal se congrega el mayor grupo de jóvenes. Las motocicletas están aparcadas cerca de la gente—¡Atenas está llena de motocicletas! Los canes van de un lado para otro como quieren. Pasamos el jardín okupado y entramos en un bar abierto, uno de los pocos. Por si no he hablado antes del jardín okupado digo ahora un par de cosas: es un pequeño parque donde les anarquistas están plantando todo tipo de cosas y reformándolo para que sea un lugar bonito de encuentro. La entrada y la casita que hay dentro están cubiertas de consignas políticas y más graffitis artísticos. Todo en Exarchia te recuerda que estás en territorio subversivo.

Poco hay que contar de mi experiencia en el bar, rodeado de gente hablando en griego, sin enterarme de nada, y teniendo que recurrir a mi compañera o a les jóvenes que hablan inglés para poder abrir la boca. En mis cuatro días en Atenas he podido re-confirmar que les griegues son gente muy abierta, simpática, y amigable. Tienen un sentido del humor muy parecido al que yo consideraría «nuestro», así que me entiendo muy bien con elles.

Tras despedirnos de les amigues de mi compañera nos dirigimos, hacia las doces de la noche, a un centro okupado llamado Nosotros. Es una casa de tres pisos en la que han montado un bar muy majo. El lugar es enorme, y las paredes, como no, están cubiertas de arte callejero—aunque no tan agresivo como en los muros de Exarchia. En el bar tienen mesas con tableros de juegos, libros, panfletos… incluso tienen un pequeño espacio para tocar música. Una futbolín preside otra habitación, y del piso superior no sé nada porque las puertas están cerradas—así que mi cotilleo finaliza aquí.

Según me comenta mi compañera, aquí en Nosotros se organizan conciertos pequeños, charlas, talleres, potlatchs, etcétera. De hecho, una simpática voluntaria en el bar me sugiere que me pase un día de estos a cocinar algo típico castellano. Le digo que van listos si quieren que les cocine algo, pero ella insiste y me dice que en la «cocina comunal» todo es bien recibido, esté bueno o malo, y que si tiene el añadido de ser «de fuera» pues que mucho mejor. Me lo pienso y acepto a medias con la condición de que no quiero quejas si la comida no gusta. Ella sonríe y me invita a pasarme cualquier día a la hora de la comida para cocinar.

Nos tomamos unas cervezas con un dulce típico de Grecia que la gente de la okupa ha preparado, y tras esto plegamos el ala y nos marchamos a casa. Un día muy interesante, sin duda. Mañana me espera un «tour político», es decir, me van a llevar a ver varias okupas y a conocer las actividades que hacen allí. Atenas cada vez me gusta más.

PD: añadir que de vuelta a casa desde Exarchia tuvimos que pasar por el barrio de las universidades—donde se encuentra la facultad de Derecho y Ciencias Políticas, una de las más activas en el movimiento comunista. Aquí es donde decía el otro día que la policía ha metido a todos los elementos problemáticos del centro de la ciudad. Con tan sólo pasear por la avenida los puedes ver consumiendo, bebiendo, trajinando… Según me contaron el otro día, esto lo hacen para debilitar al movimiento juvenil que se solía encontrar allí, y que ahora, por ser demasiado peligroso, se han tenido que mover más al interior de Exarchia.

Paseando por Atenas (II)

Publico parte de la segunda entrega ahora por la actualidad de la manifestación que tuvo lugar hoy en Atenas. Publicaré el resto del texto cuando pueda.

Huelga general en Atenas

El miércoles me levanto algo tarde y agobiado porque pienso que llegaré con mucho retraso a la manifestación en el centro—que me pilla como a 25 minutos en transporte público. La convocatoria oficial es a las 11.00, pero mi compañera me tranquiliza explicándome que en Grecia nadie se toma las horas en serio. Y tiene razón, porque llegamos a las 12.30 y la gente sigue viniendo por todos lados. Así que unos minutos más tarde empieza la marcha hacia la plaza Syntagma. Me incorporo a la manifestación por la cola, donde uno de los sindicatos mayoritarios está dando un mitín político a un grupo reducido—no más de trescientas personas en una plaza enorme—de trabajadores cincuentones. Para el discurso utilizan altavoces colocados por todo el perímetro de la plaza—que es enorme, recuerdo. Es imposible ignorar las palabras del hombre que habla desde lo alto de una palestra porque los altavoces están a todo volumen. Pregunto al respecto y me dicen que esos altavoces están ahí todo el año porque la central del sindicato está allí mismo. Se lo tienen muy bien currado, la verdad.

Un poco más arriba se encuentra un grupo de estudiantes comunistas de AEK/ARAN—serán algo más de cincuenta. Nos detenemos aquí un tiempo porque mi compañera es íntima con varias personas del grupo, así que para matar el tiempo me pongo a preguntar a un par de estudiantes. Como pueden y con mucha voluntad, me explican en inglés de qué va ARAN [explicación] y qué esperan de la jornada de huelga. Uno de ellos me matiza que él últimamente se deja caer más por el anarcosindicato [nombre], y me ofrece ser mi «guía político» por Exarchia un día de estos, a lo que acepto con muy buen ánimo. Me comenta que me puede llevar por varias okupas y cafés donde podré conocer tanto comunistas como anarquistas dispuestos a hablar conmigo.

La marcha comienza y la gente se pone a gritar lemas y consignas. Me las tienen que traducir porque mi griego es muy básico. Son, sobre todo, cantos anticapitalistas y estudiantiles. Sugiero a mi compañera ir a buscar al bloque libertario y allí que vamos hacia la cabecera de la marcha. La marcha es multitudinaria, pero sinceramente me esperaba más gente—tal vez es la avenida por la que caminamos, que es enorme y no nos obliga a apretarnos. Tras pasar a un enorme grupo de profesores encontramos a les primeres anarquistas. Son un grupo reducido—¿cien? ¿ciento cincuenta?—pero van bien apiñados, con dos pancartas, banderas en palos gruesos de madera, y gritando cánticos casi todo el camino. En el grupo hay mucha gente joven pero también gente más mayor, y lo que me llama la atención es que la vestimenta de todes es muy distinta a la del grupo comunista. Sonará superficial, pero con echar un vistazo al modo de vestir de la gente de la manifestación se puede adivinar, con sorprendente facilidad, su ideología política.

Marchamos por [nombre] sin presencia policial, cosa que sorprende a todas las personas con las que hablo. Los comercios siguen abiertos y vendiendo café y bollos. Nadie los cierra. No hay piquetes. Incluso veo a algunes manifestantes entrar en algún establecimiento y comprar alguna bebida. Dos encapuchados escriben con spray negro frases anarquistas en los muros de los edificios. Y una vez que llegamos a Syntagma es cuando veo a la policía antidisturbios, de verde, con los escudos—muchos de ellos con marcas de pintura de otros enfrentamientos—y máscaras de gas. La presencia policial es brutal. Cuento al menos quince miniautobuses de la policía en un lateral del edificio del parlamento.

Me adelanto un poco a la cabecera para ver de cerca a los famosos antidisturbios. La verdad es que imponen porque van armados como en las películas americanas. Una docena de periodistas les sacan foto de cerca, y un hombre mayor con una bandera negra anima a un perro que sujeta entre los dientes una pancarta anticapitalista. El perro se pasea por el cordón policial moviendo el rabo y dando vueltas por todo el lugar. La gente le saca fotos; parece un espectáculo de feria. La situación general es muy pacífica y calmada, pero los cantos políticos están siempre presentes. Les últimes turistas se van marchando de la plaza y la marcha llega por fin a Syntagma. Una cosa que me sorprende es que el anarcosindicato [nombre] estaba ya allí. Son unas treinta personas, si es que llega a eso, y cuando la marcha principal empieza a llegar elles se marchan por una calle lateral. Pregunto pero nadie me sabe decir por qué se marchan—tal vez hayan decidido sumarse al otro bloque anarquista, quien sabe.

La marcha termina sin incidentes, pero según escribo esto me van informando que ha habido algunos disturbios entre «encapuchados» y «maderos.» De todo esto me quedo con un ambiente pacífico y lleno de motivos para protestar, pero sin impulso radical en absoluto. Algunos estudiantes me comentaban durante la marcha que el «momento» tuvo lugar cuando cerraron Villa Amalias. Entonces toda Atenas anarquista se echó a la calle con pasión revolucionaria. No fue el caso hoy.

Paseando por Atenas (I)

Con este artículo abro una serie de escritos que intentaré mantener a lo largo de esta semana dado que me encuentro de visita en Atenas (y sería una pena no aprovechar esta oportunidad). Estos artículos tendrán un carácter más informal, y pretenden ser tanto un «pasatiempo» para la persona que lee como un testimonio de las sensaciones que un anarquista de la Península Ibérica experimenta en una ciudad tan marcada por el movimiento libertario. Los enmarco en la categoría de «sociología» por su contenido descriptivo. Espero que disfrutéis.

El Jardín Nacional y Plaka

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Ríos de tinta se han escrito sobre la decadente situación socioeconómica en Grecia: que si la crisis, que si disturbios, que si ataques racistas, que si esto o que si lo otro. Tanta información «apocalíptica» nos inoculan mediante los medios de comunicación que uno llega al aeropuerto con el miedo casi metido en el cuerpo; esperando encontrar una situación de guerra o algo parecido. Pero la primera impresión no es para nada apocalíptica: el aeropuerto, nuevo y construido por una empresa alemana al estilo alemán, rezuma una sensación de esplendor y abundancia que, en poco tiempo, queda desmontada por el gran número de personas pidiendo en las calles de Atenas.

Camino desde el norte hacia un parque llamado el «Jardín Nacional» que está pegando con la famosa plaza de Syntagma, donde se encuentra el Parlamento griego. El parque se asemeja al Retiro de Madrid, con sus caminos de tierra entre árboles y pequeños estanques habitados por carpas y tortugas. Les turistas caminan arriba y abajo sacando fotos, un grupo de chavales albanos «juegan» una guerra de naranjas—que por cierto, no son naranjas sino naranjas amargas, que al parecer no es lo mismo—, varios jardineros se ocupan de los olivos… Y entre todo esto que tiene una pinta idílica—de no ser por los chavales lanzando duras naranjas a diestro y siniestro—los sintecho durmiendo en bancos, pidiendo dinero, hurgando en la basura… Y la policía, omnipresente en todo el centro de la ciudad, como si éste fuera una enorme comisaria.

Ya desde mi paseo por Vasileos, una gran vía llena de edificios institucionales, me sorprendo por la presencia policial. Hay de todo: policías urbanos con uniforme azul y sombrerete blanco, policías antidisturbios—los famosos de las fotos con escudo y uniforme verde—, y policías de algún departamento especial pues llevan un modernísimo uniforme azul lleno de bolsillos y muy apretado, como en esas películas de Hollywood sobre antiterrorismo. Lo más impactante es que estos últimos están ahí tan panchos con las metralletas entre las manos, como si nada, fardando de chulería y armamento, listos para «entrar en acción.»

Volviendo al parque, tras un rato paseando y disfrutando del sol—que va y viene entre nubes—, encaro Zappio y de allí al templo de Zeus Olímpico, que queda a unos cuantos pasos de distancia. En estos doscientos o trescientos metros me vuelvo a encontrar, como no, más sintecho y más antidisturbios. Del templo no contaré nada porque para eso cualquiera puede ir a Wikipedia y leer la historia y ver las fotos, solamente diré que la entrada de 12 euros es una barbaridad para lo que ves—menos mal que les universitaries entramos gratis.

Una vez tengo finiquitado el templo, mi compañera que hace de guía por su ciudad natal sugiere ir hacia la Acrópolis, pero en vez de subir todo el camino hacia la colina me dirige hacia un barrio chiquitito, de clase alta, donde las tiendas para turistas se apiñan como las palomas en los parques. El barrio se llama Plaka, y he de decir que tiene un encanto sobrecogedor: calles pequeñas, estrechas, como las que puedes encontrar en el Madrid céntrico. Me sorprendo ante el gran número de iglesias que me voy encontrando por el camino, una tras de otra. En Plaka la realidad social de Atenas me vuelve a golpear: en una pequeña plaza, a la sombra de una iglesia rodeada por naranjos (amargos), un sintecho se tambalea calle arriba con una gran bolsa de arpillera al hombro. Los zapatos comidos por el tiempo. Lleva barba densa y nada aseada. Ropa sucia y mirada perdida. Y mientras camina como puede, todo a su alrededor parece indicar que esta sociedad no le recibe con buenos ojos. Gente «de bien» con abrigos caros, gafas de marca, y mujeres con taconazos. Cafeterías de lujo y tiendas de cerámica de alto standing. En un momento dado, un grupo de adolescentes con uniforme escolar pasa por su lado riendo y bromeando entre ellos. Hablan en inglés, y mi compañera me explica que son del colegio internacional, un carísimo colegio privado para la élite social extranjera que vive en Atenas.

Syntagma y Exarchia

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Mientras camino mi compañera me va explicando un poco la «historia social» de la ciudad: que si aquí una vez los maderos hicieron esto, que si otra vez una manifestación arrasó con esta otra calle, que si allá les anarquistas una vez… Las pegatinas y los graffitis políticos van creciendo en número según te acercas a Syntagma, donde, como todo el mundo sabe, se encuentra el Parlamento fuertemente custodiado por la policía. La plaza se impone en mi memoria, la misma plaza que tantas veces hemos visto en las noticias. Una sensación recorre mi cuerpo cuando camino por el centro, es como revivir un recuerdo de una forma distinta, pues la plaza es completamente reconocible pero la gente no: hombres de negocio, turistas, mujeres «pijas» con bolsas de GAP u otras marcas caras, etcétera. Me acerco al punto donde hemos visto mil y una veces al madero arder por las llamas de un cóctel molotov, y parado allí mismo contemplo el Parlamento. Os sonará muy sentimental, pero algo se movió en mi interior.

Desde la plaza puedes subir las escaleras que encaran al Parlamento y darte la vuelta para observar Syntagma en su totalidad. Un enorme hotel en un costado, edificios comerciales al otro, los autobuses y los taxis… Y los perros, los famosos perros de Atenas que están por todo el centro de la ciudad. Pasean a sus anchas como si la ciudad fuera suya: se tumban a la sombra a dormir tan cómodamente, se acercan a les artistas callejeros y se quedan allí a ver a la gente pasar, incluso los ves cruzando los pasos de cebra como una persona más, se quedan en la acera, esperan a que los coches paren, y los perros cruzan como si tal. Me quedo unos minutos más frente al edificio del Parlamento, sintiendo la historia del movimiento anarquista en mis propias carnes. ¿Cuántas veces habré visto esta calle en los vídeos sobre los disturbios atenienses? Y ahora estoy yo allí de pie mientras mi compañera, también anarquista, me explica diferentes historias del bloque anarquista en las manifestaciones en Syntagma.

Más tarde, siguiendo a unos canes, soy conducido a Exarchia, que queda muy cerca del Parlamento. Exarchia es un barrio donde uno se quedaría a vivir sin pensarlo dos veces. De calles estrechas y caóticas, todas las paredes están cubiertas con murales políticos y consignas anti-Estado. En cierto sentido se parece al barrio madrileño de Lavapiés, pero Exarchia tiene sin duda mucho más contenido político visible. Les anarquistas okupan un parque en la plaza de Exarchia donde han colocado un par de pancartas libertarias. Las cafeterías están llenas de estudiantes y jóvenes que se toman un café tras las clases. Todo el barrio parece una okupa libertaria. No exagero cuando digo que todas las paredes están cubiertas con eslóganes políticos y graffitis muy artísticos. Pero lo que más me impresiona es la callejuela donde el joven Alexis fue asesinado por los matones del Estado en 2008. Allí una gran placa con su fotografía y un montón de rosas rojas le recuerdan.

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Me tiro un buen rato paseando arriba y abajo, pidiendo a mi compañera que me traduzca este graffiti o ese otro cartel propagandístico. Y por el camino más indigentes, personas con problemas de droga, y mujeres con niños pidiendo en las esquinas—si bien es cierto que éstas últimas se encuentran sobre todo en los límites de Exarchia, donde se encuentra una de las principales vías comerciales, una de esas con tiendas caras. Mi compañera me cuenta que la policía empezó hace tiempo a mover a les drogodependientes a los barrios más contestatarios para que la presencia policial estuviera más justificada. Además, de paso crean uno que otro problema a les jóvenes libertaries del barrio, sobre todo a las mujeres, quienes a veces tienen problemas al pasear solas por el barrio de la facultad de Derecho y Políticas.

Termino mi visita en una de las cafeterías favoritas de mi compañera, que al parecer se las conoce todas. Es un local anarquista donde se suelen juntar los grupos más radicales antes y tras los disturbios. Tomando un «frapé»—que es un gran vaso de café instantáneo, con azúcar y hielo, agitado para crear una densar espuma, algo muy «de moda» entre les jóvenes parece ser—me doy cuenta de algo: en menos de cuatro horas uno se da cuenta de los problemas que respira el país. El gran número de indigentes y gente pidiendo, vendiendo, o trapicheando en la calle es alarmante. Pero igualmente preocupante es la presencia de los maderos, quienes se pasean por las calles con las metralletas entre las manos como si fuera una película americana.

Mañana me espera un gran día: Acrópolis y más Exarchia. Si todo va bien llegaré a tiempo a una reunión en una okupa libertaria a la cual he sido invitado. Digo si todo va bien porque el tráfico estará insoportable dado que viene Hollande de visita a Atenas…

PD: la crisis se ve bien en las calles céntricas de la ciudad, pero luego a la noche, un lunes, los bares estaban a rebosar de clientes jóvenes. Y no exagero si digo que no he visto tanta gente bebiendo en una misma noche, ni en Madrid un viernes tras exámenes. ¡Ah! En Atenas dejan fumar dentro de los locales, aunque no estoy muy seguro de hasta qué punto esto está amparado por la legalidad vigente. Que le den a la legalidad, estamos en Atenas.

Nota: dado que no soy muy aficionado a la fotografía, ninguna de las fotos es mía.

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