El mito de la globalización. Una aproximación libertaria

Casi a diario podemos leer algo en la prensa sobre eso que llamamos «globalización.» Desde finales de los años ochenta, y a lo largo de la década de los noventa, el término se popularizó tanto que una vez entramos en el nuevo milenio ya tomábamos la realidad de la globalidad como verdadera. Sin embargo, muchos son los datos que apuntan a otra realidad muy distinta.

Para empezar a estudiar un fenómeno tan complejo como el de la globalización, primero hemos de tener una definición operativa que nos permita aprehender la realidad a estudiar. No obstante, dicha definición no existe puesto que cada escuela de pensamiento define la globalización en base a diferentes términos y datos socioeconómicos. En lo que sí podemos ponernos de acuerdo es que la globalización es un proceso que se viene gestando desde hace tiempo, aunque algunes sitúan el inicio de ese proceso con el nacimiento del Homo Sapiens Sapiens, y otros lo emplazan en el llamado «largo siglo dieciséis» (como lo hace el sociólogo Immanuel Wallerstein en su teoría del sistema-mundo).

La globalización se nos presenta, normalmente, exclusivamente en términos económicos: corporaciones transnacionales, inversión extranjera en países no-capitalistas, mercados financieros integrados, etcétera. Otres han dedicado grandes esfuerzos a contrarrestar esta visión, y han dirigido la atención de sus investigaciones hacia otros campos como el cultural o el político (por ejemplo Saskia Sassen). ¿La conclusión? Que el mundo está caminando hacia la creación de un único sistema mundial que integra todas las esferas de interacción humana. Un ejemplo de esto es el trabajo de Michael Hardt y Antonio Negri en Imperio.

Pero lo cierto y verdad es que la globalización no está creando un mundo tan integrado como muches piensan, mucho menos unitario. Les pensadores conservadores, agrupados en la escuela realista, tienen razón al afirmar que los Estados-nación siguen siendo actores principales en las dinámicas internacionales, lo que dificulta enormemente el poder hablar sobre globalización.

En una línea muy parecida, Paul Hirst y Grahame Thompson aseguran que la globalización es un mito que sirve a los intereses del proyecto neoliberal, el cual ha de ser legitimado de alguna manera. Así pues, no solamente la globalización económica no se está produciendo, sino que además estamos siendo testigos del nacimiento de «nuevos» nacionalismos y regionalismos. En lo que respecta a la economía internacional basta decir que más de tres cuartos del comercio mundial se produce entre (y dentro) de tres regiones económicas que acumulan la inmensa mayoría de capital mundial. Estas regiones son Europa occidental, Norteamérica, y Japón. En lo que respecta al comercio e inversión internacional tampoco observamos mucha globalización: tenemos los ejemplos de NAFTA (por sus siglas en inglés) y de la Unión Europea.

Pero, entonces, ¿qué nos debe preocupar a les anarquistas de todo esto? Que el sistema de producción capitalista sigue vivo y muy vigente es una realidad tan objetiva como que mañana saldrá el sol en el horizonte. Que el capitalismo sigue explotando en ambos hemisferios también es una realidad material. Éstas son realidades que ya conocíamos y, que en alguna medida, hemos internalizado como inevitables en el corto-medio plazo (no incluyo el largo plazo por creer honestamente en el advenimiento de la revolución social).

Entonces, una vez más, ¿qué nos debe ocupar la mente a les anarquistas? Pues ni más ni menos que la afirmación y reproducción de la idea de que existe un contrato social, que no solamente es necesario según la ideología imperante, sino también inevitable y lógico.

Dejando de lado el debate de si la globalización está creando un mundo integrado a todos los niveles, lo que no podemos obviar es que para sustentar un sistema internacional de gobernanza de la actividad humana el modelo de Estado-nación es más que necesario. Argumentar que el mundo está dirigido por el FMI y por la OMC es un despropósito que solamente le hace el juego al proyecto neoliberal. Sí, las instituciones multilaterales internacionales están creciendo y tienen un papel decisivo en las dinámicas del mundo, pero esto es solamente posible si existe el Estado-nación (a lo que se debería oponer tode anarquista que se precie). Precisamente porque la globalización es un proceso integrador, éste requiere de legitimidad constitucional que aporte un «imperio de la ley» acorde a los tiempos. ¿Cómo se consigue esto? Reforzando la legitimidad del Estado-nación.

Si bien es cierto que la soberanía del Estado-nación está en declive, solamente lo hace en términos contrapuestos a la vieja conceptualización de soberanía. Recordemos que el Estado moderno nace como respuesta al feudalismo en Europa occidental, y lo hace para monopolizar las dinámicas humanas dentro de un territorio definido. Lo que parece obviarse muy a menudo es que para que sea posible que un Estado-nación exista el resto de Estados han de reconocer la existencia de los demás (y respetarla). Al suceder esto se crea un sistema internacional (que debería llamarse interestatal) que legitima en términos judiciales y éticos el monopolio de la vida humana.

La clave para comprender lo que está sucediendo con la globalización es pensar en ella en términos comparativos: si el Estado moderno nace en un contexto de fragmentación feudal (de fragmentación provincial si se quiere), la globalización no es sino un intento de gobernar «la anarquía» que existe entre Estados a un nivel mundial. Pensemos en los Estados-nación como las provincias de un Estado, y en la globalización como el Estado mismo. Para que las provincias de un territorio queden unificadas bajo un mismo marco común se requiere de un proceso legitimador que permita la aparición de un aparato estatal integrador. ¿Se ve el siguiente paso? Exacto. Para que exista un sistema global integrado se requiere de un proceso legitimador que integre a los diferentes Estados-nación (a las «provincias» del mundo).

De esta manera, la soberanía de los Estados de hoy en día no se ve mermada, sino que se ve desplazada. Para que el FMI pueda dictaminar medidas económicas en Grecia se requiere, previamente, de la legitimidad estatal de los Estados del mundo, y esto no hace más que reproducir la idea de contrato social y Estado, el cual actúa como una bisagra entre lo «local» y lo «global.» Lejos de presenciar la creación de un Imperio mundial unitario como afirman Hardt y Negri, lo que estamos experimentando es un desplazamiento y una redefinición de la soberanía estatal. Y lo crucial al respecto es que para que dicho desplazamiento tenga lugar se necesita la reafirmación del proyecto estatal.

Es por ello que luchar contra la globalización capitalista no ha de ser visto como una lucha contra un Nuevo Orden Mundial (como muchas personas dadas a la teoría de la conspiración piensan). Luchar contra la globalización tiene que ser, para nosotres les anarquistas, la lucha contra la existencia del Estado-nación. Después de todo la postmodernidad no ha llegado: seguimos viviendo en el mismo «viejo» mundo capitalista-estatal que nos esclaviza de maneras más dinámicas y fluidas.

Israel, ese Estado genocida

Mientras yo escribo estas líneas y vosotres las leéis, el Estado fascista de Israel seguirá atacando impunemente a la ciudad de Gaza, matando por igual a niñes y adultes. Y mientras, la «comunidad internacional de bien», ésa que llamamos «Occidente», calla sin dignidad.

Ya van seis días y el ataque sobre la ciudad de Gaza continúa de forma atroz. En 2009 el Estado fascista de Israel atacaba Gaza bajo el nombre de Plomo Fundido, una operación genocida que dejó más de 1.400 víctimas, de las cuales el 80% eran civiles, y unes eran 300 niñes. Alrededor de 5.300 personas fueron heridas, entre las cuales se encontraban más de 1.600 niñes [1]. ¿Casualidad? ¿Daños colaterales? ¿O puntería deliberada?

Ayer el principal hospital de la ciudad colapsaba ante la marea de herides y víctimas. Niñes mutilados, padres llorando, madres con los nervios destrozados. El 80% de les herides son transportados al hospital Al Shifa, el cual cuenta con 700 camas que se llenan en cuestión de minutos. Los medicamentos y drogas se agotan a un ritmo espeluznante, y el Ministerio de Salud en Gaza se desespera por conseguir el material básico para tratar a las víctimas del fascismo de Israel. Pero el drama sanitario no acaba aquí, la Organización Mundial de la Salud tiene 21 clínicas en la ciudad, de las cuales 11 permanecen cerradas por estar ubicadas en zonas bombardeadas por Israel [2].

Para poner la guinda al pastel, ayer las bombas israelíes caían por segundo día sobre un edificio destinado a alojar a la prensa local e internacional; un edificio que todo el mundo sabe que cumple esa función [3]. Cortar el flujo de información que sale de Gaza es imprescindible cuando se es un Estado fascista que, con el beneplácito de las potencias mundiales, decide exterminar a un pueblo indefenso de forma sistemática. Porque eso es lo que está haciendo Israel: está llevando a cabo una limpieza étnica en los territorios ocupados de forma planeada y organizada, lo que podría (y debería considerarse) como delito internacional. Sin embargo, Occidente calla y las potencias mundiales dan su visto bueno. El otro día, sin ir más lejos, el presidente Obama aseguraba que Israel tiene derecho a defenderse, y es por ello que su gobierno secunda las acciones de Israel [4].

Lo que está sucediendo hoy en Gaza llama al alzamiento popular, a una intifada global. La solidaridad internacional debe crecer y consolidarse en tiempos como estos. El sufrimiento del pueblo palestino es, seguramente, el último vestigio del antiguo colonialismo a la antigua usanza. La opresión que sufren es resultado de un mundo que nosotres sostenemos con nuestro silencio desde nuestros cómodos salones; frente al televisor, lejos de las explosiones y la metralla. Su lucha es nuestra lucha por imperativa necesidad, porque nuestra libertad y dignidad no serán completadas hasta que las diferentes gentes del mundo no vivan en paz.

Referencias

[1] Especialidad de Israel: apuntar sobre los civiles

[2] Colapsan hospitales en Gaza. Israel y potencias cómplices son responsables de este genocidio.

[3] Israel no quiere testigos del holocausto al pueblo palestino: volvió a bombardear a los periodistas.

[4] Obama afirmó que Israel tiene «derecho a defenderse.»

No me siento amenazada

Hace unos días asistía a un debate con activistas de Grecia, activistas locales (entre los que nos encontrábamos varios anarquistas), y gente varia. El tema era la represión policial y, como no, por ser la mayoría del grupo de origen griego salió el tema de Amanecer Dorado. Para mi sorpresa una chica griega afirmó rotundamente: «no creo que Amanecer Dorado sea un problema tan grave para Grecia, yo personalmente no me siento amenazada.» La pregunta que me vino a la cabeza fue inevitablemente: ¿qué esconden estas palabras?

El grupo enmudeció un instante cuando las palabras de esta chica se hicieron presentes en la sala. Nadie contestó; el debate continuó sin más. Pero tras el encuentro no pude resistir la tentación de escribir esta pequeña reflexión. Como dije, el debate tenía como tema la represión policial, la cual intenté ligar con la represión estatal en términos de clase, pero mi intento se quedó en mera anécdota por no recibir el apoyo del grupo. Una vez que cambiamos al tema del fascismo creciente en las calles de Atenas, el grupo se dividió al instante en dos posturas bien diferenciadas: aquellas personas que defendían la acción directa contra les facistas, y las personas que argumentaban por una vía institucional acorde con las leyes vigentes.

Un chico griego daba en el clavo: «¿cómo nos vamos a proteger de los fascistas si actúan impunemente, apaleando en la calle a inmigrantes y homosexuales?» La citada chica replicó: «llama a la policía.» Pero lo que ella no sabía, o tal vez no quería saber, es que la policía en Atenas está profundamente ligada a los grupos fascistas. El chico siguió: «llama tú a la policía cuando diez nazis vienen corriendo con palos y armas.» Les que defendían la no-violencia se sumaron argumentando que contestar con violencia es rebajarse al nivel de les fascistas. Como si la violencia en su sentido más puro y abstracto fuera universalmente perversa. Como si la violencia no pudiera ser un medio para la consecución de un mundo mejor. Como si una agresión violenta y la autodefensa fueran la misma cosa.

No obstante, sea une misme partidario de la acción directa violenta o no, lo que no se puede argumentar con rigor y seriedad es que los nazis de Amanecer Dorado no son una amenaza simplemente por el mero hecho de no sentirse amenazade a nivel personal. Desde luego que ella no se siente en peligro cuando vuelve a su Atenas natal de visita: es blanca, de clase media-alta, educada, y griega. Además no viste con una estética que podríamos definir «de izquierdas.» ¿Por qué se iba a tener que sentir amenazada si perfectamente podría pasar por un miembro de Amanecer Dorado? Pero el problema de fondo, que es el que quiero esbozar en este texto anecdótico, es la falta de solidaridad para con otros seres humanos que sufren cualquier tipo de opresión. Como el joven Mario, homosexual y fascista declarado, la chica griega no entendía que su libertad personal se ve absolutamente negada en tanto que la libertad de otras personas es pisoteada, sean estas personas turcas, moldavas, u homosexuales. Lo que no parecía comprender es que la libertad personal se construye de manera social.

La solidaridad se limita hoy en día a puro teatro. La gente acude a manifestaciones pro Palestina pero luego siente indiferencia hacia el sintecho de su barrio. La gente dona dinero para les afectades de algún monzón en el lejano Sudeste Asiático pero luego le da igual si su vecino está desempleado y tiene tres hijes que mantener. Pareciera que la solidaridad solamente se pudiera ejercer a distancia, como evitando establecer relaciones humanas que nos pudieran suponer algún coste social. Donar dinero para personas del otro lado del globo no supone coste alguno más allá del monetario; establecer una relación social con tus vecinos supone invertir en tiempo, conversaciones, empatía emocional, comprensión, convivencia…

No estoy aquí negando la necesidad de establecer lazos de solidaridad internacional, sino que estoy intentando subir a la palestra algo tan sencillo como la cercanía humana, la cual escasea en nuestras ciudades capitalistas (en eso que llamamos «civilización»). Caminas por la calle y la gente evita mirarte a la cara; te montas en el metro y la gente busca sitios que no impliquen sentarse al lado de otra persona; si saludas a un desconocido en el autobús lo más seguro es que te miren con suspicacia. Ahora, buscamos lazos humanos en la distancia de la Cruz Roja o Médicos Sin Fronteras; buscamos amistades por Facebook (donde precisamente no hay coste social alguno más que hacer click en un botón); intentamos reafirmarnos como seres humanos significantes en un mundo que nos enseña a no ser solidaries con nuestro entorno social.

Tal vez esa chica griega no se sienta amenazada hoy por los nazis de su ciudad, pero lo que es una realidad objetiva e innegable es la miseria moral de su actitud; un hecho que no depende del individuo como tal sino de una sociedad enferma que, guiada por los principios liberales ya bien socializados, nos conduce a una vida asocial centrada en la propia persona. El fascismo es una amenaza para todes, se dé donde se dé; afecte a quien afecte directamente. La opresión debería gatillar lazos de solidaridad humana de forma automática, despertar sentimientos de ayuda mutua en las mentes menos oprimidas. Por ello nuestra revolución es social, no simplemente material.

 

¿Gay y de extrema derecha?

Leo en Ociogay una entrevista a un joven que se define como homosexual y de extrema derecha al mismo tiempo. La historia parece sacada de uno de esos programas morbosos de televisión, pero lo cierto y verdad es que refleja una realidad que no podemos obviar: la compleja intersección de múltiples identidades e intereses grupales.

Mario Valdés, de 24 años, es un joven cántabro que parece tener las cosas muy claras: es homosexual y además de extrema derecha. Y reconoce ambas cosas sin tapujos y de forma abierta. No obstante, aunque en la entrevista su discurso pudiera parecer sólido y lleno de certidumbres personales, sus palabras no dejan de reflejar una identidad personal contradictoria que inevitablemente se deriva de la actual sociedad capitalista occidental.

A lo largo de la entrevista une puede encontrar múltiples falacias y medias-verdades que ya no nos sorprenden. Una de ellas la encontramos en su primera respuesta: «Desde luego estoy en contra totalmente de un estado multicultural, mirad lo que esta pasando con un 12% de extranjeros, imaginad la hecatombe si fueran por encima del 25%.» ¿Qué está pasando? ¿Qué pasaría si la población del Estado español tuviera un 25% de personas inmigrantes? El miedo y el odio que destilan sus palabras las encontramos todas las semanas en los medios del Estado; después de todo les homosexuales también consumen las noticias de los medios de comunicación.

Las mentiras y los prejuicios raciales siguen a lo largo de la entrevista, por ejemplo: «Los robos están a la orden del dia, parece mentira que los homosexuales, a los que creo inteligentes, no se den cuenta de esta situación, ¿a quien no le ha pasado que un extranjero le haya robado o intentado robar en el ambiente gay? Y siempre son los mismos, los de fuera» (sic). Una vez más vemos en sus palabras el discurso de la derecha, el cual se reproduce una y otra vez en los medios de comunicación. Cuando Ociogay le pregunta por la discriminación racial, él contesta: «No es discriminación, es sentido común, creo que un mundo sin fronteras sería un absoluto desastre.»

Pero lo más interesante de todo esto es que una persona de un colectivo tan reprimido en nuestro mundo «civilizado» se exprese en estos términos. Cómo él mismo dice, y no puedo concordar más, el mero hecho de ser homosexual no implica una ideología política determinada, pero sí que debería implicar una sensibilidad mayor a la opresión que otras personas sufren. Y digo debería porque los sentimientos de solidaridad humana no son tan evidentes como pudieran parecer. De esta entrevista podemos sacar en claro que la identidad personal es una construcción social y sumamente compleja que muchas veces se escapa al «sentido común» de muches (las comillas no son gratuitas).

A lo largo de nuestras vidas experimentamos multitud de situaciones sociales en muy diversos contextos, por lo que la intersección de elementos es inevitable. La sociedad capitalista actual se caracteriza por la gran flexibilidad social que permite: une puede ser estudiante, asalariade, y deportista al mismo tiempo. Además puede ser de derechas, racista, creyente, y amante de la F1. Podemos disfrutar de un café Starbucks, de un sandwich en el Rodilla, o de un libro en la FNAC. Podemos salir de fiesta con les compañeres del trabajo, y preferir salir a pasear con les compañeros de clase. El mundo a día de hoy está plagado de escenarios sociales que requieren de la reproducción de diferentes roles, los cuales terminan confluyendo de manera más o menos cristalina en la identidad personal.

Lo que yo veo en el discurso de Mario es precisamente esto, pero de la peor de las maneras posibles. La insolidaridad que fomenta la sociedad capitalista por medio de valores individualistas y excluyentes terminan por calar hondo hasta en personas que son lamentablemente discriminadas por su orientación sexual. Pero esto no es nuevo, ¿acaso no conocemos a personas de origen humilde que votan a partidos de derecha? ¿O acaso no conocemos a mujeres más machistas que muchos hombres? Algunes podrían decir de forma simplista que esto tiene que ver con una falsa conciencia de clase, pero la realidad es mucho más compleja y aterradora. Que Mario sea homosexual y de extrema derecha no es solamente una cuestión de engaño ideológico; Mario es la encarnación de todas las incongruencias sistémicas que derivan en contradicciones que se contrarrestan mutuamente, permitiendo así la reproducción del sistema imperante.

Kropotkin afirmaba que la solidaridad y la ayuda mutua eran características naturales e innatas en todos los animales, incluyendo por supuesto al ser humano. Sin embargo, esa misma solidaridad que nos ha permitido evolucionar natural y socialmente como seres humanos es asediada por valores que reflejan la ideología burguesa. Y nosotres, que consumimos cultura, noticias, y sociedad, terminamos interiorizando dichos valores como propios. Anteponer una supuesta raza blanca a una orientación sexual es tan descabellado como afirmar que el oxígeno es más necesario que el agua.

Sí, Mario, un homosexual tiene la misma libertad para escoger autónomamente su ideología política, pero defender la opresión de seres humanos con motivo de su origen, color de piel, o credo, es tan sumamente incongruente que difícilmente se puede sustentar con rigor intelectual. La opresión es opresión sea del tipo que sea. La discriminación es condenable en todas y cada una de sus manifestaciones. No solamente tu discurso está lleno de prejuicios racistas y falacias socioeconómicas, sino que tus palabras también reflejan la esquizofrenia identitaria que resulta de una sociedad tan fragmentada y efímera como la nuestra.

Y es que en el capitalismo actual no sabemos quiénes somos, y así le interesa al sistema que sea. El enemigo común es la burguesía, Mario, no la persona que tiene que emigrar de su país por las guerras promovidas por flujos transnacionales de capital. El enemigo común es el patrón que nos explota, no la persona que sufre de esclavitud asalariada por no tener un papel que le garantice protección jurídicosocial. El enemigo común, Mario, es el burgués-policía que todes llevamos dentro, no la persona que intenta sobrevivir en un mundo bajo el yugo del hombre blanco al servicio del capital.

Espero que algún día sepas ver que la discriminación que tú puedas sufrir por ser homosexual es la misma que les inmigrantes sufren por el mero hecho de existir. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

Dos caras para una misma hegemonía

Mañana 6 de noviembre 2012 tendrán lugar las elecciones de Estados Unidos. Dos candidatos  principales; dos estilos de administración; un mismo sistema hegemónico.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, las elecciones de Estados Unidos son de vital importancia para todo el mundo: les ciudadanes del Estado hegemónico que domina el globo en diversos aspectos deciden quién administrará no solamente su territorio, sino también gran parte de las dinámicas transnacionales. A les que no vivimos allí se nos podría pasar por la cabeza que las elecciones nos quedan un poco lejos, pero lo cierto y verdad es que los resultados que deriven de los comicios de mañana nos influirán a todes durante los próximos cuatro años.

La dominación estadounidense no solamente es militar, por lo que un cambio de partido cambiaría las relaciones internacionales al cambiar la política exterior del ejecutivo; la dominación de la primera potencia mundial también es económica, política, social, y cultural. Económicamente, lo que hace y decide Estados Unidos reverbera en casi todos los rincones del planeta, por poner un ejemplo: los flujos transnacionales de capital, en forma de inversiones directas a través de corporaciones, parten en gran medida del gigante norteamericano, no solamente hacia países «en vías de desarrollo» sino también a países «desarrollados». De hecho, la mayor parte de los flujos de capital se dan entre tres regiones globales que acaparan a la mayoría de países de la OCDE. Estas regiones son Europa, Norteamérica, y el Asia Oriental. Por otro lado, en 2010 estos flujos de capital fueron de 1.122 billones de dólares según la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, siendo Estados Unidos el mayor destinatario mundial con 200 billones de dólares.

Cultural e ideológicamente Estados Unidos también posee el dominio mundial, haciendo que su postura política sea de gran influencia en las instituciones internacionales que deciden el futuro de la economía globalizante (como el Fondo Monetario Internacional, en el cual es el primer contribuidor). Pero tal vez la mayor dominación que ejerce Estados Unidos sea la simbólica: la ideología que defiende, es decir, las ideas y valores que dan sentido a las acción humana ya sea en la esfera económica, en la política, o en la social, es la dominante a nivel global. Y por lo tanto nos afecta a todes, pues en menor o mayor medida todos los Estados están ligados de una forma u otra a dinámicas transnacionales que se escapan de su control directo.

No obstante, que  mañana gane Obama o Romney solamente tiene una importancia superficial. El estilo de administración de los dos candidatos es claramente distinto, pero la ideología que los dirige es exactamente la misma. Y no es cuestión de si las corporaciones y los lobbies dominan la estructura política de la potencia hegemónica; también es cuestión del ethos que da sentido a la vida de les norteamericanos, quienes votan virtualmente en nombre de todo el planeta. La cultura estadounidense, pues, es exportada a lo largo y ancho del planeta por diversos medios como instituciones, conferencias, o películas. Hollywood es, seguramente, la mayor exportadora de hegemonía estadounidense, y sin duda es efectiva.

De ahí que hablar a día de hoy de imperio no es tan descabellado. Y mañana ese imperio decide la cara que le representará ante el mundo entero: una cara que no importa si es negra o blanca pues los poderes que la sustentarán son los mismo, y sus intereses capitalistas no cambian.

Claves para entender el anarquismo V

La entrega de hoy echará un vistazo a la filosofía de Max Stirner, la cual está basada en el concepto de egoísmo (pero no entendido como se suele hacer en un contexto cotidiano). Esta entrega no pretende analizar ni estudiar el pensamiento de Stirner en su totalidad, nos limitaremos a presentar los elementos claves y básicos de su filosofía para introducir, en futuras entregas, el movimiento anarquista político.

Partiendo de la última entrega, en la cual vimos la filosofía de Godwin, podemos contraponer de alguna manera a estos dos autores en tanto que para Stirner el elemento que ha de guiar la acción humana es el egoísmo (Miller, 1984: 22), y no la búsqueda de la máxima felicidad posible para todo el mundo (lo argumentado por Godwin desde una postura utilitarista).

El egoísmo de Stirner ha de entenderse dentro del marco filosófico de la época (el cual no se tratará aquí), especialmente dentro de la así llamada izquierda hegeliana. Esta corriente filosófica fue muy crítica con ciertos elementos arraigados en la sociedad alemana, como la religión, durante los años cuarenta del siglo XIX, cuando Stirner escribió su obra «El único y su propiedad» (para muchas personas su único texto relevante). Para los hegelianos radicales como Stirner, la religión es un elemento que causa alienación (al  menos la religión cristiana), dado que el Dios que concibe es una mera abstracción de valores humanos que se imponen a través de las creencias religiosas. Además, Stirner afirma que estos valores deificados terminan teniendo más poder que los propios seres humanos que crearon dicho Dios-religión.

De esta manera, para Stirner (y la izquierda hegeliana) la supresión y crítica de la religión imperante en Europa eran necesarias para conseguir el progreso social, pues los valores divinos que se le atribuyen a Dios, los cuales son supuestamente deseables y buenos en cierta medida, se pueden alcanzar en el mundo terrenal; en lo mundano. Tanto es así que estos pensadores llegarán a afirmar que los mismos valores que el cristianismo atribuye a lo divino son en realidad esenciales en la naturaleza humana, por lo que ni la religión ni Dios son necesarios para conseguirlos. La aportación de Stirner es la extensión de esta crítica a la religión a todas las esferas sociales que alienan a las personas a través de dinámicas similares, por ejemplo, el Estado y la autoridad.

No obstante, si bien es cierto que Stirner veía como esencialmente humanos todos los valores positivos de realización que se pueden hallar en la religión, es igualmente cierto que Stirner concebía estos valores en la ausencia de adoración o culto. Por esto mismo, Stirner criticó la posición de Feuerbach, quien identificaba como él valores esencialmente humanos pero de tal forma que terminaban conformando un nuevo culto; una nueva religión del ser humano basada en la adoración de dichos valores. Así pues, Stirner estableció  una premisa de fácil formulación pero difícil comprensión: nada es real, lo único real es la persona en sí misma. Como él mismo establecería, las ideas y pensamientos de los seres humanos son simplemente construcciones de la imaginación; no tienen existencia objetiva más allá de la mente.

Es por ello que para Stirner el egoísmo de cada individuo es la única manera de realizarse como ser humano y vivir en libertad, aunque hemos de subrayar que el egoísmo de Stirner es consciente (es decir, racional). El egoísmo aquí concebido es una actitud individual que conlleva seguir lo que une misme piensa libremente, buscando su propia felicidad y bienestar. La argumentación filosófica para esto sería: si las ideas son creaciones humanas dadas desde el exterior de cada individuo, entendido  éste como un elemento único y autónomo, entonces, seguir elementos externos deviene en una falacia, pues estaríamos cayendo en otro tipo de adoración y culto (recordemos lo que Stirner decía sobre la religión). El ser humano debe vivir acorde con lo que une misme quiere, desea, y piensa; acorde con sus propias decisiones (ibid.: 23). Además, la persona egoísta ha de actuar en función a sus propios caprichos en el momento presente: ha de saber que puede usar cínicamente a otras personas para conseguir sus propias metas, las cuales no son externamente creadas sino que son producto del egoísmo consciente en busca de la felicidad individual. Para Stirner nada, absolutamente nada, era sagrado, y aunque usar a otras personas puede ser considerado como algo malo en sí mismo, la persona egoísta ha de hacerlo si esto sirve para conseguir la realización individual.

La crítica de Stirner a las constricciones externas también se extiende, pues, a la clásica diferenciación que realiza la filosofía liberal entre la autoridad de la ley y los medios. Para él, ambos tipos de autoridad son imposiciones que han de ser rechazadas si se quiere vivir en libertad. La idea de pacto social, por ejemplo, es para Stirner una imposición a rechazar puesto que nadie ha de vivir atado al pasado: aunque una persona haya acordado «firmar» dicho pacto social, éste no debería marcar el futuro de nadie puesto que el pasado no debe restarnos libertad (recordemos lo que Stirner decía sobre perseguir los caprichos del momento presente). Por ende, la persona egoísta vive continuamente en el presente, en la búsqueda de la felicidad en el momento actual, y es por ello que las decisiones pasadas no han de ser tenidas en cuenta si el contexto presente requiere de otro tipo de decisiones (ibid.: 24). En corto: lo que ayer era bueno para mí, no necesariamente lo es hoy, y nadie tiene el derecho de atarme al pasado aun cuando yo mismo decidí comprometerme con algo.

En lo político y su organización, Stirner como Godwin rechazó la democracia directa por consenso, y propuso una unión libre de personas egoístas que sirviera para buscar los intereses personales del momento presente. Sin embargo, como se puede imaginar, esto no está libre de problemas: en una unión de personas idealmente egoístas no queda muy claro si los principios del egoísmo de Stirner han de ser aplicados a todas las personas, al conjunto, o a una persona individualmente. La paradoja viene de la siguiente forma: si aplicamos el principio de egoísmo a esta unión libre de personas, el egoísmo en sí mismo deviene en una imposición externa en términos morales (que es precisamente lo que Stirner rechaza). Incluso si recomendamos a otras personas ser egoístas estaríamos convirtiendo el egoísmo en un elemento externo de imposición objetivada. Por el contrario, si el egoísmo se aplica individualmente a cada persona, la persona egoísta buscará maximizar sus intereses personales presentes, lo que conlleva a no ser indiferente ante el egoísmo de otras personas. En palabras más simples: la persona egoísta ha de tener en mente si el resto es egoísta o no, dado que las personas que siguen dictados morales externos (ya sean políticos, religiosos, o de otro tipo) son más susceptibles de servir a nuestros propios intereses. Esto nos lleva a otra paradoja: la persona egoísta querrá que el resto sea no-egoísta.

Como vemos, argumentar razones anarquistas desde una postura filosófica es un tanto difícil: la filosofía anarquista (entendida como una postura intelectual en contra de la autoridad y otros elementos como el Estado) requiere de argumentaciones y premisas morales, las cuales son explícitamente denegadas por Stirner, quien rechazó todo tipo de moral por ser ésta una imposición externa al individuo (no tanto por Godwin). Si el concepto de egoísmo propicia una buena base filosófica para empezar a desarrollar una actitud política crítica con la autoridad y la imposición, es también cierto que Stirner, al menos en su formulación, carece de argumentos que inviten a ser egoísta (recordemos las dos paradojas expuestas arriba).

Nota: a raíz de la última entrega sobre Godwin recibí algún comentario dudando del «anarquismo» de este autor. Simplemente decir que sin ser anarquista en los términos que hoy en día manejamos, la filosofía de Godwin ayudó a desarrollar los conceptos básicos de libertad individual que después influirían en multitud de pensadores. Sea como sea, también quiero recordar que estas entregas están basadas (todas ellas, sin excepción) en el libro «Anarchism» de David Miller (1984). Estoy siguiendo el mismo orden del libro y el mismo razonamiento que se realiza en este libro, por lo que no me acredito ningún tipo de mérito más allá de la traducción inglés-castellano y las puntuales notas que pueda hacer sobre el texto.

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