La revolución será copernicana o no será

Y te preguntarás, ¿qué demonios es eso de que la «revolución será copernicana o no será»? Bueno, he de admitir que el título de este artículo lo pensé para llamar tu atención, porque la revolución, además de copernicana, es (y será) muchas más cosas. Otra cosa que has de saber antes es que este texto viene como respuesta al artículo de Lusbert «¿Por qué no hemos estallado?» que se publicó aquí en Regeneración hace unos días.[1] En lo básico concuerdo con el análisis que Lusbert hace en su texto: la sociedad capitalista de hoy día se caracteriza, entre otras cosas, por la indefensión aprendida, el individualismo liberal (que él llama burgués), y la falta de sentimiento colectivo. No obstante, creo que la causa final por la que seguimos manteniendo un sistema explotador y carente de libertad no es la falta de orientación política como Lusbert sugiere, sino algo mucho más profundo que no se articula del todo en su texto. Aquí es donde entra eso de «revolución copernicana.» Vamos a ello.

Indudablemente las personas que por casualidad nacieron «a este lado del mundo» son educadas y socialmente modeladas acorde con las normas y leyes del sistema de producción capitalista (al menos la inmensa mayoría de personas lo son). Desde que nacemos hasta que adquirimos las facultades necesarias para valernos por cuenta propia nos bombardean con todo un sistema de valores e informaciones que moldean nuestra visión del mundo. Esto es importante resaltarlo porque dichos valores no solamente informan nuestra perspectiva de la vida en términos de cómo es el mundo, sino que también lo hacen en términos de cómo ha de ser el mundo. Hasta aquí nada nuevo: la educación que recibimos desde la infancia condiciona el ser y el deber ser de la vida humana. Estos valores que son de naturaleza abstracta son sustentados y reforzados por la organización material de nuestra existencia. Por poner un ejemplo: no solamente nos enseñan a que la vida humana requiere de jerarquías y organizaciones verticales, sino que la organización material de la vida está diseñada para que así sea, y de esta forma tenemos profesores, jefes, policías (que representan la autoridad moral del Estado), etcétera. Otro ejemplo: nos enseñan a que la producción material de bienes y servicios es una de las metas últimas de la humanidad, y así queda reflejado en las estructuras de las organizaciones económicas y productivas que encontramos en las sociedades capitalistas.[2] De esto se derivan los elementos que mencionaba al principio: la indefensión aprendida como resultado de la aceptación de estos valores y formas organizativas, el individualismo liberal como resultado de la socialización humana en un sistema de valores depredador, la falta de sentimiento colectivo como resultado de la atomización proveniente de la organización capitalista de la producción, etcétera.

Lusbert señala en su texto algunas de las consecuencias nefastas más importantes: los sindicatos agacharon la cabeza ante la legalización de ciertas prácticas, las personas se contentaron con las concesiones que el Estado del bienestar concedió tras la Segunda Guerra Mundial, los sentimientos colectivos de identidad se destruyeron en los barrios al segmentar, especializar, y atomizar las relaciones humanas para que éstas fueran operativas en beneficio del sistema capitalista… Y más importante: la política pasó definitivamente a ser algo que una minoría elitista administra por un supuesto bien común de toda una comunidad. Ante estos problemas Lusbert sugiere una solución: más implicación política, más implicación en la organización de la vida humana. Razón no le falta: un cambio importante sería ver cómo las personas de las sociedades capitalistas adquieren un sentimiento colectivo de responsabilidad para con la organización de la vida. No obstante, como Octavio Alberola señala también en respuesta crítica-simpática con el texto de Lusbert, la articulación de la orientación política no tiene por qué resultar en la solución de nuestros problemas. [3] A lo que Alberola apunta es que las personas, por muy políticamente organizadas que estén, pueden seguir reproduciendo esos valores capitalistas que definen las prioridades de la vida humana. Él define una de estas prioridades como el deseo de conservar lo que se tiene. De su comentario se deduce que habla de lo que se tiene materialmente, aunque deja la puerta abierta para pensar que también las personas socializadas en el capitalismo puedan querer conservar lo que se tiene en abstracto. Como el propio Alberola señala, un buen ejemplo de esto es el partido político Podemos, el cual ha organizado un discurso político alternativo al del sistema dominante. La pregunta es obvia: ¿cambiará realmente algo?

Para entender eso de la «revolución copernicana» me tengo que poner un poco pedante con algunos conceptos filosóficos que pueden servir de ayuda a este análisis. Para ello tenemos que ir atrás en el tiempo hasta los tiempos de David Hume, importante filósofo escocés que defendió con muy buenos argumentos el empiricismo. Hume sugirió que todo conocimiento humano proviene de la experiencia, es decir, de lo que captamos con nuestros sentidos. Resumiendo grandes ríos de tinta filosófica, de esto se deriva que es imposible conocer la esencia de la naturaleza (de lo exterior, también se podría decir), que no sería nada más que algo existente en nuestros sentidos. Por fortuna, tras Hume vino al mundo otro filósofo de ideas muy distintas, Immanuel Kant, que propuso algo totalmente distinto: no todo conocimiento humano se deriva de los sentidos, sino que hay ciertas cosas que son a priori. Un ejemplo sencillo y algo absurdo pero que servirá: yo nunca he tirado un piano por la ventana, pero sé con certeza absoluta que si tuviera un piano en mi casa, y lo tirara por la ventana de mi comedor, el piano no volaría hasta terreno seguro para evitar ser destrozado sobre el asfalto de la calle. Hay algo en la esencia del piano que mi ser capta y me dice que no volará para ponerse a salvo, y éste es un conocimiento que viene antes de arrojar yo el piano por la ventana. De esta idea del conocimiento a priori Kant dedujo que la humanidad está llena de ideas que, de alguna forma, preceden a la experiencia de los sentidos. Y hasta aquí la pedantería filosófica.

Pasemos ahora a refrescar nuestro conocimiento histórico. Nicolás Copérnico, famoso astrónomo polaco, publicó  hacia mediados del siglo XVI en pleno Renacimiento geocéntrico su teoría heliocéntrica, es decir, su teoría de que la Tierra gira alrededor del Sol y no al contrario.[4] Lo que Copérnico hizo, aunque no tuvo grandes consecuencias inmediatas en la Europa de su época, fue una revolución de suma importancia, y de ahí que se hable de «revolución copernicana.» Si esto tiene importancia alguna es porque, como diría Kant, Copernico dinamitó por los aires todo un sistema de ideas y creencias que articulaban la vida humana de aquellos tiempos. ¡La Tierra no es el centro del universo! ¡La Tierra no es el centro de nada! Es decir, Copérnico demolió de una forma bella los a priori que estructuraban el mundo (ahora entiendes porqué empecé hablando por Hume y Kant). Lo más interesante de la revolución copernicana es que cambió todo sin cambiar nada. El mundo no cambió: con Copérnico o sin él la Tierra daba vueltas alrededor del Sol, pero los a priori dominantes de la época decían lo contrario. Al cambiar estas concepciones cambió toda una manera de ver el universo sin cambiar, materialmente, nada en absoluto. El Sol, la Tierra, y los demás planetas de nuestro sistema estaban ahí, dando vueltas tranquilamente. El problema era lo que pensaban las personas de la época, y por pensar de forma errónea el universo adquirió una forma que articuló muchas otras ideas: la importancia central de la Tierra, la explicación divina del universo y las relaciones humanas, la conservación del poder de la Iglesia Romana, etcétera.

De forma idéntica el capitalismo de hoy en día se reproduce generación tras generación. Estamos llenes de conocimientos a priori que informan nuestra visión túnel de la vida, y si digo «túnel» es porque estos a priori nos impiden con mucha frecuencia «salirnos del tiesto.» Cuando las ideas de producción, dominación, autoridad, y qué sé yo más se consagran en un sistema de valores, ideas, y organizaciones materiales entonces todo parece inevitable. La Tierra es plana y ya está. La Tierra es el centro del universo y ya está. El capitalismo y la autoridad son las mejores maneras de organizar a las personas y ya está. Da igual cuánta orientación y organización política tengamos si no rompemos con todo esto. De ahí que comparta la idea de que Podemos y cualquier otro partido político no solucionen nada: organizarán la política con discursos alternativos, ¡pero no rompen ninguno de los a priori esenciales que nos explotan a diario! Nos joden la vida y nos quedamos tan tranquiles porque así es como nos han ensañado a ver la vida. Las cosas son como son, y si te sales de este sistema de explicaciones vas por muy mal camino. Lo que Podemos y otra gente hace, para ponerlo sencillo, es decir: «no, puedes llegar al continente americano navegando hacia el oeste por el Atlántico, pero la Tierra sigue siendo plana, y si vas más allá te caes al vacío y te mueres, y no querrás morirte, ¿verdad?.» O en términos más realistas: «nosotres los de Podemos, que somos muy buena gente, vamos a cambiar este sistema explotador, pero vótanos y mantén la jerarquía dominante porque si no no conseguiremos nada.» Dicho y hecho.

La revolución social será copernicana o no será, porque no queda otra. Hay que romper con los a priori, estar en constante movimiento manteniendo la tensión crítica entre ideas y realidad material. Combatir con las ideas y los hechos para no quedarnos estancades en «sistemas geocéntricos.» Pero la revolución social también será copernicana porque cuando suceda, y todo cambie, nos daremos cuenta de que todo ya estaba ahí, esperando a ser dinamitado. La anarquía no es algo que se realizará en el futuro: la anarquía es algo que nace de las potencialidades que ya existen aquí y ahora. Si no lo vemos es porque no queremos o porque no nos dejan (que viene a ser lo mismo una vez que sabemos qué es la indefensión aprendida).

Esperar es morir.

Notas

[1] ¿Por qué no hemos estallado? Por Lusbert: https://reglib.anarquismo.social/por-que-no-hemos-estallado

[2] Queda fuera de lugar debatir aquí si es la organización material la que crea los valores abstractos o al revés. Obviemos por el momento esta pregunta de difícil respuesta.

[3] El comentario de Alberola se puede leer en http://www.alasbarricadas.org/noticias/comment/26092#comment-26092

[4] Cabe mencionar que Copernico no fue el primero en la historia de la humanidad en articular dicha teoría, aunque sí que fue la primera persona que presentó un modelo matemático que no dejaba lugar a dudas sobre la teoría heliocéntrica.

Apuntes existencialistas II: la ansiedad de Kierkegaard

Llega la segunda entrega de «Apuntes existencialistas», y como la primera, ésta tampoco te servirá de ensayo extenso y profundo sobre el pensamiento existencialista. Por las mismas, ni tan siquiera te serviría de chuleta pobre y cutre para pasar un examen simplón. Aun así aquí traigo la segunda parte que hablará un poco sobre Søren Kierkegaard (1813–1855), «padre» del existencialismo y filósofo que no se suele estudiar en el instituto (ni en muchas universidades, según tengo entendido).

Pariendo al existencialismo

Si pensabas que Sartre era el «padre» del existencialismo estabas muy equivocade. Si pensabas que Nietzsche era el «padre» del existencialismo, estabas parcialmente equivocade. De Søren Kierkegaard, filósofo natural de Copenhagen, se podría decir que es el «padre espiritual» del existencialismo al ser una de las primeras personas (si no la primera en hacerlo de manera más tenaz) que habló en Europa de la libertad humana a la hora de decidir. Kierkegaard se formó primero en teología, lo que no le impidió desarrollar una filosofía personal que adjudicaba al ser humane plena y absoluta libertad personal. Para él, toda persona era libre de decidir en todos los aspectos de la vida, todos menos uno: el propio nacimiento. Esta idea, y otras, incomodaron mucho a les otres pensadores de la época, quienes o no prestaron atención a Kierkegaard o se rieron directamente de sus ideas. No obstante, el tiempo ha probado que la humanidad necesitaba una dosis filosófica en contra del idealismo de Hegel, y así las ideas de Søren Kierkegaard influyeron en enorme medida a posteriores pensadores como Nietzsche o Heidegger. A pesar de existir algo de polémica al respecto de las influencias, lo cierto y verdad es que cronológicamente Kierkegaard habló con anterioridad de las ideas que caracterizarían al paradigma del existencialismo.

La ansiedad y el vértigo de la libertad

Kierkegaard y su filosofía se oponen de forma evidente a la de Georg Hegel, quien dominaba con comodidad la filosofía continental de la Europa de mediados de siglo XVIII. De una forma que a mí me parece bastante acorde con las ideas ácratas, Kierkegaard (ojo, no digo que fuera anarquista) comenzó a trabajar en la formulación de una contra-teoría a la autoritaria idea hegeliana de «historia.» Recordemos que el idealismo de Hegel establecía que la humanidad no era más que un barco de papel en un río incontrolable llamado «desarrollo histórico.» Kierkegaard, con la mosca detrás de la oreja (o tal vez solamente por llevar la contraria, ¡cuántas cosas se han conseguido en este mundo por querer llevar la contraria!) se empecinó en estudiar qué significa ser «ser humane» fuera de ese sistema totalitario y absoluto de la filosofía hegeliana. De esta forma, Kierkegaard se concentró en la formulación de une ser humane auto-determinade y libre. Este ser auto-determinade tendría la libertad absoluta de decidir sobre sus acciones, es decir, que les seres humanes nos definimos por poder tomar decisiones sobre nuestras vidas. Podemos decidir sobre esto o aquello, determinando así el devenir de nuestras vidas.

Aquelles que hayan leído un poco de Hegel se habrán percatado de que aquí hay un poco de trampa, pues Hegel también habló de tomar decisiones y esas cosas. Recordemos que en la época se maneja un concepto dicotómico de decisión moral: une podía tomar una decisión moral según su propio interés hedonista, o bien podría tomar una decisión ética. Hegel y Kierkegaard están de acuerdo hasta aquí, pero no más. Para el primero estas decisiones tomaban lugar en un contexto histórico, determinado, fijado por el «espíritu del tiempo» y esas cosas que algune se puede creer. Para Kierkegaard estás decisiones morales son resultado simple y llanamente de la decisión personal, es decir: de la libertad individual. Lo gracioso de esto, y lo dramático al mismo tiempo (que se lo digan al propio Kierkegaard), es que esta plena libertad crea vértigo y ansiedad, ¡anda, qué cosas! Para ilustrar todo esto, Kierkegaard pone un ejemplo muy ilustrativo (que yo voy a adaptar a los tiempos modernos, para que no digan que no nos actualizamos). Imaginemos pues una persona de pie en lo alto de un rascacielos, un rascacielos altísimo. Esta persona está en la azote, al borde, con ambos pies medio fuera, asomando al vacío. Kierkegaard postula lo siguiente: esta persona siente dos tipos de miedos, a saber:

  1. Miedo a caer desde la azotea del rascacielos y morir irremediablemente aplastade contra el asfalto de la ciudad. ¡Qué susto les abueles que contemplaban plácidamente la obra de la esquina!
  2. Miedo a saltar, al conocimiento de que si quiere esta persona puede saltar por voluntad propia y caer al vacío.

Con el segundo tipo de miedo Kierkegaard ilustra la ansiedad y el vértigo que provoca el saberse libre. ¡Somos libres! ¡Podemos saltar desde el rascacielos si nos da la real gana! Ni «espíritu de los tiempos», ni «desarrollo histórico», ni Dios (añadirían después otres). La persona salta si quiere como resultado de su individual y subjetiva decisión. Pero lejos de ser esto algo totalmente dramático, el propio Kierkegaard nos señala que no es todo tan mala como pinta. El sentir esta ansiedad nos hace conscientes de las decisiones que tenemos: podemos hacer el bien o podemos hacer el mal. Podemos ayudar o podemos perjudicar. Podemos decidir y la ansiedad que sentimos al sentirnos libres, al experimentar el vértigo de la libertad, nos pone «en alerta.» De esta forma conocemos que los resultados de nuestras acciones son completamente responsabilidad nuestra. Como ya decía cuando hablaba de Sartre, la libertad de decidir conlleva la responsabilidad de saberse libre y actuar individualmente. Y esto asusta, claro.

¿Y qué me quieres contar con esto?

Poco más de lo que ya sabías, supongo. Es sencillo escudarse en lo agregado, en lo social, o en la historia con tal de no hacernos responsables de nuestras propias acciones (sobre todo cuando éstas llevan a resultados terribles). Que si «solamente seguía órdenes», o que «si es que la gente hacía esto o aquello.» ¿Cuántas veces habremos escuchado la misma cantinela? Pero este mismo discurso se escucha de forma más sutiles, algunos ejemplos: «las masas no están listas para la revolución», o «el contexto histórico no es lo suficientemente maduro.» Cuando no más directamente: «¿pero qué vamos a hacer?» Bueno, no sé lo que querrás hacer, pero desde luego que si no haces lo que piensas en tu cabeza no es porque no puedas, o porque una fuerza inmaterial desde el exterior te lo impide. Es simplemente porque no te lo has propuesto de verdad, puesto que libre eres un buen rato de hacer lo que quieras (y apechugar con las consecuencias de tus actos). Puedes hablarme de educación, control social, o lavados de cerebros. Esas cosas funcionan, y muy bien. Pero también funcionan el pensar, el leer literatura crítica, y el experimentar.

Supongo que de Kierkegaard una cosa queda clara, y es que dio en el clavo cuando dijo que la libertad da vértigo. De repente nos vemos desnudes en la vida, sin el abrigo de la historia, de las instituciones, o de la comunidad. Lo que hacemos es por cuenta propia, es decir, porque queremos hacerlo (porque activamente queremos o porque activamente aceptamos las órdenes de otras personas o de una sociedad dominante). Y al frío de la intemperie desnuda de abrigos colectivos, vemos que tenemos todo un mundo al alcance de nuestra mano. Solamente hay que empezar a caminar por la cuerda floja haciéndonos amigues del vértigo. Tal vez por ello las personas que dieron su vida por la idea de libertad puedan definirse un poco como «locas.» ¿Quién sino se engancharía a la droga del vértigo? Una droga que te enloquece a los ojos de les que no se asoman al borde del rascacielos. Pero si no te asomas y experimentas esa sensación… ¿qué vas a ver en la vida?

Nota final

Aunque he venido hablando de «ansiedad», los textos en castellano creo que hablan, todos ellos, de «angustia.» Es cosa del idioma en el que yo leí a Kierkegaard, en el cual hablaban de ansiedad y preocupación (aunque supongo que por angustia se puede entender lo mismo). Ahí queda dicho.

Lecturas recomendadas

Kierkegaard, S. (1843), Temor y Temblor [Online] http://www.ataun.net/BIBLIOTECAGRATUITA/Cl%C3%A1sicos%20en%20Espa%C3%B1ol/Soren%20Kierkegaard/Temor%20y%20Temblor.pdf

Kierkegaard, S. (1982/1844), El Concepto de la Angustia, Madrid: Espasa-Calpe [Disponible online] http://www.scribd.com/doc/55924002/El-concepto-de-la-angustia-kierkegaard

Las miserias del colaboracionismo

«Nosotros no estamos por una mayor libertad, una mayor libertad se da al esclavo cuando se le alarga la cadena, nosotros estamos por la abolición de la cadena, consecuentemente estamos por la libertad, no por una mayor libertad. Y la libertad quiere decir ausencia de cadenas, quiere decir ausencia de límites con todo lo que de esta afirmación se desprende.» – Alfredo M. Bonanno (La tensión anarquista)

No dejan de sorprender les que se ilusionan por esas cosas como las «plataformas ciudadanas» o las «mareas.» No sorprende cualquier, sino les que se dicen anarquistas, anti-estatistas, o anti-autoritaries. Entre Podemos y el 15M ya nos han dado dos (o tres) tazas de caldo. Que si «poder popular», o que si «empoderamiento de las masas»; que si «la política ahora se hace desde abajo», o que si «lo que se necesita es un frente de unidad popular»… Todo parece querer apropiarse del vocabulario más vacío e inútil, del vocabulario más oportunista y populista. Si algo aporta el pensar ácrata al análisis de la realidad social es la certeza de que la autoridad y el poder son dos cosas a erradicar, pues son dos elementos que generan y perpetúan situaciones sociales de explotación y opresión. De ahí que empiece con Bonanno: no tiene sentido alguno (en otras palabras, es una gilipollez máxima) querer más libertad, porque la libertad no se puede medir ni dosificar. Une es libre o no lo es, pero no se es más o menos libre (como si hubiera un mínimo y un máximo cuantificables). Por la misma razón un Estado no puede ser más o menos opresor: todo Estado es opresor (y por extensión su sistema de leyes, su entramado institucional, y por supuesto sus brazos armados).

Hasta aquí las pajas filosóficas, vayamos a lo que interesa que es la acción o el hacer (o más bien cómo el pensar y el hacer se entrelazan de maneras complejas e inseparables). Partiendo de la base de que la opresión, la autoridad, el poder, la libertad, etcétera, son conceptos que no tienen sentido ser cuantificados (aunque la gente y el sistema lo hagan), que alguien me explique la coherencia ética de une supueste libertarie que jalea a les compañeres para que se unan a tal «marea» o a tal partido político (todes tenemos el nombre en la punta de la lengua, ¿no?). Que alguien me explique también eso de «los frentes de unidad» y «el empoderamiento de las masas.» Todo esto me parece tan poco productivo como consecuente. Las «masas» difícilmente me representan (creo que nunca representaron a nadie más que a les charlatanes que van de guías espirituales del proletariado), y no estoy tan segure de si me gustaría colaborar con ciertas personas por algo que me imponen como «causa común.» Porque no creo que tengamos una causa común, vamos a decirlo de una vez alto y claro. No veo qué causa nos une con les marxistas-leninistas, con les socialdemócratas, o con le «ciudadane» de turno de buen hacer y mejor pensar. Mi causa, como ácrata, es la libertad; su causa, como no-ácratas, es la libertad falsamente cuantificada (o, para el caso, la libertad tutelada). Así que no sé yo qué gano (más que enfadarme y hacer a mi patata desgastarse más rápidamente) con las «mareas», con «los frentes de unidad», o con las «masas empoderadas.»

Si aceptamos que nuestras causas son distintas, tampoco veo el porqué de no aceptar que también somos tipos de personas contradictorias. A veces leo cosas, o escucho a compañeres decir cosas, que parecen más el discurso de una monja de beneficencia. ¿Hasta cuándo seguiremos creyéndonos eso de que las personas son buenas por naturaleza? ¿De que hay une ácrata en potencia en todes nosotres? Además que ciertos planteamientos suenan bastante elitistas: que si hay que trabajar en los barrios para enseñar a la gente cómo funciona la anarquía, que si hay que abrir los ojos a la gente, que si hay que esto, o que si hay que lo otro. Y con esto no quiero dar a entender que pienso que nacemos sabiendo. No, la idea de la anarquía y de la libertad nos llega de forma contextual: amigues que nos introducen al tema, vivencias individuales que nos hacen pensar y buscar, y también organizaciones (para que mentir) que nos muestran, nos desilusionan, o nos insinúan. En definitiva, sea la experiencia negativa o positiva, la idea de la libertad puede venir por muchos caminos. Pero quiero hacer ver la diferencia entre «llegar a la idea de libertad y anarquía» y «querer meter en las cabezas la idea.» Pero bueno, digamos que ese «trabajo de barrio» con el vecine secretamente racista, con le otre que se siente celose por los éxitos de su pareja, o con el que pasa de causalidad y no sabe muy bien si quiere montar su propio negocio u opositar a funcionarie, tiene más de «hacer llegar a la idea libertaria» que de «meter en la cabeza.» Aun así, trabajando en proyectos que no atacan directamente la raíz de los problemas (es decir, proyectos como la petición de una ley «más justa», unos precios «más baratos», etcétera), lo único que se consigue es agrandar el problema y perpetuar la causa originaria.

Con todo esto quiero decir dos cosas que resumo a continuación (porque a veces se me va y me enrollo demasiado). Una es que hay que trazar, de una vez por todas, la línea que separa a les que queremos libertad y anarquía, y a les que no quieren libertad (ya sea porque piensan en ella en términos cuantitativos, dosificados, o porque simplemente son unes fascistas). En este segundo grupo incluyo a les «progres» demócratas que con sus discursos envenenados de falsa tolerancia y paz social emponzoñan las mentes de las personas. Esta línea la creo necesaria, e implica admitir que no todo el mundo piensa (ni pensará) como nosotres, es decir: que la vida es conflicto y nunca paz, incluso entre nosotres y/o con nosotres mismes. De este conflicto nace la tensión de la que hablaba Bonanno en el texto que citaba al principio. La otra cosa que quería mencionar es que de dicho conflicto, de dicha delineación de posiciones, nace la identidad y la solidaridad, las cuales llevan a la organización revolucionaria. Sin líneas que demarquen todo vale, y si todo vale no somos más distintes que le demócrata populista de turno que un día da agua, y al otro veneno. No tenemos que amar a todes, ni tenemos que complacer a todes, porque la existencia de ciertas personas ponen en peligro nuestra idea de libertad y anarquía. Finalmente, de la organización y solidaridad revolucionaria nace la posibilidad de «llegar a la idea de libertad.» Y aquí enlazo con el «trabajo de barrio.» Es inútil integrarse en colectivos que no operan con la idea de libertad, porque al final se termina perdiendo el rumbo y diciendo cosas como «votad a Podemos» (y en casos extremos haciéndolo). La organización anarquista pienso que debe ser eso, anarquista. Que se acerque quien quiera, que se organicen «jornadas a puertas abiertas», ferias y eventos abiertos. Las personas al otro lado de la línea que pasen a éste otro si quieren (como hicimos nosotres en su día). Pero nadie podrá decir que colaboramos con las personas al otro lado de la línea o que nosotres nos pasamos allá para traer gente acá.

No os dejo en paz sin mencionar a todas aquellas personas que luchan, fuera y dentro de las cárceles, por una idea clara, sencilla, y cualitativa de libertad, siendo consecuentes hasta el final con la relación pensar-actuar. A les que actúan como piensan, salud y rebeldía.

Nicola Gai sobre la acción directa

Dejo un escrito del compañero Nicola Gai publicado en Cruz Negra, Anarquista Aperiódico Anarquista #0. La publicación es en italiano, por lo que yo me limito a enlazar la versión en castellano que se puede leer en páginas libertarias como Publicación Refractario o Instinto Salvaje. El texto trata sobre acción directa y proceder revolucionario. Creo que tiene bastante interés general y, sin duda, creará debate por sus opiniones directas contra ciertas acciones de carácter «poco revolucionario.» Para quienes no sepan quién es Nicola Gai dejo a continuación un pequeño resumen de los últimos acontecimientos en su vida.

Nicola Gai es un compañero libertario de la región de Turín, en Italia. Hacia finales de 2013 la jueza Annalisa Giacalone condenaba a Nicola a 9 años y 4 meses de talego (en el mismo caso, 10 años y 8 meses para nuestro compañero Alfredo Cospito) por el ataque contra Roberto Adinolfi, importante figura de Ansaldo Nucleare, empresa que construye plantas nucleares por Europa. Los compañeros Nicola y Alfredo dispararon contra la pierna de Adinolfi en Génova, hacia principios de mayo de 2012, sin consecuencias fatales. Los medios de (des)comunicación se cebaron con el movimiento anarquista, y la fuerza opresora del Estado italiano cayó de lleno sobre aquello que elles llaman «terrorismo.» Sin más, os dejo con el texto del compañero.

¡Libertad para todes les preses! ¡Fuego a la sociedad carcelaria!

Todo el resto es aburrido. Notas sueltas sobre la acción directa

Pensé en escribir estas notas porque me parece que, últimamente, incluso entre nosotrxs, lxs anarquistas, se está hablando demasiado poco (y también, por desgracia, practicándose demasiado poco…) de acción directa, privilegiando intentos de encuentro con las “masas”, más o menos indignadas. He decidido hacerlo en la Cruz Negra porque espero que pueda convertirse en un espacio de debate entre quienes consideran la acción como centro de su camino de lucha. Espero sinceramente que la Cruz Negra no se convierta en la reunión de las malas suertes carcelarias, sino el lugar en el que sacar y profundizar, sin pelos en la lengua, desde diferentes puntos de vista, en cuestiones que se consideran útiles para dar una mayor incisividad a la lucha contra la autoridad. Ciertamente, la acción directa es algo para actuar y no algo que pontificar, pero estoy convencido de que aclarar lo que cada unx de nosotrxs entiende realmente cuando usa estas palabras puede ayudarnos a afilar las armas para asaltar el presente.

Para abordar la cuestión sin perderme en inútiles giros de palabras, quiero primero aclarar lo que, para mí, no es acción directa.

Concentraciones, repartir panfletos, manifestaciones “determinadas y comunicativas”, tartas (pintura, escupitajos, etc.) en la cara del infame de turno, huevos con colores y todo este tipo de cosas no se pueden considerar acción directa. Soy consciente de que una lista del estilo atraerá hacia mí las flechas de lxs que sostienen que todos los medios tienen la misma dignidad en la lucha, que mi discurso podrá parecer esquemático, “militarista”, impregnado de una óptica eficientísima y bla, bla, bla… Pero nadie, honestamente, podrá negar que, en estos momentos, haciendo estas cosas se está más bien mimando la lucha, renunciando a vivirla realmente.

Estoy convencido de que se está afrontando la lucha con ligereza, con la sonrisa en los labios: no se trata más que de un juego, pero nada hay más serio que un juego donde las apuestas están representadas por la calidad de nuestras vidas y de nuestra libertad. Nadie puede negar que la correspondencia entre el pensamiento y la acción debería ser la característica fundamental de ser anarquista. Si pensamos que la destrucción de este mundo es necesaria, debemos actuar en consecuencia, no podemos recurrir a simpáticos e inofensivos trucos baratos para silenciar, engañando a nuestras conciencias hambrientas de libertad. Debemos tener el coraje de afirmar que la acción directa, o es destructiva o no es. Los muros que nos aprisionan no se caerán solos, sino solamente si son envestidos por la onda de choque de nuestra rabia. Es inútil que el listo de turno recuerde que la insurrección no es el resultado de la suma aritmética de los ataques realizados por lxs anarquistas, estoy hablando de otra cosa. Nuestra vida es demasiado corta para desgastarla en centenares de happening diseñados para despertar a las masas adormecidas, para que se presenten puntuales a la cita el día mágico: sólo cuando concretamente atacamos lo existente conseguimos arrancar pedazos de libertad, aunque sólo sea por unos pocos momentos, nos liberamos de las cadenas impuestas por la cotidianidad y por la ley.

Nuestra lucha debe ser violenta, sin compromisos, sin posibilidad de mediaciones ni vacilaciones: la acción directa destructiva, el único medio que deberíamos utilizar para relacionarnos con cuanto nos oprime. Pero las cosas, como sucede siempre en la realidad, son un poco más complicadas, por desgracia, la sola acción no es la panacea de todos los males que aquejan a nuestro movimiento. Aunque esté absolutamente convencido de que ningún acto de revuelta es inútil o dañino, pienso que es fundamental preguntarse sobre la proyectualidad que las generan y, sobre todo, sobre el significado que le dan aquellxs que las realizan. El acto mismo puede asumir significados muy diferentes si se concibe desde una óptica de ataque o de defensa. Voy a tratar de explicarme con un ejemplo práctico, en el Valle de Susa, el año pasado, asistimos a un incremento positivo de las prácticas del sabotaje en la lucha contra el TAV, perfecto, si en las intenciones de quienes han realizado tales acciones está el intento de afirmar claramente que no está en juego la simple construcción de una línea ferroviaria, sino la necesidad de atacar y destruir todo el sistema tecno-industrial que lo diseña. Otra cosa es si el sentido es el que se puede leer en algunos comunicados del movimiento NO TAV o, lo que es aún más desconcertante, en el Nº 5 de Lavanda, hoja redactada por algunxs compañerxs que participan en esta lucha. Tales acciones se podrían interpretar como el último recurso de un pueblo que ya ha utilizado todos los medios de presión posibles (y pacíficos…) sin obtener la atención de los que gobiernan. Estoy convencido de que tal interpretación banaliza cualquier aspecto positivo y revolucionario de tales actos, de hecho, sugiere que si el poder fuera más “razonable”, si estuviera más abierto al diálogo, existiría la posibilidad de “convencerlo” para mitigar sus aspectos más nefastos.

La acción directa expresa todo su potencial de liberación sólo cuando se concibe desde una óptica de ataque. No golpeamos al enemigo porque el disgusto por su última fechoría nos resulta insoportable, sino porque queremos ser libres aquí y ahora. No necesitamos justificaciones para golpear, simplemente no podemos aceptar vivir una vida carente de significado como simples engranajes de este sistema mortal. Debemos ser nosotrxs quienes dictemos los momentos de la lucha, hay todo un mundo que demoler y las posibilidades de derrotar al monstruo tecnológico se hacen cada vez más pequeñas en proporción a su desarrollo.

Cuando hablamos de acción directa hablamos de nuestra vida pues nuestro rechazo a lo existente no es una moda, sino algo mucho más profundo, en el que ponemos en juego toda nuestra existencia. Por este motivo, encuentro verdaderamente irritante cuando nos referimos a cualquier tipo de acción, diciendo que “era lo mínimo que podíamos hacer”. Estoy convencido de que no existe nada mínimo que se pueda hacer contra aquello que nos oprime, no podemos autoimponernos límites en la acción, esta debe ser sin restricciones como nuestra sed de libertad. Si nos encontramos frente a un explotador asesino con uniforme etc., y se decide mancharle el vestido con pintura, eso no es lo mínimo que se podía hacer, sino simplemente lo que nosotrxs hemos decidido hacer. Esto, probablemente, está dictado por una serie de análisis que, en lugar de dar mayor fuerza a nuestra acción, no hace más que minimizarla: “la gente no nos entendería, no debemos dar un paso más que los demás, se necesita empezar por acciones pequeñas que son fácilmente reproducibles”, etc.

Naturalmente, se trata de consideraciones que necesitarían un trato más profundo y espero que haya forma de volver a esto y discutir seriamente, lo que ahora quiero decir y a lo que debemos aspirar siempre es a hacer lo máximo que nos consientan nuestras habilidades. Cuando actuamos, deberíamos hacerlo esencialmente por nosotrxs mismxs y de la manera más resuelta, no somos distintxs a aquellxs que de manera innegablemente autoritaria llamamos “gente común”, cualquier cosa que hagamos la puede replicar cualquier persona, siempre que alimente nuestro propio deseo de destruir la autoridad. No debemos buscar convencer a las masas de la bondad de nuestra tesis, sino buscar cómplices que quieran participar en la obra de demolición. No tenemos que tener miedo de nuestro odio, sino lanzarnos a la acción conscientes de que el enemigo no duda ni un segundo en su guerra contra la libertad.

Estas notas están dictadas más que desde la aspiración a desarrollar quizás cualquier análisis teórico innovador, desde el simple deseo de tratar de compartir la idea de la necesaria centralidad, en la vida de todx anarquista revolucionarix, de la práctica de la acción directa destructiva. Todo cuanto acabo de decir sería sin duda obvio si no hubiera tantxs compañerxs que consumen sus fuerzas, dando vueltas como peonzas, en un activismo carente de toda proyectualidad realmente revolucionaria, marcado por las heridas del asistencialismo y del oportunismo. Sin embargo, ya existen antídotos para todo esto: organización informal, nihilismo, individualismo, rechazo de líderes más o menos carismáticos, rechazo de extra poder asambleario, comunicación a través de la acción. Se necesita volver a mirar lo que está sucediendo en todo el mundo igual que históricamente siempre han hecho lxs anarquistas, enemigxs de toda las fronteras, y nos daremos cuenta de cómo compañerxs de todas las latitudes están experimentando con nuevos modos de acción, liberémonos de los grilletes de las llamadas luchas sociales para lanzarnos sin frenos al asalto del existente. Tenemos que redescubrir la alegría de actuar, dejar de limitarnos a una búsqueda ilusoria del consentimiento popular; sin tantos… teóricos, nuestro objetivo debe ser, simplemente, el de destruir lo que nos destruye. Liberémonos de la política incluso en su declinación antagonista, debe quedar claro que no luchamos por un futuro brillante, sino por un vivir, aquí y ahora, la anarquía debería ser en primer lugar un hecho individual que afecte a toda nuestra vida: debemos conspirar, alimentar cada pequeño fuego que pueda incendiar toda la pradera, atentar con todos los medios contra el orden, civilizado y tecnológico, que el sistema trata de imponer. En esta lucha debemos utilizar todas las armas que tengamos a nuestra disposición, en primer lugar las que no faltan en el arsenal de cada anarquista: la voluntad y la acción directa destructiva.

Fray Nicola de Ferrara [Nicola Gai]
Cruz Negra Anarquista, Aperiódico anarquista, nº 0, abril de 2014 Pág. 2-3.

[Recomendación] Gasolina en la mochila

Os dejo una canción que me parece magnífica. La cantautora se llama «Lua Pua» y podéis echar un vistazo a sus canciones haciendo click en su nombre. Para escuchar «Gasolina en la mochila» haced click en el nombre de la canción o bien más abajo en el reproductor. Según dice ella, la letra la sacó de un poema que leyó una vez en un fanzine cuyo nombre desconozco (pero que me gustaría saber). A disfrutar.

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Gasolina en la mochila

Quiero llenar las noches de actividad,
romper las aceras de las oscuridad.
Correr y encender la madrugada
con una mochila y la cara tapada,
sentir la esperanza acariciar mi espalda.
Hoy es un spray, una botella,
y por si ataca el hambre una manzana.

Sentir el miedo doblar cada esquina
despertar mis sentimientos
escupiendo adrenalina.
Calles mojadas de rutina
donde la lluvia es el trabajo,
la escuela la mentira.
Y gasolina en la mochila
un mundo nuevo en el corazón
tu rostro lo acaricia la capucha y el amor.

Quiero esconderme en un callejón
pensando en llegar a mi habitación,
descansar y reír, acostándome con la victoria
resistir y esperar que todo salga tan bien como hasta ahora.

Y el día que una de nosotras caiga
no emprender retirada,
no podemos llorar
o nuestras lágrimas apagarán la barricada.

Nuestra utopía es vuestra desgracia,
gracias por no tomar en serio nuestras palabras
mas luego no esperéis nada.
No hay corazón para quien lo roba a tiros
pido no pedir nada, nuestro mundo no se regala.

Sentir el miedo doblar cada esquina,
despertar mis sentimientos escupiendo adrenalina.
Calles mojadas de rutina
donde la lluvia es el trabajo,
la escuela la mentira.
Y gasolina en la mochila
un mundo nuevo en el corazón
tu rostro lo acaricia la capucha y el amor,
y el amor….

 

Apuntes existencialistas I: el abrecartas de Sartre

Como dice el título, este texto aporta meros apuntes sobre existencialismo. No busques aquí profundas disertaciones ni guías espirituales. Tampoco busques un trabajo para copiar-y-pegar, porque no te lo voy a dar mascado. Si quieres profundizar en la filosofía existencialista al final de cada texto (como te habrás fijado el título también indica que éste es el primero de una serie de textos por venir) listaré unas lecturas que, a mi parecer personal, son suficientemente interesantes. Finalmente, tampoco esperes una defensa a ultranza del existencialismo o de la filosofía de Sartre. Lo que aquí presento son apuntes de una visión de la vida humana que me parece interesante (y más o menos acertada, sin querer con ello decir que esté libre de crítica o problemas). Me dejo de rodeos, vamos a ello.

La libertad de existir

Desde antaño (pero que muy antaño) les humanes hemos venido manejando una idea que ha vertebrado, con mucha consistencia, la filosofía (especialmente la occidental). Esta idea es la idea de esencia. Así, innumerables pensadores han propuesto que les seres humanes tienen una naturaleza, una esencia, que no cambia con el tiempo, que se mantiene inmutable a lo largo y ancho del planeta, y que nos define como seres humanes (distinguiéndonos así del resto de cosas en el universo). Sin importar el contexto, sin importar las circunstancias, esta idea sugiere que les seres humanes, todes elles, comparten las mismas cualidades esenciales. El existencialismo ve un gran problema en esta idea: si estamos definides por nuestra supuesta esencia… ¿dónde queda nuestra libertad?

Jean-Paul Sartre articuló (sin ser le únique) una crítica a esta forma de pensar sobre les seres humanes, diciendo así que la existencia humana precede a su esencia. Esto normalmente se explica con el ejemplo del abrecartas. Imagina un abrecartas: es un cuchillito que está diseñado y fabricado de una manera muy específica. Tiene que ser lo suficientemente largo y estrecho para abrir los sobres de tus cartas, pero ni muy largo ni muy estrecho. Tiene que tener un peso ligero para que lo podamos sostener con una sola mano, y tiene que estar fabricado con un material duro y afilado para abrir la carta (así que no puede estar fabricado con gelatina, por ejemplo). Tampoco puede estar muy afilado porque entonces nos podríamos hacer daño, pero sí lo suficientemente afilado como para cortar el papel. Aquí hay mucho en juego. Este cuchillito tan específico que es el abrecartas fue diseñado por una persona que tuvo la idea de diseñar y fabricar una herramienta específicamente para abrir cartas. No es una herramienta para cortar el pavo, ni es una herramienta para podar el jardín. Es una herramienta para abrir cartas. Así pues, dice Sartre, la esencia del abrecartas antecede a su existencia. Pero, ¿pasa lo mismo con les seres humanes?

Sartre responde enérgicamente: no. Les seres humanes, lógicamente, no son abrecartas que son ideados de antemano. No hay un plan detrás de nuestra existencia, es decir, no tenemos ningún uso particular ni ningún propósito específico. No somos abrecartas, por lo que en les humanes la existencia precede a la esencia. Desde luego, esto implica negar la existencia de dioses, creadores cósmicos, y planes maestros (pero creo que esto no será un problema en una publicación anarquista). Dado que no hemos sido creado por ninguna entidad divina, y dado que no estamos en este planeta por ninguna razón en concreto, somos nosotres mismes quienes tenemos que crear una razón para existir, un propósito por el que vivir. Aquí es cuando empezamos a ser libres.

Libertad, elección, y responsabilidad

Ser libre conlleva elegir, y las elecciones derivan a su vez en responsabilidad. Les seres humanes no solamente somos libres de decir que no estamos determinades por una esencia natural o divina, sino que también somos libres de decidir en qué nos queremos convertir, cómo queremos vivir nuestras vidas. Para Sartre, les seres humanes poseen la capacidad de construirse activamente. Las piedras son piedras, y los mares son mares. Pero un ser humane es une agente active que puede darse forma precisamente porque no está pre-diseñade. El ser humane es libre, y Sartre abogaba por una libertad consciente y responsable. Consciente porque por muy libres que seamos siempre estaremos constreñides de una forma u otra. No importa cuanto quiera vivir debajo del mar: nunca podré respirar como lo hace un pez. No importa cuanto quiera sobrevolar las montañas: nunca podré tener alas como un pájaro (aunque sí que puedo construir una máquina que me permita volar). Pero aunque estemos limitades por ciertas cosas, siempre podremos decidir en todo lo demás aunque no lo parezca. Y, ¿por qué no lo iba a parecer? Por la sencilla razón de que a menudo les seres humanes actuamos siguiendo la educación que nos han inculcado, o los valores que nos han metido en la cabeza. También tendemos a actuar siguiendo las tradiciones de nuestra comunidad, o las reglas que nos imponen. Es por ello que Sartre decía que tenemos que romper con estas formas «habituales» de pensar. Es hora de decidir, de ser libres, y de ser responsables.

¿Por qué responsables? Al ser libre decidimos, y al decidir estamos dando a entender cuáles son nuestras preferencias sobre cómo ha de ser la existencia humana. Al decidir, también modificamos nuestros alrededores. Es decir: nuestras decisiones tienen consecuencias en nuestra vida y, potencialmente, en la del resto de personas. Es por ello, decía Sartre, que la libertad conlleva la más grande de las responsabilidades. Pero Sartre fue todavía más lejos al afirmar que estamos condenades a ser libres. Al no estar pre-diseñades, les seres humanes no tenemos excusa alguna para justificar nuestras elecciones. Somo nosotres quiénes decidimos qué hacer y cómo vivir. Somos nosotres les úniques responsables de nuestras acciones. Para bien o para mal, estamos condenades a elegir, a ser libres.

¿Y qué me quieres contar con esto?

Si hasta aquí he venido exponiendo las ideas básicas del existencialismo de Sartre no es por mero gusto (que en lo político no le tengo mucha simpatía), sino que es porque creo que tienen muchas cosas que decirnos sobre nuestra vida, sobre todo cuando la pensamos desde una óptica anarquista. Como persona que se define anarquista, lo más importante para mí es la libertad. No solamente mi libertad, sino la libertad de todes (incluyendo la libertad de les animales no-humanes). El existencialismo me permite pensar que no estoy atade a ninguna divinidad ni a ningún plan maestro universal; me dice que puedo escoger dado que mi existencia viene antes que mi esencia. Al poder escoger disfruto de una libertad existencial que me da la posibilidad de escoger qué tipo de vida quiero llevar, acorde con mis emociones, con mis ideas, y con mis valores. Si opto por el existencialismo como una forma de pensar el mundo, también es porque me inclina hacia el rechazo de lo establecido, a la crítica constante de lo que hago y de lo que hacen les demás. Me empuja a pensar y re-pensar mis actos y los de la sociedad en la que vivo, como también me invita a la superación de los hábitos, de lo arraigado, de la tradición, de los dogmas… Creer que yo misme soy el dueñe de mi existencia me hace, en definitiva, no solamente una persona libre sino una persona con mayor posibilidad para cambiar todo aquello que me oprime.

No obstante, no todo es coser y cantar, como tampoco es oro todo lo que reluce. La ética del existencialismo es atractiva, pero tiene sus límites. Si les seres humanes somos libres para crear nuestra existencia según creamos conveniente, es igualmente cierto que existen muchas barreras que nos impiden ejercer dicha «condena.» Liberarse de una educación autoritaria o de unos valores capitalistas puede ser más o menos sencillo (o difícil), pero liberarse de las constricciones del Estado, sus instituciones, y sus agentes, es harina de otro costal. Por mucho que odie el capitalismo y la vida que me impone, no puedo escapar con totalidad de él. Por mucho que quiera ver la revolución social ante mis ojos, no puedo hacerla realidad solamente con mis propias manos de la noche a la mañana. La vida en nuestra sociedad se torna así en un querer-y-no-poder. Sin embargo, una postura existencialista nos da (o al menos a mí) una buena razón para trabajar activamente contra todo aquello que nos niega la libertad. Por muchas constricciones que nos imponga la sociedad, los grupos, las costumbres, las estructuras, o lo que sea, si negamos la existencia de dioses y destinos entonces nos queda solamente nuestra existencia libre de esencias pre-diseñadas. Nosotres somos responsables de nuestras vidas y, en último término, de nuestras acciones. Siempre hay una alternativa, siempre hay un espacio para decir «no.» En otras palabras, no tenemos la opción de no ser libres.

Ante la explotación capitalista siempre tenemos la opción de resistir y decir «no» a todas las comodidades engañosas que nos venden. Ante la educación patriarcal y autoritaria siempre tenemos la opción de llevar una vida al margen, contra corriente, rompiendo el sistema de valores dominantes. Ante una vida de sumisión y esclavitud tenemos la opción de «romper nuestras cadenas» y «quemar la casa de les ames.» Siempre hay una opción, nos guste o no. Siempre hay una alternativa. El problema es que tal vez nos dé miedo la libertad y la responsabilidad que ella conlleva. Para finalizar, esto también nos muestra lo hipócritas que somos todes: dado que nuestras decisiones en esta vida son cosa nuestra en última instancia, todes somos unes cobardes en potencia; todes preferimos ceder más o menos al sistema que nos esclaviza. De no ser así, de ser consecuentes de verdad con nuestras ideas, escogeríamos el camino de la revolución hoy mismo. Algunes ya lo hacen. De ahí que muramos les que esperamos; les que no decidimos abrazar la libertad que nos corresponden con total plenitud.

Referencias bibliográficas

Sartre, Jean-Paul (1943), El Ser y la Nada [online]. Accesible desde: http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Sartre_Jean_Paul-El_ser_y_la_nada.pdf

Sartre, Jean-Paul (1946), El Existencialismo es un Humanismo [online]. Accesible desde: http://www.uruguaypiensa.org.uy/imgnoticias/766.pdf

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