Los límites de la libertad de expresión

La libertad de expresión siempre ha estado y está presente en nuestras reivindicaciones y la defendemos como un derecho fundamental. Sin embargo, ¿hay límites en ella? ¿Todas y absolutamente todas las ideas se pueden expresar y tolerar? Así como la libertad social entendida por los y las anarquistas debe ir acompañada de responsabilidades tanto a nivel individual como colectivo, y que en ella no tiene cabida la libertad de explotación ya que la explotación supone la restricción de la libertad; en la libertad de expresión, ¿podrían tener cabida ideas que fomenten el odio o hagan apología de la opresión? Y es que la libertad de expresión no solamente apelamos a ello desde los sectores revolucionarios. En ocasiones, cuando de alguna manera ponemos trabas a la expresión de ideas contrarias, entre sectores reaccionarios también la van reivindicando y tratando de posicionarse como víctimas.

Pienso que para abordar este tema con mayor rigor debemos tener en cuenta las relaciones de poder¹, pues sin comprenderlas, podríamos llegar a poner al mismo nivel la censura de la clase dominante contra nosotras y nuestra «censura» hacia las ideas apologistas de la opresión. Recordemos que sino hay relaciones de poder equidistantes, no se pueden tratar usando la misma vara de medir. No obstante, censurar ideas que no concuerden con las nuestras es un acto autoritario y contradice con nuestros principios de libertad, además que la censura en ciertos casos puede producir el efecto contrario al deseado si se ha llevado unas campañas contra la censura y unos medios adecuados. Si tenemos argumentos sólidos para rebatir las ideas que reproducen las opresiones, sean clasistas, heteropatriarcales, racistas o ¿especistas? no tendríamos por qué impedir que se expresen. Pero sí que no las deberíamos tolerar en nuestros espacios ya que son las que combatimos. ¿Por qué tolerar las opresiones estructurales contra las que luchamos?

Los límites en la libertad de expresión están en que debemos defenderla frente a ideas que pretendan coartarla, reconocer las posturas victimistas que defienden las opresiones e impedir que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, sean reproducidas en nuestros espacios. Pese a todo, en este artículo he decidido no dar nada por sentado y dejar un final abierto al debate. ¿Qué opináis al respecto?

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1- Para más información sobre las relaciones de poder, aquí.

Can Vies. Poder popular o insurreccionalismo

Recientemente, con la victoria del barrio de Sants en defensa del CSA Can Vies tras haber sufrido un desalojo y posterior derribo parcial del edificio un día después de las elecciones europeas, ciertos insurreccionalistas han salido justificando que es con la violencia insurreccional la que ha conseguido estos resultados. Sin embargo, esa justificación se queda muy corta y omite toda esa acumulación de fuerzas que dio como resultado esta respuesta. Además, la violencia revolucionaria no es exclusiva del insurreccionalismo aunque sea una táctica de acción directa principal en esta corriente. La violencia no es el único factor determinante ni decisivo en el éxito de una batalla, pese a que sin esta violencia revolucionaria, probablemente el desalojo de Can Vies hubiese quedado en derrota, ni hubiese saltado a las primeras planas en los medios tanto burgueses como independientes. Esto requiere un análisis más profundo que ver solo la intensidad de los disturbios.

Repasemos brevemente la historia de Can Vies. El edificio, construido en 1879, antiguo almacén de las obras del metro y posterior lugar para la reunión de los trabajadores del metro, fue ocupado en 1997 por un grupo de jóvenes del barrio de Sants en Barcelona por la falta de espacios donde realizar actividades culturales y políticas. Desde entonces, el CSA Can Vies ha sido -y lo sigue siendo hoy en día- un punto de encuentro entre distintos colectivos y movimientos sociales y personas del barrio, en el cual se realizan talleres, sesiones de teatro, debates, presentaciones de libros, cinefórums, comidas populares, etc. Todas estas actividades se realizan en colectivo y al ser el Can Vies un referente cultural, político y social para el barrio, se crea en Sants un tejido social vivo, politizado y solidario, algo muy diferente a los barrios muertos donde casi nadie se conoce y no hay ese tejido social. Este punto es clave para entender la contundente respuesta ante el desalojo, desatando una ola de solidaridad y protestas cuando se ejecutó la orden de desalojo.

¿Por qué la respuesta violenta tuvo más aceptación social? Precisamente por ese tejido social en el barrio. Diecisiete años creándolo da como consecuencia esa respuesta organizada, que a la vez desata la solidaridad de otras personas de otros barrios obreros que seguramente habrán pasado por Can Vies. No solo nos tendríamos que fijar en los disturbios al caer la noche, ya que bajo la luz del sol, numerosas calles de Barcelona fueron colapsadas por gente solidaria que acudieron a las convocatorias de manifestaciones. Incluso en otras ciudades del territorio español convocaron manifestaciones en solidaridad con Can vies. La idea de que unos cuantos gatos decidieron salir a liarla y le siguieron detrás otras personas llamadas por el fuego y la destrucción queda desmentida cuando vemos que detrás existe una rabia organizada, de gente que se ha hartado de sufrir la violencia estructural de este sistema. Podemos comparar la batalla ganada de Can Vies contra el alcalde Xavier Trías con la batalla ganada en Gamonal contra el alcalde de Burgos: el común denominador desde el cual se han articulado las protestas ha sido el tejido social y la organización popular. Incluso podríamos llegar más lejos al comparar la resistencia turca en defensa del parque Gezi.

El mural del poder popular en Can Vies ilustra perfectamente el tejido social que se ha creado ahí, el de un barrio empoderado que ha sido y es capaz de hacer frente al poder-dominio burgués y echar atrás sus ataques.

La violencia revolucionaria será una táctica efectiva en cuanto exista un tejido social y una organización popular que la articule. Esta violencia tiene que verse legitimada entre la clase trabajadora y no verse como algo ajeno a ella, reivindicada desde personas anónimas y colectivos desconocidos con poca o nula vinculación con los barrios. Por sí sola, practicada de manera aislada y fruto del espontaneísmo no daría ningún resultado positivo ya que, después de la calma, las experiencias en la lucha se van perdiendo y han de empezarse de cero cuando aparezcan situaciones similares que han causado esa respuesta violenta. Por eso, por muy adversas que sean las situaciones, por muy agudas que se vuelva la crisis, sin sentimiento colectivo, ni conciencia de clase, ni tejido social ni organización popular, no hay revolución posible por mucha violencia que se desate en las calles. Esta es la clave: el poder popular y no la vía insurreccional.

Lo estructural y las relaciones de poder

Estructura, poder y dominio son conceptos íntimamente relacionados y que debemos comprender para tener las herramientas de análisis para la transformación radical de la sociedad. Uno de los temas centrales en el anarquismo ha sido la cuestión del poder, donde se han escrito numerosos textos que apuntaban a que el ejercicio del poder resulta pernicioso y de ahí está el origen de todos los males y desigualdades en esta sociedad. Sin embargo, no podemos atendernos solo a la cuestión del poder, lo cual, he planteado ampliar el tema tratando la estructura y el dominio. ¿Es lo mismo poder y dominio? ¿Qué es la estructura? ¿Qué tienen que ver el dominio con la estructura? ¿Y el poder con la estructura? Cuestiones como éstas las iremos desarrollando a continuación.

Tenemos claro que vivimos en una sociedad con profundas desigualdades a todos los niveles: desde lo económico hasta lo político y social. Las desigualdades se producen por la existencia de grupos sociales dominantes y otros subordinados que sufren esa dominación. Dicha dominación se ejerce a través de unas bases materiales, como, por ejemplo, una posición económica ventajosa, a las cuales podemos denominar estructura o infraestructura y también ideológica llamada superestructura, en términos marxistas. Entonces, cuando hablamos de algo estructural en general, hacemos referencia a todas aquellas formas de opresión provenientes de los grupos sociales dominantes. Así por ejemplo, cuando hablamos de violencia estructural, hablamos de aquella que ejerce la clase dominante contra nosotras a través de la represión física de los porrazos, la criminalización de la pobreza, condenarnos a la miseria, etc. También, lo estructural puede hacer referencia a aquello que tiene causa directa en las bases materiales de un sistema, como por ejemplo, cuando hablamos de crisis estructural del capitalismo.

Hasta ahora, el concepto de poder en el anarquismo clásico ha ido asociado al dominio, pero las tesis sobre el poder de Foucault han abierto nuevas perspectivas para entender dicho concepto que rompe con el esquema clásico de poder igual a dominio. Según Foucault, el poder es, básicamente, una fuerza social que está presente y fluye en todo el cuerpo social sin unas direcciones determinadas, lo cual no es ejercido siempre desde el Estado o la clase dominante, sino que también puede provenir de instituciones organizadas fuera del Estado. Además, el poder no solo es meramente destructivo, también es creador, crea conocimientos y saberes en favor de los grupos sociales que los crean. Por tanto, podemos distinguir entre poder-dominio, aquel que se ejerce a través de la clase dominante y de carácter impositivo mediante la violencia y la creación de hegemonía y consenso para imponer los intereses de esa clase dominante; y el poder-fuerza social que es ejercido desde las clases explotadas a través de las organizaciones populares, la creación de contra-hegemonía y ruptura con el orden dominante para materializar los intereses de emancipación social.

Una vez aclarados los términos, es hora de relacionarlos y posteriormente ver su aplicación en la realidad social. La diferencia clave entre dominio y poder es que el dominio es un poder ejercido desde una posición ventajosa, es decir, el dominio se ejerce en un contexto donde no hay equidistancia en las relaciones de poder. Esa posición de ventaja lo da la estructura material e ideológica. Se podría decir entonces que el dominio es un poder estructural, aquel poder que se ejerce a través de una estructura material e ideológica construida a medida por aquel grupo social dominante. Es aquí donde tiene origen todas las opresiones que hoy en día conocemos: la opresión -o explotación- de clase, la heteropatriarcal y la racial. Todas estas opresiones comparten un común denominador que es la existencia de una base estructural mediante la cual se ejerce el dominio.

Así pues, en el plano económico podemos reconocer la dominación capitalista en el cual, los o las poseedoras de los medios de producción -la clase capitalista- les confieren una posición dominante frente a la clase obrera que carece de dichos medios. Es por ello que un o una trabajadora siempre está en una posición de desventaja frente al capitalista, lo que se traduce en una relación desigual de poder. No obstante, si la trabajadora se organiza junto con sus semejantes y construye a la vez un discurso que desafíe el discurso dominante, esta relación de poder puede cambiar en favor de la clase obrera mediante la lucha de clases. Asimismo, encontramos en la organización popular otra forma de articular un poder desde abajo.

Por supuesto que la opresión central es la de clases, pero no podemos restar importancia a las opresiones no clasistas, pues también sustentan el sistema capitalista. En este caso, el heteropatriarcado es una estructura socio-cultural en el cual los hombres heterosexuales adquieren una posición dominante respecto a los y las homosexuales y la mujer. Como en la opresión clasista donde la clase obrera está en una posición desfavorecida, la mujer y aquellas personas que se salen de la heteronormatividad se encuentran en una relación de poder con los hombres heterosexuales desfavorable. Consecuencia de ello es el machismo y la homofobia, manifestaciones de esta dominación heteropatriarcal. Lo mismo sucede con el racismo, en el cual el hombre blanco occidental se posiciona como dominante frente a otras etnias no blancas y no occidentales, juzgándolas en base a las concepciones sociales eurocentristas y etnocentristas, caracterizándoles principalmente como salvajes, delincuentes y esclavos.

La importancia de conocer estos conceptos nos permite reconocer correctamente las opresiones y no cometer errores como usar la misma vara de medir para un lado y para otro cuando las relaciones de poder son asimétricas. Para ello, pondré unos ejemplos breves que ilustren esta premisa: la violencia policial es ejercida desde la clase dominante y responde a sus intereses, al contrario que la violencia utilizada para la autodefensa. No es nada comparable robar artículos en un supermercado con el fraude fiscal, la fuga de capitales y con la explotación asalariada. El absentismo laboral o cualquier acto de «indisciplina» no es nada comparable a los ataques a los derechos de los y las trabajadores mediante las reformas laborales. Se culpa a la mujer de ser violada y que tiene que andarse con cuidado para evitarlo, cuando el culpable es el hombre quien comete las agresiones sexuales y que es él quien debe dejar de violarlas. Que una persona no blanca desprecie a un blanco o blanca por serlo no es nada comparable a las redadas racistas, la criminalización de la inmigración, su exclusión y discriminación, etc… Aquí de nuevo nos encontramos con el denominador común: lo estructural.

Una vez que sepamos en qué posición estamos y conozcamos las relaciones de poder en la realidad social, el siguiente paso es cómo articular respuestas contra ellas, no para crear nuevas formas de dominio sino en equilibrar la balanza de las relaciones de poder. Así por ejemplo, en el campo económico, solo podrá existir una relación de poder equidistante aboliendo el sistema capitalista e implantando un sistema socialista libertario que ponga los recursos, medios de producción e instrumentos de trabajo en común; en el político, en la abolición del Estado sustituyéndose por instituciones horizontales (asambleas, consejos, comités, confederaciones…) en las cuales los y las productoras y consumidoras sean quienes tomen las decisiones políticas; y en el plano socio-cultural, por el empoderamiento de las mujeres, homosexuales y minorías étnicas junto con la deconstrucción de los privilegios patriarcales y raciales. Suprimir el dominio implica destruir las estructuras del poder-dominio y crear otras estructuras materiales e ideológicas y junto a ello el poder popular, que sería el poder socializado donde las relaciones de poder entre distintos grupos sociales sean equidistantes.

Contra el elitismo revolucionario

Muchas veces hemos oído hablar que usar tal o cual término causa confusión, que éste u otro movimiento social es reformista y cómo tendrían que ser para dejar de serlo, que si es incoherente tal acción o táctica por contradecir una serie de principios, que si supone rebajar el discurso y caer en el «todo vale», etc, que todo ello parece llegar a conformar una suerte de ortodoxia, una burbuja aislada de la realidad social que se desentiende de los movimientos sociales y sus luchas, quedándose anquilosada e incapaz de responder ante la realidad cambiante. Esta es la suerte de ciertos grupos e individualidades sobreideologizadas que miran por encima del hombro al resto de mortales, posiconándose así como una élite con posesión de las verdades revolucionarias, las cuales se deben aplicar a rajatabla si realmente deseamos la revolución. Incluso hay quienes parecen pensar que la revolución estará a la vuelta de la esquina, anteponiendo por encima de todo, la coherencia ideológica a la necesidad de participar en frentes de masas. Craso error, pues la revolución está muy lejos ahora mismo y que no podemos realizar ninguna revolución social si nos desentendemos de la realidad que nos rodea y nos ceñimos en la coherencia.

Si bien es cierto que existía cierto movimiento anarquista después de su fallido intento de resurgimiento a finales de los ’70, cuando estalló la crisis del 2008, el anarquismo no respondió con contundencia y en mayo del 2011 nos sorprendió el 15M, en el cual, la gente salió espontáneamente a las calles ocupando las plazas de numerosas ciudades en el Estado español. Pese a su contenido ciudadanista y sus muchos peros, hemos de reconocer que el 15M supuso un punto de inflexión que abrió la posibilidad de hacer política en las calles, algo prácticamente impensable en una España con una clase trabajadora dócil. Al igual que con el 15M, están las mismas críticas hacia el resto de movimientos sociales como las mareas de todos los colores y la PAH, sin posicionarnos a favor de su fortalecimiento y radicalización ni plantear alternativas inmediatas desde un prisma libertario en las que poder avanzar. Sin embargo, lejos de tratar de entender los procesos, nos hemos dedicado a criticarles desde nuestras casas su pacifismo dogmático, sus reivindicaciones ciudadanistas y reformistas y miles de «peros», sin entender que el 15M nació con una estructura horizontal y asamblearia, que supuso así una ruptura con el pasotismo generalizado en política. Nadie se hace revolucionaria de la noche a la mañana y aquellas personas no poseían una buena formación política, pero sí comenzaron a cuestionarse el sistema y se han abierto espacios para hacer política desde las calles y los barrios.

Las proclamas maximalistas y el proselitismo en algunos mensajes anarquistas, que parecen encriptados para el resto de la sociedad y solo dentro de los círculos anarquistas entendemos, nos ha alejado del escenario político anticapitalista. Se repiten los típicos argumentos de siempre, que pese a que algunos puedan llevar razón, hay algunos que no atienden al contexto, como los hay críticas destructivas que no aportan nada más allá de la negación. Por eso, en ocasiones, en vez de aprovechar espacios abiertos de lucha, algunos y algunas priorizan el corpus ideológico frente a la necesidad inmediata de frenar los atropellos del neoliberalismo desde las bases, de conseguir victorias a corto plazo para ir extendiendo la lucha de clases.

Si el anarquismo carece de dogmas, significa que requiere una constante reflexión y análisis, a la vez que nos posicionamos y participamos en las luchas. Claro, supondría cargar con ciertas contradicciones, pero guste o no, son inevitables mientras sigamos viviendo en el sistema capitalista. Por tanto, hay que asumirlas e ir superándolas poco a poco, replantearse las consignas y repensar algunos términos. Entonces, si reclamamos lo público reclamamos lo que nos pertenece, que no pase a manos de los mercados y sean de gestión popular; si utilizamos un lenguaje más sencillo no implica rebajar el discurso, sino utilizar un discurso divulgativo intentando transmitir nuestras posiciones al resto de la clase obrera; si participamos en los movimientos sociales es porque tenemos mucho que aportar en ellos, al margen de si tiene o no una orientación política clara ya que dicha política ha de forjare en el día a día. No es ninguna renuncia a nuestros principios cuando luchamos por arrancar pequeñas victorias en la vida cotidiana, en las contradicciones del capital-trabajo y colaborar con colectivos afines, pues demostrar que los y las anarquistas también nos involucramos en todos los frentes de lucha es más que necesario. Recordemos que no somos ajenos y ajenas a los cambios que se dan en estos momentos, que no vivimos del cuento y que formamos parte de la clase obrera. Recordemos que no llegaremos a ningún lado yendo por nuestra cuenta, desorganizados y dados al espontaneísmo, o en la comodidad de nuestros grupos de afinidad y colectivos.

Que se disuelvan las élites que dictan cómo hemos de luchar y qué luchas son válidas midiéndolas con la vara de la coherencia ideológica y con la Biblia de los principios anarquistas en la mano. Aunque nos cueste, debemos ir saliendo de nuestras posiciones de comodidad, analizar los procesos sociales y entenderlos para poder incidir y aportar en la lucha social. A la vez, para salir de la marginalidad urge adoptar estrategias y acciones que sumen fuerzas y creen tejido social anticapitalista y horizontal, valorar las luchas en base a qué es lo que nos ayuda a crecer como movimiento social y políticamente, en definitiva, a empoderarnos y a inclinar la balanza de las relaciones de poder en favor de las clases explotadas. Menos altanería y más humildad, esto es lo que hace falta a ciertas personas que se declaran revolucionarias.

Entre votantes y abstencionistas

Desde el arranque de la campaña electoral para las europeas, las calles y las redes se van inundando de propaganda electoral. A la par, la abstención empieza a preocupar tanto a partidos políticos de toda índole como personalidades de izquierdas y votantes. Mientras, a los y las anarquistas nos preocupan más el voto y no los datos de abstención que superan incluso al partido más votado, llevando el discurso de siempre a favor de la abstención activa. No obstante, urge también que repensemos la cuestión electoral más allá de repetir las consignas de siempre cada vez que se acerquen las elecciones. ¿Siempre es mejor no votar y dejar de participar en el juego electoral? ¿En qué circunstancias el voto sería una táctica más acertada? ¿Qué es mejor: un gobierno de derechas o uno de izquierdas? Esta última cuestión será tratada al final del artículo.

Bien es sabido que participar en el juego burgués es como «las herramientas del amo no van a desmontar la casa del amo», en ciertas ocasiones puede llegar a favorecer en parte, aunque simbólicamente, a la clase trabajadora o al menos llevar voces anticapitalistas al parlamento, como es el caso de las CUP catalanas, o en el caso de la CNT pidiendo el voto para el Frente Popular en 1936 para derrocar a la derecha y conseguir la libertad de los y las militantes presas. Debemos recordar que no somos ajenas a las políticas que salgan del parlamento. Nos afectan igual que al resto de mortales.  Sin embargo, ante prácticamente el monopolio de los grandes partidos, solo den a elegir entre neoliberalismo cercano a Margaret Thatcher o neoliberalismo con tintes socialdemócratas, sin que llegue a haber una ruptura radical con el sistema capitalista. Mientras, los partidos pequeños no consiguen casi pisar el parlamento, y más si se tratan de partidos a la izquierda de la socialdemocracia.

Entre votar o no, ronda una cuestión fundamental: la lucha de clases llevada a cabo desde las bases sociales, así como la lucha en el terreno político en las calles. Obviamente, el votar o pedir el voto para partidos minoritarios como Podemos, Izquierda Anticapitalista, Los Pueblos Deciden; e incluso IU, no implica necesariamente que solo se tome esa vía y se olvide de la lucha en las calles, aunque son casos que ocurren, en que ciertas personas solo se centran en la cuestión electoral olvidándose de la lucha en las calles. ¡Hasta hay votantes que, ante la impotencia de no poder cambiar nada, echa la culpa a los y las abstencionistas de que la derecha llegue al poder! ¿Quién es el enemigo? ¿El y la abstencionista o la injusta ley electoral y el capitalismo? Cada cual que saque conclusiones, pero las respuestas son claras: el orden burgués y el sistema capitalista. Por otro lado, la abstención de por sí no resulta nada concreto. Puede ser por pasividad, por desconfianza en las instituciones políticas, por negación a participar en el circo electoral, por no tener simpatías hacia ningún partido o porque, en el caso de los y las anarquistas, pensamos que la lucha no se puede delegar en ningún partido político, sino que se realiza en las calles a través de la organización popular y que la lucha política emane del pueblo. Es por ello que reivindicamos una abstención activa, que ponga énfasis en la autoorganización y no en el voto, en el empoderamiento (capacitación) del pueblo y no en las soluciones desde arriba. También, unos índices altos de abstención podrían significar la deslegitimación de las instituciones burguesas.

A quienes arremeten contra quienes optamos por la abstención, conviene recordarles que el derecho a la libre asociación se conquistó asociándonos; el derecho a la huelga, haciendo huelgas; así como la libertad de prensa, la jornada de 8h, los domingos festivos… ¡Incluso el mismo voto femenino! se consiguieron luchando y no votando, y que en el curso de esas luchas, derramaron mucha sangre obrera. Es en la clase trabajadora donde reside el poder y que solo se hará efectivo si se organiza y lucha contra el sistema capitalista desde las bases. Conviene recordar la frase de Voltairine de Cleyre la cual dice «los trabajadores tienen que aprender que su poder no está en la fuerza de su voto, sino en su capacidad de parar la producción».

¿Es entonces compatible el voto y la lucha en la calle? Si existe un peso mucho mayor en las bases sociales y es a través de esas bases donde se impulsan proyectos políticos, las acciones y las decisiones, siempre que la fuerza real resida en esas bases, podríamos decir que sí, como se da en el caso de la FeL Chile. De lo contrario, si no existe esa base social desde donde se articulan los movimientos sociales, es completamente inútil el voto. A partir de esta respuesta, elaboramos la contestación a la pregunta hecha en la introducción. Si bien diríamos que nos importará bien poco que gobierne la derecha o la izquierda, pues ambas posturas siguen manteniendo el sistema capitalista, nos sería más favorable un gobierno de izquierdas que uno liberal-conservador, ya que nos permitiría una mayor libertad a la hora de organizarnos y luchar que si estuviese un gobierno de derechas, que nos dificultaría más poniendo trabas legales a las organizaciones y las acciones. Por contra, un gobierno de izquierdas juega un papel apaciguador y de conciliación de clases en favor de la clase dominante, lo que se traduce en la neutralización de la lucha de clases y en la desmovilización del movimiento obrero dejándolo sin capacidad de respuesta ante las ofensivas neoliberales y/o fascistas, como ocurrió con la República de Weimar, que ante la reacción nazi, no pudieron pararles los pies.

A modo de conclusión. No obligamos a nadie a abstenerse, pero tampoco vamos a tolerar que nos obliguen a votar. Que la lucha social y de clase se gana en las calles, en los tajos, en los institutos y en las universidades y en todas partes donde el sistema capitalista pretenda abrir mercados. Pero quien quiera votar un partido minoritario o votar nulo, que sea libre de hacerlo, sin olvidar, claro está, que la lucha de clases no la ganaremos en las urnas.

Espacios de disputa

Ante una coyuntura de conflictividad social que involucre a diversas fuerzas políticas en pugna por ser la fuerza hegemónica, ¿qué papel tenemos como anarquistas? ¿En qué bando nos posicionamos y con quiénes trabajaremos? Preguntas así por el estilo nos llevan a la necesidad de espacios físicos en el cual llevar a la praxis nuestras aspiraciones a una sociedad libre. No basta con soñar modelos ideales de sociedad, pues no llegará inevitablemente con el paso del tiempo, sino que la posibilidad de su realización depende de la lucha que desarrollemos actualmente. No vivimos en universos paralelos, ni en mundos diferentes. Vivimos en una sola realidad material que compartimos con el resto de la clase obrera, que sufrimos la explotación capitalista y por tanto, las luchas populares en diversos ámbitos como la vivienda, la Educación, lo laboral, etc no nos son ajenas.

Es hora de aparcar la idea del «apaga y vámonos» solo porque dentro de un determinado espacio de lucha, los movimientos existentes no concuerde con nuestro corpus teórico y práctico. La coherencia se vuelve un lastre en tanto que obstaculiza el desarrollo de una orientación libertaria en dichos espacios y la inserción de los anarquistas en las luchas sociales. Requerimos de espacios de acción política, darles un contenido libertario ante su acaparamiento tanto por parte de la izquierda institucional como de los mercados. Dicho esto, vamos a repensar las tesis que algunos sostienen de actuar al margen de los movimientos sociales y populares en pos de avanzar hacia la idea de la inserción social y de crear espacios de disputa, de ganarnos un hueco en ella y no de abandonarlos. He aquí unos ejemplos que explicaré brevemente:

-El espacio educativo y la Universidad. Como es bien sabido, el actual sistema educativo no deja de ser un espacio de reproducción de la ideología dominante y que por ello, entre algunos colectivos, se opten por crear una educación alternativa al margen de éste. Sin embargo, estos proyectos educativos alternativos, pese a ser interesantes y demostrar que existe otro modelo educativo no basado en la competencia y la autoridad, bajo el sistema capitalista quedan como centros educativos privados y aislados de la conflictividad del mundo estudiantil. Si pretendemos un modelo educativo al servicio de la clase obrera y de carácter libertario, no podemos dejar un vacío político en los centros de enseñanza estatales, ni mucho menos apartarnos del movimiento estudiantil, de cuya estructura y orientación dependerá de las diversas fuerzas políticas que lo impulse. Ante el panorama actual de la ofensiva neoliberal sobre la Universidad, debemos responder que tenemos la necesidad inmediata de frenar su avance, pero a la vez, crear alternativas políticas y sociales encaminadas a la socialización del espacio universitario y de todo el ámbito educativo.

-Lo anterior nos lleva inevitablemente a conectar con el movimiento obrero y el sindicalismo, pues, además de que la mayoría de estudiantes se incorporarán en el mundo laboral, existe una clara contradicción en la existencia de una educación antiautoritaria en una sociedad capitalista. Desde el anarcosindicalismo, debe articularse un movimiento obrero que tenga fuerzas para hacer frente a las agresiones de la patronal y conseguir victorias en el terreno inmediato desde la autoorganización y la acción directa, y a la vez, que la clase obrera mediante el anarcosindicalismo y en el curso de las luchas, se prepare para la futura autogestión de los medios de producción en una futura sociedad anarquista. Las experiencias de las empresas autogestionadas en el capitalismo nos demuestran que la autogestión obrera es posible, como lo fue durante las colectivizaciones de gran parte de la industria catalana y del campo aragonés. Sin embargo, competir en el mercado capitalista como una empresa más, éstas acabarían siendo asimiladas por el sistema. Es por ello que vemos la necesidad de extender la lucha de clases.

-El problema de la vivienda y la okupación. No solo no vivimos del cuento, sino que al estar en dentro del sistema capitalista, también tenemos la necesidad de un techo. Y no todo el mundo puede marcharse a vivir al campo. Hoy más que nunca, el derecho a una vivienda digna se está convirtiendo -de hecho creo que ya lo está- en papel mojado, convirtiéndose éste en un privilegio y un negocio lucrativo para las inmobiliarias y la banca. Si bien la okupación es una respuesta directa contra el problema de la especulación, es necesario que conecte con las luchas por la vivienda y contra la especulación inmobiliaria.

El fútbol de tradición obrera. El deporte de élite en que se ha convertido actualmente el fútbol ha hecho que en los estadios prácticamente no existieran mensajes reivindicativos y de carácter anticapitalista, convirtiéndose en un espectáculo de masas y vehículo transmisor de la ideología dominante. Sin embargo, el fútbol constituye un elemento aglutinador que puede generar en torno a ello un fuerte sentimiento colectivo, base esencial para la creación de cualquier movimiento revolucionario. El ejemplo de Bukaneros es una muestra de ello, de cómo los mensajes como la exigencia de la libertad de los y las detenidas del 22M aparecen en los estadios, cosa que sería imposible transmitir un mensaje así de no ser por esa hinchada. O de cómo otros casos como el St. Pauli y aficionados del FC Manchester United crearon su propio equipo de gestión democrática. Antes de que los clubes de fútbol pasasen a ser Sociedades Anónimas Deportivas, eran clubes con cierta democracia interna y financiada por socios, en los cuales tenían cierto poder de decisión sobre el club. Hoy en día, ese modelo quedó apartado de la LFP, que no así de otros clubes de categorías inferiores. Aquí los y las anarquistas debemos recuperar el fútbol como deporte de tradición obrera, pese a que se nos presente muy difícil; pero al fin y al cabo, de transformar un espacio de transmisión de la ideología dominante en espacios que aglutine las organizaciones populares.

Las luchas de liberación nacional. No es posible concebir un internacionalismo homogéneo, con un marcado carácter eurocentrista. En cada territorio existe un componente sociocultural que caracteriza los numerosos pueblos del mundo. Así, el internacionalismo obrero debe construirse reconociendo esas particularidades socioculturales. Tanto el EZLN como el pueblo kurdo, o los pueblos indígenas latinoamericanos, llevan ese sentimiento de pertenencia a una comunidad, un territorio, una lengua, una historia y unas costumbres comunes que los une y que les impulsa a luchar contra imperialismo. En España, los pueblos catalán, andaluz, vasco, etc también llevan ese componente que no debemos dejar de lado, sino que debemos construir una alternativa libertaria en contra del concepto de nación Estado, haciendo hincapié en el pueblo trabajador.

Todos estos espacios nombrados responden a la necesidad de crear frentes de masas que conecten las reivindicaciones políticas del anarquismo con la lucha de clases y los movimientos populares, en pos de la construcción del socialismo libertario, que nos permitan mejorar las condiciones de vida en la sociedad capitalista, fortalecer las organizaciones populares y la creación de programas políticos de carácter libertario que nos permitan superar el capitalismo. No dejemos los espacios políticos vacíos, disputémonos, tanto a la izquierda institucional como al capital y la reacción fascista, un hueco entre ellos y desplacémosles.

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