Enlaces del mes: Junio 2015

La entrada de este mes llega con un poco de retraso por problemas personales, pero llega. Aquí va lo que más nos ha interesado este pasado mes de Junio:

Surge en Aragón una nueva iniciativa del anarquismo social y organizado: Aunar. Un intento de reforzar la organización de los movimientos sociales, localizando su aportación en diferentes frentes populares. Más desde la intervención social que desde la reflexión teórica. Con una visión estratégica y de transformación profunda a largo plazo. Lo explican mejor ellos mismos en su declaración de intenciones.

Las luchas radicales de los géneros y las sexualidades diversas vuelven a tener un espacio crítico en las celebraciones institucionales del orgullo. La asamblea transmaricabollo de Sol nos ofrece este comunicado donde la lucha en defensa de las identidades GSD no se separa de la crítica al resto del sistema capitalista y al autoritarismo como fundamento de la sociedad.

El nuevo alcalde de Cádiz colgaba en su despacho el retrato del anarquista gaditano Fermín Salvochea. Salvochea fue también alcalde de Cádiz y presidente del cantón durante la I República Española. Pero ¿Quién fue y qué hizo Fermín Salvochea para ser recordado? Nos lo cuentan Los de abajo a la izquierda.

El modelo de concebir el territorio, la sociedad y la nación que nos ofrece el Kurdistán va más allá del paradigma estatal. Un repaso a la propuesta teórica del confederalismo democrático y la brecha abierta para su puesta en práctica. «El confederalismo democrático rechaza cualquier forma de organización territorial dentro del paradigma estatal[…]. Para ello, la organización de la sociedad se da de “abajo a arriba”. Su génesis primaria, diferente al “constituyente primario” común en los sistemas políticos de los países estatales occidentales, es el denominado “ciudadano libre”, que no necesariamente son excluyentemente kurdos. A partir de él, se determinan las asambleas o consejos de Barrio, que reúnen a los ciudadanos libres que comparten su cotidianidad en el territorio concreto que habitan. Desde ahí se constituyen las asambleas por aldeas, barrios urbanos, distritos, ciudades y regiones, donde las decisiones son tomadas por personas delegadas, rotativas y revocables. La máxima instancia de decisión es el Congreso de la Sociedad Democrática, donde el 60% de sus integrantes son delegados de las asambleas de base mientras el restante 40% lo conforman delegados de organizaciones de la sociedad civil, sindicatos y partidos políticos, de los cuales el 6% aproximadamente está reservado para delegaciones de minorías étnicas, religiosas, académicos o personas con algún punto de vista particular (como teóricos provenientes del exterior).«

Ignasi, del Proces Embat, nos habla sobre la necesidad de realizar análisis adecuados para intervenir sobre la realidad social con capacidad de influencia. Fundamental para establecer estrategias revolucionarias.

La convocatoria de referendum en Grecia dejaba interesantes reflexiones en el blog de Borroka Garaia Da al respecto de cómo se está librando en este país la lucha contra las instituciones internacionales que lo coaccionan mediante el crédito. «El programa de Syriza quedó neutralizado por la fuerza ciega del capital y la UE y su capacidad de extorsión. Imposibilitándole recuperar derechos y forzándole a seguir los cauces dictados por el poder dominante. Todo ello por no tener una vía rupturista con esos poderes. Syriza se enquistó como el vivo ejemplo de las limitaciones del neo-reformismo y del callejón sin salida al que está abocado de no producirse un golpe de timón mientras era aplaudido por la socialdemocracia y por las izquierdas multicolores que aprovechaban la coyuntura en sus contextos para promocionar la marginación de la izquierda radical y de procesos de ruptura y enfrentamiento. […] La verdadera “guerra” que se está llevando a cabo hoy en Grecia es entre reformismo y ruptura, y el “campo de batalla” está siendo tanto el interior de Syriza como en la calle.«

La vulneración de derechos en los CIE (Centros de Internamiento de Extranjeros) es constante. Aprovechamos que el 15 de junio el día contra estos lugares de represión y encierro para recordar su oscura situación legal y su injustificable realidad, que los medios de comunicación tratan de ocultar.

Si queréis añadir más enlaces, como siempre, tenéis abiertos los comentarios.

Mitología de hadas y anarquismo

Aunque a alguien le pueda parecer ridículo o absurdo, existen unos fuertes vínculos entre el espíritu libertario, revolucionario y ecologista con los seres mágicos de la naturaleza, las brujas y lo referente al mundo feérico y maravilloso.

Silvia Federici:

La caza de brujas fue instrumental a la construcción de un orden patriarcal en el que los cuerpos de las mujeres, su trabajo, sus poderes sexuales y reproductivos fueron colocados bajo el control del Estado y transformados en recursos económicos. Esto quiere decir que los cazadores de brujas estaban menos interesados en el castigo de cualquier transgresión específica, que en la eliminación de formas generalizadas de comportamiento femenino que ya no toleraban y que tenían que pasar a ser vistas como abominables ante los ojos de la población.

La caza de brujas, así como la trata de esclavos y la conquista de América, fue un elemento imprescindible para instaurar el sistema capitalista moderno, ya que cambió de una manera decisiva las relaciones sociales y los fundamentos de la reproducción social, empezando por las relaciones entre mujeres y hombres y mujeres y Estado. “

Por otro lado, los diferentes grupos de feministas radicales surgidos en los Estados Unidos en los años 1968 y 1969 conocidos como WITCH (Women’s International Terrorist Conspiracy from Hell) exponían esto en su manifiesto:

«La persecución de las brujas dio paso al capitalismo, las brujas, lejos de su imagen de poseedoras del mal y de su pacto con Satán, representaban el espíritu feminista y la oposición al patriarcado, ellas siempre fueron mujeres sin miedo de existir, valientes, agresivas, inteligentes, inconformes, curiosas, independientes, liberadas sexualmente, revolucionarías (tal vez eso explica porque nueve millones de ellas fueran quemadas). Las brujas fueron las primeras en practicar el control de los nacimientos y el aborto, las primeras alquimistas (¡transformar piedra en oro, es muy peligroso para el capitalismo!), ellas no se quedaron de rodillas frente a ningún hombre, eran sobrevivientes de la más antigua cultura, antes que la represión espiritual, económica, sexual, mortal de la sociedad fálica, imperialista, fuera severa, destruyendo las sociedades humanas y la naturaleza». (Extracto del Manifiesto WITCH)

Ahondando en este asunto, nos encontramos con esos seres llamados «gente pequeña» como lo son las hadas, elfos, duendes, gnomos, trolls, etc. Estas criaturas, en palabras de Pierre Dubois fundador de la elficología (disciplina encargada del estudio de estos espíritus de la naturaleza) y anarquista, simbolizan las revueltas y los rebeldes que dicen «no» al orden establecido.

Pierre Dubois asiente que “El hada es rebelde, es el feminismo, el espíritu de la naturaleza a la que se quemaba como la bruja”. “Así pues las hadas y seres similares haciendo de ellos otra lectura diferente serían en cuestión libertarios, fogosos, desenfrenados, pero apoyados en experiencias inmemoriales que hablan del respeto a los elementos, de la armonía natural”. Pierre Dubois, militante anarquista y amigo del entartador belga Noël Godin y del cineasta Jean Rollin, continúa: “Hace falta sacar del fondo de la marmita, la utopía” “Es un patrimonio, todo esto pertenece al pueblo, esto nos pertenece. Y nos lo quitaron”.

Pierre Dubois también afirma que los pequeños genios de la naturaleza son herencia de Mayo del 68. Representando así las fuerzas ocultas de la naturaleza frente al status quo que ahoga toda posibilidad de creer en la magia.

Siguiendo en esta línea y entroncado con esto que estoy tratando, nos encontramos con toda una filosofía de vida llamada Ecopaganismo. Defendido, teorizado y llevado a la práctica por grupos ecologistas revolucionarios.

El paganismo enfatiza la naturaleza como algo sagrado, en ocasiones los paganos sienten el deber de proteger la tierra a través del activismo y causas medioambientales como la protección de los bosques , la agricultura ecológica , permacultura, derechos de los animales, etc. Estas ideas comenzaron a tomar cuerpo en la década de los años 60 y 70 donde paganismo, magia y activismo medioambiental confluyeron para dar paso a multitud de corrientes relacionadas, entre ellas surgieron el Ecopaganismo y la Ecomagia.

El Ecopaganismo y la Ecomagia son corrientes enmarcadas dentro del activismo de grupos ecologistas de acción directa, o grupos ecologistas revolucionarios como el Frente de Liberación de la Tierra o la organización Earth First! que hacen un fuerte énfasis en la imaginación y en la creencia de la posible interacción de los seres mágicos de la naturaleza (hadas, pixies, gnomos, elfos, y otro seres de la naturaleza y mundos paralelos). Piensan que estos seres representan la defensa radical de la naturaleza frente a los poderes tiránicos del capitalismo.

Así pues, el Ecopaganismo se perfila como una conjunción de activismo político y simbología o creencia en los feéricos. Partiendo de la base de que los feéricos son los cuidadores y/o protectores de la naturaleza, surgieron, como bien digo anteriormente, en los años 70 grupos que defendían la naturaleza desde una perspectiva revolucionaria y tomaban la simbología de los feéricos, creyendo en su existencia y en la interacción de estos en nuestro mundo.

Estos seres mágicos de los bosques eran vistos como ecoguerreros que en complicidad con activistas por la liberación humana, animal y de la tierra velaban por la preservación de la naturaleza y propagaban el ataque directo contra las estructuras responsables de la devastación medioambiental. Un término creado por estos grupos con connotaciones feéricas es el llamado “pixieing” que significa algo así como “duendeando” venía a significar un acto de sabotaje contra las instituciones responsables de la destrucción ambiental.

Los principales grupos ecopaganos que a su vez suelen tener tendencias situacionistas, eco-anarquistas, y primitivistas, son los ya citados Frente de Liberación de la Tierra y Earth First!.

Los seres feéricos también han sido tomados como símbolos de lucha ecoanarquista. Como por ejemplo un símbolo que conjuga el activismo de acción directa y de imaginería feérica: El leprechaun usado por el grupo Environmental Life Force, en la década de los 70 con un arcabuz como arma. O diferentes diseños como el creado por Green Anarchist que serigrafió camisetas en las que se leía «I believe in Faeries,» (creo en las hadas); el dibujo estampado era el de un hada sentada sobre un bulldozer mientras lo destrozaba.

Ya para concluir, solo citar a una escritora, activista anarquista y autodenominada bruja. Llamada Starhawk. Es conocida como teórica del neopaganismo y del ecofeminismo.

Es también internacionalmente conocida como entrenadora en no violencia y acción directa, y como activista en el movimiento pacifista. Actúa dentro del feminismo y del movimiento altermundista. Con lo que sería la vertiente pacifista de la lucha ecologista en conjunción con el ecopaganismo y los feéricos a diferencia de otras luchas más confrontativas como las diversas corrientes explicadas más arriba.

Solo pretendo con este artículo ver los nexos de unión entre la mitología de las hadas y el Anarquismo, ya que como se pueden ver los hay pero apenas son conocidos. Es lo bueno que tiene el Anarquismo que es una filosofía política holística la cual tiene alternativa y opinión sobre todas las temáticas existentes.

“Basta de obediencia, vida mágica”

Anarkaoss

Preguntas sin respuesta (I): a vueltas con el relato político

La irrupción de Podemos, en enero de 2014 y tras el manifiesto Mover ficha, y la de Apoyo Mutuo, el pasado febrero y tras Procés Embat y el manifiesto Construyendo pueblo fuerte para posibilitar otro mundo, tienen más en común de lo que parece. Lo que parece, y cómo no estar de acuerdo, es que hay en la región española un malestar social con el actual estado de las cosas que no es una colección de malestares personales e intransferibles y que va más allá de las diferencias que separan a unos partidos institucionales de otros. Un malestar muy visible desde el 15 de mayo de 2011 y que, en lugar de desaparecer, ha tomado formas diferentes según las decisiones colectivas y personales tomadas desde entonces: se han creado asambleas barriales y locales, se han creado asambleas de vivienda y nuevas PAHs, fundado nuevos ateneos, creado nuevas radios, recibido nuev@s activistas en proyectos que ya existían, etc. Y se ha visto cómo esos proyectos perdían rapidamente una parte de esas personas y cómo conservaban otras, que consolidaban una parte de lo construido.

Pero todo eso, decíamos, es lo que parece que tienen en común, no lo único. La irrupción de Podemos, considerada en muchos sentidos un éxito, tiene que ver con su contexto, pero también, claro, con la iniciativa de un grupo de personas muy vinculadas a la universidad (a la universidad en general, y a la Universidad Complutense de Madrid en particular) y a la fundación CEPS y, sobre todo, con la de los tres politólogos más famosos de Somosaguas, hoy día: Pablo Iglesias Turrión, Juan Carlos Monedero e Íñigo Errejón. Estos tres profesores tenían algunas hipótesis sobre lo que se podía hacer en su panorama político y nos parece muy interesante comparar lo que ellos mismos han dicho a este respecto en las entrevistas que se les han hecho en los grandes medios de comunicación –y, sobre todo, en las cadenas de televisión en las que participan más habitualmente, HispanTV y la desaparecida Tele K– con el recorrido que ha tenido su partido en este tiempo y las hipótesis que parecen guiar al proceso de convergencia popular del Procés Embat y Apoyo Mutuo. Contrastar las preguntas planteadas y las respuestas dadas será el objetivo de los dos textos que seguirán al presente, ya que este pretende poner las bases del tema y desarrollar uno de sus conceptos principales.

Hay dos conceptos que se pueden oír regularmente en boca de algún ideólogo de Podemos y rara vez en boca de nadie más, hablamos de hegemonía y, sobre todo, de significantes flotantes. Hay otro concepto que no se les suele oír, pero que está, nos parece, igual de presente en sus planteamientos y en los de l@s compas que están impulsando ese proceso de convergencia popular. Ese concepto que consideramos casi invisible y muy presente a la vez es el a menudo llamado storytelling o, simplemente, narrativa o relato, en versión no mucho más clara, pero al menos más castellana. Es este concepto, o la realidad a la que se refiere, mejor dicho, donde queremos adentrarnos en este artículo.

Para poner todo esto aún más claro, las preguntas son: ¿quién podría cambiar el estado de las cosas (lo que llamaríamos el sujeto colectivo de ese hipotético cambio)? ¿Qué tipo de mensaje podría favorecer que se formara, a su alrededor, ese sujeto colectivo? ¿Cuál sería el relato de cómo hemos llegado hasta aquí, de dónde estamos y dónde sería posible, necesario y deseable ir? ¿Qué conceptos serían los fundamentales a la hora de explicar ese relato y construir ese mensaje?

A nuestro juicio, la narración dominante se ha basado en el sujeto individual, un supuesto ciudadano que vive en un orden en el que lo económico y lo político aparecen como ámbitos separados. En lo económico, quien tiene éxito se lo merecería, quien se apaña, también y quien fracasa, o no se esfuerza o es un caso extremo y aislado de mala suerte que pueden paliar las llamadas ONG (cuya dependencia de las subvenciones a veces las convierte más bien en organizaciones un tanto gubernamentales). En lo político, y siempre según el relato hegemónico, el supuesto ciudadano tiene derecho a votar a quien le plazca en cada ocasión electoral, derecho que ejercen, por lo general, una porción de l@s llamad@s a las urnas que está entre la mitad y dos tercios. Insistimos en lo de «supuesto» porque cualquiera que conozca lo que los padres del liberalismo político (Locke, Kant) entendían por ciudadanía (libertad, igualdad e independencia) estará de acuerdo en que el porcentaje de ciudadanos no llega seguramente ni al 1% del total de la población; el resto, dependientes de quien nos paga en cada momento y del mercado en general, somos meros siervos, más caros o más baratos. Dentro de este relato, existen una serie de rasgos disfuncionales que son percibidos como positivos (¿por qué se pueden votar candidatos para que tomen medidas, pero no esas mismas medidas? ¿por qué en un sistema que pregona la autonomía moral como base de la responsabilidad el voto no sólo no necesita ser argumentado, sino que es secreto hasta lo sagrado?). Estas y otras disfunciones nos parecen evidentes, pero las menos claramente políticas las mencionaremos más adelante y algunas de las otras ya aparecen en este texto, del autor de estas líneas, sobre los partidos políticos en su contexto histórico e incluso en este fragmento de Propaganda, libro donde Edward Bernays defiende las elecciones y a los líderes electos mientras da la democracia por imposible.

En Cataluña, este relato no ha sido subvertido porque, pese a cierta especificidad cultural, esta era bastante inocua (no hacía daño a las instituciones) y ello por dos motivos. El primero es que gran parte de esa singularidad cultural catalana con respecto al resto del estado ha consistido en hablar una lengua propia y tener una historia con referentes propios (los condados catalanes medievales, su papel en la historia del reino de Aragón, instituciones catalanas, resistencia a los proyectos centralizadores), pero no existía un proyecto colectivo propio incompatible con la España postfranquista. Si había culturas propias en tiempos premodernos y modernos, la apisonadora liberal se encargó de desarraigar y aculturar enormemente a cada vez más gente y, dentro de la región española, Cataluña fue vanguardia. Eso la pondría a su vez a la vanguardia de la resistencia obrera –toda una gesta, sin duda–, pero aquí estaríamos hablando de una resistencia política que aún no ha conseguido derrotar al binomio mercado-instituciones y desarrollar una cultura propia. Tras el franquismo, lo hegemónico en Cataluña ha sido convivir bien con el resto del estado, en la medida en que la hostilidad de este hacia esas instituciones, historia y lengua propias no eran muy fuertes, y sostener algún que otro pulso en torno a ellas y a los distintos modos de gestionar la participación fiscal catalana en el estado.

En el caso del País vasco peninsular, entendemos que el soberanismo, pese a ser históricamente más fuerte, tiene otros ritmos. En una dinámica distinta al promedio del estado por el mayor grado de violencia (material, anímica y psicológica) y de movilización política, los últimos años no han sido tanto de despegue soberanista –que sería el caso catalán– como de normalización en lo que respecta a su conflicto armado y, si hay cierta acumulación de fuerzas soberanistas, entendemos que sus efectos se notarán más en el futuro, una vez que esas tensiones se vayan considerando superadas, que en lo inmediato.

Por todo ello, y con los matices expuestos, hay extensos sectores de la población que defienden la cultura política moldeada durante la llamada Transición, pactada entre sectores franquistas (protagonistas de un régimen de terror en los que la clase trabajadora alcanzó, no lo olvidemos, ciertas cotas de poder colectivo en las calles y fábricas) y antifranquistas: tenemos derechos efectivos (tenemos un derecho a la vida respetado, pues la policía no nos mata a tiros por las calles ni hay pelotones de fusilamiento, tenemos un derecho efectivo a la seguridad, ya que no se ven mujeres rapadas a la fuerza ni se obliga a nadie a cantar ningún himno, etc.), tenemos libertades reales, puesto que hay escenas de desnudo en las películas y se pueden tirar puyas al presidente en los media, y los políticos se ocupan de la política, si no nos gustan, podemos cambiarlos dentro de cuatro años, como mucho. Este marco ha permitido, a su vez, aceptar cuanto viniera después como no directamente político y como una fatalidad: si había que destruir la mayor parte del tejido industrial (en un estado en que la industria era el primer sector de la economía), quienes no se veían directamente afectad@s, por lo general, lo aceptaban; si la heroína proliferaba, si todas las drogas recreativas proliferaban en un enorme mercado cuyos consumidores tendían antes o después a delinquir para conseguir más dinero, se aceptaba con resignado fatalismo o se exigía mano dura; si esto llevaba a un aumento de la población penitenciaria superior al 450% (compárense las cifras de 1983 a 2008, y sólo median 25 años), a un clima de guerra civil larvada dentro de la propia clase oprimida y a una competición entre los principales partidos políticos por ser el más duro con l@s delincuentes –que no con la delincuencia–, se aceptaba como parte de la normalidad; si como resultado de decisiones claramente políticas –la entrada en el proceso de convergencia europea y, más adelante, en el euro–, se producía un demencial aumento de los precios (calculada, para el periodo 2002-2012, en un 48% en la alimentación y un 66% en la vivienda, entre otros), se aceptaba.

Nada de esto subvirtió el relato oficial; al contrario, parte de los trabajadores y de la clase oprimida en general se refugió en un moralismo ambiguo: «nosotr@s hemos trabajado cuando ha habido que trabajar», «nosotr@s hemos luchado cuando ha habido que luchar», «est@s jóvenes sólo viven para sí mism@s», etc. Moralismo individual que ha ido de la mano de la retirada de lo colectivo o, como mucho, de la mano de un exilio interior hacia un asociacionismo despolitizado (asociaciones de vecin@s, de ocio, etc.) y/o hacia la militancia en organizaciones sistémicas (PCE, luego IU, CCOO, UGT). La enorme ampliación del sector servicios de la economía, en un momento en que las organizaciones de referencia estaban matando su credibilidad (como en los casos de CCOO, UGT o USO) o su visibilidad (como la CNT, mucho más minoritaria, además de criminalizada y ridiculizada) y con los factores ya mencionados en contra han hecho que tampoco exista un contrapeso sindical ni haya existido una memoria colectiva transmitida en el centro de trabajo o en organizaciones de referencia. Para colmo, la aparición de sectores de la clase trabajadora cada vez más precarios (competencia a la baja, ETTs) no ha impedido la persistencia de sectores de ese mismo proletariado y de la clase media mucho mejor remunerados, favoreciendo actitudes insolidarias, meritocráticas y demás. Ciertamente, ni el anarcosindicalismo ni el movimiento autónomo supieran evitar su dispersión entre el ghetto político y la falta de referentes colectivos, y sólo el llamado movimiento de liberación nacional vasco, restringido a un territorio muy concreto, se negó a aceptar el relato oficial de la Transición y contribuyó a que el conjunto de la población de aquella zona lo normalizara menos que la del resto del estado.

Es en todo este contexto ideológico en el que hace aparición el que parece, a día de hoy, el único relato capaz de disputar la hegemonía al que hemos expuesto. Nos referimos al que ha aflorado con la crisis macroeconómica de los últimos siete años y que está basado en un moralismo ambiguo que sólo entronca en parte con el anterior. Un relato que habla de un@s «culpables de la crisis», que serían un puñado de banqueros y especuladores, o, como mucho, de una difusa «casta», «jauría» o unas «clases extractoras», un poco más amplias, que incluirían a sectores de la política profesional, dirigencia empresarial e incluso poder judicial, con quienes el problema, en todo caso, sería su insaciable codicia y su ambición de poder en general. Frente a esto, hay una reacción moral (y se habla, pues, de «los indignados») y, dado el endiosamiento de la élite española, esta reacción, y la intensidad con que se vive en el contexto de apatía ambiental existente hasta el 15-05-11, hace que el mero hecho de reaccionar se considere una primera gran victoria: del «sí se puede» a un «podemos», adaptación del slogan electoral de Barack Obama (un carismático conservador para consumo de muchos progresistas) y a una supuesta spanish revolution… (¡!). Con una clase oprimida en la que imperan l@s adult@s nacid@s a partir de 1958 -que no han votado, por tanto, la constitución vigente-, much@s de l@s cuales ni siquiera hemos vivido esa transición que hace de mito fundacional, un sector, además, del que much@s no tienen el poder adquisitivo de sus padres ni creen poder aspirar a él, pese a tener un nivel de estudios medio que es superior al de est@s y a haber creído que esos estudios les darían trabajos mejor remunerados y más satisfactorios, una capacidad de acceder a una vivienda notablemente más baja que la de sus padres y que está viviendo cierta emigración a otros estados, se ha abierto algo de paso la idea de que esa codicia sin escrúpulos de un@s poc@s ha puesto todo patas arriba y que se impone algún tipo de renovación o regeneración de la élite. No deja de ser interesante cómo esto es enfocado de distintas maneras, desde una mera búsqueda de una mayor eficacia, por haber quedado la élite anterior obsoleta o por otros motivos, hasta una purga un tanto revanchista, y cómo el término «regeneración», tan vinculado a la crisis de 1898 y a un regeneracionismo todavía hoy disputado desde corrientes antagónicas, reivindicado por partidos del sistema durante años, sigue apareciendo de vez en cuando.

Insurrección abierta

«Nos parece que lo que verdaderamente quita la libertad
y hace imposible la iniciativa,
es el aislamiento que vuelve impotente»
Errico Malatesta.

Se tiene una idea cuantitativa de revolución, algo así como una sobreproducción de actos de revuelta individual. Émile Henry escribió: «No perdamos de vista que la revolución no será sino el resultado de todas estas revueltas particulares». La historia desmiente abiertamente esta tesis. La revolución es el choque de un acto cualquiera (la toma de una prisión, una nueva okupación, el suicidio de alguien desahuciado) y la situación en general, y no la suma aritmética de actos de revuelta por separado. Aquellos que parten de esta tesis cuantitativa tienen el camino señalizado, ya que su desenlace es previsible: uno se agota en un activismo que no va a ninguna parte, uno se abandona a un discurso agotador de la acción donde todo gira entorno a actualizar su identidad radical. Esto dura un tiempo (el tiempo de la depresión o la represión). Y resulta que uno no ha cambiado nada. Su condición parece ser el autohundimiento permanente. Ninguna forma de acción es en sí misma revolucionaria. El sabotaje ha sido practicado tanto por reformistas como por fascistas. El grado de «violencia» en una manifestación no dice nada de su pretensión revolucionaria. No se mide el grado de «radicalidad» por el número de vitrinas rotas; este criterio únicamente es utilizado por aquellos preocupados en medir cuantitativamente los fenómenos políticos.

Un gesto es revolucionario no por su contenido propio, sino por los efectos que engendra. Revolucionario es aquello que efectivamente causa revoluciones. Es por el sentido que toma al entrar en contacto con el mundo que una acción es subversiva, o no. La verdadera actividad para los revolucionarios es la de hacer crecer las potencias en las que participan, en tratar bien a todas las personas susceptibles de abarcar una situación revolucionaria, independientemente de su ideología. Aquellos que oponen los «radicales» a los «ciudadanos», los «rebeldes» a la «población pasiva», solamente consiguen construir obstáculos para que se abarque dicha susceptibilidad. Y de paso anticipan el trabajo de la policía al señalarse a sí mismos como «revolucionarios profesionales». Es bastante sencillo entender que no están ocupados en construir una fuerza revolucionaria real, sino en mantener una fantasmal carrera hacia la radicalidad. Se teme ya no ser radical, como se teme en otras partes no ser cool o hipster. El aislamiento de estos medios es algo estructural: han puesto entre ellos y el resto del mundo el criterio de la radicalidad, y mientras no se entienda esto solo seremos impotentes con muchas ganas de perder el tiempo. Tiempo que, por otro lado, corre en nuestra contra.

Separar a los gobernados de su potencia de actuación política es lo que hace la policía cada vez que, al finalizar una manifestación, trata por todos los medios de «aislar a los violentos». Para aplastar una insurrección nada es más eficaz que producir una escisión en el seno de la población insurrecta, entre la minoría militarizada, generalmente clandestina y pronto «terrorista», y el resto de la población. Resulta interesante analizar los hechos ocurridos en Irlanda del Norte a finales de los años sesenta y principios de los setenta. En agosto de 1969, la fuerza del IRA formó un bloque con los barrios católicos que se habían declarado autónomos. Los guetos se habían sublevado, habían levantado barricadas en cada entrada y estaban cerradas a la policía. Algunos compraban comida para aquellos que ya no podían moverse libremente debido a su clandestinidad. Otros jóvenes alternaban la escuela por la mañana y las barricadas por la tarde. El IRA se fundió con el tejido extremadamente denso de esos guetos. En 1972 todo parecía posible. La respuesta de Gran Bretaña no se hizo esperar; vaciaron los barrios, seccionaron las comunicaciones y lograron separar a los revolucionarios profesionales del resto de la población amotinada, arrancándoles así las mil complicidades que habían logrado tejer. De esta manera se constriñó al IRA para que no fuese más que un grupo paramilitar, una fracción armada condenada al agotamiento, al encarcelamiento y a las ejecuciones. La táctica de la represión consistió en hacer existir a un sujeto revolucionario radical, para luego separarlo de todo lo que hacía de él una fuerza viva de la comunidad. Todo esto sumado a los falsos atentados atribuidos al IRA produjo que este fuese visto como un monstruo políticamente desligado. Conclusión: el aislamiento (producido por nosotros mismos o por el Estado) conduce al fracaso de cualquier levantamiento o insurrección.

No pensemos que se busca «destruirnos». Partamos más bien de que se busca «producirnos». Producirnos como sujetos políticos. Como «anarquistas», como «Black Bloc» o como «antisistemas». Disolvamos de una vez al sujeto-terrorista que el Estado se toma tanto trabajo en imitar.En el fondo esto abre el viejo debate de saber si hay que ir al encuentro de la sociedad para cambiarla, proponiéndole y dándole el ejemplo de otros modos de organización, o si hay simplemente que destruirla sin tomar en cuenta a aquellos que, por su pasividad o sumisión, aseguran que se perpetúe. Un error común es que los revolucionarios tratan de concienciar a la «población» desde la exterioridad vacía de no se sabe qué «proyecto de sociedad».

Es imposible establecer una comunicación eficaz cuando una de las partes es completamente ajena a la otra.

La minoría consciente tiene que partir más bien de su propia presencia, de los lugares que habita, de los territorios que les son familiares y cotidianos, de los vínculos que los unen a su alrededor. Raúl Zibechi escribía tras la insurrección de Bolivia en 2003: «Acciones de esta envergadura no pueden consumarse sin la existencia de una densa red de relaciones entre las personas; relaciones que son también formas de organización. El problema es que no estamos dispuestos a considerar que en la vida cotidiana las relaciones de vecindad, amistad, compañerismo, camaradería, son organizaciones de la misma importancia que el sindicato o el partido. Las relaciones y acuerdos pactados y codificados formalmente suelen tener más importancia que las fidelidades tejidas por vínculos afectivos. Son los mismos órganos que sostienen la vida cotidiana (asambleas de barrio) lo que sostienen el levantamiento».

Tenemos que conceder a los detalles más cotidianos, más ínfimos de nuestra vida común, el mismo cuidado que concedemos a la revolución. La mayoría de organizaciones y sindicatos hablan estando separados, aislados de toda vida comunitaria, y de esta manera es imposible incrementar potencia alguna. Al contrario, nos quema y al mismo tiempo el aislamiento nos señala ante el Estado como «sospechosos». El tacto con los demás, hoy en día, es el aspecto cardinal de todo revolucionario que se precie.

«La lucha está en la calle» no quiere decir solamente ir a tropecientas manifestaciones, pasearse por la ciudad o romper escaparates. La lucha en la calle tiene otro componente más simbólico, pero no por ello menos importante. Calle es vivirla, sentirla y estar con la gente, compartir, escuchar, aprender. Es recrear comunidades y barrios mediante la secesión. Es establecer vínculos, redes, solidaridades. Es disolverse en la comunidad para no tener un rostro reconocible que facilite el trabajo del Estado. A menudo la militancia nos aparta del mundo y de la calle real. Es hora de desembarazarse de toda la morralla mental que arrastramos y partir de lo que se da. La historia del movimiento revolucionario es, en primer lugar, la historia de los lazos que le otorgan su consistencia. La tarea revolucionaria se ha convertido en una tarea de traducción. No hay un «esperanto» de la revuelta. No se trata de que los demás aprendan a hablar anarquista, sino de que los anarquistas seamos políglotas.

Tampoco se trata de escoger entre el cuidado hacia lo que construimos y nuestra fuerza de choque política. Nuestra fuerza de choque está hecha de la intensidad misma de lo que vivimos, de las formas de expresión que se inventan, de la capacidad colectiva para soportar la prueba de aquello a lo que se enfrenta. Lo real es lo que resiste.

«¿Qué es la felicidad?
El sentimiento de que la potencia crece;
de que un obstáculo está a punto de ser superado»
Friedrich Nietzsche.

Radix

Las colas griegas

Si todo sigue como hasta hoy, el próximo domingo habrá un referéndum en Grecia. La sumisa ciudadanía votará expresando «la voz del pueblo» una vez más. Dos opciones tendrá la ciudadanía griega: «no» (oxi) a las condiciones de la Troika, y «sí» (nai) a las mismas. El partido de Tsipras, Syriza, ya comenzó su campaña por el «no» aludiendo a la dignidad del pueblo griego. De la noche a la mañana Atenas se llenó de carteles por el «no.» Otros grupos, sobre todo redes de co-operación y solidaridad mutua, también pegaron sus carteles por el «no.» El cartel de Syriza muestra una bandera griega, por cierto. Del otro lado de la trinchera helena, la oposición parlamentaria también pegó el otro día sus carteles por el «sí.» Además, tienen todo el apoyo del establishment europeo que, por los medios de comunicación, hacen campaña por el «sí.» Desde Merkel hasta Juncker, pasando por Rajoy y el payaso de turno en el kiosko, la gente parece hablar en Atenas más del «sí» que del «no.»

El «capital control» parece haber sentado mal a la Troika, pero no tan mal como el «default» al que el Estado griego se puede enfrentar en un futuro próximo (ni hablar del maldito referéndum). Todo vale para hacer campaña por el neo-liberalismo de Alemania (en nombre de la Unión Europea, eso sí). El «corralito» empezó a crear miedos días antes de su adopción: la gente ya hacía colas largas en algunos cajeros automáticos bien antes de la medida adoptada. Tras ella, las colas solamente se multiplicaron en número y longitud. A todo esto, el otro día decía Jean-Claude Juncker que se sentía traicionado, así como apenado por las filas frente a los cajeros automáticos. «Qué barbaridad, esta gente de Syriza ha obligado a la gente a hacer colas en los cajeros.» Otras personas del ámbito político europeo también han mostrado su preocupación por las colas en los cajeros: que si el «capital control», que si esto, y que si lo otro. «Pobre pueblo griego que tiene que hacer colas en los cajeros.» «Menudo atropello a los derechos civiles, ¡te limitan el acceso a tu capital!»

Eso sí, las ilustres personas del establishment europeo, y la señora Christine Lagarde del FMI, no dicen nada de otras colas que ya llevan años dándose en Grecia (y con más intensidad en las grandes ciudades como Atenas). Las colas del paro, las colas en la sanidad pública, las colas en los comedores sociales, las colas en los contenedores de basura a las puertas de los supermercados que siguen tirando comida. Colas en todos lados, y estas colas, que yo sepa, ni son nuevas, ni son producto de «gobiernos populistas», ni naranjas de la China. Gente con tarjeta de crédito teniendo que hacer cola en el cajero: mal asunto. Las colas del 25% de desempleo, de la sanidad pública ahogada, de los comedores abarrotados, y de los sucios contenedores: no importa.

Se puso el grito en el cielo por el «capital control», y Syriza responde que no acepta más recortes en Defensa (que por cierto, tiene uno de los gastos militares más grandes de Europa, y en términos relativos con respecto a su PIB, el segundo más grande dentro de la OTAN antes de la crisis). Tanto la Troika como Syriza van a lo suyo, y que si no se lo digan a las personas que el otro día salieron a Syntagma con cierta decepción por todas las «líneas rojas» que el gabinete de Tsipras está cruzando.

Las colas en los cajeros se acabarán pronto: o bien porque se terminará con el «capital control», o bien porque la gente se aburrirá de sacar 60 euros al día. Pero las otras colas griegas, me temo, durarán mucho más. Y no dan aviso de disminuir, más bien parecen indicar todo lo contrario. Gane quien gane el referéndum.

Charla: apropiación capitalista de las luchas GSD (Géneros y Sexualidades Diversas)

El 26 de junio, nuestra compañera Pavli junto a otras del colectivo Revuelta Violeta, dieron una charla en el CSOA L’Horta para CNT-Valencia. Esta charla trataba sobre la mercantilización de las luchas de personas con géneros no normativos, que se redujeron a un día del Orgullo Gay enfocado al consumo y ocio homosexual. ¿Por qué se habla de géneros y sexuales diversas en vez de LGTQBi+? Porque estas siglas parecen no incluir otras identidades de género no normativas, pues se está viendo que existen muchísimos más géneros y sexualidades que las propias siglas. Por ello, desde los colectivos e individualidades con identidades de género diversas, se pretende introducir el término GSD (Géneros y Sexualidades Divesas/Gender and Sexual Diversity), que englobaría todas esas identidades no recogidas en las siglas LGTQBi+. Antes de pasar al texto, aclarar que la expresión cis de cisgénero significa la conformidad de la persona con el género asignado al nacer. Hasta aquí mi reseña y os dejo el texto de Pavli:

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