Interest & Principal: El Origen del Precio de la Tierra(Pierre-Joseph Proudhon)

Estas cartas dirigidas a Frederic Bastiat, un economista, originalmente aparecieron en un debate publicado en La Voz del Pueblo, en 1849. Componen tres artículos en total que no han sido traducidos al español: El Préstamo es un ServicioEl Origen del Precio de la Tierra y La Circulación del Capital, no el Propio Capital, genera el Progreso.

El Origen del Precio de la Tierra

Expliqué antes que en la antigüedad, el terrateniente, cuando ni él ni su familia cultivaban la tierra, como fue el caso entre los romanos en los primeros días de la República, era cultivada a por sus esclavos, esta era la práctica general de las familias patricias. Entonces la esclavitud y el suelo eran bienes encadenados; el agricultor al que se llamaba gleboe adscrpitus, se le unió a la tierra; la posesión de los hombres y las cosas era indistinta. El precio de una granja dependía (1) de su superficie y la calidad de su suelo, (2) de la cantidad de valores y (3) en el número de esclavos. Cuando se proclamó la emancipación de los esclavos, el propietario perdió sus hombres y conservó la tierra; al igual que hoy en la liberación de los negros, dejamos al dueño con su propiedad de tierra y valores. Sin embargo, desde el punto de vista de la ley antigua, así como del derecho natural y cristiano, el hombre nacido para trabajar no puede prescindir de los implementos de trabajo; Sin embargo, desde el punto de vista de la ley antigua, así como del derecho natural y cristiano, el hombre nacido para trabajar no puede prescindir de los implementos del trabajo; los principios de la emancipación implican la utilización de una ley agraria que le garantice y le protege en su uso; de otra manera, esta pretendida emancipación sería sólo un acto de odiosa crueldad, un engaño infame y si, como dijo Moisés, el interés o la renta anual reembolsa el capital, ¿no podría decirse que la servidumbre reembolsa la propiedad? Los teólogos y los legisladores de la época no entienden esto y por una contradicción irreconciliable que todavía existe, continuaron por el carril de la usura pero dieron la absolución al alquiler.

El resultado fue que el esclavo se emancipase y unos siglos más tarde, el siervo emancipado, sin medios de subsistencia, se vio obligado a convertirse en un inquilino y pagar un tributo. El dueño se hizo aún más rico. “Voy a prestarte diez prendas”, dijo el hombre adinerado al trabajador;” las usarás y luego dividiremos las ganancias o bien, siempre y cuando mantengas mi dinero, me pagarás una vigésima; o lo prefieres, a la expiración del préstamo deberá devolver el doble de la cantidad que originalmente recibió. A partir de esto surgió la renta del suelo, desconocida por los rusos y los árabes. La explotación del hombre por el hombre, gracias a esta transformación, pasó a la forma de ley: la usura, condenada en forma de préstamos al interés, tolerada en el contrat a la grosse, fue ensalzada en forma de renta de granjas. A partir de ese momento el progreso comercial e industrial sirvió para hacerla cada vez más y más habitual. Esto fue necesario con el fin de exhibir todas las variedades de la esclavitud y el robo y para establecer la verdadera ley de la libertad humana. Una vez comprometido en esta práctica el interés, así entendido de forma extraña, por lo que aplicado incorrectamente, la sociedad comenzó a girar en el círculo de sus miserias. Entonces la desigualdad de condiciones ya parecía una ley de la civilización y el mal una necesidad de nuestra naturaleza. Dos caminos, sin embargo, parecían abrirse a los trabajadores para liberarse de la explotación por parte del capitalista: una era, como ya he dicho anteriormente, el equilibrio gradual de los valores y en consecuencia una disminución en el precio del capital; el otro era la reciprocidad de beneficios.

Pero es evidente que la renta del capital, representada principalmente por el dinero, no puede ser totalmente destruida por la disminución de este; como bien dices, señor, si mi capital no me trajo nada, en lugar de prestarlo debo mantenerlo y el trabajador, como consecuencia de haberse negado a pagar el diezmo, se quedaría sin trabajo. En cuanto a la reciprocidad de la usura, es ciertamente posible entre contratista y contratista, capitalista y capitalista, propietario y propietario; pero entre propietario, capitalista, contratista, y el trabajador común, es absolutamente imposible. Es imposible, digo, siempre y cuando el beneficio del comercio sobre el capital se sume a los salarios de los trabajadores como parte del precio de la mercancía, para el trabajador a la readquisición de lo que él mismo ha producido. Vivir trabajando es un principio que, mientras exista el interés, implica una contradicción. Lo absurdo de la teoría capitalista se demuestra por el absurdo de sus consecuencias; la maldad inherente a los resultados del interés con de sus efectos homicidas y, si bien la propiedad comienza y termina en el alquiler y la usura, se establecerá su afinidad con el robo. ¿Puede existir bajo otras condiciones? Por mi parte, yo digo que no: pero esto es una investigación totalmente ajena a la cuestión que estamos discutiendo y no voy a entrar en ella. Mira ahora la situación de ambos; capitalista y obrero, como resultado de la invención de dinero, el poder de la especie y la similitud que se establece entre el préstamo de dinero y el arrendamiento de tierras y casas. El primero,-para ello es necesario que lo justifique incluso ante tus ojos, -controlado por el prejuicio en favor del dinero, no puede desposeerse gratuitamente a sí mismo de su capital en favor del trabajador. No es que tal desposesión sea un sacrificio, ya que en sus manos el capital es improductivo, ni que él incurra en el riesgo de pérdida para, mediante la adopción de una garantía hipotecaria, él se asegura el reembolso; ni que esta prestataria le cueste el más mínimo problema, a menos que considere como tal contar el dinero y la verificación de la seguridad; pero porque por desposeerse a sí mismo para siempre de tan poco de su dinero,-de ese dinero que, por su prerrogativa, es como ha sido tan justamente dicho, el poder,- el capitalista disminuye su fuerza y su seguridad.

Esto sería al revés si el oro y la plata fuesen solamente mercancía ordinaria; si la posesión de monedas fuese considerada más deseable que la posesión de trigo, vino, aceite o cuero; si la simple capacidad de trabajo le diese al hombre la misma seguridad que la posesión de dinero. Ahora, esta necesidad que se impuso sobre el capitalista por un perjuicio involuntario y generalizado es, como considera el obrero, el más vergonzoso de los robos así como la más odiosa de las tiranías, la tiranía de la fuerza. ¿Cuáles son, de hecho, las consecuencias teóricas y prácticas para la clase trabajadora; para esta vital, productiva y moral porción de la sociedad, de los préstamos a interés y su contraparte; el arrendamiento de la tierra? Yo hoy me limito a la enumeración de algunos de ellos, por lo que llamo su atención y que en lo sucesivo, si le agrada, será objeto de nuestra discusión. Y en primer lugar, es el principio del interés o del producto neto lo que permite a un individuo real y legítimamente poder vivir sin trabajar: esta es la conclusión de su última carta pero una, de hecho, es la condición a la que cada uno hoy aspira.

De nuevo: Si el principio del producto neto es cierto para el individuo, debe ser cierto también para la nación; por ejemplo, la capital de Francia, tanto real como personal, siendo valorada en ciento treinta y dos mil millones, lo que da al cinco por ciento un ingreso anual de 60 a 600 millones, al menos la mitad de la nación francesa podría, si quisiera, vivir sin trabajar; en Inglaterra, donde la cantidad de capital acumulado es mucho mayor que en Francia y la población mucho más pequeña, la nación entera; desde la reina Victoria hasta el más bajo parásito de los hijos de Liverpool, viviríamos en el producto de su capital , paseando con el bastón en la mano o gimiendo en reuniones públicas. Lo que nos lleva a esta conclusión: evidentemente, es absurdo que gracias a su capital una nación tenga más ingresos de lo que su trabajo puede producir. Una vez más: El importe total de los salarios pagados anualmente en Francia está sobre los seis mil millones y el total de los ingresos devengados por ser la capital son también de seis mil millones haciendo que el mercado valore el producto anual de la nación en doce mil millones. Los productores, que son también consumidores, pueden y deben pagar con los seis mil millones de salarios que les permiten los doce mil millones que exige su comercio como precio por su mercancía y sin el cual los capitalistas se encontrarían sus ingresos mermados. Una vez más: El interés, siendo perpetuo en su naturaleza y no siendo considerado, como Moisés deseaba, un reembolso del capital original y además siendo posible colocar los ingresos de cada año a un interés formando a su vez un nuevo préstamo y, en consecuencia, dando lugar a un nuevo ingreso. La menor cantidad de capital podría, con el tiempo, producir sumas demasiado grandes hasta exceder en valor como una masa de oro tan grande como el mundo en que vivimos. El precio demostró esto en su teoría de la liquidación. De nuevo: La productividad del capital es la causa inmediata y exclusiva de la desigualdad de la riqueza y la acumulación continua de capital en pocas manos Hay que admitir, a pesar de los avances del conocimiento, a pesar de la revelación cristiana y la extensión de la libertad pública que la sociedad se divide de forma natural y necesariamente en dos clases: una clase de capitalistas que explotan y una clase de trabajadores explotados.

Sociedades paralelas y poder popular

Seguramente en no muchas ocasiones hemos oído hablar de cooperativas integrales, de ecoaldeas, de proyectos de okupación (desde pueblos okupados hasta edificios abandonados en la ciudad), e incluso barrios autogestionados y comunidades enteras fuera de las redes mercantiles. Son espacios liberados dentro del sistema capitalista que demuestran que existen modelos alternativos de organización social y económica, que de alguna manera permiten experimentar, poner en práctica y dar ejemplo sobre alternativas al sistema capitalista. No obstante, muchos de estos proyectos no tienen una pretensión confrontativa contra el sistema, sino que más bien funcionan como vías de escape. Este tipo de pequeños espacios fuera de los centros de circulación de mercancías se conocen como sociedades paralelas. Ahora bien, ¿podrían estos proyectos ser una suerte de poder popular?

A diferencia de las sociedades paralelas, el poder popular lleva consigo la bandera de la confrontación contra el sistema dominante a través de la creación de un contrapoder que le desafíe. Este tipo de contrapoder supone la creación de movimientos populares los cuales articulan instituciones al margen del Estado que se traducen en asambleas de barrio, sindicatos, organizaciones estudiantiles, coordinadoras, etc… que pretenden sustituir y superar el orden establecido materializando un modelo de vida socialista libertaria. Esto quiere decir que el poder popular es una estrategia de confrontación y disputa en todos los niveles contra el dominio capitalista: social, económico, territorial y político. Otro matiz importante es que el poder popular también se articula a nivel político, es decir, que lleva un proyecto político de mayorías y se dotan de herramientas como los análisis de coyuntura, las hojas de ruta, las agendas, estrategias políticas y demás, que permitan el avance cualitativo de todo el movimiento popular. Esto por ejemplo, no se da en las sociedades paralelas, donde no existe una dirección política clara y se toma como fin la misma realización del proyecto, sin llevar ninguna política de confrontación. Sin embargo, podríamos apuntar que la línea entre sociedades paralelas y el poder popular no son bien marcadas, sino que hay ocasiones en que se ven difusas. Veamos algunos ejemplos.

En Grecia existen hospitales, clínicas y ambulatorios autogestionados debido a que el sistema de salud estatal está sufriendo ajustes muy agresivos. Por un lado, las experiencias autogestionarias pueden servir como parches ante la situación aguda de reestructuración neoliberal que vive el país. Pero por otro, podría suponer una salida hacia delante si estos proyectos se vinculan con otros sectores en lucha y sirvan como medios para crear un sistema de salud público no estatal. De manera similar, podríamos decir sobre la cuestión de las cooperativas integrales o la okupación de pueblos abandonados. Si bien estos modelos pueden servir para no tener que vivir del trabajo asalariado, y llevar una vida más sana, si carecen de vinculación con el conflicto de clases, no constituirían ningún problema para el sistema capitalista. De hecho, el capitalismo tolera las sociedades paralelas. No obstante, ¿y si se diese el caso de que las cooperativas integrales sirvieran como colchones para luchar contra el paro y tuviesen buenas relaciones con los sindicatos en las ciudades y vinculación con proyectos sociales en los pueblos y en los barrios? ¿Cuál sería entonces la delgada línea que los separa de ser sociedades paralelas o posibles instituciones de poder popular?

Las alternativas autogestionarias en las sociedades paralelas no son revolucionarias de por sí si no están vinculados a proyectos revolucionarios de confrontación a través de la lucha de clases. En Argentina en 2001 cuando ante el cierre masivo de empresas los y las trabajadoras se lanzaron a la autogestión, no se planteó el socialismo como proyecto político que supere el neoliberalismo que arruinó el país, aunque eso sí, gracias a la autogestión pudieron sobrevivir y se demostró que es una salida viable. Las zapatistas y el movimiento de liberación kurdo en Rojava serían los ejemplos más destacables de poder popular, puesto que, además de implementar una organización social distinta a la del capitalismo, llevan una orientación política por el cual crean sus propias instituciones que sustituyan a las del Estado en los territorios donde han declarado su autonomía.

Las sociedades paralelas son pues burbujas aisladas dentro del sistema capitalista que pueden funcionar con mayor o menor grado de independencia de los flujos mercantiles, lo que quiere decir también que carecen de cualquier vinculación con el conflicto de clases en los centros —entendiéndolos como no solo las grandes metrópolis, sino territorios donde el capital lanza sus ofensivas (desde las ciudades más grandes, pasando por pueblos, hasta las zonas donde se quieran hacer megaproyectos de extracción como megaminería, fracking, etc)—, en otras palabras, no tienen pretensión de disputarle terreno y espacios al sistema dominante donde mayores son los grados de conflictividad social y de clases. En cambio, el poder popular sí actúa en los centros del conflicto de clases y sí mantiene esa disputa al orden establecido, al contrario que las sociedades paralelas que actúan en las periferias, donde el capital no tiene tanto peso. Entonces, para que una cooperativa integral, un pueblo okupado, una clínica autogestionada o lo que sea, pase a ser una institución del poder popular, tendrían que romper la burbuja y orientarse como medios para crear un contrapoder efectivo al sistema dominante, asumiendo el papel de alternativas de confrontación en vez del de la evasión, o sea, crear vínculos entre diferentes sectores en lucha (multisectorialidad), pasar de verse como fin a verse como medios y dotarse de una orientación política cuyo fin sea el socialismo libertario.

Enlaces del mes: Julio 2015

Imprescindible el texto de El Critic para empezar a salir del atolladero en que se ha metido la izquierda por sus propios pecados: Estetización, alejamiento de las clases populares, soberbia sectaria, falta de autoconfianza y de un discurso coherente…

Tras el sometimiento de Tsipras a las condiciones de la Troika, ¿Qué queda para Grecia? El artículo se pregunta si ha llegado la hora de hablar de Revolución. Pero puestos pensar la Revolución ¿Es posible en Grecia? La falta de organización revolucionaria, de programa, de condiciones materiales que permitan socializar el país sin condenar a muchos a la pobreza parece dar como resultado que esa imaginaria revolución no sólo tiene pocas posibilidades de realizarse, si no también escasas probabilidades de resultar un éxito.

La CNT ante su nuevo congreso, en palabras de su Secretario General, debe adoptar una estructura organizativa operativa para los tiempos actuales. También habla, afortunadamente, de recuperar el anarcosindicalismo como una herramienta para la mayoría de personas. Así es, el sindicalismo de intención revolucionaria debe aspirar a organizar a toda la clase trabajadora sin excusas, comprometerse con cambios sociales radicales desde una visión estratégica y decidida, sin refugiarse en ningún tipo de excusas.

El mundo del rock no sólo se ha convertido en un refugio del consumismo, también en un pilar principal que refuerza la cultura patriarcal. Son anecdóticos los casos de grupos con presencia femenina e, incluso en estos casos, su presencia se proyecta contribuyendo al imaginario sexista. Así, la cultura rockera constituye un ejemplo más de terreno de libertad y contestación cultural que se dedica a impulsar el machismo.

Sobre la diversidad de tácticas y estrategias y la capacidad de conectarlas en un movimiento popular coherente y capaz de avanzar nos hablan en Borroka Garaia Da.

Frank Mintz argumenta en el boletín Cultura Libertaria cómo los tiempos de la lucha vienen marcados por la mayoría social, frente a las aventuras insurreccionales de algunos que quieren acelerar violentamente el curso histórico ejerciendo de vanguardia proletaria, y también frente a quienes se empeñan en la estrategia del pacto y la negociación.

Rojava: de la victoria en Kobanê a la invasión de Turquía e Irán

El 27 de enero del 2015, las milicias kurdas declaraban oficialmente la liberación de Kobanê tras algo más de cuatro meses de intensos combates contra el ISIS. Kobanê fue liberada y poco a poco volvía a la ciudad la población civil, aunque la ciudad prácticamente quedó en ruinas y con numerosas minas dejadas atrás por los yihadistas del Estado Islámico por todo tipo de lugares de la ciudad. A partir de esta victoria histórica, la situación se tornó favorable a las YPG/YPJ que rápidamente liberaron los pueblos de alrededor en la operación de liberación del cantón de Kobanê y en la paralela operación Comandante Rubar Qamishlo desde el cantón de Cizîrê por el oeste de éste.

Pronto toda la campiña sur de Kobanê fue siendo progresivamente liberada, así como por el este. Se iba avanzando en todas las direcciones. De esta manera, igualmente fueron siendo liberadas sucesivamente ciudades muy importantes que se encontraban en manos del Daesh –ISIS en árabe–, como son Tel Abyad (Gire Spi), Til Temir o Til Berak, o la más reciente Sarrin, que terminó liberada completamente el pasado 27 de julio. También fueron limpiados de presencia del ISIS y asegurados el monte Kezwan (Abdul Aziz), la estratégica región de Alya o muchos pueblos asirios ocupados por los terroristas. También fueron liberados antiguos lugares de la población árabe como Mabrouka, Dahma y las poblaciones cercanas.

Cientos de aldeas, pueblos, campos y granjas han sido liberadas, y con ellas cientos de personas que tenían que padecer el intento de califato del Estado Islámico. Asimismo, miles de miembros del ISIS han caído en combate bajo el fuego de las Unidades de Defensa del Pueblo (YPG).

El ISIS se ha topado sin duda con un enemigo que no se podía imaginar que le fuera a oponer semejante resistencia en el campo de batalla. En todo este año, no ha pasado un solo día en el que las YPG/YPJ no hayan tenido que enfrentarse a los ataques del Estado Islámico en los cantones de Kobane y/o Jazira (Cizire), repeliendo efectivamente todas las oleadas. Como se puede observar en este mapa de Siria que refleja las ganancias (verde) y pérdidas (rojo) territoriales del Daesh en el país en el último mes de junio, es en la zona de Rojava donde han perdido más terreno sin lugar a dudas (al norte).

Como resultado de la exitosa campaña kurda contra el Estado Islámico, éste intentó levantar de nuevo la moral de sus miembros lanzando una gran ofensiva sobre la ciudad de Hasakah, al sur de Qamishlo –la ciudad más grande del cantón de Cizire–, donde coexisten fuerzas de las YPG y las YPJ (pues en la ciudad hay un número considerable de barrios y población kurda) y fuerzas del régimen de Al Assad –entre las cuales hubo enfrentamientos armados por presiones de los militares del régimen sirio en las zonas kurdas–. Para ello enviaron una ingente cantidad de yihadistas provenientes de Iraq, Homs, Jarabulus, Minbij, Raqqa y el resto de áreas bajo su ocupación en un intento desesperado por tratar de cambiar el rumbo de la guerra en Siria. De la misma manera se lanzaron ofensivas sobre el Monte Kezwan, la región de Alya y las ciudades de Ein Issa y Sarrin, resultando en la resistencia y victoria a día de hoy de las autodefensas populares kurdas.

No está siendo un camino fácil. En los 65 días de la operación Comandante Rubar Qamishlo, concluida hace unas semanas, 118 milicianes de las YPG/YPJ cayeron en combate frente a los terroristas del Estado Islámico.

No obstante, y a pesar de las bajas, se han conseguido avances enormemente significativos y la liberación de una parte muy importante del territorio del norte de Siria. En una de las operaciones de liberación, la de la ciudad de Tel Abyad, se produjo un singular acontecimiento: el asedio y asalto a la ciudad se dio por el oeste por parte de las fuerzas del cantón de Kobane, mientras que por el este les milicianes del cantón de Cizire hacían lo propio, resultando en que, el pasado 23 de junio, ambas fuerzas se encontraron al sur de la ciudad, uniendo oficialmente ambos cantones y llevando con ello a cabo un hito de importancia mayor en el desarrollo de la guerra, pues la conexión entre los cantones de Kobane y Cizire permite ya un fluido paso de recursos, así como de personas e información, que antes no era posible, y siendo el cantón de Cizire el que produce mayor cantidad de provisiones de toda Rojava, mientras que Kobane es sin lugar a dudas el cantón más afectado y devastado por las fuerzas terroristas del Estado Islámico, esto está permitiendo ya un respiro y mejora de las condiciones de vida de la población residente en el cantón de Kobane, pero también de la de Cizire, por supuesto.

En la siguiente infografía se puede ver las fuerzas que combaten en el bando de Rojava en la campaña por la toma de Tel Abyad:

La toma de Tel Abyad y la unión de estos dos cantones supuso además un duro golpe para el Daesh, puesto que les cortaba una importante vía de suministro desde la frontera turca hacia Raqqa, cuartel general del Daesh. Unos días más tarde de estos acontecimientos, se producen en Túnez, Francia, Kuwait y en otras ciudades más una serie de atentados yihadistas, en el que se incluye uno realizado en Kobanê causando más de 200 muertes civiles, ataque que fue perpetrado por terroristas del Daesh que cruzaron la frontera desde Turquía hasta la ciudad.

En los primeros días de julio, Turquia declaraba en los medios sobre crear una zona de seguridad en Siria para evitar que el Daesh alcance sus fronteras. Para ello, iniciaría diálogos con Irán para llevarlo a cabo. En principio solo era una posibilidad, y con ese pretexto, pretendian impedir una posible unión de los tres cantones de Rojava. Efrin es el cantón más occidental y hay actualmente una separación de unos 100 km con respecto al cantón de Kobanê, cuyo frente se estabilizó en el río Éufrates, como se puede observar en el siguiente mapa donde se reflejan los distintos territorios controlados por los actores en este conflicto en Siria.

El 20 de julio, unas activistas de la Federación de Asociaciones de Juventudes Socialistas (SGDF) llegaron a la localidad de Suruç cerca de la frontera con Siria para partir hacia Kobanê y ayudar a su reconstrucción. Antes de cruzar la frontera, hubo una rueda de prensa que tuvo lugar en el jardín del Centro Cultural Amara y en mitad de ésta, se produjo un atentado suicida-bomba que acabó con la vida de 32 jóvenes activistas e hirió a otras 100. Sobre esta masacre no se tuvo claro quiénes fueron los autores del atentado, algunas apuntan al Daesh, otras, a agentes del gobierno turco. Unos días más tarde, Turquía instrumentalizaría esta masacre para lanzar unas operaciones militares contra el movimiento kurdo tanto dentro del Estado como en Siria, quebrantando de nuevo el proceso de paz del que llevaba la iniciativa el PKK. A nivel mediático, Erdogan anunciaba una ofensiva contra el Daesh tanto en operaciones policiales dentro del territorio turco como entrar en Siria para atacar posiciones yihadistas, a lo que también puso sus bases aéreas a disposición de la OTAN y la coalición contra el ISIS liderada por EEUU. Poco después, se descubrió que fue una represalia contra el movimiento kurdo y la izquierda turca, pues la gran mayoría de las detenidas eran kurdas y marxistas. A su vez, el Ejército turco bombardeó unas bases del PKK en Iraq, a lo que el PKK respondió con ataques a comisarías turcas, dejando claro que se acabaron los diálogos para la paz con el gobierno. Estos ataques al PKK recibieron la aprobación de Obama puesto que este partido todavía sigue en la lista de organizaciones terroristas. En ningún medio se menciona la complicidad entre el Daesh y Erdogan, algo que sabíamos desde que el Estado Islámico inició una ofensiva contra Kobanè. Turquía no dio ningún giro radical a su política de relaciones con el Daesh: ofreciendo apoyo logístico, comprando el petróleo de contrabando a la vez que atendía en hospitales clandestinos a militantes yihadistas heridos en combate.

Turquia utilizaba al Estado Islámico como marioneta en su política genocida contra la etnia kurda y su movimiento, creyendo que este grupo terrorista podría acabar con el movimiento kurdo en Siria, por eso les daba ayudas de todo tipo, con el fin de que los yihadistas hiciesen el trabajo sucio de liquidar al pueblo de Rojava. No obstante, al ver tantas pérdidas ante las YPG/YPJ principalmente, el gobierno de Ankara encontró ahora la situación perfecta para intervenir directamente.

A partir de entonces, Turquía pasa a ser otro actor en el conflicto e Irán parece que no intervendrá. La excusa del cordón de seguridad fue planeado para que el cantón más occidental, Efrin, no pudiera conectarse con el resto de Rojava, ya que eso supondría una gran victoria para el Movimiento de Liberación Kurdo a la vez que cortaría los suministros e intercambios con el Daesh en la frontera turca. Mientras, continúan los bombardeos a las bases del PKK en Iraq y comienza a haber choques con las YPG e YPJ en los alrededores del río Eufrates.

Sin duda, el escenario que se plantea actualmente para Rojava y el Movimiento de Liberación Kurdo no es para nada halagüeño: miles de detenciones contra militantes en Turquía, asesinato indiscriminado de activistas en las manifestaciones en la calle, bombardeo continuado de las bases, campamentos y pueblos del PKK en Iraq, y un deseo para nada oculto del Gobierno filoyihadista de Erdogan de acabar con toda rebelión asociada al Kurdistán. El hecho de que las YPG/YPJ sean aliados formales de EEUU en la lucha internacional contra el Estado Islámico les brinda cierta protección que, por ahora, les está sirviendo para no ser un objetivo más de los cazas turcos, pero, a fin de cuentas y como los y las kurdas bien saben, ellos/as no son más que un instrumento de los EEUU (al igual que ellos y ellas utilizan a los EEUU como un instrumento), y esto no va a durar eternamente. El quid de la cuestión reside en si nuestras compañeras y compañeros revolucionarios kurdos van a ser capaces de forjar alianzas inteligentemente y dar los pasos necesarios para seguir prolongando su experimento autogestionario, feminista y ecológico, o si no lo serán. Hasta ahora la práctica nos ha demostrado que sí. Esperemos que así siga siendo.

 Lus y Luisle

[Recomendación] Abriendo camino a la superación del Estado, ¿Con qué contamos?

La izquierda libertaria en Europa necesita de un proyecto de sociedad contrario al capitalismo y capaz de ilusionar a una mayoría de la sociedad. Para el proceso de idear dicho proyecto y de levantar organizaciones que lo sustenten y marquen el programa para hacerlo realidad partimos de un acumulado de luchas y propuestas con mayor o menor relevancia, camino recorrido y capacidad transformadora sobre el que podemos y deberemos apoyarnos.

Buena parte de ese acumulado es la memoria de los procesos revolucionarios que movilizaron a grandes masas de la población en defensa de una sociedad libre, socialista y federal, como el anarcosindicalismo español, la revolución rusa o la ucrania de Makhno por poner ejemplos europeos clásicos. Una memoria que no debe ser mitificadora ni simbólica, sino una memoria crítica, capaz de entender la coyuntura y las dificultades a las que se enfrentaron los revolucionarios de esas épocas y cómo supieron levantar propuestas audaces adaptadas al momento histórico, que servirían como referentes para sus respectivos movimientos populares.

Más allá de estos aparejos históricos, el texto hace un repaso del contexto actual para los revolucionarios, analizando los mimbres sobre los que estos deberán construir su proyecto de transformación social: una clase obrera precarizada, la falta de formación militante y sindical, las asambleas, el lento despegue del cooperativismo, los pueblos okupados o el municipalismo.

¿Es suficiente todo esto para que se forme una cultura anticapitalista a la ofensiva? En el totum revolotum de vías de acción y proyectos de cambio social más bien se echa en falta una visión común, estratégica, multifacética pero dirigida y no dispersa, que enganche y movilice a una mayoría social. Ese es el proyecto aún por construir.

Abriendo camino a la superación del Estado. ¿Con qué contamos?

Cuando se habla de unidad de las luchas a menudo se tiende a pensar en grandes asambleas en las que todo el mundo converge y todas las organizaciones sociales y político-sociales se dan de tortas para que su opinión partidista y sectorial prevalezca. Apenas nos ponemos a pensar o debatir sobre estrategias de cómo superar esta sociedad capitalista y estatal. Sirva este artículo para comenzar a plantearnos cuestiones de este tipo.

Porque en primer lugar, ¿qué sustituye al Estado? ¿Nos planteamos esta cuestión alguna vez en tanto a movimiento? Y si nos la hemos planteado, ¿qué van haciendo las organizaciones libertarias en este sentido? Creo que este debate se tiene que ir configurando en los próximos años como un tema a tratar en los ámbitos militantes. Nunca nos valió la idea de Partido-Estado que en tiempos predominó en la izquierda, en cambio tenenos que proponer otros modelos viables.

La confluencia debe ser estratégica también y no sólo en el sentido de agrupar el máximo número de organizaciones para la enésima sopa de siglas en un cartel, sino de hacer encajar diversas tácticas revolucionarias en un mismo proyecto de transformación social. Las luchas convergen en sus distintas manifestaciones y formas y dan lugar a una nueva sociedad. En el proceso de convergencia y alianza se irá generando el modelo de la sociedad futura.

Pero pasemos ahora a hablar de qué formas organizativas de la sociedad podrían sustituir totalmente o en parte al Estado. Son las vías a seguir y fortalecer. Si nos vamos a la historia, y echamos un vistazo a la configuración de los movimientos sindicales, sociales y de forma de vida nos encontraremos con varios organismos que son capaces de garantizar el funcionamiento de la sociedad una vez haya caído el Estado. Estos son: los consejos obreros, los sindicatos, el municipalismo libertario, el cooperativismo y las comunas. Cada uno de estos organismos ha encabezado o bien procesos revolucionarios o bien ha generado sociedades paralelas en el seno de la sociedad capitalista.

Actualmente los consejos obreros (soviets en Rusia en 1905 y 1917, räters en la Alemania de 1919, cordones obreros en Chile en 1972, los comités de acción en Francia en 1968 o las Shoras en Irán en 1979, entre otras denominaciones), tienen poca influencia en la izquierda estatal. Se basan en la asamblea de trabajadores y trabajadoras de una misma empresa. Y se han utilizado en momentos en los que los sindicatos brillaban por su ausencia, o bien porque estaban ilegalizados, o bien porque eran organizaciones huecas, sin capacidad ni intenciones de transformar la sociedad.

En nuestros días las empresas prácticamente no tienen asambleas. Los sindicatos no las convocan, y la clase obrera ha caído en un desánimo y pasividad que hace que en estos momentos hablar de un movimiento de asambleas obreras sea completamente utópico. Lo que queda de aquel modelo en el estado español son instituciones corrompidas como Comisiones Obreras o los Comités de Empresa. En este sentido si los sindicatos tuvieran intención revolucionaria intentarían o bien promover la asamblea de trabajadores como forma de funcionamiento o bien desde los comités comenzar a hablar de autogestión de los medios de producción.

En este sentido se puede comenzar a avanzar en una línea autogestionaria y colectivizadora si desde los sindicatos que se dicen revolucionarios se empieza a abordar en serio esta cuestión, haciendo una formación metódica entre los trabajadores afiliados y que representan el sindicato en este tipo de instituciones como los ya nombrados Comités de Empresa. Para quien no lo sepa, hay bastantes coordinadoras de comités de empresa que unen empresas y fábricas de la misma corporación capitalista, o del mismo territorio. De esta forma se podría coordinar un sector productivo entero o bien un polígono o las empresas de toda una comarca. El caso es que, como acabo de decir, falta una formación sindical apropiada para quienes están en los comités.

De todas formas, si creemos en la asamblea de trabajadores, ésta debe nombrar a sus representantes, y éstos deben ser revocables en todo momento. El gran problema de fondo es que el asamblearismo tiene corta duración. La gente común está en procesos asamblearios mientras le dura el problema. Más allá de eso los movimientos asamblearios caen en manos de los sectores más ideologizados y politizados, convirtiendo los procesos asamblearios en luchas de poder entre las tendencias de la izquierda. Sin embargo, si queremos la autogestión generalizada tenemos que promover asambleas en los centros de trabajo de forma generalizada. Y también deben disputarse los comités, tanto para echarlos abajo si no representan los intereses de la plantilla, como para fortalecer la idea de la socialización y la toma de los medios de producción entre la clase trabajadora, cuestión clave si estamos hablando de iniciar un proceso revolucionario.

Otro de los movimientos que históricamente ha intentado la revolución social ha sido el anarcosindicalismo, o el sindicalismo revolucionario. Tuvo su apogeo como sabemos en la Revolución española de 1936, pero también importancia en procesos como las ocupaciones de fábrica en Italia en 1920, las ocupaciones también de fábricas en Francia en junio de 1936, en el Cordobazo argentino de 1966 y en numerosísimas huelgas generales de todo el mundo.

El sindicalismo con vocación de cambiar la sociedad ha sido capaz de generar toda una cultura radical a su alrededor, un aura de mística revolucionaria que atrae a la clase trabajadora más combativa. Pero tiene su peligro, que es el de caer en el sectarismo y no ver más allá de su propia organización. Hay que tener muy claro que el objetivo primordial es el de la toma de los medios de producción, distribución y consumo, cosa que hizo el anarcosindicalismo ibérico en tiempos. Pero esa conciencia vino a través de dos o tres décadas de formación constante en los sindicatos. Hay que comenzar a formar en general a las nuevas generaciones de militantes y de contrastar los conocimientos adquiridos con otras experiencias alrededor del mundo para prepararnos para cualquier eventualidad. Entidades como ICEA o los gabinetes técnicos de los sindicatos deben tomar las riendas en las formación sindical en sentido colectivista y socializador.

Si nos coordinamos de alguna manera con los procesos consejistas o semi-consejistas (de tipo de comités de empresa) de los que hemos hablado, se podrá derrocar el poder del delegacionismo en el seno del movimiento obrero. Hay que generar unos nuevos comités de empresa verdaderamente en manos de los trabajadores y no de las élites burocráticas de los sindicatos capitalistas. Esa es labor inmediata ahora que se da tanto descrédito del sistema sindical y de comités de empresa en el estado español. No sabemos si se podrán generar otros mecanismos de participación obrera, pero es necesario que los grandes sindicatos pierdan su capacidad de movilización y la ganen nuestras organizaciones.

Pero la clase obrera precarizada no tiene siquiera la capacidad de sindicalización, o al menos no ve necesidad, ya que su empleo dura lo que dura. En este caso se deben encontrar otras formas de actuación político-social. En este caso podremos hablar de dos organismos a tener en cuenta, por un lado el municipio libre, y por el otro el movimiento cooperativista.

Comencemos por el segundo, que guarda relación con la economía política. El cooperativismo ha sido históricamente visto como un movimiento poco o nada revolucionario. Pero es cierto que hubo un cooperativismo obrero que era un apoyo del movimiento revolucionario, de ese que convocaba grandes huelgas generales y movimientos insurreccionales. El cooperativismo tenía dos vertientes, una productiva, que daba trabajo a numerosos obreros (y tenemos que reconocer que algunos de ellos habían perdido su empleo y que estaban en listas negras patronales y tenían muy difícil volver a trabajar) y la otra distributiva o de consumo. Esta segunda podría llegar a ser tan potente que en sí misma era un contrapoder.

Si en vez de ir al Eroski o al Carrefour, la población de clase trabajadora fuera a la cooperativa, otro gallo cantaría. En esas estaban en la región de Bolonia en 1920, en pleno auge del cooperativismo promovido por el Partido Socialista Italiano. Fue un movimiento tan masivo que los comerciantes sentían que se les hacía boicot si no se apuntaban al cooperativismo. Y muchos acabaron en el fascismo, como consecuencia. El cooperativismo per se no es revolucionario, intenta vivir el día a día de la mejor forma posible, pero viviendo de forma parecida a la sociedad que se promueve. Aquí también se requiere un cooperativismo vinculado a la transformación social, arraigado, combativo, y que sirva de elemento de propaganda y conexión con otros sectores de la sociedad. Si en vez de tantos trabajadores autónomos, por cuenta propia, tuviéramos un movimiento cooperativista en condiciones, y politizado, también nos cantaría otro gallo.

Otra manifestación del cooperativismo era las mutualidades. En nuestros tiempos en los que los permanentes recortes amenazan con echar al traste el estado del bienestar podremos ver pronto algún resurgimiento de aquellas sociedades de socorro mutuo. Ya comienzan a abrirse algunas clínicas gestionadas por gente de nuestro ámbito y hay otros proyectos (exclusión social, residencias de ancianos, etc.). Pero lo que realmente importa, como decían algunos artículos de prensa del anarcosindicalismo de los años 70, es tomar la Seguridad Social en manos de las organizaciones populares. Hospitales y escuelas deberían estar en manos de sus trabajadores y usuarias. Eso sí que sería revolucionario. Tomar el estado del bienestar en nuestras manos es de por sí subversivo. Y eso lo decían en los años 70.

Antes las cosas funcionaban de otra manera. Por ejemplo el sindicalismo revolucionario siempre intentaba tener una bolsa de trabajo. Era como controlar el INEM. Si controlabas la forma en la que las empresas contrataban los trabajadores, habías ganado. Todo el mundo se tendría que afiliar a tu sindicato. Esta es una de las razones de la enorme fuerza del anarcosindicalismo en ciertos territorios en los que podían hacerlo. Un sindicato que tenía una bolsa de trabajo, un economato, y algunas cooperativas aliadas, y hasta sindicato de jubilados, era toda una sociedad paralela.

El municipalismo libertario funciona de otra manera. También se basa en generar un contrapoder al del Estado. Aunque Bookchin era partidario de tomar la institución del ayuntamiento en caso de que el movimiento popular fuera fuerte y necesitara crecer más, pienso que no es necesario llegar a ese punto. Lo necesario es tener una serie de asambleas de barrio con verdadera vocación de contrapoder, de control de su barrio. El municipio, tal como está montado en el estado español, no tiene tanta capacidad de maniobra como nos pensamos. Está muy limitado desde arriba, y en cuanto se haga algo que no conviene puede llegar a ser disuelto. De todas formas es necesaria una institución equivalente que sea la voz del municipio. Esto lo puede hacer bien una federación de barrios. Siendo una confederación de municipios a niveles mayores. En este caso nos podemos encontrar el mismo problema de participación que con las asambleas de trabajadores. El asamblearismo funciona en momentos importantes, pero más allá decae y solo queda la gente más convencida.

Desde luego, que ahora mismo un proyecto municipalista debiera intentar converger con los demás movimientos en un proyecto revolucionario. Es importante saber entenderse entre las diferentes visiones tácticas. Pero sobretodo intentando impulsar algunos factores importantes como el de los servicios públicos, la bolsa de trabajo, las mutualidades y una red de cooperativas de su territorio. Creo que esto se puede hacer aquí y ahora. Pero como siempre, nos falta formación.

Por último otro de los factores que actualmente existe en el estado español y del que podría salir también otro contrapoder, es el de los pueblos okupados, cedidos o comprados que se van convirtiendo poco a poco en focos de autogestión rural. El tema es que como son proyectos pequeños apenas se toma en serio sus posibilidades tácticas. Se trata de unos centenares de personas esparcidas por un gran territorio rural semi-despoblado.

Pero estamos hablando de gente que suele estar bastante politizada, y que tiene claros los conceptos de autogestión y asamblearismo. Quieren organizar su sociedad libre aquí y ahora, y lo están haciendo. Apenas existe difusión de su trabajo, pero tienen sus redes y sus coordinadoras. Si tienen algún proyecto de trascender a su comunidad apenas se sabe. Lo que sabemos es que algunas escuelas rurales (oficiales) funcionan casi como escuelas libres debido a que lxs únicxs niñxs son de la comunidad que bajan al pueblo más cercano. Y así en otros ámbitos. Queda la sensación de que si formaran un sindicato agrario serían el sindicato mayoritario en varias comarcas. Pero estamos hablando de gente que no se plantea ser un contrapoder, sino que la dejen vivir su vida en paz. En este caso el trabajo necesario para organizar la revolución en estos territorios es político (qué se quiere hacer, cómo, con quien, para qué).

Es decir, que siendo “posibilistas” respecto a lo que tenemos aquí y ahora, en realidad hay varios organismos que si se coordinaran en un proyecto coherente en realidad podrían gestionar la sociedad. Se necesitan grandes dosis de formación en todos los niveles, y de voluntad de derrotar el Estado, y no dejarlo a un lado. La lucha es multifacética y debe construir sus propias instituciones post-revolucionarias a partir de lo que hay. Este es el reto de nuestros días.

Preguntas sin respuesta (y III): ¿hegemonía de qué proyecto en qué plazo?

Llegadas a este punto, se nos quedan cortos la crítica superficial al estado de las cosas y el moralismo, no menos superficial. No podemos decir que hay una supuesta, difusa, «casta» y que el sujeto político que puede cambiar las cosas es todo aquel que se oponga a ella. No podemos hacerlo porque, en el momento en que la dirigencia anticasta ocupe el Poder, si eso llega a ocurrir, y acuse la tremenda presión de la herencia recibida (véase el caso de Syriza en Grecia), de los acreedores y de la patronal, cualquier enfrentamiento entre facciones se puede convertir en una competición sobre quién es más o menos casta. No podemos porque a nadie se le escapa que ninguna dirigencia política, por muy sagaces que sean sus miembros y muy buenas sus intenciones, puede cambiar a quien no quiere cambiar. Aunque cambien otras cosas, las relaciones cotidianas en el trabajo, en los centros de estudio, en las asociaciones, los bares, las familias, parejas y cuadrillas de chavales de los parques y escaleras no superarán el «todas contra todas», la mezcla de egocentrismo, apatía y desconfianza que llamamos «normalidad».

Se nos puede decir que esta mezcla de valores, actitudes y posiciones políticas es complicada, que es querer abarcar demasiado. Sostenemos exactamente lo contrario. Tampoco es que digamos que de cada grupo, formal o informal, deban salir normas éticas que marquen qué es lo correcto y qué lo incorrecto. Más bien, defendemos un discurso –y, por tanto, un discurrir– que además de criticar lo inadmisible señale lo admisible y busque lo deseable y que, además de analizar el pasado, proponga un futuro desde el presente. Casi nada, ¿eh? En realidad, no entendemos que esto sea tan ambicioso como nos puede parecer por nuestra cultura política, sino que podría darnos cohesión, siempre que no nos empeñemos en tenerlo todo organizado desde el principio y sepamos tener paso corto y mirada larga.

Una de las cosas en que damos la razón a las podemitas, así como a las compas del Procés Embat, Aunar y Apoyo Mutuo es en que pensar con lógica no basta. De nada sirve nuestro discurrir si nuestro discurso es agresivo o incomprensible; no nos basta con tener la razón, queremos compartirla con el máximo posible de personas. En este sentido, como comunista libertario, este articulista saluda la evolución que ha visto en los últimos años, tanto en grupos informales como en la actual Federación Estudiantil Libertaria, en esta misma Regeneración o en el proceso de convergencia popular de Embat y compañía, evolución de un anarquismo más moral (más centrado en tomar posiciones) a otro más social (más centrado en ser motor de cambio social). No obstante, nos estamos dejando en el tintero explicar un poco más qué aclaración política (¿y ética?) estamos defendiendo e incluso de qué cambio estamos hablando todo el tiempo.

Cuando hablamos de cambio, hablamos de un cambio profundísimo y que implicará seguir esforzándonos a corto, medio y largo plazo. Se nos está diciendo que estamos ante una «ventana de oportunidad» que puede cerrarse en cualquier momento, ya que, según quienes lo dicen, la población no puede estar en estado de efervescencia permanente y, en lo económico, la crisis podría estar remitiendo, lo que podría fortalecer la idea de que el ciclo anterior se ha terminado y se entra en uno nuevo, cosa que favorecería cierta desmovilización masiva. No podemos estar de acuerdo con nada de esto. No podemos tomarnos en serio el supuesto final de la crisis porque: 1) un gran número de personas ya han descubierto que las grandes cifras de la economía (macroeconomía) no se corresponden con lo que ven en sus carteras y las de las personas cercanas, en el día a día (microeconomía), así que sería suicida rendirnos en este terreno; 2) algunos de los elementos más conocidos de la recuperación macroeconómica son el aumento de las exportaciones (España, dentro de su contexto, es un estado que produce barato y con una moneda, como es el euro, debilitada), las restricciones a las deslocalizaciones (o sea, que trabajamos tanto por tan poco dinero y exigiendo tan pocas garantías a las empresas multinacionales que hacemos mejor que antes la competencia a estados de Europa del este, Latinoamérica y África) y una nueva burbuja inmobiliaria, esta vez más ligada a la clase alta, pero no sólo a la española, sino de todo el mundo (que es como decir que nos estamos echando al cuello una de las sogas que empezamos a notar hace seis años, pero decimos que es una corbata para tranquilizarnos) y 3) dentro del mercado global, independientemente de que la posición española sea un poco mejor o peor, no hay ningún cambio significativo –como sí lo hubo con otras grandes crisis, por ejemplo, las dos últimas–: no hay manera de aumentar el consumo sin alimentar el endeudamiento o reducir el margen de beneficio de las empresas, todo ello mientras la gesta la crisis energética. En rigor, nadie se atreve a decir que la actual recuperación sea algo más que una pausa momentánea y, si alguien puede contar con que lo sea, no somos nosotras; no porque ser anticapitalistas nos obligue a ser agoreras en lo macroeconómico, sino por esta falta de motivos y por lo peligroso de hacerse esperanzas.

Vaya, que debemos confiar en nuestras fuerzas como clase social y no en un estado más o menos desfavorable de la economía y que, además, no debemos agobiarnos demasiado con la supuesta ventana de oportunidad. Es posible, ciertamente, que quienes más crean opinión pública –medios de comunicación y personajes con visibilidad en esos medios– consigan, pese a nosotras, extender dentro de un tiempo la idea de que la etapa de crisis económica y política se ha terminado para invitar a los sectores movilizados de la sociedad a volver a casa. No obstante, entendemos que es nuestra responsabilidad evidente oponernos a esta idea, tanto por el desmentido económico ya dicho como por la vertiente más claramente política: no sólo las demás hacen política, la hacemos todas. Si algo hemos aprendido en espacios de lucha como el actual movimiento por la vivienda, las redes de solidaridad popular o el sindicalismo de clase es el valor de lo colectivo en todo momento y lugar. Quienes se resignan a funcionar en base a ventanas que se abren un tiempo cada treinta o cuarenta años y entienden la desmovilización masiva como algo natural, parte de la historia que siempre vuelve, tendrán que asumir sus responsabilidades si consiguen convertir eso en una profecía autocumplida, como amenazan con hacer. Entendemos la inestabilidad como un ingrediente del momento presente, del funcionamiento del capitalismo e incluso de la vida misma, en menor medida, y no vemos tanta diferencia entre las perspectivas a corto, medio y largo plazo. No firmaremos ninguna paz social ni ningún cheque en blanco y nos gustaría creer que quienes hablan de asaltar las instituciones tampoco firmarán esa paz; si lo hacen, de nuevo, estaremos hablando de una decisión asumida y no de una especie de inevitable cambio meteorológico. No estamos en esto para cerrar ventanas y entendemos que uno de los mayores, en estos años de repunte de la resistencia por los derechos básicos (vivienda, alimentación, salud) es pasar de esa resistencia a un contraataque más ambicioso.

Y, aun entendiendo todo esto, ¿podemos, sin llevar el carnet de anarquista en la boca, intervenir como anarquistas? ¿Qué es lo que podríamos ofrecer a quienes no son anarquistas?

En primer lugar, no se trata de ofrecer una especie de nueva receta de algún producto, ni siquiera de recitarles definiciones de la Anarcopedia o pasajes de Errico Malatesta (por más que ambas sean fuentes de lo más interesante). Tampoco se trata de una invitación para que añadan «anarquista» a la lista de adjetivos con que se describen ni de una imposición apocalíptica para que se conviertan o, de no hacerlo, mueran en la apatía o la ingenuidad. El anarquismo, con este nombre o cualquier otro, puede y quizá deba ser un llamamiento. Sabemos que no inventamos nada, sólo subrayamos el planteamiento que, existiendo ya, nos parece que vale la pena conservar y potenciar.

En segundo lugar, quizá haya mucho que aprender del anarcosindicalismo. Probablemente lo más interesante de esta herramienta es que fue pensada en gran medida desde el anarquismo y por anarquistas, pero no necesariamente para anarquistas. El anarcosindicalismo ha tendido a definirse en base a tres ejes bastante sencillos: una finalidad (la instauración del comunismo libertario), presente como objetivo último; unos principios (apoyo mutuo, federalismo, solidaridad), que dan sentido a esa finalidad dentro de un concepto de las relaciones humanas, para hoy día y para cualquier época, y unas tácticas (acción directa, autogestión), que permiten abordar conflictos laborales, y no sólo laborales, aquí y ahora y, a la vez, avanzar hacia esa finalidad última.

En tercer lugar, entendemos, como ya se ha insinuado, que la intervención política no responde sólo a la resistencia contra problemas prácticos e inmediatos (conflictos en el trabajo, por la vivienda, por que no falte comida), sino que lucha contra esos problemas desde una cosmovisión que aporta ese horizonte y esos principios. Si en el primero de estos tres textos hablábamos del relato político que analiza el pasado reciente para explicar el presente y en el segundo lo relacionábamos con su contexto histórico para que ese pasado reciente no parezca una mera casualidad o un accidente, ahora nos atrevemos a ir un poco más lejos. La intervención política de cara a las elecciones necesita cierto relato político para ganárselas a quienes las han ganado en las últimas décadas; la intervención con voluntad revolucionaria puede buscar cierta cosmovisión para explicar por qué las elecciones no bastan y, sobre todo, para luchar contra la apatía y el derrumbe social que hemos visto y aún vemos: desprecio por la gente (así, en general), apatía, nihilismo (que lleva o bien a la apatía o, en el mejor de los casos, al rechazo anti-todo o, por compensación, a huir del propio nihilismo abrazando algún fanatismo tradicionalista o de otro tipo)… Habrá diferentes enfoques y cada cual tendrá sus matices, pero, en términos generales, el funcionamiento horizontal, sin dirigentes, no es sólo el más abierto a todo el mundo y el que más permite ahondar en lo colectivo –insistimos, el gran descubrimiento de los últimos años, algo tan antiguo como que no estamos solas con nuestros problemas y que la unión hace la fuerza–. Es además el funcionamiento inevitable si se está ensayando una cultura política donde las decisiones sean de todas, ya que de todas serán sus consecuencias. La autogestión, el apoyarnos sólo en nuestras propias fuerzas, no es una especie de ombliguismo o de elitismo político, ya que ese nosotras está abierto y depende de qué proyecto (acción, campaña, organización, etc.) estemos hablando; es parte del proceso por el que nos fortalecemos colectivamente y nos preparamos para hacer cada vez mejor las cosas y cada vez más cosas. Es el camino del autogobierno por el que, a la larga, podremos prescindir de los gobiernos. El apoyo mutuo, la cooperación, no es sólo que yo te apoye si te quieren desahuciar y tú lo hagas si mi patrón no me quiere pagar: es la razón de ser de la misma sociedad. No abandonamos a las personas ancianas, débiles o gravemente enfermas, quizá eso no sea rentable económicamente, pero ni lo sabemos ni lo queremos saber. Si vivir en sociedad tiene algún sentido es que quienes mejor se encuentren cuiden de las que en ese momento estén enfermas o sean ancianas y provean para ellas, es compartir en las duras y en las maduras. Somos una especie que nace en un estado de total dependencia, incapaz de comer por sí misma en meses, incapaz de andar hasta al cabo de aproximadamente un año, pero preparadísima para desarrollar lazos emocionales y mentales y comunicarse con otras humanas. No debería hacer falta decir más para aclarar que, contra la obsesión liberal por la competencia (Adam Smith, Darwin, …) que alimenta la desconfianza y generaliza la dependencia, el apoyo mutuo es parte de la vida misma (Kropotkin ya lo explicó largo y tendido) y promueve una generosidad que no es un contrato laboral ni un imperativo por decreto, sino la savia misma de la vida en sociedad.

Postulamos, pues, seguir dando respuesta a los problemas inmediatos y a cuantos vemos a corto, medio y largo plazo desde esa cosmovisión humanista y, en fin, disputando al Enemigo algunos de sus conceptos habituales para ampliar la resistencia a un contraataque a medida que el empoderamiento colectivo funciona y avanza.

En cuanto a esos conceptos habituales, el de ciudadanía, sin ir más lejos, está falseado. Ya dijimos por qué tiene más sentido hablar de personas que de ciudadanas en el primer texto, pero es que, además, a cada persona se le supone sometida a las leyes, cuando a nadie se le puede exigir que cumpla compromisos que no ha adquirido y apechugue con decisiones que no ha tomado. Mejor haremos en seguir reivindicando a la persona como primer sujeto político, base de la soberanía, y el pacto federativo, la asociación entre iguales sin amenazas ni chantajes, como base de la sociedad. Directamente relacionado con esto están los conceptos de responsabilidad y poder, que hay que disputar, sobre todo a los sectores más conservadores y a los reaccionarios. El hecho de que tengamos tan poco poder, limitados por los poderes del estado y los del mercado, nos ha enseñado a algunas a atacar al Poder, a las instituciones enemigas, pero no a distinguirlo del poder, que es tanto la capacidad pura de pensar, desear, actuar y demás como la de decidir y la de trazar y llevar a cabo planes a cualquier plazo, en lo personal y en lo colectivo. A veces nos olvidamos de que lo que queremos probablemente sea todo el poder para todas y que, en ese camino de empoderamiento, podemos llegar a hacer innecesarios todos esos parlamentos, gobiernos y demás conformados por gestores profesionales. Y que no tiene por qué ser fácil, porque estamos acostumbradas a considerarnos menores de edad que pueden dejar que otras tomen las decisiones y criticarlas desde la calle cuando las consecuencias no nos gustan. No obstante, esta búsqueda del autogobierno personal y colectivo es lo único que puede garantizar que los avances no sean sólo momentáneos ni los retrocesos, permanentes. El de liderazgo es otro concepto con el que no solemos estar cómodas, pero con el que tenemos que lidiar. Lo rápido es decir «abajo los líderes» o incluso «muerte a los líderes» y pasar al siguiente tema, pero sabemos que el que haya iniciativas es a menudo bueno, casi siempre necesario, y que tendemos a reproducir papeles de líderes y de seguidoras. No nos parece problemático el que ocurra esto en ningún momento, sino el ver que el liderazgo se instala y no sabemos salir de ahí: en el funcionamiento colectivo, a muchas les falta iniciativa e implicación y a otras, por compensación, les sobra. Eso, a veces alimentado por cualidades personales, lleva fácilmente a que algunas personas sean vistas en su entorno como líderes, no sólo por lo mucho que «tiran del carro» o guían –esa es la traducción literal del inglés leader, «guía»–, sino porque se les ve como tales y dan, incluso, ganas de seguirles. Todo esto ocurre a veces también entre personas con experiencia activista y personas sin ella, las primeras pueden convertirse en un incentivo de lucha para las segundas, sin embargo, nos parece una pieza clave el combinar esta iniciativa y valía personales con el discurso igualitario y nunca paternalista; animar a quienes empiezan a luchar y a quienes ni han empezado ni quieren empezar: en estos tiempos en que también existe una gran desconfianza hacia las organizaciones sistémicas, nosotras no pedimos el voto, no queremos subvenciones, no queremos liberadas, somos lo que parecemos y parecemos lo que somos. En el fondo, lo sabemos: lo que ofrece la lucha cansa y a veces aburre, pero es un camino de chifladas que apuestan por la honestidad, mucho más atractivo para quienes se han estrellado contra el sistema o han visto a otras hacerlo que la apuesta electoral.

De hecho, contra lo que parecen pensar los Iglesias Turrión y demás, un líder, en la historia de nuestra clase, no es un buen comunicador (aunque esto ayude) que aparece mucho en los medios y sube en los sondeos a fuerza de pulverizar a alguna cagarruta intelectual como F. Marhuenda o E. Inda, sino más bien alguien cuyas conductas van en consonancia con sus palabras y que, por esas acciones y actitudes, sostenidas en distintas circunstancias a lo largo del tiempo, encarna sus ideas y estimula a sus compañeras. Más que un funcionamiento sin líderes, probablemente nos interese ser todas líderes e intentar compensarnos mutuamente. Lo que sirve al comparar personas con inquietudes políticas con aquellas otras personas que se consideran apolíticas, insistimos, probablemente sirva al comparar a las más y las menos activistas. No pasa de moda la consigna, atribuida a Txabi Etxebarrieta, del «Demos todos un poco para que unos pocos no tengan que darlo todo».

Siguiendo con lo polémico, no vemos por qué no disputar los conceptos de democracia y poder popular. Sabemos que el modelo de la antigua Atenas no era muy envidiable y que, en general, asociamos «democracia» al actual sistema político, pero no nos consta que se haya acuñado ninguna otra palabra que permita sintetizar igual la idea de autogobierno colectivo, ni el fracaso de la democracia llamada «formal» o «indirecta». Si algo ha contribuido a generar malestar social y rechazo ha sido, precisamente, prometernos una soberanía, un poder, que en la práctica nos es a la vez negado. En este sentido, no entendemos que el poder popular consista en movilizaciones para apoyar a gobiernos más o menos progresistas, como algunas temen, sino en lo que vamos ganando durante todo un proceso de empoderamiento popular cuyo objetivo no sería intimidar a sectores adversos de nuestra clase, sino fortalecernos colectivamente al margen de las instituciones. Respecto a cuál es nuestra clase, nos parece interesante no definirla demasiado en función del trabajo. No es que queramos dejar de hablar de la clase trabajadora, pero sí matizar que este término ha ido muy de la mano de cierta moral del trabajo que, como ya apuntábamos, ha servido para enfrentar a quienes más seguían esa moral con quienes, en mayor o menor medida, no se la han creído, desde quien se cuela en el transporte público o roba en el lugar de trabajo, pasando por quien okupa o se niega a seguir pagando las letras de la hipoteca, hasta quien vive parcial o totalmente de un trabajo alegal o ilegal. Estas personas, de clase trabajadora en términos generales, son a veces rechazadas como vagas o antisociales, pese a que, si en algo consiste la conciencia de clase, no es sólo en tener consciencia de qué lugar ocupa una en la organización social, sino también en querer cambiarlo, querer acabar con la sociedad de clases en lugar de resignarnos a ser víctimas. De igual modo, no entendemos que la clase media tenga intereses opuestos, aunque muchos de sus miembros parezcan creerlo, ni vemos por qué habría que firmar cheques en blanco a quienes pretenden ser alcaldesas, diputadas o ministras procediendo de la clase trabajadora o de la clase media. Es por este tipo de motivos, como por los estados de tipo leninista –donde las dirigentes dicen serlo de la clase trabajadora–, por lo que algunas preferimos afirmarnos como clase dirigida, gobernada u oprimida, frente a la pequeña clase dirigente, gobernante u opresora. No sin relación con esto, el de economía es otro concepto que el Enemigo tiene casi acaparado. La economía, que podría ser la administración de los recursos, está convertida en un mundo misterioso, inaccesible y amenazante. Nos parece fundamental recordar la diferencia ya comentada entre macro- y microeconomía y recordar constantemente que economía también es lo que hacemos todas cada vez que vamos a trabajar o que compramos o consumimos algo, mientras la propiedad de sus medios más importantes está en manos de muy pocas personas y que la acción colectiva es posible y eficaz. En este sentido, cada huelga, cada okupación, cada desahucio parado, cada dación en pago y alquiler social arrancados son intervenciones en la economía y pasitos que damos hacia una democracia económica, sin la cual la democracia política es sólo un espejismo. No es menos fundamental recordar que toda actividad se da en la realidad, donde los recursos son limitados, y no en el mundo virtual del capitalismo, donde el mercado puede seguir funcionando con agujeros de deuda que superan toda la riqueza del mundo y donde entre la mitad y el 80% de las operaciones bursátiles las hacen ordenadores.

Los conceptos de ley y derecho también están en zona de contienda. Hemos aprendido a aceptarlos tal como funcionan en la práctica, pero es que, en la práctica, la supuesta ley es sobre todo la ley del más fuerte y el derecho, el derecho a competir en igualdad de personas y colectivos que no tienen recursos iguales, ni siquiera parecidos. Otras ya han hablado de este tema más y posiblemente mejor, así que no abundaremos mucho: no aspiramos a gobernar a nadie disimuladamente, a base de fuerza e iniciativa; si, al contrario, asumimos asambleas y debates que a veces parecen interminables es porque nuestra cultura política es de respeto, inclusión y acuerdo. Nuestras leyes no están en boletines oficiales o sentencias, sino en acuerdos respetados y en toda una cultura política que puede convertirse, en última instancia, en un pacto social en el sentido en que se ha entendido los últimos siglos. En este sentido, nunca nos cansaremos de decir que la anarquía que algunas defendemos es la ausencia de autoridad, lo cual no implica necesariamente el desorden o el caos y que, al contrario, en esa línea de pacto social, es la única fuente de orden que conocemos. «Orden» no quiere decir para nada que tenga que haber un funcionamiento social especialmente lleno de reglas ni especialmente estricto, pero es importante subrayarlo dada la capacidad del capitalismo de generar caos y dada la herencia estatal que finge cubrir el inmenso caos que genera el mercado con el relativo orden de las reglas emanadas de sus instituciones, la vigilancia de su aparato represivo y demás, rematado con la imagen de las dirigentes del sistema invocando una justicia que no llegará y un orden que ni saben ni quieren construir. En el estado de descomposición social en que nos encontramos, los sectores más conservadores, reaccionarios o directamente tradicionalistas buscan culpables en el dedo que señala la Luna, pero nunca en la Luna. La inmigración, el lumpen, el mestizaje étnico o el relativismo cultural tienen que ser culpables del desorden que perciben, incapaces como se ven de asumir la necesidad de otra cosa. Por ejemplo, de construir entre todas un nuevo orden económico y político desde el aquí y ahora.

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