Joaquín Gambín «El Grillo» y el Caso Scala

Para poder entender lo que supuso el Caso Scala para el Estado se debe atender a un punto clave en todo el caso y por ello es menester recordar este apodo: “El Grillo”.

El Grillo

Los anarquistas procesados en el Caso Scala, aparte de anarquistas, tenían en común ser jóvenes anti-franquistas radicalizados. Pero de estos imputados hubo uno que ni fue detenido ni respondía a ese perfil de “joven radical”. Su autentico nombre era Joaquín Gambín Hernández. Era un viejo anarquista, de unos cincuenta años, que no se le conocía ninguna afiliación sindical y que tenía muchos antecedentes por falsificación, robo y estafa. Pero Joaquín Gambín, aun teniendo todos esos antecedentes, los cuales le mantendrían muchos años en prisión, se encontraba en busca y captura, por lo cual el Gobierno consideró menester contratarlo como confidente policial y ser infiltrado en el renaciente movimiento anarcosindicalista que tanto estaba molestado al Estado y a ‘su’ consenso demócrata. Se le manipuló el expediente para reconvertirlo en preso político, se le aplicó la Ley de Amnistía y desde enero de 1977 comenzó a cobrar 45.000 pesetas mensuales por pasar información a la policía. Sus primeras andaduras por el movimiento libertario fueron exitosas. Primeramente –y contratado por José Gregorio López Marín (Inspector policial)- consiguió que detuvieran a cincuenta anarquistas de Murcia que habían refundado la F.A.I. haciéndose pasar por un contrabandista de armas y explosivos. Seguidamente se infiltró en el E.R.A.T. (Ejército Revolucionario de Apoyo a los Trabajadores), creado por los trabajadores de la SEAT. Tal grupo fue desarticulado tras realizar expropiaciones a entidades bancarias y supermercados. Pero esto no era más que un calentamiento para lo que se estaba a punto de avecinar.

Gambín, rebautizado como “El Murciano” reapareció en Barcelona y entabló amistad con los que meses más tarde serían acusados del atentado contra la Sala Scala. El “viejo anarquista” apareció por Barcelona tan solo una semana antes de la manifestación contra los Pactos de la Moncloa, a la que asistiría para lograr su objetivo. Una vez finalizada y desconvocada dicha manifestación, El Grillo se acercó a José Cuevas, Javier Cañadas y Arturo Palma, los cuales recibieron de parte de Gambín materiales incendiarios. La historia oficial cuenta que Gambín les convenció para que arrojaran los cocteles molotov en la entrada de la Sala de fiestas Scala, pero los testimonios vecinales –a los cuales se les negó poder testificar en el juicio- aseguraron siempre que el incendio empezó en la parte trasera, justo al lado contrario de donde se lanzaron los cocteles molotov. En todo caso, terminado su trabajo, El Grillo se desvaneció. Esta vez desapareció de verdad, la Policía Nacional lo puso, de nuevo, en busca y captura porque no se sabía su paradero. Semanas más tarde apareció en la localidad murciana de Rincón de Seca, donde dio varias entrevistas a distintos periodistas y no dudó en admitir ser un confidente policial que estaba bajo las órdenes de la Brigada Central de Información dirigida por aquel entonces por el famoso comisario Roberto Conesa. Tal comisario obtuvo su fama a raíz de haber estado siempre involucrado en incontables actuaciones de las “cloacas del Estado” durante la Transición, como por ejemplo el atentado contra el independentista canario Cubillo, el incendio del Hotel Corona de Aragón o los secuestros de Oriol y Villaescusa por el GRAPO.

Hasta que no se celebró el primer juicio Gambín no fue detenido. Fue detenido en Valencia en 1981. Se le detuvo con documentación falsa y declaró que, tras haber recibido 100.000 pesetas, la Brigada de Información lo abandonó a su suerte. Días después volvió a desaparecer en extrañas circunstancias y no volvió a reaparecer hasta la vista oral del Caso Scala. Cuando se celebró el juicio ocurrió otro extraño suceso. Gambín, desde paradero desconocido, se puso en contacto con la CNT y se ofreció a declararse como único responsable del incendio y exculparía al sindicato anarquista. Todo eso a cambio de que la CNT le proporcionara documentación falsa para huir de España. La propuesta fue estudiada y finalmente rechazada por el Comité Nacional de la CNT, ya que consideraron que su testimonio no tendría ninguna validez y además que podría servir para desprestigiar, aun más, a la CNT.

El juicio de Gambín

Que Joaquín Gambín no apareciese en el primer juicio supuso unos grandes traspiés para la parte defensora del caso y sus pretensiones de demostrar que todo se había tratado de una artimaña de las cloacas del Estado para implicar al sindicato anarquista en el atentado. Aun así, su ausencia no hizo más que acrecentar las sospechas sobre el papel que había tenido.

Tras las primeras detenciones después del atentado, El Grillo desapareció del mapa y aunque fue puesto en busca y captura no pareció convertirse en una prioridad policial. A finales de octubre de 1979 reapareció por primera vez en la ciudad de Elche. Fue encarcelado, pero no por haber estado implicado en el atentado contra la Sala Scala, sino por un asunto de cheques falsos. Justo un mes después, fue puesto en libertad y volvió a desaparecer. Fue ya en Valencia, en 1981, en que fue detenido como coautor de los hechos y juzgado en diciembre de 1983. Pasó una semana de la sentencia del primer juicio y, para sorpresa, la revista Cambio 16 publicaba una entrevista con El Grillo realizada mucho antes del juicio. En esa primera entrevista el “viejo anarquista” se exculpaba  en todo momento. Rechazó su condición de confidente policial. Negó ser el instigador del lanzamiento de explosivos y dijo haberse enterado del incendio una vez llegó a casa de un compañero. Y sobre su extraña –y rápida- puesta en libertad- aseguró que se debía a un simple error burocrático.

Durante todo un año no se supo nada de Joaquín Gambín, se lo había tragado la tierra. Pero todo cambió a finales de 1981, en diciembre concretamente, en el que “El Grillo” fue detenido nuevamente por la policía de Valencia. En esa misma ciudad fue interrogado por el fiscal Del Toro, pero para sorpresa de todos, su discurso cambió radicalmente. El Grillo cantó. ¿Qué ocurrió? Que perdió la protección que tenía hasta entonces por parte de la Brigada de Información. Le confesó a Del Toro que ni siquiera fue detenido, sino que se entregó para esclarecer todo el caso. El hecho de haber participado en una misión contra ETA, en la que casi pierde la vida, le hizo recapacitar y desear dejar su trabajo como confidente. Como pruebas aportó varias pistolas y documentación falsa que le había proporcionado la policía.

La historia de Gambín ya era conocida dentro de todo el movimiento revolucionario. Un preso común que para expiar sus pecados era contratado como confidente con la misión de desactivar a “violentos radicales” y después denunciarlos. “Alguien”, cuyo nombre nunca quiso dar Gambín, creyó ver en ese grupo de cenetistas “terroristas en potencia”. Así que a “El Grillo” se le encargó incitarlos a cometer actos terroristas. Eso sí, de forma paralela a las informaciones de los testigos vecinales que hablaban de un incendio originado en la parte trasera del Scala, Gambín mantuvo en todo momento que él era inocente en lo que concierne al incendio. Finalmente Del Toro ordenó su encarcelamiento. En febrero de 1982 fue procesado por fabricación de explosivos y por haber instruido a los acusados a fabricarlos. El fiscal pedía 16 años de prisión. Pero el juicio tardó otros dos años en celebrarse. El 15 de diciembre de 1983 se celebró el juicio, el cual fue un puro trámite que duró tres horas. Finalmente Gambín fue condenado a la pena demandada por el Fiscal.

A nadie del estamento judicial pareció interesarle indagar en la confesada relación de Gambín con los servicios secretos policiales. Este último juicio ni siquiera tuvo relevancia en los medios de comunicación. El Caso Scala ya no era noticia.

Borja Libertario

Anarquismo y movida nacional

Anarquismo y movida nacional

Leo con sorpresa el último texto de @borjalibertario, sobre Anarquismo y Cuestión Nacional. Sorpresa porque frente al rigor de otros textos de este autor tengo que decir que en este texto se juntan una serie de supuestos pomposos en clave doctrinaria anarquista y que responden al enésimo intento de conciliar el sueño por parte de quién se mueve en la militancia libertaria catalana, algo que nos ha pasado a muchas. Sumarse a la ola de la autodeterminación, de los postulados más simplones del independentismo catalán y condimentar todo con la liberación de clase es un lugar muy común no solo de cierto anarquismo sino de gran parte del movimiento popular. La defensa del derecho de autodeterminación en abstracto para luego aplicarlo sin miramientos sobre el contexto inmediato en el que nos movemos no es suficiente. Por muy aguda que sea la contradicción que se vive en la sociedad catalana, la consigna de la «liberación nacional y de clase» se nos queda pesquera a la vista de los resultados y los riesgos de que haya planteamientos burgueses filtrándose en las contradicciones de ese discurso. Sirvan estas líneas para agitar el debate más allá de lo ya escrito.

Que la relación entre movimiento libertario y cuestión nacional ha tenido idas y venidas no es algo obvio para quienes consideran que existen unos principios anarquistas entre los que están la radical autodeterminación de cada individuo, sin más matices. En este texto defendí la idea basada en diversas fuentes de la existencia de una compleja relación entre un Internacionalismo propio de distintas corrientes socialistas que admiten el hecho nacional y un Cosmopolitismo de corte individualista que lo cuestiona, como forma de sintetizar las posturas que predominan ante la llamada cuestión nacional en nuestro ambiente. A mayores de esas posturas merece la pena subrayar las tesis al respecto que maneja el llamado «comunismo de izquierda» o «consejismo», cuyas tesis principales se pueden sacar de Lucha de Clases y Nación, de Pannekoek, donde se desprende la idea de la existencia de comunidades de destino que están completamente insertas y subordinadas al conflicto de clases y que por lo tanto, no hay liberación nacional a la vista que no sea una simple estrategia de la liberación de clase. Es importante contemplar esta postura porque combate la idea esencialista de la nación que está en el texto que motiva estas líneas.

Con esto tendríamos 3 posturas entre «los clásicos»:

  • un «cosmopolitismo» que abarcaría las posturas desde el individualismo al liberalismo y que parte de la radical universalidad existencia del individuo esencialmente humano

  • un «internacionalismo» que se bifurca entre quienes entienden las luchas nacionales como algo completamente dependiente de las luchas de clase o quienes señalan que la cuestión nacional tiene «cierta autonomía»

Salta a la vista para cualquiera que lo conozca que el texto de Borja nace del contexto catalán, no sólo por que se cite explícitamente sino porque las consignas que maneja son muy comunes para distintas vertientes de la izquierda, incluida la libertaria. La idea de que existe una “cuestión nacional”, paralela a la opresión de clase o de género y que todas se interrelacionan es el núcleo de esta interpretación, en contraposición a quienes –como Pannekoek y otras corrientes comunistas- defienden que la cuestión nacional está completamente subordinada a la contradicción de clase. La postura de Borja, predominante en las izquierdas catalanas, supone automáticamente asumir los presupuestos de la autodeterminación propia de la lucha anticolonial del siglo XX. Pero si la pregunta está mal planteada la respuesta difícilmente es correcta.

La complejidad del caso catalán en parte lo invalida para generar soluciones universales partiendo sólo de ese caso, si es que tales existen. El nudo catalán está profundamente atravesado por la historia de los últimos 50, que condiciona la percepción actual más que de los últimos 300. Es en estos últimos 50 años de desarrollismo, migraciones y transformaciones sociales profundas en las que se ha construido una visión de la realidad nacional catalana que ha afectado muy profundamente al resto de percepciones de las españas. En el caso catalán hay una fuertísima influencia de las posturas burguesas, que por cierto llegan tocar la caricatura. Aunque hay otras cuestiones que están en disputa entre las fuerzas vivas catalanas sobre el proyecto de país o la relación con el resto de pueblos, hay un elemento construido desde posiciones burguesas que desgraciadamente se ha hecho hegemónico y que se cita como ejemplo en el texto que motiva estas líneas. Es la contraposición entre nación española y nación catalana, entendidas como pueblos. Esta tesis es una auténtica trampa que si bien puede entenderse en términos de propaganda no puede tener ni un pase a la hora de hacer análisis serios sobre nuestra historia y menos sobre los conflictos de nuestra época.

Mal que les pese a los imperialiebers, el origen de la España rojigualda del siglo XX y XXI no está en las glorias imperiales del siglo XVI, aunque hayan servido de mito fundacional. Esa España surge en el siglo XIX, como forma de diferenciarse de La Gran Francia y como herramienta para el despliegue del dominio liberal en la península. Para ello no sólo se define en contraposición a lo de fuera -Francia, Portugal- sino a lo interior -las españas, lo diverso, lo atrasado. La construcción de esa nación española se hace desde entonces sumando las distintas fuerzas hegemónicas de los distintos pueblos y para finales del siglo ya había parido una configuración estable. Como bien teoriza Iñaki Gil de San Vicente se da una alianza entre las burguesías industriales vascas y catalanas con las oligarquías caciquiles rurales de Castilla y Andalucía, poniendo el tablero de la actividad política a su disposición mientras les dejen operar en sus respectivos territorios. Así es como se funda la España que surge de la desaparición del «sueño imperial». Esto provoca contradicciones en País Vasco y Cataluña por tener desarrollados estratos sociales intermedios entre la gran burguesía españolista y el proletariado migrante, que empezaron a poner en marcha sus propios intereses locales, construyendo a su alrededor una nación con perspectiva moderna.

Las intensas luchas populares de la primera mitad del siglo XX se articulan para disputar el marco nacional recién creado, aunque haya contradicciones en determinados territorios. Los grandes movimientos populares se movieron en torno al proyecto de país español y eso es algo que aunque hoy cueste hay que admitir. Sin hacer una radiografía muy extensa y quedándonos con el movimiento libertario de los años 30, resulta evidente:

a) que había proyecto de país
b) que ese país era España. Una.

Aunque en las declaraciones y acuerdos, como el del mítico congreso de Zaragoza de CNT, se hablara de península, Confederacion Ibérica, etc…esto en la práctica no tuvo ningún reflejo, siendo la relación del movimiento popular de las españas con el portugués igual o menor al mantenido con otros pueblos. Así se trasluce de la propaganda y los textos de entonces. Como máximo exponente de esta realidad habría que rescatar el texto de Los Amigos de Durruti del año 1938, «Hacia una nueva revolución«. En ese texto, lúcido con su época en general, se incluye un capítulo entero en defensa de «La independencia de España», donde se describe la épica española y refleja nítidamente la percepción del propio país que manejaba el movimiento popular en aquellos tiempos.

Lo cierto es que en paralelo a esto y como explica también Iñaki Gil, es en las luchas de aquellos años 30 en las que la conciencia nacional en el caso vasco empieza ya no a empapar desde fuera, sino a emerger desde dentro de las luchas obreras. Este proceso continuo casi sin ruptura durante el franquismo. Eso explica que tras 30 años de represión, exilio, autodestrucción y capitulación el tablero nacional hubiera cambiado sustancialmente en Cataluña y País Vasco, donde la lucha contra la dictadura se había vertebrado fusionando la idea de España a la idea de España de Franco, como se relata en el reciente libro de Emmanuel Rodriguez. Esa idea-fuerza del antifranquismo se adopta desde posiciones burguesas para plantear un nacionalismo construido como diferencia a esa España y se convierte en uno de los discursos más exitosos de los 70 por la extensión que adquiere, pero que entra en contradicción flagrante con la realidad histórica de los territorios donde ese planteamiento tiene éxito por ocultar que estos fueron parte fundadora y fundamental de esa España. Entonces toda una maquinaria intelectual empieza a construir mitos y relatos que expliquen las diferencias históricas entre España y Cataluña/País Vasco, que aunque se basen en realidades históricas indiscutibles, ocultan el hecho de que esa España Una es también hija de lo peor de sus pueblos: sus oligarquías.

El marco nacional actual se asienta sobre lo que ocurre en parte en los 70 y principalmente en los 80, porque a la vez que ese proceso de construcción de discursos y mitos para algunos pueblos, en otros se daba otro proceso que hoy se mantiene intacto porque es la piedra de toque del régimen del 78. Hay una gran variedad de casos entre los pueblos ibéricos que se han dado con el régimen del 78, donde por contraste se puede aprender mucho de cómo la construcción de relatos nacionales/regionales partiendo de una realidad institucional se utiliza como herramienta de domesticación -País Valenciano, Navarra, Comunidad de Madrid- o para la acumulación de fuerza popular -Canarias, Galicia, Asturias. Merece la pena detenerse en el caso andaluz y castellano, por su relevancia en la construcción de la España moderna y postmoderna, en el pasado y en el presente.

El caso andaluz nace de una leve conciencia regional en los 70 que con la creación de las autonomías y por equiparación, especialmente, con Cataluña va creciendo hasta convertirse hoy en una realidad indiscutible: Andalucía existe como pueblo y por lo tanto como marco de disputa de intereses de clase. Este hecho se aprecia en cualquier campaña política –sea electoral o no- que se dé donde Andalucía es el marco de referencia y sirve como entidad política que equilibra España frente a las otras entidades políticas de su mismo nivel en el Reino de España.

Por contra el caso castellano, país en el que operan las fuerzas más brutales del españolismo político y donde el franquismo fue especialmente quirúrgico con el fin de extirpar toda memoria rebelde, se desbarató como país y llegó al siglo XXI como una reliquia turística de museo. No es casualidad, y así se percibe cuando se analiza el proceso de descomposición en autonomías de lo que hasta entonces fueron las castillas. La segregación de lo que a partir de entonces fueron Cantabria, La Rioja y la Comunidad de Madrid, mientras se mantenía dentro de la tradicional diversidad de las castillas a La Mancha y a León hizo que las 5 comunidades autónomas haya generado o bien regionalismos sin fundamento ni capacidad ni movilización o bien en la idea de que las autonomías son simplemente como aparatos de «gestión» pública sin un contenido más que casual -lo que, por cierto, explica en parte la furia antiautonomías del cuñadismo. La desaparición de Castilla como realidad política, social y cultural hoy es un hecho cercano, la señal es que ya ha sido dada por muerta por todas las fuerzas políticas significativas que sin embargo la consideraban como tan en los 70/80. Esto se puede explicar por la enorme complejidad, y por tanto riesgo político, del caso castellano por su diversidad y sus conflictos «provincianos», cuya contradicción más estridente se da en las comarcas del País Leonés. Por otro lado en los 80 era imprescindible para las élites gobernantes que no se produjera en Castilla el fenómeno que ya empezaba a darse en Andalucía y a la vez que se aislara Madrid para una «gestión mas eficiente», de la que ya hemos visto resultados, siendo estas dos condiciones un elemento central para el régimen del 78, cosa que aún hoy quienes hablan de romper candados no han puesto en duda. Ese abandono por parte de toda fuerza política del marco castellano produce una asimetría que supone que varios millones de paisanos se vean sin más referente nacional ni territorial sólido que España, lo que dispara un conflicto irreal entre «nacionalistas periféricos» y «españoles del centro» cuando se plantea la cuestión nacional, lo que crea esa imagen de que Cataluña o el País Vasco se independizan de España como si esta fuera una metrópolis colonial, confundiendo ahí a España con Castilla y generando una situación incómoda que mira su reflejo en Yugoslavia. Esto le hace el caldo gordo tanto al españolismo político como a quienes han construido relatos nacionales que ocultan que un sólo empresario catalán tenía más intereses en la victoria de Franco que todo el proletariado agrario castellano junto.

Dicho esto quede por delante que analizar como se articula el régimen del 78 no supone entederlo como neutro e inevitable y señalar sus carencias no supone posicionarse del lado de un «modelo territorial» distinto. El hecho de que Portugal, Aragón o Andalucía sean hoy marcos políticos disputables por su movimiento popular y que Castilla no lo sea es una realidad que nos condiciona completamente a las Castellanas, pero también al resto de nuestra gente súbdita de los Reyes de España y eso es lo que aquí se quiere señalar. Que Castilla se convierta y se identifique con el bastión del españolismo no nos puede convenir a nadie y para ello, en ese puzzle de pueblos que es la península de los últimos 30 años, habrá que trazar estrategias para la «liberación nacional y de clase» contemplen esa realidad. Plantear cualquier “liberación” en Olot o Gerona que implique considerar que existe una España de la que separarse y que está compuesta por un magma de pueblos mesetarios desestructurados más alguna región anexa es un torpeza estratégica que nos tiene con los pies atados, porque no puede haber una solidaridad de tú a tú entre Cataluña y España porque efectivamente el hecho de que Cataluña haya sido parte fundamental de España la sitúa en otro nivel de referencia, otro marco mental, independientemente de la materialización institucional de estos procesos. Que se pretenda hacernos españoles a algunas para después decirnos que “una parte de nosotros se va” provoca esa desagradable contradicción en la que se nos sitúa y que tan bien manejan para tenernos jodidas los encorbatados de La Caixa y Bankia.

Siguiendo con el hilo temporal, hay que reconocer y asumir que en esta época de transición y conflictos esto de la «cuestión nacional» no es un campo inmutable donde nos sirvan las categorías del siglo XIX. Entonces el desarrollo de los mercados nacionales y del imperialismo -con una determinada capacidad técnica de producción, distribución y comunicación- generó unas lógicas y unas dinámicas de gobierno para la sociedad que necesitaban de las herramientas «nación» y «estado moderno». Hoy, con otra capacidad técnica, son otras las herramientas que se están poniendo en marcha. Que el proyecto neoliberal está superando los marcos estatales y por tanto, los proyectos nacionales e incluso el concepto de sociedad, el algo ampliamente sabido. Todas las descripciones apuntan a que el territorio se está reordenando en centros y periferias, haciendo del territorio capitalista una red de metrópolis hipercomunicadas y conectadas por grandes infraestructuras y un espacio fragmentado física y socialmente de periferias de donde extraer recursos. Estos análisis se pueden encontrar desde el mundo sindical a las «vanguardias» teóricas anticapitalistas. ¿qué espacio deja esto para la «cuestión nacional»? ¿de qué sirve conjurar la «liberación nacional y de clase» cuando las naciones dejan de ser territorios en disputa? Tener esta perspectiva es imprescindible para preveer estrategias, porque aunque las transiciones entre estadios de desarrollo nunca son perfectas hay que ser conscientes de en cual nos encontramos. Esto es, igual que hoy vivimos con una reliquia feudal como jefe de un estado moderno, mañana podemos vivir en el sueño neoliberal con gobernanzas nacionales.

Pero aparte de carencias en el análisis concreto de nuestra realidad y de cuales son los nudos a los que nos enfrentamos, es más estimulante cuestionar la idea de que «lo nacional» es un terreno de disputa preexistente sobre el que se da una lucha de clases que hay que ganar, que subyace en todo el texto de Borja. Esta es otra idea clásica, el esencialismo nacional, que cuestionarla abre un abanico de posibilidades para nuestros intereses. En el pequeño y supersimplificado resumen que hay unas líneas más arriba del desarrollo del tablero nacional actual de las españas se cita la idea de que en el caso vasco la identidad emerge de las luchas obreras, osea, que la nación vasca no es un sujeto histórico con miles de años de historia común, sino que es una comunidad que se ha forjado hace menos de cien años en torno a algunos mitos y rasgos comunes e históricos pero sobre todo, en torno a la lucha y el conflicto. Podríamos decir lo mismo en el caso catalán, en el que la lengua y la lucha en defensa de la lengua ha sido el principal eje de conflicto en la historia reciente y que de hecho es el nexo que fundamenta el proyecto de Paises Catalanes. Y lo mismo de la identidad asturiana y sus conflictos obreros o andaluza con los conflictos del campo. Si la identidad nacional surge en la lucha y no tanto en los mercados, textos académicos y en el revisionismo histórico, la pelota está en nuestro tejado. Si es el conflicto nuestra herramienta para poner el tablero político, de la misma forma que quien gobierna lo pone mediante instituciones, la lucha nacional y de clase se funden en una a medio plazo, aunque sea sin la consideración o la designación de nacional. Se le llame cuestión nacional o con el nombre que sea, son de plena actualidad las luchas «situadas», insertas en realidades territoriales, culturales y sociales concretas y no universales. Las llamadas «luchas en el territorio» son el mejor ejemplo de estas, pero los conflictos más llamativos de nuestro tiempo nos enseñan esto sin parar: desde Chiapas a Kôbane pasando por la defensa del territorio ante las grandes infraestructuras en Europa. El hecho de que haya justificaciones históricas, culturales o incluso étnicas o que no las haya -dicho de otro modo, que los elementos del conflicto sean modernos o postmodernos- son elementos a valorar en cada situación y a cada nivel, pero lo importante es que estamos en un tiempo en el que las luchas ceden cierta pretensión universalista para centrarse en su situación concreta, y ahí lo que en las izquierdas castellanoparlantes llamamos «cuestión nacional» se pone de plena actualidad para definir programas y proyectos rupturistas y revolucionarios, que a nivel país van a tener que cruzarse necesariamente con las identidades históricas de los pueblos peninsulares.

@botasypedales

Interest & Principal: La Circulación del Capital, no el Propio Capital, genera el Progreso(Pierre-Joseph Proudhon)

Estas cartas dirigidas a Frederic Bastiat, un economista, originalmente aparecieron en un debate publicado en La Voz del Pueblo, en 1849. Componen tres artículos en total que no han sido traducidos al español: El Préstamo es un ServicioEl Origen del Precio de la Tierra y La Circulación del Capital, no el Propio Capital, genera el Progreso.

La Circulación del Capital, no el Propio Capital, genera el Progreso

Así es como el interés del capital, legítimo cuando un préstamo era un servicio de un ciudadano a otro ciudadano, pero que deja de serlo cuando la sociedad ha adquirido el poder de organizar el crédito a título gratuito para todo el mundo. Su interés, como digo, es contradictorio en su naturaleza en la que, por un lado, el servicio prestado por el prestamista tiene derecho a una remuneración y que, por otro lado, todos los salarios supone ya sea una producción o un sacrificio, que no es el caso con un préstamo. La revolución que se efectúa en la legitimidad de los préstamos se origina en ella. Así es como el socialismo afirma la cuestión; que, por tanto, es el terreno en el que los defensores del antiguo régimen deben tomar su posición.

Para confinar a uno mismo a la tradición, para limitar a uno mismo a decir que un préstamo es un servicio prestado que debe, por tanto,  ser compensado, sin entrar en las consideraciones que tienden a aniquilar a los intereses no es responder. El socialismo, con energía redoblada protesta y dice: No tengo nada que ver con su servicio -servicio para usted, pero para mí es robo-, siempre que sea posible para la sociedad proveerme con las mismas ventajas que me ofreces, y esto sin recompensa. Imponerme este servicio a pesar de mí mismo al negarme a organizar la circulación del capital es hacerme someter a un descuento injusto, es robarme. Por lo tanto, todo su argumento a favor del interés consiste en épocas de confusión -quiero decir, en confundir lo que es legítimo en préstamos con lo que no lo es-, mientras que yo, por el contrario, distingo cuidadosamente entre ellos. Procederé a hacer esto inteligible para usted mediante un análisis de su carta.

Tomo sus argumentos uno a uno. En mi primera respuesta hice la observación de que el que presta no se priva a sí mismo de su capital. Usted contesta: ¿Qué importa, si él ha creado su capital con el propósito expreso de prestarlo? Aclarando que traicionas tu propia causa. Usted consiente por esas palabras mi antítesis que consiste en decir: La razón oculta por la que los préstamos a interés ayer legítimos ya no lo son hoy, es que la prestación en sí misma no implica la privación. Tomo nota de esta confesión. Pero te aferras a tu intención: ¿Qué importa, si el prestamista ha creado su capital con el propósito expreso de prestarlo? A lo que yo respondo: ¿Y qué me importa, de hecho, su intención si realmente no tengo ninguna necesidad de su servicio, si el servicio pretendido que desea hacerme se hace necesario sólo a través de la mala voluntad y la incapacidad de la sociedad? Su crédito se asemeja al que el pirata le da a su cautivo cuando le da su libertad a cambio de un rescate. Protesto contra su crédito de un 5% porque la sociedad puede y debe dármelo del 0%; y si se niega a hacerlo yo la acuso, así como usted, de robo; Yo digo que es un cómplice, un organizador del robo.

Comparando un préstamo a una venta, usted dice: Su argumento es tan válido en contra de este último como frente al anterior, para el sombrerero que vende sombreros no le priva a sí mismo. No, porque él recibe por sus sombreros -al menos tiene fama de recibir por ellos- su valor exacto, ni más ni menos. Pero el prestamista capitalista no sólo no es privado, ya que recupere su capital intacto pero recibe más que su capital, más de lo que contribuye al intercambio; recibe además de su capital un interés que no representa ningún producto positivo por su parte. Ahora, un servicio que no cuesta ningún trabajo a quien lo hace es un servicio que puede llegar a ser gratuito: esto ya nos lo has dicho tú mismo. Después de haber reconocido el agente de no privación en un préstamo, admites también que » no es teóricamente imposible que el interés que hoy forma parte integrante del precio de los productos básicos pueda llegar a ser el mismo para todos y por lo tanto ser abolido». Pero agregas, «para esto se necesitan otras cosas de un nuevo banco. Deje al Socialismo dotar a todos los hombres con igual actividad, la habilidad, la honestidad, la economía, la previsión, necesidades, deseos, virtudes, vicios y las posibilidades incluso, entonces habrá tenido éxito.”

Así que se introduce en la cuestión sólo para evitarla inmediatamente. El socialismo, en el punto al que ha llegado ahora, justamente afirma que es por medio de una reforma de la banca y de los impuestos para que podamos llegar a este equilibrio de intereses. En lugar de pasar por encima, como usted lo hace; esta afirmación del socialismo, pare aquí y refútelo, va con ello demoler todas las utopías del mundo. El socialismo afirma-y sin esta afirmación el socialismo no podría existir, sería nulo-, que no es “dotando a todos los hombres con igual actividad, habilidad, honestidad, economía, previsión, necesidades, deseos, virtudes, vicios, e incluso posibilidades”, que vamos a tener   éxito en el equilibrio de intereses y la igualación de los ingresos; sostiene que debemos, por el contrario, comenzar por la centralización del crédito y la abolición del interés con el fin de igualar las facultades, necesidades y posibilidades. ¡Qué no haya más ladrones entre nosotros y hemos de ser todos los virtuosos, todos felices! Ese es el credo del socialismo. Siento el pesar más agudo en decírtelo, pero realmente su relación con el socialismo es tan leve que operas en contra de el sin verlo. Persistes en atribuir al capital todo el progreso social en el dominio de la riqueza, mientras que yo, por mi parte, lo atribuyo a la circulación; y usted dice que aquí confundo la causa con el efecto. Pero en el mantenimiento de tal proposición, refutas sin quererlo tu propio argumento. JB Say ha demostrado – y de este hecho no son ignorantes – que la transportación de un valor, sea ese valor en forma de dinero o mercancía, es un valor en sí mismo; que es como un producto real, como el trigo y el vino; que en consecuencia, el servicio del comerciante y del banquero merece ser remunerado igual que el del granjero y el viticultor. Es por este motivo que alza cuando usted reclama salarios para el capitalista que al prestar su capital, la vuelta de los que se le garantizó, realiza el oficio del transporte, de la circulación. En los préstamos, como dijiste en tu primera carta, rindo un servicio, se crea un valor. Estas fueron tus palabras que hemos admitido: a este respecto los dos estábamos de acuerdo con el maestro.

He justificado, pues, al decir que no es el propio capital, sino la circulación del capital-este tipo de servicio, producto, mercancía, valor, o realidad, que la economía política llama movimiento o circulación y que, de hecho, constituye el conjunto de la ciencia económica-, la que causa la riqueza. Nos remuneramos todos los que hacemos este servicio; pero afirmamos que en la medida de capital, hablando con propiedad, o a lo que dinero se refiere, es deber de la sociedad proveernos a título gratuito; pues si no lo hace, no hay fraude ni robo. ¿Ahora entiendes el verdadero punto sobre el que gira la cuestión social? Después de haber expresado su pesar por la división de los capitalistas y los trabajadores en dos clases hostiles, – que sin duda no es culpa del socialismo, – se toma la molestia inútil de mostrarme por las ilustraciones que cada trabajador es en cierto grado un capitalista y hace un trabajo de capitalización, es decir, de usura. ¿Y quién, reza, alguna vez soñó con negarlo? ¿Quién te ha dicho que lo que reconocemos como legítimo en el capitalista lo condenamos al mismo tiempo en el obrero?

Sí, sabemos que el precio de todas las mercancías y servicios puede ser analizado en la actualidad de la siguiente manera:

-Materia prima.

-Compensación de herramientas y gastos de incidentes.

-Salarios de la mano de obra.

-El interés del capital.

Así es en todo tipo de negocio -agricultura, industria, comercio y transporte-. Esta es la estipulación de todo el que no es un parásito, ya sea capitalista o trabajador. Usted no necesita entrar en largos detalles sobre este tema tan interesante a pesar de ser clara una delicia para su imaginación. Repito: El problema del socialismo es hacer de este cuarto elemento que entra en el precio de los productos básicos -el interés del capital -igual para todos los productores y en consecuencia, ineficaz. Sostenemos que esto es posible; que si esto es posible, es deber de la sociedad adquirir crédito gratuito para todos; que a si no se hace esto, no va a ser una sociedad, sino una conspiración de los capitalistas contra los trabajadores, un pacto con fines de robo y asesinato. Entiende entonces de una vez por todas que no es necesario que nos demuestres cómo se forma el capital, la forma en que se acumula a través del interés, cómo entra el interés en el precio de los productos, cómo todos los trabajadores son culpables del pecado de la usura: sabemos desde hace mucho tiempo todas estas cosas al igual que estamos convencidos de la honestidad personal de los rentistas y propietarios.

Decimos: El sistema económico basado en la ficción de la productividad del capital, justifica que es a partir de ahora ilegítimo. Su ineficacia y la malversación han estado expuestas; es la causa de toda la miseria existente, el actual pilar de esa vieja ficción de un gobierno representativo que es la última forma de tiranía entre los hombres. No me voy a detener con las consideraciones puramente religiosas con las que cierra su carta. La religión, si me permite decirlo, no tiene nada que ver con la economía política. Una ciencia real se basta a sí misma; de lo contrario, no puede existir. Si la economía política necesita la sanción de la religión para compensar la insuficiencia de sus teorías y si a su vez la religión, como una excusa para la esterilidad de sus dogmas, declara las exigencias de la economía política, el resultado será que la política económica y la religión en lugar de sostenerse mutuamente se acusarán entre sí y ambas perecerán.

Comencemos entonces haciendo justicia y la libertad, la fraternidad y la riqueza se incrementarán; incluso sólo la felicidad de la otra vida será la más segura. ¿Es la desigualdad del ingreso capitalista la causa principal de la pobreza física, moral e intelectual que hoy aflige a la sociedad, si o no? ¿Es necesario para igualar el ingreso de todos los hombres crear la circulación del capital gratuito asimilándolo al intercambio de productos y así destruir el interés? Eso es lo que pide el socialismo y debe tener una respuesta. El socialismo en sus conclusiones más positivas proporciona la solución en la centralización democrática y la gratuidad del crédito combinado con un impuesto único para sustituir a todos los demás impuestos y ser recaudado por el capital. Deje que se verifique esta solución, deje que esta aplicación sea probada. Esa es la única manera de refutar el socialismo; excepto la que se ha hecho. Vamos a gritar más fuerte que nunca nuestro grito de guerra: ¡La propiedad es un robo!

¿Se puede estar en contra de toda autoridad?

«Contra toda autoridad… menos la de mi mamá»

A menudo se toca en los ambientes libertarios el concepto de autoridad entendido como imposición, que viene relacionado con el poder y el dominio. Temas en los que se han hecho correr ríos, e incluso mares, de tinta. Sobre la cuestión de la autoridad, Bakunin ya había expresado que se entienden dos tipos de autoridad:

¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese pensamiento. Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si  se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el arquitecto ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de crítica y de control. No me contento con consultar una sola autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la que me parece más justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, la libertad y al éxito mismo de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.

En otras palabras, no es lo mismo una autoridad emanada de la experiencia que una autoridad que se erige como infalible e incuestionable. En el primer caso, esa autoridad es inevitable y se acepta voluntariamente a la vez que es susceptible de recibir críticas. Además, este tipo de autoridad no se erige como omnipresente ni omnipotente, lo cual solo posee razón de ser dentro de su propio campo. Pongamos como supuesto un accidente donde haya personas heridas y atrapadas, y acude al lugar de los hechos un equipo de rescate, como pueden ser los bomberos y protección civil. El plan de rescate necesita coordinación, no se puede hacer de cualquier manera y además requerirán personas con conocimientos médicos y de primeros auxilios. Estas laborales claramente muestran que no las pueden realizar cualquier persona, sino solo quienes tengan conocimientos y experiencias en estos campos y, por tanto, cualquiera que se preste a colaborar, tendrán que reconocer la autoridad de los equipos de rescate. Este supuesto ilustra además que este tipo de autoridad se muestra temporal, pues una vez terminen las labores de rescate, la autoridad se disuelve. Lo mismo ocurre cuando nos subimos a bordo de un barco de pasajeros, en donde la tripulación tiene autoridad sobre los y las pasajeras a la vez que el capitán o la capitana tiene autoridad sobre el resto de la tripulación. No obstante, una vez salimos del barco, la tripulación deja de tener autoridad sobre la gente, así como una vez el barco esté en el puerto y acabe la jornada, el o la capitana dejará de tener autoridad sobre la tripulación.

Ejemplos de autoridad emanada de la experiencia hay muchos más y están presentes en la vida cotidiana. Lo mismo que Bakunin escucharía al zapatero, al arquitecto y al médico, ocurriría igual en una futura e hipotética sociedad libertaria cuando tengamos que enganchar la luz, reparar cañerías, cultivar, construir casas, organizar la economía (producción, distribución, consumo…), etc… , tendríamos que acudir a electricistas, fontaneras, agricultoras, arquitectas, economistas, etc, respectivamente, porque «cualquier persona» no puede tener todos los conocimientos en todos los campos, disciplinas, saberes y oficios.

Sin embargo, al igual que un electricista no podría tener autoridad en la alfarería (por ejemplo) porque no posee los conocimientos necesarios para tener autoridad en ese campo, y que por ello si se impusiera erigiéndose como una autoridad infalible sobre el oficio de la alfarería terminaría por arruinarlo; no podemos reconocer como legítimo a quien impone su voluntad al resto de las personas para subordinarlas.

El anarquismo realmente no está en contra de toda autoridad, pues es absurdo estar en contra de la autoridad de la experiencia.

Preguntas sin respuesta (II): ¿cuál es el sujeto político?

En la práctica, ¿existe ese pueblo español de que nos hablan o, al menos, esos pueblos españoles? ¿Existe ese supuesto sujeto colectivo?

Aquí la cosa se vuelve más delicada. Las nuevas formaciones y estructuras institucionalistas (Podemos, Guanyem BCN, etc.) han tomado buena nota de la ola de indignación moral borrosa de la que hablábamos y la están alimentando, sin por ello conducirla a un revanchismo violento; más bien, la están canalizando hacia su apuesta electoral. No obstante, esa no es una apuesta política clara y no está agrupando a su alrededor un sujeto político claro. Pensamos que no lo está haciendo, en primer lugar, porque existen sectores de la población que, si bien tal vez no aplaudan las prácticas corruptas, mafiosas y demás de quienes detentan el Poder, sí parecen estar dispuestos a tolerarlas indefinidamente y a esperar, en el caso de quienes tienen un partido preferido, el fin de esas prácticas. En segundo lugar, porque esas prácticas se dan a diferente escala en todos los estratos sociales y van trenzadas con los valores que las alimentan (egocentrismo, autoindulgencia, materialismo), dentro de estructuras con cierto grado de opacidad que, por tanto, las alientan en alguna medida y estamos hablando de cosas –valores y estructuras– que no se pueden cambiar legislando, sino que necesitan un cambio social que sería a la vez una serie de cambios individuales. En tercer y último lugar, por las limitaciones de las otras patas de esa mesa vagamente regeneracionista: meritocracia y rechazo de la Transición como marco en el que nació el régimen actual.

La meritocracia, muy asociada al rechazo de la élite actual como un hatajo de vagos e incompetentes –idea compartida incluso por la extrema derecha– y la denuncia de la emigración y el paro juveniles está, sostenemos, demasiado vinculada a la clase media. Entendemos que son las personas más acostumbradas a la estabilidad (personal funcionario, trabajadores de mediana edad con estudios superiores, etc.) quienes más tienden a rechazar la situación actual como una estafa y a tomar la anterior a 2008 como algo aceptable tal cual era o que necesita meras reformas y que las consignas que se oyen desde esas nuevas formaciones institucionalistas ahondan en esa meritocracia de arriba abajo. Desde la defensa de «que gobiernen los más preparados» (¿cómo podrían unas cuantas personas estar preparadas para gestionar lo de todas?), tan antigua como Platón o más, hasta sobreentendidos mil veces repetidos en nuestra cultura, como que el derecho a una vivienda implica el derecho a comprar una vivienda o que quien más estudios tiene debe cobrar más por su trabajo, como si tener menos cualificaciones diera descuentos a la hora de pagar.

Algo parecido pasa con el enfoque generacional. Es cierto que quienes tienen 58 y más años, además de haber votado la Constitución de 1978 y haber vivido la Transición (con todo lo que eso implica), han disfrutado en general de más y mejores convenios y han conocido mucho más los contratos fijos y mucho menos las últimas reformas laborales, la creciente oleada de EREs o la llamada new economy: ETTs, becas de prácticas, trasvase de asalariadas al régimen de trabajadoras autónomas, etc. Sin embargo, el paso de un modelo a otro ha sido bastante gradual y no es sólo que la evolución de la población española no permita el análisis generacional que se intenta importar de otros países (Francia y EEUU, por ejemplo), sino que enfocarlo así nos lleva a un falso conflicto: ni toda la generación preconstitucional abrazó la Transición –o el franquismo–, ni se puede reclamar a quienes sí lo hicieron que se retracten, cosa que a veces parece que se pretenda y que tendría más tintes de arrepentimiento religioso que de proceso sociopolítico. Si somos herederas de toda una historia, su crítica no puede hacerse limitada a la Transición, ni, desde luego, al franquismo, trauma casi obsesivo de casi toda la izquierda de la región española. El análisis crítico del pasado, sostenemos, empieza ahora y llega tan atrás como el conocimiento de ese pasado y está, en todo caso, al servicio de un proyecto que también empieza ahora, proyectado hacia el futuro. «Crítica» no es lo mismo que «reproche» y, desde luego, evitar cometer errores del pasado con variaciones que los disimulan no es lo mismo que consolarnos en nuestra miseria con el «teníamos razón» y el «ya os lo dijimos». Un partido como Podemos, que corteja a los votantes de IU pero ha evitado acercarse demasiado a su dirigencia (la de una formación clave en el régimen del 78, no lo olvidemos), ahora que ambos amenazan con derrumbarse, está llegando mucho mejor a los jóvenes que a sus madres y padres… Y ¿por qué no? La audacia, la estudiada arrogancia de los Iglesias, Errejón, Monedero o Teresa Rodríguez contra esa supuesta casta, ¿no transmite cierta imagen de rebelión generacional? Sin un discurso que hable de estructuras y relaciones, ¿cómo se explica la putrefacción de liderazgos como los del PSOE y UGT (González, Chaves, Redondo, padre e hijo…), CCOO y otros? ¿Cómo se les explica ese proceso a quienes lo han vivido y aún no saben, o no quieren, explicárselo?

Otro escollo importante de estas formaciones, a la hora de encontrar un sujeto al que dirigirse, es su nacionalidad. Podemos ha nacido en el ámbito estatal y las demás formaciones a que nos referimos, en el municipal. Ahora bien, si la hegemonía del relato oficial se está tambaleando, como decíamos en el texto anterior, y lo está haciendo más en el País vasco y, sobre todo, en Cataluña, ¿cómo posicionarse? La cultura política de la izquierda es más partidaria del derecho de autodeterminación y la española, del «esto siempre ha sido así». Si no se quiere disgustar a posibles electores, lo cómodo en Cataluña es una cosa y en la mayor parte del estado, la otra. Por más que provengan de la izquierda, los ideólogos de Podemos no quieren ser esos progres locos que se mean en la sopa y, allá donde vive en torno al 75% de sus posibles votantes, así es como se les puede percibir cuanto más hablen de federalismo, derecho de autodeterminación o de una soberanía que no sea española o europea. Además, no pueden descalificar como «casta» al bloque soberanista catalán porque este incluye a las CUP, criticable sin salir del tono que estamos siguiendo, pero cuya credibilidad crítica, rupturista y democrática es innegable. Nos guste o no en el resto de la región española, lo que ocurre en Cataluña es, aún más que en otras partes, un proceso destituyente y también constituyente, que se solapa con el de ámbito español, pero que se articula allí en un sentido más nacional. Particularmente, nos parece un proceso destituyente de la incomprensión y hostilidad españolas y del expolio fiscal, así como constituyente de un escenario de alguna posibilidad de cambio, con lo que eso implica de apertura. A nadie se le escapa que el papel que pueden jugar tanto las CUP en lo institucional como los sectores afines o más autónomos en la calle es muy limitado, pero esa extraña alianza nacional-popular interclasista, a la hora de tomar posiciones en el marco que salga de este proceso, puede beneficiar a cualquiera de sus dos polos. Dentro del bloque soberanista, en cada momento se irá viendo si parece que la élite convergente ha utilizado a los sectores populares para fortalecer sus posiciones o ha sido al contrario.

En cualquier caso, ambos procesos, la emergencia de formaciones como Podemos a escala española y la posible hegemonía soberanista en Cataluña, están funcionando en la medida en que están siendo motores de ilusión. No obstante, la sensación de que algo esté cambiando parece ser mucho más importante que el que esa sensación corresponda a un cambio real o que el que ese posible cambio se contemple de manera pasiva en vez de ser algo de lo que una pueda realmente participar.

Hasta este momento, hemos obviado a quienes, como el autor de este texto, no votan pero tienen posiciones políticas y hablado de los sectores con distintas preferencias partidistas, hemos considerado a la clase media y a buena parte de la clase trabajadora, hemos hablado de jóvenes y de no tan jóvenes y, sin embargo, aún quedan muchas personas, ¿quiénes son? Son las abstencionistas pasivas. Hablamos de un sector quizá minoritario, pero muy significativo, cuyas posiciones políticas y morales son desconocidas. Se les oye hablar en algunas barras de bar, en tertulias de sobremesa, corrillos de jubilados y conversaciones de transporte público o ascensor y tienen el poder, como cualquier otro, de tomar posición, de cara a las elecciones como el resto del tiempo. Y su posición, para quienes se presentan a las elecciones como para quienes no lo hacemos, se resume en «no, casi nada, casi nunca».

Si hay perfiles difíciles, el de estas personas es de los más difíciles. No vamos a aventurarnos en la sociología de andar por casa más de lo que ya lo hemos hecho; no obstante, y por descarte, sí nos atreveremos a esbozar una cosa: una parte importante de ellas pueden estar en los sectores que menos nos gustan de nuestra propia clase. Nos referimos a aquellos sectores quue suelen ser clasificados como una especie de subcultura (los canis de aquí, relativamente equivalentes a los chavs británicos o incluso a los beaufs franceses o la white trash estadounidense). Sectores que viven en barrios populares o incluso en barriadas periféricas de la última hornada y de los que casi todo lo que se percibe es despreciado por uno u otro motivo: sin conciencia de clase, sin costumbre de analizar su realidad en términos políticos, ni de analizar casi nada en casi ningún tipo de términos, tan reproductores de la cultura dominante (con su machismo, consumismo y demás) como el que más, incluso un poco más permeables al discurso ultraderechista que a cualquier otro, ruidosos y molestos en sus formas, a menudo acusados de depender más que nadie del asistencialismo o de ser lumpenproletariado (con el estigma moralizante que ambas cosas implica)… Estos sectores, si no son los únicos que se niegan a ocupar ningún papel político, sí son emblemáticos en este sentido: por su abundancia, por su evidente carácter proletario pese a todo y por ser, a menudo, satanizados por todo izquierdista más o menos culto y de clase media (o que se cree de clase media). Hacer de ellos votantes parece difícil, aunque no tanto como conseguir convertirles en activistas, pero de nuevo ¿hasta qué punto tiene sentido para estas personas el populismo meritocrático y vagamente keynesiano de Podemos y similares? El discurso anticorrupción de estas formaciones resistirá el tiempo que sus cargos públicos resistan la tentación de abusar de esos cargos, pero ¿qué más tienen? ¿El aumento de la inversión en educación? ¿Palmadas en el hombro a la clase media, propuestas de resistencia a estructuras (FMI, BCE) que muchas de ellas conocen poco o nada, alusiones –no menos oscuras– a la inversión en I+D o el fortalecimiento del tejido productivo?

Ni todos los llamados canis son pasotas políticos ni mucho menos todos los que pasan de lo político son canis, pero son el emblema de los límites de todas las izquierdas, institucionales o antiinstitucionales, y del gran problema de todo proyecto de auténtica democracia: la falta de aspirantes a demócratas. No es tanto que la voluntad popular esté fragmentada por tendencias sindicales o políticas, ni mucho menos por religiones o algo así, es que hay más apatía popular que voluntad popular. No hay revolución si nadie quiere ser revolucionario, no hay república si nadie quiere ser ciudadano y ni siquiera hay sociedad si nadie quiere ser un agente social. A día de hoy, y por más que queramos pensar que estas nuevas fuerzas son, no una revolución, pero al menos un posible cambio de hegemonía hacia la izquierda, los hechos nos obligan a ser muy prudentes incluso con esta última posibilidad. El gran crecimiento de Podemos como partido parece haber tenido una parte de moda política y, más aún, el ritmo de las elecciones, los sondeos y las tertulias de las TVs parece llevar inevitablemente a un crecimiento donde la cantidad prima sobre la calidad. Así, Podemos no tiene tiempo ni para evitar reproducir lo que intenta en teoría combatir: aun en el cénit de su espiral de entusiasmo (otoño de 2014), la abstención de los socios (laspersonas que en otras organizaciones serían llamadas «afiliadas») en su congreso fue de casi el 50%. No es menos elocuente que hayan asumido, y lo han dicho abiertamente, un hiperliderazgo para fomentar su capaz de desestabilizar formalmente el régimen; no está claro cómo pretenden que ese empoderamiento de su liderazgo se convierta en empoderamiento de todo su partido y de toda la población, ni cómo quieren evitar, en definitiva, el evidente riesgo de que esa desestabilización sólo sea formal.

Interest & Principal: El Préstamo es un Servicio(Pierre-Joseph Proudhon)

Estas cartas dirigidas a Frederic Bastiat, un economista, originalmente aparecieron en un debate publicado en La Voz del Pueblo, en 1849. Componen tres artículos en total que no han sido traducidos al español: El Préstamo es un Servicio, El Origen del Precio de la Tierra y La Circulación del Capital, no el Propio Capital, genera el Progreso.

El Préstamo es un Servicio

Por un lado, es muy cierto, como tú has establecido incuestionablemente, que el préstamo es un servicio. Y como todo servicio, tiene un valor y, en consecuencia, tiene derecho por su naturaleza a una recompensa, lo que significa que el préstamo debería tener su precio o, hablando técnicamente, producir intereses. Pero también es verdad que el que tiende, bajo  las condiciones ordinarias del prestamista profesional, no se priva a sí mismo del capital que es prestado. Él lo presta precisamente porque el préstamo no es una privación para él. Él lo presta porque no tiene uso que darle por sí mismo, siendo suficientemente previsto con el capital pero sin él, se presta, finalmente, como ninguno tiene la intención ni es capaz de hacerlo valioso para él personalmente,- porque si él debiese mantenerlo en sus propias manos, este capital estéril por naturaleza, permanecería estéril, mientras que, por su préstamo y el interés resultante, produce un beneficio que permite al capitalista vivir sin trabajar. Ahora, vivir sin trabajar es, en política como en economía moral, una proposición contradictoria, algo imposible.

El propietario que posee dos inmuebles, uno en Tours y otro en Orleans, y es obligado a fijar su residencia en uno de los que usa y en consecuencia abandona su residencia del otro ¿Puede este propietario reclamar que se priva de algo, porque su presencia no es ubicua como la de Dios? ¡Así decir que los que vivimos en Paris estamos privados de una residencia en Nueva York!  Admite entonces que la privación del capitalista se parece a la del señor que ha perdido su esclavo, a la del príncipe expulsado por sus súbditos, a la del ladrón que intentando entrar a una casa encuentra al perro vigilando y los residentes en la ventana.

Ahora, con esta afirmación y esta negación diametralmente opuestas entre sí, ambos apoyados por argumentos de igual validez pero que, aunque no armonizados, no pueden destruir al otro, ¿Qué curso debemos seguir?

Tú persistes en tú afirmación y dices: “¿No quieres pagar mi interés? ¡Muy bien! Yo no quiero prestarte mi capital. Intenta trabajar sin capital.” Por otro lado, nosotros persistimos en nuestra negación y decimos: “No pagaremos tú interés porque el interés en economía social es una prima para la ociosidad, la causa principal de la miseria y la desigualdad de la riqueza.”  Ninguno de los dos está dispuesto a ceder, llegamos a una paralización.

Este es el punto en que el socialismo toma la cuestión. Por un lado, la justicia conmutativa del interés; por otro, la imposibilidad orgánica, la inmoralidad del interés; y para decir la verdad de una vez, el socialismo no aspira a convertir ninguna de las partes -la Iglesia, que niega el interés, ni la economía política que lo apoya- especialmente si está convencido de que ambos tienen razón. Veamos ahora; como se analiza el problema y qué propone, qué es superior a los argumentos de los antiguos prestamistas, también de vital interés para ser digno de fe, y a las denuncias ineficaces pronunciada por los padres de la Iglesia.

Desde que la teoría de la usura finalmente ha prevalecido en cristianos como en paganos países, desde que la hipótesis o ficción de la productividad del capital ha llegado a ser un hecho práctico entre las naciones –déjanos aceptar esta ficción económica como hemos aceptado por 33 años la ficción constitucional y déjanos ver lo que resulta cuando se lleva a su final-. En lugar de limitarse a rechazar la idea como la Iglesia ha hecho, déjanos hacer una histórica y filosófica deducción y, desde que el mundo está más a la moda que nunca, déjanos seguir la evolución. Por otra parte, esta idea debe corresponder a la realidad, debe indicar alguna necesidad del espíritu mercantil. De lo contrario, las naciones nunca habrían sacrificado a ella sus más queridas y sagradas creencias.

Mira como el socialismo, enteramente convencido de la insuficiencia de la teoría económica así como de la doctrina eclesiástica, trata a su vez la cuestión de la usura. Primero se observa que el principio de productividad del capital no es respetuoso con las personas, no concede privilegios; se aplica a todos los capitalistas, independientemente del rango o dignidad. Ese que es legítimo para Peter es legítimo para Paul; ambos tienen el mismo derecho a la usura así como al trabajo. Cuando tú me prestas por interés el plano que has hecho para suavizar tus tablones, en mi turno, yo te presto la sierra que he hecho para cortar mi tabla, yo también tendré derecho a un interés.

El derecho al capital es igual para todos; en la proporción que prestan y piden, deben recibir y pagar interés. Esta es la primera consecuencia de tu teoría, que no podría ser una teoría, no es un derecho que se establece universal y recíproco. Supongamos que de todo el capital que use,  ya sea en forma de la máquina o de la materia prima, la mitad es prestado por ti, también supongamos que todo el capital usado por tu mitad prestada por mí; está claro que los intereses que hay que pagar compensarán entre sí, y si cantidades iguales de capital son anticipadas, los intereses se cancelan mutuamente, el saldo será cero. En la sociedad, las cosas reales no son precisamente de esta manera. Los préstamos que los productores se hacen mutuamente no son siempre de igual cantidad, por ello los intereses que tienen que pagar son desiguales; de ahí la desigualdad de condiciones y fortunas.

Pero la cuestión es determinar si este equilibrio en el préstamo del capital, trabajo y habilidad y, en consecuencia, igualdad prestataria para todos los ciudadanos, perfectamente admisible en teoría, es capaz de realizarse en la práctica, incluso esta realización es acorde con las tendencias de la sociedad; final e incuestionablemente, ese no es el inevitable resultado de la propia teoría de la usura. Ahora, esto es lo que el socialismo afirma, ahora esto es lo que ha llevado a un entendimiento de sí mismo, el socialismo que ya no se distingue de la economía científica, estudiado de una vez a la luz de su experiencia acumulada y en el poder de sus deducciones. De hecho, ¿Qué hace la historia de la civilización, la historia de la política económica, hablarnos sobre estas grandes cuestiones de interés? Esto nos dice que la prestataria mutua del capital, material o inmaterial, tiende más y más hacia el equilibrio, debido a las diversas causas enumeradas a continuación, que ni el economista más conservador puede discrepar:

  1. La división del trabajo o la separación de industrias que, Infinitamente multiplicando ambas herramientas y materia prima, multiplica en la misma proporción los préstamos del capital.
  2. La acumulación de capital, una acumulación que resulta de la diversidad de industrias, produciendo entre los capitalistas una competición similar a la de los comerciantes y en consecuencia, efectuando gradualmente una disminución de la renta del capital, una reducción del precio del interés.
  3. El continuo aumento de poder de la circulación que el capital adquiere a través del uso de la especie y de las letras de cambio.
  4. Finalmente, la seguridad pública.

Tales son las causas generales que, por siglos han desarrollado entre los productores una reciprocidad de deudas tendiendo más y más al equilibrio y consecuentemente a más y más incluso al equilibrio de intereses, a una continua disminución del precio del capital. Estos factores no pueden ser negados, tú mismo lo admites; sólo le confundes su principio y significado, dando el capital del crédito por los progresos realizados en el ámbito de la industria y la riqueza, mientras que este avance es causado no por el capital, sino por la circulación del capital. Los hechos se analizan y clasifican de este modo el socialismo se pregunta si,  con el fin de lograr este equilibrio de crédito y los ingresos, no es posible actuar directamente, no en el capital, si no en la circulación; si no es posible organizar esta circulación como para inaugurar de una vez entre capitalistas y productores(dos nuevas clases hostiles pero teóricamente idénticas) una equivalencia de préstamos o de igualdad de fortuna. Para esta cuestión el socialismo responde: sí, es posible, y de varias maneras.

Supongamos, para limitarnos a las actuales condiciones de crédito, que las operaciones que son llevadas sobre todo a través de la intervención de la especie; supongamos que todos los productores de la república, siendo más de diez millones, se tasan cada uno a un precio de sólo el 1% de su capital. Este precio, tanto real como personal, ascendería a más de mil millones de francos. Supongamos que con medio de este impuesto se fundó un banco en competición con el Banco de Francia, descontando y dando crédito de las hipotecas a tarifa de 0.5%. Es evidente en primer lugar que la tarifa de descuento en papel comercial, la tasa de los préstamos sobre hipotecas, el dividendo del capital invertido, etc, siendo 0.5% el capital efectivo en mano de todos los usureros y prestamistas caería inmediatamente en la esterilidad absoluta; el interés sería cero y el crédito gratuito.

Si el crédito comercial y el que en base a las hipotecas-en otras palabras, si el capital cuya función exclusiva es circular- fuera gratuito, el capital de casa de pronto se convertiría en casas y no seguiría siendo capital; serían mercancías,  citado en el mercado como el brandy y el queso, y alquilado o vendido a su coste. Si las casas, como el dinero, fuesen gratuitas- es decir, si su uso fuese pagado como un intercambio, y no como un préstamo- la tierra no tardaría en llegar a ser gratuita también; entonces si el alquiler de granja, en vez de ser pagado a un propietario que no cultiva, sería la compensación por la diferencia entre los productos de superior e inferior(calidad de) suelo o ya no existiría, en realidad,  ya sea inquilinos o propietarios, sólo habría labradores y viticultores, así como hay carpinteros y maquinistas.

¿Quiere una prueba más de la posibilidad de hacer todo el capital gratuito por el desarrollo de las instituciones económicas? Supongamos que en lugar de nuestro sistema de impuestos, tan complejo, tan pesado, tan molesto, que hemos heredado de la nobleza feudal, Se debería establecer un impuesto único, no en producción, circulación, consumo, hospedaje, etc, pero de acuerdo con las exigencias de la justicia y los dictados de la ciencia económica, en el capital neto de cada individuo. El capitalista, perdiendo por los impuestos tanto o más de lo que gana por arriendos y por los intereses, estaría obligado ya sea para utilizar su propiedad, a sí mismo o para venderlo; el equilibrio económico sería establecido de nuevo por esta intervención sencilla y además inevitable para departamento de tesorería. Esta es la teoría socialista del capital y el interés.

No sólo afirmamos, de acuerdo con esta teoría (que, por cierto, tenemos en común con los economistas) y en la fuerza de nuestra creencia en el desarrollo industrial, que tal es la tendencia y la importancia de los préstamos a interés; podemos probar, por los resultados destructivos de la economía y por una demostración de las causas de la pobreza que esta tendencia es innecesaria y la aniquilación de la usura, inevitable. De hecho, la rente, la recompensa del capital; los intereses sobre el dinero; la usura que constituye, como se ha dicho, una parte integral del precio de los productos, y esta usura no es la mismo para todos, por consiguiente el precio de los productos, compuesto como está por los salarios e intereses, no puede ser pagado por quienes sólo tienen sus salarios y ningún interés con que pagar; de modo que por la existencia de la usura el trabajo está condenado a la ociosidad y el capital a la quiebra.

Este argumento, uno de la clase que los matemáticos llaman de reducción al absurdo, mostrando la imposibilidad orgánica de préstamos a interés, se ha repetido cientos de veces por el socialismo. ¿Por qué los economistas no lo notan? ¿Realmente deseas refutar las ideas del socialismo sobre la cuestión del interés? Escucha pues las preguntas que debes responder:

  1. ¿Es cierto que, aunque el préstamo de capitales, cuando se ve objetivamente, es un servicio que tiene su valor, y que por lo tanto debe ser pagado este préstamo; cuando se ve subjetivamente, no implica un sacrificio real por parte de los capitalistas y por consiguiente, no establece el derecho a fijar un precio en él?
  2. ¿Es cierto que la usura para ser inobjetable debe ser igual que la tendencia de la sociedad es hacia este ecualización, por lo que la usura será totalmente legítima sólo cuando se ha vuelto igual para todos, es decir, que no existe?
  3. ¿Es cierto que un banco nacional, dando crédito y descuento gratis puede ser una posible institución?
  4. ¿Es cierto que los efectos de la gratuidad del crédito y el descuento, así como de los impuestos cuando son simplificados y restaurados a su forma verdadera, sería la abolición de la renta de bienes inmuebles, así como de los intereses sobre el dinero?
  5. ¿Es cierto que el viejo sistema es una contradicción y una imposibilidad matemática?
  6. ¿Es cierto que la economía política después de haber pasado por varios miles de años se opuso a la vista de la usura en poder de la teología, la filosofía y la legislación, debido, por la aplicación de sus propios principios, a la misma conclusión?
  7. ¿Es cierto, por último, que la usura ha sido como una institución providencial, simplemente un instrumento de igualdad y progreso, al igual que en el ámbito político la monarquía absoluta era un instrumento de la libertad y el progreso y como en el ámbito judicial la prueba de agua en ebullición, el duelo y el potro eran a su vez los instrumentos de la convicción y el progreso?

Estos son los puntos que nuestros oponentes están obligados a examinar ante nosotros cargando con la debilidad científica e intelectual. Éstos, señor Bastiat, son los puntos en los que sus futuros argumentos se deben convertir, si usted los desea para producir un resultado definido. La pregunta se indica de forma clara y categórica: nos permite creer que después de haberlo examinado se percibe que hay algo en el Socialismo del siglo XIX que está más allá del alcance de su economía política anticuada.

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