Siete torres y un bulevar

Subo al autobús medio dormido, camino del trabajo. Me encojo en mi asiento individual, envuelto en mi abrigo, las manos resguardadas en los bolsillos, todo dispuesto para dejarme llevar plácidamente hasta mi destino. Imposible, dos ancianos discuten a mi espalda. Cojo la conversación a medias:

– ¿Y qué si vienen de otros sitios? ¿Que vienen del pueblo de al lado a apoyarles ya son etarras? Está la policía dándoles, la prensa llamándoles marginales…

– Pero que no se puede, que están quemando todo, los coches, los bancos, las tiendas… Eso no se puede. Que no estará bien eso de la obra, pero hay que saber estar.

– Es que si no, no les hacen caso. Hombre, que lo sabes bien, que te dicen que sí, que muy bien, que por supuesto y luego hacen lo que quieren. Y si no, ¿Qué queda?

¿Que queda? La pregunta resuena mientras los dos hombre se apean en su parada y yo sigo adelante. Tres frases cogidas al vuelo que hablan, claro, de lo que ha ocurrido los últimos días en el Gamonal, barrio burgalés donde el alcalde, el constructor de turno y algún otro pretendían dar otro pelotazo urbanístico con el que enriquecer sus bolsillos.

Me salto el poneros en antecedentes. Han corrido ya ríos de tinta sobre el tema y cualquiera puede encontrar información al respecto. Encontrar información decente es otra cosa pues la mayoría de artículo van cargados de veneno contra los vecinos que se oponen al bulevar, pero aún se encuentran algunos que merece la pena leer. Afortunadamente los propios vecinos se han encargado de demostrar que ni radicales violentos ni imbéciles dirigidos, que son personas con opinión y la dignidad suficiente para defenderla.

Esa dignidad no es una novedad. Por el contrario, lleva años cultivándose en las aceras de este barrio obrero. El Gamonal (nombrado así en honor a la abundancia del gamón, planta local que florece junto al orgullo rebelde) ya puso en jaque al ayuntamiento en 2005, en una lucha histórica contra la construcción de un parking en la avenida Eladio Perlado que acabaría con la rendición del consistorio en enero de 2006. El documental que narra esta lucha deja con su título otra pregunta en el aire ¿De quién es la calle? Los vecinos contestan hoy con sus pancartas, su resistencia y su nueva negativa al plan urbanístico: La calle es nuestra. No son de los que se dejan comprar por un carril bici, como tampoco se dejarían comprar por un circuito de Fórmula 1, porque sienten aún responsabilidad sobre el suelo que pisan.

Heinrich Mann preguntó una vez en París a un compatriota suyo «¿Siguen todavía en pie la siete torres de nuestra común patria chica?». Recordaba las siete torres de Lübeck, su ciudad natal, ante el desmoronamiento de Alemania. En el Gamonal no quieren ver cómo la calle Vitoria y el resto del vecindario se desmoronan por el peso de la especulación urbanística. Van a defender sus torres.

Llego a mi parada y salto del autobús dándole vueltas. Explicaciones aparte, lo que más me sorprende es el tono de la conversación escuchada, en general de apoyo. Abiertamente comprensiva una de las personas, crítica la otra pero con un acuerdo de base: Las obras son contra una mayoría y para enriquecer a unos pocos. El barrio es de los vecinos y son ellos quienes ellos deben decidir. Algo tan evidente es la base de la lucha del Gamonal. No las barricadas, no los enfrentamientos; sino el uso, por parte de los vecinos, de todos los medios a su alcance (incluidos el fuego y los palos) para hacer público lo evidente, para comunicarlo más allá del ruido mediático que pretende distorsionar su lucha. No es algo fácil de conseguir. No suele conseguirse. Frente a la oposición mediática hasta los más fuertes languidecen y se arrugan, incapaces de proyectar su mensaje.

Camino por la calle y las reflexiones me hacen sonreir. En el espacio de unos meses hemos visto al menos dos victorias importantes, dos triunfos de la organización popular de los trabajadores mediante la acción directa. Hoy es en el Gamonal paralizando temporalmente (y esperemos que definitivamente) la obras, pero ayer fue la huelga de los barrenderos de Madrid, que ensuciaron las calles sacando a la luz la mierda que el poder quiere esconder bajo la alfombra. Por supuesto, seguimos rodeados de basura: paro, explotación, autoritarismo, represión policial, desmantelamiento de servicios sociales, especulación… pero cada victoria nos devuelve la esperanza, la ilusión, las ganas de seguir luchando por lo que es nuestro. Las ganas de seguir resistiendo y construyendo. A desalambrar, que diría Victor Jara, que esta tierra es de nosotros y no del que tiene más.

Vecinos de Gamonal, habeis dado un gran paso, hay que seguir caminando.

Clases sociales y análisis social

El concepto de clase social es de vital importancia para el estudio y compresión de la realidad capitalista. No dejan de sorprender aquellos comentarios que argumentan, o bien, la inexistencia de las clases sociales, o su invalidez analítica por ser elementos de un contexto pasado ya no aplicable a la sociedad de nuestros tiempos. Con este artículo pretendo argumentar todo lo contrario: que la vigencia de la sociedad de clases sigue siendo evidente y palpable. No obstante, este artículo no pretende ni profundizar en debates técnicos o académicos [1], ni establecer una tipología definitiva de clases. Me contento con señalar que las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y que el avance hacia la revolución social pasa por ser conscientes de ello.

Lo primero que hay que resaltar es que el concepto de «clase social» es una mera herramienta analítica, y por lo tanto tiene una función heurística que ayuda a la persona que se embarca en el estudio social. Como tal herramienta, puede ser concebida de múltiples formas en función al marco teórico desde el que se trabaje. Tener en cuenta esto significa saber que no existe una única manera de aprehender lo que llamamos «estratificación social.»

Las sociedades (y más en la actualidad) están estratificadas de una manera u otra: siguiendo lógicas diferentes, basándose en conceptos clasificadores distintos, etcétera. En las sociedades capitalistas dicha estratificación sigue una lógica predominantemente económica al estar centrada (pero no exclusivamente) en la producción. Así pues, aunque nos empeñemos en negar la existencia de clases sociales, difícilmente podremos negar la existencia de dicha estratificación social: nos basta con dar un paseo por cualquier ciudad capitalista para ver los efectos materiales de dicha estratificación. De esta manera encontramos barrios pobres y barrios ricos; personas que tienen que trabajar 12 horas diarias para sobrevivir, y personas que se bastan con firmar unos papeles a la semana para vivir holgadamente; grupos que son discriminados por el color de su piel, y grupos que son privilegiados por su credo religioso. Las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y al estarlo, es útil para la persona que se embarca en el análisis social establecer unas categorías analíticas que permitan agrupar a personas con similares características.

Ya he dicho antes que existen múltiples formas de aproximarse a la estratificación de las sociedades capitalistas. Una de ellas, la iniciada por Karl Marx, es la que pienso es la más conveniente para un análisis realmente radical y revolucionario (por lo tanto, la más útil para les anarquistas).[2] La tipología de clases que promueve la teoría marxista es con frecuencia malinterpretada por anarquistas y marxistas de a pie (sobre todo les últimes). Para ello, tengamos en cuenta los siguientes puntos:

  • Las clases sociales no son homogéneas internamente: existen contradicciones y conflictos dentro de cada clase social. Un error típico, por ejemplo, es pensar que el proletariado en su total conjunto persigue los intereses de su clase. La contradicción resalta a la vista cuando vemos la cantidad de personas consideradas como «trabajadoras» que votan a partidos conservadores.
  • Las clases sociales no son compartimentos estancos: otro error típico es pensar que las clases sociales designan a personas de una manera estática y hasta «natural.» De tal forma, se tiende a pensar que si una persona nace en el barrio madrileño de Vallecas (por ejemplo) y trabaja de peón en la construcción es, de forma automática, «clase trabajadora» y por ello aúna las características conceptuales que se le asignan a dicha clase.
  • No solamente hay dos clases sociales (o tres si se quiere incluir a la manida «clase media»): pensar la sociedad capitalista en términos binarios (proletariado vs capitalistas), o con una triada (trabajadores, clase media, y capitalistas), es a todas luces un análisis simplista que reduce demasiado la complejidad de las dinámicas humanas que se dan en el capitalismo.

Teniendo en cuenta estos tres puntos estamos algo más preparades para desarrollar un análisis social mucho más rico y exhaustivo. Los siguientes puntos, son a mi parecer, vitales para realizar un análisis social más acertado:

  • Las clases sociales son posiciones estructurales: una clase social no es una categoría que define la «naturaleza» de un individuo ni su condición existencial en sociedad. No se es de una clase social como se es fan de un equipo de fútbol. Decir que una persona es «capitalista» implica situar a dicha persona en el complejo entramado de relaciones productivas que se dan dentro del capitalismo. Para ello imaginemos un «mapa del capitalismo» en el que situamos a las personas según la relación que tienen con la producción económica y el control de los medios de producción y el trabajo del resto de personas.
  • Si las clases sociales son posiciones estructurales, éstas están dialécticamente relacionadas entre sí: es útil y necesario definir una clase social en relación con el resto de posiciones estructurales dentro de la organización social de la producción. La persona clasificada como «proletaria» está relacionada con las personas clasificadas como «capitalistas» en tanto que la primera: 1) no es propietaria de los medios de producción, y 2) no dispone de autoridad en la organización de la producción.
  • Dado que las clases sociales son posiciones y relaciones estructurales, podemos encontrar una enorme variedad dentro de cada posición estructural: pensemos en la amplia categoría «clase trabajadora» (aquella que no es propietaria de los medios de producción y vende su fuerza de trabajo a otras personas). De esta manera encontramos que la clase trabajadora se puede, asimismo, diferenciar internamente en términos de: 1) nivel educativo y formación, y 2) existencia de responsabilidades dentro de la organización de la producción. Así podemos hablar de trabajadores no-cualificades, trabajadores no-cualificades con niveles medios de responsabilidad (como la persona encargada dentro de una cafetería pero que, no obstante, no es dueña del establecimiento), trabajadores muy cualificades sin responsabilidad directa sobre otres trabajadores, etcétera y más etcétera.
  • La clase social también se percibe de forma subjetiva: es muy útil diferenciar entre «clase social objetiva» (aquella dada por la posición real dentro de la organización social de la producción), y «clase social subjetiva» (aquella que las personas piensan que son). Mirando a las diversas encuestas sociales de las que disponemos, observamos que mucha gente se auto-denomina como «clase media» a pesar de estar posicionada en los niveles más bajos de la jerarquía productiva. De la misma manera, gente «más privilegiada» (como profesionales con estudios universitarios y puestos de trabajo que incluyen responsabilidad sobre el trabajo de otras personas) se auto-clasifican como «clase trabajadora.»[3]

Como se puede ver, el análisis de clases no es una tarea sencilla (y ríos de tinta se han escrito sobre el asunto). Dentro de cada posición estructural podemos diferenciar personas (capitalistas con empresas de 0 a 10 trabajadores, trabajadores cualificades con puestos de responsabilidad, trabajadores súper-cualificades con altos salarios pero que no son propietaries de los medios de producción, etcétera), así como podríamos también usar un marco teórico diferente para abordar la estratificación social (en vez de centrarnos en relaciones estructurales podríamos, como hace el análisis weberiano, centrarnos en los salarios percibidos y las relaciones laborales en el mercado de trabajo).

Sea como sea, si pienso que el análisis marxista es útil para la revolución social es porque es (seguramente) el único análisis exhaustivo que incluye una dimensión moral. Es decir, dentro de toda la complejidad que supone la estratificación social, hay personas que actúan de manera inmoral (explotando) y personas que sufren dicha explotación (explotades). Este tipo de análisis estructural nos permite, además, diferenciar de forma compleja el entramado de relaciones humanas que se dan dentro de la organización social de la producción.[4] Esto último nos permite discernir con mayor precisión las dinámicas que se institucionalizan y perpetúan las desigualdades sociales, económicas, y políticas.

Finalmente añadir que, si bien es cierto que el análisis marxista de clase es útil, nosotres les anarquistes le podemos dar una vuelta de tuerca más. Poco podemos añadir al análisis «objetivo» (con muchas comillas) de la estratificación social. No obstante es en el plano subjetivo y, sobre todo, en el análisis de las relaciones de autoridad y responsabilidad dentro de la organización productiva, donde la teoría anarquista puede avanzar el análisis social del capitalismo.

¿Y de qué nos sirve esto? Para algunes puede ser una mera forma de ganarse la vida en la academia; para otres puede ser una manera de pasar el tiempo. Pero estaríamos muy ciegues si no viéramos todo el potencial revolucionario que ofrece el «conocer a nuestres enemigues».[5] Cuanto más sepamos sobre las complejas maneras en las que se desarrolla el capitalismo, más oportunidades tendremos de construir un mundo nuevo donde la raza humana pueda vivir con libertad.

Notas

[1] Para un análisis en profundidad de las distintas maneras en las que se puede estudiar la sociedad de clase se puede leer a Erik Olin Wright.

[2] No seré la primera persona que se considera anarquista y que piensa, al mismo tiempo, que la economía política iniciada por Karl Marx (y desarrollada por un sinfín de marxistas, neomarxistas, y anarquistas) es el mejor intento de desentrañar el funcionamiento del capitalismo. Ojo, esto no significa que comulgar con los análisis económicos marxistas signifique también comulgar con las teorías políticas y organizativas que normalmente se asocian al marxismo.

[3] Las razones de esta percepción subjetiva que no concuerda con las posiciones estructurales de las personas en la organización social de la producción se debe a una miríada de factores que no entran en el contenido de este artículo. De forma somera, algunos de estos factores podrían ser: 1) la percepción de lo que es digno o no en sociedad, 2) la definición de «clase» únicamente en relación con el salario que se percibe, o 3) influencias sociales del entorno social (como familia, amigues, barrio en el que se vive, etcétera).

[4] Nótese además que siempre se habla de organización social de la producción, lo que recalca que el capitalismo es una invención humana y contingente históricamente hablando. Esto implica, como es obvio, que dicha organización es sustituible por otra mucho más justa.

[5] Y obviamente digo «enemigues» porque las distintas clases sociales tienen distintos intereses en esta vida.

Enlaces del mes: Diciembre 2013

Acción solidaria frente a la represión de anticapitalistas y libertarios en Madrid

El pasado 18 de Diciembre nos llegaba la noticia de nuevas detenciones en Madrid, algunas de ellas por el procedimiento de ir a buscar a las personas a su propia casa, procedimiento que ya se ha realizado en anteriores ocasiones.

Nos envían como colaboración el video de una acción solidaria realizada el 31 de diciembre en Madrid en solidaridad con los compañeros detenidos.

Enlazamos también el comunicado de FAEM (Frente anarquista estudiantil madrileño) al respecto de la detención de uno de sus miembros.

 

¿Es violento desalojar a una familia de su hogar? ¿Es delito una reforma laboral que condena a la explotación o al paro? ¿Es un atentado a la libertad la ley del aborto, que impide a las mujeres decidir sobre su cuerpo? ¿Quién es culpable de la corrupción y la especulación? ¿No es terrorista un sistema económico que destruye el medio y a las personas mientras enriquece a unos pocos?

Parece que no. Que lo único que merece ser condenado es enfrentarse a esta situación. 7 compañeros han sido detenidos el pasado día 18 por manifestarse en contra de la violencia que todo esto y más supone para todos nosotros, para la mayoría de personas. Fueron secuestrados de sus casas, utilizando los peores métodos de una dictadura. Como ellos hay ahora mismo miles de personas: golpeadas e imputadas por daños, resistencia, agresión a la autoridad, lesiones y muchos motivos más, la mayoría de ellos falsos. Desde el poder hacen de todo para meterte miedo, para que te quedes en casa y te eches a temblar. Pero hay gente que se enfrenta al miedo, aunque también lo tenga. A todos esos enjuiciados se les exige que paguen, que se arrepientan, que cedan… Y no ceden. Precisamente por eso son fuertes. Precisamente por ellos hacemos hoy esta acción, que no es más que un gesto solidario y un mensaje: No estais solos, seguimos luchando.

¡Libertad detenidos por luchar!

Comunicándonos III

Superando la endogamia. ¿Qué imagen proyectamos?

El objetivo de la comunicación es, fundamentalmente, llegar a un público no afín o que no conoce el mensaje que queremos transmitir. Sin embargo, con regularidad el tipo de material, el canal utilizado o el lenguaje elegido hacen inviable salir de los círculos más próximos, generando esa cultura de la autoreferencialidad, del gueto.

El desconocimiento de los distintos públicos y la forma de acercarse a cada uno de ellos hace que muchos movimientos sociales generen materiales supuestamente orientados a la difusión externa que, sin embargo, terminan siendo de uso interno. De ahí que resulte fundamental el desarrollo de una buena estrategia comunicativa haciendo uso de las herramientas que hemos mencionado (u otras).

Pero más allá de eso, también resulta necesario tener en cuenta el imaginario social que se construye sobre nosotros a raíz de nuestras charlas, talleres, ruedas de prensa, comunicados, artículos, entrevistas en radio o televisión, etc. Este imaginario no es unívoco y mucho menos estático. Se construye a distintos niveles, pero da como resultado la imagen que la sociedad tiene de nosotros.

En todo momento es necesario tener las siguientes preguntas presentes:

¿Qué actitud tenemos como asociación ante la imagen que proyectamos a la sociedad?

¿Es posible que algunas de nuestras principales cualidades no estén siendo proyectadas?

¿Cómo difundir aquellas cosas que mejor nos definen en vez de las anecdóticas o las que a algunos medios interesa difundir?

Decimos que este imaginario es dinámico porque parte de la interacción social: lo que decimos como organización o colectivo es decodificado para ser comprendido, pero esto ya supone del procesamiento y la interpretación por parte de los receptores (la sociedad receptora). Este eje pragmático señala que el receptor interpreta los signos según las reglas sociales, culturales y psicológicas que determinan el uso particular del lenguaje en un momento dado.

Esto es importante porque muchas veces caemos en el idealismo de pensar que el receptor interpreta nuestros signos en base a nuestras reglas, las nuestras como emisores. Al contrario, somos nosotros como emisores lo que debemos adecuar la forma al receptor si aspiramos a comunicarnos y que se nos entienda. El uso de códigos indescifrables (palabras de uso determinado en nuestros círculos), anticuados o directamente hostiles a los utilizados en el contexto en el que nos movemos suele ser habitual y muchas veces solo sirve para dificultar nuestra labor comunicativa. Alterar las formas comunicativas para hacerlas más efectivas no tiene que entrar en contradicción con el mantenimiento de las ideas de fondo.

Caso de estudio: El conservadurismo estadounidense

Los conservadores estadounidenses, explica Lakoff en No pienses en un elefante, han invertido billones de dólares desde los años setenta en think tanks, en financiar investigadores y encuentros dedicados a estudiar la mejor forma de estructurar y comunicar sus ideas y de destruir las posibilidades de su adversario. Lo lograron. Consiguieron definir las grandes cuestiones políticas en sus términos y etiquetar a sus opositores desde su lenguaje y sus valores.

Las políticas conservadoras se fundamentan en una visión de la moral familiar, que se extienden a la política y a otros ámbitos. La familia conservadora se estructura en torno a la imagen del padre estricto que cree en la necesidad y el valor de la autoridad, que es capaz de enseñar a sus hijos a disciplinarse y a luchar en un mundo competitivo en el que triunfarán si son fuertes, afirmativos y disciplinados.

El gran logro de la estrategia de los conservadores ha sido el de estructurar todos los asuntos políticos en torno a estos valores básicos y profundamente asentados en la mentalidad de gran parte de los ciudadanos. Profundizando ese sistema de conceptos y valores, los intelectuales al servicio de los republicanos estadounidenses han sido capaces de elaborar un discurso articulado y un lenguaje eficaz. Eficaz porque reconoce el poder de nombrar, que es el de empotrar cada denominación en un marco conceptual que implica valores y sentimientos de los que las audiencias son generalmente inconscientes. Y ese lenguaje bien armado con sus implicaciones morales y emocionales tiene el poder de definir las realidades una vez introducido y reiterado en los medios de comunicación. La «guerra contra el terror» es un ejemplo. Activa el miedo a un terror difuso —y con el miedo, el marco del padre estricto— y asocia terrorismo con «guerra», que requiere un comandante en jefe, un «presidente de guerra», poderes especiales para la guerra, así como naciones que atacar, etc.

Competencia discursiva

A la hora de tratar determinada cuestión, el espacio discursivo se va construyendo con la interacción de las distintas visiones de una misma idea. De esa forma, el discurso libertario se mezcla con el discurso del resto de tendencias políticas en los movimientos sociales, entrando en competencia comunicativa con otros discursos ideológicos. El discurso (también las prácticas) de los movimientos sociales se construirá en base a cómo se distribuya la hegemonía de las distintas tendencias dentro del movimiento social. De la habilidad de los libertarios dependerá evitar la preponderancia de las tendencias reformistas o autoritarias, manteniendo la autonomía del movimiento.

Asimismo, el discurso resultante de los movimientos sociales entrará en competencia discursiva con el de otros agentes de la sociedad: Empresas, instituciones estatales, think tanks y grupos de poder. Por ejemplo el discurso ecologista sobre el cambio climático entra en competencia con el discurso del gobierno, el discurso empresarial favorable a las renovables, el discurso que niega el cambio climático… De esa competencia la mayoría de la sociedad integrará su visión sobre el tema. De ahí que sea esencial desarrollar nuestras habilidades comunicativas para ser un vector de influencia en la construcción del discurso hegemónico.

Más allá de eso, también se intuye ahí la necesidad estratégica de “empujar hacia la izquierda” el discurso del resto de actores sociales. A la inversa del caso del conservadurismo estadounidense que nombrábamos, si son los valores propios de la izquierda libertaria los que se establecen socialmente, es decir, los que se vuelven hegemónicos, el resto de actores tendrá que construir sobre ellos su discurso, lo que dificultará su labor comunicativa. De ahí que sea interesante para los anarquistas que ciertos valores que les son propios se generalicen (lo que entra en contradicción con el “cuanto peor, mejor” que defienden algunos).

El marco discursivo

Como hemos dicho, estamos comunicando nuestro proyecto político a cada momento. Sin embargo, hay espacios discursivos de especial notoriedad, como los que de vez en cuando surgen en los grandes medios de comunicación.

Resulta necesario valorar la oportunidad y la capacidad de un marco discursivo a la hora de participar en él. ¿Va a salir reforzada nuestra posición o va a ayudar a dar a conocer nuestro argumentario? ¿Tenemos capacidad para expresarnos en ese marco? Si es así debemos aprovecharlo. La pregunta, en definitiva, no es otra que: ¿Merece la pena?

Parte del movimiento anarquista se ha negado a hacer uso de los medios de masas casi por principio, pero la cuestión es más bien estratégica. Por supuesto, para aprovechar los espacios de especial notoriedad debemos estar preparados, tener una buena estrategia comunicativa (saber qué y cómo se va a decir) y habilidades comunicativas (capacidad para expresarse adecuadamente).

Otros actores tienen clara la necesidad de expresar su argumentario en los medios de masas. Es paradigmático el caso de Pablo Iglesias, apareciendo como tertuliano habitual en cada vez más programas televisivos. ¿Está ayudando a reforzar socialmente su argumentario político? Y, sobre todo ¿Podría el anarquismo hacerlo con el que le es propio? ¿Por qué no lo hace?

Perchas, aborto y represión policial

Ya estábamos calentando motores desde hace algunas semanas. Se movían convocatorias para todo el Estado que decían: «El viernes que se anuncie la contrarreforma de la ley del aborto, en cada ciudad, concentración a las 19h». En Madrid, aprovechándonos de vivir en la capital, la concentración se realiza en el Ministerio de (in)Justicia.

Ayer, viernes 20 de diciembre, el Congreso aprobó el Anteproyecto de Ley de Protección de la Vida del Concebido y de los Derechos de la Mujer Embarazada. En ella, sólo se consiente el aborto en dos supuestos:

 En caso de violación, antes de las 12 semanas de embarazo, y con la condición de que se haya denunciado. Teniendo en cuenta que la mayoría de las violaciones no se denuncian por miedo o vergüenza de las víctimas, ¿cuántas mujeres acabarán teniendo un niño o niña fruto de la mayor agresión machista que hayan sufrido? Probablemente muchas.

El otro caso en el que se despenaliza el aborto es: «si existe riesgo de grave peligro para la salud física o psíquica  de la mujer», y se podrá realizar hasta las 22 semanas de embarazo, o más tarde, solo si no se detectara la incompatibilidad de la vida con el embarazo dentro de dicho periodo. Para ello, debe ser recomendado por dos especialistas de las patologías que pudiera sufrir la mujer y que además sean ajenos al centro donde se vaya a realizar el aborto, excepto cuando exista un riesgo vital para la mujer.

Se elimina el aborto libre de la ley del 2010 hasta las 14 semanas, que garantizaba el derecho de cada mujer a decidir sobre su propio útero, además del aborto en el caso de que existieran malformaciones en el feto. Si añadimos esto a la eliminación de las ayudas a la dependencia, nos encontraremos a madres con niños y niñas con necesidades específicas ( y caras, en muchas ocasiones) que no pueden mantenerles debido a la pobreza en la que nos está sumiendo este gobierno.

Asimismo, se regula: la objeción de conciencia del médico, las menores entre 16 y 18 años vuelven a necesitar el consentimiento paterno y en todos los casos la mujer debe esperar 7 días entre la solicitud del aborto y la realización del mismo, en vez de los 3 días de la anterior ley.

Por eso ayer nos manifestamos. En Madrid, como he señalado antes, nos reunimos en el Ministerio de Injusticia, donde había un ambiente muy tranquilo, solo roto por los mismos cánticos que gritaban nuestras madres ( o incluso abuelas) años atrás. Cerca de las 9 de la noche nos decidimos a hacer una reclama por las calles de Madrid, y llegamos a la Plaza de Juan Puyol. Allí nos dividimos en dos grupos, básicamente por falta de organización, pero al final ambos acabamos pasando por la Gran Vía, la calle Montera, la Puerta del Sol, la calle Carretas y acabamos en la Plaza de Jacinto Benavente. Al llegar, había pocos ánimos y lo único que hicimos fue cantar un par de consignas y quemar un muñeco con la careta de Gallardón. Después de eso el ambiente estaba tan relajado que muchas empezaron a irse. A las que se quedaron, podéis ver lo que les pasó aquí:

La policía golpea y detiene a varias personas tras una protesta contra la ley del aborto

En definitiva, el resultado de esta ley es: el control de nuestros úteros para ponerlos al servicio de un estado misógino y fascista. Queda claro que este gobierno piensa en las mujeres como meros medios reproductivos y no como personas. ¿A dónde nos lleva esto? A la percha. Pero no para todas, porque en las clases dominantes, las privilegiadas, las blancas, las socialmente adaptadas, seguirán volando a Londres para «pasar unas mini-vacaciones». Son las pobres, las marginadas, las inmigrantes, las jóvenes, las víctimas de violaciones, quienes morirán desangradas por abortos inseguros en sus propias casas o en clínicas clandestinas más parecidas a carnicerías que a otra cosa. Este gobierno está condenando a las mujeres a la muerte.

Podéis ver la rueda de prensa que dio Gallardón el viernes aquí, o la nota de prensa que explica algunas de las características de la nueva ley aquí

Assata Shakur

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