Republicanos, un esfuerzo más si queréis ser republicanos

«Pero ¿qué es la democracia en la libertad sino la República?» —Miguel Bakunin; Federalismo, Socialismo y Antiteologismo. 

La República siempre ha sido tomada, al menos en la modernidad, como la representación unívoca de justicia social. De una u otra forma, sigue siendo esa mujer semidesnuda que coronada por un gorro frigio guía al pueblo hacia la consecución de una mayor libertad e igualdad para toda la humanidad. Así mismo, tampoco puede desligarse a ésta de la razón, la ciencia, la laicidad y la democracia. No se puede divorciar, en fin, de todos los buenos y sanos hábitos, pensamientos y aspiraciones que el ser humano ha concebido para consigo mismo y para con los demás, en un intento manifiesto de unirse fraternalmente.

El grito político del siglo XVIII —de finales de siglo, eso sí—, XIX, XX, e incluso de nuestro incipiente XXI, se puede resumir con un portentoso ‘¡Viva la República!’. ¿Cuántos hombres y mujeres habrán muerto por esta declamación o por decirse resueltamente republicanos? Seguro que demasiados. Pero, como suele suceder, cada muerte pasa a ser una confirmación de la razón del ideal, de su necesidad. Cada régimen fecunda el siguiente con la sangre de los ideales más progresistas, es decir, más radicales, en cuanto que van a la raíz del problema. De tal manera, el Antiguo Régimen quedó sepultado bajo la novedosa Monarquía Constitucional y ésta, la mayoría de las veces, quedó relegada a su vez por la nobilísima República; con la llegada de la última parece verse siempre el final del padecimiento, aun cuando no sea así, y la euforia es comprensible y humana. Sin embargo, el pensamiento humano sigue su curso, no totalmente ajeno a la realidad concreta, pero sí de una forma bastante independiente.

En España, cuando en el 1873 se proclamó la Primera República Española, a pesar de las numerosas esperanzas depositadas en ella, ya había personas que ansiaban más libertad e igualdad de la que ésta podía concederles: los llamados republicanos federalistas ‘intransigentes’, fervientes partidarios del republicanismo más radical, que para el caso venía representado, curiosamente, por el federalismo pactista y socializante esbozado por Pi y Margall en su impresionante libro La Reacción y la Revolución, escrito casi veinte años atrás. La revolución era, pues, inminente y así comenzó a los pocos meses de la proclamación de aquélla la Revuelta cantonal. La libertad, incompleta aún, se situaba ya por delante de los timoratos que se refugiaban en el Congreso y que la rehuían a toda costa. Con todo, el conato de revolución fue reprimido por el Estado; aunque sin duda alguna dejaba el camino expedito para que surgieran ideas más radicales, más avanzadas si cabe. La Comuna de París no tardaría en demostrar esto que digo. Mas volviendo a España, no sería hasta la Segunda República Española que se renovarían todas las ensoñaciones republicanas: parecía abrirse un nuevo horizonte para el obrero, el campesino, la mujer, el niño, etc. Pero las ensoñaciones son eso, entelequias. No hace falta extenderse demasiado aquí, pues los hechos acaecidos en Casas Viejas, así como la aplastada Revolución del 34, guste ésta más o  menos, así lo evidencian. El Estado, que es reaccionario en sí mismo, más allá de todas las empresas educacionales llevadas a cabo y que eran de agradecer, mostraba su verdadero rostro. Si argüía hace un rato que cada régimen fecunda el siguiente con la sangre de los ideales más altos, he aquí la prueba. Y da igual cómo se muestre la República mientras en su seno se distinga todavía al Estado, que siempre termina por frena al ser humano. El caso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) es paradigmático. La República, imbuida por el Estado hasta el paroxismo, demostró ser más reaccionaria que muchos otros Estados constituidos en régimen liberal, por no decir la mayoría.

Pero ¿a qué viene este exordio? Mi intención es simplemente denotar cómo la República, tal como se ha concebido hasta ahora, esto es, bien como elemento meramente político sustraído de la realidad económica (véase la noción republicana liberal), o bien como unión de ambas, pero con un Estado omnímodo de por medio (véase la noción republicana soviética, o marxista si generalizamos), no sirven ni representan en última instancia los ideales que plasmaba en el inicio del escrito: Libertad, Igualdad, Fraternidad, en estos modelos republicanos, son palabras pintadas en una bandera o en una moneda, es decir, no son nada.

¿Y es que hay acaso otro tipo de República? Dejando de lado todos los esquemas republicanos que son en sí mismos derechistas, sí, sí la hay. En principio puede parecer extraño que un anarquista vindique un tipo de modelo republicano, mas no es así, ya que ateniéndome a su significación etimológica, la palabra República, de res; cosa o asunto, y publica; del pueblo, puede casar con suma perfección con una visión de la sociedad con rasgos claramente ácratas. Lo primero que hay que tener en cuenta es que lo público no es lo estatal, como tampoco la sociedad es el Estado. Admitir que sociedad y Estado son una misma cosa pasa por ser el súmmum de la perversión ideológica, algo así como creer en una Santa Trinidad sin trío. De cualquier modo, esta República sui géneris e hipotética debería articularse indefectiblemente bajo dos nociones básicas:

–          En primer lugar, bajo la bandera del socialismo, que permitiría, previa socialización de los medios de producción mediante la autogestión, es decir, sin Estado de por medio que usurpe nuevamente a los trabajadores su industria, el reparto equitativo y cooperativo de todas las funciones económicas, permitiendo y fomentando a su vez la ayuda mutua. A falta de desarrollarlo más, el socialismo permitiría, en cualquiera de sus formas anarquistas, conseguir que la igualdad se acercase más al ser humano.

 –          En segundo lugar, a través de un genuino federalismo, socavaría todos los poderes del Estado, si no destruyéndolos, pues esto parece a priori imposible, sí dividiéndolos todo lo que puede. Sólo se destruye lo que se sustituye, decía Malatesta, y en este caso el federalismo cumple perfectamente su función. El federalismo sería el esquema según el cual todas las relaciones económicas y sociales se estructurarían, despojando al centralismo, antidemocrático siempre por más que se insista, toda su fuerza y preponderancia.

Pero no sólo eso, ya que el federalismo sería el corrector de todas las imposturas de índole nacionalista que nos asolan. Por ejemplo, aunque no sea exactamente igual al federalismo anarquista, durante la Revuelta cantonalista, el Cantón de Cartagena solicitó a EEUU entrar en su federación, obviamente no por afinidad cultural, sino por afinidad ideológica. Por poner otro ejemplo, al Cantón de Valencia se unieron numerosas comarcas colindantes, pero no todas, pues algunas querían mantenerse independientes. Así, sin respetar pamplinas históricas, culturales, geográficas, etc., las federaciones y confederaciones serían absolutamente volubles en tanto que se basarían en un modelo volitivo y espontáneo y no en atavismos inexistentes y estúpidos.

Por tanto, y he aquí el motivo de este artículo, la República, alejada de todas las miserias estatales y centralistas; despojada también de todo parapeto capitalista y liberal, no es otra cosa que el ideal anarquista en toda su expresión. El federalismo mata el Estado; el socialismo, el capitalismo. Si éste representa la libertad, la igualdad y la democracia en la producción y en la economía, aquél representa la libertad, la igualdad y la democracia en la política. Y ambos, añadidos a todas las libertades sociales e individuales esenciales, no son otra cosa que la anarquía, es decir, la res publica en toda su extensión. En pocas palabras, nadie mejor que la anarquía representa los ideales republicanos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Si en los siglos pasados el grito más radical y progresista era ‘¡Viva la República!’, el de éste debe ser el de ‘¡Viva la Anarquía!’.

Libertad individual y libertad social

Como todo anarquista, nos declaramos amantes de la libertad y por y desde ella luchamos, tratando de alcanzarla mediante la libertad, que es el único camino para poder llegar a ella. En palabras de Rudolf Rocker, «la libertad no es un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta de que todo ser humano pueda desarrollar plenamente en la vida las facultades, capacidades y talentos de que la naturaleza le ha dotado, y ponerlas al servicio de la sociedad.» No obstante, en ocasiones nos encontramos con la dicotomía entre la liberación del individuo o la del colectivo. Rechazamos cualquier poder impositivo, es decir, una autoridad separada de la realidad social concentrada en una minoría que se autolegitima para decidir sobre las mayorías, porque consideramos que coarta la libertad individual y nos impide ser dueños de nuestras vidas. Pero si consideramos que la libertad individual está en cierto modo coartada por la sociedad ¿qué es entonces de la libertad social? ¿Es realmente opuesta la libertad individual a la libertad social? Pasemos pues a analizar esas dos libertades aparentemente contrarias.

Respecto a la libertad individual existen dos concepciones: desde el liberalismo y desde el anarquismo individualista. En el primer caso, la libertad individual se concibe como pequeñoburguesa en cuanto acepta la máxima de “mi libertad termina donde empieza la del otro», y eso quiere decir que las libertades están limitadas por la de los otros y ello implica que existan individuos con más libertad que otros. Pero para impedir que las libertades se «pisoteen», el Estado sería el encargado de regular esas libertades mediante las leyes. Aun así, da cabida a la libertad de explotación (que no es una verdadera libertad pues la explotación implica la destrucción de la misma). En la práctica, esa libertad individual no concibe más libertad que la del propio individuo a hacer lo que le dé la gana siempre teniendo la limitación de las leyes.

En el segundo caso, la libertad individual concebida desde el individualismo será ilusoria cuando contamos que un grupo de individuos decide “liberarse» desde el ya mismo sin tener en cuenta al resto de la sociedad, considerándola como enemiga y parte de la estructura de poder. Esa “libertad» en que ellos se declarasen no es más que ilusoria porque en realidad siguen dependiendo de la sociedad, directa o indirectamente. Así pues mientras el resto de la sociedad no sea libre, el individuo tampoco podrá serlo pues siempre acabará influenciado por ella. Tampoco se podría considerar la libertad individual el aislamiento del individuo del resto de la sociedad porque no encontrará sobre quiénes realizar su libertad.

Hasta aquí parece que la libertad individual o es pequeñobuguesa o no existe. No obstante, si analizamos la libertad social nos daremos cuenta de que la libertad individual concebida desde el anarquismo solo es posible si existe la libertad social, es decir, la libertad individual solo se realiza si se materializa la libertad social y así lo demuestra Bakunin: “No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres» y “La libertad ajena amplía mi libertad al infinito». Cuando hablamos de libertad social nos referimos a aquella libertad que se materializa en una sociedad en la cual el pueblo haya superado el capitalismo para organizar un sistema económico basado en la cooperación y sustituido al Estado por instituciones horizontales y participativas, dejando la posibilidad de la libre experimentación y asociación de los individuos siempre y cuando dentro del conjunto de la sociedad no existan relaciones de explotación. Solo derrocando a la clase capitalista y el poder político organizado en un Estado, junto con la supresión del patriarcado y el racismo, lograremos la libertad social.

En definitiva, la libertad social es el único garante para el desarrollo de las facultades del ser humano y del individuo, no lo niega sino que le da un amplio abanico de posibilidades en donde desenvolverse, siempre bajo una responsabilidad y unos valores éticos basados en la ayuda mutua y la solidaridad. Esto quiere decir que libertad individual y libertad social no son opuestos sino que la primera es resultado natural de la segunda. La sociedad no tiene por qué coartar al individuo, sino que depende de las relaciones de poder dentro de la misma: si se hace en base a unas jerarquías será restrictiva, habrán desigualdades y por tanto, tanto la libertad social como la individual no existiría porque habría explotadores y explotados. En cambio, si la sociedad se organiza en base a principios antiautoritarios y en base a la libertad, permitirá el desarrollo tanto del individuo como de la sociedad.

[Recomendación] Apuntes sobre anarquismo

En este texto de los años 70, Noam Chomsky realizaba un repaso a las más conocidas tendencias socialistas y su historia poniendo especial atención en la propuesta libertaria. Chomsky defendía la actualidad de los valores anarquistas para elaborar una propuesta socialista con capacidad para transformar el mundo. Este mensaje quedaba condensado en la cita que realiza de Daniel Guérin, donde este asegura que «las enriquecedoras ideas del anarquismo mantienen su vitalidad y que, examinadas y tamizadas, podrían ser de gran utilidad para que el pensamiento socialista contemporáneo tomara un nuevo rumbo».

Los acontecimientos históricos actuales parecen confirmar esta tesis. La  generalización de las ideas de autogestión, asamblearismo, apoyo mutuo… entre los movimientos sociales, muchas veces a pesar del propio movimiento anarquista, demuestra la capacidad de estas ideas. Los valores libertarios permean hoy las luchas que se niegan a aceptar las míseras condiciones de vida que ofrece el capitalismo para la mayoría.

Apuntes sobre anarquismo, de Noam Chomsky

[Recomendación] Lectura: ¿Qué es el anarquismo de lucha de clases?

Las diferencias entre clase trabajadora y clase capitalista estaban claras en tiempos de la Revolución Industrial. Sin embargo, hoy en día esas diferencias se han vuelto difusas, hasta se tiene la impresión de que las clases sociales se hayan conciliado y se tienen nociones de clase equivocadas. Hemos escuchado afirmaciones como «un obrero cualquier día se hace empresario, tienen mentalidad capitalista», «cualquier trabajador puede tener coches y teléfonos de última generación», «los médicos, arquitectos, ingenieros están muy bien pagados»… que dan a entender que la lucha obrera ya es cosa del pasado, que la lucha de clases está obsoleta y todo se resuelve con pactos. Obviamente el neoliberalismo tiene una gran diferencia respecto al liberalismo clásico, sin embargo, conservan las mismas bases: el mercado como escenario donde se intercambian dinero, bienes y servicios, la propiedad privada sobre los medios de producción, el sistema  bancario y por supuesto, la sociedad de clases. Luego están aquellos anarquistas que niegan la lucha de clases y culpan a la civilización, la tecnología, la sociedad, etc como males a combatir. No obstante, los análisis de clase siguen vigentes todavía si estudiamos las relaciones socioeconómicas dentro del sistema capitalista, que lejos de ser simplistas, son de una apabullante actualidad y realmente acertadas en cuanto encontramos en la clase trabajadora el potencial revolucionario al ser la clase que produce las riquezas y pone en marcha la sociedad pero gracias a la alienación los trabajadores y trabajadoras no conocen ese potencial.

Si bien la opresión económica es la más extendida, ¿tendríamos pues que poner la lucha de clases como eje principal de nuestra lucha social sabiendo que existen otras opresiones no clasistas como el heteropatriarcado, el racismo, el patriotismo y otras consecuencias del capitalismo como la destrucción del medio ambiente? Algunos marxistas afirman que de la opresión capitalista se derivan todas las demás y que una vez terminada con la sociedad de clases, se acabaría con el machismo, el racismo, etc. Otros no expresamente marxistas ven cada lucha como luchas paralelas inconexas. En ninguno de los dos casos están acertados pese a que la lucha de clases debe ser el componente principal en nuestras luchas porque, como he señalado anteriormente, la opresión de clases abarca a la gran mayoría de la sociedad. Sin embargo, descuidar las otras opresiones no clasistas es un error grave ya que si luchamos contra toda forma de opresión, debemos afrontarlas en todas sus facetas. Además, existe una relación estrecha entre la opresión clasista y el racismo y el patriarcado. Así pues, el racismo era utilizado como justificación para la esclavización de la población negra por parte de la blanca; las mujeres en el patriarcado sufren una doble explotación en los centros de trabajo y como ama de casa; el patriotismo es una construcción ideológica para unir a la burguesía y clase obrera nacional y dividir los pueblos.

Pero entonces, ¿por qué llamarnos anarquistas de lucha de clases? Porque la opresión principal es clasista y para terminar con ella hemos de derrocar a la clase capitalista, pero no sería posible, como señalé anteriormente, dejar de lado otras luchas, pues están relacionadas y si las dejamos de lado, la opresión se reproduciría bajo otras formas. Tanto en las luchas feministas y antirracistas, ni el hombre ni el de raza blanca son la clase dominante y por ello no pasa por la destrucción de los hombres ni de los blancos para acabar con esas opresiones. Sin embargo, en la lucha de clases se ha de destruir la clase dominante para acabar con esa opresión, mientras que las luchas feministas y antirracistas requieren de una reorganización de las relaciones sociales.

Este texto es clave para entender la lucha de clases desde una perspectiva anarquista y su relación con otras luchas.

Anarquismo de lucha de clases. Wayne Price

El retorno del haz de lictor

Hay a quienes hoy en día la idea de un nuevo resurgimiento del fascismo les pareciere una idea ridícula. Lo vencimos, lo erradicamos. Perseguimos a las tropas alemanas hasta el Nido de Águilas, Hitler se suicidó y Mussolini fue colgado por partisanos italianos. Lo vencimos. Entonces vino la democracia, la libertad, los derechos civiles, la derrota del bloque soviético, el fin de la historia, en palabras de Fukuyama, líder espiritual de los neocon.

Nuestro país, más que ningún otro, debería conocer la mentira que todo ello supone. Durante treinta años se mantuvo aquí un régimen de base fascista sin que eso supusiera conflicto alguno con los regímenes demoliberales de su entorno. La relación entre fascismo y Gran Capital ya ha sido de sobras demostrada, nombres tan conocidos como Hugo Boss, Volkswagen, Fiat o Banesto aparecen completamente asociados durante el dominio de los fascismos. Todos ellos son líderes en sus respectivos sectores económicos.

¿Cuál es exactamente esta relación? La historiografía burguesa, es decir, la historiografía de los Estados demoliberales que ganaron la segunda guerra mundial, a menudo explica el fascismo, o su variante nacional-socialista, como producto del empoderamiento de un psicópata. Todos hemos oído esa historia: Hitler, un loco con carisma obsesionado con la supremacía aria, logra engañar al pueblo alemán y hacerse con el poder, tras lo cual desarrolla sus planes de supervillano de la edad de oro del cómic norteamericano.

No afirmo, y menos aún teniendo en cuenta su autobiografía, que Hitler fuera lo que entendemos por una persona libre de traumas psicológicos. Sin embargo, su llegada y, sobre todo, su permanencia en el poder no se explican si no se tienen en cuenta el sostén que supuso para su partido la gran burguesía alemana a partir de los años treinta. La cuestión de cómo este sector social acabó dando su apoyo al fascismo, cosa que no solo hizo en Alemania, sino también en Italia y España, se explica con facilidad.

Todos los países en los que el fascismo triunfa tienen varios elementos en común: la descomposición del orden capitalista, especialmente de sus relaciones productivas y de mantenimiento del Estado, la agudización de la lucha de clases y el inevitable fracaso de otras salidas. Es decir, estos países se encontraban en una situación que posibilitaba el triunfo la revolución social de la clase trabajadora. La alta burguesía, atemorizada, cierra filas en torno a los movimientos fascistas con el objetivo de fortalecer hasta el máximo el Estado burgués, unificar a la clase capitalista y liquidar el movimiento obrero revolucionario.

Volviendo al ejemplo de Alemania. Tras la primera guerra mundial Alemania se sume en una crisis producto del endeudamiento que supone la guerra y el debilitamiento tanto del Estado como del ejército. Ante esta crisis la burguesía acaba por partirse y el movimiento obrero se torna revolucionario, protagonizando la formación de consejos y levantamientos populares. Es aquí cuando aparece la socialdemocracia como salida, como pacto de clase entre la clase obrera y la burguesía. Desde el punto de vista de los socialdemócratas, una retirada pactada de la burguesía que dará paso, gradualmente, al socialismo, a la república de los trabajadores. El fracaso de la socialdemocracia alemana de solucionar la crisis del capitalismo, al ser ésta una crisis solo salvable por la revolución de la clase trabajadora, fue lo que aupó al poder al Partido Nacional Socialista. Se ha hablado mucho de la matanza de seis millones de judíos pero muy poco de la persecución que sufrieron los elementos revolucionarios del pueblo trabajador. No digo con esto que lo primero no sea relevante, pues el señalar un mítico  enemigo es el recurso del fascismo para crear un pensamiento único que le permita unir y, en definitiva, subordinar al pueblo al Estado corporativista.

Sin embargo, la destrucción del movimiento obrero es su principal raison d´etre. Solo tras ello pudieron  refundarse, tras la segunda guerra mundial, los regímenes demoliberales en Europa occidental. Volviendo a la cuestión introducida más arriba. ¿Es posible en la actualidad el resurgimiento del fascismo? Lo cierto es que nos encontramos en una crisis que recuerda en cierta medida a la crisis del período de entreguerras. La situación de España o Grecia, endeudadas ante el imperialismo europeo no está muy alejada de aquella República de Weimar, igualmente endeudada ante Francia y Reino Unido. Con todo, las fricciones sociales y la agudización de la lucha de clases aún no ha llegado, menos todavía en España, al nivel de entonces. Mientras esto sea así lo que vamos a ver es la imposición de las salidas pactadas. Aquí distinguimos dos posibles salidas. Por un lado, puede darse (y, de hecho, se está dando) la formación de un Estado autoritario al estilo de la dictadura Primorriverista o del Estado Novo portugués. Las instituciones del régimen demoliberal se tambalean, se forma entonces un gobierno de concentración, se resta importancia al parlamento y se refuerza el aparato represor del Estado, mientras se pretende buscar el pacto con ciertos sectores del movimiento popular (no olvidemos aquí el pacto que se da entre Primo de
Rivera y la UGT o el apoyo del Partido Socialista a la monarquía Italiana). Todos estos elementos los estamos presenciando actualmente en Grecia, España o Italia.

Ocurre, sin embargo, que la salida del Estado autoritario puede no llegar a solucionar las tensiones sociales generadas por el capitalismo en crisis. Aquí es cuando puede producirse la segunda salida, producto de la división de la burguesía y del pacto entre los sectores progresistas-liberales de la burguesía y el movimiento obrero. Es la salida que proponen Syriza en Grecia o Izquierda Unida en España, la configuración de una socialdemocracia. Cuando, repito: inevitablemente, la socialdemocracia Alemana fracasa, cuando fracasa la república de la izquierda burguesa en España, en sus proyectos de alianza de clase es el momento en que, temiendo la revolución obrera
(única salida posible a la crisis del capital) la alta burguesía pasa a dar su apoyo a los fascismos.

Debemos entonces estar advertidos. Ningún pacto de clase es solución a la crisis, ésta solo puede lograrse mediante el triunfo total de la clase obrera, la eliminación del Estado burgués y la imposición de un nuevo orden económico, social y político basado en la libre organización del pueblo trabajador, en la descentralización de la economía y, en definitiva, en el avance del socialismo. Quienes defienden cualquier forma de pacto de clase están defendiendo no la solución al problema del capitalismo, si acaso su prolongación, que solo facilita la posibilidad del resurgimiento del fenómeno social que es el fascismo. Un triunfo de Syriza en los próximos años podría significar, no mucho después, un triunfo de Amanecer Dorado, ya fuera electoral, mediante una tranquila «marcha sobre Roma» (la socialdemocracia tiende a desarmar a la clase trabajadora) o bien mediante un levantamiento violento. A no ser, claro está, que esto sea impedido por el pueblo griego. Paralelo sería el caso de España, si el bipartidismo se descompone y triunfa Izquierda Unida, ¿cuánto tardaría la burguesía en apoyar a un movimiento de carácter fascista? La revolución es la única salida posible. Trabajemos pues, los revolucionarios, en facilitarla y, para ello, necesitamos construir un pueblo fuerte. Solo así es posible el definitivo triunfo ante los haces de lictor.

Fran.

Patriotismo y estatismo

Veo necesario, hoy por hoy y ahora por ahora, el de mencionar tal aspecto de cualquier sociedad, esto es, la sacrosanta idea de patriotismo y de su utilidad dentro de cualquier Estado. Siempre que me refiero sobre este aspecto en cualquier círculo u ámbito social, se le recibe bien con un silencio intencional, o con la respuesta ingenua y mal fundamentada de que solo el mal patriotismo -como el chauvinismo- es condenable, pero que el buen patriotismo es admirable y, todavía más, es un sentimiento moralmente elevado.

Se afirma generalmente que el buen patriotismo es el deseo de que nuestro Estado y pueblo posea todos los beneficios positivos posibles, sin que tales beneficios perjudiquen ni restrinjan el bienestar de naciones adyacentes. Y si se le preguntase a cualquier defensor del llamado buen patriotismo, si él solo quiere el buen comportamiento para sus compatriotas, seguramente te contestase que no, que quiere que tales comportamientos se extendiesen también a otros Estados. Curiosamente, esto no es patriotismo, sino justamente su reverso y opuesto. También afirman que la función de tal o cual patriotismo es la de preservar las peculiaridades de cada pueblo, pero, al contrario, sirve para fomentar la desunión entre pueblos. Los gobernantes se preocupan por que entre sus súbditos no se fortalezca ninguna relación de amistad, de manera que, mientras uno desconfía de otro, nada puedan preparar contra su dominio; por eso mismo siembran y fomentan las discordias entre sus súbditos.

Resulta que el patriotismo real que conocemos todos y que tiene tanta influencia sobre tantos, no es la adquisición de nuevas metas morales para nuestro pueblo únicamente, sino un sentimiento muy definido, que es el de ser preferente ante otro Estado y colectivo, y por consiguiente encierra en sí el deseo de conseguir para dicho Estado y pueblo las mayores ventajas posibles, y esto se consigue únicamente a costa de las ventajas y poder de pueblos ajenos. Parece bastante evidente que cualquier patriotismo es, entonces, perjudicial, inmoral y contraproducente, porque los patriotas viven en una ilusión perniciosa; la de creer que su pueblo es mejor que cualquier otro pueblo. A pesar de todo, muy pocos se percatan de los dañoso que pudiera llegar a ser el patriotismo en nuestros días.

Todo el progreso humano, desde los tiempos más remotos hasta nuestros días, puede considerarse como un movimiento de la conciencia, tanto en los individuos como en las colectividades, desde las ideas inferiores hacia las más elevadas. Todo el camino recorrido por los individuos como por las colectividades, puede compararse a una serie de escalones, desde los más bajos, al nivel de la vida animal, hasta los más altos que ha alcanzado la conciencia humana en un momento dado de la historia. Cada hombre, como cada grupo homogéneo, nación o Estado, siempre ha subido y sube esta escalera de las ideas. Unos, en la humanidad, siguen avanzando, otros, quedan muy atrás, y otros -la mayoría- evolucionan siempre en una situación media entre los más avanzados y los más atrasados. Pero todos, en cualquier escalón que se hallen, siguen avanzando inevitablemente desde las ideas inferiores hacia las superiores. Y siempre, en cualquier momento, tanto los individuos como los grupos -los más avanzados, los intermedios y los atrasados- quedan en tres diferentes relaciones con los tres grados de ideas, en las cuales evolucionan. De un lado, para los individuos y para los grupos distintos, están las ideas del pasado, convertidas para ellos en absurdos e imposibles, como, por ejemplo, las ideas del canibalismo, del saqueo universal, el rapto de las mujeres y otras costumbres de las cuales no queda más que el recuerdo; y del otro lado, las ideas del presente, implantadas en la mente de los hombres por la educación, por el ejemplo y por la actividad de todo su ambiente; ideas bajo cuya influencia viven en un tiempo dado; las ideas de la propiedad, de la organización del Estado, del comercio, etc. Existen además las ideas del futuro, de las cuales algunas se aproximan a su realización y obligan a los individuos a cambiar su método de vivir, y a luchar contra los métodos viejos; tales ideas son en nuestro mundo, aquellas de la emancipación de los trabajadores, de la igualdad de las mujeres, etc.

Pero hay otros que no han empezado a luchar todavía contra las formas más antiguas de la vida, aunque están reconocidas, y éstas son, en nuestro tiempo las ideas (que llamamos ideales), de la abolición de la violencia, del sistema comunal de la propiedad o de una fraternidad general de los hombres. Por consiguiente, toda persona y todo grupo homogéneo de personas, en cualquiera nivel que se hallen, teniendo detrás de ellos las ideas caducas del pasado, y delante las ideas del futuro, están siempre en un estado de lucha entre las ideas moribundas del presente y las ideas del futuro que brotan a la vida. Generalmente sucede que, cuando una idea que ha sido útil y aún necesaria en el pasado, llega a ser superflua, cede el lugar, después de una lucha más o menos prolongada, a otra idea que hasta entonces había sido un ideal, y que de esta manera llega a ser una idea del presente.

Pero sucede a veces que una idea anticuada, ya reemplazada en la conciencia del pueblo por otra superior, es de tal naturaleza que su sostenimiento es provechoso para cierta gente que tenga la mayor influencia en la sociedad. Entonces ocurre que esta idea anticuada, aunque se halla en contradicción completa con toda la forma de vida superior a su alrededor, que en todos sentidos ha seguido modificándose, continúe todavía ejerciendo influencia sobre las personas y modificando sus actos. Esta retención de ideas antiguas siempre ha sucedido y sucede todavía, en la esfera de la religión. La causa es que los sacerdotes, cuya posición lucrativa depende de la antigua idea religiosa, haciendo uso del poder que tienen, mantienen el pueblo el culto de ellas. Igual cosa acontece, y por iguales razones, en la esfera política respecto a la idea patriótica, sobre la cual descansa toda dominación. Personas, para quienes es provechoso hacerlo, mantienen la idea por medios artificiales, aunque carezca actualmente de todo sentido y utilidad; y como estas personas disponen de los medios más poderosos para ejercer influencia sobre las otras, consiguen su objeto. En eso, a mi parecer, se encuentra la explicación del contraste extraño ante la idea anticuada del patriotismo y la tendencia de las ideas contrarias que ya han entrado en la conciencia colectiva.

Queda ya muy atrás los momentos en los que la idea de guerra y matanza era aceptada e incluso alabada. Un movimiento de conciencia, a lo largo de más de dos mil años, han hecho que estas ideas sean repudiadas por buena parte de la población mundial. Y sobretodo, destacar el papel que actualmente tiene la tecnología sobre el derrumbamiento y la oposición a tales ideas. Gracias al mejoramiento de los medios de comunicación y a la unidad de la industria, del comercio, de las artes y de la ciencia, las personas están tan ligadas entre sí, que el peligro de la conquista, de la masacre o el ultraje de un pueblo vecino ha desaparecido completamente, y todos los pueblos (los pueblos, pero no los gobiernos, se entiende), viven juntos en relaciones pacíficas, mutuamente ventajosas, amistosas, comerciales, industriales, artísticas y científicas, que no tienen necesidad de perturbar ni quieren perturbar. Por lo tanto, parece lo más natural que el sentimiento anticuado del patriotismo, -siendo superfluo e incompatible con el conocimiento al que hemos llegado de la existencia de la fraternidad entre personas de nacionalidades diferentes,- debe disminuir de más en más hasta desaparecer completamente. Y en cambio, y esto es lo que más me molesta y me preocupa, tal anticuado sentimiento patriótico no desaparece sino que, al contrario, aumenta cada vez más.

Los gobiernos, para tener una razón de su existencia, necesitan defender su pueblo contra los atropellos de otro; pero no son los pueblos los que quieren atacar ni atacan nunca a otro, y por lo tanto los gobiernos, lejos de querer la paz excitan la cólera de otros pueblos contra ellos mismos; y habiendo así excitado la cólera de los otros y agitado el patriotismo de su pueblo, cada gobierno asegura a su pueblo que se halla en peligro y que es necesario defenderle. De modo que los gobiernos, teniendo el poder en sus manos, pueden al mismo tiempo irritar a las otras naciones y excitar el patriotismo en su casa y hacen las dos cosas con empeño; ni pueden obrar de otra manera porque su existencia depende de obrar así. Si en tiempos anteriores fueron necesarios los gobiernos para defender sus pueblos contra los atropellos de otros pueblos, ahora, por el contrario, son los gobiernos los que perturban, artificialmente, la paz que existe entre los pueblos y provocan la enemistad entre ellos; tal es la moral de los Estados.

Pudo haber habido un tiempo en que fueron necesarios, cuando los malos resultados de ellos fueron menores que las consecuencias de quedar sin defensa contra vecinos organizados; pero ahora tales gobiernos no son necesarios y constituyen un mal mucho mayor que todos los peligros que utilizan para asustar a sus súbditos. No sólo gobiernos militares, sino gobiernos en general podrían ser, no diré útiles, sino inocuos, solo en el caso de que se formaran de personas buenas e inmaculadas. Pero el hecho es que los gobiernos, debido a la naturaleza de su actividad que consiste en ejercer actos de violencia, se componen siempre de los elementos más contrarios a la bondad. Se componen de los hombres más audaces, más sin escrúpulos y más pervertidos. Y en manos de tales gobiernos se entrega pleno poder, no solamente sobre propiedades vivas, sino también sobre el desarrollo moral y educacional.

Los hombres construyen tan terrible máquina de poder, y dejan posesionarse de ella a cualquiera que pueda (y las probabilidades son siempre de que se apoderará aquél que es moralmente el más indigno), se someten a él servilmente y se asombran después cuando resulta tanto mal. Temen a las bombas anarquistas y no tienen miedo de esta terrible organización que les amenaza continuamente con las calamidades e injurias más grandes. Para salvar a las personas de los males terribles que resultan de los armamentos y las guerras, que continuamente aumentan, no son congresos ni conferencias, ni tratados, ni tribunales de arbitraje, sino la destrucción de aquellos instrumentos de violencia que se llaman gobiernos y de los cuales resultan los mas grandes males que sufre la humanidad.

Para destruir la violencia gubernamental, solo se necesita una cosa, y es que lleguemos a comprender que el sentimiento de patriotismo sólo sostiene dicho instrumento de violencia; y es pues, un primitivo, indigno y pernicioso sentimiento y que, sobre todo es inmoral. Es un sentimiento primitivo, grosero, porque es únicamente natural en las gentes colocadas en el nivel más inferior de la moralidad, y que no esperan más de las otras naciones sino aquellos ultrajes que ellos mismos están dispuestos a cometer contra ellas; es un sentimiento pernicioso porque perturba las relaciones ventajosas, alegres y pacíficas con los otros pueblos, y sobre todo porque produce aquella organización gubernamental bajo cuya dirección el poder puede caer y cae, en manos de los peores hombres; es un sentimiento indigno, porque convierte al hombre en esclavo, que gasta sus fuerzas y su vida en fines que no son los suyos propios, sino los de su gobierno; y es un sentimiento inmoral, porque en vez de declararse alguien libre dirigido por su propia razón, estando cada uno bajo la influencia del patriotismo, se declara hijo de su patria y esclavo de su gobierno, y comete actos contrarios a su razón y a su conciencia.

Sólo es necesario que el pueblo llegue a comprender eso, y la traba terrible que llamamos gobierno y que nos tiene atados caerá deshecha por sí sola, sin lucha; y con ella desaparecerán los males tan inmensos que produce.

Radix

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