[Recomendación] El Apoyo Mutuo

El otro día os presentaba un documental sobre la solidaridad internacional en la guerra civil de El Salvador. Para completar esta semana finalizo con una de las lecturas anarquistas básicas: El Apoyo Mutuo, por Piotr Kropotkin). En este fantástico escrito, el anarquista ruso analiza el papel de la solidaridad y el apoyo mutuo en los procesos evolutivos de las especies animales. De esta forma, desmintiendo la hipótesis de que la evolución depende en gran medida de la competición y la adaptación feroz, Kropotkin nos presenta una teoría científicamente comprobada mediante sus investigaciones empíricas: una teoría que proporciona conceptos claves para la praxis anarquista.

El Apoyo Mutuo: Un Factor En La Evolución (Piotr Kropotkin)

Enlaces del mes: Junio 2013

 

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. V

Primaveras árabes, ¿herederos de quién?

Los recientes acontecimientos que se han sucedido en cadena desde 2010 en los países del extremo norte de África y que han provocado el cambio de los regímenes totalitarios por gobiernos representativos han sido considerados “revoluciones pacíficas”, en tanto que sus agentes principales fueron los miembros de la sociedad civil. Sentó precedente la protesta en el Sáhara Occidental, y le siguieron con grandes resultados Túnez, Argelia, Egipto y Libia, entre otros. Aunque los cambios gubernamentales obtenidos no hayan sido en todos los casos estructurales sí es cierto que se desató una oleada de protestas que removió todo el mundo árabe, llegando a los países de Oriente Medio. El declive del radicalismo ladenista en favor del pacifismo que caracterizó a lo que se ha dado en llamar Primaveras Árabes es un campo que merece un extensísimo análisis. Conformándonos con algunos apuntes, se deben matizar algunos puntos acerca de la situación precedente que fue su caldo de cultivo.

Dentro del salafismo literalista que emergió con fuerza en la década de los setenta del siglo pasado se forman grupos violentos, entre ellos al-Qaeda; pero no se debe olvidar que no cuentan siempre con el beneplácito del grueso de la sociedad musulmana. La eterna lucha contra el sionismo, muy arraigada entre la Umma, ve en el yihadismo que se escora hacia su vertiente más extremista un punto de disrrupción en el seno de la comunidad, una potencial fragmentación de la fuerza colectiva y algo que, lejos ya de servir a sus propósitos unificadores, impide la lucha unida contra el estado de Israel.

La mayoría de la población árabe se mostraba en los sondeos favorable a la reintroducción de la Sharia y a la expulsión de las potencias occidentales que seguían, de una forma u otra, manteniéndose como mediador en los gobiernos de la zona; al igual que deseosa de ganar derechos y libertades. Sin embargo, no lo era tanto a la solución terrorista ni a la figura de bin Laden en concreto, una vez codificada como más perjudicial que aliada tras los atentados del 11S. Un comunicado póstumo del número uno de al-Qaeda mostró el apoyo que desde el yihadismo más radical se brindaba a estas rebeliones, ya civiles –quizá, y teniendo en cuenta la aversión de este sector hacia la instauración de cualquier legislación secular, un mero acto de solidaridad como intercambio por la respuesta favorable que ellos mismos tuvieron–; no obstante se trataba de una muestra superficial de hermanamiento y no consta que desde la organización se pretendiera un impulso táctico o logístico a los movimientos. Quizá el método operativo de la Yihad violenta y masiva se había revelado ya en un declive imparable o quizá, habida cuenta de los avances ganados –el repliegue del enemigo occidental– mediante la acción pacífica, dejó de considerarse necesario el uso de la violencia.

Como en toda intifada que se ha pretendido maquillar de incruenta, esta violencia estuvo y está presente en los países que protagonizan la nueva oleada democratizadora. ¿Fue la inmolación del joven tunecino Mohammed Bouazizi, detonante definitivo de la revolución, pacífica? La hipócrita moral que campa a sus anchas y sin ser objeto de crítica por la mentalidad occidental impide ver la el daño individual como un factor a tener en consideración para la clasificación de la revuelta como violenta. Mientras las granadas no lleguen a sus cascos y no se pueda declarar oficialmente la afrenta bélica que ello supone no se reconocerá la morbidez de las acciones; menos aún cuando el responsable es un sujeto colectivo civil y no armado cuyos miembros participan de unas mismas aspiraciones y fuertemente cohesionado en torno a un ideal de libertad. Ellos son inofensivos. Entre tanto, los islamistas afrontan la muerte de Bouazizi como un nuevo martirio.

J.

Sobre la espontaneidad de las revoluciones

Pareciera que hoy en día se ha perdido la creencia—en su día anarquista—en la espontaneidad de las revoluciones. Sin embargo, un estudio atento de éstas nos muestra todo lo contrario: la gran mayoría de revoluciones—europeas, al menos—ocurrieron espontáneamente. Para argumentar este texto usaré un ejemplo histórico, aunque la argumentación se puede aplicar, como he dicho, a la gran mayoría de revoluciones europeas. Este caso del que hablo es la Revolución de Febrero, la cual sucedió en Francia—París—en el año 1848. Si escojo este caso histórico es por su importancia para el resto de revoluciones proletarias que la siguieron, pero también porque muestra muy bien el carácter espontáneo de estas grandes revueltas populares. Dicho esto, vamos al caso.

La Revolución de 1830 trajo a Francia la monarquía parlamentaria de Louis-Philippe de Orléans, la cual no solamente cambió a los Bourbons sino que también dio el poder a la burguesía financiera que tomó control del parlamento—la burguesía industrial no era tan poderosa en aquellos tiempos debido al limitado desarrollo industrial de Francia. Durante esos años que llamamos la Monarquía de Julio la burguesía tomó por primera posesión real, y legal, del Estado. El régimen claramente diseñó una constitución que beneficiaba a la alta burguesía y de esto se dieron cuenta las clases populares—que poco a poco iban tomando contacto con las teorías socialistas—y la pequeña burguesía—que ni estaban completamente a favor de los cambios radicales que Louis Auguste Blanqui proponía, pero tampoco estaban por la labor de beneficiar a los estratos más ricos de la sociedad.

En términos económicos, la Monarquía de Julio gozó de buenos tiempos por lo general, sin embargo, en 1847 estalló la primera crisis financiera internacional, la cual se expandió como un cáncer desde Londres, pasando por Frankfurt y Viena, y llegando a París donde mostró su peor cara. Los buenos tiempos económicos pasados y los derechos civiles adquiridos tras la Revolución de 1830 se olvidaron pronto, pero si esto sucedió así no fue por determinación de las inestabilidades económicas sino de la integración de ideas socialistas y republicanas en el ideario común social.

Para el día 23 de Febrero de 1848, cuando la revolución estalló, Marx y Engels ya habían publicado su Manifiesto Comunista—de hecho un día antes en Londres. No obstante, las ideas del Manifiesto que ya habían tenido cierto «rodaje» por los ámbitos obreros no influyeron en lo más absoluto en el incipiente proletariado parisino que se lanzó a las barricadas el día 23. El contexto económico era de fuerte crisis económica, altísimo nivel de desempleo, y creciente pobreza entre las clases trabajadoras y medias. A esto le tenemos que sumar la represión policial y la falta evidente de derechos y libertades. Sin embargo, contrario a cualquier teoría de la miseria, el pueblo no alzó las barricadas porque no tenía pan alguno que comer ni trabajo alguno en el que trabajar. Si el pueblo se lanzó a las barricadas, en última estancia, fue por un hecho no planeado: el asesinato de varios trabajadores a manos del ejército.

Todo ocurrió cuando se organizó un banquete popular en París que fue prohibido por el ministro François Guizot. La gente, desoyendo la prohibición, salió a la calle a protestar y fue entonces cuando una partida de soldados abrió fuego sobre la muchedumbre. El resultado fue la Revolución de Febrero. Algo similar podemos encontrar en los disturbios populares en Atenas: la gente no empezó a tirar piedras y cócteles molotov hasta que en 2008 la policía asesinó en Exarheia a Alexis Grigoropoulos.

Para resumir mi argumentación esbozaré las principales ideas esquemáticamente:

  • La población parisina sufría en 1848 severas condiciones económicas. De hecho siempre las sufrió debido a las malas cosechas que se dieron en el primer cuarto de siglo. Sin embargo, no se alzaron a grito revolucionario meramente por las condiciones económicas adversas.
  • El proletariado parisino de 1848 ya tenía una conciencia obrera influenciada por los teóricos socialistas de la época. Dejando a un lado las especulaciones marxistas sobre «cuándo el proletariado está maduro o no para hacer la revolución», no se puede negar que las ideas existían y eran difundidas entre las cooperativas y demás asociaciones informales.
  • La represión del Estado existía pero aumentó en el momento en el que la crisis económica y la desilusión política creada por nuevas ideas socialistas tomaron fuerza.

Estos tres factores no son causa suficiente para que una revolución tenga lugar, pero seguramente sean causa necesaria (al menos el segundo y tercer punto claramente en la historia europea). La Revolución de Febrero ni se planeó ni se organizó de antemano. La idea existía; las condiciones económicas eran favorables en tanto que descontentaban a la gente; y el régimen incrementó el control social y la represión popular. No obstante, la revolución no sucedió hasta que un evento imprevisto tuvo lugar, y como una llama prendiendo la mecha de un polvorín, la revolución estalló—teniendo en cuenta el tiempo presente, los paralelismos con el caso griego actual son muy interesantes.

Finalmente, al tratar este tema creo que es de vital importancia definir claramente qué consideramos como «espontáneo» y qué consideramos como «organizado.» Las ideas revolucionarias claramente existían en Francia antes del año 1848, no obstante y en último término, fue la espontaneidad que un hecho contingente trajo lo que produjo que las masas populares se echaran a las calles de forma violenta. La historia nos muestra que los seres humanos somos capaces de asumir grandes dosis de malestar—¿acaso la sociedad española de hoy en día no sufre mucho? Sin embargo, se necesita algo extraordinario, algo que haga gritar a la gente «¡ya basta!», para empezar una revolución. Y estos eventos extraordinarios, por su naturaleza, ni se planean ni se prevén fácilmente. Con esto me refiero a algo «espontáneo», de la misma forma que una élite política revolucionaria puede organizar una revolución en petit comité pero igualmente necesitará de un evento espontáneo y extraordinario para levantar al resto de la masa popular que no forma parte de su élite.

Después de todo parece ser que las revoluciones tienen parte de organización pero también gran parte de espontaneidad. Sino que se lo pregunten a las millones de personas que hoy en día se manifiestan en Brasil, Turquía, o Túnez: ¿acaso no decidieron salir a la calle, seguramente, por algún mensaje en Facebook o Twitter a la hora del almuerzo? Supongo que es lo que tiene ser humano: que las cosas realmente importantes las decidimos a última hora y tirando con lo que nos dictan las entrañas.

La amistad, cimiento de la anarquía

Si el ideario y pensamiento ácrata son algo del todo desconocido por ti, entonces representarás la anarquía inequívocamente como sinónimo de desorden, caos, violencia, confrontación, libertinaje, revuelta espuria, fratricidio, confabulación armada, revolución sanguinolenta, etc., y aducirás, pues, que no es sólo una utopía romántica, sino que representa una lacra en las historia de los movimientos políticos y sociales; pero si ya has bebido de su filosofía, y si has conseguido aprehender lo mismo que yo tras un breve estudio de ésta, sabrás que la Idea está ligada a otra noción bien distinta, que nada tiene que ver con los adjetivos antes dados, a saber: la amistad.

Pero ¿por qué la amistad, por qué esa relevancia? Porque todo el edificio antiautoritario, si así se le quiere llamar, se asienta sobre esta noción: es su piedra angular, su cimiento, sin la cual las demás ideas capitales no tienen sentido alguno. Si la libertad es imposible sin la igualdad, podemos decir con la misma verdad que la igualdad es imposible sin la amistad, es decir, sin la fraternidad. En este sentido, la amistad no es sino la reciprocidad que sólo se puede dar entre iguales; porque si no fuera así, devendría en tiranía o en limosna, que vienen a ser la misma cosa. ¿O es que podría desarrollarse acaso la noción de igualdad sin la de amistad? Veremos que no, pero antes adentrémonos fugazmente en el desarrollo teórico y práctico que ha tenido esta idea, sobre todo, en los inicios del desenvolvimiento del querer y del hacer anarquista, esto es, en los inicios de su teoría y de su práctica.

Así, dirigiéndonos en primer lugar a lo teórico, ya podemos vislumbrar esta alabanza y esta exhortación a la amistad, a la reciprocidad, al bien mutuo y a la proporcionalidad en el libro, por decirlo de algún modo, iniciático al anarquismo en Europa [1]; me refiero, por supuesto, al más que conocido ¿Qué es la propiedad?o una investigación acerca del principio del derecho y del gobierno, del escritor y pensador francés Pedro José Proudhon, publicado en 1840. En éste, Proudhon afirma cosas como ésta:

«Entiendo aquí por equidad lo que los latinos llamaban humanitas, es decir, la especie de sociabilidad que es propia del hombre. La humanidad suave y afable para con todos, sabe distinguir sin causar injuria, los rangos, las virtudes y capacidades: es la justicia distributiva de la simpatía social y del amor universal» o «La amistad es precioso en el corazón de los hijos de los hombres».

Tampoco se puede olvidar, claro está, a Kropotkin, que en su libro El apoyo mutuo sistematiza y reafirma argumentalmente este principio bosquejado con levedad por Proudhon; de tal manera, afirma lo siguiente:

«Pero la sociedad, en la humanidad, de ningún modo le ha creado sobre el amor ni tampoco sobre la simpatía. Se ha creado sobre la conciencia -aunque sea instintiva- de la solidaridad humana y de la dependencia recíproca de los hombres».

Nuevamente, permanece latente esa reciprocidad y proporcionalidad del individuo para con el resto de la sociedad. O cuando, el mismo autor, afirma lo siguiente en Las prisiones:

«La fraternidad humana y la libertad son los únicos correctivos que hay que oponer a las enfermedades del organismo humano que conducen a lo que se llama crimen».

Para finalizar, como corolario, considero primordial esta frase de Malatesta, según la cual:

«Todos somos egoístas, todos buscamos la satisfacción propia. Pero el anarquista encuentra su mayor satisfacción en la lucha por el bien de todos, por el logro de una sociedad en la que pueda ser un hermano entre hermano […]».

Por ello que quizá, como dicen algunos compañeros, un anarquista no es más que un egoísta solidario, por muy contradictorio que pueda sonar. Pero no es así, ese egoísmo se ha de entender en un sentido lato, casi tautológico, tal como se lo daba el filósofo Max Stirner.

En mi pretensión de escribir un pequeño artículo pedagógico, evidentemente, no puedo ejemplarizar muchas más citas teóricas, pero creo que las que dejo dan buena idea de lo sustantivo del asunto.

Por otro lado, en el plano fáctico, tenemos la solidaridad desplegada por los obreros y campesinos en todo momento desde el mismo inicio de la Revolución industrial y, por tanto, desde los primeros pasos del movimiento obrero. Esta solidaridad, surgida en un principio más del instinto empático que de una teoría socialista asentada, era constante, por ejemplo, entre los obreros que cohabitaban barracas en los barrios, si es que se les puede conferir tal apelativo, marginales que salpicaban los arrabales de los perímetros industriales y fabriles de las grandes ciudades del mundo allá por el siglo XIX Y XX, que es el tiempo de la génesis del anarquismo. De tal modo, nos habla Francisco Olaya Morales en su libro Historia del movimiento obrero español (siglo XIX) del surgimiento de las primeras mutualidades obreras en la primera mitad del siglo XIX, en las que los obreros constituían cajas de préstamo para los más acuciados económicamente, ayuda para dejar a los hijos en cuidado mientras sus padres y madres trabajaban en las fábricas, asistencia médica básica, e incluso alguna que otra institución de carácter cultural. Esto, que es la quintaesencia de la reciprocidad y de la fraternidad entre iguales, aunque parezca cosa baladí, llevó sangre, sudor y lágrimas el conseguirlo, ya que al Estado monárquico, y en especial a los patronos, no les hacía gracia alguna que se constituyeran instituciones netamente obreras. Después, claro está, por las continuas injerencias gubernativas, traiciones, triquiñuelas patronales, abusos de los mismos, etc., los obreros se fueron radicalizando tanto en su modo de actuar como en sus propuestas. (¡Y aun así, qué poco pedían y qué justas sus reivindicaciones!)

Para darle una perspectiva algo más internacional, también me gustaría rememorar la proeza de un militante anarcosindicalista japonés durante una huelga fabril [2], ya en el siglo XX, que se encaramó a una chimenea industrial de 30 metros de altura, plantando en la cima la bandera negra y negándose a descender mientras no se resolviera la situación de sus compañeros y compañeras. A los doce días del suceso, y una vez ganada la pugna, debieron subir a por él para ingresarlo en un hospital, pues el pobre hombre, como es de comprender, estaba totalmente extenuado física y mentalmente.

¡Ojalá tuviera el tiempo y el espacio necesario para describir una por una todas las proezas sindicales! ¡Qué prodigio el de la amistad!

A pesar de que estos acontecimientos han sido y son comunes a todo el movimiento obrero, en mi opinión, el anarquismo le confiere a la fraternidad una naturaleza especial, pues éste enfatiza en la horizontalidad entre iguales. ¿Puede existir acaso la igualdad en la verticalidad? No es algo que pretenda desarrollar, pero la respuesta más allegada a la razón parece decirnos que no.

Por último, a modo de curiosidad, no está de más saber que la palabra compañero, proveniente del latín compania; formado por los vocablos cum ‘con’ y panis ‘pan’, etimológicamente, hace referencia a ‘los que comparten el pan’.

¡Así que cuida bien a quién llamas compañero o compañera!

[1] Godwin parece plantearlo de un modo algo más difuso y no con tanta insistencia. Por otro lado, si bien es verdad que los socialistas utópicos ya enfatizaban en el compromiso social y en la equidad, no los caracterizaría como anarquistas.

[2] García, Víctor. Museishushugi: El anarquismo japonés.

Indómitos: una aproximación al islamismo yihadista. IV

América ha salido de sus cuevas”: política (exterior) tras el 11S e (interior) tras el 11M.

¿Tenían un objetivo estratético, más allá de la destrucción, los planes para la acción del 11S? ¿Pretendían acaso los cerebros de al-Qaeda la apocalíptica reacción que de hecho consiguieron arrancarle a la administración de Bush hijo y que incluyó una nueva intervención militar en Oriente Medio?

Los atentados del World Trade Center y el Pentágono el 11 de septiembre de 2001 supusieron una conmoción para la sociedad americana y un jaque al rey. Los EEUU recibieron un recordatorio de la fragilidad de sus defensas en un momento que suponían pacífico: su supremacía militar y la falta de una potencia hegemónica que le hiciera sombra habían creado la ficción de la inmortalidad. Acostumbrada a la permanente tensión de la Guerra Fría y a la amenaza ya muerta de las cabezas nucleares soviéticas, tras la disolución de la URSS y con la llegada del salafismo yihadí la nación tuvo que afrontar una forma muy otra de enfrentarse al enemigo. Esta vez no se trataba de un adversario masivo, como lo fue Rusia, sino de un grupo terrorista prácticamente desconocido que impactó en las defensas de la gloriosa norteamérica y las quebró violentamente. Varias consecuencias subsiguen a la mayor intervención efectuada por una fuerza militar no estatal hasta ahora.

La primera de ellas es el radical cambio que experimenta la agenda de los EEUU en materia de seguridad y política exterior. El primer mandato de George W. Bush se enfocó hacia una retirada progresiva de tropas en el extranjero, además de una reducción considerable del presupuesto destinado al ejército. De alguna manera se pretendía retornar al estadío más aislacionista del país. El devenir de los acontecimientos, sin embargo, obligó a la administración presidencial de Washington a volver al intervencionismo que tan habitual había sido en anteriores legislaturas. Amparado en un deber moral para con el mundo, Bush Jr. declaró la “guerra contra el terror” y envió de forma inmediata tropas al Medio Oriente, del que sólo hacía unos años que había regresado. La respuesta adquiere una forma clásica: la declaración de guerra. Ante la negativa del gobierno talibán a entregar a bin Laden y sus secuaces, que siempre habían mantenido buenas relaciones con su régimen, se da paso a la invasión de Afganistán, que aún dura, por parte de las tropas americanas. A ello se suma la controvertida guerra en Irak –a diferencia de la afgana esta no contaba con el apoyo de Turquía, pese a ser miembro de la OTAN, ni de la Liga Árabe, que sí la habían legitimado en el caso de la toma soviética veinte años atrás–, iniciada el mismo año de 2001 y englobada igualmente en el combate general contra “el Eje del Mal”. Lo cierto es que el despliegue de tropas por toda la zona del Golfo se había efectuado de forma progresiva antes de dar comienzo a las hostilidades; EEUU, con la excusa de neutralizar la amenaza que Hussein suponía para la seguridad internacional debido a la posesión de armas de destrucción masiva –algo que no se ha confirmado hasta la fecha– y la pretensión de instaurar un régimen democrático en el país volvió a tomar posesión en un área donde le era de suma utilidad tener el control: la cuenca petrolífera por excelencia.

Ahora bien: son declaraciones del propio bin Laden tras los ataques de 2001 en medios islamistas, como la cadena qatarí Al Jazeera, las que inducen a pensar que esta invasión formaba parte del plan. Demos credibilidad por un segundo a la suposición de que más que considerar la destrucción del principal centro financiero de los EEUU como el fin principal de los atentados del 11S lo que se pretendía era esta respuesta violenta desde Washington para contraatacar la afrenta sufrida. “América ha salido de sus cuevas”, dijo el cabecilla de la Yihad: el enfrentamiento con un enemigo poderoso y percibido por la comunidad musulmana como claramente externo y opuesto a los valores islámicos tiene sin duda mayor capacidad de convocatoria que la lucha contra el enemigo cercano, con la que el fundamentalismo ya había claudicado tiempo atrás –cuando las salvajes persecuciones a las que se vieron sometidos los miembros de los grupos yihadistas mermaron por igual sus efectivos y sus ánimos–. Es decir: la provocación que para toda la sociedad occidental supone el 11S se idearía como catalizador para una futura provocación del mundo musulmán que hiciera a su vez alzarse el clamor furioso de la Umma.

No cabe duda de que a la imagen de los EEUU le benefició de una u otra forma la agresión de que fue objeto. Frente a la situación plana de liderazgo de la fase anterior, en la que no se enfrentaba de facto a un enemigo poderoso de similares capacidades económicas y militares, ahora se posiciona como una potencia que está bajo una amenaza real, fraguando su hegemonía y, de paso, la legitimidad de su invasiva presencia en el Medio Oriente. Sin embargo la marca EEUU se ha vistotambién muy desprestigiada debido a las técnicas de tortura –eufemísticamente llamadas enhanced interrogation techniques, técnicas de interrogatorio mejoradas– que empleó contra los individuos implicados en los ataques del 11S detenidos bajo sus órdenes; así como por la posibilidad de que la ejecución de Saddam Hussein en 2011 fuera un acto extrajudicial. La opinión pública mundial no era ajena a las atrocidades cometidas por los agentes de seguridad que decían luchar contra el terrorismo pero utilizaban métodos que se asemejaban mucho a él.

Siendo cierto lo anterior, encontramos justificación política también para las explosiones de los cuatro trenes en Madrid el 11 de marzo de 2004. Después de la masacre el gobierno del Partido Popular –que finalizaba su legislatura apenas unos días después del suceso–, con José María Aznar como su presidente, se esforzó enormemente a nivel mediático para intentar difundir la opinión de que había sido la organización más señera del terrorismo español, ETA, la responsable. Pronto surgieron dudas sobre esta versión: con una capacidad muy mermada en los últimos años ETA no parecía tener la fuerza logística suficiente para llevar a cabo algo de tales dimensiones. Sin embargo los populares eran muy conscientes de lo que, de haberse creído, esto supondría en su beneficio –aunque sólo fuera posible minimizar los daños, que no evitarlos del todo–. Recordemos que España prestó sus tropas en apoyo a la intervención estadounidense en Irak, con la oposición de gran parte de la ciudadanía. Permitir que se vinculara el 11M al mundo islámico no significaba sino que la población lo asumiría como una venganza, culpabilizando al PP en tanto que se opuso a la opinión de la mayoría y, haciendo caso omiso a las protestas, apoyó el golpe militar. Y así fue: el 14 del mismo mes las votaciones dieron el poder al gobierno socialista de José Luis Rodríguez Zapatero.

Es difícil, de cualquier forma, aseverar la pertenencia de los yihadistas a quienes se culpabilizó de las explosiones en Madrid al núcleo de al-Qaeda. En cualquier caso, no se tataría esta de una organización matriz al uso, de la que emergieran las distintas células que quedarían bajo su control: más bien los grupúsculos independientes se verían hermanados ideológicamente por la Yihad y el islamismo, lo que, en principio, sería suficiente para prestar sus servicios y aceptar el martirio por la causa sagrada; si bien se ha hablado mucho de la posible función de enlace entre la agrupación local y la oriental que algunos implicados podrían tener.

J.

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