Sanidad pública madrileña, reacciones frente al expolio

La huelga de dos días en la sanidad pública madrileña está teniendo un altísimo seguimiento. Aproximadamente el 80% de los 75.000 trabajadores del sector llamados a hacer huelga ha respaldado la convocatoria de lucha contra la reestructuración planteada por la Comunidad de Madrid. Esto se ha dejado notar durante toda la jornada, a pesar de unos servicios mínimos del 35%. El paro continuará mañana y se repetirá los días 4 y 5 de diciembre. Asímismo, la Asociación de Facultativos Especialistas de Madrid (Afem) convocó con anterioridad una huelga de cuatro días que se prolongará hasta el jueves.

El principal motivo de esta huelga es el previsible despido de más de 8.000 trabajadores interinos y eventuales de los hospitales y centros de salud madrileños. Despidos que son solo la primera de las consecuencias de los salvajes recortes impulsados por el gobierno de la comunidad: Privatización de la gestión de seis hospitales construidos en 2008 y 27 centros de salud, concentración de los laboratorios en solo cuatro centros, transformación del hospital Carlos III en centro de media y larga estancia… El plan, por tanto, supone un cambio radical en el modelo sanitario, dirigido plenamente hacia la privatización. Los carteles de protesta, en forma de esquelas para la sanidad pública con la fecha de presentación del plan, cubren las paredes de los recintos sanitarios.

El gobierno de Ignacio Gonzalez Pons no hace sino continuar con la funesta política de desmantelación sanitaria que comenzó su predecesora, Esperanza Aguirre. Esta, en sus nueve años en el cargo, abrió diez hospitales, pero ninguno del Gobierno regional, que solo se encargaba del personal. Tres comenzaron siendo desde un principio de gestión privada. Los otros siete son propiedad de constructoras, inmobiliarias, empresas de gestión sanitaria con bancos como accionistas y fondos de capital riesgo con sede en Luxemburgo. Todos ellos cobran a la Comunidad un canon por su gestión. Ahora, seis de estos siete centros (todos excepto el Puerta de Hierro) pasarán a ser enteramente privados. Los restantes, externalizarán todos los servicios no sanitarios. Además se privatizarán por primera vez el 10% de los 400 ambulatorios de la comunidad.

Esto supone además que, los empleados que no sean despedidos, dejarán de ser empleados públicos para pasar a ser personal de las empresas concesionarias, principales beneficiadas de la reestructuración. La idea es que cada vez más la administración paga a entidades privadas para que gestionen los hospitales, lo que supone un trasvase de dinero del sector público al privado, dejando la gestión de la sanidad en manos de unas lógicas mercantiles que en la mayoría de casos se oponen a las necesidades de los usuarios de la sanidad. No por casualidad en 2008, el entonces consejero de sanidad Juan José Güemes, en una jornada en el hotel Ritz titulada «Aproveche las oportunidades de negocio para su empresa», contestó a las preguntas de los empresarios sobre la posible gestión privada de los centros de salud.

Las evidencias más claras de este expolio a la sanidad pública, además de la propuesta del euro por receta, las sufrirán los pacientes del Carlos III, especializado en enfermedades infecciosas y tropicales, y La Princesa, un centro general con cerca de 40 especialidades. El primero se convierte en centro de media y larga estancia, mientras el segundo pasa a especializarse en geriatría. Con todo, las protestas en defensa de este último han logrado en los últimos días evitar que La Princesa dejase de atender a otro tipo de pacientes, como pretendía el Gobierno de González Pons.

Consecuencias menos evidentes son, por un lado, el encarecimiento del servicio (la Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública denuncia que los convenios cuestan a los madrileños entre 7 y 8 veces más que los centros públicos). Por otro lado, el negocio que se contruye sobre la salud de los madrileños. Sobre los beneficiarios de la privatización de la sanidad pública, recomendamos leer este artículo del diario digital Público, que extiende la información sobre quién se beneficia realmente de esta reestructuración.

Por último, merece la pena destacar la vehemencia con que el PP ha contestado a las críticas vertidas en contra de este plan, incluyendo una campaña contra la huelga sanitaria mediante un video en Youtube. Parece ser que el enriquecimiento y los negocios de unos pocos a costa de la salud y los ahorros de la mayoría bien merece estas tácticas.

(Imagen de Uly Martín)

Apuntes sobre El capital I: La mercancía

Se entiende por mercancía la producción que está destinada al cambio o la venta y no a ser consumida directamente por el productor.

Valor de uso y valor de cambio

Por valor de uso entendemos la utilidad de una cosa, su capacidad para satisfacer una necesidad humana. Depende de las cualidades naturales y aparece en su uso o consumo.

La proporción variable en que las mercancías de especie diferente se cambian entre sí, constituye su valor de cambio.

Como valores de uso, las mercancías son de cualidad distinta pero como valores de cambio solo pueden ser diferentes en cantidad. Efectivamente, Las necesidades que satisface una mesa son de cualidad muy distinta a las que satisfacen un par de zapatos. Sin embargo, al cambio, podemos por ejemplo decir que una mesa vale tanto como tres pares de zapatos.

Si se prescinde de las propiedades naturales (del valor de uso de las mercancías) solo les queda una cualidad: la de ser productos del trabajo. Las mercancías revelan solamente que en su producción se ha gastado una fuerza de trabajo, es decir, que en ellas se ha acumulado trabajo.

Las mercancías son valores en tanto que son materialización de ese trabajo.

Magnitud del valor

La sustancia del valor es el trabajo. La medida de la cantidad de valor es la cantidad de trabajo.

El trabajo a su vez se mide por la duración, o sea, por el tiempo de trabajo. El tiempo de trabajo no considerándolo en un caso particular sino como término medio en unas condiciones sociales dadas. En definitiva, el valor viene determinado por el tiempo que exige un trabajo ejecutado conforme al grado medio de habilidad y de intensidad en las condiciones del medio social.

Esto supone que la magnitud del valor varía cada vez que se modifica la productividad del trabajo.

La productividad del trabajo depende, entre otras cosas, de la habilidad media de los trabajadores, de la amplitud y eficacia de los medios de producción y de circunstancias exclusivamente naturales. Si la productividad aumenta disminuyendo el tiempo necesario para la producción de una mercancía, el valor de esta disminuye. Recíprocamente, si la productividad disminuye, el valor aumenta. Ahora bien, independientemente de las variaciones de la producción, el mismo trabajo genera siempre el mismo valor. Esto puede parecer contradictorio, pero no lo es. Intentaré explicarlo:

Digamos que con X trabajo producíamos Y mercancías. El valor de esas mercancías, que venía dado por el trabajo, era igualmente X, ya que la cantidad de trabajo es la magnitud del valor. Bien, ahora una mejora en los medios de producción supone que se pueda producir el doble con el mismo trabajo. En ese caso, con un trabajo de X obtendríamos 2Y mercancías (o lo que es lo mismo, con la mitad de trabajo seguiríamos obteniendo Y mercancías). El valor de esas Y mercancías se ha dividido entre 2, pasando a valer X/2. En cualquier caso, permanece siempre constante el hecho de que un trabajo de X genera un valor de X o, en este caso, un trabajo de X/2 genera un valor de X/2. Aunque los variaciones en la producción permitan que se produzca el doble, el valor de las mercancías se ve reducido a la mitad, lo que permite mantener constante la igualdad valor-trabajo.

Gracias a un aumento de productividad, hay aumento de riqueza material. Sin embargo, el valor del conjunto de objetos útiles sigue siendo el mismo, porque aunque el número de objetos varíe, su valor se modifica para cumplir con la igualdad valor-trabajo.

A continuación matizaremos algunas cuestiones que han quedado en el aire:

Primero, es importante tener en cuenta que una cosa puede tener valor de uso sin ser un valor, es decir, sin ser una mercancía que acumula trabajo humano. Cualquier cosa que sea útil a las personas, pero que no provenga del trabajo de estas, entra en esta categoría. Como ejemplos podríamos nombrar el aire, la tierra o los prados. En definitiva, un valor de uso solo puede tener valor cuando se le acumula cierta cantidad de trabajo humano.

También una cosa puede ser útil y producto del trabajo sin llegar a ser mercancía. Cuando el productor se limita a satisfacer sus propias necesidades, solo crea un valor de uso por cuenta propia. Para producir mercancía hay que producir valores de cambio, es decir, útiles con el objetivo de entregarlos al consumo general mediante el cambio. En consecuencia, el valor de cambio solo se expresa en la relación social del cambio.

Finalmente, un objeto inútil no genera valor de ningún tipo.

Doble aspecto del trabajo

Toda clase de trabajo implica un gasto físico de fuerza humana, siendo en este sentido cada trabajo de igual naturaleza. Por otra parte, dicho trabajo se acumula en cada caso en una forma productiva determinada (una mesa, unos zapatos, una caseta…). En este concepto de trabajo útil diferente, produce valores de uso o cosas útiles.

Este doble aspecto del trabajo es de alguna forma análogo al doble aspecto del valor. Por un lado el trabajo útil diferente, el del carpintero, el informático, el abogado o el médico, que remite en cierto modo al valor de uso, pues satisface necesidades humanas bien distintas. De otra parte, el trabajo como valor de cambio, que solo es diferente de otros trabajos en su magnitud.

Doble carácter social del trabajo privado

El trabajo privado también tiene un doble carácter social.

Por un lado, aunque ejecutadas independientemente, las diversas especialidades de trabajos útiles se manifiestan como partes (complementarias) del trabajo general destinado a satisfacer la suma de necesidades sociales. El resultado de esto es que, trabajando unas personas para otras, las obras privadas revisten un carácter social, ya que permiten satifacer las necesidades de todos.

Por otro lado, cada trabajo particular también tiene un segundo carácter social por su semejanza en tanto que trabajo. Dicha semejanza aparece en el cambio, esto es, en la relación social que coloca los distintos tipos de trabajo frente a frente y permite compararlos según una base de equivalencia.

Reduciendo toda clase de trabajo a cierta cantidad de trabajo simple

Trabajo simple sería el gasto de fuerza del organismo de una persona sin educación ni habilidades especiales. El término medio de trabajo simple puede variar según épocas o territorios, pero siempre puede determinarse en una sociedad dada.

Podemos así tomar este trabajo simple como base de equivalencia. De ese modo, el trabajo especializado o complejo no sería más que cierta cantidad de trabajo simple. Esta reducción se hace todos los días en todas partes, con el establecimiento de salarios mayores o menores en función del tipo de trabajo a desarrollar.

Forma de valor

En concepto de valores, todas las mercancías se expresan en la misma unidad (trabajo humano) y pueden reemplazarse mutuamente. Por consiguiente, una mercancía puede cambiarse por otra.

Pero en realidad, hay dificultades para el cambio inmediato entre mercancías. En consecuencia, una sola de ellas pasa a revestir la forma apta del cambio inmediato con todas las demás, estableciendo una forma especial de valor: la forma moneda, que simplifica la relación de cambio estableciendo una forma de valor común, una base de equivalencia.

En principio, este objeto único, forma oficial de los valores, podía ser una mercancía cualquiera. La especial, con cuya forma se ha confundido paulatinamente el valor, es el oro. De tal modo que, finalmente, todas las mercancías se reducen a cierta cantidad de oro. El uso de moneda en la relación de cambio parece hoy algo natural. Al expresar el valor de una mercancía en, por ejemplo, cantidad de tela, salta a la vista lo extraño de la afirmación. Pero cuando referimos la misma cantidad en oro o plata, euros o dólares, la proposición deja de sorprendernos. El resultado de esto es que no parece que una mercancía se haya convertido en moneda porque las demás expresen en ella su valor. Al contrario, parece que el resto de mercancías expresan su valor en esas mercancías determinadas (el dólar, el euro, el oro) solo porque es moneda.

Apariencia material del carácter social del trabajo

En definitiva, esta forma moneda o dinero contribuye a sugerir una idea falsa de las relaciones de los productores. Los productos del trabajo, que en sí mismos son cosas sencillas y fáciles de comprender, se tornan complicados, llenas de sutilezas y enigmáticos en cuanto se les considera como objetos de valor prescindiendo de su naturaleza física; en una palabra, desde que se convierten en mercancías.

El valor de cambio, que no es otra cosa que la manera social de contar el trabajo invertido en la fabricación de un objeto (por lo tanto, sólo es una realidad social) ha llegado a ser tan familiar para todos, que parece ser una propiedad intrínseca de los objetos, como la forma moneda para el oro (otra relación social que se ha naturalizado). Sin embargo, existen sistemas de producción en que la forma social de los productos del trabajo se confunden con su forma natural y en que los productos se presentan como objetos de utilidad bajo diversos conceptos, no como mercancías que se cambian recíprocamente.

Esa apariencia material que se da a un fenómeno puramente social convierte a los ojos de los productores su propio movimiento social, sus relaciones personales para el cambio de sus productos, en movimientos de las cosas mismas que los arrastra, sin que puedan dirigirlos. La producción y sus relaciones, creación humana, dominan al hombre en lugar de estarle subordinadas.

El mito de la globalización. Una aproximación libertaria

Casi a diario podemos leer algo en la prensa sobre eso que llamamos «globalización.» Desde finales de los años ochenta, y a lo largo de la década de los noventa, el término se popularizó tanto que una vez entramos en el nuevo milenio ya tomábamos la realidad de la globalidad como verdadera. Sin embargo, muchos son los datos que apuntan a otra realidad muy distinta.

Para empezar a estudiar un fenómeno tan complejo como el de la globalización, primero hemos de tener una definición operativa que nos permita aprehender la realidad a estudiar. No obstante, dicha definición no existe puesto que cada escuela de pensamiento define la globalización en base a diferentes términos y datos socioeconómicos. En lo que sí podemos ponernos de acuerdo es que la globalización es un proceso que se viene gestando desde hace tiempo, aunque algunes sitúan el inicio de ese proceso con el nacimiento del Homo Sapiens Sapiens, y otros lo emplazan en el llamado «largo siglo dieciséis» (como lo hace el sociólogo Immanuel Wallerstein en su teoría del sistema-mundo).

La globalización se nos presenta, normalmente, exclusivamente en términos económicos: corporaciones transnacionales, inversión extranjera en países no-capitalistas, mercados financieros integrados, etcétera. Otres han dedicado grandes esfuerzos a contrarrestar esta visión, y han dirigido la atención de sus investigaciones hacia otros campos como el cultural o el político (por ejemplo Saskia Sassen). ¿La conclusión? Que el mundo está caminando hacia la creación de un único sistema mundial que integra todas las esferas de interacción humana. Un ejemplo de esto es el trabajo de Michael Hardt y Antonio Negri en Imperio.

Pero lo cierto y verdad es que la globalización no está creando un mundo tan integrado como muches piensan, mucho menos unitario. Les pensadores conservadores, agrupados en la escuela realista, tienen razón al afirmar que los Estados-nación siguen siendo actores principales en las dinámicas internacionales, lo que dificulta enormemente el poder hablar sobre globalización.

En una línea muy parecida, Paul Hirst y Grahame Thompson aseguran que la globalización es un mito que sirve a los intereses del proyecto neoliberal, el cual ha de ser legitimado de alguna manera. Así pues, no solamente la globalización económica no se está produciendo, sino que además estamos siendo testigos del nacimiento de «nuevos» nacionalismos y regionalismos. En lo que respecta a la economía internacional basta decir que más de tres cuartos del comercio mundial se produce entre (y dentro) de tres regiones económicas que acumulan la inmensa mayoría de capital mundial. Estas regiones son Europa occidental, Norteamérica, y Japón. En lo que respecta al comercio e inversión internacional tampoco observamos mucha globalización: tenemos los ejemplos de NAFTA (por sus siglas en inglés) y de la Unión Europea.

Pero, entonces, ¿qué nos debe preocupar a les anarquistas de todo esto? Que el sistema de producción capitalista sigue vivo y muy vigente es una realidad tan objetiva como que mañana saldrá el sol en el horizonte. Que el capitalismo sigue explotando en ambos hemisferios también es una realidad material. Éstas son realidades que ya conocíamos y, que en alguna medida, hemos internalizado como inevitables en el corto-medio plazo (no incluyo el largo plazo por creer honestamente en el advenimiento de la revolución social).

Entonces, una vez más, ¿qué nos debe ocupar la mente a les anarquistas? Pues ni más ni menos que la afirmación y reproducción de la idea de que existe un contrato social, que no solamente es necesario según la ideología imperante, sino también inevitable y lógico.

Dejando de lado el debate de si la globalización está creando un mundo integrado a todos los niveles, lo que no podemos obviar es que para sustentar un sistema internacional de gobernanza de la actividad humana el modelo de Estado-nación es más que necesario. Argumentar que el mundo está dirigido por el FMI y por la OMC es un despropósito que solamente le hace el juego al proyecto neoliberal. Sí, las instituciones multilaterales internacionales están creciendo y tienen un papel decisivo en las dinámicas del mundo, pero esto es solamente posible si existe el Estado-nación (a lo que se debería oponer tode anarquista que se precie). Precisamente porque la globalización es un proceso integrador, éste requiere de legitimidad constitucional que aporte un «imperio de la ley» acorde a los tiempos. ¿Cómo se consigue esto? Reforzando la legitimidad del Estado-nación.

Si bien es cierto que la soberanía del Estado-nación está en declive, solamente lo hace en términos contrapuestos a la vieja conceptualización de soberanía. Recordemos que el Estado moderno nace como respuesta al feudalismo en Europa occidental, y lo hace para monopolizar las dinámicas humanas dentro de un territorio definido. Lo que parece obviarse muy a menudo es que para que sea posible que un Estado-nación exista el resto de Estados han de reconocer la existencia de los demás (y respetarla). Al suceder esto se crea un sistema internacional (que debería llamarse interestatal) que legitima en términos judiciales y éticos el monopolio de la vida humana.

La clave para comprender lo que está sucediendo con la globalización es pensar en ella en términos comparativos: si el Estado moderno nace en un contexto de fragmentación feudal (de fragmentación provincial si se quiere), la globalización no es sino un intento de gobernar «la anarquía» que existe entre Estados a un nivel mundial. Pensemos en los Estados-nación como las provincias de un Estado, y en la globalización como el Estado mismo. Para que las provincias de un territorio queden unificadas bajo un mismo marco común se requiere de un proceso legitimador que permita la aparición de un aparato estatal integrador. ¿Se ve el siguiente paso? Exacto. Para que exista un sistema global integrado se requiere de un proceso legitimador que integre a los diferentes Estados-nación (a las «provincias» del mundo).

De esta manera, la soberanía de los Estados de hoy en día no se ve mermada, sino que se ve desplazada. Para que el FMI pueda dictaminar medidas económicas en Grecia se requiere, previamente, de la legitimidad estatal de los Estados del mundo, y esto no hace más que reproducir la idea de contrato social y Estado, el cual actúa como una bisagra entre lo «local» y lo «global.» Lejos de presenciar la creación de un Imperio mundial unitario como afirman Hardt y Negri, lo que estamos experimentando es un desplazamiento y una redefinición de la soberanía estatal. Y lo crucial al respecto es que para que dicho desplazamiento tenga lugar se necesita la reafirmación del proyecto estatal.

Es por ello que luchar contra la globalización capitalista no ha de ser visto como una lucha contra un Nuevo Orden Mundial (como muchas personas dadas a la teoría de la conspiración piensan). Luchar contra la globalización tiene que ser, para nosotres les anarquistas, la lucha contra la existencia del Estado-nación. Después de todo la postmodernidad no ha llegado: seguimos viviendo en el mismo «viejo» mundo capitalista-estatal que nos esclaviza de maneras más dinámicas y fluidas.

Israel, ese Estado genocida

Mientras yo escribo estas líneas y vosotres las leéis, el Estado fascista de Israel seguirá atacando impunemente a la ciudad de Gaza, matando por igual a niñes y adultes. Y mientras, la «comunidad internacional de bien», ésa que llamamos «Occidente», calla sin dignidad.

Ya van seis días y el ataque sobre la ciudad de Gaza continúa de forma atroz. En 2009 el Estado fascista de Israel atacaba Gaza bajo el nombre de Plomo Fundido, una operación genocida que dejó más de 1.400 víctimas, de las cuales el 80% eran civiles, y unes eran 300 niñes. Alrededor de 5.300 personas fueron heridas, entre las cuales se encontraban más de 1.600 niñes [1]. ¿Casualidad? ¿Daños colaterales? ¿O puntería deliberada?

Ayer el principal hospital de la ciudad colapsaba ante la marea de herides y víctimas. Niñes mutilados, padres llorando, madres con los nervios destrozados. El 80% de les herides son transportados al hospital Al Shifa, el cual cuenta con 700 camas que se llenan en cuestión de minutos. Los medicamentos y drogas se agotan a un ritmo espeluznante, y el Ministerio de Salud en Gaza se desespera por conseguir el material básico para tratar a las víctimas del fascismo de Israel. Pero el drama sanitario no acaba aquí, la Organización Mundial de la Salud tiene 21 clínicas en la ciudad, de las cuales 11 permanecen cerradas por estar ubicadas en zonas bombardeadas por Israel [2].

Para poner la guinda al pastel, ayer las bombas israelíes caían por segundo día sobre un edificio destinado a alojar a la prensa local e internacional; un edificio que todo el mundo sabe que cumple esa función [3]. Cortar el flujo de información que sale de Gaza es imprescindible cuando se es un Estado fascista que, con el beneplácito de las potencias mundiales, decide exterminar a un pueblo indefenso de forma sistemática. Porque eso es lo que está haciendo Israel: está llevando a cabo una limpieza étnica en los territorios ocupados de forma planeada y organizada, lo que podría (y debería considerarse) como delito internacional. Sin embargo, Occidente calla y las potencias mundiales dan su visto bueno. El otro día, sin ir más lejos, el presidente Obama aseguraba que Israel tiene derecho a defenderse, y es por ello que su gobierno secunda las acciones de Israel [4].

Lo que está sucediendo hoy en Gaza llama al alzamiento popular, a una intifada global. La solidaridad internacional debe crecer y consolidarse en tiempos como estos. El sufrimiento del pueblo palestino es, seguramente, el último vestigio del antiguo colonialismo a la antigua usanza. La opresión que sufren es resultado de un mundo que nosotres sostenemos con nuestro silencio desde nuestros cómodos salones; frente al televisor, lejos de las explosiones y la metralla. Su lucha es nuestra lucha por imperativa necesidad, porque nuestra libertad y dignidad no serán completadas hasta que las diferentes gentes del mundo no vivan en paz.

Referencias

[1] Especialidad de Israel: apuntar sobre los civiles

[2] Colapsan hospitales en Gaza. Israel y potencias cómplices son responsables de este genocidio.

[3] Israel no quiere testigos del holocausto al pueblo palestino: volvió a bombardear a los periodistas.

[4] Obama afirmó que Israel tiene «derecho a defenderse.»

El suicidio ante el desahucio: venganza política y manifestación del discurso oculto

Por Diego

El desahucio es, hoy día, una de las más terribles situaciones en las que las personas de nuestro país ven cómo su dignidad personal es arrebatada. El respeto, el reconocimiento que toda persona merece es dado de lado sin escrúpulos por el Estado y el Capital. Más de quinientos desahucios se producen todos los días en el Estado español a causa del impago de hipotecas. Ante desesperada situación y falta de recursos algunas personas están tomando la determinación de decirle la verdad al poder suicidándose antes de ser obligadas a abandonar su casa. Los desahuciados emplean la única herramienta que tienen para responsabilizar a aquellos que cometen la barbarie. La última escalada de suicidios encierra siempre ciertos factores: casi todos se cometen en la vía pública, todos se realizan de forma macabra, y todos antes de que llegue el juez con sus acólitos. Estas personas intentaron dejar alguna huella en la misma sociedad que les robó su dignidad, intentaron culpar a sus ejecutores, de ahí que el suicidio siempre se esté intentado ocultar, no siempre consiguiéndolo. Los tres últimos suicidios que hemos podido conocer, realizados en las últimas semanas, se han producido siempre momentos antes de la llegada de la policía y el juez, de ahí que hayan conseguido crear toda una escalada de culpas. Es difícil negar el carácter político de estos desahucios, que concentran brutalmente desesperación venganza y amenaza.

Desde el pasado 10 de noviembre, día del suicidio de Amaia Egaña, asociaciones de jueces y policías comienzan a hacer declaraciones y a movilizarse contra los desahucios. Que les estallara la puta verdad en la cara tiene la culpa de ello.

-Manuel se lanzó al vacío de su segundo piso de Burjassot el día 25 de octubre, cuando un miembro de la comisión judicial llamó al timbre de la puerta para desahuciarle. Sobrevivió.

– José Miguel se ahorcó en el patio de su vivienda de Granada el día 25 de octubre, una hora antes de la prevista para su desahucio.

– Amaia se tiró por la ventana del cuarto piso de su casa el día 10 de octubre. La comisión judicial se encontró la puerta del domicilio abierta cuando llegó a la casa para ejecutar el desahucio.

– Un hombre se arrojó desde la ventana de un segundo piso en Sevilla el día 16 de noviembre cuando iba a ser desahuciado. La causa del desahucio aquí no era un impago hipotecario sino de alquiler.

– Juan Álvarez fue la primera persona que se suicidó por este motivo, lo hizo en noviembre de 2010. Salió de su vivienda de L’Hospitalet del Llobregat y se ahorcó en el parque de enfrente de su casa, “a pocos metros del piso que en pocas horas iba a tener que abandonar por la fuerza.”

– Isabel se arrojó desde el undécimo piso de su casa en Málaga en Julio de 2012. El desahucio iba a realizarse pocos días más tarde.

Acción Directa: La alternativa posible

Nota del equipo de Regeneración: El texto que se muestra a continuación se escribió antes de la huelga general del pasado miércoles día 14 de noviembre. Nos ha sido imposible publicar esta colaboración con anterioridad. Lo hacemos ahora pues creemos que aún puede aportar argumentos para la formación y el debate colectivos. Nos gustaría asímismo pedir disculpas al autor por este retraso.

Hablando con un compañero de la universidad sobre la Huelga General del próximo 14 de Noviembre, me expuso un razonamiento para no secundarla, el cual creo que refleja muy bien la incertidumbre de las personas en la actualidad. Su postura es que no va a hacer Huelga porque a pesar de que se protesta, hay movilizaciones, se va a manifestaciones, etc. ¿Va la gente y le vota al PP en las elecciones? «¡Venga ya! Que se jodan todos, paso de hacer huelga». Bien, pues este texto va dirigido a ti y a las personas que piensan como tú.

¿El PP ganó con mayoría absoluta en Galicia? Sí, pero perdió un 17,5% de los votos respecto a las anteriores elecciones consiguiendo solamente un apoyo del 24,25% de la población. Además, el porcentaje de participación fue del 54,42% [1]. Esto significa que casi la mitad de la población que podía ir a votar está en disconformidad bien con el sistema electoral y/o con los políticos, y que más de tres cuartos de la población no aprueba las medidas que lleva tomando el PP en estos casi 4 años que estuvo gobernando. Reflejo de ello es el aumento de movilizaciones así como de manifestaciones y protestas que mi compañero antes citaba.

Así pues, se puede ver cómo las personas están despertando del letargo en el que estaban, pero también se aprecia lo perdidas que se encuentran. ¿Alguna vez te planteaste que el hecho de votar no es más que decir que no eres capaz de decidir por ti mismo y por ello delegas esa responsabilidad en otra persona? Eso sí, te dejan elegir quien va a tomar las decisiones por ti. Pero no por elegir el amo vamos a dejar de ser esclavos. No puedes esperar que los demás hagan las cosas por ti. Muchos os preguntaréis: «Y si no podemos cambiar la situación actual mediante las elecciones, protestas, manifestaciones, etc. ¿Cómo podemos hacerlo?» La respuesta es sencilla: mediante la Acción Directa.

Con Acción Directa no me refiero a poner bombas ni a quemar contenedores y cortar calles, sino que me refiero a tomar las riendas de tu propia vida, a decidir por ti mismo, a la realización de acciones por parte de los afectados sin ningún tipo de intermediación.

Una forma de Acción Directa que perjudica enormemente a los que nos explotan y esclavizan es la realización de una Huelga. Ya no me refiero al Gobierno, sino a los que están detrás de ellos, es decir, los empresarios y grandes magnates capitalistas. Esto se debe a que al hacer Huelga, es decir, parar durante un tiempo determinado el proceso de producción, lo que estás haciendo es cortar su flujo de entrada de capital.

Por este motivo hablar de Huelga solo tiene sentido si esta es una Huelga General, ya que si paralizas únicamente un determinado sector, tu repercusión va a ser insignificante y contribuirás a una sobrecarga de trabajo en tus compañeros y compañeras. Es el mismo caso que si tuvieras un río canalizado por varias cañerías. Si cortas el flujo de una de ellas, el río va a seguir pasando por las otras, o lo que es mas grave, la cantidad de agua que pasaría por esa cañería se repartiría entre las otras. Esto es debido a que los magnates capitalistas no son los propietarios y beneficiarios de un solo sector, sino que su imperio se expande de forma global por un gran número de ellos.

Ahora quizás respondas: «Pero en el sector educativo una Huelga no les perjudica en absoluto, sino todo lo contrario, nos perjudica a nosotros mismos, los estudiantes.»

El sector educativo en la actualidad funciona como una enorme fábrica. Desde que somos pequeños nos agrupan por edades, como si ese factor fuera el más importante, y nos meten en (J)aulas durante todo el día. En ellas, el operario de turno, el docente, tiene un plazo de tiempo en el cual su misión es introducir determinados conceptos en las mentes de sus reclusos. Si pasado ese tiempo, el sujeto no cumple los requisitos, lo mandan de vuelta al principio de ese departamento de la línea de montaje para intentar que adquiera esos “conocimientos”. Por el contrario, si el operario consiguió su objetivo, los manda al siguiente departamento. De esta forma se va moldeando, controlando y creando a su antojo la mentalidad y conocimientos de los futuros siervos del sistema. Esto lo llevan haciendo desde que se llevó a cabo la creación del derecho de escolarización y la fundación de Escuelas Públicas, que sirven al principio de que un pueblo moldeado y capaz de producir bienes y servicios es mas útil que un pueblo analfabeto.

Con esto no digo que los docentes sean los que quieran tales injusticias, sino que ellos mismos son presas, conscientes o no, del sistema, y si quieren obtener el salario que les permite vivir tienen que realizar la tarea que se le es otorgada en esa gran factoría que es el sistema educativo. También se pueden dar casos de docentes que intentan “sabotear” la producción desde dentro, intentando otorgar al sujeto la capacidad de reflexionar por sí mismo.

Debido a esta realidad, el resultado de hacer Huelga en el sector educativo es la paralización de la producción de esclavos. Pero esta acción no puede quedar reducida a una jornada, sino que tiene que ser duradera en el tiempo para poder así repercutir de forma significativa en este sistema de producción. Esto último se puede extrapolar a los demás sectores.

Queda claro entonces que si de verdad se desea un cambio, una manera de conseguirlo es mediante la realización de una Huelga General Indefinida. Ahora bien, lo que no se debe hacer es una Huelga de este tipo para pedir una mejora salarial, o la paralización de determinadas medidas, o cualquier petición que no provoque más que simples cambios superficiales sin modificar el fondo del problema en cuestión.

Si se realiza una Huelga de este tipo es para cambiar de una vez por todas el modelo actual. Es para eliminar la explotación de la gran inmensa mayoría de las personas por parte de unos pocos que acaparan la producción y los bienes. No es para pedir derecho a trabajar, sino para pedir el derecho al bienestar de todos y todas. Para exigir un reparto equitativo de los bienes según las necesidades de cada uno, así como la realización de tareas acorde a las habilidades y capacidades individuales de cada persona. Es, en definitiva, para realizar un gran cambio cuyo objetivo no es más que la igualdad y justicia.

Leído esto preguntarás: «Entonces, ¿será el 14 de noviembre el día en el que se producirá ese cambio, esa revolución?»

No, para ello es necesaria la concienciación de las personas de que ese cambio es posible, de que la revolución no es una utopía, de que solamente se podrá conseguir la justicia e igualdad si cada uno de nosotros tomamos las riendas de nuestra vida sin delegar la responsabilidad de esta en terceras personas. Será una vez hecho esto cuando entonces podremos ser libres de elegir nuestro futuro.

Esto no significa, sin embargo, que las Huelgas no sirvan para ningún objetivo. Por el contrario, son de gran valor: enseñan a las personas la necesidad vital de la cooperación, de mantenerse hombro con hombro con los demás y luchar unidos en la causa común. Las Huelgas conciencian y desarrollan el espíritu de esfuerzo conjunto, de resistencia a los amos, de solidaridad y responsabilidad. Mediante ella se aprende que «una ofensa a uno es algo que les concierne a todos», sabiduría práctica que encarna el sentido más profundo de la lucha proletaria, ya que todos somos trabajadores. Da igual si te encargas de las tareas domésticas, si estudias, si eres autónomo o si trabajas en una fábrica, taller o en la calle. Todos estamos siendo explotados y esclavizados. Esto no se refiere únicamente a la batalla diaria por la mejora material, sino igualmente se refiere a todo lo que tenga que ver con el trabajador y con su existencia, y de modo particular se refiere a las cuestiones en las que están implicadas la justicia y la libertad.

En resumen, la Huelga General del próximo 14 de noviembre debe ser para nosotros el principio de algo más grande. Tenemos que perder el miedo a la responsabilidad de elegir por nosotros mismos. Debemos concienciar a los demás de que solo mediante la Acción Directa seremos capaces de cambiar la injusticia y la desigualdad.

Por una emancipación de la clase trabajadora y estudiantil, posible, y en nuestras propias manos, es el objetivo. Por una lucha, por un frente, por la libertad.

¡Salud!

Alekseievich

[1] Fraude estadístico en las elecciones gallegas

1 85 86 87 88 89 96