Acoso en las calles

     La manada de machirulos se acerca a su presa, y el macho alfa le grita: «eh, tú, ¿te parecemos atractivos?», cuando obtienen por respuesta un contundente «NO», su herido orgullo, tan apreciado por ellos, junto a su seguridad como manada, frente a la pequeña e indefensa presa, les hace fuertes para perseguirla por la calle llamándola cosas tales como «puta» o «bollera».

  Aún no he conseguido conocer a alguna mujer que no haya tenido que sufrir en sus carnes el acoso sexual callejero por parte de algún machirulo ansioso por demostrar su superioridad. Obviamente tampoco conozco a ninguna mujer que no haya sentido miedo al ir sola (o incluso acompañada de otra mujer) por la calle. Ni hablemos ya de las noches, ese espacio del día que casi parece haber sido inventado por los machirulos para hacer lo que les venga en gana con nosotras, desde el piropo que podría parecer más inocente, pasando por los más violentos, hasta llegar a la agresión física.

  ¿Qué alternativas hay a esta situación?¿Acaso lo único que podemos hacer es sentir miedo, pasar por calles iluminadas y girar la cabeza para ver si alguien viene por detrás para aprovechar nuestra distracción? Me niego a pensar que no tenemos elección, que nosotras no tenemos capacidad de decidir qué vamos a hacer en contra de este acoso, como si fuera algo caído del cielo, imposición del destino. Me niego a la resignación que tenemos que sufrir, esperando que ellos decidan no acosarnos, y temiendo que lo hagan.

  En la lucha contra el acoso, hay dos prácticas que considero fundamentales: la educación para el consentimiento y la autodefensa.

  La educación para el consentimiento (o cómo enseñar a tu hijo/primo/amigo/hombre que no hay justificación posible para la agresión) es algo que podemos practicar todos los días, sin necesidad de programar unas jornadas feministas ni de leer algún libro sobre ello (cosas que desde luego os animo a realizar también), sino que un buen debate con nuestros conocidos puede ayudar a crear conciencias. Enseñar a nuestros amigos qué es el acoso callejero, y a luchar contra él; enseñarles a respetar un NO. Enseñar a la gente que: «ibas muy borracha», «a veces te comportas como una fresca» o el clásico: «llevas una falda muy corta» no autorizan a nadie a tocarnos, y el único culpable de la agresión es el agresor.

  Pero la educación para el consentimiento también tiene que ayudar a las mujeres, a las pequeñas y a las grandes, a darse cuenta de que son personas, que no son el objeto ni la acompañante de nadie, que tienen valor por sí mismas. Enseñarnos que nuestra su opinión es tan lícita como la de ellos, a decir NO cuando es NO, hacernos ver que ser mujer no significa ser sumisa… En definitiva, solo nosotras tenemos la clave para empezar a empoderarnos de nuestros cuerpos, de nuestra sexualidad y de nuestra vida.

  Con respecto a la autodefensa, ojalá pudiera dar por hecho que se trata de una práctica opcional y que no es necesaria, pero creo que somos muchas las que nos ponemos las llaves entre los dedos cuando volvemos a casa por el miedo a la agresión. Aprender autodefensa, aprovechar nuestro cuerpo como una herramienta para hacernos valer y resistir las agresiones es una práctica casi obligatoria para todas nosotras.

Y como forma masiva de autodefensa, necesitamos crear redes entre mujeres, para dialogar y debatir, generar lazos y desarrollar estrategias conjuntas, pero sobre todo, para actuar como una sola ante cualquier agresión.

Seamos la mayor manada que hayan visto nunca, porque si nos tocan a una, nos tocan a todas.

Assata Shakur

 

Dosis de realidad

He estado pensando largo y tendido durante los últimos días sobre la verdadera condición social en cuanto a conciencia política. Hemos teorizado mucho, debatido y dialogado, pero hemos practicado poco o no lo suficiente.

Ya no estamos en aquellos tiempos donde los individuos eran receptivos  a las ideas libertarias y revolucionarias. Hoy en día, desgraciadamente, no es así. Vivimos en plena apariencia, en la más completa y absoluta ilusión de la realidad. El desarrollo gigantesco de la técnica informática y de los medios de comunicación, lejos de ser usados para el bien, están siendo usados de forma sistemática para crear métodos de condicionamiento humano ante los cuales palidecería el mismo 1984, de Orwell.

Una de la lecciones más tristes de la historia es esta: si se está sometido a un engaño demasiado tiempo, se tiende a rechazar cualquier prueba de que es un engaño. Encontrar la verdad deja de interesarnos; el engaño nos ha engullido. Simplemente, es demasiado doloroso reconocer, incluso ante nosotros mismos, que hemos caído en el engaño.

¿Y si nosotros mismos, los que todo lo cuestionamos, hemos caído en una ilusión, en un engaño?

El pasado veinticuatro de Octubre se produjo una huelga estudiantil con su consiguiente manifestación. Yo acudí, pero por primera vez no me dejé la voz. Fui únicamente a observar, y durante los próximos días a la manifestación he observado también con detenimiento a mis compañeros, y las conclusiones que he sacado a priori no hacen sino confirmar mi primera hipótesis. ¿Y cuál era mi hipótesis? Que salir a manifestarse un solo día no sirve absolutamente para nada positivo, sino que más bien tiene efectos negativos.

Muchos coincidirán conmigo en que con un solo día, o con pocos días, nada se consigue. Pero entonces me vienen con el falaz argumento de que mejor hacer algo que no hacer nada. Desde un punto de vista político, se puede decir que has hecho algo si has logrado cambiar algo. Por el contrario, si con cierta intervención no has logrado cambiar nada (y como ya había dicho, con un día o pocos días efectivamente nada se consigue)  se puede inferir que no has hecho nada. O si se ha hecho algo, ha sido tan poco, tan ínfimo, que es despreciable y que tiende a cero.

Por lo tanto, nada se logra y nada se hace; ése fue el gran éxito de la pasada manifestación y de prácticamente todas las que se han hecho en los últimos años. No tiene ninguna consecuencia positiva.

Ahora bien, he encontrado varios efectos negativos de estas manifestaciones tan cogidas por los pelos. La primera consecuencia, y la más fácil de entender, es que sirve para perder el tiempo. El tiempo usado para preparar una huelga y una manifestación de un día podría ser usado perfectamente en otras actividades que realmente creasen conciencia, de forma mucho más dinámica. Acudir a manifestaciones de un solo día no crea conciencia porque los que asisten y participan ya cuentan con conciencia social; en mayor o menor medida, pero tener tienen. La segunda razón de su nocividad es que estas manifestaciones actúan como una válvula de escape. En efecto, los manifestantes tienen que liberar por algún sitio su rabia acumulada durante el vivir cotidiano; así que se reúnen, gritan y maldicen a quienes les condenan a la pobreza, pero su acción carece por completo de fuerza para llevar a cabo un cambio real y significativo. ¿Qué ocurre, pues? Que una vez liberada su rabia, se quedan tranquilos y relajados, y hasta dentro de unos meses, mientras la rabia vuelva a acumularse, los gobernantes nada tienen ni tendrán que temer. Por lo tanto, tiene un efecto inhibidor y anestésico.

Y la tercera consecuencia es, a mi parecer, la peor. Una vez que el enfado ha sido disipado, después de que la rabieta del día haya pasado, los manifestantes, incluso los más revolucionarios y subversivos, creen que han hecho un gran trabajo. Yo mismo fui testigo de ello en la pasada manifestación; es lo que observé. Salieron todos de allí triunfantes, sonrientes, y sobre todo, tranquilos. Piensan, incluso llegan a convencerse, que han logrado algo para con las condiciones actuales, cuando realmente los gobernantes se han reído de nosotros. La tercera y nefasta razón por la cual es una inutilidad salir a la calle un solo día es porque tiene como efecto la autocomplacencia. Necesitan, es una necesidad imperante, necesitan hacer acciones consecuentes con sus propios pensamientos, de manera que se complacen al hacer algo, aunque ése algo sea más bien nada. Hemos caído en un engaño; nos hace falta una dosis de realidad.

Ahora es cuando viene la inevitable pregunta: ¿cómo hemos caído en este engaño? Una sola explicación se me ocurre. Nosotros, los libertarios, tenemos tan claras las ideas, lo vemos todo tan explicable, hemos teorizado y pensado tanto, que creemos que los demás tienen nuestra misma percepción de la realidad. ¡Craso error! Tal y como dije al principio del artículo, vivimos en pleno engaño, en la apariencia más real (sin contradicción)

No voy a hablar sobre qué hacer y cómo hacerlo; mucho se ha pensado y hablado sobre ello y no es el fin de esta reflexión hacer un debate para ver qué alternativa o propuesta podría ser más útil. Está claro que una huelga indefinida y bien organizada sí que sirve para lograr cambios reales (no tienen por qué ser significativos) aunque muchos de estos cambios sean pequeñas cesiones; pequeñas cesiones que hacen vigorizar el movimiento obrero y que pueden culminar con una verdadera expropiación. Pero para hacer una huelga de este tipo se necesita una conciencia política y social que, por ahora, está fuera de nuestro alcance.

Que no se me malinterprete, sé que este escrito puede ofender a muchos, pero es mi opinión y ahí he dado mis argumentos. En ningún momento he sido derrotista; no he dicho, ni nunca lo diré, que debemos dejar de luchar. Pero debemos de ser realistas, no nos beneficia en nada el crear falsas expectativas porque lo único que se consigue es desgastar, tanto a los que predican como a los que escuchan. Los medios de comunicación también pueden ser usados en provecho de nuestro fin. ¿No sería mejor concienciar desde la base a todos siendo conscientes de cómo perciben ellos la realidad (o la apariencia, vaya) y no malgastar esa rabia en actos espontáneos que no llevan a ninguna parte? ¿No sería lo suyo dejar madurar la conciencia adquirida y hacerla estallar cuando realmente tengamos una base física que pueda lograr un cambio real?

De los errores se aprende; el problema es detectar el error, sobre todo si éste es consecuencia de un engaño. La autocrítica también es necesaria, nos guste o no. No debemos de estar tropezándonos siempre con la misma piedra. Finalmente, aclarar que este artículo nada tiene que ver con la pureza ideológica, la cual explica tan bien nuestro compañero Lusbert aquí. Lo que he dicho aquí creo que puede aplicarse no solamente para el ámbito libertario, sino que puede extenderse a otros movimientos que no sean puramente anarquistas.

¡Un saludo!

Radix

Reflexiones sobre la defensa de los servicios públicos

La necesidad de poner por escrito estas reflexiones surge tras la lectura del artículo publicado en Regeneración Libertaria “Lo público y la autogestión: defensa y avance” del Grupo Anarquista Albatros. He de decir que la intención no es enfrascarme en una polémica meramente ideológica de opiniones vacías, sino poder avanzar en un debate fundamental, a mí entender, en el momento de conflicto social actual en el que nos encontramos. Es por ello que busco contraargumentar algunos de los planteamientos vertidos en el artículo. Espero que ambas posturas sirvan para enriquecer un necesario debate dentro del medio libertario, si queremos dar pasos hacia un proceso de cambio social real [1]. A falta de un origen genuino de este escrito, seguiré el hilo del artículo que critico para expresar mis ideas respecto a este tema.

En primer lugar, debo decir que no comparto la separación que se hace entre Estado y Capital. El hecho de que se trate de dos entes aparentemente ajenos y en ocasiones antagonistas (en términos de posicionamientos liberales o proteccionistas), no debe llevarnos a confusión. Ambos responden a los mismos intereses y sus aparentes conflictos no son sino aquellos que expresan la competencia entre distintas facciones burguesas. La burguesía no es eminentemente liberal o proteccionista, ambos planteamientos son estrategias a utilizar en función de las necesidades del capital de expandirse y reproducirse. Por ello puede llevar a confusión, y a la vez ser fruto de la confusión, el establecer lo estatal como ajeno al mercado e incluso opuesto a este. La idea subyacente que se expresa en la afirmación de que los servicios públicos eran algo en lo que los capitalistas no podían meter mano es que el Estado es una institución que de alguna forma nos protege del capitalismo o, en la versión ciudadanista, que lo regula para que no se desmadre. Ambas opciones obvian que el Estado responde a la necesidad de los capitalistas de regular en un territorio determinado las condiciones de explotación de la clase trabajadora y, sobre todo, de defender sus intereses frente a la propia clase trabajadora u otros capitalistas.

Se plantean los servicios públicos como conquistas de la clase trabajadora, sin embargo, aunque es innegable que se establecieron como respuesta a la creciente fuerza del proletariado, no es menos cierto que también supusieron la opción menos mala para la burguesía en un momento de crecimiento económico y maximización del beneficio extraído a los trabajadores. En cualquier caso creo que un análisis de los procesos históricos de lucha ha demostrado que, en parte, esos servicios públicos supusieron el germen, aunque no el único, de la derrota proletaria cuyas consecuencias vivimos hoy día.

Los servicios públicos son actividades controladas por el Estado y aunque pretendamos establecer la necesaria diferencia conceptual entre público y estatal, negar que esos servicios responden al control social del Estado, entendido como gestión más que como vigilancia (lo que no excluye que a través de esa gestión se amplíe el grado de acción y la capacidad de la vigilancia), es tergiversar la realidad. Que esos servicios públicos cubran necesidades de los trabajadores y que por tanto no sean ajenos a sus intereses, no significa que en realidad respondan a los mismos. Entender el concepto de lo público como “aquello que tiene cualidades para no ser una mercancía” o cuya “gestión esté al margen del mercado” es efectivamente un paso para cambiar el concepto de las relaciones sociales, pero no podemos olvidar que los servicios públicos (es decir, estatales) están regidos por criterios mercantilistas en tanto que constituyen parte del salario social que los trabajadores y trabajadoras (aquellas que lo hacen en el ámbito reproductivo también) reciben a cambio de vender su fuerza de trabajo.

Simplificar la cuestión de la organización social diciendo que estos servicios serán necesarios en un escenario posrevolucionario merecería un largo debate sobre la forma y el contenido de la revolución que ahora mismo considero estéril, pero que sí requiere ciertos matices para comprender el proceso revolucionario que queremos, y necesitamos, acometer [2]. Decir que las personas necesitaremos instituciones, organizaciones o estructuras sociales para vivir antes, durante y después (si existe un después) de la revolución social no es decir nada nuevo ni descabellado, pero obviar que también deberán ser esencialmente distintas a estos servicios, y no solo en términos de gestión, es no ser capaz de ver que lo que se trata a través de la revolución social es de transformar por completo las relaciones sociales y el mundo en el que vivimos, no únicamente gestionarlo de otra manera, ni aun tratándose del tan recurrente período de transición entre la sociedad capitalista y la sociedad “posrevolucionaria”. Considero que este planteamiento acerca del período de transición hasta ahora no solo se ha demostrado erróneo, sino que responde a la incapacidad teórica, y práctica, de resolver cómo acometer a cabo dicho proceso revolucionario.

Esto no significa que los conflictos sociales actuales no sean un ámbito de la lucha revolucionaria, ni mucho menos [3], sino que ésta debe articularse con plena coherencia asumiendo entre otras cosas que efectivamente no es fácil “decir” a la gente que transformar la sociedad implica dejar de delegar nuestras vidas, extender la lucha hasta las últimas consecuencias, etc. Esto es algo que sabe muy bien toda persona con una perspectiva revolucionaria que haya intentado salirse de los espacios “guettizados” y luchar codo con codo con sus vecinos y vecinas o en espacios políticamente heterogéneos.

Uno de los principales errores del artículo, o con los que más en desacuerdo me encuentro, es el análisis de la naturaleza de los servicios públicos y su concepción de ellos como derechos. Los servicios públicos no solo no son derechos sino que, además, tampoco rompen con la lógica de mercado del capital. De hecho son una parte imprescindible para su reproducción, pues si no podemos acudir al trabajo (transporte) o mantenernos en condiciones físicas de trabajar (salud) no hay producción capitalista. En mi opinión, la propia noción de derecho debería ser discutida desde una perspectiva revolucionaria, pero eso será materia de un debate distinto.

Es más, creo que es necesario que rompamos los límites de lo que conocemos para poder pensar y expresar una sociedad radicalmente diferente. El artículo acierta al observar que “el reconocimiento de un derecho por parte de una ley no significa la inmediata materialización de este”, sin embargo en el mismo párrafo demuestra esa incapacidad de la crítica social y del medio antagonista para imaginar unas relaciones sociales diferentes cuando equipara el organizar la propia vida con hacer cumplir un derecho público, al margen del error que supone equiparar servicio público con derecho público. La lucha contra el capital por una necesidad básica no es revolucionaria per se, únicamente lo es cuando la defensa de esas necesidades básicas niegan sin ambigüedades, tanto en la propia lucha como en los objetivos que persigue, las relaciones sociales capitalistas.

Llegados a este punto, veo innecesario volver sobre los límites de la autogestión como praxis revolucionaria. Primero porque el propio artículo ya los plantea y segundo porque, a falta de proyectos, experiencias o propuestas autogestionarias concretas que analizar, reflexionar sobre la autogestión en sí resulta abstracto para el tema que nos ocupa. No obstante, sí me gustaría hacer algunos apuntes al hilo de este debate [4]. Es evidente, como bien afirma el artículo, que la autogestión por sí misma no puede transformar la sociedad. En todo caso supone una herramienta de lucha, fundamentalmente contra el Estado; que lo sea también contra el Capital depende del propio proceso revolucionario, algo que también afirma el artículo. La publicación Terra Cremada lo expresaba así:

“Evidentemente, la realidad no es blanca o negra y, como la lucha de clases bebe de las contradicciones que da esta realidad, «la autogestión» en abstracto tampoco la podemos refutar. A pesar de que la autogestión no es la alternativa al capitalismo, sí que nos puede ayudar a caminar para superarlo, ya que la lucha por la gestión colectiva de las productoras puede hacernos ver la coincidencia de intereses como explotadas, puede ayudarnos a romper el aislamiento y el individualismo del «sálvese quien pueda» y, lo que es más importante, el hecho de pasar por la autogestión de nuestro espacio de explotación puede permitirnos darnos cuenta de que esto no soluciona la explotación en sí. No es necesario pasar individualmente por estos procesos para darnos cuenta de esta trampa contrarrevolucionaria, pero seguramente a un nivel colectivo alguna gente apostará por la fórmula autogestionaria hasta que no se dé cuenta que la satisfacción de las necesidades de toda la sociedad no pasa por cambiar las formas de quién gestiona qué, sino de un cambio profundo de la totalidad de las relaciones sociales.” [5]

No obstante, hablar de autogestión en relación a los servicios públicos tiene sus propios matices. Efectivamente, éstos no son ajenos a los intereses de las personas, al menos no como podría serlo una fábrica de armas o de coches, y por tanto atender a sus propias necesidades es primordial para el proletariado si aspira a poder avanzar en un proceso revolucionario, tanto en términos de autonomía en la lucha como de construcción de nuevas relaciones sociales. Aún así, la vía de la autogestión de los servicios públicos para resolver esta cuestión ofrece como mínimo serias dudas. En primer lugar sobre su viabilidad y, en segundo, sobre su capacidad para desembocar en una ruptura radical con las relaciones sociales capitalistas caracterizadas por el asistencialismo, la pérdida de responsabilidad y de autonomía colectivas, la especialización, etc. El caso del Hospital Dos de Mayo de Barcelona allá por el año 2011 es una muestra significativa de las formas que puede tomar la autogestión de un servicio público:
“¿Qué significa la autogestión de un hospital? Un hospital nada más tiene tres maneras de subvencionarse: por parte del Estado, de forma privada a partir de sus socias o clientes, o a través de los impuestos con una gestión del capital por parte de un grupo privado. Si nos fijamos detenidamente […] lo que se da cuando se habla de autogestión por parte de las trabajadoras es un proceso de privatización donde […] una empresa que no es rentable con un formato clásico pasa a serlo vestida como cooperativa de trabajadoras. El Estado, de esta manera, mata dos pájaros de un tiro: por una parte evita el conflicto laboral a la hora de recortar presupuestos, desplazándolo hacia la movilización de las currelas en la salvaguarda de sus lugares de trabajo y, por otra, consigue que el servicio que anteriormente se estaba ofreciendo continúe, evitando así el malestar de las usuarias. Tiempo al tiempo, pero si no ya lo veremos… el copago será introducido en este tipo de ensayos y no será de la mano del Institut Català de la Salut, sino por parte de las trabajadoras del hospital alegando a la solidaridad con un servicio pretendidamente indispensable.” [6]
El problema básico respecto de la propuesta del artículo es que si seguimos defendiendo períodos de tránsito prerrevolucionarios basados en la gestión cooperativa del mundo actual hasta poder llevar a cabo realmente las relaciones sociales que deseamos construir, seguimos aplazando hasta el infinito la posibilidad de crear esas relaciones. Los procesos de lucha de los que somos herederos, o pretendemos serlo, deberían enseñarnos que el proceso de la revolución social tiene que contener en sí mismo todas las características de esa revolución social. Y ésta no es una cuestión de echar a la burguesía privilegiada y gestionar nosotros mismos el sistema que han construido para defender sus intereses, sobre todo porque la explotación capitalista no es simplemente un problema de gestión, sino de cómo nos relacionamos, tanto entre nosotros como con la naturaleza:

“El capitalismo tampoco es una manera de organizar la economía a pesar de que sus pilares sí surgen de quién, cómo y qué se produce en esta sociedad. Pero la forma que toma este sistema hoy en día ha salido del estrecho marco del mundo laboral extendiéndose al resto de aspectos sociales que hasta entonces habían tenido cierto margen de libertad. Ahora la generación del capital no se limita a la producción, sino que intenta crecer ininterrumpidamente a partir de la mercantilización de los recursos básicos —agua, tierras productivas, etcétera—; de la explotación de la Tierra, plantas y el resto de animales; y de todo lo que produce vínculo social —comunicación, afectos, conocimientos, etc.” [7]

No pienso que la autogestión deba ser ningún norte revolucionario, incluso como herramienta tiene sus propias limitaciones, por lo que centrar la lucha por nuestras condiciones de vida a la cuestión de la autogestión de los servicios puede ser limitar en la práctica, si no condenar, la perspectiva revolucionaria.

Volviendo al asunto principal del artículo, lo público, veo necesario seguir reflexionando sobre algunos de los puntos que considero erróneos. El intercambio y la distribución de productos, las comunicaciones y el resto de servicios públicos no responden a necesidades reales de la población, excepto quizá en el sentido difuso del término población, sino a las necesidades e intereses del capital. Una vez más, el artículo mezcla la evidente necesidad, o deseo, de las personas de comunicarse, comer, aprender o estar sanas con la organización de estas actividades a través de unos servicios que responden a la necesidad del capital de que los trabajadores coman, se desplacen, “aprendan” o funcionen. Esta confusión hace aún más difícil vislumbrar los posibles caminos que realmente puedan conducir al proletariado a la revolución social y la abolición de las clases.

La cuestión de que no podamos, o debamos, desorganizar tales servicios merece profundizar en la idea de desorganizar (desorganizar el sistema público de educación o los servicios sociales es una necesidad prioritaria de cualquier proceso que se pretenda revolucionario); pero lo que quiero recalcar es que, aun compartiendo la visión de que sin una propuesta clara sobre qué proponemos que es mejor que lo ya existente predicar la destrucción de todo es una consigna ideológica, no creo que el planteamiento revolucionario pase por reclamar una mejor organización de lo que hay. En todo caso, ese es un papel que le va mucho más a la izquierda parlamentaria.

Siguiendo con los errores que percibo en el artículo, creo que el análisis de la realidad que nos conforma y de los procesos de lucha que enfrentamos a ella debe cuidarse mucho de distinguir entre las legitimaciones que da el sistema para conseguir la aceptación social y lo que se esconde tras sus discursos. De no hacerlo, corremos el riesgo de creernos las mentiras que tratamos de desmontar y por tanto no ser capaces de saber dónde y cómo debemos atacar y empezar a construir. Las privatizaciones no se basan en el supuesto de que el mercado organiza mejor la producción de recursos, sino en que generan mayores beneficios para la burguesía. De hecho no es ninguna paradoja que el Estado adopte una política de privatizaciones, es una consecuencia lógica de su función como salvaguarda de los intereses nacionales y territoriales de esa misma burguesía. Está claro que las privatizaciones tienen consecuencias sobre nosotros, pero son las mismas consecuencias que tiene el capitalismo en sí. La cuestión del grado de intensidad de esas consecuencias responde más a la relación de fuerzas actual que a la sinvergonzonería. Saber que el problema de fondo no son las privatizaciones es parte de lo que nos diferencia de quienes dicen querer gestionar el Estado de otra manera, pero no es lo único. También el saber que hay otra forma radicalmente distinta de hacer las cosas, no solo de organizarlas. Una de las pruebas de la pauperización de nuestra capacidad crítica es precisamente nuestra incapacidad para pensar relaciones sociales diferentes en el mundo actual en lugar de intentar cuadrar las que imaginaron nuestros predecesores en su momento histórico.

Comparto la necesidad de plantear de forma realista cuál es el contenido de la revolución social lejos de consignas, pero no para trazar un camino a seguir sino para tratar de llevarla a cabo aquí y ahora, participando en las luchas que nos afectan como proletarios y trasladando ahí nuestra perspectiva revolucionaria (perspectiva que urge pensar lejos de las formas actuales capitalistas). La gestión de unos servicios públicos por los propios implicados, entendidos los servicios como estructuras que permitan cubrir las necesidades de las personas, pasa por ser capaces de imaginar otra manera de cubrir dichas necesidades y no por controlar los servicios públicos estatales.

Exigir al Estado que financie los servicios públicos no es resolver la cuestión de cómo queremos desplazarnos, comer, aprender, cuidarnos, etc. sino posponerla. La afirmación de reapropiación de los recursos deja entrever que el problema del capitalismo sería una cuestión de gestión y no de la naturaleza de las relaciones. Reapropiarse del Estado (o de los recursos que concentra) parece sugerir la vieja idea de tomar el poder y disfraza que la financiación refuerza en la práctica la legitimidad del Estado en cuanto que lo “necesita” para proveer esos recursos.

En última instancia, dado que parece que al calor de las movilizaciones en torno al 15M, las diferentes mareas o las asambleas de barrios y pueblos ha vuelto a plantearse el debate en el medio libertario sobre la incidencia social del anarquismo, me gustaría hacer un apunte sobre el supuesto carácter revolucionario de la conflictividad social. Creo que la conflictividad social por sí misma, no posee ningún carácter específicamente revolucionario más allá de la expresión del descontento o de las contradicciones del sistema. Hemos visto una conflictividad social en los suburbios de París, en Grecia o en las ciudades de Reino Unido mucho más violenta y desesperada que la vivida en el estado español y en ningún caso ha derivado en un movimiento proletario que avance de forma efectiva contra el Capital. Digo esto para intentar argumentar que lo importante no es la conflictividad social en sí, sin negar que momentos de ruptura social pueden propiciar una conciencia práctica de lucha, sino dónde conduce ese conflicto y cómo evoluciona. Que las privatizaciones afectan de manera negativa a los proletarios como individuos, al menos a corto plazo, porque pierden la “protección” del Estado frente a la avidez del Mercado es evidente, lo que no encuentro tan irrefutable es que a largo plazo una opción sea mejor que otra para el proletariado ya que ambas políticas responden a los intereses de la burguesía que en esencia no es ni liberal ni proteccionista sino lo que más le convenga en cada momento. También me parece más que discutible el hecho de que defender los servicios públicos, por muy claro que tengamos el objetivo de capacitarnos, nos posibilite para tomar su control y su gestión, incluso aunque eso fuera deseable.

Para pelear por nuestras condiciones de vida no necesitamos defender lo existente, ni siquiera en tiempos de ofensiva capitalista, sino crear aquello por lo que luchamos. Lo contrario solo profundizará en la derrota, la misma que les permite atacarnos despiadadamente.

Moncho Pardal
Madrid 2013

Notas

[1] Durante la elaboración de este artículo, ha sido publicado un ensayo en RL ampliando el debate en torno a la autogestión de lo público en el ámbito concreto de la universidad. No puedo sino aplaudir la expresión y discusión de ideas que nos ayuden a tener más claro cómo avanzar en la lucha contra el actual sistema de dominación y explotación.

[2] Que ahora mismo estemos lejos de una situación siquiera prerrevolucionaria no debería llevarnos a descuidar nuestros posicionamientos ni a rebajar la radicalidad de nuestro discurso, lo que no quiere decir quedarnos en el cómodo mundo de las consignas, sino mojarnos en las luchas sociales con coherencia respecto a nuestras teorías.

[3] De hecho, creo que esta es la idea principal defendida en el artículo, con la que estoy completamente de acuerdo, y la que me lleva a querer profundizar en este debate.

[4] Sobre el debate de la autogestión recomiendo la lectura del artículo “Autogestión de la miseria o miserias de la autogestión”, aparecido en el nº 3 de la publicación catalana Terra Cremada. http://terracremada.pimienta.org/autogesti%C3%B3_cas.html.

[5] “Autogestión de la miseria o miserias de la autogestión”. Terra Cremada nº 3, noviembre 2012.

[6] Ibíd.

[7] Ibíd.

[8] Sobre este tema he encontrado muy enriquecedor el artículo “Apuntes polémicos sobre economía y revolución” publicado en el nº37 de la revista vasca Ekintza Zuzena (2010). http://www.nodo50.org/ekintza/spip.php?article519

Más allá de la escuela estatal y las luchas laborales. Hacia la autogestión de la enseñanza

En el debate en torno a la educación, la única discusión actual está en si debe estar supeditada al poder monopolista del estado y a la gestión de multitud de políticos/as parásitos/as, o si hay que apoyarse en la gestión privada a manos de la iglesia y especuladores/as diversos/as. Pero nosotros/as, como anarquistas, queremos ir más allá de reivindicaciones puramente laborales y economicistas, queremos hacer una crítica al sistema de enseñanza, tanto al estatal como al privado, con una perspectiva de transformación social, nunca de legitimación y mantenimiento de la inoperancia de la educación actual.

Con la lógica capitalista de que las personas están al servicio de la economía, y el vacío ideológico y transformador de las movilizaciones obreras del sector, se da al estado la llave para seguir adaptando las leyes educativas al servicio de la mercantilización de la educación, hacinando a los/as alumnos/as (aumento de las ratios), subiendo las tasas de la Universidad o la FP (elitización de la educación), dejando que sean las empresas quienes subvencionen las becas y las prácticas (privatización y especialización productivista), o reduciendo la contratación de profesorado funcionario, manteniendo interinos/as y abriendo la entrada de externos/as a la educación pública desde empresas privadas (precarización de las relaciones laborales).

Nosotros/as los/as anarquistas creemos firmemente que la emancipación de la clase obrera de sus cadenas va mucho más allá de lo exclusivamente material, y la evolución de la concienciación y la construcción íntegra del individuo es el primer paso que lleva a la aceptación de los postulados emancipadores por parte de los/as trabajadores/as. Dada esta premisa, el movimiento libertario ha trabajado durante décadas en la construcción de una teoría pedagógica y su fomento a través de escuelas racionalistas y ateneos libertarios desde las continuas reflexiones y debates en torno a las experiencias.

Nosotros/as no creemos en mejorar las instituciones educativas ni hacerlas más eficientes, queremos devolver el libre proceso de aprendizaje a las comunidades naturales, y la elaboración del proceso cultural entre todos/as, acabar con las instituciones privadas o del estado, que tienen secuestrado el proceso de conocimiento, y disolverlas. Ser partícipes como trabajadores/as de todas las actividades de la vida social, en una sociedad autogestionada y federativa de libres acuerdos tomados entre iguales por todos sus miembros, sin privilegios de ningún tipo.

Crítica a la enseñanza estatal y privada

El sistema de enseñanza está concebido como un sistema cerrado a otras instituciones sociales, cuyo fin es el de producir mercancía con su correspondiente título, para su inserción en el sistema clasista. Esta forma de educación está concebida para la especialización productivista con el fin de dar un mayor rendimiento del mismo capitalismo.

A todos/as los/as niños/as les es impartida constantemente una práctica determinada por las normas fundamentales del capitalismo. Así pues, al igual que la sociedad misma está estratificada y jerarquizada: existen patronos/as y asalariados/as, o gobernantes y gobernados/as; dentro del sistema educativo los/as niños/as empiezan a asimilar estos roles bajo la autoridad del profesorado (como papel policial), el cual debe velar constantemente por la actitud disciplinada sumisa y obediente de los/as niños/as y condenar o juzgar a todo aquel o aquella que se salga del marco normativo. Algunas herramientas en este camino son la repetición de dogmas incuestionables totalmente preelaborados y ajenos a cualquier pequeño/a, la delegación de toda práctica o experiencia a especialistas de turno, la programación mecánica de tiempos y ritmos con rígidos horarios que habitúan a la organización de la semana laboral, aislamiento del espacio de aprendizaje con el exterior, o los exámenes como herramienta de competición y exclusión entre los/as alumnos/as; las recompensas a los/as que asimilan y “aprueban” y la marginación de aquellos/as que no lo hacen. Así, la actividad natural se proscribe o se controla al servicio de la obediencia, los/as niños/as van adquiriendo el rol de sumisión para ganarse la aprobación de la autoridad referente y el rol competitivo con sus lógicas consecuencias, la humillación y violencia entre compañeros/as, el fracaso escolar o la exclusión de todo aquel o aquella inadaptado/a que deba ser retirado/a a otras instancias de reinserción.

Por ello, nos mostramos en contra de agravar diferencias sociales, de manipular física y mentalmente a los menores cuando son incapaces de defenderse, de la jerarquización, el autoritarismo, el confesionalismo religioso, los castigos como imposición represiva, la exclusión de la naturaleza o la separación por sexos.

La propuesta de los/as anarquistas. Caminando hacia la autogestión

Nuestra pretensión no es la gestión de los fondos estatales, ni construir la universidad obrera, ni seguir dando titulaciones; nuestra intención es la abolición del estado y cualquiera de sus estructuras de dominación. Para ello proponemos la autogestión educativa:

El término autogestión es la gestión cooperativa por los/as trabajadores/as y demás implicados/as en la gestión, distribución y consumo, de una forma libre e igualitaria, con independencia de cualquier tipo de factor externo. Se promueve la participación de toda la comunidad productora sin relación de autoridad entre los/as participantes.

En el factor educativo, creemos en un aprendizaje abierto y permanente en base a una recreación constante de uno/a mismo/a con su entorno natural, fuera de cualquier tipo de autoridad, de manera racionalista, secular y no coercitiva. Propugnamos el aprendizaje individual y colectivo en grupos y comunidades naturales: asociaciones productoras o comunidades libres sin tutela estatal o privada, cuya fuerza unificadora sea la creatividad y el contrato social libremente aceptado por todos sus miembros. Creemos que el aprendizaje no es repetir hasta memorizar, encerrados entre cuatro paredes, ni aceptar roles. Para nosotros/as es el trabajo colectivo de proyectos socialmente útiles, artísticamente recreativos y científicamente estimulantes para el entorno comunitario, técnico, económico y natural; entornos que deben de ser el medio para un aprendizaje y una construcción íntegra individual, libre y creadora. Así, mediante el cuestionamiento y el dialogo constante, la sociedad se recreará constantemente a sí misma.

Los niños y las niñas tendrán una insólita libertad, se realizarán ejercicios, juegos y esparcimientos al aire libre, se insistirá en el equilibrio con el entrono natural y con el medio, en la higiene personal y social, desaparecerán los exámenes y los premios y los castigos. Se hace especial atención al tema de la enseñanza de la higiene y al cuidado de la salud. Los alumnos visitarán centros de trabajo – las fábricas textiles de Sabadell, especialmente- y harán excursiones de exploración. Las redacciones y los comentarios de estas vivencias por parte de sus mismos protagonistas se convertirán en uno de los ejes del aprendizaje. Y esto se hará extensivo a las familias de los alumnos, mediante la organización de conferencias y charlas dominicales.
Francisco Ferrer i Guardia- La Escuela Moderna

El anarcosindicalismo, la mejor herramienta de lucha para los/as trabajadores/as

Entendemos la asamblea como el único medio de toma de decisiones en igualdad de condiciones entre todos/as los/as afectados/as de un ramo concreto.

Entendemos la autogestión en nuestro día a día como la mejor forma de mantener la independencia de cualquier tipo de subvención que domestique nuestra lucha.

Entendemos que la enseñanza debe ir ligada a otras ramas de lucha, coordinada con trabajadores/as de otras industrias, para así poder practicar la solidaridad entre los/as oprimidos/as y recuperar los recursos económicos y naturales que actualmente explota el capitalismo para su autogestión en comunidades igualitarias y libremente federadas. Es por eso que renegamos del corporativismo y de cualquier forma de aislamiento que solo divida a la clase obrera y fortalezca el estado.

Entendemos la huelga como una de las mejores herramientas de lucha de la clase obrera que tantas victorias nos ha dado, como, en su día, la jornada laboral de 8 horas (hoy aspiramos a una jornada de 6 horas como máximo de tiempo trabajando).

El asamblearismo frente al delegacionismo, la autogestión frente a la subvención, el federalismo frente al corporativismo y la huelga general indefinida frente a paros de 1 día, es la única manera de atajar los graves ataques que está sufriendo la clase obrera; luchar contra la ofensiva del estado y del capital, y construir un modelo económico y social para las personas, y no para la acumulación de riquezas de políticos/as, monarcas, empresarios/as y demás parásitos del sudor y la sangre obrera.

POR UNA ENSEÑANZA LIBRE
POR LA PEDAGOGÍA LIBERTARIA
HACIA LA AUTOGESTIÓN

Grupo Anarquista TIERRA (Federación Anarquista Ibérica-FAI-)

Por la destrucción de la objetividad

El capitalismo deshumanizador en el que vivimos está basado en una idea básica: que solamente existe una única verdad. Esta verdad configura lo que es válido y lo que es inválido, lo que es moral y lo que es inmoral, lo que es útil y lo que es inútil… Así como también define la supuesta «naturaleza» del ser humano y sus relaciones.

Si existe una única verdad, su acceso, adquisición, y desarrollo se convierten entonces en un privilegio de unes poques que poseen la supuesta «objetividad» que confiere el estar cerca de la «verdad.» Para alcanzar la «realidad» o la «verdad» hay que ser «objetive», pero poco se cuestiona que existan multitud de grupos humanos que dicen poseer la «objetividad» de la «verdad verdadera.» De ahí que no solamente el capitalismo se base en la objetividad, sino que también lo hacen multitud de ideologías distintas. Les comunistas dirán que elles poseen la verdad absoluta, y que estudiar la «realidad social» desde el marxismo es alcanzar la «objetividad» requerida. Les liberales dirán que no, que son elles quienes están más cerca de la «verdad», porque estudian la «realidad» por medio de la econometría, que se basa en avanzadas fórmulas matemáticas (¿y qué hay más «objetivo» que los números?). Y muches anarquistas también dirán que no, que son elles quienes poseen la verdad de las verdades al rechazar todas las demás. ¡Cosas de la vida!

El problema de la objetividad es que es, en realidad, una subjetividad institucionalizada. Puede estar institucionalizada a un nivel sistémico (ejemplo: el capitalismo es lo mejor que podemos tener). O puede estar institucionalizada a un nivel menor (ejemplo: el Partido Comunista de España sabe de qué va la sociedad, y no el PSOE). Cuando se institucionaliza una visión del mundo tenemos el problema de crear jerarquías, las cuales siempre derivan en poder asimétrico e injusticia. Así, muches dirán que Santiago Carrillo sabía más que el muchacho que se afilió ayer al partido. U otres podrían decir que el anarquismo español está más avanzado por tener a la CNT, que es muy vieja. En definitiva: que unes saben mucho y otres saben poco, que viene a ser lo mismo que decir que unes saben más que otres.

En todos estos grupos, sean de izquierdas, de derechas, o libertarios, hay mucho de paternalismo y autoritarismo. Cualquier discurso que diga ser objetivo lo es de facto. Tendemos a pensar que les que no piensan como nosotres son o menos inteligentes, o menos atentes, o menos concienciades. «Menos», «menos»,»menos». Todes son menos que nosotres, ¡pues nosotres tenemos la verdad!

Una forma sencilla de pillar este tipo de discurso es ver cuándo una persona empieza a universalizar lo que dice. Si alguien os dice que sus ideas son universales, empezad a dudar.

Creer que existe una «única verdad», o que la «objetividad» ha de ser la medida de todas las cosas, es rechazar la evidente variedad de seres humanos que existen en este planeta. Todes y cada une de nosotres somos unes disidentes en potencia. Todes tenemos el potencial de pensar distinto, de ver las cosas distintas y, por lo tanto, de crear mundo y realidades distintas. ¿Por qué? Porque cada une de nosotres tenemos un contexto vital distinto. Sí, vivimos en las mismas metrópolis capitalistas, sufrimos la misma explotación del trabajo asalariado… pero aun así dentro de estos nichos de impuesta uniformidad existe la variedad. De ahí que tengamos obreros votando a la derecha, y amas de casa que son machistas [1].

Querer buscar la «objetividad» es denegar al ser humano per se porque es un intento de imponer una determinada subjetividad (que puede ser más o menos colectiva en tanto que es compartida por más o menos gente, pero nunca por la totalidad). Cuando esta subjetividad se «objetiva» y se institucionaliza tenemos hegemonía ideológica e intrincadas redes de control social que van más allá de lo físico.

Por otro lado, reconocer el carácter subjetivo de la existencia humana es entrar en contacto con la vida social de una forma más plena, pues cuando se hace así suceden dos cosas al mismo tiempo:

  1. Reconocer la subjetividad es pensar que une misme puede estar equivocade, o que las decisiones de nuestras vidas son fruto de nuestro contexto y de nuestras reacciones a él. Esto conlleva darse cuenta que vivimos en un planeta con más seres humanos que pueden discrepar, pensar, y ver las cosas de manera diferente, sin que esto signifique que no podamos construir un espacio social en el que las personas se pongan de acuerdo y lleguen a decisiones consensuadas sin tratar de imponer ningún tipo de «objetividad.»
  2. Reconocer la subjetividad también nos lleva a pensar que les otres tienen algo que aportar al conjunto social que habitamos, dando un carácter autónomo y autosuficiente al resto de personas que no piensan como nosotres. La conclusión, una vez más, es que nada evita que empecemos a construir espacios de convivencia y discrepancia respetuosa.

No hace falta decir que existen posturas subjetivas que nunca podrán conciliarse. Por ejemplo, los atentos racistas e imperialistas del Estado de Israel no pueden encontrar ningún acuerdo común con el pueblo palestino que sufre tales barbaridades. No obstante, esto no implica de ninguna manera que el pueblo palestino tenga la «verdad universal.» Simplemente su subjetividad está contrapuesta a otra subjetividad que intenta imponerse a modo de «objetividad», de ahí que rechacemos la postura de Israel y apoyemos la causa palestina (entre otras cosas, por supuesto).

Como regla útil para la vida: nunca te fíes de alguien que dice ser objetivo. Menos todavía cuando dice tener la verdad absoluta. Sea esta persona conservadora, socialista, o anarquista.

Notas

[1] El porqué de estas dos cosas no entra en el análisis de este texto. Simplemente quiero reflejar que existe una gran variedad de discrepancias en espacios sociales supuestamente «uniformes.»

Pongamos los pies en el suelo

La historia es eso, historia. Que si bien es imprescindible la memoria histórica, no podemos seguir durmiendo en los laureles de las glorias del pasado y en sus logros. La historia nos ayuda a concer nuestro pasado y nuestros orígenes, y a la vez nos debe servir para ver en qué hemos fallado y en qué hemos acertado. Pero toca el ahora y el panorama actual no es para tirar cohetes ni por asomo. Nos encontramos con un movimiento anarquista reducido casi a la marginalidad dentro los conflictos sociales, ya no somos una fuerza política capaz de movilizar a las masas como lo fue antaño. ¿Qué es lo que nos ha pasado? Ante la actual coyuntura con la agudización de la crisis capitalista, urge que nos sentemos en la mesa, debatamos, valoremos y reflexionemos sobre nuestro papel hoy y cómo afrontar la situación en lo inmediato y de cara a la reconstitución como fuerza política con presencia en las luchas sociales, elaborando tácticas y estrategias que nos permitan avanzar y crecer tanto cuantitativamente como cualitativamente.

Hablando a nivel de España, la trayectoria del movimiento anarquista desde su desmoronamiento después del Caso Scala hasta hoy, ha estado en general marcado por la poca influencia en la realidad social que ha tenido. Sin embargo, en estos últimos años ha habido un cierto repunte y han emergido recientemente organizaciones de aspiraciones libertarias prometedoras. Aun así, queda mucho por hacer. Paralelamente, debemos reconocer, aunque desde un punto de vista muy crítico, el despertar de la ciudadanía con el 15M, pero al no haber una continuidad y ante la falta de objetivos y estructuras orgánicas más sólidas en muchas ciudades desaparecieron. Cabe especial mención las PAH que irrumpieron en el imaginario colectivo como un movimiento social que visibilizó el problema de la vivienda y toda la trama especulativa que se estaba detrás de ello y superó las espectativas de movilización incluso a los anarquistas, aunque nos duela reconocerlo. Y continúan hoy incansables en la defensa del derecho a la vivienda.

Ahora miremos hacia nosotros mismos. Nos hemos apartado de casi todo y lo que rescataría sería algunas CNTs y CGTs en el ámbito laboral. Pese a que nos duela, la autocrítica se hace imprescindible en estos momentos en los que más necesitamos estar presentes en los conflictos sociales. Si dejamos un vacío político en las calles, serán copados por otras fuerzas políticas que estén dispuestos a involucrarse, como pueden ser la izquierda parlamentaria, la izquierda marxista e incluso grupos filofascistas y neonazis. Sí es verdad que hay, en cierta medida, un anarquismo organizado, aunque en cierto modo de carácter endogámico y autorreferencial. ¿En qué fallamos? Sobrevivimos en gran parte como individualidades aisladas, ha habido cierta tendencia a atrincherarse cada grupito en sus chiringuitos, en algunos casos se llega al panfletarismo incendiario que solo leen la gente dentro del ghetto, a mantenernos al margen de los movimientos sociales por ser reformistas y alardear de nuestra pureza ideológica lanzando proclamas maximalistas… Incluso en algunos casos, el rechazo a la organización en sí y la renuncia a disputarnos un hueco entre los movimientos sociales que no se adapten a nuestro corpus ideológico. Ni tan siquiera algunos han sabido superar una rivalidad que en verdad no tendría mucho sentido entre las CNTs y CGTs. No digo que sean acertadas algunas críticas pero si nos ceñimos a eso, no iremos a ninguna parte.

Y nos preguntamos, ¿de qué nos ha servido mantener la pureza ideológica?  ¿De qué nos sirven organizaciones sobreideologizadas si no son capaces de dar una respuesta en lo inmediato? O lo mismo, ¿de qué sirve ir por nuestra cuenta separados de la realidad social y construyendo torres de marfil para sobrevivir? ¿De qué nos sirve encerrarnos en un individualismo autocomplaciente y reivindicar las acciones individuales? ¿Es que los movimientos sociales se tienen que adaptar a nosotros? Que el lector o la lectora se responda a sí mismo/a. Asumámolo de una vez: no tenemos la capacidad material para materializar nuestros intereses y reivindicaciones, es algo que hay que ir construyendo, en el cual, el primer paso que debemos dar es poner los pies en el suelo y analizar la realidad social que nos rodea, teniendo en cuenta la coyuntura en que nos desenvolvemos y escoger cuáles son las tácticas y estrategias adecuadas para llevarlas a cabo y trabajar conjuntamente con los movimientos sociales en todos los ámbitos como en lo laboral, lo estudiantil, la vivienda, etc. Asumamos también que la revolución social no será puramente anarquista ni la haremos los anarquistas, sino que será resultado del empoderamiento de la clase trabajadora y el conjunto de explotados como pueblo fuerte.

Derribemos las torres de marfil como refugio para mantenernos puros ideológicamente, derribemos los chiringuitos como muestra de atomización, destruyamos los mitos e idealizaciones nostágicas, dejemos de hacer un anarquismo endogámico solo para consumo propio. Dejemos los personalismos y las proclamas maximalistas, despojémonos la idea de llevar una lucha en solitario sin contar con el resto de fuerzas sociales, dejemos de medir si ésto es reformismo o no y planteemos desde el punto de vista táctico y saber arrancar victorias parciales por la vía de la lucha colectiva y no por la vía institucional. En definitiva, dejemos de actuar como una fuerza al margen, como una estética, como un estilo de vida o una simple filosofía para el desarrollo individual y reconstituyámonos como una fuerza político-social para comenzar a salir del letargo y a caminar sobre suelo firme. Esto supone estar insertos en las luchas sociales aportando nuestras alternativas y nuestras praxis, a la vez que vamos dotando, en la medida de lo posible, a los movimientos sociales de un carácter libertario y mantener en todo momento un horizonte revolucionario. Superemos de una vez por todas el inmovilismo y la inoperancia en que estamos envueltos y aprendamos a avanzar en medio de nuestras contradicciones superándolas. Hagamos de la organización anarquista una herramienta efectiva para la lucha social y clasista, tanto en el plano político como de cara a formar un frente de masas.

Tenemos las bases teóricas y hemos de ponerlas en práctica en el aquí y en el ahora, que a la vez servirá para enriquecernos en la teoría e innovar en la praxis.

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