Sobre Chomsky y violencia revolucionaria

El otro día publicaba la traducción de una entrevista que realizaron a Chomsky en Boston. Como pudisteis leer en ella, el famoso profesor y activista defendía que comenzar hay un conflicto armado carece de sentido. Con mucho acierto decía que «si lo que quieres es que te maten en cinco minutos, entonces es una idea estupenda.» Razón no le falta: el Estado controla el monopolio de las armas y, más importante, el monopolio de la gente que las sabe manejar.

No obstante, tras las palabras de Chomsky hay una idea muy diferente sobre la violencia revolucionaria. A lo largo de la entrevista se puede entrever esta idea que no expresa abiertamente, ya sea por despiste, porque no le dio la gana, o porque pensó que se sobreentendía. Cuando dice que la violencia contra un gobierno es legítima en casos muy concretos, Chomsky nos cuenta algo que no nos sorprende: que la violencia contra un gobierno es legítima cuando el gobierno oprime y reprime a la gente. De esta manera, él justifica los atentados contra Hitler por ser el régimen del dictador alemán un claro ejemplo de opresión y represión. Sin embargo, no parece que la democracia burguesa que impera hoy en día en Occidente se le antoje tan opresora ni tan represiva. Pero, ¿acaso no lo es?

Usando la lógica que el mismo Chomsky emplea en la entrevista, vamos a diferencia aquí también entre «seminario de filosofía»—donde los debates sobre cosas no-inmediatas es posible—y «mundo real.» En el seminario de filosofía podemos debatir las formas con las que el Estado burgués controla, unilateralmente, las vidas de las personas que viven dentro de sus fronteras. El Estado hace las leyes, y las leyes dicen qué se puede hacer, qué no se puede hacer, y cómo se debe de haber lo que se puede hacer. A la ecuación sumamos un sistema político que bebe y nutre al mismo al Estado. Y para más inri, también sumamos un sistema económico que sustenta, y de alguna forma dio origen, al Estado burgués.

Así pues, tenemos que millones de personas están paradas en el Estado español. Más de un cuarto de la población, dicen. Las cifras aumentas si solamente tenemos en cuenta a les jóvenes. Las familias que se quedan sin hogar van en aumento. Les niñes que están malnutridos también aumentan. Pero no todo es cosa de la crisis, también hay atrocidades sistémicas. Que les hijes de las familias más adineradas consigan, generación tras generación, un buen puesto en el mercado laboral no es fortuito. Que muches de les hijes de les obreres no lleguen a la universidad tampoco es fortuito. Que la brecha entre riques y pobres aumente decenio tras decenio tampoco es cosa del azar. Total, que tal y como está diseñada la sociedad occidental parece que unes viven bien, y otres muches—muches más—viven mal.

Así que, en teoría y dentro de nuestro seminario de filosofía, tenemos que el sistema funciona de tal manera que la mayor parte de la población está oprimida; condenada a vivir con seiscientos euros al mes; obligada a mantener familias sin un sueldo para comprar comida y refugio. Y es más, cuando esta gente sale a la calle gritando las miserias de les suyes, pidiendo así justicia y dignidad, el Estado saca a desfilar a sus perros guardianes que tan bien saben golpear, disparar, y encarcelar.

¡Anda! Pero si lo pensamos dos veces esto no es meramente un seminario de filosofía. Esto sucede en el Estado español. Esto sucede en el Estado griego, chileno, colombiano, mejicano, estadounidense… Esto sucede allí donde hay Estado. Tenemos los datos del «mundo real.» Tenemos las cifras que las estadística nos da. Tenemos las imágenes de las manifestaciones. Tenemos los testimonios de les reprimides. Tenemos datos empíricos para regalar. Así que lo que funcionaba en la teoría del seminario de filosofía, también ha de funcionar en el mundo real, pues resulta que hay una coincidencia entre hechos y principios.

Así que no nos equivoquemos, por mucho que una persona tan inteligente como Chomsky nos pueda confundir. El Estado alemán bajo el régimen de Hitler era opresor; el Estado burgués de hoy en día también lo es. Y no es cuestión de magnificar. Es cuestión de identificar un binomio bien sencillo: opresor, no-opresor. La moral no debiera aplicarse en términos de magnitud: una violación es igual de grave sean una o dos las personas que cometen la violación. Si decimos que tenemos el derecho de sublevarnos ante una injusticia, entonces no podemos usar distintas varas de medir para aplicar el principio.

Lo que me temo que pasa es que el crecimiento de la clase media en las democracias burguesas ha hecho que pensemos que la opresión y la dominación de clase se haya esfumado por arte de magia. Como el binomio burguesía-proletariado ya no está tan claro—si es que alguna vez lo fue—tendemos a pensar que las cosas son «aceptables.» Pero ni todo lo que reluce es oro, ni toda mejora social conlleva un cambio justo en el sistema en su conjunto.

Con esto no quiero decir que tomemos mañana las armas, ésta es otra cuestión que ha de tratarse de manera diferente. Con este texto apelo a la coherencia de los sistemas morales. Si elementos inadmisibles se pueden encontrar en las sociedades de Louis-Philippe, Hitler, Franco, o quien sea, y decimos que ante esos elementos la gente tiene el derecho de sublevarse, entonces tenemos que mantener la coherencia y aplicar la misma lógica a otras sociedades en las que las formas pueden haber cambiado, pero no los principios de dominación y explotación que subyacen.

Claro, que siempre queda pensar que más de une se contenta con tener un ordenador y un coche para ir al trabajo, y que por ello no piensan cambiar las cosas. Pero ésta también es otra historia.

Curso nuevo. Viejos problemas.

El pasado día 17 de mayo se aprobó la remisión a las Cortes Generales del Proyecto de Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE). [1] No voy a hacer un análisis de esta ley ya que eso no es el objeto de este texto, lo que voy a hacer es reflexionar sobre el cómo se aprobó.

Durante este último curso hemos visto y asistido a numerosas asambleas, jornadas, concentraciones, ocupaciones, huelgas…etc las cuales trataban como tema central el objetivo de parar la aprobación de la Lomce. Estas movilizaciones tuvieron el pasado 9 de mayo su última gran acción con una jornada de huelga en todo el sector educativo y numerosas manifestaciones con multitud de participación. Esto se debió a que para el día siguiente estaba programada la aprobación de tal ley, hecho que finalmente no se consumó debido a que faltaba “cerrar detalles”.

Parecía que en realidad se echara atrás por la gran oposición que tenía, parecía que habíamos ganado, parecía que el salir a la calle podía cambiar las cosas, parecía….. pero solo parecía, ya que justo una semana después, coincidiendo con la final de copa, se aprueba sin que a casi nadie parezca importarle.

¿Qué falló? ¿es que acaso haciendo todo lo que hicimos no pudimos frenarla? ¿fue en vano todo ese trabajo? nos preguntaremos ¿solo nos queda lamentarnos y llorar? ¿será que por mucho que nos duela no podemos cambiar nada? ¿tendremos que esperar a las próximas elecciones para poder elegir a otros que la puedan volver a cambiar?

Para contestar a todas estas preguntas y a las que no están aquí reflejadas, analicemos un poco lo hecho. Me voy a centrar en lo relativo al estudiantado pero se podría extrapolar a todo el sector educativo en general.

Las manifestaciones y huelgas por ejemplo. He aquí el primer fallo, ¿fueron fruto de análisis y debates en los centros de enseñanza o fueron impuestas unas fechas y los pocos grupos de estudiantes que se medio organizaban tenían que adaptar su actividad a estas?

Si lo que se quiere es hacer un movimiento estudiantil fuerte, si lo que se quiere es que nuestras acciones tengan éxito, no se puede construir este movimiento de arriba a abajo como se está haciendo, sino al revés, de abajo a arriba, donde las decisiones sean debatidas y consensuadas, donde las manifestaciones y huelgas se produzcan como respuesta de una necesidad de actuación, de una necesidad de lucha, de una necesidad de defensa.

De esta forma las manifestaciones y huelgas no serán impuesta y vistas como algo sin sentido, sino que serán fruto de una necesidad y en ellas se verán reflejadas las demandas reales consensuadas tras numerosos debates y jornadas de reflexión.

Esto nos lleva al segundo fallo que es la forma de organizarnos. ¿Cómo motivar el crecimiento de un movimiento estudiantil capaz de organizar movilizaciones debido a la inconformidad de la situación en la que se encuentra, de tal forma que estas actuaciones nazcan de un estudiantado con carácter renovador?

Este es un tema serio, ya que debido a fracasos como sobre el que trata este texto, se piensa que somos incapaces de motivar cambios, que los sujetos sobre los cuales actúa un suceso no pueden influir sobre ese suceso… pero esto es falso y la historia lo demuestra.

Los cambios que se produjeron, se producen y se producirán no están originados por una fuerza suprema, ni un destino marcado, ni cualquier otra mentira que se nos pueda contar. Están motivados por las acciones de todos nosotros, bien por el sometimiento o por la sublevación contra aquellos que imponen tales cambios, con mayor o con menor éxito depende de cómo se mire.

Pero esto hoy se desconoce o no se tiene en cuenta, la resignación nos invade como un virus, no nos sentimos dueños de cambiar nuestro entorno. Por este motivo debemos mirar al pasado, ver que se hizo para originar cambios en aquellas situaciones, analizar cuáles fueron sus errores y así aprovechar su experiencia para hacer frente al presente.

Si hacemos esto, veremos que cuando los cambios fueron fruto de reflexiones y debates y de una forma de organizarse desde las bases, fue entonces cuando estas posturas consiguieron hacerle frente a las imposiciones contra las que se formulaban.

En la actualidad hay multitud de organizaciones estudiantiles con diferentes posturas ideológicas y con programas concretos de actuación, las cuales contienen a un estudiantado activo y que es consciente de que los actos pueden cambiar el entorno. Pero lo que no hay, en general, es un intento por comunicarle al resto de la sociedad, en concreto al resto del estudiantado, este mensaje más allá de las diferentes posturas que pueda tener cada uno ideológicamente.

Y en esto es en lo que hay que centrarse si de verdad se desea un cambio, ya que la historia nuevamente ha demostrado que de nada sirve sustituir a los pocos que imponen los cambios, sino que tienen que ser las bases las que procuren estos cambios a partir de la reflexión y necesidad de las bases.

Es por este motivo, que atendiendo a la herencia dejada tras multitud de intentos de organización de este movimiento de bases, se puede decir que una buena forma para combatir esta pasividad y resignación es organizarse de una forma asamblearia y abierta, donde cada uno sea libre de decir su opinión al resto y en donde se generen debates y reflexiones fruto de la interactuación de unos con los otros.

De esta forma, combinando la reflexión con la puesta en práctica de las ideas consensuadas, se conseguirá recuperar la sensación de ser dueños de nuestro entorno, de ser capaces de influir en el mundo que nos rodea, lo cual como ya dije antes, nunca perdimos.

Por último, un tercer fallo con el que nos encontramos si analizamos la situación actual es uno que viene derivado de esa impotencia en la que pensamos estamos sumidos, como ya apunté más arriba.

Cuando empezamos a cuestionarnos lo impuesto, cuando nos organizamos para hacerle frente en busca de un cambio que entendemos es favorecedor, vamos y pedimos que lo quiten, cambien o modifiquen, como si nosotros mismos, después de tantos debates, reflexiones, actuaciones y movilizaciones, no fuésemos capaces más que de ser la fuerza que pone en marcha la máquina encargada de realizar el cambio.

Durante los últimos 43 años, cada vez que ha habido un cambio de gobierno se ha aprobado una ley nueva en lo relativo a la educación: LGE (70), LODE (85), LOGSE (90), LOCE (02), LOE (06), LOMCE (13), y en cada caso se ha hecho favoreciendo en mayor o menor medida a aquellos que han puesto a ese gobierno.

Por esta razón es hora de empezar a cuestionarnos si queremos mantener este modelo de educación basado en adoctrinar de una forma u otra a las personas o si lo que queremos es una formación que no esté supeditada más que al propio conocimiento y técnica independientemente de las diferencias ideológicas.

Y es que si esta cuestión se debate en las asambleas abiertas y se empieza a organizar esta nueva forma de entender la educación desde las bases, entonces no seremos esa fuerza inicial que pondrá en marcha el cambio, sino que seremos nosotros mismos los que construyamos ese cambio, de abajo a arriba y de una forma sólida.

Alekseievich
https://twitter.com/Alekseievich

Nota

[1] http://www.mecd.gob.es/servicios-al-ciudadano-mecd/participacion-publica/lomce/20130517-aprobacion-proyecto-de-ley.html

Breve vindicación del anarquismo individualista

«Hombre: abre la ventana de tu intelecto a todos los vientos y cuando te hayas bañado en ellos, juzga y dinos, con criterio sereno, cuál fue el más puro».

Los mismos fallos e imprecisiones que comete la sociedad en general con el comunismo anarquista (también con el colectivismo, pero me refiero explícitamente al comunismo por ser la tendencia mayoritaria en la actualidad), tiende el último a cometerlos para con el anarquismo individualista. Si es del todo erróneo leer a Marx, Bakunin y Kropotkin a través de un apologeta del liberalismo, también lo es leer a Stirner o Tucker desde Marx, Kropotkin o Murray Bookchin. Por ser más claro y pragmático: no es bueno interpretar la trifulca de la I Internacional desde Marx, como tampoco es recomendable hacerlo desde Bakunin; únicamente la lectura de ambos, la comparación, la construcción de un discurso gradual y voluble, servirán como herramienta digna y plausible de análisis.

Así también, es un error lógico, pero comprensible, el inferir que puesto que ciertos individuos particulares se consideran influidos por Stirner, y puesto que abogan por una serie de planteamientos, esos mismos planteamientos son necesariamente stirnenanos, es decir, que esos razonamientos son iguales a lo que decía o no decía Stirner. La interpretación de Stirner de James L. Walker, un anarcoindividualista inglés, difiere sustancialmente de la que hace, por ejemplo, Miguel Giménez Igualada, anarcoindividualista español. Sólo si se ha leído a Stirner directamente, más allá de las variaciones personales que siempre hace cada autor y que constituyen la pluralidad del pensamiento, se puede saber con certidumbre cuál de los dos es el que más se acerca al filósofo alemán en su interpretación. Si se tiene curiosidad y afán de conocimiento, por supuesto.

La Wikipedia puede ser una buena amiga para ciertos casos pero, al ser esencialmente esquemática, es nefasta para la comprensión cabal; es decir, para realizar una crítica profunda a un autor. Por ejemplo, yo, excepto un breve texto de Pannekoek y unas cuantas referencias parciales en artículos y textos, apenas he leído nada de los llamados marxistas libertarios. ¿Cuál es mi posición, pues, respecto a estos? La única posible: confiar en la interpretación de mis compañeros, y mientras tanto no atacarlos. Podría criticarlos a través de otros individualistas, pero sería una bravuconada sin fundamento. Cuando los lea por mí mismo (¡qué de lecturas, maldita sea, hacen falta para comprender todo el pensamiento político!), podré opinar con una base real. Podré cavilar entonces por qué sí o por qué no; qué de bueno y qué de malo; qué de aprovechable y qué de desechable hay en sus teorías. Hasta ese momento sólo cabe, como digo, la escucha, el intento de comprensión y el respeto hacia lo desconocido.

Pero ya me imagino la respuesta: ¿no puedo entonces criticar a Hitler, el fascismo, etc.? Claro que se puede. El caso es no quedarse en el chascarrillo de la televisión, o para nuestro caso del panfleto (me remito a Bookchin y a su Anarquismo social o anarquismo personal). Hace poco, en un programa llamado Fort Apache, hablaban de cómo el término fascismo había perdido todo su contenido. Pues bien, lo mismo le pasa al anarquismo respecto a la sociedad y al anarcoindividualismo respecto al mismo anarquismo (comunista, reitero). Lo que tanto nos desagrada, que tomen el anarquismo como algo que no es: caos, sucede a cada instante dentro del propio movimiento filosófico y político ácrata. En la actualidad, la palabra individualismo, como tantas otras: socialismo, anarquismo, comunismo, etc., ha perdido su significado, sí, pero eso no puede servir de acicate para despreciar al individualismo anarquista, que toma el término y lo potencia hasta el infinito del entendimiento.

Por otro lado, que no se me olvide, querría tocar levemente otro punto importante: las comparaciones tendenciosas que suelen hacerse. La más común, sin excluir otras, es esta: puesto que el individualismo anarquista bebe de autores liberales (Spencer, por ejemplo), el individualismo anarquista es en gran medida liberal. Dejando de lado que todas las ramas del anarquismo se nutren del pensamiento liberal en menor o mayor modo, este argumento es a todas luces falaz. Tan falaz como si yo afirmase que, puesto que el comunismo anarquista se inspira y depende en gran medida de los análisis marxistas, el comunismo anarquista es igual que el marxismo-leninismo. Se mire por donde se mire, tal afirmación es insostenible a poco que se profundice en el tema. En este sofisma cayó, a mi entender, muchas veces Benjamin Tucker.

En definitiva, mi único consejo es este: leed primero al original y desconfiad de lo que dice el adversario. No leáis a Kropotkin desde Tucker; ni leáis a Tucker desde Kropotkin. Un argumento que se toma como verdad antes de haber sido comparado, está sentenciado de raíz. El panfleto, el sofisma, etc., pueden ser herramientas válidas de cara a atacar a elementos externos y represores, pero no sirven para llevar a cabo un sano debate. Si de verdad somos los valedores del radicalismo, no podemos quedarnos en la superficialidad. Siempre un poco más lejos: eso es lo que nos diferencia del resto de ideologías.

Para finalizar, dejo un fragmento de El alma del hombre bajo el Socialismo, de Oscar Wilde, que me gusta bastante:

«Pero cabría preguntarse cómo el Individualismo, que ahora depende más o menos de la existencia de la propiedad privada para su desarrollo, se beneficiará de la abolición de tal propiedad privada. La respuesta es muy simple… La propiedad privada ha aplastado el verdadero Individualismo, e instalado un Individualismo que es falso. Se ha excluido a una parte de la comunidad de ser individual para dejarlos muertos de hambre. Se ha excluido la otra parte de la comunidad de ser individual poniéndola en el camino equivocado, y estorbándolos… Con la abolición de la propiedad privada, entonces, tendremos un Individualismo verdadero, hermoso, sano. Nadie gastará su vida en acumular cosas, y los símbolos para cosas. Uno vivirá. Vivir es la cosa más rara en el mundo. Mucha gente existe, eso es todo».

Información e ideología rancia

A estas alturas la declaración de José Manual Lara—presidente del Grupo Planeta—no debe extrañar a nadie. Como sabéis, el otro día esta persona deseaba en público que el canal La Sexta fuera un medio de centro-izquierda respetuosa con la derecha, cosa que para él todavía no lo es (click aquí para leer la noticia). Sus palabras montaron cierto revuelo en las redes sociales que no tardaron en mostrar los típicos comentarios a los que ya estamos acostumbrades. El más sonado, tal vez, fue aquel de: «¿no se supone que un informativo a de ser neutral y mostrar las cosas como son?» Que sirva esta reflexión como respuesta a tal ingenua pregunta.

En el mundo de lo social pocas cosas se pueden tildar de «neutrales» u «objetivas», y las que así son nombradas siempre dejan un resquicio de duda para las mentes más críticas. Respecto a la sociedad podemos decir que «el 25% de la población activa no tiene trabajo», o que «el 12% de la población migró de otro país.» Ambos enunciados son fácilmente calificables como neutrales: aluden a hechos «objetivos» que se pueden medir empíricamente de una forma sencilla. No obstante, que estos dos enunciados se puedan medir empíricamente no les hace absolutamente objetivos, pues cualquier investigación social parte de un marco teórico que define qué se está investigando, cómo se califican los conceptos, y cómo se desarrolla dicha medición. Así pues, la «neutralidad» de los dos enunciados emana de su empiricidad pero también del consenso teórico que existe en la sociedad a la hora de definir «desempleo» y «migración.»

La cosa se complica cuando nos movemos hacia otros terrenos. Por ejemplo: «¿por qué un cuarto de la población en edad de trabajar está desempleada?» Algunes dirán que es porque las personas somos vagas y nos gusta cobrar el paro. Otres dirán que es un problema sistémico, inherente al desarrollo capitalista. Y a saber lo qué dirán otres muches. Sea como sea, aquí la «objetividad» de un enunciado social empieza a tambalearse, precisamente porque no existe un consenso fuerte sobre las causas del desempleo. Sí, la ciencia económica nos proporciona datos empíricos sobre esto y aquello, pero dentro de la misma disciplina hay voces discordantes que, sosteniendo paradigmas distintos, también nos proveen con datos empíricos que muestran cosas diferentes. ¿Acaso no estábamos midiendo la misma realidad social?

El gran error de muches es pensar que la «neutralidad» de las distintas ciencias sociales es sagrada. Grave error que siempre—o casi siempre—va acompañado de otro error: pensar que algo «neutral» es «objetivo.» Yo puedo ser objetivo y decir que «el 25% de la población activa está desempleada», pero al mismo tiempo puedo decir que «está desempleada porque se lo merecen, por vagues e ineficientes.» Cuando nos ponemos a explicar el porqué de un fenómeno social inevitablemente caemos en enunciados normativos, es decir, pasamos a decir—explícita o implícitamente—cómo deben ser las cosas. Y hay un gran paso entre decir «qué es» y decir «cómo debe ser.» De hecho, habría que poner también en duda si todas esas «mediciones empíricas» son realmente objetivas y neutrales—qué realmente la mayoría no lo son.

Pues bien, de ahí que pensar que un medio informativo ha de ser neutral y objetivo sea una insensatez. La información ha de servir a las personas para transformar la realidad; para crear una sociedad mejor. «No tomar bando» es en el mejor de los casos una tontería; en la mayoría de casos es una irresponsabilidad. Decir que un medio informativo ha de ser «neutral» es decir que las cosas tienen que seguir como están ahora; es negar el cambio y, por lo tanto, es cerrar puertas a un posible futuro mejor. Avocar por la neutralidad de los medios de información no es solamente una muestra de desconocimiento sobre las dinámicas de producción del conocimiento social, es también una falta de pensamiento crítico que nos apalanca en la realidad estática en la que vivimos—¿cuántas veces nos habrán dicho que las cosas han cambiado, precisamente, para que nada cambie?

Si el señor José Manuel Lara quiere que La Sexta sea un medio de centro-izquierda, que así lo sea. Él es un capitalista—de los gordos—y tiene todo el apoyo de la ley burguesa para hacer lo que le plazca con algo que el Estado le otorga como suyo. Ante esto, las mentes críticas no deberían estar proclamando la «bendita neutralidad de la información», que debe ser como aquel bar mitológico del que las madres tanto hablan, aquél en el que la gente te echa droga en la bebida.

Las palabras de José Manuel Lara no han de sorprender a nadie, pero la respuesta ha de ser un «vete a la mierda» claro y rotundo. Poques nos vamos a tirar de los pelos si La Sexta se vuelve de «centro-izquierda», ¿acaso no lo era ya? Pero sí que nos tenemos que tirar de los pelos por la apabullante pasividad de la gente que pide un «medio neutral.» Por suerte, en el Estado español tenemos varios, y muy buenos, medios de información libre y comprometida, que dicen las cosas claras y sin esconder la ideología de las personas que nos hacen llegar esas informaciones.

Como os habréis dado cuenta, todo esto tiene mucho que ver con aquello de «en qué lado de la barricada estamos», lo que nos lleva a una cuestión de ética y principios—¿por qué es mejor defender una sociedad libre e igualitaria que una en la que un 1% explota al resto? No es mi intención meterme en tal berenjenal ahora, pero sí que es pertinente mencionar que la «objetividad» o «universalidad»—como cualidad de lo «verdadero»—de tales postulados es, cuanto menos, cuestionable. Como ya me expresé en otro artículo, todo termina por resumirse en lo que las «entrañas» te dictan, aunque pareciera que hay dictámenes más racionales y virtuosos que otros. Desde luego, lo que nos pueda contar La Sexta, Cuatro, Telecinco, etcétera, nunca lo será—por razones que les lectores de Regeneración entenderán de sobra.

Antiteísmo y otras obviedades

Me ha ocurrido más de una vez que al atacar con vehemencia la religión o el Dios de una persona, ésta se ha molestado –hasta el punto de llorar en una ocasión– y me ha tomado por intolerante e irrespetuoso, como si atentase contra su integridad. Es por ello que he decidido desquitarme un poco con este escrito, que a su vez, aunque esté estructurado como un breve ensayo desordenado, espero pueda servir para otros que se han visto en las mismas.

Si ya de por sí es bastante confusa para el creyente la noción misma de ateo –algunos, todo hay que decirlo: los más obtusos, incluso toman al ateísmo como un equivalente a la religión, o al teísmo, pero en un sentido negativo, confundiéndolo, ¡quién sabe!, con un teísmo negativo–, la de antiteísta termina por romper todos sus esquemas. Pero el desatino no llega sólo hasta aquí, no podría. Nuestro mundo, emponzoñado por ideas religiosas y teístas, llega a confundir convenientemente laicidad con ateísmo y ateísmo con antirreligiosidad. El juego es tan sencillo como estúpido y tan estúpido como eficaz. Con todo, el laico, ya en su sentido real, suele pasar por admisible; el agnóstico, también, pues no molesta lo más mínimo; en cambio, el ateo, en especial en ciertos círculos de la España pueblerina y ultramontana, aún ha de guardar su opinión las más de las veces: es un ente ajeno a la realidad familiar, escolar, etc. Todavía tolerable, pero no reivindicable. Así, el ateísmo debe permanecer oculto, cual creencia personal falaz, de tal modo que no hiera el orgullo de los deícolas (un pequeño homenaje a Meslier, mi cura favorito), tan sagrado y abultado como su Dios. El argumento es simple: Cuando tú reivindicas con vehemencia tu ateísmo, en tanto que considero tu ateísmo como inmoral o amoral, atacas mi teísmo, por lo que me atacas directamente a mí. ¡Pero qué tontería! Con la misma razón podría decir yo: Cuando con ahínco reivindicas tu teísmo, atacas mi ateísmo, en tanto que considero a tu théos como algo inhumano e irracional, por lo que me atacas directamente a mí. Podría reescribirlo de mil formas distintas, pero seguiría representando el mismo sinsentido. Sinsentido, por cierto, auspiciado por los mismos deícolas, no por el librepensamiento y, por tanto, por el ateísmo. Podría hacer prevalecer esta concepción sobre la suya, mas representaría una intolerancia que sólo la religión es capaz de mostrar.

Esta confusión, aunque mejor convendría tildarla como pérfida e intencionada interpretación, es arrastrada desde los primeros tiempos de la impostura religiosa y deícola. Si repasamos la historia del pensamiento occidental pretérito, podremos ver que todo filósofo que se dignara a concebir un Dios personal, alejado de todas las mistificaciones religiosas, es decir, manifiestamente  herético, era tomado por ateo, por pagano, según la época, e inmediatamente sentenciado, o bien al ostracismo, tal como le pasó a Spinoza (a manos de las autoridades judaicas), o bien a la pena capital, como fue el caso del teólogo Miguel Servet. Los ejemplos se tornan en decenas y decenas de miles y se extienden por toda Europa en todo siglo. Así, hay que tener en cuenta que en España –desconozco lo sucedido en otros países– la última víctima de la Santa Inquisición fue un deísta, Cayetano Ripoll, que murió ejecutado por ahorcamiento en 1826. En esencia, lo que se condenaba no era tanto la negación total de Dios, que también la había, sino el mero cuestionamiento de los dogmas hegemónicos, en este caso, del catolicismo.

De hecho, el ateísmo en toda su dimensión es una teoría filosófica y científica bastante moderna. Si lo comparamos con la religión no sólo en el tiempo, sino en la influencia académica, en la edición de libros, etc., nos percataremos enseguida de que apenas ha tenido una pizca de influencia en la sociedad. En este sentido, Jean Meslier, Diderot, d’Holbach, entre otros, suponen una lúcida y brillante excepción de raigambre ilustrada. Sin embargo, es ahora cuando parece –recalco lo de parece– que el ateísmo si bien no es hegemónico, está ganando algo de terreno. Para afirmar esto me baso, principalmente, en estadísticas a nivel Europeo.

Pero cabría preguntarse qué tipo de ateísmo es éste. Es decir, ¿cómo se manifiesta en la cotidianeidad? ¿Se manifiesta acaso? Mi experiencia vital me dice que es un ateísmo abúlico, parsimonioso y fruto de la pereza más que fruto del convencimiento racional y lógico. Y algo que tiene su origen en la pereza y su base en la vacuidad, no puede ser esgrimido frente a nada, ni siquiera frente a lo irracional, a lo religioso. Es por ello que nuestros ateos son gente religiosa (piadosa, decía Stirner). Protágoras, aunque afirmaba que lo mejor era no preocuparse por asuntos teológicos, pues eran incognoscibles, no era ateo; se le puede adjetivar como guste, pero no era ateo. Un ateo que no tiene la base de su convicción en la razón, en los hechos, en la realidad, en la lógica, esto es, en la ciencia hermanada a la filosofía, no es ateo. También podrá adjetivarse como le guste, pero no es ateo. Toda negación supone una afirmación y viceversa. Los deícolas afirman a Dios, luego niegan al individuo. Los ateos negamos a Dios, luego afirmamos al individuo. Pero esta negación consciente de Dios no puede quedarse en el ámbito privado, no puede ser pasiva; debe ser, pues, efectiva. Si no es así, el individuo seguirá sometido fácticamente a Dios y sus veleidades: a la Iglesia, al Papa, al cura, a la religión, etc., lo que equivale a ser un ateo débil, pues no se tiene en cuenta la materialidad.

A partir de aquí podemos entrar ya al objeto del artículo: el antiteísmo. El antiteísmo, según The Skeptic’s Dictionary (El Diccionario del Escéptico), es lo siguiente:

‘Antiteísmo es la oposición activa y vocal a la creencia en dioses de cualquier tipo y a las instituciones construidas alrededor de la creencia en una deidad. Los antiteístas no son ateos pasivos, se deleitan en el ateísmo y en la denuncia de los errores, los absurdos y las pretensiones de los teístas. Los antiteístas consideran que todos los dioses son falsos y cualquier beneficio de la creencia en dioses no compensa por el daño causado por esa creencia para el individuo y la sociedad. Los antiteístas, no niegan que puede haber algunos beneficios para algunas personas parte del tiempo debido a su creencia ilusoria en una deidad o dos, pero categóricamente niegan que la fe en los libros o ideas religiosos sea una buena cosa’.

¿Es el antiteísmo un acto intolerable que no tiene en cuenta el respeto a los distintos cultos? Si es así, como decía en el primer párrafo, también lo es la vindicación de la creencia en los dioses de cualquier tipo y de las instituciones que alrededor de ellos se yerguen. La libertad de pensamiento quedaría así cercenada; y la libertad de expresión, su correspondiente en la realidad, totalmente muerta. Esto a un religioso podría no molestarle en demasía, empero para un anarquista mutilar la libertad de pensamiento y de expresión de tal manera resulta el mayor de los crímenes que se pueden cometer sobre el individuo. La libertad de pensamiento debe ser absoluta.

¿Por qué entonces los deícolas y religiosos de todo tipo se muestran reacios a la libertad? ¿Por qué les molesta que se ataque a sus fantasmas y lo toman como un ataque a su propia persona? En primer término, por nulidad argumentativa. Defender lo inexistente deber ser ciertamente complejo. En segundo término, porque estás atacando a algo sagrado. Idea perturbada donde las haya. En último término, porque en nuestro siglo prima un relativismo acrítico según el cual cualquier pensamiento, aun cuando sea a todas luces equívoco y pernicioso para el individuo y la sociedad (generalizando, claro), como lo es la religión y como lo es Dios, merece respeto. Cuidado: respetar no es lo mismo que tolerar, a pesar de que muchas veces se tomen como sinónimos. Toda idea religiosa y deícola es tolerable y no se tiene derecho a atacar a alguien por el mero hecho de tener esa idea. Sin embargo, uno sólo puede respetar aquello que para él es verdadero. Un católico puede no respetar una moral atea, pero debe tolerarla. Un ateo no tiene por qué respetar ningún Dios, y está en su derecho de atacar con todas sus armas dialécticas esa misma idea de Dios, de lo cual no se desprende que no deba tolerar que otras personas profesen una creencia religiosa. El ateo, para atacar a esa idea, no necesita sanción de nadie ni motivación exógena; necesita su sanción y su motivo, sea cual sea. Lo mismo se podría decir del religioso para con el ateo. Se mantiene, pues, una mutualidad.

¿No representa esto más bien la libertad y la reciprocidad? ¿Y  no representa acaso la intolerancia el no permitir el sano debate entre las distintas ideas que surgen en el seno del pensamiento humano? En su enfermiza condición, la religión ha conseguido dar la vuelta a la cosa. Lo estático, ya que es benéfico para el deícola: no ataca su creencia, se torna lo deseable; lo cambiante, es decir, el pensamiento, en cuanto que duda de toda noción fija y ajena al análisis racional, se torna lo intolerable. Nuevamente queda demostrado que la religión y la creencia divina son enemigas del debate, del pensamiento dinámico, de la evolución, en fin, de todo lo humano.

Cambiando un poco las palabras del escritor francés, la única excusa que tienen es que Dios no existe.

Republicanos, un esfuerzo más si queréis ser republicanos

«Pero ¿qué es la democracia en la libertad sino la República?» —Miguel Bakunin; Federalismo, Socialismo y Antiteologismo. 

La República siempre ha sido tomada, al menos en la modernidad, como la representación unívoca de justicia social. De una u otra forma, sigue siendo esa mujer semidesnuda que coronada por un gorro frigio guía al pueblo hacia la consecución de una mayor libertad e igualdad para toda la humanidad. Así mismo, tampoco puede desligarse a ésta de la razón, la ciencia, la laicidad y la democracia. No se puede divorciar, en fin, de todos los buenos y sanos hábitos, pensamientos y aspiraciones que el ser humano ha concebido para consigo mismo y para con los demás, en un intento manifiesto de unirse fraternalmente.

El grito político del siglo XVIII —de finales de siglo, eso sí—, XIX, XX, e incluso de nuestro incipiente XXI, se puede resumir con un portentoso ‘¡Viva la República!’. ¿Cuántos hombres y mujeres habrán muerto por esta declamación o por decirse resueltamente republicanos? Seguro que demasiados. Pero, como suele suceder, cada muerte pasa a ser una confirmación de la razón del ideal, de su necesidad. Cada régimen fecunda el siguiente con la sangre de los ideales más progresistas, es decir, más radicales, en cuanto que van a la raíz del problema. De tal manera, el Antiguo Régimen quedó sepultado bajo la novedosa Monarquía Constitucional y ésta, la mayoría de las veces, quedó relegada a su vez por la nobilísima República; con la llegada de la última parece verse siempre el final del padecimiento, aun cuando no sea así, y la euforia es comprensible y humana. Sin embargo, el pensamiento humano sigue su curso, no totalmente ajeno a la realidad concreta, pero sí de una forma bastante independiente.

En España, cuando en el 1873 se proclamó la Primera República Española, a pesar de las numerosas esperanzas depositadas en ella, ya había personas que ansiaban más libertad e igualdad de la que ésta podía concederles: los llamados republicanos federalistas ‘intransigentes’, fervientes partidarios del republicanismo más radical, que para el caso venía representado, curiosamente, por el federalismo pactista y socializante esbozado por Pi y Margall en su impresionante libro La Reacción y la Revolución, escrito casi veinte años atrás. La revolución era, pues, inminente y así comenzó a los pocos meses de la proclamación de aquélla la Revuelta cantonal. La libertad, incompleta aún, se situaba ya por delante de los timoratos que se refugiaban en el Congreso y que la rehuían a toda costa. Con todo, el conato de revolución fue reprimido por el Estado; aunque sin duda alguna dejaba el camino expedito para que surgieran ideas más radicales, más avanzadas si cabe. La Comuna de París no tardaría en demostrar esto que digo. Mas volviendo a España, no sería hasta la Segunda República Española que se renovarían todas las ensoñaciones republicanas: parecía abrirse un nuevo horizonte para el obrero, el campesino, la mujer, el niño, etc. Pero las ensoñaciones son eso, entelequias. No hace falta extenderse demasiado aquí, pues los hechos acaecidos en Casas Viejas, así como la aplastada Revolución del 34, guste ésta más o  menos, así lo evidencian. El Estado, que es reaccionario en sí mismo, más allá de todas las empresas educacionales llevadas a cabo y que eran de agradecer, mostraba su verdadero rostro. Si argüía hace un rato que cada régimen fecunda el siguiente con la sangre de los ideales más altos, he aquí la prueba. Y da igual cómo se muestre la República mientras en su seno se distinga todavía al Estado, que siempre termina por frena al ser humano. El caso de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) es paradigmático. La República, imbuida por el Estado hasta el paroxismo, demostró ser más reaccionaria que muchos otros Estados constituidos en régimen liberal, por no decir la mayoría.

Pero ¿a qué viene este exordio? Mi intención es simplemente denotar cómo la República, tal como se ha concebido hasta ahora, esto es, bien como elemento meramente político sustraído de la realidad económica (véase la noción republicana liberal), o bien como unión de ambas, pero con un Estado omnímodo de por medio (véase la noción republicana soviética, o marxista si generalizamos), no sirven ni representan en última instancia los ideales que plasmaba en el inicio del escrito: Libertad, Igualdad, Fraternidad, en estos modelos republicanos, son palabras pintadas en una bandera o en una moneda, es decir, no son nada.

¿Y es que hay acaso otro tipo de República? Dejando de lado todos los esquemas republicanos que son en sí mismos derechistas, sí, sí la hay. En principio puede parecer extraño que un anarquista vindique un tipo de modelo republicano, mas no es así, ya que ateniéndome a su significación etimológica, la palabra República, de res; cosa o asunto, y publica; del pueblo, puede casar con suma perfección con una visión de la sociedad con rasgos claramente ácratas. Lo primero que hay que tener en cuenta es que lo público no es lo estatal, como tampoco la sociedad es el Estado. Admitir que sociedad y Estado son una misma cosa pasa por ser el súmmum de la perversión ideológica, algo así como creer en una Santa Trinidad sin trío. De cualquier modo, esta República sui géneris e hipotética debería articularse indefectiblemente bajo dos nociones básicas:

–          En primer lugar, bajo la bandera del socialismo, que permitiría, previa socialización de los medios de producción mediante la autogestión, es decir, sin Estado de por medio que usurpe nuevamente a los trabajadores su industria, el reparto equitativo y cooperativo de todas las funciones económicas, permitiendo y fomentando a su vez la ayuda mutua. A falta de desarrollarlo más, el socialismo permitiría, en cualquiera de sus formas anarquistas, conseguir que la igualdad se acercase más al ser humano.

 –          En segundo lugar, a través de un genuino federalismo, socavaría todos los poderes del Estado, si no destruyéndolos, pues esto parece a priori imposible, sí dividiéndolos todo lo que puede. Sólo se destruye lo que se sustituye, decía Malatesta, y en este caso el federalismo cumple perfectamente su función. El federalismo sería el esquema según el cual todas las relaciones económicas y sociales se estructurarían, despojando al centralismo, antidemocrático siempre por más que se insista, toda su fuerza y preponderancia.

Pero no sólo eso, ya que el federalismo sería el corrector de todas las imposturas de índole nacionalista que nos asolan. Por ejemplo, aunque no sea exactamente igual al federalismo anarquista, durante la Revuelta cantonalista, el Cantón de Cartagena solicitó a EEUU entrar en su federación, obviamente no por afinidad cultural, sino por afinidad ideológica. Por poner otro ejemplo, al Cantón de Valencia se unieron numerosas comarcas colindantes, pero no todas, pues algunas querían mantenerse independientes. Así, sin respetar pamplinas históricas, culturales, geográficas, etc., las federaciones y confederaciones serían absolutamente volubles en tanto que se basarían en un modelo volitivo y espontáneo y no en atavismos inexistentes y estúpidos.

Por tanto, y he aquí el motivo de este artículo, la República, alejada de todas las miserias estatales y centralistas; despojada también de todo parapeto capitalista y liberal, no es otra cosa que el ideal anarquista en toda su expresión. El federalismo mata el Estado; el socialismo, el capitalismo. Si éste representa la libertad, la igualdad y la democracia en la producción y en la economía, aquél representa la libertad, la igualdad y la democracia en la política. Y ambos, añadidos a todas las libertades sociales e individuales esenciales, no son otra cosa que la anarquía, es decir, la res publica en toda su extensión. En pocas palabras, nadie mejor que la anarquía representa los ideales republicanos de Libertad, Igualdad y Fraternidad.

Si en los siglos pasados el grito más radical y progresista era ‘¡Viva la República!’, el de éste debe ser el de ‘¡Viva la Anarquía!’.

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