Entrevista a la Federación Anarquista Berciana

En los últimos tiempos hemos asistido al nacimiento de nuevos grupos anarquistas en el territorio del Estado español, por ejemplos las varias agrupaciones de estudiantes libertaries. En esta entrevista os traigo los testimonios de otra nueva agrupación, la Federación Anarquista Berciana (FAB). En la entrevista les compañeres de la FAB nos cuentan sus visiones del anarquismo y sus intentos por aportar algo a la consecución de la revolución social. Sin más, os dejo con el texto.

1) Comencemos con lo básico, ¿cuándo, cómo, y dónde nace la Federación Anarquista Berciana?

Los principios de la Federación Anarquista Berciana se remontan unos años atrás con un germen de similar calado pero con diferentes iniciales entre otras cosas. La actual FAB nace con un twitter y el contacto con diferentes compañeros ácratas ubicados en toda la Región de El Bierzo, ya que aquí, y aunque nuestra intención tampoco sería afiliarnos, no hay delegación ni siquiera de la CNT-AIT solo de la CGT, y ante la tesitura de la falta de organización y viendo el rumbo tomado por la actual sociedad capitalista, decidimos crear esta organización de fuerte calado anarquista.

2) ¿Cuál es vuestra línea ideológica?

Nuestra linea ideológica es anarquista pura, por poner un ejemplo bastante concreto, similar al de la FAI. Nos basamos en los grupos de afinidad de activistas autónomos, en los que los compañeros con ideas más afines y enmarcado dentro de un concepto de total libertad, acción directa y solidaridad, damos libertad de acción total a nuestro afiliados, siempre que sea aprobado por el colectivo. Desechamos el anarco sindicalismo, ya que, no siendo malo, creemos que tiende a una cierta burocratización y estatitación, y por lo tanto estancamiento revolucionario y fin de la revolución en sí. No nos atamos a ningún partido, obviamente, pero tampoco a ninguna organización sindical, ya que nuestros fines son, única y exclusivamente, y como mínimo organizarnos, concienciar y no vivir bajo el pesado nombre de unas letras. Nuestra fuerza reside en nuestras manos y mentes, y si nos llamamos FAB es porque, simplemente, necesitábamos un nombre. En nuestra organización no hay ni carnet de socios, ni cuotas, somos anarquistas hasta la médula, ya sea anarco colectivistas, anarco comunistas o cualquier rama ácrata, ya que creemos que la teoría está bien, pero dada la tesitura de la revolución social siempre se imponen los hombres y no una idea que seguir a rajatabla.

3) No hay dos sin tres: ¿y vuestra línea estratégica? ¿Cómo ponéis en la práctica vuestras ideas o qué tipo de acciones tenéis en mente?

Tendríamos que mataros si os revelamos tal información. Una pequeña broma. Nuestra linea estratégica definitiva y como no puede ser de otra forma, es la aniquilación del estado capitalista, por medio de la lucha revolucionaria en todos los frentes inmensa campaña que es siempre el fin de cualquier movimiento u organización libertaria, por muy pequeña y joven que sea como la nuestra. Lo máximo que podríamos deciros es que nuestras acciones van encaminadas, en un principio hacia la desobediencia civil. La verdad es que no nos parece coherente ni lógico revelar nuestra linea estratégica y de acción, el estado siempre está pendiente hasta en lo más mínimo Solo os podemos decir que somos una organización que, por supuesto, no está bien vista a los ojos de estado, y éste tiene ojos hasta en la nuca. Os podemos decir que vamos a usar un modelo de lucha equivalente a la opresión, que, poco a poco y disfrazado de burda democracia capitalista, usa el estado contra nosotros.

4) Respecto a la forma en la que os organizáis… ¿cuáles son para vosotrxs las ventajas de organizarse en grupos de afinidad? ¿Cómo funciona la FAB internamente?

La FAB es una organización de hombre y mujeres libres, que se reúnen en asamblea para tomar decisiones en colectivo. Creemos en los grupos de afinidad como la manera de descentralizar algo, ya de por sí, descentralizado, para, si se diera el caso, no caer, como ya hemos dicho antes en ningún tipo de burocratización. La ventaja de los grupos de afinidad es amplia, dependen de la organización, pero en sí son células autónomas, que si bien con el permiso de todos, actúan hasta cierto punto, por su cuenta en los diferentes cometido de la FAB.

5) Para muchxs los números son tan importantes como la calidad de la militancia: ¿qué perspectivas tenéis en vuestra región del Estado español en cuanto a número de militantes en un futuro próximo? Y ya que estamos: ¿cómo se acoge al anarquismo en la región del Bierzo?

La verdad es que el calado ácrata de la Región de El Bierzo está por ver, y aunque en el pasado fue muy fuerte, este será un buen estudio de campo para ver hasta que punto la gente está concienciada. Ésta siempre ha sido una zona de fuerte calado ácrata, pero la terrible revolución capitalista, lenta pero segura, y los sindicatos con sus liberados, han conseguido atontar tanto a la sociedad con su «Estado de Bienestar» donde, y aun cuando, la militancia, puramente ácrata no es mayoritaria, pero viendo los últimos acontecimientos sociales, y lo que está por venir, esperemos se den cuanta y le dejen de dar la espalda a la autentica revolución que termina con la explotación del hombre por el hombre, que no es otra que la Revolución Social, autentica y real.

6) Por otro lado, ¿cómo trabajáis la calidad (formación) de la militancia? (Si tenéis algún tipo de actividad interna).

Como sabréis estamos empezando, pero lo único que os podemos decir es que preferimos 10 buenos a 100 malos, así actuamos y así creemos que debe ser, y con el tiempo, la revolución no solo se hace en la calle si no también leyendo, mediante charlas, etc… no hay revolución social sin revolución interna.

7) Finalmente, ¿puede todo el mundo unirse a vosotrxs? ¿Qué tienen que hacer? ¿Algún contacto?

Cualquiera puede formar parte de la FAB es una asociación libre, pero lo lógico es que la gente que la forma sea de nuestra zona de El Bierzo, al no tener carnets de afiliados espero que algún día no sepamos cuántos somos, eso seria muy bueno. Para entrar en contacto con nosotros lo único que tienen que hacer es visitar nuestro twitter @AnarcoBierzo y contestaremos y atenderemos gustosos a todo el mundo.

8) Muchas gracias por esta magnífica oportunidad. Si queréis añadir algo más, por favor, sentiros libres de hacerlo ahora. Salud.

Solo queremos decir que todo el mundo de El Bierzo que tenga ideas ácratas o interés se ponga en contacto con nosotros mediante nuestro twitter, todo el mundo será bienvenido.

SALUD Y REVOLUCIÓN SOCIAL

Ante la miseria, subida de impuestos

Congratulémonos; sí, hagámoslo con ahínco. La izquierda parlamentaria, toda vez ha abandonado la radicalidad, si es que alguna vez se supo dueña de ella, ha llegado a una nueva conclusión, a una nueva panacea contra el capitalismo: subir los impuestos a los más pudientes; pero no contentándose con esta medida, que ya por sí sola consigue que la mayoría de capitalistas del mundo, y en particular de España, recuperen su humanidad y se lancen a entregar todo su patrimonio a los desposeídos, han dado con otro remedio, a saber: que el Estado exija a las grandes fortunas, una vez éstas han usurpado y succionado toda la fuerza del trabajador, o como gusta decirlo ahora: una vez han creado riqueza, que estén fiscalizadas en su totalidad en su país de origen, es decir, que no evadan impuestos en uno de los diferentes paraísos fiscales que salpican la imperfecta esfera. ¡Menuda suerte! Seguro que los más miserables, contentos con las reformas, se arrojarán a los brazos de estos grupos en las siguientes elecciones. No obstante, el voto de todos vale lo mismo. Y es que en el parlamentarismo, lo más ridículo es siempre lo más democrático.

Hay que retomar, dicen, el espíritu de imposición fiscal en función a la renta. Sin duda, es esto lo más progresista, así pues lo más benigno para toda la sociedad. A más capital, más impuestos. Y ¿por qué no decirlo también? A mayor capital, mayor limosna. O peor que una limosna, pues ésta, dentro de lo repugnante de su aroma, al menos mantiene la voluntariedad del acto; el impuesto por el que declaman es una limosna obligada, requerida, por lo que pierde cierta, por llamarlo de alguna forma, virtud. Ambas deleznables, ambas sostenedoras de la inequidad y de la injusticia a través de los siglos siguen en plena vigencia. No creo que haya existido emperador, dictador, cacique, autócrata, déspota, amo, señor feudal o rey el cual no conociera la máxima que reza que cuando el pueblo está a punto de estallar en revuelta e insumisión hay que darle algo más de pan, holgarle un poco más las cadenas o, para el caso, repartir un poco mejor el pastel. Si funcionaba en la Roma fúlgida y en el Medievo oscuro, ¿por qué no iba a hacerlo ahora? ¿Ha cambiado en algo el alma del hombre? ¿No sigue igual de domada? ¿No piden ahora algunos sectores de la alta burguesía francesa y estadounidense, conscientes de esto que digo, que les suban los impuestos para así poder contribuir mejor al mantenimiento de los servicios sociales que necesita el pueblo? Es preferible que a uno le suban los impuestos un tanto por ciento mientras pueda mantener el control de los elementos de producción, pensarán en razón a sus intereses.

Ahora bien, que los que se supone representantes de los trabajadores, tanto partidos como sindicatos verticales y subvencionados, aboguen por tales medidas me resulta algo esperpéntico y escalofriante. No se olvide jamás: la riqueza que se crea en colectivo debe recalar en el propio colectivo. Sólo la riqueza que emerge individualmente puede y debe quedar en manos del productor original. Pero como no estamos ante este caso, pedir la colectivización autogestionaria, sin burocracia sindical o estatal, no puede quedarse en un grito del pasado, en un estandarte obsoleto; no, ahora más que nunca parece ser la autogestión de los propios trabajadores de sus herramientas de trabajo la única manera de llegar a abolir la miseria de forma definitiva. Fuera de esto, todo queda en medias tintas que bajo la llamada al progreso y a la conciliación buscan mantener la penuria, la escasez y la miseria; o a lo sumo: gestionarla con más humanidad.

De optimismos y pesimismos

La historia de los Estados-nación modernos está plagada de manipulaciones viles: desde el caso Dreyfus en Francia hasta las últimas detenciones en el Estado español de cinco compañeres anarquistas. En casi todos, si no en todos, los casos los medios de comunicación han jugado una papel de suma importancia, pues son ellos los que manejan la opinión pública al sustentar una supuesta legitimidad informativa envuelta en un ficticio halo de veracidad e imparcialidad. No obstante, puede que esta vez no les salga el tiro como elles esperaban.

Desde que el mundo se agitara con la llamada Primavera Árabe, la cual precedió y sirvió de inspiración a otros movimientos sociales a lo largo y ancho del mundo—por ejemplo el 15M en el Estado español, el Occupy Movement en los EEUU, y otros muchos—, la conciencia social parece haber tornado mucho más flexible en cuanto a las definiciones que, desde el poder estatal, se aplican a cosas como «violencia» o «terrorismo.» De esta manera, hemos visto cómo amplios sectores de la sociedad española se han echado a la calle para gritar que «violencia es no llegar a fin de mes», o que los «terroristas son bancos y banqueros.»

Estas muestras de crecimiento en la conciencia política de las personas han de ser recibidas con cierto optimismo. Tener una conciencia crítica, o un conato de la misma, implica disponer de un juicio superior a la hora de tratar los sucesos que acaecen en sociedad. Mientras que hace unos años se condenaba sistemáticamente a aquelles que el Estado definía como «terroristas»—véase el ejemplo de la kale borroka—, hoy pareciera que existe una cierta reticencia a tragarse todo lo que la televisión nos echa de comer. Vimos muestras grandísimas de apoyo a los mineros cuando marcharon hacia Madrid—a pesar de la criminalización que el Estado, usando a los medios de comunicación, intentó adjuntar a la causa minera. También vimos movimientos de solidaridad con Alfón cuando fue detenido en Madrid. Twitter anoche consiguió que la solidaridad con les anarquistas detenidos en Catalunya llegara a hashtag.

Algo ha cambiado en nuestras sociedades en los últimos años. La manipulación mediática que criminaliza la lucha social ya no es tan efectiva como antes. La policía ya no es esa «fuerza del orden» que protege a les ciudadanes. Los discursos del poder se ven así debilitados por la creciente conciencia alternativa que escapa a los medios de comunicación de masas y a la fábrica ideológica del Estado. Sin embargo, tampoco vamos a pecar simplemente de optimistas. Si bien es cierto que este cambio a nivel de conciencia ha hecho que mucha gente se movilice—influyendo también en aquellos sectores sociales entre las clases medias que antes de la crisis no concebían la actividad política en la calle como algo plausible—, todavía queda mucho por hacer. Es más, todavía queda lo más importante por hacer, diría yo.

El terreno se está preparando para la siembra: la gente es más receptiva a discursos alternativos; a ideas políticas que no dominan el Congreso o el Senado; incluso puede que a otras formas de vida. Es ahora cuando les anarquistas debemos presentar con fuerza nuestra alternativa de vida. La manipulación mediática puede que se haya debilitado, pero sigue estando ahí y llegado a cientos de miles de personas. No obstante, estamos personas tienen ahora una mosca en la oreja: el clamor de las manifestaciones en la calle, manifestaciones que ya no están frecuentadas solamente por aquelles «perro-flautas» que las clases medias tanto despreciaban cuando en la televisión algún programa hacía un reportaje sobre la «flora y fauna» de nuestras ciudades. El espectro social que acude a las manifestaciones de hoy en día se ha incrementado tanto que cualquiera fácilmente se puede sentir identificado—o al menos puede sentir aquella «mosca» detrás de la oreja.

Ahora que la gente ya no se cree que une es terrorista por tener un pasamontañas y un par de petardos en casa, es momento de practicar aquello de la inserción social. Aprovechar la apertura de conciencia torna en tarea urgente; hacer uso de esta debilitación del poder simbólico del Estado es fundamental para avanzar hacia la revolución social. Feminismo, ecologismo, veganismo, anarquismo… temas que antes podían levantar uno o dos muros defensivos en las mentes individuales, hoy por hoy están listos para ser debatidos y presentados a más amplios sectores sociales.

Ahora que la televisión y el Estado parecen haber sacado un pie fuera de nuestros salones, aprovechemos para meter el nuestro: desde abajo y compartiendo experiencias. La revolución social es social porque no trata solamente de tomar el poder político como otres quieren hacer. La revolución social se empieza desde dentro de une misme, en las mentes, y ahora que la crisis no es solamente económica sino también de valores—hasta cierto punto, claro está—, tenemos que movernos más que nunca.

De nosotres depende que algo nuevo nazca de esta situación de crisis. Si no nos movemos, elles, les que siempre han poseído el poder, harán como que cambian las cosas para que precisamente no cambie nada. Y entonces las conciencias críticas se apagarán de nuevo y se apoltronarán en el sofá una vez más. Y nosotres nos quedaremos donde siempre: en la marginación ideológica.

Universidad ¡Obrera y antiestatal!

Los panfletos no sirven para entendernos. Las asambleas no sirven para debatir. Las consignas no sirven para argumentar. Las huelgas no sirven para definir un programa. Es necesario utilizar otros medios. Por ello nace este escrito. Este escrito nace del movimiento. En concreto del movimiento estudiantil. Este escrito nace de la lucha y nace para la lucha.

Este escrito quiere plantear la necesidad y las posibilidades del movimiento estudiantil de desterrar la lógica izquierdista de luchar “por lo público” de sus luchas cotidianas. En lo sucesivo el texto se referirá al contexto universitario, aunque tenga partes extensibles no solo al resto del sistema educativo sino al resto de estructuras y servicios públicos y estatales, desde las carreteras a la sanidad.

Por la pública

La defensa de la “educación pública” es una especie de moda que el movimiento estudiantil asume como propia desde hace casi 30 años. Es una especie de moda, dicho coloquialmente, porque aunque pudiera tener una justificación racional y estratégica como movimiento, viene impuesta por una corriente de opinión e ideológica que ha ido calando hasta hacerse hegemónica dentro del movimiento estudiantil. Esta defensa aparece en la década de los 80, especialmente con el nacimiento del movimiento estudiantil contemporáneo en la explosión del 86-87. Previamente las luchas estudiantiles tenían componentes políticos y sindicales íntimamente ligados a la ideología y las prácticas de la clase trabajadora en la que se desenvolvían. Esa ideología y esas prácticas se desarrollan durante todo el ciclo largo de lucha de los 70 con la influencia del 68. Pero la influencia del 68 queda reducida a una fachada espectacular cuando dentro del movimiento obrero gana peso la parte “formal” y lo pierde la parte “espontánea”. Esto es, crecen partidos y sindicatos frente a las asambleas, comandos y grupos autónomos que habían marcado el ritmo anteriormente. Eso significó una enorme aceleración de los procesos de recuperación por parte de la socialdemocracia que controlaba el estado español y un ciclo de pacificación social masiva.

En el preámbulo del estallido estudiantil del 86-87 aparece lo que luego se conocería como el Sindicato de Estudiantes. Esta estructura elaboró el discurso de la educación pública, a imitación de cómo se desarrollaba en otros territorios por parte de la izquierda europea más cercana al “estado del bienestar” que a la “dictadura del proletariado”. Desde que ese discurso nace y se generaliza acríticamente entre las asambleas estudiantiles que cíclicamente nacen y mueren ha sido el punto común de todas las luchas que ha vivido el movimiento estudiantil.

El discurso de “lo público” explica panfleto tras panfleto que la universidad pública está en peligro por la inminente reforma, sea cual sea. La universidad pública es entonces un derecho a defender por parte del estudiantado. Pasados unos años, tras varios ciclos como los de los 90, bricall, LOU…el discurso de la pública se tiñe de una cierta nostalgia. Se transmite la idea de que la universidad antes era más pública y estamos en medio de un proceso de privatización. La universidad pública es entendida como lo entendían los ilustrados: un espacio neutral para el aprendizaje y la investigación. Esta concepción, apoyada en una fuerte ideología, está muy vinculada a la creencia de que el conocimiento, la ciencia o la técnica son autónomas de la sociedad en que se desarrollan, es decir, son neutrales y sólo toman un sentido según la voluntad de quién las usa. El discurso de “la pública” se combina con un anticapitalismo de pega atribuyendo la misión de mantener neutral a la universidad al estado frente la parcialidad de “el mercado”. El estado, que en  nuestro caso es la monarquía parlamentaria con sus poltronas autonómicas, es entonces el garante de que la universidad sea un vergel de sabiduría del que podamos disfrutar los hijos y las nietas del proletariado.

Es cierto que se han puesto infinidad de matices a este discurso por parte de muchos de los sectores, organizaciones, asambleas e individuos implicados en las luchas. En el momento actual, mayo de 2013, en la paralización general previa a un cambio de ciclo de los movimientos sociales y en concreto los estudiantiles, es cuando más urgencia puede tener emprender un debate sobre el sentido de las luchas que hemos mantenido y sobre los palos de ciego dados. La superación de un discurso manifiestamente caduco e inútil pueda servir para romper esa parálisis.

¿Por lo estatal?

Los análisis algo más fundamentados y reflexionados sobre la universidad, su crisis y su futuro quedan encerrados en libros a los que el movimiento estudiantil no tiene mucha afición. Libros como “De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil”, “La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado global del saber”[1]  encierran unas herramientas de análisis para interpretar el papel de la universidad que no sólo rompen con el discurso de “la pública” sino que permiten elaborar nuevas herramientas tanto de análisis como de combate para las luchas antiautoritarias en el medio estudiantil.

Este análisis sobre la universidad, heredero del 68 y sus principales impulsores situacionistas, se fundamenta en la cosmovisión marxista de la sociedad de clases para explicar el papel de la universidad. Esta cosmovisión marxista sirve para entender la dominación económica vigente al explicar de forma bastante esquemática las relaciones entre la clase dominada, la trabajadora, y la dominante, la propietaria. Así se distinguen 3 funciones de la universidad en la sociedad de clases:

a)La universidad como aparato de la clase dominante para generar y extender la ideología dominante.

b)La universidad como aparato para la valorización del conocimiento transformándolo en capital.

c)La universidad como medio de producción de cuadros técnicos y de técnicas que servirán a la producción en el mercado capitalista.

Estas 3 funciones están interrelacionadas. En una determinada época de expansión de un sector económico, ese sector necesitará de cuadros técnicos. La formación de cuadros técnicos se hace asignando a las personas un conocimiento transformado en capital individual, un capital que el individuo interioriza y se hace oficial mediante el título. Esta transmisión de conocimiento, en forma de título, transmite ideología dominante al naturalizar la división del conocimiento en áreas, la división del trabajo en categorías patriarcales y asignar un valor a las personas en función de su capital académico. Este es un ejemplo de cómo interaccionan las 3 funciones de la universidad y de la complejidad de las interacciones entre las 3 funciones.

Estas 3 funciones sitúan la universidad como una herramienta de dominación de la clase capitalista independientemente de la gestión estatal, autogestionaria o privada de esta institución. La literatura estudiantil de estos últimos 30 años se ha centrado más en la cuestión pasajera de quién gobierna la universidad que en el problema fundamental que es la función de la universidad. La gestión de la academia es un tema importante que conviene tratarlo con una perspectiva más amplia que mirando solo las consecuencias inmediatas de quién y cómo se gestiona la institución en cada momento.

El avance de las políticas liberales lo que están modificando es la gestión de la institución, para que mantenga sus 3 funciones mientras se gestiona según unos criterios que permiten sacar pasta de la clase trabajadora a la que la patronal fuerza a adquirir una serie de títulos como requisito para ser empleada.

En retroceso y decadencia se presenta el modelo socialdemócrata del estado del bienestar, en que la universidad se gestiona como un recurso que el estado ofrece a la clase trabajadora para adquirir esos títulos que la patronal la exige. Esta concepción, que tiene como fundamento la idea de que el estado es una providencia neutral que mediante la democracia parlamentaria puede ser útil y beneficioso para la clase trabajadora; se sitúa dentro de la ideología dominante en la que la dominación económica del capitalismo es una verdad intocable, como también lo sería el estatismo.

Otro punto de vista que defiende la gestión estatal, más propio de las ideologías anticapitalistas, es el que defiende que la universidad “de masas” es una conquista de una parcela de poder de la clase dominada frente a la dominante y por tanto la gestión estatal la manera más factible de obtener unas ciertas cuotas de control de la institución. Así las relaciones mercantiles que se dan en la universidad –la compra de títulos- siguen la lógica de los servicios públicos y no de la empresa privada, lo que es mejor para la clase dominada. Este punto de vista se ha ido sedimentando en ciertas corrientes pretendidamente anticapitalistas hasta perder de vista que la cuota de poder de clase que se puede tener sobre cierta institución se va desgastando si no supone una ofensiva constante y expansiva a la sociedad de clases, que es precisamente lo que ha ocurrido en estos 27 años de defensa de la “pública”.

Una crítica más dura merecen quienes dentro de un anticapitalismo estético han querido resolver la evidente incongruencia que supone defender lo que percibimos que es una herramienta de dominación con la receta mágica y ambigua de la autogestión o de lo popular. Ante el proceso privatizador y frente al decadente estado del bienestar  se acepta renunciar a la palabra “público” por ser un vocablo desgastado por las corrientes ideológicas antes descritas y se reemplaza por la universidad autogestionada o popular, sin un mayor análisis. Es un síntoma de la inercia que llevan los movimientos anticapitalistas que hace que sus luchas sean estéticas y espectaculares el hecho de que el discurso que se presenta en el ámbito universitario para romper con la corriente hegemónica en el movimiento estudiantil sea caer en la trampa de discutir el modelo de gestión sin entrar a discutir el objetivo de esa gestión o haciéndolo muy de pasada para rellenar líneas en un panfleto. En todo caso, si esta postura supone un peligro enorme para el movimiento estudiantil es por la falta de pensamiento estratégico y táctico que supone. Ni desde el punto de vista de clase económica dominada, ni desde el punto de vista del individuo coartado, emprender una lucha en el medio estudiantil por la autogestión de la universidad puede llevar ni individual ni colectivamente a trazar estrategias de victoria porque obvian la naturaleza absolutamente dependiente de la academia, eje de la universidad, del resto de la sociedad tanto por su naturaleza material(falta de recursos) como por lo intelectual(contexto en que se da).

Saltemos la trampa.

Tenemos ante nuestro movimiento la necesidad de sacudirnos de un lastre teórico y es que no tenemos programa para la universidad en la que luchamos. Como se ha apuntado hasta ahora en este escrito la cuestión del carácter público-privado-popular de la universidad no debe ser el eje principal de nuestro discurso sino una consecuencia de este. El eje principal de nuestro discurso debe contemplar sobre todo el objetivo de la universidad y debe atravesar nuestra vida actual, sin idealizaciones, y llegar a la vida que aspiramos, sin matices. Eso significa ser radicalmente sinceras con nuestra situación de estudiantes y con nuestras aspiraciones anticapitalistas. Clarificar la cuestión de nuestra situación nos servirá para trazar estrategias y definir nuestras aspiraciones para concretar los fines de la lucha.

Ser sinceras con nuestra realidad como estudiantes: El movimiento estudiantil no deja de ser un movimiento social, colectivo y con aspiraciones colectivas, por lo tanto lo más inteligente es articular nuestra conciencia como colectivo, como estudiantado. Siendo estudiantado y según las 3 funciones llegamos rápidamente a la conclusión de que los estudiantes somos mercancía desde el punto de vista del sistema universitario. Desde nuestro punto de vista, ver la universidad como una institución por donde la gente de nuestra clase debe pasar para poder acceder luego a unas condiciones laborales algo mejores, nos sitúa como clientes de la universidad. Desde nuestro punto de vista, y en esto hay que ser sinceras, si estamos en la universidad es por el título. La romántica afirmación de que a la universidad se va a aprender por voluntad propia es un enemigo del movimiento estudiantil que tenga conciencia de clase, porque niega u obvia que en la sociedad autoritaria no hay espacio para nuestra voluntad si no se conquista luchándolo. En concreto niega que dentro de la dominación capitalista, la clase dominada se vea forzada a seguir unos ritmos de vida impuestos por la producción, que es precisamente lo que ocurre con la juventud forzada a comprar títulos universitarios para cumplir la función que la patronal espera para ella.

Esta visión de nuestra situación actual nos abre varios frentes de actuación que chocan con la ambigüedad con la que se emprenden luchas a día de hoy.

Primero: Las luchas estudiantiles puramente materiales, como las que giran en torno a los precios de matrícula, las normativas académicas, la estructura de las titulaciones, la carga de trabajo, la propiedad intelectual…se pueden enfocar desde un punto de vista netamente sindical y aplicar toda la experiencia organizativa y de combate acumulada por el movimiento obrero sin necesidad de matices. A día de hoy, las luchas supuestamente sindicales en el medio universitario se tiñen de estudiantiles y todas se ven fuertemente influenciadas por la defensa del modelo “público” como antes se ha descrito. Actualmente, en época de recortes como vía rápida para la reestructuración y puesta en marcha de la universidad-empresa, los conflictos surgidos como la subida brutal de tasas se están gestionando como ataques a la universidad “pública” y como situación colateral, ataques a la clase trabajadora. Desde un punto de vista de clase como el propuesto, la subida de tasas es una consecuencia de unos cambios en la universidad que van en contra de la universidad como manera de redistribuir los beneficios, facilitando la compra de títulos a las trabajadoras, y por tanto una reconquista de la clase dominante de un terreno perdido en los 70. En este ciclo de transformaciones regresivas en la universidad podría, desde el propuesto punto de vista, articular la respuesta tanto defendiendo la adquisición “barata” de títulos para nuestra gente como atacando sindicalmente a las empresas y sectores que exijan a sus empleados haber comprado unos títulos que ahora nos son inaccesibles. Además, al resituar el debate en términos de clase como condición material se hace tabla rasa entre estudiantes de lo público, de lo privado y de lo autogestionado. Esto abre un campo de lucha tabú hasta ahora en el movimiento estudiantil que son por un lado los centros privados y la gente que va a ellos, muchas veces bajo la banalización de afirmar que quién va ahí es gente adinerada cuando no la realidad es que es la misma gente que va a la “pública”; y por otro lado la inclusión en el movimiento estudiantil a toda la gente que participa de la educación no formal que se da dentro de todos los movimientos sociales de forma más o menos explícita.
En suma, esta propuesta de acción en la universidad significa dejar de defender una universidad pública para defender una universidad que sirva a las clases dominadas y a nadie más, pues eso precisamente es arrebatarles parcelas de poder al capital y al estado. Que las luchas estudiantiles giren en torno al sometimiento de la universidad a los intereses de los trabajadores llevará sin duda a clarificar las posiciones de las clases en conflicto en la actualidad, todo lo contrario que lo que se consigue con discursos ciudadanos y demócratas.
Merece una mención el hecho de que dentro del contrapoder sindical que podría suponer un movimiento estudiantil declaradamente clasista, la reivindicación de la defensa de la gestión “pública” podría ser parte de un programa estratégico a corto plazo. Desde el punto de vista de clase se puede defender la gestión “pública” de las instituciones universitarias como mal menor frente a lo privado, pero sin perder de vista que esta defensa de la gestión pública es circunstancial, no fundamental, y que es una mínima parte de lo que está en juego.

Segundo: El otro frente que permite desarrollar esta concepción es “liberar a la academia”. Al desvincular nuestra relación con la universidad con toda inquietud académica y reduciéndola a lo material dejamos un campo enorme de actuación que es la estructuración de realidades que nos permitan, no solo como movimiento estudiantil sino como clase dominada, la socialización del conocimiento y la creación embrionaria de la “universidad” anticapitalista. Al negar que sea la universidad como institución el campo en el que deba socializarse el conocimiento, por ser esta institución una mera herramienta de dominación, nos forzamos a crear herramientas de aprendizaje e investigación colectivos. Esto no significa que se deba renunciar a la infraestructura física ni intelectual de la universidad actual, pero si necesariamente a su sistema de funcionamiento. Eso significa que el movimiento estudiantil puede y debe desarrollar sistemas de aprendizaje colectivo en las facultades y escuelas, con el conocimiento que se maneja e instrumentaliza en ellas, pero lejos de la reglamentación y la lógica que impone y reproduce la universidad, osea, sin títulos. Queda claro, que dentro de esta vía de actuación no hay espacio alguno para la defensa de la “pública”.

Ser sinceras con nuestros fines como anticapitalistas: La visión clara sobre nuestros fines a lo que nos conduce a reconstruir el comunismo y la anarquía, ambas metas que las clases dominadas se han marcado como objetivos a lo largo de la historia, con esos o con otros nombres. En el área de la universidad el objetivo es importante definirlo porque sirve para trazar los métodos y estrategias de la “liberación de la academia”. La universidad que el movimiento estudiantil define como modélica, dentro de los desvarios de confundirla con la “pública”, es ese espacio imposible en una sociedad autoritaria en la que la universidad es un espacio donde el conocimiento, su transmisión y expansión, se realizan en libertad de estudio, cátedra e investigación. Eso significa resituar las funciones de la universidad en su posición ideal de espacio neutro en donde encontrar conocimiento y técnica, por lo que estamos ante una universidad anárquica, sin autoridades académicas ni influencia de dominación alguna. Pero ello, y no debe perderse nunca de vista, será imposible en la  sociedad patriarcal -que nos somete por género-, capitalista –que nos somete por nuestra necesidades económicas- y estatista –que nos somete por el lugar en que vivimos-. Eso sitúa al movimiento estudiantil que aspire a esta universidad anárquica como un movimiento necesariamente rupturista con la universidad actual dado que es parte del entramado de la dominación que hoy padecemos.

La propuesta aquí presentada es la de llegar a la ruptura mediante una lucha estudiantil muy proletaria y la construcción de la universidad anárquica en paralelo. Que ya va siendo hora de que empecemos a tomarnos en serio nuestra capacidad de transformar las cosas.

[1] De la nueva miseria. La universidad en crisis y la nueva rebelión estudiantil. Joseba Fernández, Carlos Sevilla y miguel Urbán. Akal. Madrid. 2013.

La universidad en conflicto. Capturas y fugas en el mercado del saber. Edu Factory y Universidad Nómada. Traficantes de sueños. Madrid. 2010.

BARCELONA, MAYO DE 2013

NIHIL

nihil.org@gmail.com

Sobre la relación entre drogas y juventud

El debate es viejo y ha hecho correr ríos de tinta: consumo de drogas, ¿aceptable o inaceptable? Les que defienden la segunda postura argumentan que las drogas incapacitan a la juventud, pues ésta ve inhibida su motivación para resistir y luchar contra el sistema. No obstante, muches otres ponen en duda esta relación causal que se establece entre «baja militancia» y «consumo de drogas.» En su día ya escribí un artículo al respecto donde me propuse defender el libre consumo responsable (click aquí). Este nuevo texto nace como respuesta a este otro artículo en contra del consumo de drogas (click aquí). Vayamos al tema.

El primer error que podemos observar en muchos discursos anti-drogas (en el ámbito libertario) es la asociación ineludible entre Estado y drogas. A poco que une se ponga a leer historia y antropología verá con facilidad que el consumo de drogas se usa desde la humanidad es humanidad (valga la expresión). Distintos tipos de sustancias naturales se han venido usando en todo el globo con propósitos medicinales, religiosos, sociales, etcétera. Con esto no quiero decir que el Estado-nación moderno no haga uso de las drogas para ejercer cierto tipo de control social (que sí lo hace), sino que las drogas preceden al Estado moderno y su consumo también, obviamente, también lo hace.

El segundo error que solemos observar en los discursos anti-drogas es el establecimiento definitivo de una relación causal entre «consumo de drogas» y «baja militancia.» Como si de un mantra se tratara, mil y una veces leemos que «fumar cannabis adormece a la juventud.» O que «la juventud de hoy en día sólo se preocupa por salir de botellón y emborracharse en el parque.» No seré yo quien niegue esto, pues también he sido joven y he experimentado estas situaciones. Pero me váis a permitir que sea muy escéptico con la relación causal establecida.

Lo primero que hay que tener en cuenta a este respecto es: sin drogas, ¿qué haría  la juventud? ¿Sería más combativa? ¿La F.I.J.A. crecería exponencialmente? ¿La C.N.T. vería que las afiliaciones crecen a un ritmo de 1.000 por mes? Pareciera que estableciendo una relación causal simple entre «consumo» y «militancia» así fuera. Pero a nadie le entra en la cabeza que de darse el caso de desaparecer las drogas por arte de magia esto sucediera. La juventud encontraría otro pasatiempo: comer pipas compulsivamente, quedarse en casa viendo Gran Hermano (que ya lo hace), los videojuegos (otra historia para otro cuento), cría de perros… qué se yo. El problema no es el consumo de drogas (que lo es en parte, a esto voy a continuación), sino toda la socialización que las estructuras e instituciones del Estado promueven en su población. Con socialización me refiero a absolutamente todo: desde las relaciones familiares, pasando por las escolares, hasta las experiencias informativas a través de los medios de comunicación. Todo, absolutamente todo lo institucionalizado, nos recuerda constantemente quién manda y cómo se ha de vivir la vida. Y esto, tras años de adoctrinamiento inconsciente, queda grabado en la cabeza. Las drogas solamente empeoran el problema, pero no lo causan.

Ahora pongamos el ejemplo contrario: ¿podría existir una juventud militante y consumidora de drogas? Los casos que conozco personalmente (el madrileño, el escocés, y el griego) proporcionan conclusiones un tanto diferentes, pero estos tres casos muestran que el consumo sí que es compatible con una militancia activa. El caso madrileño puede ser más conocido a les lectores de esta página, así que poco hay que decir al respecto: cañas, marihuana, y otro tipo de bebidas alcóholicas. En el caso de la militancia escocesa os diré que prácticamente todes les libertaries que he conocido le dan a las pintas de cerveza con bastante pasión. Y ahí siguen. El caso griego es el más radical: la lucha anarquista no se puede comprender sin el alcohol (la cerveza sobre todo) y en menos medida la marihuana (pero también importante). La cerveza es el «mandamiento» del anarquismo en Atenas: tras las manifestaciones y las confrontaciones con la policía les compas se van a echar unas birras a cualquier tasca de Exarheia. Otras personas ya van con unas cervezas en la panza a las manifestaciones, cervezas que por cierto son usadas para preparar los cócteles molotov (el botellín, entiéndase) que luego lanzarán.

Entiendo que esto tiene poco que ver con lo discutido más arriba: no es lo mismo el consumo de la gente «militante» que el consumo en «la población joven en general.» Si he mentado tres casos de militancia europea es para reflejar que les militantes anarquistas consumen (libremente) y ello no impide que su militancia sea ejercida (ni que sea de menor o mayor calidad). Como no soy adivino no sé qué han hecho todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida en su juventud, pero desde luego no creo que empezaran a consumir alcohol (por ejemplo) tras decidir ser anarquistas; seguramente el consumo precedió a la militancia (y tal vez ayudó a conformar una mentalidad más política, pero ya digo, tal vez). La relación causal «consumo» > «baja militancia» no se sostiene en ninguno de los casos que yo conozca personalmente (aunque esto no se puede universalizar a la ligera, claro está).

Finalmente, que el consumo de drogas esté presente en ambos lados del especto (la parte militante de la juventud y la no-militante) significa que de haber una relación causal por algún lado el alcohol no puede ser la única y suficiente variable independiente. Con esto doy algún tipo de importancia al consumo de drogas (sobre todo alcohol y cannabis) en la baja militancia de la juventud actual, pero ni mucho menos atribuiría al consumo la causalidad final ni única. Seguramente sea un tinglado de otras variables que influyen en la apatía política de les jóvenes (y su postura anti-ideología). Un tinglado de variables en las que la cultura juega, a mi parecer, un gran papel, y el consumo de drogas «blandas» queda más bien en un segundo plano.

¿La solidaridad en peligro?

Pareciera que la solidaridad es algo que escasea hoy en día en nuestras sociedades modernas. Cada cual va a su bola sin preocuparse de lo que hace el resto; sentimos que nada, o poco, nos une al resto de personas; nos preocupamos de los problemas que nos atañen personalmente o, en el mejor de los casos, nos preocupamos un poquito de los problemas de aquellas personas más cercanas. Pero no estoy diciendo nada nuevo para nadie, así es la vida en la ciudad desde hace décadas; una vida solitaria en un plano existencial, individual en un plano práctico, y egoísta a todos los niveles.

Algunes intentamos romper con esta solitud urbana por motivos diversos y de formas variantes: algunes se organizan en grupos de solidaridad, otres actúan lo mejor que pueden de manera individual. En cualquier caso romper con la distancia social que impregna nuestras mentes es el primer paso obligatorio para empezar a construir ese mundo nuevo que muches desean.

Pero si escribo esto es por la impresionante falta de solidaridad que hemos podido leer en las redes sociales a raíz de lo sucedido en Atocha y Delicias (Madrid) durante la acción del 25 de abril. Como sabéis, tras la manifestación frente al Congreso un grupo de jóvenes decidió llevar la resistencia un paso más allá: se lanzaron piedras y petardos a las fuerzas represoras del Estado, se tumbaron cubos de basura para dificultar el paso de las lecheras… En definitiva, se decidió plantar cara a una policía nacional que lo único que sabe hacer es reprimir y castigar a les que han decidido resistir al sistema con dignidad.

De la comunidad de «izquierdas» en Twitter y Facebook espero, personalmente, más bien poco, pero nunca me imaginé que tanta furia desatarían los disturbios en Madrid. Que si las acciones violentas son negativas y contraproducentes, que si les jóvenes de Madrid son solamente unes vándales y fanátiques, que si la violencia engendra más violencia… En resumen, que en vez de mostrar la solidaridad que un día caracterizó al movimiento obrero anti-capitalista lo que pudimos leer en Internet fue una sarta de insultos y acusaciones sin sentido. «La más absoluta condena a lo acaecido en Madrid» podría ser un buen resumen del ambiente en la redes sociales. Aunque todo sea dicho, me llevé una grata sorpresa al ver que un considerable número de cuentas en Twitter y Facebook empezaron a plantearse que este tipo de acciones pudieran ser necesarias según están las cosas en la sociedad española.

Sin querer convertir estas líneas en un discurso moralista, sí que diré que lo mínimo que une puede hacer al no estar de acuerdo con las acciones de otras personas es callarse (o criticar constructivamente aportando argumentos con contenido). Ahí debiera empezar la solidaridad de las personas que hacen llamarse «de izquierdas» (o «libertarias» dado el caso). Mil veces al cabo del día pensamos que no estamos de acuerdo con algo, pero hay momentos en los que callar es mejor que hablar. Les jóvenes del 25 de abril actuaron con la mejor de las intenciones, y precisamente porque tienen todas las razones del mundo para levantarse y gritar «¡ya basta!» De ahí que la falta de solidaridad de otres jóvenes me parezca humillante, pues todes elles (a no ser que sus papis sean miembros distinguidos de ésta nuestra sociedad) comparten el mismo futuro precario tan falto de oportunidades, libertades, y sobre todo tan falto de dignidad. Alguien no podría estar de acuerdo con quemar los cubos municipales a forma de barricada, pero nunca se debería acusar a les compañeres que, luchando por el futuro de todes, decidieron arriesgar su libertad personal (y su integridad física).

Supongo que, en este contexto, la diferencia entre «criticar» y «acusar» es clara. La crítica es necesaria en cualquier ámbito de la vida, como también lo es disentir y libreprensar. Pero acusar es dar la espalda a aquelles que reman en nuestra misma dirección; ponerles en evidencia y dejarles a merced de la opinión pública que tan bien les funciona a les polítiques y demás parásites del sistema. Acusar, en definitiva, es sacar a relucir al policía que la sociedad nos metió dentro por medio de la educación curricular y de la socialización estatal.

Como escribiera el Subcomandante Marcos, «tallado por el lado inverso, un espejo deja de ser espejo y se convierte en cristal. Y los espejos son para ver de este lado y los cristales son para ver lo que hay del otro lado. Los espejos son para tallarlos. Los cristales son para romperlos… y cruzar al otro lado.»

Vivimos en sociedades llenas de espejos, donde lo único que se refleja son nuestro ego y nuestros intereses egoístas. Comprender, empatizar, y solidarizarse con aquelles que intentan invertir el espejo es una forma de invertir nuestro propio espejo. Muchas personas han invertido ya ese espejo, no me cabe la menor duda. Pero cuando ven que otres se deciden a romper el cristal (el espejo invertido) para pasar al «otro lado» es cuando la solidaridad vuelve a flaquear. Será por miedo. Será por ignorancia. Será por vaguería. Pero así son las cosas.

¡Solidaridad con les que luchan! ¡Muerte al capital!

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