Anarquía a pie de calle III

Por Ruymán

El tercer movimiento

“¡A ellos, a ellos mientras el fuego arda! […]. ¡A ellos, mientras haya luz del día!” (Carta de Thomas Müntzer a sus seguidores, 1525).

En los dos artículos anteriores hablé de los dos tipos de anarquismos que identificaba y también del potencial y los límites de la lucha social; ahora voy a hablar de la necesidad de que el anarquismo combativo, comprometido en esa lucha social, transcienda de su punto de partida y llegue hasta un objetivo revolucionario superior gracias a una estrategia sólida y bien diseñada.

Analizando la situación del activismo, los movimientos sociales, incluido el anarquista, llevan años a la defensiva. Sólo salimos a la calle y nos movilizamos para no perder terreno; nunca para ganarlo. No sabemos atacar. Lo único que queremos es no perder conquistas pasadas, pero no realizar conquistas nuevas. Luchas como la sindical, la de la vivienda, la de la educación o la sanidad, se articulan hoy en esa clave. Son respetables movimientos de autodefensa, no estructuras de ataque. Sinceramente creo que ya es hora de pasar a la ofensiva.

Hay que superar esta eterna condición de fajadores y hay que aprender a contra atacar, a devolver los golpes, a hacer daño. Este último lustro de luchas, y especialmente la experiencia en vivienda, me ha enseñado que cuando uno concentra su militancia en la gestión de un “pequeño asunto”, en la preservación de lo que tiene, se arriesga a perder la ambición de ir más lejos y puede acabar haciendo de una simple etapa, de un mero medio, un todo y un fin.

Sé que hablo de no limitarse en un mal momento. Vivimos una situación de repliegue de las luchas, como anarquistas y como activistas sociales. Unos pocos, resignados pero prácticos, intentan salvar los muebles del naufragio, y tratan de articular algo de cara al futuro. Una mayoría sigue impermeable a la oportunidad perdida y absortos en su liturgia de banderas e himnos no quieren darse cuenta de que hasta los colectivos más reformistas y pro sistema los han adelantado por la izquierda, gracias principalmente a su actividad. Otra parte no menos considerable abandona el barco, y seducidos por los cantos de sirena del establishment coquetea con el electoralismo, los partidos de nuevo cuño y la aporía: votar es la novedad transformadora; abstenerse, rebelarse y crear al margen, es la ortodoxia.

Nosotros levantamos la voz desde el barro, en el corazón mismo de la pobreza. No pienso hablaros con la cara limpia, ni sacudirme el polvo en vuestra presencia ni ofreceros una mano lavada; aquí abajo, a pie de obra, no huele bien, no hay debates estériles ni sirve la retórica. Trabajando en la miseria, buscamos la manera de organizarla. ¡Empecemos!

No nos interesan las guerras de siglas, las trifulcas de banderines, las peleas familiares internas, de sectas, de tendencias, de clanes. Es como ver a dos insectos famélicos peleándose por un despojo. Todo lo que trate de arrastrarnos a eso nos sobra. No queremos tampoco oír a intelectuales balbuceando o peleándose entre ellos, hablándonos de un pasado que no se puede repetir o invitándonos a avanzar mientras ellos mismos no mueven el culo del escritorio. Hay un anarquismo nuevo, activo, práctico, que quiere hacerse adulto pero no envejecer, y no está dispuesto a enredarse en las batallas ideológicas de sus mayores. Nuestra propuesta es hacer un llamamiento a todas y todos los anarquistas combativos para trabajar juntos. Ese verbo es la clave: trabajar. Coordinar esfuerzos en base a propuestas prácticas de trabajo, dejando a un lado cuestiones sesudas sobre el futuro de una sociedad que aún no tenemos fuerza para prefigurar. Tardamos horas en discutir qué tipo de combustibles usará la sociedad post-revolucionaria, cómo se gestionarán los medios de producción, qué recursos usará y cuáles no, etc., y aún no hemos hecho la revolución que nos permita tener ese problema encima de la mesa. Sin capacidad alguna, por incompetencia, de decidir sobre nuestro presente, tratamos de decidir sobre algo que, sin incidencia real, pertenece al futuro y se escapa de nuestras manos. Trabajemos para que algún día podamos dilucidar esos problemas en una asamblea de vecinos o de trabajadores, pero hasta entonces no perdamos el tiempo.

Una vez aglutinados, dispuestos a trabajar juntos pero no a pensar lo mismo, a sumar esfuerzos pero no necesariamente sensibilidades, podemos seleccionar el objetivo. La FAGC eligió la vivienda y ya los interesados conocen los resultados. Sí, somos responsables de la okupación más grande del Estado, pero ya dije en mi anterior artículo que eso no lo es todo, que hace falta un tercer movimiento. Lo hecho ha aliviado la situación de mucha gente, ha permitido prolongar la vida de algunos en los casos más urgentes, y eso de por sí ya es más que importante. También hemos medido nuestra propia capacidad, sondeado los margenes de la militancia, la naturaleza de la miseria y la opresión. Pero no basta con quedarse ahí. Sería como organizar un ejército y negarse a declarar batalla. Todo lo vivido, bueno y malo, debe servir para sacar conclusiones, reflexionar, y llevar la lucha a un nuevo estadio.

¿Y esa alargada y fantasmagórica sombra del asistencialismo? Hemos aprendido la lección y dado con la forma de conculcarla. La lucha social, ofreciendo soluciones reales a problemas reales, nos permite entablar contacto con el pueblo, pero para que la relación avance es imprescindible que el afectado deje de ser receptor/observador y pase a ser actor. Y eso se consigue estableciendo como condición sine qua non que el realojado tome parte protagónica de su propio realojo. ¿Quieres recibir ayuda? Aquí nos tienes, pero demuestra primero que eres capaz de ayudarte a ti mismo y también a otros. ¿Te niegas? Muy bien, no daremos más solidaridad de la que se nos ofrece, he ahí todo. Quien necesite de verdad una vivienda se verá obligado a cuestionar lo aprendido, lo enseñado por el Sistema, su misma forma de comportarse con los demás, antes de tomar una decisión. Puede que no se produzca ningún cambio, pero lo habremos enfrentado, directamente, cara a cara, contra una dura contradicción. Y lo dicho en realojos es aplicable al resto. En nuestras últimas ocupaciones estamos aplicando ese principio y ha arrojado resultados muy positivos. Participamos ciertamente en menos realojos, pero las experiencias son mejores y los intervinientes más necesitados, más comprometidos y más activos. También hemos aprendido que detrás de la crítica de “asistencialismo” se encuentran muchas veces voces poco autorizadas que, contrarías a abandonar sus torres de marfil y mezclarse con la sucia y cruda realidad, muestran su alergia a la actividad buscando pretextos en vez de ofreciendo alternativas. Los riesgos del asistencialismo no se despejan desde la inmaculada distancia de un club de convencidos.

Una vez organizados, fijado un protocolo que evite convertirse en una ONG o en una inmobiliaria, falta esa vuelta de tuerca que mencionaba en “Anarquía a pie de calle II”, ese tercer movimiento: la vía del conflicto.

El tercer movimiento es el que marca la diferencia entre una okupación convencional (un acto que cierra su ciclo sobre sí mismo, revolucionariamente inocuo) y una expropiación programada de viviendas abandonadas por los bancos, con el fin de establecer una gestión comunitaria de un bien colectivo (un acto que supone un desafío político, social y económico directo).

No basta con ocupar casas; lo cual no suele repercutir más que en un número limitado de personas. No basta siquiera con ponerlas a disposición pública y usarlas para realojo; al final podemos acabar reforzando el Sistema subsanando uno de sus déficits e inhibir a la gente de la protesta ayudándolas a volver a subirse al tren capitalista. Hay que ocupar y realojar, pero como parte de una estrategia política de socialización masiva que aspire a que sean los propios vecinos quienes gestionen de forma asamblearia los bienes de consumo, tal y como esperamos que hagan los obreros con los medios de producción.

La estrategia es simple: uníos a esos otros anarquistas combativos, convocad una asamblea popular sobre el tema más urgente que acucie a vuestro barrio (pongo como ejemplo la vivienda porque es nuestro terreno más trabajado), ofreced herramientas útiles a los vecinos y entablad contacto con ellos. ¿Cuántas casas vacías en manos de los bancos hay en el barrio? Pues ocupadlas todas y estableced por la vía de los hechos consumados que sean los propios vecinos quienes gestionen directamente el bien público de la vivienda. Hay que dar el paso, cruzar la frontera, y conseguir que la okupación se convierta en expropiación colectiva.

¿Cuántos de vuestros vecinos pagan alquileres a la misma inmobiliaria, banco, gestora privada de vivienda o directamente a un fondo buitre? ¿Cuántos ya no pueden pagar o están a punto de encontrarse en esa situación? Nuevamente, convocad una asamblea de vecinos y dadle a ese fatalismo una dimensión consciente. En breve van a perder su casa por impago, pues dotad al impago de un carácter reivindicativo: proponed declarar una huelga de alquileres. Que nadie pague, bien hasta que haya una rebaja generalizada del alquiler (si los ánimos no invitan a la osadía); bien porque reclamáis, vosotros y los vecinos, que la gestión de los inmuebles pasen sin intermediarios a vuestras manos.

¿Militáis en un sindicato libertario? Proponed entonces implementar la lucha laboral con la lucha social (la cual no pasa por tener buenas intenciones, redactar comunicados y secundar campañas de apoyo, sino por iniciar una vía de intervención y confrontación propia, directamente revolucionaria). Competir con los sindicatos amarillos con sus armas es o perder el tiempo o un suicidio. La naturaleza del sindicalismo libertario siempre fue poliédrica, y extendía sus ramas más allá del plano netamente laboral. Por pura supervivencia, el anarcosindicalismo debe estar dispuesto a dotarse de integralidad y a ofrecer herramientas que no se limiten a las fábricas, o incluso a las cooperativas de consumo, sino que entren directamente en la problemática de los barrios más deprimidos. Recuperad los sindicatos de inquilinos que el anarcosindicalismo impulsaba en los años 30 y llevad las demandas vecinales a otro plano.

¿Y las plataformas que ya trabajan en el tema de la vivienda? Primero, hay que distinguir entre las que realizan una labor comprometida y desinteresada, con raíz revolucionaria, y entre las que son ineficaces, están absorbidas por partidos políticos y se mueven por intereses espurios. Segundo, nadie tiene el monopolio de la lucha social. Si crees que una lucha tiene carencias, que está siendo usada como trampolín para estrategias electorales, y piensas que eres capaz de ofrecer y estructurar cosas mejores, más resolutivas, más radicales, no hay ningún motivo por el que cederle el terreno a nadie, ninguno que nos haga considerar que deben haber exclusividades e intrusismos en el frente de la vivienda. Tercero, hemos de ser conscientes, como anarquistas, de la necesidad de articular nuestras propias respuestas, nuestros propios programas, nuestras propias estrategias. Sí, las luchas deben ser necesariamente populares y colectivas, abiertas a todas y a todos; las alianzas tácticas son igualmente deseables, mientras se limiten al trabajo y no exijan claudicaciones; pero nosotras y nosotros hemos de ser capaces de estructurar una hoja de ruta diferenciada con nuestros propios objetivos, hemos de transmitirle al pueblo que ofrecemos soluciones solventes a los problemas sociales, y saber proyectar, en definitiva, que tenemos nuestra propia revolución en marcha.

La situación, gracias a las llamadas “candidaturas ciudadanas”, puede ser más propicia de lo que parece. Desarrollad esta estrategia en todos lados, pero aprovechad para incidir allá donde los “abanderados de la vivienda y las políticas sociales” haya tocado poder. Ocupad a discreción, con el apoyo de los vecinos, y empezad a establecer las bases, el soporte teórico, para mostrar las contradicciones de estos “partidos ciudadanos”, bien porque su insensibilidad e incompetencia es la que os obliga a ocupar, bien porque desaten o consientan una reacción represiva.

Esta propuesta general, la de intervenir en una lucha que tiene como fondo un bien (o un medio de producción o un servicio), para radicalizarla, llevarla hasta sus últimas consecuencias, y conseguir que el órgano popular (la asamblea de barrio, de vecinos, de inquilinos) que inicia y entabla dicha batalla sea simultáneamente el que consigue gestionar dicho bien, es una forma simplificada de iniciar una revolución. Los consejos o soviets no eran otra cosa en sus orígenes. En esto consiste el tercer movimiento.

Nos encontramos en un momento de inflexión. Absorvidos por la fiebre electoralista, desmovilizados por el partidismo de nueva generación, nos olvidamos que a los de abajo la mierda nos sigue llegando al cuello. Los enfermos y las hambrientas, los indigentes y las inmigrantes no pueden soportar más vuestro recuento de votos ni vuestras insufribles teorías. Podemos rehuir nuestra responsabilidad todo lo que queramos, pero no hay dónde escondernos. Yo mismo traté de abordar el asunto creando una comunidad idílica de realojados, creyendo que la respuesta revolucionaria vendría más tarde. Preocupado por garantizar la estabilidad de los vecinos, y sobre todo de sus hijos, tardé dos años en comprender que la vía del conflicto debe ir de la mano de la labor creadora. Puede que haga la vida más incierta, pero si la construcción de lo nuevo no se simultanea con la destrucción de lo viejo (como nos recomendaron los clásicos desde Proudhon a Bakunin), crearás una bonita ciudad amurallada, pero dejarás intacto lo que hay más allá de sus muros; y al final el exterior penetrará en la fortaleza y hará lo mismo que hace la humedad con la piedra.

En este punto el anarquismo, los movimientos sociales al completo, se encuentran en una encrucijada. Hay un nudo gordiano que parece irresoluble, y tanto los teóricos puros como los institucionalizados pretenden cortarlo con un cortaplumas; desde la FAGC afirmamos que es hora de meterle cizalla. Meteos en los barrios, no tengáis miedo a la hostilidad, la desconfianza, las rencillas y las bajas pasiones que os aseguro vais a encontrar. Aprovechad antes de que la virtualidad de la recuperación penetre hasta en los que tienen el estómago vacío. Buscad al que no tiene casa, ni salario, ni sanidad, ni ayudas, ni esperanza. Convocad a un barrio entero y enfrentadlo a la idea de que está en sus propias manos cambiar su situación. Id creciendo poco a poco, con asambleas eficaces y libres de discursos pomposos. Ofreced realidad, desnuda y áspera realidad. Y empezad a tomar, tomar, y tomar, hasta que no quede nada que no gestionéis por vosotros mismos. Puede asustar, pero es el vértigo ante una revolución que comienza. Sólo falta que te sumes. ¿Qué no lo consigues? Al menos, maldita sea, lo habrás intentado.

Lo he repetido alguna vez, pero no quiero dejar de decirlo: si ellos explotan la miseria, a nosotros nos toca organizarla.

Los métodos de transformación social

Este artículo pretende recopilar y definir los diferentes métodos para llegar a una sociedad socialista. Se trata de un texto de formación política básica.

Entiendo por socialista «sociedad sin clases» o sociedad con economía socializada o con la economía controlada por la clase trabajadora mediante sus organizaciones. Mi concepto del anarquismo es que es una forma de llegar al socialismo a través de la acción directa. Así se concibió en el siglo XIX, aunque posteriormente se fundiría con corrientes individualistas que le darían características diferentes, especialmente en sus principios y valores. Dicho esto pasemos a las formas de transformación social.

Socialdemocracia.

Esta es una forma de llegar al socialismo a través de las instituciones y la lucha parlamentaria. En su origen Marx y Engels y sus seguidores estaban convencidos de que se podría conseguir el socialismo a través de diversos métodos al mismo tiempo. Su concepto de socialdemocracia era mucho más radicalizado que lo que hoy se entiende como tal.

En nuestra época las sociedades europeas están situadas más a la derecha a nivel general. Lo que hoy es socialdemocracia es o bien social-liberalismo (hacer que el capitalismo tenga un «rostro humano», que no oprima tanto) o bien neoliberalismo puro (como por ejemplo el PSOE). Hay que intentar hablar con propiedad de la socialdemocracia entendiéndola como una vía hacia el socialismo a través de las reformas legales. Si no pretende llegar a ninguna clase de sociedad socialista no estaremos ante una socialdemocracia.

Problema: que la lucha legal se come todas las energías, y que con el tiempo esa lucha que opta por esta táctica se acaba desviando de sus intenciones inciales.

Poder popular.

El poder popular son todas aquellas experiencias que provocan un empoderamiento colectivo en base a la lucha y la disputa de la legitimidad y del control territorial con el estado. Estamos hablando de luchas sociales que se ganan y que generan esa sensación de que se puede llegar mucho más lejos. Entonces se generan nuevas luchas sociales más ambiciosas. En cuanto existe un control sobre su territorio, se crea un hito, una base desde donde seguir dando pasos adelante.

Y decimos que es un método de avance hacia el socialismo en cuanto que su práctica puede estar ligada a movimientos revolucionarios, como los de la sociedad paralela.

Problema: las derrotas populares echan al traste lo ganado. También son vivero de opciones políticas electoralistas, dado que también la socialdemocracia se puede basar en el poder popular para avanzar sus posturas y negociar con más fuerza ante la oligarquía haciendo pasar el poder popular como sus propias bases (aunque en algunos países realmente lo son).

Sociedad paralela.

Se trata de conseguir una sociedad (o sociedades en plural) comunitaria, comunalista o socialista a través de pequeños proyectos autónomos y autogestionados. Se puede tener como sociedades paralelas tanto al cooperativismo, entendido como experimento o experiencia de economía colectiva, como el neo-ruralismo de los pueblos okupados, como buena parte de la okupación (con «k»), o incluso de alguna manera las fábricas recuperadas. O todo a la vez, como hace la Cooperativa Integral Catalana. La idea es que se vaya conformando un imaginario propio de sociedad que viva al margen o por fuera de los marcos legales del estado, o incluso por dentro pero con sus propias normas, objetivos e ideosincrasia. También nuestros ghettos activistas, okupas o «anarquistas como forma de vida» viven una especie de sociedad paralela.

En los años 30 todo el entramado de ateneos, sindicatos, cooperativas, colectivos, periódicos, etc. conformaba lo que se conocía como la sociedad paralela que agrupaba muchas miles de personas que vivían literalmente en otro tipo de sociedad diferente al del resto del país. Sin embargo, en aquella sociedad paralela había rasgos de lo que llamaremos poder popular.

Problema: el aislamiento al vivir al margen de la sociedad. Es posible caer en actitudes que desdeñen la necesidad de la revolución (o un cambio de sociedad generalizado) dado que ya se está viviendo una experiencia avanzada.

Huelga General Revolucionaria.

Esta es el método clave del sindicalismo revolucionario y del anarcosindicalismo. Se basa en una huelga indefinida que genera un conflicto muy agudo en un territorio. El sindicato o sindicatos que la impulsan tiene un comité de huelga (que a veces ha tomado la forma de «consejos obreros») que llega a controlar territorios. Este control territorial se puede basar en una coalición con cosas preexistentes en el territorio como sociedades paralelas o focos revolucionarios.

Problema: en muchas ocasiones la huelga general revolucionaria se queda en peticiones económicas, que un gobierno un poco habil es capaz de prometer para desactivarla, aplazando el conflicto.

Foquismo.

Teoría revolucionaria del guevarismo (aunque parece ser que inventada por el anarquista Abraham Guillem) que se basa en crear focos revolucionarios en un territorio. Una vez que estos focos funcionan se pasa a otro territorio, y luego a otro. Cuando hay los suficientes se retroalimenta con huelgas generales y revueltas populares. En los años 90 se hablaba de la «zona roja», que venía de la autonomía alemana. Consistía en entrar en un barrio a abrir locales, centros sociales, cooperativas, etc. «colonizándolo» poco a poco y confluyendo con su tejido social. Con el tiempo se tenía un «barrio rojo» y de izquierdas tomado por nuestra propaganda.

Problema: las zonas rojas se pueden convertir en ghettos que no trascienden a su vecindario. Abrir centros sociales y ateneos no es garantía de que tu barrio se hará a tus ideas. Pero es un buen inicio.

Guerra Popular Permanente / Tensión anarquista.

Considero que son dos cuestiones muy similares a pesar de que la primera venga de Mao Tse Dong y la segunda de Bonanno. A grandes rasgos la guerra popular permanente se basa en una lucha a largo plazo, o bien sin tener en cuenta el final, y teniendo una correlación de fuerzas en contra nuestra que tiene lugar en un contexto rural. Poco a poco, golpe a golpe se consiguen algunas victorias, y estas dan pie a zonas liberadas que actuarían de forma similar a un mini-estado socialista a la espera de confluir con huelgas o insurrecciones populares en las ciudades.

Traduciendo todo eso al anarquismo, Bonanno entendía la «tensión» como una guerra permanente con la correlación de fuerzas en contra en un contexto de sociedad occidental, industrial y urbana. Al sistema hay que atacarlo para deslegitimarlo y para sembrar en la población una sensación de que no lo tiene atado y controlado. Los distintos ataques se suceden creando una indefensión que da pie a más represión o incluso a lo contrario, a abrir la mano. Pero si se logra confluir con procesos revolucionarios amplios se puede contribuir a la caída del sistema. También se daba en las organizaciones y grupos de lucha armada occidentales como las RAF, el IRA, Brigadas Rojas o ETA, aunque todos tenían sus movimientos populares que les retroalimentaban.

¿Quien está llevando a cabo este tipo de lucha en nuestro tiempo? Además de los maoístas (en Nepal, India y Filipinas) paradójicamente realizan una guerra popular permanente los yihadistas y los talibanes en el mundo islámico. No esperan ganar de inmediato, no tienen prisa. Golpe a golpe se hacen más fuertes y ganan legitimidad ante la sociedad que con el tiempo le parecerán un mal menor debido a la inefectividad del gobierno de turno para garantizar la seguridad de la población.

Problema: se da un aislamiento en la lucha, como el de muchas organizaciones armadas. La clandestinidad y el secretismo hacen que no sea tan fácil connectar con las luchas reales que está llevando a cabo la sociedad por otras vías. Entiendo que la guerra popular (del maoísmo) o la lucha armada no es autodefensa sino lo contrario, ataque. La lucha armada en los 70 y 80 se convertió en elitista, ya que fue muy por delante de los movimientos populares que la sustentaban. Se aisló y fue derrotada por ello.

Insurrección popular.

La imagen que nos viene a la mente de una revolución social es la de la toma de la Bastilla en la Revolución francesa, o la de la toma del Palacio de Invierno en la Revolución rusa. Una insurrección de masas es un acto de fuerza más o menos espontáneo que derroca un gobierno. Como dice el refrán a «rey muerto, rey puesto», y generalmente toma el poder un sector que ha participado en la insurrección que se da legitimidad para representar el conjunto.

Problema: son procesos muy complejos muy difíciles de controlar. Una insurrección puede poner en el poder a un gobierno incluso peor que el que acaba de derrocar.

La guerra.

Esta forma de imponer el socialismo se da teniendo ya países socialistas que derrotan militarmente otros. Evidentemente se trata de tomar el poder por la fuerza e imponer el socialismo, con todo lo que conlleva como hemos visto en el siglo XX.

Problema: que la sociedad no se cree el socialismo dado que viene impuesto, y a la primera oportunidad pueden querer volver al estado anterior.

Conclusión

Un proceso revolucionario tiene que partir de una situación de crisis del sistema imperante y poco a poco ir conquistando la hegemonía cultural y dar la sensación de que se producirá un cambio radical. Una transformación social profunda se produce con una combinación de varios métodos que hemos expuesto. El anarquismo, como es lógico, deja atrás la lucha parlamentaria de la socialdemocracia, para centrarse en procesos de sociedada paralela, poder popular y huelga general revolucionaria, que generalmente ha sido su campo de actuación hasta producir una insurrección popular. Todo esto ha ido acompañado por fuera del movimiento general de la «tensión» o lucha armada y expropiaciones.

@blackspartack

Enlaces del mes: Octubre 2015

El mes empezaba con un repaso a las bases del sistema económico-politico y su (o sus) crisis que no dejaba mucho margen al optimismo. Teniendo en cuenta la energía, las materias primas, el cambio climático y la conflictividad entre los distintos estados y facciones, el otoño empezaba con un horizonte claramente complicado, como se explica en este artículo de crisis concéntricas. Por suerte o por sensatez, también parece una tendencia el debilitamiento del deseo de propiedad, como apuntaba Toño Fraguas en El ocaso de la propiedad, donde destaca que incluso en los EEUU, país donde está más extendida la cultura del consumo y la felicidad de lo material, cada vez más personas están tomando el tener propiedades como una carga.

En el ámbito laboral, octubre vino un tanto agridulce. En el mismo mes en que Forbes ha coronado a Amancio Ortega como el hombre más rico del mundo, no faltaban los recordatorios sobre cómo se forjan esas fortunas. Lo que se ha tratado como escándalos de imagen respecto a las actividades de Inditex en Brasil o, en general, en Latinoamérica y Asia, parece ser que la sobreexplotación obrera de la de toda la vida, con las pistas un poco difuminadas a base de deslocalización y de delegación en capataces casi esclavistas que son, sobre el papel, los que se manchan las manos.

Lo poco que tuvo de dulce lo pusieron los llamados «manteros» en Barcelona. Pese a las condiciones de desarraigo, clandestinidad y racismo normalizado en que trabajan, varios de ellos se han unido en un Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes con vocación de sindicato de ramo, pero también de organización que les dote de tejido comunitario.

Por el lado de las posiciones y decisiones políticas, Emmanuel Rodríguez (miembro de la Fundación de los Comunes, asi como de Ganemos Madrid y Ahora Madrid) se preguntaba qué lecciones extraer de la institucionalización de parte de los movimientos sociales y la previsible derrota de Podemos el próximo 20 de diciembre. Mientras, en Portugal, la gestión de los resultados de las últimas elecciones generales volvían a plantear la falta de democracia en la UE.

En lo represivo, el estado español no deja de demostrar de lo que es capaz: La directa publicaba una entrevista, traducida al castellano en Diagonal, al secretario general de Sortu y líder independentista vasco Arnaldo Otegi, preso desde hace años.

Y, cuando se cumplieron dos años de encarcelamiento preventivo de las anarquistas chilenas Mónica y Francisco, menos de un año después de las operaciones Pandora y Piñata, todas por las dos mismas bombas, una operación de los Mossos, ejecutada bajo las órdenes de la Audiencia Nacional la mañana del 28 de octubre, se saldó con 9 detenciones y registros en domicilios y Ateneos Libertarios como el de Sants de Barcelona y en Manresa. La respuesta solidaria no se hizo esperar. Hubo concentraciones espontáneas en Barcelona y se lanzaron convocatorias para solidarizarse en varias ciudades como Madrid, Compostela, Huesca, Zaragoza… con los y las detenidas. También ha habido repercusión en varios medios de la rueda de prensa de Embat junto a militantes del Ateneu Llibertari de Sants, Grup de Suport a Joaquim y la Assemblea de Barri de Sants. Unos días después, otra operación de la Guardia Civil en Galicia contra independentistas acabó con arrestos a los cuales se les acusan de «enaltecimiento del terrorismo».

Tampoco podemos olvidarnos de la Federación Anarquista de Gran Canaria. La organización está siendo duramente golpeada por la represión por ayudar a numerosas familias sin recursos a encontrar un techo ocupando y recuperando viviendas que los bancos dejan vacío. Algunos militantes han sufrido palizas de la policía, les acribillan a multas y sufren un acoso policial constante solo por el hecho de realojar a numerosas personas y familias, que según calculan, en 2013 más de 400 personas han conseguido techo gracias a la FAGC y también más de 200 viviendas expropiadas y socializadas. En este último año, han realojado a 102 personas en un sólo trimestre. Pero estos maravillosos resultados les están costando sangre, palizas y multas, y hacen un llamamiento a la solidaridad para afrontar la sangría económica que están sufriendo (el nº de cuenta es: ES45 0239 2026 6130 40048866 así como ven la necesidad de formar una red antirrepresiva.

El nuevo sindicalismo libertario

Este artículo pretende ser una revisión de mi anterior escrito “Precariedad juvenil y viejo sindicalismo” a partir de los comentarios realizados y los sucesos ocurridos desde entonces. En pocas palabras, argumentaba que los jóvenes precarios no podemos tener como referencia la organización sindical, ya que esta era propia de un mundo anterior: el fordismo-keynesianismo. Planteaba la necesidad de llegar a la autonomía a través de colectivizaciones de empresas y la creación de cooperativas.

Sin embargo, debo reconocer que la precariedad no es un invento reciente. Un repaso a la historia de las luchas obreras nos muestran como se conquistó la jornada laboral de ocho horas, la prohibición del trabajo infantil o la mejora de la higiene en los barrios obreros. Las conquistas obtenidas en el mal llamado “Estado del Bienestar” han sido un paréntesis en el desarrollo capitalista, no la norma.

No deja de ser curioso que este año hayamos sido testigos de una huelga indefinida que entre otras cosas pedía la jornada laboral de ocho horas, derecho por el que murieron miles en la masacre de Haymarket o en la huelga de la Canadiense en Barcelona.

Hablamos de la huelga de técnicos de Movistar.

Estos técnicos tienen poca estabilidad laboral, una carga ingente de trabajo y sufren la externalización de servicios, son contratados como falsos autónomos y deben poner hasta la furgoneta con la que trabajan. Su lucha ha sido mediática y comprometida, movilizando a un sector totalmente post-industrial y clave en el desarrollo de las TIC en el estado español. La huelga indefinida ha sido promovida por el pequeño sindicato AST, que se declara autónomo y de clase, rechazando la burocracia UGT-CCOO y las subvenciones estatales.
Los sindicatos alternativos, que han tenido la iniciativa en la lucha, a pesar del intento de boicot de UGT y CCOO, han cedido el protagonismo a las asambleas de base, que han conformado una auténtica Marea Azul con impacto en las agendas mediáticas y políticas. A día de hoy, el movimiento se encuentra en una fase de recomposición después del agotamiento de la huelga: las promesas de los pactos acordados no se cumplen y caen represalias sobre los participantes en la huelga indefinida.

Tal y como se me argumentó, hay otros ejemplos de huelgas en las que participaron sujetos políticos no asimilables a la categoría de “clase trabajadora tradicional”. Se trata del sector de la informática, un sector innovador dentro del capitalismo español y que atrae a miles de trabajadores jóvenes (y precarios). Las huelgas protagonizadas por la Coordinadora de Informática de la CGT han conseguido resucitar el sindicalismo en un sector normalmente ajenos a las actividades anticapitalistas. Cito un párrafo de un artículo de la Coordinadora que sitúa perfectamente esa transformación:

“(…) Los seguimientos han sido muy elevados, en Capgemini y Atos se paró un artículo 41, en Alten se puso a la empresa contra la espada y la pared y mención aparte los 7 días de huelga de HP seguidos por más del 85% de sus 2300 trabajadores, con piquetes de 300 personas, manifestaciones y asambleas masivas diarias que permitió la retirada del recorte salarial del 10% por parte de la empresa. El conflicto de HP y sus imágenes podrían haber sido extraídas del imaginario de cualquier lucha relevante del sector industrial. Jugamos a ser clase obrera y resultó que lo éramos.

Además, creo que también se puede destacar otra gran huelga que se realizó en el ámbito de la educación pública: la oposición al TIL por parte de la Assemblea de Docents de les Illes Balears. La huelga consiguió una gran repercusión. Los padres, profesores y alumnos implicados pudieron participar a través de las asambleas en los centros y de una asamblea central, de dónde surgió el comité de huelga (desgraciadamente monopolizado por CCOO, UGT y STEI).

Por último, creo que interesante echarle a un ojo a la propuesta de la Oficina Precaria en Madrid. Este colectivo del entorno del 15M y de Juventud Sin Futuro intenta luchar contra la sustitución de puestos de trabajo estables por becarios sin derechos laborales a través de su campaña “No más becas por trabajo” y la asesoría para la creación de cooperativas. Desde un punto de vista estratégico, la Oficina Precaria tiene poca capacidad de activación y debe ser un apoyo a un Frente Estudiantil, que es el que tiene la potencia necesaria como para oponerse a la contratación de becarios y la creación de la Universidad/FP supeditada a las empresas.

Creo que todas estas experiencias recientes muestran un camino a seguir, que nadie ha diseñado desde ningún despacho, sino que nace espontáneamente de la adaptación a la nueva realidad social. Este nuevo sindicalismo combativo es una fusión perfecta entre dos elementos: el anarcosindicalismo clásico y el activismo propio de las protestas del 15M.

Haciendo una pequeña lista, creo que las principales características de este renovado sindicalismo libertario son las siguientes:

Asambleas de base. Todos pueden participar en asambleas en las que los colectivos políticos se diluyen para conformar una Coordinadora o Marea que representa a todos los afectados.

Redes sociales. Sirven para “rompen el hielo” y llegar a más gente, difundiendo las acciones y exigencias. Dan una imagen pública de la organización y además permiten una mayor coordinación. Se debe vigilar su seguridad claro, ya que es evidente que la privacidad está muy limitada por Corporaciones y Estado.

Presión mediática. Lo que sale en los medios es objeto de debate y discusión. Sin unos medios de comunicación libres y autogestionados, estaremos sometidos a la criminalización y la manipulación de los medios del capital. Sin embargo, salir en el telediario puede conseguir una mayor difusión.

Huelgas indefinidas sectoriales. Ante la inutilidad de las huelgas de uno o pocos días, las huelgas indefinidas con exigencias concretas pueden poner contra la cuerdas sectores enteros, como la educación o las telecomunicaciones.

Acción directa. Las asambleas están por encima de Comités y Delegados y si existen deber de estar bajo el control directo de las asambleas. Se abandonada la cultura pactista típica de CCOO y UGT para ir al ataque. Si bien el anarcosindicalismo jamás ha abandonado esta línea, mi opinión es que los nuevos movimientos potenciados por el 15M también adoptan la acción directa. Son, como diría Carlos Taibo, libertarios sin ser “identitariamente” anarquistas.

El papel de los anarquistas, en mi opinión, puede ser clave para que este nuevo sindicalismo se consolide y sustituya lo antes posible a la actual burocracia traidora. Queda pendiente saber si pueden haber puentes entre el cooperativismo autogestionario y el sindicalismo de clase, para que se potencien mutuamente. Los anarquistas de la tendencia Organizativa y Social podemos acercar estos movimientos a la autonomía, alejándolos de las injerencias de los partidos autoritarios que pretenden poner en el foco en las instituciones. Construir un Frente Laboral fuerte puede ser un gran avance para alcanzar el mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones.

Anónimo

Estrategias para afrontar la represión

La escalada represiva en estos últimos tiempos ha venido a raíz del aumento de la protesta social ante la crisis, y por ello, el Estado se encuentra en la necesidad de blindarse ante una posible escalada de conflictos sociales que desestabilicen los cimientos del sistema. Con ETA disuelta (fuera del escenario político actual), el Estado esta tratando de fabricar nuevos enemigos, y en este caso, ha tocado a las anarquistas, aunque no solamente. Colectivos antifascistas y la izquierda extraparlamentaria también se están viendo afectados por la represión, incluidas las plataformas ciudadanas. Casos como el de Alfon, el de Carlos y Carmen y otras detenciones a raíz de las últimas huelgas generales, las operaciones Pandora y Piñata, Aturem el Parlament, el Caso Expert en el cual piden años de cárcel a quienes defendieron su puesto de trabajo, represaliadas en la huelga indefinida de técnicos y técnicas de Movistar… son conocidos en nuestros ambientes. Ahora nos preguntamos, ¿qué es la represión y cuál es su objetivo? ¿en qué medida nos afecta y qué consecuencias nos produce? ¿estamos respondiendo adecuadamente a toda esta oleada represiva? Son cuestiones que iremos respondiendo a continuación para que podamos enfrentar la represión más eficazmente.

¿Qué es?

La represión es la manifestación del monopolio de la violencia del Estado, la cual, es utilizada para establecer el actual orden capitalista evitando el surgimiento de nuevas formas de organización política y social que amenacen su paz social. Hay que entender que la represión no es una deriva autoritaria de los Estados ni por su corrupción, sino que es inherente al capitalismo para que este sistema económico pueda mantenerse. La represión se materializa en varios niveles:

– En el más ‘directo’ encontramos a los cuerpos policiales y las fuerzas armadas, pues éstas actúan como fuerzas de choque que neutralizan las nuestras a través de la violencia tanto fisica como psicologica.

– En el nivel intermedio encontramos al poder judicial y el Código Penal. A través del entramado judicial y legal, nos llevan aquí al terreno del Estado, donde nos obligan a jugar sus cartas y donde nos podemos jugar la prisión o multas.

– Y finalmente, el tercer nivel es el castigo: las multas, la prisión y el sistema penitenciario. Las multas son castigos economicos, para dejarnos sin recursos, mientras que la cárcel, a parte de privarnos de libertad, sirve para destruirnos fisica y moralmente apartándonos de nuestros seres queridos y la socialización con el resto de la sociedad.

El objetivo principal de la represión es obstaculizar y neutralizar nuestra capacidad de lucha así como impedir que crezcan alternativas políticas que rompan con la explotación capitalista y aspiren a una sociedad más justa. Para ello, las estrategias represivas van encaminadas a, por un lado, aislarnos de la sociedad y evitar que nuestras actividades ganen apoyos populares, y por otro, generar miedo entre la población, evitando así que la gente comience a cuestionar las continuas medidas antisociales (recortes en general, privatizaciones, precarización laboral, pérdida de derechos sociales…) que nos imponen. La recientemente aprobada ley de Seguridad Ciudadana, más conocida como Ley Mordaza, es un intento del poder político de avanzar en este camino, es decir, establecer un marco legal sobre la represión y preventivo en su aplicación. La finalidad es violentar directamente la organización colectiva, la protesta social y las acciones cuyo objetivo sea construir alternativas a su sistema. Con el tiempo se pretende que, no solamente desde el activismo anarquista se tenga temor, sino que en general como sociedad asumamos y acatemos una serie de normas que van en la línea de reforzar su control dictatorial, a costa de normalizar la represión y amenazar preventivamente con severos castigos y venganzas ejemplarizantes ante la lucha social.

No debemos olvidar que, como herramienta inherente al capitalismo, la represión ha estado presente en toda la contemporaneidad histórica, por situar un periodo concreto que desemboca en la actualidad. A distintos niveles y con una gradualidad muy variada, las prácticas represivas por parte de la clase dominante hacia las disidencias políticas y sociales, se han venido dando de manera interrelacionada en el mismo espacio temporal y en lugares geográficos distintos. Podemos hablar de periodos temporales de distintos grados de represión en todos los países del mundo, ejercida esta represión siempre en escalada creciente cuanto mayor es la organización y resistencia ofrecida por la clase trabajadora.

Los montajes policiales, como un recurso de la perfecta maquinaria del Estado, como herramienta para la represión con el fin del mantenimiento del statu quo, deben ser asumidos como lo que son: una aberrante manipulación judicial y mediática que tratan de poner al conjunto de la sociedad en contra de los movimientos sociales comprometidos con la lucha. Estos montajes no son casuales sino sistemáticos, donde las irregularidades en los procesos judiciales, la manipulación de las pruebas, los testimonios sesgados, las declaraciones embusteras de la policía, etc, están a la orden del día. Actualmente, la represión nos está salpicando de dos maneras fundamentales: Primeramente, en manifestaciones en las que expresamos nuestras sensaciones de hartazgo y rabia, acabando arrolladas por la apisonadora policial. Segundo, organizando la solidaridad, y la lucha por la búsqueda de alternativas sociales, nos vemos atacadas antes incluso de llegar a crear una organziación potente o una red de coordinación, porque se infiltran en nuestras filas y consiguen reprimirnos antes de hacernos fuertes y difundir nuestras propuestas, criminalizando pensar o tener determinada ideología.

¿En qué medida la represión nos afecta?

Aunque la represión parezca que caiga con mayor peso sobre las anarquistas, la realidad ha demostrado que no. La represión cae sobre todos aquellos colectivos, personas u organizaciones que tengan el potencial de romper con su paz social, y por tanto, afecta a todo el movimiento popular: desde las activistas de la PAH y otros movimientos sociales, pasando por militantes de diferentes tendencias de izquierdas (comunistas, antifascistas, anarquistas, republicanas socialistas…), hasta huelguistas de cualquier sindicato mínimamente combativo o sin sindicar pero no agachan la cabeza. Entonces, ¿por qué los montajes policiales llamados Operación Pandora y Piñata han ido dirigidos expresamente contra anarquistas? La razones son sencillas: primero, a causa del cese de la actividad armada de ETA y su desaparición de la escena política, necesitan fabricar nuevos enemigos para infundir miedo entre la población. Y segundo, porque saben que el anarquismo no tiene una base social como otros movimientos sociales y que la estética insurreccionalista del anarquismo es fácilmente criminalizable, y por tanto, más facilidad para aislarnos política y socialmente del resto de la sociedad empujándonos hacia el bandidismo.

La represión es el principal factor de riesgo en la militancia política y social que puede caer sobre cualquier militante. Los daños producidos por la represión se traducen en un enorme desgaste en todos los niveles. Así pues, como activistas, somos conscientes del desgaste tan acuciante que supone la represión. En primer lugar, el daño físico: contusiones, lesiones y dolor al vernos expuestos a las agresiones policiales, además bastantes personas sufren consecuencias físicas graves y con secuelas para toda su vida (pérdida de órganos por pelotazos de la policía, marcas y disfunciones debido a torturas etc.) En segundo lugar, el desgaste psicológico: tanto para nosotras, como para las familias de represaliadas, puede ser muy grande la desestabilización emocional, las secuelas psicológicas, traumas, la inoculación del miedo, sensaciones de vulnerabilidad, impotencia, paranoia y debilidad, o sentirnos estigmatizadas socialmente. Pero la represión no solo afecta a nuestra integridad, también repercute en nuestra economía como es el caso de las multas y la necesidad de dinero para gastos judiciales tanto propios como para otras represaliadas además de para poder realizar campañas de visibilización, grupos y colectivos de apoyo y solidaridad con los y las presas… A nivel colectivo, la represión nos produce otro desgaste que tiene que ver con la carga de trabajo extra pero necesario al invertir esfuerzos en apoyar a nuestras compañeras, pues abandonar a las represaliadas supondría levantar la bandera blanca. En esta línea, se quiere decir que sin descuidar las principales vertientes en nuestro activismo, es cierto que mientras estamos trasladando bastantes de nuestros esfuerzos a la labor antirrepresiva, el trabajo constructivo de base en el que estamos inmersos los movimientos sociales existentes, se ve mermado en gran parte a costa de este esfuerzo de reacción frente a los golpes represivos que sufrimos.

No obstante, la represión no solo recae sobre los movimientos sociales, también afecta a los sectores más empobrecidos de la sociedad más preocupadas por buscarse la vida que por su estabilidad, a menudo mejor integradas en sus espacios (familia, pandilla, barrio) que en las conveniencias sociales y legales, tienden más a cometer lo que se suelen llamar «delitos comunes», como por ejemplo, delitos contra la propiedad, trapicheo con drogas… Este aspecto invisibilizado pero real, es otro castigo más a la pobreza. Esta clase de represión invisibilizada y aceptada socialmente, tiene su raíz en habernos robado la capacidad de análisis de las arduas situaciones sociales a las que el sistema capitalista nos expone en nuestra vida cotidiana, y que en concreto, empuja a las capas más azotadas por la pobreza de la clase trabajadora a cometer actos que provocan rechazo social. Hemos aceptado simplonamente el código moral dominante y sus normas sociales, de esta manera moralmente condenamos la usurpación, el hurto, la delincuencia común y juzgamos a las «malhechores» como si de defender a ultranza el bien social se tratara. Con ello, olvidamos que deberíamos analizar y establecer críticas sobre cuál es el origen de estos hechos, por qué somos los y las pobres quienes para sobrevivir nos vemos arrastradas en muchas ocasiones a estas prácticas. La delincuencia es el reflejo de que algo va muy mal en una sociedad, y que la desigualdad social y económica es la causa principal de la misma.

Ante todo esto, ¿cómo estamos reaccionando?

Cuando se parten de análisis erróneos, se llegan a conclusiones erróneas. Tal es el caso que los análisis hechos desde el anarquismo hasta hoy apuntaban solamente a que la represión era más fuerte contra las anarquistas porque somos la única tendencia que pone en peligro al sistema, y puesto que estamos contra el Estado, era normal que nos persiguieran con más saña que contra el resto de tendencias políticas. De ésto han salido incluso ideas románticas acerca de la persecución del Estado contra las anarquistas, presentándonos como una suerte de inocentes justicieras que luchan por una sociedad libre. ¡Craso error si tenemos en cuenta los puntos anteriormente expuestos aquí!

De este manera, en cuanto al modo de enfrentar esta represión, se ha enfocado mucho en un pulso de tú a tú, es decir, del «anarquistas vs Estado», lo que ha llevado a un enfrentamiento de tipo guerra de guerrillas dentro de un contexto marcado por una desigualdad descomunal de fuerzas, en el cual, los únicos actores de la contienda son la maquinaria represiva del Estado (policía, sistema judicial y penitenciario) contra anarquistas, que operan en pequeños grupos de afinidad informales en estado de semiclandestinidad en muchos casos, aunque existan otros casos donde hay más anarquistas involucradas en la lucha antirrepresiva. No obstante, el gran problema es el propio hermetismo de estas luchas hasta hoy. Al mirar solamente a las presas anarquistas y no al resto de represaliadas, ha llevado a las anarquistas a una lucha meramente autorreferencial y únicamente enfocada a las propias anarquistas, alejando este frente del resto de los movimientos populares, cuyas activistas también sufren golpes represivos y condenas, culpando además al resto por no solidarizarse con las anarquistas represaliadas.

De hecho, esta desigual correlación de fuerzas ha ocasionado que las luchas antirrepresivas de carácter anarquista adquieran una forma defensiva, donde al Estado le es fácil hacernos la guerra sucia y manejarnos como quieran, sea infiltrando secretas en nuestros colectivos o forzar a que nos solidaricemos con unas compañeras atacadas por puro azar para obtenernos más información, ficharnos y así mantenernos más controladas sabiendo de antemano que somos muy pocas y prácticamente sin apoyo popular. Esto supone también que acabemos actuando por inercia y forzadas por la coyuntura, cuyo principal síntoma es el tirar del acción-reacción, lo que se traduce en «golpe policial importante – respuesta en las calles». Incluso en ocasiones, las respuestas en las calles provocan el efecto contrario al deseado: en vez de ganar más apoyos populares, provoca su rechazo (como pueden ser armar unos disturbios en actos antirrepresivos, utilizar la estética del encapuchado y las consignas autorreferenciales). Estas dinámicas dan como consecuencia que en la cuenta de resultados nos salgan números negativos, es decir, suponen más detenciones y rechazo popular, lo que provoca más aislamiento y pérdida de simpatía entre la población e incluso entre los propios movimientos sociales.

Otro problema que se observa es la repetición de modus operandi que se ha demostrado que no funcionan: los mensajes autorreferenciales en las manifestaciones, el autoaislamiento culpando al resto de personas su indiferencia ante la represión, y el peor de todos, una estética inapropiada traducida en campañas antirrepresivas en que aparecen imágenes de disturbios, ataques a la policía, barricadas y encapuchadas, con lemas que no buscan el apoyo popular, sino que desafían directamente al Estado. Con esto además, alzamos a nuestras presas casi a la posición de mártires, haciendo flaco favor al movimiento antirrepresivo, porque somos útiles en las calles y no llenando las cárceles. La automartirización además es un signo de debilidad al basarse en el victimismo, o llegando en otras ocasiones a adoptar posiciones arrogantes y vanguardistas donde relacionan la radicalidad de las luchas por la cantidad de militantes presas. En muchos casos descontextualizamos los hechos y algunos movimientos buscan dar a conocer sus siglas, a través de los mártires de las luchas sociales. Parece que la consigna única y válida es la demostración a cualquier precio de la inocencia de nuestras compañeras. Sabemos que en muchas ocasiones, según los códigos penales de cada Estado, estaremos incurriendo en delitos que sabemos tipificados como tales, si aceptamos la legitimidad de una lucha contra el poder dominante que ejerce su violencia estructural, nos debería importar poco la culpabilidad de una compañera represaliada, y por lo tanto ejerceremos el apoyo mutuo automáticamente, porque asumiremos que los principios que nos mueven son los mismos. En otras palabras, atendemos a la legitimidad de las luchas, no a la legalidad. Más aún, en un escenario social donde la norma es «todas contra todas», seguimos abiertas a críticas por nuestras acciones -legales o ilegales-, pero de otros miembros de nuestra clase esperamos, en ese caso, un tirón de orejas, no que nos denuncie a las instituciones de la clase opresora. La represión no es motivo para exigir adhesiones acríticas, pero la crítica no es motivo para entregarnos unas a otras a la represión.

Hasta ahora, hemos estado repitiendo esquemas que se han demostrado ineficaces. No hemos visto que uno de los objetivos de represión es aislarnos para tenernos controladas. Por ello, es necesario romper este aislamiento, situación no solo provocada por la represión estatal, sino fomentada incluso entre las propias anarquistas, lo cual supone condenarnos a nosotras mismas. El distanciamiento con los movimientos sociales y los procesos de lucha actuales nos relega únicamente a los ghettos políticos, espacios herméticos incapaces de influir en la realidad material, lo que nos lleva también a esta incapacidad para enfrentar la represión marcada por la dificultad de encontrar apoyos fuera de nuestros círculos. La ineficacia de los métodos ocasiona otro desgaste extra en forma de frustración y desmoralización al invertir enormes esfuerzos para cosechar pocos resultados, aun teniendo que afrontar las propias personas solidarias la represión. Por ello, es momento de replantearnos un cambio de tácticas y estrategias con el fin de encontrar una salida hacia delante ante esta escalada represiva y no ya responder solo como anarquistas, sino también como todo el movimiento popular.

Unas pinceladas para el avance.

Por supuesto, no todo va a ser flagelarnos o hundirnos ante los peligros que sufrimos como militantes políticos, ni acabar siendo correa de transmisión del miedo al resto de la sociedad, ese ya es el trabajo de los medios de comunicación controlados desde la clase dominante. No obstante, después de conocer los detalles sobre lo que es la represión y lo que nos supone física, psicológica y socialmente, nuestra labor para avanzar será encontrar nuevos caminos o explorar algunos ya conocidos para autodefendernos y protegernos unas a otras en el ejercicio de nuestra lucha según nuestras convicciones. Por ello, expondremos unas bases de cara a construir unas estrategias de avance. Debemos aprender a informarnos colectivamente sobre la represión que podemos sufrir, dado el riesgo que corremos en cualquier protesta social actualmente. Es imprescindible difundir la información a nuestro alcance y realizar talleres y charlas, dando a conocer diversas experiencias represivas, con el objetivo de saber identificar de dónde viene esta represión y cuál es la legitimidad de quien la ejerce. Solo de esta manera podremos comprender que necesitamos el apoyo colectivo, y estar conectados con los movimientos sociales de manera amplia, pues si algo nos puede unir es la lucha contra la represión.

La maquinaria represiva tiene tácticas y estrategias. La policía no es tonta, al contrario, sabe en todo momento lo que está haciendo. El Estado justamente nos quiere empujar hacia el bandidismo o el terrorismo de baja intensidad, despojándonos de cualquier contenido político y social constructivo y jugando a una guerra de desgaste donde nos manejan como quieren, recibimos y encajamos duros golpes y nos hacen la vida imposible. En esta posición, aunque el Estado podría tranquilamente acabar con nosotras, les beneficia mantenernos en una lucha de tú a tú permanente para pintarnos como enemigo interno de cara a infundir miedo a la población. Tenemos que buscar, por tanto, una salida hacia delante ante semejante situación y a partir de aquí es donde tenemos que trazar hojas de ruta para superar esta dinámica.

Primero, tenemos que fortalecernos internamente. Por ello, lo esencial es cuidarnos a nosotras mismas, lo que nos lleva a tomar medidas de prevención adecuadas. Como primera barrera: medidas de seguridad y discreción en las redes y en la vida real, no compartir información sensible evitando facilitar información a los cuerpos represivos. Actualmente, las medidas de ataque del aparato estatal están íntimamente relacionadas con el avance tecnológico, por lo tanto, para conocer cuáles son las metodologías de represión actual y qué pretenden cada una de ellas, deberemos aprender cuáles son estas herramientas utilizadas contra nosotras y las estrategias para evadirlas. Para evitar la represión debemos acercarnos a la mimetización, sin destacar e incluso trabajar con suma discreción, como se ha hecho tantas veces. Como segunda barrera, establecer anteriormente en un documento que entregaremos a algún familiar o compañera de confianza, cómo se ha de proceder en la coyuntura de que nos veamos atacadas por la represión estatal, es decir, estar prevenidas y que no nos sorprenda desorganizadas. En caso de caer sobre nuestras compañeras, los cuidados y la asistencia, tanto psicológica como legal, para evitar que se derrumben o se quemen es vital para no tener bajas en nuestras filas. Estos cuidados van desde el envío de cartas de apoyo a las personas presas hasta estar cerca de aquellas envueltas en procesos judiciales, los grupos de apoyo y plataformas de solidaridad son la única manera de sentir cerca los lazos de amistad de quienes nos apoyan. Entran también en la prevención, como tercera barrera, el minimizar o evitar en todo lo posible más represalias en los actos de solidaridad con las personas represaliadas, esto es, tratar de no generar más carga de trabajo y no encajar más golpes represivos cuando salimos a las calles en apoyo a las personas detenidas, multadas y/o presas.

Lo segundo es la necesidad de dotarnos de herramientas de análisis para conocer a qué nos enfrentamos y poder dar respuestas efectivas. En este sentido, es necesario documentar las experiencias de otras luchas antirrepresivas para aprender de sus errores y aciertos. Todo esto servirá para elaborar estrategias con las que enfrentar la represión de forma eficaz, superando la inercia, minimmizando el desgaste y poner un punto de inflexión en las luchas sociales, asi para no caer una y otra vez en los mismos errores señalados. Difundir cada caso de represión en un contexto social concreto, como ejemplo de la injusticia del sistema capitalista. Afirmar a otras personas que no se tratan de formas autoritarias puntuales del sistema político, ni son casos aislados, sino que la represión es inherente al sistema de dominación impuesto. En este sentido, ayudar a construir una memoria viva sobre la represión contra las disidencias obreras organizadas tanto en el Estado español como internacionalmente, facilitará atesorar una perspectiva histórica enriquecedora, encaminada a comprender el presente.

De cara al exterior, necesitamos superar el problema del aislamiento y la marginalidad para poder conseguir más apoyos. Las campañas antirrepresivas tienen que tener la mayor visibilidad posible, por ello, es de vital importancia que trascendamos el hermetismo. Ante esto, tenemos que seguir trabajando en los siguientes puntos:

– La inserción en los movimientos sociales/populares. Debemos reconocernos en las luchas cotidianas como personas que luchan contra toda esta serie de injusticias que azotan a la clase trabajadora a causa de la reestructuración del capitalismo, y que las anarquistas somos personas que también compartimos problemas comunes con el resto de mortales pero que no se encierran en épocas nostálgicas, ni se quedan contemplando los disturbios de otras partes del mundo ni se quedan en eternos debates teóricos, sino que estamos igual que otras personas en primera línea presentando batalla. Y que además, desde el anarquismo planteemos alternativas políticas realizables y permitan mantener y escalar los actuales conflictos sociales al margen de las instituciones. Solo formando parte de los movimientos populares, es decir, completamente insertos en ellos, conseguiremos que, al caer sobre nosotras la represión, tengamos una base social de apoyo amplia. Logrando esto, superaremos el aislamiento.

– Estrategias comunicativas y renovación estética. ¿A quiénes benefician cuando el anarquismo es visto como caos, barbarie, destrucción, fuego, barricadas, terroristas, etc? Exacto, a la clase dominante. Claro que de cara para dentro, sabemos las propias anarquistas que no somos esas definiciones pero de cara al exterior, ¿qué hacemos para demostrar lo contrario a estas descalificaciones? Más estética del encapuchado, los disturbios y sus justificaciones, en vez de aportar experiencias constructivas de las anarquistas en las luchas sociales. Otro punto importante es no reivindicar siempre la ideología, pues la represión no cae solo encima de las anarquistas, cae sobre la clase trabajadora en su conjunto, en concreto a aquellas personas que luchan, independientemente si son sindicalistas, comunistas, socialistas, anarquistas o sin ideología definida, hasta sobre aquellas personas sin recursos que terminan cometiendo pequeños delitos. Resaltar siempre la ideología (¡son anarquistas y por eso los encierran!) en vez de su condición social (trabajadora, en paro, precaria, estudiante, …) en las campañas antirrepresivas solo servirá para movilizar a anarquistas minimizando la posibilidad de conseguir adhesiones de personas no anarquistas. Sin embargo, la reivindicación de la ideología de la represaliada tendrá más o menos éxito dependiendo del grado de inserción del anarquismo en los movimientos populares, lo cual indica que existe una retroalimentación entre estrategias comunicativas e inserción social. También es importante presentar una imagen cercana de las represaliadas: como vecinas, personas integradas en el barrio y con buenas amistades, que poseen una conciencia social y por ello luchan por causas justas, evitando que las represaliadas se vean como locas, extrañas y antisociales.

Una buena estrategia comunicativa debe enfocarse a lograr el máximo apoyo y difusión posibles, y debe encaminarse a despertar la solidaridad de otras personas al margen de su ideología. Para ello hay que huir de las estéticas agresivas y la autorreferencialidad, optando por unas imágenes más cercanas.

– Multisectorialidad y política de alianzas. Como ampliación de la inserción social, la multisectorialidad es una estrategia que parte de trascender el propio sector de lucha, en este caso, tender puentes desde los frentes antirrepresivos con otros frentes tales como el sindicalismo y el movimiento obrero, el movimiento estudiantil, las mareas en defensa de los servicios públicos, movimientos barriales (vivienda, okupación, vecinales), luchas territoriales/ambientales/ecologistas, etc…, puesto que la represión nos golpea a todas las que luchan en estos ámbitos. La política de alianzas implica tejer alianzas tácticas con otras tendencias políticas con quienes compartamos objetivos inmediatos comunes (que no metodologías, metas políticas y programáticas). Esto quiere decir que tenemos que superar la costumbre de mirar hacia nuestras propias presas y solidarizarnos con represaliadas de otras tendencias políticas con las que podamos compartir espacios de lucha, así como tratar de trabajar conjuntamente para sumar fuerzas con el fin de fortalecernos ante la escalada represiva no solamente como anarquistas, sino como movimiento popular en conjunto. A través de esta propuesta, pretendemos una escalada en los conflictos y suponga además una estrategia de avance.

Unas palabras finales

De las numerosas experiencias de luchas antirrepresivas, podemos extraer importantes lecciones que nos sirvan para la reflexión colectiva, sortear los callejones sin salida y construir metodologías, hojas de ruta y estrategias eficaces. Podemos ver el ejemplo de la lucha antirrepresiva del pueblo vasco y su masividad, así como la campaña por la libertad de Alfon. En todas estas campañas se ha buscado la mayor difusión posible y que se sumen la mayor cantidad de personas a la causa. No obstante, en las campañas por la libertad de las detenidas en las Operaciones Pandora y Piñata, tuvo un enfoque más dirigido a anarquistas convencidas que a personas no anarquistas, y lo único que provocó la solidaridad de personas fuera del ámbito anarquista con estas anarquistas detenidas fueron los montajes policiales chapuceros acusándoles de terrorismo por tener libros, petardos y botes de campingás. Sirva también como experiencias la manifestación del 232º Centígrados en Madrid, donde se logró la multisectorialidad (confluencia con huelguistas de Telefónica-Movistar y trabajadoras de Correos, entre otros colectivos de barrio), aunque no se superaron algunos lemas autorreferenciales como «Muerte al Estado y viva la anarquía». Ese mismo día tuvo lugar también la manifestación #LluitantRespondrem en Barcelona, en cuya convocatoria acudieron casi todas anarquistas, y además hubo destrozos en el transcurso de los actos, terminando disuelto la convocatoria por cargas policiales y pasadas unas horas, 6 personas fueron detenidas. En cambio, en la convocatoria de Madrid, los actos terminaron más tarde y el ambiente ha sido propicio para sumar apoyos y tejer lazos de unión entre quienes acudieron.

El balance muestra diferentes resultados: mientras que en Madrid el saldo salió positivo al darse unos pequeños pasos adelante pese al pequeño fallo de la autorreferencialidad en algunos lemas, en Barcelona, la cuenta de resultados dio negativo, ya que se optó por una metodología que se demostró no funcionar y que provocó más rechazo que simpatías de cara al exterior generando justificaciones de culpabilidad contra las anarquistas, contando además con las 6 detenciones horas después.

Ahora con la entrada en vigor de la Ley Mordaza que supone un retroceso más de libertades y derechos civiles, urge que trabajemos en formar frentes antirrepresivos que trasciendan nuestro propio mundo militante, que se integren en la lucha social y suponga además un cambio radical en nuestros métodos de lucha en otros ámbitos. Podríamos entender el movimiento antirrepresivo también como una forma de ataque y no solo defensivo. Normalmente tendemos a reaccionar frente a la represión de una forma defensiva pidiendo como mucho la libertad de nuestrxs compas encarcelados, hay que dar un paso más y avanzar de la necesidad militante a la necesidad social, hay que hablar de las chavalas que son diarimente secuestrados por el estado por temas relacionados con el trapicheo de drogas o pequeños robos, esto es al final el 90% de los casos de gente que entra a prisión, dato como que somos unos de los paises con menor tasa de crimen y mayores condenas creo que son importantes a la hora de analizar todo esto. Las únicas armas contra la represión son, no solo la solidaridad y el apoyo mutuo, sino también la inserción social, las estrategias comunicativas y la multisectorialidad. Aspiremos a superar las dinámicas de acción-reacción y el aislamiento. Hay que ganar en eficacia y hacer que enfrentar la represión no sea una carga de trabajo extra, sino que dicha carga de trabajo se traduzca en un mayor fortalecimiento de los movimientos populares al tejer redes de solidaridad más sólidas para que nuestra legitimidad supere la legalidad burguesa.

Lusbert y Angel Malatesta
Con aportaciones de Bari y MrBrown

Anarquía a pie de calle (II)

Primera parte aquí.

¿Lucha social?

“Mañana para los jóvenes estallarán como bombas los poetas; mañana las caminatas por el lago, las semanas de perfecta comunión; mañana los paseos en bicicleta en las tardes de verano. Pero hoy la lucha” (W.H. Auden, España, 1937).

Vaya por delante que quien les habla de lucha social se tiene por individualista. Soy individualista porque soy celoso de mi independencia y criterio personal, pero también por razones pragmáticas. Para implicarse en la lucha social es imprescindible conservar grandes dosis de individualismo: para no corromperse, para no dejarse arrastrar por impulsos gregarios y apetitos mayoritarios, para saber por qué haces lo que haces.

Pero me repugna el aristocratismo; soy individualista porque quiero, para todos y cada uno, una personalidad única y fuerte, y que cada uno desarrolle su “yo” sin límites ni cortapisas ambientales. Pero, ¿cómo domar el ambiente para que sean los individuos los que le den forma a este y no este el que de forma a los individuos? Implicándose en la lucha social, no hay otra.

Nuestro desprecio por la sociedad actual puede llevarnos a la resignación. Tanto a un nihilismo satisfecho (“nada se puede cambiar y es mejor vegetar y vomitar esporádicamente a través de las redes sociales o un artículo bien escrito”) como a la actitud del náufrago (“aunque no queramos este es nuestro hábitat, adaptémonos y salvemos los pocos muebles que llegan a la orilla”). Pedir que todo arda sin mover un dedo o enzarzarse en pedir reformas electorales o iniciativas legislativas populares son muestras de ambas actitudes. Resignación más o menos activa, pero renuncia al fin.

Resignarse es rendirse, y eso es morirse por dentro. Hay que implicarse en la lucha social porque sólo así conseguiremos cambiar algo, aunque sólo sea una parte de la porción de mundo que nos ha tocado en suerte. Pero hay que implicarse con grandes dosis de realismo; tanto realismo que duele a veces.

Hay que saber antes que nada que puedes implicarte, tener éxito, conseguir cambiar la vida de la gente, sin que en nada hayan cambiado sus mentes. Una persona mezquina hambrienta no es diferente de una persona mezquina satisfecha salvo en su capacidad material para hacer daño. Tendrá más o menos posibilidades, distintas prioridades, pero en lo sustancial es igual. Idealizar a las “clases sociales” (categoría que si no se limita a fijar la línea entre oprimidos y opresores sirve de poco) es absurdo. Ni el obrero es el personaje de los carteles soviéticos ni la obrera es la de los carteles americanos de la II Guerra Mundial. Los excluidos y los marginados, los “sin-clase”, entre los que me encuentro por nacimiento y vocación, no responden tampoco a una visión romántica prefijada de nómadas y espíritus libres. Somos seres de carne y hueso que no pueden ser observados desde fuera, sino vividos desde dentro.

Poner defectos o cualidades donde no los hay de forma ingénita es una fuente de injusticias o expectativas frustradas. Los que trabajamos por la revolución tenemos que tener una cosa clara: ésta no se hará con superhombres nietzscheanos; se hará con personas con prejuicios, cargadas de tabúes, lastradas por ideas machistas, racistas y xenófobas. Ese es el material humano de las revoluciones porque la gente no cambia de un día para otro por mucho que se intenten cambiar los acontecimientos. El entusiasmo inicial tamiza esas actitudes, pero sin una pedagogía previa no podemos pretender que las personas tiren su equipaje mental de forma instantánea.

¿Seguro que cambiando las condiciones materiales no conseguimos cambiar las condiciones mentales? No necesariamente. Kropotkin es uno de mis pensadores de referencia, y después de haberlo estudiado y tratar de llevar a la práctica algunas de sus propuestas –las que me parecían más urgentemente realistas– puedo confirmar que al menos en algunos presupuestos de La Conquista del Pan (1892) se equivocaba. O más bien, para ser justos con Kropotkin, el error no consiste en la tesis principal de esta obra (capital, por otro lado), según la cual la primera cuestión a solucionar de la revolución es la del pan; los que nos equivocamos somos nosotros si creemos que por ser la primera debe ser la única. La primera misión del fenómeno revolucionario debe ser, ciertamente, saciar las necesidades básicas, pero seremos muy ingenuos si creemos que este sólo hecho derrumburá toda forma de jerarquía. Si como ya nos recordaba Tolstói no se le puede hablar de cosas no comestibles a alguien con el estómago vacío¹, tampoco podemos esperar que llenando ese estómago obtengamos un cambio conductual en esa persona. Podemos dar abrigo, techo y pan como nos recomienda Kropotkin, pero si las estructuras mentales capitalistas no se han tambaleado, las mejoras de las condiciones materiales no habrán modificado en los sustancial la naturaleza ni las aspiraciones de los afectados. Podemos crear una sociedad de necesidades satisfechas e igualitarismo económico que no por ello, si no se hace un trabajo de fondo, quedará erradicado el poder y la sumisión. Kropotkin decía que si la gente tenía los medios de producción ya no necesitaría arrastrarse ante un Rothschild; no se arrastraran por pan, pero pueden someterse igualmente por el influjo de la fuerza bruta, el miedo o el engaño. La igualdad económica no erradica el autoritarismo ni los vicios jerárquicos, ni borra de un plumazo los tics capitalistas.

Esto puede comprobarse con el ejemplo de las comunas y comunidades de resistencia. Una microsociedad que se organice con un modelo anarquista, y en la que este modelo se demuestre eficiente y eficaz, puede ser una muestra de que la anarquía funciona “demasiado bien”, porque consigue mejorar las condiciones de vida de los afectados, saciar sus necesidades, pero con muy poco esfuerzo por parte de estos. No se puede crear una oasis de anarquía rodeado de un desierto de capitalismo, porque tarde o temprano la arena te entra por la puerta².

La mayoría de comunidades libertarias de finales del siglo XIX y principio del XX, y aún las comunas hippies de la segunda mitad del pasado siglo, fracasaban por una cuestión muy clara: se constituían en comunidades cerradas, aisladas, sin ser conscientes de que la gente no deja su “vieja mentalidad” en la entrada. Esto ya lo explicaba Reclús en su texto Las Colonias Anarquistas (1902). La sociedad no tiene vida propia ajena a la de sus miembros, sin embargo la existencia de cierta psicología colectiva, de grupo, la hace comportarse como un organismo vivo. Como tal, muere si permanece encerrado y sin aire, y vive cuando se ventila, cuando respira y se nutre del exterior.

Esas cualidades centrífugas y centrípetas de las que que hablaba en el artículo anterior, no son sólo aplicables a distintos tipos de anarquismo, sino también de comunidad y de militancia. En mi experiencia comunitaria he podido comprobar que los periodos de aislamiento y endogamia forzada mueven a la depresión y la desmovilización, pero cuando se interactúa con el entorno en el que se está inserto y se reciben estímulos del exterior el organismo que es la comunidad se renueva y se revitaliza. Lo mismo pasa con la militancia. La actividad centrada en el propio grupo, en el propio movimiento, que no se abre y se expande ni quiere relacionarse con el exterior, es inútil y tiende a la esclerosis. Es imprescindible moverse hacía afuera, irradiar. La sangre que no circula se tromba y produce gangrena; el movimiento es la base de la vida, la base del cambio.

Pero se me preguntará: ¿por qué enredarse en la lucha social si el cambio material no tiene las repercusiones inmediatas que se pretende? Y en caso de que fuera deseable, ¿qué estrategia seguir?

La gran aspiración anarquista revolucionaria, y la de mayoría de movimientos sociales, es llegar a la gente. Puede que a través de la lucha social, de ayudarles y promover vías de autogestión, su mentalidad no cambie, pero es esa la única forma real de llegar a ellos, de entablar contacto. Entiendo las buenas intenciones, pero a una familia que busca alimentos en la basura, que está discriminando entre lo podrido y lo descompuesto, no se le puede hablar de las virtudes del veganismo o de los malos efectos de los transgénicos; suena a insulto, a broma macabra. Esas cosas, que realmente son una muestra de consciencia, interesan cuando uno tiene sus necesidades básicas satisfechas y un estatus estable; al desnutrido lo que le interesa es no morirse de hambre. Cuando se hablan de cosas ajenas a la realidad inmediata de la gente y tratamos de arrastrarlos a nuestro terreno, en vez de evaluar que tiene nuestra forma de concebir el mundo que ofrecerles a ellos, estamos estableciendo una línea entre la gente sin ideología y el anarquista que, mentalmente, no dista mucho de la que hay entre el desposeído y el propietario: intereses distintos cuando no contrapuestos.

Hay que analizar qué interés legítimo y coincidente con nuestras ideas y praxis tiene la gente y tratar de meterle mano. La FAGC se dio cuenta en 2011 de la alarmante necesidad de vivienda que había en la Isla de Gran Canaria: entre 25 y 30 desahucios diarios con 143.000 casas vacías en el archipiélago. La gente necesitaba techo; pues eso había que ofrecerles, porque nuestras herramientas son ideales para ello y porque históricamente, desde la Comuna de París al Movimiento Okupa, ha sido parte de nuestro acerbo.

Ya he dicho que con la política del pan, siendo lo prioritario, no basta. Hay que usar grandes dosis de pedagogía (alejándose radicalmente del adoctrinamiento y el proselitismo), socializar herramientas formativas, fortalecer la independencia de la gente y crear círculos de compromiso dispuestos a no perder las conquistas conseguidas. Sí, el pan no lo es todo; pero es la única forma de que esa entelequia informe e indefinible a la que llamamos “pueblo” te tenga en cuenta y te distinga de los vendedores de humo. Sí, la propaganda por el hecho tiene sus límites, y mostrar el camino correcto y recorrerlo no es suficiente para que otros lo hagan; pero es la forma más honesta y coherente de difundir una idea y de intentar que la gente la adopte. La vía vivencial, de hacer lo que se predica, es lo único que te legitima a poner una propuesta encima de la mesa. Si no lo has vivido antes no me lo vendas. Darle a las necesidades básicas la prioridad que les corresponde, y no ofrecerle poesía, liturgia o escolástica al que necesita proteínas es la única forma de empezar a hablar en serio, la única forma de no demostrarse enajenado de la realidad.

Ciertamente los pruritos capitalistas y los raptos de burguesismo pueden permanecer en la mente del que gracias a tu ayuda ha dejado de ser un paria. Alejado de la miseria quizás se incremente más esa mentalidad consumista. Pero si se ha conseguido cambiar su situación vital a través de procedimientos libertarios, con tácticas de acción directa al margen de la legalidad, aunque esto no altere la psique del afectado, la realidad es que el hecho, el ejemplo, queda y subsiste, y es lo que sirve de referente para demostrar que si el material humano falla, las ideas y las prácticas no. De todas maneras, basta con que en uno de cada diez individuos germine la semilla de tu ejemplo de apoyo mutuo o autogestión para que la lucha social iniciada haya valido la pena.

Wilde nos hablaba en su El Alma del Hombre bajo el Socialismo (1890) de lo aburridos que eran los “pobres virtuosos”. Exigir que los pobres sean virtuosos, además de pobres, no es una cuestión de “aburrimiento”, si no de brutal e injusta insensibilidad. En la lucha social podrás descubrir personas que llevan años sin socializarse con nadie, que han sido excluidas de las más mínimas comodidades, que llevan décadas viviendo en estado de guerra permanente, que sienten que cuánto les rodea es hostil. Lo raro no es que desconfíen o incluso traten de aprovecharse de quien le tienda una mano; lo raro es que no se le tiren a la yugular. En vez de eso, muchas personas que han sido tratados como fieras peligrosas desde la infancia, constantemente hostigadas por su entorno, se embeben de una solidaridad dada a cambio de nada, salvo de compromiso, y de una forma de actuar que no acepta liderazgos ni servilismos. Se embeben tanto que la reproducen. Aprenden a ayudar a los demás, abren casas para familias sin hogar tal y como se les abrió a ellos; llegan a darse cuenta de que el siguiente paso está en defenderse por sí mismos, en la autonomía; la ilegalidad a la que antes recurrían por necesidad ahora tiene una finalidad más profunda. Puede que empiecen a interesarse por las ideas que les han llevado hasta ahí y empiecen a hablar de anarquismo; y si no, al menos ya no desconocen ese término ni lo temen. Se produce en ellos un cambio de paradigma.

Sin embargo, deberíamos de tener una cosa muy clara: el modelo anarquista que proponemos no necesita convertir a la gente en anarquistas para funcionar; sería aberrante. El anarquismo destinado a los anarquistas es chovinismo. El anarquismo es útil cuando se dirige a los que no son ni serán anarquistas. Es ahí cuando se demuestra que un proyecto y un modelo funcionan.

Nuestro objetivo es llegar a los que nada tienen, no para hacerlos anarquistas conscientes, sino porque sólo ellos, los que más sufren y padecen, tienen motivos objetivos para querer cambiar de vida y la razón para romper convulsamente con todo. El mensaje anarquista de libertad y autonomía acoge a toda la humanidad; el de tres comidas diarias y un techo sobre la cabeza sólo puede ir destinado a los que carecen de ello. La anarquía para los satisfechos, para los aburridos intelectualmente, es un artefacto inútil. Los principios libertarios son asumibles por todos, pueden cambiar la vida interior de quién los asuma, sin importar su ascendente; pero su programa económico y social va dirigido a cambiar la vida de los que hoy comen barro. Por eso es imprescindible intervenir en esa lucha; no hay otra forma de cambiar lo que nos rodea.

¿Cómo hacerlo? Desde dentro, sin partenalismos ni dirigismos. La táctica del “paracaidista” que salta sobre un conflicto, venido de quién sabe dónde, para arrojar luz, es la táctica del fracaso. Sólo cuando se te ha visto mancharte, sudar y sangrar estás legitimado para intervenir, y ni siquiera eso vence todos los recelos. Se debe crear un proyecto en el que las diferencias entre los anarquistas que lo inician y las personas generalmente no ideologizadas que lo vayan integrando se difuminen, sin rangos, ni vanguardismos ni primacías.

Participando en las inquietudes reales del pueblo, en las que se han generado en ellos, y no en la que nosotros queremos introducirles desde fuera. Una vez hemos tomado parte de sus intereses, de su lucha, de su reivindicación, nuestra misión como anarquistas es tratar de llevarlos un poco más lejos, un pasito más allá. Malatesta lo entendió con lucidez:

“Hagamos comprender a todos aquellos que mueren de hambre y de frío, que todas las mercancías que llenan los almacenes les pertenecen a ellos, porque ellos fueron los únicos constructores, e incitémosles y ayudémosles para que las tomen. Cuando suceda alguna rebelión espontánea, como varias veces ha acontecido, corramos a mezclarnos y busquemos de hacer consistente el movimiento exponiéndonos a los peligros y luchando juntos con el pueblo. Luego, en la práctica, surgen las ideas, se presentan las ocasiones. Organicemos, por ejemplo, un movimiento para no pagar los alquileres; persuadamos a los trabajadores del campo de que se lleven las cosechas para sus casas, y si podemos, ayudémoslos a llevárselas y a luchar contra dueños y guardias que no quieran permitirlo. Organicemos movimientos para obligar a los municipios a que hagan aquellas cosas grandes o chicas que el pueblo desee urgentemente, como, por ejemplo, quitar los impuestos que gravan todos los artículos de primera necesidad. Quedémonos siempre en medio de la masa popular y acostumbrémosla a tomarse aquellas libertades que con las buenas formas legales nunca le serían concedidas. En resumen: cada cual haga lo que pueda según el lugar y el ambiente en que se encuentra, tomando como punto de partida los deseos prácticos del pueblo, y excitándole siempre nuevos deseos”³.

Lo que intentó la FAGC con el Grupo de Respuesta Inmediata contra los desahucios y la Asamblea de Inquilinos y Desahuciados fue intervenir en una aspiración real de la población (la vivienda) y lejos de las propuestas moderadas y legalistas de las plataformas y colectivos locales, llevar la lucha por el derecho al techo a otros presupuestos, más profundos y más radicales. Esa es la primera etapa de nuestra lucha. Parando desahucios de forma combativa y realojando familias sin techo en casas unifamiliares expropiadas a los bancos, iniciamos el contacto con la gente y demostramos que se podía actuar de otro modo, más comprometido y más eficiente.

Inmersos en las aspiraciones habitacionales populares iniciamos la etapa de la Comunidad “La Esperanza”, porque hacía falta una demostración de fuerza, un proyecto lo suficientemente grande y llamativo cómo para que no pudiera ser ocultado a la opinión pública por mucho que se quisiera. Ante el victimismo de que hagamos lo que hagamos se nos silencia, hemos intentado mostrar que a despecho de las manipulaciones y tergiversaciones mediáticas, si se hace algo de gran magnitud es imposible que pueda quedar solapado y barrerse bajo la alfombra (a esto obviamente hay que sumarle una gran capacidad de trabajo y saber diseñar una buena “guerra de tinta”). Llega después una tercera etapa que ya explicaré en el último artículo de esta serie.

Lo hecho en esta segunda etapa tiene su importancia y significado, no sólo evidentemente por su dimensión social, por dar techo a un número tan ingente de adultos y menores, sino también en otros aspectos. En nuestro movimiento parece que ciertos think tank se disputan una ridícula hegemonía. Invalidan lo que dice su competidor con palabras, siempre con palabras. Si una propuesta se les antoja muy radical o muy reformista no tratan de contraponerle un ejemplo práctico que la desbarate; le contraponen otra idea. Cuando se criticaba por ejemplo la ILP de la PAH por inservible y legalista, la crítica podía ser muy certera (de hecho lo es), pero si no se le contrapone otra alternativa a la gente no le quedará más remedio que aferrarse a la única alternativa que hay puesta sobe la mesa. Nosotros criticábamos la ILP y como aval a nuestra crítica dimos vida, por ejemplo, a “La Esperanza”. Lo que hace falta es un action tank, grupos de acción que realicen actos que secunden nuestras teorías, un respaldo activista con resultados reales y cuantificables. Eso es lo que válida tu propuesta; lo demás es retórica, verborrea y papel, y eso tiene el mismo peso que un puñetazo sobre la mesa de un bar.

Empero, hay que ser realistas: si la línea vivencial debe quedar borrada entre los anarquistas y los realojados (pues esta es la única manera no sólo de evitar vanguardismos sino de propiciar la autoemancipación y sumar a los afectados a la lucha por su propia causa), hemos de saber detectar las diferencias y semejanzas de nuestras aspiraciones; ahí se hallan lo límites de la lucha social. Personalmente, como anarquista, y en relación a la Comunidad “La Esperanza”, podría preferir una ocupación sine die, un desafío constante al Estado y las entidades financieras, sobreviviendo en situación constante de emergencia. Pero precisamente, como anarquista, no me gusta disparar con pólvora ajena. No puedo lanzar a la gente, cargados de hijos menores, a luchar con molinos de viento espoleados por mis ideas. Debo conocer y comprender cuales son sus aspiraciones reales y hasta dónde están dispuestos a llegar y si ya han llegado lo más lejos que les era posible no tratar de forzarles a iniciar formas de lucha que aún no han nacido en ellos. La necesidad crea al órgano, y esas formas se darán de forma natural cuando sea el momento. Hay que entender que si para mí la ilegalidad es una opción y un recurso a defender, para ellos es una obligación nacida de la necesidad. Después de la guerra la gente quiere paz y eso no es criticable. En base a eso redacto documentos legales que me repugnan porque la comunidad de la que formo parte los necesita y confía en mi capacidad para darles cuerpo. “La Esperanza” ha decidido regularizar su situación, lanzar un órdago: si sale mal seguirá al margen de la legalidad y no abandonará las viviendas; si sale bien habrá conseguido vencer en su desafío al Sistema y haberle arrancado sus demandas.

¿Conseguir esas exigencias será el final de todo? Como Comunidad puede que sí, pero a nivel de estrategia global de la FAGC evidentemente no. Conseguir esta victoria sería un ejemplo de lo que se puede lograr mediante la ocupación, sometiendo a los bancos y los poderes públicos a una política de hechos consumados. Debe y puede reproducirse en más sitios. Pero si a esta estrategia no se le da una vuelta de tuerca final su resultado práctico, de tener éxito y propagarse de forma viral, será llenar el Estado de viviendas de protección oficial y aumentar el parque de vivienda pública, y ese no es nuestro objetivo. Nuestro objetivo es darle techo a las familias, pero cambiando completamente el paradigma social.

Cuando se interviene por ejemplo en la lucha sindical y se intenta una mejora en los horarios o en los salarios, lo que conseguimos, si triunfamos, es una victoria parcial y una demostración de fuerza. Esa necesidad de práctica, de hacer músculo, es lo importante. Pero si nos quedamos en la disminución de horarios o en el aumento de salario en sí, no haremos más que reforzar el modelo capitalista laboral. Si decimos que nuestras aspiraciones son otras, habrá que demostrarlo con hechos y no sólo con una declaración de intenciones. Lo mismo ocurre con el tema de la vivienda. La idea es que nadie se muera en la calle, esa es la prioridad; pero entendiendo que lo que propicia que eso pase es el modelo actual, y que por tanto no sólo hay que poner remedio a sus consecuencias sino también a sus causas. Dando techo y consiguiendo que no se eche al realojado de su casa demostramos fuerza y respondemos a una atrocidad, atajándola; pero si detrás de eso no hay un tercer movimiento esa demostración se quedará ahí, como un fin en sí misma.

La lucha no es un automatismo (luchar por luchar). Se lucha para destrozar barreras y alcanzar objetivos. ¿Cuándo sabes que la lucha es importante? Cuando alcanzado ese objetivo tienes la sensación de que aún no has hecho más que empezar.

¡Venga entonces el tercer movimiento!

Ruymán Rodríguez, FAGC


1 “Antes de proporcionarle al pueblo sacerdotes, soldados, jueces, doctores y maestros, deberíamos averiguar si por ventura no se está muriendo de hambre” (El trabajo y la teoría de Bondarev, 1888).

2 Aunque en honor a la verdad, a no ser que se produzca una dificultosa revolución global, cualquier forma de anarquía se dará siempre inicialmente rodeada de capitalismo, se dé en un pequeño pueblo, en una gran ciudad o en toda una región. Cambian los recursos, las competencias y la escala, pero en su imperfección es una manifestación de anarquía. Por eso tal vez yo pueda decir que he vivido en anarquía, y que es hermosa y es dura.

3 “En Tiempo de Elecciones”, 1890.

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