Del comunismo libertario al socialismo corporativo. Recorrido por la CNT durante la Guerra Civil

Miguel G. Gómez (@Blackspartak), aparecido en primer lugar en alasbarricadas

Con este artículo se pretende dar a conocer el proyecto político-económico seguido por la Confederación Nacional del Trabajo durante la Guerra Civil Española. Evitaremos dar una lectura recurriendo a palabras fetiche como «traición a los principios» o «oportunismo», que no explican la realidad de los procesos internos y mucho menos los virajes estratégicos de una organización de masas.

Cuando la CNT salió del Congreso de Zaragoza en mayo de 1936 parecía que los debates internos sobre como aplicar la ideología a lo concreto de la realidad española se habían zanjado definitivamente. En este congreso lo más importante a nivel teórico fue la Declaración del Concepto Confederal del Comunismo Libertario. En este documento se hacía un esbozo sobre cómo tenía que ser una sociedad regida bajo los principios anarquistas.

El ambiente general en la primavera de 1936 era de fuerte contestación social a todos los niveles y los ánimos estaban ciertamente muy exaltados. La posibilidad de la revolución no era en absoluto una quimera. Los teóricos del anarquismo, tales como Isaac Puente, Valeriano Orobón Fernández o Diego Abad de Santillán llevaban años esbozando modelos de sociedad comunista libertaria sin acabar de coincidir entre ellos. En Zaragoza se apostó por un modelo de comunismo libertario más basado en las ideas de Isaac Puente que en las del resto.

Las características generales eran la abolición de la propiedad privada y el establecimiento de comunas como elementos fundamentales de la nueva sociedad. A nivel industrial cada centro de producción tendría un consejo técnico-administrativo nombrado en asamblea por la plantilla de la empresa. Se coordinarían con otros centros a través de las federaciones de industria – que en 1936 estaban muy poco desarrolladas. En su descripción no dejan claro el rol de los sindicatos a partir de este momento, y se sobreentiende que se disolverían dada la consecución del comunismo libertario.

Algunos sectores tales como la enseñanza, el transporte, la construcción, entre otras, escaparían a la planificación general industrial y estarían más vinculadas a los ámbitos locales o comunales.

El punto básico, como se ha dicho, era la comuna, que tendría que confederarse territorialmente en una Confederación Ibérica de Comunas Autónomas Libertarias. Esto sería el organismo que sustituiría al Estado a nivel administrativo. Las comunas se encargarían de regir los problemas que afectan a la vida de forma democrática, de abajo a arriba, siempre teniendo en cuenta los intereses de los afectados.

En cuanto a la distribución, el Congreso de Zaragoza no aceptó el concepto kropotkiniano de “la toma del montón”. En cambio, apostó por una carta del productor y del consumidor que tendrían que gestionar las comunas mediante bonos de adquisición. Cabe notar que no mencionaban la figura de la cooperativa.

Por ahora el treintismo había quedado acallado. Acató esta decisión del movimiento sindical libertario. También apoyaban la propuesta de la CNT de iniciar un acercamiento con la UGT para formar una alianza sindical de carácter revolucionario. Para los sindicatos treintistas de Oposición lo importante fue reintegrarse en la central anarcosindical.

Todo esto fue la base teórica de la Revolución española de 1936. A primeros de junio se produjo la gran oleada de ocupaciones de fábricas en Francia. Se llegó a pensar que la revolución social iba a estallar en ese país. Pero a fin de cuentas tuvo lugar en España al ser derrotado en buena parte del territorio el levantamiento militar fascista.

El gran dilema que afrontaron los Confederales los primeros días de la guerra fue si había que tomar el poder, como proponía Joan García Oliver en su “ir a por el todo”, o si había que establecer un pacto antifascista, como proponían Federica Montseny o Mariano Vázquez. La propuesta que obtuvo más adhesiones fue la de Manuel Escorza que asumía el pacto antifascista en lo público y formal, mientras que la economía y las milicias quedarían bajo el control de los trabajadores. Es decir, se apostó por hacer la revolución social mientras se colaboraba en la derrota del fascismo.

Esta decisión se tomó por la dificultad de prever lo que iba a ocurrir en otros territorios españoles. Si en Catalunya la CNT era hegemónica y tenía la sartén por el mango, en otras zonas de la Península (ya que las islas habían quedado bajo el control de los sublevados fascistas) la CNT no se veía capacitada para imponer la revolución libertaria. Se dice imponer, precisamente por que era lo que proponía García Oliver que, si bien en Catalunya podrían hacerlo, otra cosa muy distinta era intentarlo en Madrid o en Valencia. También entendamos que por entonces se tenía la victoria militar por segura. Valía la pena esperar.

Así pues, el movimiento libertario fue quien le propuso al resto de las fuerzas antifascistas la creación de una nueva entidad llamada Comité Central de Milicias Antifascistas, que poco a poco fue tomando otras atribuciones más allá que la cuestión meramente militar, por ejemplo, la Comisión de las Industrias de Guerra. Pero este organismo no era un doble poder, si no que duplicaba el poder existente, la Generalitat, sin cuestionarla ni amenazarla. Y, además, el movimiento anarcosindicalista colaboró con la Generalitat para gestionar áreas enteras de la sociedad, tales como la economía o la enseñanza. Así se crearon en agosto tanto el Consell d’Economía de Cataluya como el Consell de l’Escola Nova Unificada, ambos liderados por personalidades del movimiento libertario. Y a todo esto, tengamos en cuenta, que la CNT no aprobó participar formalmente en el Gobierno de la Generalitat hasta el Pleno Regional de Sindicatos del 24 de septiembre. Es decir, que el anarcosindicalismo participaba (y dirigía) consejerías de la Generalitat antes de pertenecer formalmente al Consell de la Generalitat.

En esta primera época, el “breve verano de la anarquía”, hubo una multitud de expropiaciones de empresas de carácter voluntario. Muchos patronos se habían marchado del país, ante sus simpatías hacia los golpistas y su miedo a ser detenidos y ejecutados por las masas obreras. Al quedar sus empresas sin dirección muchas fueron confiscadas sin más. En el Boletín Oficial, el DOGC, la misma Generalitat aceptaba estas colectivizaciones e incluso aceptaba la ocupación de tierras propiedad de las personas que habían desaparecido de sus poblaciones. Este fue el origen práctico de una multitud de colectivizaciones de tierras en Catalunya. Incluso los ayuntamientos controlados por ERC aceptaron esta situación sin grandes problemas.

Al mismo tiempo, otras zonas peninsulares se contagiaron de la revolución social (hasta entonces en gran medida había sido política, en clave de ruptura). Si bien, en muchos pueblos y ciudades industriales valencianos las cosas sucedieron de forma similar a Catalunya, en otros lugares la revolución fue impulsada desde fuera (Aragón), o fue impulsada tanto por una CNT minoritaria como por una UGT radicalizada por la base (Asturias, Andalucía, Castilla, Extremadura, o Murcia). En todo caso la revolución era un hecho tan incontestable que casi todas las organizaciones republicanas la apoyaban verbalmente. Diferían en el modelo de revolución. No era lo mismo la revolución para Esquerra Republicana, que para los marxistas del POUM o si quiera que para los comunistas soviéticos (que también hablaban de Revolución Nacional). Pero el modelo mayoritario fue el impulsado por la CNT. En muchos lugares donde se colectivizaba en nombre de la CNT y la UGT en conjunto la fórmula que se aceptaba era la de la primera organización.

Esta pluralidad de iniciativas se tenía que sistematizar de alguna manera. La propia CNT lo reconocía y celebraba plenos de sindicatos con mucha frecuencia para establecer criterios de funcionamiento, aclarar malos entendidos y resolver los consiguientes conflictos de intereses. El aluvión de afiliación era tal que mucha gente venía de nuevas sin conocer ni los principios ni los acuerdos anteriores.

Un gran paso para ordenar este proceso revolucionario fue el Decreto de Colectivizaciones y Control Obrero de Catalunya del 30 de octubre. Fue redactado por Joan P. Fábregas y es todo un modelo para establecer una transición a un socialismo de base sindical. En primer lugar, se regulan las empresas ya colectivizadas que tendrán un Consejo de Empresa. Si no están colectivizadas, y la propiedad sigue siendo privada, se constituiría un Comité de Control Obrero. Serían colectivizadas todas aquellas empresas cuyos propietarios hubiesen sido declarados facciosos, todas las que ocupaban a más de cien trabajadores y aquellas de entre 50 y 100 que así lo decidiesen las tres cuartas partes de sus trabajadores en asamblea general. El resto solamente sería colectivizado en caso de ser aceptado por el propietario.

En el Consejo de Empresa estarían representados los sindicatos según su implantación y asumirían la responsabilidad de dirigir la empresa. Existirían Consejos Generales de Industria en todos los ramos con ánimo a planificar la producción. Para facilitar la organización de estos Consejos Generales se aceptaba la figura de la Agrupación de Industrias. Se podrían unir industrias similares en la misma fórmula jurídica.

La aceptación de un interventor de la Generalitat en todas las empresas colectivizadas puede verse como un punto polémico. Ahora vamos ahí. Otro factor de intervencionismo estatal se podría ver en los mismos Consejos de Industria, que tenían que tener 4 delegados de los consejos de las empresas de ese ramo, 8 de los sindicatos (según su afiliación) y 4 de la Generalitat nombrados por el Consejo de Economía, que presidiría este Consejo de Industria.

Decíamos que es un punto polémico, puesto que mientras el Consell d’Economia estuvo dirigido por Joan P. Fábregas había una dirección clara hacia la socialización. Por tanto los representantes de la Generalitat también venían con este encargo, rompiendo cualquier aislacionismo y corporativismo o superando los temores y la pereza para gestionar las empresas.

Pero todo cambió el 17 de diciembre de 1936, cuando Fábregas fue cesado por Tarradellas. El nuevo Consell de la Generalitat lo sustituyó por Diego Abad de Santillán, que no compartía la misma visión que Fábregas y tampoco reunía las mismas capacidades técnicas para el puesto. Además, Tarradellas lanzó a las pocas semanas la batería de 58 decretos de S’Agaró, modificando sustancialmente el carácter financiero y fiscal de Catalunya. Las colectivizaciones quedarían sujetas a una especie de capitalismo sindical controlado por la Generalitat, sin llegar a la socialización, que era lo que planteaba la CNT. En un informe del otoño de 1938, los confederales decían que la Generalitat solamente había legalizado un centenar de las aproximadamente 500 agrupaciones de empresas que existían en Catalunya. El boicot gubernamental hacia la revolución era manifiesto.

En aquellos momentos se producían dos dinámicas aparentemente contradictorias. Por un lado, existía una fuerte presión para unificar los sindicatos de CNT y UGT en una misma central. Durante el mes de noviembre y diciembre existieron algunos sindicatos locales de ramo que eran CNT-UGT, como si fueran lo mismo. Sin embargo, este proceso se frenó en seco en el invierno, y los sindicatos volvieron a ir cada uno por su lado. El otro proceso, era el de la extensión de la revolución colectivista por grandes territorios de Aragón, Valencia o Castilla, lugares donde el anarquismo a nivel local había sido marginal y ahora se formaban colectivizades libertarias sin parar.

A finales de febrero de 1937 la CNT realizó un Pleno Regional de Sindicatos en Catalunya. Por un lado, se reorganizó la estructura de los Sindicatos de Industria y favoreció la reaparición de las Federaciones de Industria. Por otro siguió con la mano tendida ante la UGT, que no parecía darse por enterada. Lo cierto es que en Catalunya la UGT estaba dominada por el PSUC, así que tenderle la mano a esa central sindical no iba a funcionar ni siquiera apelando a las bases. En todo caso, también se apostó a nivel general por socializar la economía en todo lo posible. Este proyecto se pudo llevar a cabo solamente a nivel local en algunas ciudades y a nivel general fue bastante avanzado en el ramo de la Madera. Y en medio Aragón, por supuesto.

Pero la coyuntura política no ayudaba a estos proyectos de reordenación económica. Los Hechos de Mayo de 1937 supusieron un parón en todos estos avances revolucionarios. La CNT incluso perdió la cartera de Economía de la Generalitat, siendo sustituido Santillán por el estalinista Joan Comorera. La CNT en Catalunya reaccionó centralizándose y creando una Comisión Asesora Política en julio que gestionaría las decisiones del día a día de carácter político-estratégico.

En septiembre tuvo lugar el trascendental Pleno Nacional del Movimiento Libertario de Valencia. La importancia de este Pleno radica en el cambio de línea estratégica de la Confederación. El contexto es la derrota en Barcelona en mayo, el ataque a las colectividades de Aragón en agosto, la presencia de miles de cenetistas en prisiones republicanas, y en definitiva la constatación pesimista de que la CNT solamente contaba con sus propias fuerzas y que nadie le ayudaría. Y en este «nadie» incluían tanto a la AIT como al movimiento libertario internacional, dado su reducido tamaño. Por ello crearon unos meses después la SIA, Solidaridad Internacional Antifascista, con el objeto de ampliar un poco esta base internacional simpatizante.

El Pleno aceptaba la realidad de que no era posible imponer un solo sistema económico en España y que habría que coexistir con diversos proyectos socioeconómicos (republicanos, liberales, socialistas marxistas o cooperativistas). Se proponía crear un Consejo Técnico Asesor formado por representantes de las organizaciones obreras, del Estado y de los municipios. La idea era que había ramas de la economía que debían de ser nacionalizadas y otras municipalizadas. También se pretendía el monopolio del comercio exterior, en línea con el proyecto mismo de Fábregas en el otoño anterior. Otro aspecto, era la aceptación del cooperativismo como ligazón necesaria entre consumidor y productor para evitar la especulación.

Este dictamen que salió del Pleno se compaginaba con la ponencia aceptada en el Pleno Nacional de Regionales también celebrado en Valencia ese mismo mes. Se imponía una economía de guerra y se aceptaba una especie de fusión con el Estado. Estas decisiones fueron aplaudidas por otras fuerzas políticas. La CNT estaba dispuesta a cambiar su línea política para ganar la guerra, cosa que no todas las demás organizaciones podían decir por mucho que hayan escrito contra la CNT por el hecho de hacer la revolución, la cual era su proyecto histórico.

En este sentido, vemos como este programa encaja más con la teoría o propuesta de Joan Peiró de la República Federal Sindical Ibérica. Se trata de un federalismo no solo en base territorial sino también en lo económico. Peiró aceptaba que hubiese territorios gestionados de la forma que quisieran los socialistas o los republicanos si a cambio había otros que podrían gestionarse como lo planteaba el anarcosindicalismo.

En el Manual del Militante de la CNT de octubre de 1937 se apoyaba este modelo. Entendían que la República Federal estaría compuesta por un partido republicano único, un partido socialista autoritario único, un partido libertario único y una asociación de trabajadores única por cada localidad. Cada Consejo Municipal estaría elegido por sufragio. La mitad de los puestos los tendrían los partidos y la otra mitad la asociación obrera. El sindicato y el municipio eran los elementos fundamentales de esta nueva sociedad que el propio texto llega a llamar “estado sindicalista”. Podríamos deducir que el partido libertario lo compondría el Partido Sindicalista y la FAI y quizás las demás entidades libertarias que hubiese.

El Pleno de Valencia añade a estos elementos fundamentales de la sociedad la figura de la cooperativa, pero vemos que el espíritu es muy similar también con el modelo de Peiró que recogía las propuestas del treintismo. Recordemos que esa corriente celebró en junio de 1934 un congreso, cuyos debates iban ya por esta dirección. Ángel Pestaña se había desmarcado unos meses antes del treintismo para crear su Partido Sindicalista y por ello quedó al margen de todos estos debates y eventualmente de tener influencia en la línea estratégica de la CNT, como finalmente sí la tendría el treintismo.

El siguiente hito fue el Pleno Nacional Ampliado de carácter económico, celebrado en enero de 1938 en Valencia. En lo que respecta a la economía, lo más importante fue la reestructuración de las federaciones de industria y sobre todo la creación – formalmente el 15 de febrero – del Consejo Económico Confederal, CEC. La CNT planteaba que tendría que existir un Consejo de Economía a nivel estatal como el que existía en Catalunya, pero ya que ni el Gobierno de Negrín ni la UGT tenían intención de mover ficha en ese sentido, al menos el Movimiento Libertario lo haría por su cuenta. Así pues, la CNT impulsó Consejos Locales y Comarcales de Economía, que se federarían a nivel Regional y luego se confederarían en el CEC. Añadimos que en estos momentos el CAP cambió a Comité Ejecutivo del Movimiento Libertario, incidiendo en este proceso de centralización.

Propuesta de Mariano Cardona Rosell, el CEC servía para ordenar la gran cantidad de empresas colectivizadas, talleres colectivos, industrias socializadas, huertos y campos, almacenes, cooperativas, sindicatos agrícolas o iniciativas económicas de todo tipo que controlaba o impulsaba el Movimiento Libertario. Para entonces el movimiento era toda una potencia económica. Los asuntos más importantes a los que hacía frente el CEC eran sobre legislación y arbitrajes; moneda, crédito y previsión; explotación de industrias y servicios; materias primas y sucedáneos; y distribución y comercio exterior. Cada una de estas materias tenía una comisión de trabajo. Cada Regional tendría que tener su propio CEC que se coordinaría a escala estatal.

Realizaron una gran cantidad de reuniones y controlaron una cantidad ingente de recursos. Y sus proyectos iban más allá de estas atribuciones. Por ejemplo, destacaba la propuesta de una Banca Sindical Ibérica. Este proyecto al parecer nunca se materializó, pero hubo varias ponencias en ese sentido. Muchos proyectos colectivistas y cooperativistas siempre sufrieron de gran penuria económica y un crédito monetario habría permitido la consolidación de importantes iniciativas. También se planteó una mutualidad confederal que fuese como una especie de «seguridad social» para la afiliación de la Confederación.

El Banco Sindical también se había planteado a nivel ibérico, incluyendo a la UGT. Pero como hemos dicho, esta central nunca estuvo interesada en proyectos unitarios de carácter revolucionario, así que todo quedó en manos (y a los hombros) de la CNT. El Banco estuvo mejor planteado en el Pleno Nacional de Regionales de agosto de 1938, pleno que consideraba la centralización total de la economía Confederal. Así pues, para que una empresa local pudiese comprar un producto a otra localidad que no estaba en su comarca, debía acudir al Comité Regional de Economía, que sería el mediador de la compra. Si se necesitaba adquirir un producto del extranjero entonces sería el mismo CEC el encargado de tramitarlo. Se puede observar el peligro burocrático en estas prácticas. Volviendo al asunto del Banco Sindical, cabe decir que la Regional Centro desarrolló una Caja de Compensación Confederal del Centro como medida previa a crear el Banco.

En agosto se dieron los pasos para crear Escuelas Técnico-Industriales para capacitar profesionales para poder llevar a cabo esta tarea dado que en muchas localidades no se podían constituir Consejos Locales de Economía porque no había militantes con capacidad para ello. Y como medida de excepción se incentivó la capacitación de la mujer para que pudiese sustituir en la producción a los hombres, que cada vez en mayor número, estaban en el Frente. Este último punto fue expresamente aprobado por Mujeres Libres. Otro dictamen aprobado entonces fue el de la “intensificación” de las cooperativas de consumo.

Otros asuntos que trataron estos plenos de 1938 fueron la retribución salarial familiar llegando incluso a hacer una definición de lo que se entendía como “concepto económico de familia”. Se trataba de desvincular la producción del individuo retribuyéndolo según la naturaleza de su trabajo haciendo abstracción de su familia y sus necesidades. La familia se ampliaba a todas las personas que viviesen bajo el mismo techo sin necesidad de parentesco. También se formó una Comisión Técnico-Administrativa que llegó a tener inspectores de trabajo a disposición del CEC, para comprobar las condiciones de cada lugar.

Podemos concluir notando que el Movimiento Libertario había creado un organismo nuevo, el CEC, de carácter económico-productivo, desgajado de los sindicatos. De alguna manera la central sindical CNT y todo el Movimiento Libertario funcionaban bajo la lógica de la gestión económica ejerciendo de auténtico estado sindical dentro de la República.

En definitiva, la CNT de 1938 llegó a un socialismo corporativo o “guildismo” (del inglés guild socialism o socialismo gremial, pero no en el sentido medieval sino de control sindical) que abogaba por el control de la economía bajo una mediante una corporación sindical por cada ramo de producción. Dado que la República española fue derrotada en 1939, no se pudo comprobar este desarrollo en toda su amplitud. La CNT hizo un balance en la postguerra que la llevó a renegar del viraje de 1937 y volvió a su línea comunista libertaria de 1936 que fue la que defendió durante el exilio. La praxis cenetista de 1938 cayó en el olvido, fue condenada como una desviación producto del contexto de la guerra y prácticamente nunca ha sido objeto de estudio en los ambientes libertarios. Caben muchos más estudios sobre este tema, puesto que se trata de un experimento de planificación de la economía de primer nivel, además gestionado por libertarios.

Los ciclos políticos y la moral colectiva

La muerte de Franco, los pactos de la Moncloa, el Caso Scala, la Transición, la entrada a la OTAN, la guerra de Iraq, el 15M, la huelga del 14N, la huelga feminista del 8M, el 1 de Octubre, entre otros, son acontecimientos históricos recientes que nos sonarán más o menos, pero entre ellos podemos diferenciar lo que son ciclos políticos, y otros que cambian la moral colectiva.

Dotarnos de criterios de análisis es importante a la hora de hacer nuestras lecturas políticas del momento y así tener herramientas para desarrollar nuestro trabajo político, es decir, poder tener cierta previsión y planificación para escenarios futuros. Así pues, los ciclos políticos se describen como acontecimientos acotados en el tiempo y espacio de una determinada coyuntura, con sus motivos catalizadores, los diferentes posicionamientos y bandos, los cambios coyunturales… Cada ciclo tiene su inicio y final que marca siempre un antes y un después en el tablero político de un período determinado. Por ejemplo, el ciclo del 1 de Octubre tuvo lugar desde septiembre del 2017, con una disputa creciente entre el nacionalismo español y el independentismo, y que habrá terminado con el fin de la actividad de los CDR. Durante este ciclo hubo varias huelgas generales y experiencias de autoorganización popular que hacía años que no se vivían, las cuales habrán quedado marcadas para la posteridad.

Por otro lado, el concepto de moral colectiva viene en parte de conflictos bélicos, es el componente psicológico en cualquier conflicto. La lucha de clases en estos momentos en Occidente es una guerra de baja intensidad, en el cual no se ha llegado aún a la lucha armada. La moral colectiva es un factor determinante en los procesos de cuestionamiento del sistema y de autoorganización popular. Una moral alta se traduce en mayor actividad política y social del pueblo, y de ahí, mayor permeabilidad y potencialidad para desarrollar procesos revolucionarios. Una moral colectiva alta es una ventana de oportunidades en las cuales el pueblo está más dispuesto a la lucha, y por tanto, a pensar alternativas, asumir programas políticos y tablas reivindicativas. Por contra, una moral colectiva baja indica que el pueblo no está dispuesto a la lucha con el miedo de perder lo poco que se tiene u otros factores.

Continuando con el ejemplo del 1 de Octubre, estas experiencias de autoorganización popular sobrepasaron todas las espectativas que esperábamos. Esto es indicativo de una moral colectiva alta: la gente creía por ese instante poder cambiar las cosas y se generaba el ambiente perfecto y propicio para que se lanzaran a experimentar y hacer. No obstante, una moral colectiva baja la podemos encontrar tras el fin de ciclo del 15M, pues la mayoría de la gente se fue para casa y lo poco que quedó de movimiento acabó aterrizando en los barrios. Sin tener ninguna hoja de ruta, muchos no le encontraban el sentido a seguir con las asambleas y acabaron abrazando la ilusión del “asalto institucinal”. Esta moral ya venía en declive cuando las asambleas de las plazas iban aflojando y al final el fenómeno de Podemos acabó por rematar la faena.

Aunque ambos conceptos son diferentes, están estrechamente relacionados entre sí. Si bien con éstos ejemplos podemos llegar a concluir que cuando hay una moral alta, existe la posibilidad de abrir un nuevo ciclo político, pero no siempre ocurre. El ejemplo reciente son las manifestaciones por la libertad de Pablo Hasel que no abrieron otro ciclo político, aunque sí fue resultado de un momento de subidón de la moral colectiva sin terminar de cuajar en cambios a nivel político en el país.

¿Cómo podemos leer y aprovechar esos momentos? La respuesta está en estar preparadas resultado de estar organizadas políticamente y con las lecciones aprendidas de los ciclos pasados que, o bien no supimos aprovecharlas por habernos desentendido de ellos, o bien por ser una fuerza muy minoritaria con poca capacidad de influencia social en aquel momento, o bien por tener lecturas equivocadas. Así pues, en los ciclos políticos donde reina la paz social y con una moral colectiva baja, toca organizarnos, prepararnos a través del trabajo de base, la formación política y militante, e ir construyendo pueblo poco a poco en los conflictos locales. Esta es la vía de la inserción social y la acumulación de fuerzas. Un aumento de la conflictividad social viene de la mano de un aumento de la moral colectiva, ahí es cuando el trabajo de base da resultados y nos da más posibilidades al poder multiplicar nuestra capacidad de influencia por llegar estudiadas y preparadas para el momento. En los momentos de moral colectiva alta es cuando se han de agitar aún más las calles y pasar a la ofensiva junto al movimiento popular. Ahí es cuando estaremos abriendo un nuevo ciclo político, aumentando la polarización de la sociedad a través de la lucha de clases y batallando a nivel político a través del programa, hojas de ruta y tablas reivindicativas, así como disputando la hegemonía del discurso y el relato.

Para este curso político 2021-2022 (y los venideros), lo que podríamos denominar post-confinamiento, afrontaremos un escenario complicado pero con una moral colectiva considerablemente baja y con nuestros enemigos políticos a la ofensiva y aumentando sus fuerzas (léase neoliberalismo con sus políticas antiobreras más la ultraderecha y sus discursos de odio), además con una grave crisis climática causada por el sistema capitalista. Urge superar las miserias del gueto ideológico, el activismo de hacer por hacer y las disputas internas, para pasar a traducir la ideología en un proyecto político y en un programa, que se materialice a través de la organización política y de construir alianzas entre los diversos actores del movimiento popular profundizando nuestra implicación en las luchas sociales. Si realmente nuestros objetivos políticos son revolucionarios, hemos de estar a la altura de las circunstancias y ser la opción política capaz de articular un movimiento revolucionario, potenciando la moral colectiva y abriendo un nuevo ciclo político de cambios sociales en favor de la clase trabajadora.

Afrontar el nuevo curso político

Agosto del 2021 marca el inicio de un nuevo ciclo político en el Norte Global que ya vino anunciándose en el 2020 con la pandemia. Durante este verano hemos presenciado fenómenos climáticos extremos de calor e incendios incontrolables tanto en la zona mediterránea como en Siberia y Norteamérica. A nivel geopolítico seguramente lo que más está dando que hablar y lo que más cambie el mapa geopolítico global sea la toma del poder de los Talibanes. Estas semanas las opiniones en las redes sociales giraban en torno a Afganistán. De repente, el mundo comenzaba a mirar hacia ese país tomado por un grupo fundamentalista.

Este evento dará mucho que hablar. De entrada, ya marcan varias cosas: el declive de la influencia norteamericana y el auge gigante asiático China como nueva superpotencia global. Rusia que comparte frontera con Afganistán también se han sentado a negociar junto con China. La tragedia anunciada para la población afgana está sobre la mesa, y la amenaza del uso de los flujos migratorios y refugiados por parte de países vecinos como Turquía contra la UE también es otro punto que va parejo al auge de la ultraderecha en Europa.

En lo que respecta a la población afgana, hay mujeres que formarán la resistencia contra el nuevo régimen talibán, así como iniciativas de solidaridad internacional iniciada por una federación anarquista afgana e iraní. Veremos en los siguientes meses cómo se irá desarrollando la resistencia.

Los conflictos geopolíticos, la crisis a todos los niveles (climática, económica, migratoria, de recursos, social…) y el auge de las ideologías totalitarias como la ultraderecha y el fundamentalismo nos deja un futuro complicado y lleno de incertidumbres. En este nuevo curso político se prevén, a parte de fenómenos climáticos extremos, un posible aumento de flujos migratorios, la precarización del mundo laboral que se anuncia ya en Grecia con su nueva reforma laboral, más despidos colectivos y desahucios.

Ante todo ello no nos queda más que luchar y construir pueblo. En un escenario más local, en este curso político, además del ámbito laboral y de vivienda, cobrarán importancia las luchas en defensa del territorio, desde la España vaciada por la preservación de los montes amenazados con el pelotazo de las renovables, hasta la defensa del delta del Llobregat frente a la ampliación del aeropuerto del Prat.

El anarquismo ha de resolver el problema de falta de claridad política para afrontar el nuevo ciclo que está llegando. Tenemos a nivel general un movimiento popular muy disperso y atomizado. Nuestro papel sería generar alianzas y darnos un programa para así articular un movimiento popular estructurado y cohesionado como sujeto político desde un proyecto socialista libertario. Ésta es la unidad popular: la convergencia de los movimientos sociales de diferentes ámbitos (laboral, vivienda, territorio, LGTBIQ+, migración, feminismos…) con un programa de mínimos compartidos. Para ello hace falta que el anarquismo sea una opción política capaz de activar un nuevo ciclo de luchas con un horizonte revolucionario, que a través de la inserción social consigamos aumentar nuestras fuerzas como clase trabajadora. Como anarquistas, hemos de superar la división y la atomización articulando un movimiento político estructurado de organizaciones: organizaciones políticas, estudiantiles, juveniles, no-mixtas, ecologistas, sindicales…

Esto significa quitarnos los principales lastres como la mitología alrededor de la CNT histórica impuesta desde la CNT del exilio y anclados en el pasado, de la misma manera que sus formas espectaculares de la lucha que están lejos de ser ejemplos palpables de construcción popular, y en su lugar se manifiesta en la estética del disturbio y lo contracultural, dejando el anarquismo como una bella utopía, un estilo de vida, una filosofía política o simplemente rebeldía adolescente. Otro gran problema es el relevo generacional. Las nuevas generaciones que entran en contacto con el anarquismo, en buena parte lo hacen por lo estético y vivencial retroalimentando estas viejas miserias mientras que la militancia más veterana se aleja cada vez más de lo libertario por su incapacidad política.

Por ello es vital un cambio en la cultura política y militante para recuperar el anarquismo como ideología, praxis y proyecto político actual, aprendiendo y superando los errores del pasado para ser capaz de articular grandes movimientos de masas, revoluciones sociales e implementar sociedades libres y soberanas desde el socialismo libertario.

Razones contra el ecoleninismo de Andreas Malm

La literatura climática tiene una nueva estrella: el sueco Andreas Malm. El pasado otoño se publicó El murciélago y el capital, un muy buen ensayo para explicar el origen del virus SARS-CoV-2 y para introducir la crisis ambiental generalizada provocada por el capitalismo, de la cual el coronavirus es solo una de sus manifestaciones. Como indica Malm, el coronavirus es una bala y el cambio climático es como una guerra. Lo que deja entrever su dialéctica del desastre es que efectivamente detrás de esa guerra y estas balas, hay un general ordenando el ataque y ese no es otro que el capitalismo.

Pero por desgracia, el libro no se limita a esta parte brillante e indiscutible, sino que se sumerge en proponer inventos del TBO político-sociales, como se refirió un compañero a las distintas alternativas que alegremente suelen circular por los espacios ecologistas en una charla inefable que fue un ejemplo palmario de estas ideas: la exposición de Nate Hagens en Valladolid en un lejano 2019.

En primer lugar, el autor acierta en situar el capitalismo como agente promotor de la crisis ambiental, para después descartar tanto el colapso fortuito del capitalismo, como su reforma en clave socialdemócrata como su superación en clave anarquista -aboliendo el estado-.

La propuesta de Malm se reduce a la necesidad de dirigir desde el estado la caída del capitalismo fosilista. Partiendo de la necesidad compartida de transitar a una nueva civilización que elimine el capital como origen de la crisis ambiental, vamos a señalar los puntos ciegos del comunismo de guerra que Malm propone contra la crisis climática.

1 El fetiche del estado ecologista.

Malm plantea una defensa cerrada de la necesidad de dirigir la necesaria transición ecosocial desde el Estado. El problema es que el concepto de Estado que maneja Malm es una suerte de administración de las cosas, una estructura administrativa que gestiona los recursos y media entre los intereses contrapuestos. Siendo así, se entiende la necesidad de poner a este superadministrador a trabajar por un buen capitaloceno.

Malm propone, claro, una toma del Estado que habilitaría tomar las posiciones de fuerza suficientes para hacer descarrilar al capital fosilista y forzar una economía política sostenible. Todo esto además en el tiempo récord al que obliga la emergencia climática en la que estamos por haber agotado el tiempo que quedaba antes de desencadenar los peores efectos sobre nuestra civilización.

El problema es que esta concepción del estado es falsa, tramposa y posiblemente negligente. El Estado no es esa administración de las cosas, no es un órgano neutral de mediación entre particulares. El Estado es la estructura social que permite el gobierno de las personas, y más en concreto, de sus voluntades. De ahí que el estado como agente ante la crisis climática puede ser un aliado tremendamente eficaz. Lo que se omite es que esta apuesta nos dirige a los escenarios que habitualmente conocemos con el neologismo de ecofascismo, lo que sería el Behemoth climático de G. Mann y J. Wainwright. La idea de que el Estado es una máquina, una cosa que se puede poner bajo el control de un programa internacional de mitigación de emisiones y transición ecológica es un auténtico idealismo enmascarado en el peor de los oportunismos. La existencia de Estados nacionales por todo el globo parece ofrecer la oportunidad perfecta para disponer de ellos al antojo que se considere.

Para Malm el ejemplo claro de esta posibilidad es la revolución bolchevique, en la que un reducido grupo de militantes revolucionarios tomaron un Estado mastodóntico, pararon la guerra imperialista e iniciaron una titánica reconversión económica y política desde ese estado. Ese ejemplo sirve a Malm para proponer que necesitamos un periodo similar a ese comunismo de guerra, un estado de movilización permanente con el que vencer al capital fósil y sentar las bases de una NEP ecológica. No es el objetivo de estas líneas cerrar el balance que el movimiento socialista internacional tiene que hacer de la experiencia soviética, pero desde luego proponer la etapa del comunismo de guerra como objetivo político del ecologismo es un despropósito inexplicable teniendo en cuenta que dicha fase fue una salida coyuntural e improvisada para encauzar una revolución en medio de una crisis global interimperialista.

Existe una mitificación del asalto bolchevique al Imperio Ruso que centra su atención en la relevancia del Estado en el proceso y obvia que dicho Estado fue una pieza entre otras que los bolcheviques tuvieron que cooptar para abrir camino a la revolución, pero que ni la revolución fue el Estado ni posiblemente el Estado fuera la pieza clave del proceso. La conquista de la consciencia de obreros y soldados, de las estructuras del movimiento popular cristalizadas en los soviets, de las innovaciones técnicas que permitieron poner las industrias a su servicio…La propuesta de la toma del Estado sería más creíble si no tuviésemos en la historia otras tomas de estados menos idealizables: desde Burkina Faso al socialismo del siglo XXI.

2 La absurda critica del anarquismo antisemáforos.

La banalización del Estado pasa por una previa crítica al anarquismo que resulta inexplicable. Malm apunta contra el anarquismo posterior a la caída del muro de Berlín, a “cambiar el mundo sin tomar el poder” de J. Holloway. En realidad, Malm no está apuntando contra el anarquismo sino contra el movimiento antiglobalización muerto y enterrado tras la época de las grandes cumbres de finales de los años 90. Malm sitúa como icono del anarquismo a James Scott, al que postula como teórico de un anarquismo que propone la desaparición del Estado y la autorregulación popular, que centra en el ejemplo de “la desaparición de los semáforos”.

El anarquismo, para bien o para mal, no es esto que nos critica Malm. El anarquismo no postula la desaparición del Estado sino su abolición, una destrucción activa y que necesariamente implica la sustitución por otra estructura que sea, efectivamente, un superadministrador de las cosas y no un gobierno de las personas. El anarquismo que Malm desconoce es el de otro antropólogo: David Graeber. Un anarquismo pragmático, concreto, militante y revolucionario -aunque políticamente endeble desde hace décadas. Este anarquismo nos acerca más a Rojava que a Chiapas, lo que implica tener que acercarse a situaciones mucho más complejas y que tienen más que ver con ejercer el poder que con tomarlo.

Malm señala cómo durante la pandemia ha sido el lugar tanto de experiencias de apoyo mutuo como de la aparición de mafias y cárteles que han aparecido allí donde el Estado ha perdido el control, como prueba de la necesidad de un Estado en nuestra época. Pero lo cierto es que de nuevo se idealiza el Estado como puesto de mando de nuestras sociedades, y aquí es donde el anarquismo tiene mucho que decir. El Estado es el producto de unas determinadas relaciones sociales, las cuales están mediadas por la mercancía, el espectáculo y el poder. La transformación social que necesitamos para destruir al capital fosilista pasa, necesariamente, por la destrucción del Estado que le acompaña. Eso no significa apagar los semáforos y cerrar los edificios de la administración tributaria y el ejército. Destruir el Estado fosilista significa reemplazar la actividad del Estado por formas de administración populares que nazcan de otro tipo de relaciones sociales. Para el anarquismo, estas relaciones están definidas por la reciprocidad y la libertad, ahí está el núcleo de su cultura política. Lo que no es definitorio del anarquismo es cómo deben ser las formas de administración que permitan desarrollar esas relaciones sociales sin dominación. Más o menos centralizadas, más o menos globales, más o menos militarizadas. En cualquier caso, la propuesta anarquista pasa por la eliminación del Estado por ser, precisamente, el corsé que impide que los problemas sociales tengan soluciones autónomas. El caso del cambio climático es palmario, pero no es el único.

Las limitaciones del Estado para la gestión de los eventos que nos depara la crisis ambiental han quedado bastante patentes en el macabro fracaso de los Estados del primer mundo en la gestión de la pandemia de 2020. Las mayores cifras de enfermos y muertes han acompañado a las medidas más duras de confinamiento y represión social. A diferencia de las sociedades asiáticas, sudamericanas o africanas, en las que una mayor autonomía técnica y social han permitido el uso de una suma de remedios independientes del capital farmacológico y de las instituciones interestatales como la OMS. El caso Chino puede ser el más paradigmático, dado que el Estado Chino no es precisamente una institución poco dominante y, sin embargo, las medidas más efectivas respecto a confinamientos y control de la pandemia han emergido de las estructuras con mayor participación popular y más localizadas.

3 Narrativas para un mal relato.

El comunismo de guerra de Malm más que una propuesta teórica cerrada, siendo honestos, hay que entenderlo como un recurso retórico. De hecho, como la respuesta al recurso retórico dominante en la escena ecologista que vino desde EEUU: el Green New Deal. Frente al relato del pacto social verde y generador de riqueza que nos propone el Partido Demócrata de EEUU, Malm contrapropone una narrativa revolucionaria y de confrontación. Una narrativa que justifique hacer sacrificios por la causa, que nos movilice en términos militarizados y no tanto económicos.

Pero también en el campo de las narrativas la propuesta del comunismo de guerra es como poco, conflictiva. La primera etapa de la Unión Soviética no se recuerda con especial cariño por ninguna sociedad ni se la tiene especial estima en ningún movimiento político, precisamente, por ser una etapa de esfuerzos y contradicciones difíciles de justificar. El comunismo de guerra fue posible por un empuje popular que miraba más allá, empujado por la mitología socialista cultivada durante décadas, por el tecno-optimismo industrial y por la convicción de que cualquier futuro era mejor que la guerra y el hambre. Malm comete un auténtico despropósito pretendiendo movilizar con la promesa de tiempos duros y decisiones complicadas, del mismo modo que el ecologismo decrecentista suele cometer el error de invocar una Icaria feliz de tintes medievales como algo deseable. La estrategia comunicativa que tiene que acompañarnos no está clara y definida y parece claro que quién dé con ella tendrá un activo político de primer orden. En general en el movimiento ecologista existe una amplia discusión por las narrativas y los imaginarios que se discuten, conscientes de que el cambio ecosocial pasa necesariamente por tener el empuje popular que nace del deseo de mundos mejores.

Febrero de 2021

G. Juncales

Militante del Grupo Anarquista Cencellada

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La juventud como motor del anarquismo

Estos últimos meses han sido una revolución en mi vida, no a nivel personal sino a nivel de militante anarquista. Hemos logrado construir unas Juventudes Libertarias en Mallorca.

Lo emocionante del proyecto es que se ha logrado crear a partir de gente infinitamente diversa, desde gente que ya tenia experiencia militando, gente que no, estudiantes y trabajadores, gente con nula formación teórica sobre anarquismo…

Y es que los jóvenes somos el futuro, en cualquier ámbito y por eso los partidos políticos y cualquier tipo de organización se esfuerza en llegar a los jóvenes. Esto en el anarquismo no ocurre. Las organizaciones anarquistas no tienen un programa para llegar a los jóvenes, ni secciones jóvenes o cosas semejantes como podríamos ver con la CUP con Arran o el SEPC, que vienen a ser su mayor fuente de militantes.

Los anarquistas necesitamos organizarnos en las universidades e institutos para romper con los moldes estatales reinantes en las organizaciones juveniles y estudiantiles. Porque anarquistas hay en todas partes, os sorprendería la cantidad de gente que es anarquista y esta en su casa sin hacer nada porque no tiene ningún lugar donde militar, prácticamente nuestras Juventudes Libertarias han nacido de eso, somos gente que no tenía un lugar donde nos encontrásemos a gusto con nuestra ideología y lo hemos creado. Además, tenemos a un buen numero de personas que está organizada en grupos de ideología independentista, comunista… porque quiere hacer algo y eso es lo más afín que puede encontrar. Es decir, la falta de gente nunca es una excusa.

Su Finalidad

La finalidad de unas Juventudes Libertarias u otra organización juvenil de carácter libertario son herramientas para hacer llegar el anarquismo a un sector de la población descontenta y con un futuro más que incierto. La función elemental de unas Juventudes Libertarias debe ser siempre formar militantes, en la teoría y en la práctica, ya que una no vale nada sin la otra. Las Juventudes deben ser los pilares del futuro del anarquismo, por eso en ellas se debe de aprender desde el asamblearismo, realizar una acción directa, el funcionamiento de un sindicato o la historia del movimiento anarquista.

Además, unas Juventudes Libertarias tienen mucha versatilidad, pueden actuar en muchos ámbitos al mismo tiempo. Un día pueden estar en una feria del libro anarquista, organizando actos de autoconsumo anarquista y al día siguiente se puede estar en el piquete de una huelga o parando un desahucio y colaborando con los movimientos sociales incidiendo en ellos y dándoles perspectiva.

Los ejemplos

Últimamente están surgiendo nuevas Juventudes Libertarias y las diferentes organizaciones juveniles anticapitalistas por todo el Estado español están cogiendo fuerza. Por poner ejemplos pondría Distrito-14, que hacen un trabajo fabuloso parando desahucios y realizando nombrosas campañas como la que tienen contra las casas de apuestas, no son exclusivamente anarquista, sino que abogan por la unidad de acción entre los jóvenes del barrio madrileño de Moratalaz.

Después tenemos organizaciones exclusivamente anarquistas como Batzac, nacidos el año pasado. Actúan en todo el territorio de Cataluña y han realizado un gran número de acciones y apoyan activamente a los movimientos sociales catalanes en su día a día. Hasta el momento es el proyecto más grande y que pretende juntar más fuerzas en el ámbito juvenil dentro del anarquismo. Son un proyecto ambicioso y que avanza a buen paso.

Después tenemos las recientemente surgidas Juventudes Libertarias Jaén, en este mismo año. En abril se hicieron públicas las Joventuts Llibertàries de Mallorca y hace unos días salieron las Joventuts Llibertàries de Vilanova i la Geltrú por lo que de momento parece que la juventud anarquista se mantiene a flote e incluso consigue avanzar. Hay esperanza.

Luego tenemos un montón de iniciativas que ya tienen un tiempo de experiencia como son otras JJLL como son las de Zaragoza, Madrid o València, todas desde su perspectiva del anarquismo. También tenemos la FEL, que actualmente parece estancada y la Asamblea de Estudiantes Libertaria de Murcia. Los proyectos enfocados en el ámbito estudiantil son también elementales ya que en la institución educativa es donde hace falta un inmenso trabaja que las organizaciones reformistas y títeres del Estado ni plantean. Además, estas organizaciones pueden crecer hacia fuera de lo estudiantil como hicieron las JJLL Zaragoza.

Además, estos dos últimos años se ha dado el Encuentro de Jóvenes Anarquistas como lugar de reunión de diferentes colectivos e individualidades de todo el Estado.

El anarquismo necesita estos grupos y los anarquistas con más experiencia, los que algún día pasaron o no por las Juventudes Libertarias, deben ayudar a los jóvenes que empiezan a militar y construir un nuevo mundo. Y estas Juventudes no deben ser grupúsculos pequeños y cerrados que son más bien un club social anarquista que otra cosa, deben ser grupos de acción, abiertos al crecimiento constante, a realizar cambios aquí y ahora. Tambien hay que empezar a separar la anologia de jovenes anarquistas=subcultura punk o rap.  Un grupo sin esto estará abocado a su desaparición en poco tiempo por que sus miembros se queman, broncas internas y una infinidad de potenciales problemas, en caso de sobrevivir a esto tendrá que enfrentarse al tiempo y a encontrar un relevo a sus militantes. Este es el mayor problema de muchos colectivos, en especial los juveniles.

Por eso debemos construir colectivos fuertes, jóvenes y que se regeneren constantemente con nueva militancia que siga a los que van avanzando en edad y experiencia. Unos colectivos juveniles fuertes aseguran un anarquismo fuerte en el futuro.

Así que os animo a uniros a unas Juventudes Libertarias u otro colectivo similar y en caso de que no tengáis ninguno cerca cread uno, porque seguro que hay gente más cerca de lo que pensáis con las mismas ideas y ganas de empezar un proyecto así. Os animo a que metáis todas vuestras ganas y fuerzas posibles y empecéis a practicar la solidaridad, el apoyo mutuo y la acción directa. ¡Viva las Julis!

¿Sujeto político o sujeto al voto? Elecciones cotidianas más allá de la urna

Desde el equipo de Regeneración siempre hemos llevado con mucha prudencia el tema electoralista; somos un medio social-libertario que aspiramos a recuperar las decisiones de nuestra vida sin intermediarios ni representantes, porque creemos que la cotidianeidad es política; en tanto en cuanto la política es cómo percibimos nuestra propia vida en común con las demás personas que nos relacionamos. Es decir, fomentamos la práctica de una acción directa y que retomemos el control de nuestra vida política, para construir una comunidad social que se organiza y lucha, que logre conquistar mayores cotas de libertad e igualdad, pues una sin la otra no son nada. A lo largo de nuestro recorrido como medio de comunicación social de la izquierda libertaria hemos dado pistas de cuáles son algunas claves que nos parecen interesantes de analizar y contar con ellas para lograr este objetivo último, es decir, la transformación integral de las sociedades desigualitarias desde su raíz.

Creemos que hay caminos que esclarecen este enrevesado laberinto social,  iniciativas desde abajo que sitúan huellas con una marcada impronta libertaria, que generan espacios donde experimentar en confianza colectiva y sientan las bases de una pedagogía de la rebeldía. Y sin embargo, por otro lado, no creemos en aquellos que se presentan como vanguardia de las clases populares bajo cualquier tipo de etiqueta o doctrina de fe salvadora (ya sea en el nombre del marxismo o del anarquismo) pues ya estamos cansadas de promesas de un futuro libertador y solo ver cómo el capitalismo hunde en la miseria nuestros territorios diariamente. Solo nos motiva quien practica la autonomía política, tanto individual como social, quien pone en marcha proyectos económicos autogestivos, quien procura vincular la creatividad cultural a la emancipación como comunidad; es decir, quien desde códigos muy diversos se convierte en un sujeto revolucionario porque pone en marcha acciones de resistencia constructiva frente al capitalismo aquí y ahora. 

Presenciamos en tiempos electorales continuamente el surgimiento de canales comunicativos diversos con recetas variopintas para arreglar el mundo, bien para castigar, o bien para frenar determinadas tendencias políticas; y sin embargo vemos pocas propuestas reales para generar contrapoderes pragmáticos y empoderamientos en nuestros espacios. Mientras debatimos acerca de qué tipo de insurrección es la más pura para salvar la sociedad, o sobre crear falsas esperanzas de que los gobiernos del cambio resolverán todos nuestros problemas; el pueblo trabajador seguimos desangrándonos. Y esta correntía de sangre es literal, porque se siguen matando a mujeres criminalmente, se siguen asesinando inmigrantes a las puertas de nuestras fronteras y los bancos siguen abocando al suicidio a muchas personas antes de robarles sus casas. Estamos fallando a nuestra gente, el capitalismo siembra el pánico y los discursos fascistas atraen a esa clase trabajadora alimentada con el miedo. 

Nuestro hacer diario se identifica con ese anarquismo social que aprendiendo de la memoria del pasado, pero sin vivir de su anhelo, propone la práctica cotidiana de los valores y principios libertarios para sembrar las bases del mundo que queremos, y luchar contra aquél que nos destruye paulatinamente. La teoría y la práctica deben proyectarse al mismo tiempo y en el mismo espacio, no deben entenderse como categorías separadas. Siendo simples, si haces cosas libertarias, estás generando teoría revolucionaria y viceversa. Las prisas que parecen tener siempre aquellas personas que quieren arreglar todo mediante el voto o mediante la insurrección nos llama la atención, porque significa que no hemos aprendido demasiado sobre las capacidades reales como clase trabajadora que tenemos para transformar radicalmente las condiciones materiales de nuestra vida y dar un toquecito a la historia de la humanidad.

No queríamos escribir el típico panfleto abstencionista, ni quejarnos en exceso de lo pesadas que nos pueden resultar las campañas para que votemos bajo cualquier precio. Al día siguiente de la próxima cita electoral tendremos que regresar a nuestro trabajo, o a buscarlo activamente, a continuar luchando por sobrevivir en un sistema desigualitario que nos lo pone tremendamente difícil. Y una semana más tarde, sabremos que siguen gobernando los mercados y la banca; y quizá dos meses más tarde comprobaremos con rabia que, aunque haya alcanzado las instituciones nuestra particular opción política de preferencia, las situaciones de precariedad en nuestro barrio o pueblo continuarán siendo las mismas. La alargada sombra de la extrema-derecha se cierne en este país desde hace demasiadas décadas, ahora su fantasma amenaza con el mismo traje a medida de siempre: liberal en lo económico, fascista en lo político. El régimen nacional-católico del Franquismo no fue otra cosa más que eso; una entidad política y económica que nunca ha abandonado las instituciones estatales, que ha continuado dirigiendo su timón férreamente a cara descubierta o desde las cloacas del mismo, porque el fin justifica cualquier medio.

Nuestro mensaje es bien claro: votes o no votes el próximo 28 de abril, o en cualquier proceso electoral (institucional o sindical), la clave de cualquier mejora en nuestras condiciones sociales se sitúan en la organización colectiva y la lucha política incorporadas a nuestra vida. Al fin y al cabo, fue el anarquista español Ricardo Mella quien dijo: «votad lo que estiméis conveniente la jornada de las elecciones, o absteneos. Pero no olvidéis nunca que lo primordial es lo que hacéis, con vuestra lucha, los 364 días restantes del año»

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