Pensando y practicando el espacio y el territorio más allá del paradigma estatal

Una aproximación a la Revolución en Rojava (Norte de Siria) a partir del municipalismo libertario de Murray Bookchin

Introducción y marco histórico:

En el marco de la primavera árabe, la guerra civil siria y la avanzada militar del Estado Islámico, en los territorios del Norte de Siria que limitan con Turquía e Irak se ha constituido un nuevo tipo de relación territorial y política que ha roto diversos paradigmas en torno al papel que cumple el Estado en la Sociedad. Dicha región, con mayoría de la población Kurda, es llamada Rojava, que traduce del Kurdo simplemente “Occidente”, ya que su nación, Kurdistán, se extiende a lo largo de 4 países: Turquía, Irak, Irán y Siria, siendo este último la parte oeste. Para entender el estudio de la propuesta sobre el espacio y el poder desde el pueblo kurdo es preciso entender primero la revolución que desarrollan y la historia que le antecede:

Los Kurdos son un pueblo indoeuropeo que habita las regiones montañosas de los países mencionados, al suroeste de Asia. En la actualidad la mayor parte de Kurdos son musulmanes suníes, aunque existe una gran parte que práctica la religión tradicional kurda, el Yazidismo. A pesar de ser pobladores históricos de la región y ser un amplio porcentaje de la población en sus respectivos países, el pueblo kurdo ha sido discriminado a lo largo de los siglos y se le ha reprimido para que no consiga organizarse de manera independiente y autónoma. La lucha por la liberación nacional se hizo más latente luego del fin del Imperio Otomano en 1923, tras lo cual fue rechazado un tratado para la creación de un Estado Kurdo. Posterior a ello existieron varias insurrecciones kurdas, especialmente en Irán y Turquía, que no prosperaron.

El antecedente más inmediato en el margen temporal que se quiere estudiar aquí, nace en 1978 con la fundación del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (por sus siglas en Kurdo, PKK), de inspiración original Marxista-Leninista e impulsor de las Unidades de Defensa Popular, su brazo militar, con histórica presencia en las regiones montañosas del sur de Turquía y amplia comunicación con el pueblo Kurdo de Rojava (Siria).

A finales de los años 90 y tras años de lucha armada, el PKK comienza a pasar de sus tesis marxistas-leninistas a una nueva propuesta para la organización del territorio que han llamado el Confederalismo Democrático. Esta idea es desarrollada por el líder del PKK, Abdullah Öcalan, quién preso en una cárcel turca, de a poco fue incorporando elementos de teóricos tales como Immanuel Wallerstein y Murray Bookchin, encontrándose en su propuesta una amalgama de tesis del socialismo libertario, el marxismo heterodoxo, el municipalismo libertario y el anarquismo. La influencia de estas ideas fue llegando poco a poco a Rojava, y en medio de la guerra civil que vive Siria desde el 2011, el pueblo kurdo ha iniciado una revolución social en sus territorios teniendo que resistir a la arremetida militar del Estado Islámico y Turquía, aliado estratégico del yihadismo.

El confederalismo democrático en Rojava:

La insurrección de Rojava comienza formalmente el 19 de Julio de 2012, cuando tropas kurdas liberan Kobane, la primera ciudad en Siria que queda por fuera de las manos del régimen Sirio de Al Assad, presidente de dicho país. A partir de entonces su propuesta empieza configurarse desde la práctica y queda cristalizada en la declaración de la hoja de ruta, que se puede considerar una especie de constitución, que han llamado “Contrato Social”. Esta fue elaborada el 6 de Enero de 2014 por la Asamblea Legislativa de la Administración de la Autonomía Democrática, en la Ciudad de Amude.

En Rojava habitan aproximadamente 3 millones de Kurdos y junto a ellos conviven miles de personas de otras culturas. Quizás el principal foco de conflictos en Kurdistán ha sido promovido a través de una pugna entre etnias, religiones y lenguas, que ha facilitado la explotación de recursos minero-energéticos en la región por parte de multinacionales extranjeras. Para las confederalistas democráticas, la solución del problema de la tierra pasa por entender la multiculturalidad en términos de respeto y no de guerra, como lo señala el Contrato Social en su preámbulo:

Nosotros, los pueblos de las regiones autónomas democráticas: kurdos, árabes, asirios caldeos, asirios arameos, turcomanos, armenios y chechenos, por nuestro libre albedrío, enunciamos el siguiente Contrato Social para establecer justicia, libertad y democracia de acuerdo con los principios de equilibrio ecológico, de igualdad, de no discriminación por motivos de género, religión, idioma; para dar cuenta de una sociedad democrática y de una vida en común basada en un marco político y moral que promueve el entendimiento mutuo y la convivencia en la diversidad; y para garantizar los derechos de las mujeres y los niños, la protección, la defensa y el respeto a la libertad de religiones y creencias.

A parte de la construcción del respeto por la diferencia, llama la atención el anunciado del Contrato Social que prosigue al anterior:

La Administración de las comunidades autónomas democráticas no acepta el entendimiento basado en el concepto de Estado-Nación. No acepta una sociedad basada en un estado militar ni religioso, ni acepta la administración en un poder centralizado.

Para entender el confederalismo democrático y su propuesta frente a la organización territorial, es preciso primero entender su crítica al paradigma estatal. Como se decía anteriormente, el salto político del marxismo-leninismo a una apuesta libertaria se da con un cambio de cosmovisión que surge dentro del PKK en los años 90, influenciado especialmente por el descubrimiento de los aportes del teórico anarquista y ecologista norteamericano Murray Bookchin (1921-2006).

Bookchin plantea una propuesta llamada “municipalismo libertario” como forma de superar al Estado en el ordenamiento del territorio y la sociedad. Para ello, Bookchin sienta como base una critica al Estado desde la tradición teórica anarquista, que lo define a partir de dos elementos clásicos:

  • El Estado como objeto absoluto de los aspectos sociales, políticos y económicos de un territorio1. De aquí queda explicito el principio de la pretensión del monopolio de la fuerza en manos de una fuerza centralizada.

  • El Estado como despojador de la gestión de las comunidades sobre sus propios asuntos, a través de la democracia representativa 2.

A partir de estos análisis Bookchin reconoce que el Estado se convierte en una herramienta de dominación de clase. Para poder superar las fallas estructurales de la sociedad moderna es preciso desaparecer el Estado, y para Bookchin, la propuesta es el municipalismo libertario. Tal y como lo define el teórico norteamericano, el municipalismo libertario es el nombre del proceso que pretende volver a crear y expandir el ámbito político-democrático como el lugar del autogobierno de la comunidad, es decir, que la vida social, política y económica sea administrada por los habitantes del territorio a través de la democracia directa y la autogestión productiva. Bookchin resume el municipalismo libertario en 5 tácticas:

  • Empoderar legalmente a los municipios existentes intentando así llevar el poder de decisión a las localidades.

  • Democratizar los municipios a través de asambleas de base.

  • Unir a los municipios “en redes regionales y confederaciones más amplias […] que trabajen para reemplazar gradualmente los estados-nación por las confederaciones municipales“, mientras se asegura que “los niveles” más altos “de la confederación tienen principalmente funciones administrativas y de coordinación.”

  • “Unir a los movimientos sociales progresistas” para fortalecer la sociedad civil y establecer “un punto focal común de iniciativas y movimientos de todos los ciudadanos”: las asambleas. Esta cooperación es “no porque esperamos encontrarnos siempre un consenso armonioso, sino —por el contrario— porque creemos en el desacuerdo y la deliberación. La sociedad se desarrolla mediante el debate y el conflicto“. Además, las asambleas deben ser laicas, “combatiendo las influencias religiosas en la política y el gobierno”, y conformando un “escenario para la lucha de clases”.

  • Con el fin de lograr su visión de una “sociedad sin clases, basada en el control político colectivo de los medios de producción socialmente importantes”, se llama a la “municipalización de la economía” y se propone una “asignación confederal de recursos para garantizar el equilibrio entre regiones”. En términos simples, esto equivale a una combinación de la autogestión obrera y la planificación participativa para satisfacer las necesidades sociales: economía anarquista clásica.

Casi que letra a letra pero sabiendo aplicar las propuestas en el contexto concreto del pueblo Kurdo, Öcalan retoma la literatura de Bookchin y la asume para el PKK, extendiendo sus ideas al interior de las filas y reflexionando críticamente sobre el papel de la violencia y el dogma marxista. Para reformar su estrategia, el Partido de los Trabajadores de Kurdistán comienza por abandonar la lucha violenta contra el Estado Turco, guardando las armas para tareas estrictas de autodefensa en sus territorios y haciendo la retirada militar a las comunidades donde prevalecía la presencia de asambleas de base, mientras en las grandes ciudades quedan simpatizantes y activistas. A partir de ello, sus militantes apuntan como objetivo la difusión de las nuevas tesis del PKK en el Kurdistán Turco y en Rojava, promoviendo la construcción de asambleas comunales y redes entre ellas (Cantones), que articuladas conforman la Confederación de los Pueblos de Kurdistán.

Así, la organización territorial se ejerce desde los territorios mismos de manera confederal. El centralismo queda relegado, pero tampoco se asume el federalismo trivial occidental; Las asambleas democráticas y los comités especializados en temas como la economía, la educación, la salud, la recreación y la autodefensa, son finalmente los encargados de definir el rumbo de los territorios kurdos. Esta síntesis, que podemos llamar democracia asamblearia, no se queda reducida a la tradicional perspectiva clasista que caracterizaba al comunismo kurdo de antaño, sino que la ubica en una dimensión de interdependencia con múltiples luchas, como lo describe Eirik Eiglad, activista cercano a Bookchin y estudioso del confederalismo democrático:

Es de particular importancia la necesidad de combinar las ideas de los movimientos feministas y ecológicos progresistas con los nuevos movimientos urbanos y las iniciativas de los ciudadanos, así como con las de sindicatos, cooperativas y colectivos locales […] Creemos que las ideas comunalistas de una democracia asamblearia contribuirán a hacer posible este progresivo intercambio de ideas sobre una base más permanente, y con consecuencias políticas más directas. Aún así, el comunalismo no es sólo una forma táctica de unir estos movimientos radicales. Nuestra llamada a la democracia municipal es un intento de llevar la razón y la ética al primer plano de las discusiones públicas.

El confederalismo democrático rechaza cualquier forma de organización territorial dentro del paradigma estatal, como ya se ha dicho. Para ello, la organización de la sociedad se da de “abajo a arriba”. Su génesis primaria, diferente al “constituyente primario” común en los sistemas políticos de los países estatales occidentales, es el denominado “ciudadano libre”, que no necesariamente son excluyentemente kurdos. A partir de él, se determinan las asambleas o consejos de Barrio, que reúnen a los ciudadanos libres que comparten su cotidianidad en el territorio concreto que habitan. Desde ahí se constituyen las asambleas por aldeas, barrios urbanos, distritos, ciudades y regiones, donde las decisiones son tomadas por personas delegadas, rotativas y revocables. La máxima instancia de decisión es el Congreso de la Sociedad Democrática, donde el 60% de sus integrantes son delegados de las asambleas de base mientras el restante 40% lo conforman delegados de organizaciones de la sociedad civil, sindicatos y partidos políticos, de los cuales el 6% aproximadamente está reservado para delegaciones de minorías étnicas, religiosas, académicos o personas con algún punto de vista particular (como teóricos provenientes del exterior).

A partir de las particularidades culturales y territoriales de Kurdistán, el confederalismo democrático ha identificado además una suerte de problemas respecto al ejercicio comunal del poder. Salta a la vista, por ejemplo, el especial énfasis que realiza el PKK sobre el problema de la discriminación de género y empoderamiento de la mujer. Para ilustrar basta con analizar el papel en los comités anteriormente descritos, especialmente en lo relacionado con las Unidades de Protección Popular, que tienen una brigada específicamente femenina: las Unidades de Protección de Mujeres, que se han ganado fama gracias al cubrimiento internacional sobre el conflicto en Medio Oriente y la guerra contra el Estado Islámico, ya que son las principales protagonistas de la defensa de Kobane.

Además de ello, dentro del Congreso de la Sociedad Democrática existe el Consejo de las Mujeres, que impulsa políticas en favor del empoderamiento de las mujeres en sus asambleas y en la critica al patriarcado manifiesto en estas. Uno de sus logros ha sido la instauración de la prácticas como la participación de la mujer en el Congreso de la Sociedad Democrática, donde como mínimo el 40% de su totalidad debe estar conformado por mujeres.

Bibliografía:

1Bakunin, Mijaíl. El principio del Estado. Encontrado en: https://www.marxists.org/espanol/bakunin/princip.htm

2Malatesta, Errico. La anarquía y el método del anarquismo. Encontrado en: http://www.bsolot.info/wp-content/uploads/2011/02/Malatesta_Errico-La_anarquia_y_el_m%C3%A9todo_del_anarquismo.pdf

Anarquismo ¡Claro!, Pero… ¿Social y organizado?

La libertad es como la mañana: Hay quienes esperan dormidos a que llegue, pero hay quienes se desvelan y caminan en la noche para alcanzarla.”
Sub. Insurgente Marcos.

Algo hermoso que tiene el anarquismo es que es a su vez “los anarquismos”: rompe con la barrera de lo singular y nos muestra múltiples interpretaciones y variantes de principios básicos como el anti-estatismo, la libertad integral y la lucha contra toda autoridad; diferentes vertientes económicas, políticas, estratégicas y hasta de interpretación de conceptos. Para finales del siglo XIX e inicios del siglo XX el debate giraba en torno a sí el “día después” de la revolución se implantaría una línea comunista o colectivista, si los sindicatos autogestionarían las empresas o sería necesario formar órganos aparte -los llamados consejos de fabrica-, si en la revolución social las anarquistas deberían participar directamente en la mayor parte de los órganos de autogobierno o se encontrarían con más tendencias políticas, inclusive divergentes del pensar libertario. La mayor parte de estos debates los solucionó la experiencia histórica misma, y hoy de nuevo se pone sobre la mesa nuevas discusiones en torno a la estrategia del anarquismo para llegar a la revolución social.

Para nosotras, después de las derrotas que ha sufrido el anarquismo –no solo por la represión externa sino también por mostrarnos impotentes para afrontar coyunturas insurreccionales y revolucionarias en muchos casos– se hace preciso desarrollar nuevas maneras para enfrentar al Estado y al capital, que han mutado a las nuevas formulas del siglo XXI: la apertura neoliberal, el “Estado mínimo”, la aldea global y demás conceptos similares prefabricados, por ello ahora más que nunca la idea libertaria se debe reescribir a sí misma, centrando el debate en el ‘como’, lo que nos lleva a pensar diferentes estrategias y tácticas para diferentes anarquismos, es aquí donde planteamos nuestra primera premisa: los medios y objetivos para ir construyendo la anarquía se deben plantear de manera detenida y revisando minuciosamente la coyuntura, el contexto y la correlación de fuerzas, sí no es así entramos a “actuar por actuar”. Optamos por rechazar la ortodoxia libertaria para poder pensar que la utopía solo será posible bajo estructuras y organizaciones que deseen cambiar un mundo de millones de personas, de millones de complejidades, de millones de problemas; pensarse el anarquismo como algo más que un abstracto sueño lejano: como una realidad venidera. Aquí ya va uno de nuestros “apellidos” para el anarquismo que nos pensamos: Organizado.

Del mismo modo sostenemos que esa utopía será realizable en la medida que existan las condiciones para crearla, estas se potencian dentro de la lucha de clases del hoy. El papel de nosotras como anarquistas organizadas es estar en la primera línea de la contienda: implica meternos de cabeza en la guerra social, por eso debemos ser pueblo y actuar como tal, he aquí el otro apellido: Social (o popular si se le quiere decir), que a su vez nos da una claridad dentro del más amplio pensamiento anarquista, aquel que se plantea la relación individuo-sociedad como una dialéctica en la que se entienden ambas esferas, como dirá Bakunin en su tan famosa frase “No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres”, por esto nos apartamos de las tesis individualistas que promulgan una lucha eterna entre el yo y la sociedad, siendo una negación de la otra; por el contrario, entendemos que la realización de la libertad es una construcción siempre colectiva. Nuestro nombre completo: Anarquismo Social y Organizado.

Quizás alguien dirá “¿Eso no es sectarismo?, ¿Jugar a etiquetas?”, y respondemos que, para nosotras, después de hacer el recuento sobre los errores cometidos en tiempos pasados (que no caben en este texto) preguntamos ¿Acaso no hay que actualizar el anarquismo para hacerlo viable en el aquí y ahora, no solo para nosotras sino para nuestras comunidades y territorios?, y ello amerita –como ya se ha dicho– organización, estructura y meterse de lleno en la lucha de clases, por tanto, se debe recuperar ese ‘vector social’ que se ha descuidado, que también implica rechazar otras tácticas y estrategias, no negándolas como propuestas legitimas y anarquistas, sin embargo, optando por una vía propia: la inserción social.

Es así como las diferentes expresiones organizadas y socialistas libertarias deben recoger en su seno solo a aquellas militantes preocupadas por levantar un proyecto político en miras hacia un horizonte revolucionario, quienes más allá de pensarse el anarquismo como una mera filosofía de vida desean verlo, en camino a realizarse, como una alternativa para cambiar el mundo que se gesta desde nuestro actuar cotidiano y en la forma como nos realizamos con las demás. Del mismo modo creemos que lo primordial para las libertarias debe ser la inserción social, el trabajo de base y la propaganda en todos los niveles, siendo los combustibles que deben acelerar el motor de la lucha de clases, por ello rechazamos el limitado papel del “placer armado”[1] –que nos termina aislando del movimiento popular– o encerrándonos en el importante pero no suficiente trabajo de la difusión y la agitación-, del mismo modo nos oponemos a prácticas anti-organizativas que solo buscan paralizar, limitar o crear división, pues la única manera en que el nuevo mundo avanza es cuando sus militantes están comprometidas y la disposición al consenso logra que los proyectos colectivos se efectúen lo mejor posible, en cambio los prejuicios de un individualismo liberal simplemente se reducen a una crítica que pocas veces busca cambiar, en lo concreto, la realidad material de las oprimidas.

Creemos que el anarquismo de matriz popular debe mostrarse como una vertiente libertaria que se diferencia de las demás por sus métodos, pero de ninguna manera debe considerarse una escuela misma, porque más que una etiqueta es una estrategia que caracteriza diferentes praxis, revisemos: Como bien se ha dicho, el anarquismo social y organizado se caracteriza a grandes rasgos por meterse en la lucha de clases de una manera estratégica, pero esto no es nada nuevo para la historia de nuestro movimiento, desde los postulados de Bakunin, Malatesta y Kropotkin en el siglo XIX se ha reivindicado la necesidad de formar estructuras políticas anarquistas que no tienen porque ideologizar el movimiento popular, por el contrario, deben insertarse en él y darle prácticas libertarias, es este el caso de la Alianza Internacional de la Democracia Socialista fundada en 1868, organización política antiautoritaria que no pretendía reemplazar la I Internacional de Trabajadoras, quien se veía como un espacio amplio que no tenia porque definirse explícitamente con cualquier tendencia política. Con el desarrollo teórico del pensamiento anarquista se ve como la práctica misma de éste va cogiendo forma, ejemplo de ello es la Makhnovichina, experiencia revolucionaria ucraniana que va desde 1918 hasta 1922, donde un anarquismo alejado del nihilismo y el ensimismamiento fue promovido desde la Confederación Nabbat, organización que en nunca pretendió gobernar o dirigir los órganos revolucionarios –soviets libres– sino que promovía la autoorganización de las trabajadoras y campesinas a través de sus militantes más combativas. Del mismo modo nos encontramos con el fuerte movimiento anarcosindicalista en Europa Occidental – curiosamente criticado por el grupo Dielo Truda–, especialmente en España, donde un largo trabajo dentro de la guerra popular verá sus frutos en la revolución social de 1936, en la que anarquistas preocupadas por barrer el fascismo y desarrollar la transformación de la sociedad se encontraran en la FAI, desde donde se insertaran dentro de la CNT para promover la autogestión obrera, incluso haciéndolo con las más variadas tendencias políticas de izquierda al ver que la coyuntura misma desbordo la fuerza de la central anarcosindical. Para terminar este pequeño recuento podemos mencionar la Federación Anarquista Uruguaya, organización política que bebe de los postulados de Bakunin y Malatesta, además de la rica experiencia española de los 30’s; La FAU insistirá en la reformulación de las tácticas del anarquismo, especialmente tras la violenta sacudida que vivió Latinoamérica por la Revolución Cubana y los acontecimientos en República Dominicana, sucesos que llevarán a la federación a desarrollar una praxis libertaria, que reconociendo su larga historia, debe también reescribirse y desenvolverse en la América latina contemporánea, así nace el especifismo, nombre dado a la estrategia desarrollada por las anarquistas uruguayas que planteaba la necesidad de un grupo propiamente revolucionario cuyo objetivo principal es insertarse en el movimiento popular a través de tendencias amplias, promoviendo una praxis antiautoritarias.

Como hemos visto, el anarquismo social y organizado no es un invento de algún grupo o desarrollo teórico plasmado en un único texto, sino un acumulado de experiencias que son dinámicas de acuerdo al momento y lugar donde se vaya gestando la idea libertaria, estos movimientos “autóctonos” nos demuestran que existen muchos caminos para forjar organización, por ello debemos desarrollar en el aquí y ahora un anarquismo “criollo” que nos permita ir avanzando a contracorriente hacia la nueva sociedad.

Steven Crux

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[1] Concepto que introduce Alfredo Bonnano sobre el insurreccionalismo, el papel de la violencia como fin y medio, y la organización informal anarquista.

El Libertario. Arma falaz de la contrainformación en Venezuela.

En medio de la vorágine mundial y local por conseguir información oportuna y veraz, pero fundamentalmente útil, deconstructiva y constructiva, nutritiva y cardinal, los anarquistas venezolanos contamos apenas con una publicación periódica conocida como El Libertario. No obstante, de la diversidad de tendencias y opiniones internas en el movimiento ácrata surgen dudas acerca de la autenticidad del Colectivo Editor El Libertario como agrupación de raíz anarquista y cónsono con las ideas y luchas libertarias.

En tal sentido, con la intención de conocer qué es o quiénes son el Colectivo Editor El Libertario, me he planteado una investigación diacrónica (en el tiempo) de todas y cada una de las publicaciones digitalizadas y disponibles en Internet de este periódico. El objetivo es evaluar la postura política de El Libertario y su consonancia con el ideario ácrata. La hipótesis de trabajo: Una cantidad equiparable de artículos en contra del gobierno y de la oposición muestra una auténtica postura anarquista. Téngase en consideración que la oposición venezolana está conformada y representada por grupos e individuos conservadores, adherentes a la derecha nacional.

Para el desarrollo del estudio he empleado cuatro categorías que ayudaron a la evaluación de los artículos y su adecuada clasificación con fines estadísticos. Estas categorías de trabajo son:

Contra el gobierno: aquellos artículos en los que a lo largo de todo el contenido o buena parte de él se habla mal de la gestión de gobierno o de sus partidarios.

Contra la oposición: aquellos artículos en los que a lo largo de todo el contenido o buena parte de él se habla mal de los sectores de oposición (conservadores, derecha), sus partidarios, sus patrocinadores, o la oligarquía venezolana.

Contra ambos: aquellos artículos en los que a lo largo de todo el contenido o buena parte de él se habla mal tanto del gobierno como de la oposición.

Contra el sistema en general: aquellos artículos en los que a lo largo de todo el contenido o buena parte de él se tocan temas y/o se narran hechos al margen de la polarización política venezolana (temas diversos).

Se han excluido del estudio las propagandas, poemas, caricaturas y similares. Se examinó cada artículo a partir de su lectura y se ubicó en alguna de las cuatro categorías de trabajo. Los resultados de la lectura y evaluación de cada uno de los artículos contenidos en los distintos ejemplares se muestran a continuación:

*Ejemplar digital no disponible en Internet. Los datos corresponden al análisis del índice.

Otras siete (07) ediciones o ejemplares no están digitalizados ni presentados en la página web (#26, 27, 31, 33, 39, 46 y 69). La #69 que se muestra en la página web hace referencia (quizá por error) a la #68. Ninguna de éstas está incluida en el estudio.

Resultados. Resumen cuantitativo de datos.

Como se aprecia en la tabla anterior, existen 46 ejemplares digitalizados de El Libertario cargados en la web, con un total de 1277 artículos en un periodo de catorce (14) años. El promedio de artículos por ejemplar es de 28 (27,8 ± 6). Del total de artículos, el 26,4% corresponden a escritos “Contra el gobierno”, mientras que tan sólo 1,4% son escritos “Contra la oposición” y 1,3% “Contra ambos”. El restante 70,9% corresponde a artículos “Contra el sistema en general” de diversa índole o en los que no se plantea el conflicto político venezolano. Sin embargo, en esta última categoría también se incluyen muchos artículos que presentan contenido indirectamente vinculado al conflicto, pero que el Colectivo Editor El Libertario parece utilizar muy convenientemente a sus intereses.

Los resultados muestran con total claridad que más de la cuarta parte del periódico (26,4%) se destina a criticar y/o hablar mal de una gestión de gobierno (socialista, de izquierda) que contrasta sobremanera con las críticas lanzadas a los sectores de la derecha nacional (apenas 1,4%). En este sentido, tomando la misma “premisa” empleada por los editores del periódico de que la izquierda (bolivariana, chavista) y la derecha venezolana son lo mismo, cabría esperar un abultado porcentaje de artículos escritos en contra de ambos sectores simultáneamente, pero no es así, porque el 1,3% de los artículos escritos “Contra ambos” lo demuestra con claridad, derriba la “premisa” de la que se quiere valer el colectivo editor y lleva a inferir que existe una tendencia muy clara en la posición política que asume El Libertario a favor de la derecha venezolana.

Analizando, pues, los datos correspondientes a los artículos escritos “Contra el gobierno” se aprecia que hasta el año 2002 no existía mayor interés por parte de El Libertario de criticar al gobierno de Hugo Chávez. No obstante, los ejemplares #28 y 29 que corresponden al año del golpe de estado en Venezuela por parte de la derecha recalcitrante y radical, no están publicados en Internet, hecho curioso y llamativo porque a partir de allí comienza la escalada de escritos en contra del gobierno. Pero es también muy llamativo que sea entre los años 2002 y 2003 cuando publican con más frecuencia en “Contra de la oposición” y luego la proporción de artículos baja y la frecuencia se hace prácticamente cero, lo cual es curioso para un colectivo que se proclama anarquista (de izquierda, y si no es de izquierda sino “de los de abajo” ya veremos más adelante qué ocurre).

La escalada de escritos en “Contra del gobierno” se aprecia claramente en la columna por periodos (resaltada en colores) en la que el porcentaje se incrementa abruptamente desde 0 hasta 21 % y de allí con incrementos paulatinos a 31% hasta radicalizarse en el periodo 2012-2015 con un 35% de escritos en “Contra del gobierno”, mientras que en contra de la oposición continúa el silencio. Este hecho debe resaltarse porque se aprecia que para El Libertario el poder sólo lo ejerce el gobierno, mientras que la oposición (derecha venezolana) pareciera no ejercer ningún poder político (nacional e internacional), económico y comunicacional. Se entiende, pues, que El Libertario no tiene ningún problema con la oligarquía venezolana, con los ricos, con los grupos y partidos de derecha, conservadores, con los flamantes dueños de tierras, empresas y toda clase de propiedades, que pugnan para impedir a los pobres el disfrute de los recursos naturales.

Resumen cualitativo de los artículos contenidos en El Libertario

Pero los datos interesantes que se desprenden de la revisión de los 46 ejemplares digitales de este periódico, no se detienen en las cifras.

La postura editorial de este colectivo abandonó la ecuanimidad inicial para declararse abiertamente opositor al gobierno nacional, mas no opositor a la oposición, es decir, a la derecha. Incluso, por lo que se lee en sus artículos, todo proceso que se autodenomine, se identifique o se considere de izquierda en latinoAmérica es mal visto por El Libertario y apuntan sus palabras contra éstos (ejemplares #44, 45, 47, 57 y 60), pero jamás han escrito algo sobre las oligarquías de esos países; por el contrario, les lanzan piropos. Caso emblemático (repugnante) es el ejemplar #47 donde tras el disfraz de la ironía se habla bien de Álvaro Uribe Vélez y sus Consejos Comunales, pero en el mismo artículo nunca se dice nada malo sobre este personaje nefasto de la política en América Latina. Es en este mismo ejemplar donde hasta parece verse con buenos ojos a Enrique Capriles Radonsky, del partido de derecha Primero Justicia, y donde se le exime del paredón lingüístico que emplea El Libertario para los políticos del gobierno. Igualmente, en este histórico ejemplar, se fustiga con inclemencia a los Consejos Comunales simplemente por ser una propuesta del gobierno, pero entonces ¿de qué clase de anarquismo que defiende el colectivismo, la cooperación, el apoyo mutuo, la solidaridad y la federación estamos hablando?

Y las disonancias de este “colectivo anarquista” no paran. Para ellos resulta prácticamente imposible una intervención bélica gringa en Venezuela (ejemplar #48), como si no fueran suficientes excusas las reservas de petróleo y otros minerales, así como el agua. Para ellos las “guarimbas” son una auténtica forma de manifestación popular (ejemplar #50) porque parece que asfixiar, aturdir, amedrentar e impedir el tránsito a los vecinos afecta sólo al gobierno, o saquear, quemar vivas a las personas, decapitar motorizados con guallas en las calles, incendiar transporte público con personas adentro, atiborrarse hasta los cojones con droga para tomar valor, o pagarle los jóvenes y hasta a los niños para que salgan a “guarimbear” es una forma apropiada y auténtica de protestar. El Libertario incluso compara las guarimbas con las protestas universitarias de los años 80 y 90’s en Venezuela en las que se cerraban algunos accesos a la Universidad Central de Venezuela, pero olvidan algunos colaboradores de este periódico que en esa época no se secuestraba a nadie pues permanecían abiertos otros accesos a la universidad, que las unidades de transporte o distribución que se quemaban eran de la empresa privada y que, además, no se atentaba contra la vida de los transeúntes independientemente de su tendencia política.

El Libertario intenta hacer creer a sus lectores que el movimiento estudiantil de hoy es tan crítico, popular, autónomo y combatiente como el de los 80 y 90’s (ejemplar #52), como si los estudiantes de las instituciones privadas (que nunca las mencionan) legitimaran la lucha popular, como si ser conservador o sentir mariposas en el estómago por el neoliberalismo les otorgara esencia crítica, como si declararse prosélito de un partido o de una agrupación de extrema derecha les diera autonomía política. Tan sólo en el ejemplar #55, cuando tratan de corregir el error cometido y reconocer la participación en las protestas de los años 2008 y 2009 de estudiantes de derecha, realizan una maniobra evasiva (y, perdonen la expresión, muy bastarda) restándole méritos a los estudiantes de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV) creada por el gobierno nacional para facilitar la educación universitaria a los pobres y excluidos del sistema de educación, ello con la intención por parte de El Libertario de desviar el foco de atención de los estudiantes de derecha. Parece que a este colectivo, pues, también le molesta la educación gratuita y de puertas abiertas a los pobres; parece que son más criminales los estudiantes que siguen al gobierno que aquellos de “manitas blancas” que queman universidades y preescolares.

Por primera vez en este recorrido, en el año 2008 (ejemplar #53) se dedica un artículo completo a hablar mal de un político de la oposición, pero como algunas cosas extrañas de este periódico, un opositor desubicado, alienado, un opositor pobre: Stalin González. ¡Vaya que El Libertario sabe elegir a quién fustigar! Y pocos meses después escriben su segundo artículo contra otro opositor: Antonio Ledezma, a quien curiosamente le dedicaron apenas la cuarta parte de lo que derramaron sobre González, a pesar de ser Ledezma una de esas viejas figuras oscuras y patéticas de la oposición venezolana que reprimió sin clemencia las manifestaciones populares durante la cuarta república.

El Libertario ataca absolutamente todo lo que le huele a gobierno (bolivariano, claro está) pero nunca ha escrito sobre la gestión de los gobernadores o alcaldes de oposición, se ensaña contra el comunismo ruso o cubano, pero no contra el imperialismo yankee, además, nunca se ensaña contra las empresas privadas, seguramente porque de allí obtiene su financiamiento PROVEA (Programa Venezolano de Educación Acción) dedicada al trabajo con Derechos Humanos y cuyo director es el editor de El Libertario, Rafael Uzcátegui, además de Rodolfo Montes de Oca.

En el año 2012, luego de 13 años de la gestión de gobierno de Hugo Chávez, por primera vez El Libertario dedica un artículo (ejemplar #67) al conglomerado amorfo de la oposición, denominado Mesa de la Unidad Democrática (MUD), pero con idéntica maniobra evasiva ya antes aplicada a los estudiantes y hecha costumbre en El Libertario, terminaron hablando mal del gobierno de Chávez (el chivo expiatorio), buscando siempre la manera de aminorar la carga sobre la oposición venezolana. El culpable siempre es el gobierno (bolivariano) a quienes llaman boliburgueses, mas la oposición no tiene para ellos ni un ápice de responsabilidad en las crisis y conflictos que han generado.

Llegado el 2013, y con él la muerte de Hugo Chávez, el primer ejemplar posterior a la muerte del mismo (#69) no está publicado en la Internet, resultando importante conocer la opinión del periódico sobre este hecho, y en particular sobre el hombre que desde el año 1998 se mantuvo con su opción socialista en el poder a base de elecciones y con amplio apoyo popular durante 14 años. Y es importante esa edición #69 porque en la #70 por primera vez la cantidad de artículos en contra del gobierno se hace superior a la mitad (52%), es decir, más de la mitad del periódico dedicado a criticar al gobierno, mientras que a la oposición ¡Nada!

El segundo caso emblemático (y también repugnante) que puede encontrarse en este recorrido histórico de El Libertario (años 2001-2015) es el que corresponde al ejemplar #72, dedicado a las protestas del año 2014 y en el que los editores del periódico pretenden hacer ver como manifestaciones populares. En la portada comparan burdamente una foto del alzamiento popular del 27 de febrero de 1989 con una de las protestas de los guarimberos de 2014 en las que su líder, el ultraderechista Leopoldo López, llamó a incendiar el país (¿por qué El Libertario nunca se ha metido con Leopoldo López?). Digo burdamente porque intentaron comparar una foto donde aparecen personas pobres cargando a un herido (año 1989), con otra donde aparecen jóvenes con zarcillo y hasta con un estetoscopio cargando otro herido (año 2014), como si cargar un estetoscopio en el cuello fuera en este país señal de pobreza y no de privilegio. A propósito de las protestas de 2014, intentan decirle a la opinión pública que son legítimamente de base popular, pero que los partidos y sectores de derecha los han arropado con sus liderazgos robándole el mérito al pueblo ¡vaya entuerto! ¿será que El Libertario cree que toda Venezuela es anarquista, o que el pueblo venezolano está muy empapado de las ideas libertarias y no desea gobierno alguno?

Llegamos al #73 (año 2014). Hay que cantar ¡Victoria! porque al fin se encuentra el primer artículo en contra de tres oligarcas venezolanos: Gustavo Cisneros, Lorenzo Mendoza y Juan Carlos Escotet. Luego de trece (13) años de anarquismo autogestionario, El Libertario comienza a considerar que actores ajenos al gobierno también tienen poder en Venezuela; en este caso económico. Algún compañer@ anarquista compartirá con el sub-comandante Marcos que “No soy de izquierdas ni de derechas; soy de los de abajo y voy a por los de arriba”. Si esta fuera la perspectiva de El Libertario, que repetidamente lo infieren en varios artículos ¿Por qué se han demorado 13 años en criticar a esos de arriba que tienen poder económico? Ojalá ello no le cueste el financiamiento a PROVEA.

Un par de datos finales: en aquél emblemático ejemplar #72 como guinda del pastel se escribe nota sobre un foro público en el que los ponentes fueron Iván Loscher, Rubén Monasterios, Amalio Belmonte y Humberto Decarli, los tres primeros reconocidos ultra-opositores al gobierno (bolivariano) y Decarli escritor insignia de El Libertario. Entonces, si los tres primeros son ultra-opositores ¿el cuarto es…? ¿anarquista? ¿compartiría Ud. estimado lector anarquista tribuna con ponentes de derecha? Quizá también puedan seguir contribuyendo con el periódico intelectuales como Edgardo Lander, que a pesar de haber sido acusado de neoliberal en el ejemplar #75, ya había publicado mucho antes un artículo sobre el movimiento popular venezolano en el #65; entonces, si Lander es neoliberal y publica en éste periódico ¿El Libertario es…?

Conclusiones

1) El análisis cuantitativo (estadístico) de la evaluación de los artículos practicada al periódico El Libertario, así como el análisis cualitativo de la información contenida en los 1277 artículos, muestran una tendencia clara a criticar al gobierno y favorecer con silencio a la oposición venezolana y a los sectores conservadores. Esta tendencia se acentúa en el tiempo manteniéndose la misma cantidad promedio de artículos escritos por ejemplar.

2) No existen indicios para pensar que El Libertario tiene una postura imparcial en medio de la polarización política venezolana. Evidentemente no puede tenerla como colectivo que se autodenomina anarquista, porque además el ejercicio debe ser contrainformativo, pero a pesar de ello, el silencio informativo respecto a la oposición venezolana lo ubica en términos políticos hacia la derecha.

3) El Libertario encapsula como enemigo a cualquier movimiento de izquierda nacional o internacional que le parezca solidario con el proyecto bolivariano impulsado por Hugo Chávez, incluyendo a grupos anarquistas que vean condiciones sociales favorables al desarrollo del ideal ácrata con la actual gestión de gobierno. Incluso, criminaliza las manifestaciones de apoyo popular, de los de abajo, a la mencionada gestión de gobierno.

4) Las contradicciones manifiestas en el estudio diacrónico practicado a las publicaciones de El Libertario dejan serias dudas acerca de la autenticidad del mismo como colectivo anarquista, razón por la cual queda negada la hipótesis de trabajo. En tal sentido, parece utilizarse el periódico y el anarquismo como tapadera de intenciones insanas, esencialmente conservadoras y para captar incautos descontentos por los vicios y corruptelas del gobierno bolivariano (que obviamente existen).

Colofón

Quiero aclarar a los lectores que no tengo en lo absoluto problema alguno de índole personal con los colaboradores y editores de El Libertario, ni mantengo relación laboral o contractual con ninguno de los mismos, ni tengo interés en hacerme con la propiedad del periódico, ni impulsar ningún otro medio o favorecer puntos de vista de otras agrupaciones anarquistas. Escribo desde mi postura independiente mas no individualista, con autonomía, sin fin de lucro y únicamente con ánimo de aportar verdades y reclamar por lo justo. Nadie me encargó o pagó por este estudio.

Bajo ningún concepto o motivo le pido con este estudio a El Libertario que asuma una postura favorable al gobierno, pero sí que deje de favorecer con silencio a la oposición derechista, oligárquica, capitalista y neoliberal venezolana y latinoamericana. Igualdad de palabras, argumentos y artículos contra ambos (gobierno y oposición).

Eximo de todo comentario y responsabilidad al compañero Antonio Serrano, respetable escritor de El Libertario, quien en cada uno de sus artículos mostró gran altura intelectual frente a la polarización política, y quien en sus largos recorridos por la UCV vendía los ejemplares en clara demostración de consonancia con la clase obrera del país y el ideal libertario. Honor a su memoria.

Investigación y redacción: Gabriel Oliveros (Caracas – Venezuela).

La normalización de la servidumbre

Es bien sabido que en el mundo occidental las formas de dominación totalitarias crean un repudio casi automático por parte de la población al ser planteadas como método de gobierno. Estamos adaptados a democracias parlamentarias y a sistemas de votación y elección de representantes, de modo que un sistema absolutista y dictatorial nos parece un arcaísmo evitable y aborrecible.

Aun así, es inevitable contemplar la situación de la sociedad contemporánea, en prácticamente cualquier parte del mundo desarrollado, sin percatarse de constantes y flagrantes abusos a las libertades más esenciales,  de una forma muy similar a las dictaduras absolutistas de antaño.

Las democracias modernas, enmascaradas tras unas libertades aparentes y con unos límites difusos, amagan un trasfondo que en prácticamente nada se distinguen de regímenes dictatoriales. Pero sin embargo, esa apariencia de libertad constituye un pilar fundamental para la aceptación y la perpetuación de la sociedad de clases.

En definitiva, de la misma manera que en épocas pasadas se aceptaron como normales sistemas de dominación embrutecedores, nuestra etapa histórica no es una excepción.  Seguimos haciéndolo sin cuestionarlo demasiado, casi por inercia, pese a ser conscientes de la existencia diaria de casos de represión, coerción de libertades básicas, desahucios, corrupción, no cumplimiento de programas electorales, etc…

No es extraño, pues, plantearse la siguiente pregunta en clave sociológica: “¿Por qué estamos tan mal y por qué lo permitimos?”.

EL SÍNDROME DEL ESCLAVO SATISFECHO

Es curioso que los manuales de diagnóstico psiquiátrico (como el DSM americano) contemplen la rebeldía como un trastorno mental, pero que sin embargo, asuman como un comportamiento normal el hecho de sufrir una existencia objetivamente miserable y estar agradecido de ello, resignándose a aceptar sus penurias con un único argumento: “es lo que hay”.

Y es que hay algo peor que sufrir un trato constante de dominancia y humillación, y ese algo es estar agradecido y satisfecho de su condición de esclavo.

Algunos pensarán que exagero cuando hablo con tal soltura sobre un término tan peyorativo y extinto como “esclavitud”, pero la esclavitud psicológica moderna nada tiene que envidiar a la esclavitud física de antaño.

La neoesclavitud se fundamenta en el principio de la asunción del pensamiento y de los intereses de las clases dominantes. Hecho que desemboca en una personalidad resignada, indulgente y acrítica, que concibe las necesidades de los poderosos como suyas propias, “superando” la lucha de clases por la negación de estas. Nada más lejos de la realidad.

Pongamos un ejemplo:

El aparato de dominación nos vende una imagen: “La empresa es una GRAN FAMILIA, hay que hacer sacrificios porque TODOS sufrimos la crisis y hay que proteger a los empresarios porque GENERAN RIQUEZA al crear nuevos puestos de empleo”

Este discurso inclusivo engloba dos clases de intereses opuestos en un todo homogéneo con intereses predefinidos por la clase dominante.

Se reparten sentimientos de familiaridad, calidez y cercanía que van más allá de una relación meramente laboral, personalizando entidades corporativas y generando en el trabajador un sentimiento de traición si no cumple. También se exculpa a los culpables de la situación económica y lo que es peor, se les considera agentes imprescindibles para la salvación.

Al final, encontramos una clase dominante reforzada (dando imagen de necesaria, salvadora, de una omnipotencia casi religiosa e incuestionable) y una clase obrera debilitada y con un discurso ajeno a sus necesidades (dando una imagen temerosa, trabajadora, sacrificada y de la que se espera que no traicione tales preceptos).

UN SÍNDROME RECURRENTE EN LA HISTORIA

LA CAVERNA DE PLATÓN

Para encontrar el primer ejemplo de la tesis que sostengo en el artículo, debemos remontarnos a la Grecia Antigua.

Platón, conocido por muchos, fue un filósofo cuyos pensamientos influenciaron de forma notable en los pilares sobre los cuales se han sustentado prácticamente todas las sociedades históricas occidentales.

Una alegoría propuesta en su libro “La República”, es el famoso Mito de la caverna de Platón.

En ella, Platón nos habla de unos hombres encadenados en las profundidades de una caverna desde su nacimiento, sin haber nunca salido de allí y sin tener la capacidad de poder mirar hacia atrás para entender sus cadenas. Por lo tanto están obligados permanentemente a mirar hacia la pared que tienen delante. Tras ellos se halla un muro ocultando una hoguera de la que sólo les llega algo de luz. Entre el muro y la hoguera se encuentran unos individuos con objetos que sobresalen por encima del muro y utilizan la luz de la hoguera para proyectar las sombras de dichos objetos, emulando formas de árboles, personas o animales. Por lo tanto, todo lo que ven los hombres encadenados, son meras emulaciones de la realidad, aunque para ellos esa es la realidad, ya que no conocen otra.

Si uno de ellos lograra girarse y ver la auténtica realidad, la luz le cegaría, vería siluetas extrañas de otras personas y al intentar salir de la cueva, probablemente querría volver a la oscuridad de esta, por la lumbre cegadora del sol. De esta forma, si realmente quisiera salir de allí, necesitaría tiempo y esfuerzo para comprender y adaptarse a la nueva realidad.

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

Allá por el siglo XVI nos encontramos con el pensamiento humanista del escritor bordelés y precursor del anarquismo Étienne de La Boétie, reflejado en su ensayo “Discurso de la servidumbre voluntaria».

La Boétie se preguntaba: “¿Cómo es posible que tantos hombres, tantos pueblos, tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces un tirano que no dispone de más poder que el que se le otorga?”

La respuesta la encuentra en la forma en la que se constituyen las sociedades: la violencia.

Al principio, el sometimiento popular se ejerce mediante dominación armada y violenta, en donde el vencido se ve obligado a estar subyugado por obligación, pero en las generaciones venideras, nacidas en el seno de unas costumbres de servidumbre, deciden servir por pura resignación.

La Boétie lo resumía de esta forma: “Es verdad que al comienzo uno sirve obligado y vencido por la fuerza; pero los que vienen después sirven sin disgusto y hacen de buen grado lo que los precedían habían hecho por obligación.”

Al igual que el ejemplo de Platón, este también es extrapolable a la sociedad actual. Aunque la dominación no siempre se ejerza de manera violenta o armada, los métodos de coerción económicos, más refinados, también gestan en los individuos un espíritu de resignación y derrota.
La dominación, en ambos ejemplos, se rompería con un trabajo arduo y una dedicación premeditada hacia ello.

LA ALIENACIÓN: MARX Y MARCUSE

Ya en el siglo XIX, Marx, influenciado por el pensamiento de Hegel y Feuerbach, analizará un concepto que también se podría englobar dentro de este paradigma: la alienación.

La alienación, grosso modo, se puede entender como una disociación del trabajador con respecto al rendimiento de su actividad productiva (cuánto produce), al usufructo generado por tal actividad productiva (qué produce), a las relaciones humanas y a su propio potencial como humano.

Si bien estar alienado no es una patología en sí, el concepto nos puede ayudar a entender las causas de la servidumbre voluntaria.

Un trabajador (dominado), al no saber cuánto produce ni tener control sobre el producto generado mediante su actividad productiva, desconoce la situación económica. Relegando así involuntariamente el control de esta al empresario (dominante). Esta situación perpetúa el engranaje de dominación y le otorga el control económico absoluto y por ende, una posición de dominio a dicha clase.

Por otro lado, el obrero, obligado a competir con sus compañeros y compañeras, suscita en él un mecanismo defensivo primario de conservación: la individualidad. Ante tal situación, cada individuo se distancia de sus semejantes, abogando por desentonar sobre el resto y desmerecerlos; virtualmente, se generan objetivos contrapuestos entre cada obrero (“yo tengo que quedarme con este trabajo a toda costa”) aunque el objetivo definitivo, sea común (“porque si no, no podré comer”).

En la misma línea de ideas, el sociólogo Herbert Marcuse, de la Escuela de Fráncfort adapta la teoría marxista de la alienación al contexto industrial, con una visión renovada. Enlazo un artículo acerca de esto AQUÍ para no explayarme más de la cuenta.

Sin duda, es muy curioso como un discurso como el del principio del artículo, puede propiciar que un esclavo sienta más afinidad y cercanía de clase con aquél que le domina que con un congénere con los mismos fines.

LA EXISTENCIA INAUTÉNTICA Y LA MALA FE

Por último, me gustaría mencionar dos interesantes conceptos surgidos de dos filósofos con perspectivas ideológicas antagónicas pero que mucho tienen que aportar a todo esto.

El primero es el concepto de la “Existencia Inauténtica”, del alemán Martin Heidegger.

El individuo, consciente y angustiado por el conocimiento de su propia muerte se entrega a la “existencia inauténtica”. Una forma del ser que pretende negar la propia consciencia escudándose tras la pasividad, la mediocridad y el anonimato.

Esta existencia inauténtica enmascara la autenticidad del individuo y representa la imagen que queremos mostrar a los demás, de forma que también, dicha representación, viene determinada desde el exterior.

Se podría ejemplificar de la siguiente manera:

Tenemos a cinco individuos que conforman una sociedad con una identidad cultural, unas normas, una ideología y una forma de ser determinadas. Dos de ellos dominan, los otros tres trabajan para ellos sin cuestionárselo. Supongamos que llega un sexto individuo con una mentalidad que rompería con la homogeneidad del entorno, sin embargo esto no pasa. Poco a poco, ese sujeto se homogeneiza ocultándose tras una máscara de apariencias que le sirve para no destacar sobre nadie, para, de esta forma, poder permanecer como miembro íntegro de la sociedad. Lo curioso es que no se cuestiona porqué lo está haciendo, así que sirve voluntariamente.

El segundo concepto es el de la “Mala Fe”, acuñado por Jean-Paul Sartre.

La mala fe es el autoengaño. Una conducta mediante la cual un ser niega su propia libertad convirtiéndose en un ser inerte.

Esta actitud se representa muy claramente cuando hay que elegir entre dos situaciones. Sartre, en “El ser y la nada”, nos muestra el siguiente ejemplo:

“Un camarero sirve a los clientes con excesivo celo, con excesiva amabilidad; asume tanto su papel de camarero que olvida su propia libertad; pierde su propia libertad porque antes que camarero es persona y nadie puede identificarse totalmente con un papel social.”

El camarero del ejemplo renuncia a tomar una decisión; quizás dejar el restaurante, quizás probar a trabajar con mayor naturalidad… Si le preguntáramos, probablemente excusaría su situación indicando que no puede hacer otra cosa, que tiene que actuar así.

Tanto la renuncia como la excusa son mala fe sartreana.

Este concepto está sumamente ligado a esclavitud voluntaria. La mala fe le sirve a la estructura de dominación para mantener engrasados sus engranajes.

Si como individuos somos incapaces de romper una disyuntiva mediante elecciones razonadas y preferimos ocultarnos tras el autoengaño, por tal de no cuestionar el porqué de actuar de tal o cual forma, como sociedad ese problema se magnifica y se perpetúa.

LA NECESIDAD DE PENSAMIENTO CRÍTICO

Como hemos podido ver, el síndrome de la esclavitud voluntaria no es un concepto de la nueva era. A lo largo de la historia se ha estudiado su existencia así como los medios que nos llevan a ella desde distintas perspectivas. Todas son válidas e interrelacionables.

Tanto la mala fe como la existencia inauténtica, son conceptos que aluden a la representación del individuo de cara al exterior, pero a su vez, esta representación es diseñada por los agentes externos.

Estos conceptos son otra forma de alienación complementaria a los preceptos de Marx y a su vez, desarrollos más concretos y específicos de la antiquísima caverna platónica.

La única forma de romper con esta rueda de servidumbre voluntaria es mediante el escepticismo y el pensamiento crítico. Cuestionar absolutamente todo lo que uno hace y saber por qué se hace. Porque no hay praxis más irresponsable que utilizar la libertad de elección como forja de nuestras propias cadenas.

OFF TOPIC

Me hubiera gustado hablar de Erich Fromm y de su libro “El miedo a la libertad”, pero el artículo ya es suficientemente largo, así que lo dejo en PDF por AQUÍ y recomiendo encarecidamente su lectura.

¿Qué hay de nuestro proyecto político?

La palabra política no es una palabra vacía, hacemos política en la medida en la que problematizamos el modelo de organización social imperante y nos implicamos activamente en cambiarlo o en crear alternativas. En el debate sobre la atomización del anarquismo surgió la pregunta de por qué sabemos de muchos colectivos y compañeras (de movimientos vecinales, colectivos de barrio, proyectos de economía social, de transición, etc.) que no participaron del encuentro del libro anarquista. En ese debate se puso en cuestión las identidades del anarquismo y las diferencias entre una identidad más «dura» u ortodoxa, con unas fronteras claras, y una identidad «blanda» que se posiciona en función de objetivos y planteamientos más concretos.

Para incidir en la sociedad (con una voluntad política) es necesario insertarse en ella y es evidente que esta, al igual que nosotras mismas, está mediada por el capitalismo y reproduce sus valores neoliberales, patriarcales, individualistas, etc. Para conseguir una inserción social es necesario disputar desde nuestros discursos espacios públicos. Ello nos exige la capacidad de cabalgar las contradicciones que vivimos en un constante proceso de construcción personal y común, y entre la teoría y la práctica.

No negamos la necesidad de cambiar nuestra forma de relacionarnos ni tampoco negamos que la vida cotidiana sea un espacio desde el que crear otro mundo. Pero reivindicamos que solo es revolucionario cuando supone un compromiso continuo contra el orden social en el que vivimos. No es posible cambiar los imaginarios sociales a golpes de decretos pero, aun en grupo, no se puede dar la espalda al contexto que limita los cambios a pequeña escala que logramos día a día.

El anarquismo como forma de vida elige explícitamente el objetivo de vivir de la forma más coherente posible con sus grupos de afinidad abandonando el proyecto de cambiar el mundo. La responsabilidad de convencer, en lugar de asumirse como un compromiso militante sano, se rechaza de plano. Esa elección me suena a rendición frente a la derrota de la historia, lo que nos lleva a concebirnos como individuos en abstracto, desligados de la historia que nos trajo al mundo y de la que estamos por construir. Supone, en definitiva, asumir como propios los postulados individualistas de la ideología liberal que atomiza nuestra sociedad. Desde ese anarquismo individualista es fácil mirar por encima del hombro a quien no se ha deconstruido, a quien come carne o a quien no se solidariza con las huelguistas. Pero se hace desde el cómodo sectarismo de la élite que no cae en contradicciones a costa de no disputar espacios al capitalismo. Otra consecuencia del individualismo que mamamos en el sistema capitalista, es la cerrazón del movimiento en torno a discursos, debates y prácticas hechas por y para las personas que se identifican como anarquistas.

Con esto no quiero decir que todo valga, no podemos dejar de lado los fines más radicales pero los medios que elijamos no pueden convertirse en un fin en si mismo.¿Ser radical es replegarse en utopía individual que salva nuestras contradicciones? En ese último caso quedan vacíos de contenido político, porque «si estáis rodeados de esclavos, aunque seáis su amo, no dejáis de ser un esclavo»i.

La carencia de un análisis histórico del presente nos lleva a no asumir la situación de derrota de la que partimos. De ahí que planteemos discursos grandilocuentes que no anclan en realidades concretas y suenan desfasados en una época en la que nuestro deber es el de acumular fuerzas. Hemos de desarrollar y difundir la idea más allá de nuestros espacios para forjar condiciones que posibiliten una revolución. A la vez que damos espalda a esta realidad, parece que la aceptemos en la práctica con un derrotismo descorazonador. Descorazonador porque parece que los ideales socialistas ya no pretenden cambiar la historia, sino estructurar una ideología que nos permita limpiarnos la conciencia con una burbuja individual de libertad burguesa. Entonces veo como el anarquismo como forma de vida encaja dentro de los esquemas de lo admisible en la dictadura neoliberalii ya que no se propone cambiar el curso de su historia.

Veo a estas sensaciones de desesperanza y pérdida de referencias emerger cíclicamente en el entorno porque la perspectiva que asumimos como movimiento no nos permite poner sobre la mesa preguntas encaminadas a construir un horizonte común para la humanidad y los ecosistemas, para nuestra sociedad. Plantear de forma concreta a qué aspiramos es necesario para orientar nuestra acción política. Sabemos que este aterrizaje en la práctica es un sendero que nos obliga a mirarnos cara a cara con las contradicciones de este sistema, pero de verdad creo que merece la pena transitarlas. Es justamente en ese camino en el que construimos un futuro mejor para todas.

La organización formal aparece como necesaria, no con la voluntad de plantear la unidad de acción, pero sí como un paso adelante en el compromiso político de las revolucionarias en pos de cambios en la sociedad y el mundo que vivimos. Supone llenar de nuevo de contenido la palabra política.

iBakunin, M. Dios y el Estado.

iiBookchin, M. Anarquismo social o anarquismo personal. Un abismo insalvable.

Álvaro, militante de FEL

Asambleas de barrio y pueblo: espacios de poder popular

En un contexto de crisis de las instituciones burguesas, en las que la oligarquía se encuentra con dificultades para imponerse y la izquierda institucional tampoco es capaz de constituir una alternativa, resulta imprescindible impulsar organizaciones populares fuertes, organizadas, capaces de hacer frente a la ofensiva reaccionaria y neoliberal.

Las asambleas de barrio o pueblo deben comprometerse en el análisis crítico de la realidad social del barrio, identificando carencias, necesidades de los vecinos, y elaborando propuestas para mejorar el bienestar social que partan del empoderamiento popular y permitan reproducirlo. Estos espacios pueden ser la base, junto con las secciones sindicales combativas en las empresas, de una institucionalidad comunitaria que permita el avance de la izquierda hacia una democracia en lo político y en lo económico: hacia la democracia socialista.

Ello requiere una ambición y una audacia que los partidarios de la organización popular en España no hemos demostrado en las últimas décadas. El resultado de esa pobre experiencia es una incidencia mínima en la inmensa mayoría de barrios y pueblos de la península, quizá con notables excepciones en Catalunya, Madrid y EH.

Mención aparte requeriría la cuestión de los centros sociales en los barrios, ocupados o no, sobre los que cabe aquí una reflexión. La retórica de estos espacios, centrada en el trabajo vecinal y las alternativas de ocio juvenil, está muy alejada de la realidad de la mayoría de ellos. Los centros sociales deberían ser espacios abiertos, bien cuidados y que cubran necesidades del barrio: clases de apoyo a estudiantes, deportes, grupos de consumo, asesoría legal, talleres formativos en informática e idiomas… La cultura crítica (exposiciones, videoforums, conciertos o presentaciones de libros) es importante, pero su lugar es exagerado como herencia del movimiento okupa de los 90.

Los centros sociales deberían ser espacios abiertos, bien cuidados y que cubran necesidades del barrio

El papel de los militantes libertarios debería ser acercar al vecindario y hacer de estos lugares centros de socialización. Para ello, deberán contrarrestar las tendencias regresivas que pretenden hacer de estos lugares espacios sucios, ideologizados y juveniles; proponiendo otros tipos de actividades. Es esencial dedicar nuestros esfuerzos a formar y reforzar los espacios sociales, críticos y plurales; que sean reconocidos como bienes comunes. Eso implica evitar la dinámica, demasiado habitual y poco productiva, de formar colectivos ideológicos de agitación y propaganda que se limitan a difundir el anarquismo en abstracto. Por resumir: Necesitamos más espacios amplios, fuertes y reconocidos, que construyan poder popular, en los que estemos colaborando con otras tendencias de clase; y menos colectivos libertarios ideologizados e ideologizantes.

¿Por dónde empezamos una asamblea de barrio?

El primer paso imprescindible es hacer un mapeo del tejido vecinal ya existente en el barrio. Esto incluiría: asociaciones diversas de intervención en problemáticas del barrio, asociaciones de vecinos, proyectos anticapitalistas… Esto nos permitirá hacernos una idea de algunas cuestiones básicas: ¿Qué se está haciendo en el barrio? ¿Quién lo está haciendo? ¿Cómo puede mejorarse el tejido barrial? ¿Desde dónde puedo yo incidir mejor para reforzar el tejido popular en el barrio?

En la mayoría de barrios, la existencia de grupos políticos afines realizando actividad social es prácticamente inexistente. Con todo, aún podemos acudir a organizaciones no tan cercanas pero que estén desarrollando actividades que sean interesantes para apoyar la construcción de poder popular. Estoy hablando de asociaciones de vecinos, organizaciones ecologistas, e incluso ONGs. Lo importante es no quedarnos en casa. Participar en estas organizaciones nos permitirá obtener contacto con el barrio, recabar apoyos y realizar algún proyecto interesantes en la línea de fortalecer el tejido del barrio.

¿Desde dónde puedo yo incidir mejor para reforzar el tejido popular en el barrio?

En aquello lugares donde hay grupos políticos organizados es necesario romper con la cultura política de la desconfianza y de las discusiones por cuestiones secundarias o de muy largo plazo. Esto es posible si se trabaja en conjunto en torno a las necesidades de la mayoría social desde espacios comunes. Debemos impulsar esos espacios de trabajo conjunto: asambleas populares del barrio o pueblo donde todos los actores estén representados para trazar líneas de avance conjuntas.

¿Y qué hacemos?

Una vez conocidas las necesidades del barrio o pueblo es más sencillo trazar proyectos plurales que impliquen a todos los actores. Por ejemplo, si vivimos en un barrio de ciudad con vecinos preocupados por su consumo, los grupos de consumo, que organizan a los consumidores y los ponen en contacto con productores ecológicos, son un ejemplo de proyecto que puede atraer a vecinos, transformar sus hábitos de consumo y construir sociabilidad. Montar un grupo de consumo puede ser una semilla desde la que caminar hacia la toma de decisiones colectivas sobre cuestiones del propio barrio. Por supuesto, otro ejemplo serían las asambleas de vivienda para hacer frente a los procesos de desahucio. Así como el resto de propuestas que mencionaba más arriba: clases de apoyo a estudiantes, deportes, asesoría legal, talleres formativos en informática e idiomas…

Actualmente, lo cultural está sobredimensionado en los espacios sociales. Esto ha formado un mundillo que podríamos contracultural que tiene poco de popular y mucho de gueto cerrado. ¿Cómo podemos enfocar lo cultural de otro modo? César Rendueles, en un escrito muy lúcido en el periódico Diagonal, animaba a afirmar una política cultural que partiese de aquellos espacios de cultura que funcionan, a saber: la cancha, el parque infantil y la biblioteca del barrio. Sobre el deporte no puedo estar más de acuerdo: «Me parece esencial que el mundo de la cultura aprenda del deporte, donde el amateurismo, la autoorganización y la participación popular masiva son realidades consolidadas.» Sobre la biblioteca, mi impresión es que son más necesarias que nunca aulas de estudio, lugares de consulta y espacios de tranquilidad para los jóvenes; los espacios sociales en los que participamos los anarquistas raramente están dando cabida a estas necesidades. Afortunadamente existen casos como este de Manresa. O la Liga de Fútbol Popular en Vallekas.

afirmar una política cultural que parta de […] la cancha, el parque infantil y la biblioteca del barrio.

Respecto al modelo de organización de estas asambleas, se podrían realizar plenarios anuales donde se marquen objetivos, medios para conseguirlos y se repartan responsabilidades. Luego se podrían realizar valoraciones semestrales sobre los acuerdos. Lo esencial es que se marquen acuerdos claros y que se cumplan a rajatabla, con objetivos realistas y mecanismos para solucionar los problemas lo más rapidamente posible cuando esto no ocurra.

Para que estos espacios sean una realidad hay que poner la organización social por encima de los intereses partidistas e individuales. Es parte del interés de todos (militantes y vecinos) que las asambleas construyan poder popular en los barrios y que este pueda detener las ofensiva neoliberales, los recortes, los pelotazos urbanísticos… También resulta necesario primar la estabilidad de las asambleas populares. Hay que asegurar el relevo generacional formando a la nueva militancia en las experiencias de las anteriores generaciones, impidiendo una ruptura o un olvido del relato de luchas y victorias pasadas.

En definitiva, se trata de valorar nuestra institucionalidad, de tomarse en serio el proceso de organizarla y potenciarla. El objetivo del poder popular es que la población organizada gestione los equipamientos públicos, o al menos participe de la toma de decisiones en pie de igualdad con las instituciones del régimen. Eso es posible si consigue convertirse en un organismo legitimado y estable.

Unas asambleas de barrio y pueblo así, junto con un sindicalismo fuerte, nos permitirían construir un mundo más libre y mejor, oponiéndonos a las políticas antisociales y antiecológicas que nos reserva en los próximos años el capitalismo y el Estado.

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