Nuestro contenido socio-político

El anarquismo es la corriente política más vilipendiada de todas, no mirándolo desde una perspectiva victimista sino atendiendo a la realidad en que vivimos y cómo se ve que desde los medios, los políticos hasta la gente común, que el anarquismo es caos, o una utopía, o libertinaje… En cambio, para quienes andan más enterados del tema, aunque sin acercarse demasiado, asocian al anarquismo a CNT (mirando el caso español) y, por más desgracia que suerte, a la estética y la actitud punk, en menor medida del skinhead o del Straight Edge. Sin embargo, lejos de todo ello, el anarquismo es una ideología política que en la práctica constituiría/debería constituirse un movimiento socio-político de carácter antiautoritario y aspiraciones revolucionarias, cuyo contenido se está perdiendo por la identificación del anarquismo con actitudes tribuurbanistas. Desde aquí me planteo una serie de cuestiones y es precisamente la vinculación del anarquimo al punk, y en menor medida del skin y del Straight Edge.

Sin contar el plano cultural, que tampoco podemos menospreciar ciertas las creaciones artísticas y musicales que han generado esos colectivos, así como el «Do It Yourself», el movimiento okupa… No obstante, aquella rebeldía juvenil de los años ’70 se alejó de la lucha de clases y de la sociedad, lo que hizo -y está haciendo- que no sean capaces de articular una respuesta social amplia y viable. Si atendemos a la historia del movimiento anarquista, tanto en su teoría como en su praxis, observamos claramente ese componente socio-político que lo ha caracterizado desde sus orígenes y, pese a unos períodos de alejamiento de la clase trabajadora cuando se extendió la táctica de la propaganda por el hecho, estuvo más presente en el imaginario popular como una corriente política alternativa a la izquierda institucional y marxista. No obstante, hoy en día, al identificarse el anarquismo con características del punk/skin/straight, pierde su contenido socio-político que lleva intrínseco en sí, distorsionando lo que realmente es el anarquismo y haciendo de una corriente política una ideología tribuurbanista. Para más inri, desde los medios se atribuyen las estéticas y las actitudes al anarquismo con un claro intento de despolitización de éste.

Por otro lado, sería oportuno aclarar que estoy tratando el tema enfocado a nivel colectivo, pues a nivel individual, pueden haber militantes con estética punk -o lo que fuere- que lleva un compromiso con la lucha social y participa activamente en las organizaciones formales. También aprovecho para señalar que no defiendo ninguna estética y la critico cuando se antepone la estética frente al contenido.

«El anarquismo nació de la revuelta moral contra las injusticias sociales» (Malatesta) y por ello siempre ha tenido una tradición de lucha social y clasista, algo que ni el punk ni el skin ni el straight tuvieron porque más bien, pese a la influencia anarquista en ellos, terminaron en un «anarquismo de estilo de vida», quizá algunos colectivos con mayor presencia en la sociedad que otros, pero no se muestran capaces de realizar una labor de inserción social. Aunque el problema no son las actitudes tribuurbanistas en sí, sino la identificación de ellas con el anarquismo, pues existe una clara incompatibilidad entre la lucha social y de clases con actitudes antisociales y tendientes a la marginación.

Debemos recuperar este rico contenido político que caracteriza nuestra teoría y la tradición de lucha social y clasista resultado de la aplicación de la teoría, y para ello debemos trabajar en la formación teórica para poder ofrecer análisis de la realidad social y dar así con alternativas materializables utilizando como herramienta la organización político-social. Sabemos que es difícil pero hoy más que nunca es necesario que los anarquistas estemos presentes en los movimientos sociales en donde podamos actuar dándoles una perspectiva libertaria, dejando a un lado las actitudes antisociales y tribuurbanistas.

El anarquismo no es utópico (I)

Con este atractivo título empieza Daniel Guérin la sección segunda (En Busca de Una Nueva Sociedad) de su libro «Anarquismo» (1970). El argumento es claro y conciso: el anarquismo no es una corriente de pensamiento utópico, por mucho que el statu quo se empeñe en hacernos creer. Nos bombardean a diario, desde la derecha mediática, con que el capitalismo es lo que hay y que es la única—por ser la mejor—manera de organizar la vida de los seres humanos. Toda alternativa al capitalismo se concibe como algo insensato, idealista, o utópico. Incluso sectores de la «izquierda» tildan de «imaginaria» la propuesta anarquista, por no creer que se puede organizar una sociedad humana sin Estado y centralización.

A pesar de todo, Guérin expone con exquisita maestría que el anarquismo de utópico tiene más bien poco, precisamente porque el anarquismo es altamente constructivo. ¿Pero qué tiene que ver esto con ser o no ser utópico? Aquí es donde entran otros autores como Proudhon o Kropotkin, quienes afirmaron que una de las características «naturales» de la persona es el deseo de ser libre—en otras palabras, de ser independiente, autónoma. Así pues, la sociedad que defiende el anarquismo no es ninguna sociedad futura por conseguir, no es ninguna utopía, es simple y llanamente la cristalización de esos sentimientos humanos que ya fueron puestos en práctica en el pasado [1]. De esta manera, al ser el anarquismo una corriente constructiva es cuestión de tiempo—pero con mucho esfuerzo, pues no son pocos los obstáculos que tenemos—que el ser humano alcance su meta más anhelada: la libertad [2].

Proudhon ya escribió con gran acierto que «lo que la humanidad busca en la religión y llama ‘Dios’ no es otra cosa que la humanidad misma. Lo que la ciudadanía busca en el gobiernos . . . no es otra cosa que ella misma; su libertad» (en Guérin, 1970:41) [traducción propia]. Otros filósofos del siglo XX llegaron a conclusiones similares—un ejemplo claro es Nietzsche. En cualquier caso, en los grupos humanos existe un deseo innato de libertad y autonomía que parte primero del propio individuo, y segundo se colectiviza en muestra de solidaridad con sus semejantes—y no meramente por una cuestión de utilidad egoísta al saber que sin otras personas no podría sobrevivir.

De este modo, la anarquía ya se «vive» de alguna manera en ciertos contextos sociales donde es más sencillo escapar de la garra de la autoridad. Estos contextos pueden ser los grupos de afinidad y de pares, en la familia, o en las pequeñas comunidades. El reto que tenemos por delante les anarquistas es llevar esas prácticas diarias al nivel de la sociedad, y para ello muchas cosas requieren de cambios profundos.

Ya hemos dicho que el anarquismo es altamente constructivo, lo que implica que les anarquistas no somos esas criaturas caóticas y desorganizadas que tanto se empeñan algunes en hacernos creer. El anarquismo apuesta por la organización de la vida social, política, y económica en base a criterios muy distintos de los que actualmente imperan. Proudhon, una vez más, fue el primero en afirmar que el anarquismo no es desorden, sino orden: el orden «natural» de la sociedad, pues para él el Estado y los gobiernos que nos imponen leyes «desde arriba»  son formas «artificiales» (en ibid:42). No obstante, ríos de tinta han corrido sobre este tema: ¿cómo deben les anarquistas organizar la sociedad igualitaria?

No es nuestra intención exponer aquí todas y cada una de las propuestas que desde el anarquismo se han dado a la organización social, pero sí que se hace importante resaltar que todas ellas se construyen desde unos principios claves y básicos que caracterizan al anarquismo. Uno de ellos es la autonomía. A su vez, la autonomía es uno de los elementos que nos distinguen del marxismo: el anarquismo no cree que un Estado proletario sea capaz de organizar la sociedad de manera justa e igualitaria, pues la propia existencia de un Estado central supone la sumisión de las personas a una clase política y burocrática que dice «representar» los intereses del «pueblo» , anulando así la autonomía y la capacidad innata de toda persona a intervenir directamente en la resolución de los asuntos de la vida social [3]. La autonomía, pues, presupone descentralización y libre derecho de asociación, siendo la opción federativa la más popular entre les anarquistas.

La unidad básica de organización de la persona sería, de esta forma, el grupo de afinidad–me permito incluir aquí a la familia, aunque ésta no sea exactamente un grupo de afinidad, ni mucho menos. La pertenencia a un grupo de afinidad es absolutamente voluntaria y libre, lo que significa que cualquier individuo puede salir de él en cualquier momento considerado como conveniente. La organización de sectores más amplios se daría en forma de consejo o asambleas de trabajadores, las cuales a su vez se federarían–de forma libre, siempre–para organizar de manera más efectiva las tareas que abarquen amplios espacios geográficos [4].

Como iremos viendo más adelante, el anarquismo ha propuesto un amplio abanico de alternativas organizativas. Baste esta primera introducción a modo de «terapia de choque.» El anarquismo no es una utopía, no es algo imposible a lo que tendemos en un inútil intento de alcanzar algo lo «más parecido posible.» El anarquismo y sus anhelos de libertad se han dado a lo largo de la historia humana en multitud de puntos geográficos. Es más, el anarquismo ya se práctica en la vida cotidiana de muchas personas coetáneas. La próxima vez que os digan que les anarquistas somos «idealistas con la cabeza llena de pájaros» responded que los idealistas son elles; elles por creer que su sociedad autoritaria durará para siempre.

Notas

[1] Algo parecido expone Capi Vidal en su texto «La anarquía de cada día». A pesar de que llevamos miles de años viviendo en sociedades jerarquizadas y autoritarias, las personas hemos ido desarrollando dinámicas sociales a un nivel mucho más «micro» que reflejan precisamente lo que la anarquía busca.

[2] Una vez más, podemos ver trazas de la «sociedad anarquista» en localidades rurales del territorio peninsular, en ciertos vecindarios en núcleos urbanos, etcétera. El deseo de autonomía y libertad es inherente a cualquier ser humano, y por ello no es raro que se manifieste de múltiples formas (muchas veces subrepticiamente) en aquellos contextos más «micro» o de menor escala, donde la interacción humana es más cercana.

[3] Muchas otras son las críticas que se pueden hacer al Estado, pero éste no es el objetivo del presente texto. Para más información véase por ejemplo «El Principio del Estado» (M. Bakunin).

[4] James Guillaume tiene un texto muy inspirador sobre cómo organizar desde el anarquismo una sociedad igualitaria. Se puede leer la versión en inglés en «Ideas on Social Organization.»

Bibliografía

Guérin, D. (1970) Anarchism: From Theory to Practice, London: Monthly Review Press

(*) La versión en castellano del libro se puede leer online en este enlace.

La anarquía como sublimidad democrática (y III)

DEMOCRACIA REPRESENTATIVA COMO FALACIA GENERALIZADA.

La palabra «democracia» y, por ende, el mismo concepto que ella designa, tienen su origen en Grecia. Parece, pues, lícito, y aun necesario, recurrir a la antigua lengua y cultura de la Hélade cuando se intenta comprender el sentido de dicha palabra, tan llevada y traída en nuestro tiempo.

Para los griegos, «democracia» significaba «gobierno del pueblo», y eso quería decir simplemente «gobierno del pueblo», no de sus «representantes». En su forma más pura y significativa, llevada a la práctica en la Atenas de Pericles, implicaba que todas las decisiones eran tomadas por la Asamblea Popular, sin otra intermediación más que la nacida de la elocuencia de los oradores. […] Se trataba de una democracia directa, de un gobierno de todo el pueblo.

Así comienza, muy acertadamente, Ángel Capelletti, filósofo anarquista argentino y profundo conocedor del periodo clásico, su célebre artículo ‘’Falacias de la democracia’’, publicado en el periódico de la CNT de Bilbao [1]. Es muy significativo que antes de iniciarse a desmontar los motivos por los que la democracia liberal y parlamentaria no es verdaderamente una democracia, introduzca su etimología, así como la concepción que se tuvo en principio de aquella, como elementos que se tornan necesarios de conocer. Dejando de lado la falla que supone, y él así lo denota a continuación, que el pueblo griego se reducía a un grupo insignificante de la sociedad (exclusivamente ciudadanos libres se situaban amparados por el término), es importante rescatar esta concepción de democracia como «gobierno del pueblo» y no como «gobierno de sus representantes.»

Pero Capelletti no se detiene ahí, y prosigue:

La democracia moderna, […], a diferencia de la originaria democracia griega, es siempre indirecta y representativa. El hecho de que los Estados modernos sean mucho más grandes que los Estados-ciudades antiguos hace imposible -se dice- un gobierno directo del pueblo. Este debe ejercer su soberanía a través de sus representantes […].

Pero en esta misma formulación está ya implícita una falacia. El hecho de que la democracia directa no sea posible en un Estado grande no significa que ella deba de ser desechada: puede significar simplemente que el Estado debe ser reducido hasta dejar de serlo y convertirse en una comuna o federación de comunas.

Es decir, se asume que funciones organizativas superiores tales como el Estado necesitan de forma indefectible un orden de representatividad inferior, pues sino no son capaces de funcionar debidamente. Por tanto, se acepta una relativa pérdida de libertad —aun cuando esta sea total en tanto que  se pierde la autonomía en favor de un ente supraindividual— con el fin de que el sistema pueda mantenerse y no colapse y lleve al «caos».  Ésta es para el pensador argentino la primera falacia del discurso bien-pensante y pseudodemocrático que se vierte desde las cúpulas políticas y económicas. Las razones que le llevan a tal conclusión parecen claras: el criterio de elegibilidad no representa en última instancia el querer de aquellos a los que dice representar, es más, se podría decir, y mucho más en los virulentos tiempos que corren, que es justo al contrario, esto es, que su motor representativo no es el pueblo, sino vectores económicos que adquieren en algunos casos nociones casi divinas.

En cualquier caso, y dando por válida la opción de que no puede existir sociedad humana basada en principios no autoritarios y jerárquicos (afirmación fácilmente desmontable), nos encontraríamos ante otra falla en el planteamiento de la democracia representativa como panacea democrática, a saber: que la representatividad no abarca a toda la población, dejando a un importante colectivo (minorías sociales e individualidades de toda índole) fuera del sistema. Así, tal y como viene denunciando el anarquismo a lo largo de los últimos decenios, nos movemos entre periodos de dictadura económica —revestida, eso sí, bajo el fino manto de respetabilidad que pudiera conferirle una votación periódica—, que no difieren en exceso de tiempos pasados donde la libertad era una mera ensoñación. Y, para mayor escarnio, no sólo es ese el problema, pues aceptando que la voluntad mayoritaria es el mal menor, el mal que siempre, por defecto, hay que valorar en tanto que supuestamente posee la razón misma de la democracia, toparíamos en seguida con otro dilema: ¿Cuándo se delega la voluntad individual o colectiva en otro sujeto o grupo, se hace porque se cree que en verdad representará con fidelidad tus inquietudes, o más bien a modo de desentendimiento? Con poco que miremos cómo funcionan las dinámicas democráticas burguesas, nos percataremos que, en última instancia, el motor no es el primer caso sino el segundo. De esta forma presenta Capelletti la problemática:

La democracia representativa se enfrenta así a este dilema: o los gobernantes representan real y verdaderamente la voluntad de los electores, y entonces la democracia representativa se transforma en democracia directa, o los gobernantes no representan en sentido propio tal voluntad, y entonces la democracia deja de serlo para convertirse en aristocracia.

De este modo, vivimos regidos por una aristocracia que no sigue, y aunque su voluntad fuese tal no podría, el querer del pueblo. La población, sobre todo en esta crisis sistémica, empieza a darse cuenta poco a poco de la sinrazón democrática en la que vive; sin embargo, nos enfrentamos a otro nuevo dilema: esta desazón bien puede dirigirse hacia el autoritarismo político, económico, etcétera., o bien puede dirigirse hacia métodos más democráticos.

En general, muy pocas personas de este país, a menos que estén altamente politizadas, lo cual es la excepción y no la regla, pensarían en la anarquía como el sistema más democrático. Las razones por las que lo hace ya se han bosquejado brevemente en textos anteriores. Ahora bien, no por ello se debe dejar de reiterar que es ésta realmente la que impronta una mayor cota de libertad en el hombre y, por tanto, en la sociedad. El bello aserto «cada uno según su capacidad, a cada uno según su necesidad» que lo comunistas libertarios del siglo pasado gritaban con vehemencia; el afán ilustrado de igualdad, libertad y fraternidad; la consecución de la autonomía individual sin esto menoscabar la libertad social; todos estos ideales, asentados sobre el apoyo mutuo y la cordialidad humana, no pueden, en definitiva, verse obviados en la actualidad. Por todo ello, la labor de regeneración —lo que desde aquí se intenta— ha de ser febril; la agitación continua y la organización anarquista incipiente. Como dice el filósofo argentino en el texto que he utilizado para vertebrar este artículo en su final:

Sólo la democracia directa y autogestionaria puede abolir los privilegios de clase y, sin admitir ningún liderazgo, reconocer los auténticos valores del saber y de la moralidad en quienes verdaderamente los poseen.

Y, decidme todos, anarquistas y no anarquistas, ¿qué es la anarquía sino la forma más sublime de democracia directa y autogestionaria por y para los seres humanos?

[1] Capelletti, Ángel. Falacias de la Democracia.

Luchar por una Educación Libertaria

Frente a los recortes en el sector educativo han salido multitud de voces en defensa de la educación pública, de calidad y gratuita, y por este motivo creo que es necesario tomar aire y reflexionar un poco sobre este tema.

El sector educativo en la actualidad funciona de la siguiente manera. Desde que somos pequeños nos agrupan por edades, como si ese factor fuera el mas importante, y nos meten en escuelas durante todo el día. En ellas los docentes tienen un plazo de tiempo en el cual su misión es introducir determinados conceptos en las mentes de sus alumnos.

Pasado ese tiempo se elaboran unas pruebas denominadas exámenes, las cuales mediante un sistema de calificación estipulan si tienes esos conocimientos y en qué grado los adquiriste. Si no pasas esas pruebas te mandan repetir curso para intentar de nuevo que adquieras esos conocimientos. Por el contrario, si el docente consiguió su objetivo te mandan a un nuevo curso y así sucesivamente.

De esta forma se va otorgando al alumno los conocimientos considerados básicos y que todas las personas deben tener. Después tienes la posibilidad de seguir en el sector educativo para adquirir una supuesta formación superior que emplea el mismo método antes citado o la de intentar entrar en el mundo laboral.

Pero, ¿quién dice cuales deben ser estos conocimientos básicos que todos debemos aprender? Bien, pues el encargado de estipular los conceptos y en qué cantidad, así como el orden en que se deben aprender es el  Ministerio de Educación. De esta forma la formación de las personas de un país está elegida a la carta por el gobierno de turno, dando como resultado un cambio en los planes de estudio cada vez que entra uno nuevo, así como un cambio en la doctrina de estos.

Entonces estaréis de acuerdo conmigo en que hace falta separar el gobierno de la educación, o mejor dicho, separar el Estado de la educación, ya que es el Estado al fin y al cabo el que estipula y permite este hecho.

Una vez dicho esto, planteémonos algo más, ¿de verdad que siendo diferentes y únicos cada uno de nosotros  tenemos que aprender todos los mismos conceptos y de la misma forma? Es decir, cada uno tiene su propia naturaleza. Cada conciencia es única al igual que lo es su manera de asimilar su entorno y conceptos. Lo mismo pasa con la curiosidad, no a todos nos surgen las mismas dudas al mismo tiempo ni nos interesan los mismos temas.

Entonces, ¿por qué intentar enseñarnos las mismas cosas, al mismo tiempo y de la misma forma? ¿Acaso no sería mejor que cada uno de nosotros fuera por propia vocación y a su ritmo aprendiendo aquellos temas que le fueran interesando?

A lo largo de los años el ser humano ha explorado e intentado explicar todo lo que se encontraba, de esta manera se ha ido acumulando una cantidad ingente de información. Supongamos que toda esta información está dividida en los frutos de un árbol con multitud de ramas, que a su vez se dividen en más ramas y que en cada división hay un fruto; entonces, ¿por qué tenemos que comer solo unos determinados frutos y no podemos escoger aquellos que más nos atraigan?

Es cierto que para alcanzar los que están más altos primero tendrás que recoger los que los preceden, pero esto es lógico. Es el mismo caso que cuando haces una casa, que para hacer el tejado primero tienes que hacer las paredes, y antes de las paredes tienes que hacer los cimientos, y así sucesivamente. Así, el propio interés de cada persona la llevará a adquirir cada vez mas conocimientos, los cuales a su vez les motivarán el querer aprender más de uno u otro tema.

Además, de esta manera el docente no es el encargado de meter unos conocimientos prefijados en las mentes de sus alumnos, sino que desde su posición más alejada del tronco, tiene que facilitar la recogida de alimentos pero sin que ello implique la forma o cantidad en la que han de ser cogidos y/o comidos.

Y, ¿cómo los docentes pueden hacer esto? Pues delegando esa responsabilidad en la experimentación propia, en la enseñanza mediante el método del ensayo y error.

Esta metodología de enseñanza es denominada como pedagogía libertaria, y se rige por los siguientes principios:

– Antidogmática y antiautoritaria: Sin imponer ningún dogma y/o religión.

– Sin premios ni castigos: Ya que la función de estos es modelar la conducta.

– Sin exámenes: esto pretende eliminar la distinción entre “alumnos buenos” y “alumnos malos”, ya que tales calificaciones no existen, solamente alumnos con distintas aptitudes y capacidades.

– Integral: Entendiendo que la formación intelectual tiene que ir a par con la formación manual así como con el desarrollo físico del cuerpo.

Coeducación de sexos: La igualdad entre sexos no es posible sin una educación igual a hombres y mujeres.

– Accesible para todos: Sin hacer distinciones por la cultura, clase, color de piel, orientación sexual…

– Principio de libertad: Sin horarios fijos ni obligatoriedad de asistencia, donde los alumnos puedan entrar y salir del aula cuando quieran, cambiar de sitio, salir voluntariamente a la pizarra…

– Autogestión: Entendiendo que la gestión de la educación tiene que ser responsabilidad de los docentes y de los educados y no depender de terceros.

Es cierto que dentro de la educación anarquista o libertaria, ambos términos son homólogos, hay diferentes tendencias y propuestas. De este modo, podemos dividirlas entre las tendencias no directivas y las de tendencia sociopolítica [1]:

«Las teorías no directivas parten del individuo como eje de toda acción educativa, y se basa en muchos de los principios pedagógicos que Rousseau desarrolla en el Emilio, aunque con críticas a su posición liberal.

Entienden que la libertad del educando debe ser absoluta, y la misión del educador debe ser la de evitar toda influencia coactiva en el desarrollo natural del individuo, puesto que se entiende que este es bueno por naturaleza (o al menos que no es malo), y son las influencias represoras de la sociedad adulta las que lo corrompen. Comparten con Rousseau la idea de que un individuo es incapaz de razonar moralmente hasta su adolescencia, y que por tanto es necesario aislarlo de la enseñanza de todo tipo de dogma, para evitar la manipulación del niño. […]

Son varias las teorías de esta tendencia, que van desde los planteamientos anarquistas individualistas de Stirner hasta la corriente de escuela neutral y las ideas educativas de Tolstói. […]

En el otro polo del paradigma anarquista de la educación nos encontramos con las teorías que defienden que la educación debe tener una fuerte orientación social.

Estos planteamientos no entienden la libertad individual al margen o en contraposición a la libertad social, la libertad no es una característica natural, sino social (Bakunin), y por tanto, la libertad se convierte en un fin, no en el medio. “Si la libertad es conquistada y construida socialmente, la educación no puede entonces partir de ella, sino que puede llegar a ella. Metodológicamente, la libertad deja de ser un principio, lo que aparta a esta línea de las pedagogías no directivas”.

En este polo, el carácter político de la educación se acentúa, pues se entiende que no existe ninguna educación neutral, ya que todas se basan en una idea del ser humano y en una concepción de la sociedad, y por tanto, el/la educador/a debe definirse por un modelo de ser humano y de sociedad. La educación anarquista, para estas tendencias, debe educar para el compromiso moral y político de transformación de la sociedad, no debe ni puede renunciar a transmitir ideología (no a dogmatizar), porque de lo contrario la sociedad capitalista inculcará la suya propia sobre los educandos. En este sentido, dentro de este polo encontramos diversos planteamientos, desde los que van a limitarse a proponer un corpus fundamental de enseñanzas científicas y racionales que faculten para una toma de posición en la sociedad (la enseñanza racionalista) hasta aquellos que proponen una pedagogía de la confrontación que eduque a luchadores sociales contra el Estado y el Capital.

En esta tendencia encontramos diversas teorías como la de Bakunin, los planteamientos educativos de Ferrer i Guardia o la teoría de la desescolarización. […]»

En la actualidad hay pequeños centros donde estas ideas se están llevando a la práctica todo lo mejor que se puede, ya que al final siempre tienes que entrar en el sistema educativo controlado por el Estado o por la iglesia para tener el graduado escolar, título que necesitas para poder trabajar y vivir en sociedad. Pero entiendo que esta no es la solución o método definitivo para alcanzar una educación libertaria, sino que es un medio más para conseguir tal fin.

Considero que todo aquel que este relacionado con la educación y la pedagogía, da igual si es docente, alumnado, etc., debe luchar con el objetivo de conseguir una educación libertaria en una sociedad libertaria, ya que solo en este contexto se podrá desarrollar plenamente.

¿Cómo luchar? Pues organizándonos siguiendo los principios del anarcosindicalismo, (que son la autogestión,  el federalismo y la ayuda mutua, además de todos los que son consecuencia de estos tres), y mediante la utilización la acción directa, el boicot, el sabotaje, la información-propaganda, la huelga, etc., ya que entiendo que la emancipación de la educación debe llevarse a cabo por parte de los propios interesados, y no se tiene que esperar a que un tercero facilite el contexto para que se pueda desarrollar de forma completa.

De este modo, la lucha debe perseguir cambios en el sistema educativo enfocados hacia el acercamiento de la educación hacia una pedagogía libertaria y los principios que la definen, o lo que viene siendo lo mismo, por conseguir la emancipación de la humanidad.

Creo que si somos capaces de afrontar este reto y llevarlo a cabo de forma sólida, es decir, de menos a más, trabajando en grupos locales, y una vez consolidados estos grupos confederarse entre sí, seremos capaces de plantarles cara a los que quieren que la educación sea una instrucción militar subordinada al sustento e interés del Estado y del capital.

Alekseievich

[1]  Noa, Francisco José Cuevas. La propuesta sociopolítica de la pedagogía libertaria.

La anarquía como sublimidad democrática (II)

El cuándo y el porqué: breve genealogía.

Aunque podemos atisbar rasgos claros del pensamiento ácrata desde los propios inicios de la labor filosófica, no es hasta la primera mitad del siglo XIX cuando se empieza a asentar el ideario anárquico como ideología política, con su consiguiente contenido moral y filosófico, en torno a la figura de uno de los padres del anarquismo: el pensador  francés Pierre-Joseph Proudhon que, a la sazón, fue el primero en referirse a sí mismo como anarquista (si bien es cierto que el término ya es usado durante la Revolución Francesa para referirse a los socialistas utópicos que profesaban un pensamiento extremadamente radical, es éste último, como digo, quien lo sella como cosmovisión política [1]), evidentemente desde un ángulo todavía algo ambiguo, en su obra «¿Qué es la propiedad?».

Muy pronto, debido al carácter resuelto, radical y crítico de los llamados anarquistas para con el poder y las autoridades que lo sustentan, la palabra va adquiriendo una connotación cada vez más desvirtuada y alejada de la realidad idiosincrática del prístino movimiento, pues se asume, errónea y falazmente, que el poder vigente es necesariamente armónico: ordenado, y por tanto, todo lo que lo provoca y se personifica públicamente contra él ha de ser lo contrario: caótico, desordenado. Este hecho es rápidamente aprovechado y alimentado por la propaganda estatal de todos los países, que pronto empezarán a injuriar contra todo lo que desprenda el aroma libertario. Así, a mediados del siglo XIX, durante la ola revolucionaria que salpica a la mayoría de países europeos, y debido al trasfondo cada vez más peyorativo que va envolviendo todo lo acrático, se dispara el número de publicaciones, líbelos y artículos que defienden con vehemencia la anarquía. En Francia podemos resaltar el lacónico líbelo escrito por el anarcoindividualista Anselme Bellegarrigue en 1850: el conocido como «Manifiesto de la Anarquía» [2] (Manifeste de l’Anarchie), publicado en pleno periodo revolucionario en el periódico libertario L’anarchie, journal de l’ordre –lo cual da buena muestra del interés que ha tenido el anarquismo en desligarse de su falsa acepción ya desde sus orígenes–; en este manuscrito, considerado como el primer manifiesto anarquista, Bellegarrigue recoge en su punto inicial, bajo el título «La anarquía es el orden», una serie de consideraciones que no pretende sino esclarecer el entuerto etimológico en el que se encuentra el término. El anarquista francés arremete con genialidad lógica y casi poética contra la significación fratricida que por aquel entonces pesaba sobre el ideal libertario, con la siguiente correlación de ideas:

En efecto: quien dice anarquía dice negación del gobierno; quien dice negación del gobierno, dice afirmación del pueblo; quien dice afirmación del pueblo, dice libertad individual; quien dice libertad individual, dice soberanía de cada uno; quien dice soberanía de cada uno, dice igualdad; quien dice igualdad, dice solidaridad o fraternidad; quien dice fraternidad, dice orden social.

Al contrario: quien dice gobierno, dice negación del pueblo; quien dice negación del pueblo, dice afirmación de la autoridad política; quien dice afirmación de la autoridad política, dice dependencia individual; quien dice dependencia individual, dice supremacía de clase; quien dice supremacía de clase, dice desigualdad; quien dice desigualdad, dice antagonismo; quien dice antagonismo, dice guerra civil; por lo tanto, quien dice gobierno dice guerra civil.

La tesitura léxica del momento no parece alejarse, revoluciones aparte, demasiado de la de nuestra cotidianeidad.

También es destacable el libro L’Humanisphère, Utopie anarchique, escrito por el anarquista protofeminista Joseph Déjacque que, siguiendo la línea literaria utópica y antiautoritaria (muy alejada, por ejemplo, de la obra de Tomás Moro) del Manifeste des Égaux, del anarquista primigenio  Sylvain Maréchal, desarrollará un modelo de sociedad armónico y pleno de libertad, muy en contra de cómo se ve en su momento un posible porvenir anarquista.

Los ejemplos de escritos que surgen como defensa a todas las injurias y sofismas vertidas sobre el concepto de anarquía son bastos y se dan, en mayor o menor forma, en todos los países de Europa, mas queriendo ser escueto en el desarrollo de este ensayo, creo que resaltando los más conocidos de la época se entenderá que esta polémica terminológica ha sido cuestión más que relevante en el desarrollo del pensamiento ácrata.

Dirigiéndonos a otro punto clave:

La Revolución Francesa, que acaba con una vorágine autoritaria digna de los más fervientes autócratas divinos,  da paso, como ya se ha dicho, a un ambiente revolucionario de aspiración liberal radial y/o socialista utópica que pretende conseguir un objetivo claro: la libertad definitiva para vivir y convivir en fraternidad, máxima aspiración humana. Esta aglomeración de devoción revolucionaria popular, de conspiración republicana  y de secretismo masónico contra el burocratismo culminará con la formación de la Comuna de París en 1871. Es en este punto, tras fracasar estrepitosamente la experiencia por factores más que analizados y aún cuestionados en los ámbitos académicos en los que no considero oportuno entrar, cuando se da un momento, a mi entender, clave en el devenir teórico y práctico del método anarquista y que tendrá, a posteriori, la culpa de que enraíce tanto y tan bien en la psique colectiva la concepción del anarquista como poco menos que Belcebú envuelto en bombas Orsini.

Rescatando la tesis desarrollada por Max Nettlau [3], diremos que en el periodo que abarca desde el fin de la Comuna de París hasta el asentamiento de la vertiente sindicalista libertaria, con separación incluida en el seno de la Internacional en dos tendencias bien diferencias y antagónicas: la autoritaria y la antiautoritaria, se produce un vacío en la teoría y en la praxis, sobre todo, en ciertos entornos marginales de las grandes urbes europeas. La quemazón por el tono autoritario que adquirió la Comuna, su brutal represión, los exilios obligados, la falta de un horizonte claro y las desavenencias en el movimiento revolucionario propiciaron el crecimiento de acciones de propaganda por el hecho individuales, singulares o en pequeños grupos, las cuales eran más hijas del hastío humano ante la injusticia, de la bestia animal que no soporta más sobre su pescuezo la bota de la opresión y de la miseria, que hijas de un horizonte político o filosófico claro: el ilegalismo endémico de finales del s. XIX y principios del s. XX [4]. Los regicidios, magnicidios atentados, la autodefensa, el robo y la acción directa violenta se convierten en la parte visible del anarquismo, quedando la inmensa labor pedagógica y cultural llevada a cabo entre el campesinado, sobre todo el italiano y español, y entre el ambiente fabril, en especial el inglés, alemán y americano, eclipsados para la opinión pública. Ciertamente ésta a veces veía con buenos ojos determinadas acciones violentas; pero no es analizar cómo se sentía aquella gente lo que pretendo, sino rescatar una idea muy simple y obvia: la historiografía estatal de todos los lugares y épocas hasta la actualidad es lo único que ha resaltado con alevosía del anarquismo.

A fin de no extenderme en exceso en un asunto que trataré en el próximo escrito diré que:

Al no ir el ilegalismo acompañado de una base teórica clara, y al no salvaguardarse bajo un grupo de pensadores que a su vez cubriese sus espaldas en la retaguardia mediática, éste se vio abocado al ostracismo, con tal suerte que se produjo una disgregación entre la intelectualidad anarquista: había una parte a la que le resultaba indiferente, otra lo rechazaba de plano, otra tanta  defendía la estrategia ora sí ora no, y otra, la menor, la hizo estandarte, despreciando al resto de doctrinas. Entre todo este desaire estúpido y ególatra, en el peor sentido del término, la imagen del anarquista, y por tanto la de la anarquía, ya estaba totalmente desfigurada. Y el tiempo no ha curado la herida, más bien lo contrario, ha hecho que supure con virulencia.

Es decir, mientras se perdía un tiempo valiosísimo para subvertir a la población en debates etéreos, en disputas intelectuales no menos fútiles, etcétera., el poder, que siempre tira de una (eso bueno hemos de admitirle, ¿no?), y gracias a su historiografía selectiva, ha pervertido el carácter de la idea, dándole un vuelco total.

Nuestra labor se ha de centrar en gran medida en paliar los errores pasados. La instrucción en Historia, en teoría política y en Filosofía se torna elementos, en verdad lo considero así, primordiales para subsanar esta lacra. Evidentemente la pragmática ha de estar al mismo nivel, sobre decirlo.  En definitiva, quien tiene la Historia de su parte es capaz de construir un futuro en la mente colectiva, y en tanto en cuanto esta historia siga falseada por el poder, no habrá futura acracia.

Blibliografía:

[1] Montseny, Federica. ¿Qué es el anarquismo?

[2]  Bellegarrigue, Anselme. Manifiesto de la anarquía.

[3] Nettlau, Max. La anarquía a través de los tiempos.

[4] Todavía no está claro el carácter anarquista de ciertas acciones pertrechadas por personajes de los más obscuros, como Ravachol, o ciertos grupos anarcocomunistas e individualidades ilegalistas de América y Europa, que parecían guiarse por principios de venganza y autosatisfacción. Pero como mi propósito no es polemizar: termínese de leer el texto.

Compañeros de la FAGC detenidos por liberar inmuebles para familias desahuciadas

ACTUALIZACIÓN: Los dos compañeros son condenados a pagar cada uno una multa de 60 euros por Desobediencia y Resistencia a la autoridad. Esa es la tarifa que cobra el Estado español por cada sesión de tortura.

La Federación Anarquista de Gran Canaria, junto a varios colaboradores altruistas, lleva tiempo, a través de su Grupo de Respuesta Inmediata Contra los Desahucios, liberando inmuebles abandonados para dar cobijo a todas aquellas personas y familias que carecen de techo, bien porque sean víctimas de la hipoteca o el alquiler, bien por pobreza endémica.

Mientras se encontraban en el municipio de Telde (día 12 de Enero) y se dedicaban a las labores de limpieza de dos nuevos inmuebles liberados (unas oficinas prefabricadas abandonadas desde hace años, construidas por una promotora en quiebra y actualmente en concurso de acreedores) con el fin de dar techo de forma urgente a dos familias (una recientemente desahuciada, la otra al borde de serlo), la policía se personó en el lugar. Sin más explicaciones, y alegando que se les acusaba de robo, las fuerzas represivas irrumpieron en la vivienda (sin invitación previa) y de forma agresiva y amenazante empezaron a hostigar a los compañeros. Se suceden las amenazas (como la de esconder dentro de la vivienda a uno de los compañeros, para, según las palabras textuales de los agentes: “poder pegarle sin que lo vean los vecinos”), los comentarios insultantes y denigrantes (“guarros, hippies, piojosos, etc.”), hasta que finalmente se pasa a detener a dos de los compañeros aplicando las máximas dosis de violencia gratuita e innecesaria (por ejemplo, se incrusta la cabeza de uno de ellos contra la pared y se le ponen las esposas lo más ajustadas posibles, bajo la orden de: “que no haya holgura, apréstaselas a ese hijo de puta todo lo que puedas”). Este mismo compañero es separado del resto y cuando consiguen tenerlo lo suficientemente lejos, se le dirige una nueva batería de amenazas que van desde indicarle que se va a hacer todo lo posible por “trincarlo desprevenido” en la calle cuando vaya con su familia, hasta recordarle la utilidad que la policía nacional sabe hacer de sus pistolas.

Los dos detenidos son dirigidos a comisaría. Uno pasa primero por el Centro de Salud donde da cuenta de las contusiones sufridas, sobre todo en el hombro, hasta el punto de que es necesario pincharle diversos analgésicos. Mientras el otro compañero es llevado a comisaría donde comienza una sesión de golpes que raya en la clara e inconfundible tortura. En la sala de interrogatorios, entre insultos (“cerdo, escoria, cabrón”, etc.) y los más extravagantes comentarios (“en Telde no queremos basura; no vamos a permitir que esto se llene deokupas; ustedes son aún peores que los del 15-M, son anarquistas”, etc.), comienzan los golpes directos, los zarandeos, los agarrones del cuello (cuando por ejemplo tratan de evitar que uno de los detenidos retire la batería de su móvil antes de entregarlo [junto al resto de sus enseres]. Afortunadamente, no consiguen impedirlo), los puñetazos y patadas. Después de la sesión de golpes, el “prisionero” es finalmente llevado al Centro de Salud. Allí, una doctora displicente rellena el parte sin separar su vista del papel y sin auscultar al paciente. Según la facultativa, las siguientes imágenes correspondían a un sujeto al que “no le había pasado nada”:

El compañero comenta cómo le sorprendió que los usuarios de dicho ambulatorio no se asustaran al ver a dos personas con armas de fuego en la cintura, y sí al ver a una con esposas en las muñecas.

Mientras, el otro compañero es sometido a un largo interrogatorio en el que se repiten los insultos constantes (“perro, parásito”, etc.), los ataques y vejámenes, y, que nadie se haga el sorprendido, los “¡vivas!” a Franco y a su época. Finalmente ambos son introducidos en el calabozo, recordándoseles recurrentemente que se les va a tener retenidos hasta cumplir el máximo de 72 horas.

Finalmente, son sorprendentemente puestos en libertad con cargos después de 5 horas de privación de libertad forzada. Los cargos que se les imputan (y he aquí lo más interesante del caso), y por los que tendrán que comparecer ante el Juzgado de Instrucción Número 3 de Telde, el próximo lunes 14, con motivo de un juicio rápido, no están en modo alguno relacionados con la okupación (ni allanamiento de morada, ni usurpación, ni ocupación ilegal, ni nada por el estilo), y se reducen a DESOBEDIENCIA y RESISTENCIA.

Los compañeros pudieron llegar, aunque bastante tarde, a la enriquecedora Asamblea de Inquilinos y Desahuciados convocada para ese mismo día. Asamblea que les dio su aliento y ánimo. En la misma tuvieron la ocasión de exponer sus conclusiones: la policía poco puede hacer judicialmente cuando se ocupa lo que no es de nadie, lo que nadie reclama; este tipo de incidentes sólo refuerzan la convicción de que hay que continuar y reforzar la vía trazada, hasta convertirla (tal y como acabó bosquejándose en dicha Asamblea, a la que acudieron personas de toda condición y edad) en una herramienta que propicie la okupación pública y masiva, en la que se implique a la vecindad del barrio en el que esté inserta la vivienda liberada.

El Grupo de Respuesta Inmediata Contra los Desahucios es hoy un poco más fuerte; la 1ª Asamblea de Inquilinos ha sido un fructífero primer paso para poner los cimientos de la 2ª (ya reclamada); muchas personas, generosas, anegadas y comprometidas, están hoy dispuestas a sumarse a una iniciativa integral que, más allá de las ideologías y creencias de cada uno, une a mucha gente diversa con el objetivo común de aplicar la Acción Directa y el Apoyo Mutuo para auto-capacitarse, inter-ayudarse y poner los mimbres de una realidad nueva que socave al actual Sistema.

 “Nuestras necesidades animales han sido definidas hace tiempo y consisten en alimento, habitación y abrigo. Si la justicia tiene algún sentido, es inicuo que un hombre posea lo superfluo, mientras existan seres humanos que no dispongan adecuadamente de esos elementos indispensables” (William Godwin, Investigación sobre la Justicia Política, 1793).

P.D: A todos aquellos que recomiendan que los compañeros denuncien, estos mismos compañeros quieren poner en su conocimiento: “Nuestra forma de denunciarlo es ésta. Haciéndolo público, denunciándolo de viva voz, dándolo a conocer, evidenciándolo. Nosotros respetamos y apoyamos siempre a quienes denuncian este tipo de actuaciones, pero, a título personal, pensamos que no ganamos nada denunciando ante las instituciones a los propios garantes (la policía) de que estas instituciones sigan en pie. Primero porque sabemos que no servirá de nada (ya saben el dicho: “perro no come carne de perro”); segundo, porque la justicia que nosotros exigimos no puede proporcionárnoslas los tribunales con sus multas, castigos y sanciones. La justicia que nosotros nos damos es la de dar a conocer que en las comisarías y calabozos del Estado español se tortura; es la de evidenciar lo injusto que es que persista existiendo un cuerpo represivo como la policía que sólo sabe introducir en los conflictos humanos aún más violencia; es la de convencernos a todos de lo inconveniente que resulta consentir que un grupo humano armado y legitimado –con el monopolio de la violencia en sus manos– intente atajar las tensiones sociales de forma compulsiva; es la de persuadirnos a todos de lo innecesaria y peligrosa que es la existencia del cuerpo represivo de la policía, hasta que comprendamos que lo mejor para todos es que desaparezca”.

http://www.anarquistasgc.net/2013/01/dos-miembros-de-la-fagc-son-detenidos.html
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