#5AnarquistasBCN

Ayer, miércoles 15 de mayo, las fuerzas represivas del Estado, en este caso encarnadas en la policía autonómica catalana, los Mossos d’Esquadra, llevaron a cabo una operación orquestada por las instancias judiciales españolas (Audiencia Nacional) para acabar con las «organizaciones terroristas anarquistas» que, según dicen, y basando esta aserción en un escrupuloso estudio sin fundamento alguno, operaban alrededor del Ateneu Llibertari de Sabadell.

De este modo, en torno a las 9:00 de la mañana, la policía irrumpía en el Ateneo y se llevaba, como a posteriori se supo por la CNT de Sabadell, que también regenta dicho edificio, un par de discos duros de ordenadores y material de diversa índole. Al parecer, un colectivo llamado «Bandera Negra», que nada tiene que ver con el que actúa en Madrid como al principio aseveraban los medios de comunicación del Estado en su ignominia, tendría cierta relación, no se sabe cuál, con el Ateneo. Así también, se llevaron a cabo diversos registros en otros puntos de la geografía catalana, concretamente en Avinyó y Catallops. La relación entre sujetos de puntos tan diferentes podría estribar en una página de Facebook en la cual se realizaría el supuesto enaltecimiento del terrorismo. Aun así, las informaciones son difusas y contradictorias, por lo que nada se puede confirmar por el momento. Toda esta operación de estilo, que tan bien queda a ojos del buen ciudadano, se ha saldado con 5 detenidos, los cuales, en principio, comparecerán en la Audiencia Nacional este mismo viernes.

Pero ¿cuál puede ser el motivo ulterior de todo esto; y por qué es justamente en la efeméride del 15-M que se realiza susodicha operación? Sencillamente, para deslegitimar a todo el movimiento asambleario y autogestionario, y por extensión, a todo la tendencia ácrata que ha venido reforzándose en los últimos años. Siempre ha sido así, y no iba a cambiar de un día para otro. A poco que se alza el vuelo y el mensaje empieza a calar en ciertos sectores de la población, el Estado democrático actúa sin vacilación inventándose acciones violentas (no olvidemos el abyecto Caso Scala) o amplificando otras (todos esos violentos que fueron detenidos antes del Asedia el Congreso y que, contra toda lógica, fueron absueltos sin cargos son buena muestra de ello).

Es importante que el ciudadano de a pie tenga su buena dosis de lucha antiterrorista para que se sienta más tranquilo. Ah, ¡qué sería de vosotros, pobres diablos, si esos anarquistas consiguieran sus objetivos y os organizaseis libre y horizontalmente; sería, sin duda, vuestro –nuestro– fin!, parece susurrar tácitamente el telediario de turno. Para ser unos utópicos, mucha inquina y fijación se nos tiene.

En definitiva, no queda sino pedir la liberación inmediata de todos los detenidos sin que pese cargo o multa alguna sobre ellos.

¡Mientras haya Estado, habrá represión; mientras haya capitalismo, habrá miseria!

¡La lucha es digna!

¡Libertad!

Sobre la relación entre drogas y juventud

El debate es viejo y ha hecho correr ríos de tinta: consumo de drogas, ¿aceptable o inaceptable? Les que defienden la segunda postura argumentan que las drogas incapacitan a la juventud, pues ésta ve inhibida su motivación para resistir y luchar contra el sistema. No obstante, muches otres ponen en duda esta relación causal que se establece entre «baja militancia» y «consumo de drogas.» En su día ya escribí un artículo al respecto donde me propuse defender el libre consumo responsable (click aquí). Este nuevo texto nace como respuesta a este otro artículo en contra del consumo de drogas (click aquí). Vayamos al tema.

El primer error que podemos observar en muchos discursos anti-drogas (en el ámbito libertario) es la asociación ineludible entre Estado y drogas. A poco que une se ponga a leer historia y antropología verá con facilidad que el consumo de drogas se usa desde la humanidad es humanidad (valga la expresión). Distintos tipos de sustancias naturales se han venido usando en todo el globo con propósitos medicinales, religiosos, sociales, etcétera. Con esto no quiero decir que el Estado-nación moderno no haga uso de las drogas para ejercer cierto tipo de control social (que sí lo hace), sino que las drogas preceden al Estado moderno y su consumo también, obviamente, también lo hace.

El segundo error que solemos observar en los discursos anti-drogas es el establecimiento definitivo de una relación causal entre «consumo de drogas» y «baja militancia.» Como si de un mantra se tratara, mil y una veces leemos que «fumar cannabis adormece a la juventud.» O que «la juventud de hoy en día sólo se preocupa por salir de botellón y emborracharse en el parque.» No seré yo quien niegue esto, pues también he sido joven y he experimentado estas situaciones. Pero me váis a permitir que sea muy escéptico con la relación causal establecida.

Lo primero que hay que tener en cuenta a este respecto es: sin drogas, ¿qué haría  la juventud? ¿Sería más combativa? ¿La F.I.J.A. crecería exponencialmente? ¿La C.N.T. vería que las afiliaciones crecen a un ritmo de 1.000 por mes? Pareciera que estableciendo una relación causal simple entre «consumo» y «militancia» así fuera. Pero a nadie le entra en la cabeza que de darse el caso de desaparecer las drogas por arte de magia esto sucediera. La juventud encontraría otro pasatiempo: comer pipas compulsivamente, quedarse en casa viendo Gran Hermano (que ya lo hace), los videojuegos (otra historia para otro cuento), cría de perros… qué se yo. El problema no es el consumo de drogas (que lo es en parte, a esto voy a continuación), sino toda la socialización que las estructuras e instituciones del Estado promueven en su población. Con socialización me refiero a absolutamente todo: desde las relaciones familiares, pasando por las escolares, hasta las experiencias informativas a través de los medios de comunicación. Todo, absolutamente todo lo institucionalizado, nos recuerda constantemente quién manda y cómo se ha de vivir la vida. Y esto, tras años de adoctrinamiento inconsciente, queda grabado en la cabeza. Las drogas solamente empeoran el problema, pero no lo causan.

Ahora pongamos el ejemplo contrario: ¿podría existir una juventud militante y consumidora de drogas? Los casos que conozco personalmente (el madrileño, el escocés, y el griego) proporcionan conclusiones un tanto diferentes, pero estos tres casos muestran que el consumo sí que es compatible con una militancia activa. El caso madrileño puede ser más conocido a les lectores de esta página, así que poco hay que decir al respecto: cañas, marihuana, y otro tipo de bebidas alcóholicas. En el caso de la militancia escocesa os diré que prácticamente todes les libertaries que he conocido le dan a las pintas de cerveza con bastante pasión. Y ahí siguen. El caso griego es el más radical: la lucha anarquista no se puede comprender sin el alcohol (la cerveza sobre todo) y en menos medida la marihuana (pero también importante). La cerveza es el «mandamiento» del anarquismo en Atenas: tras las manifestaciones y las confrontaciones con la policía les compas se van a echar unas birras a cualquier tasca de Exarheia. Otras personas ya van con unas cervezas en la panza a las manifestaciones, cervezas que por cierto son usadas para preparar los cócteles molotov (el botellín, entiéndase) que luego lanzarán.

Entiendo que esto tiene poco que ver con lo discutido más arriba: no es lo mismo el consumo de la gente «militante» que el consumo en «la población joven en general.» Si he mentado tres casos de militancia europea es para reflejar que les militantes anarquistas consumen (libremente) y ello no impide que su militancia sea ejercida (ni que sea de menor o mayor calidad). Como no soy adivino no sé qué han hecho todas las personas que he conocido a lo largo de mi vida en su juventud, pero desde luego no creo que empezaran a consumir alcohol (por ejemplo) tras decidir ser anarquistas; seguramente el consumo precedió a la militancia (y tal vez ayudó a conformar una mentalidad más política, pero ya digo, tal vez). La relación causal «consumo» > «baja militancia» no se sostiene en ninguno de los casos que yo conozca personalmente (aunque esto no se puede universalizar a la ligera, claro está).

Finalmente, que el consumo de drogas esté presente en ambos lados del especto (la parte militante de la juventud y la no-militante) significa que de haber una relación causal por algún lado el alcohol no puede ser la única y suficiente variable independiente. Con esto doy algún tipo de importancia al consumo de drogas (sobre todo alcohol y cannabis) en la baja militancia de la juventud actual, pero ni mucho menos atribuiría al consumo la causalidad final ni única. Seguramente sea un tinglado de otras variables que influyen en la apatía política de les jóvenes (y su postura anti-ideología). Un tinglado de variables en las que la cultura juega, a mi parecer, un gran papel, y el consumo de drogas «blandas» queda más bien en un segundo plano.

¿Y las aspiraciones revolucionarias?

Sin pretensión de lanzar ofensas y queriendo incitar a la reflexión sobre la trayectoria del amplio espectro anarquista, en este artículo planteo una serie de cuestiones encaminadas a resolver la duda de si estamos perdiendo terreno en el imaginario popular como movimiento socio-político. Vivimos una amnesia colectiva ya con la memoria histórica enterrada, aunque los viejos mitos, al igual que las visiones románticas del pasado, no cayeron del todo o no supimos superarlos. No obstante, esos factores no supuso el olvido del anarquismo, aún se pudo rescatar el rico legado que nos dejaron tanto los teóricos como los hombres y mujeres de acción que pudieron materializar los principios anarquistas. Pese a ello, no todos tendrían la suerte de poderlos estudiar y recientemente, con la aparición de nuevas corrientes ligadas al anarquismo o inspiradas en él, hemos visto que en algunos casos, quedaron en la autorreferencialidad, en la contemplación del individuo y su aislamiento del resto de la sociedad. Aquí nos replanteamos, no solo la imagen que tenemos hoy en día del anarquismo, sino también las nuevas aportaciones teóricas tales como el primitivismo, la anticivilización y otros movimientos subculturales.

Aunque nos cueste asumirlo, el aislamiento moral de los individuos a causa del nuevo modo de vida impuesta por el neoliberalismo también ha influido en parte a un cierto sector de anarquistas que, tras ver el fracaso de tener presencia en la sociedad, la niegan, la ven como enemiga. Lo mismo sucede con la idea de civilización, que se ha asociado con todas las connotaciones negativas que se pudieron atribuir. No se quedan atrás las ideas de misantropía, de una visión romántica de las sociedades primitivas o de las revoluciones sociales del pasado siglo. A ello nos preguntamos; ¿y las aspiraciones revolucionarias? ¿qué es del anarquismo como ideología política que en la práctica debería constituir un movimiento político-social revolucionario, más allá de la simple autocomplaciencia, el panfletarismo de vocabulario extravagante e incendiario, de la asociación con movimientos subculturales? Es cierto que las teorías y las praxis del pasado siglo no serían aplicables al contexto actual, pero de esas teorías deberíamos rescatar ese componente político que desde sus inicios siempre ha tenido, y de la praxis, ese imprescindible componente social y clasista.

Llega a ser preocupante cuando los propios anarquistas asocian el anarquismo con el caos, cuya definición viene a ser una presencia caótica e incontrolable para el Estado y el Capital, que puede causar confusiones y malinterpretaciones a la par que no aporta realmente propuestas constructivas; cuando se asocia la lucha anarquista con los enfrentamientos callejeros; cuando la imagen del anarquista es un chico o una chica con estética punk; cuando se pone como fines la vuelta a ser salvajes, a ser niños y recuperar la inocencia perdida; y más cuando se niega la lucha de clases. En definitiva, la disociación del anarquismo con política daría como resultado el despojo del potencial transformador que posee el anarquismo si existen militantes dispuestos a llevarlo a la práctica, reduciéndose a una rebeldía juvenil, una actitud estética extravagante, bohemia y promotora del caos y la destrucción. He aquí, ¿realmente algunos anarquistas han dejado de lado las aspiraciones revolucionarias para quedarse en la estética, la contemplación del «yo» y la vida bohemia? Ni podemos negarlo ni afirmarlo con exactitud, pues paralelamente, el anarquismo social ha podido sobrevivir y sigue teniendo presencia en todo el mundo, aunque no a grandes rasgos.

Nos urge pues rescatar las teorías tanto de la Vieja Escuela como los contemporáneos de la rama social del anarquismo y saber adaptarlas al contexto actual, recuperando el componente político-social y clasista que desde sus inicios ha tenido el anarquismo, de los cuales se pudieron materializar gracias a no solo militantes comprometidos, sino la preocupación por lo social y el trabajo de acción y difusión entre la clase trabajadora, participando activamente en sus luchas y sabiendo darles una perspectiva libertaria. Sabemos que en este contexto es difícil organizarnos, que las relaciones sociales se han deteriorado mucho y la dificultad para entrar en contacto con otros es un gran obstáculo. Sin embargo, dar por sentado el fracaso de llevar la lucha en lo social y optar por separarse de la lucha social y de clases para centrarse en la autorrealización del individuo, en las revueltas espontáneas y en el rechazo de cualquier iniciativa de organización y elaboración de programas políticos antiautoritarios, supone negar las aspiraciones revolucionarias que estuvieron presentes desde los orígenes del anarquismo.

Más allá de la blogosfera libertaria

Este artículo surge como respuesta al texto de Juan Cruz en la revista Estudios—el cual podéis leer aquí. En él se analiza el papel que los blogs y demás medios de comunicación en Internet juegan a la hora de difundir el pensamiento anarquista. Poco o nada más se puede escribir al respecto, pues el texto de Juan Cruz expone con clarividencia el tema, pero siento la necesidad de ir un poco más allá.

Sin duda Internet ha facilitado muchísimo la difusión de nuestra ideología libertaria, así como ha facilitado el dar a conocer proyectos «en la vida real» y demás actividades de grupos anarquistas muy variados. Internet también ha hecho posible luchar directamente el monopolio informativo del Estado y del capital, pues numerosos son los portales de noticias que ofrecen una visión diferente del mundo y de lo que en él acaece. No obstante, pienso yo, Internet ha de ser usado por todes nosotres con un objetivo muy claro en mente: agitar la mente de las personas.

A todas luces, la teoría queda vacía si no va acompañada de hechos y acciones. Teoría y praxis han de ir de la mano en todo momento, y ésta no es una relación unidireccional como muches puedan pensar. Es decir, la teoría no estructura la acción ni la acción fomenta la producción teórica exclusivamente. Ambos elementos actúan el uno sobre el otro de una manera sumamente inextricable, o al menos así debiera ser. Muchas veces nos encontramos con páginas web que solamente publican análisis y artículos teóricos, mientras que otras se dedican a la difusión de acciones y eventos libertarios. Desde mi punto de vista, esta difusión sesgada queda incompleta por no abordar de una manera integral los problemas del mundo en el que vivimos.

Muchas veces pecamos, y yo el primero, de escribir artículos que no van más allá del análisis de tal o cual aspecto teórico del anarquismo. Y esto se suele hacer de una manera meramente informativa, normativa, o explicativa. Hacemos así «anarquismo de salón», o si se quiere «anarquismo desde el sillón.» No niego que los artículos teóricos de por sí fomenten el pensamiento crítico, el cual, potencialmente, puede animar a la gente a moverse. Pero sería un grave error pensar que la teoría per se anima a la gente a implementar la anarquía en sus vidas cotidianas.

El mayor problema que veo yo es el modo en el que escribimos este tipo de artículos: abordamos los conceptos de una manera tan abstracta que ponemos a la anarquía por las nubes, y así muchas veces se nos queda una sensación de «¿y ahora qué? ¿Qué hacemos con esto?» Por lo general no solemos proporcionar maneras claras y concretas de «pasar a la acción.» Y no solamente esto, el lenguaje que empleamos al escribir tampoco facilita la tarea,  pues muchas veces damos mil cosas por supuestas o entendidas; suponemos que les lectores han leído las lecturas que nosotres hemos hecho, o suponemos que la gente sabe qué es la hegemonía, la anomia, o cualquier otro concepto que podamos encontrar en los textos teóricos. De esta manera hacemos una especie de «anarquía intelectual» que termina alejándose de la realidad material de les trabajadores y demás personas oprimidas por el sistema.

Bajar la teoría de las nubes y ponerla a un nivel más real sería el primer paso para mejorar esta blogosfera libertaria que tanto crece hoy en día. No pongo en duda la calidad de los muchísimos artículos teóricos que se pueden encontrar en Internet, pero algo falla cuando la anarquía se queda simplemente en conceptos abstractos. Soy consciente de la ardua tarea que esto supone, pero no creo que sea imposible, ni mucho menos. No entiendo, ni sé muy bien, cuándo decidimos alejarnos de la difusión agitadora para pasar a escribir «anarquismo de salón.» Tal vez sea el perfil de les que decidimos escribir en blogs, pues no me extrañaría leer que una gran mayoría de nosotres seamos estudiantes de universidad o personas que hemos pasado por ella, convirtiendo así al anarquismo en ensayos académicos—abstractos y sumamente teóricos.

Con esto no digo que no existan sitios web que fomenten la implementación de la anarquía, pero no creo que sea la normal general. Echo en falta en la blogosfera libertaria escrita en castellano los textos griegos, tan inflamatorios y agitadores como teóricos e informativos. Tal vez encontremos más ejemplos en las publicaciones latinoamericanas, pero no tantos en los textos que se centran en el Estado español, sin duda. Como articulista, si es que así se nos puede llamar, entiendo que ésta es una labor difícil que requiere no solamente de conocimientos teóricos, sino de creatividad a la hora de escribir, «gancho», y tener los pies en la tierra—y no la cabeza en las nubes. Los artículos anarquistas de calidad son aquellos que hacen pensar a la persona no-anarquista: «anda, esto es el anarquismo y así es como lo hacen.» También son los que otorgan a las personas anarquistas herramientas conceptuales para ponerlas en práctica. Si no simplemente nos quedamos en caricias a nuestro ego anarquista; en vacías reafirmaciones de nuestro ideal—y de esto hemos pecado todes alguna vez.

Sin querer erradicar la teoría de Internet, ni sin querer limitar la Red a notas informativas sobre esta o aquella acción, sí que veo necesaria una combinación de ambos extremos. Internet nos proporciona el medio, nosotres ponemos el contenido, mediante el cual subvertimos la propia estructura de la Red. Tal vez debamos retomar la cultura panfletaria que tanto agitó el movimiento obrero del siglo pasado. Pero esta vez no sería solamente en papel.

De Gramsci, hegemonía, y dogmas

Muchas veces hemos escuchado eso de que «la batalla más importante es contra nosotres mismes», que el primer paso para cambiar el mundo y esta sociedad que tanto asco nos produce es erradicar todos esos pensamientos que desde pequeñes nos inculcaron. Y razón no les falta, después de todo cualquier persona es socializada en los valores que imperan en el sistema cultural dominante.

De ahí que vea necesario rescatar el pensamiento de Antonio Gramsci, que sin ser anarquista, creo que es de utilidad para desarrollar estrategias anti-capitalistas. Pero no solamente esto, también pienso que la gran contribución de Gramsci al pensamiento radical deriva en su gran versatilidad, pues a fin de cuentas «cultura» es todo.

De su obra quiero rescatar en estas líneas el concepto de hegemonía. Para Gramsci todo era política, precisamente porque la estructura—en términos marxianos—da lugar a una superestructura determinada. Sin entrar en tecnicismos que poco aportarían a este debate, cabe resaltar que la cultural, asimismo, es política en el sentido que los valores que conforman el sistema de pensamiento imperante en una sociedad está determinado por la ideología que desde las instituciones los grupos de poder imponen. Para entendernos mejor: que la sociedad española sea sexista no es baladí, pues muchos son los siglos de dominación católica que desde las instituciones han ido inculcando profundamente los valores que rigen dicha religión—o al menos gran parte de la misma.

Olvidémonos por un momento de que Gramsci era un marxista bastante próximo al pensamiento de Lenin—o al menos utilizó el pensamiento de este último como punto de contacto con la teoría marxiana. Lo que me interesa rescatar aquí, por ser a mi parecer relevante para el movimiento libertario, es la idea de que el capitalismo no es solamente material—es decir, un modo de producción, una manera específica de organizar la economía, etcétera. Gramsci al producir una «extensión» cultural del marxismo nos proporcionó un poderoso análisis de la sociedad que puede bien ser usado por el movimiento libertario—o eso pienso yo y eso pretendo aclarar con este texto.

Así pues, para Gramsci la dominación burguesa no solamente se ejercía en lo material, sino también en lo simbólico o cultural. El modo de pensar de una sociedad, los valores dominantes, las concepciones sobre el mundo y cosas… todos estos elementos vendrían dados por la ideología de una clase dominante. De ahí que en las sociedades capitalistas tengamos gente de clase obrera que vota a partidos de derecha; o gente humilde que se alía con les poderoses y entona consignas racistas. La ideología dominante se transforma en «ideología popular» mediante la institucionalización de dichos valores: la escuela, el trabajo, el ejército, la familia… todo esto son medios de transmisión de los valores que rigen una sociedad que esclaviza y explota a la población.

A menudo leemos o escuchamos argumentos simplistas del estilo: «la masa es boba», «la gente es estúpida y no piensa», o «no saben lo que se reparte.» La gente ni es boba ni desconoce lo que «se está repartiendo», simplemente siguen los dogmas de una cultura injusta que ha sido socializada en sus vidas desde la cuna. Pensemos en el siguiente ejemplo: hace siglos la gente de Europa pensaba que la tierra era plana. Esto que hoy nos parece delirante estaba tan inculcado en la mente de la gente que no concebían la existencia de nuestro planeta de otra forma, tanto que cuando aparecieron las primeras críticas a esta idea las hogueras empezaron a avivar sus fuegos.  Dinámica parecida es la que nos encontramos hoy día: el capitalismo es «lo que ha habido toda la vida de Dios.» «Las jerarquías son necesarias.» «Si hay personas ricas y personas pobres es porque así ha sido siempre, y no puede ser de otra manera.» Pero hay más argumentos que nos podrían llamar más la atención, sobre todo aquellos relacionados con el sexismo o el especismo—precisamente porque estas ideas las tenemos más integradas, por ejemplo la dieta carnívora ha sido menos criticada que el modo de producción capitalista, de ahí que de alguna manera sea más fácil ser «anti-capitalista» que «vegana».

De todo esto se deriva la idea de que para combatir y terminar con el capitalismo—pero también con todos los demás «-ismos» que nos esclavizan—haya que ir a la raíz del problema: la mente individual, lo cultural, lo simbólico. La solución de Gramsci nunca fue totalmente cultural, pues él dejó bien claro que no basta atacar la educación institucional, sino que la ofensiva armada es necesaria al fin y al cabo. Pero sea como sea, y dejando una vez más los aspectos marxistas de Gramsci, hemos de quedarnos con la crítica cultural y la consciencia plena de que la dominación es sobre todo cultural.

El movimiento libertario es muy consciente de esto, no digo lo contrario, de ahí todos los centros sociales okupados, todos los proyectos comunicativos, todas las redes de solidaridad que organizan mercadillos de intercambio, etcétera. Sin embargo, una lectura anarquista de Gramsci nos podría proporcionar un conocimiento más amplio sobre cómo funciona el capitalismo a nivel cultural—aunque solamente nos servirá de introducción, pues sinceramente opino que el mejor análisis al respecto es el dado por la Escuela de Frankfurt, especialmente por Marcuse, otro neo-marxista.

Todo esto nos lleva al eterno debate de si la teoría marxiana es útil para el anarquismo, pero obviamente esto no interesa al objetivo de este artículo. Si algo pretendo con esto es animar a les lectores a revisar una vez más aquelles autores que por ser marxistas—o neo-marxistas—han quedado olvidados en el arcón de lecturas anarquistas. A Gramsci se le pueden criticar muchas cosas, pero otras tantas se pueden rescatar y re-leer desde un prisma libertario. Es precisamente esta «apertura mental» la que debería caracterizar al pensamiento libertario: el nunca dejar nada de lado y escrutar todo bajo una lupa crítica, aunque después no nos quedemos con nada—pero sí que habremos forzado a nuestros esquemas mentales a reafirmarse una vez más.

Los dogmas están para ser derribados.

A quién nos dirigimos

A todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Tan simple y anodino como esto. Decir que el anarquismo tiene otro objetivo que no sea conseguir las mejores condiciones materiales y mentales para el hombre sería mentir a sabiendas, bien por ignorancia bien por encono personal. Liberación individual y social; bienestar individual y social no son sino sus bases; la cultura, en sus dos sentidos, su método principal. ¿Pero –se pensará– quién no querría tal avance, tal vida para todos y cada uno de sus congéneres? A primeras tintas, me vienen a la mente sensaciones dispares, mezcolanza quizá de la confianza que profeso a la capacidad empática del hombre y, a su vez, la constatación de que las condiciones en las que éste se desenvuelve en la actualidad son, tanto física como moralmente, paupérrimas; por un lado, diría que sí, que todo el mundo, en términos generales y con infinitos matices, aspira a tales fines armónicos; pero, por otro lado, no veo  que esta voluntad esté, en efecto, materializada más que como lo inverso, es decir, como abulia del individuo ante la miseria social.

Todas las ideologías, al menos en apariencia, formulan los métodos que debe seguir el ser humano para alcanzar el mayor bienestar social y, por tanto, pretendidamente individual… Sin embargo, a poco que veamos su actuar, su devenir histórico, sus formas y sus oquedades teórico-prácticas, nos hallaremos en la terrible conclusión de que no pretenden en verdad acabar con la miseria; en todo caso pretenden ser sus gestores, y a lo sumo, los mejores en esta función. Todo queda en pura charlatanería. Un ejemplo relativamente meridiano de esto que digo es la irremediable contradicción que la mayor parte de ideologías cometen respecto a sus fines y sus métodos. Sus fines, como ya he dicho, parecen ser los mismos que los de los anarquistas, y se ajustan al querer humano. No obstante, y he aquí lo importante del asunto, todas divergen con el ideal ácrata en los métodos, que al final son los que determinan la forma en la que se llega a un objetivo y como éste se materializa. Mientras instan a buscar una sociedad más libre y justa, se valen de herramientas coercitivas tales como el Estado, el cual no es sino un aparato represivo al servicio de muchos o de pocos que aplasta al individuo, quedando en evidencia su hipocresía y sus verdaderas intenciones: obtener el poder, y una vez conseguido éste,  perpetuarse todo el plazo temporal que les sea posible. El anarquismo se ha cuidado mucho en este aspecto, buscando siempre una concordancia absoluta entre fines y medios. La máxima que reza que no se puede llegar a una sociedad sin imposición alguna mediante la autoridad efectiva sobre los sujetos que la compondrán con posterioridad es algo que los anarquistas, no así los marxistas, han comprendido siempre. El anarquismo es, en esencia, pacifista (aunque las condiciones históricas le hayan llevado a ejercer la violencia, ésta no es ni será parte de su código moral, ni podría serlo, ya que esta violencia ha respondido las más de las veces a ataques contra los propios anarquistas, es decir, ha surgido como autodefensa, lo que dista muchísimo de un método autoritario sistemático y arraigado). No busca, como otros, que el yugo de los muchos caiga sobre el cuello de unos pocos, por justificadas que pudieran ser o parecer las razones. Tampoco busca un pretendido orden basado en un implacable aparato represivo, como desean los diferentes fascismos, sean del tipo que sean. Y mucho menos se contenta con fórmulas que maquillan la explotación diaria, técnica que la socialdemocracia usa con gusto a diario. No, los libertarios, en palabras del filósofo ácrata Christian Ferrer: ‘’ (…) se parecían [los anarquistas] más bien a santos, es decir, a personas que evangelizaban en pos de su idea a las poblaciones, pero que sobre todo asustaban; lo que asustaba de los anarquistas no es tanto su supuesta violencia, sino sus demandas, y sus demandas era de traer el cielo a la tierra ya, algo que implicaba una transformación tal de la sociedad que asustaba a los poderosos’’. Nuestro compañero argentino usa el pasado porque se refiere, claro está, a momentos pretéritos del movimiento anarquista. De estas claras palabras se pueden extraer tres ideas primordiales para entender lo que es el anarquismo. Primero, es evangelizador (espero no se desprecie este término por sus connotaciones religiosas), es decir, cultural, pero no representa la cultura elitista del pensador académico que mira desde lo alto acontecimientos sociales que, aunque estudia con detenimiento, no vive, no palpa; se refiere a una labor casi de apostolado, como haría el anarquista gaditano Fermín Salvochea la mayor parte de su vida, yendo de cortijo en cortijo y de pueblo en pueblo hablando a las gentes analfabetas de otra forma de sociedad. Los ejemplos a este respecto son infinitos. Y segundo, reproduciendo la expresión de Ferrer, la cual me parece muy acertada para que sea entendido mediante una imagen mental contundente: ‘’traer el cielo a la tierra’’, esto es, reproducir las condiciones materiales mejores para que todo individuo, y por descontado todo grupo humano, pueda desarrollarse libremente. Todo ello sin necesidad de estructuras ajenas al propio individuo o al grupo, pues ese desarrollo debe lograrse en colaboración de unos con otros, lo cual entra en claro contraste con el resto de ideologías, que necesitan de líderes, de partidos, de estructuras opresivas, etcétera. La tercera idea a destacar sería su inmediatez, ese ‘’ya’’ que acompaña a la oración anterior y que la completa, así como esa radicalidad de transformación de la realidad que asusta, y asusta al poder. Las reformas, como ya se ha dicho, son mero maquillaje, vendas que se ponen a una enfermedad demasiado avanzada, en definitiva, son un método que se ha visto repetidamente fracasado para mejorar la condición vital de las personas. Por todo esto, el anarquismo preconiza la revolución del individuo de adentro hacia afuera, desde abajo hacia arriba, sin intermediarios, sin ningún tipo de férula que frene al hombre en su lucha por la libertad más absoluta.

Y, bueno, se me espetará, qué tiene que ver todo este circunloquio, este rodeo, con el asunto inicial. Tiene mucho que ver. Si visto está que el anarquismo tiene claras diferencias con el resto de fuerzas en tanto al método, también podríamos decir que guarda ciertas distinciones en cuanto a quién llama a la lucha. Y las guarda, precisamente, por ese fondo filosófico que se ha esbozado con ligereza en el párrafo anterior. A diferencia de otras fuerzas revolucionarias que llaman continuamente al proletariado, el anarquismo, aun cuando no se pueda obviar la importancia que éste le da, sobre todo desde la vertiente anarcosindicalista, clama al hombre y a la ética, a todo aquel que quiera un orden justo, pero sin tibieza ni moralina, sea de la clase que sea. Y es esto, a mí entender, lo que lo hace especialmente interesante, acertado y hermoso. Yo, que no soy ningún proletario, más bien lo contrario, me he visto embaucado por su filosofía por esta misma razón: por su llamada a la humanidad en general y al individuo en particular a construir unos con otros una sociedad más armónica. En este sentido, podríamos decir que es más interclasista que el marxismo; esto, que para algunos podría resultar una debilidad, para mí representa uno de sus principales atractivos. Por ello digo, al igual que empecé este escrito, que el anarquismo se dirige a todo aquel que quiera progreso, bienestar, ciencia y arte para todos los hombres y mujeres. Ni más ni menos.

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