Reflexiones sobre capital-trabajo

El siguiente texto solo pretende presentar de forma muy general, la teoría utilizada por un grupo procedente de Alemania ligada a las revistas “Krisis” y “Exit!” que creo puede ser relevante. Este grupo está encabezado por Robert Kurz y Anselm Jappe, desvinculados de la academia. No voy a explicar el meollo del asunto porque es complicado y prefiero dejar bibliografía recomendada para que si alguien quiere pueda hacer su propio estudio del tema. Me centraré más en implicaciones y consecuencias que tendría este análisis en caso de ser cierto.

Su análisis se basa en la teoría del valor marxiana y afirmara que el secreto real del capitalismo estaría oculto tras el fetichismo de la mercancía. Esto implica que si se profundiza en el análisis de la “doble naturaleza” de las mercancías, se llega a la conclusión de que trabajo y capital no serían antagónicos sino que serían dos cara de la misma moneda. El funcionamiento del capitalismo entonces estaría fuera del control tanto de capitalistas como de trabajadores. Los capitalistas no serían “los padres de la criatura” y el capitalismo sería algo así como una fuerza autónoma que rige la totalidad vida de sus participantes de forma inconsciente. Esta forma de funcionar llevaría inscrita también su propia destrucción.

¿Que implicaciones tendría esto?

La primera paradoja es que la lucha de clases sería un subproducto de la misma lógica del capital. Robert Kurz llega a afirmar que esta lucha de clases ayudaría, de hecho, a corregir los desequilibrios de esta lógica. Por lo tanto superar el capitalismo, aunque no implicaría abandonar la lucha de clases, pero si supondría una superación de esta, nuevas estrategias. Pongo esta paradoja como la primera por lo dura y triste que resulta.

El segundo punto sería que el peso de la lucha habría que volcarlo hacia el lado del trabajo, es decir, aboliéndolo de manera radical, ya que el trabajo abstracto sería la única forma de crear valor y el verdadero motor de esta lógica suicida. Además por supuesto, del carácter de embrutecimiento y explotación inherente al trabajo, pero esto también sería algo secundario.

El tercer punto hace referencia al carácter autodestructivo del capitalismo: llega un momento en que el sistema deja de crear valor, se estanca, tiene que despedir trabajadores y el beneficio ya no es posible. Este colapso total de la economía real habría llegado en la época Reagan-Tatcher, en la cual se estableció una economía basada en las promesas de beneficios futuros (especulación y crédito) que permitiría seguir funcionando el capitalismo aunque de forma ficticia.

Por lo tanto nuestra época sería la era del fin de esa falsificación especulativa y esta sería la última etapa del capitalismo, pero esto deja un panorama bastante gris (siendo generosos): el capital ya no necesita trabajadores así que el paro aumentará de forma exponencial, los que tengan trabajo soportarán cada vez más los esfuerzos que exige la situación y pese a la gran cantidad de recursos la gran mayoría de la población, al verse fuera del sistema mismo, no podría acceder a esos recursos ya que el trabajo sería todavía la única forma de socialización válida. Algo así como una huida hacia adelante devastadora con todas las horribles consecuencias. El capitalismo moriría de éxito, y después de él no tiene porque venir el socialismo ni mucho menos.

Hacer frente al desastre

Quiero recalcar el énfasis de la crítica al trabajo que hacen este grupo de teóricos y lo ilógico y destructivo que sería pedir más empleo como solución. Abogan por una ruptura con las categorías básicas del capitalismo: patriarcado, estado, mercado, valor, dinero, capital y por supuesto trabajo.

Para esta ruptura sería necesario la creación de espacios que puedan regirse con otras formas de socialización, formar una “contrasociedad”. El estado no tendría su papel en estas nuevas luchas, ya que según los autores, la lucha contra el trabajo sería naturalmente anti política. También critican todas las formas de personalización del problema (ya sea dirigido a plutocracias judías, banqueros o al 1%) ya que no solo erraría en señalar la raíz del problema, sino que podría tener consecuencias peligrosas.

Personalmente creo que esto deja de manifiesto la importancia de la reflexión y de la teoría, o lo que algunos llaman de forma despectiva “talleres de lectura” y replantearse seriamente las constantes movilizaciones como forma efectiva de lucha.

Repito lo que dije al principio: esto solo son brochazos de lo que yo entiendo por crítica del valor. Si a alguien le parece muy confuso le pido disculpas pero señalaré la idea principal que creo que se debe profundizar: la verdadera lógica del capitalismo estaría oculta tras el fetichismo de la mercancía, por lo tanto sería obligatorio el estudio de este concepto.

Dejo enlazado textos y referencias para aquellos que quieran entender esto de verdad.

Bibliografía recomendada:

-Manifiesto contra el trabajo: http://www.krisis.org/1999/manifiesto-contra-el-trabajo
-Crédito a muerte de Anselm Jappe
-El absurdo mercado de los hombres sin cualidades
-Dos ponencias sobre el tema muy clarificadoras: https://www.youtube.com/watch?v=nFWNx7hpvwY y https://www.youtube.com/watch?v=QhbiORA7qpA

Anónimo

Blablacar, Uber y taxis: polvo en el camino

El pasado 11 de junio los telediarios abrieron con la noticia de que estaba habiendo una Huelga de Taxis en las principales megápolis del continente. Como es de esperar por parte de las empresas de comunicación, la información que dieron fue bastante limitada, mezclando el morbo del conflicto que se disparó en algún caso con datos aleatorios sobre el conflicto: Uber, Taxis, Comisión Europea, compartir coches, competencia desleal… Este artículo pretende verter un poco de luz sobre cuál es el conflicto en marcha, cuales son las fuerzas que hay en liza y por último intentar ofrecer una visión del problema estructural en torno al transporte que padecemos.

El conflicto ha estallado entrado 2014. Por un lado, el pasado marzo la patronal de autobuses Fenebús denunció ante el Defensor del Pueblo, la CNMC y ante la prensa la “competencia desleal” que suponía Blablacar. Fenebús es la asociación patronal del autobús que aglutina al 76% de las líneas regulares, teniendo una representatividad menor para estaciones, líneas de servicio urbano y servicios discrecionales. Por otro lado, en abril Uber se presenta en Barcelona sumándose a las más de 20 ciudades europeas en las que ya estaba presente. El sector del taxi de esas ciudades ha sido capaz de coordinar una huelga a nivel europeo que se materializó en un paro con muchísimo seguimiento el pasado 11 de junio, al que se sumaron otras ciudades para pedir que se regulen –prohíban- estas nuevas plataformas y para mostrar en general el malestar de un sector muy afectado por estos últimos años de precios disparados del petróleo, depauperación social masiva y condiciones precarias en el segmento asalariado del sector.

Este conflicto se articula a 2 niveles, pues el conflicto urbano Taxis-Uber es distinto y tiene distintos sujetos que el conflicto Patronales-Blablacar que es principalmente sobre el transporte interurbano. Sin embargo, los paralelismos son bastante significativos y es lo que hace que tanto la prensa convencional, como las instituciones, como algunas voces en el Taxi los hayan englobado como un solo problema entremezclado.

Es necesario definir que actores hay sobre el terreno:

Las nuevas empresas: Uber y Blablacar.

Uber: empresa dedicada a poner en contacto personas que ofrecen viajes y personas que necesitan viajar. Uber controla las condiciones del contacto, ofrece aseguramiento al viajero y al conductor y por supuesto, cobra por el servicio. La diferenciación de la empresa se basa en que funciona mediante una aplicación móvil, por lo que ofrece inmediatez y se permite definirse como empresa de alta tecnología. La empresa es de origen americano, fundada por Travis Kalanick, un californiano de buena posición social. Actualmente, y sólo según su web[1], está financiada por Google Venture, Goldman Sachs, Benchmark, Lowercase capital, Menlo y First Round Capital.

Blablacar: empresa dedicada a servir de plataforma para que conductores y viajeras se pongan en contacto. Blablacar en un principio servía como simple red social en la que la gente se apunta y puede hacer los contactos necesarios para satisfacer sus necesidades: llenar su coche de gente y amortizar el viaje o viajar más barato, rápido y flexible. Sin embargo, tras la denuncia que se venía gestando por las patronales del transporte, el servicio se ha modificado notablemente y aunque aún hoy está en fase de pruebas, ya la web se lleva un 10% del coste del viaje en concepto de reserva del asiento y, a mayores, el IVA del 0,21 vigente en el reino de España. Aún con esta medida, que modifica sustancialmente las condiciones iniciales del “servicio”, el 17 de junio el Ministerio de Fomento español registraba[2] su sede en el marco de la investigación abierta para ver si este tipo de negocio es legal.
La empresa es originaria de Francia, de la mano de Frédéric Mazzella, otro acomodado emprendedor que puso en marcha su idea tras volver de estudiar en EEUU. La web no hace públicos sus inversores, pero sin rebuscar mucho encontramos esta[3] noticia de 2012 en la que leemos que 2 grupos de inversión pusieron en su día su granito de arena de 7,5 millones de euros para que Blablacar se asentase en territorio peninsular.

Ambas empresas se enmarcan en una “nueva” generación de empresas adaptadas a las posibilidades de internet y de la “Web 2.0” para ofrecer servicios materiales, frente a las empresas pioneras en este campo que han servido tan solo para el entretenimiento –redes sociales, videos, noticias virales…-. En este sentido, las empresas con raíz en internet entran a competir con la economía del “mundo real”, lo que supone un cambio de paradigma que están vendiendo como una democratización de la actividad comercial e industrial. Ambas empresas han sido defendidas públicamente por la web http://www.consumocolaborativo.com/, que mantiene ese discurso de que las nuevas tecnologías permiten un consumo participativo y, por tanto, democrático. Encontramos una explicación de este “nuevo” tipo de consumo en este artículo de la Revista Exarchia [4].

Sin embargo, y como era de esperar viendo los credenciales que acompañan a las dos empresas de las que hablamos, algo huele raro en todo esto. El hecho de que grandes empresas inversoras apuesten por modelos de “consumo alternativo” es porque estos modelos tan solo son alternativos en el formato, pero no en la estructura económica que los envuelve. En este sentido conviene sacar a la luz este extracto de “El manifiesto Telecomunista”[5]:

La Web 2.0 es el Boom de la Inversión en Internet 2.0. La Web 2.0 es un modelo de negocio de apropiación privada del valor creado colectivamente. Nadie niega que la tecnología de sitios como YouTube, por ejemplo, es trivial. Esto está más que evidenciado por el gran número de servicios idénticos, tales como Daily Motion, de compartición de videos. El valor real de YouTube no es creado por los desarrolladores del sitio; en cambio, es creado por la gente que carga videos en el sitio. Aun así, cuando YouTube fue comprado por un valor de mil millones de dólares en acciones de Google, ¿cuántas de esas acciones fueron adquiridas por los que hicieron esos videos? Cero.“

En efecto, la desmaterialización de la economía que predican quienes ponen por ejemplo estas empresas web no es más que un truco en el que lo que genera valor es la propaganda y la información, no el “servicio” prestado. Lo que genera valor -mientras no cobran comisión, claro- de estas empresas “colaborativas” es usar a los usuarios como mercancía, negociar con la información que generan y la que se les puede hacer llegar. En este sentido, la descripción completa del funcionamiento de este tipo de negocio, el contexto en el que nace y la alternativa más honesta planteable se recogen ampliamente en el citado manifiesto.

En todo caso, y esto es significativo, estas empresas no son empresas del sector del transporte puesto que su actividad solo afecta tangentemente a la actividad del sector. Son empresas de internet, de aplicaciones móviles, webs de contactos…vallas publicitarias en un sentido y traficantes de información por otro. Es por ello que no tienen ningún tipo de preocupación, ni influencia, ni programa sobre los problemas estructurales del sector: la mortalidad, la vulnerabilidad energética, el impacto ambiental asociado…Excepto para su discurso mediático, en el que se aclaman como “una ayuda para luchar contra el cambio climático”, como si sus usuarios hubiesen evitado viajar en su propio vehículo o se hubieran quedado en casa sin su web.

El Estado: El Estado Español y la Unión Europea.

Sin entrar en todos los detalles, la actuación institucional en este conflicto está siendo contradictoria. Básicamente, el Estado está apoyando a la industria tradicional, o más bien, persiguiendo o dispuesto a perseguir a las novedosas empresas mientras que desde la Comisión Europea se afirma que este modelo de empresa es el futuro y que son perfectamente legales.

Nos encontramos con las dos posibilidades de las que puede actuar el estado, en tanto que “comité de gestión de los asuntos de la burguesía”: o a favor de unas empresas o a favor de otras. Mientras el Estado español, mediante su ministerio de Fomento, nos habla de lo importante que son para las consumidoras las leyes relativas a la seguridad viaria que con estos servicios se estarían incumpliendo, desde la Comisión Europea o el propio ministro de economía estatal nos dicen que es introducir competencia en el mercado y que eso sólo puede beneficiar también a las consumidoras.

El pueblo: los trabajadores del taxi y las usuarias del “consumo colaborativo”.

Los trabajadores del Taxi: Organizados en sus asociaciones corporativas o en sindicatos al uso, la respuesta está siendo tajante: esto es competencia ilegal e ilegítima. El grupo más significativo que ha organizado la movilización sería La Élite[6], un grupo de taxistas autoorganizados para defender sus intereses corporativos, creada recientemente para luchar contra el “intrusismo”. Sin embargo, el grupo del que podemos encontrar un trabajo más constante y con más amplitud de miras lo representa la sección del Taxi de CNT[7], que también ha participado activamente en las protestas.

Las críticas que hacen es principalmente que estas nuevas formas de negocio atentan contra su modo de vida, lo que sería el colofón a años y años de subidas de los combustibles, bajadas de los ingresos, precarización del modo de vida de los asalariados del taxi…En el comunicado de la sección de CNT ante la huelga se incluye a Uber al mismo nivel que el resto de plataformas para compartir coche, alertando de que “el transporte público está seriamente amenazado y puede quedar eliminado y sustituido por monopolios de telefonía como Uber o Blablacar”. La Élite hace hincapié en la legalidad que los nuevos servicios no cumplen, y aprovechan para cargar contra otros competidores que les amenazan desde hace tiempo como los hoteles con servicio propio de recogida en aeropuertos, por los mismos motivos.

En general la movilización tiene un discurso defensivo del sector y de la legislación actual como garante de sus derechos. Receta que ha recorrido otros tantos sectores amenazados por la austeridad en estos últimos años, abrazarse al “status quo del bienestar” e implorar su defensa. Evidentemente aquí se está teniendo una perspectiva puramente obrera, las “patronales” del taxi no están teniendo, al parecer ningún peso en estas movilizaciones aun considerando las particularidades de un sector donde son mayoría los autónomos.

Sin embargo, al no ser el propio Estado el agresor en este caso el conflicto tiene bastantes más visos de radicalizarse y conseguir objetivos por la vía de la acción directa, dejando en una posición seguramente muy incómoda al estado, si no ha resuelto sus incongruencias entre el liberalismo y el proteccionismo.

Las usuarias del “consumo colaborativo”: De Uber por lo pronto no hay datos de la cantidad de clientes en Barcelona, única ciudad peninsular donde tienen presencia, y en todo caso por ser un servicio con costes fijos asociados parece difícil que pueda despertar verdadero interés entre la gente trabajadora. Por contra, de Blablacar la última cifra dada[8] es de 1.000.000 de desplazamientos en los 12 estados en los que opera. Si todos los países tuviesen la misma cantidad de viajes -lo cual es seguramente falso siendo los estados más grandes los que más cantidad tengan- la cantidad en el reino de España sería algo menor de 100.000 viajes, cuando el total de viajes interurbanos en autobús en un mes ronda los 50.000.000. Es una cifra bastante pequeña, en torno a un 0,2% de lo que mueve el autobús, y sin embargo ha hecho saltar las alarmas de la patronal del autobús, que a la vez es el modo de transporte menos útil para los usuarios, o sea: el más caro, más lento y menos cómodo de entre los disponibles.

Según las variables típicas por las que en teoría las personas elegimos el modo en que viajar según las opciones disponibles -condición socioeconómica de la persona, comodidad subjetiva, coste y tiempo del modo elegido- parece que el coche compartido es una opción más que competitiva excepto por la condición socioeconómica para la que está disponible la alternativa. No olvidemos que el acceso a este modo pasa por tener acceso a internet, saber manejar internet para configurarse un perfil personal en una web y además saber interactuar un mínimo en redes sociales. Estas características, aunque a una cierta generación nos parezcan naturales como a otras les parece pelar judías verdes son una limitación muy importante, más allá de los extendidos prejuicios hacía “el desconocido” que vas a llevar o te va a llevar en el coche, que también son un freno importante. Es por lo tanto una cuestión cultural y generacional lo que ha potenciado y limitado la extensión de esta plataforma.

Aparte de las variables típicas que influyen en el comportamiento de los usuarios de transporte hay en el fenómeno Blablacar un matiz que lo hace defendible para quienes lo usan. Es el hecho de conocer gente y compartir un tiempo que de otra forma sería muerto. Aunque evidentemente esto ha generado situaciones violentas –absolutamente anecdóticas-, en nuestra sociedad de individuos atomizados sumidos en un mar de antidepresivos parece saludable crear escenarios para la sociabilidad aleatoria, aunque en ocasiones pueda suponerle a las anarquistas pasarse un viaje entero con un policía al lado hablando del tiempo y de recetas de la abuela.

Hay que reconocer en el formato de coche compartido esa potencial virtud, aunque con ese razonamiento, eso debería ser una defensa férrea de los transportes colectivos tipo bus, avión o tren, en el que viaja mucha gente muy diversa y sin embargo por lo normal estos modos no son espacios de sociabilidad ninguna. ¿qué diferencia hay? Pues que el Blablacar y sucedáneos son modos muy marginales, disponibles para ese sector de población dispuesto a socializarse así.

Ahora que las condiciones han cambiado, el servicio mayoritario –Blablacar- se ha “burocratizado” y ha subido de precios, sin duda perderá usuarias aunque se mantenga como uno de los modos más útiles del “mercado” del transporte interurbano.

Como “consumidoras” de Blablacar no ha habido ni movilizaciones ni respuestas más allá de pataletas en redes sociales, como Twitter. FACUA-Consumidores en acción, como organización portavoz de los consumidores sí que se posicionó en el conflicto abierto con un comunicado [9] atacando principalmente a Uber desde el mismo planteamiento que el grupo de taxistas La Élite: que deben acogerse a derecho para proteger a quienes consumen.

Como reflexión desde el punto de vista obrero –superando las ficticias divisiones entre consumidoras y trabajadoras, parados y estudiantes, nativas y extranjeras…- estamos ante un conflicto en el que se nos intenta enfrentar, una vez más, a quienes defienden sus derechos laborales con quienes defienden sus derechos como usuarias. Hay que señalar a las herramientas del “consumo colaborativo” super-alternativo como una trampa en la mayoría de los casos, tendida desde las escuelas de negocios más chungas –ESADE, IESE…- para captar mercados “alternativos” y como se ha esbozado antes, generar valor de las relaciones humanas que más espontáneas debieran ser. Tenemos que ser autocríticos. Frente a la posibilidad de generar herramientas P2P, descentralizadas y autoorganizadas, para cosas como compartir coche –o información tipo redes sociales- esperamos que grandes empresas multinacionales nos lo ofrezcan gratis. En vez de examinar nuestro sector laboral y encaminarlo hacía escenarios autogestivos que limiten la labor gestora del estado –y aumenten la nuestra como trabajadores y consumidores- y la labor intrusiva del mercado y por tanto del capital, nos entregamos al amparo protector del Estado que una vez más, en este caso en el Taxi, nos va a apuñalar por la espalda a la mínima oportunidad.

Pero por desgracia este conflicto levanta polvo en el camino y nos impide ver donde estamos o a donde vamos.

Lo que el “consumo colaborativo” no plantea, porque no es “su negocio”, es cómo afrontamos los problemas estructurales del transporte. Y desde luego ni las patronales del transporte, ni las estructuras del estado están tampoco por la labor de hacerlo. Compartir coche está bien en términos eco-eficientes, pero es más de lo mismo en términos eco-efectivos[10] y la efectividad hoy en día es una virtud que debería estar más en boga, frente a una eficiencia dogmática que no deja de ser la razón del mercado.

Reducir el consumo energético, amortizar mejor la maquinaria fabricada y las infraestructuras ya instaladas es menos malo que no hacerlo, pero no es necesariamente bueno. La reducción de consumo energético hoy en día ya no es una opción, hace 8 años que la producción de petróleo está en declive y es el eslabón más débil de la cadena del transporte. Es normal que ahora estemos dispuestas a apretarnos 5 desconocidas en un coche. Es normal que el taxista haga casi el doble de horas de las que haría hace 10 años, porque la gasolina vale tanto que hace 10 años decían que con los precios de hoy la economía no podría sostenerse. Y resulta que la economía que no se sostiene es precisamente la nuestra, la de la gente trabajadora.

El transporte, en taxi o Blablacar, no deja de ser una necesidad impuesta en la mayoría de los casos, veamos cómo:

Punto 1: La distancia a recorrer nos ha venido dada por el urbanismo moderno que es un instrumento más de control social. [11]

Punto 2: Ir a trabajar, ir a consumir –mercancías u ocio- son también ritmos de vida bajo el poder de la mercantilización y la explotación, sobre los que poco podemos decidir, ni siquiera opinar. [12]

Punto 3: Los modos de transporte existentes –coche, bus, tren, avión, bicicleta…- no responden más que a sus propias necesidades y no a las necesidades humanas. La historia del transporte es la historia de cómo los inventos se imponen a las necesidades, especialmente por las infraestructuras, lo que nos devuelve al punto 1 y los usos del urbanismo.

¿Cuál es entonces la solución al conflicto del taxi y el blablacar? Según lo dicho no parece ser una solución técnica o legislativa. Es un problema con raíces sociales y por tanto, sólo el cambio social puede solucionarlo.

Valladolid. Junio de 2014

@botasypedales

[1] https://www.uber.com/

[2] http://www.elmundo.es/economia/2014/06/16/539f5336e2704ee2348b4578.html

[3]http://www.europapress.es/economia/noticia-comunicado-blablacar-cierra-ronda-financiacion-75-millones-euros-accel-cabiedes-20120227120124.html

[4] http://revistaexarchia.org/2014/03/17/tiempo-de-conexion-para-un-consumo-colaborativo/

[5] http://endefensadelsl.org/manifiesto_telecomunista.html#el-comunismo-de-pares-contra-el-estado-capitalista-cliente-servidor

[6] http://www.elitestaximadrid.blogspot.com.es/

[7] http://cnt-taxi-bcn.blogspot.com.es/

[8] http://www.blablacar.es/blog/quienes-somos

[9] https://www.facua.org/es/noticia.php?Id=8538

[10] Términos en el sentido usado en el libro Cradle to Cradle de M. Braungart y W. McDonought

[11] http://cuadernosdenegacion.blogspot.com.es/2012/12/nro7-recorrido-por-el-territorio.html

[12] http://estudios.cnt.es/wp-content/uploads/2014/01/2Analisis_Paradelo.pdf

Sobre Twitter y Facebook

Metamos el dedo en la llaga un rato, que siempre viene bien. O mejor dicho, como parece que no existe consciencia sobre tal llaga vamos a crearla con este texto para luego meter el dedo bien hasta el fondo más holgadamente. Empecemos con unos gráficos.

twitterstocksfacebookstock

Como os habréis dado cuenta, estos gráficos reflejan la cotización en bolsa de las acciones de Twitter y Facebook (en el caso de Twitter en NYSE y en el de Facebook en NASDAQ). Los gráficos muestran el precio de las acciones y el volumen de éstas para los períodos de tiempo observados. Lo que me interesa señalar no es lo bien o mal que estas dos compañías lo hacen en bolsa, ni el volumen de acciones que mueven, ni la fluctuación de los precios. Me interesa que veáis adónde van vuestros tweets y vuestros posts en Facebook por muy «activistas» que sean. Ahí van, al NASDAQ y al NYSE. Sigamos con los numeritos, que siempre tienen algo que decir. Los ingresos de Twitter crecieron un 116% desde el último cuarto de 2012 hasta el cierre del ejercicio de 2013. Los ingresos netos de Twitter en el último cuarto de 2013 fueron de 9,77 millones de dólares estadounidenses. Las ganancias provenientes de su publicidad en Internet incrementaron en un 121% en el año 2013 en comparación con el 2012. El 75% de estas ganancias vinieron por el uso de teléfonos móviles.[1] Aquí no se acaban los numeritos de Twitter. Os preguntaréis cómo siendo el servicio de Twitter gratis pueden generar este volumen de dinero. Bien, la publicidad, como ya hemos visto, es una gran fuente de ingresos. Otra fuente importante, y mucho más perturbadora, es la venta de la información que dejáis en Twitter cada vez que usáis su servicio. En los primeros tres cuartos de 2013 Twitter se embolsó 422 millones de dólares. En el primer semestre del mismo año la compañía se metió al bolsillo 221 millones provenientes de la publicidad, y otros 32 millones a base de vender la información de la gente que usa Twitter. En otras palabras, 8 de cada 10 dólares que Twitter ganó en 2013 provenían de publicidad y la venta de datos. [2]

Facebook también maneja una cantidad enorme de dinero siendo su servicio gratuito. En el segundo cuarto de 2013 la empresa reportó ganancias en valor de 1,81 billones de dólares, y unos 1,15 billones de usuaries actives al mes (que se dice pronto). Como pasa con Twitter, Facebook se embolsó mucho dinero mediante la publicidad y la información de les usuaries. 88% de lo que ganaron en ese segundo cuarto de 2013 vino de la publicidad.[3] Todo esto es posible gracias a la desorbitada cantidad de gente que usa Facebook. Al cierre del ejercicio de 2013, Facebook anunció que había ganado un 16% más de usuaries respecto al 2012, haciendo así 1,23 billones de usuaries actives por mes, y unas 945 millones de personas usaban Facebook en el teléfono (otra gran fuente de ingresos).[4] Más datos: en Facebook se publicitan 1 millón de empresas, lo que hizo que la empresa ganara en 2013 un total de 7,87 billones de dólares (creciendo un 55% en comparación al 2012). Un 53% de todo ese dinero vino por la publicidad en los móviles.[5]

Supongo que a muches no os sorprenderán estas cifras, pues es de sobra conocido que tanto Twitter como Facebook son dos grandes compañías capitalistas que se meten al bolsillo cifras astronómicas. Sin embargo, personas que se dicen anti-capitalistas siguen usando sus servicios para eso tan «hip» y posmoderno que se ha venido a llamar «ciber-activismo.» La incoherencia salta a la vista: el uso de Twitter y Facebook, aunque con fines anti-capitalistas, alimenta a la máquina que ya no es máquina sino monstruo. ¿A qué esperas para Twittear esto? ¿O prefieres darle al «Like»?

Más problemas

El uso de Twitter y Facebook conlleva más problemas si cabe. No solamente se alimenta a dos grandes compañías capitalistas, sino que les usuaries exponen sus datos personales a gobiernos y empresas. Dichos datos pueden ser usados para explotar económicamente a la población, para crear nuevas campañas manipuladoras para algún producto nuevo, o simple y llanamente para espiar y ejercer control social. Estados y gobiernos lo tienen fácil con Twitter y Facebook, quienes ante una orden judicial tienen que facilitar datos, conversaciones, fotos, etcétera. Te haces llamar ciber-activista, anti-capitalista, o lo que más te guste, pero sigues exponiendo tu vida y tus actividades ante hordas de gente que no conoces y, más peligrosamente, a la policía que ya circula, de sobra, por Internet. Otro gran problema serían las dinámicas que generan las redes sociales, las cuales vienen siendo estudiadas desde la sociología, la psicología, y la antropología de manera bastante extensa. Creciente narcisismo, egocentrismo, fijación con objetos y símbolos, reproducción de mecanismos capitalistas… la lista es larga.

Alternativas

Existen varias alternativas a Facebook y Twitter, algunas de ellas capitalistas pero minoritarias (así que desembocaría en la misma crítica), y otras anti-capitalistas, libres, o abiertas. No obstante, las redes sociales, desde mi punto de vista, solamente son útiles para la difusión a «desenganchades» (o típique ciber-activista que no se levanta del ordenador). Seguramente coincidas conmigo en que si una persona se mueve en algún grupo o milita en algún movimiento se entera de las cosas por el boca a boca, por reuniones, o por medios que implican una interacción real cara-a-cara. No obstante, Facebook y Twitter también pueden ser útiles para difundir con urgencia convocatorias de última hora. Pero volvemos a lo mismo: con su uso alimentamos el monstruo que queremos destruir. Además, ¿qué le pasó al email que ahora todo el mundo lo odia? Las cadenas de email siguen siendo útiles, y hoy por hoy si usas redes sociales en el móvil también puedes leer el correo. No hay excusa. Claro, que si lo que importa de Facebook y Twitter es el añadido del morbo, el narcisismo de las «selfies», o la obsesión por aumentar el número de «followers», entonces no tengo nada que decir.

Tensión vegana

Nota a les lectores: Algún día de estos me decidiré a escribir mi opinión sobre por qué el veganismo es la dieta más consecuente para con el anarquismo. Sin embargo, hoy se me empeña meter el dedo en la llaga donde más nos duele a les veganes: el medio ambiente y el impacto que nuestra actividad humana tiene sobre éste. Como ni soy biólogo, ni médico, ni nutricionista, ni tan siquiera entiendo mucho de ciencias del medio ambiente—más allá de eso que llamamos «conocimiento popular»—aviso a les lectores que aquí no habrá ni datos reveladores, ni números impactantes. Me limito a dar una impresión personal de lo que se le ha ocurrido a mi propia ignorancia a lo largo de ciertos años en contacto con veganes del mundo.

Lo primero que une piensa cuando se introduce al veganismo es que está dando un paso importante en su vida. Una dieta libre de sufrimiento animal es consecuente con las ideas anarquistas, y la consecuencia que pueda existir entre palabras y acciones es siempre placentera. Sin embargo, a medida que une se familiariza con el veganismo se empieza a dar cuenta que hay ciertas cosas que ya no cuadran tanto con otras ideas que podamos tener como anarquistas responsables. Lo primero que a mí, particularmente, me llamó la atención fueron lo que en mi entorno llamamos «productos estrella veganos», que vienen a ser el tofu, la quinoa, y el seitán.  Si me llamaron la atención no fue por sabor o nombre, sino por su procedencia—¡y precio! No sé en vuestras localidades, pero en los sitios en los que he vivido yo estos productos son de difícil acceso, monetariamente hablando, para la gran inmensa mayoría de personas.

Pero este artículo no tiene que ver con la mercantilización capitalista del veganismo—ni sobre los precios abusivos de las «tiendas orgánicas» que explotan las responsables decisiones de les veganes para forrarse a base de tofu, quinoa, y seitán. Esto tiene que ver con lo que escribía más arriba de la «procedencia» de estos productos. Y es que pocos «productos estrella» se producen localmente donde se consumen mayoritariamente, sino que se producen en países donde la mano de trabajo es barata, donde la ley facilita la explotación intensiva, y donde la destrucción del medio ambiente importa poco a las élites del cotarro. Pero ya sean «productos estrella» o no, lo cierto es que casi todo lo que les veganes—y no veganes—consumimos viene de países lejanos, más «baratos», y más explotados.

Dejando de lado la crítica al capitalismo explotador, me quiero centrar en el «viaje» de estos productos alimentarios. Un «viaje» que, al menos a mí, me produce cierta tensión mental. Resulta que para comer sano—es decir, para llevar una vida alimentaria saludable—, sin sufrimiento animal—que es muy importante—tengo que adquirir productos que viajen miles y miles de kilómetros en el medio de transporte que sea, contaminando en su «viaje» y añadiendo así, con mi supuesta responsabilidad, más daño al planeta y su futuro ecológico. En mi entorno hemos intentado buscar alternativas a esta tensión, y son bastante sencillas de encontrar: adquirir productos locales que no tengan que «viajar» tanto. No es cuestión de poner banderas a lo que adquirimos, sino de reducir al máximo posible nuestra huella ecológica. No obstante, no siempre es sencillo adquirir productos locales, ni siempre se produce todo lo que necesitas de manera local. A esto se le ha de añadir la dificultad regional: en algunas regiones el mercado se habrá especializado en ciertas cosas, dependiendo de las importancias para las demás.

¿Y qué debe hacer el vegane responsable ante esto? No tengo la respuesta definitiva, pero sí que sé que ésta pasa por reducir la adquisición de productos importados—con lo que también se estaría reduciendo el apoyo a la explotación humana en muchos casos. Supongo que todo termina siendo una crítica al sistema capitalista ya más que globalizado. Y sobre todo al consumismo frenético al que nos enseñan desde pequeñes. Recuerdo aquella mesa redonda en la que una persona, ya de cierta edad, decía que la «modernidad» había mejorado mucho su vida. Ahora, decía ella, podía comer frutas exóticas que hace años no podría ni soñar con ellas. Y yo me preguntaba: ¿qué tipo de mejora a tu vida aporta el hecho de poder comer aguacates, mangos, o frutas de la pasión?

Lo del tofu, la quinoa, y el seitán creo que sigue una lógica un tanto distinta. Si les veganes tiramos de estos productos es por su valor nutricional alto en proteínas. Pero volvemos a las mismas: ¿no podemos encontrar otras fuentes de proteínas que no impliquen «viajar» miles de kilómetros? Tal vez sea imposible. Tal vez no. O tal vez sea hora de empezar a cultivar nosotres mismes lo que necesitemos. Pero si así lo hacemos, ¿qué impacto tendrá sobre el equilibrio ecológico de nuestra región?—como dije, yo de estos asuntos soy bastante ignorante.

Sea como sea hay tensión. Y la tensión, si no se resuelve, suele acabar mal.

[Recomendación] Lectura: La Universidad en la sociedad de clases

La Universidad, como institución educativa, es visto mayormente en el imaginario popular como un espacio que brinda oportunidades de escalar posiciones en la sociedad de clases. No obstante, a través de la historia, el acceso a la educación superior no fue universal, sino que fue restringido a las élites dominantes en las cuales intercambiaban y creaban conocimientos. Conforme las fuerzas productivas se iban desarrollando y ante la creciente demanda de mano de obra cualificada, la Universidad se abrió a las clases populares, aunque no totalmente, ya que siguieron existiendo y siguen existiendo hoy en día Universidades privadas en las cuales solo podían acceder a ellas las clases dominantes. Actualmente, nos encontramos con una Universidad estatal en transición hacia la Universidad empresa, orientada a satisfacer las demandas de mano de obra específicas para ciertas empresas. La mercantilización de la Universidad supondría su degradación y deterioro, lo que conllevaría a que el intercambio, aprendizaje y acumulación de conocimientos quede en un segundo plano, siendo desplazado por aquellos conocimientos orientados a generar beneficios económicos.

La Universidad tampoco ha sido ni es un espacio neutral y aislado de la sociedad, sino que viene influenciada de las ideologías dominantes y hoy en día tiene como función la reproducción de las mismas. Sin embargo, pese a ser un aparato ideológico del Estado -y del Capital-, es un espacio en el cual los y las estudiantes van adquiriendo conciencia política. Así pues, la entrada de las clases populares a las universidades posibilitó la expresión de las inquietudes políticas de ciertos estudiantes que cuestionaban la ideología dominante. Desde nuestra perspectiva, deberíamos ver la Universidad, no solamente como un aparato ideológico del Estado y una institución con la función de crear mano de obra cualificada, sino también como espacio político en el cual disputarle la hegemonía a la clase e ideología dominantes para llevar a cabo una transformación radical de la Universidad para ponerla como institución educativa bajo los intereses del pueblo trabajador. Ello significa, en el plano inmediato, frenar la ola privatizadora orquestada por el neoliberalismo y a la vez crear espacios políticos que nos permitan avanzar hacia un modelo universitario de carácter obrero y revolucionario.

El presente texto es un análisis de la Universidad a través de la historia y sus diferentes modelos para así poder desarrollar las herramientas de lucha necesarias para el cambio político.

La Universidad en la sociedad de clases

Clases sociales y análisis social

El concepto de clase social es de vital importancia para el estudio y compresión de la realidad capitalista. No dejan de sorprender aquellos comentarios que argumentan, o bien, la inexistencia de las clases sociales, o su invalidez analítica por ser elementos de un contexto pasado ya no aplicable a la sociedad de nuestros tiempos. Con este artículo pretendo argumentar todo lo contrario: que la vigencia de la sociedad de clases sigue siendo evidente y palpable. No obstante, este artículo no pretende ni profundizar en debates técnicos o académicos [1], ni establecer una tipología definitiva de clases. Me contento con señalar que las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y que el avance hacia la revolución social pasa por ser conscientes de ello.

Lo primero que hay que resaltar es que el concepto de «clase social» es una mera herramienta analítica, y por lo tanto tiene una función heurística que ayuda a la persona que se embarca en el estudio social. Como tal herramienta, puede ser concebida de múltiples formas en función al marco teórico desde el que se trabaje. Tener en cuenta esto significa saber que no existe una única manera de aprehender lo que llamamos «estratificación social.»

Las sociedades (y más en la actualidad) están estratificadas de una manera u otra: siguiendo lógicas diferentes, basándose en conceptos clasificadores distintos, etcétera. En las sociedades capitalistas dicha estratificación sigue una lógica predominantemente económica al estar centrada (pero no exclusivamente) en la producción. Así pues, aunque nos empeñemos en negar la existencia de clases sociales, difícilmente podremos negar la existencia de dicha estratificación social: nos basta con dar un paseo por cualquier ciudad capitalista para ver los efectos materiales de dicha estratificación. De esta manera encontramos barrios pobres y barrios ricos; personas que tienen que trabajar 12 horas diarias para sobrevivir, y personas que se bastan con firmar unos papeles a la semana para vivir holgadamente; grupos que son discriminados por el color de su piel, y grupos que son privilegiados por su credo religioso. Las sociedades capitalistas en las que vivimos están estratificadas, y al estarlo, es útil para la persona que se embarca en el análisis social establecer unas categorías analíticas que permitan agrupar a personas con similares características.

Ya he dicho antes que existen múltiples formas de aproximarse a la estratificación de las sociedades capitalistas. Una de ellas, la iniciada por Karl Marx, es la que pienso es la más conveniente para un análisis realmente radical y revolucionario (por lo tanto, la más útil para les anarquistas).[2] La tipología de clases que promueve la teoría marxista es con frecuencia malinterpretada por anarquistas y marxistas de a pie (sobre todo les últimes). Para ello, tengamos en cuenta los siguientes puntos:

  • Las clases sociales no son homogéneas internamente: existen contradicciones y conflictos dentro de cada clase social. Un error típico, por ejemplo, es pensar que el proletariado en su total conjunto persigue los intereses de su clase. La contradicción resalta a la vista cuando vemos la cantidad de personas consideradas como «trabajadoras» que votan a partidos conservadores.
  • Las clases sociales no son compartimentos estancos: otro error típico es pensar que las clases sociales designan a personas de una manera estática y hasta «natural.» De tal forma, se tiende a pensar que si una persona nace en el barrio madrileño de Vallecas (por ejemplo) y trabaja de peón en la construcción es, de forma automática, «clase trabajadora» y por ello aúna las características conceptuales que se le asignan a dicha clase.
  • No solamente hay dos clases sociales (o tres si se quiere incluir a la manida «clase media»): pensar la sociedad capitalista en términos binarios (proletariado vs capitalistas), o con una triada (trabajadores, clase media, y capitalistas), es a todas luces un análisis simplista que reduce demasiado la complejidad de las dinámicas humanas que se dan en el capitalismo.

Teniendo en cuenta estos tres puntos estamos algo más preparades para desarrollar un análisis social mucho más rico y exhaustivo. Los siguientes puntos, son a mi parecer, vitales para realizar un análisis social más acertado:

  • Las clases sociales son posiciones estructurales: una clase social no es una categoría que define la «naturaleza» de un individuo ni su condición existencial en sociedad. No se es de una clase social como se es fan de un equipo de fútbol. Decir que una persona es «capitalista» implica situar a dicha persona en el complejo entramado de relaciones productivas que se dan dentro del capitalismo. Para ello imaginemos un «mapa del capitalismo» en el que situamos a las personas según la relación que tienen con la producción económica y el control de los medios de producción y el trabajo del resto de personas.
  • Si las clases sociales son posiciones estructurales, éstas están dialécticamente relacionadas entre sí: es útil y necesario definir una clase social en relación con el resto de posiciones estructurales dentro de la organización social de la producción. La persona clasificada como «proletaria» está relacionada con las personas clasificadas como «capitalistas» en tanto que la primera: 1) no es propietaria de los medios de producción, y 2) no dispone de autoridad en la organización de la producción.
  • Dado que las clases sociales son posiciones y relaciones estructurales, podemos encontrar una enorme variedad dentro de cada posición estructural: pensemos en la amplia categoría «clase trabajadora» (aquella que no es propietaria de los medios de producción y vende su fuerza de trabajo a otras personas). De esta manera encontramos que la clase trabajadora se puede, asimismo, diferenciar internamente en términos de: 1) nivel educativo y formación, y 2) existencia de responsabilidades dentro de la organización de la producción. Así podemos hablar de trabajadores no-cualificades, trabajadores no-cualificades con niveles medios de responsabilidad (como la persona encargada dentro de una cafetería pero que, no obstante, no es dueña del establecimiento), trabajadores muy cualificades sin responsabilidad directa sobre otres trabajadores, etcétera y más etcétera.
  • La clase social también se percibe de forma subjetiva: es muy útil diferenciar entre «clase social objetiva» (aquella dada por la posición real dentro de la organización social de la producción), y «clase social subjetiva» (aquella que las personas piensan que son). Mirando a las diversas encuestas sociales de las que disponemos, observamos que mucha gente se auto-denomina como «clase media» a pesar de estar posicionada en los niveles más bajos de la jerarquía productiva. De la misma manera, gente «más privilegiada» (como profesionales con estudios universitarios y puestos de trabajo que incluyen responsabilidad sobre el trabajo de otras personas) se auto-clasifican como «clase trabajadora.»[3]

Como se puede ver, el análisis de clases no es una tarea sencilla (y ríos de tinta se han escrito sobre el asunto). Dentro de cada posición estructural podemos diferenciar personas (capitalistas con empresas de 0 a 10 trabajadores, trabajadores cualificades con puestos de responsabilidad, trabajadores súper-cualificades con altos salarios pero que no son propietaries de los medios de producción, etcétera), así como podríamos también usar un marco teórico diferente para abordar la estratificación social (en vez de centrarnos en relaciones estructurales podríamos, como hace el análisis weberiano, centrarnos en los salarios percibidos y las relaciones laborales en el mercado de trabajo).

Sea como sea, si pienso que el análisis marxista es útil para la revolución social es porque es (seguramente) el único análisis exhaustivo que incluye una dimensión moral. Es decir, dentro de toda la complejidad que supone la estratificación social, hay personas que actúan de manera inmoral (explotando) y personas que sufren dicha explotación (explotades). Este tipo de análisis estructural nos permite, además, diferenciar de forma compleja el entramado de relaciones humanas que se dan dentro de la organización social de la producción.[4] Esto último nos permite discernir con mayor precisión las dinámicas que se institucionalizan y perpetúan las desigualdades sociales, económicas, y políticas.

Finalmente añadir que, si bien es cierto que el análisis marxista de clase es útil, nosotres les anarquistes le podemos dar una vuelta de tuerca más. Poco podemos añadir al análisis «objetivo» (con muchas comillas) de la estratificación social. No obstante es en el plano subjetivo y, sobre todo, en el análisis de las relaciones de autoridad y responsabilidad dentro de la organización productiva, donde la teoría anarquista puede avanzar el análisis social del capitalismo.

¿Y de qué nos sirve esto? Para algunes puede ser una mera forma de ganarse la vida en la academia; para otres puede ser una manera de pasar el tiempo. Pero estaríamos muy ciegues si no viéramos todo el potencial revolucionario que ofrece el «conocer a nuestres enemigues».[5] Cuanto más sepamos sobre las complejas maneras en las que se desarrolla el capitalismo, más oportunidades tendremos de construir un mundo nuevo donde la raza humana pueda vivir con libertad.

Notas

[1] Para un análisis en profundidad de las distintas maneras en las que se puede estudiar la sociedad de clase se puede leer a Erik Olin Wright.

[2] No seré la primera persona que se considera anarquista y que piensa, al mismo tiempo, que la economía política iniciada por Karl Marx (y desarrollada por un sinfín de marxistas, neomarxistas, y anarquistas) es el mejor intento de desentrañar el funcionamiento del capitalismo. Ojo, esto no significa que comulgar con los análisis económicos marxistas signifique también comulgar con las teorías políticas y organizativas que normalmente se asocian al marxismo.

[3] Las razones de esta percepción subjetiva que no concuerda con las posiciones estructurales de las personas en la organización social de la producción se debe a una miríada de factores que no entran en el contenido de este artículo. De forma somera, algunos de estos factores podrían ser: 1) la percepción de lo que es digno o no en sociedad, 2) la definición de «clase» únicamente en relación con el salario que se percibe, o 3) influencias sociales del entorno social (como familia, amigues, barrio en el que se vive, etcétera).

[4] Nótese además que siempre se habla de organización social de la producción, lo que recalca que el capitalismo es una invención humana y contingente históricamente hablando. Esto implica, como es obvio, que dicha organización es sustituible por otra mucho más justa.

[5] Y obviamente digo «enemigues» porque las distintas clases sociales tienen distintos intereses en esta vida.

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