[Recomendación] Lectura: ¿Qué es el anarquismo de lucha de clases?

Las diferencias entre clase trabajadora y clase capitalista estaban claras en tiempos de la Revolución Industrial. Sin embargo, hoy en día esas diferencias se han vuelto difusas, hasta se tiene la impresión de que las clases sociales se hayan conciliado y se tienen nociones de clase equivocadas. Hemos escuchado afirmaciones como «un obrero cualquier día se hace empresario, tienen mentalidad capitalista», «cualquier trabajador puede tener coches y teléfonos de última generación», «los médicos, arquitectos, ingenieros están muy bien pagados»… que dan a entender que la lucha obrera ya es cosa del pasado, que la lucha de clases está obsoleta y todo se resuelve con pactos. Obviamente el neoliberalismo tiene una gran diferencia respecto al liberalismo clásico, sin embargo, conservan las mismas bases: el mercado como escenario donde se intercambian dinero, bienes y servicios, la propiedad privada sobre los medios de producción, el sistema  bancario y por supuesto, la sociedad de clases. Luego están aquellos anarquistas que niegan la lucha de clases y culpan a la civilización, la tecnología, la sociedad, etc como males a combatir. No obstante, los análisis de clase siguen vigentes todavía si estudiamos las relaciones socioeconómicas dentro del sistema capitalista, que lejos de ser simplistas, son de una apabullante actualidad y realmente acertadas en cuanto encontramos en la clase trabajadora el potencial revolucionario al ser la clase que produce las riquezas y pone en marcha la sociedad pero gracias a la alienación los trabajadores y trabajadoras no conocen ese potencial.

Si bien la opresión económica es la más extendida, ¿tendríamos pues que poner la lucha de clases como eje principal de nuestra lucha social sabiendo que existen otras opresiones no clasistas como el heteropatriarcado, el racismo, el patriotismo y otras consecuencias del capitalismo como la destrucción del medio ambiente? Algunos marxistas afirman que de la opresión capitalista se derivan todas las demás y que una vez terminada con la sociedad de clases, se acabaría con el machismo, el racismo, etc. Otros no expresamente marxistas ven cada lucha como luchas paralelas inconexas. En ninguno de los dos casos están acertados pese a que la lucha de clases debe ser el componente principal en nuestras luchas porque, como he señalado anteriormente, la opresión de clases abarca a la gran mayoría de la sociedad. Sin embargo, descuidar las otras opresiones no clasistas es un error grave ya que si luchamos contra toda forma de opresión, debemos afrontarlas en todas sus facetas. Además, existe una relación estrecha entre la opresión clasista y el racismo y el patriarcado. Así pues, el racismo era utilizado como justificación para la esclavización de la población negra por parte de la blanca; las mujeres en el patriarcado sufren una doble explotación en los centros de trabajo y como ama de casa; el patriotismo es una construcción ideológica para unir a la burguesía y clase obrera nacional y dividir los pueblos.

Pero entonces, ¿por qué llamarnos anarquistas de lucha de clases? Porque la opresión principal es clasista y para terminar con ella hemos de derrocar a la clase capitalista, pero no sería posible, como señalé anteriormente, dejar de lado otras luchas, pues están relacionadas y si las dejamos de lado, la opresión se reproduciría bajo otras formas. Tanto en las luchas feministas y antirracistas, ni el hombre ni el de raza blanca son la clase dominante y por ello no pasa por la destrucción de los hombres ni de los blancos para acabar con esas opresiones. Sin embargo, en la lucha de clases se ha de destruir la clase dominante para acabar con esa opresión, mientras que las luchas feministas y antirracistas requieren de una reorganización de las relaciones sociales.

Este texto es clave para entender la lucha de clases desde una perspectiva anarquista y su relación con otras luchas.

Anarquismo de lucha de clases. Wayne Price

El trabajo nos mata

El otro día me encontraba yo debatiendo con unes compañeres unos temas más bien abstractos: que si esto nos hacía más felices, que si nuestra percepción de la felicidad era imperativamente subjetiva, que si hay maneras para medir la felicidad… Y a todo esto, me acordé de un ensayo cortito de Bertrand Russell en el que, desde una perspectiva moral o ética, defendía la jornada laboral de 4 horas.

El ensayo se titula «Elogio de la ociosidad» (click para leer en castellano o el original en inglés aquí), y básicamente viene a defender lo que muches anarquistas defendemos: que el trabajo en las sociedades capitalistas nos mata; no el trabajo per se, sino más bien la forma en la que organizamos las dinámicas productivas. Y nos mata no solamente físicamente, sino mentalmente también, anulando el potencial que todo ser humano dispone desde su nacimiento por el mero hecho de formar parte de esta especie animal.

Si nos paramos a pensar, la vida de un humano adulto en sociedad capitalista está fragmentada en 3 tercios que son: trabajo, ocio, y descanso. El último tercio se suele descuidar mucho más que el resto, puesto que el trabajo es obligatorio—si no te despiden—, y el ocio es algo tan básico para el disfrute de la vida que siempre—o casi siempre—toma importancia sobre el descanso. Si a esto le sumamos que en las sociedades capitalistas gran parte de la población empleada trabaja en términos reales más de 8 horas diarias de media—ya sea por horas extras, porque le tienen que dedicar horas en casa al trabajo, o por lo que sea—entonces nos encontramos con que no vivimos nuestra vida humana como nos gustaría hacer. Y no lo hacemos por decisión propia—estrictamente hablando—sino porque el sistema económico en el que nos ha tocado vivir así lo dispone. Total, que nos están jodiendo la vida.

Pero no estoy re-inventando la rueda con este texto. No he escrito nada nuevo ni he aportado nada que no se supiera. Aquí es donde Bertrand Russell nos proporciona una conceptualización interesante del trabajo. Teniendo en cuenta que Russell era un tipo especial—ni sumamente liberal, ni sumamente marxista—, su ensayo tiene tintes revolucionarios en cuanto que pretende cambiar el estado de cosas materiales de una forma radical. En el ensayo ya mencionado, el filósofo británico aboga por la jornada de 4 horas sobre una base simple y sencilla: el trabajo no nos hace felices. Trabajar 8 horas—o más—para otra persona no nos hace felices. Ganar el suficiente dinero para sobrevivir mes a mes no nos hace felices. Y lo más importante para él: el trabajo en la sociedad capitalista nos quita horas de ocio, que es una parte fundamental de la naturaleza humana.

Si el ocio es tan fundamental para Russell es porque identifica el potencial creativo humano con el ocio. En nuestras horas de ocio podemos decidir, libremente—sin un jefe que nos obligue a hacer lo que sea—lo que queremos hacer: leer, pintar, esculpir, pasear, filosofar, ver a les amigues… De la mera acción de elegir libremente y dedicar tiempo a nuestra persona nace la felicidad, la cual es síntoma de un sistema ética superior—o si nos ponemos universalistas como Chomsky, sería el único sistema válido puesto que es el que nos aplicaríamos a nosotres mismes y por ende al resto de humanos.

Pero Russell va más allá y hace una fuerte crítica a los valores de la sociedad capitalista—recordemos el contexto histórico: años treinta—ya con la gran crisis económica presente—y viniendo de la aristocracia inglesa. Para él las sociedades dan más valor a unos trabajos, de tal forma que el médico es más valorado que el barrendero. También, dice Russell, nos enseñan que trabajar es lo que define al ser humano, que el trabajo es lo que dignifica y nos da honor y virtud. Y finalmente, recordándonos a las tesis marxistas, Russell afirma que hay únicamente dos tipos de trabajo. En resumen:

  1. El trabajo que se encarga de recolectar y modificar la materia del planeta.
  2. El trabajo que se encarga de supervisar que el anterior se haga.

Total, que tenemos a  lxs trabajadores y a  lxs burgueses definidos en otros términos. A esto Russell añada que la segunda categoría puede estar jerarquizada y anidada, de tal forma que tenemos supervisores de supervisores que, a su vez, podrían tener otros supervisores. Sea como sea, Russell identifica claramente a explotades y explotadores. Lo que me parece original e interesante a tener en cuenta es la argumentación moral para criticar a este sistema: el trabajo simplemente no nos hace felices; y dado que la felicidad es un componente básico del ser humano negar esta felicidad es algo a evitar. Si tuviéramos jornadas de 4 horas, dice Russell, primero no tendríamos desempleo, y segundo la calidad de vida humana sería digna y verdaderamente humana. La pintura se beneficiaría, la música también, la filosofía… todo se beneficiaría puesto que las personas perseguirían sus intereses existenciales, es decir, aquello que les hace felices. ¡Es más! Para Russell no habría ni guerras porque la gente asociaría el esfuerzo militar como «trabajo»—como una carga impuesta—por lo que no sucederían—además que en una sociedad feliz la tensión y nervios, como él dice, quedarían reducidos al mínimo.

El Capital VII: Tipo de la plusvalía y jornada de trabajo

La magnitud proporcional de la plusvalía producida por un trabajador en un día de trabajo es la proporción entre la magnitud absoluta de plusvalía producida y el capital invertido para la compra de la fuerza de trabajo. Esta magnitud proporcional es lo que llamamos tipo de la plusvalía. Si el salario de un día de trabajo se fija en cuatro euros y la plusvalía absoluta obtenida en ese día por ese trabajador también es de cuatro euros, el tipo de la plusvalía es de un 100%.  Esta relación expresa el grado de explotación de la fuerza de trabajo por el capital.

Trabajo necesario y sobretrabajo

Durante una parte de la jornada, el obrero reproduce el valor diario de su fuerza de trabajo (el valor de las subsistencias necesarias para su mantenimiento). No produce su subsistencia directamente, sino en la forma de mercancía particular cuyo valor equivale al de sus medios de subsistencia. A esta parte de la jornada en que la producción es mera reproducción la llamamos tiempo de trabajo necesario.

La parte de la jornada que traspasa los límites del trabajo necesario no implica ningún valor para el trabajador, solo constituye la plusvalía para el capitalista. Llamamos tiempo extra a esa parte de la jornada y sobretrabajo al trabajo realizado en ese tiempo. La plusvalía es la materialización de este trabajo. Las distintas formas económicas de la sociedad se distinguen por la forma de imponer y usurpar ese sobretrabajo.

Producto líquido

Llamamos producto líquido a la parte del producto que representa la plusvalía. El total del producto líquido se determina no por su relación con el producto entero, sino con la parte que representa el trabajo necesario. La magnitud relativa del producto líquido es la que mide el grado de elevación de la riqueza.

Límites de la jornada de trabajo

La jornada de trabajo varía entre los límites que imponen la sociedad y la naturaleza. Hay un mínimo, el tiempo de trabajo necesario, el tiempo en el que el obrero trabaja para su propia conservación. Puesto que el sistema capitalista descansa sobre la formación de plusvalía, nuestra organización social no consiente descender hasta ese punto. También hay un máximo marcado por los límites físicos de la fuerza de trabajo.

Cada comprador trata de sacar del empleo de la mercancía comprada el mayor partido posible. Así, el capitalista que compra fuerza de trabajo tiene como objetivo absorber todo el sobretrabajo posible. Asímismo el trabajador aspira a no gastar su fuerza de trabajo sino en ciertos límites, solo quisiera gastar cada día la fuerza que puede rehacer gracias a su salario.

Hay, pues, derecho contra derecho, ambos sustentados en la regulación del intercambio de mercancías. ¿Quién decide entre dos derechos iguales? La fuerza. He ahí por qué la reglamentación de la jornada de trabajo se presenta en la historia de la producción capitalista como una lucha entre la clase capitalista y la obrera.

Explotación del trabajador libre

El capitalista no ha inventado el sobretrabajo. Desde el momento en que una parte de la sociedad posee el monopolio de los medios de producción, el trabajador está obligado a añadir al tiempo de trabajo necesario un exceso destinado a suministrar las subsistencias al poseedor de los medios de producción (sea esclavista, señor feudal o capitalista).

Mientras una sociedad considere la utilidad por encima del valor cambiable (el valor de uso por encima del valor de cambio) el sobretrabajo encontrará un límite en la satisfacción de necesidades determinadas. Sin embargo, si en el sistema económico pasa a dominar el valor de cambio, se generalizará el hacer trabajar todo lo posible, sin límites marcados por la utilidad del trabajo. No se tratará entonces de obtener cierta cantidad de productos útiles, sino de obtener más y más plusvalía. A partir de ahí el capital monopoliza el tiempo, reduce el dedicado a las comidas y al descanso hasta el mínimo según el cual el organismo deja de funcionar.

Parece que el interés del capital debería impulsarle a economizar una fuerza que le es indispensable, pero lo cierto es que a cada momento hay exceso de población con relación a la necesidades del capital. Es evidente cómo la producción capitalista explota al medio y a las personas hasta la extenuación. En todo período de especulación cada cual sabe que un día ocurrirá el estallido, pero uno espera librarse del mismo después de haber obtenido los beneficios. El lema de todo capitalista es ¡Después de mí, el desastre!

La lucha por la limitación de la jornada de trabajo

El fin real de la producción capitalista es la producción de plusvalía o sustracción del trabajo extra. Los trabajadores salen del dominio de la producción de distinto modo a como entraron en ella. Se había presentado en el mercado como poseedor de la mercancía «fuerza de trabajo». El contrato a merced del cual vendía su mercancía parecía resultar de un acuerdo entre dos voluntades libres. Concretado el negocio, se descubre que el trabajador no era libre, que el tiempo en que puede vender su fuerza de trabajo es el tiempo por el que está obligado a venderla. Para defenderse contra esa explotación es preciso que los obreros se organicen para que, mediante un esfuerzo colectivo (una presión de clase), se decida socialmente cuándo termina el tiempo que vende el trabajador y cuándo comienza el tiempo que le pertenece.

Vidas de laboratorio. Transgénicos

Al igual que es innecesario ser un catedrático y licenciado en ciencias políticas para hablar de anarquismo, tampoco hace falta ser estudiante de biología para tratar sobre este asunto, pues en los libros de texto dan conocimientos muy parciales y santifican la bio-tecnología como panacea. La falacia del progreso tecnológico ha contaminado hasta la biología. Con el pretexto de acabar con el hambre en el mundo, muestran a la opinión pública que modificar los genes de un organismo para que adquiera ciertas características, como resistencia a pesticidas y plagas así como un mayor crecimiento, no afecta a la biodiversidad ni a nuestra salud. No obstante, veremos que detrás de esas bonitas palabras, se esconden intereses económicos, como es la monopolización de la industria agroalimentaria.

Un transgénico es un organismo al cual se le introdujo un gen de otro para que éste adquiera una determinada característica que pueden ser, desde una mayor resistencia a pesticidas hasta variar su rendimiento. No obstante, hay que hacer una distinción entre lo que es la obtención de una nueva variedad mediante los cruces y lo que es implantar un gen extraído de una bacteria, planta o animal. En el primer caso, el nuevo individuo resultado del cruce, contiene una mezcla del 50% de los genes de sus progenitores. Mientras que en el otro, esa nueva “variedad”, denominada OMG (Organismo Modificado Genéticamente) o ‘transgénico’, no proviene de la unión de dos gametos masculino y femenino sino que ha salido de un laboratorio con un nuevo gen en su ADN. Los defensores de la bio-tecnología dicen que la modificación genética es igual que el método de los cruces pero siendo este primero, un proceso más rápido. Sin embargo, observamos claramente la diferencia entre un cruce natural y la introducción de genes de otras especies. No tienen nada en común, lo cual es una falacia para justificar su industria.

Todo tiene sus pros y contras. Así pues, la manipulación genética permite crear plantas más resistentes a condiciones climáticas, pesticidas, herbicidas, aumentar su rendimiento, reducir la cantidad de abono necesario, etc… No obstante, todo ello responde a principios productivistas que vienen dadas en el sistema capitalista, lo que quiere decir que la producción de transgénicos no está destinada a paliar el hambre en el mundo sino a crear nuevos mercados y aumentar las ventas. Como apunte antes de continuar, hay quienes alegan que los OMG en sí no son malos sino las multinacionales que monopolizan el mercado de las semillas transgénicas. Sin embargo, hoy por hoy nadie puede cultivar esas plantas porque están patentadas y porque dichos cultivos necesitan agroquímicos específicos para poder dar sus frutos y cosecharlos, con el añadido de que las nuevas semillas no pueden replantarse y solo se pueden adquirir de las multinacionales con derecho a comercializar las semillas transgénicas, lo cual, ese argumento no tiene validez alguna.

La proliferación de los transgénicos tiene un gran impacto medioambiental, las vastas tierras de América del Sur, la India y parte de África se están convirtiendo -de hecho ya lo son- en enormes campos de monocultivo de soja, algodón, arroz, maíz y otros productos, destruyendo miles de variedades locales y amenazando gravemente la biodiversidad -viene a ser aproximadamente, la cantidad de especies y variedades de seres vivos que conforman un ecosistema, siendo cuanto más variedades haya, más estable, mejor se defiende ante posibles plagas y mayor probabilidad de supervivencia de las especies que habiten en la zona- de esos lugares porque el polen de las plantas transgénicas puede llegar a contaminar las variedades no modificadas genéticamente que se encuentren cerca.  Añádase también, que los transgénicos son producidos mediante las técnicas de la agricultura moderna e industrial, es decir, utilizando inmensos campos de monocultivo, agroquímicos que contaminan suelos y aguas degradando la tierra en donde se cultiva, haciendo imprescindible el uso de fertilizantes, o sea, depender de la industria química.

Pese a sus supuestos puntos a favor, no es nada comparable a sus nefastos efectos negativos. El cultivo de transgénicos, a parte de atentar contra la biodiversidad de la región, arruina a los pequeños y medianos agricultores, amenazando también a la agricultura tradicional y ecológica, dejando sin tierra a miles de campesinos y comunidades indígenas obligándoles a, o que trabajen para otro en sus tierras robadas, se mueran de hambre o se marchen lejos. Además, la mayoría de los OMG se destinan a la elaboración de piensos para alimentar al ganado industrial, con que, lejos de resolver el problema del hambre del mundo, lo agrava, puesto que es en países en vías de desarrollo donde más hectáreas ocupan.

Sobre todo, el modelo de agricultura industrial junto a la proliferación de transgénicos ha supuesto la pérdida de la soberanía alimentaria del pueblo, esto es, nuestra capacidad de decidir qué y cómo obtener nuestros propios alimentos sin depender de otra institución o empresa opacos ante el pueblo. Hoy tenemos abundancia de alimentos y en Occidente se tiran toneladas de comida para mantener los precios mientras en el Sur muchos mueren de hambre. No obstante, el día de mañana todos pagaremos caro el precio tanto de la manipulación genética en laboratorios como su modelo industrial. Existen alternativas al uso de OMG y una de ellas es la permacultura, un sistema de cultivo que trata de imitar la naturaleza, es decir, en crear un mini-ecosistema productivo que satisfaga nuestras necesidades alimenticias sin depender de industrias químicas ni laboratorios biotecnológicos.

Nota: este artículo-ensayo fue publicado en Sección Libertaria, pero a raíz del cierre de mi blog, he decidido rescatarlo y publicarlo aquí, eso sí, con algunas modificaciones.

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