Pandemia y capital

[Este artículo es un capítulo de Anarquismos por venir. Balance de década para una política anarquista. de G. Juncales y editado por 17Delicias y Grupo anarquista Cencellada.

El libro ha salido en septiembre de este año.]

Escribir sobre política tras 2020 hace imposible no referirse a lo ocurrido tras la irrupción de la pandemia global por el virus COVID-19. El balance para el anarquismo es una muestra palmaria de incapacidad política bordeada por otros aciertos que a la vez son bastante relevantes. El siguiente apartado pretende hacer un balance crítico de la actividad del anarquismo ante la pandemia, centrado fundamentalmente en Castilla y el resto de las Españas, pero bastante generalizable al resto del anarquismo mundial.

El presente balance requiere de distinguir tres coyunturas superpuestas de mayor a menor generalidad: la primera es la restructuración capitalista global en curso y su relación con la pandemia, la segunda la coyuntura el espacio político antagonista respecto de la pandemia y la tercera la apertura de nuevas líneas de conflicto internas del anarquismo.

En primer lugar, contextualizar la pandemia con la restructuración del capitalismo global es “poner la pandemia en su contexto”, tal y como hace Corsino Vela (1). Esto nos pone sobre la pista de dos cuestiones: cómo la pandemia ha beneficiado a algunos sectores del capitalismo global y cómo la pandemia ha afectado de forma diferente a las distintas clases sociales e incluso de forma diferente a distintos segmentos de las clases. El principal motor de la reconversión por la que apuestan los sectores más punteros del capitalismo global es la digitalización y la apuesta por la desmaterialización de gran parte de los circuitos de valor. Esta apuesta es básicamente una profundización de la estrategia de financiarización + informatización de las últimas décadas apoyadas en una mayor penetración de tecnologías digitales en la esfera social a través de redes sociales. La pandemia aquí ha venido a acelerar el proceso, provocando una profunda crisis económica que permita la reestructuración y, ya de paso, moviendo las posiciones en política económica de las principales potencias (EEUU-UE) hacía un mayor intervencionismo de mercado precisamente para acelerar las inversiones necesarias para esa digitalización (redes de telecomunicaciones de alta capacidad 5G, generación energética distribuida para un mayor consumo eléctrico, administraciones digitalizadas para una mejor integración público-privada).

La pandemia, por su parte, no sólo ha desencadenado una crisis económica sino que también ha sido el contexto en el que se han puesto en marcha una serie de medidas de excepción bajo justificación epidemiológica que ha supuesto una profundización de la desigualdad social en prácticamente todo el mundo. Si a ello le sumamos el colapso temporal de un sistema sanitario orientado a la productividad económica y no a la salud de la población, nos encontramos con una clase obrera expuesta a unas cifras de muertes completamente evitables no ya con una revolución social, sino con medidas sanitarias de contención, tratamiento y seguimiento coherentes. En particular, los países del centro global han sido los más golpeados por una gestión interesada y mezquina de la pandemia, preservando en todo momento la circulación de capitales, lo que se ha traducido en unas cifras de muertes insólitas.
Esta coyuntura general nos lleva a analizar cuáles han sido las posiciones políticas radicales, anticapitalistas y, como término general, antagonistas. Está claro que la pandemia ha sido un impacto repentino que nadie se esperaba, a pesar de tener numerosos avisos. Eso se ha hecho notar en un espacio político que vivió desde la parálisis los primeros momentos de la pandemia, obsesionados por el día a día militante. Febrero de 2020 terminó a las puertas de un 8 de marzo en el que preocupaba más la fractura en torno al asunto trans que el confinamiento que ya se perfilaba. Así fue que cuando a mediados de marzo toda Europa recluyó a sus poblaciones en sus viviendas con los ejércitos en las calles, la mayor respuesta por parte del espacio antagonista fue la solidaridad semi-espontánea a través de redes de distribución de alimentos que facilitaran el confinamiento a los sectores más vulnerables sanitaria y económicamente. Esta situación se alargó más de lo esperado y no faltaron los comunicados que se perdían en unas semanas en las que la única forma de relación social fue digital. Tras este primer impacto, vino una primera reacción ante el confinamiento espoleada por la ultraderecha europea que destilaba un aroma a negacionismo (en distintos grados: desde negar la existencia del virus a negar su importancia). En las Españas esto se tradujo en las caceroladas de abril y mayo que ahogaron los aplausos de las 20h. Esas primeras caceroladas y espectáculos callejeros de la derecha se amplificaron lo suficiente para inducir la idea de que “la derecha se ha quedado las calles”. Sin entrar a valorar la justicia de esta afirmación, lo indiscutible es que inmediatamente empezaron a emerger “paseos populares” a modo de contra-manifestación antifascista. Al rebufo de los acontecimientos y con complejo de inferioridad, el espacio antagonista ha estado dando cada paso básicamente con miedo al siguiente.

Estos complejos han sido generosamente alimentados por parte de una corriente interna de opinión que considera que no se ha reaccionado lo suficiente al despliegue autoritario de los Estados ante la pandemia. Incluso, quienes afirman que el confinamiento fue excesivo, injustificado e ineficaz para evitar muertes; y cargan sobre la izquierda política y social su irresponsabilidad por permitirlo.

Estas críticas son injustas con la izquierda social en general y con los espacios políticos antagonistas en particular -anarquismo, comunismo, independentismo… -. La progresión hacia estados más autoritarios no es una novedad de 2020 ni de la pandemia. La pasada década se conjuran tres elementos que fomentan el aumento del autoritarismo estatal y el refuerzo de la legislación y la práctica represiva estatal:

1- El cierre del ciclo global de movilizaciones de 2011 con una nueva estrategia de contrainsurgencia y represión social. El caso español es especialmente representativo a este respecto: en 2014 tras el colapso de las movilizaciones rupturistas con las marchas de la dignidad y la respuesta a la abdicación del Rey, se pone en marcha la Ley Mordaza y diversos operativos “antiterroristas” contra anarquistas (operaciones pandora, piñata), independentistas y otros militantes sociales. Sin este antecedente, la salida militar con la que el estado respondió en 2017 al referéndum catalán no puede entenderse, pero tampoco la pasividad de la población general ante los excesos autoritarios posteriores, incluidos los de la pandemia. Pero por supuesto el caso español no es único ni especial: Francia ha respondido con un estado de excepción casi permanente a sus revueltas internas, Italia y Grecia mantienen una guerra sucia antianarquista y en EEUU las revueltas contra la violencia policial han sido respaldadas por grupos parapoliciales sin consecuencias hasta llegar a los sucesos extremos de 2020.

2- El reverso de las revueltas árabes de 2011 se acabó traduciendo en una crisis de terrorismo ultraderechista global, desde Raqqa a Christchurch y con actores distintos: desde una organización semi-estatal como el Daesh al enjambre caótico de QAnon. Ante esta ofensiva y sus efectos, especialmente en Europa, los estados han adoptado estrategias antiterroristas especialmente duras y hasta hace poco exclusivas de determinadas zonas vascas e irlandesas. Controles masivos e indiscriminados, vigilancia preventiva de comunicaciones, sitio de barrios…

3- Por último, pero no menos importante, la coyuntura geopolítica apunta en la dirección del autoritarismo. Estados especialmente autoritarios como Rusia o China emergen y su modelo de “gobernanza” interna se vuelve más atractivo para sus zonas de influencia. Turquía, Hungría o Polonia avanzan hacia modelos de estado autoritario a semejanza del modelo Ruso, con las miras puestas en la transformación de Ucrania. Y la legitimación de estas formas de gobierno va en aumento frente a unas democracias liberales incapaces de proveer derechos básicos para la subsistencia a la población. El giro autoritario empieza por los sectores más excluidos: las personas migrantes. Así se explica el tratamiento a la crisis de los refugiados en el este de Europa y de las migraciones en el contexto global (EEUU, España…): un primer paso en una desuniversalización de los derechos humanos.

Con estos mimbres, que la respuesta de los estados occidentales a la pandemia haya sido principalmente represiva no debe sorprender a nadie. Pero lo que es más importante: no permite achacar a la coyuntura sanitaria el autoritarismo estatal. Si a esta tendencia le sumamos el marcado carácter de clase de nuestras sociedades, queda completo el cuadro de por qué se tomaron medidas excepcionalísimas contra gran parte de la población sin más criterio que, supuestamente, el sanitario. La principal novedad es que ha habido un aumento del autoritarismo, sí, pero de clase. Las contradicciones y el cinismo institucional a la hora de aplicar medidas durísimas contra sectores precarios pero mucho más suaves contra empresas e instituciones evidencian esta situación. Especialmente tras la primavera de 2020 se despliega un doble juego por el cual las empresas han operado con casi total normalidad mientras la vida social se laminaba a través de toques de queda y restricciones a la reunión.

Con apenas excepciones, la gran mayoría del espacio antagonista ha respondido a este cierre autoritario reclamando, ante todo, medidas que -con el conocimiento disponible- podrían acabar con la pandemia (inversión en sanidad, paralización total de la economía…) pero que frenaban el componente clasista del confinamiento. Los meses que median entre mayo de 2020 y el presente han sido un goteo de movilizaciones tímidas pero dignas, entre las que hay que destacar Vallekas, de defensa de la sanidad o el estallido en torno a Hasel.

En el invierno de 2021 se produce un estallido debido al encarcelamiento de Pablo Hasel que es caricaturizado por la derecha como una pataleta infantil por un rapero, cuando lo que evidencian es todo lo contrario: se trata de una respuesta a un contexto represivo asfixiante que es estructural al Estado Español y no coyuntural de la pandemia.

Solo desde la miopía o la mezquindad se puede pretender defender que “la izquierda ha perdido la calle”, como gustosamente se prestan a oír los sectores derechistas que en mayo de 2020 o en el primer sábado se toque de queda promovieron disturbios y guarimbas. Salvo algún caso puntual y localizado, no se han dado verdaderos estallidos sociales, tan sólo putsch orquestados desde el mundo ultra. Desde luego no existe un contrapoder popular con una agenda nítida que esté avanzando posiciones sociales y políticas, pero de ahí a certificar una derrota va un trecho.

En este sentido, las críticas a la izquierda por no “haber respondido” al autoritarismo estatal son, de nuevo miopes o mezquinas. Miopes si no contemplan que la lucha antirrepresiva lleva acumulando derrotas bastantes años ante una ofensiva estatal que además viene reforzada por un movimiento social reaccionario con el que convivimos (campañas por la cadena perpetua, empresas de desokupación con buena prensa, movilizaciones policiales –jusapol-…). Mezquinas si caen allanar el camino a una reacción que pretende eliminar todo el espacio antagonista existente y reemplazarlo por una izquierda exclusivamente rojiparda (españolista, obrerista, antifeminista y productivista).

Sobre esta segunda coyuntura se abren otras contradicciones ya en el campo del anarquismo que abren viejos debates en contextos nuevos. Destacamos aquí, por su relevancia, la polémica en torno a “la ciencia” a cuento de la vacuna. La vacuna ha revelado las tensiones que venían acumulándose entre tecno-optimismo ciego y primitivismo, soterradas bajo muchos matices. El descrédito al que se ha visto sometida toda la esfera pública de opinión e información ha hecho mucha mella en los consensos mínimos en torno al conocimiento válido. La desconfianza en una política de masas encarnada en políticos profesionales falsos y corruptos ha ido permeando la confianza en otras instituciones y en particular la ciencia y la sanidad. El caso de la vacuna ha sido paradigmático porque los habituales bulos y conspiraciones propias de lo más profundo de internet han ocupado titulares de telediarios: desde teorías de control mental con chips inoculados a la imantación de personas vacunadas. En la dimensión política, la vacuna ha revelado lo delicado de no contemplar el contexto social en que nos movemos.

El anarquismo ha asumido alegremente que la sana desconfianza a la clase política podía alimentarse también contra los monopolios farmacéuticos y sus productos. Lo que a priori parece un consenso anticapitalista -criticar a las multinacionales -, se convierte en una maniobra torpe sin tener en cuenta a dónde apunta el contenido de la crítica, ya que inducir la desconfianza en la seguridad de las vacunas por ser de empresas es abundar en la veta de irracionalidad que padecemos. Criticar las vacunas contra la pandemia por desconfianza en su calidad científica sin cuidado ha sido pegarse un tiro en el pie que se traduce en incómodas situaciones en nuestros espacios militantes al descubrir a mucha de nuestra gente consumiendo discursos sobre manipulación genética y transhumanismo en una vacuna. Todo esto, a la vez que la vacuna y su naturaleza mercantil sí son un objeto para la polémica y la movilización política: por la supresión de patentes, por la prioridad de la clase trabajadora en protegerse, por la redistribución global, por la socialización de los medios de producción de vacunas… Que además es ampliable a otros aspectos como la ausencia de inversión en tratamientos tempranos alternativos y complementarios a la vacunación.

Esta cuestión pone de relieve en primer lugar la ausencia de espacios propios para el debate ni para la información, reemplazadas por una miríada de grupos de mensajería. En segundo lugar, la falta de mecanismos críticos para depurar nuestros discursos, para elaborar estrategias claras de comunicación e intervención política. Y, en tercer lugar, la madurez política “espontánea” de la mayoría de nuestro espacio político, que sin lo anterior ha sido capaz de optar por los discursos más sensatos y cerrar el paso a la peor propaganda conspirativa e irracionalista.

La pandemia nos deja al descubierto las limitaciones políticas del anarquismo para clarificar sus propias estrategias, para intervenir en una coyuntura política derechizada y para responder a un reconversión económica en marcha. Pero también nos deja enseñanzas positivas a un nivel sindical y auto-organizativo.

1. Vela, C. (2021). Capitalismo patológico. Ed. Kaxilda

Los ciclos políticos y la moral colectiva

La muerte de Franco, los pactos de la Moncloa, el Caso Scala, la Transición, la entrada a la OTAN, la guerra de Iraq, el 15M, la huelga del 14N, la huelga feminista del 8M, el 1 de Octubre, entre otros, son acontecimientos históricos recientes que nos sonarán más o menos, pero entre ellos podemos diferenciar lo que son ciclos políticos, y otros que cambian la moral colectiva.

Dotarnos de criterios de análisis es importante a la hora de hacer nuestras lecturas políticas del momento y así tener herramientas para desarrollar nuestro trabajo político, es decir, poder tener cierta previsión y planificación para escenarios futuros. Así pues, los ciclos políticos se describen como acontecimientos acotados en el tiempo y espacio de una determinada coyuntura, con sus motivos catalizadores, los diferentes posicionamientos y bandos, los cambios coyunturales… Cada ciclo tiene su inicio y final que marca siempre un antes y un después en el tablero político de un período determinado. Por ejemplo, el ciclo del 1 de Octubre tuvo lugar desde septiembre del 2017, con una disputa creciente entre el nacionalismo español y el independentismo, y que habrá terminado con el fin de la actividad de los CDR. Durante este ciclo hubo varias huelgas generales y experiencias de autoorganización popular que hacía años que no se vivían, las cuales habrán quedado marcadas para la posteridad.

Por otro lado, el concepto de moral colectiva viene en parte de conflictos bélicos, es el componente psicológico en cualquier conflicto. La lucha de clases en estos momentos en Occidente es una guerra de baja intensidad, en el cual no se ha llegado aún a la lucha armada. La moral colectiva es un factor determinante en los procesos de cuestionamiento del sistema y de autoorganización popular. Una moral alta se traduce en mayor actividad política y social del pueblo, y de ahí, mayor permeabilidad y potencialidad para desarrollar procesos revolucionarios. Una moral colectiva alta es una ventana de oportunidades en las cuales el pueblo está más dispuesto a la lucha, y por tanto, a pensar alternativas, asumir programas políticos y tablas reivindicativas. Por contra, una moral colectiva baja indica que el pueblo no está dispuesto a la lucha con el miedo de perder lo poco que se tiene u otros factores.

Continuando con el ejemplo del 1 de Octubre, estas experiencias de autoorganización popular sobrepasaron todas las espectativas que esperábamos. Esto es indicativo de una moral colectiva alta: la gente creía por ese instante poder cambiar las cosas y se generaba el ambiente perfecto y propicio para que se lanzaran a experimentar y hacer. No obstante, una moral colectiva baja la podemos encontrar tras el fin de ciclo del 15M, pues la mayoría de la gente se fue para casa y lo poco que quedó de movimiento acabó aterrizando en los barrios. Sin tener ninguna hoja de ruta, muchos no le encontraban el sentido a seguir con las asambleas y acabaron abrazando la ilusión del “asalto institucinal”. Esta moral ya venía en declive cuando las asambleas de las plazas iban aflojando y al final el fenómeno de Podemos acabó por rematar la faena.

Aunque ambos conceptos son diferentes, están estrechamente relacionados entre sí. Si bien con éstos ejemplos podemos llegar a concluir que cuando hay una moral alta, existe la posibilidad de abrir un nuevo ciclo político, pero no siempre ocurre. El ejemplo reciente son las manifestaciones por la libertad de Pablo Hasel que no abrieron otro ciclo político, aunque sí fue resultado de un momento de subidón de la moral colectiva sin terminar de cuajar en cambios a nivel político en el país.

¿Cómo podemos leer y aprovechar esos momentos? La respuesta está en estar preparadas resultado de estar organizadas políticamente y con las lecciones aprendidas de los ciclos pasados que, o bien no supimos aprovecharlas por habernos desentendido de ellos, o bien por ser una fuerza muy minoritaria con poca capacidad de influencia social en aquel momento, o bien por tener lecturas equivocadas. Así pues, en los ciclos políticos donde reina la paz social y con una moral colectiva baja, toca organizarnos, prepararnos a través del trabajo de base, la formación política y militante, e ir construyendo pueblo poco a poco en los conflictos locales. Esta es la vía de la inserción social y la acumulación de fuerzas. Un aumento de la conflictividad social viene de la mano de un aumento de la moral colectiva, ahí es cuando el trabajo de base da resultados y nos da más posibilidades al poder multiplicar nuestra capacidad de influencia por llegar estudiadas y preparadas para el momento. En los momentos de moral colectiva alta es cuando se han de agitar aún más las calles y pasar a la ofensiva junto al movimiento popular. Ahí es cuando estaremos abriendo un nuevo ciclo político, aumentando la polarización de la sociedad a través de la lucha de clases y batallando a nivel político a través del programa, hojas de ruta y tablas reivindicativas, así como disputando la hegemonía del discurso y el relato.

Para este curso político 2021-2022 (y los venideros), lo que podríamos denominar post-confinamiento, afrontaremos un escenario complicado pero con una moral colectiva considerablemente baja y con nuestros enemigos políticos a la ofensiva y aumentando sus fuerzas (léase neoliberalismo con sus políticas antiobreras más la ultraderecha y sus discursos de odio), además con una grave crisis climática causada por el sistema capitalista. Urge superar las miserias del gueto ideológico, el activismo de hacer por hacer y las disputas internas, para pasar a traducir la ideología en un proyecto político y en un programa, que se materialice a través de la organización política y de construir alianzas entre los diversos actores del movimiento popular profundizando nuestra implicación en las luchas sociales. Si realmente nuestros objetivos políticos son revolucionarios, hemos de estar a la altura de las circunstancias y ser la opción política capaz de articular un movimiento revolucionario, potenciando la moral colectiva y abriendo un nuevo ciclo político de cambios sociales en favor de la clase trabajadora.

Afrontar el nuevo curso político

Agosto del 2021 marca el inicio de un nuevo ciclo político en el Norte Global que ya vino anunciándose en el 2020 con la pandemia. Durante este verano hemos presenciado fenómenos climáticos extremos de calor e incendios incontrolables tanto en la zona mediterránea como en Siberia y Norteamérica. A nivel geopolítico seguramente lo que más está dando que hablar y lo que más cambie el mapa geopolítico global sea la toma del poder de los Talibanes. Estas semanas las opiniones en las redes sociales giraban en torno a Afganistán. De repente, el mundo comenzaba a mirar hacia ese país tomado por un grupo fundamentalista.

Este evento dará mucho que hablar. De entrada, ya marcan varias cosas: el declive de la influencia norteamericana y el auge gigante asiático China como nueva superpotencia global. Rusia que comparte frontera con Afganistán también se han sentado a negociar junto con China. La tragedia anunciada para la población afgana está sobre la mesa, y la amenaza del uso de los flujos migratorios y refugiados por parte de países vecinos como Turquía contra la UE también es otro punto que va parejo al auge de la ultraderecha en Europa.

En lo que respecta a la población afgana, hay mujeres que formarán la resistencia contra el nuevo régimen talibán, así como iniciativas de solidaridad internacional iniciada por una federación anarquista afgana e iraní. Veremos en los siguientes meses cómo se irá desarrollando la resistencia.

Los conflictos geopolíticos, la crisis a todos los niveles (climática, económica, migratoria, de recursos, social…) y el auge de las ideologías totalitarias como la ultraderecha y el fundamentalismo nos deja un futuro complicado y lleno de incertidumbres. En este nuevo curso político se prevén, a parte de fenómenos climáticos extremos, un posible aumento de flujos migratorios, la precarización del mundo laboral que se anuncia ya en Grecia con su nueva reforma laboral, más despidos colectivos y desahucios.

Ante todo ello no nos queda más que luchar y construir pueblo. En un escenario más local, en este curso político, además del ámbito laboral y de vivienda, cobrarán importancia las luchas en defensa del territorio, desde la España vaciada por la preservación de los montes amenazados con el pelotazo de las renovables, hasta la defensa del delta del Llobregat frente a la ampliación del aeropuerto del Prat.

El anarquismo ha de resolver el problema de falta de claridad política para afrontar el nuevo ciclo que está llegando. Tenemos a nivel general un movimiento popular muy disperso y atomizado. Nuestro papel sería generar alianzas y darnos un programa para así articular un movimiento popular estructurado y cohesionado como sujeto político desde un proyecto socialista libertario. Ésta es la unidad popular: la convergencia de los movimientos sociales de diferentes ámbitos (laboral, vivienda, territorio, LGTBIQ+, migración, feminismos…) con un programa de mínimos compartidos. Para ello hace falta que el anarquismo sea una opción política capaz de activar un nuevo ciclo de luchas con un horizonte revolucionario, que a través de la inserción social consigamos aumentar nuestras fuerzas como clase trabajadora. Como anarquistas, hemos de superar la división y la atomización articulando un movimiento político estructurado de organizaciones: organizaciones políticas, estudiantiles, juveniles, no-mixtas, ecologistas, sindicales…

Esto significa quitarnos los principales lastres como la mitología alrededor de la CNT histórica impuesta desde la CNT del exilio y anclados en el pasado, de la misma manera que sus formas espectaculares de la lucha que están lejos de ser ejemplos palpables de construcción popular, y en su lugar se manifiesta en la estética del disturbio y lo contracultural, dejando el anarquismo como una bella utopía, un estilo de vida, una filosofía política o simplemente rebeldía adolescente. Otro gran problema es el relevo generacional. Las nuevas generaciones que entran en contacto con el anarquismo, en buena parte lo hacen por lo estético y vivencial retroalimentando estas viejas miserias mientras que la militancia más veterana se aleja cada vez más de lo libertario por su incapacidad política.

Por ello es vital un cambio en la cultura política y militante para recuperar el anarquismo como ideología, praxis y proyecto político actual, aprendiendo y superando los errores del pasado para ser capaz de articular grandes movimientos de masas, revoluciones sociales e implementar sociedades libres y soberanas desde el socialismo libertario.

A 10 años del 15M. Una lectura política para hoy y el futuro próximo

Tal día como hoy al 2011, una multitud de gente tomaba las plazas de muchas ciudades del Estado español bajo lemas como “Democracia real ya”, “No nos representan”, “Toma la plaza”… En las plazas la gente acampada durante semanas y se convocaban asambleas abiertas y debates donde participarían mucha gente. Para muchas de las personas que se acercaron a las movilizaciones, serían su primer contacto con la política a pie de calle, yendo un paso más allá de la participación política pasiva de votar en las elecciones.

El 15M supuso un punto de inflexión en la coyuntura política de España, puesto que desde las movilizaciones contra la guerra de Irak al 2003 y el atentado del 11M no se dieron protestas masives. Estas protestas espontáneas organizadas a través de redes sociales, han supuesto una sacudida a toda la política del país, tanto para los partidos políticos como para las supuestas izquierdas revolucionarias.

La irrupción del 15M ha sido un soplo de aire fresco frente a la pasividad y la desmovilización generalizada en España, a 3 años de reventar la burbuja inmobiliaria y el comienzo de la crisis capitalista global. Desde 2003 hasta ese 15 de mayo del 2011 no han habido movilizaciones masivas y un cuestionamiento del Régim del ‘78 tan extendido: desde los principales partidos políticos, pasando por la monarquía, los cuerpos de seguridad, los recortes, hasta la pérdida de derechos sociales en general. Ningún movimiento revolucionario en aquel momento va a poder agitar tanto las calles como este movimiento ciudadano, ni ninguna organización revolucionaria fue capaz de capitalizar estas protestas. Al contrario, nos han pillado dentro de nuestros chiringuitos estéticos y de autoconsumo marginales haciendo proselitismo diciendo que es un movimiento puramente reformista.

El papel del anarquismo en este momento debió ser la traducción de las demandas del 15M en un programa para agitar y radicalizar las luchas, llevándolo a crear estructuras populares de contrapoder que apunten a un proyecto político socialista libertario. Aunque han habido anarquistas que han participado a las asambleas del 15M, no éramos una fuerza política con capacidad para tirar adelante ésto, y abandonamos el movimiento dejando vía libre a que el discurso pro-institucional ganase el terreno y acabe desactivando las calles llamando a votar a las candidaturas municipalistas. Hoy en día hemos visto que ha terminado en fracaso al no haber un contrapoder en las calles que les presione y controle.

A pesar de todo, el 15M ha inspirado cambios de perspectivas de una parte del mundo libertario y ha abierto debates clave que evidenciaba la necesidad de superar el autoconsumo, lo estético y las dinámicas informales, endogámicos y vivenciales, dando el salto hacia un anarquismo político capaz de influir en los acontecimientos de la sociedad siendo un actor político. No se puede entender el anarquismo social sin la influencia del 15M, puesto que tanto las tendencias más ortodoxas y desactualizadas (basadas en los mitos del ‘36 y la CNT del exilio) como el insurreccionalismo de los ‘90-’00 han fracasado, y parte de esta militancia e individualidades han pasado a una línea más de intervención social y pro-organización a nivel político. Hoy en día, el legado del 15M ha sido el impulso del movimiento por la vivienda principalmente, muchas experiencias de lucha de las personas que han ocupado las plazas y esta ampliación de cosmovisiones que han permitido interpretar el anarquismo como opción política capaz de producir cambios reales en la sociedad.

Reivindicar esta memoria como un acontecimiento popular de la historia contemporánea es clave para poder transmitir las experiencias, conocimientos y aprendizajes de esta etapa, defendiendo su autonomía como movimiento de mases que, aunque sea imperfecto, ha sido determinante para el desarrollo de los movimientos sociales en la actualidad. Ahora nos vemos ante nuevos ciclos políticos con escenarios complicados y una conflictividad social creciente a escala mundial, bajo la amenaza del cambio climático. Por ello es el momento de prepararnos. Para que no nos pillen desorganizadas y podamos ser capaces de activar y catalizar las luchas sociales hacia un proyecto político revolucionario en clave socialista libertario.

¿Por qué no reaccionamos como en Francia?

Un día de finales de noviembre del 2020, nos despertamos viendo las calles de París arder otra vez. Las protestas se extendieron por casi todo el país contra la equivalente a la ley mordaza española y con la buena noticia de que acabó siendo echada atrás por el gobierno de Macron. Apenas cinco días duró y tras unas fuertes protestas y brutalidad policial, consiguieron que paralizasen el artículo que penalizaba grabar a la policía que entra dentro de la Ley de Seguridad Global. Dicha ley está ahora en reformulación y las protestas continúan exigiendo su completa retirada. De aquí surge la pregunta de base que se repite entre los movimientos sociales: ¿cuándo saldremos a las calles? Hay quienes además añaden la contundencia y persistencia de las manifestaciones. Sin embargo, son multitud de factores que nos llevan a ver la gran diferencia de movilización en las calles entre este lado del Pirineo y del otro. De primeras, partimos de coyunturas y culturas políticas diferentes.

En el imaginario colectivo de España, tras los casi 40 años de franquismo y engaño de Transición, las clases dominantes borraron gran parte de las luchas obreras y su memoria. Así pues, ante la derrota del movimiento obrero, la falta de referentes revolucionarios y una cultura popular donde escasean los valores de lo común, la esperanza del bienestar de la socialdemocracia junto con el relato de la clase media sustentada por el crédito fácil fue lo que terminó calando en este imaginario. Aunque con el 15M mucha gente entró en contacto con la política, al no haber unas hojas de ruta que apuntasen hacia un socialismo libertario, acabó siendo aprovechado por una minoría para hacer su carrera política en el activismo. Así pues, las calles se vaciaron en detrimento de un asalto institucional que pronto verán el fracaso al pasar por el aro de un Estado profundo, el cual impide cualquier medida social que choque contra los intereses de los viejos partidos del régimen y el capital.

En cambio, Francia tiene una historia diferente ya que no vinieron de una dictadura, pasando además en los últimos años unas huelgas generales contundentes que impidieron la entrada de reformas laborales antisociales y de pensiones. La sociedad francesa, con sus altibajos y sus lados oscuros, tienen una concepción diferente de los derechos sociales y de cómo defenderlos. A nivel de movimientos sociales, destacamos principalmente los Chalecos Amarillos y las diferentes ZAD vinculados a las luchas territoriales contra megaproyectos. Y en particular en lo que se refiere al movimiento libertario, el anarquismo organizado tiene más recorrido y fuerza que en el Estado español, siendo la UCL una organización política con presencia en casi todo el territorio francés.

No podemos quedarnos meramente contemplando y envidiando la capacidad de lucha de la sociedad francesa y en concreto, de su clase trabajadora. Preguntémonos cómo recuperar una cultura política basada en lo común, en la defensa de los derechos sociales y cómo impedir que la derecha golpista de este país sea la que marque agenda en la opinión pública y sobre todo, construir un proyecto político basado en el socialismo libertario. No está todo perdido, y de lo poco que ha sobrevivido del 15M ha sido el movimiento por la vivienda y recientemente ha habido un repunte del movimiento feminista. En el Estado español existe todavía la herida abierta de la Guerra Civil y la cuestión territorial de Catalunya y Euskadi que se junta con la crisis sanitaria y económica del momento. Tenemos que ver nuestro contexto y por dónde podemos romper, y es necesario hoy por hoy volver a activar las calles estando siempre en contacto con la población que sufre las consecuencias de estas crisis.

Adiós 2020

Foto: Wuhan

Sin lugar a dudas, el 2020 es el año en el cual han pasado muchos eventos surrealistas y seguramente me deje muchas cosas en el tintero. Igualmente, es un año lleno de acontecimientos que contar, unos de tinte más apocalíptico, otros más late capitalism y otros… late pandemia. Pero vamos a lo relevante: a nivel político-social, durante este año se ha puesto más en evidencia la incapacidad del sistema capitalista para gestionar pandemias, la multipolaridad de la geopolítica mundial, donde las relaciones internacionales cambiaron principalmente en base a la gestión de la pandemia y la carrera por desarrollar y producir la vacuna contra el Covid-19. Tras el confinamiento, la oleada de protestas sociales volvieron en muchas partes del mundo que ya va ligado a la crisis económica y sanitaria globales.

Enero del 2020 ha comenzado fuerte a causa un misil lanzado por EEUU que acabó con la vida del comandante iraní

Barcelona. Foto de Lorena Sopena

Passeig de Gràcia, Barcelona. Foto de Lorena Sopena

En abril muchas ciudades del mundo seguían cerradas. Las fotos de calles desiertas dejaban una estampa singular pero a la vez fue un respiro para el medio ambiente. Las nieblas grises de contaminación desaparecieron y por fin veían el cielo azul. Por una vez mucha gente se dio cuenta de que la paralización de la economía era necesaria para la recuperación del medio ambiente y del destrozo que estaba causando el sistema capitalista. Además de ésto, el sistema capitalista se mostraba incapaz de hacer frente a una pandemia pues no solo se incrementaron las desigualdades de clase, sino que nos estábamos debatiendo entre no hundir la economía y poner en riesgo las vidas de la clase trabajadora al tener que verse obligados a ir al trabajo. También se puso en evidencia la necesidad de reforzar la Sanidad pública y universal, que durante estos tiempos los y las sanitarias vieron incrementarse su carga de trabajo mientras los hospitales se saturaban excepto la privada. No obstante, en estos momentos de confinamiento también surgieron muchas iniciativas basadas en el apoyo mutuo vecinal que permitieron la supervivencia de las personas de riesgo. Cabe especial mención EEUU bajo la administración Trump, que ante un sistema sanitario privado, los tratamientos del Covid costaban facturas desorbitadas y priorizaron la continuidad de la actividad económica frente a la lucha contra la pandemia, haciendo que la cifra de contagios se dispare superando el millón. Le siguieron ejemplo también Brasil y Colombia.

Durante la pandemia, China comenzaba a donar material sanitario hacia muchos países dando ejemplo de solidaridad, mientras las comunidades chinas alrededor del mundo sufrían racismo por parte de las personas nativas del país donde se encontraban dichas comunidades. A partir de entonces, China comenzaba a ganar importancia como bloque geopolítico dentro de las relaciones internacionales, siendo además un país que ya comenzaba a controlar los contagios. Wuhan sería de las ciudades que se desconfinaron a principios de abril tras 11 semanas de estricto confinamiento y terminando el 2020 celebrando el año nuevo en las calles mientras el resto de ciudades del mundo lo festejaban en casa.

Tras el desconfinamiento, en España la industria quedó tocada por la crisis, y ante el anuncio del cierre de las plantas de Nissan en Barcelona amenazando la destrucción de unos 3000 empleos directos, la plantilla respondió con una huelga indefinida y numerosas protestas por la capital y alrededores. Finalmente, consiguieron llegar a un acuerdo que prorrogará el cierre. Siguiendo con la tónica, unos meses después veríamos la huelga en Saint Gobain, Alumalsa y Alcoa. Llega el verano y con él muchos países levantaron el confinamiento. Fue también el momento en que comenzaron a activarse las calles, sobre todo en las Américas. El asesinato de George Floyd a manos de un policía blanco el 25 de mayo en Minneapolis desató una oleada fuerte de protestas contra los asesinatos racistas de la policía estadounidense. El movimiento Black Lives Matter volvió a ser un actor social relevante en las revueltas que escalaron en fuertes disturbios y manifestaciones masivas, llegando en algunos sitios a declararse comunas autónomas y poner sobre la mesa el desmantelamiento de la policía, dejando las tareas de seguridad en manos de las comunidades residentes. Las protestas antirracistas y decoloniales se replicaron también alrededor del mundo y en varias ciudades los y las manifestantes tumbaron estatuas que representaban colonos y esclavistas europeos. En Bolivia, se desencadena una oleada de protestas contra el MAS iniciada por sectores golpistas del Ejército, llevando a que Evo Morales tenga que salir del país y del gobierno. Tras las protestas que unieron el descontento por las demandas insatisfechas y la convocatoria de elecciones, vuelve a ganar el MAS y acaba siendo presidente Luis Arce en octubre.

En el Mediterráneo, en Beirut explotó un almacén del puerto, que en un principio dijeron que fueron de fuegos artificiales, pero más tarde se descubrió que eran toneladas de nitrato de amonio de un carguero que no estaba en condiciones de navegar y fue almacenado (otras fuentes apuntaban a que fueron explosivos de uso militar). No se determinaron las causas de la explosión. La onda expansiva causó grandes daños materiales y humanos, agravando la crisis que estaba ya sufriendo el Líbano. En el Estado español se produjo otra explosión de menor magnitud en una planta petroquímica en Tarragona. Turquía entra en las aguas de Grecia con buques para hacer prospecciones petroleras sin previa autorización del Estado griego, provocando un conflicto diplomático.

En septiembre, Azerbaijan inicia una ofensiva contra Armenia para reclamar Nagorno-Karabakh, un territorio históricamente en disputa. Durante este conflicto armado, Turquía contrató mercenarios del ISIS para luchar en el bando de Azerbaijan, quienes terminaron en algo más de un mes ganarle la disputa a Armenia. Llegado octubre, el rebrote del coronavirus hace que los gobiernos tengan que sacar nuevas medidas restrictivas, de por sí ya contradictorias e insuficientes. Parecía llegar de nuevo el día de la marmota y se temió que volviesen las avalanchas para llevarse el papel higiénico de los supermercados ante un posible confinamiento que finalmente no llegó a decretarse, quedando solo en restricciones a la movilidad y un toque de queda.

Este año también coincidía con las elecciones de EEUU, el cual Trump había sido derrotado en las urnas por el candidato demócrata Joe Biden en una coyuntura de protestas antirracistas, la crisis sanitaria y ecoonómica. En los inicios del mes de noviembre pero en Polonia, las protestas masivas alrededor del país consiguieron que se retrasase la prohibición del aborto. Una mirada hacia el norte de África, Marruecos inicia de nuevo una ofensiva contra el Frente Polisario en el Sáhara Occidental. A finales de noviembre y principios de diciembre, en Francia se desataron fuertes protestas contra la Ley de Seguridad Global, una ley equivalente a la Ley Mordaza española. Los disturbios y la organización social finalmente consiguieron que el gobierno de Macron dé marcha atrás completamente dicha ley. Finalmente, antes de acabar el año, comienzan a llegar las primeras vacunas al mercado como la Sputnik y la Pfizer junto con las campañas de vacunación. Este acontecimiento coincide con la llegada de una nueva cepa del Sars-Cov2 en el Reino Unido, una mutación que según fuentes oficiales hará que el virus sea más contagioso aunque no varíe con respecto a la inmunidad generada por las vacunas.

Unos apuntes finales

A nivel social durante este período, comenzaron a proliferar las teorías de la conspiración a los que la prensa comenzaron a catalogarlos como negacionistas. Las especulaciones sobre control social por una supuesta élite global a través de una pandemia planificada, la farsa del coronavirus, el uso de mascarillas obligatorias, la tecnología 5G y las vacunas comenzaron a ganar popularidad entre la población bajo premisas pseudo-científicas. Nunca antes se extendieron tanto estas teorías desde los grandes atentados de Al Qaeda el 11S, el 7J y el 11M, ya que comenzaron a organizar manifestaciones tras el confinamiento, en algunas situaciones rozando el límite del delito contra la salud pública. En esos entornos hay vinculación con la ultraderecha pro-Trump ya que era un espacio donde poder influenciar a la población introduciendo un discurso pseudo-revolucionario con un fondo reaccionario, en los cuales vimos cómo sectores de derechas se escudaban en estos discursos para provocar altercados en algunas ciudades españolas, juntándose además con hosteleros y ocio nocturno.

No obstante, hablando de la coyuntura en el Estado español, paralelamente salieron campañas de medidas sociales en la gestión de la pandemia bajo el Plan de Choque Social que consistía en una serie de reivindicaciones como moratorias de alquileres e hipotecas, el fin de los desahucios, la defensa y refuerzo de los servicios públicos en especial la Sanidad, defensa del empleo, refuerzo del transporte público, facilidades para el teletrabajo, etc. No tuvieron tanto éxito como se esperaba y aun así se dieron movilizaciones, siendo además una opción acertada ante la paralización de acciones y movilizaciones a causa del confinamiento. De los pocos sectores en lucha que estarían activos después del confinamient en el Estado español, encontramos las redes de apoyo mutuo, el movimiento por la vivienda y algo desde el sindicalismo alternativo. La vivienda era un tema que siempre ha estado sobre la mesa, ya que tras una campaña intensa contra las okupaciones, volvieron de nuevo los desahucios, que agravaron aún más las situaciones de muchas familias trabajadoras al ignorar la situación del Estado de Alarma. Ésto nos indica que a pesar de la pandemia no hemos de desmovilizarnos, pues la crisis sanitaria no debe ser excusa para que nos quedemos en casa mientras continúan recortando libertades y cargando las consecuencias de la crisis económica capitalista sobre la clase trabajadora.

Homenaje a David Graeber. Rojava Information Center

Antes de terminar, me gustaría dedicar en este párrafo una pequeña efemérides 2020. Este pasado año nos han dejado personas importantes del anarquismo: David Graeber (2 de septiembre), antropólogo, autor de «Bullshit jobs» y «The First 5000 Years Of Debt«, anarquista en el movimiento Occupy Wall Street, gran amigo del movimiento kurdo y defensor de la revolución social de Rojava. Lucio Urtubia (18 julio), albañil, anarquista y estafador (en el buen sentido). Consiguió burlar el régimen franquista emitiendo documentos falsos para pasar la frontera con Francia y puso de rodillas al Chase City Bank con la emisión de cheques falsos, que tras conseguir un rescate, compró una casa en París a la que llamó la Casa Louise Michel, abierta para el pueblo. No llegó a pasar un año en la cárcel (aun en el tiempo que estuvo, seguían emitiéndose los cheques falsos) y su imprenta clandestina jamás fue descubierta. Stuart Christie (15 agosto), anarquista escocés conocido por el intento de atentado contra Franco en julio de 1964 con explosivos plásticos. Tras la cárcel y de vuelta a UK, participó en la Anarchist Black Cross.

Buenos Aires. Twitter

Despedimos este año con la legalización del aborto en Argentina. El 30 de diciembre en Argentina el movimiento feminista celebraba la aprobación por parte del Senado la ley del aborto. ‘Es ley’ gritaban las feministas, un logro histórico conquistado a través de las luchas en las calles y campañas constantes. La importancia de esta ley pondrá fin a los abortos clandestinos ya que son la principal causa de mortalidad materna en el país. De ahora en adelante, las mujeres que han sufrido violaciones y, por consiguiente, embarazos no deseados podrán tener un aborto legal, seguro y gratuito, sin tener que jugarse la vida en abortos clandestinos. No obstante, el movimiento feminista del país declara que no termina aquí, sino que continuarán luchando por objetivos más ambiciosos. Toda victoria popular debe inspirar al resto del mundo a continuar las luchas en las calles y desde abajo. Ninguna conquista social se nos ha dado al pueblo por las buenas, sino que son fruto de una lucha incansable con un proyecto político y objetivos sobre la mesa.

Damos entonces el adiós al 2020, un año nefasto para muchas personas. Pero no olvidemos que del 2020 se sale con el tiempo, y que del capitalismo se sale construyendo el socialismo libertario. Por tanto, este 2021 toca activar un nuevo ciclo de luchas sociales.

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