Todos a votar, que viene la derecha!

Parece que durante los próximos meses vamos a vivir un desenfreno electoral. Pedro Sánchez ha convocado elecciones al no poder aprobar los presupuestos así que el calendario queda así: Elecciones generales el 28 de abril y para pasar la resaca un mes después, el 26 de mayo, tenemos municipales, autonómicas y europeas.

Así que en previsión de las grandes cantidades de basura electoral con las horribles caras de los que van a manejar los hilos durante los próximos 4 años, me he puesto a escribir este artículo.

Como todas las elecciones, los partidos que se denominan de izquierdas siempre intentan movilizar a la gran cantidad de abstencionistas que hay. Los mensajes para este grupo no suelen ir acompañados de ninguna propuesta ni estimulo que lleve a votar a la gente decidida y convencida de un voto útil. Más bien son amenazas como “Si no votas no te puedes quejar”(de esto hablaré luego), “Si no nos votáis ganarán los otros que son peores”, presumen de los cambios mínimos que han hecho y poca cosa más. Si no fuera por la retórica de “que viene la derecha” creo que podría contar con los dedos de una mano la gente que conozco que iría a votar.

Actualmente la “izquierda” está completamente falta de discurso más allá de intentar convencer de que si ellos no están al mando las cosas van a empeorar. Ese que había sido más o menos el discurso del PSOE ahora hasta vale con Podemos, que hace dos días estaban con los discursos sobre asaltar los cielos y la verdad es que tenían bastante convencido a todo el mundo de que ellos eran la revolución. La verdad que a mi nunca me convencieron, probablemente porque Pablo Iglesias nunca me ha caído bien, porque la verdad es que prácticamente todo el mundo que se consideraba de izquierda les pensaba votar, hasta alguno que salía a pintar A circuladas.

También tenemos anarquistas que votan, que aunque no son un porcentaje destacable existen y están entre nosotros. Y por experiencia ya os digo que suele ser bastante gracioso ver a alguien con una camiseta con un símbolo anarquista y que está bastante formado decir que si no votas no te puedes quejar.

La realidad es que cuando votas estas aceptando el proceso democrático y el funcionamiento del Estado, y es el que vota el que no se puede quejar del resultado de una votación según esa afirmación, ya que gane quien gane lo ha hecho democráticamente. Yo no voy a seguir ese juego y creo que votes o no puedes y debes protestar por el resultado si te da la gana. Muchos incluso pretenden hacer el voto obligatorio como lo es en algunos países. Y hombre, si te consideras de izquierdas y no respetas mi derecho a no participar, mal vamos.

Además, la nueva jornada electoral viene acompañada de una fuerte subida de la derecha con la entrada de Vox en el congreso sembrando el terror en toda la izquierda. Porque un pacto que haga resucitar al PP de Pablo Casado de la mano de Ciudadanos y Vox es lo más esperado. Y la verdad es que no veo porque tanta alarma social, Vox no es nada más que el PP con la careta democrática un poco caída. Sus programas coinciden en la mayoría de puntos. Lo más preocupante de su ascenso al hemiciclo es el efecto que tendrá su discurso en la calle (aun más) y como desde allí se le dará total libertad de expresión y se normalizará más. Otro problema de los grandes con Vox es que se empieza a ver como opciones al PP o C’s y se les deja de considerar amenazas. Vox es el enemigo, pero no más que el PP o Ciudadanos y otros partidos que algunos quieren votar para evitar al trifachito. Y al enemigo nunca hay que infravalorarlo pero tampoco sobrevalorarlo como se está haciendo.

Es por eso que llamar a votar a todo el mundo para evitar que formen gobierno los malos y que lo hagan los menos malos es una pésima excusa. Hasta hace prácticamente dos días teníamos al PP de la mano de C’s en el gobierno y la verdad es que nadie iba diciendo por ahí “que viene la ultraderecha!” y en las grandes manifestaciones de jubilados y feministas de la pasada legislatura no se vio a casi nadie hablar de ultraderecha como lo están hacinedo ahora.

Votar no evitará el ascenso del fascismo y sino basta mirar hacia atrás hasta 1936. La única manera de parar el fascismo es organizándose. Y aun así, el antifascismo solo sirve para frenarle los pies limitadamente, porque el fascismo solo es capitalismo en su fase avanzada. Para combatir el fascismo hay que combatir el capitalismo.

“El fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo.” B. Brecht

Para acabar, votéis o no, si sois antifascistas organizaos. Dejad de pedir a todo el mundo que vote porque el sobre que metáis en una urna no va a cambiar nada por arte de magia. Uníos a cualquier organización que tengáis a vuestro alcance y sino cread una y trabajad en vuestro pueblo o barrio. Porque la solidaridad y el apoyo mutuo son las vacunas contra el fascismo.

Frente a la derecha rearmada, reanimar la izquierda desde lo libertario

Un bloque conservador a la ofensiva es el monstruo que nos esperaba tras el retroceso de un lustro de movilización popular que se inauguró en aquel ya lejano 15 de mayo de 2011. Y no parece que el monstruo vaya a detenerse, más bien al contrario. En unos días empieza el juicio al procés, en el que VOX es acusación particular, así que podemos esperar semanas en las que el foco mediático va a centrarse en un marco especialmente prolífico para la derecha. Lo cierto es que estamos en 2019 y, aunque hemos vivido una larga travesía de movilización descendente desde 2016, sin duda estamos mejor que hace una década. Los consensos que durante años han cosido fuertemente el régimen posfranquista se han roto. El rey y la constitución son herramientas para la derecha con una legitimidad mermada. El bloque conservador, que comparte todo él altavoces e ideas-fuerza, pretende cerrar las fugas de agua mediante el miedo, la apelación nacionalista y la creación del enemigo (los malos españoles, rojos, homosexuales y separatistas, y los migrantes). Este bloque conservador no es más que una respuesta autoritaria a un ciclo de luchas democratizadoras liderado por el feminismo, las mareas por los servicios públicos, la lucha contra los desahucios y por una vivienda digna, las protestas contra la corrupción, las movilizaciones de los pensionistas… Nos quedan las herramientas construidas en estos años, los saberes aprendidos y compartidos, los avances logrados. Como demuestran las huelgas llevadas adelante y ganadas en los últimos tiempos, tenemos fuerzas y capacidad para detener el reflujo y, con estrategia, plantar cara a los reaccionarios.

La izquierda parlamentaria (principalmente Podemos y sus confluencias) juega un papel contenedor de las opciones más regresivas, al menos mientras mantenga su apoyo electoral. A pesar de no haber logrado por el momento modificaciones legislativas en temas como la ley mordaza o políticas de vivienda y empleo, es de reconocer su papel en la caída del gobierno de Rajoy y en plantear cuestiones a raíz del pacto presupuestario con el PSOE (subida del salario mínimo, subida del impuesto de patrimonio, límites a la especulación en alquileres…). Su presencia ha colaborado en ocasiones a trastocar la agenda mediática, volcada a menudo sobre Venezuela o Catalunya, redirigiéndola a debates más propicios (vivienda, alquileres, feminismo, empleo…). Por supuesto, esto también habría sido imposible sin el trabajo de organizaciones sociales como PAHs o sindicatos de inquilinas y movimientos sociales como el feminismo o las luchas de los jubilados. Entre tanto, Podemos ha cometido errores varios, que junto a las peleas internas y al abandono de sus propuestas más radicales han contribuido a desmovilizar a distintos grupos de sus votantes. El último giro táctico de Errejón en la Comunidad de Madrid, buscando protegerse bajo el ala de Carmena de una derrota que se anticipaba más que probable, es un movimiento defensivo que apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes. Por mucho que se revista de un ejercicio de democracia y aperturismo (y tiene fácil hacerlo, dado el centralismo autoritario a la interna de Podemos) lo cierto es que Carmena representa para la izquierda madrileña el cesarismo, el desprecio por la democracia interna y una política social-liberal característica del PSOE. Repito que nuestro mayor problema es carecer de referentes políticos (no necesariamente electorales) que disputen y tensionen desde la izquierda. Y ahí tenemos trabajo que plantearnos. En el ayuntamiento de Madrid la Bancada municipalista trata de levantar una alternativa electoral, pero quizá haya que volcar esfuerzos más allá de lo inmediato para avanzar seriamente.

El último giro táctico de Errejón […] apela a las clases medias y coacciona a las personas trabajadoras y a la izquierda porque carecemos de referentes políticos fuertes.

Al final tampoco podemos desligar buena parte de los problemas en Podemos a la falta de movilización social: Es cuando cunde el derrotismo y el miedo que crecen los desacuerdos, tal como ha ocurrido tras los resultados en Andalucía. Repetidamente se ha culpado a Podemos de vaciar las calles, pues bien, ahora somos los que apostamos por el poder popular quienes debemos mirarnos el ombligo. Algo debemos estar haciendo mal quienes consideramos que es el pueblo organizado quien debe liderar los procesos de cambio si eso no está ocurriendo. Hay que reorganizarse y construir referentes mediáticos y liderazgos populares en los movimientos sociales, y dejar de culpar a la socialdemocracia de su papel, siempre previsible. El camino de criticar al otro para excusar nuestras debilidades es un camino que no nos lleva a nada.

Respecto a las organizaciones sociales revolucionarias, han experimentado un crecimiento indudable en la última década. Gracias al empuje del feminismo, los sindicatos revolucionarios convocaron con éxito una jornada de Huelga General el pasado 8 de Marzo, pro primera vez sin contar con los sindicatos mayoritarios. A pesar de los conflictos internos en las centrales sindicales, a los que habría que dedicar un artículo aparte, éstas han incrementado su afiliación y su militancia en los últimos tiempos. Hemos vivido huelgas importantes contra empresas como Deliveroo, Amazon, o las VTCs. También se han constituido sindicatos barriales que cubren problemas locales de trabajo y vivienda, si bien su relación con los sindicatos clásicos está aún por determinarse, y no estamos en condiciones de duplicar esfuerzos o malgastar fuerzas. De todos modos, aún queda mucho por hacer para instalar en la sociedad española una cultura sindical y militante. Como referente, el feminismo sí ha logrado impulsar un cambio importante en el sentido común de la sociedad, instalando en la mayoría social una perspectiva feminista que será dificil de alterar a pesar del rearme ideológico machista y reaccionario. Además, las mujeres se han dotado de asambleas en barrios y pueblos de toda la península, así como a la interna de las organizaciones sociales, demostrando una capacidad organizativa y un empuje ejemplares. Este trabajo organizativo, que contribuye densificar la red popular, es fundamental y anticipa beneficios inmediatos, por ejemplo, en la unidad de acción entre centrales sindicales lograda de cara al 8M.

uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo

Sin duda alguna uno de los objetivos prioritarios en el futuro a corto plazo es descubrir cómo mantener y ampliar dicha red popular desde el resto de frentes: vivienda, barrios, ecologismo, migración, antifascismo, juventud… Para ello hacen falta propuestas, liderazgo para implementarlas y un mayor esfuerzo organizativo. Ante amenazas profundamente entrenlazadas como el fascismo, el capitalismo desatado o las previsibles crisis ecológicas no podemos permitirnos que esa red se deteriore.

Finalmente, como decíamos, en unos días comienza el juicio al procés. A falta de capacidad para desplazar el debate, Catalunya volverá a centrar el foco mediático. En ese marco, que nos fracciona a los libertarios y a toda la izquierda española, es importante responder con una propuesta capaz de dar respuesta al conflicto y de seducir a sectores amplios de la sociedad española y catalana. En el marco del conflicto territorial, los libertarios deberíamos recuperar la memoria del iberismo e incluso el republicanismo federal, apoyados además en el ejemplo que nos provee el confederalismo democrático en el Kurdistán. Los libertarios en España no podemos caer en el dogmatismo al oponernos a la ruptura que se plantea desde Catalunya (y dogmatismo es atacar al independentismo escudándonos en que defienden la creación de otro Estado), pues el proyecto confederal exige defender sin excusas el derecho a la autodeterminación de los pueblos. Democracia, autodeterminación y confederalismo deben ser las ideas fuerza a ondear en este contexto, levantando un proyecto que reconozca el derecho a decidir del pueblo catalán, que pueda recabar apoyos diversos en la izquierda y que sirva de ariete contra la monarquía.

Esa perspectiva internacionalista de derecho a la autodeterminación debe aplicarse también a la situación geopolítica. Estamos viviendo un intento de golpe de Estado imperialista en Venezuela gracias al apoyo de gobiernos fascistas como el de Bolsonaro en Brasil. Ante esta situación, nuestra postura debe ser la solidaridad con el pueblo venezolano, la defensa del chavismo crítico firmemente socialista y la condena de cualquier intervención armada por parte del bando imperialista. La postura de injerencia tomada por distintos gobiernos, reconociendo a alguien no electo o bien exigiendo convocatorias de elecciones al gobierno electo, es inaceptable. Algunos esperarán ver a renglón seguido de estas líneas una condena del gobierno de Maduro, o algo en la línea equidistante que han mantenido (por desgracia) algunos compañeros esgrimiendo lemas como «Ni Trump ni Maduro». Esto demuestra la hegemonía de la derecha en nuestra visión sobre Venezuela. En España, en 1936, los militantes obreros de los que nos sentimos herederos tomaron las armas en defensa de la República, a pesar incluso de sucesos como Casas Viejas; y siguieron combatiendo bajo la bandera republicana incluso cuando el gobierno traicionó a la revolución, porque eran conscientes de lo que se jugaban si ganaba el enemigo. Hoy que ninguno vamos a jugarnos el tipo para defender por las armas a Venezuela, donde bajo el gobierno bolivariano florecen con relativo éxito las comunas y el poder popular, al menos tengamos la decencia de no entregar más munición argumental a la derecha.

En definitiva, el desafío de los próximos tiempos es recuperar los ánimos y establecer objetivos para recuperar el liderazgo de la izquierda. En lo organizativo, resulta urgente asentar las organizaciones políticas que apuestan por la democracia socialista y el poder popular (Embat, Apoyo Mutuo, la Federación Estudiantil Libertaria, entre otras): extenderlas por el territorio, establecer frentes prioritarios de lucha, impulsar un programa práctico de formación de militantes, optimizar una política de comunicación que construya referentes populares (tanto individuales como colectivos) y proyecte nuestro discurso. Estas organizaciones, que son hoy el germen del nuevo impulso organizativo libertario, deben contribuir a dinamizar los movimientos y organizaciones sociales, para lo cual se requerirá más pronto que tarde establecer una política de alianzas constructiva y transformadora, que nos permita engranar con el resto de la izquierda (Izquierda Castellana, Anticapitalistas, Endavant, Poble Lliure, PCE, Comunes, Podemos, Sortu…) en lo local y lo regional. Todo este trabajo nos permitirá a los anarquistas contribuir al movimiento popular y difundir el programa revolucionario en la misión de transformar el país. Esa contribución deberá concretarse en mejores prácticas organizativas y de lucha, en el paso de asambleas, colectivos y movimientos sociales a verdaderas instituciones populares que influyan positivamente en la vida de la mayoría de la gente. En resumen, hacer de los centros sociales, las asambleas de barrio, los sindicatos, los colectivos feministas, los medios de información alternativos, las asociaciones de vecinos, los pueblos ocupados, las organizaciones ecologistas, las empresas de la economía social y tantos otros espacios un poder popular democratizador y socializante. Esa es la misión en los tiempos que vienen: levantar institucionalidad popular, construir un pueblo fuerte, empujar en la transformación del país de acuerdo con el ideal anarquista, es decir, hacia una vía radicalmente democrática, confederal, feminista y ecologista; y tratar de hacer de este proyecto el centro del debate político. Sólo un amplio espacio popular transformador, con una base sólida sustentada en el poder popular, puede plantar cara a una derecha a la ofensiva.

[Inocentada 2018] La internacional progresista, un gran paso para frenar el fascismo

Desde Regeneración recibimos con esperanzas la noticia de la nueva internacional progresista presentada por Sanders y Varoufakis y hemos recibido las invitaciones formales de Varoufakis y Sanders unos días atrás.

Creemos necesaria que la izquierda tenga un referente a nivel internacional capaz de ser una oposición real al ascenso de la ultraderecha alrededor del mundo. Ante una izquierda aún dividida y una socialdemocracia alineada con el neoliberalismo, es hora de revertir años de retroceso e inoperancia recuperando la verdadera socialdemocracia que describió Rosa Luxemburgo. A la vez, es necesario que recuperemos el discurso de clase que la propia izquierda se ha negado utilizarla, entregando el espacio político a la derecha. Este discurso de clase ha de interpelar a la clase trabajadora y sus condiciones materiales reflejarse en un programa y unas hojas de ruta realistas y realizables, que sirvan como referente no solo para los partidos políticos de izquierda y centro izquierda, sino también para las organizaciones políticas extraparlamentarias de Europa y el mundo, adaptándolo a la coyuntura de cada país y municipio.

Hasta ahora, la izquierda radical en los países del capitalismo tardío, es decir, de Occidente, solo tiene incidencia en lo local y a pequeña escala. Pese a nuestras diferencias con la socialdemocracia, creemos necesario construir un bloque unido de izquierdas como un bloque político confrontado con el bloque político de derechas. De esta manera, se nos abre una ventana de oportunidades para dar el salto de la micropolítica a la macropolítica al tejer alianzas con otras fuerzas políticas que tienen más influencia a nivel de país. También, a partir de estas alianzas, podremos radicalizar esta internacional para no solo recuperar el espíritu original de la socialdemocracia, sino también que la izquierda radical tenga voz en la macropolítica.

Conociendo el peligro de que fracase de nuevo otro «asalto institucional», debería ser clave para las anarquistas formar parte de la Internacional para proponer la necesidad de tener un pie en las calles y centros de trabajo, de manera que mantengamos la movilización social en las calles potenciando las organizaciones sociales ya existentes. Tener una fuerza electoral que capte los votos descontentos de la población es importante para frenar el avance de la derecha en las instituciones con el fin de impedir que sigan recortando en derechos sociales y difundiendo mensajes de odio. No obstante, no todo debe quedarse en lo institucional, y los programas radicales serán papel mojado si no hay presión social desde las calles. Es por esta razón por la que hace falta que estemos las libertarias, para equilibrar la balanza entre lo institucional y la calle.

Por ello, estamos en contacto con la internacional progresista para compartir material que quieran publicar así como que puedan empaparse de las ideas libertarias. Como propósito de año nuevo, consideramos participar en la internacional con el fin de frenar el fascismo que está creciendo prácicamente sin una oposición real. Es un desafío que nos concierne a todas.

Un análisis de la coyuntura post-procés desde la Esgueva

Entre septiembre y noviembre del pasado otoño hemos vivido una situación política excepcional. Primero en Barcelona, luego en Cataluña y después en el resto de las españas. Todo el mundo nos hemos visto inmersas en la crisis política derivada de la convocatoria catalana de un referéndum de autodeterminación. Se ha escrito y debatido mucho al respecto, pero echamos en falta algunas refexiones desde el anarquismo que queremos poner en común.

YA LO SABÍAMOS. AHORA LO SABEMOS TODAS

Desde el movimiento anarquista hemos visto otras veces cómo algunas de nuestras consignas se popularizaban cuando sectores importantes en lucha las hacían suyas. El ejemplo reciente más evidente es el del 15M, en el que la, hasta entonces minoritaria, “asamblea” y la aún más minoritaria “acción directa” se convertían en una herramienta de miles de personas movilizadas. Estos meses hemos visto como se popularizaba otra idea que, si bien no es exclusiva del anarquismo, también nos hemos hartado de repetir: “esta democracia es una falacia”. Llevamos décadas siendo hostiles a las elecciones de distintos ámbitos hasta casi hacer de ello un dogma, un tic abstencionista e irrefexivo. En septiembre de 2017 esa hostilidad se vuelve inocua porque la convocatoria del referéndum no era una convocatoria electoral al uso. Es por ello que nuestra postura al respecto tampoco podía ser la misma. Esta convocatoria ha mostrado las contradicciones del Estado, en especial con el enfrentamiento entre la “voluntad popular expresada con urnas” y el-“imperio de la ley”. Además, hemos visto al Estado mostrándose inestable y mostrándose en todo su esplendor como una organización de control social. Hemos visto a la prensa desatada, tratando a algunas políticas y políticos como hasta ahora sólo hacían con las de lejanos países. Hemos visto a la policía actuar como los ultras que son en su tiempo libre. Hemos visto a políticas en la cárcel por convocar manifestaciones y no comulgar con la Constitución vigente. ¿Qué más necesitamos para demostrar que “esta democracia es una falacia”?

En esa coyuntura gran parte de la militancia social ha visto una brecha en la que forzar posiciones de ruptura que puedan provocar la caída del Régimen del 78. De ahí el apoyo decidido al referéndum de gran parte de los movimientos sociales. Por nuestra parte, entendemos que en mucha gente, especialmente entre la que nos hemos criado de fnales de los setenta a esta parte, hay una necesidad de ver una “modernización” de un sistema que tiene muchos tics franquistas. Compartimos esa sensibilidad. Por eso vemos normal y apoyamos que haya movilizaciones que busquen generar los cambios que en la “transición” no se implantaron. Creemos que podría haber sido el momento de poner sobre la mesa el Régimen del 78, la herencia del nacionalcatolicismo, el porqué de la existencia del Senado o del actual Código Penal, el borrado de la memoria histórica, la monarquía o el entramado político corrupto construido sobre la represión y el crimen. No nos apasiona la idea de vivir en una democracia “más moderna” que sea más de lo mismo, pero mucho menos vivir con todo el estado franquista en funcionamiento.

LA INESTABILIDAD YA NO ES NUESTRO TERRITORIO

Durante estos meses de crisis catalana, el sistema de gobierno español se ha visto expuesto a una inestabilidad que parecía que podía tumbarlo. Sin embargo, ha superado la prueba y ha salido fortalecido. El 2018 el primer resultado a nivel político es la aniquilación del autogobierno catalán que había dentro del marco de la comunidad autónoma, que hoy en la práctica sigue suspendida. Esto tampoco tiene mayor trascendencia en un contexto de falsas democracias en las que mandaban y mandan las mismas oligarquías capitalistas mundiales. Nos inquieta más el resultado social: impotencia en la población movilizada, reforzamiento de los cuerpos policiales (estatales o autonómicos), normalización de la implicación política de supuestos entes neutrales (jueces, policías y monarcas), una enorme capacidad de infuencia de la prensa y los medios de comunicación en la sociedad… Llevamos ya una década desde el estallido de la gran crisis de 2008 y el régimen del 78 se ha habituado a capear crisis: la crisis económica, la crisis de gobierno de 2016, la crisis de seguridad antiterrorista y ahora esta. El régimen ha hecho de la necesidad virtud y ya no capea las oleadas que le van viniendo, sino que ha hecho de la crisis una manera de gobernar. Las crisis van regenerando al Régimen, sustituyendo sus peones más obsoletos por otros más útiles.

La idea de fragilidad del Régimen ha sido un espejismo. Tal vez más que un espejismo, hemos vivido un test de stress como al que se sometió el Estado Alemán el pasado julio en Hamburgo. Una demolición planeada, con una ejecución chapucera, pero con resultado satisfactorio. No queremos trasladar una teoría de la conspiración que presuponga que todo estaba bajo control en todo momento, porque creemos que evidentemente eso no es así. La capacidad de control del Estado, aunque bastante grande, no es ilimitada. Nos referimos a que la política del Estado Español ha atizado y alentado la crisis para poder desatar lo que ha venido después.

El anarquismo, en toda su diversidad e historia, ha puesto muchas esperanzas en esos momentos de crisis en los que todo parece posible. Ninguna tendencia tiene patrimonio de esto. El anarcosindicalismo más pragmático sobrevive de entrar en confictos laborales y ser la herramienta más útil para la defensa y el ataque. El insurrecionalismo siempre hizo suya la idea de sembrar focos de inestabilidad en los que insertar su mensaje y su praxis. Hasta el plataformismo que más gala hace de planifcación y estrategia a plazos se desvive por aprovechar coyunturas de crisis para hacer fuertes sus posiciones programáticas. Sin plantear en ningún caso dejar de incidir para recluirnos a nuestros espacios de comodidad, sí que creemos que la idea que muchas nos planteamos de que el Régimen estaba a punto de quebrarse ha sido una ilusión y que hemos caído en el engaño por no tener sufciente perspectiva. Hubo un momento en octubre en que se propagó más allá de Cataluña la consigna de movilizarse masivamente para “desbordar” al Régimen español. No tuvo mucha acogida en el entorno militante, tampoco en el anarquismo. Entre otros motivos, había uno que pesaba más que cualquier excusa ideológica y era la intuición que estamos constatando: el régimen estaba muy fuerte a todos los niveles y nosotras en horas muy bajas.

LA PLURINACIONALIDAD DESDE LA NO-NACIÓN

En las siguientes líneas vamos a entrar en el tema que más incómodo es para las izquierdas, para los movimientos sociales y para el anarquismo y que es el que ha enturbiado todos los debates y encendido los ánimos.

Nosotras no somos catalanas, nuestra realidad es bien distinta. En nuestro contexto el hecho nacional tiene una manifestación muy distinta a la que tienen en otros territorios, con o sin estado propio. Independientemente de las sensibilidades nacionales que pueda tener cada compañera de nuestro grupo, o del movimiento libertario, o de toda la vecindad que nos rodea, aquí no hay un espejo que contraponer al catalán. No hay un “otro” en igualdad porque aquí no hay un sujeto consistente que esté al mismo nivel que el catalán.

A nuestro alrededor la mayoría de la población tiene una sensibilidad española, aunque esta no es uniforme sino que tiene muchos matices. Esa sensibilidad no puede contraponerse a una parte de si, por lo que no se puede reconocer un “otro” territorial, tan sólo un “otro” político o ni siquiera eso: un “otro” irracional e incomprensible. Esto es consecuencia de una historia reciente en la que se extirpó, de manera brutal, cualquier otra concepción territorial o política a del movimiento nacional (español), cuyas consecuencias vemos ahora. Queda el espectro de “las dos españas”, que está completamente vivo y hace que dentro de la sensibilidad española haya posiciones irreconciliables. Ya sabemos que una de estas dos españas tiene el poder a todos los niveles, mientras que la otra españa tiene calado en las capas populares y por lo general es una sensibilidad mucho más sana y alejada del nacionalismo fanático. La sorpresa de estos meses es que ambas sensibilidades hayan coincidido en dar la espalda al proceso catalán, aunque con distintos grados de fanatismo y con algún matiz.

El mes de septiembre fue vivido por las gentes de Castilla y más allá como una afrenta personal al ver como se tambaleaba algo con lo que contaban a un nivel inconsciente y en muchos casos inconfesable. Ese “algo” no era solo la unidad del territorio español. Era la propia estabilidad de sus vidas proyectada en la estabilidad de sus marcos de referencia: el país, la democracia, la normalidad. Esta sensación de crispación circula por toda la sociedad, alimentada desde la prensa.

Este clima de tensión explica que las apariciones del españolismo más oscuro hayan tenido un respaldo mucho mayor del que podría esperarse unas semanas antes. Esas apariciones, furiosas e inconscientes, tienen además la seña de ser profundamente antipolíticas: se señalaba al PP y a “los políticos” por no haber hecho nada para solucionar el problema. Esta lectura antipolítica fue el principal motor de la indignación en los meses de septiembre y octubre.

A la vez, y en la misma medida, se fue construyendo la imagen de un salvador que pone orden: el policía, el guardia civil y el Rey. Estas instituciones son las que salen mejor paradas de cara a la población. Los meses posteriores han vuelto a acercar al PP al puesto de mando del españolismo del que se alejó en octubre, sin que hayan podido consolidarse. Este españolismo no acaba de confar de nuevo en el PP por el fracaso de Soraya en la prometida reconquista y estabilización.

Las movilizaciones del españolismo que hemos visto han demostrado la extrema debilidad del área patriota española. Pocos, cobardes, indisciplinados, enfrentados entre sí y, aún contando con todo el apoyo mediático del régimen, sin ninguna proyección. Por otro lado, está más que consolidado desde hace más de una década el poder mediático y agitador de la llamada “caverna mediática”, cuya capacidad de crear y difundir conceptos es enorme y, sin embargo, son muy difíciles de tomar en serio para la inmensa mayoría de la población.

Lo inquietante es el surgimiento de movilizaciones y de mensajes que surgen del entorno y directamente de los propios cuerpos policiales alentados por esa imagen que se ha creado a su alrededor. Hay que señalar que esas movilizaciones del españolismo han sido promovidas desde cuerpos del estado –policías y militares. Ellos mismos convocan movilizaciones, salen en la prensa y hacen la labor de comunicación política que ni el gobierno ni las fuerzas políticas del españolismo han hecho. Esto es una novedad que tiene siniestros antecedentes en Grecia o Francia o en nuestra propia historia.

Pero como ya hemos ido dejando entrever, más allá de esta coyuntura, el problema político que supone “la cuestión nacional” en estas tierras está lejos de ser tan simple como “posicionarse”, si es que en alguna latitud es así se sencillo. Por otro lado, renegar de este factor, despreciarlo y considerarlo irrelevante frente a “las cosas importantes” es un error de bulto para cualquiera que quiera incidir en la sociedad. Hemos visto especialmente en nuestro movimiento a compañeras defendiendo la contraposición entre las luchas “de clase” y las luchas “nacionales”, como si fueran dinámicas completamente independientes o incompatibles. Además, que desde los medios se machaque con Cataluña, con Operación Triunfo o con la corrupción parece que no tiene mayor importancia para que haya más o menos luchas sociales. Quién tenga memoria lo podrá ver. Las luchas en la sociedad son complejas y afectan muchos factores. Uno de ellos es el terreno emocional, en el que se junta desde la identidad de una misma hasta la concepción del país que cada cual tiene. Querer barrer de forma intolerante las sensibilidades de la población, bien para imponer un nacionalismo uniformador, bien para imponer un anacionalismo cosmopolita, está en la antítesis de lo que podemos defender.

CAMPO AMARILLO

Si nuestra la lucha es por la libertad y la vida, la cabida que tienen todas estas cuestiones parece secundaria ante la grandeza de nuestras aspiraciones. Por suerte vivimos inmersas en una realidad en la que tenemos parientes, compañeras de trabajo, de estudios, de lucha, parejas, amigas y un montón de personas a nuestro alrededor con las que queremos construir un mañana mejor partiendo de estas contradicciones. Si hacemos públicas nuestras refexiones es para aportar nuestra percepción a esta situación que parte de nuestra gente ha vivido con tristeza, otra parte con miedo, otra parte con angustia y la gran mayoría con hartazgo y pocas certezas.

Como no queremos pasar de puntillas por determinados temas que en principio son ajenos a nuestras luchas cotidianas, creemos que es importante poner en común cómo afrontar toda esta coyuntura desde nuestra realidad. Eso signifca que las lecciones que saquemos de esta situación debemos aplicarlas sobre nuestras luchas. El horizonte es hacer que esas luchas pequeñitas y limitadas vayan engarzándose con otras, buscar y encontrar su denominador común para fortalecerlo en su perspectiva anticapitalista y contra el Estado y así trazar nuestra estrategia hasta forzar desde todas las luchas los mismos límites últimos del sistema. Pero las respuestas difícilmente se dan en los libros, se encuentran en la calle y al calor de la revuelta.

Valladolid, Febrero de 2018

Grupo Anarquista Cencellada

Confederalismo democrático: De la modernidad capitalista, hacia la modernidad democrática

Es común en los espacios internacionalistas y grupos de solidaridad con la revolución de Rojava, hablar de confederalismo democrático como el paradigma ideológico del movimiento de liberación de kurdistán. Aunque este concepto ha sido de ayuda para dar a conocer la evolución ideológica del movimiento, queda un poco incompleto, y quizás seria más adecuado hablar de modernidad democrática. ¿Porqué?

Para entender el concepto de modernidad democrática, de poco sirve fijarnos en el nombre, pues como Öcalan explica en los libros del “manifiesto por una civilización democrática”, ha usado estas palabras a falta de poder encontrar otras mejores. El concepto de modernidad democrática se plantea en contraposición al de modernidad capitalista, concepto para definir la mentalidad hegemónica de la civilización actual, que se extiende desde hace varios siglos.

Por modernidad capitalista entendemos la consolidación de la lógica de Mercado como sistema dominante en las sociedades, donde todo se mide en función del coste y el precio. Se centra así toda la atención en la sociedad material, dejando de lado los valores éticos y morales necesarios para que una sociedad exista. La actual aplicación del sistema de Mercado en todos los ámbitos de la sociedad, se sostiene en base a dos elementos que han logrado una hegemonía absoluta: la ciencia positivista y el Estado-nación.

La ciencia positivista, que se consolida como fuente de conocimiento con las ideas empiristas y el método científico cartesiano, promueve el dualismo objeto-sujeto. La idea de una observación “objetiva”, simulando que el sujeto racional es una entidad completamente externa al objeto de estudio, resulta catastrófica cuando se aplica a la sociología. La mentalidad donde solo podemos extraer conocimiento “objetivo” de aquello que podemos ver, experimentar y comprobar, se centra completamente en valores materiales, dando la espalda a los valores éticos y espirituales que han acompañado las sociedades humanas a lo largo de la historia. Son precisamente estos valores inmateriales los que iniciaron la existencia de las sociedades, consolidando un sistema común de ética y moral -un régimen de la verdad- que permitió a la sociedad funcionar más allá del sistema de la tribu o el clan.

Por otro lado, el Estado-nación se consolida como estructura política hegemónica a partir de la llamada revolución francesa. La búsqueda de libertad de las clases populares, oprimidas por el despotismo de los estados monarquico-teocráticos de la europa medieval, fue hábilmente conducida por las ansias de poder de la emergente burguesía. La necesidad de una identidad común que unificara el movimiento antimonárquico, abandonó la identidad moral de la religión para centrarse en la identidad material del ciudadano, que en lugar de servir a Dios sirve al Estado. La premisa de “una lengua, una bandera, una nación” se convirtió en la argamasa del homogenizadora del Estado-nación, causando le negación de cualquier identidad disidente.

Pero, ¿que hay detrás de ese Estado? Así como los sacerdotes y monarcas controlaban la sociedad en base a la fuerza ideológica de “la palabra de Dios”, las élites burguesas, que lograron una gran acumulación de poder material en base al comercio y el dinero, implementaron la ideología de “la mano invisible del Mercado”. El comercio, actividad considerada poco honrada a lo largo de la historia debido a su falta de ética, obtiene una situación central en el nuevo sistema social. La mentalidad materialista del capitalismo logra así desplazar la mentalidad moral de la religión, que tras siglos de convivencia y colaboración con el poder se había corrompido completamente.

Este proceso da inicio a la culminación de la modernidad capitalista, donde los Estados-nación, justificando sus acciones en base a la ciencia positivista, se convierten en la más eficiente herramienta de explotación y opresión. El materialismo extremo de este modelo de sociedad se funde con la herencia patriarcal, chovinista y antropocéntria de la ética judeo-cristiana, ya imperante en las monarquías absolutas. Se construye así una lógica de “máximo beneficio”, que construye su riqueza en base a la explotación de la mujer, la naturaleza y las clases oprimidas.

Entendiendo así la modernidad capitalista, la modernidad democrática consiste en la superación de esta etapa hiper-materialista, partiendo de los valores éticos y las prácticas democráticas subyacentes en la propia sociedad. Para alcanzar dicha modernidad democrática, el movimiento de liberación de Kurdistán no se limita a una definición teórica de lo que “objetivamente” debe hacer la sociedad para superar el capitalismo, pues la ideología que emana da este paradigma huye de la mentalidad positivista y el totalitarismo del Estado-nación. Se sitúa así la organización política no como vanguardia fuera de la sociedad, sino como sujeto transformador dentro de ella, buscando mostrar con la praxis lo que significa ser una sociedad democrática.

La crítica y autocrítica han sido las principales herramientas de transformación y afilado ideológico, permitiendo aprender de la trayectoria revolucionaria que se inspiró 40 años atrás en las ideas marxistas y los movimientos de liberación nacional. Ha sido esta autocrítica, representada en el pensamiento de Abdullah Öcalan y sintetizada en sus libros del “manifiesto por una civilización democrática”, la que ha permitido la redirección estratégica, en base al estudio y a una mayor comprensión de la historia y de las sociedades humanas.

Es importante a la hora de estudiar la historia no caer en el discurso del poder, que nos presenta una Historia donde el Estado es el único modelo posible de civilización. La sociedad civilizada, que nació con la revolución neolítica en base a principios de cooperación y apoyo mutuo -lo que entendemos como sociedad natural– unos 12000 años atrás, busca inevitablemente la forma de librarse de la explotación y opresión de los sistemas de estado, nacidos alrededor de 5000 años atrás. La sociedad democrática, herencia directa de la sociedad natural, ha sobrevivido a pesar de los ataques de los Estados, resistiendo frente a la presión totalitaria y jerarquizadora, tratando de recuperar el estado de sociedad comunal e igualitaria.

Estas resistencias a menudo derivan en levantamientos populares e insurrecciones, que son aplastadas por la superioridad militar de las estructuras de Estado. De vez en cuando, alguna logra un cierto grado de éxito, sobretodo cuando hay detrás un fuerte trabajo de análisis y organización social que permita desafiar el poder centralizador del Estado, desembocando en una negociación que mejora las condiciones sociales o un genocidio donde el Estado extermina la resistencia. Para evitar que estos levantamientos con ansias de libertad se repitan y ganen fuerza, además del exterminio a nivel material e ideológico, el Estado se apodera de los centros de conocimiento donde se escribe la historia (academias y universidades), para asegurarse que su versión de los hechos prevalezca.

Analizando las diversas revoluciones culturales de la historia de la humanidad, de la revolución neolítica al renacimiento, pasando por el nacimiento de las grandes religiones y los grandes sistemas civilizatorios, vemos como los cambios de mentalidad que significan el paso a un estado de civilización superior, no son aquellos que se imponen a la fuerza, sino aquellos que la población asimila por su propia voluntad. Es aquí donde radican las principales criticas del socialismo kurdo al socialismo soviético, donde en base a la opresión que emana de las estructuras del Estado-nación, se trató de diseñar “objetivamente” un sistema al que llamaron socialismo real. Pero una revolución no puede prosperar cuando esta se impone en base al totalitarismo estatista. El socialismo solo puede ser alcanzado como resultado de la libre decisión de la sociedad.

Un análisis profundo de la guerra, la paz y la legitimidad de violencia, junto con una mayor comprensión de historia de la humanidad y los procesos biológicos de la vida misma, se sintetizan en el concepto de autodefensa, otra dimensión clave del paradigma de la modernidad democrática. Entendemos por autodefensa las estrategias y mecanismos de los seres vivos para sobrevivir y no ser exterminados. Concibiendo las sociedades como entidades vivas a nivel colectivo, como se evidencia con los enjambres de abejas o los bancos de peces, es claro que la sociedad humana necesita de sistema de autodefensa colectiva, que nos permitan sobrevivir frente a los ataques del leviatán en que se han convertido los Estados-nación capitalistas.

Las diferentes dimensiones donde el Estado-nación ataca la sociedad y la naturaleza, drenando su energía y sus recursos en base a la expansión colonial y la búsqueda del máximo beneficio, son amplias y diversas. Para lograr emanciparnos (y defendernos) de este lastre que corrompe la sociedad y destruye la naturaleza, es necesario empezar recuperando la sociedad, hoy fragmentada y desposeída de su capacidad de autodefensa. La modernidad capitalista ha llevado las sociedades al borde del abismo individualista, donde los ciudadanos dependen completamente del Estado para resolver sus problemas en lugar de ayudarse mutuamente. Es por eso que el primer paso para dirigirnos hacia la modernidad democrática es la autonomía democrática, concepto clave junto con otros tres que explicamos a continuación: el confederalismo democrático, la republica democrática y la nación democrática.

La autonomía democrática consiste en el proceso de organización social que permita la emancipación del Estado-nación. Se enfoca desde una perspectiva local, a menudo en clave municipalista, buscando organizar la sociedad y reforzar los vínculos entre las personas en base a la autogestión y al apoyo mutuo. A medida que se construyen estos nodos sociales, estos buscan reforzarse y retroalimentarse entre ellos, tejiendo procesos de organización con otros nodos en base a estructuras confederativas. Este proceso de organización entre agrupaciones sociales locales, organizadas de manera autónoma e independientemente del estado, es lo que entendemos como confederalismo democrático.

A medida que se configura esta red democrática confederal, es muy probable que los Estados traten de atacarla usando diferentes métodos de guerra, buscando así perpetuar su dominación y explotación de la sociedad y los individuos que la componen. Para evitar que esto suceda es imprescindible un trabajo diplomático con los Estados, que debe ser contemplado como una estrategia de autodefensa, buscando limitar su poder mediante acuerdos y contratos sociales. Cuanto más organizada y más fuerte sea la sociedad, más margen de maniobra tendrá para doblegar los Estados, cuidando siempre de no dejarse embaucar por estos. Los Estados que respeten la autonomía democrática y la organización en base al confederalismo democrático, es lo que entendemos como repúblicas democráticas.

Estas repúblicas democráticas no deben ser entendidas como el objetivo a lograr, sino como la forma de limitar el poder de los Estados. Las ideas desarrolladas por el socialismo libertario aciertan al señalar el Estado como enemigo, pero carecen de profundidad a la hora de presentar alternativas. El Estado cuenta con amplios y elaborados mecanismos de autodefensa, que deben ser desactivados paso a paso en base a la organización popular de la sociedad. Una confrontación directa contra el Estado es llevar el conflicto a su terreno natural, la guerra militar, escenario en que el Estado dispone de enormes recursos y experiencia. Es por eso que la vía del diálogo debe ser siempre contemplada como prioritaria, buscando así una solución democrática. Pero si el Estado no acepta las condiciones de la sociedad, respondiendo con violencia contra la sociedad, la única alternativa posible es la guerra popular revolucionaria.

El objetivo que debemos perseguir en todos estos procesos, tanto a la hora de construir la autonomía democrática, organizar el confederalismo democrático, como transformar el Estado en una república democrática, es el de construir la nación democrática. El concepto de nación democrática no debe ser entendido bajo el paradigma del Estado-nación de una lengua, una bandera, una patria, sino como la unidad social de gran tamaño que comparte una historia y cultura comunes. Cuando usamos el termino nación, es en parte por falta de una palabra mejor que lo defina, pero nos referimos a la idea de sociedad amplia, compartida por las personas que habitan un territorio común. La nación democrática no se ata a unas fronteras delimitadas en un mapa, sino a una sociedad que se siente afín por compartir valores y mentalidad comunes.

La nación democrática debe enfocarse para construir una sociedad igualitaria y ecológica, buscando la emancipación de la mujer y la defensa de la naturaleza como prioridades. La mentalidad de la nación democrática comprende una serie de dimensiones o ámbitos de acción que deben gestionarse de forma democrática, en base a la ética y la consciencia social. Estas dimensiones comprenden el individuo en la comunidad, la vida social, la vida política, las relaciones de pareja, la gestión de la economía, la estructura legal, la cultura, la autodefensa y la diplomacia. Estas dimensiones interactúan entre ellas y no deben ser entendidas como elementos fragmentados y aislados entre sí, sino como campos interrelacionados a desarrollar para el buen funcionamiento de la sociedad. Las naciones democráticas se convierten así en la nueva unidad para, en base el confederalismo democrático, tejer una red mundial que devenga en una civilización democrática global. Este proceso sería la culminación de la modernidad democrática.

Avjîn Azadî

De la modernidad capitalista, hacia la modernidad democrática

Enlaces del mes: Diciembre 2016

Destacamos un artículo que analiza la organización horizontal no jerárquica de algunas tribus en contraposición al argumento clásico de Hobbes. Las sociedades pequeñas pueden mantenerse de forma «familiar» y por ende, horizontal. Algunas de ellas incluso no dan ni «las gracias» pues suponen que dar las gracias supone esperar una recompensa.

Apoyo Mutuo nos ha dejado este mes la reflexión democracia versus Estado, en donde la experiencia histórica demuestra que el Estado, lejos de actuar como un facilitador de los procesos sociales de transformación democrática, ha actuado siempre como un obstáculo.

El «no» en Italia sobre la reforma que pretendía reforzar la partitocracia en Italia significa un nuevo fracaso para las élites políticas del país.

El carbón es una fuente de energía que ya no tiene futuro, pero en España, nadie apuesta por una transición hacia un modelo sostenible. Es más, su consumo se incrementó.

Un tema clave que nos debería preocupar es la estrategia comunicativa, ya que es imprescindible para que nuestros mensajes dejen de ser silenciados, tergiversados o que nadie nos preste atención. Temas como el lenguaje o los relatos que vayan más allá de los argumentos, son importantes sobre las que ir trabajando.

«Creo que la batalla política fundamental en Europa va a ser quién construye el pueblo, y qué se puede construir de dos lados.» En esta entrevista a Iñigo Errejón, podemos sacar algunas lecturas políticas interesantes que deberíamos aprender el resto de la izquierda.

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