Por una menos…

"Requiere menos esfuerzo intelectual el condenar que el pensar". —Emma Goldman

La libertad de expresión siempre ha estado y está presente en nuestras reivindicaciones y la defendemos como un derecho fundamental. Sin embargo, ¿hay límites en ella? ¿Todas y absolutamente todas las ideas se pueden expresar y tolerar? Así como la libertad social entendida por los y las anarquistas debe ir acompañada de responsabilidades tanto a nivel individual como colectivo, y que en ella no tiene cabida la libertad de explotación ya que la explotación supone la restricción de la libertad; en la libertad de expresión, ¿podrían tener cabida ideas que fomenten el odio o hagan apología de la opresión? Y es que la libertad de expresión no solamente apelamos a ello desde los sectores revolucionarios. En ocasiones, cuando de alguna manera ponemos trabas a la expresión de ideas contrarias, entre sectores reaccionarios también la van reivindicando y tratando de posicionarse como víctimas.
Pienso que para abordar este tema con mayor rigor debemos tener en cuenta las relaciones de poder¹, pues sin comprenderlas, podríamos llegar a poner al mismo nivel la censura de la clase dominante contra nosotras y nuestra «censura» hacia las ideas apologistas de la opresión. Recordemos que sino hay relaciones de poder equidistantes, no se pueden tratar usando la misma vara de medir. No obstante, censurar ideas que no concuerden con las nuestras es un acto autoritario y contradice con nuestros principios de libertad, además que la censura en ciertos casos puede producir el efecto contrario al deseado si se ha llevado unas campañas contra la censura y unos medios adecuados. Si tenemos argumentos sólidos para rebatir las ideas que reproducen las opresiones, sean clasistas, heteropatriarcales, racistas o ¿especistas? no tendríamos por qué impedir que se expresen. Pero sí que no las deberíamos tolerar en nuestros espacios ya que son las que combatimos. ¿Por qué tolerar las opresiones estructurales contra las que luchamos?
Los límites en la libertad de expresión están en que debemos defenderla frente a ideas que pretendan coartarla, reconocer las posturas victimistas que defienden las opresiones e impedir que, bajo el pretexto de la libertad de expresión, sean reproducidas en nuestros espacios. Pese a todo, en este artículo he decidido no dar nada por sentado y dejar un final abierto al debate. ¿Qué opináis al respecto?
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1- Para más información sobre las relaciones de poder, aquí.
Varias columnas partieron ya desde numerosos puntos de España marchando a Madrid para confluir el día 22 de marzo, donde dará lugar a una multitudinaria manifestación bajo los lemas «No al pago de la deuda. Ni un recorte más. Fuera los gobiernos de la troika. Pan, trabajo y techo para todos y todas«. Hasta el momento, no se ha especificado el carácter de la movilización, lo que podría dar cabida a la protesta violenta o, de lo contrario, marchará pacíficamente. Independientemente de ello, pienso que deberíamos atender el trasfondo político y social de la manifestación, no únicamente a sus formas. Sin embargo, no he podido pasar por alto aquellas imágenes que criminalizan a los encapuchados acusándolos, gratuita e injustamente, de infiltrados¹ que recientemente andan circulando por las redes sociales, al cual rápidamente salió su respuesta².
Antes que nada, no quiero que el carácter con el que se haya desarrollado los actos de las Marchas de la Dignidad termine en un debate estéril ente si violencia o no violencia, olvidándonos de las reivindicaciones, la repercusión social y los posibles avances que hayan podido surgir después de las marchas. Aquí no voy a salir en defensa de un método de lucha o de otro, ya que soy partidario de la convivencia de diversas tácticas de acción directa, que sirvan para el avance de la lucha y no obstaculizarnos entre nosotros y nosotras, con la condición de que tales métodos se utilicen adecuadamente en cada contexto. No obstante, es conveniente desechar de una vez por todas la lacra del moralismo y del pacifismo dogmático dentro de los movimientos sociales. Entonces, urge aquí unas aclaraciones:
Tanto la resistencia pasiva como la resistencia activa son métodos de acción directa legítimos en la lucha social y hay que saber usarlas en cada contexto. Sin embargo, hay veces que es preciso aclarar unas cuestiones sobre la resistencia activa y el uso de la violencia como método de lucha. Algunos argumentos pacifistas, como que no tenemos que actuar como bestias como lo hace la policía o similares, ignoran por completo que no existe una equidistancia entre la violencia estructural del sistema (recortes en general, decretazos, subidas de la luz, privatizaciones, desalojos, desahucios, precariedad laboral, despidos, brutalidad policial, etc…) y la violencia simbólica en las protestas (ataques a la policía, rotura de cristales de tiendas de multinacionales, sucursales y oficinas, y quemas de contenedores, coches patrulla). Ante la ausencia de una equidistancia, no podemos equiparar las protestas sociales de carácter violento con la brutalidad de la represión policial; los ataques a sucursales bancarias con los desahucios o la estafa de las preferentes. Lo mismo que no podemos comparar la violencia machista -producto de la sociedad patriarcal- con «las agresiones de mujeres a hombres» como acto de autodefensa por parte de la mujer para hacer frente a la violencia machista.
Podemos concluir, por tanto, que la violencia de la clase explotada es completamente legítima en cuanto es usada, no para oprimir sino para liberarnos de la opresión. No olvidemos que el capitalismo se ha impuesto mediante la violencia. Con echar un vistazo atrás en la historia, tendremos las respuestas: durante la época pre-capitalista; mediante la expropiación forzosa de las tierras comunes, que comenzó a partir del siglo XVI a través de los cercamientos, y la caza de brujas orquestada por la clase dominante de entonces y el clero para dinamitar el control de las mujeres sobre sus cuerpos. Y después de la Revolución Francesa; mediante el trabajo asalariado y la represión estatal hacia toda reivindicación de carácter obrero. Incluso actualmente en Latinoamérica y en países africanos el neoliberalismo sigue los mismos pasos que siguieron los capitalistas dos siglos atrás.
Volviendo al hilo del asunto, si bien la infiltración policial en las manifestaciones está a la orden del día y que por ello debamos tener cuidado, no quiere decir que todos y todas las encapuchadas sean agentes de paisano³. Por parte de la policía y la clase dominante, serán suyas las victorias cuando entre nosotros y nosotras nos enzarcemos en luchas intestinas entre pacifistas y «violentos», en vez de tejer lazos de solidaridad entre la clase trabajadora y la confluencia de las luchas contra el neoliberalismo. Tenemos que tener claro que el enemigo que tenemos delante no es quien se pone la capucha al salir a la calle a protestar, sino la madera que se infiltra en nuestras manifestaciones. Por tanto, no es a los encapuchados a quienes hay que atacar, pues de hacerse, sería hacerle el juego sucio a la policía facilitándoles la represión y dando como consecuencia las divisiones internas.
Las opciones más acertadas serían que: quienes opten por la resistencia activa que lo hagan atendiendo al contexto social en que nos encontremos, si el uso de la violencia revolucionaria va a ser realmente útil como se demostró en Gamonal, en el cual se vio legítima en el imaginario popular ya que el trasfondo plenamente lo justificaba. Y quienes opten por la resistencia pasiva, que lo hagan por las mismas razones que aquellos y aquellas que eligieron pasar a la autodefensa. Pero que en ningún caso nos obstaculicemos las unas a las otras e invirtamos las fuerzas en la lucha y en identificar y expulsar a los infiltrados, no a los encapuchados.
Mucho ánimo y fuerza a los y las que están en las Marchas de la Dignidad, que ya están llegando a la Comunidad de Madrid.
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Notas:
1-
y 
2-

3- Aquí hice una aclaración básica para distinguir a un infiltrado de un manifestante.
Venir al mundo es una decisión ajena impuesta por la voluntad de otros. Durante nuestra infancia y adolescencia no estamos capacitados para ratificar esa decisión ni imponer nuestra condiciones. Las personas nacemos por decisión de otros en un determinado entorno físico, familiar y social, dotadas de unas características genéticas concretas, que es la parte de esta situación que jamás podremos cambiar. Pero de ahí en adelante podemos modificar y decidir sobre nuestra vida ya que nos pertenece en exclusiva.
No hay voluntad ajena -ni de otro individuo ni de la colectividad, ni impuesta por la tradición, ni por las creencias culturales, místicas o políticas predominantes- que merezca una consideración moral más alta que nuestra propia voluntad ni hay, por lo tanto, restricción alguna al ejercicio de nuestra libertad que cuente con una legitimidad natural.
La mayoría de personas nunca llegan a ser conscientes de su soberanía, de su derecho a la misma ni de la enorme invasión de ésta que padecen. Pero las personas, por si mismas, son seres inteligentes y capaces de auto gobernarse. El derecho a hacerlo es natural y su rango moral es siempre superior a cualquier imposición externa.
Creemos que cualquier persona, en cualquier momento de su vida, tiene toda la legitimidad para reconsiderar y modificar todo aquello relativo a sí misma y a su vida que de ella depende, incluido el propio hecho de existir. Esto le faculta para tomar cuantas decisiones desee sobre su persona, su cuerpo, su mente y su aceptación o rechazo de cualquier valor, su nombre, su relación con los demás y su forma y estilo de vida. No tomar decisión alguna, como hace gran parte de la población, es también una decisión, aunque la mayoría no sea consciente. Los que por simple inconsciencia, por inercia cultural o por desidia se dejan llevar por el statu quo en el que nacieron y fueron educados están también ejerciendo una opción.
Durante siglos se nos ha enseñado y adoctrinado desde las más diversas filosofías e ideologías -desde el cristianismo y el judaísmo hasta el islam, desde el fascismo a la socialdemocracia y desde el marxismo hasta el conservadurismo- que las personas viven en función de la comunidad a la que “pertenecen”, que deben asumir sus valores, tradiciones, reglas. Obedecer. El «altruísmo», la afirmación del «otro», se nos impone desde el colegio hasta el asilo y desde los púlpitos de la iglesia, las tribunas de la política, los medios de comunicación, la paternal institución de la familia o las más diversas organizaciones humanas, pero siempre con el objetivo, consciente o no y a veces incluso bienintencionado, de someternos.
Toda forma de limitación del poder de la persona sobre sí misma, sobre su vida y sobre sus decisiones es ilegitimada en origen. Aunque todas las demás personas del planeta estuvieran plenamente de acuerdo en imponer a un individuo ciertas limitaciones, seguiría siendo moralmente superior el derecho natural de ese individuo a no acatarlas mientras no limite la libertad a otros. Sabemos que los humanos son seres gregarios, que necesitan relacionarse con otros individuos para llevar una vida medianamente soportable, pero también sabemos que las normas de convivencia han sido históricamente dictadas por el poder y la autoridad (religiosa, política, cultural, económica, etc.) y por lo tanto no parten de una legitimidad primaria. Acatar irreflexivamente normas que limitan el autogobierno personal es también ejercer una opción: tal vez la más cómoda para la mayoría pero también la más dolorosa y humillante para algunos de nosotros.
En su camino hacia la supuesta libertad, una humanidad temerosa y débil ha optado por conquistarla a fuerza de decretos y burocracia, a golpe de Estado y policía, mediante un poder casi irrestricto para los gobernantes a cambio de un trato rara vez benévolo y a través de la implantación de sistemas de auto legitimación democrática que han servido para glorificar el ejercicio del poder y, por ello, para seguir invadiendo el ámbito de decisión de las personas.
Mucho se ha escrito sobre el contrato social entre gobernados y gobernantes, con frecuencia para ensalzar las virtudes de un sistema más teórico que práctico que parece casi diseñado para tranquilizar a las personas mientras se les usurpa su poder de autogobierno. Mediante el contrato social las personas deben someterse al poder de las masas y de su Estado. Se nos ha enseñado a aceptar sin rechistar lo que el poder nos ordena o prohíbe, porque quienes lo ostentan actúan «en nuestro nombre», están «legitimados en las urnas» o responden a la voluntad de la mayoría. Nosotros nos sentimos facultados para hacer absolutamente cuanto deseemos. «Hacer» incluye por supuesto el «no hacer». La libertad de cada uno no termina donde empieza ese eufemismo que es «la de los demás» que sirve como excusa para que las élites interpretadoras hagan y deshagan a su antojo, sino que termina exactamente donde comienza la inalienable soberanía individual de otra persona concreta, real y determinada.
No tendremos a quien idolatrar ni a quien demonizar si nosotros somos nuestros únicos dueños, si nosotros somos, conscientemente, los responsables de todo lo bueno y de todo lo malo que nos suceda, si nosotros razonamos y decidimos con todas las consecuencias, si en definitiva somos libres y no tenemos sino una consciencia plena de nuestra condición de personas, de individuos de una especie animal, únicos y auto poseídos. Ser libres, ser soberanos, es decir, ser plenamente humanos. Quienes no quieran aceptar el reto, sean mayoría o no, están en su derecho de no hacerlo, pero no de imponernos a nadie más las consecuencias filosóficas y políticas de su miedo a la libertad.
Por todo lo expuesto, proclamamos nuestro derecho total e inalienable a la autodeterminación y en ejercicio de la soberanía personal que poseemos, presentamos ante el resto del mundo nuestra declaración de independencia. Así, por la presente, afirmamos que no reconocemos ningún poder ajeno en nuestras vidas.
Agradecimientos a Secta Nihilista por su aporte.
Como todo anarquista, nos declaramos amantes de la libertad y por y desde ella luchamos, tratando de alcanzarla mediante la libertad, que es el único camino para poder llegar a ella. En palabras de Rudolf Rocker, «la libertad no es un concepto filosófico abstracto, sino la posibilidad concreta de que todo ser humano pueda desarrollar plenamente en la vida las facultades, capacidades y talentos de que la naturaleza le ha dotado, y ponerlas al servicio de la sociedad.» No obstante, en ocasiones nos encontramos con la dicotomía entre la liberación del individuo o la del colectivo. Rechazamos cualquier poder impositivo, es decir, una autoridad separada de la realidad social concentrada en una minoría que se autolegitima para decidir sobre las mayorías, porque consideramos que coarta la libertad individual y nos impide ser dueños de nuestras vidas. Pero si consideramos que la libertad individual está en cierto modo coartada por la sociedad ¿qué es entonces de la libertad social? ¿Es realmente opuesta la libertad individual a la libertad social? Pasemos pues a analizar esas dos libertades aparentemente contrarias.
Respecto a la libertad individual existen dos concepciones: desde el liberalismo y desde el anarquismo individualista. En el primer caso, la libertad individual se concibe como pequeñoburguesa en cuanto acepta la máxima de “mi libertad termina donde empieza la del otro», y eso quiere decir que las libertades están limitadas por la de los otros y ello implica que existan individuos con más libertad que otros. Pero para impedir que las libertades se «pisoteen», el Estado sería el encargado de regular esas libertades mediante las leyes. Aun así, da cabida a la libertad de explotación (que no es una verdadera libertad pues la explotación implica la destrucción de la misma). En la práctica, esa libertad individual no concibe más libertad que la del propio individuo a hacer lo que le dé la gana siempre teniendo la limitación de las leyes.
En el segundo caso, la libertad individual concebida desde el individualismo será ilusoria cuando contamos que un grupo de individuos decide “liberarse» desde el ya mismo sin tener en cuenta al resto de la sociedad, considerándola como enemiga y parte de la estructura de poder. Esa “libertad» en que ellos se declarasen no es más que ilusoria porque en realidad siguen dependiendo de la sociedad, directa o indirectamente. Así pues mientras el resto de la sociedad no sea libre, el individuo tampoco podrá serlo pues siempre acabará influenciado por ella. Tampoco se podría considerar la libertad individual el aislamiento del individuo del resto de la sociedad porque no encontrará sobre quiénes realizar su libertad.
Hasta aquí parece que la libertad individual o es pequeñobuguesa o no existe. No obstante, si analizamos la libertad social nos daremos cuenta de que la libertad individual concebida desde el anarquismo solo es posible si existe la libertad social, es decir, la libertad individual solo se realiza si se materializa la libertad social y así lo demuestra Bakunin: “No soy verdaderamente libre más que cuando todos los seres humanos que me rodean, hombres y mujeres, son igualmente libres» y “La libertad ajena amplía mi libertad al infinito». Cuando hablamos de libertad social nos referimos a aquella libertad que se materializa en una sociedad en la cual el pueblo haya superado el capitalismo para organizar un sistema económico basado en la cooperación y sustituido al Estado por instituciones horizontales y participativas, dejando la posibilidad de la libre experimentación y asociación de los individuos siempre y cuando dentro del conjunto de la sociedad no existan relaciones de explotación. Solo derrocando a la clase capitalista y el poder político organizado en un Estado, junto con la supresión del patriarcado y el racismo, lograremos la libertad social.
En definitiva, la libertad social es el único garante para el desarrollo de las facultades del ser humano y del individuo, no lo niega sino que le da un amplio abanico de posibilidades en donde desenvolverse, siempre bajo una responsabilidad y unos valores éticos basados en la ayuda mutua y la solidaridad. Esto quiere decir que libertad individual y libertad social no son opuestos sino que la primera es resultado natural de la segunda. La sociedad no tiene por qué coartar al individuo, sino que depende de las relaciones de poder dentro de la misma: si se hace en base a unas jerarquías será restrictiva, habrán desigualdades y por tanto, tanto la libertad social como la individual no existiría porque habría explotadores y explotados. En cambio, si la sociedad se organiza en base a principios antiautoritarios y en base a la libertad, permitirá el desarrollo tanto del individuo como de la sociedad.
El rumor de diferentes amigos y amigas, personas queridas, que quieren ir a buscarse la vida en otro país de la Europa rica crece día a día. Algún colega joven ya le ha tocado, sus dos padres están en paro. Compañeras que dejan de estudiar porque no se lo pueden permitir. Compañeros migrantes que frecuentan los container en busca de cualquier cosa para vender o para comer, y les toca menos porque cada vez hay más competencia, con diferentes perfiles cada vez más diversificados. Podría seguir describiendo los tiempos que nos han tocado vivir, el mundo en el que vivíamos se está hundiendo.
Lo sabemos, el capitalismo no se detendrá. No saldremos de la crisis. Quizá vuelva a reducirse el paro (o no …) pero la precarización aumenta con cada reforma laboral a medida que el capital no encuentra una respuesta capaz de plantarle cara, aunque lo intentamos detener con todas nuestras fuerzas . La competencia aumenta entre las clases populares para acceder a los bienes materiales. El sistema era genocida antes, y ahora está enseñando su verdadero rostro al «Primer Mundo». ¿Cómo podemos hacer frente a esta situación, desde una óptica libertaria?
Construyendo un proyecto colectivo. Al capital le interesa la destrucción del tejido solidario, un hito que en buena parte ha conseguido, y con la crisis resurgen mecanismos para cubrir las necesidades de las personas que no pueden ser satisfechas por el dinero ni el desapareciendo «Estado del Bienestar». Obviamente no existen las recetas mágicas, y la dirección de este proyecto debe ser fruto del consenso de las integrantes, pero es muy posible que si no logramos construir un movimiento propio y no conseguimos incidir con nuestro discurso, otros lo hagan. Siendo conscientes de que hablamos de diferentes contextos, podemos ver el ejemplo de «Amanecer Dorado».
¿Movimiento Libertario?
Para empezar, debo explicitar que escribo desde una experiencia joven. Cuando quise empezar mi referente era la CNT y más tarde me crecer y esperé a entrar en la FEL, pero nunca llegué a entrar en esta porque desapareció. Por motivos geográficos nunca pude acercarme a un sindicato, y cuando lo hice vi que su realidad y la mía eran totalmente diferentes, y después de formar una asamblea libertaria con la gente cercana propusimos hacer alguna manifestación unitaria (con otros colectivos como CGT) y la contestación fue una apasionada respuesta recordando viejos tiempos de la Transición. A pesar de tener cosas en común, la realidad de cada sindicato es diferente en cada localidad (algo que se debería recordar siempre) y aquí me defraudaron mucho.
Cito el tema sindical porque durante los últimos dos años aproximadamente se han ido constituyendo asambleas y colectivos libertarios en diferentes barrios, ciudades y universidades. Estas estructuras quizás pueden facilitar más la entrada de jóvenes que quizás hasta ahora no podían entrar a un sindicato por sus propias dinámicas, produciendo así dificultades al recambio generacional. Aunque es importante lo que sucedió, tenemos que ser conscientes de que hablamos de dos contextos diferentes, y a veces las posturas no se acercan por peleas estancadas en décadas anteriores, y si esto le sumamos el misticismo del 36, parece que algunos vivimos aun en el pasado. La historia es importante, pero si queremos cambiar el presente no podemos vivir en ella, vivimos en tiempos diferentes.
Dejando de lado estos temas, ¿podemos hablar de movimiento libertario? La sensación que hay ahora, que quizá empezará a cambiar, es la falta de red y de mecanismos colectivos entre los afines, y por otro lado la gran diferencia ideológica. Personalmente creo que como anarquistas deberíamos valorar las diferencias positivamente como un ejercicio antidogmático, pero siempre encontramos posturas que se contraponen en dicotomías que fácilmente terminan peleándose en vez de intentar comprender al otro, a buscar los puntos en común y saber aceptar las diferencias, siendo conscientes de que todo el mundo tiene contradicciones y que nunca las podremos salvar todas. Dicotomías clásicas como «Aislamiento» vs «Sumar luchas», «Anarquismo social» vs Insurrecionalismo, Lucha política en la ciudad vs proyecto utópico en el campo…
Organización y Anarquismo
Conectar colectivos es conectar experiencias y recursos, y así podremos crecer cualitativamente en nuestra capacidad de incidencia en la sociedad. Aunque algunas personas sientan aversión hacia las siguientes palabras, unas estructuras sólidas permiten conectar la experiencia generacional, que de otra manera es más difícil de mantener, y así los colectivos se crean y se destruyen cíclicamente perdiendo energías. En mi opinión, en algún momento también se deberá conectar la lucha con los sindicatos libertarios e intentar romper el estancamiento que todavía se produce en algunas localidades…esto quizá implicara mucha reflexión y trabajo de replanteamiento por parte de las «dos partes».
Por otro lado si la palabra organización nos da miedo, debemos tener en cuenta que (al menos la gente que se declara anarquista que conozco) en su visión sobre una utopía libertaria, las decisiones las tomarían entre todas, de manera organizada. La organización no es mala por sí misma, sólo tenemos que ser conscientes de la cultura en la que hemos nacido e intentar combatir los posibles autoritarismos que aparecían, hacia fuera y hacia adentro, aunque no sea fácil.
Y finalmente, para combatir la situación que nos ha tocado vivir, hacen falta mensajes positivos. Ya tenemos claro que queremos destruir este mundo, pero con la alienación diaria que nos toca luchar para que no se apoderen de nosotros nos hace falta ser capaces de imaginar un mundo mejor y pensar de que es posible. Hablar en clave positiva también es una manera de que la gente sea capaz de salir de la resignación y conectar con nuestras ideas.
*Este artículo esta escrito desde una visión de un joven y desde el ámbito de Catalunya.
Anónimo