La policía.

En apoyo a nuestros compañeros detenidos de forma premeditada el 25 de Abril a manos de la policía y del Estado totalitario al que sirven y obedecen.

Nuestra propia policía nos pega, nuestra propia policía nos desahucia. Desde que somos jóvenes. Nuestra propia policía nos reprime cuando señalamos la corrupción de aquellos a quienes ciegamente obedecen, de aquellos que les pagan el salario con nuestro dinero. Nuestra propia policía.

Nuestra propia policía es ciega, nuestra propia policía no distingue entre quienes solo tienen la legalidad artificial de ricos sobre pobres y quienes toda la legitimidad de igualdad entre iguales.

¿Por qué agredir a un ciudadanos es legal y contestar esa agresión es violencia?

Nuestra propia policía debe saber que, agredir a un ciudadano indignado, solo es legal porque alguien con más poder que ese ciudadano indignado lo escribió en un papel, pero es un acto carente de legitimidad y de racionalidad.

¿Se puede concebir algo más ilegítimo y retorcido que agredir a un ciudadano cuando está denunciando un robo que se ha cometido contra él? Bien, todo depende de quién sea el autor del robo. Si el autor del robo es el mismo que paga al policía agresor con el dinero del ciudadano agredido, entonces se dice que es legal.

Despierte nuestra propia policía.

Despierte nuestra propia policía y comprenda de una vez que su «trabajo» no puede consistir en agredir a sus conciudadanos. Pues esa actitud es una enfermedad y como tal deberá ser tratada.

Despierte nuestra propia policía y vea en el rostro del ciudadano a quien dispone a agredir: a su madre, a su padre, a su hermano, a su hija, al pueblo.

Despierte nuestra propia policía y sea consciente de qué principios deben preservar, de qué orden deben mantener, de a quién debe proteger y de quién debe protegerle.

Despierte de una vez la razón en ellos y repriman, en todo caso, al neonazi que bulle dentro de muchos de ellos.

Si nuestra propia policía no despierta, tarde o temprano será despertada por el ciudadano a quien pretende agredir para mantenerle atemorizado. Quizás despierte cuando el ciudadano les acorrale con su aplastante mayoría y con su aplastante argumento de querer vivir en paz. Quizás eso sirva para sacar al cobarde que lleva dentro nuestra propia policía.

Si nuestra propia policía no despierta a tiempo será una cuestión sencilla la que habrá que dilucidar: su sangre o la nuestra, será el final del camino, y no será la mayoría quien sucumba, pues no habrá suficientes balas ni porras para todos. No habrá legalidad en el mundo que ampare a la minoría opresora para quien trabaja nuestra propia policía, pues habrá llegado el tiempo de la legitimidad del ciudadano, el fin del reinado de su «legalidad» irracional.

Dótese el pueblo de su propia policía, en defensa de la legitimidad más absoluta de ayudar al débil y acabe ya el «orden establecido» de ayudar al poderoso dándole de beber la sangre de los débiles.

No de ni una vuelta de tuerca más nuestra propia policía, pues el hambre no tiene miedo, y el miedo no tiene freno. Y una vez que el final se desencadene, ya todo dará igual.

Retroceda nuestra propia policía por las buenas, ahora que todavía está a tiempo.

«De entre los esclavos, no hay más cobarde que aquel que protege al amo»

Radix

La función de la educación

Este artículo es, en parte, la continuación de mi anterior artículo. En este último, pretendí realizar un esbozo acerca de la importancia de las características adquiridas mediante el proceso educativo.

A lo largo de la historia, todas las personas, sin importar las barreras del espacio o del tiempo, han coincidido en la importancia de la educación. Desde la alegoría del mito de la caverna de Platón, donde retractaba el arduo y costoso camino del proceso educativo y donde hacía énfasis en la manipulación de la realidad que sufrían aquellos presos ignorantes, hasta la educación y la escuela institucionalizada de hoy en día, pasando por todos los altibajos a lo largo de la historia. Todos han coincidido en su importancia, y de entre estos, a algunos les convenía dirigirla para asegurar sus intereses en un futuro.

Ahora bien, ¿qué pasa en nuestras escuelas? ¿a qué es debido el fracaso escolar tan elevado? ¿qué se está haciendo mal? Todos los gobiernos, sin importar de qué color sean, tratan de resolver este asunto tan desagradable que es el fracaso escolar. Pero lo hacen de manera tan superflua que no llegan siquiera a arañar su superficie, y mucho menos llegan a la raíz del problema en cuestión. Sabemos que algo no va bien cuando los niños -y no tan niños- entran en un estado de depresión cuando hay que volver a la escuela. Todas las semanas la misma cantinela: «mañana ya es lunes, qué asco». Pero no solo lo dicen los alumnos, sino que, peor todavía, lo dicen muchos maestros y educadores. Huelga decir que jamás ningún gobierno, y precisamente porque es un gobierno, podrá resolver estos problemas. Y, sin embargo, lo intentan, y con mucho ahínco, con las reformas educativas y sus consecuencias tan nefastas que estamos viendo en nuestros días.

No hace falta mucha filosofía para percatarse de que es ilógico que dichos programas educativos los realice un grupo administrativo. ¿Cómo pretende el gobierno planificar la educación de millones de niños, si entre sus filas no hay un solo educador? Son solo administrativos que no tienen ni idea de educación. Es más, ¿cómo pretende cualquier gobierno dirigir la educación de millones de niños que estarán vivos dentro de sesenta años, si el propio gobierno no sabe ni qué será del país en cinco años? Como se puede apreciar, el primer fallo es la institucionalización estatal de la educación.

Para poder entender la educación tal y como se conoce hoy en día, debemos remontarnos a sus orígenes. ¿Dónde surgió el concepto de educación pública, gratuita y obligatoria que utilizamos hoy en día? Este concepto proviene de finales del S. XVIII y principios del S. XIX, con el despotismo ilustrado, en Prusia. El régimen absolutista de Prusia, temeroso del contagio de la revolución francesa de 1789, empezó a introducir algunos principios de la ilustración en la educación para satisfacer al pueblo, pero manteniendo el régimen absolutista. De ahí el nombre de despotismo ilustrado. En dicha educación prusiana había una fuerte división de clases y castas. Se fomentaba la disciplina, la obediencia y el autoritarismo. ¿Qué querían estos señores, pues? No querían un pueblo culto e ilustrado. Al contrario, buscaban un pueblo dócil y obediente. Buscaban, en fin, súbditos. Las noticias de su éxito corrieron a lo largo y ancho del mundo, y representantes de todos los países del mundo occidental visitaban Prusia para nutrirse de dicho sistema educativo. Así, promulgaban la educación gratuita y alzaban la bandera de la igualdad por todo el mundo, cuando su esencia misma era el despotismo que buscaba perpetuar modelos de clases elitistas y la división de clases. Y esto opera, se sepa o no se sepa, hasta el día de hoy.

Este tipo de escuela nace en una época de crecimiento industrial, es decir, de obtener los mayores resultados observables con el menor tiempo y esfuerzo posible. Esta escuela era la respuesta ideal ante la necesidad de trabajadores medianamente cualificados, pero que fueran incapaces de cuestionar nada. La educación de entonces y de ahora sigue siendo lo mismo; una herramienta para formar trabajadores útiles al sistema y para que la cultura permanezca siempre igual. En fin: conservar la estructura establecida de la sociedad. No es de extrañar que este tipo de escuela fuera financiada por grandes propietarios y magnates de las finanzas, como fueran  J. P. Morgan o Henry Ford.

La escuela se complementó con investigaciones sobre el control de la conducta, llegando incluso a teorizar acerca de la superioridad racial. Tampoco es de extrañar que los primeros estados con el sistema prusiano o similar, fueran con el paso de las generaciones focos de xenofobia y de nacionalismo extremo. El modelo de producción industrial en cadena de montaje era perfecto para esta escuela. La educación de un niño era comparable a la manufactura de un producto, por lo tanto requería una serie de pasos determinados en un orden especifico. Separando a los niños por generaciones en grados escolares, y en cada una de estas etapas se trabajaría sobre determinados elementos totalmente parcializados. Contenidos que asegurarían el «éxito», pensados minuciosamente por un experto administrativo. En esta cadena de educación-producción, una persona -profesor- estaría al cargo de una pequeña parte del proceso, insuficiente como para conocer el mecanismo en su totalidad ni a las personas en profundidad. Un docente por año, por materia y por cada treinta o cuarenta alumnos, llegando al punto de que el proceso termine siendo meramente mecánico. Este sistema de montaje, que nace con el Taylorismo, fue aplicado tanto en la industria como en la escuela de diferentes países y culturas de occidente.

Se han construido las escuelas a imagen y semejanza de prisiones y fábricas, priorizando el cumplimiento de las reglas y el control social. Esta escuela se pensó como una fabrica de ciudadanos obedientes, consumistas y eficaces, donde poco a poco las personas se convierten en números, calificaciones y estadísticas. Las exigencias y presiones de dicho sistema terminan deshumanizándonos a todos, tanto a los alumnos como a los profesores. Todos han de hacer lo mismo, han de saber lo mismo, y hay poca o ninguna atención personal. La escuela actual instruye; es un centro de instrucción. La esencia de la escuela prusiana esta inmensa en la estructura misma de nuestra escuela. Los test estandarizados, la división de edades, las clases obligatorias, el sistema de calificaciones, el sistema de premios y castigos, los horarios estrictos, la separación de la comunidad, la estructura verticalista, etc. Todo esto forma parte en las escuelas del S. XXI. El sistema educativo no ha cambiado, ni de lejos, tan rápido como lo ha hecho la sociedad. Como se puede observar, la educación actual no se puede cambiar con ninguna reforma educativa, porque el cambio debe de ir mucho más allá de lo que ningún político ni administrativo entiende ni llegará a entender jamás. El cambio debe de ser en la base misma de la educación.

Habiendo repasado ya el origen de la escuela actual y sus múltiples errores de base, pasemos a analizar más a fondo otras cuestiones y a intentar plantear cómo debe de ser realmente al educación y cuál debe de ser su función. Antes de empezar, me gustaría recalcar cómo deben de organizarse los valores en una sociedad, y como dichos valores se tergiversaron en pos de ciertos intereses.

Ámbito cultural (educación): Libertad

Ámbito político/social: Igualdad (de derechos)

Ámbito económico: Fraternidad

Seguramente estos valores os sonarán a muchos de vosotros de la revolución francesa de 1789, comentada anteriormente. ¡Liberté, Égalité, Fraternité! Libertad en la educación y en el ámbito cultural, porque no todos tenemos ni las mismas capacidades, ni las mismas virtudes, ni los mismos gustos ni dones. Hay que dejar libertad a todos para que puedan explorar qué les gusta y que cada uno pueda reconocer sus aptitudes sin ningún tipo de límite. De estas diferencias y de esta diversidad brota el progreso humano, y hay que estimularlo. Como bien dijo Bakunin: «La diversidad es la vida, la uniformidad es la muerte«. Igualdad en el ámbito social, porque a pesar de nuestras diferencias cognitivas, todos somos igualmente personas y merecemos el mismo trato y respeto ante nuestros semejantes. En el ámbito económico no voy a entrar a hablar en este artículo, solo decir que, tal y como se planteó en 1789, en la economía debe de haber fraternidad, porque los actos traen consecuencias. A continuación voy a poner cómo a estos valores se les ha dado la vuelta de forma nefasta. Ahora ha quedado trastocado de esta manera:

Ámbito cultural (educación): Igualdad

Ámbito político/social: Fraternidad

Ámbito económico: Libertad

De esta manera, mediante la escuela prusiana que ha llegado hasta nuestros días, en el ámbito cultural y en la educación queda la igualdad, y se proclama que todos hagamos lo mismo y sepamos lo mismo, a pesar de que no somos iguales ni tenemos los mismos gustos ni aptitudes. Se obstinan en que se nos eduque a todos de igual manera y sin libertad, creando de esta forma un pensamiento único. La educación sin libertad da como resultado una vida que no puede ser vivida plenamente. En el ámbito político queda la fraternidad, y esto es evidente ante la camaradería que existe entre todos los partidos políticos, a pesar de que aparentemente se tiren piedras. Y en el ámbito económico, en el cual no entraré, queda la libertad. Lo que hoy se conoce como libre mercado.

Una vez aclarado cómo debería ser y cómo es, podemos empezar a hablar de revertir este proceso e intentar transmitir libertad en el ámbito cultural.  La palabra educación, proviene del latín «educere», que significa «sacar o extraer del interior». Es decir, educar es enseñar a reconocer las virtudes interiores de cada uno, y una vez reconocidas, ejercitarlas y potenciarlas. Estos valores de reconocimiento interno se han perdido completamente en la sociedad. Ahora los padres y los profesores nos dicen: «Estudia mucho y consigue muchos títulos para poder ganarte la vida». Esto se les repite todos los días a los niños, por parte de padres y profesores, y es monstruoso. ¿Cómo que para ganarse la vida? ¿Ese es el fin de la educación; ganarse la vida? Ya entramos, de nuevo, en los viejos métodos de la escuela prusiana de premio-castigo. Hace unas cuantas décadas esto no se decía así. Antes a los niños se les decía: «Estudia mucho para que en un futuro puedas ser alguien de provecho a la sociedad». He ahí el verdadero cambio. Se debe de estudiar, no solamente para ganarse la vida, sino para aportar todas tus capacidades, todo tu talento, todo tu amor y aprecio hacia los demás. El proceso educativo y su fin es de dentro hacia afuera. Aporta y confía que recibirás, porque uno recoge lo que siembra.

Si alguno de los lectores tiene algún hijo, no le descubriré nada nuevo, pero ha de quedar claro que todos, sin excepción, todos los niños y niñas nacen científicos. Es maravilloso la forma con la que experimentan con su entorno. Para ellos es todo nuevo. Muy de pequeños lo tocan todo y se lo llevan a la boca, más de mayores lo presionan y lo lanzan al suelo. Cuando empiezan a hablar preguntan constantemente qué ocurre ahí afuera y por qué ocurre. Son tan curiosos, tienen tantas ganas de aprender, que son capaces de asombrar incluso al científico más brillante del mundo. Nunca aprenden lo suficiente, parecen un pozo sin fondo de curiosidad y de motivación. Es más, aprender les provoca satisfacción.  Si todos son así, ¿por qué ese tedio y ese aburrimiento en las escuelas? ¿por qué tantas pocas ganas de querer aprender? Es evidente que algo del proceso educativo no les hace bien y es fuertemente nocivo para su correcto desarrollo.

Yo establezco diferencia entre la sabiduría de la vejez y la genialidad de la juventud; la primera solo puede apreciarse por su carácter más minucioso y previsor, como resultado de las experiencias de una larga vida, en tanto que la segunda se caracteriza por una inagotable fecundidad de pensamientos e ideas, las cuales, por su cúmulo tumultuoso, no son susceptibles de elaboración inmediata. Esas ideas y esos pensamientos permiten la concepción de futuros proyectos y dan los materiales, de entre los cuales la sesuda vejez toma los elementos y los forja para llevar a cabo la obra, siempre que la llamada sabiduría de la vejez no haya ahogado la genialidad de la juventud.

La escuela es tan sumamente repetitiva y formal, que es capaz de aburrir a cualquiera en muy poco tiempo. Los niños pasan años y años, día tras día, seis horas cada día, ante un profesor de acento monótono que quiere que todos estén callados, en su sitio, y haciendo tareas que a la gran mayoría de los presentes ni les gusta ni las utilizará nunca. Los conocimientos, al igual que el resto del todo en esta sociedad, están jerarquizados. En la cúspide de la pirámide tenemos a las matemáticas, un poco más abajo el lenguaje y las ciencias, más abajo la historia y las humanidades. Y al fondo del todo, allá abajo, quedan las artes escénicas, las artes plásticas, los proyectos, etc. La educación de hoy en día está totalmente parcializada, y solo se da importancia a ciertos aspectos y conocimientos formales. En todas las escuelas y universidades se nos dice que un objetivo es aquello que es medible, cuantificable y observable, y entonces se empezó a buscar la regla que les permitiera medir los objetivos, y a eso se le llamaron calificaciones. El fin último siempre va a ser el mismo: comparar al sujeto y sus aprendizajes frente a una escala estandarizada que mide… ¿qué? Si cada sujeto es único, singular e irrepetible, ¿cómo se atreven a medir a todos por igual, sin importar gustos ni capacidades? Buscan que un número defina incluso la calidad de persona que eres, y en función de estas calificaciones, de estos números, te tratan de una manera u otra. Puede parecer cosa inocua, pero este hecho condiciona de una manera terrible a los niños.

Las calificaciones son, pues, otro método de premio-castigo que el modelo conductista elaboró. Los premios y castigos operan manipulando las necesidades básicas. Cuando no recibimos amor o protección hacemos lo posible para obtenerlos, generando, de esta manera, mecanismos de conducta y comportamientos que nos permitan sobrevivir. Nos condicionamos. Los niños no estudian para aprender, ni trabajan por placer, ni para realizarse -como debería de ser-, lo hacen porque sino pierden la seguridad y el amor. Sienten que mueren. Todo su accionar pasa a estar controlado por el miedo. Lo que se hace en todas las escuelas del mundo es sembrar el miedo. Se pone límites a las personas, y poner límites se retracta en el miedo. El miedo es un arma de control social. Todo lo que vemos en el mundo tiene como base el miedo. El miedo al cambio, miedo al progreso, miedo a ser tu mismo, miedo a amar, miedo a revelar tu ser ante este mundo, etc.

De esta manera yo digo, ¡basta de calificaciones y de darle importancia al objetivo! Lo importante no es el objetivo, ni el estímulo exterior de refuerzo o castigo. Lo importante es el proceso, el camino, sin ningún tipo de condicionamiento, presión o autoridad externa. La educación actual es un camino lineal y programado, y con unos objetivos bien definidos. Debe de ser justamente lo contrario. El infante disfruta del camino, y se tiene que dejar que vaya por donde él prefiera; debe de obedecer únicamente lo que sus impulsos naturales le digan. Dejémonos también de objetivos iguales para todos. El aprendizaje lo aporta el niño solo porque nacemos científicos, y este aprendizaje solo se aprende con un camino exento de límites que condicionan la voluntad. El aprendizaje, reitero, debe de ser libre y único. El educador solo es un mediador, un acompañante, pero el viaje es del niño.

De este modo, lo único que de pequeños se les debe de enseñar mediante el ejemplo es el de respetar las diferencias de los demás, de las misma manera que los otros respetarán su diferencia. Hay que motivarles y prestarles atención, y todo esto solo se puede lograr mediante una educación integral del todo; una educación holista. Es lo contrario a la educación parcializada de nuestros días. Una educación integral se caracteriza, principalmente, porque los alumnos están en constante movimiento, experimentando con su entorno mediante diferentes actividades. No se sientan en una silla horas y horas, sino que se mezcla la actividad motora con la cognitiva. Es esencial que los niños se muevan en sus primeros años de educación. Uno aprende lo que hace con acciones, y la libertad solo se aprende ejercitándola. De este modo, se potencia la curiosidad, la motivación, la libre elección de la actividad en función de sus gustos, la libre expresión de su diferencia, la ejercitación de sus virtudes, la cooperación social, el respeto de la diversidad, etc. Hoy en día se potencia justamente lo contrario a estos valores tan preciados. Los separan, clasifican, ordenan y evalúan de forma espantosamente mecánica. De aquí surge el aburrimiento y la posterior desmotivación. Aplastan en ellos toda flor de curiosidad, convirtiéndola en miedo y desconfianza en sí mismos y en los demás. De esta manera es, cuanto menos paradójico, que los profesores hablen de paz en las aulas. Todo el mundo habla de paz, pero nadie educa para la paz. Se educa en la competencia, y eso es el inicio de cualquier guerra.

Es deprimente la cantidad de talento y de genialidad que se desperdicia por culpa de este sistema «educativo». A los cinco años de edad, el 95% de los niños podrían ser considerados genios. En cambio, a los quince años solo podrían ser considerados el 10%, y el porcentaje todavía se reduce más a medida que van pasando los grados escolares. Las personas que acaban su educación en este tipo de escuela acaban siendo solo genios en potencia, pero no en la realidad. Esto ocurre porque de pequeños no han tenido esa oportunidad de conocerse a sí mismos, no han tenido esos proyectos que les acercan a sus aptitudes interiores. Como bien dijo Einstein: «Si juzgas a un pez por su habilidad para escalar un árbol, crecerá toda su vida pensando que es estúpido«. Y eso precisamente es lo que ocurre. Un niño que podría ser un bailarín talentoso, crece pensando que es estúpido porque no se le dan bien los números. Es terrible; terriblemente cierto.

Así que me planteé, ¿y por qué todo esto que parece tan evidente no se aplica en la realidad? ¿por qué, después de siglos, se sigue practicando la educación de igual manera, de forma tan nefasta? He encontrado, pues, tres razones principales por las cuales el sistema educativo es un desastre y a pesar de eso nadie -o casi nadie- mueve un dedo.

La primera razón es debida a un prejuicio, al cual, desgraciadamente, los anarquistas ya estamos habituados. La gran mayoría de personas tienen pavor de que la falta de una disciplina autoritaria cree desorden. Es tan errónea esta creencia, que me parece casi ridículo tener que escribirlo.

Existen tres tipos de disciplina. La primera es la disciplina autoritaria, la cual posee reglas, control, y existe una autoridad superior que toma todas las decisiones. Este tipo de disciplina es la practicada por todos los sistemas educativos. El profesor es el único que tiene voz y voto, y por parte de los alumnos no quiere «ni escuchar una mosca». La segunda es la disciplina funcional, donde las reglas derivan de experiencias reales, y son modificadas y establecidas en grupo. Las reglas son establecidas por la comunidad y son elección de todos por igual. Este tipo de disciplina es la ideal para educar a alumnos en un número más o menos elevado, porque fomenta la participación y el respeto de todos con todos. Finalmente está la auto-disciplina, la cual se caracteriza porque cada persona es consciente de que controla su propia conducta. El desarrollo de este tipo de disciplina irá en consonancia con la disciplina funcional, porque el conocimiento y el respeto de uno mismo se extiende, inconscientemente, a la comprensión y al respeto de nuestros semejantes. Con todo esto, se puede afirmar que no estoy en contra de la disciplina. La disciplina es indispensable, pero tiene que ser una disciplina interior motivada por un propósito común y un sentimiento de camaradería; mezcla e interacción de funcional con auto-disciplina. En fin, la disciplina debe de ser de comprensión, no de imposición. Las consecuencias de la disciplina autoritaria son exasperantes. Con autoridad no hay ni aprendizaje ni respeto hacia el otro, solo existe la obediencia.  Es de sobra sabido que con autoridad no se educa; se adiestra. Otra consecuencia terrible de la disciplina autoritaria es que los niños, cuando salen de la escuela y se han de enfrentar al mundo real ellos solos, no saben qué hacer ni qué elección tomar, debido a que toda su vida ha habido alguien por encima que ha estado decidiendo por ellos. Son, sin saberlo, discapacitados, porque se les ha coartado la libertad durante toda su vida, y la libertad, repito, se aprende ejercitándola.

La segunda razón por la cual todo sigue igual es debido a una incapacidad por parte de los profesores. Uno no puede dar lo que no tiene. Los profesores, educadores o maestros, son igualmente producto de la sociedad, y ellos también han sido educados en la autoridad. De esta manera, el profesor duda incluso de sus propias emociones, y si duda de él mismo, ¿cómo se pretende que lo transmita a sus alumnos? El primer cambio interior debe de ser por parte de los educadores, para que posteriormente pueda transmitirlo a sus alumnos. Pero aquí entra de nuevo el miedo. Ese «cambio interior» significa tener que replantear todas las creencias desde cero, y esto, indudablemente, provoca miedo. Todo cambio, tanto interior -de conciencia-, como exterior, comienza con la duda de lo que cada uno cree. No es fácil. Es un camino tortuoso donde uno se enfrenta a sí mismo, pero solo mediante la voluntad de querer hacer algo bueno por ti y por los demás puede garantizar la victoria en esa guerra encarnizada entre la lógica y el corazón. Para cambiar la educación, los educadores han de cambiar necesariamente.

Finalmente, la tercera razón es debida y promovida por un interés. Como ya he comentado más arriba, el tipo de educación basada en la obediencia y en la falta de cuestionamiento va a medida con el sistema capitalista. Quieren a personas lo suficientemente inteligentes para que sepan manejar las máquinas, pero lo suficientemente ignorantes para que no cuestionen en qué sistema opera su trabajo. Todas las instituciones sociales -y en especial la escuela- inculcan desde bien jóvenes lo valores de la competencia y de la obediencia. Por ello, un buen educador debe de enseñar a sus alumnos a cuestionarlo todo; incluso lo que él enseña.

Por todas estas razones descritas aquí, me declaro enemigo de la escuela actual y de su (des)educación social. En una escuela de verdad, se debería de enseñar a pensar, y no a decirnos lo que debemos de pensar. Hay algunos proyectos en marcha a lo largo del mundo donde se están poniendo en práctica las nociones de «educación sin escuela», «educación en casa» o «educación integral». El cambio está empezando, solo es cuestión de tiempo que todos nosotros abramos los ojos. La educación es una piedra fundamental en la vida de cualquier persona y de cualquier sociedad, y por ello debe de ser promovida por todos y para todos. Sin límites ni fronteras en la mente ni en la realidad. Libres de prejuicios. Porque la función de la educación es formar personas aptas para gobernarse a sí mismas, y no para ser gobernadas por otros. Todo y todos estamos en un constante cambio y evolución permanente; es hora de cambiar, aquí y ahora.

«Si educamos hoy a los niños, no tendremos que castigar a nadie mañana» Pitágoras.

Radix

Desmontando el Darwinismo Social

Charles Darwin fue el primero en interpretar la ‘evolución’ como un proceso mediante el cual las variaciones y la selección natural determinan la preexistencia o la desaparición de individuos. La selección natural es el proceso de supervivencia de los organismos cuya variabilidad los hace más aptos para vivir en cierto medio particular, y que a través de éste proceso, las poblaciones se alteran y aparecen especias nuevas, con la adaptación necesaria para sobrevivir en el medio.

Esta propuesta, que pretende explicar el origen y la evolución de todas las especies existentes, fue acogida con entusiasmo, en el siglo XIX, por el público de los países imperialistas y colonialistas. Encontraron en Darwin, gracias a una errónea extrapolación de su teoría, una justificación teórica y magnífica acerca del dominio y del reparto del mundo. Surgió el darwinismo social.

El darwinismo social es una teoría pseudocientífica que surgió a partir de la selección natural y de la despiadada lucha por la supervivencia de Darwin. Es la creencia de que la evolución social puede ser explicada a través de las leyes de la evolución biológica. Fue planteado por Herbert Spencer, contemporáneo de Darwin. Éste interpretó la selección natural en términos de ‘la supervivencia del más apto’ y lo trasladó, fatalmente, al campo de la sociología. De este modo, Spencer defendió que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas. Dicha postura puede estar impulsada bien por la maldad, bien por la ignorancia, pero fuera como fuese es errónea y perversa, y en base a esta perversión moral los capitalistas justifican las desigualdades sociales.

Los que están en el poder -la clase burguesa, en este caso- no tratan más que de realizar fundamentos teóricos que den consistencia y estabilidad al orden social, es decir, dotar de justificación las desigualdades sociales, tanto dentro del país -con el abismo entre burgueses y proletarios, ricos y pobres- como en el exterior -con la dominación y colonización de pueblos en estadios más atrasados de civilización-. No es descabellado pensar que el darwinismo social fue y es la cimentación teórica más potente de la moral capitalista en base a los cuales se modelaron todos los sistemas políticos afines.

Los principales sostenedores y defensores de esta teoría fueron y son los dueños del capital. Permitió la ejecución de políticas económicas absolutamente degradantes y cuanto menos antagónicas ante los sentimientos de piedad, solidaridad y compasión entre personas. Se deduce que surgió la ‘moral’ capitalista en su forma más salvaje y despiadada, donde muchos aspectos antes condenables, se permiten y socialmente se adaptan y aceptan, en función de la explicación ‘científica’ y de ‘las leyes de la naturaleza social’. Eso es la razón por la que el darwinismo social se constituye como moral capitalista. Insignes banqueros del siglo XX como Rockefeller o Rothschild afirmaron que solo los mejores y más aptos por medio de su adaptación a los cambios económicos de las revoluciones industriales han prosperado. A eso se debe que las personas con mentalidad capitalistas no sienten ninguna obligación ética.

La teoría de Darwin es el equivalente biológico de la filosofía burguesa, cuya doctrina de libre competencia es la manifestación económica, la lucha por la existencia es así transformada a la lucha por satisfacer necesidades humanas. Por la competencia del poder surge el mejor, el más capaz de gobernar.

Cabe mencionar que la ideología que se desprende de esta visión se encuentra a lo largo de la historia íntimamente relacionada con posturas sexistas, racistas y etnocéntricas. Del darwinismo social se inspiró más tarde Adolf Hitler para justificar el holocausto judío y su idea de eugenesia.

Ilustres pensadores, como Kropotkin o Lynn Margulis, explicaron de forma científica dónde radica la importancia de la cooperación y el apoyo mutuo entre las diversas especies que han existido a lo largo de la historia de la vida. El libro más renombrado sobre esta cuestión es «El apoyo mutuo: un factor en la evolución«, publicado por Piotr Kropotkin en 1902.

Aun a riesgo de que no se me entienda, empiezo diciendo la conclusión a la que he llegado: el darwinismo social es erróneo porque olvida que los humanos podemos ejercer la libertad como opción de vida.

Hemos aceptado de forma reduccionista que somos animales. Los científicos nos repiten una y otra vez que, genéticamente, el chimpancé y el humano se diferencian de apenas unos pocos genes. No digo que no sea verdad, pero si miramos también los genes, es lo mismo una poesía de Antonio Machado que un anuncio de Mercadona, porque genéticamente son iguales: ambos tienen ‘a’ ‘s’ ‘b’ o ‘p’, y varía muy poco, pero una cosa es una poesía de Antonio Machado y otra muy diferente un anuncio de un supermercado. Y una cosa es un animal y otra muy diferente una persona -a pesar de que a veces la animalidad de ciertas personas supera con creces a la de cualquier bestia salvaje-.

Los humanos nos caracterizamos, entre otros rasgos, en la cuasi total ausencia de instintos animales. Cuasi ausencia, que no ausencia del todo. Entre los pocos instintos animales que quedan dentro de nuestro repertorio conductual se encuentra el egoísmo y la lucha de uno contra otros, en la que tanto hacen énfasis los darwinistas sociales. El egoísmo no es otra cosa que la prolongación del instinto de supervivencia animal.

No sólo nos caracteriza la cuasi ausencia de instintos, sino que, además, podemos elegir si acogernos a esos pocos instintos que poseemos o no. Tenemos libertad de decisión. Solo ejerciendo la libertad -de la que los darwinistas sociales parecen haberse olvidado- podemos y debemos obviar y desechar el instinto egoísta y elegir la opción de cooperar los unos con los otros. ¿No es esto una diferencia abismal entre humanos y animales?

El egoísmo, del que tanto hacen gala los capitalistas y los defensores del darwinismo social, no es idéntico al amor a sí mismo, sino su opuesto. El egoísmo es una forma de codicia, es insaciable y, por consiguiente, nunca puede alcanzar una satisfacción real. Si bien el egoísta nunca deja de estar angustiosamente preocupado de sí mismo, se halla siempre insatisfecho, preocupado, torturado por el miedo de no tener bastante, de perder algo, de ser despojado de alguna cosa. Se consume de envidia por todos aquellos que logran algo más. En esencia, el egoísta no se quiere a sí mismo sino que se tiene una profunda aversión. Este individualismo y egoísmo tan costosamente fundamentado en los habitantes de una sociedad tiene una única función; el egoísta deja de lado los problemas de la sociedad en conjunto, de manera que cada uno sólo se preocupa de sus propios problemas. Esto está llevando a que cada vez la sociedad esté más dividida y más inconexa, y es justamente lo contrario a lo que queremos. Nunca nada fue tan cierto como el refrán que dice: «En la unión está la fuerza».

De esta forma, de entre todos los seres que habitan la tierra, el humano es a la vez el más social y el más individualista. Es, sin contradicción, también el más inteligente. Hay animales más sociales que nosotros, como por ejemplo las abejas o las hormigas; pero al contrario que nosotros, son tan poco individualistas que los individuos que pertenecen a esas especies están absolutamente absorbidos por ellas y quedan aniquilados en su sociedad: son todo para la colectividad, nada o casi nada para sí mismos. Parece que existe una ley natural conforme a la cual, cuanto más elevada es una especie de animales en la escala de los seres, por su organización más completa, tanto más latitud, libertad e individualidad deja a cada uno. Los animales feroces, que ocupan incontestablemente el rango más elevado, son individualistas en un grado supremo.

Los humanos somos los seres más individualistas de todos. Pero al mismo tiempo -y este es uno de nuestros tantos rasgos distintivos- somos eminente e instintivamente socialistas. Esto es de tal modo verdadero que nuestra inteligencia misma, que nos hace tan superiores a todos los seres vivos y que nos constituye en cierto modo en el amo de todos, no puede desarrollarse y llegar a la conciencia de sí mismo más que en sociedad y por el concurso de la colectividad eterna. [1]

Extrapolando, de esta manera, la libertad de decisión -de elegir entre la competitividad o la cooperación- al cuerpo humano, vemos que todos nuestros órganos y nuestras células reciben todo lo que necesitan para su buen funcionamiento. Si introdujéramos el capitalismo al cuerpo humano, y las células empiezan a pelearse, a competir entre ellas, a vivir a costas de otras, a contaminarse, a crecer de manera infinita, a robar, a parasitar, a perpetuar la escasez; viviríamos menos de cuatro horas. Por lo tanto tenemos que vivir de forma muy similar al cuerpo humano, a saber; mediante la cooperación de unos con otros y mediante el apoyo mutuo. Pero, ¿por qué el darwinismo social no contempla esta opción de vida, es decir, la opción de cooperar, y elige la opción instintiva de competir unos con otros? Evidentemente, porque hay intereses detrás.

Todos los animales son esclavos -en mayor o menor medida- de sus instintos. La historia de la humanidad puede caracterizarse como un proceso creciente de individualización y libertad. El humano emerge del estado prehumano al dar los primeros pasos que deberán librarlo de los instintos coercitivos. Si entendemos por instinto un tipo específico de acción que se halla determinada por ciertas estructuras neurológicas heredadas, puede observarse dentro del reino animal una tendencia bien delimitada. Cuanto más bajo se sitúa un animal en la escala del desarrollo, tanto mayor es su adaptación a la naturaleza y mayor es la importancia que ejercen los mecanismos reflejos e instintivos sobre todas sus actividades. Por otra parte, cuanto más alto se halla colocado en esta escala, tanto mayor es la flexibilidad de sus acciones y tanto menos completo es su adaptación tal y como se presenta en el momento de nacer. Los humanos somos, al nacer, el más desamparado de todos los seres, pues carecemos prácticamente de instintos coercitivos. La plasticidad de la mente infantil nos permite que nuestra adaptación a la naturaleza se funde sobre todo en el proceso educativo y no en la determinación instintiva y heredada. Vemos aquí que Spencer se equivocó ya de entrada al afirmar que las características innatas o heredadas tienen una influencia mucho mayor que la educación o las características adquiridas, cuanto justamente es al contrario.

La existencia humana empieza cuando la adaptación a la naturaleza deja de tener carácter coercitivo, cuando la manera de obrar ya no es fijada por mecanismos hereditarios -los instintos-. En otras palabras, la existencia humana y la libertad son inseparables desde un principio. Y si se pretende lo contrario, como sostienen los defensores del darwinismo social -al coartar nuestra libertad y afirmar que solo existe una única forma de vida, que es la competitividad- no hay otro final posible sino la aniquilación de la humanidad misma. Los humanos nacemos desprovistos del aparato instintivo necesario para obrar adecuadamente en el medio, aparato que, en cambio, posee el animal. Dependemos de nuestros padres durante un tiempo más largo que cualquier otro animal y nuestras reacciones con el ambiente son menos rápidas y eficientes que las reacciones automáticamente reguladas por el instinto. Tenemos y debemos de enfrenar todos los peligros y temores debido a esa carencia del aparato instintivo, y, sin embargo, este mismo desamparo constituye la fuente de la que brota el desarrollo humano. La debilidad biológica instintiva del humano es la condición de la cultura humana. Y si en algún momento se pretende, de nuevo, afirmar que los humanos podemos obedecer única y exclusivamente a nuestros instintos competitivos y egoístas -como hacen fatalmente los defensores del darwinismo social y los capitalistas-, y que no tenemos libertad de elección para cooperar entre nosotros, no hacen más que destruir la cultura misma sobre la que se cimienta la humanidad.

Desde el comienzo de nuestra existencia los humanos nos vemos obligados a elegir entre diversos cursos de acción. En el animal hay una cadena ininterrumpida de acciones que termina con un tipo de conducta más o menos determinada por sus instintos heredados. En los humanos esa cadena se interrumpe. La forma de satisfacer ciertas necesidades permanece «abierta», es decir, debemos elegir entre diferentes cursos de acción. En lugar de una acción instintiva predeterminada, los humanos debemos valorar mentalmente diversos tipos de conducta posibles; empezamos a pensar. Modificamos nuestro papel frente la naturaleza, pasando de la adaptación pasiva a la adaptación activa. Y he aquí la gran diferencia que los defensores del darwinismo social no ven -o que no quieren ver-, y que califican al humano como otro animal más de la escala biológica común, incapaz de elegir libremente para una mejor adaptación al medio. Podemos y debemos elegir. Elegir es opción de vida, es ejercer nuestra libertad, y podemos elegir entre la competencia despiadada por la supervivencia del más apto -de la que hablan los capitalistas y defensores del darwinismo social- o la cooperación y el apoyo mutuo -de la que hablamos los anarquistas-, porque nuestra adaptación puede y debe ser una adaptación activa, es decir, que nosotros podemos intervenir de forma directa en nuestra adaptación al medio que nos rodea, y ésta adaptación activa no puede llevarse a cabo sino únicamente mediante la libertad de decisión; ejerciendo la libertad y abogando siempre a favor de la cooperación de unos con los otros.

Lo que los darwinistas sociales pretenden al recurrir de forma tan obstinada a nuestros instintos animales solo puede tener una única función; que seamos predecibles y fácilmente manipulables. En la sociedad capitalista y consumista, siempre se apela para que actuemos, no de forma consciente y reflexiva, sino que, al contrario, se apela a una forma de conducta instintiva y refleja, de forma animal y autómata, de forma que nos sintamos obligados -como los animales- a consumir, a obedecer, y a hacer un llamamiento descarado a la irresponsabilidad.

Así que, no viendo ya en cada persona un enemigo necesario, por la ley de la naturaleza, sino un cooperador indispensable para nuestra vida y la de la especie, estamos más prontos a dejarnos invadir por las más altas ideas del altruismo, que son, a la vez, las más seguras servidoras del interés individual. Sabemos ya que el apoyo mutuo y la cooperación sirven para algo; que, lejos de contradecir la selección natural, contribuye a afianzar la vida y a vencer los obstáculos del medio en provecho de todos. El ser humano es, pues, un ser con genuinas esencias de ser sociable y comunitario, capaz de convivir con sus semejantes sin necesidad de coacciones externas, porque hay en nuestra propia naturaleza necesidades morales, preponderantes sobre todas las demás necesidades, que nos incitan a la cooperación y no a la lucha.

¿Se me entiende ahora cuando afirmé, al principio del artículo, que el darwinismo social es erróneo en tanto que no contempla la libertad humana? ¡La mayoría de los animales no pueden elegir si luchar o cooperar, porque sus instintos coercitivos se lo impiden! ¡Pero nosotros sí que tenemos opción de vida! ¡Ejerzamos, pues, nuestra libertad! ¡Ejerzamos la cooperación y el apoyo mutuo, y no la lucha despiadada! [2]

Cierto es que la falta de instintos por nuestra parte es una bendición -porque podemos ejercer nuestra libertad-, pero es también una maldición. Los animales, dominados casi y exclusivamente por sus instintos, son incapaces de realizar alguna conducta que perjudique la supervivencia de su especie. Pongamos como ejemplo a un león. El león es un animal territorial, y si otro león se adentra en los dominios de éste, ambos están obligados de forma instintiva a luchar entre ellos para que sólo el más fuerte y apto se quede con el territorio deseado. Una vez finalizada la lucha, el vencedor percibe la debilidad y la sumisión por parte del perdedor, y el vencedor raramente matará al perdedor, sino que lo dejará huir. Primero ha intervenido el instinto de la lucha por el territorio, y luego ha intervenido el instinto de la supervivencia de la especie. Así, el perdedor puede salir herido, pero no muerto, lo que asegura una mayor probabilidad de supervivencia de la especie. Pero nosotros, los humanos, al carecer casi completamente de instintos coercitivos, no tenemos ninguna obligación de dejar vivo a nuestro contrincante, puesto que tenemos libertad de elección. Este hecho explica el por qué la animalidad de ciertas personas supera la de cualquier bestia salvaje. Los humanos somos capaces de cometer atrocidades porque somos libres para elegir; y a menudo se elige el mal. Por eso el libre albedrío que la naturaleza y la evolución nos ha procurado debe de estar siempre acompañado de responsabilidad.

¿Quién habría de decirme, pues, que los humanos estamos condenados a la lucha entre nosotros de forma continua, y que solo el más apto puede sobrevivir? El darwinismo social es una justificación errónea de las desigualdades sociales ante una sociedad capitalista que tiene unos valores erróneos. El darwinismo social se ha convertido en un intento despreciable por justificar las desigualdades sociales bajo el sistema capitalista.

Sólo durante un periodo a lo largo de la historia de la humanidad se puede afirmar que se aplicó realmente el darwinismo social -la lucha despiadada de uno contra todos-, y este periodo fue en los albores de la humanidad, cuando los humanos todavía vivían en clanes y no había ningún tipo de civilización ni de cultura.

La lucha despiadada por los recursos y por la supervivencia, tanto en animales como en humanos, se produce, sobre todo, cuando existe escasez de recursos que son necesarios para sobrevivir. Es de sobra sabido que la naturaleza, en su estado común, es decir, sin que nadie intervenga ni se superponga por encima -como sabiamente hacemos los humanos, mediante la adaptación activa– no siempre produce abundancia de recursos. En los inicios de la humanidad, cuando la inteligencia de los hombres y su conciencia colectiva todavía estaba en desarrollo, no existía la tecnología suficiente para producir abundancia de recursos, y, por consiguiente, se producía la lucha despiadada por la supervivencia. Y ni siquiera entonces la lucha despiadada por la supervivencia se producía entre humano individual contra humano individual -como fatalmente pretenden y defienden los capitalistas y los defensores del darwinismo social-, la lucha se producía entre grupos de individuos, nunca entre individuos aislados.

Afortunadamente apareció la cultura, se desarrolló la inteligencia y la conciencia colectiva humana, y se descubrió la agricultura. Desde ese preciso momento, desde el momento que el hombre pudo y supo controlar la naturaleza a su voluntad, los recursos disponibles iban siempre de acuerdo con las necesidades y con la cantidad de personas que conformaban aquellas sociedades primitivas. Muy pronto se produjo abundancia de recursos, y finalmente terminó por desaparecer la lucha despiadada por la supervivencia, convirtiéndose en cooperación y apoyo mutuo. Huelga decir que hoy en día, con la tecnología que dominamos, producimos, en todo el mundo, dos veces más comida de la que realmente necesitamos. Hay abundancia de recursos y, sin embargo, el capitalismo -respaldado siempre por el darwinismo social- nos hace creer que es justo que unos tengan más que otros, porque «son los más aptos». No veo la lógica alguna en ese absurdo.

Por todo esto, prefiero compartir, y no competir. Prefiero el altruismo, no el egoísmo. Prefiero una sociedad que posea el equilibrio entre la libertad individual y la cooperación social. Por eso prefiero, en fin, una sociedad anarquista, y no un capitalismo desfasado que amenaza con la destrucción de la especie humana.

Notas

[1] Mijail Bakunin, El principio del Estado. P. 6-7.

[2] El tema tratado, sobre el instinto egoísta y la opción de cooperar, lo he enfocado desde un punto de vista de «obligación moral», es decir, he considerado al egoísmo como instinto y a la cooperación como opción a elegir. Lo he considerado de esta manera porque la mayoría de estudios realizados -y la propia experiencia- nos dice que tenemos ese instinto egoísta, aunque bien es cierto que en otras partes consideran la cooperación entre personas como instinto, y quizás sea cierto. Si es cierto que tenemos un instinto a cooperar entre nosotros, mejor que mejor, así tendríamos una base instintiva y otra base moral sobre las que respaldarnos, y si no es cierto que tengamos dicho instinto, nos sustentamos únicamente sobre la base moral, y de ahí la «obligación moral». Sobre esto todavía no hay nada aclarado y aun no se sabe a ciencia cierta la verdadera naturaleza del comportamiento y la conducta humana. Escribo esto porque el debate entre egoísmo-cooperación suele ser un tema polémico, y la discusión sigue estando abierta tanto en el ámbito científico como en el ámbito filosófico. De todas formas, fuera como fuese el verdadero instinto, he intentado limitarme al ámbito moral, dejando el debate de la base instintiva a vuestro juicio -en caso de no partir de la misma base de la que he partido yo-.

Radix

Sociedad como negación

La verdad de esta sociedad no es otra cosa que la negación de esta sociedadGuy Debord.

El nacionalismo es, sin duda, la negación de la sociedad a la que dice representar, entendida ésta como el conjunto de individuos que se asocian voluntariamente para proporcionarse una mejor vida los unos a los otros; pues, mientras que los políticos estadistas e idolatras de su poder arrojan todas sus alabanzas, éste, solemne, aniquila el querer del cúmulo de individuos que lo conforman. Estos son importantes en tanto producen riqueza para la nación. Podemos afirmar entonces que el conjunto real-sociedad está subyugado al conjunto irreal-nación. Pero, ¿hasta qué punto es esta sociedad real y tangible? ¿No resulta igualmente una entelequia? ¿Qué lazos se extienden entre nosotros más allá de languidecer bajo el mismo Estado o nación? De ningún modo podemos separarlos y hacer una distinción clara de qué es cada uno. Ambos son negación del otro. Podemos definir nación como sociedad y sociedad como nación, son términos ambivalentes que tienen como fin común la negación de la singularidad vital. Siendo esta doble negación la afirmación de la infausta situación a la que se ve abocado el sujeto que la forma, ya sea por voluntad propia o por imposición. Resumiendo: ambos son lo mismo y su finalidad es compartida: engullir la vitalidad de los individuos que contiene, así como el esfuerzo de los pequeños grupos afectivos que en esta máquina aséptica se puedan desarrollar.

De tal forma, por ejemplo, el derecho a vivienda es un elemento aplicado al conjunto social, y por ende pretendidamente individual, aun cuando no sea así, que es, y esto es innegable, incumplido sistemáticamente o, mejor dicho, sistémicamente, ya que podemos ver mendigos e indigentes en cada esquina, de cada barrio y de cada ciudad del país. Probablemente estos individuos sepan de su derecho a la vivienda, surgido de su inalienable derecho a la vida, como así también lo son su derecho a la alimentación, a la vestimenta u otras, mas no son capaces de proporcionársela, pues están sujetos y atados de pies, manos y pensamiento por la sociedad que se lo niega. Las viviendas desocupadas son consecuencia de la iniciativa individual, corporativa o propiamiente estatal (ente social) y surgen por el no pago, por la invalidación de ésta, por su embargo, etcétera., pero es la sociedad la que evita que sean ocupadas por el que no posee nada. No es otra más que la sociedad la que teme que se ocupen de forma ilegal, ya sea por inseguridad, por supuestos principios morales, o porque a sus integrantes es lo que le han soplado al oído desde que tienen recuerdos, esto es, que no es relativamente importante que el congénere humano muera aterido de frío a la puerta del Palacio de Liria, siempre y cuando el cadáver no caiga en la propiedad privada de la duquesilla ni la podedumbre del exánime mancille sus suntuosos jardines nobiliarios. Por tanto, el individuo que no posee bienes vitales no ha de confiarse el conjunto irreal nación o sociedad, Estado, Dios, etcétera., [1] sino que ha de confiarse a sí mismo. ¿No tengo techo bajo el que abrigarme los gélidos días de invierno? Bien, lo ocuparé. ¿No poseo hoy qué comer? Bien, lo tomaré. ¿No tengo actividad que realizar? Bien, la realizaré. ¡Basta de conciliar el frío, el hambre o la abulia con la creencia de que vendrán a rescatarnos! Es bien seguro que llegará reiteradamente la nación, la sociedad, el Estado, a tirarte a la calle, a apresarte entre muros, a humillarte, pero no puede nadie cejar en su empeño de vivir con dignidad. ¡Si el sistema está tan degradado que no puede procurar vida digna a todos, que no sean todos los que se arrodillen, sumisos y asustados, a un futuro incierto! Y no nos confundamos, lo vital no es una televisión, ni un coche, ni un frigorífico, ni un opulento habitáculo, ni majestuosas viandas, etcétera., no pretendas quedarte ahíto de caviar todos los días, empero si no tienes qué llevarte a la boca, ¡no caigas en la limosna! (¿Hasta qué punto de degradación humana hemos llegado que podemos vivir, lastimosamente eso sí, mientras nuestros hermanos mueren por doquiera?) Únete a otros como tú y ocupa, roba, lo que sea, con tal de conseguir un sustento que te permita subsistir; y no te escondas, es más, ¡haz saber por qué robas comida, por qué ocupas viviendas, por qué, en fin, quieres vivir con dignidad! Haz saber a la sociedad, a la nación, que, o te procura lo mínimo para vivir o tú mismo, siendo humano e inteligente, lo tomarás.

Y se me podrá tildar de ser parcial y demagogo, de fomentar la violencia irracional o incluso de ser un sujeto antisocial. También se me podrá echar en cara que ciertas sociedades más avanzadas, dígase países nórdicos o helvéticos, sí cubren las necesidades mínimas a sus conciudadanos. ¿Cómo poder renegar de esas idílicas sociedades paternalistas? ¡Sólo un loco lo haría! Pues bien, yo reniego de esas cálidas y tiernas sociedades, tan deleznables como las sureñas o cualquiera que siga el modelo parlamentarista-capitalista. ¿Por qué? Porque, como se dijo en la introducción de la anterior reflexión, estas sociedades no son en verdad más que naciones con ciudadanos exaltados. Es decir, no van más allá de naciones, de estados, parasitarios del esfuerzo individual y colectivo de su pueblo, renegando del concepto humano. Estos países succionan con tanta vehemencia el esfuerzo colectivo e individual que después, ahítos de todo, procuran darles lo mismo a sus ciudadanos; regocijándose estos últimos de su lamentable suerte. ¡Todos, absolutamente cada país del mundo tiene como paradigma a los Estados nórdicos! Son el paraíso capitalista hecho asfalto, edificio, compañía, impuesto y lágrima. Sin embargo, de lo que no parecen percatarse estos ávidos políticos nacionales y supranacionales, tertulianos todos, y demás secuaces, es que es inviable, por no decir esperpéntico, el pretender la impronta de este modelo al mundo: ¡Es imposible! Para que esos nórdicos disfruten de su bienestar, y no digo yo que sólo sean ellos, otros han de sostenerlos. Es la clásica dicotomía capitalista: unos sujetan el peso de otros, los más de los menos, los muchos de los pocos. Así que esos países tan idolatrados y perseguidos por los progresistas de todos los lares no son sociedades en el sentido hermoso de la palabra, es decir, comunidades de individuos con lazos afectivos palpables y fraternales, sino industrias fiscales arraigadas en la psique humana mediante el concepto de nación, por lo cual resultan altamente repugnantes. Abrazarse o confiarse a tales concepciones quiméricas sólo nos podrá llevar a caer nuevamente en el pútrido parlamentarismo, en el inicuo capitalismo y en el anacrónico nacionalismo como, por otra parte, nos ha demostrado no pocas veces la historia.

[1] Creo que convendría aclarar que uso indistintamente sociedad, Estado y nación porque, a pesar de los fructíferos debates que se han llevado a fin de delimitarlos, son un todo. Al igual que Dios en la liturgia cristiana está conformado por otros entes quiméricos tales como el Espíritu Santo, el Padre y el Hijo, y estos a su vez se encuentra dispersos de forma ecuánime en toda la realidad; para mí, Estado, sociedad y nación son un mismo todo que se reparte indistintamente entre los individuos, oprimiéndolos y subyugándolos, ya sea por creencia en uno u otro.

Perdiendo el miedo

Se dice que el ser humano es un ser racional pero seguimos conservando los instintos. Y es que nuestra mente, como la de otros vertebrados, tiene también su parte emocional que no está supeditada a la razón por muy desarrollada que esté. Entre esas emociones se encuentra el miedo, que es un instinto natural que nos previene de peligros que puedan ocasionarnos un daño físico o psicológico. De alguna forma, el miedo nos “reprime” para impedir que asumamos riesgos que pongan en peligro nuestra integridad. Pese a que el miedo sea un instinto que nos previene de peligros desconocidos (y no tantos), también puede ser una debilidad, ya que cuando una persona le entra el pánico, actúa instintivamente y resulta fácil de moldear y someter. Esto es lo que ha llevado a gran parte de la sociedad a someterse a las reglas del juego del sistema hegemónico: el neoliberalismo.

Miedos hay muchos, pero vamos a tratar este tema atendiendo a la influencia de éste en los individuos y cómo repercute en la sociedad. Es imposible que el miedo desaparezca y lo sentimos cuando se nos presenta situaciones de incertidumbre, cuando desconocemos de dónde vendrán los golpes o cuando sabemos que no hay escapatoria y se hace mayor cuando uno se siente aislado e incapaz de producir un cambio. Mediante la propagación del miedo se consigue someter a la población pero antes de socializarlo, se ha de romper los lazos de apoyo mutuo entre la gente porque el miedo nace también de la impotencia producida por el aislamiento.

La amenaza de un castigo cruel genera más temores que el castigo en sí, por lo tanto, si se induce a un individuo a pensar lo que le ocurriría si recibiera cierto castigo, éste tratará de evitar que le apliquen dicho castigo agarrándose a cualquier solución fácil que se le ofrezca, lo que da como resultado la aceptación a someterse a voluntades ajenas. Podemos citar como ejemplos prácticos el miedo al fracaso o el miedo a la marginación: las iniciativas se vienen abajo cuando existen temores de que no saldrán bien o que si uno se muestra crítico con el pensamiento mayoritario, será visto por los demás como un “extraño” y termine siendo ninguneado. Ese miedo al fracaso y a la marginación, inculcado ya en edades tempranas, impide el desarrollo pleno del individuo, que en caso de no existir esos miedos, no se verían impotentes y no serían sujetos pasivos. Pero el temor más extendido entre la población es el miedo al cambio, principalmente causado por el desconocimiento de alternativas posibles, los métodos para conseguir materializar el cambio y las estructuras organizativas que permitan avanzar hacia otro modelo socioeconómico más justo. Podríamos afirmar pues que el miedo coarta la libertad y quienes no controlan sus miedos terminan siendo controlados.

Sin embargo, si entre los individuos existen ciertos lazos de unión y esas personas poseen una mayor confianza en sí mismos, el miedo acaba siendo controlado, al contrario que en las sociedades donde predomina el individualismo narcisista, donde la desconfianza hacia sus semejantes ocasiona un temor mayor. La capacidad para afrontar ese miedo se hace mayor cuando más se estrechen los vínculos solidarios y exista una comunicación real y sincera entre los individuos, en donde predomine la ayuda mutua. Gracias a la práctica del apoyo mutuo, que inspira confianza y seguridad en los individuos, permite controlar el miedo que intentan propagar para someter a un pueblo, perdiendo así el miedo a luchar por una transformación radical de la sociedad.

Diez prohibiciones de la educación

La educación está prohibida. De esta determinante forma comienza un homónimo documental argentino que aunque está revolucionando a la pedagogía, sólo muestra la metodología libertaria tradicional defendida por, entre otros autores, Ferrer i Guardia. De las escuelas libres, como Paideia en Extremadura, podemos discernir diez claves básicas para entender cómo la educación, en el sistema neoliberal, está prohibida.

1)     La escuela como reproducción social. La educación estatista y obligatoria tiene su origen en las necesidades históricas de las elites gubernamentales y empresariales de adiestrar y configurar súbditos y trabajadores/as. Tal y como afirman las teorías críticas con el funcionalismo de Baudelot y Establet o de Bowles y Gintis, existen dos versiones pedagógicas en el sistema capitalista: la de los/as dominantes y la de los/as dominados/as, así como imitan la jerarquía empresarial con el objetivo de difundir la superestructura y la ideología burguesa. Sería así, la escuela, un mecanismo fundamental para constituir el consenso gramsciano.

2)     La educación está fragmentada. Siguiendo la lógica fabril y empresarial que practica la escuela actual, ésta se encuentra fragmentada y clasificada. El educando está separado de sus iguales por criterios no naturales (la generación y/o el sexo) en aulas cerradas, como si de departamentos especializados se tratase, y el conocimiento se limita a materias concretas y delimitadas. Frente a esta visión antipedagógica, la escuela libre propone la educación integral u holística, la cual supone una visión general, una visión del todo. El conocimiento es transversal, puesto que tanto las ciencias como los valores tienen una relación estrecha entre sí, no limitada.

3)     La homogeneización del educando. La escuela estatista y obligatoria no hace distinción entre educandos. Los/as niños/as son únicos e irrepetibles, sin embargo, los contenidos son homogéneos. No se atiende a las capacidades y plazos individuales de aprendizaje, convirtiéndoles en masa. Asimismo, tampoco se tienen en consideración las características personales del educando: todo lo que haga está mal, fruto del culto a la moderación. Se construyen estándares normalizados a través de mecanismos poco científicos (el cociente intelectual) para asociar cualquier distinción con enfermedades (hiperactividad) o anomalías cognitivas (superdotados).

4)     La disciplina como control autoritario. El sistema escolar preconiza una idea de disciplina autoritaria, vertical, donde el objetivo es el control y sumisión del educando en base al miedo. Los hábitos y actitudes de los/as niños/as son moldeados hacia la despersonalización. Frente a esto, las escuelas libres proponen una disciplina funcional (comunitaria) o la autodisciplina, basadas no en la obediencia per se, sino en el respeto y las decisiones colectivas. Es necesario que el educando comience a hacerse responsable (y aprenda) de sus actos y las consecuencias derivadas del mismo. Por ello, se propone que no existan estructuras de poder, puesto que las normas sociales (y, por tanto, también las escolares) son dinámicas.

5)     La evaluación como adulteración de la identidad. La escuela preconiza un ideal resultadista de la educación, en el que la meta es más importante que el sendero; que el aprendizaje en sí. Las evaluaciones (premios y castigos) no sólo descontextualizan y desvirtúan la educación, sino que además generan identidades no naturales en los educandos. Los/as niños/as pasan de tener personalidad a ser alumnos/as de sobresalientes, de notables, de aprobados o malos alumnos (en la crítica marxista a la educación, categorías equivalentes a las salariales). Asimismo, cabe interrogarse: ¿qué se evalúa y con qué justificación? En la evaluación no se tiene en cuenta la unicidad del educando, y el establecimiento de un patrón estándar elimina un sinfín de potencialidades positivas. Los principios que transmite la evaluación, y por tanto la competencia y el miedo (principios superestructurales), son contrarios a la cooperación y producen un modelo conductista irracional. El/la niño/a debe corregirse, con sus errores, aciertos, la experimentación con sus pares y la guía del adulto/a, a sí mismo/a. Las titulaciones, por su parte, son una abstracción imperfecta, puesto que el conocimiento no se adquiere de manera definitoria; el aprendizaje no es un proceso terminable. En la educación no debe de haber vencedores/as y perdedores/as.

6)     El educando como objeto pasivo de la educación. La escuela considera al niño/a como un ser vacío y dispuesto a ser rellenado por la superestructura. Éste jamás participa de los contenidos de las materias, nunca decide qué quiere aprender sino que consume aquello que quieren que repita. En lugar de ser el/la protagonista, es un/a actor/actriz de reparto. La enseñanza, para ser, debe ser libre, así como para poder ejercer esa libertad fuera del entorno escolar y escoger sin condicionamientos interesados el propio camino en la vida. De esta manera, el educando debe poder tomar parte de lo que aprende y de cuándo lo aprende, así como desarrollar conocimientos en las áreas donde posea una mayor destreza sin que aquellas con mayor dificultad obstaculicen su aprendizaje.  Asimismo, también debe ser un activo en el funcionamiento del centro a través de mecanismos de diálogo como las asambleas, no sólo oyendo sus opiniones, sino escuchándolas y teniéndolas en cuenta.

7)     La repetición contraintelectual. Los métodos pedagógicos de la escuela actual son, al igual que sus evaluaciones, resultadistas. La institución no tiene cuidado por el aprendizaje, sino por los contenidos verbalizados. La repetición textual es una técnica alienante cuya consecuencia es la ausencia de creatividad. Sin comprensión lo estudiado cae en el olvido, puesto que el almacenamiento de información no es aprendizaje. Además, esta metodología no tiene en cuenta las capacidades del educando: no importa si se le pide más (habilidad memorística) a un/a niño/a de lo que puede dar. Por ello, desde las escuelas libres se considera capital evitar la pérdida de curiosidad natural en el/la niño/a. El tedio de la educación actual es lo que mata el interés y las intenciones de investigación que biológicamente desarrollan los/as infantes y adolescentes. Éstos tienden naturalmente a aprender (y equivocarse) a través del juego, la creación y el arte, es decir, lo lúdico, un aspecto metodológico descuidado en la escuela. Se pone mayor énfasis en conocimientos ajenos que en aquellos que tienen verdadero impacto en la cotidianidad. La escuela ha apartado al/la niño/a de la (su) Naturaleza.

8)     La indiferencia como trato al educando. La escuela no enseña en el amor, como hemos visto, ni siquiera en un periodo tan importante como la infancia. El/la docente, por lo general, no dispone de herramientas para preocuparse por los sentimientos y emociones del educando. El florecimiento de las relaciones afectivas en el aula es el leitmotiv de la educación, con la intención de que sea esto lo que se reproduzca una vez abandonada la escuela.

9)     El/la maestro/a como hijo/a del sistema. Los/as docentes no son, por lo general, responsables intencionales de la prohibición de la educación, sino que han sido también enseñados/as en la alienación y deben emanciparse de su figura autoritaria y prepotente. Tienen que ser felices para poder enseñar en la fraternidad. De esta forma, en las escuelas libres los/as maestros/as son guías que abren caminos (y no constructores/as de un único camino), aceptan el fluir de la vida y cuidan más que educan. Los/as maestros/as tienen voz, pero no voto en las decisiones del educando. Tampoco existen estructuras de poder entre los/as docentes, eliminando el cargo de dirección y favoreciendo el trabajo horizontal y en equipo entre iguales.

10) La familia como obstáculo educativo. En la actualidad, los/as niños/as no sólo pasan más tiempo en la escuela que el que pasarán en la universidad (lo cual no parece lógico), sino que también que el que pasan en el hogar o el que pasan con sus progenitores o tutores/as por culpa de la dinámica laboral neoliberal. La familia es la responsable de la vida y la cría de la persona, por lo que los/as padres/madres no pueden considerar la educación como un fenómeno profesional del que desentenderse. La escuela debe tener su reflejo en la familia y viceversa.

Adrián Tarín

1 2 3 4 5