XXXIV

Cave canem.
Cuidado con las estrellas,
cuidado con el firmamento ardiente,
cuidado con tu pelo ardiente
y con tu alma sangrienta e inmortal,
y con tu Libertad, tus pájaros y tu aire.
¡Cuidado con la Libertad!
Ten miedo de ella, joven,
¡ten miedo!
¡Cuidado con tus sueños!
¡No juegues con fuego!
¡No juegues con piedras!
Juega sólo con estos bellos papeles
de colores de primavera
y no alces de ellos la vista,
juega sólo con cifras de miseria
que marcan la talla del zapato que te aplasta.

Puede elegir:
¿Prefiere una 40 o una 42?

Por Arkady Rócimberg.
Estudiante de Historia comunista libertario. Aficionado a las artes, especialmente a la poesía vanguardista. Publica sus poemas en http://nubesdehumo.blogspot.com.es/

Veganismo, una cuestión ética y política

Dentro de los círculos anarquistas este tema todavía sigue siendo polémico. Como es sabido, «el veganismo es una filosofía de vida que excluye todas las formas de explotación y crueldad hacia el reino animal e incluye una reverencia a la vida. En la práctica se aplica siguiendo una dieta vegetariana pura y anima el uso de alternativas para todas las materias derivadas parcial o totalmente de animales» (Donald Watson) que tuvo su origen en 1944 cuando el autor de la anterior cita fundó la Vegan Society. No vamos a profundizar mucho sobre las otras motivaciones que llevan a que la gente se acerque al veganismo como la ecología, la salud o espiritualidad pero sí comentaré algo como dato, centrándome más en la cuestión ética y sobre todo política.

La producción de carne industrial no solo implica sufrimiento y dolor para el ganado sino también un gran derroche de recursos, pues para producir el pienso que se necesita para el engorde, requieren de enormes campos de cultivo de cereales que en vez de destinarse al consumo humano, van a parar a las granjas industriales. Ello ocasiona, por ejemplo, que se tenga que destruir grandes extensiones de bosque para enormes campos de monocultivo (muchos de ellos de transgénicos) con el añadido de la alteración del clima local, la contaminación y degradación del suelo, y la expulsión de campesinos locales e indígenas. Pero no solo se crea impacto ambiental en la producción de pienso sino también en las granjas, donde se vierten grandes cantidades de heces, se acumulan numerosos cadáveres y se emiten muchos gases de efecto invernadero, como el metano en el caso de la ganadería bovina.

Existen numerosos mitos como la escasez de proteínas o la necesidad de complementos vitamínicos para paliar las carencias que en realidad son falsos si uno sabe qué tomar. Existen una grandísima cantidad de alimentos vegetales y la clave es comer variado¹. Por ejemplo, alimentos vegetales con proteínas son los frutos secos, las legumbres y los cereales integrales y las vitaminas se encuentran prácticamente en todas las frutas (salvo la B12 que se encuentra solo en la carne pero que se puede adquirir en suplementos o en las raíces de las plantas).

Numerosas investigaciones científicas demuestran que los animales no solo se mueven por instinto sino que poseen cierta inteligencia -pero no tan desarrollada como en los humanos, evidentemente- y son capaces de sentir emociones. Y esto se puede demostrar además en bastantes especies que conviven en sociedad como las gallinas, los cerdos (estos dos últimos si viven fuera de las granjas industriales), los lobos, los primates, los delfines… e incluso en los solitarios. Entre los vertebrados, las aves y los mamíferos son los que mayor inteligencia desarrollan con respecto a reptiles, peces y anfibios. Solo por el hecho de ser seres vivos con capacidad de sentir deben ser considerados como tales y merecen respeto independientemente de su especie, por tanto, también tienen derecho a una vida digna en libertad. He aquí la cuestión ética principal en que gira en torno esta filosofía y consideremos pues que si nos declaramos antiautoritarios también debemos tener en cuenta la no coacción/discriminación hacia otros seres vivos de diferente especie capaces de sentir, sabiendo que tienen el mismo derecho de vivir dignamente y en libertad que los humanos. El respeto a la vida no solo implica el amor a la humanidad sino también al resto de especies que habitan en el planeta.

Sin embargo, hay ocasiones en que se cae en el fanatismo, como que bajo ninguna circunstancia se pueda matar a un aminal (aunque sea por extrema necesidad) o como anteponer los animales no humanos frente al ser humano, desarrollando así una misantropía haciendo del individuo un antisocial. Incluso hay gente que ha llegado a santificar a otras especies o considerarlas como hermanos, algo que ya carece de sentido. En casos de extrema necesidad, por ejemplo cuando uno está perdido en el monte y no hay ningún vegetal comestible alrededor, pero hay conejos, es comprensible que se mate uno para la propia supervivencia. No obstante, la caza dejó de serlo desde hace mucho y se ha convertido en misiones de búsqueda y eliminación del objetivo. El desarrollo de actitudes antisociales quizá sea uno de los mayores peligros en los que se pueda caer y si se reivindica la igualdad animal no se puede priorizar el resto de especies sobre la humana porque es igualmente nociva que el antropocentrismo. La igualdad de los animales respecto a nuestra especie es lo mismo que la igualdad en los seres humanos, en que dentro de la diversidad exista una igualdad real de oportunidades para el desarrollo de los individuos en la sociedad, donde dicha igualdad vaya unida a la libertad y la responsabilidad. Con ello quiero decir que los animales no deberían ser propiedades nuestras sin derecho alguno a desarrollarse libremente y utilizados como recursos naturales, siendo en algunos casos, que convivan junto con humanos.

Cualquier movimiento social carente de carácter político es fácilmente recuperable por el sistema y ello incluye también al veganismo, que para el capitalismo supone un mercado poco explotado, a la par que puede ser institucionalizado en partidos políticos. Por ello es importante dotarlo de contenido político para evitar que degenere en una filosofía estéril y fácilmente asimilable por el sistema. A falta de conciencia política, algunos veganos terminaron mendigando productos veganos a Mercadona, conocida cadena de supermercados por los conflictos laborales con la CNT y sus denigrantes políticas laborales, otros terminaron por dar su voto al PACMA y creer en la vía institucional, otros frecuentan grandes superficies (templos del consumo) por conseguir productos veganos. Por tanto, es necesario hacer hincapié, para los anarquistas veganos, en que no solo debemos luchar por la liberación animal (y humana) sino también contra el sistema capitalista, puesto que gracias al liberalismo clásico y con mayor peso neoliberalismo, la producción de carne pasó a ser industrial que ocasionó la valoración monetaria de los animales, reduciéndolos a simple mercancía y borrando todo atisbo de empatía hacia su sufrimiento.

En resumen, es imposible tratar de acabar con la explotación animal sin acabar con el capitalismo, pues el ser humano también es un animal y en caso de que se centrara solo en la liberación de los animales no humanos y aceptando que el capitalismo sea compatible con el veganismo, terminará este estilo de vida degenerando en una moda más, promovido desde partidos políticos y un suculento mercado a explotar. Igualmente está relacionado con el ecologismo y la soberanía alimentaria, pues la existencia de la propiedad privada de lo medios de producción impide la justa distribución de los recursos a la vez que genera dependencia hacia las grandes corporaciones alimentarias. De hecho, me parece hasta hipócrita que no se cuestione el uso de transgénicos y la agricultura industrial porque los grandes campos de monocultivo en propiedad privada también implica explotación humana y la matanza de animales cuando se queman o talan grandes extensiones de selva virgen únicamente para esos fines. Todo ello parece tener raíz en el sistema productivo actual y por tanto, veo conveniente dotar al veganismo de contenido político y darle una perspectiva libertaria a los movimientos sociales de liberación animal.

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Para saber más:

[1]  Sobre nutrición vegana, aquí dejo una lista elaborada por el colectivo Igualdad Animal y aquí sobre los mitos en la alimentación

Libertad es Anarquía

Andaba por campo buscando Libertad
cuando vi un cartel que rezaba: por allá la has de buscar.

Disponíame a entrar por aquel lugar,
mas parome un hombre que decía ser Mariscal.

¡Adónde va, buen hombre! ¡Adónde va! Repetía sin cesar.

Voy por el camino que marca la Libertad.

¿Pero no ve, buen hombre, que este camino no es?
Que por aquí canta el viento y la rama toca el arpa;
que no se oye el sable ni la garganta deshojada.

No, buen hombre, esta no es la vía,
donde dirige este camino es a la anarquía.

Seguí caminando reclamando Libertad.
¿Dónde estás? Le decía.
¿Por qué no apareces, querida mía?

Paseando y paseando a la mar hube de llegar,
pues no alcanzaban mis ojos a más tierra avistar.

Pensando cómo podría atravesar amplio océano,
me sorprendió un mendigo que venía rimando:

Si quiere cruzar,
todos sus bienes me ha de dar,
que tierra libertaria no acepta capital.

Si quiere cruzar,
destierre prisión,
que tierra libertaria sólo acepta razón.

¡No! Nada daré;
lo que es mío,
mío es,
y de nadie más ha de ser.

No, buen hombre, esa no es la vía,
ese camino no es el de la anarquía.

Seguí caminando reclamando Libertad.
¿Dónde estás? Le decía.
¿Por qué no apareces, querida mía?

Llegué a un desierto de flores y olivos
y en medio de él,
en medio de él, bella mujer de tibios ojos cristalinos:

Sé lo que buscas,
sé lo que anhelas,
si sigues mis ojos llegarás a la aldea.

A medio trayecto un hombre nos paró,
llevaba túnica y sotana;
¡Oh, bendigan siempre al servidor del Señor!

Buenos días, hijo, adónde se dirige.

Libertad, padre, Libertad es mi sino
y esta hermosa joven mi camino.

Cómo te atreves, insolente.
¿No te das cuenta que ha de ser el Señor
el que te guíe en esta misión?
¿Y no una ciega que por no tener
no tiene ni visión?

Perdóneme, padre,
ante ti me arrodillo
y ante Dios me dirimo;
le beso la mano y los pies
en señal de castigo.

En tierra Libertad
no existe Dios,
que allí es el hombre
el que reina con amor.

No, buen hombre, esa no es la vía,
ese no es el camino de la anarquía.

Caso omiso hice a necia ciega,
que quien escucha a santo y no a diablo
buen vivir tiene en el otro lado.

Seguí caminando reclamando Libertad
¿Dónde estás? Le decía.
¿Por qué no apareces, querida mía?

Lo que nuestro caminante no sabía,
es que Libertad es poesía,
es que Libertad es anarquía.

 

En defensa de la violencia

Últimamente la idea que más ronda por mi cabeza es el uso de la violencia con fines revolucionarios. Las imágenes del descontento social, del despertar de la conciencia, de esos gritos de rabia en la calle, no hacen sino forzar al pensamiento en una dirección que parece inevitable confrontar: ¿se puede justificar la violencia?

Nos parece natural la reacción violenta que pueda tener una persona atracada; nos parece justificada la bofetada que le dio la mujer al señor que le tocó el culo en el metro; nos parece lógica la cruzada que inició George W. Bush en Oriente Próximo con el pretexto de la prevención terrorista; pero nos parece radical y repugnante la piedra que una persona encapuchada lanza a la policía. Y si somos de les poques que no pensamos así, ya están los medios capitalistas de comunicación para recordarnos la línea del pensamiento dominante. Al final acabamos sintiéndonos culpables, o llenes de dudas en el mejor de los casos, por haber llegado a pensar en la posibilidad de la violencia física.

En los Estados modernos todo encaja a la perfección: con la centralización del poder y la aglutinación de las instituciones sociales alrededor de un gobierno despótico, los Estados modernos monopolizaron el uso legal y formal de la violencia. Legal porque es la violencia amparada en el marco jurídico (estatal) la única que no es punible. Formal porque las relaciones de opresión no son sólo materiales sino que también son simbólicas, y como resultado tenemos una inmensa mayoría de la población que repudia la palabra violencia porque han internalizado (y dado por natural) el monopolio estatal de la misma.

Si el contrato social, del que tanto se jactan les liberales de bien, existe en verdad y establece que el Estado es el garante de la seguridad de sus ciudadanes, entonces no me explico las palizas sistemáticas de la policía antidisturbios en cualquier país del mundo; las elevadas tasas de desempleo en el sur de Europa; o el incremento de las familias que viven rozando el umbral de la pobreza. Si esto ha sucedido es porque antes de todo ya éramos pobres, pero pobres de conciencia.

Como apuntaba antes, una de las características del Estado moderno es que abarca prácticamente todos los espacios de vida, incluyendo lo que se puede y lo que no-se-puede. La socialización de la policía como un elemento de orden elimina de un plumazo cualquier conato de insurrección: le encapuchade es una persona indeseable porque atenta contra el garante del orden. Hemos internalizado tan profundamente el monopolio de la violencia que cualquier respuesta física es tachada por la opinión pública con una ingente cantidad de adjetivos negativos; y peor suerte corren las personas que andan detrás de las confrontaciones físicas.

Pero nada de esto se podría llegar a comenzar a entender si no tenemos en cuenta que el Estado moderno, mediante las dinámicas de socialización en las que se internaliza la cosmovisión dominante, representa y personifica todos los anhelos de bienestar que de forma social nos han inculcado. Creo que es útil comprender este galimatías teórico de la siguiente forma: imaginemos que la sociedad es una masa de agua en la que nosotres flotamos libremente. Nadamos hacia un lado, hacia otro… hasta que nos damos con los gruesos cristales del acuario, el cual delimita la realidad para les que flotamos en su interior. Pero el acuario (el Estado) no solamente delimita geográficamente nuestra libertad, también lo hace de otras maneras: los castillos, las algas, las rocas, los soldaditos del nene… todas esas cosas que suele haber en un acuario son impuestas sin opción a negarse. De la misma manera, nuestro acuario estatal nos impone una forma de pensar estandardizada, unos cánones morales a seguir, una visión específica de esto, de aquello, de lo otro… Y desde luego que romper los cristales del acuario no figura en la lista de cosas permitidas.

El contexto de crisis global que estamos viviendo en la actualidad es, sin embargo, un buen momento para empezar a ver nuestro reflejo en el cristal que nos constriñe, y así haciéndolo, empezar a pensar que hay un cristal entre nosotres y otro mundo posible. Éste es el momento idóneo para la formación, para cuestionar todo aquello que damos por hecho, para alzar la voz y hacer que otres se vean reflejades en ese cristal del acuario. Solamente cuando esto suceda podremos romper los muros del Estado que nos oprime, para así acabar de paso con el sistema de organización social que nos obliga a vivir a la fuerza.

Cada vez más gente comprende que violencia también es dejar en el paro a más de seis millones de personas; desahuciar miles de familias dejándolas en plena calle; explotar la única vida que tenemos para que unes poques puedan salir a navegar en su yate de lujo. Cuando además entendamos que luchar contra aquello que nos esclaviza (física y simbólicamente) no es violencia sino resistencia justificada, y que además estamos obligados moralmente a resistirnos, entonces podremos decir que al final la violencia sí que estaba justificada (y no sólo porque a ella nos obligan).

Muches pensarán que estoy justificando la violencia gratuita; no es así. No es mi intención hacer apología de nada excepto de la necesidad de ver la realidad social; la verdadera, no la que nos venden los medios capitalistas de comunicación. Confío en que ver y comprender la realidad social, la cual sólo tiene una posible interpretación que se reduce a la «explotación del hombre por el hombre», derive en una única y lógica respuesta.

Estoy apelando a esos anhelos de libertad que todes tenéis como seres humanos que sois. Si bien une no está dispueste a confrontar físicamente a las fuerzas opresoras del Estado capitalista, al menos que no ensucie la valentía de los que sí están por la labor de dar la cara. No es plato de buen gusto correr delante de una manada de borregos a sueldo, y por ello nadie ha de ser juzgado en base a su participación, o no, en este tipo de acciones; suficiente es el reconocer la superioridad ética de la violencia cuando es resistencia justa. Además, el hecho de que existen grupos sociales que quieren evidentemente dominar al resto, convierte a la violencia física en el único camino posible en último término. La pregunta del millón es, ¿cómo sabremos que hemos llegado al último término? La respuesta parece sencilla: cuando solamente veamos la sangre de aquellas personas que, corriendo tras la libertad, se dieron de bruces con el cristal del acuario que nos oprime.

Y esa sangre ya la estamos empezando a ver, no solamente en el Estado español, también en otras partes del mundo. Esto nos muestra que no estamos soles en nuestro acuario; que existen más acuarios que han de ser destruidos si queremos ser verdaderamente libres. Y a este respecto no existe duda alguna: la libertad personal se consigue única y exclusivamente cuando el resto de personas es libre. Y la libertad pasa, en las condiciones de vida que nos imponen, por la resistencia activa al brutal poder que nos arruina la vida; la única que tenemos.

Sumisión del individuo

Desde jóvenes se nos imbuye a determinadas creencias que son en sí mismas inevitables y necesarias para el conjunto de la sociedad -en cuanto que la mantienen-; desde la escuela hasta el último día de nuestra vida se repite la misma verborrea delirante en torno a qué nos conviene, qué nos perjudica y qué es execrable. No hay escapatoria a esta ingeniería social a menos que nuestros tutores, aquellas personas con las que nos criamos, hayan podido liberarse de este aherrojo. Dado que esta situación requiere de un alto grado de abnegación, así como una serie de costos personales inevitables e independientes a cada individuo, la cantidad de personas que consigue liberarse de toda creencia superflua adquirida sin un previo razonamiento es ínfima. Aun así, aunque pudiera erigirse un individuo con la mayor libertad de pensamiento posible, es de esperar que, debido a su necesidad social, acabe alienado en el sistema. Si bien el individuo pudiera mantenerse libre, puro, cosa que como hemos dicho es muy improbable, se vería abocado a la estigmatización por parte del sistema, en el cual los individuos previamente engullidos actúan como glóbulos blancos y plaquetas que atacan a aquellas moléculas que consideran extrañas, aun cuando pudieran ser las más límpidas y bellas, execrándolas y regurgitándolas después hacia fosos oscuros. Es decir, no quedaría para el individuo más que dos opciones: la total o parcial asimilación del sistema o su expulsión de éste. Es de esperar, por tanto, que sólo una nimia porción de humanidad quede libre de cualquier atadura y pueda definirse a sí misma según las vicisitudes de su trayectoria vital. De este modo, una amplísima masa quedaría en manos de los legisladores de turno: políticos, religiosos y demás secuaces de la creencia preestablecida y, no pudiendo elevarse por encima de estos al haber aceptado el sistema, no les queda más opción que aceptar agazapados todas las convenciones morales, leyes, creencias, normas, procesos, elementos y, en definitiva, una serie de axiomas que reducen la persona a un mero tránsito burocrático.

Los métodos que siguen todos estos santos, hombres de Estado, servidores de la sociedad, altruistas al fin y al cabo, son del todo sabidos por la población; mas siendo así, ¿por qué los seguimos con tanta devoción e inconsciencia? La única respuesta posible a esta adulación es la desidia; vivimos en una inercia continua que nos impide nuestra propia realización como seres humanos, como individuos. No hay elemento más pernicioso para la humanidad que éste, pues en vez de obtener seres libres, obtenemos autómatas que se mueven entre la rutina y la satisfacción momentánea, no buscando más allá que un nuevo coche, un nuevo sofá, en definitiva, objetos materiales que sirven de motivación como la chuchería motiva al niño. Los únicos instantes de verdadera libertad de los que podemos presumir están en nuestra infancia, donde nos embriaga un querer saber continuo, así como una incipiente capacidad de cuestionamiento de todo lo que nos rodea; sin embargo, al ser ésta una etapa prelógica del pensamiento humano, los niños aceptan sin más las respuestas que les dan. Es aquí donde el sistema actúa, en forma de familiar mayoritariamente, por primera vez y donde comienza una labor que no terminará nunca, una labor que tiene como fin último crear mentes lo más similares posibles, ¡cuantas más personas acepten lo mismo, más se perpetuará el sistema y más los parásitos que lo forman y que se hacen llamar gobernantes! Es una verdad tácita ésta.

Ahora bien, ¿cuáles son las herramientas destinadas a tan deleznable objetivo? Existen una infinidad de detalles que sirven para adormecer al intelecto, mas es uno el que se alza por encima de todos: la educación; ese ente antipersonal que se erige inquisidor del sistema y amolda a jóvenes con una álgida flexibilidad mental hasta dejarlos secos, rígidos y grises. Nunca escucharás al maestro, salvo quizá en la universidad donde la libertad es relativamente mayor, decir a sus alumnos que critiquen todo, que sigan esa duda metódica de Descartes al parecer ya olvidada; es más, pregonan todo lo contrario, es decir, la sumisión moral e intelectual del joven en favor de la autoridad, el profesor, el policía, el legislador, el cura, el padre o la madre, etcétera. Es una imposibilidad desarrollar un pensamiento crítico en base a una premisa limitadora y autoritaria. ¡El profesor no ha de ser una figura incuestionable como se pretende, ha de ser un guía para el joven desprovisto de herramientas! Claro está, la guía deber ser necesariamente personal, única e individual. Es aceptado por todo científico que cada individuo posee unas capacidades latentes únicas y diferentes entre sí, ¿por qué no es explotado esto? ¿Por qué todos siguen la misma instrucción antipersonal? ¿Por qué mutilan a la bella personalidad que late en cada individuo? Por una sencilla razón: si cada individuo se desarrollase a sí mismo en libertad, esto es, sin creencias y premisas a priori, la proporción de estos que darían de lado al sistema aumentaría sustancialmente. ¡Qué sería del Estado, del parlamento, de cada una de las instituciones! Y si todos los individuos al ver lo abyecto del Ejército renegasen de él, ¡qué sería de la nación! ¡Pobre Estado! ¿Quién defendería al pueblo? Y lo más relevante, ¿quién defendería a la clase dirigente? He aquí el punto ulterior a la sinrazón del sistema educativo. Asimismo, por si entre diez y quince años de educación no bastasen para modificar el débil intelecto del niño, ya se cuenta con otras vías como la televisión, la prensa, los padres y la misma sociedad que inconscientemente remueve al que realiza un conato de desacuerdo.

El individuo, el ego en su sentido más hermoso, ha quedado reducido a la nada; constantemente es vapuleado y vejado por la religión, por el Estado, por las creencias falaces, ¡y menester que no se atreva a relucir entre la apatía del pensamiento único, porque se le reprenderá con una rapidez inusitada y su autor caerá en la más absoluta soledad!

La llamada opinión pública es otro de los factores que tienden necesariamente al conservadurismo pues ha sido criada en él. Así, la piedra angular de este sistema no es otro que la falta de pensamiento libre e individual, toda sociedad de la historia se ha visto degradada debido a esta cuestión; desde la Alemania Nazi hasta las mayores democracias del mundo son sostenidas por la falta de individuos libres, es decir, que no hayan sido emponzoñados por sus respectivos sistemas educativos y sociales. Empero, podríamos afirmar que existe una diferencia radical entre ambos sistemas, mas no es así, ambos se basan en la manipulación, ciertamente una más ominosa e inicua que la otra, pero las dos tienen como base la mentira, la falacia, el engaño, el robo, la muerte, la degradación humana y demás actitudes gubernamentales que, sepamos o no, acaecen cada día y a cada hora.

Es risible cómo se critica fervientemente las guerras en Oriente Medio por el petróleo, cómo nos estremecemos ante atentados, secuestros y masacres de todo tipo, cuando somos nosotros mismos los que estamos sujetando los fusiles desde nuestra casa, nuestro coche, nuestra calefacción, etcétera. No hace falta un gran intelecto para llegar a la conclusión de que, si existen este tipo de guerras, es por los países que nos hacemos llamar desarrollados, los cuales somos los mayores consumidores de productos tales como el petróleo. ¿Cómo no podemos darnos cuenta de algo tan evidente? Claro que todos lo sabemos, pero es preferible obviarlo. ¿Qué podríamos hacer nosotros? Nada. Además, ya tenemos un ejército divino que se ocupará de establecer la paz universal, de eliminar toda iniquidad que resplandezca fuera de nuestras fronteras y establecer democracias a su imagen y semejanza por todo el mundo; la guerra por la democracia ha acabado con más vidas que las dictaduras que podrían tener los países intervenidos. Cualquier individuo caería en esta aporía, pero, como ya se ha dicho, pocos son los individuos existentes. Podrán llamarse libres hasta la saciedad, podrán creerse libres, pero ése es el primer paso para no serlo; como aquél que se dice sabio no lo es. Por ende, hemos de ir en pos de la libertad individual, la cual traerá inevitablemente la libertad social, para poder eliminar de una vez la mayor parte de los problemas que atacan a la humanidad.

Imaginemos que la educación estuviese destinada a crear individuos libres y diferentes, en cuanto que cada uno posee unas aptitudes determinadas y dispuestas a eclosionar; imaginemos así también que el objetivo último no es crear autómatas, trabajadores del capital, o meras estadísticas que engorden al conjunto del sistema, esto es, crear personas antes que ciudadanos. Sin duda, si esto sucediese, el Estado se habría suicidado, pues no sería difícil vislumbrar para estos individuos de pensamiento libre las incongruencias del sistema en el que viven, así como por propia determinación luchar contra éstas. Pero claro, si por algo se caracteriza el sistema es por su resistencia a educar e instruir a sus jóvenes en el pensamiento crítico; es en este punto verdaderamente consecuente consigo mismo, pues: para qué tratar a los sujetos como individuos dotados de conciencia propia, de razón propia, ¡no! Lo mejor será tratarlos de rebaño, para así perpetuar esta lacra estatal. Es por este hecho una obligación la de eliminarse a sí mismo, es decir, eliminar de nuestra psique todo onerosa creencia, axioma, pensamiento en definitiva, que no haya surgido de nuestra propia actitud, de nuestra singularidad, o más simple, que haya sido impuesta, ya sea consciente o inconscientemente, por la sociedad. Una vez conseguida la emancipación total -no parcial como pretenden muchos- se podrá hablar de libertad, se podrá hablar de razón, se podrá hablar del fin de la sumisión del individuo.

Es necesaria pues una profunda reflexión introspectiva que llegue hasta la piedra angular de nuestras creencias, de nuestros saberes adquiridos, no con el fin de despreciarlos sin más, sino más bien como método de cuestionamiento: se aprehenden, tras el estudio concienzudo correspondiente, unos, y se desechan otros, los más superfluos. Esta introspección es única a cada persona, aunque posea ciertos parámetros que se reiteran, y no podrá servirse de elementos exteriores –psicólogos, psiquiatras, ministros del señor, brujos y demás adalides del conocimiento propio y ajeno- que le confundan y le adviertan sobre quién es y cómo ha de encontrarse. ¿Pero hasta qué punto hemos llegado? ¿Necesitamos de personas que nos guíen en estos asuntos? ¿Realmente estamos tan hundidos que no podemos esperar nada de nosotros mismos? Es sorprendente cómo la familia arroja a sus hijos, o cualquiera sea el particular, a ‘’profesionales de la conciencia’’, por así decirlo, para que le guíen en su búsqueda. Ciertamente no podemos comparar como iguales al psicólogo con el brujo o el religioso, que vienen a seguir el mismo principio, pues el primero posee unos instrumentos científicos o cuasi científicos que podrán ayudar, en muchas ocasiones, al paciente que acuda a él. Sin embargo, no es éste el caso en el que el psicólogo podrá actuar, ya que, como se ha dicho anteriormente, si para llegar al ‘’Yo profundo’’ necesitamos de alguien o algo que esté fuera de nosotros mismos, éste Yo no podrá sino ser el suyo y no el nuestro; si tomas la respuesta de otro como tuya, por mucho que creas que es tuya, no lo será jamás. Así, la virtud estará en saber deshacerse por sí mismo de todo el acervo cultural, espiritual y moral que nos estrangula desde dentro y que, en la mayoría de los casos, no se suelta hasta el mismo día de la muerte.

Llegados a este punto: el de la muerte; me gustaría llamar la atención sobre cómo la religión, sobre todo la cristiana, la judía y la musulmana, reniegan del ‘’Yo terrenal’’ para con ‘’Yo celestial’’. ¿Para qué llegar a Ser en la materialidad más inicua, detestable y ominosa; si llegaremos a Ser tras la muerte? ¡Será el reino de las esencias de Platón; el jardín celestial de Cristo o la abstracción metafísica de los judíos el verdadero momento en el que dejaremos de parecer o directamente de No-Ser para Ser! Nosotros no somos nosotros, en cuanto que nuestro Yo terrenal es la mera caricatura del Yo celestial, del Yo esencial, del Yo substancia. ¡Animo, pues, a todo aquel que quiera llegar a Ser cuanto antes a que tome las medidas correspondientes para vanagloriarse en su esencia!

Dicho esto, la utopía personal de verse reflejado en nuestro iris está resumida, a mí parecer, en la siguiente reflexión de Eduardo Galeano:

‘’Me acerco dos pasos y ella se aleja dos pasos. Camino diez pasos, y el horizonte se desplaza  diez pasos más allá. A pesar de que camine, no la alcanzaré nunca. ¿Para qué sirve la utopía? Sirve para esto: para caminar’’.

Tened claro entonces que nunca llegaréis a ser vosotros; sólo el día en el que la muerte os aceche y en que exangües y apocados dejéis de caminar, así también dejará la utopía, el Yo, de alejarse, y podréis, al fin, sonreír en el albor de la muerte y exclamar: ¡Muero siendo Yo y no otro! ¡Sé que no me espera nada detrás de la oscuridad! Muero contento, feliz, por haber llegado a Ser. Ése es mi fin último.

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