“NADA PARA ATRÁS, TODO PA’ DELANTE” Liberador de la Madre Tierra herido por el Ejército Nacional

El día de ayer, 14 de septiembre, desde las 9:00am, en pleno ejercicio de control territorial por parte del pueblo Nasa, se buscó expulsar del Territorio Ancestral la maquinaria perteneciente al Ingenio INCAUCA que pretendía retomar territorio liberado del monocultivo de caña; esta actividad comunitaria tuvo como respuesta la amenaza de múltiples agentes de la fuerza pública (Policía Nacional y Ejército) quienes se prestan de continuo como seguridad privada de los terratenientes y así mismo del agronegocio del azúcar y el biocombustible. Leer más

Barcelona. Entre el caos y el miedo

Antes que nada, mi más sincera muestra de solidaridad y apoyo a las víctimas de este horrible atentado, y de muchos más cometidos a lo largo y ancho del globo. Aquel 17 de agosto sobre las 17h de la tarde se produjo en Barcelona un atentado similar al vivido días atrás en Charlottesville, donde un neonazi atropelló a una veintena de personas al conducir su coche hacia un grupo de personas en una manifestación antifascista, dejando una víctima mortal. Esta vez el autor es un terrorista del Daesh que alquiló una furgoneta y arrolló una veintena de personas en la Rambla. Posteriormente, hubo un atropello a varios policías en Espluges y otro intento de atentado en Cambrils a la madrugada. Estos hechos se suman ya a los anteriores atentados en París y Bruselas, por mencionar los más recientes, en suelo europeo, sin olvidar la situación casi diaria en Siria, Turquía e Iraq, y las zonas donde opera Boko Haram.

A estas alturas ya no nos deberíamos sorprender de cómo el foco mediático recae sobre los atentados en suelo europeo, mientras que los cometidos en otros países donde derraman además mucha más sangre quedan en segundo plano. No nos dejemos llevar por el pánico, el sensacionalismo y el morbo que retransmiten en los medios de comunicación e individuos irresponsables en las redes sociales. En medio de todo el caos y el estado de shock, el poder dominante aprovecha para recortar libertades e imponer estados de excepción. En esta situación la derecha (desde la más liberal a la más fascista) aprovecha para soltar sus discursos racistas, xenófobos, autoritarios e islamófobos, señalando como culpables a la inmigración y a la afluencia de refugiadas a Europa bajo un discurso de odio al diferente.

No obstante, ante la percepción distorsionada y llena de prejuicios sobre la situación de la derecha, -además intencionada-, ya que precisamente ese posicionamiento beneficia a las clases dominantes, la realidad que vivimos es otra: las víctimas son en su gran mayoría de clase trabajadora, personas que además de tener que enfrentarse a los riesgos en sus centros de trabajo, pagan con su sangre los viles actos terroristas de un grupo financiado y alimentado por Occidente bajo unos intereses económicos y geoestratégicos en Oriente Próximo.

A Occidente lo le interesa la paz en Oriente Próximo, no le interesa que hayan países soberanos que les planten cara frenando el saqueo de los recursos naturales de dichos países, y por eso, cuenta con Turquía, Israel y Arabia Saudí principalmente para seguir manteniendo la zona en conflicto. Ahí tienen un suculento negocio con las armas y el petróleo, mientras promueven la expansión del wahabbismo y el salafismo, ramas extremistas del islam las cuales constituyen las bases ideológicas del Daesh, Boko Haram y Al-Qaeda. Y ahora mismo, las únicas fuerzas que están en primera línea combatiendo al Daesh son el YPG/YPJ aliadas con las SDF, las cuales apuestan por un proyecto político de paz laico, democrático y socialista no solo para Siria, sino para todo Kurdistán y Oriente Próximo. Pero mientras la guerra continúe, a parte de los atentados en zonas de conflicto, vendrán los terroristas a cometer atentados que se cobrarán más víctimas inocentes, a costa además de los recortes en libertades y derechos civiles con la excusa del terrorismo, así como anular la legitimidad de las luchas sociales.

Hoy más que nunca la clase trabajadora debe permanecer unida ante estas situaciones de barbarie. Las muestras de solidaridad ya se han visto entre los y las trabajadoras de Eulen que suspendieron su huelga, taxistas que ofrecieron un servicio gratuito para evacuar la zona, colas para donar sandre y personas que prestaron asistencia a los heridos en el lugar del atentado. Esto demuestra que solo el pueblo salva al pueblo y levanta los ánimos y esperanzas por un mundo más justo. Hoy más que nunca tenemos que seguir trabajando en la integración de todos los colectivos sociales y seguir adelante con la lucha social construyendo pueblo. Tenemos que saber reaccionar ante esta oleada de paranoia y de discursos de odio fáciles reivindicando la diversidad cultural, el apoyo a las personas migrantes y refugiadas, la defensa de nuestras libertades y derechos, el bloqueo de la venta de armas a países que financian y alimentan el terrorismo como Turquía, Arabia Saudí, Qatar e Israel, y el fin de la guerra en Siria y Yemen. Por todo eso y más, digamos basta ya de jugar con nuestras vidas, basta ya de engañar y amedrentar a la población, basta ya de justificar guerras contra el fantasma del terrorismo que ellos mismos han fabricado directa e indirectamente.

Se nos avecinan tiempos difíciles, y es fundamental que continuemos con la gran labor de construir un pueblo fuerte que oponga la soberanía popular frente al neoliberalismo y al fascismo en auge.

 

Impresiones desde el G20 de Hamburgo

Los pasados  7 y 8 de julio se reunieron en Hamburgo los líderes de los 19 Estados más poderosos del mundo, además de representantes de la Unión Europea, el FMI y el Banco Mundial.  Su objetivo, explícito en sus propios documentos, era mantener la estabilidad del sistema capitalista y asegurar su continuo crecimiento. En un momento histórico en el que las instancias del poder han desbordado por completo los límites de los Estados-nación, el G20 supone una de las mayores expresiones del poder que rige el mundo globalizado. El Grupo de los veinte es la punta de la pirámide que gestiona el capitalismo y explota la miseria de los trabajadores. Ante él, la respuesta de la izquierda sólo puede ser una: la oposición firme a la cumbre y a todo lo que representa, defendiendo la democracia, la libertad y el derecho a una vida digna para todas las personas. Y eso es lo que se hizo en Alemania hace pocas semanas.

Lo primero que llamaba la atención al llegar a Hamburgo era la cantidad ingente de policía que parecía haber tomado la ciudad. Un día antes de empezar las protestas, cada estación, cada esquina y cada cruce del centro de Hamburgo estaba iluminado por las luces azules de las sirenas de policía. Un helicóptero sobrevolaba constantemente los tejados de los edificios y en algunos lugares había apostados enormes carros blindados y cañones de agua. El operativo policial dispuesto para la cumbre contaba inicialmente con más de 20000 agentes, 3000 vehículos terrestres, 25 helicópteros y 40 cañones de agua. Sin embargo, en los días siguientes se hizo necesario pedir refuerzos, llegando a acudir incluso efectivos desde Austria.

El segundo elemento sorprendente, y de forma más positiva que el anterior, fue la gran infraestructura que los distintos colectivos y organizaciones anticapitalistas habían preparado para las protestas. Desde las estructuras de los campamentos, que fueron capaces de acoger a miles de manifestantes a pesar del acoso policial, hasta el centro de media crítica(FC/MC), en el que se llevó a cabo toda la tarea comunicativa de las movilizaciones. Alimento y bebida, descanso, información, seguridad, asistencia médica y legal… la oposición al G20 no habría tenido la fuerza que tuvo sin todo el trabajo realizado en los meses previos y durante la propia cumbre.

Pero no solo colaboraron en la organización de las movilizaciones los activistas propiamente militantes. Algunos vecinos ofrecían agua y comida a los manifestantes, mientras que otros abrieron sus puertas para que las personas acampadas en la ciudad pudieran ducharse. El FC St. Pauli puso a disposición su estadio para que pudiera acampar más gente, lo que también hicieron algunas iglesias de la ciudad, en torno a cuyos jardines se construyeron enormes campamentos.  Rose, que participa habitualmente en la Iglesia evangélica de St. Johannis, afirma que los manifestantes no podían estar seguros durmiendo en la calle con tanta policía. Por ello les ofrecieron los terrenos de la Iglesia, a los que las fuerzas de seguridad tiene mucho más difícil acceder.

El tercer elemento a destacar son los disturbios. Comenzaron el jueves, y se extendieron hasta la noche del sábado. Participó en ellos mucha gente, tanto encapuchados como no encapuchados, tanto alemanes como internacionales. No fueron, como algunos medios se empeñan en decir, meros actos vandálicos de violentos procedentes del extranjero, sino la expresión del descontento de personas que sufren día a día la violencia del capital. Los manifestantes causaron disturbios no por un extraño gusto por la violencia, sino por la necesidad de buscar una verdadera confrontación con el orden del sistema, una confrontación que por desgracia no conllevan las manifestaciones pacíficas perfectamente coreografiadas por la policía. Lo que los manifestantes quería no eran simplemente expresar su rechazo comedido al capitalismo y a la cumbre del G20, sino impedir o al menos entorpecer su realización.

Pese a todos los intentos del Estado por evitar los disturbios, estos desbordaron por completo a la policía, adquiriendo un protagonismo mayor que la propia cumbre. Las revueltas mandaron un mensaje: no se puede celebrar un encuentro del G20 sin que haya problemas, no se va a permitir que los dueños del mundo se reúnan para asegurar la continuidad de un sistema injusto y criminal que atenta contra la vida de las personas y del planeta.

Los grandes medios de comunicación afines al poder han intentado generar un discurso de rechazo a las protestas, centrado en la violencia, que separe a los manifestantes en buenos y malos, o directamente criminalice la totalidad de las movilizaciones caracterizándolas de extremistas, irracionales, violentas  o peligrosas. En esta línea, hace pocos días el ministro del Interior alemán, Thomas de Maiziere, equiparaba a los manifestantes con “terroristas islamistas”.

Estos discursos que acusan de violentos a los manifestantes parecen estar ciegos hacia la violencia sistemática infinitamente más brutal que supone el capitalismo. Y es que lo que realmente se pretende con esta estrategia es convertir a los manifestantes y sus protestas en algo ajeno a la gente común. Definir a las personas que protestan como extraños, como Otros, hace imposible toda comunicación y corta así toda la potencia de los movimientos transformadores.

Cómo ha sido leído el G20 y sus protestas por la mayoría de la gente es algo que todavía no está claro. Dependerá, como cualquier otro acto político contrario al sistema, de la batalla entre los intentos del poder de convertirlo en algo ajeno e ininteligible y los esfuerzos de la izquierda de llevarlo al terreno de la normalidad. Por ello, es fundamental que el movimiento anticapitalista siga un discurso y una praxis que puedan ser entendidos. Esto no quiere decir que haya que reducir la radicalidad de nuestros objetivos (radical, del latin radicalis: relativo a la raíz, a la causa profunda y última), sino que es necesario hacer lo posible porque esos objetivos se entiendan, acercándose a la gente, hablando de forma clara y abierta, de igual a igual y de forma no intimidatoria.

Las protestas del G20, además, han tenido una gran relevancia internacional y han supuesto el encuentro entre las luchas anticapitalistas de distintos territorios, ayudando a generar un discurso y un lenguaje común. Sin embargo, no hay que olvidar que el trabajo militante fundamental no está en este tipo de eventos, sino en el quehacer cotidiano, en la militancia del día a día que paso a paso construye las condiciones favorables para la revolución, que poco a poco acerca un poco más el mundo que queremos. Este trabajo, aunque mucho menos visible que los disturbios que han llenado estos días portadas y telediarios, es la verdadera tarea que aquellos que queremos transformar el mundo debemos realizar.

Germán Santos

La política que se vomita

“Claro, es que la política es muy terapéutica” – Me dijo mi colega cuando le expliqué que la militancia me había ayudado a superar la bulimia. – “Claro, es que organizarse, implicarse, que si ahora una huelga, luego una mani, todo eso te empodera, está claro…” 

Durante bastante tiempo me creí todas estas palabras e hice de la política mi salvación. Es evidente que leer a Marx es mucho más enriquecedor que perder una hora en el supermercado buscando el yogur que menos engorda. También es mejor hacer pancartas que engullir galletas casi sin respirar. Es más bonito ir a una manifestación gritando con el megáfono que quedarte en un rincón llorando, temblando, tomándote el pulso, y creyendo que te va a dar un ataque al corazón por todo lo que has comido. El activismo ayuda, te distrae de tu mundo obsesivo donde solo hay lugar para las dietas, el ejercicio desmesurado, la depresión y la culpa. Las asambleas y los movimientos sociales hacen que tu meta en vez de la delgadez sea la revolución social, de repente te crees capaz de todo…

Pero la política del mismo modo que puede empoderarte, puede también hundirte en la mierda, dependiendo del género que tengas, la edad, la clase social, la procedencia… porque la política no es igual para todo el mundo y hay opiniones que cuentan más que la de otrxs. El racismo, la homofobia, la gordofobia, el clasismo, el machismo y todas esas lacras que joden la existencia están ahí también, en el espacio supuestamente liberado. Están en nuestros amigos, compañeros y ligues, incluso están en nosotras mismas. Las prioridades, los privilegios, los liderazgos, influyen, y hacen que la política en vez de servirte de terapia te sirva para sacar lo peor de ti: rivalidades entre compañeras, exigirte demasiado, agotarte para llegar a todo, comparar, competir, distorsionar… o sea que el activismo político cargadito de machismo no es el paraíso empoderador que creías, sino más bien es un desencadenante más de atracones y dramas y es que si hay machismo no puedes liberarte, y por lo tanto, tampoco puedes curarte.

Entonces decides parar de ese ritmo frenético que no te lleva a ninguna parte,  y cuando paras te das cuenta de que sólo mejoras allí donde hay feminismo: esa idea radical que te recuerda que estás viva y tienes derecho a hacer y a disfrutar de lo que te salga del coño. El feminismo parece la mejor terapia porque de repente eres la mujer que siempre quisiste ser, porque de repente descubres el inquietante mundo de los (auto)cuidados. Y resulta que todo va sobre ruedas…

…hasta que vuelve la bulimia.

Tarde o temprano la bulimia siempre vuelve, y si vuelve es porque nunca se fue, de hecho nunca va a irse. Y no es una cuestión de victimismo crónico, ni se trata de vender una idea de incurabilidad. Se trata de legitimar nuestra propia histeria, nuestros métodos de canalizar el daño que genera esta sociedad maldita. Si el conflicto con el género no desaparece, las recaídas tampoco, y lo último que deberíamos hacer es machacarnos por volver a caer. No se lucha contra la bulimia, se lucha contra el capitalismo que la genera. Así que no nos queda otra que aprender a convivir con la enfermedad y dotarla del contenido político que tiene. Porque si lo personal es político, entonces lo bulímico es político.

El problema está en que la bulimia no cabe en todos los espacios de militancia, por muy feministas que se autodenominen. Te encuentras con que no puedes pronunciar ni la palabra en un espacio activista, y esto no es culpa tuya, ya que es una responsabilidad colectiva acabar con los estigmas y generar espacios donde el dolor, el malestar y el miedo se pongan en el centro del debate. Aprender a cuidarnos también es parte de la lucha, o sea que cuidado con el feminismo que no cuida porque acaba generando dinámicas muy tóxicas que pueden doler más que vivir tomando laxantes y contando calorías.

Lo que no se nombra no existe, y no podemos seguir fingiendo que la bulimia no existió, que no existe. La política no puede dejarnos atrás, solas y rotas, llorando en el espacio privado. La política también es nuestra e iremos a por ella. Pero nos va a servir cualquier política, sólo sirve la política que se vomita, la que nos sale de dentro a lo visceral sin postureo ni superioridades morales. Esa política que toca la fibra y nos hace entrar en contradicción, esa que nos duele. La política de la empatía, la de hoy eres tú la que vomita pero mañana podría serlo yo, o mi madre. Esa es la política que de verdad empodera. Si en el gueto anarco, en el partido o en el colectivo del barrio no cabe tu bulimia pues nómbrala en el bar o en la discoteca. Hay aliadas por ahí que te comprenden y no te juzgan, haz política con ellas. Si no lo puedes decir con palabras en medio de una asamblea porque sabes que los roles de poder y la inutilidad emocional del personal te van a dejar más tocada aún, pues escríbelo, dibújalo, así hasta que la bulimia en concreto y la enfermedad o malestar en general, estén en todos los espacios políticos, en todos los discursos. Creando mensaje, hablando claro, rompiendo estigmas, así, poco a poco, hasta que estemos todas fuera del armario vomitando política.

La potencia del centro social La Ingobernable

“En este mundo las cosas flexibles dominan a las sólidas.” Lao Tse

Como muchas ya sabréis el pasado Sábado tras la manifestación #MadridNoSeVende (impulsada por diversas organizaciones y movimientos sociales, que reclama una ciudad habitable) se ocupó un espacio en la calle gobernador 37, en pleno paseo del Prado. El edificio es del ayuntamiento, pero fue cedido por Ana Botella a 75 años a un arquitecto amigo de su marido.

Cientos de personas participaron de la ocupación, y en las primeras asambleas. Madrid necesitaba de un espacio aglutinador, la ciudad y sus gentes lo pedían a gritos. No es casualidad que algunos concejales, Ganemos Madrid y espacios cercanos al sector crítico del ayuntamiento (patio maravillas) participasen y apoyasen la acción. Tampoco es casualidad que el primer nombre del espacio haya sido “La gobernadora”.

Tras la primera asamblea se decide cambiar el nombre por “La Ingobernable”. El contenido político del cambio de nombre nos puede dar algunas pistas de lo que en un principio parecía ser el espacio (el nuevo patio maravillas) y lo que la multitud y su desbordamiento ha querido que sea. Lo que parecía el nuevo espacio de la disidencia del ayuntamiento y su entorno, ha resultado ser en realidad una potencia autónoma, unas ganas de hacer, de reencontrarnos tras años de parálisis. Que esto no se convierta en un ring de combate de las tensiones internas de Ahora Madrid depende en parte de nosotras. Otro ejemplo más que lo representado excede siempre a su representación.

Disponer otra vez de un espacio en una de las arterias principales de la metrópoli nos debe hacer reflexionar sobre la utilidad de este. La Ingobernable no es un espacio para “hacer barrio”, frente al Caixa Forum y el Museo del Prado. La ingobernable si que puede convertirse por un lado en un espacio de encuentro para proyectos y movimientos de los barrios, y por el otro en una toma de posición frente al colonialismo urbano. La lucha contra la gentrificación pasa inevitablemente por la recuperación de espacios que nos han sido expropiados, repensar la ciudad como un espacio de guerra, de colonización por parte del capital, es una necesidad. Si seguimos esta lógica, reconquistar lugares en territorio enemigo es un avance en la lucha de posiciones de la guerra.

Pero no podemos ser ilusos, estas zonas de la ciudad son lugares irrecuperables e inhabitables a no ser que tengas las cuentas con muchos ceros a la derecha. Nos puede servir, eso sí, como centro de operaciones contra la gentrificación y turistificación de la ciudad, como isla y refugio en las movilizaciones que se suelen desarrollar por el centro, y como frente de combate si en algún momento queremos bloquear alguna arteria metropolitana.

No olvidemos también que La Ingobernable se encuentra en la misma calle (paseo del prado/castellana) que el nuevo espacio de los nazis del Hogar Social. Peligroso es el proceso de normalización que se esta produciendo con el Hogar Social en Madrid. Incluso Melisa, su portavoz, estuvo en la puerta de la Ingobernable el pasado Miércoles, provocando y tratando de generar enfrentamiento para su estrategia comunicativa. Frente a la privatización del espacio y la violencia que genera la propia presencia del HSM, La Ingobernable deberá ser el espacio abierto, multiforme e intercultural, lugar de refugio para manteros (que participaron de la manifestación de #MadridNoSeVende) y para el resto de disidencias. “Un mundo donde caben muchos mundos” como dicen unas amigas mexicanas.

Dicho esto, difícil va a ser que un espacio en un “lugar privilegiado” pueda permanecer en el tiempo, aunque la relación de fuerzas dependa en parte de nosotras, la incapacidad de penetrar en el barrio hace del espacio un lugar indefendible. Es por esto que nos debemos de quedar con la esencia y la potencia que nos ha llevado a que algo como La Ingobernable sea posible en un Madrid que lleva años bajo la parálisis. Defender el espacio esta bien, pero la prioridad debe ser tejer redes para que la potencia pueda continuar en ese u otro espacio. Lo importancia reside en la relación y el como hacemos, no en el espacio ni en la identidad.

Algunas amigas dirán que La Ingobernable es un paso más para el poder popular, yo prefiero hablar de la construcción de autonomía, de espacio de confluencia, en donde entrecruzarnos, agregarnos y conectarnos con otros devenires singulares.

Que no se sepa muy bien como definir “La Ingobernable”, que al principio pareciese una cosa que va mutando por la multitud no lo debemos ver como algo negativo, sino como fuerza de la heterogeneidad. Ser algo indefinible e irrepresentable nos ayuda a no ser producidos como sujetos políticos y diluirnos en el desbordamiento. Nuevos aires han llegado a Madrid, aires de autonomía, de volver a las calles junto con el buen tiempo.

 

Publicado originalmente en Solidaridad Obrera

http://lasoli.cnt.cat/11/05/2017/luchas-potencia-centro-social-ingobernable/

La relación entre el movimiento político y el movimiento popular

Abro este nuevo artículo con ánimos de volver a indagar en el tema histórico para poder aprender alguna cosa para nuestros tiempos. En este 2017 se cumplen 100 años de la Revolución rusa. Me ha parecido muy interesante la entrevista a Julián Vadillo sobre su nuevo libro, que aún no ha caído en mis manos. En ella dice una obviedad que veo necesario destacar, por que en el ambiente libertario no lo es tanto:

Los majnovistas son en esencia anarquistas: Majnó es anarquista, Archinov es anarquista… pero el majnovismo como tal es un movimiento de las masas laboriosas, como ellos mismos dicen. Anatol Gorelik, en El anarquismo en la Revolución rusa, dice que el majnovismo no es anarquista sino que tiene elementos que los une a los anarquistas, y los anarquistas ven en el majnovismo una opción importante para el desarrollo de sus ideas. Aparte está la Confederación Anarquista Nabat, la organización de los anarquistas ucranianos, en la que no está Majnó pero hay una confluencia. Aunque el majnovismo como tal no se defina como anarquista sí es antiautoritario, horizontal, autogestionario y tiene muchos puntos en común con el anarquismo.

Lo que nos está diciendo Vadillo no es otra cosa que el makhnovismo (que a menudo se trata como si fuera una organización anarquista sin más) era un movimiento popular y de masas y no era un movimiento específico anarquista. La específica es Nabat, que actúa de organización política de los anarquistas.

De aquí se transmite una idea muy interesante de dualismo organizativo, en los que un movimiento revolucionario está compuesto por una organización política y por una organización de masas. En este caso el makhnovismo estaba dirigido y dinamizado por anarquistas, de ahí que tuviera tantos rasgos comunes con el anarquismo, si bien era un movimiento de carácter campesino y popular.

En esto se parece al movimiento zapatista (el de Emiliano Zapata, no el actual) de la época que no se adscribía a ninguna corriente ideológica en particular pero que también compartía rasgos con el anarquismo. En este caso destaca el papel de Antonio Díaz Soto y Gama, anarquista proveniente del Partido Liberal Mexicano (organización política) y de la Casa del Obrero Mundial (sindicato anarcosindicalista). Su papel, fue relevante en el Ejército Libertador del Sur de Zapata, generando un discurso propio del movimiento, que estaba en sintonía con las ideas que había defendido el PLM.

Como vemos se trata de una nueva participación clave de militantes libertarios en un movimiento de masas revolucionario, que ayudan a construirlo. Su ejemplo se podría trasladar a Mikail Gerdzhikov y la comuna de Strandhza en la Bulgaria de 1903 y muchos otros casos similares a lo largo de la historia.

Las alianzas no se hacen por que sí. Ambas son tácticas que se supone que benefician a todas las partes. De la misma forma que podremos ver casos en los que las alianzas salieron mal, tenemos muchos otros tipos de alianzas que ayudaron a que el movimiento revolucionario creciera. De la misma forma crear un movimiento grande, plural y amplio es una forma para crear una organización con posibilidades revolucionarias. Y llevarlo a cabo debería ser responsabilidad de cualquier persona que se considere revolucionaria. Como es probable que solos no podamos crear un movimiento popular con garantías de ser una entidad de transformación social, pues tendremos que apoyarnos y colaborar con otra gente de otras tendencias y corrientes que nos apoyen en esta tarea. Lo último que hay que hacer es quedarse en la parálisis de la vida interna de los movimientos exclusivamente políticos o específicos.

@BlackSpartak

 

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