Toca mover(nos): CONSTRUIR CONTRAPODER

Desde los albores de la crisis, hasta los días más recientes, los diferentes sectores de la sociedad han venido sufriendo un conjunto de agresiones en forma de políticas neoliberales, que han hostigado a las clases populares y que además han torpedeado las distintas posibilidades de la articulación de un movimiento fuerte capaz de enfrentarse a estas.

Tras estos años de combatividad, por suerte o por desgracia, el trabajo político de los sectores golpeados, ha sido siempre de tipo “trinchera”, con este término me refiero a que debido a la coyuntura que hemos y estamos atravesando, solo nos ha permitido movernos en el plano defensivo, en el que nos teníamos que proteger de sus políticas y de sus agresiones y en el que las victorias se resumían en conseguir una disminución en la intensidad de estas, o en el mejor de los casos, su paralización. Decía por suerte porque haciendo un análisis de lo que han sido estos últimos años, el paraguas que hemos construido entre los movimientos sociales, no solo nos ha servido para protegernos de sus lluvias políticas, sino que por suerte, hemos sido capaces de construir unos canales de confluencia, de comunicación, que más temprano que tarde, nos pueden y deben servir para darle la vuelta a la tortilla. Cuando hablo de “dar la vuelta a la tortilla” hablo de cambiar el eje de defensa hacia un modelo propositivo, de creación de alternativas y, por qué no, de formación de espacios o instituciones por y para los movimientos sociales.

Es crucial para este hecho, avanzar hacia un posicionamiento político alejado de identitarismos, y apostar por el potenciamiento del activismo en su conjunto, con el fin de configurar un movimiento amplio tanto en el sentido  de “masas”, como (y casi más importante) en el de altura de miras, capaz de ejercer desde una postura revolucionaria, el dictado de alternativas, que posibiliten una transversalidad (entendida como alianzas fuertes entre sectores de la población)  en pos de unos avances en el discurso que nos permitan pugnar por victorias reales y formar así un contrapoder con propósitos de construir hegemonía (no de un imaginario libertario) enfocada en el fortalecimiento de las estructuras sociales de movilización popular.

En este punto nos encontramos un conjunto de personas militantes de distintas organizaciones libertarias, antiautoritarias o como nos queramos etiquetar, y no solo creo que sea una situación única de las organizaciones, sino que afecta a un conjunto de ideas que se veían reflejadas en un imaginario anarquista y que ahora se encuentran en una situación que las obligan a posicionarse ante dos escenarios distintos.

Por un lado, y como muchas ya hemos vivido durante algunos años, las distintas dinámicas que se dan en las variadas organizaciones que se aproximan a este ideario, lejos de intentar proyectar una manera de entender la política, la solidaridad o el apoyo mutuo, nos hemos y se han salvaguardado estas riquezas políticas para el conjunto de la organización, para autoreafirmarse y saber que nosotras, en nuestro purismo y sabiduría total, sabremos cómo destruirlo todo y comenzar, sin saber o sin reconocer que en la coyuntura social actual (no movilizada), votar a Podemos es un acto revolucionario y sin pensar siquiera que nuestra confluencia con el mundo exterior y nuestra inserción social tiene más de constructivo y de poder popular con un posible mayor reflejo social que cualquier postura marginal que nos pudiera mantener calentitas a la luz de nuestro grupo de afinidad.

Por otro lado, y definiendo el segundo escenario, las organizaciones tienen la oportunidad de realizar un giro de 180º, mirarse hacia afuera en vez de hacia dentro, para ver así, como una apuesta o un salto, la capacidad de transformación que puede poseer la confluencia, la transversal, y el bajar al barro, para mancharse y sacar trabajo. En este escenario, debemos situarnos en pos de potenciar los movimientos sociales, el tejido vecinal, y demás estructuras sociales con las cuales sepamos que un existo de estos, es un éxito para el empoderamiento de la clase popular y la configuración de un pueblo fuerte capaz de disputar y de ejercer de verdadero contrapeso. Está claro que es la opción dura, la de darse contra muros, la de no estar de acuerdo con las demás personas, la opción de disputa, la de las contradicciones, pero si nos agarramos a un razonamiento sencillo y lógico como es el de ensayo y error, llevamos muchos años a la deriva, errando en algunas cosas, en otras no, pero sin ser capaces de ganar, de formar algo fuerte, estable y alternativo. Por qué no apostar por algo “arriesgado” y probar.

Ahora, ¿qué nos jugamos con esto? Si en algo podemos estar todas de acuerdo, es que el tranquilo escenario de lo que es el régimen del 78, a partir de las movilizaciones del 15M, se ha visto alterado, apareciendo grietas en sus cimientos. Este hecho llevó a las casas y a las calles el debate de la legitimidad de los políticos, del sistema actual de “democracia”, el debate sobre el modelo capitalista… todo esto permitió formar un tejido movilizador y social potente, que a mi parecer, debido a la falta de éxitos (ingrediente máxime para nuestra propia motivación) se ha ido diluyendo por agotamiento. Esta situación como sabemos, ha sido capitalizada por las nuevas formaciones, partidos, que han sabido (y aunque nos pese decirlo, de forma brillante) devolver ese debate a las casas y esa ilusión de la gente por la política. Por eso digo que nos la jugamos,  porque a mi parecer, el escenario de disputa que se formó con la aparición de Podemos, no vino acompañan o no hubo una respuesta de los movimientos sociales en cuanto a formación de una estructura capaz de formar un contrapoder que permitiera tener en tensión a estas nuevas formaciones. Por ello, lo que creo que nos jugamos en la elección de ese segundo escenario que relataba antes, es la capacidad de intervención social, la capacidad de marcar la agenda política, la capacidad de reapropiarnos de términos como “lo colectivo”, “poder popular”, “democracia”, “socialismo”, “libertario”, términos que están en los escenarios de debate y que no estamos sabiendo ganar. En definitiva, creo que nos jugamos el participar o no en esas gritas de ese régimen del 78.

Creo que tenemos una oportunidad extraordinaria para formar un espacio movilizador, capaz de configurar una contrahegemonía propia, y que debido a las situaciones de debilidad que se están dando en la escena más institucional, como pude ver en el encuentro Desborda Madrid, sería capaz de actuar como contrapoder y desequilibrar la balanza de esos sectores hacia el poder popular.

Hemos cogido la salida hacia delante

Cualquier parecido con el año pasado es casualidad o inercias. Se nos va otro año con muchas historias que contar, muchas experiencias, muchas cosas aprendidas y batallitas de todo tipo. Hace exactamente un año, escribí una metáfora de la rotonda el cual era a la vez un breve repaso a brocha gorda y reflexiones sobre cómo afrontar este 2016. Un año pasa rápido cuando echamos la vista atrás, y es momento también de hacer una valoración general de lo que hemos hecho y las expectativas que tuvimos. Comenzamos el año con una España sin gobierno, recordamos el atentado del ISIS en Bruselas y la militarización de la ciudad, la oleada de huelgas en Francia contra la reforma laboral este primavera-verano, las ZAD, la matanza de Orlando en un bar gay y en Xalapa, la temporada veraniega del trabajo precario, los incendios, el machismo en las Olimpiadas de este año, el referéndum por la paz en Colombia, el acoso policial al pueblo de Altsasu, la victoria de Donald Trump, los asesinatos de un embajador ruso y un miebro de la OTAN por investigar las fuentes de financiación del ISIS… y más acontecimientos de un mundo revuelto.

A pesar de que este año en España la política haya tenido su epicentro en las instituciones, en las calles no dejaron de haber movilizaciones. A pesar de todo, todavía queda pendiente reactivar un nuevo ciclo de luchas ya que el ciclo electoral ha tocado a su fin. Se puso sobre la mesa muchos puntos de vista acerca del sindicalismo revolucionario y la proyección que pueda tener sobre la actual coyuntura laboral, la Gestión Comunitaria como propuesta de modelo educativo es un gran avance de cara a plantear una ofensiva en el ámbito educativo en este país. No obstante, la amnistía social como salida en adelante para trabajar en el ámbito antirrepresivo no ha salido como se esperaba, ni la idea de la soberanía popular. Queda pues por consolidarse todas estas ideas y propuestas dentro de una línea estratégica enfocada al poder popular.

Vamos dejando atrás ya el seguir siendo la pescadilla que se muerde la cola o Homer Simpson incapaz de salir de la rotonda. Los tiempos han cambiado, la crisis para la clase trabajadora continuará en los próximos años y asistimos a la intensificación de conflictos armados. Sobre todo, hay que tener muy en cuenta la modernización de la ultraderecha, que utilizando un discurso obrerista y populista mezclado con el nacionalismo, están creciendo políticamente en casi todo el mundo occidental. Ante este contexto, las izquierdas que se declaren revolucionarias y más en concreto el anarquismo, tiene que saber leer los momentos y hacer política en el día a día de modo que devuelva la ilusión a la clase trabajadora, demostrando que la alternativa no la dará la derecha y que dicha alternativa pasa por la construcción del poder popular en aras de recuperar nuestra soberanía sobre todas las esferas de la vida: política, economía, sociedad y territorio. Una administración democrática, el control de la economía en manos de la clase trabajadora y los sindicatos, una sociedad basada en el apoyo mutuo, la libertad y la solidaridad, y un territorio soberano. Seguramente todo ello no llegará el año que viene, pero es un norte al que aspiramos como bases para un proyecto político revolucionario.

Para el año que viene, el activar un nuevo ciclo de movilizaciones y la consolidación de nuestras líneas políticas y estratégicas serán las claves para salir adelante, construyendo poder popular y un actor político libertario como interlocutor legítimo en la lucha de clases.

¡Feliz 2017 y que nada detenga nuestro avance!

Peligro: Infiltración de la extrema derecha en el movimiento animalista

Cuando hablamos de “Animalismo”, por regla general nos referimos a menudo a una corriente de pensamiento, más que a una corriente política. En las últimas décadas el movimiento animalista se ha tenido que dotar de instrumentos políticos orgánicos, supongo que debido a una reflexión bastante lógica, puesto que si el pensamiento animalista concede a los animales la condición de sujeto de derecho y no una mera propiedad del ser humano, estas reclamaciones (pensaron) van a ser más eficaces en forma de movimiento político y no una mera corriente filosófica.

A pesar de todo esto, existen movimientos políticos animalistas que declaran su apoliticismo y tienden a dejar pasar a sus entornos a cualquier persona que, simple y llanamente, defienda los derechos de los animales. Esto ha dado paso a núcleos de extrema derecha, es más, aunque por ahora de ínfima repercusión, se sabe que incluso existen organizaciones de extrema derecha de perfil animalista, los tenemos en ejemplos como el grupo PECTA (Patriotas Españoles Contra la Tortura Animal) y sus panfletos con simbología nacional-socialista, o bien DANR (Defensa Animal Nacional Revolucionaria) que, aunque no nacional-socialistas, ellos mismos se autodenominan “Cristianos Tradicionalistas” y además sus vínculos con organizaciones como Nueva Derecha o Resistencia Cristiana están más que probados. Estos son solo dos ejemplos en el Estado Español, hay más (tal y como denuncia la Asamblea Antiespecista de Madrid), y en el mosaico europeo alcanza grados preocupantes.

Ejemplo muy llamativo de esto es la expulsión del grupo (de izquierda libertaria) animalista francés Panthères Enragées del International Animal Rights Gathering 2013, celebrado en Bélgica, por promover el boicot de la proyección cinematográfica “ALF: La Película”. Debe mencionarse aquí que dicha película cuenta con el inestimable apoyo de la fundación de Briggite Bardotte, que para quien no lo sepa, ha sido condenada por diversos delitos de odio racial y homofobia, además de ser una públicamente auto reconocida partidaria de Marie Lepen.

Ejemplos idénticos se dan en Italia y en el Reino Unido, en éste último lugar, donde por cierto el conservadurismo y la extrema derecha va tomando gran auge a raíz de la crisis de los refugiados, los elementos ultras en expansión buscan todo tipo de huecos en donde hacerse una plataforma. Este análisis conllevaría un artículo propio, por la enorme cantidad de latitudes en la que se ve contagiada la sociedad británica, acabaremos en esta ocasión por mencionar simplemente que, como es lógico, el movimiento animalista no ha sido ninguna excepción.

Aunque ciertamente, como hemos visto al menos en lo que al Estado Español respecta, son grupos de ínfima implantación, estuvieron presentes entre las multitudes en el caso del perro Excalibur en el 2014 y esto nos ofrece el claro indicio de la infiltración entre movimientos (a menudo considerados populares) animalistas y como mínimo en sus protestas sociales. Salten las alarmas.

Mencionados estos pocos datos, y haciendo un punto y aparte de siglas sino más bien centrándose, a modo de orientación, en un sentido más genérico acerca de la participación de determinados elementos ideológicos dentro del movimiento animalista, me parece que debemos hacer un parón y elaborar una profunda reflexión, en lo político y en lo ético, sobre esta realidad y sus peligros.

Desde el punto de vista político ¿qué desea esta gente?

El capitalismo salvaje es el mayor enemigo de los animales, aquel sistema que cría en cautividad incontables especies, las ceba o incluso adultera, sometiéndolas a la tortura de las conexiones permanentes de sus máquinas, producciones en cadena y finalmente ejecución… aprovechar hasta sus pezuñas para realizar gominolas infantiles. Aquel capitalismo salvaje cuya calidad de compra-venta exige matar a golpes a un pobre animal para obtener una piel adecuada, que experimenta con crueles métodos sobre indefensas criaturas ¡No para salvar vidas humanas! Sino para el diseño de maquillaje, cremas y productos para el cabello al servicio de la pérfida belleza burguesa

¿Cómo puede ser la derecha, y aún mas la ultraderecha, defensora de los animales cuando su existencia y su supervivencia la exige mantener y defender el mismo sistema socio-económico que, precisamente, niega la condición de sujeto de derecho para los animales por ir frontalmente en contra de los intereses de su economía?

No pueden existir derechos plenos para los animales dentro del capitalismo, ni tan si quiera nosotros los seres humanos tenemos esos derechos cuando el azar nos sitúa nativos de África o de Oriente Próximo, de hecho en muchos sentidos ni tan si quiera en Occidente ¿acaso podemos concebir un capitalismo respetuoso con los animales, cuando ni con su propia especie lo es?

Seguramente sea mucho mayor el insulto y el “pecado” de la ultraderecha “animalista”, a propósito de su intento de lavado de cara y su infiltración en sectores masivos despolitizados con intención de captación y propaganda. De forma muy parecida a cuando compran cerebros en Grecia, por apenas unas pocas bolsas de comida entre las familias más desgraciadas, a cambio de escuchar horas de discursos racistas y xenófobos y, por supuesto, un sufragio a su favor.

Habrá movimientos que pudiesen discutir esto, reafirmándose “anticapitalistas” a la vez que desvelándonos su situación tercerposicionista. Esta posición que llama, desde el ultra-nacionalismo y el populismo, a los valores tradicionales. Sin embargo me temo que la experiencia histórica ya nos habla con cierta profundidad sobre el Tercerposicionismo en Europa.

En cuanto al factor ético ¿en donde debemos tener los límites?

Personas que, dicen ser tradicionalistas cristianas, niegan el derecho de la mujer sobre su propio cuerpo ¿vamos a defender junto a ellos la integridad de un animal? Aquellos que niegan los derechos de los homosexuales, propagan el odio racial ¿compartiremos espacios comunes creyendo hacer un bien?

Esto es lo que esos movimientos “apolíticos” animalistas deben de reflexionar con mucha atención. Una cosa es no dividir a la sociedad consciente de la problemática del maltrato animal a causa de factores secundarios, y otra muy diferente es pensar que la ultraderecha y todas sus consecuencias son uno de esos factores secundarios. El Fascismo, bajo cualquier nomenclatura, tiene un alcance mayor que este aspecto de las innumerables problemáticas que vive nuestra sociedad. Otorgarles capacidad de protagonismo en una, es arriesgarse a alcanzar cotas de mayores plataformas en realidades ajenas a la inmediatamente animalista que nos llama, en esta ocasión. Será en ese momento cuando lo lamentemos.

Otra reflexión merece darse en los núcleos militantes, en los que urge mayor proyección en el asunto animal y una militancia más arrojada, formada y consciente en estos aspectos, priorizando más la protección de estas criaturas partiendo del entendimiento que, como seres sintientes, son también dramáticas víctimas del capital, probablemente a menudo más de lo que nosotros lo somos. Como seres pensantes y racionales, la naturaleza nos ha otorgado la responsabilidad y la obligación de defenderlos, porque lógicamente ellos no poseen nuestros medios. Sin embargo, sin olvidar nunca el análisis político de su situación y la pedagogía social necesaria que indique a la sociedad que este tumor, lejos de estar centrado en “malas personas”, está centrado en un sistema inhumano, sanguinario y explotador que, desde luego, ni la derecha ni la ultraderecha (si acaso hubiese diferencia radical) puede combatir debido a su naturaleza endémicamente capitalista.
Son muchas compañeras y compañeros los que están involucrados en movimientos animalistas, para esas individualidades también deseo arrojar una reflexión añadida: con el fascismo no se comparte espacio, al fascismo se le detecta y se le combate.

Todo el mundo puede decir cosas bien parecidas, que muchos compañeros han dicho alguna vez, recordemos aquel “El mundo del futuro será vegetariano” de Adolf Hitler, pero los compañeros y compañeras que ven una alternativa en un futuro vegetariano no comparten la ideología y mucho menos la estrategia del genocida alemán. En los hechos y en la naturaleza pragmática y programática radica una lectura real de lo que esconden frases grandilocuentes o propósitos aparentes. No hay que olvidarlo.

La ideología sí importa.

Apuntes para movilizar y no morirse en asambleas

Recuerdo bien mi primera asamblea. Los nervios, las caras nuevas, la forma de vestir de unas y de otras, las distintas formas de hablar… también mi primera intervención en la misma.

Le hice un gesto al moderador, esperé mi turno y entonces ahí estaban, veintitantas caras mirándome y yo haciéndome cada vez más pequeño y solo pudiendo pensar en lo mucho que me arrepentía de haber levantado la mano para hablar… “Una estrella puede significar cualquier cosa”. Se debatía sobre el logo que debía tener esa asamblea de estudiantes que incluía a todas las alumnas que en aquel ciclo de movilizaciones del 2012-2013 estaban estudiando el aquel campus. Era una acalorada discusión acerca del significado y conveniencia de poner o no una estrella en el mismo, pero eso no es lo que me lleva a escribir estas líneas.

La cuestión es que en esa asamblea, así como en otras en las que participé desde aquella, me encontré en una situación en la que aparentemente nadie era capaz de aportar la solución al problema. Estoy hablando de cuando se tiene gente con ganas de hacer algo (recursos humanos) y reivindicaciones consideradas casi como “históricas” y de las que todo el mundo ha oído hablar aunque no estuvieras metido nunca en nada (objetivos), pero que a la hora de decidir qué hacer, no se sabe dar una respuesta clara.

En una ocasión escuché de hacer una recogida de firmas, pero los que llevaban unas asambleas a las espaldas contestaron que eso ya se había intentado pero no había tenido éxito. También escuché hacer propuestas de organizar charlas, un maratón de fotos, vídeos de Harlem Shake… en fin, que se daba un popurrí de ideas hasta llegar al desánimo viendo en medio de la asamblea, flotando, la eterna pregunta: ¿Cómo hacer que el resto del estudiantado se mueva por esta causa?

Creo que tras pasar por varias de estas situaciones y compartir espacios con gente más curtida en esto del activismo, tengo una idea de cómo poder reconducir estas situaciones para poder sortear este bache.

Cuando se tengan los recursos humanos y un objetivo claro, el cual se debe elegir por su mayor “facilidad” a la hora de conseguirlo, hay que trazar unos pasos, una hoja de ruta para poder alcanzarlo. También se deber desarrollar un texto con la problemática y la justificación, tanto de la existencia del problema como de la solución que se aporta.

Al conjunto de estos dos elementos, el texto y la hoja de ruta, podemos llamarle “Campaña”. Así pues, el texto es el eje central de la campaña. Es sobre lo que orbitará todo. Una campaña estará compuesta por 3 fases:

  • Visibilización: consiste en informar del objetivo a conseguir y dar a conocer, de forma general, la justificación de la existencia del problema. Se trata de introducir el problema en la opinión pública al presentar una argumentación que haga justa la reivindicación que se pretende conseguir.
  • Sensibilización: se basa en formar a cerca de lo que se visibilizó previamente y añadir a dicha explicación detallada, la justificación de la solución que se propone. Enfocada principalmente hacia la gente que se interesó en la anterior fase, consiste en generar un discurso completo, el cual sea capaz de responder a las preguntas: ¿Cuál es el problema?, ¿Por qué es un problema?, ¿Cuál es la solución? y ¿Por qué es la solución?
  • Movilización: es cuando se actúa de cara a conseguir la susodicha reivindicación mediante la participación en masa, en nuestro caso, del estudiantado. Es importante trabajarse las otras dos fases antes para asegurarse una cierta participación inicial a la hora de empezar a movilizar.

Estas tres fases estarán superpuestas sucesivamente en el tiempo, coincidiendo dos o hasta tres, dependiendo del marco territorial que consideremos.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que tenemos una asamblea con una docena de estudiantes y que una reivindicación histórica en ese sitio es que el servicio de fotocopias tiene un precio elevado. Por todos es sabido que en otros sitios fue siempre más barato y por lo tanto es algo que, a pesar del alto relevo generacional que hay en el movimiento estudiantil, es una problemática más que conocida en dicho lugar.

Así pues tenemos los recursos humanos (la docena de estudiantes) y el objetivo (abaratamiento del precio de las fotocopias). Atendiendo a lo anterior, se podría elaborar un texto exponiendo que las fotocopias tienen un precio elevado, que para el estudiantado es un gasto regular y que al carecer, generalmente, de una fuente propia de ingresos esto es un problema de primera magnitud. Que esto es así porque con cada fotocopia estás pagando de más por un servicio que en otros sitios es más barato, dejando así a cada estudiante con menos recursos económicos para vivir.

Además se podría aportar una segunda reivindicación, como podría ser que el servicio de copistería lo llevara la universidad, si es que no es así ya, porque así se podría reducir el precio al no tener por qué buscar un beneficio económico, sino ofrecer un servicio al estudiantado.

De esta forma la primera fase podría consistir en hacer unas pegatinas para transmitir el mensaje de que se está pagando de más por ese servicio y el precio que se propone como justo. Estas se pondrían en el entorno de la fotocopiadora, así como otros lugares de tránsito.

Una segunda fase podría ser la elaboración y difusión de un tríptico donde se detallase, de forma visualmente atractiva, las argumentaciones y reivindicaciones que aparecen en el texto. Esto podría ser acompañado por la elaboración y difusión de carteles, lo cual correspondería a la primera fase, pero que de esta forma se complementarían ambas.

La tercera fase podría comenzar realizando charlas y repartiendo masivamente los trípticos y carteles, lo cual correspondería a las dos primeras fases, pero que proporcionaría un grupo con el que comenzar a hacer acciones de otro tipo, como podrían ser el celebrar asambleas de cara a organizar la movilización o impagos puntuales. Estas últimas acciones tendrían un objetivo más propagandístico de cara a movilizar cada vez más a un mayor número de estudiantes, para finalmente sacar, por ejemplo, una propuesta de impago indefinido o boicot del servicio.

Esto puede ir acompañado de negociaciones con las partes implicadas, realizando asambleas abiertas donde tomar decisiones como si seguir con la movilización o aceptar el trato que se ofrezca.

Esto no es más que un ejemplo, no sé si en algún sitio se podría dar este contexto, pero creo que de esta forma se puede entender lo que quiero transmitir. Espero haber ayudado a más de una estudiante que, como yo, se pasaba las horas de estudio intentando hallar la manera de saber como movilizar al estudiantado.

Izquierda Libertaria, una nueva manera de entender la política

En la búsqueda de nuevas formas de hacer política que nos permitan tejer un músculo popular fuerte, debemos explorar y conocer distintas maneras de intervención social y de discurso. En este sentido, no está de más cruzar el charco y conocer cuál es la coyuntura política que se está viviendo en otros países como, por ejemplo, en Chile. Esto nos pueden aportar claves o estrategias nuevas para poder seguir caminando hacia un pueblo fuerte capaz de configurar un contrapoder y, así, dotarnos de la capacidad de pugnar por victorias. Por este motivo, hemos entrevistado a las compañeras de Izquierda Libertaria. Os traemos las respuestas de Lucho, del equipo de Relaciones Internacionales de esta organizacion, que nos habla de cómo IL quiere ahondar en la brecha del régimen Chileno propiciando las condiciones para «dar la batalla por el socialismo».

R: En primer lugar, y asumiendo el largo proceso que supone la formación de IL, ¿Qué es y de donde viene Izquierda Libertaria? ¿Cuál es su situación actual como organización?

IL: Para entender el contexto en el que nace la Izquierda Libertaria, hay que remontarse a la derrota del proyecto revolucionario en Chile a fines de los 80. No hubo ruptura democrática sino salida pactada a la dictadura y se configuró el «pacto de la transición» entre los partidarios del dictador Pinochet y la Concertación de Partidos por la Democracia, quedando la izquierda (representada fundamentalmente por el PC y otras organizaciones políticas) minorizada, y los restos de las organizaciones político-militares (FPMR, MIR, MJL) aislados. Fue una transición «a la española», siendo Felipe González uno de los principales referentes del PS y de la Concertación en general. El marco que predominó fue dictadura vs democracia, y a la consecución de la segunda (bajo permanente tutela de las FFAA cuyo comandante en jefe seguiría siendo Pinochet) se sacrificó todo.

Durante 20 años el pacto sirvió para ampliar la base de sustentación del modelo socioeconómico implantado en dictadura (que como es bien conocido en España, por ejemplo a través de «La doctrina del shock» de Naomi Klein, fue pionero y muy radical en las medidas neoliberales) y poder gobernar con un menor uso de la fuerza y mayor grado de consenso.

Ese consenso se basaba fundamentalmente en la estabilidad institucional (con los opositores a la dictadura administrando el modelo legado por ella y la exclusión de actores refractarios a ese pacto), el crecimiento económico vía ajustes neoliberales (y el relato del «chorreo»: cuanto más grande fuera el pan, más migas caerían debajo de la mesa para los de abajo) y la promesa del ascenso social individual mediante el esfuerzo.

Y pudo asentarse sin demasiados problemas gracias a la destrucción de tejido social producida por la aplanadora neoliberal, ayudada por legislación ad-hoc, como la Constitución de 1980 (que sigue rigiendo hasta hoy con algunas modificaciones en 2005 que no alteran su sentido) o un Código del Trabajo (también legislado en dictadura) que pone enormes trabas a la huelga y a la constitución de sindicatos por rama.

El consenso comienza a agrietarse cuando el relato de la transición se agota y el bloque dominante no consigue instalar otro que lo sustituya: La amenaza de la dictadura se ve muy lejana (y más para las generaciones más jóvenes, que no la vivieron), y la Concertación, que hasta en el nombre alude a ese momento histórico, pierde su razón de ser. El crecimiento económico profundiza la brecha de la desigualdad al ser sin redistribución, el escaso y extremadamente dificultoso ascenso social individual contrasta con el mantenimiento de una sociedad y un Estado fuertemente oligárquicos, el aumento del consumo es en base a un endeudamiento brutal, la mercantilización de derechos sociales como la educación, la salud o las pensiones genera desprotección e inseguridad…

El clivaje dictadura/democracia ya no funciona y comienza a instalarse otro, el de derechos sociales negados por el modelo versus sus defensores: tanto la derecha heredera de la dictadura como la Concertación, plenamente integrada al modelo.

Es así que las luchas antineoliberales empiezan a adquirir masividad y transversalidad, desde enfrentamientos acotados sectorial y territorialmente y con demandas reivindicativas y gremiales, a luchas que cuestionan pilares del modelo de acumulación capitalista, como la privatización y financiarización de la educación y de las pensiones, que han sido las dos más significativas hasta el momento en ese sentido, la primera alcanzando su cénit en el 2011 (y marcando un antes y un después en la vida del país) y la otra en este mismo año, sacando a millones de personas a la calle a protestar contra las AFP, el sistema de ahorro forzoso y privatizado que entrega jubilaciones de miseria.

La Izquierda Libertaria es una de las expresiones políticas que emerge […] al calor de esas luchas antineoliberales, extrayendo de ahí sus cuadros y forjándose en ellas como proyecto.

La Izquierda Libertaria es una de las expresiones políticas que emerge del agrietamiento de ese consenso, en su caso al calor de esas luchas antineoliberales, extrayendo de ahí sus cuadros y forjándose en ellas como proyecto. Sin ellas no sería lo que es.

Eso explica en buena medida los sectores y territorios en los que tiene más desarrollo, que son aquellos en los que el ciclo de luchas antineoliberal se ha expresado con mayor masividad y contundencia, como el movimiento estudiantil, los sectores estratégicos de la economía (llamamos así a los que mueven el país, en un modelo primario-exportador como el nuestro) o algunas de las zonas más depauperadas por el (sub)desarrollo neoliberal, como el Norte Grande o la provincia de Arauco. Fue creciendo de la mano con estos procesos de lucha y politización.

Tras un trabajo soterrado de muchos años de la Organización Comunista Libertaria (OCL) a través de frentes político-sociales (de los que el más conocido y de mayor recorrido es el FEL), en julio de este año se presentó Izquierda Libertaria como partido público, tras constatar la necesidad de contar con un referente que permitiera afrontar las tareas que definió para el periodo.

La IL tiene presencia desde Arica hasta Chiloé (en casi todo el país), y desarrolla trabajo sindical, estudiantil, territorial, feminista, ecologista, de comunicaciones, muralista, de formación, institucional… pretende ser un proyecto político completo, capaz de aportar desde todos los frentes y con todas las formas de lucha al avance popular.

R: ¿Cuáles son las principales medidas que está impulsando IL dentro de la coyuntura política de Chile? Y, para contagiarnos algo de esperanza a otras latitudes por el camino de IL, ¿Qué objetivos y que aspiraciones tiene IL a corto y medio plazo en la política Chilena?

IL: La OCL en su último Congreso (que desembocó en la creación de la Izquierda Libertaria) definió la necesidad de evitar que la brecha abierta por la crisis del «pacto de la transición» y la irrupción de las luchas antineoliberales se cerrara y que, por el contrario, decantara en una Ruptura Democrática, es decir, en una ampliación de los estrechos márgenes para hacer política impuestos por la Constitución del 80 y el resto de la institucionalidad emanada de la dictadura, consiguiendo así mejores condiciones para dar la batalla por el socialismo (entendido no solo como socialización del poder económico sino también del político).

Para ello, en el marco de su línea política general, delineó una línea para el periodo, denominada «ruptura democrática«, con cuatro elementos:

Acción Directa de Masas. Entendiendo por ella el fortalecimiento de las organizaciones y plataformas populares, con especial énfasis en las que plantean mayor relevancia ya sea por su masividad o por el rol que ocupan en la vida política y económica del país, y su ejercicio de politización, desarrollando diversos niveles y formas de lucha.

Desarrollo de un Movimiento Político y Social Amplio. Planteando la necesidad de solidificar el bloque capaz de llevar a cabo las tareas del periodo, que no sería ni nuestro partido en solitario ni solamente a través de una alianza con otras fuerzas políticas, sino que es preciso que incorpore de manera protagónica a las organizaciones de masas. El carácter de ese MPSA debe ser, por las tareas del periodo, en cuanto a su composición social de carácter antioligárquico y en cuanto a su programa de carácter antineoliberal. Nuestro deber como fuerza socialista y por tanto partidaria de la sociedad sin clases, es tratar de mejorar en el marco de ese incipiente bloque histórico la correlación de fuerzas de los sectores populares.

Desarrollo programático. Como libertari@s consideramos que el rol de un partido no debe ser sustituir al pueblo en esa tarea de elaboración, mucho menos imponer, sino alimentar la reflexión, aportar a que esté bien pertrechado para la batalla de ideas y de proyectos de país. Así, por dar un ejemplo, desde hace años venimos aportando a la construcción de una propuesta de nuevo sistema de pensiones, público, solidario, tripartito y de reparto, que enarbola la Coordinadora No + AFP, que es el legítimo exponente de esa reivindicación.

Esperamos que el propio desarrollo del proceso político vaya haciendo afinar las distintas posiciones dentro del campo popular y que no perdamos la capacidad de pensar estratégicamente y de debatir

Incidencia institucional. Este fue el punto más polémico del Congreso mencionado y que se saldó con la salida de un grupo de compañer@s. La IL sostiene que para agudizar la contradicción entre neoliberalismo y soberanía popular hay que agravar la crisis de la institucionalidad pinochetista y convertirla en crisis de gobernabilidad, y que para eso es preciso disputarles a los operadores políticos de la oligarquía todos los espacios de representación. Por eso estamos promoviendo junto a otras expresiones políticas antineoliberales candidaturas con ese carácter.

Los 4 puntos están íntimamente ligados y no se desarrollan por separado, sino que se despliegan en todas las manifestaciones de su política.

R: Desde la perspectiva de que sólo un pueblo fuerte puede asegurar cambios profundos ante las políticas neoliberales (generalizadas en muchos de los países) ¿En que posición se sitúa esta organización en el espacio social y político?¿Cómo actúa e interviene IL?

IL: Nos vemos como parte de ese bloque histórico en proceso de formación, aportando a él desde nuestra perspectiva política que es socialista y libertaria, y tratando de nutrirlo con esos elementos que comentaba. El poder popular, como desarrollo de la fuerza propia del pueblo, sin duda alguna es clave. También el impulso de fuerza política con expresión en todos los frentes, no solo ni principalmente en la institucionalidad estatal, pero sin renunciar a su disputa.

R: Desde España se ve el proceso de IL en parte con desconfianza y en parte con envidia sana. El debate sobre la intervención en las instituciones del régimen está atascado y la división en torno al mismo lastra a los movimientos ¿Cómo ha superado IL este debate y la conformación de candidaturas?

IL: Sin duda el debate estratégico y táctico siempre genera roces en las fuerzas transformadoras. En nuestro caso también fue así. Como decía, el proceso de conformación de Izquierda Libertaria supuso el alejamiento de parte de nuestro acumulado, precisamente con el abordaje de la institucionalidad como principal punto de fricción.

Esperamos que el propio desarrollo del proceso político vaya haciendo afinar las distintas posiciones dentro del campo popular y que no perdamos la capacidad de pensar estratégicamente y de debatir, cuando sea necesario hacerlo, con altura de miras y con la fraternidad propia de quien comparte compromiso con la causa del pueblo.

En cuanto a la conformación de candidaturas para estas elecciones municipales (que en el momento de responder a esta entrevista estamos afrontando) ha sido bastante diverso en las distintas localidades del país. El denominador común de nuestra parte ha sido tratar de reflejar en las candidaturas el trabajo político y social de soberanía popular desplegado en los territorios, y que las apuestas institucionales nazcan de él. En cuanto al proceso de elaboración de las candidaturas, sin duda uno de los procesos más interesantes ha sido el de Valparaíso, donde el candidato a la alcaldía, Jorge Sharp, ha sido definido en primarias abiertas. Es una buena muestra de expresión electoral del bloque que estamos intencionando.

R: ¿Con qué ojos se ve la situación política España desde el Chile movilizado? Y concretamente, ¿Cómo analiza IL la irrupción de PODEMOS en el panorama político?

IL: Se ve con mucho interés. Como suele suceder con los procesos políticos que suceden a muchos kilómetros de distancia y con identidades nacionales, formaciones sociales, historia e idiosincracias diferentes, cuesta no simplificarlos o tratar de hacer extrapolaciones a la realidad que uno vive y conoce bien. Y en el caso de España, y concretamente de PODEMOS, se ha tendido a hacer ese tipo de lectura por parte de la izquierda social y política de Chile, con mayoro menor acierto, muchas veces quedándose en lo superficial o más llamativo.

Las transnacionales […] con sede en España, son de las principales expoliadoras del pueblo de Chile (y del pueblo-nación mapuche)

Lo que sí se comparte ampliamente es el interés y la esperanza de que lo que se está poniendo en juego decante en un debilitamiento de la dominación capitalista que redunde tanto en un bien para los pueblos del estado español como para el propio Chile. Ya que las transnacionales de las finanzas, de la construcción, de la energía, de las telecomunicaciones… con sede en España, son de las principales expoliadoras del pueblo de Chile (y del pueblo-nación mapuche), por tanto cualquier revés a sus intereses tiene impacto directo acá.

Y bueno, se ve con preocupación el ascenso de la xenofobia y la ola reaccionaria que recorre Europa, se espera que pueda fortalecerse un polo que le haga frente eficazmente.

En cuanto al «fenómeno PODEMOS», no hay una lectura única desde la IL, se valora en cuanto expresión del malestar y de la contestación antineoliberal, y se tiene en cuenta también, al menos en nuestro caso, que lo que desde fuera se ve como un todo (identificando PODEMOS y bloque antineoliberal), en realidad va mucho más allá de PODEMOS como aparato e incluso como partido-movimiento: organizaciones políticas, sindicales, confluencias, el magma político-social del que surge y se nutre y las distintas realidades nacionales en un Estado plurinacional como es el español, y que en algunos casos tienen expresiones políticas con una larga trayectoria de construcción de poder popular y lucha por el socialismo.

R: Y ya para acabar, nos vendrían bien unas palabras que nos llenen de energías para continuar luchando por la justicia social.

IL: Muchas gracias por su interés en Chile y en nuestro trabajo, es importante fortalecer los vínculos entre los movimientos revolucionarios y las organizaciones políticas y sociales que levantamos una alternativa al capitalismo. Frente a su internacional de la muerte y del despojo, nuestra «diplomacia de los pueblos» tejida con amor y ternura.

Un saludo fraterno y, como decimos por acá, arriba l@s que luchan!

¿Y si el sindicalismo que conocemos ya no basta?

Por Ruymán Rodríguez

He visto que en determinados medios contrainformativos y portales libertarios se ha originado un interesante debate sobre la viabilidad y necesidad del “sindicalismo revolucionario”1, y como precisamente llevo mucho tiempo dándole vueltas a este tema me he decidido, humildemente, a participar. Vaya por delante que mis limitados recursos no me permiten consultar Internet a voluntad, por lo que me disculpo si he omitido alguna de las intervenciones que me preceden.

Además de lo dicho, advierto que no está en el espíritu de este artículo decirle a persona u organización alguna cómo debe organizarse. Es una propuesta basada en mi realidad cotidiana, una realidad (en Canarias) con un 30% de paro y aún más (37%) de exclusión social, con decenas de desahucios diarios, con 140.000 viviendas abandonadas, con una enorme pobreza infantil y con la economía en B como el principal modo de supervivencia de muchas de las familias que ponen cara a estas cifras2. Como doy por sentado que está realidad transciende de las islas, este texto no debe interpretarse como un ataque al sindicalismo revolucionario, sino como un llamamiento, allí donde no crece, se estanca o se ve superado por otras ofertas, a ampliar su campo de acción y abrir el abanico de la intervención sindical, económica y social.

1. Oliver y el pasado.

La revolución de 1936 en el Estado español fue la hostia, lo sabemos todos. Sin embargo, no solamente fue el resultado de un trabajo de hormigas desde 1868: fue el resultado de un contexto y fue, sobre todo, algo que ya pasó. Puede parecer redundante si miramos el calendario y vemos que estamos en 2016, pero merece la pena recordarlo.

Creo honestamente que cierto anarcosindicalismo está afectado de nostalgia y que debe buscar la cura3. La historia me fascina, pero sirve para sacar conclusiones no para revivirla. Esa revolución, con esos actores y circunstancias exactas, no volverá, y hemos de asumirlo, porque como decía Émilienne Morin “no se hace la misma revolución dos veces”4. En el mejor de los casos, si surgen las condiciones propicias y tenemos la capacidad de estar a la altura, nos tocará hacer la nuestra. Debemos por tanto esforzarnos en entender esto: la mentalidad del heredero condiciona; la del generador, aunque dé vértigo, libera.

Sin embargo, hay otras lecciones que sacar de esa época. En las primeras intervenciones (de José Luis Carretero y Pepe Gutiérrez-Álvarez) se habla de ese momento en el que el sindicalismo revolucionario tenía tanta fuerza que podía plantearse si “ir al por el todo” o si colaborar con las instituciones republicanas y fuerzas antifascistas. Para mí la lectura no es cómo volver a tener la fuerza que nos permitió estar ahí, sino cómo evitar interpretar el fenómeno revolucionario en esos términos supuestamente dicotómicos.

Cuando se dice comúnmente en nuestra historiografía que en el famoso Pleno de Locales y Comarcales posterior a las jornadas del 19 de julio se dirimía si “dictadura anarquista” o “contemporizar”, si “hegemonía cenetista/faísta” o “colaboración”, no se está diciendo que se discutía si “revolución” o “guerra”; se está afirmando en realidad, aunque no se quiera reconocer, que se estaba debatiendo si aceptar el poder republicano constituido o crear uno nuevo controlado por las organizaciones que vertieron más sangre en parar los pies a los militares: la CNT y la FAI. Aún en la distancia seguimos siendo bastante miopes al abordar el asunto y no admitimos un hecho consumado: en cuanto más se introducía la cuestión en el terreno del poder más se alejaba del espacio libertario.

Los que proponían colaborar (casi todos salvo Oliver y la Comarcal del Bajo Llobregat) hablaban de la situación internacional, de la poca fuerza del anarcosindicalismo en el resto del Estado y además de no romper la unidad antifascista, de ser “generosos” con los minoritarios. Soterradamente, hablaban también del miedo a una dictadura encarnada por García Oliver. Este último, con todas sus virtudes organizativas y defectos personales, planteaba hacer oficial la superioridad de la CNT/FAI en la calle e “ir a por el todo”. No se sabe si tenía realmente esa aspiración dictatorial o no; si estaba convencido de lo que proponía o si su intención era precisamente atemorizar a sus compañeros y forzarles a votar por la colaboración que a la postre lo haría ministro; si proponía un modelo similar a lo que después sería el Consejo de Defensa de Aragón; o si con su propuesta “radical” pretendía la absolución histórica de la que no dejaría de presumir en El Eco de los Pasos (1978) al ser el único que propuso la “vía revolucionaria”. Desconozco la respuesta. Lo que sé es que el debate se distorsionó y creyendo que se debatía de revolución se estaba haciendo, en puridad, sobre poder.

Esta idea, que siempre me planteé, me alegró verla también ratificada en un artículo escrito por Abel Paz5. En él se nos aclara que el debate se dio efectivamente en términos de poder, y que en su opinión (para mí muy lúcida) el debate de fondo era más complejo y ya se había dado tiempo antes entre quienes defendían el sindicato como germen de la sociedad revolucionaria futura y como estructura gestora de dicho proceso (Isaac Puente y su tesis prevalente en el Congreso de Zaragoza de 1936) o si el sindicato debía disolverse ante el acontecimiento revolucionario y sus militantes dedicarse a organizar las asambleas de barrio, municipio y empresas que gestionarían la sociedad tanto económica como políticamente (Federico Urales). Oficialmente ganó la tesis de Puente. En el Pleno, la de los colaboradores. Pero los militantes, la gente del pueblo, los vecinos y vecinas de Barcelona, tomaron mientras pudieron su propia decisión en las calles y optaron por ocupar las fábricas y socializar los medios de producción sin autorización oficial alguna. En un primer momento organizando asambleas barriales espontáneas que superaban los cálculos de los propios sindicatos, y cuando se encauzó la euforia inicial, usando a estos mismos sindicatos como elementos de vertebración en los que precisamente se ponía en práctica lo aprendido en ellos durante décadas.

Lo que me parece interesante de este proceso histórico, en relación al debate sobre sindicalismo revolucionario, es el análisis sobre la importancia que le damos a las estructuras fijas, con andamiaje y nomenclatura definidas en letras de molde, y lo poco que nos interesa flexibilizar, adaptarnos al momento, escuchar las exigencias populares, reciclar lo que no funciona como debería y crear herramientas nuevas. Según Paz, se prefirió salvaguardar la organización sindical y específica a cualquier precio, defender ante todo la pervivencia de las siglas, y no se quiso seguir la propuesta de Urales: hacer que la revolución no fuera ni política ni sindical, sino social. Esta cuestión me permite por fin entrar en lo importante.

2. La crisis de la conciencia de clase.

En muchos de los textos que han intervenido en este debate se ha mencionado, con mayor o menor prolijidad, las modificaciones que ha sufrido la clase obrera y la conciencia que esta tiene sobre sí misma. Se ha hecho este esfuerzo, pero sin calcular completamente sus consecuencias y lo que esto implica (en relación, principalmente, a nuestras propias herramientas). Quizás molesten esas voces cargadas de realismo que nos muestran lo desalentadora que es la situación obrera no sólo a niveles laborales sino de autorrepresentación. Hacer de “pájaro de mal agüero” y decir cosas como las dichas por Alberola en su última intervención quizás no guste y genere aversión, pero es necesario. Es el momento de beberse el cáliz hasta las heces, asumir lo que nos rodea y ver si después de aceptada la realidad tenemos la capacidad de enfrentarla y cambiarla.

La clase obrera no se encuentra en un proceso de reconversión, sino de desintegración. Seguirán siempre habiendo trabajadores y productores, pero ya no con una concepción de estar oprimidos por las clases propietarias ni de ser los legítimos detentadores de los medios de producción. El capitalismo ha aprendido más sobre dominio en los últimos años de lo que hemos aprendido nosotros sobre revolución.

Antes la clase obrera era domada con la ignorancia y no era raro que la alfabetización o al menos la satisfacción de las primeras inquietudes culturales se produjeran en ateneos y sociedades obreras. Hoy la clase obrera es domada de una forma distinta: con sobreinformación manipulada, con un constante bombardeo comercial y mediático del que no escapa nadie, con la escolarización nacional forzosa a edades cada vez más tempranas. La hegemonía educacional capitalista no se siente amenazada y ha llegado hasta la última chabola.

Psicológicamente se pretende que el obrero se sienta más como un consumidor que como un productor, y hasta el asalariado más precario se siente clase media mientras no paren las nóminas. E incluso cuando paran, no hay más intención que reengancharse a la que se presenta como única alternativa posible: la explotación acrítica de su fuerza de trabajo. Lo que ha conseguido la democracia representativa en política es lo que ha conseguido el capitalismo a nivel económico y social: la identificación del oprimido con el sistema que lo oprime. Culturalmente la conciencia de clase ha sido no sólo fragmentada o desfigurada, sino que está directamente en proceso de descomposición.

Y sería un error pensar que esto sólo ha pasado a nivel social y cultural. El propio mundo del trabajo ha cambiado. Si la fábrica y la producción en cadena acabó con gran parte del orgullo artesano y con la conciencia del trabajador de ser artífice de su propio elaboración, no consiguió sin embargo romper el tejido asociativo. Los gremios cambiaron de formato pero la necesidad de unión siguió existiendo. Actualmente el alto nivel de desempleo (ser trabajador ya no es una identidad, es una etapa que con suerte se repite varias veces al año), la precariedad, la proliferación de las ETT’s, las subcontratas, han logrado que gran parte de la población no sienta ninguna identificación con la persona que suda y trabaja a su lado. En las empresas estables donde esto es distinto, ya los sindicatos amarillos han fagocitado a las plantillas. Se les puede y debe plantar cara, pero es harto complicado romper esta dinámica allá donde los sindicatos estatales han reducido la intervención sindical a la actividad de una gestora o de una organización meramente asistencial. Creemos por lo general que es por eso, por las deficiencias de estas organizaciones, por su corrupción y desprestigio social, por lo que hay un campo perfectamente abonado para el sindicalismo revolucionario; la realidad es que estas organizaciones ofertan lo que demandan quienes han conseguido cierta estabilidad laboral y económica: conservar dicha estabilidad; evitar cualquier alteración. No se mantienen porque la gente sea tonta o por extraños manejos de una conspiración internacional; lo hacen porque dan lo que piden muchos de esos obreros que han olvidado que lo son, que han sido fabricados a conciencia por el Sistema: conservar su pequeña ración de pienso, lo cual es triste pero muy natural y muy humano.

La situación polarizada entre oprimidos y opresores se mantiene inalterable desde las cavernas. Lo que ha ido cambiando es la percepción que los oprimidos tienen de esta situación y los métodos que los opresores tienen de perpetuarla. A nosotros los revolucionarios, partiendo de que estamos del lado de los oprimidos o que somos oprimidos mismos, nos toca cambiar los métodos de subvertir esta situación si los utilizados hasta ahora no funcionan.

Los métodos del sindicalismo revolucionario al uso pueden estar funcionando en muchos sitios, y en ese caso lo mejor es no tocar nada y seguir esa línea. Pero mentiríamos si creyéramos que esta situación es general. En muchas ocasiones este sindicalismo revolucionario lo es sólo en ideología, deseo y aspiración, pero no en práctica y resultados. En estos casos en los que la metodología clásica ha fracasado, es necesario implementar lo que se hace, modificarlo si fuera menester, o resignarse y hundirse aferrados al lastre de la tradición.

Con una situación laboral, económica y social totalmente degradada, con una clase obrera atomizada y desmantelada, con un paro acuciante y una crisis de subsistencia permanente en determinados barrios y ambientes, no toca a todos replantearnos nuestro trabajo. Tanto a las organizaciones específicas como a las centrales anarcosindicalistas que aspiran a desarrollar un sindicalismo revolucionario. Tenemos que plantearnos si el sindicalismo que ofertamos está llegando a los actores sociales que deben ser los protagonistas del cambio. Si no llegamos, plantearnos si debemos cambiar la oferta. Y si aún así no llegamos, plantearnos si estamos transmitiendo nuestro discurso al público adecuado.

En barrios con un paro del 70%, ¿llega un discurso exclusivamente obrerista? Allí donde gran parte de la población sobrevive a través de trabajos ilegales o alegales, percibiendo ingresos en B, ¿llega un sindicalismo que no la incluye en sus cálculos ni estrategias? Por otro lado, la aspiración de controlar los medios de producción, ¿debe ser incompatible con trabajar por controlar los bienes de consumo? ¿Por qué esta aspiración de tomar los medios de producción deja en manos de otro tipo de sindicalismo la ocupación de tierras? ¿Qué pasa con bienes como la vivienda y el alimento? ¿Estamos convencidos de que no es ese el terreno del sindicalismo? Creo que hay que dar obligada respuesta a estas cuestiones.

3. El sindicalismo social.

Antes de abordar este asunto, que puede ser malinterpretado, me gustaría aclarar algunas cosas. En primer lugar he leído que en algunas de las intervenciones del resto de compañeros se habla del sindicalismo social, considerándolo limitado y alejado de ofrecer una solución, como sinónimo de un sindicalismo imbricado con los movimientos sociales. Vaya por delante que no es esa mi concepción del sindicalismo social.

Por otra parte, el término puede levantar una lógica y natural animadversión si entendemos que hace referencia a lo que han sido algunos sindicatos durante años: grupos de lectura, cenáculos cerrados para debatir de ideología, clubes de amigos, peñas de convencidos. Este “sindicalismo”, ajeno totalmente a la realidad circundante, al barrio, a la calle, es precisamente lo contrario a lo que yo defiendo. Un sindicalismo que solo tiene nombre, siglas y banderas pero que vive de espaldas al sufrimiento de los obreros y de los que ha sido excluidos de esta denominación porque ni siquiera tienen acceso a un trabajo regular, no me interesa.

Señalo además que cuando hablo de sindicalismo revolucionario, no le estoy diciendo a ningún sindicato concreto lo que debe hacer. Es una iniciativa que creo debe y puede darse desde el sindicalismo y con ese formato, pero no sé si usando las estructuras existentes (que me parece lo más lógico) o creando otras nuevas. No es tampoco una férula teórica lanzada contra la actividad de los otros, pues en la propia FAGC ha surgido el debate sobre si debemos o no reconvertirnos en un Sindicato de Inquilinos.

Aclaro también que mi propuesta no es incompatible con el sindicalismo revolucionario plasmado en algunas de las intervenciones de este debate. Lo defendido por ejemplo por Lluís Rodríguez Algans creo que no es excluyente de lo expresado en este humilde texto. Entiéndase más como una ampliación de la práctica que como una refutación. No pretendo por tanto, pues sería ridículo y un oxímoron, que el sindicalismo no intervenga en el mundo laboral, que no trate de arrinconar a los sindicatos amarillos, que abandone las empresas, que no sea una herramienta inminentemente laboral; lo que digo es que con eso no basta. Pretendo que se entienda el carácter diferenciado del sindicalismo que se formula como revolucionario; que se comprenda que este ha crecido cuando ha interpretado que su dimensión era mucho más integral que la de un sindicalismo netamente empresarial y que se ha enraizado en los barrios y entre las clases populares cuando ha creado tejido social y redes solidarias; que se asuma que el crecimiento de determinados colectivos se debe a que existe una demanda en este campo que antes suplía el sindicalismo revolucionario, y que si este no ha manifestado ese considerable crecimiento es porque ya no ofrece nada en ese aspecto.

La primera objeción a este planteamiento se suele emitir con una sonrisa socarrona de superioridad mientras se afirma con rotunda seguridad que el terreno del sindicalismo ha sido, es y será siempre, sin salvedades, el terreno del trabajo. Tanta nostalgia del 36 y se desconocen los pormenores de cómo se fueron colocando los cimientos de esa revolución. Ante la estrechez y la cerrazón uso la historia para lo único que sirve: sacar lecciones y de paso plantársela en la cara a los que la sacralizan. En los textos libertarios se repiten mucho los logros de las grandes huelgas revolucionarias, pero parece ignorarse cómo se pudo crear el apoyo social que las sostenía.

En una época en la que la educación se limitaba entre la clase trabajadora a los primeros lustros de vida y en la que dicha educación estaba controlada por la Iglesia, los anarcosindicatos de la CNT ofrecían, con sus escuelas libres, clases nocturnas, bibliotecas y ateneos, otra forma muy distinta de acceder al conocimiento. La gente sin recursos enviaba a sus hijos a los sindicatos a formarse. El ocio y la cultura también se vehiculaban a través del sindicato. Las representaciones teatrales, el senderismo, las comidas comunes, etc., iban dirigidas a ofrecer esparcimiento y crear vínculos entre la militancia joven.

Hoy, aunque se hacen algunas cosas notables en estos campos, sería irreal no reconocer que el Estado se ha adueñado de la educación tal y como el capitalismo lo ha hecho del ocio. Sin embargo, la gente no sólo se acercaba al sindicato para estas cuestiones extralaborales concretas, lo hacía también para un tema tan apremiante como el de la vivienda. Los primeros Sindicatos de Inquilinos en el Estado español fueron promocionados, a veces en solitario y otras junto a la UGT, por la CNT e incluso hasta por la FAI. En los años 30, de Barcelona a Tenerife, hubieron sindicatos de vivienda, huelgas de alquileres, piquetes antidesahucio, realojos, ocupaciones, boicots (hoy los llamaríamos “escraches”) y reclamaciones que iban desde la bajada de los alquileres hasta la completa eliminación de los mismos6. La lucha por la vivienda no es un invento de la PAH ni del Movimiento Okupa, tanto en el Estado español, como en el argentino o el chileno, está íntimamente ligada desde su nacimiento con el anarcosindicalismo y las organizaciones obreras.

De la misma manera, era la CNT la que en plena II República promocionaba lo que Felipe Aláiz llamaba “la expropiación invisible”, que definía José Peirats como “invasión de fincas de mano muerta a pesar del espantajo de la Guardia Civil”7 y también la que impulsaba “revueltas del hambre” como la de la ciudad de Inca (Mallorca) de 1918-1919. La ocupación de tierras incultivas y la toma de suministros básicos de forma directa no es tampoco un invento del SAT, era algo común entre la filiación y militancia del anarcosindicalismo de la primera mitad del siglo.

Visto esto, ¿seguimos pensando que el sindicalismo revolucionario nunca actuó fuera de los margenes estrictamente laborales? Lo dicho nos demuestra que el crecimiento y la implantación de un sindicato como la CNT no sólo se debía a su potencia laboral, sino también a su amplitud de miras en lo social. Porque a su capacidad de presentar conflictos laborales y ganarlos, se sumaba su disposición a articular luchas relacionadas con otras necesidades obreras que no se encontraban necesariamente en la fábrica o el taller. Implicarse en luchas como la de la vivienda no es algo novedoso o que se me esté ocurriendo a mí ahora; es parte de la esencia misma del sindicalismo revolucionario desde sus orígenes. Realmente no importaría mucho que no fuera así, pero es importante destacarlo para informar a los que creen que el sindicalismo revolucionario nunca tocó más palos que los del trabajo convencional.

Por otra parte, el sindicalismo revolucionario hoy debe aceptar implicarse en luchas y reivindicaciones que vinculadas con lo laboral tienen un aspecto mucho más amplio en terrenos como el social y el cultural, como por ejemplo el feminismo. ¿Puede rehuir el sindicalismo revolucionario tomar partido en este campo simplemente porque la lucha contra el patriarcado no se dirime exclusivamente en el terreno laboral? Siguiendo con otro ejemplo, ¿puede hoy cualquier sindicato, amarillo o revolucionario, abstenerse de organizar sus propios sindicatos de estudiantes a pesar de que estos, por ahora, no sean estrictamente trabajadores? Si el sindicalismo no tiene más campo que el empresarial, ¿qué hace llamando a los estudiantes a unirse a sus filas antes de que se hayan convertido en asalariados? La CNT también promovió en el pasado la creación de cooperativas de trabajadores que, vinculadas fuertemente con el mundo del trabajo, no tenían como intención plantear y ganar conflictos, sino crear estructuraras solidarias fuertes y mejorar la vida de los trabajadores. Hoy se entiende esta idea cuando se propone desde dentro de los propios sindicatos la creación de cooperativas de consumo, ¿por qué no se ha podido hacer lo mismo con los Sindicatos de Inquilinos?

Plataformas como la PAH o sindicatos relacionados con partidos políticos como el SAT han adelantado al anarcosindicalismo por la izquierda, y lo han hecho en un terreno que era el suyo y usando sus mismas armas. Entiendo que no se quiera tocar un tema como el de la vivienda allí donde funcionan bien las plataformas locales. Pero donde no es así o no se tocan determinados temas como el del alquiler, ¿dónde está el problema? Si hay un prurito por no rivalizar con lo existente, la propia CNT nunca se hubiera fundado, pues en 1910 podía estar “invadiendo” el terreno de la UGT fundada en 1888. Lo importante en la lucha es la estrategia que se lleva a cabo y las repercusiones que esta tiene en la vida de la gente; no es una cuestión de primogenituras.

Lo que necesitamos, por tanto, es que el sindicalismo revolucionario entienda que su naturaleza es bastante más amplia que la de cualquier sindicato al uso, que la gente se puede acercar a él si ve que es mucho más que un sindicato. Y el terreno es fértil para ello. Muchas personas en el espectro de la vivienda no encuentran una herramienta a su alcance si su caso es de alquiler (hablamos siempre de alquileres de multirentistas, inmobiliarias, etc., y no del cansino mito del pequeño rentista de 99 años, con una quedara mal, que da mucha pena). Cuando se enfrentan a desalojos masivos por parte del Estado, fondos buitres, gestoras privadas de vivienda pública o incluso bancos, su arsenal es muy limitado, pues debemos tener en cuenta que por ahora nadie (salvo aquí en Canarias) ha planteado una huelga de alquileres. El asunto llama la atención si tenemos en cuenta que estas huelgas nos han resultado bastante fáciles de ganar y que tienen un coste cero, a diferencia de las laborales. La gente tiene planteado el conflicto habitacional porque dentro de poco no podrá pagar, porque ya adeuda varias mensualidades o porque directamente va a ser desahuciada por impago. En este caso el hecho del impago es algo consumado o a punto de consumarse, sólo falta darle a ese acto involuntario y fatalista un recubrimiento de acción consciente y de reivindicación política. En una huelga laboral el trabajador se expone a perder dinero por cada día de huelga. Si esto se suple con cajas de resistencia, lo más común es que la huelga se prolongue tanto como dure el dinero de la caja. Pierden dinero obrero y empresario, pero a veces se impone la proporcionalidad y es el primero el que más se resiente. En una huelga de alquileres sólo pierde dinero el casero. Si se consiguen demorar los plazos de una posible orden de lanzamiento, que la cuestión no vaya por la vía del desahucio exprés al tener que dirimirse irregularidades contractuales; si se consigue afinar una buena batería legal que torpedee el proceso, hay muchas posibilidades de victoria. Por no hablar de las medidas de presión directa, muy fáciles de aplicar porque se ataca al enemigo desde dentro. Por otra parte, no es lo mismo un desahucio aislado que vaciar uno o varios bloques, sea vivienda por vivienda (lo estipulado salvo en casos de ocupación) o de forma masiva, pues cada desahucio será un pulso contra la resolución judicial y el rentista. Es un campo donde se puede crear mucho tejido social y que hay que seguir explorando.

La mayoría de anarcosindicatos tienen una secretaría de Acción Social, pero en la práctica se entiende que la función principal de esta es denunciar los abusos cometidos en campos como el del medio ambiente, la migración o los derechos de la mujer. ¿Por qué no puede ser su labor, aparte de esa, crear desde ahí los Sindicatos de Inquilinos? Lo población migrante y las mujeres en riesgo de sufrir feminicidio a lo mejor no se acercan al sindicato por una elaborada campaña con charlas y cartelería contra la violencia machista o la xenofobia, pero sí lo hacen cuando se toca el tema de garantizar su techo y su pan, su refugio y su supervivencia. Si desde ese lugar se pueden plantear cooperativas, ¿porque no secciones sindicales de vivienda o sindicatos propiamente dichos?

Se ha planteado también en un texto como el de Martín Paradelo la paulatina toma de los medios de producción. ¿Por que no contemplar entonces la toma directa, sin plazos, de los bienes de consumo? De hecho bien podría ser lo segundo la antesala de lo primero. Autogestionar medios de producción o empresas delicadas como hospitales y demás, puede parecer en un primer momento, a pesar de ejemplos tan actuales como el de Grecia, una tarea compleja y ardua, pero hacerlo con el techo, tal y como se produce a diario a través de la ocupación, está al alcance de la mano. Desgraciadamente, lo que suele motivar esta expropiación es la pura desesperación, y aún en aquellos casos en los que está motivada por fines reivindicativos no consigue articularse con un discurso político revolucionario que no tienda tanto (o al menos solamente) a la regularización de la ocupación del inmueble como a la ocupación sistemática como forma de socialización masiva. Es ahí donde hay que incidir y dotarlo de una narrativa revolucionaria propia. Por otra parte hay medios de producción cuya ocupación es directa y no requiere de etapas intermedias de duración indefinida. Gran parte del suelo agrícola, al menos en Canarias, está abandonado. Ocuparlo, exigir el derecho a hacerlo productivo, alimentarse de él, crear cooperativas que distribuyan el alimento (incluido el excedente si lo hubiera), enrolar en la actividad a todos los trabajadores agrícolas y desempleados dispuestos que se hayan acercado al sindicato, y prepararse para resistir, supone una política revolucionaria sindical de hechos consumados. Cuando en el anarconsidicalismo se habla de cooperativas8 en realidad puede entenderse por algo así, la idea ya está en el aire, pero falta que las ponencias transciendan, que sean una práctica cotidiana al alcance de los afectados y que se entienda que estos van más allá de los arquetipos decimonónicos.

Y es que hay otro cariz en lo del sindicalismo social. Ya en tiempos de la Transición, Luis Andrés Edo hablaba de la necesidad de crear un “sindicalismo integral” que incluyera a los excluidos9. Visto cómo está el panorama económico-laboral, muchos trabajadores han perdido la condición de tales, pero no sólo a niveles de conciencia por la búsqueda compulsiva del estándar capitalista, sino a unos niveles mucho más prosaicos por encontrarse en una situación de constante precariedad. Hablamos de obreros que lo son, pero a los que nadie les da esta categoría y a los que casi ningún sindicato abre los brazos u ofrece una herramienta. Me refiero a los desempleados de larga duración, a los vendedores ambulantes, a los cuidadores, a los limpiadores por cuenta propia, a los chatarreros, a los amos de casa, a los obreros que viven de hacer chapuzas, a los presos y un largo etcétera. Me refiero a toda esa gente que en algunos barrios son mayoría, que no han cotizado en su vida, como no lo hicieron sus padres ni lo harán sus hijos; que no saben lo que es una nómina pero que sí saben lo que es trabajar, lo que es ser perseguidos, lo que es no obtener una justa retribución por su trabajo y a los que no llega una propaganda de obrerismo fabril. En muchos casos puede ser complicado plantear ciertos conflictos sin perjudicar al afectado y también hay que tener en cuenta el enfrentamiento con la negativa legal a que algunos de ellos se sindiquen, pero como ya han demostrado los pocos pero representativos sindicatos de esta naturaleza (sean autónomos como el Sindicato de Manteros10 en Catalunya o como el IWOC11 en EE.UU., que es una sección sindical de presos de la IWW que ha protagonizado las últimas huelgas carcelarias) puede ser una buena vía para visibilizar su situación precaria, denunciar a la administración pública e iniciar una hoja de ruta que puede buscar, dependiendo del caso y de la actividad profesional, desde la mejora de las condiciones laborales, la regularización o si se prefiere: reivindicar el derecho a vivir al margen de la legalidad sin ser perseguidos. Mucha de esa población activa que engrosa las listas del paro y que ya no recibe subsidio alguno sigue viva y comiendo (cuando puede), y sería ingenuo pensar que no es la economía sumergida la que garantiza su supervivencia. La legalidad siempre será un problema, pero precisamente por eso es necesario el sindicato, para dotar de cobertura a quienes entre la clase trabajadora se encuentran en la situación de mayor vulnerabilidad. Hay barriadas enteras que sobreviven con la economía en B, lugares donde ningún sindicato amarillo está interesado en hacer una campaña de captación. En esos sitios hay que arremangarse y ser conscientes de que la actual coyuntura nos aboca cada vez más a esta situación; o nos adaptamos, junto a nuestras herramientas, y empezamos a trabajar en ese campo, o acabaremos buscando defender los derechos de una clase obrera idealizada que ya no existe. Sí, debemos luchar por preservar los derechos laborales de los que aún los conservan, pero no nos olvidemos de los que ya los perdieron y especialmente de los que nunca llegaron a tenerlos.

Puede que después de lo leído alguien acabe coincidiendo, pero objete la falta de medios y conocimientos para dedicarse a eso y se agarre a ese refrán según el cual “quien mucho abarca poco aprieta”. Me parecería una pobre excusa. Eso es algo que de forma más bien intuitiva e improvisando, sin un chavo y siendo literalmente cuatro mataos, hemos podido hacer en Gran Canaria, sin casi estructura. Es la experiencia la que me ha enseñado que eso está al alcance de cualquiera. La formación en vivienda no es en absoluto más compleja que la laboral, y la necesidad de recursos es bastante menor. La negativa vuelve a demostrar que se ve el terreno de las necesidades básicas, el techo, la ocupación de tierras, la exclusión, como una dimensión distinta a la del trabajo, cuando en realidad la conexión no puede ser más estrecha.

Repito para finalizar que no se pretende con este texto plantear un sindicalismo sin trabajadores, pues la urgencia social no deja mucho tiempo para plantear estupideces. Interpretar este texto así equivale a tratar de reducirlo al absurdo para evitar tener que digerirlo. Lo que se pretende es que se entienda que las necesidades económicas de los trabajadores son múltiples y que cabe la posibilidad de incidir en las más urgentes como son techo, abrigo y comida ampliando el marco de actuación del sindicalismo revolucionario allí donde su actividad rigurosamente laboral no baste, no le permita crecer ni llegar a la gente o allí dónde no exista nada funcional en ese aspecto. Si el sindicalismo se pretende revolucionario debe serlo más que por el nombre, sin aferrarse a la creencia de que la mera actividad sindical al uso le permitirá llegar a controlar los medios de producción. Las victorias parciales dan experiencia y ejercitan el músculo subversivo preparándonos para el futuro, pero no suponen la revolución misma ni tampoco necesariamente su antesala. La propia Comunidad “La Esperanza” no es la revolución, es por ahora una victoria parcial (seguimos evitando que sea, si finalmente se produjera el desalojo, una derrota parcial), donde aprendemos mucho y nos ejercitamos, pero el acontecimiento prerrevolucionario es otra cosa. El sindicalismo si quiere ser revolucionario debe diferenciarse, aspirar a la integralidad de acción y abordar aquellos campos de transformación revolucionaria que estén a su alcance. Crear sindicatos de trabajadores en B y de inquilinos es parte de esta capacitación revolucionaria, pues son estas demandas, de vivienda, de comida, de autodefensa de los excluidos, las que llegan a una importante parte de la población a la que hoy se ignora; las que de resolverse con un trabajo certero pueden sentar las bases de un salto cuantitativo y cualitativo; y las que permiten acceder a un territorio actualmente muy poco explorado, por lo menos desde la práctica revolucionaria y sindicalista. Toca abrirse paso entre la maleza y avanzar fuera de la zona de confort.

_________________________________

1 Que yo sepa por ahora han intervenido José Luis Carretero, Pepe Gutiérrez-Álvarez, Lluís Rodríguez Algans, Octavio Alberola y Martín Paradelo. Pongo este enlace del foro de Alasbarricadas.org porque creo que en él se recogen a su vez los enlaces de todas las intervenciones que han ido surgiendo. Aclaro, por cierto, que al menos cuando yo hablo de “sindicalismo revolucionario” no me refiero concretamente a la teoría de Georges Sorel o Pierre Monatte (que veían en el sindicalismo también la estructura que organizaría la sociedad posrevolucionaria). Lo hago de una forma mucho más general para referirme a aquel sindicalismo que no sólo busca objetivos a corto plazo, sino que tiene como finalidad subvertir revolucionariamente el estado de cosas existente.

2 Son datos extraídos de la EPA, el BOC y otros medios oficiales y también de los informes de ONG’s como Cáritas o Save The Childrens.

3 Me ha parecido interesante que Octavio Alberola, siendo el interviniente de más edad, sea también el que parece tener menos morriña cuando hay que evocar las glorias del pasado.

4 En El corto verano de la anarquía (1972) de Hans Magnus Enzensberger.

5 Paz, “Contra la democracia y el «liderismo natural»” (en Historia Libertaria), marzo-abril de 1979.

6 Precisamente es García Oliver el que en un carta a Abel Paz (22 de noviembre de 1972) le dice que el gran mitín organizado por la CNT ante el Palacio de Bellas Artes con motivo del 1º de Mayo de 1931 “no era de afirmación anarquista ni sindicalista, ni de protesta por los mártires de Chicago. Simplemente se trataba de un acto de afirmación, reclamando la anulación de los alquileres de los domicilios. En cuyo asunto trabajaban Arturo Parera, ‘Barberillo’ y Castillo desde antes de proclamarse la República”.

7 Peirats, Los anarquistas en la crisis política española, 1962.

8 Como en este caso.

9 Edo, “Syndicalisme Révolutiannaire” (en Anarcho Syndicalisme et Luttes Ouvrieres), 1985.

10 Menos conocido como Sindicato Popular de Vendedores Ambulantes de Barcelona.

11 Aquí su web.

1 4 5 6 7 8 14