Tres apuntes sobre la huelga general que no fue (pero será)

A finales del año pasado teníamos ya una noticia de lo más interesante: la coordinadora de las Marchas de la dignidad convocaba una huelga general para el 22 de octubre de 2015. Prometía ser todo un reto: la primera huelga general que se haría sin esperar a CCOO ni UGT, y que obligaría a estos supuestos sindicatos a secundar una iniciativa de quienes les desbordamos (en el mejor de los casos) o a boicotearla y retratarse aún más claramente como lastre de las personas trabajadoras (en el peor).

Cuando sólo faltaban dos meses y escaseaban las noticias actualizadas, supimos, por las declaraciones de un representante sindical en una pieza de una web contrainformativa, que el proyecto de huelga había sido «descartado» por «los organizadores». Que se veía que la posible huelga general podía «no tener éxito» porque «[t]odos los procesos electorales y el panorama político ha[n] sacado a mucha gente de la calle por las expectativas electoralistas». Esto ofrece un ejemplo fascinante de lógica absurda, algo así como «no podemos tomar la iniciativa como clase (huelga general) porque estamos muy ocupados posicionándonos con respecto a la iniciativa (elecciones) de la clase enemiga». Incluso si una cree en la utilidad de las instituciones, se está prefiriendo buscar una dirigencia débil a unas bases fuertes, repetir el escenario de Grecia en estos últimos meses (o el de Chile en 1970-1973) antes que evitarlo.

Por sí misma y para facilitar otras más largas y otras movilizaciones en general, entendemos que esta huelga general no puede no tener lugar. Así las cosas, aunque sea ya en 2016, hay tres lecciones que nos parecen bastante claras y que están estrechamente relacionadas entre sí:

1) hasta ahora, la iniciativa ha sido sobre todo de las personas que coordinan las Marchas de la dignidad. A las demás nos ha faltado implicación colectiva y a ellas les ha sobrado, centralización que habrá que superar.

2) En este sentido, nos parece que sería especialmente interesante crear núcleos para organizar la huelga por barrio, distrito o municipio para una implicación más directa, sobre todo en la preparación previa –donde hacemos nuestra la idea de huelga en sus detalles concretos, al fin y al cabo–, pero también en la ejecución. Esto es especialmente interesante para que en cada sitio, según se juzgue útil, se note más o menos la huelga de consumo, de cuidados, la organización de la movilización en el territorio concreto, etc. y podamos complementarnos unas a otras. No en vano, la clásica huelga laboral organizada sólo desde los centros de trabajo deja fuera a la mayoría: jubiladas, paradas, muchas adolescentes, autónomas, cooperativistas, empresarias sin asalariadas…

3) En consonancia con el primer punto, insistimos en que la implicación de algunos de sus promotores en las elecciones por venir (gente, se supone, de Podemos, IU, …) le ha restado fuelle hasta hacer postergarla. Parece necesario que esas personas se pregunten si realmente podemos permitirnos dispersar energías en procesos institucionales y si no están intentando empezar la casa por el tejado.

Estrategia y táctica para un anarquismo revolucionario

Una vez escribí que el anarquismo adolecía de visión estratégica. Más tarde, un espontáneo me recomendó un breve texto sobre estrategia y táctica ambientado en el contexto chileno de los años ’70 y de tendencia marxista-leninista. Y puesto que me pareció interesante (no porque fuera marxista ni chileno, sino por los conceptos desarrollados), me propuso adaptarlo para el anarquismo actual. El resultado es un artículo, también disponible para descargar e imprimir, la versión en PDF aquí.

Una pequeña aclaración

¿Por qué un anarquismo revolucionario, si el anarquismo ya de por sí lo es? La respuesta a esta pregunta tiene origen en la atomización que ha sufrido el anarquismo hasta hoy, en el cual, surgieron tendencias que rechazan todo lo que fuese u oliese a intervención sociopolítica, el socialismo libertario como meta final u otras cuestiones, para hacer del anarquismo una parodia radicaloide para la autocomplaciencia y el consumo ideológico, un pasatiempo y estilo de vida individual o de pandillas y colegueo. Esas concepciones liberales del anarquismo es lo que lleva a corrientes incapaces —o que directamente rechazan— de producir análisis de coyuntura, visiones estratégicas, programas, hojas de ruta, propuestas, inserción social, crear estructuras para la lucha social y construir una tendencia política anarquista con un proyecto de mayorías a través de la estrategia del poder popular que apunte hacia el socialismo libertario, ya que no se parte del anarquismo como vía política hacia el socialismo, sino de un anarquismo para vivirlo. Es por esta razón que en el título aparezca la coletilla revolucionario, pues pretendemos que el anarquismo sea una política de transormación revolucionaria y no un radicalismo liberal.

Esta adaptación pretende sentar unas bases para desarrollar las herramientas necesarias para levantar un anarquismo revolucionario sin tener por qué añadir esa coletilla. Para ello, trataremos cuestiones sobre la lucha de clases, la estrategia, la correlación de fuerzas, el programa y más.

Introducción

Partimos de la sociedad de clases resultado de una desigualdad social estructural en el sistema capitalista, donde la clase dominante es la poseedora de los medios de producción, de los recursos de la tierra y el capital por un lado (la clase dominante, la burguesía), y por otro, unas mayorías desposeídas que venden su fuerza de trabajo a los capitalistas para obtener ingresos (las clases trabajadoras).

La existencia de explotados y explotadores traerá consigo un conflicto: la lucha de clases, en el cual cada clase social lucha por sus intereses de clase objetivos. Esta lucha se libra de manera desigual, en donde la burguesía es la que tiene ventaja y pretende perpetuarse en el dominio, mientras que las clases trabajadoras se mantienen desunidas y la gran mayoría sin tener como visos el socialismo y la emancipación como clase.

Pese a todo, alrededor del mundo siguen existiendo organizaciones de clase que pelean defendiendo el salario, el puesto de trabajo, la negociación colectiva, el convenio, condiciones dignas de trabajo, seguridad laboral, etc. Reivindicaciones en general que favorezcan a la clase trabajadora. No obstante, estas reivindicaciones, aunque justas y necesarias para que en las luchas la clase trabajadora aprenda a defender sus intereses, no llegan a ser revolucionarias al faltar un trasfondo revolucionario que apunte a la toma y socialización de los medios de producción, la tierra y los instrumentos de trabajo, en definitiva, al socialismo. Dicho de otra manera, con solo estas luchas no bastan para lograr la emancipación como clase, pues ello solo llegará con una meta socialista.

La izquierda revolucionaria, y con ello el anarquismo, asumimos que la lucha de clases es una guerra prolongada con muchos frentes abiertos, no solo en el plano laboral, y que, como toda guerra, para lograr la victoria final, es necesario dotarnos de herramientas que nos permitan materializar nuestro proyecto político socialista libertario. Ni el tiempo ni la razón ni ninguna abstracción nos llevará inevitablemente hacia el socialismo, es la clase trabajadora la que tendrá que materializarla superando el actual sistema de explotación capitalista, ya que la clase dominante lógicamente no va a ceder su posición de privilegio y se dotará de todas las estructuras y medios necesarios para mantenerse en el dominio. Si queremos implementar el socialismo libertario, tendríamos que empezar por construir contrapoderes que disputen su dominio y se confronten directamente con el statu quo para derrocarles.

Por ello, estas tesis nos lleva a otros planteamientos acerca de las estructuras que necesitamos (¿un partido revolucionario, una organización de cuadros, sindicatos, asambleas de barrio…?), sobre los objetivos inmediatos a resolver (vivienda, trabajo, servicios públicos, territorios…), cómo aumentar las fuerzas populares, su poder real y la creación de contrapoderes, cómo trataremos de divulgar nuestros mensajes y luchas para aumentar dichas fuerzas y consolidarnos como alternativa política y movimiento. Todo esto lo iremos desarrollando a lo largo del texto.

Estrategia y táctica

La estrategia es una serie de métodos de planificación, organización y ejecución de diversas operaciones tácticas para lograr un objetivo concreto. Como dijimos en la introducción, la lucha de clases se entiende como una guerra prolongada, y como tal, para ganar una guerra es necesaria la elaboración e implementación de planes estratégicos que partan del análisis de coyuntura, es decir, de herramientas de análisis que nos permitan conocer la realidad material y social que nos rodea, teniendo en cuenta los siguientes factores. Acompañaremos las explicaciones teóricas con un supuesto práctico (escrito en cursiva):

—El escenario en que se darán las batallas. Es el espacio físico en donde se dará la lucha de clases y sus manifestaciones coyunturales (frentes: laboral, territorial, servicios públicos…)
—La fuerza real y los puntos débiles que posee el enemigo.
—La fuerza real y las debilidades que poseemos.

En una empresa de metro, la dirección quiere hacer una reestructuración de la plantilla sacando un paquete de bajada de baremos que tocan salarios, jornada, turnos y descansos. La plantilla se muestra desconforme con la decisión de la dirección y se abre un conflicto laboral. Supongamos que a priori la empresa lo puede aplicar sin problemas. En la parte trabajadora, contamos con que la mayor parte de la plantilla no está sindicada, y la representatividad del único sindicato combativo que hay es baja en comparación con los mayoritarios, los cuales, tienden más hacia el diálogo que a la confrontación.

Al balance de las fuerzas de ambos bandos los llamaremos correlación de fuerzas, los cuales pueden estar a favor del enemigo cuando sus fuerzas son superiores a las nuestras, o pueden ser favorable a nuestra clase cuando sucede lo contrario. En la actual coyuntura, la correlación de fuerzas es claramente favorable a la clase capitalista. Por tanto, través de la estrategia pretendemos revertir esta situación, tratando de inclinar la balanza de la correlación de fuerzas a nuestro favor.

Como podemos ver, la situación inicial parte de una desigualdad en la correlación de fuerzas en el cual la balanza se inclina a favor de la patronal. No obstante, el clima de la plantilla es de indignación y por ello, se abría una oportunidad para que esa indignación se articulara en una respuesta organizada capaz de frenar los baremos. Aquí es donde se plantea la cuestión estratégica para cambiar esa correlación de fuerzas.

Las tácticas son cada uno de los movimientos que se realizan dentro de un marco estratégico para lograr posiciones de ventaja intermedias que nos acerquen a un objetivo estratégico parcial o final. La diferencia entre un objetivo parcial y uno final es que en el primero, tratan de ganar una posición clave y cambiar parte de la correlación de fuerzas o tener una mejor posición para cambiarla; mientras que en el segundo, se pretende la derrota definitiva del enemigo.

En el marco de una coyuntura dinámica, los planes estratégicos siempre se tienen que adaptar a los cambios que ocurren, y por ello, es imprescindible hacer balances y valoraciones, en los cambio de ciclos, sobre la consecución o no de los objetivos estratégicos marcados anteriormente y adaptar las hojas de ruta y unas líneas estratégicas adecuadas a cada circunstancia. Estos procesos para determinar qué estrategias implementar vendrán de las experiencias mismas del curso de las luchas, en donde se aprenderán de los errores y aciertos.

Mientras los sindicatos mayoritarios llamaban a la calma y a sentarse en la mesa de negociación, la plantilla criticaba la postura moderada que solo planteaba que el paquete de medidas no fuese tan agresivo de estos sindicatos, lo cual, se crea también un ambiente de desconfianza hacia ellos, tanto entre las no sindicadas como las bases de esos sindicatos. La postura del sindicato combativo es convocar una huelga indefinida que termina aprobándose en una asamblea de trabajadores donde participaron la mayoría de la plantilla. Una vez comenzada la huelga, podemos ver los movimientos de cada bando.

El objetivo final de la empresa es derrotar la huelga y aplicar sus medidas, Para ello recurrirá a diferentes tácticas de rompehuelgas: como tratar de dividir a la plantilla y generar un clima de desunión, utilizar a los sindicatos amarillos para que éstos les convenzan a los huelguistas de desconvocar la huelga, decretar servicios mínimos abusivos, promover el esquirolaje o generar una opinión negativa hacia los huelguistas a través de los medios de comunicación.

El objetivo final (podemos decir que inmediato) para la plantilla es que, dado que esa bajada de baremos no está justificada, debe retirarse en su totalidad. Con la convocatoria de la huelga, la plantilla ha conseguido ya ganar fuerza y así poder avanzar más hacia su victoria. Pero para ello, tendrán que utilizar tácticas que no solo neutralicen los ataques de la patronal, sino que les permitan ganar e imponer sus reivindicaciones. Tácticas como la de ofrecer servicio gratuito mientras dure la huelga y confluir con las demandas de los y las usuarias del metro, harían que se ganasen las simpatías de la población y a la vez podría ser una medida contra los servicios mínimos abusivos, buscar apoyo y cobertura mediática, traspasar la frontera sectorial confluyendo con otros movimientos sociales, crear tablas reivindicativas y forzar posiciones negociadoras acorde a esas tablas…

En el plano militar, podemos ver estos tipos de estrategias:

1.- La estrategia del enfrentamiento directo consiste en utilizar todas las fuerzas disponibles y lanzarlas contra el enemigo en todos los frentes. Esta estrategia es acertada cuando tu fuerza real es mucho mayor que la del enemigo.

2.- La estrategia del cerco consiste en atacar los flancos hasta rodear al enemigo aislándolo e impidiendo que se comunique con el exterior para recibir refuerzos. Esta opción, junto con la siguiente, se utiliza cuando la correlación de fuerzas está más o menos equilibrada o nos es desfavorable.

3.- La estrategia de la división consta de atacar un punto débil y avanzar por éste hasta dividir al enemigo de modo que corte las comunicaciones entre una parte y otra de los territorios enemigos.

La finalidad de la estrategia es aumentar nuestras fuerzas de modo que revierta una situación de correlación de fuerzas desfavorable hacia uno favorable que nos permita la victoria final: la derrota del capitalismo y el triunfo del socialismo libertario. Una buena estrategia es aquella que, partiendo de los análisis de la coyuntura, es capaz de generar unas líneas y métodos de actuación que permitan el avance real de nuestras fuerzas en detrimento de las del enemigo. Una estrategia es errónea cuando parte de análisis erróneos o se obvia la correlación de fuerzas y ello nos podría producir un desperdicio de fuerzas y conducirnos a duras derrotas. Así por ejemplo, la actual tendencia insurreccionalista está utilizando la estrategia del enfrentamiento directo sin tener una fuerza real superior a la del enemigo, lo cual, les está llevando a una guerra perdida de antemano y envuelto en espirales represivas.

Correlación de fuerzas

La correlación de fuerzas es otro factor importante de cara a la elaboración de estrategias. Para ello, hay que entender primero las partes más pequeñas, es decir, la fuerza misma, las cuales distinguiremos dos:

1.- Fuerza real. Es la capacidad material real de un movimiento, una clase social o una fuerza política. En otras palabras, serían los efectivos que existen en un momento dado.

2.- Fuerza potencial o posible. Es aquella que puede llegar a alcanzarse si se toman las estrategias adecuadas para ello, es decir, un sector social que en un determinado momento todavía están fuera del movimiento o fuerza política pero que tienen la posibilidad de formar parte de la fuerza real y aumentar su base efectiva.

Del mismo modo, podemos hablar de correlación de fuerzas real como la situación de las fuerzas reales en el escenario inmediato, y de correlación de fuerzas posible, la que se prevé dependiendo de las estrategias que implementen las fuerzas presentes en el escenario.

A través de la estrategia, se pretende que esa fuerza potencial o posible pase a ser una fuerza real, dando como consecuencia un cambio en la correlación de fuerzas. Cogiendo el supuesto práctico anterior, podríamos decir que la indignación de la plantilla y su disconformidad o indiferencia con respecto a la bajada de baremos sería la fuerza posible de cara a materializar una fuerza real. La fuerza real en ese momento la tendría el sindicato combativo o el sector de la plantilla organizada y movilizada. No obstante, en la correlación de fuerzas en ese momento antes de la huelga, era desfavorable para la plantilla, que cambia cuando se convoca.

El descontento de por sí no es capaz de frenar los recortes, hace falta su organización y su movilización en torno a una serie de demandas o reivindicaciones, no solo de rechazo hacia los ataques de la patronal sino también a exigirles medidas que beneficien a la plantilla, alcanzar mejores posiciones negociadoras o que las negociaciones se lleven a cabo en el terreno y los ritmos que marca la plantilla, no la dirección de la empresa.

En el momento en que el sector organizado y movilizado de la plantilla fue capaz de leer la situación y poner sobre la mesa las herramientas (comité de huelga) que permitan organizar una respuesta real ganándose a ese sector no posicionado o indignado, haciendo que entre todas ellas se trabaje para sacar adelante la huelga y se adhiera a una tabla reivindicativa propuesta desde el comité de huelga, esa fuerza posible se habrá convertido en fuerza real. Será entonces cuando habrá posibilidades de cambiar la balanza de la correlación de fuerzas.

Defensiva y ofensiva

Cuando la balanza de la correlación de fuerzas se inclina a favor de las clases dominantes, plantear una ofensiva directa en esta situación sería un suicido para cualquier tendencia revolucionaria. En esa situación, sería más acertado recurrir a una postura defensiva y de resistencia en vez de rendirse sin más porque entonces es reconocer nuestra derrota definitiva. Así pues, desde la resistencia se pretende ganar tiempo para ir articulando los proyectos necesarios con el que cambiar la correlación de fuerzas y pasar a la ofensiva. Una posición siempre a la defensiva tarde o temprano sería vencida la resistencia tras un desgaste al tratar de frenar las ofensivas enemigas, lo que finalmente termina con la derrota definitiva, o en el mejor de los casos, a funcionar por inercia.

Siguiendo con el supuesto práctico del conflicto laboral en el metro, podríamos plantearlo así:

1.- Si desde ese sindicato combativo se lanzaran directamente a hacer piquetes y tablas reivindicativas, posiblemente acabarían en derrota. En este caso, sería lanzarse a la ofensiva con una correlación de fuerzas desfavorable. A la patronal le sería fácil desacreditarles y poner a la plantilla en contra.

2.- La otra vía es optar por una posición defensiva que les ayude a ganar tiempo y acumular las fuerzas necesarias para llevar el conflicto a otro nivel, donde la correlación de fuerzas esté más equilibrada. Animar a la plantilla a que se opongan al paquete de medidas es un primer paso para poder frenarlos finalmente. No obstante, si quedasen únicamente a la defensiva, al final los recortes se aplicarían tras el desgaste de las fuerzas de la plantilla si no se organizan ni se movilizan, además del riesgo de cooptación por parte de los sindicatos pactistas.

3.- Al ver que con solo el rechazo no basta, a partir de la resistencia creada, ponen sobre la mesa la necesidad de lanzarse a la ofensiva a través de la organización y movilización de la plantilla. Así es como se lleva a cabo la huelga indefinida, se establecen tablas reivindicativas con los cuales se pretende, no solo tumbar los recortes, sino también mejorar las condiciones de trabajo.

Un caso muy ilustrativo de resistencia lo podemos ver en todos los movimientos sociales que han surgido recientemente se articulan en torno a demandas defensivas, tales como el NO a los recortes en servicios públicos, a las reformas laborales, leyes más restrictivas, etc. Los movimientos sociales, al carecer de una orientación política y un modelo sobre el cual trabajar y contraponerse al modelo neoliberal, tenderán a conservar y defender lo que ya está hecho, como por ejemplo, solo se plantea como modelo el de la educación pública antes de los recortes en Educación al igual que el de la Sanidad.

Como podemos observar actualmente, las mareas ciudadanas han desaparecido prácticamente del escenario social. En general, estamos ante el cierre del ciclo de movilizaciones del 15M después de que este movimiento haya tocado techo en 2013, yendo posteriormente en declive, aunque hayan fraguado movimientos como la PAH y algunas asambleas de barrio.

Cuando dichos movimientos sociales habían tocado techo, fue el momento de seguir impulsándolos dotándolos de una orientación política proponiendo nuevos modelos sobre los que trabajar, tales como la gestión comunitaria del sistema educativo, la Sanidad y el resto de servicios públicos, tejer lazos entre diferentes sectores en lucha, etc, e ir consolidando un proyecto político sobre el que pivotar todas las luchas sociales. Solo a partir de este punto podríamos lanzarnos a la ofensiva, enmarcando estas luchas dentro de la estrategia del poder popular.

La estrategia del poder popular

La estrategia del poder popular parte de la premisa de la acumulación de fuerzas en favor de nuestra clase y de generar contrapoderes que confronten el poder dominante y vayan controlando todos los ámbitos de la vida social, tales como los servicios públicos, el sistema educativo, el trabajo, la gestión del territorio, etc, a través de las asambleas de barrio, las organizaciones estudiantiles, AMPAs (asociaciones de padres y madres), los sindicatos y consejos obreros, cooperativas integrales, organizaciones políticas, etc. El poder popular se entiende aquí como la capacidad material de un pueblo para materializar sus reivinidicaciones revolucionarias a través de su propia autoorganización que permita articularse como fuerza política de clase, independiente y autónoma al margen de las instituciones del Estado. Este poder popular se constituiría como un actor político formado por una red de instituciones populares, de movimientos y organizaciones políticas.

En el caso de la huelga, el sindicato sería el órgano que impulsará las movilizaciones en torno a las tablas reivindicativas. Para ello, convoca una asamblea de trabajadores como órgano para que la plantilla participe en las decisiones sobre cómo llevar a cabo el conflicto laboral y determinar las acciones, tácticas y estrategias a implementar en el curso de la huelga, a lo que crean una institución legitimada y con respaldo social para llevar las demandas de la plantilla a las mesas de negociación y mediar con la patronal y las autoridades laborales.

En el marco de esta estrategia, se emplea la táctica de la inserción social, que consiste en participar en los movimientos sociales y tratar de que éstos vayan arrancando pequeñas victorias en las luchas cotidianas, dándoles además continuidad y dinamismo a través de la aplicación de las tácticas, estrategias, hojas de ruta y programas elaboradas desde las organizaciones políticas, con el objetivo de crear un movimiento popular amplio en el cual se crearán las instituciones de poder popular, tales como asambleas de barrio, ateneos populares, centros sociales, etc si hablamos del ámbito barrial; sindicatos, consejos de trabajadores, etc en lo laboral.., sobre los que se articularían las luchas y adquieran la legitimidad para implementar las reivindicaciones de los movimientos populares y la clase trabajadora.

Para poder llevar a cabo esta estrategia, debe estar plasmada en unos programas políticos revolucionarios y tener las estructuras necesarias para llevar dichos programas a los movimientos populares para que se vayan implementando y creando hojas de ruta.

El programa y la organización de cuadros

El programa es un documento que recoge las líneas y los objetivos tácticos y estratégicos a alcanzar y varía dependiendo de cuáles son dichos objetivos y qué estrategias se han de seguir. En otras palabras, ¿por qué necesitamos programas políticos? Para marcar los objetivos y las acciones a implementar en el proceso revolucionario siguiendo una estrategia, creando las estructuras necesarias para llevar a cabo las tareas y tener una dirección clara, en el sentido de tener una orientación, un “Norte” para construir un proyecto político revolucionario y articular las luchas pivotando sobre ese proyecto. Podemos distinguir dos tipos:

Programa de mínimos. Es aquel programa que recoge los objetivos a alcanzar en las coyunturas inmediatas y a medio plazo, preparando el camino hacia el socialismo fortaleciendo la fuerza real de los movimientos populares al incidir en los problemas más actuales para la clase trabajadora como la vivienda, el trabajo, los servicios públicos, la cuestión territorial, etc. El programa de mínimos también podría decirse que sería un programa de transición y se enmarca dentro de la estrategia del poder popular como vía para llegar al socialismo.

Cabe añadir que las hojas de ruta y las agendas forman parte de las tareas programáticas. Las primeras consisten en líneas de actuación concretas en un ámbito específico para avanzar en materia en el corto plazo. Las segundas, son calendarios de acciones a realizar y no son solamente movilizaciones, sino también reuniones, asambleas, creación de estructuras, establecer acuerdos, etc.

Programa de máximos. Es aquel programa finalista donde se plasma el proyecto político o nuevo modelo de sociedad que queremos: el socialismo. Y la vía política por el cual optaremos: el anarquismo. Aquí se recogen las medidas a implantar una vez derrotado el capitalismo, tales como la socialización de los medios de producción y por consiguiente, la reorganización del modelo productivo en general, reordenación urbana, organización, gestión y administración de los recursos y el territorio,… y todas aquellas cuestiones a tratar para poner en marcha dicho modelo de sociedad. Este programa tiene relación con el anterior en cuanto que es el marco sobre el que se crean los programas de mínimos adaptados a una determinada coyuntura y es la que establece el objetivo finalista evitando que los programas de mínimos acaben sin ninguna dirección política y la relación entre ellas es imprescindible para el avance del proceso revolucionario, siendo el programa de mínimos parte de éstos.

Es importante distinguir entre estos dos tipos de programas ya que, mientras que el programa de máximos no varía mucho y no es aplicable en el corto y medio plazo (en el largo plazo dependerá de la trayectoria de las fuerzas políticas revolucionarias); el programa de mínimos necesariamente sufrirá modificaciones ya que tendrá que actualizarse a los cambios de coyuntura, sea por factores ajenos al movimiento (crisis capitalistas, cambios de gobierno y las leyes, cambios en los ciclos de los movimientos sociales…), o por factores propios (articulación de contrapoderes en los barrios, multisectorialidad en los movimientos sociales, crecimiento y radicalización del tejido sindical, etc).

No obstante, hay otra visión diferente en cuanto a la cuestión programática y es aquella que solo contempla el programa de máximos sin necesidad de hacer programas de mínimos. En su lugar, se partiría de hojas de ruta que serían la elaboración de objetivos, tácticas y estrategias con base en el programa de máximos adaptada a una determinada coyuntura y vinculada a la realidad en que se elaboren dichas hojas de ruta.

En el actual anarquismo, al menos a nivel del Estado español, se observan en algunos colectivos y grupos de afinidad, finalidades que tienen semejanza con los programas de máximos en cuyos puntos aparecen la abolición del capitalismo y el Estado, la autogestión generalizada, la colectivización, la libre federación de territorios, etc. Pero al carecer de estrategias, programas de mínimos y hojas de ruta que permitan ir avanzando en la coyuntura inmediata hacia el objetivo final, tales grupos de afinidad no son capaces de realizar cambios materiales algunos, ni servir como referente político para los movimientos populares, puesto que el programa no está adaptado a la realidad social inmediata, sino a una meta lejana e incapaz de materializarse dada la correlación de fuerzas actual. Por tanto, es imprescindible tener un programa de mínimos si queremos impulsar un cambio realmente. De la manera contraria, tampoco sería viable asumir como único programa el de mínimos puesto que se perdería la dirección revolucionaria necesaria para llegar al socialismo.

Los programas se realizarían entre los movimientos populares en sintonía con la organización de cuadros, es decir, una organización formada por militantes con formación en diferentes disciplinas de las ciencias sociales (política, economía, historia…), con experiencias en las luchas sociales y con capacidad de liderazgo tanto dentro de la organización como en las luchas en que esté involucrado, que se organizan en una entidad con cohesión interna, disciplina voluntaria y unas líneas estratégicas y políticas compartidas. El papel de este tipo de organizaciones será, además de las tareas programáticas, realizar análisis de coyuntura, trazar planes estratégicos e implementarlos, tener vinculación con el movimiento popular e inserción, llevar hojas de ruta a partir de programas mínimos en las luchas sociales, etc.

La estrategia comunicativa

Nuestra opción política está enmarcada dentro de un proyecto de mayorías, eso es, que debemos contar con las mayorías sociales para construir el poder popular. Para ello, en la actual sociedad de la información, necesitamos la elaboración de una estrategia comunicativa adecuada para lograr la mayor difusión y repercusión mediática posible.

Una estrategia comunicativa acertada será aquella capaz de distinguir los diferentes sectores del público a los que nos dirigimos y además ser capaces de adaptar las consignas a dicho público dentro de una coyuntura dada sin caer en abstracciones. Es tan simple como que al hablar de anarquismo al resto de la población, solo conseguimos que se asusten y salgan corriendo. Así por ejemplo, si hablásemos al público o a los movimientos sociales con el mismo discurso que usamos dentro de nuestro ámbito, posiblemente muchas cosas se malinterpretarían o simplemente no se entenderían. Y si realizamos un discurso adelantado o atrasado a los tiempos que corren, o simplemente alejado de la realidad y por tanto lleno de retórica, caeríamos en abstracciones.

Desde el sindicato combativo, tienen claro que su objetivo es la socialización de los medios de producción y el control obrero de las empresas. No obstante, saben que si utilizan ese discurso de cara a movilizar al resto de la plantilla, quedaría como bonita retórica sin plantear cuestiones reales, propuestas y hojas de ruta que permitan la movilización y la organización de la plantilla para conseguir los objetivos más inmediatos, que son frenar los recortes y mejorar las condiciones existentes.

Para ello, en vez de cargar directamente contra las otras centrales sindicales, critica lo que se hacen desde sus cúpulas y trata de acercarse a sus bases del mismo modo que al resto de la plantilla no sindicada. La difusión en el centro de trabajo de hacer asambleas abiertas convocadas con un orden del día de cara a preparar y organizar la huelga, en este caso, sería un acierto.

Un ejemplo de por qué debemos utilizar diferentes niveles discursivos lo vemos en el lenguaje científico puro y el científico divulgativo; mientras que el primero es expresamente técnico que solo lo entienden los científicos, el segundo es un lenguaje adaptado a que sea inteligible para la mayoría de la población. Pero ambos elementos discursivos transmiten unas mismas tesis, solo varía el lenguaje utilizado. En este sentido y a modo de ejemplo, para referirnos a nuestro proyecto político internamente podríamos hablar de anarquismo social, comunismo y/o socialismo libertario, para los movimientos sociales como poder popular y de cara al público, como democracia política y económica.

Los y las huelguistas se dieron cuenta de que el silencio mediático podría ser una de las claves de la derrota, puesto que se corre el riesgo de caer en el aislamiento y la criminalización del conflicto laboral poniendo a la opinión pública en contra de la plantilla. Tienen que jugar, entonces, en el terreno mediático llevando el conflicto fuera del centro de trabajo: a las calles, a los barrios, a confluir con otros movimientos sociales y conflictos laborales, a realizar ruedas de prensa, a generar contenido audiovisual y utilizar unos discursos cercanos, sinceros y realistas que encajen también con las demandas de los usuarios del metro para generar complicidades y despertar la solidaridad popular y de clase.

Además del plano discursivo, también sería necesario poner sobre la mesa objetivos como una renovación estética, tener nuestros propios medios de comunicación profesionales para conseguir una cobertura mediática constante sobre nuestros movimientos, organizaciones, propuestas políticas, acciones… y toda temática social con vinculación a nuestro proyecto, crear una imagen pública fácilmente identificable de nuestro movimiento, un movimiento con identidad propia y hasta presencia en los medios convencionales. Todo ello formaría parte de la estrategia comunicativa, sin olvidar que lo mediático tiene que tener un respaldo real que es el propio movimiento popular.

En resumidas cuentas

La visión estratégica es una mirada hacia la realidad desde un punto de vista de transformación social que parta de esta misma realidad y las dinámicas que se dan en ella, superando el sesgo ideológico, el inmovilismo y las actitudes derroteras. La falta de visión estratégica impide que podamos construir un movimiento revolucionario. La necesidad de la estrategia viene dada porque asumimos la lucha de clases como una guerra prolongada, en el cual, nos posicionamos a favor de la clase trabajadora y queremos el triunfo de nuestra clase sobre la actual clase dominante: la clase capitalista y propietaria. Para llevar a cabo los objetivos estratégicos, primero debemos articularnos políticamente, construir un nuevo modelo de movimiento libertario y consolidar un proyecto político socialista, para ir elaborando líneas de actuación comunes y un programa donde se recoja el nuevo modelo de sociedad que queremos: el socialismo, del cual partimos para realizar programas de mínimos u hojas de ruta con el fin de avanzar en la coyuntura inmediata. En estas hojas de ruta, trataremos las problemáticas sociales que atraviesa la clase trabajadora actual, solventándolos a través de la estrategia del poder popular y la táctica de la inserción social. A la vez que vamos consolidando esta nueva tendencia, es imprescindible contar con una buena estrategia comunicativa

Esta adaptación, actualizada a los tiempos que corren, pretende ser un pequeño aporte a los necesarios cambios que han de consolidar un anarquismo revolucionario con capacidad para intervenir social y políticamente en el escenario. Queda mucha tarea delante por hacer y un largo camino que recorrer. Ahora solo es el comienzo de un proyecto que se está construyendo poco a poco y que esperemos dé sus frutos en los próximos años. Queda pues, primero, ir detectando los errores que nos encontremos para aprender de ellos y corregirlos, cambios en la cultura militante, la construcción de un nuevo modelo de movimiento, su estructuración orgánica, su articulación y su inserción en los frentes, la creación de unas líneas de actuación comunes a todo el movimiento libertario, la consolidación de un proyecto político y un programa revolucionarios, la recuperación de los valores de lo común y una cultura popular basado en la solidaridad y la lucha social, partir de la realidad que tenemos delante para ir socializando nuestras tácticas y estrategias, insertarnos en los movimientos sociales en el marco de la estrategia del poder popular, creando a partir de ello movimientos populares amplios con institucionalidades propias como contrapoderes, y un largo etcétera de tareas que irán surgiendo en el curso de nuestra actividad.

 

Organización versus grupo de afinidad: el proceso de hiperautonomización y las debilidades estructurales de un colectivo anarquista

Tomando como marco de experiencia el complejo panorama del movimiento libertario heleno, el autor realiza un análisis del funcionamiento de los grupos de afinidad anarquistas que, de una manera más o menos generalizada, funcionan como base del movimiento libertario en Grecia. En el texto se repasan las limitaciones prácticas de este modelo organizativo, centrándose especialmente en el proceso de hiperautonomización derivado del progresivo aislamiento de muchos grupos de afinidad que operan en este país. Finalmente, el autor plantea la necesidad de mejorar la coordinación e integración de los frentes de lucha a través de la paulatina consolidación de una organización libertaria que contribuya, por un lado, a la federación de grupos ácratas y, por otro, a superar las debilidades organizativas del movimiento anarquista heleno.

«Por nuestra experiencia hasta el momento, creemos que la falta de acceso a la sociedad es lo que nos hace inofensivos para el poder estatal. Porque la revolución social no la hacemos nosotros y nuestro grupo de afi nidad, sino el conjunto de los explotados, convirtiendo en realidad el sueño anarquista. Esto significa que quien no ve la necesidad de estructurar y organizar nuestro ámbito –con los correspondientes golpes seleccionados contra el Estado– está poniendo, inconscientemente y con una práctica dogmática y corta de miras, obstáculos a la evolución del movimiento anarquista en Grecia y convirtiendo el sueño anarquista en una pesadilla cotidiana». Es cierto que, en la mayoría de los casos, y debido a las cortas edades imperantes en el movimiento griego anarquista, el proceso por el cual se forma un colectivo anarquista/ antiautoritario se realiza en términos de grupo de afinidad. Esto, en un primer momento, no se juzga de facto como algo negativo: nadie puede, por ejemplo, considerar una desgracia la creación de un colectivo a partir de un grupo de amigos ya existente que se politiza al mismo tiempo en una ciudad de provincias o un barrio de Atenas. Estructuralmente, pues, la creación de un colectivo político basado inicialmente en relaciones de confianza y amistad no es algo negativo. El problema se localiza en un estadio ulterior, en la evolución y la forma que el grupo experimenta a lo largo del tiempo.

Una vez formado todo colectivo, comienza el proceso de construcción de un espacio común entre sus miembros. Los miembros van tomando forma colectivamente, desarrollan su discurso político común y construyen una cotidianeidad colectiva, que en la mayoría de los casos se convierte en “su propia” realidad. En este último punto se encuentra, en nuestra opinión, la fuente del problema.A falta de un control exterior (nos referimos evidentemente al control colectivo en el marco de una Organización o Federación más amplia), el grupo crea una concepción exclusivamente suya sobre el acontecer social y político, por no estar comprometido con ningún otro colectivo, se hace más real a cada momento y con cada acción, al encarnarse en una experiencia vivida colectivamente (el proceso de hiperautonomizacion de la asamblea). Esta concepción aparece como una coordenada de diversos factores como las lecturas comunes, la cotidianeidad común, las experiencias comunes del movimiento y, por último, la infl uencia de personalidades destacadas de cada asamblea, que por diversos motivos dotan al grupo y a sus miembros de la terminología, las fuentes teóricas y la estructuración central de su pensamiento.

Los “capitanes invisibles” o “luchadores influyentes”, de acuerdo con el término más condescendiente son, en nuestra opinión, un fenómeno natural e inevitable, congénito a los principios de la organización colectiva y la evolución humana (edad, experiencia, agudeza, sustrato cultural), muy cerca de la microfísica del poder de Foucault. Pero el problema no es este fenómeno en sí, sino el marco informal en el que se desarrolla y la dinámica que adquiere.

La jerarquía informal no se afronta refunfuñando, sino mediante el control colectivo, democrático y político que emana no solo de la voluntad de algunos, sino de la propia estructura. El dirigismo político de algunas asambleas por parte de ciertas personas no es problema exclusivo de esas personas, sino sobre todo de la propia asamblea, de su propio sistema de funcionamiento.

Una personalidad ocupa el espacio que le dejan libre los demás; no es casual que haya grupos que, privados de una o dos personas, vegetan. Y ahí es donde llegamos a la cuestión de la acumulación de capital de experiencia y conocimientos (una especie de capital social al nivel pequeño de una asamblea).

Lo referido demuestra que los “luchadores influyentes” tienen cierto tipo de “conocimientos técnicos”. Conocimientos técnicos que, en lugar de ser compartidos con la asamblea, constituyen un monopolio en manos de ciertas personas que consiguen dominar en una relación de dependencia. Estos conocimientos técnicos no proceden exclusivamente de su capacidad retórica, sino de un proceso de acumulación de plusvalía intelectual: del capital experiencial acumulado de toda la asamblea que, en su redistribución, sufre un cortocircuito. Por decirlo más llanamente, todo colectivo acumula a través de sus acciones y experiencia un capital experiencial y de conocimientos. Inicialmente, este capital existe solo como producto colectivo, es decir, existe como capital colectivo del grupo, sin ser individualizado. Pero la inercia de muchos miembros, a falta de objetivación y posicionamientos políticos concretos a nivel de grupo (atribuimos la responsabilidad a las estructuras y no a las personas), en combinación con las capacidades naturales del “luchador influyente”, llevan este capital acumulado a manos de unos pocos, que se benefifician así (muchas veces sin querer) de las desigualdades estructurales del informalismo.

Lo que necesitamos, pues, no es expulsar a esos pocos, sino crear un mecanismo que distribuya igualitariamente el capital en cuestión entre todos los miembros de la asamblea. El informalismo es el libre mercado de un movimiento, y donde hay libre mercado, hay quienes dominan el capital.

El proceso de hiperautonomización descrito anteriormente no se ve interrumpido tampoco por los nuevos miembros de un colectivo que, en mayor o menor medida, se ven obligados a ser absorbidos por la microrrealidad del grupo y a velar por la preservación de la deseada autonomía.

Los nuevos miembros tienen que afrontar a su vez una serie de problemas: desde un sistema ya establecido de comunicación interna en el grupo (terminología, frases hechas, humor interno, cuestiones tabú, referentes políticos), hasta el respeto informal (espontáneo) a sus miembros más destacados/activos y, en defi nitiva, la aceptación o el confl icto con una estructurada concepción de su propia realidad, la “realidad” del colectivo antes mencionada.

Bajo el peso de la obligación de adaptarse a un nuevo microcosmos, estructurado sin ellos, estos nuevos miembros tienen tres opciones fundamentales: (a) adaptarse al marco existente y aceptar las normas, (b) intentar cambiarlo en mayor o menor medida, y, por último, c) rechazarlo y abandonar el grupo. El problema es que, entre las dos primeras opciones existe una desigualdad inherente que, en nuestra opinión, procede también de la falta de estructura.

En un examen más atento observamos que, en la inmensa mayoría de los casos, la balanza se inclina a favor de la primera opción (dejamos de lado la tercera). Es decir, un nuevo miembro se adapta antes o después a la ya configurada realidad del grupo, sin intentar siquiera cuestionar el marco existente. Esto se debe, principalmente, a la inseguridad que experimenta, no solo en relación con si tiene capacidad para hacerlo, sino con si ha entendido el propio marco, si ha entendido a qué se va a enfrentar. Dicha desigualdad reside en la debilidad estructural de los nuevos miembros para cambiar el marco existente. Una debilidad que se debe a dos razones fundamentales: (a) la diferencia de edad entre nuevos y “veteranos”, con lo que ello conlleva, y (b) la relatividad del marco político de cada colectivo.

De entrada, es bien sabido que nuestro “ámbito” atrae nuevos miembros casi exclusivamente de corta edad, especialmente de estudiantes y jóvenes. De este modo, para un chaval, la diferencia de edad, experiencia y sustrato teórico entre él mismo y los miembros más antiguos, se percibe enormemente, sobre todo por su parte. Además, en la mayoría de los casos, desgraciadamente, el nuevo miembro no se va a encontrar con un marco de posicionamientos políticos coherente, confi gurado por un conjunto de personas más amplio que supere los estrechos límites del colectivo. Por el contrario, se va a enfrentar a un conjunto de ideas y prácticas que conforman, como se ha dicho, la realidad de un grupo de veinte personas. La relatividad del objeto, pues, que potencialmente podría ser cuestionado, priva de sentido el cuestionamiento.

Para decirlo más claramente, esta relatividad reside en la falta de posicionamientos políticos formulados expresamente y en irresponsabilidad (política) que campa en los pequeños colectivos desconocidos, en ausencia de un ente político más amplio con nombre y reconocible. A consecuencia de esta relatividad, toda crítica choca con un funcionamiento casi ritual de cada grupo que, en la mayoría de los casos, tiene por consecuencia que no se puedan resolver políticamente las diferencias. A falta de posicionamientos políticos bien establecidos, estatutos, etc., toda crítica se produce exclusivamente sobre la “táctica” de un colectivo, y no en la correlación de esta táctica con sus posicionamientos. Además, mientras la necesidad de adoptar tal o cual acción se juzga siempre a partir de la percepción o la voluntad de las personas que forman un colectivo, y no viene determinada por la propia necesidad social o por el peso de una decisión más amplia para una acción a nivel de toda Grecia, la diferencia aflorará en términos de crítica personal dentro del colectivo, y no en términos de coherencia política y responsabilidad social. Lo que defendemos, pues, es que las presiones externas (en el marco de una Organización) no “someten” a un colectivo, sino que, por el contrario, lo ayudan a clarificar su marco político, a tomar distancia con respecto a los puntos ambiguos y a politizar sus diferencias y sus conflictos internos.

Por otra parte, su hiperautonomización lo convierte en un grupo de amigos que resuelve sus diferencias con el único criterio de su cohesión y la correlación cualitativa entre sus particulares aspiraciones políticas y el rendimiento de sus miembros. De acuerdo con el marco actual, si un colectivo consigue materializar sus anhelos políticos, con independencia de lo que las circunstancias políticas impongan, marcha bien. Es decir, su compromiso comienza y termina en las coordenadas de los deseos y aspiraciones de sus miembros.

En resumen

Por ejemplo, cinco colectivos que a veces se encuentran en procesos del movimiento y colaboran en un marco de nula responsabilidad política uno con respecto a otro (que no va más allá de la solidaridad y el apoyo mutuo), son en realidad cinco grupos diferentes, con un sustrato ideológico común, muy en general, que aportan en cada ocasión cinco realidades diferentes. Esto ocurre, como hemos dicho al comienzo, porque en el momento de su formación no había ningún compromiso, ninguna comunicación (política) esencial y ningún control colectivo por parte de un ente político superior (Organización, Federación), con el resultado de que la visión de la realidad no se ve “fi ltrada” colectivamente y no es directamente cuestionada por ninguna fuerza que no sea el propio colectivo.

El grupo de afifi nidad, de este modo, crece dentro de su propio mundo, a merced de las desigualdades naturales y sociales implícitas en las relaciones entre personas de diferente edad, clase social, vivencias, experiencia, tendencia, etc., y se queda luchando solo con sus propios demonios.

Sin el apoyo de un ente político, el colectivo aislado se percibe a sí mismo no como parte de un organismo que construye la revolución social, sino como un organismo independiente, que colabora con los demás por voluntad y no por necesidad. Como parte de un organismo, estás obligado a trabajar, a fin de que todo el organismo funcione en una relación de interdependencia, mientras que como organismo independiente basta desear colaborar con otros en un momento determinado, en un marco y bajo unos términos que nadie sabe cómo se van a determinar.

El organismo/colectivo/grupo de afinidad autónomo es el rey de su microcosmos. Tiene su propio territorio, su sede, su ejército, su consejo y el entorno de allegados que de vez en cuando refuerzan sus bloques y sus actos. Todos estos reyes juntos conforman el ámbito antiautoritario griego; un mundo dispersamente poblado con una fuerte comunicación interna formal, estructurado sobre un extraño principio: el informalismo y los conflictos internos que este conlleva es la base de su existencia, un medio de cohesión y armonía internas.

Por decirlo brevemente, el informalismo domina como un mal menor para evitar tempestuosos confl ictos en el interior del ámbito anarquista. Es decir, como un intercambio para mantener una amistad y una comunicación internas, basadas en la proximidad ideológica entre colectivos que conviven, estableciendo una solvencia ideológica abusiva no temporal, a costa de la responsabilidad social y política de su época.

La realidad del colectivo aislado, su visión global de las cosas, que a veces no es sino la visión de un solo individuo, la relatividad de su marco político y su hiperautonomización toman, a través del informalismo, elementos de absolutismo, alienación y heteronomía. Por otra parte, la organización en un ente político anarquista más amplio crea los imprescindibles mecanismos de control colectivo, basados en principios y posicionamientos decididos colectiva y públicamente por el conjunto de colectivos que la componen; desarmando así estructuralmente la arbitrariedad y el abuso y cimentando la verdadera autonomía de cada parte de ese cuerpo. Adoptando, en pocas palabras, el marco político de un “anarquismo social, que busca la libertad a través de estructuras y responsabilidades mutuas (…)”. Por tanto, mientras el informalismo siga desempeñando el papel de la metadona, el movimiento anarquista griego seguirá pareciendo un cuerpo enfermo, que se esfuerza conscientemente por mantener sus dependencias. Y como la historia, según parece por la práctica mantenida hasta ahora, se transmite más oralmente que por escrito para cada generación, la obsesión anti-organizativa conlleva el riesgo de que el anarquismo en Grecia acabe siendo una palabra “inofensiva desde el punto de vista político y social, un simple capricho que escandalice de manera divertida a los pequeñoburgueses de todas las épocas”. En estos tiempos en que el movimiento anarquista, como la parte más orgánica del mecanismo para dar la vuelta a lo establecido, está pagando un alto precio por su actitud, la estructura no se presenta ya como una simple posibilidad, sino como una necesidad para que el anarquismo siga siendo una palabra peligrosa política y socialmente.

Antonis Drakonakis. Traductor: Rafael Herrera, (SOV de Málaga de la CNT-AIT).

No todo va a ser crimen organizado

Ante las malinterpretaciones que se han hecho de mi anterior artículo Funcionar como el crimen organizado, me veo obligado a aclarar unas dudas que han quedado en el aire por lo pretencioso que es el título además. Es cierto que el artículo es muy escueto y sin entrar en profundidad para nada. Lo hice así por ser algo que no resulta prioritario en estos momentos, sino unas ideas para cuando el movimiento libertario sea una fuerza política con capacidad real de cambio y sea por ello referente para buena parte de la clase trabajadora. Esta situación, como podemos ver, es todavía muy lejana y que está por construir. Por esa razón dije en el otro artículo que ni pensarlo, que en la actual coyuntura es prioritario construir el movimiento y si logramos que éste se consolide, se puede o no plantear. En otras palabras, el tema se toma como una hipótesis por si en algún momento surge la necesidad.

Como he apuntado en el último párrafo del anterior artículo, sin proyecto político ni movimiento, el tener redes del crimen organizado (o inspirados en algunas de sus artimañas) no tendría sentido alguno, al contrario, sería un contrasentido y solo serviría para que el anarquismo se hundiera definitivamente o acabar siendo otra banda criminal organizada más que acabaría desarticulada y de allí, directo al baúl de los recuerdos. Entonces, ¿qué proyecto político y qué movimiento tenemos que levantar en estos momentos? Para empezar, nada que ver con el crimen organizado, sino la necesidad de un cambio en la cultura militante predominante ahora en el mundillo anarquista como paso previo a consolidar un movimiento libertario:

De asambleas infinitas a órganos de decisión operativos. Otro de los vicios internos es alargar las discusiones infinitamente sobre detalles sin importancia relevante y acaban siendo de todo menos horizontales y operativos, porque en la práctica, esto se traduce en que en dichas asambleas se imponen las opiniones de quienes más tiempo tienen. Ya lo dije en otras ocasiones, la asamblea no es una tertulia ni una reunión, sino un medio para sacar decisiones que sirvan para que las organizaciones avancen en materias, sea para poner en funcionamiento la estructura orgánica interna (crear secretarías y comisiones con legitimidad para ejecutar decisiones), tomar acuerdos, para sacar programas, para realizar unas acciones, determinar unas líneas estratégicas, etc, pero no para discutir sobre el sexo de los ángeles.

Pasar de colectivos y grupos de afinidad a organizaciones. La dinámica de los colectivos y grupos de afinidad en su mayoría no pasan de ser grupos de amistad que se reúnen para consumir ideología. Una organización, en cambio, tiene que tener una dinámica muy distinta, y principalmente, debe servir como medio y soporte para realizar una actividad enfocada a la intervención social, lo que conlleva cierta cohesión y disciplina interna. Hay un modelo de organizaciones comentado en esta web en donde se distinguen tres tipos de organizaciones: la de militantes que tienen el papel de elaborar programas, líneas estratégicas, análisis de coyuntura, etc, donde se hace trabajo político, la feminista, con el papel de tratar la cuestión de género y actuar en los problemas específicos de las personas leídas mujer, y la juvenil que sería campo de experimentos y de preparación de la militancia juvenil. Para más detalles, consultar aquí.

Del individualismo y el estilo de vida al socialismo y la política. Arshinov escribió en su día «…Cada vez que se discute el problema de la organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse toda responsabilidad. Cada cual se retira en su oasis y practica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.» La atomización del «cada anarquista en su mundo» no es más que ideología individualista neoliberal, del mismo modo que se interprete el anarquismo como estilo de vida personal frente a un anarquismo como vía política hacia el socialismo libertario. Creo que es necesario partir de lo último para poder desarrollar un trabajo político serio, si lo que buscamos es la revolución social.

Los puntos anteriores son los principales fallos a corregir y ya están surgiendo iniciativas para levantar un proyecto político que aspire a la revolución social a través de la estrategia del poder popular y en lo inmediato, que ofrezcan respuestas ante los problemas actuales de la clase trabajadora, creando a la vez las estructuras y herramientas necesarias para la lucha social y de clases con vocación de mayorías. Básicamente eso.

Volviendo al tema del crimen organizado, la idea no era que todo el movimiento funcione como el crimen organizado, algo muy descabellado que carece de sentido ya que el movimiento libertario que tenemos que construir, como me comentaron en otros sitios, es de caracter político-social y tiene que estar pivotando sobre un proyecto político socialista libertario, tener un programa de mínimos (líneas de actuación en lo inmediato, es decir, a corto y medio plazo), estar bien estructurado (con sus organizaciones trabajando bajo unas líneas comunes), con presencia en las luchas sociales y en los movimientos populares, con una identidad propia (no identitario, sino con una imagen pública reconocible y asociado a un movimiento popular de caracter anarquista) y teniendo como estrategia la articulación del poder popular. Esto sí es un modelo acertado en esta coyuntura para ir construyéndolo en el corto y medio plazo, y nada tiene que ver con el crimen organizado, que para el caso, sería una hipótesis que se plantearía como algo accesorio, un medio no prioritario y no como redes integradas en el movimiento. Sobre lo de infiltrarse en la policía, la justicia y demás, no sería tarea fácil, obviamente, así como lo de malversar fondos, la falsificación de documentos, los sobornos, etc. Sin embargo, por ahora, solo es una hipótesis, que se trabajará en ella o no dependiendo de las circunstancias y necesidades en cada etapa, ciclo de movilizaciones, cambios de coyuntura y la trayectoria del movimiento que está aún por construir. Hago esta aclaración para aquellas personas que han malinterpretado la idea exagerándolo hasta tal punto de pensar que quisiera que funcionemos como tal, cuando realmente los tiros no van por allí. Así que dejemos de echar balones fuera.

Funcionar como el crimen organizado

Una vez vi un capítulo del programa de La Sexta denominado «Equipo de Investigación» sobre un mecánico que robaba coches de alta gama y los vendía una vez legalizados. Obviamente, esto no lo pudo hacer solo, sino que tenía unas redes de cómplices para abrir garajes, pasar la ITV e incluso pasarlos a la frontera por Marruecos. Esto me hizo plantearme muchas cosas. Así por ejemplo, el mecánico tenía algún cómplice infiltrado como trabajador en una estación concreta de ITV para legalizar los coches robados y que su dueño no lo haya podido recuperar.

El crimen organizado no tiene nada de revolucionario de por sí. No obstante, llama la atención su desafío a la legalidad con muchas artimañas ingeniosas y las complicidades y redes clandestinas que se crean. Entonces me pregunto, ¿por qué no aprender de las maniobras del crimen organizado para no tener que estar esquivando los golpes?

Antes, miremos por un momento a la ultraderecha. Al margen del garrulismo, los nazis y fascistas se infiltran en los cuerpos de seguridad del Estado, tanto en la policía como en las fuerzas armadas. Incluso probablemente tengan miembros en la Justicia. Si a esto le sumamos que también están en consejos de administración de empresas y tienen partidos políticos, no nos deberíamos sorprender mucho de la impunidad en sus actuaciones, como aquel caso ejemplar de la absolución «por falta de pruebas» a unos nazis a quienes se les incautaron pistolas, fusiles de asalto y bazookas.

Mirando en el mundillo libertario, un caso que me viene a la cabeza es el de Lucio Urtubia, un albañil que durante el franquismo se dedicó a falsificar documentos como DNIs y pasaportes para quienes cruzaran la frontera con Francia clandestinamente. Luego, se dedicó a falsificar cheques bancarios que puso en jaque uno de los mayores bancos del mundo. No lo hizo solo, claro, sino que tuvo sus redes de imprentas clandestinas y cómplices. También en el movimiento obrero del siglo XX, se realizaban expropiaciones bancarias para financiar huelgas, comprar armas o lo que fuere.

De todo se puede sacar algo, y precisamente del crimen organizado sería interesante aprender de ciertas artimañas: a infiltrar gente de nuestra tendencia en sectores clave en donde pensamos que sería una importante ayuda como es por ejemplo, en la Justicia, en la policía, en las cárceles como funcionarios de prisión, en las administraciones públicas, en las ITV, etc. Y a tener redes clientelares para conseguir financiación sin tener que estar continuamente haciendo fiestas, comedores y conciertos.

Sin embargo, ni las redes clandestinas del crimen organizado ni el ilegalismo tendrían sentido si no se ponen al servicio de un proyecto político serio, es decir, bien estructurado con organizaciones políticas que marquen tendencia, con estrategias, presencia en todos los frentes… y se materialice en un movimiento popular amplio. Entonces sí sería necesario poner ese lado oscuro a trabajar para facilitar el avance de tal proyecto político y de nuestro movimiento. Porque, ¿quién dice que no sería útil tener infiltrados como funcionarios de prisión que den tratos de favor a nuestras presas? ¿O las absoluciones a encausadas por la lucha social? ¿O financiar huelgas, medios de comunicación afines, fondos para pagar fianzas y multas, etc, con fondos malversados y estafas o expropiaciones a entidades bancarias a parte de las aportaciones solicarias? Y quién sabe si tendríamos que infiltrar militantes en el Ejército para conseguir armas cuando las circunstancias lo requieran. Todo esto puede parecer una flipada, pero si hay que jugar sucio, se juega sucio, eso sí, contra nuestros enemigos y aprovechar todos los huecos posibles para facilitar la acumulación de fuerzas en nuestro favor. Hay que tener en cuenta en todo momento que funcionar como el crimen organizado debe ser un medio para lograr ciertos objetivos, o sea, cuando en el crecimiento de nuestro proyecto político tengamos que recurrir a ello y se haya decidido optar por tácticas de ese tipo como parte de una estrategia del poder popular previo a una fase de guerra popular. Pero por ahora, cuando el proyecto aún está en desarrollo y todavía no somos movimiento, ni pensarlo.

Si algo no has entendido bien, consulta aquí unas aclaraciones.

El modelo organizativo del nuevo movimiento libertario

Desde hace tiempo quienes desde el campo libertario estamos apostando por un modelo organizativo diferente al tradicional llevamos avisando que un movimiento político basado en colectivos no funciona como movimiento político. Casi todos los colectivos libertarios están formados por personas con diversas inquietudes que se traducen en distintas tendencias dentro del anarquismo. Así, encontramos colectivos que mezclan el comunismo libertario con tendencias individualistas, o el insurreccionalismo con la autonomía obrera y el comunismo antiautoritario. En pocos casos existen colectivos con una línea concreta de cara afuera, salvo algunos colectivos exclusivamente insurreccionalistas o bien el anarcosindicalismo en general. Por tanto la mayoría de los colectivos se dedican a temas culturales, sociales o de ámbito exclusivamente local.

Las nuevas organizaciones libertarias que poco a poco van floreciendo en el estado español planteamos que el movimiento debe evolucionar desde los colectivos hacia las organizaciones. No es un paso fácil de realizar, ya que los colectivos suelen ser por naturaleza afinitarios. Y aunque no lo fueran en un principio con el tiempo es lógico que surjan las afinidades personales que marcarán la línea política del grupo. Los liderazgos informales, el asamblearismo ad infinitum en el que toman las decisiones quienes más tiempo tienen, la falta de empoderamiento de personas por miedo a no pasar por la asamblea, la adscripción a unas ideas en base a una estética y un lenguaje estético… nos parecen problemáticas. Un movimiento libertario basado en colectivos y grupos de afinidad lo lógico es que se organice en base a federaciones en las que los grupos serán autónomos. Las federaciones son así una especie de suma de recursos entre grupos diferentes y realmente suponen un avance puesto que se supera el campo de visión basado en lo local.

Pero los colectivos libertarios son fuertemente celosos de su autonomía y no estarán dispuestos a renunciar a ella. Ni en cuanto a su manera de funcionar, ni a su identidad, etc. Por ello las federaciones de grupos autónomos no acaban de ser todo lo ágiles que debieran. Las federaciones se ven limitadas por la apuesta por la autonomía total o casi total de los grupos y dejan de ser ágiles por ello. Parte del colectivo no se siente parte integrante de la federación y le parece un freno para su trabajo local, otra parte del colectivo es la que se cree la federación y va asumiendo el rol de estar en contacto con el resto de los colectivos. Entre la pasividad de una parte y la delegación en la otra se produce un desequilibrio que a la larga dificulta cualquier evolución de las federaciones.

Por ello creemos que el movimiento libertario, o la parte de él que esté dispuesta, debiera caminar hacia un modelo como el que sigue:

Organización de militantes. Sería la base fundamental del modelo. Se basa en un grupo de personas que tienen las mismas líneas de actuación e inserción social. Habrán llegado a ellas en base a un debate sobre tácticas y estrategias y no tanto en base a la ideología. Esta organización requiere de una cohesión táctica y estratégica, y no vale una convivencia entre tendencias. Antes bien, es mejor formar dos organizaciones si las diferencias internas son demasiado grandes. Es más fácil colaborar entre organizaciones que vivir en una eterna pelea interna. La organización de militantes sirve para elaborar líneas estratégicas y para planificar una inserción social adecuada de las prácticas e ideas libertarias. Al fin y al cabo nos organizamos para proyectar mejor la acción libertaria.

Organización feminista. Dada la tendencia a marginar o impedir tácitamente la participación de las mujeres inherente a la mayoría de los
colectivos y movimientos, ocurre que la mujer no se anime a participar en colectivos y organizaciones libertarias. Por tanto es necesario un espacio político propio donde podamos desarrollarnos políticamente. Será una organización tanto de formación como de debate político. En nuestro caso su enfoque debería ser hacia el feminismo de clase, dado que hay que buscar hablarle a la mayoría de las mujeres. Enfocarse en cuestiones que afectan a una pequeña fracción de ellas es un error y de cierta manera contribuye a la atomización de las luchas y la especialización. Se pueden llevar a cabo luchas propias del feminismo típico como el tema del aborto, la lucha contra la violencia de género, la discrimininación laboral, los roles de género, crianza y maternidad, la presión de la estética, etc. Pero además en denunciar cómo le afecta el capitalismo a la mujer trabajadora. Se trata de que el feminismo traspase las barreras del activismo y llegue a los barrios obreros y sus entidades. En América Latina esto lo intentan a base de obras de Teatro del Oprimido, yendo a sindicatos a hacer educación popular, creando sindicatos de mujeres, concretando cómo le afectan a la mujer los problemas que crea el capitalismo…

Organización juvenil. Es necesaria una organización juvenil que vaya formando a la juventud en las ideas libertarias y en la forma de actuar que propone la organización de militantes. La organización debería enfocarse en los problemas que tiene la juventud (paro masivo, estudios, barrios y comunidades, cultura y ocio, etc.) y debería intentar generar organismos juveniles unitarios de barrio y de comunidad como asambleas de jóvenes y otras. La función de la organización es ir empoderando y preparando a la juventud para la acción política y social. Es un campo de experimentación en y de la militancia. Se puede complementar con la gestión de locales y espacios, la organización de eventos festivos y de jornadas de formación política. Nuestro punto de vista es que hay que crear un movimiento juvenil ajeno a las corrientes antiorganización y tendientes al ghetto de autoconsumo presentes en el anarquismo.

Las organizaciones deben ser entendidas como algo compacto, cohesionado. Y se subdividen en núcleos o grupos locales y territoriales compuestos por personas de la organización que viven en una zona determinada. No debería empezarse un grupo local cuando no lo conforma gente que comparte todas las estrategias y tácticas de la Organización. La función del núcleo es llevar a cabo las líneas de la organización adaptándolas a su realidad concreta. No se trata de un colectivo más, sino que el grupo es la Organización en ese territorio.

Los Frentes

Se trata de lo que hace la militancia cuando sus líneas políticas se aplican a un campo de acción. Normalmente no se tratan de organizaciones independientes, sino que se supeditan a las necesidades de inserción social del movimiento político y son orientadas por éste. Recordemos que no queremos construir un movimiento social bajo premisas libertarias desde cero sino ayudar a fomentar el movimiento social tal como es, y que éste una vez fuerte y consolidado sea políticamente autónomo y por sí mismo evolucione a líneas libertarias. Desde luego respetamos a quienes intentan hacer lo primero, pero nos parece que hay que priorizar esfuerzos.

Se pueden plantear una serie de frentes:

Frente Estudiantil. Es el campo de acción del estudiantado en su globalidad y pluralidad. Se trata de aplicar las líneas de actuación a lo estudiantil, que generalmente es un mundo que lleva una vida propia en paralelo a los ritmos de la sociedad en general. Por lo general debería haber una relación estrecha entre la organización juvenil y este frente. También tanto la organización política como la organización feminista deberían realizar tareas de formación entre el estudiantado.

Frente Laboral. Se trata del campo de actuación del movimiento político en el mundo del trabajo. Aquí hay que buscar una pluralidad en las formas de actuación ya que buscará la adecuación a los proyectos de la organización y no será un sindicato más.

La diferencia con el anarcosindicalismo, es que éste, debido a ser un Sindicalismo Revolucionario entiende que la sociedad Socialista a la que aspira deberá tener como columna vertebral el sindicato para poder funcionar. De esta forma entiende que los distintos sectores de la población (estudiantes, jubilados, amas de casa, inquilinos…) se deben organizar sindicalmente. El anarcosindicalismo de esta forma es a la vez una organización política. Por eso se ve a sí mismo como una sociedad paralela alternativa donde todo el mundo debería militar.

Nuestro punto de vista es que hoy por hoy la sociedad no se puede organizar entera de forma sindical. Por tanto hay que partir desde los distintos puntos de vista y conectarlos en una lucha hacia el socialismo libertario. Por ello tenemos que tener una inserción en las cooperativas, entre las asociaciones de parados y paradas, entre las pensionistas y también en los sindicatos (en el movimiento obrero en general). Pero no es nuestra idea crear otro sindicato más, sino que la clase obrera organizada vaya asumiendo poco a poco las líneas de nuestro movimiento político. Y por ello también hay que dirigirse a los barrios, a los institutos y a los espacios de relación y socialización de la clase. El anarcosindicalismo es por tanto aliado, pero no somos lo mismo.

El frente laboral se entiende a sí mismo como un organismo amplio de conexión de luchas que fomentan un poder popular obrero y una conciencia de clase, que contemplan avances económicos y mejoras materiales inmediatas como pasos a dar en busca del empoderamiento colectivo.

Frente Comunitario. Este frente va hacia el resto de ámbitos de actuación que afectan a la gente: salud, vivienda, educación, cultura, energía, medio ambiente, etc. La idea es conectar las distintas luchas entre sí hacia la generación de un movimiento popular comunitario capaz de tener voz propia a nivel político. Alguno de estos ámbitos se puede convertir en Frente en sí mismo, dependiendo de lo grande que sea la militancia o de las necesidades específicas. Por ejemplo:

Frente Municipalista. Si la militancia de los barrios decidiera llevarlo a cabo se podría realizar un frente municipalista que tuviera como objetivo dar la batalla en lo local para generar contrapoderes comunitarios. En este sentido se articularía a la militancia que está en asambleas populares, asociaciones vecinales, ateneos, etc. e incluso a las militantes que participen en las instituciones con programa similar al nuestro (y que asuman nuestras líneas – al fin y al cabo mejor tenerlas de aliadas que al servicio de otros movimientos políticos). Esos contrapoderes embrionarios se deberían coordinar y fortalecer para hacerlos mayores y más estables ya que serán medios de generar poder popular.

Los grupos de trabajo

El movimiento político necesitará de accesorios que faciliten o mejoren tanto su funcionamiento como su proyección pública. En este caso nombraré algunos aspectos que me parecen interesantes y que se pueden ir implementando.

Centro de Estudios. Todo movimiento político debería tener un lobby, Think tank o un organismo que sirva para engarzar la teoría y la ideología con las líneas políticas del mismo. Además servirá para elaborar un programa formativo para la militancia.

Medios de comunicación. Cualquier movimiento político tiene sus propios medios de comunicación, sean boletines o sean redes sociales. Hay que tener una estrategia mediática y comunicativa adecuada a las intenciones del movimiento. Los medios pueden ir desde boletines hasta una editorial propia de libros, revistas de pensamiento y teoría o bien publicaciones orientadas hacia la población en general.

Unidades culturales. En línea con lo anterior se puede tener de colaboradores o pertenenciendo al movimiento político algunos grupos culturales como pueden ser muralistas, teatro social, grupos de música, etc.

Línea gráfica. El movimiento en general, o sea, tanto las organizaciones como los frentes deberían tener una misma identidad visual o línea gráfica. De esta manera las ideas fuerza lanzadas por cada una de las partes del movimiento serán reconocibles rápidamente por parte de la población.

Organismo antirrepresivo. Sea una comisión, una organización o una caja de resistencia, el caso es que un movimiento político debe disponer de este tipo de organismos. En un principio se puede asumir el de otros movimientos populares, pero con el tiempo debería haber un grupo de personas que trabajen el tema y que cubran las necesidades de todo el movimiento así como el de los colectivos afines y los movimientos sociales y populares.

En resumen, puede haber todo tipo de grupos de trabajo o comisiones que lleven a cabo tareas concretas o cortas en el tiempo. Por ejemplo un grupo de sociología o antropología social puede llevar a cabo un informe. O un grupo de periodistas afines publicar alguna cosa concreta en consonancia con las necesidades comunicativas o las campañas. Se trata de ser flexibles en la medida de lo posible.

Organización amplia

Por último cabría hablar de posibles organizaciones o frentes «de masas» impulsadas por nuestro movimiento. En principio las organizaciones de masas que buscamos son las propias que crea el movimiento popular. Pero en un momento dado podemos querer crear una organización-movimiento. Se podría crear en base a sumar todas las partes componentes anteriormente descritas que deberían funcionar coordinadas. De esta manera se sellaría la pertenencia a este movimiento y se daría entrada a toda la gente simpatizante con el mismo y no sería ya un movimiento de militantes, sino de militantes y simpatizantes. O se podría crear en base a una organización que sigue las líneas políticas del movimiento pero que se creará en base a asambleas abiertas y públicas.

@BlackSpartak

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