¿Qué es el territorio?

Aproximación a un concepto necesario de definir

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Desde hace un par de años el movimiento libertario ha retomado uno de los ejes más antiguos que se ha visto presente a lo largo de Colombia en lo que respecta a un proceso de transformación radical: el trabajo comunitario. El principal problema a la hora de abordar este debate se centra en la necesidad de caracterizar que son las comunidades, que paradigmas universales y particulares presentan y cual es su relación ínter-dimensional, es decir, su diálogo reciproco con la política, la economía, la participación social y la geografía, por medio del puente territorial.

Sin lugar a dudas entender el territorio en el que se enmarca una comunidad es dar un paso adelante en esta tarea, que a pesar de parecer abstracta, toca elementos certeros en lo inmediato que muchas veces dejamos por fuera de nuestros análisis. Este artículo es una humilde contribución que pretende sintetizar algunas reflexiones, aportes, criticas, preguntas y situaciones al detalle que se han venido recopilando desde hace un par de meses, y pretende servir como insumo al debate que se ha venido dando en diferentes organizaciones sociales identificadas con una apuesta clara por la construcción de una autonomía anticapitalista, especialmente aquellas identificadas con el anarquismo o las prácticas libertarias.

Además, antes de empezar quiero dejar constancia sobre el objetivo de este pequeño texto, que no pretende teorizar a profundo sobre el tema ni es una tesis que busca desentrañar las complejas relaciones del tema, tanto por una falta aun de bagaje para quien escribí, como por miles de experiencias que aun se desconocen y puedan profundizar en el tema del escrito. Aunque no es diferente, el objetivo final si pasa por una suerte de pequeña sistematización militante que parte de análisis concretos, reflexiones políticas y una postura claramente identificada con las necesidades actuales de una gesta libertaria en Colombia, por tal razón, tampoco se profundizará sobre un eventual paradigma territorial en una sociedad ya emancipada, por ejemplo, a la hora de como entender los conglomerados poblacionales en una nueva estructura social libertaria (como lo ha hecho hace ya años Miguel Amorós), sino de lo que se trata es de partir de una situación particular actual y desde ahí tener miras hacia el futuro en el corto y mediano plazo, haciendo a su vez la aclaración de que este texto se escribe desde los barrios populares y las periferias urbanas, intentando hacer un ejercicio más vivencial aunque fuertemente teórico. Esto no niega la necesidad de pensarse los territorios en el largo plazo en una correlación de fuerzas favorable para las revolucionarias, por eso se exhorta a otras compañeras y organizaciones a animarnos en dar ese debate.

El territorio más allá de lo espacial:

Uno de los grandes problemas que tenemos las revolucionarias y libertarias en la actualidad ha sido encontrarnos con una hegemonía establecida, casi que legitimada y con mucha fuerza en el ámbito superestructural, es decir, en la concepción ideológica del mundo, contrario a un capitalismo todavía embrionario como el que era el del siglo XIX y la primera mitad del anterior, que se caracterizaba por ser endeble y se enfrentaba a múltiples desafíos. Así, es bastante común que cuando queremos referirnos al territorio nos encontramos de lleno con una dimensión física que está íntimamente ligada con el Estado (excluyendo, por supuesto, las definiciones biológicas y las meramente geográficas), donde este asume su soberanía aplicándola a lo largo y ancho del mismo (lo que se suele llamar “territorialidad” del Estado). De esa forma, instituciones como las iglesias, los movimientos políticos de comienzos de la modernidad o las organizaciones multilaterales pueden prescindir de la definición del territorio en cuanto a particularidad, pues la exceden, pero es precisamente el nacimiento del Estado-Nación moderno el que nos ubica al territorio en su subjetividad (es decir, un territorio determinado y no cualquiera), que lo diferencia de los demás (sobre todo bajo la configuración de las fronteras) y lo reafirma bajo una identidad (la nación, la patria o ambos, dependiendo del origen del mismo).

Enfrentarnos a este concepto anteponiendo otro es una obligación para entender las ideas plasmadas aquí. Para ello debemos superar unas visiones de antaño y anticuadas que tampoco nos permiten definir el territorio de ahora, diferente al de hace décadas (más relacionado con el concepto geopolítico de “región”). Así, el conjunto de relaciones que se han establecido en las sociedad actuales, por lo demás basadas en su mayoría por el auge del neoliberalismo, la hegemonía de los Estados sociales de derecho, y en síntesis, de la economía de mercado, han sido transformadas, mostrándose ello traducido en la planificación del espacio moderno (urbano y rural), donde la segregación socio-económica, la descentralización y el establecimiento periferial de un nuevo sistema son el conjunto dominador de los actuales territorios.

No en vano muchos de los movimientos de izquierda revolucionaria en Latinoamerica de avanzada (o sea, los que mayores resultados obtuvieron) del periodo de la guerra fría pusieron su ojo sobre el paradigma de los territorios, sin olvidar por supuesto a los sectores sociales clásicos (como los trabajadores o el campesinado). No falta ir mucho más allá de nuestro país para ilustrarlo, por ejemplo, con el movimiento popular pro-vivienda que se extendió en los años 80 y 90 fundando diferentes barrios en varias ciudades, o la arremetida político-social del movimiento campesino e indígena para el mismo periodo, que pusieron un fuerte énfasis sobre la cuestión del territorio rural y su administración en manos de las comunidades. De otro lado nos encontramos con un sin fin de ejemplos y situaciones coyunturales similares, sobre todo en el cono sur (donde predominó el marxismo heterodoxo sobre la linea soviética), tales como el campamento Nueva Habana (Chile), Cerro-La Teja o la Comunidad del Sur (Uruguay) o la autogestión comunitaria durante el Cordobazo (Argentina); en estos casos, la perspectiva fresca, joven y no dogmática del poblador como sujeto político (que entre otras cosas le daba un papel más justo en la lucha popular a la mujer, las estudiantes, las desempleados, las niñas y ancianas en contraste con el culto ultra-obrerista del estalinismo e incluso del anarquismo más tradicional) permitió que en dichas experiencias se radicalizaran, afianzaran o salieran a la luz vivencias marxistas heterodoxas, anarquistas e incluso vislumbros de liberación nacional de carácter socialista y no alineados con la URSS. Evidentemente no debemos olvidar que esta perspectiva ha sido también una constante dentro del movimiento libertario, incluso en el anarcosindicalismo, pues las ligas de inquilinos en los años 10 y 20 del siglo anterior fueron una preocupación especial para militantes antiautoritarios en países como Brasil, Perú, Argentina y Colombia.

La caída progresiva del telón de acero y la irrupción del neoliberalismo fuerte, a través de la doctrina del Shock y el plan cóndor, permitió que dicha idea ocupará un nuevo rol en una nueva lucha (o vieja, pero con otra cara). Ahora mismo los movimientos por vivienda digna parecen florecer en muchos países de Latinoamerica, las asambleas comunitarias se esparcen sobre todo en espacios rurales, los ejes ambientales, educativos y de género ganan fuerza cuando tienen los pies en territorios determinados. Sin cabida a duda los territorios quedan equiparados con los anteriores lugares de acción política concreta, llámense fábricas, centros de estudio o latifundios extendidos.

Claro, si partimos de esta premisa casi que aseguramos a priori que las fábricas, los centros de estudio y los latifundios no son territorios comunitarios, y aunque efectivamente dichos espacios tienen cosas similares con los barrios o veredas, existe una serie de diferencias. Podríamos pensar en los latifundios y fábricas como los lugares donde están los medios de producción por definición, es decir, donde las relaciones económicas (capital-trabajo) son el común denominador, enmarcadas dentro de la alienación del trabajador con el producto y el consumidor. En ese sentido, y aunque otro tipo de relaciones florecen también en grandes centros industriales y de cultivo, para entender un territorio comunitario no basta con ver las relaciones económicas de capital-trabajo que estén presentes allí, pues por ejemplo, la tienda de barrio que existe en dichos lugares genera un tipo de relación comercial no necesariamente de alienación respecto al diálogo oferta-demanda (contrario a las empresas); dicho de otra forma: si se compra un par de zapatos en un centro comercial, estos pueden ser fabricados igualmente en China, India, Colombia o en un carguero en el mar, no importando la relación que tiene el comprador con el productor, mientras que si se compran cerca a la casa de residencia no es lo mismo en que sitio se compré, pues se puede generar otro tipo de relaciones con el vendedor si este trabaja o vive en el mismo barrio, relaciones de carácter más personal. Ello no quiere decir que exista en los barrios la artesanía en si misma (aunque sobrevive en muchas de las periferias rurales y urbanas, incluso con fuerza), sino que es diferente comprar de forma despersonalizada a hacer el intercambio con una persona conocida, más aun si es un vecino, siendo diferente comprar los zapatos en un centro comercial o en un punto de fábrica a hacerlo en la tienda del barrio.

Por otro lado, en muchos centros de estudio se presenta algo similar pero con la diferencia que la relación es básicamente académica, aunque en países latinoamericanos las escuelas secundarias y primarias están enmarcadas generalmente dentro de un contexto territorial concreto, hacen parte de un complejo que no es únicamente académico: un barrio o una vereda, sobre todo. De otra forma, muchas universidades que por concepción están ubicadas en lugares centrales y alejadas de los barrios de mayor confluencia popular pasan por ser espacios con población flotante, donde el tipo de relaciones que se dan no son necesariamente de trabajo pero tampoco poblacionales (es decir, de compartir lugar de vivienda). Si examinamos los anteriores dos casos pareciera existir una relación evidente: los lugares de trabajo y estudio, aunque pueden desarrollar relaciones sociales e interpersonales, no pueden definir aun otro tipo de relaciones que si nos da el territorio. Es más, si nos extendemos más allá, nos encontramos que algunos de los lugares de residencia y de confluencia (como los centros comerciales) ni siquiera nos dan algún tipo de relación personal; es lo que se denomina ‘no-lugares’: sitios con falta de trascendencia, donde las personas transitan de forma circunstancial, como por ejemplo en los conjuntos cerrados, donde viven múltiples personas pero a penas se saludan.

Entonces, ¿Qué relaciones existen en el territorio? Se debe empezar por mirar dos extremos que nos son inconvenientes: la negación del espacio físico y la negación de las relaciones interpersonales. En el primer caso existe una sobre-valoración de los habitantes del territorio, que son quienes le definen por excelencia, y del otro lado, una visión particularmente biologicista o geograficista nos llevan al error de entender el territorio solo en su dimensión física. El territorio es un conjunto de relaciones que exceden lo que se limita a las relaciones humanas: es también un entendimiento con el entorno, que construye a las sociedades de maneras particulares, diferenciando al territorio de una comunidad o de un hábitat. Así, incluso los pisos térmicos o las condiciones climáticas pueden hacer diferente un territorio de otro, no solo en su composición física sino en sus características sociales; del mismo modo, una comunidad humana sobre un territorio le da características propias: puede cambiar su composición (por ejemplo, a través de la urbanización) y acomodarlo a las necesidades sociales o del mercado por medio de la técnica y la tecnología.

Un territorio es un espacio físico donde se propician un conjunto de relaciones económicas, culturales, políticas, sociales, biológicas y geográficas, todas a la vez, de forma dialéctica. La falta de alguna de ellas nos lleva a ver un territorio incompleto, más cercano a un ‘no-lugar’ que es funcional solo o en gran parte a uno de estos parámetros. Por ejemplo, las universidades donde no hay tejido social terminan siendo meros territorios académicos (por extensión, culturales) o las empresas donde la interlocución social es mínima no pasan más que por zonas productivas. Esta tesis se desarrollará más adelante y pondrá sobre la mesa la contradicción entre un lugar funcional y territorio comunitario, que no es otra cosa que la contradicción entre capitalismo y comunitarismo.

El territorio es una configuración espacial del poder:

Se señalaba anteriormente que el concepto de territorio está íntimamente relacionado con el de Estado, aunque un falso consenso impuesto en los círculos académicos, intelectuales y de administración pública lo ha limitado allí. Sin embargo, en la otra dirección, el Estado si es un concepto ligado con fuerza al de territorio. Ha sido un error común, sobre todo desde el anarquismo y ciertas posturas de nueva izquierda, pensar al Estado en sus componentes generales y con ello definirlos con recetas fáciles, particularmente a los Estados modernos (a veces incluso reducimos eso ingenuamente a creer que el Estado es algo palpable que se puede destruir). Es decir, ver esta macro-institución como un mero aparato de dominación de clase (por tanto, ideológico) o de administración nacional (social y económica) es simplificarlo. Y aunque estas definiciones son acertadas, aun se quedan insuficientes: es preciso agregar la dimensión espacial al concepto estatal para poder darle la complejidad que expresa en realidad. Ello no implica que los diferentes niveles de poderes y decisiones estén desarticulados o alejados, pues es precisamente la configuración político-territorial del capitalismo que parte de lo micro hacia lo macro la que configura un poder jerárquico, que dentro de los Estados actuales no es nada más que el orden de mando: el presidente manda al gobernador, y este a su vez al alcalde, en analogía a la secuencia política nacional, departamental y municipal.

Recordemos también que la gran economía mundial es una economía territorial, pues el flujo de reservas y la transposición de deudas y complejos industriales se realiza entre países, siendo afectado el comercio global por la distribución de estos factores en el sistema-mundo, sobre todo cuando el capitalismo central empieza a verse agotado en la acumulación originaria, buscando reubicar el mapa productivo mundial1. Obviamente la lucha política de diferentes ordenes tiene una manifestación territorial y espacial: desde la defensa de un páramo hasta las disputas porque un parlamento tenga representación ponderada o igualitaria por cantidad de habitantes de un país, son coyunturas históricas que moldean un Estado, un territorio o una sociedad en base al papel que juega lo espacial y lo político.

En definitiva, el Estado no es otra cosa que la administración espacial del poder, un gestor y administrador que a través de la burocracia y la jerarquía (si, y solo si, a través de ellas) en manos de una clase dominante organiza estratégicamente la miseria, los derechos, las desigualdades y las oportunidades.

Sin embargo, si nos pensamos un tipo de relaciones que no necesariamente vayan por este lado, sino que por el contrario sean contra-hegemónicas (una suerte de ética libertaria, que toca entre otras cosas aspectos económicos, políticos y sociales), estaríamos pensando indudablemente otros nuevos territorios. Retomando la concepción actual del poder desde Holloway o Focault, como una relación ínter-personal y tras-personal que se manifiesta en las formas cotidianas, este abanico de posibles territorios cambian en función del poder que se manifieste ahí. Si correlacionamos el aspecto físico/geográfico y el social, político y económico, nos encontramos que el territorio es una configuración espacial del poder, una configuración que es una construcción histórica, que evoluciona dialécticamente por mecanismos transitorios o revolucionarios, pacíficos o violentos, dependiendo del curso de los hechos y las fuerzas en disputa. Esta configuración permite la aparición de identidades, culturas y formas de resistencia que comparten grandes rasgos a mayor cohesión territorial, y que enfrentándose a diferentes expresiones de dominación ha permitido el florecimiento de procesos de liberación nacional, antiimperialistas, autonomistas e incluso de procesos revolucionarios criollos, muchos de ellos con fuertes raíces libertarias en sus prácticas.

Así, la lucha territorial que se gesta desde los sectores autónomos y anti-capitalistas debe ser por un nuevo territorio, y aunque tanta palabrería pareciera hasta ahora algo elevada, es aquí donde adquiere particular sentido una apuesta revolucionaria; En otras palabras: lo que diferencia a quienes apuestan por una verdadera transformación de los programas reformistas, social-demócratas y con nula intención de cambio es la concepción del territorio, donde estos últimos pretenden cambiar la forma de administrarlo y no su configuración hasta ahora vigente. Nos encontramos con gobiernos de diferentes ordenes (nacionales, locales, regionales) que muchas veces se centran en las reformas de gestión (sobre todo constitucionales o de decretos) sin alterar la relación particular del territorio y sus habitantes con los paradigmas estructurales y macro-estructurales, es decir, económicos e ideológicos respectivamente. No hay mejor ejemplo que los gobiernos progresistas de América Latina, que han centrado todo su programa en fortalecer el gasto social, el sector público y aumentar la política subsidiaria, mientras en los territorios se reproducen las más viles manifestaciones capitalistas, llámese de centros-periferias, estatalización de las decisiones y manutención de una fuerte burocracia partidista, muchas veces amalgama civil y militar. Así, la lucha por una alternativa territorial es una lucha revolucionaria cuando se pretende cambiar la configuración del espacio y no solamente su administración.

Para ello se hace necesario re-pensarnos otro tipo de configuraciones políticas y espaciales que exceden el limitado papel que ha cumplido el Estado moderno, que efectivamente ha sabido desposeer sistemáticamente a las productoras de la riqueza social y marginar a los sectores que son tangenciales dentro de la gran maquinaria capital.

La soberanía y la autonomía:

Esta forma de realizar una acción territorial alternativa, que hasta ahora hemos caracterizado como contra-hegemónica, debe tener un cuerpo teórico mucho más robusto, con una mirada estratégica determinada y precisa. A lo largo de los años, y producto del curso mismo de la historia que nos ha correspondido a diversos grupos militantes, la autonomía se nos ha mostrado como un paradigma que puede recoger a grandes rasgos las apuestas populares que incluyen, y por supuesto exceden, al anarquismo.

Esto no solo por lo que nos ha enseñado las zapatistas, el pueblo kurdo en Siria y Turquía, la lucha Mapuche en Chile o los procesos de autogestión obrera en países como Grecia y Argentina, sino de la misma historia del pueblo colombiano que ha tejido varias formas de resistencia desde la autonomía, pasando por el movimiento encabezado por Quintín Lame a comienzo de siglo anterior en la cordillera occidental y central (y por supuesto, con el el Movimiento Armado Quintín Lame de la década de los 80, así como la actual lucha del pueblo Nasa en el Cauca), hasta las más recientes iniciativas en pro de las Zonas de Reserva Campesina o la defensa de las consejos comunitarios afrodescentdientes; tampoco sobra olvidar los diversos experimentos comunitarios creados en los años 80 y 90 en ciudades como Bogotá y Medellín, que aunque limitados por el vanguardismo leninista, lograron ciertos grados de asamblearismo admirables. Estas historias de lucha por la autonomía generalmente van acompañadas de los conceptos de autogestión, autodefensa2 y autodeterminación, y a pesar de las contradicciones y errores, han logrado ubicar a los pueblos en nuevas dimensiones de ofensiva por sobre la mera puja electoral o los momentos históricos de retroceso, donde contrario a la apuesta libertaria, se disputa el poder de la territorialidad (quien lo administra) y no del territorio (como se administra).

Pero esta autonomía se ha de proponer como un concepto, si bien no necesariamente antagónico, si alejado de la acción estatal, diferenciándolo de la autonomía que se enuncia desde arriba (por ejemplo la llamada autonomía regional). Y ello básicamente responde al desarrollo mismo del Estado moderno: Desde Maquiavelo, y con mayor énfasis en la obra leviatanistica de Hobbes, el Estado ha sido caracterizado como un gigantesco cuerpo institucional (no solamente en el concepto de administración pública, sino también en su forma social y psicológica) desde donde un poder soberano ejerce y monopoliza el poder. Este poder soberano es preciso entenderlo, naturalmente, dentro del concepto de soberanía, que ya podemos decir, es antónimo al de autonomía.

Y como en la portada del Leviatán de Hobbes, el poder soberano es un poder que se ejerce a través de una espada (el monopolio de la fuerza) y un báculo (el ritualismo propio de la burocracia, anteriormente -y aun en diversos lugares- ligada al poder divino). Como síntesis de ambas manos, la soberanía se decanta en la fuerza legal, subordinada a la obediencia civil como eje fundamental sobre el que se erige cualquier Estado moderno. La soberanía3 solo puede aplicarse mediante una fuerza inter-territorial (es decir, un “país” limitado por sus fronteras) que le defiende de amenazas exteriores y tiene toda la capacidad de mantener el status-quo hacia adentro con la fuerza militar, policial y judicial, y en ese mismo aspecto, da la oportunidad al pueblo de “elegir” a sus gobernantes dentro de las reglas impuestas por un poder indiscutible, de nuevo, soberano. Así, el soberano existe y se explica siempre para y por sí mismo, como una totalidad indiscutible y universal, en el sentido modernista de la palabra4.

Así, por ejemplo, mientras la soberanía de un Estado le permite poseer un ejército que apunta hacia afuera y adentro (a veces más adentro que afuera, como en el conflicto colombiano), con el fin de someter las expresiones contrarias a las de clase dominante por medio de las armas y las leyes, desde la autonomía se ha planteado una diferenciación entre poder civil y poder militar (representado en muchos lugares bajo la forma de autodefensa), donde este último está limitado por el primero, que se construye a partir de una matriz deliberativa, participativa y medida éticamente, tal como se ha evidenciado en la rica historia del anarquismo (con un especial énfasis en la liberación de Manchuria, Baja California, la revolución Ucraniana, la Española y la resistencia libertaria Búlgara y Uruguaya) y diferentes experiencias de diversa matrices (como el EZLN, el PKK o las YPG/YPJ, incluso, como los Comando Armados del Pueblo en Medellín y el ya mencionado Movimiento Armado Quintín Lame en Cauca, con sus respectivas distancias).

Otra forma de ilustrar esto es respecto a la política internacional: mientras la soberanía permite que un Estado defienda su posición más allá de su situación particular (como el reclamo de la dictadura militar Argentina frente a las Malvinas en los 80), la autonomía se extiende hacia la autodeterminación. De esa forma, para la autonomía no importa la decisión de un gobierno o Estado respecto a sus asuntos, sino que a la larga es el derecho libre del pueblo a asumir su rumbo histórico lo que le da fuerza a la autodeterminación. Esto es conflictivo sobre todo cuando se plantea el debate frente a apuestas de izquierda parlamentaria, que generalmente buscan ejercer la soberanía a partir de la fuerza burocrática y no desde la legitimidad del pueblo, conflicto evidenciado en la fracasada política chavista de convertir el aparato estatal oleo-dependiente de Venezuela en un Estado comunal, pues la mayor parte de esfuerzos se dedicaron a las reformas constitucionales y legales y no a la acumulación efectiva en la base social, lo que terminó por llevar a la consolidación de una burocracia boli-burguesa sin interés alguno sobre la distribución justa de la riqueza y el poder.

Ahora bien, y en consonancia con el tema del artículo, la autonomía al igual que la soberanía se aplican a territorios concretos. Pero para poder ejercer una real autonomía en un espacio físico debemos apuntar a las tácticas y estrategias que nos permitan dar la disputa dentro del territorio y no por encima o afuera de él.

El territorio como campo de disputa por excelencia: democracia directa, poder popular y esferas públicas no estatales

Quién halla tenido la oportunidad de revisar la literatura política de Murray Bookchin se habrá dado cuenta que este texto camina casi que paralelo a sus propuestas, aunque con particularidades respectivas, sobre todo en lo que tiene que ver frente al Municipalismo Libertario. Y partiendo de ese hecho podemos ver que hasta cierto punto Bookchin desarrolla una critica certera al obrerismo de antaño, no solo soviético sino también anarcosindicalista, que sin embargo, no deja de entender al trabajador como sujeto político y revolucionario de vital importancia (y por sobre todo estratégico) a la hora de plantear la forma de lograr la victoria definitiva.

El municipalismo libertario parte básicamente de esa premisa: el poder político estatal se ha desplazado desde las concentraciones de riqueza productiva (en forma de tierra, centros industriales y demás) hacia formas cada vez descentralizadas, que se bajan hacia lo particular y municipal: lo que antes eran grandes extensiones de tierra ahora son un conglomerado de varios pueblos, y lo que antes eran centros urbanos industriales en forma de archipiélagos con un centro ahora son las grandes metrópolis con decenas de zonas industriales y francas5. Por supuesto que esta descentralización no está completa, pues el sistema capitalista debe mantener cierto grado de unidad impuesta de manera centrípeta.

A partir de este paradigma económico el poder estatal se ha vuelto complejo y se extiende sobre la base piramidal, llegando a lugares donde anteriormente no había podido sacar el mayor provecho de materias primas, por medio de la tercerización y la acumulación agresiva minero-energética. Partiendo de ese hecho, la acción territorial (que a su vez incluye o por lo menos acerca la acción sindical, educativa, ambiental, de género, etc) permite afrontar al enemigo de cerca, en un campo de batalla para el cual no tiene ventaja si se le responde de manera organizada: la lucha de clases.

Frente al proceso hegemónico de construcción capitalista y neoliberal moderna (que tanto ha teorizado David Harvey), que moldea el territorio en base a intereses morales y económicos propios, debemos anteponer una configuración espacial y política con una clara propuesta clasista de base, es decir, en favor de las históricamente oprimidas. Aquí, la autonomía la podemos decantar a través de estrategias que nos permitan materializarla de a poco. Varios conceptos, entre ellos el de democracia directa y poder popular, pueden sernos de gran utilidad, pero para no extender demasiado este texto es preciso ubicarlos en su composición pragmática territorial:

La democracia directa ha sido objeto de múltiples debates dentro del anarquismo, pero como experiencia organizada de diferentes etapas históricas promocionada por pueblos alrededor del mundo ha mostrado resultados hasta ahora excepcionales. Para poder explicar este tipo de democracia es preciso tener en mente principios como el asamblearismo, la acción delegativa y la deliberación. Contrario al sistema actual de democracia representativa donde el poder es ejercido directamente por un pequeño grupo de representantes que pueden actuar con total independencia de la iniciativa popular, la democracia directa le da al pueblo un papel de decisión, que se coordina en diferentes instancias a través de delegados con mandato limitado a la voz del espacio de donde provienen (por supuesto, territorial). Además, toda decisión parte de la deliberación y no del simple ejercicio de fuerza cuantitativa expresada a través del voto o la imposición (como en la mayor parte de debates parlamentarios o algunas asambleas sociales, donde importa más el tamaño de la bancada que los argumentos). De esa manera, los caracoles zapatistas han hecho viable una democracia que, aunque con sus limitaciones, ha permitido que todos los habitantes de un territorio puedan tomar las decisiones que les concierne, incluyendo por supuesto a niños, ancianos y mujeres, sujetos históricamente olvidados. La democracia directa es la relación menos alejada y más cercana entre el sujeto social y la decisión social.

Aunque la democracia directa nos plantea la forma metodológica de la toma de decisiones, falta un componente estratégico que permita empalmarla con el objetivo de construcción de autonomía efectiva en el territorio: El poder popular (que ha sido más discutido dentro del anarquismo con muchas más llagas) puede ser ubicado aquí. Y ya se apuntaba anteriormente que experiencias del cono sur parece que nos hablaran para definir una acción territorial en base a la autonomía, o por lo menos, a la autodeterminación, donde curiosamente muchas de estas iniciativas se han enmarcado dentro de la estrategia de poder popular.

El poder popular no es nada más que una apuesta estratégica que permite recuperar la incidencia política del pueblo sobre sus decisiones, empujada por una profunda conciencia revolucionaria. La creación de un poder popular pasa por la transferencia de los asuntos sociales y económicos manejados históricamente por el Estado y el mercado hacia consejos comunitarios organizados, que tengan la capacidad de administrar (autogestionar) estas responsabilidades. Y aunque el objetivo de este texto no es definir ni la democracia directa ni el poder popular, y mucho menos continuar el debate que se ha dado alrededor de esos conceptos, si se hace preciso darle cabida práctica a los mismos:

El ejercicio de democracia directa y poder popular solo se puede materializar en un espacio determinado: las esferas públicas no estatales (EPNE). Podemos pensar en esta figura como aquel lugar donde es posible desarrollar la autonomía a pequeña escala, y que interrelaciona sujetos sociales en un territorio determinado. Así pues, las EPNE pueden ser las asambleas donde los vecinos toman decisiones, los consejos donde los campesinos resuelven temas respecto a la lucha por la tierra o una reunión donde los estudiantes definen líneas políticas, pero también puede ser un simple encuentro en una calle con otras personas, un evento cultural y artístico en un barrio o una discusión entre vecinos sobre cualquier temática, siempre y cuando el Estado no tenga la capacidad de ejercer su poder (soberanía) ahí y prime el poder civil, expresado desde y a través de lo compartido y colectivo, es decir, de lo público. Así, la tarea táctica de las libertarias es poder crear EPNE en los lugares donde nos sea posible, que actúen de forma constante, sin vacíos temporales y, obviamente, con la mayor amplitud necesaria, en concordancia con la democracia directa (es decir, espacios abiertos a los sujetos populares del territorio, sin vetos artificiales propios de sistemas patriarcales, racistas, xenófobos o nacionalistas).

A diferencia de las Zonas Autónomas Temporales expuestas por Hakim Bey, los EPNE son instituciones no coercitivas que permiten garantizar cierta continuidad espacial e histórica, que se materializan a través de diversas formas: comités, asambleas, congresos, seminarios, encuentros, reuniones periódicas, etc (incluso un encuentro entre familiares o vecinos alrededor de un tinto o una cerveza), teniendo en mente la ya citada apuesta democrática, y que además tengan capacidad de decisión, así sea mínima y aun en presencia del Estado, sobre un territorio y algunos de sus aspectos, es decir, que posean “vocación real de transformación”, en contraste con las iniciativas meramente experimentales. Esta vocación va de la mano de la recuperación y ejercicio de derechos negados sistemáticamente a las oprimidas por los sistemas de centro-periferia, intentando crear (aunque sea de manera somera) espacios para la salud, la recreación, el deporte, la educación y el ocio, que generalmente están alejados del grueso de la población oprimida, que resaltan no solamente distancias físicas o de tiempos de desplazamiento cada vez mayores sino también brechas simbólicas e intelectuales que alejan la seguridad, el bienestar y el placer de los territorios periféricos, mientras se mantienen cerca de los centros habitados por las clases altas.

Finalmente, y al mejor estilo de Bookchin, estos territorios se irán uniendo a través de nuevas EPNE, por ejemplo, de federaciones, comunas o redes, donde se replicará la acción política por la autonomía para finalmente estar en disputa directa con el Estado en condiciones similares: el poder soberano versus el contra-poder comunitario.

Podemos imaginarnos el Confederalismo Democrático, apuesta política esbozada por el PKK para la lucha kurda, como un hijo del municipalismo libertario, que a través de un arduo trabajo militante de años logró crear EPNE en diferentes cantones y pueblos sirios, iraquíes y turcos, que creció exponencialmente hasta encontrarse con un poder soberano que está en contraposición suya (el Estado Islámico, el Sirio o el Turco, en este caso), donde la confrontación se da en principio sobre el propósito de la autonomía (una defensa de “nuestro” derecho a decidir contra un sometimiento al otro) y se ha extendido al ejercicio militar de la autodefensa, legitimada y limitada por el poder civil (popular), expresado a través de las ligas y asambleas de barrios, municipios, cantones y regiones, que guardan independencia de las armas (en contraposición a la arenga clásica maoísta que señala que el poder nace del fusil)6.

Para ello, muchas veces es táctico (aunque no deseable) que el Estado respete, hasta donde sea posible, las EPNE, con el fin de que no pueda aniquilarlas tan fácil antes de que acumulen suficiente fuerza. Esto ya nos lo adelantaba Bookchin al pensarse la legalización (pero no intervención) de muchas de las asambleas populares, y que hoy nos trae a colación la pronta solución jurídica al establecimiento de Zonas de Reserva Campesina en diferentes regiones del país, incluso a algún blindaje humanitario contra las incursiones paramilitares en estos territorios. Y por supuesto, en el plano micro-político, un espacio tradicionalmente estatal puede convertirse en una EPNE, como lo puede ser una Junta de Acción Comunal donde las figuras legales burocráticas se van desvaneciendo con la fuerza de una apuesta democrática amplia y de multitudes.

Territorializar las luchas es hacerlas anticapitalistas; luchar desde las comunidades es luchar contra el Estado:

Se decía que el capitalismo moderno neoliberal parece una maquina aniquiladora de culturas (expandiéndose cada vez más por medio de la globalización), que impone una visión de mundo particular, única, estandarizada y universal. Los ya mencionados ‘no-lugares’ son pruebas de ello: un conjunto residencial cerrado de condición socio-económica similar en Medellín, Bogotá o a las afueras de Pasto no se diferencia mucho más allá de los acentos, así como un McDonalds en Buenos Aires, Nueva York, Moscú o Pekín no se diferencia más que en el idioma y la moneda de intercambio con sus precios, aunque siempre existan intentos de hacer platos típicos en dichos lugares. No podríamos pensar en ciudades más “occidentales” como Londres, París o Chicago… o Seúl, Tokio o Shangai. En resumen, podríamos pensar que el mercado capitalista mundial no es más que una espacialidad global, una forma de administrar el poder a nivel macro.

Pensarse los territorios como lugares donde pasan cosas, donde hay construcciones históricas particulares, donde existe un tejido cultural, social y ambiental propio, y que como ya hemos visto se relaciona con su entorno físico, es pensarlo en términos anticapitalistas. Claramente esto no quiere decir que proyectos de supremacismo nacional que se han opuesto al sometimiento del mercado global sean en sí mismos anticapitalistas, sin embargo, pensarse estar dentro del sistema económico mundial y mantener ciertas identidades particulares es una contradicción insustentable en el largo plazo, que finalmente nos lleva a tomar una posición anticapitalista como una posición alter-mundista.

De esa forma, si nuestra lucha tiene bases fuertes en territorios concretos, con todas y sus complejidades, se hace resistencia efectiva contra el capitalismo, rescatando identidades que hasta ahora estaban a la defensiva, que pasaban más como un artilugio viejo y empolvado. La creación o fortalecimiento del tejido social es una tarea necesaria que precede cualquier intento de levantar un EPNE, pues las distancias artificiales impuestas entre compañeros de trabajo o vecinos hace imposible establecer un diálogo horizontal en miras a construir pueblo organizado.

En esa misma linea, la lucha contra el aparato estatal (que evidentemente no se encuentra limitado a un edificio, un cuerpo policial/militar o una práctica institucional) solo es posible darla en todas sus dimensiones y en su característica espacial: sobre el territorio donde ejerce soberanía. Así, establecer un programa de acción libertaria en las comunidades con el fin de poder practicar grados de autonomía cada vez mayores pasa por restarle ese poder soberano al Estado, y por tanto, hacerle perder credibilidad, legitimidad y fuerza, lo que al largo plazo es lo que permite obtener ciertas garantías, pues un territorio que es mera trinchera de repliegue o bolsa de donde se sacan militantes es fácilmente desarticulable cuando la gente no se involucra en las disputas que se dan, cuando no las siente propias (esto ha sido señalado en casos históricos como la Operación Anorí en Colombia, o incluso por la muerte del Ché en Bolivia, en ambos casos, pensarse el territorio y las comunidades como componente militar -basados en el foquismo- les dio más desventajas que ventajas frente al enemigo).

Debemos recuperar el vector social en su dimensión territorial, y en lo concreto, asumir el trabajo barrial y comunitario como una necesidad imperiosa, obviamente sorteando muchas de las dificultades que se nos presentan en una etapa aun joven (donde en muchas ocasiones debemos concentrar las fuerzas y no dispersarlas, haciendo que muchas activistas no vivan precisamente en los territorios desde donde construimos). En el corto plazo, la edificación de actividades que permitan la construcción de tejido social (como aquellas de índole cultural, familiar y artístico, acompañadas de iniciativas educativas y ambientales) con miras a crear poder popular a través de la democracia directa, es un camino que nos da ciertas certezas para acumular en términos de autonomía, coordinando ello multisectorialmente con otros actores (estudiantiles, sindicales, agrarios, indígenas, feministas, ecologistas y demás) para poder así encontrar un proceso de transformación radical, de revolución social, donde desde los territorios se geste un otro mundo nuevo.

Steven Crux
Diciembre 2015

 

1Esta es una tesis que es abordada a mayor profundidad por el profesor Darío Restrepo, cuyos invaluables aportes fueron también decisivos para escribir el presente texto. Link:

Restrepo, Darío I., (2013), “Espacio y Poder”, Documento de trabajo No. 1, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, Colombia, p. 25. Link: http://direstrepo.com/?p=3160

2No sobra decir que esta autodefensa es la que está ligada al concepto ya expuesto de autonomía, diametralmente diferente al proyecto paramilitar y antisubversivo creado en los años 90 en el Urabá Antioqueño, que se ha identificado falazmente como Autodefensas.

3 Aunque existe una diferencia sutil entre el concepto de soberanía popular y nacional, para los fines prácticos de este escrito basta con saber que terminan por confluir en un mismo punto.

4Es decir, que la concepción de soberanía puede ayudar a legislar a lugares donde no hay presencia estatal, pues su definición se aplica en términos globales y no particulares. Esta es una de las razones  de porque el Estado debe poseer el monopolio de la fuerza para mantenerse de forma legal sobre todo un territorio.

5A excepción de contados casos, casi que exclusivamente Medellín, Colombia aun no ha logrado consolidar grandes metrópolis al mejor estilo brasileño (de zonas industriales y francas descentralizadas, y suburbios plenamente establecidos), en muchos casos por la resistencia popular, por ejemplo, contra el plan ciudad-región de la Sabana de Bogotá, que no ha sido aceptado por completo por las comunidades que allí habitan y su aplicación ha sido más bien lenta.

6Ha sido una constante histórica dentro de muchos movimientos marxistas-leninistas, especialmente foquistas y maoístas, poner la autonomía popular en función de la confrontación armada, lo que ha llevado a una militarización fuerte de los procesos sociales y niega las oportunidades políticas que ha tenido el pueblo sobre su propio destino.

[Colombia] La consigna libertaria es no olvidar el año viejo

Una de las grandes deficiencias que tienen los círculos libertarios en Colombia ha sido la falta de sistematicidad, de trazar objetivos y poder evaluar su cumplimiento en un futuro, así sea para hallar los puntos clave donde empiezan a generarse los errores o aciertos de nuestras posturas. Precisamente, la parte de balances es importante para ello, y no se le ha dado la importancia suficiente, por un lado, por guardar estos análisis en los círculos más íntimos militantes, o simplemente quedan en el aire y no logramos aterrizarlos, para su comunicación y debate, dejando morir en el olvido interesantes análisis que se quedan en una conversación informal. Aquí, un breve y humilde aporte a esa labor que parece que, desde diferentes ópticas y miradas, ya venimos dando en el país. Por supuesto, no se intenta hacer un trabajo personal de reflexión, sino de recoger muchos apuntes que se han construido colectivamente en esas informalidades, pero que a lo mejor con un poco de mayor difusión podemos conectar nodos para caminar con una paso más firme y ligero.

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“el anterior año fue de los más trágicos en una guerra perpetua que, parece ser, la elite no quiere acabar contra las pobres”. Foto: Contagia radio

 

Que deja el año viejo:

Un año violento para el pueblo:

Lo primero es realizar un balance de lo que fue el 2017. Por un lado, y bajo una lupa puesta en las manos de los movimientos sociales y las desfavorecidas del país, el anterior año fue de los más trágicos en una guerra perpetua que, parece ser, la elite no quiere acabar contra las pobres. Los saldos oficiales de lideres sociales asesinados fluctúan entre los 100 y 1301, aunque desde diferentes organizaciones de derechos humanos advierten que el número es mayor2, sobre todo si tenemos presente los asesinatos de defensores de derechos humanos, ex-combatientes de la insurgencia, activistas medioambientales y familiares o personas cercanas a todos estos. En ese aspecto, esto no es otra cosa que la consolidación de una estrategia de la elite santista, que a pesar de su retórica pro-paz, su estructura militar, burocrática y partidista se encuentra aún sumida dentro de la lógica guerrerista más retrograda: las amenazas, torturas y desapariciones siguen siendo pan de cada día.

Al cierre del 2017, un ejercicio certero desde el campo libertario, y en general de la izquierda, es empezar a asumir la posición oficial del gobierno respecto al tema: de un lado, actores como la fiscalía, el senado o el propio presidente no se refieren al tema más que como un “efecto secundario” de los diálogos, reduciendo las denuncias a un par de cortas palabras y pasando de agache con uno que otro paño de agua fría; pero de otro lado, el ejército, ministerio de defensa y las bancadas ultra-derechistas son más ofensivas en sus discursos, bien disminuyéndolos a simples líos de faldas y problemas de linderos (como lo expresa el jefe de las fuerzas armadas Luis Carlos Villegas) o justificándolos en cierto grado, incluso, actuando en aparente descordinación con lo planteado desde una posición derechista más “progresista” en tema de resolución social de los conflictos, que son solo palabras frente a la reorganización de las fuerzas armadas para el 2018, con un altísimo grado de establecimiento de batallones microfocalizados y fuerzas de tarea especializadas, dentro del llamado “Plan Estratégico Militar de Estabilización y Consolidación ‘Victoria’”3, redoblando el pie de fuerza en lugares donde históricamente la violación de derechos humanos ha sido una constante. Esto no es una mera táctica de desatinos oportunistas o palabras mal ubicadas: es el discurso oficial que construye y mantiene el régimen respecto al genocidio en la Colombia profunda de quienes se organizan en defensa de los intereses de las personas de abajo. Es importante superar el discurso que ha optado la centro-izquierda y los jefes políticos de la antigua insurgencia y hoy partido político legal de las FARC, donde a pesar de la abierta guerra declarada desde los mandos altos militares con su mirada puesta en otro lado, mantienen bajo la política de “cordialidad” y “no darse duro contra el enemigo” un discurso de “respeto y admiración”, incluso de ingenuidad, hacia el aparato militar-paramilitar del Estado (como en el saludo de Timochenko a las fuerzas militares, desconociendo que la lógica contrainsurgente de estas ni siquiera ha menguado4).

Ante esto, diferentes organizaciones campesinas, indígenas y afro han optado por, de un lado, no confiar en el supuesto copamiento estatal de las zonas antes controladas por las FARC, porque o bien las fuerzas militares entran con un sentimiento revanchista y de venganza (como la región de la Macarena), o simplemente dejan abiertas las puertas a la entrada de grupos paramilitares. La comunidad de paz de San José de Apartadó es una muestra clara de ello: en vísperas del fin de año, 4 paramilitares fueron detenidos por la comunidad cuando cumplían la misión de asesinar a uno de los líderes sociales del territorio, y a pesar de las advertencias que ya se habían hecho, el discurso del ejército y la gobernación de Antioquia es que dichos sicarios políticos eran “bandidos comunes” que iban a robar un supermercado, a pesar de las múltiples pruebas, y finalmente fueron dejados en libertad5. Esto no solo refuerza lo que ya se ha venido diciendo, sino que nos muestra la respuesta natural de las comunidades frente a la avanzada paramilitar de los territorios, en consonancia con la omisión (pero no inacción) del Estado: si bien la mayor parte de los movimientos sociales no están dispuestos a replicar la guerra bajo las lógicas que impartían en antaño las insurgencias, la defensa del territorio de las comunidades es algo que ya no puede descansar el manos del gobierno y son los mismos pobladores organizados quienes van, generalmente de manera pacifica pero contundente y organizada, desarmando a grupos paramilitares, militares e incluso a insurgencias que desafían el poder popular construido por las mismas comunidades, esto último vislumbrado sobre todo en el caso del extremo militarismo del EPL (supuestamente maoísta) en el Norte del Cauca.

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“la defensa del territorio de las comunidades es algo que ya no puede descansar el manos del gobierno”. En la imagen, militares detenidos por la guardía indígena de Nariño, luego de realizar incursiones no deseadas por la comunidad en territorio ancestral. Foto: La FM

 

Y lo anterior en el año 2017 fue historia, de abajo y sin grandes titulares, que sin embargo va marcando unos antes y después en determinadas veredas, resguardos y municipios: el desarme del ejército en Corinto (Cauca), las incautaciones al Ejército Popular de Liberación y disidencias de las FARC en Caloto y Toribío (Cauca), la captura de paramilitares en Apartadó (Chocó), el establecimiento de nuevas guardias campesinas, afros y populares en departamentos como Cauca, Tolima, Valle y Putumayo, la unión multicultural en defensa del territorio en el Catatumbo y Chocó, entre otras experiencias similares. En conclusión: de forma espontánea, a pesar de las equivocadas lecturas de aquella izquierda seducida por el discurso santista, el pueblo va cada vez asumiendo la defensa de su territorio, cosa que tarde o temprano chocará contra el monopolio de la fuerza terrateniente y gamonal que se mantiene en el país, tal como ha venido pasando por ejemplo en Túmaco. No sobra anotar que en esta parte el anarquismo militante ha estado más o menos ausente, y se requiere entender la lógica de la territorialidad como un eje fundamental programático para una certera apuesta por el establecimiento de proyectos políticos de carácter comunitarios y asamblearios, incluso, que abren las puertas hacia la discusión de Estado, el militarismo y la verticalidad dentro de los mismos movimientos sociales, sobre todo en un país como Colombia, donde las insurgencias han tenido una base social impresionante pero han impuesto su propio lógica a estas.

En el aspecto legislativo, a pesar de la supuesta esperanza que se asumían con los diálogos de paz, por ejemplo, respecto a participación política y distribución de la tierra, la ofensiva contra el pueblo no paró. Muchas de las zonas que se negociaron en La Habana y que se iban a dar a los antiguos guerrilleros, así como a familias sin tierra, se han embolatado en proyectos productivos que no han tenido plena financiación, repercutiendo incluso en el abandono de ex-combatientes de sus zonas veredales a causa de la desilusión6. Esto se suma a la ya avanzada de los ejércitos paramilitares anti-restitución, promovidos por terratenientes de diferentes regiones, mientras la legislación de entrega de tierras se encuentra lenta o su ejecución directamente frenada. En vía de ello, la supuesta apertura democrática negociada con las FARC fue pateada por el congreso de la república, no solo por la bancada de extrema-derecha sino por la desidia dentro de los mismos partidos oficialistas, quienes con macabras jugadas legislativas tumbaron la propuesta de entregar 16 curules a los movimientos de víctimas de los municipios que más sufrieron el rigor de la guerra en el país. Como se verá más adelante, a pesar de lo lamentable de la situación, da pie a experiencias democráticas en dichos territorios que pueden ser favorables a posturas libertarias, dada la desesperanza que invade a los movimientos agrarios que pierden cada vez más la fe en el supuesto camino trazado que dejó las negociaciones con la insurgencia, pero aumenta la confianza en la propia organización popular (un poco perdida en varios aspectos, bajo el establecimiento vanguardistas de algunas insurgencias, cuyo diálogo con los actores sociales si correspondía con una lógica militarista de arriba/abajo-ejército/pueblo).

Y a parte de la legislación meramente parlamentaria, dentro de los movimientos sindicales también queda un precedente gravísimo con respecto a la huelga de pilotos de Avianca, donde a pesar de ser una manifestación que contó con una fuerza increíble (siendo la huelga aérea más larga en la historia del país), finalmente fue declarada ilegal, por supuestamente, estar vinculada a la prestación de “servicios públicos”, a pesar de ser eminentemente operada por particulares, y peor aun, particulares históricamente aliados del paramilitarismo como el dueño de la aerolínea, el señor Eframovich. Esto marca un precedente dentro de un movimiento sindical que cada vez da más pasos atrás, por ejemplo, con la pasividad que se asumió el año pasado el paupérrimo aumento del salario mínimo (escenario que se repitió de nuevo para este año) y el ataque a los bolsillos de los pobres que significó la reforma tributaria; en suma, todo ello, parece que la da ciertas ventajas judiciales y de precedentes a la ya poderosa patronal de Colombia.

Las fuerzas alternativas:

En la arena de la izquierda, como se puede entender en un año preelectoral, el establecimiento de alianzas fue el derrotero. Quedan ya marcadas para la contienda electoral 3 posiciones: primero, una complicada alianza anti-corrupción del Polo Democrático, la Alianza Verde y Compromiso ciudadano, que recoge desde las posturas centro cercanas al derechismo civilista (Sergio Fajardo) hasta la izquierda socialdemócrata (Jorge Robledo); segundo, de la izquierda, encabezada por el controvertido Gustavo Petro (movimiento Progresistas) y Clara López (antigua líder del Polo Democrático que viró hacia el ministerio de Trabajo de Santos), secundados por varios movimientos, entre ellos la Unión Patriótica (paralela al Partido Comunista); y finalmente, el movimiento político de las FARC, que ha renunciado a las alianzas con la confianza de las 10 curules legislativas ya aseguradas en La Habana y que le apuestan a cierta relevancia electoral en la presidencia, y sobre todo, en la cámara de representantes desde las regiones donde ha tenido presencia o ganó simpatía con las movilizaciones en defensa de los diálogos de paz en el 2016.

También se hace necesario hacer un balance de las negociaciones entre el gobierno y el Ejército de Liberación Nacional, cuyo mayor logro en el año fue un cese al fuego para cerrar el mismo. Los avances han sido difíciles, de un lado, porque el ELN se ha fortalecido en regiones como el Cauca y Chocó, estratégicos por su pasado bajo el dominio de las FARC y que confrontan trincheras con el paramilitarismo, y de otro, porque dado los incumplimientos del gobierno con lo pactado con las FARC, el ELN no parece querer arriesgar, postura jalada por el sector considerado más “ortodoxo” e influenciado por el Frente de Guerra Oriental, que ha extendido su estrategia a otros frentes, aunque si bien, realmente el crecimiento dentro de una estrategia nacional es más bien corto respecto a lo que se esperaba con los “farianos” que no querían dejar las armas.

El balance a la derecha:

Finalmente, dentro del bloque dominante, el 2017 ha marcado la dinámica bajo la batuta pre-electoral también. Sin embargo, y contrario a otras veces, no son claras las alianzas, sobre todo por juegos de caudillismos y cálculos. El sector santista, que hasta ahora tenia cierto control político en el aparato estatal, entró en crisis tras la salida de Cambio Radical de la Unidad Nacional y los continuos escándalos de corrupción, lo que le ha puesto fecha de vencimiento a ese proyecto, que se ha dispersado sobre todo dentro del Partido Liberal, con la figura mediática de Humberto de la Calle, político tradicional que sin embargo ha recogido a una parte pequeña de la izquierda para su candidatura presidencial. La ultraderecha sin embargo está dividida: no ha podido consolidarse una postura entre los conservadores, el uribismo y sectores más independientes vinculados con el ultra-catolicismo, sobre todo porque no se han logrado consolidar los referentes y existen ciertas rupturas internas (como en el Uribismo, entre el sector ganador de la consulta de Iván Duque y el ala más radical de José Obdulio Gaviria); sin embargo, es muy probable que está alianza llegue a buen puerto, lo que deja en alerta tanto a la izquierda que está en disputa electoral como los movimientos sociales que han centrado su accionar en la movilización. Pero si el 2017 ha dado una sorpresa ha sido el lanzamiento al ruedo de Cambio Radical, un partido que venia acumulando casi en silencio un poderoso aparato electoral regional y fuerza política con la táctica del camaleón dentro del santismo, y que, con condiciones más propicias para lanzarse al ruedo solos, abandona el barco que durante 8 años ayudó a conducir. Vargas Lleras se lanza, si bien por firmas, con el aval de toda esa maquinaria con terrible fuerza en la costa Caribe y el centro del país, y a pesar de los escandalosos casos de corrupción de sus representantes electos, va en firme para una eventual segunda vuelta electoral en el 2018. Estas diferencias dentro de la derecha y los sonados casos de corrupción, hacen que una batalla entre izquierda y derecha se pueda dar, como no la ha habido desde el 2008 (y prácticamente nunca en la historia del país), aunque puede perderse la oportunidad con la división de la izquierda.

Un año que viene:

Elecciones y elecciones:

Como se ha hecho evidente, el reto coyuntural y táctico del 2018 será abordar el tema electoral. Claro, no bastará simplemente repetir de forma vacía la consigna anti-electoral de “el voto no sirve y la lucha sí”, si los sectores libertarios no evidenciamos, dentro del amplio espectro del campo popular, que efectivamente estamos a la altura histórica que requiere la lucha, y por sobre todo, que esa lucha da resultados. Así, el debate habrá que darlo desde las aristas que nos sean más favorables, que puedan recoger el amplio de los sentires de abajo pero que se puedan viabilizar en alternativas de resistencia, que trasciendan la coyuntura y se conviertan en un verdadero camino estratégico de mediano plazo.

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El 2018 será un año electoral, y el gran reto para el movimiento libertario inscrito dentro de la lucha social es lograr mantener la independencia mientras se acumulan fuerzas que no se vayan con la coyuntura.

Queda claro también que una postura en el 2018 frente a las elecciones parte de una gran claridad política, ya que no es extraño (como pasó en el plebiscito del 2016), que el miedo a la avanzada derechista lleve a varias compañeras a votar o incluso hacer campaña abierta por algunas de las alternativas, y tal cual como lo repite la socialdemocracia cada 4 años, “hay que ganar porque es mucho lo que está en juego”. Precisamente, las alternativas de verdadera transformación se cierran si se piensa que dentro de la Coalición Colombia hay una propuesta que, si bien su punta de lanza es la lucha contra la corrupción, no logra consolidar un programa mínimamente antineoliberal y mucho menos anticapitalista; de otro lado, dentro de la lista de la decencia de Petro y Clara López, esta última representa un sector oportunista y peligroso infiltrado dentro de la izquierda, que ante los mínimos coqueteos burocráticos cede sus supuestos principios por un cargo de verdugo contra las de abajo, legislando contra las trabajadoras como lo hizo López en el ministerio de Trabajo; y finalmente, las FARC parecen ensimismarse cada vez más en ellas mismas, producto de equivocados cálculos políticos, donde la práctica (y ciertas posturas ambiguas) les terminarán acorralando a sumarse a la campaña de De la Calle, bien sea directamente o indirectamente, pues es muy difícil que alguna de las otras candidaturas “alternativas” les quiera recibir. Así, el reto es saber expresar estas desconfianzas en los movimientos sociales, si bien tampoco reduciendo el mensaje al “no votar”, ni tampoco colocándolo como barrera comunicativa. Una postura que nos puede ser de utilidad es no colocar la contradicción del voto-no voto, sino precisamente dedicar las fuerzas a articular las luchas, de un lado, para darle énfasis a que es ahí donde se resuelven de fondo los problemas y bajo los ritmos que se decidan abajo, y de otro lado, que puede prepararse para enfrentar un gobierno de derecha o mantener la independencia de un gobierno progresista. Para ello, es preciso recurrir al “encontrarse desde la lucha”, donde se hace necesario mantener las lógicas de articulación, lectura de actualidad y proyecciones de todos los escenarios, donde lo trascendental no sea el voto, sino la fuerza e independencia que tengan aquellos movimientos populares cuyas prácticas se han venido intersectando con las nuestras.

Una propuesta estratégica:

Esto se puede materializar aun más para el largo plazo con la ola de consultas populares medioambientales que se han dado en el país, y que han logrado ser punto de encuentro de movimientos sociales, procesos de pobladores, campesinos, indígenas, afros, ecologistas y colectivos independientes, y puede desafiar el modelo minero-energético a la vez que no deja perder todas las fuerzas en la dinámica electoral, muy a pesar de que no tengamos la fuerza suficiente para que ello termine pasando.

“¿Será una combinación territorial-medio ambiental la estrategia que marcará un trabajo libertario como actor político de peso en el país?”. Foto: Revista semana

Pero no es gratuito que se plantee la lucha contra la gran minería y la extracción de hidrocarburos como un punto de partida para dar un debate a nivel nacional, sino que precisamente recurrimos a aquello que ya nos hacia mención Murray Bookchin desde hace décadas: el capitalismo internacional va situando sus contradicciones cada vez más en declive del planeta contra el consumismo desenfrenado, donde una sociedad ecologista y libertaria no será ya una utopía de minorías militantes, sino una necesidad de supervivencia para los pueblos. Esto parece ser una preocupación central si analizamos coyunturas regionales en el año anterior, como los bloqueos al relleno sanitario doña Juana y el paro de la cuenca del río tunjuelo en Bogotá, así como las movilizaciones en defensa de los páramos en el Tolima o Santander, solo por citar unos ejemplos. No es de extrañar que esto se agudiza más con el escenario del posconflicto, donde las puertas de la mayoría de las grandes bioreservas nacionales quedaron abiertas tras la salida de las FARC como agentes armados, y que ya se ha saldado con el inicio del ecocidio en regiones como la serranía de la Macarena. Así, si lo pensamos, los conflictos socio-ambientales representan el nodo que puede articular diversas luchas, como las ya mencionadas respecto al ejercicio de control territorial de las comunidades (donde las guardias populares no solo tendrán que afrontar al paramilitarismo, sino también la entrada de multinacionales, si bien ambos aliados), y en la otra cara, recurre a un tema de importancia central para diversos movimientos sociales y personas desposeídas que aun se encuentran alejadas, por ignorancia o fastidio a la vieja izquierda, de la lucha popular, pero que tienen una preocupación ambiental. Esto además de ser un escenario donde resalta el abandono de las principales fuerzas de izquierda, quienes ahora enfilan militancia dentro de las urnas y que, como pasará en muchos casos, luego de salir “quemadas”, querrán volver a vincularse a las movilización más actuales y con resonancia. ¿Será una combinación territorial-medio ambiental la estrategia que marcará un trabajo libertario como actor político de peso en el país?

Primero, organizar la casa:

Pero para consolidar una estrategia de dicha envergadura, no falta con diversos colectivos o militantes libertarios dispersos, sino que se hace necesaria la articulación libertaria. No es de extrañar a estas alturas, que así como la izquierda y la derecha llegan al escenario pre-electoral divididas, con cierta mofa, podamos hablar de que las libertarias llegamos al escenario pre-anti-electoral también divididas, y casi que por las mismas razones de personalismos y falta de voluntad, pero también, para ser críticos, por la falta de criterio político para establecer una linea común de trabajo, muy insuficiente en anteriores espacios de encuentro. En ello, quedan dos retos:

Primero, lograr establecer esos “objetivos” en común, es decir, como mínimo, que en el 2018 podamos, en el encuentro de la lucha y desde abajo, establecer metas comunes a pesar de no caminar estrictamente juntas, lo que podría dar pasos para en un futuro no tan lejano lograr establecer al movimiento libertario como un referente dinámico e importante dentro del campo popular colombiano. Se hace necesario que los espacios de encuentro sean lo más aterrizados posibles, y recurran incluso a ciertas delimitaciones necesarias para no llevar los debates a la estratosfera: encuentros de territorio, juveniles, agrarios o de economías alternativas son centrales en esto, que dejen acumulados sistematizados para poder luego evaluar lo conseguido o perdido, sobretodo si queremos realizar análisis serios luego de las elecciones.

Segundo, es importante establecer una corriente de acción y pensamiento clara. Para ello, las labores de propaganda, agitación, de referencias y discursivas son aspectos fundamentales, que debemos darlas con concreción y sencillez, para resolver las necesidades reales con procesos prácticos realizables. Esto se puede fortalecer si como punto de partida colocamos las luchas que ya acompañamos como referentes para otras regiones del país, tales como la liberación de la Madre Tierra del Norte del Cauca o los ya mencionados conflictos socio-ambientales de Cajamarca o el Santander, incluso, poniendo a diálogar otras experiencias internacionales como el confederalismo democrático de Kurdistán. Una propuesta que ha surgido últimamente ha sido la del autonomismo comunitario, desde la cual se intenta plasmar ciertas prácticas que podríamos llamar “antiautoritarias” y que buscan desarrollarse dentro de los movimientos sociales para logran horizontes de transformación, con una apuesta que pretenda desarrollar las diferentes caras de la autonomía: económica (con una apuesta autogestiva de producción), cultural (acompañadas de procesos educativos populares y étnicos, por ejemplo), política (bajo la batuta del asamblearismo, la democracia directa y participativa, y principios como la rotatividad, revocabilidad y no centralidad) y pueda superar errores tradicionales de las fuerzas alternativas (con principios antipatriarcales, antiracistas y descentralización); todo esto bajo una perspectiva de abocamiento completo por la comunidad, proyectos que sin embargo solo se dan mientras halla un territorio sobre el cual asentar el proyecto, lo que nos conecta con lo planteado antes: la necesidad de la disputa y defensa del territorio.

Así, como punto de partida para el año que viene, debemos organizar las perspectivas y caminar la defensa del lugar que nuestros pies pisan, y solo con ello, plantear que necesariamente, solo la lucha dará los frutos que los de arriba nos han negado históricamente.

Steven Crux
Enero 2018

3Para un análisis más detallado, se recomienda el Documento de análisis del PCC sobre cambios en política militar

2017, un año para no olvidar

Como tercer año consecutivo, llevo repasando el fin de año tratando de recordar lo más sonado este 2017, y seguir adelante con lo construido y lo que quede por hacer. Dejamos otro año repleto de muchísimas historias, de alegrías y penas, de aventuras y cambios, de tropiezos y aciertos, de victorias y derrotas… que sin duda nos marcarán en nuestras vidas.

Este 2017 sin duda marcará a la generación de los ’90 como el comienzo de la vida adulta, lo que significaría para muchas, madurar y, para todos los hijos e hijas de clase trabajadora, darse cabezazos contra la dura realidad marcada sobre todo por la falta de oportunidades, tanto en el mundo laboral como en la entrada a la Universidad, sin olvidar la dificultad para emanciparse por las altas tasas de paro juvenil, el precio de la vivienda y el trabajo temporal y mal remunerado. Y a pesar de que la crisis nos haya pillado en nuestra mejor etapa de la vida, salimos adelante sobreviviendo entre la precariedad y la emigración, luchando por una vida que merezca la pena ser vivida.

Recordamos la llegada del 2017 con un tarifazo de la luz así por la cara otro año consecutivo más, el conflicto de la estiba, la condena a Cassandra por los chistes de Carrero Blanco, las Marchas de la Dignidad, la cumbre del G20, el problema del turismo masivo en ciudades como Barcelona, Madrid, Palma de Mallorca, Venecia…, los conflictos en Venezuela, la desaparición de Santiago Maldonado y posterior aparición de su cuerpo, la cuestión catalana y la movilización social durante y tras el 1O, la lucha incansable del pueblo de Murcia contra el muro del AVE, los incendios en Galicia y el norte de Portugal, la victoria sobre Raqqa, la masiva manifestación nazi en la capital polaca el día de su independencia, las manifestaciones contra la violencia machista, la aplicación del artículo 155 en Catalunya, el tráfico de esclavos en una Libia destrozada por el imperialismo, el golpe de Estado en Honduras y la posterior resistencia popular…, el final de la neutralidad de Internet en EEUU y la chispa que volvió a incendiar Oriente Próximo cuando Trump firmó el reconocimiento de Jerusalén como capital israelí. Dejo aquí muchos acontecimientos más en el tintero ya que no entrarían en este resumen.

Afrontaremos el siguiente año con un cambio climático cuyos efectos cada vez serán más graves sobre la Tierra pero que ningún país parece querer realizar acciones para revertirlo. La crisis económica aún estará lejos de solucionarse y más para España, cuya hucha de las pensiones fue saqueada por el PP y será deficitaria, mientras el BCE dejará de comprar deuda española. Dentro de Europa, hemos de considerar el auge del fascismo en los países del Este y en todo el mundo, ya está en marcha la ofensiva neoliberal. Un fantasma recorre el mundo y no es precisamente el de la URSS, sino una nueva ola conservadora reflejada en Trump, en Macri y en Macron y Le Pen.

Ante esta ola conservadora, las izquierdas —y en particular el movimiento libertario— debemos avanzar y tomar posición en la situación política actual. En América Latina, la apuesta del CNI en México es un ejemplo de la necesidad de pasar a la ofensiva con un movimiento popular indígena detrás para cambiar el modelo de país. Los movimientos sociales en Argentina también deberían plantearse una ofensiva que no solo frene los recortes de Macri, sino que también puedan configurar un nuevo modelo de país. En Chile, ponemos las esperanzas en el Frente Amplio y en la ruptura democrática en aras de hacer avanzar el movimiento popular. Tampoco olvidemos la resistencia campesina en Colombia y las luchas sociales en Brasil ante la represión contra los anarquistas. Yendo para Oriente Próximo, nos duele otra vez Palestina que sufre otra dura agresión por parte de EEUU e Israel contra Jerusalén, capital de Palestina. En Rojava destacamos la victoria sobre Raqqa y en algunas zonas de Bashur (Kurdistán iraquí) el PKK ha proclamado la autonomía democrática y hay en curso un levantamiento contra Barzani.

Volviendo hacia Europa, tenemos las miradas puestas en Catalunya, donde el Procés tras el 1-O ha dado protagonismo a la autoorganización popular a través de los CDR. Cuando la movilización social estaba prácticamente por los suelos, la llegada de septiembre y el curso de los acontecimientos pareció reactivar en Catalunya un nuevo ciclo de movilizaciones, sin olvidar tampoco la movilización del pueblo gallego durante los incendios ni al pueblo murciano que salió a las calles contra el muro del AVE. La cuestión catalana también ha abierto entre nuestras filas una serie de debates acerca de la soberanía, el derecho a la autodeterminación de los pueblos, la cuestión nacional y la territorial. Estos debates sin duda han sido de los más sonados entre el anarquismo ibérico y catalán, y la izquierda en general. Para bien o para mal, era necesario una buena sacudida en nuestras filas para desechar viejas glorias y prejuicios acerca de la cuestión nacional, ya que entenderla es clave para conocer los movimientos populares del s. XXI: el Rif, las luchas indígenas y el movimiento de liberación kurdo principalmente.

Dejamos otro año atrás con un buen sabor de boca, al menos para mí, observando cómo comenzamos ya a caminar sobre suelo firme con proyectos y organizaciones como la FAGC, Apoyo Mutuo, la FEL, Embat y nuestras compañeras gallegas que estrenaron este 2017 Bátega. La construcción del poder popular requiere paciencia e inserción en las luchas sociales, como la vivienda, el movimiento estudiantil y la Educación, las remunicipalizaciones, el sindicalismo de clase, el medio ambiente y los barrios.

Para el año que viene, en Catalunya hemos de darle una salida por lo social al Procés y evitar volver al casillero de salida del ritmo institucional. La Asamblea Social Constituyente será decisiva para darle una nueva dirección y legitimidad a los movimientos sociales catalanes de cara a impulsar la construcción de una República y un proceso constituyente desde abajo a la izquierda, poniendo sobre la mesa la mejora de las condiciones materiales de la ciudadanía y la clase trabajadora en materias de: vivienda, barrios y pueblos, servicios públicos (Educación, Sanidad, pensiones, Seguridad social, suministros…), marco laboral y política económica, energías y medio ambiente, y soberanía territorial. Y para el resto de España, la ASC y los CDRs deberían ser ejemplos y motivos para que en el resto del territorio se active también la lucha social, en clave de configurar una política de alianzas entre anarquistas, los movimientos sociales y la izquierda radical de cara a construir una ofensiva contra el Régimen del ’78. Recordemos que el art. 155 no es solo para reprimir a Catalunya. También supondrá otra oleada de recortes en derechos y libertades en el resto del Estado español (ya ha sucedido con la intervención de las cuentas del Ayto. de Madrid y del de Cádiz). Debemos ir superando poco a poco los movimientos reactivos (contra la represión, contra …) para comenzar a plantearnos la ofensiva. Solo un pueblo fuerte será capaz de parar el fascismo y revertir los ataques neoliberales.

Como despedida hasta el año que viene, nos espera un 2018 movido, con un camino duro y lleno de retos que afrontar. Durante estas semanas de reencuentros familiares, no olvidemos cuidarnos nosotros y nosotras mismas junto con nuestros seres queridos y recibamos el nuevo año con alegría, ánimos, esperanzas y muchas fuerzas. Por ello, brindemos una vez más por las victorias que hayamos cosechado el movimiento popular alrededor del mundo este 2017. Iniciaremos el siguiente año con un ciclo político en el cual se nos hace cada vez más importante participar de los procesos de lucha social en las calles. Para el 2018, será clave activar un nuevo ciclo de movilizaciones con vocación de poder popular e ir construyendo una institucionalidad desde la base (asambleas de barrio, asociaciones de vecinos, sindicatos, grupos ecologistas, organizaciones feministas…) como foco de contrapoder y de clase. Tenemos que pasar a la ofensiva si queremos ganar, así que afrontemos el nuevo año con los mejores deseos y anhelos por ese nuevo mundo que llevamos en nuestros corazones, y que tratamos de materializar en estos instantes.

¡Feliz solsticio de invierno para el Norte, equinoccio para el trópico y solsticio de verano para el Sur! La historia solo acaba de empezar. ¡Construyamos colectivamente el futuro en el que deseamos vivir!

Comencemos a tomar posiciones de fuerza

Antes que nada, sé que no es fácil asumir de primeras este planteamiento dado el estado actual del anarquismo en una coyuntura difícil. Pero lo veo como un ejercicio cada vez más necesario para romper con el inmovilismo y la continua derrota. No podemos seguir quedándonos en una posición reactiva o a la defensiva, en dinámicas que son únicamente el activismo por el activismo, el movimiento por el movimiento o no ir más allá de lo cultural (encuentros del libro anarquista, charlas, coloquios, y demás actos culturales, unos más y otros menos de autoconsumo). Con lo último no quiero decir que se dejen de hacer, sino que hay que ir más allá. Y hablo de tomar posicionamientos políticos ante los sucesos actuales que hayan tenido impacto en la sociedad y haya dado lugar a que la población comience a salir a las calles y politizarse. Casos como el 15M o la ola de movilizaciones en Catalunya que comenzó desde septiembre de este año ilustran cómo son acontecimientos excepcionales que abren una posibilidad de ruptura con el actual Régimen del ’78, y pienso que tenemos cierta responsabilidad en tomar partido en estos escenarios ya que es cuando la gente se politiza y comienza a ver las contradicciones de este sistema.

Dijo Errico Malatesta una vez que los y las anarquistas deberían estar con el pueblo y fomentando toda clase de organizaciones populares allá donde actuásemos. La autoorganización popular no nos debería asustar, al contrario, nos debe llamar a participar en ellas y hacer que las organizaciones sociales vayan asumiento posicionamientos cada vez más radicales, no solo hablo de las luchas a nivel social, sino también a nivel político. Sin embargo, nos ponemos excusas y nos autolimitamos criticándolos de ser parte de movimientos interclasistas, de ser reformistas, meramente independentistas que solo buscan un nuevo Estado-nación, que acabaríamos abandonando el anarquismo en pro de otros partidos o que acabarán siendo utilizados por la burguesía para sus intereses de clase. Una mirada menos ideológica y más a pie de calle nos demuestra que no es del todo cierto, sino que existe detrás una autoorganización popular dentro de lo que es un movimiento ciudadano e interclasista. La diferencia aquí entre tomar una posición de fuerza con seguir en una posición de debilidad, radica en cómo atajamos las contradicciones y damos las respuestas ante esta coyuntura.

Como durante el 15M, la cuestión catalana nos genera una serie de contradicciones (el interclasismo, los modelos de institucionalidad, el poder y la cuestión nacional principalmente) en nuestro pensamiento político y nos ha pillado a casi todas sin una respuesta clara sobre el momento. Sobre esta situación han aflorado dos vías:

-Por un lado, existe ese miedo a que con los cambios, el anarquismo deje de ser como tal (como si fuese algo universal y atemporal) con la incorporación de nuevas tesis sobre temáticas actuales. Este miedo junto con el rechazo a la necesidad de replanteamientos, relecturas y actualizaciones en los criterios de análisis y en la teoría política sobre las cuestiones que generan contradicciones, han llevado a algunos y algunas a asumir posicionamientos conservadores por el hecho de no querer enfrentarlas, manteniendo así unos principios inamovibles mientras los tiempos cambian. Esta actitud es conservadora por el hecho de que la realidad es siempre cambiante. Y al impedir acualizaciones en el corpus teórico-político, seremos incapaces de generar un discurso adaptado al momento y que nos permita avanzar. Recurrir a argumentos del pasado para justificar el presente pese a no encajar adecuadamente nos aleja de cualquier posibilidad de avance.

-Y por el otro, estamos quienes hemos visto la necesidad de enfrentar dichas contradicciones y encajar las piezas del rompecabezas para ser capaces de intervenir en esta realidad y poder cambiarla. Ciertamente como dije al principio, no es nada fácil ya que sentimos que aún hay camino que andar y mucho por construir. Nos aventuramos en terrenos pantanosos y nos rodea cierta incertidumbre, pero estamos convencidos y convencidas de que es la única vía de avance. Asumimos que siempre existirán las contradicciones pero que éstas no deberían echarnos atrás. Y asumimos también que si lo que queremos es la revolución social, hemos de trazar planes estratégicos y líneas políticas que nos permitan posicionarnos a la ofensiva, superando las inercias reactivas que llevamos arrastrando durante mucho tiempo.

Pero, ¿cómo asumir posiciones de fuerza cuando no la tenemos? Si no la tenemos, hemos de ganarla, y de ello depende de cómo juguemos las cartas ante las circunstancias del momento. En otras palabras, elegir la táctica o estrategia más adecuada a cada coyuntura. Un ejemplo de ello fue la Vaga General del 3-O, cuando desde la plataforma Triem Lluitar se lanzó una convocatoria de huelga general casi sin garantías, pero que resultó ser un éxito ya que obtuvo un amplio seguimiento y desbordaron las llamadas a la moderación de los sindicatos del regimen y la Taula de la Democracia. Similarmente ocurrió con los CDR que tomaron el protagonismo cortando las carreteras y las estaciones de Sants y de Girona, pese a que la convocatoria de huelga el 8N en Catalunya no tuvo seguimiento prácticamente. Y no solo esto, sino hasta el propio Procès fue arrastrado hacia posiciones independentistas gracias a la movilización ciudadana.

Pero ojo, esto no implica aunar esfuerzos por convocar grandes movilizaciones y/o huelgas, o acciones espectaculares sin tener en cuenta la coyuntura. Por ejemplo, estaba claro que la huelga del 8N no iba a tener el mismo seguimiento que el del 3-O. El movimiento por el movimiento produce también un desgaste, y sobre todo cuando no se tiene un objetivo claro. Esto es lo que acabó con el 15M, donde las movilizaciones no estaban provocando cambios en el sistema y la represión comenzaba a golpear.

Comenzar a tomar posiciones de fuerza implica tomar responsabilidad política de articular un cambio en este país, salir de la continua derrota y dejar de insistir en terceras vías que no cuelgan de ningún análisis materialista, ya que no se van a materializar porque no encaja en la coyuntura, sino solamente en nuestro propio imaginario ideal. Asumir esta posición nos obliga a organizarnos políticamente para poder crear un proyecto político propio; hacer una lectura en clave de oportunidades de los acontecimientos que tienen impacto a nivel de país con una visión estratégica, unas líneas políticas y objetivos claros; y poder articular un movimiento popular capaz de marcar agenda y generar relato y discurso que nos permita plantear una ofensiva desde abajo y a la izquierda contra el Régimen del ’78 y el statu quo neoliberal. De lo contrario, una izquierda débil —y en particular el anarquismo— dejaría vía libre a que las fuerzas políticas reaccionarias, en especial el fascismo, crezcan y puedan llegar al poder, cuyas consecuencias de sobras sabemos: recortes en derechos y libertades, aumento de las diferencias sociales, de la violencia en la vida cotidiana, del autoritarismo y la opresión en la vida cotidiana…

Dentro de 10 días habrá elecciones impuestas en Catalunya, en las cuales si gana el unionismo, tendrán mayor legitimidad para aplicar el 155. Y si gana el independentismo, la aplicarán igualmente aunque se les haya ganado en su terreno de juego. En ese momento habrá peligro de una vuelta al casillero de salida del Procès y que todo vuelva al ritmo institucional desmantelándose la calle, así que no debemos apostarlo todo en estas elecciones, a pesar de que es necesario votar en ellas para que no gane el unionismo. La clave estará en mantenerse en las calles y poder continuar en el escenario post-electoral, sobre el cual ya está en marcha la iniciativa Aixequem la República, desde donde hay posibilidad de articular un movimiento popular incidiendo la cuestión social y materialista bajo el paraguas de la construcción de la nueva República y el proceso constituyente.

No queremos ver otro ocaso del 15M, ni volver a casa otra vez con la moral por los suelos y desperdiciar así otra oportunidad de cambio que no sabemos cuándo volveremos a tener una coyuntura similar. En momentos así es cuando la gente comienza a politizarse y hay que aprovecharlo. Ya no tenemos nada que perder, y creo que vale la pena que nos arriesguemos.

Reformulación urgente de la cuestión nacional

¿Por qué el anarquismo no ha casado bien con la cuestión nacional? Es una de las preguntas que rondan en mi cabeza cada vez que oigo hablar de Catalunya en los ambientes libertarios. Por suerte, entre parte del movimiento libertario catalán y del resto del Estado español, se tiene claro qué implica todo esto. Antes de nada, la cuestión nacional no significa solo una bandera, un sentimiento, una patria o un Estado con una serie de características sociales y culturales. La cuestión nacional de la que quiero tratar y que se debe reformular en los ambientes libertarios trasciende lo superficial. Y es que más allá de toda identidad nacional, hay detrás una coyuntura política y una serie de actores políticos y sociales en disputa. Partiendo de aquí, podemos decir que es imposible desligar el nacionalismo con las condiciones materiales dadas en el mismo territorio.

Lejos queda ya atrás los primeros movimientos nacionalistas del s.XIX, y el internacionalismo del s.XX. En pleno s.XXI, las luchas de liberación nacional en algunas zonas del planeta son articulados desde el pueblo, como es el caso de Rojava bajo el Confederalismo Democrático. Lo que hace 200 años tenía un caracter burgués, actualmente se abre la posibilidad al pueblo para iniciar procesos de liberación nacional desde las naciones periféricas, y por supuesto, desde abajo. Esta nueva coyuntura de posibilidades nos debe hacer repensar el discurso antinacionalista decimonónico y el internacionalismo, en la cual, cada vez que se oye hablar de la cuestión nacional, se apelen siempre a los principios, a argumentos de autoridad de anarquistas del s.XX y a un cosmopolitanismo universalista que solo encaja en las conciencias tranquilas, pero no en la realidad material ni en la coyuntura actual. Es por ello que necesitamos una reformulación urgente de este tema, porque estamos quedando como nostálgicos del anarquismo decimonónico, conservadores y guardianes de las esencias del anarquismo. Los tiempos cambian, y si nosotras no sabemos cómo encajar estos cambios y nos resistimos a adaptar nuestra teoría y praxis políticas a la actual coyuntura, nos convierte en conservadores.

Urge pues un cambio de criterios de análisis y de visiones. La reformulación de la cuestion nacional pasa, primero, por pasar de una visión con base en principios universalistas, a tener una visión estratégica sobre la coyuntura que estamos atravesando. No es solo una cuestión de sentimientos e identidades, también hay detrás una serie de acontecimientos (antecedentes) que han llevado al actual escenario, y por ello, qué oportunidades tenemos para incidir. Como dije en párrafos anteriores, la cuestión nacional tiene como trasfondo una serie de condiciones materiales, tanto referente a la situación actual, como a unas nuevas condiciones materiales futuras. Y no solo de condiciones materiales, sino de qué actores políticos están impulsando los conflictos nacionalistas: éstos pueden ser desde la burguesía más conservadora, pasando por las clases medias, ser trasnversal, hasta ser impulsadas por las clases populares. Todo ello implica que cada actor, a través de la cuestión nacional, trata de implementar una serie de condiciones materiales que le favorezcan como clase social bajo el paraguas de un sentimiento e identidad nacional. Esto me lleva a otra pregunta: ¿por qué las luchas de liberación nacional-popular de las últimas décadas las han liderado los marxistas? La respuesta no es porque sean autoritarios, sino que nos lleva a pensar el por qué hemos sido incapaces de capitalizar las luchas de liberación nacional para escalarlas hacia una lucha  por la autodeterminación de los pueblos y en aras de construir un pueblo soberano.

Y como de tal palo tal astilla, la reformulación de la cuestión nacional también nos lleva al internacionalismo. Como tal, el internacionalismo debe basarse en el reconocimiento de la existencia de naciones oprimidas y su derecho a la autodeterminación, así como la hermandad entre los pueblos de distintas naciones y territorios. El internacionalismo que deberíamos reconocer es aquel que reconoce y defiende lo dicho anteriormente, y no aquel que se basa en un cosmopolitanismo cargado de valores universalistas que no encajan con la realidad coyuntural de las luchas de liberación nacional o lo niegan.

Volviendo al tema de Catalunya, el septiembre de este año nos ha venido como un vendaval en tiempos en que las movilizaciones sociales estaban bajo mínimos. Fueron días de cambios acelerados y las calles volvieron a activarse en Catalunya viendo cómo el desafío independentista pasaba a ser un mero conflicto independentista a ser una cuestión de derechos civiles. Este vendaval como agua de mayo significó la oportunidad de activación de un nuevo ciclo de movilizaciones. Entonces llegó el 1-O y la situación fue esperanzadora al ver la autoorganización vecinal desplegada para defender los colegios electorales, incluidos los y las anarquistas, que incluso llegaron a votar. La brutal represión desatada aquel día dio como resultado que la huelga general convocada el 3-O fuese desbordada a pesar de que CCOO y UGT se desmarcaran. Tras ese día de desborde, la situación pasó por momentos de impass, y pareció por un momento que las movilizaciones se iban a desinflar cuando Puigdemont declaró la independencia y la suspendió 8 segundos después. Después de que el artículo 155 llegase al Senado y el mareo institucional, finalmente se aprobó la declaración de independencia, con la consiguiente disolución del Parlament para convocar unas elecciones el 21 de diciembre.

En medio de este vendaval, corrieron ríos de tinta de posturas muy diversas al respecto. No voy a hablar de la evidente actitud totalitaria de los unionistas, sino de los libertarios en sí. Dejando de lado el españolismo más rancio de Unidos Podemos, el cual su discurso encaja ya perfectamente con el Régimen del ’78, lo que hemos visto va desde un antinacionalismo esencialista y con olor españolista, pasando por un apoyo a la autodeterminación de los pueblos sin Estado, hasta la defensa estratégica de la construcción de la República catalana y de allí avanzar hacia un Procès Constituent cuyo protagonista sea el pueblo. Aunque nos parezca a todas la evidente contradicción de la última postura, realmente se trata más de una cuestión estratégica más que de principios, y es que todo estos acontecimientos han sido respondidos desde la autoorganización popular para defender el Referéndum, que ahora han pasado a ser Comités de Defensa de la República. Y remarco que a pesar de las innumerables contradicciones que implica siempre avanzar con el pueblo (lidiar con el interclasismo, intenciones de control de asambleas por parte de organizaciones verticales, sentimientos nacionalistas separados de la realidad material, aliarnos con otras fuerzas políticas autoritarias…), nuestra responsablidad como libertarias es acabar con ellas ensuciándonos y luchando junto al pueblo para conseguir que las reivindicaciones puramente nacionalistas y/o independentistas tengan un contenido materialista y socialista libertario sin ir por delante.

Muchas hemos dicho en ocasiones anteriores de que no debemos dejar pasar oportunidades de ruptura como habíamos dejado pasar el ciclo de movilizaciones abierto por el 15M, y hemos acertado. Sabemos pues que la República no será el final, sino un inicio para la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, y sabemos que tampoco será el socialismo libertario en un solo país, sino que deberá ser el inicio de un ciclo de movilizaciones en el resto del Estado español.

La independencia de Catalunya, al margen de todos los memes y parodias que se han hecho sobre el tema con los cuales nos hemos alegrado estos días, nos ha demostrado que, primero, no es ya solo una mera cuestión nacionalista; segundo, que en el s.XXI en Europa aún hay posibilidades de cambios y rupturas en donde el pueblo sea un actor importante en los acontecimientos; y por último, que la unidad de España no será para siempre y que es posible romperla, y con ella, el Régimen del ’78. Esta ruptura pasará por una ofensiva popular en favor de una república federal en España que acabe con los resquicios del franquismo y establezca un nuevo marco coyuntural que implique una mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora del Estado español. La actual izquierda española, por desgracia, está demostrando no estar a la altura de las circunstancias al atrincherarse en posturas defensivas en medio de la polarización de la sociedad. Esta izquierda débil está dejando que el fascismo crezca y por ello, que acaben con cualquier otra vía de ruptura.

En resumen, no podemos permitir ahora una regresión, y por todo esto es necesario que los y las libertarias atajemos la cuestión nacional desde una perspectiva estratégica, que aunque llena de contradicciones, nos permita trascender el mero independentismo y poner así sobre la mesa temas materialistas tan importantes como la mejora de las condiciones materiales para la clase trabajadora, construcción de un nuevo modelo de institucionalidad a partir de los organismos populares (CDRs, sindicatos de clase, AAVV, cooperativas, …), la defensa de la soberanía popular (con ello, las soberanías polícia, económica, territorial, alimentaria, socio-cultural, energética…) antes que la soberanía nacional, y así avanzar hacia el modelo de sociedad socialista libertario por la que luchamos.

Hablemos de institucionalidades

En relación a la cuestión catalana de estas fechas, se está hablando y comentando sobre esa transición hacia la República catalana, algo que implica muchas cosas y no solo la definición de unos nuevos marcos laborales, comunitarios, de servicos públicos, etc.. sino también de institucionalidad y administración territorial. Aquí entran una serie de conceptos que deberían ser aclarados y que no debería reducirse simplemente a «Estado». Obviamente en el corto plazo no podríamos hablar de la no creación de un nuevo Estado catalán y sabremos que otro Estado no será la solución, y entonces, si no es la creación de un Estado, ¿qué será entonces? La comuna de comunas, la anarquía, el control obrero son conceptos que quedan bien sobre papel, pero necesitamos una base más concreta sobre la que asentar nuestro futuro proyecto político. A lo que pretendo llegar es a aclarar qué es de lo que realmente estamos hablando cuando hablamos de institucionalidad, de administración etc… Diferenciaremos pues entre modelo institucional y Estado,  administración y gobierno, o política y arte de gobernar. Es clave que tengamos claro estos conceptos si asumimos que tenemos la responabilidad en ser parte activa del proceso que estamos viviendo en estos tiempos en Catalunya.

Puede sonarnos muy novedoso el concepto de institucionalidad, y por ello erróneamente suele relacionarse con el Estado o instituciones de la actual democracia burguesa. No obstante, estos conceptos ya los trató Bookchin y Janet Biehl, su alumna. Cuando hablamos de institucionalidades, nos referimos a cómo se configuran en conjunto las administraciones públicas, los mecanismos de tomas de decisiones, la justicia, los órganos legislativos, las defensas, etc… y ello no implica necesariamente un Estado. Los modelos de institucionalidad no estatales los podemos ver en el Consejo de Aragón, en la Comuna de Shinmin, los caracoles Zapatistas o Rojava mismo. En este sentido, cuando hablamos de configurar un nueva nueva institucionalidad, hablamos de cómo llevaremos a cabo la implementación de un nuevo modelo de sociedad en la cual las actuales funciones que están en manos del Estado sean, o bien eliminadas por ser innecesarias o bien, sustituidas por los órganos de la nueva sociedad. En otras palabras, el pueblo tomaría las riendas de su propio destino sin necesidad de ningún organismo centralizado, autoritario y separado de la sociedad decida sobre él, sino que la nueva sociedad constuirá su propia institucionalidad, que en el caso del socialismo libertario, se tratará de una institucionalidad basada en la democracia directa, el apoyo mutuo, la justicia y la igualdad social.

De dicha nueva institucionalidad, nos trasladamos hacia el modelo de administración, que no tiene por qué significar gobernar ni tampoco implica la toma de decisiones políticas. En un Estado, la administración está sujeta a decisiones políticas y al gobierno, es decir, depende de otros organismos que conforman el Estado y por tanto, funcionará acorde a las decisiones del gobierno. En cambio, una administración democrática como la de Rojava implica la separación entre las decisiones políticas y sus ejecuciones. Explicado de otro modo, las decisiones políticas se toman desde las asambleas de barrio y éstas se trasladan a la administración para que ejecute dichas decisiones. En ella vemos que la administración no toma realmente decisiones por sí misma, sino que su papel consiste en facilitar los recursos técnicos y logísticos para que desde los organismos (en este caso las asambleas de barrio, pero pueden ser igualmente consejos obreros/agrícolas, cooperativas…) decisorios deliberen sobre las opciones más acertadas, y se acordará con la administración el poner en marcha dichas decisiones en condiciones de igualdad. Es entonces cuando la administración pública se convierte en un organismo al servicio del pueblo, no para el mantenimiento del orden de un Estado.

Y finalmente, esto nos lleva a diferenciar entre hacer política y arte de gobernar. Hacer política significa tomar decisiones sobre todo aquello que atañen a los problemas y necesidades cotidianas o a la organización de la nueva sociedad. Pero esto no quiere decir que en lo inmediato no hagamos política, de hecho la tenemos que hacer hoy en día primero organizándonos a nivel político para luego ser una herramienta capaz de potenciar y radicalizar los conflictos sociales. Esto significa que la política no es algo que esté lejos del alcance de la población y que solo se realiza desde las actuales instituciones burguesas y el Estado a través de partidos políticos electoralistas, sino algo que hemos de recuperar sobre todo los y las libertarias para no estar siempre viendo cómo nos cuelan recortes en derechos y libertades, escándalos de corrupción, robo de dinero público, mentiras, destrucción de nuestro entorno natural…, y cómo juegan siempre a favor de los intereses de la clase dominante. Recuperar lo político nos permitirá tomar partido sobre los problemas cotidianos que nos están ocurriendo a la clase trabajadora para acumular fuerzas a nuestro favor, y volver al escenario como actor y fuerza política frente a lo que es el arte de gobernar, que es todo ese conjunto de artimañas de la actual política que siempre favorece a sus propios intereses en detrimento de la mayoría de la población, la cual es reducida a simples votantes que no tienen capacidad decisoria sobre las políticas del país. En otras palabras, el arte de gobernar es la política escenificada, espectacularizada y separada del alcance de la población para decidir por encima de ella.

Lamentablemente, la complejidad de nuestra actual sociedad implica ofrecer soluciones realistas en el medio-largo plazo, y ello implica entender que la nueva sociedad socialista libertaria necesitará estar fuertemente organizada para defender su soberanía. Por eso, hablar de la construcción de una nueva institucionalidad no nos debería asustar, al contrario, nos permite materializar nuestras bases políticas sobre la praxis, sabiendo además que las actuales estructuras asamblearias (sindicatos, cooperativas, asociaciones de vecinos, organizaciones políticas, etc) serán los futuros organismos que conformarán la nueva institucionalidad.

Nota: Lo expuesto en este artículo tiene base en el libro de Janet Biehl «Las políticas de la ecología social: municipalismo libertario», que me parecen claves para tener referencias en el medio plazo en los momentos en que el poder popular necesite consolidarse y reafirmarse como actor político de cambios y germen, por tanto, de la nueva sociedad socialista libertaria.

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