El comunismo libertario en el movimiento anarquista. Historia de una tendencia. 1ª Parte 1868-1950

Este texto pretende verter luz teórica sobre la teoría revolucionaria aportada por el movimiento anarquista desde su creación, a partir de la Alianza por la Democracia Socialista, en 1868, hasta el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, momento en el que la corriente libertaria sufrió un profundo corte generacional. Este texto será completado por otro estudio de la época de la post-guerra hasta nuestros días.

Como dice el subtítulo, se trata de una historia de la tendencia comunista libertaria o anarco-comunista, poniendo énfasis en las propuestas concretas tanto teóricas como prácticas de las diferentes organizaciones del movimiento libertario a lo largo de su historia e, intentando analizar aciertos y errores, trataremos de llegar a unas conclusiones básicas que le dan forma a la tendencia en nuestros días.

Anarquistas, ¿Partido o anti-partido?

En la historia del anarquismo como movimiento político rara vez se ha utilizado la palabra Partido para designar a una organización libertaria. Esto se debe a la mala fama que comenzó a tener el parlamentarismo en los medios obreros a partir de la segunda mitad del siglo XIX. El parlamentarismo se entiende como la forma de gobierno basada en el juego democrático de los partidos políticos que se disputan un parlamento y, mediante ello, el control de las instituciones del estado. De esta forma los partidos controlan los mecanismos del poder estatal, y desde allí, a las personas y los pueblos, les voten o no.

Está poco difundido que, en su militancia activa Pierre Joseph Proudhon, probó suerte como diputado. Proudhon era bien conocido en París de finales de los años 1840s por su labor periodística. En 1848 decidió probar suerte en la Asamblea Constituyente de la Segunda República. Tras un primer intento fallido en abril, fue elegido en las elecciones de junio de aquel año. Sin embargo, su estancia en la Asamblea Nacional francesa duró apenas 3 meses, ya que nada más ser elegido tomó parte por los obreros en la insurrección de junio, aunque con una actitud conciliadora. A pesar de eso, su presencia en el parlamento sirvió para que por primera vez se oyeran discursos contra la propiedad privada e insultos contra el presidente Luis-Napoleón Bonaparte (luego conocido como Napoleón III), lo que le llevó a prisión1. Ni el parlamento ni la cárcel lograron aplcar su espíritu rebelde y siguió escribiendo obras valiosas hasta su muerte en 1865.

Los parlamentos burgueses nunca han sido prioridad en el accionar político de los anarquistas. Tras la desagradable experiencia vivida por Proudhon, y algunos otros, participar en las instituciones del estado fue visto cada vez con peores ojos. Una cuestión importante constituye la constatación de no poder cambiar nada desde esta institución, dada la impotencia de ser siempre la minoría de la minoría. Más tarde crecería un desagrado visceral hacia el parlamentarismo que, aunque tenía causas totalmente justificadas, iba más allá de lo racional. Por ejemplo, para la época de Kropotkin, ya era habitual considerar que quienes participaban en el parlamento era más que probable que fueran sobornados de una manera u otra por el enemigo de clase. Quienes se dedicaban a la política partidaria lo hacían para enriquecerse personalmente. No ha cambiado mucho el concepto en el siglo XXI.

El anti-parlamentarismo incluso traspasó fronteras ideológicas y a menudo fue compartido por grupos marxistas, como durante la primera etapa de los partidos comunistas en Europa (1919-1923), gran parte de los cuales era furibundamente anti-parlamentarios. Tan era así que tuvo que tomar cartas en el asunto el propio Lenin para disciplinar a tanta organización díscola que se negaba a aceptar tener que participar en esa cueva de ladrones por la que tomaban los parlamentos. En el comunismo de entonces predominaban las corrientes revolucionarias, contra las que Lenin escribió su obra La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo2.

Los bolcheviques empezaron su lucha victoriosa contra la república parlamentaria (burguesa de hecho) y contra los mencheviques con suma prudencia y no la prepararon, ni mucho menos, tan sencillamente como hoy piensan muchos en Europa y América. En el principio del período mencionado no incitamos a derribar el gobierno, sino que explicamos la imposibilidad de hacerlo sin modificar previamente la composición y el estado de espíritu de los Soviets. No declaramos el boicot al parlamento burgués, a la Asamblea Constituyente, sino que dijimos, a partir de la Conferencia de nuestro Partido, celebrada en abril de 1917, dijimos oficialmente, en nombre del Partido, que una república burguesa, con una Asamblea Constituyente, era preferible a la misma república sin Constituyente, pero que la república «obrera y campesina» soviética es mejor que cualquier república democráticoburguesa, parlamentaria. Sin esta preparación prudente, minuciosa, circunspecta y prolongada, no hubiésemos podido alcanzar ni consolidar la victoria en octubre de 1917. 3

De todas formas el parlamentarismo es una cosa y los partidos otra. Cuando Marx y Engels fundan la Liga Comunista nunca piensan en presentarse a ningunas elecciones. Se trata de una organización política de militantes. A este tipo de organizaciones se les conoce por partido de cuadros, organización de militantes u organización de cuadros. La idea básica es que se trata de una organización que tiene militantes con una experiencia política basada en unas líneas programáticas. La función de estos militantes – cuadros – es la de influir en un cuerpo social más grande que el de su propia organización. Es decir, que el programa de su organización sea asumido también por una organización de masas. Un cuadro, además, no necesitaría estar conectado directamente con su organización, ya que gran parte de su militancia la hará tomando decisiones de forma autónoma inserto en las organizaciones de masas, pero siempre en línea con su programa.

¿Y todo esto para qué? Pues porque tanto el parlamentarismo como las organizaciones de militantes o los partidos de cuadros son formas de encarar la cuestión del poder. El poder está en manos de una clase social, que se ha dado en llamar burguesía. Y la clase explotada, supeditada a la otra, la clase obrera, es quien trabaja para ella. Esta clase, si quiere algún día librarse de la explotación tendrá que organizarse para arrebatarle el poder a la otra. Es por ello por lo que algunas corrientes políticas apuestan por hacerlo mediante una acumulación de poder institucional, parlamentario, y otras mediante la conquista rápida (y a menudo violenta) del poder, revolucionario.

Este poder, aunque se tome de forma abstracta, tiene manifestaciones muy concretas. La más poderosa es el Estado, que no es más que una serie de instituciones que le sirven de herramientas a quien obstenta el poder para poderlo mantener mejor. El Estado defiende unos intereses de clase muy claros, aunque en algunas ocasiones, por pura estrategia, decida que no es mala idea de vez en cuando echarle una mano a la clase explotada. Y en contra de este poder y de este Estado, se alzan los grupos revolucionarios que se organizan como mejor saben y pueden.

Aunque no sea muy conocido, en el bando anti-autoritario también han existido organizaciones de cuadros. Es la intención de este artículo de dar a conocer intentos previos de grupos y organizaciones libertarias históricas que han defendido esta forma de funcionamiento y otras que aunque no son exactamente así (algunas federaciones anarquistas, organizaciones libertarias sociales), son compatibles. Así pues, en este artículo cuando hablemos del “partido de los anarquistas”, lo hacemos siguiendo la 5ª acepción del diccionario de la R.A.E., que dice así:

Conjunto o agregado de personas que siguen y defienden una misma opinión o causa.”4

Es decir, un grupo de militantes que piensan de forma similar y que se organizan para lograr los mismos objetivos.

Creemos que existen también “partidos anti-partido”. En este caso se trata de organizaciones formales o informales de individuos que se oponen a los partidos políticos y siguen una línea política determinada y se organizan para que ésta tenga éxito, es decir, que forman un partido opuesto a los partidos políticos. Hay corrientes anarquistas que conforman partidos anti-partido muy bien organizados. En este caso entra en juego una influencia cultural muy importante, ya que quienes forman parte de estas corrientes tienen una afinidad natural práctica y teórica, que hace que se expresen de forma parecida y que tengan una conciencia de pertenecer al mismo grupo humano, aunque sean de organizaciones distintas.

Así pues en la gran mayoría de textos los anarquistas utilizan el término partido, lo hacen refiriéndose a un “partido que se presenta a las elecciones”. Es decir, un partido que apuesta por el parlamentarismo como medio para ejercer su propuesta política. Y fueron Kropotkin, Malatesta, Volin o Berkman, entre otros, quienes equipararon ambos términos, que hoy resultan casi inseparables. A pesar de ello en ocasiones estos mismos autores mencionan el partido entendido de la forma de agrupación política de anarquistas. Intentaremos, pues, diferenciar entre un partido que se presenta a las elecciones (y/o busca conquistar el poder gubernamental), una organización anarquista de síntesis y una organización de militantes / partido de cuadros.

La Alianza por la Democracia Socialista

La primera organización anarquista reconocida como tal fue la Alianza por la Democracia Socialista, creada por Mijail Bakunin y un grupo de simpatizantes de varios países en 1869. Su organización se basaba en dos programas, uno público y el otro interno, secreto, en línea con las clásicas sociedades secretas que habían predominado en la primera mitad del siglo XIX. Podríamos considerar esta Alianza como una organización de cuadros. La Alianza tuvo unos 70 militantes por toda Europa, y otros centenares repartidos por varias organizaciones nacionales bien estructuradas (en España, Francia, Italia, el Jura, etc.). La intención de este movimiento político era influir en el cuerpo social en el que se desarrollaba: la Asociación Internacional de los Trabajadores, la Internacional. La Alianza actuaría como corriente interna de la AIT.

Esta Sociedad tiene por objeto el triunfo del Principio de la Revolución en el mundo, por consecuencia la disolución radical de todas las organizaciones e instituciones religiosas, políticas, económicas y sociales actualmente existentes, y principalmente la reconstitución de la sociedad Europea, y enseguida mundial, sobre las bases de la Libertad, la Razón, la Justicia y el Trabajo.

Tal obra no podría ser de corta duración. La asociación se constituye entonces por un tiempo indefinido y no cesará de existir más que el día en que el triunfo de su principio en el mundo entero sea su razón de ser.5

Fragmentos del Catecismo Revolucionario de 1866. Precedente de la Alianza

La Alianza lograría imponer su visión sobre la organización del movimiento obrero de la época en varios países, justo en los que tenía mejor organización. Su traducción práctica más clara sería la Comuna de París de 1871, en la que participarían varios “aliancistas”. Además éstos intentarían extender el incendio revolucionario por toda Francia mediante las ‘comunas’ de Marsella o de Lyon – hacia donde se dirigió el propio Bakunin. Los revolucionarios bakuninistas fueron participantes de primera fila en las grandes revueltas europeas de la época (las comunas en Francia, la revolución cantonal en España y las revueltas de Florencia, Bolonia o Nápoles en Italia).

Yendo a lo concreto. Recordemos la misión española de Fanelli6, que en 1869 hizo una gira de propaganda a petición de Bakunin y fundó dos núcleos de la Internacional y de la Alianza en Madrid y en Barcelona, lo que puso las bases de ambas organizaciones en España. Anselmo Lorenzo, Tomás González Morago y Francisco Mora harían lo mismo en Lisboa en 1872. Estos militantes actúan con una misión en la cabeza, que es la de fundar nuevos núcleos para su organización. Así pues contactan con gente proclive a unirse, se les explica el programa, y tras un debate si los han logrado convencer saldrá adelante el núcleo. Es algo parecido a las posteriores campañas de propaganda de los sindicalistas, pueblo a pueblo, aldea a aldea, fábrica a fábrica. Sólo que la Alianza es una organización política y la Internacional es social y sindical. En algunos casos requería que el militante estuviera meses en el mismo lugar, de tal manera que pudiera traspasar los conocimientos necesarios para que todo funcionara correctamente. Y recordemos también que Fanelli era un diputado del parlamento italiano. La particularidad estriba en que no obedecía a su cargo político parlamentario sino que estaba sujeto al programa de la Alianza. De hecho ya era parlamentario cuando conoció a Bakunin, y éste decidió aprovechar el cargo del otro para los fines de la Alianza y de la Internacional. Toda una lección de pragmatismo.

Sin embargo, tras la muerte de Bakunin, la división de la Internacional y el duro enfrentamiento entre marxistas y bakuninistas, y la feroz represión de las revoluciones fallidas, se produjo una dispersión que echará a perder la claridad de miras de antes. Comenzarán 20 años de auge de un anarquismo insurreccional cargado de individualismo y de desconfianza hacia todo tipo de organizaciones, tiempo que aprovecharía el marxismo para imponerse a todos los demás socialismos.

Del Congreso de Londres al Congreso de Ámsterdam

A pesar de su gran influencia en el período 1870-1874, las ideas libertarias pierden fuelle a finales de la década. No obstante, el impulso constructivo se trasladó a nuevos lugares como sudamérica, norteamérica y el norte de África, en donde se irían fundando nuevas sociedades obreras cargadas de influencias libertarias. Pero en Europa comenzará a predominar un anarquismo impulsivo, dispuesto a devolver golpe por golpe todas las ofensas que el poder estatal le estaba profesando al recién organizado movimiento obrero.

El Congreso de Londres de 18817 sería la confirmación oficial de esta tendencia, que hasta entonces había tenido una primera manifestación práctica en la llamada Internacional Negra, que era el intento de continuar con la AIT, desaparecida tras el Congreso de Verviers en 1877. En Londres fracasaron los intentos de construir una nueva Internacional libertaria, y triunfaron las tesis de la propaganda por el hecho y de la dinamita.

En este congreso Piotr Kropotkin propuso combinar las organizaciones de masas con grupos pequeños clandestinos dispuestos a la acción revolucionaria violenta. Incluso esta idea fue rechazada ya que entonces prevalecía la idea anti-organizacionalista del anarquismo. Curiosamente las circunstancias político-sociales harían que en aquellos años destacaran sociedades obreras de masas de carácter libertario en España y en los Estados Unidos y se pusieran las bases para la creación de los sindicatos a una escala mucho mayor que hasta entonces. Volviendo a Kropotkin, este pensaba que:

Yo no veo otro campo de actuación para todos aquellos que no pueden incorporarse a grupos secretos que la de agruparse bajo las banderas de la Internacional huelguista. Es sólo en ésta donde se podrán agrupar las fuerzas obreras, la masa. No veo por otra parte ningún inconveniente en ello. La huelga no es ya una guerra de brazos cruzados. El gobierno se encarga continuamente de transformarla en motín. Esto por un lado. Por otro lado, los grupos secretos se encargarían de organizar la conspiración obrera: hacer saltar una fábrica, ‘tranquilizar’ a un patrón o a un capataz, etc. etc. lo que reemplazaría con ventaja la propaganda de los congresos. 8

Se podría hablar en descargo de esta deriva hacia la acción por la acción si echásemos un vistazo un poco más amplio a otras corrientes revolucionarias de la época. En aquellos años, y hasta los años 20 y 30 del siglo XX, otras organizaciones políticas nacionalistas, republicanas, socialistas o populistas defendieron las tácticas de la propaganda por el hecho. Por ejemplo, fue abundantemente practicada por los nacionalistas irlandeses de la corriente “feniana”, por los populistas y socialistas revolucionarios rusos, por los nacionalistas serbios (que sirvieron de excusa para desencadenar la Primera Guerra Mundial) o por los republicanos portugueses.

Pero este camino del movimiento libertario haría que no pocos militantes que previamente habían destacado en su crecimiento y organización, abandonaran el movimiento. Uno de ellos fue Andrea Costa, que participó con Errico Malatesta, Cafiero o Ceccarelli en la insurrección del Benevento, Italia, en 1877; lenvatamiento al más puro estilo garibaldiano9. Costa fundaría el Partido Socialista Anarquista Revolucionario y fue el primer diputado socialista italiano electo en 1892. Su partido daría origen al Partido Socialista Italiano. Su partido era puramente parlamentario porque en su opinión se habían cerrado todas las demás vías alternativas de cambiar el estado de las cosas en Italia. Aún no se conocía el sindicalismo revolucionario.

La trayectoria de Costa es un ejemplo de la de otros militantes que no estaban en la línea de la mayoría de su movimiento. Cuando se funda la II Internacional, en 1889, en el seno de varios partidos socialdemócratas europeos existe una corriente libertaria. La Internacional tenía varias corrientes socialistas, siendo la marxista la que terminaría ganando la partida, asimilando o expulsando a las demás. Los anarquistas serían una de estas corrientes expulsadas por el sectarismo marxista en 1896.

Los militantes, insertos en el ambiente obrero de la época, poco a poco van entrando en las sociedades obreras. Al cerrárseles la puerta de la organización política, prueban con los sindicatos. En aquellos años los sindicatos comenzaban a ser tolerados por las autoridades. Esto provocaba una llegada de obreros concienciados que iban adquiriendo conciencia de clase y un primer contacto con las ideas libertarias. Entre la década de 1896 y 1906 tiene lugar la creación del sindicalismo revolucionario, que será en varios países la forma de socialismo mayoritaria durante años. Su auge coincidió con la progresiva desacreditación de la práctica de la propaganda por el hecho, que se había llevado por delante a varios reyes y ministros, pero que no provocó la tan esperada insurrección. Con la puesta en práctica de las tácticas sindicalistas revolucionarias (la huelga general, el sabotaje, el boicot y el label), el movimiento anarquista cambió de rumbo.

En el Congreso de Ámsterdam, en 1907, se constató este cambio. Aparecieron nuevos defensores de la teoría del sindicalismo revolucionario, Pierre Monatte, Amedé Dunois, Rudolf Rocker o Christian Cornelissen que pudieron contrastar sus prácticas e ideas con la élite del movimiento anarquista de la época: Errico Malatesta, Emma Goldman, Luigi Fabbri… Sin embargo, a efectos prácticos el congreso sirvió de poco ya que se aprobaron cuatro declaraciones de tendencia contrapuesta, queriendo contentar a todos. Era la tradición para que la mayoría no marginase a la minoría, pero a nuestro entender, hizo un flaco favor a la acción política posterior de los anarquistas en tanto a movimiento10.

Ahora bien, prosiguen, su lugar como anarquistas está en la unión obrera, y ahí nada más. La unión obrera no es solamente una organización de lucha, es ella el germen viviente de la sociedad futura, y ésta será lo que el sindicato nos haya hecho. El error, es quedarse entre iniciados, rumiando siempre los mismos problemas de doctrina, dando vuelta sin fin en el mismo círculo de pensamiento. Por ningún pretexto, hay que separarse del pueblo, pues por muy atrasado, por muy limitado que sea, es él, y no el ideólogo, el motor indispensable de toda revolución. ¿Tienen ustedes entonces, como los socialdemócratas, intereses diferentes de los del proletariado que hacer valer -intereses de partido, de secta o de camarilla? ¿Debe el proletariado acudir a ustedes, o ustedes ir hacia él para vivir de su vida, ganar su confianza e incitarle, por la palabra y el ejemplo, a la resistencia, a la rebeldía, a la revolución?

[…]La revolución social sólo puede ser obra de la masa. Pero toda revolución viene necesariamente acompañada de actos, que por su carácter -de alguna manera técnico-, no pueden ser más que el hecho de un pequeño número, de la fracción más atrevida y más instruida del proletariado en movimiento. En cada barrio, cada ciudad, cada región, nuestros grupos formarían, en periodo revolucionario, tantas pequeñas organizaciones de combate, destinadas a la realización de las medidas especiales y delicadas para las que, la mayoría de las veces, la gran masa es inhábil.11

El marxismo como corriente política organizada superó al anarquismo en las décadas de 1880 y 1890. Cuando éste comenzó a tener una nueva orientación (hacia el sindicalismo revolucionario) los partidos socialdemócratas y/o el reformismo obrero (las Trade Unions en el mundo anglosajón, la American Federation of Labor en Estados Unidos, etc.) ya habían tomado el liderazgo del movimiento obrero (en Alemania, Estados Unidos, Rusia, Italia, Francia…). El sindicalismo revolucionario fue considerado como un gran avance, y durante algunos años logró desafiar al marxismo, pero más tarde apenas pudo resistir el poderoso prestigio de la Revolución rusa. Al fin y al cabo el mundo se mueve mediante victorias y al sindicalismo le faltaba una visión más global, política, de la que posteriormente hablaremos.

El PLM y Ricardo Flores Magón

Otro ejemplo histórico de interés es el del Partido Liberal Mexicano (PLM). Se trata de una organización política mexicana creada en 1901 y fundada para oponerse a la dictadura de Porfirio Díaz. El partido se crea combinando un órgano de propaganda, el periódico Regeneración, con grupos locales que se llamaban círculos liberales. En el partido confluyeron militantes liberales, republicanos, libertarios y socialistas y en 1906 lanzarían un manifiesto y un programa12, que más tarde sería la base de la propia Constitución mexicana y sería un modelo para numerosos planes y programas de una década después.

A pesar de la composición heterogénea del partido, hacia 1906-07 tomaría el control de la organización la vertiente libertaria, capitaneada por los hermanos Flores Magón, Librado Rivera, Práxedis G. Guerrero, entre otros. Este grupo de libertarios controlaron la Junta Revolucionaria del PLM, que era el organismo que dirigía la orientación política y militar del movimiento. La Junta fue responsable de la insurrección de 1908, y de llevar a cabo en 1910 las operaciones insurreccionales de las milicias que acabaron iniciando lo que sería la Revolución mexicana.

La fuerza del PLM no eran los anarquistas sino su programa, que ofrecía un profundo cambio social en México. Fue el programa lo que atraería a muchas personas y a otras organizaciones al terreno revolucionario. El PLM pudo haber logrado esa victoria moral que necesitaba el anarquismo a escala global. Sin embargo, hay que comprender que las ideologías son herramientas para la liberación. Y que en cuanto una no es capaz de conseguirlo le tocará el turno a otra. El PLM cometió algunos errores estratégicos importantes, que le privaron de la victoria, y la pusieron en manos de Francisco I. Madero que tomó el poder. La guerra civil que inició la insurrección duraría toda la década. En 1911, el PLM lanzaría un nuevo manifiesto llamando a la acción revolucionaria:

La expropiación tiene que ser llevada a cabo a sangre y fuego durante este grandioso movimiento, como lo han hecho y lo están haciendo nuestros hermanos los habitantes de Morelos, sur de Puebla, Michoacán, Guerrero, Veracruz, norte de Tamaulipas, Durango, Sonora, Sinaloa, Jalisco, Chihuahua, Oaxaca, Yucatán, Quintana Roo y regiones de otros estados, según ha tenido que confesar la misma prensa burguesa de México, en que los proletarios han tomado posesión de la tierra sin esperar a que un Gobierno paternal se dignase hacerlos felices, conscientes de que no hay que esperar nada bueno de los Gobiernos y de que «La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos».13

En la Revolución mexicana tenemos un ejemplo de esta falta de visión que se le achaca al sindicalismo revolucionario. En Ciudad de México, nació en 1912 una central sindical, cuyos referentes eran la CGT francesa, la CNT española y los IWW de norteamérica. Muy pronto logró asentarse entre los obreros de la capital y de algunas ciudades industriales y colonias mineras, y para 1913 ya lograba convocar a 30.000 obreros en sus manifestaciones. Pero en cuanto la guerra civil mexicana llegó a las puertas de la capital, fueron incapaces de distinguir entre aliados y enemigos. De esta manera, en 1915, los sindicalistas se pusieron a las órdenes del gobierno, reclutando a unos 7.000 trabajadores en los llamados “batallones rojos”, para ir a combatir directamente al ejército de Emiliano Zapata, que veían como una horda de campesinos atrasados y religiosos. Para entonces la influencia del PLM en la revolución se había evaporado, ya que Ricardo Flores Magón se hallaba preso en Kansas, Estados Unidos, y faltó una visión más amplia de miras.

La Revolución rusa: Nabat y la makhnovischina

En la revolución más importante del siglo XX también hubo una importante participación anarquista. Sin embargo, tal como menciona Volin14, al estallar la revolución de Febrero de 1917, el movimiento anarquista estaba totalmente desorganizado. Mientras que los marxistas bolcheviques tenían ya en febrero o marzo de aquel año 8.000 militantes organizados, los anarquistas apenas tenían algunos grupos dispersos en las ciudades más importantes. La prensa anarquista tardó varios meses en aparecer mientras que los bolcheviques ya tenían decenas de periódicos.

Pero lo más importante, una vez más, es la capacidad de hacer política, de luchar por un determinado ordenamiento de la polis. Así pues, en cuanto Lenin puso los pies en Rusia, comenzó a orientar a su partido hacia la toma del poder. Para ello, viendo el ambiente que se respiraba en la calle, trazó un programa revolucionario que copiaba en buena medida el lenguaje de los anarquistas. Y gracias a ello se atrajo a los sectores más avanzados del proletariado urbano, que podrían haber sido la base social de un movimiento libertario en Rusia.

Los anarquistas aún así apenas reaccionarion y no participaron como movimiento organizado en los congresos de Soviets (consejos obreros) que se realizaron en Rusia en junio y en octubre de 1917. Tuvieron que ser algunos militantes individuales quienes mantuvieran la llama anarquista en medio de grandes organizaciones de masas dominadas por otros movimientos. La acción de los libertarios en aquel año se centró en fortalecer la Guardia Roja, en crear sindicatos, y en la cuestión cultural y vivencial del anarquismo. Por ello, hubo trasvase de militantes libertarios hacia el partido de los bolcheviques, que estaban participando en los organismos de contrapoder o poder dual, que eran los soviets.

No creemos en la posibilidad de cumplir la Revolución social por el procedimiento político.

No creemos que la obra de la nueva construcción social ni la solución de los problemas tan

vastos, varios y complicados de nuestro tiempo puedan ser realizados por actos políticos,

mediante la toma del poder, desde arriba, desde el centro…15

El movimiento anarquista comenzó a hacer su aparición en la primavera de 1918, pero entonces ya era demasiado tarde. Los bolcheviques una vez conquistado el poder, se habían asentado y no permitieron ya ninguna competencia por su izquierda. Barrieron a los anarquistas de los soviets y fueron dominando o marginando los sindicatos libertarios y los comités de fábrica con presencia libertaria organizada. Su acción posteror se reduce a valientes insurrecciones puntuales.

Hemos adquirido el hábito de culpar del fracaso del movimiento anarquista en Rusia entre 1917-1919, a la represión estatal del Partido Bolchevique. Lo cual es un grave error. La represión Bolchevique dificultó la expansión del movimiento anarquista durante la revolución, pero fue sólo uno de los obstáculos. Mas bien, fue la inefectividad interna del propio movimiento anarquista una de las principales causas de este fracaso, una inefectividad emanada de la vaguedad y de la indecisión que caracterizaron a sus principales posiciones políticas respecto a organización y tácticas.16

Pero en Ucrania, entre 1918 y 1922, un movimiento anarquista logró dominar la situación y en plena guerra civil supo cómo maniobrar en medio de todos los obstáculos posibles. Durante aquellos años de guerra civil el movimiento makhnovista (llamado así por su cabecilla, Nestor Makhno) tuvo un territorio liberado en donde se implantó el comunismo libertario y los soviets fueron realmente ‘libres’, y en donde vivieron millones de personas.

En este caso la orientación política de los anarquistas era distinta de la de sus camaradas de Rusia. Mientras que en Rusia predominaban las organizaciones de síntesis, en Ucrania los grupos anarquistas eran anarco-comunistas, es decir, comunistas libertarios kropotkinianos revolucionarios. Tenían las ideas bastante claras, y una vez vividos los golpes represivos en Rusia, intentaron mantener una línea capaz de alcanzar la victoria en su territorio. De todas formas, los enemigos a los que se enfrentaron eran demasiado fuertes, y eventualmente serían derrotados.

Lo que nos muestra la revolución en Ucrania es la potencialidad de un movimiento político bien organizado, mediante la estrecha relación entre una organización anarquista (en este caso de síntesis), Nabat17, los soviets locales y el ejército insurreccional makhnovista18. Esta alianza política, social y militar constituyó el corazón de la nueva sociedad comunista libertaria.

Los años rojos

La Revolución rusa supuso un cambio en la mentalidad de buena parte del movimiento obrero. Era posible la victoria, Rusia lo demostraba. Y su ejemplo cundió en el movimiento obrero organizado de numerosos países. A partir de 1918 estallaron revoluciones, revueltas, insurrecciones, motines y huelgas en medio mundo que pusieron el capitalismo contra las cuerdas. No se recordaba algo similar desde las revoluciones de 1848 y en este caso el movimiento revolucionario de aquellos las superó con creces.

Al igual que a la Revolución rusa el anarquismo internacional llegó a aquel evento histórico desarmado política y teóricamente, con algunas excepciones. En cada lugar el anarquismo tuvo que apañárselas como mejor pudo. A veces actuando heroicamente, en otras de forma torpe. No es casualidad que una parte de la militancia libertaria de aquellos años terminara engrosando las filas de los partidos comunistas en Brasil, México, Checoslovaquia, Hungría, Francia, China, etc.

Uno de los eventos destacados del momento, en la que los anarquistas fueron protagonistas, fue en la insurrección de Río de Janeiro de 1918. La huelga fue la culminación de un proceso de guerra social en la ciudad. Los obreros, organizados en sus sindicatos, pusieron contra las cuerdas a las autoridades de la ciudad, que entonces era la capital de la República. Su movimiento revolucionario fracasó, pero durante meses tuvo en jaque a los capitalistas y al estado brasileño19. Podemos ver un paralelismo con la toma del poder de los bolcheviques en Petrogrado, capital de Rusia, un año antes. La insurrección anarquista buscaba derrocar al estado combinando la huelga general con una insurrección en la que participaban incluso los soldados de los batallones de la ciudad. Sin embargo, algunos soldados aliados de los obreros, en realidad eran infiltrados del ejército, que echaron a perder el factor sorpresa y echaron al traste la insurrección.

En Alemania, los libertarios eran poco numerosos, pero aún así lograron destacar e impulsaron brillantes ejemplos como el del Soviet de Baviera de 191920 (encabezado durante un tiempo por Gustav Landauer, Ret Marut, Silvio Gessell, Erich Mülhsan, Ernst Toller…). El movimiento de los consejos obreros fue una potente obra de construcción de un verdadero poder popular. Le faltó un impulso mayor de sustitución del estado por las nuevas estructuras sociales. Ese era el papel que debían jugar los anarquistas (y para el caso cualquier otro movimiento revolucionario). Digamos que si los anarquistas tuvieron cierto impacto en Baviera, fue porque estaban organizados en una federación de grupos anarquistas llamada la Liga Socialista21, presente en toda Alemania pero que en Munich tenía cierta fuerza.

También en Italia tuvieron una postura clara en el verano de 1920, momento en el que se había fundado la Unione Anarchica Italiana22. Su intención era combinar una huelga general con la creación de organismos de contrapoder obrero, que serían los consejos como el Consejo de Turín, de septiembre de 1920. La huelga fue más allá acabando en expropiación masiva de los activos del capitalismo, es decir, que se ocuparon las fábricas23. Los anarquistas tuvieron una postura valiente y consecuente proponiendo prácticamente la toma del poder mediante la asociación de las organizaciones obreras y revolucionarias. Sin embargo, no fueron seguidos por los socialistas que dejaron morir la huelga. El precio que pagaron fue terrible, ya que el fascismo tomó el poder dos años después apoyado por los capitalistas que habían sido expropiados.

La Unione se dotó de un programa, redactado por Malatesta24, que en el congreso de fundación propuso la necesidad de armarse, de crear un frente único revolucionario, de instaurar en el campo y en la ciudad una nueva manera de funcionar y de pasar de las huelgas a las ocupaciones. De la misma manera se expresaba Luigi Fabbri que veía que el anarquismo tenía que ser un motor de la revolución:

La función del anarquismo no es tanto la de profetizar un porvenir de libertad como la de prepararlo. Si todo el anarquismo consistiera en la visión lejana de una sociedad sin Estado, o bien en afirmar los derechos individuales, o en una cuestión puramente espiritual, abstracta de la realidad vivida y concerniente sólo a las conciencias particulares, no habría ninguna necesidad de un movimiento político y social anarquista. Si el anarquismo fuera simplemente una ética individual, para cultivar en sí mismo, adaptándose al mismo tiempo en la vida material a actos y a movimientos en contradicción con ella, nos podríamos llamar anarquistas y pertenecer al mismo tiempo a los más diversos partidos; y podrían ser llamados anarquistas muchos que, no obstante ser en sí mismos espiritualmente e intelectualmente emancipados, son y permanecen en el terreno práctico como enemigos nuestros.

Pero el anarquismo es otra cosa. No es un medio para encerrarse en la torre de marfil, sino una manifestación del pueblo, proletaria y revolucionaria, una activa participación en el movimiento de emancipación humana con criterio y finalidad igualitaria y libertaria al mismo tiempo. La parte más importante de su programa no consiste solamente en el sueño, que sin embargo deseamos que se realice, de una sociedad sin patrones y sin gobiernos, sino sobre todo en la concepción, libertaria de la revolución, en la revolución contra el Estado y no por medio del Estado, en la idea que la libertad no sólo es el calor vital que animará el nuevo mundo futuro, sino también y sobre todo hoy mismo, un arma de combate contra el viejo mundo. En este sentido el anarquismo es una verdadera y propia teoría de la revolución. 25

En aquella época el anarquismo italiano estaba muy influido por la táctica del sindicalismo revolucionario. Pero esta táctica no garantizaba tener una visión política capaz de derrotar al capitalismo y al estado. La huelga general por sí misma no garantizaba el derrumbe de las instituciones. Servía para crear estructuras de contrapoder, los comités de huelga, que gestionaban la vida en los barrios y pueblos en los que se desarrollaba la huelga. Así tenemos muchísimos ejemplos de ciudades que fueron gobernadas por comités dee huelga en períodos de conflicto social agudo. A diferencia de Río de Janeiro, por ejemplo, en Buenos Aires no se tuvo la misma determinación de derrotar insurreccionalmente a las fuerzas del estado26. Ni tampoco en Seattle, Calgary, Edmonton, Winnipeg, Limerick, Saint Denis (barriada de París), Barcelona y otros lugares que vivieron heroicas huelgas que no llegaron a buen puerto.

Las huelgas se quedan a menudo en lo económico movilizando un enorme contingente obrero, pero incapaces de avanzar más allá hasta que son derrotadas por la vía militar (las huelgas revolucionarias). Podemos ver que los anarquistas eran capaces de conseguir paralizar un país, pero no arrastrarlo hacia una revolución social que justo entonces estaba bien vista por una gran parte de la sociedad. Faltaba un método, una teoría de la revolución. Faltaba la capacidad de combinar huelgas con insurrecciones y de que el país entero siguiera la senda revolucionaria como había ocurrido en Rusia y se había intentado en Brasil.

Digamos que los marxistas tampoco tuvieron muy claro el asunto visto su papel en las revoluciones alemana y húngara. En el primer caso, no fueron capaces de superar a la socialdemocracia que dominaba entre la clase obrera impidiendo una revolución más profunda. Y en el segundo su papel una vez en el gobierno del país dejó mucho que desear, dado su nulo apoyo al campesinado, o a su empecinamiento en entrar en guerra expansivas contra todos su países vecinos.

La Plataforma

Habría que decir que hemos presentado previamente tres organizaciones de síntesis (Nabat en Ucrania, la Liga Socialista alemana y la Unión Anarquista Italiana) que jugaron un papel muy destacado en un proceso revolucionario. Las tres tuvieron un papel destacado y combinaron hábilmente una organización política con un movimiento de masas (en Ucrania el makhnovismo, en Alemania los consejos obreros y en Italia la USI y los consejos de fábrica). Pero de alguna manera su organización carecía de coherencia interna. No era lo mismo un grupo que otro, ni una sección que otra. Por eso a nivel de localidad la intensidad de la revolución variaba enormemente. Las organizaciones de síntesis del momento agrupaban a comunistas libertarios con anarcosindicalistas, con otros libertarios de tipo individualista o insurreccionalista. El resultado eran decisiones poco vinculantes y ciertas vacilaciones a la hora de actuar unitariamente. De todas formas la participación de las tres organizaciones mencionadas en sus procesos revolucionarios fue encomiable.

En 1926 un grupo Dielo Truda, de exiliados rusos en París (Nestor Makhno, Piotr Arshinov, Ida Mett, entre otros), después de un proceso de análisis de la revolución rusa, señalaron los errores cometidos por su movimiento y se propusieron idear una metodología para superarlos en futuras revoluciones. Su reflexiones fueron recogidas en la Plataforma Organizativa para una Unión General de Anarquistas27.

El documento también propone una forma organizativa para la militancia libertaria que se basaba en una unión de anarquistas en base a un programa, es decir, una unión de anarquistas que conciben el anarquismo de forma similar, buscando una unidad teórica y táctica como paso previo a la acción revolucionaria y la necesidad de una disciplina interna. Este documento sería duramente atacado por los anarquistas de la época. Sobretodo destacan las críticas de Malatesta, Volin y Faure que creen que el modelo de organización propuesto es autoritario, y que entraría en contradicción con los principios del anarquismo ya que daría pie a una vanguardia. Como contra-propuesta se lanzará la idea del “anarquismo de síntesis”, que ya se venía poniendo en práctica en las organizaciones libertarias desde el siglo XIX, en el que caben dentro de las mismas tendencias diferentes anarco-comunistas, anarco-sindicalistas e anarco-individualistas.

En todos los países, el movimiento anarquismo está representado por organizaciones locales, con teorías y prácticas contradictorias, sin tener perspectivas de futuro ni una constancia en la militancia, y que suelen desaparecer sin dejar casi ninguna huella. Tal estado del anarquismo revolucionario, tomado como un todo, sólo puede ser calificado de «desorganización crónica». Como la fiebre amarilla, esta enfermedad de la desorganización se introdujo en el organismo del movimiento anarquista y nos sacude desde hace decenios.28

A pesar del revuelo levantado por el documento, y por el debate posterior en el movimiento libertario internacional, la posición partidaria de la Plataforma lograría tener influencia solamente en Francia y en Bulgaria, en donde se desarrollaba un potente movimiento libertario que tuvo serias opciones de victoria, y que como nos ha ocurrido siempre, se enfrentó a enemigos muy superiores y salió derrotado. La Plataforma fue reivindicada por grupos franceses e italianos en los años 50 y 60, hasta terminar como una de las principales corrientes organizativas libertarias de nuestros días.

Los anarco-comunistas de los años 20 y 30

En Argentina, así como en otros países, la Revolución rusa produjo un formidable impacto. El movimiento anarquista tuvo turbulentos debates que a menudo provocaron escisiones y expulsiones. Ya hemos dicho que en varios países los partidos comunistas salieron de grupos de anarquistas fascinados por Rusia. En Argentina el movimiento obrero de carácter más radical se había fracturado en 1915 durante su IX congreso, cuando la central sindical revolucionaria, la FORA, se dividió en dos ramas, una mayoritaria de carácter sindicalista revolucionario y la otra minoritaria de carácter explícitamente anarquista.

Para complicar más las cosas dentro de la FORA anarquista, la que defendía la declaración del V Congreso (es decir, una organización gremial de finalidad comunista anárquica), hubo una ruptura entre quienes apoyaban a la Revolución rusa y quienes la criticaban por autoritaria. Los primeros fueron denominados “anarco-bolcheviques”. Hemos de reconocer que en aquellos años la información no circulaba con rapidez, y que en un principio se tomaba a la Revolución rusa como liberadora. Al menos hasta Kronstadt una mayoría tácita del movimiento libertario internacional simpatizaba con los bolcheviques, inconscientes de lo que acontecía realmente.

La FORA del V congreso defendía un movimiento obrero libertario, era una organización político-sindical. Es decir, que su objetivo era organizar a los trabajadores e irlos acercando a su finalidad, el comunismo anárquico. Pero en los períodos en los que se hablaba de confluencia de diferentes corrientes del movimiento obrero, esa misma finalidad la hacía caer en el sectarismo.

Tras la dura represión de la Semana Trágica de Buenos Aires, y otras masacres del movimiento obrero, (como las de la Patagonia) en 1922 se funda la Unión Sindical Argentina, a partir de la FORA sindicalista y del sector anarco-bolchevique. Los grupos anarco-bolcheviques se organizaron ese mismo año efímeramente en la Alianza Libertaria Argentina. Pero el movimiento libertario está dividido y más preocupado de luchar contra las otras tendencias que de desarrollar conflictos con el estado y el capitalismo. Estas luchas internas hacen que el movimiento obrero se vaya alejando del anarquismo, y vaya progresivamente acercándose al socialismo y a posturas menos ideologizadas.

En los años 30, hay un nuevo proceso de unidad entre anarquistas, que da origen a la Federación anarco-comunista argentina, la FACA, que es una federación de síntesis anarquista. Sin embargo de este proceso saltará un grupo de tendencia anarco-comunista que fundará el periódico Spartacus, que más tarde tendrá un grupo con el mismo nombre, la Alianza Obrera Spartacus. Fue uno de los pocos grupos en difundir la Plataforma. La Alianza defendía el paso de sindicatos gremiales a sindicatos de industria, como había hecho la CNT española en 1919. También defiende la unidad por la base del movimiento obrero, aunque hubiera marxistas en esta unidad. La Alianza tuvo su momento de apogeo en las huelgas de 1936. Pero tras el estallido de la Guerra Civil española todo el movimiento volcará su actividad en el apoyo solidario con la CNT. La derrota de la República y la falta de referentes libertarios en el extranjero hará que el movimiento no sepa sobreponerse y que acabe superado por los comunistas y más tarde por los partidarios de Perón.

En Francia la Plataforma tuvo cierto impacto. Desde 1920 existía una organización específica, la Unión Anarquista (UA) en donde cabían todos los anarquistas. En 1926 se transformó en la Unión Anarquista Comunista (UAC) Pero las discusiones derivadas por la aparición de la Plataforma hicieron que los partidarios de la síntesis abandonaran la organización. La UAC, por lo tanto, queda a partir de 1927 como una organización mayoritariamente plataformista.

Pero con el auge de los Frentes Populares en Europa en los años 30 hay también un nuevo impulso hacia la unificación de los libertarios. Entre 1930 y 1934, en dos tandas, hay procesos de unificación que irán evolucionando hasta formar la Federación Anarquista Francesa, aunque sin disolverse la UAC. Pero al par que se da este proceso también habrá un grupo de plataformistas que abandonan la nueva organización. Este grupo formará la Federación Comunista Libertaria. Es decir, que hay una tendencia a juntarse todos los libertarios en una organización, pero cada vez que esto ocurre, los anarco-comunistas se dan cuenta de que necesitan la suya propia.

La guerra mundial hará que el movimiento pase a la clandestinidad, jugando un papel discreto, a menudo supeditados a otras fuerzas políticas. En 1945 se funda la Federación Anarquista, como única organización libertaria en Francia. Desgraciadamente el anarquismo no jugará en Francia un papel relevante hasta las revueltas de mayo de 1968.

En Italia, se podría decir que la UAI, fundada en 1920, era una organización de síntesis, pero no olvidemos que esa federación había surgido de la Unione Anarco-Comunista Italiana, para la que Malatesta había escrito un programa el año 191929. Si se funda la UAI como organización de síntesis es por la insistencia de Malatesta, que quiere organizaciones más abiertas. En la práctica la UAI simplemente añadía anarcosindicalistas a los comunistas libertarios ya previamente organizados. A efectos prácticos, la UAI funcionaría de forma muy coordinada, teniendo una influencia importante en las ocupaciones de fábrica operando en los comités de fábrica y en los sindicatos. De todas formas en la UAI había diversas formas de entender la organización anarquista, por ejemplo Armando Borghi, secretario general de la USI y militante de la UAI, llegará incluso a proponer la fusión de ambas organizaciones, a imitación del modelo de la FORA.

Pero tras el período de ascenso al poder de Mussolini, toda la lucha política y práctica se vuelca hacia el anti-fascismo. Hasta la II Guerra Mundial, no se podrá realizar una labor política alejada de esta línea. Y precisamente se comenzará a realizar durante la guerra civil italiana a partir de 1943 (la guerra entre partisanos y fascistas que fue paralela a la guerra entre los Aliados y los nazis en suelo italiano). Los anarquistas organizan no pocas unidades milicianas (a unos 15.000 partisanos de entre 200.000 en total). En aquellos años se crea la Federación Comunista Anarquista Italiana, que se convertiá más adelante en la FAI. En las zonas liberadas los anarquistas también pudieron implantar brevemente su modelo social.

En los años de la post-guerra una buena parte de los anarquistas del norte de Italia buscaban un contacto con las organizaciones de masas. Se produjo una escisión, dando pie a la Federación Comunista Libertaria de la Alta Italia, que tendría también una rama juvenil. Esta organización atrajo a algunos comunistas. También se fundarían en otras regiones organizaciones de tipo anarco-comunista. Todos estos grupos confluirían en 1951 en los Grupos Anarquistas de Acción Proletaria (GAAP).

En Italia el enorme peso del movimiento comunista hacía imposible que una acción autónoma tuviera posibilidades de éxito. Los comunistas supieron capitalizar la lucha de liberación nacional italiana, apareciendo como el movimento político que dirigía la guerra contra el fascismo. Por ello ganaron un prestigio enorme que ningún otro movimiento pudo desafiar. A pesar de su potencialidad y de su influencia en las huelgas del biennio rosso (1919-20) los anarquistas fueron desarticulados por el fascismo en 1921-24, aunque lograron reaparecer con la cabeza bien alta en el período 1943-45.

Mala suerte tuvieron los libertarios búlgaros. Fueron aniquilados en el golpe militar de 1923, en el que murieron 30.000 personas. Y una vez más anulados por otro golpe de estado fascista en 1934. Y más tarde machacados por la ocupación nazi de Bulgaria en 1941. Y las tres veces lograron sobreponerse al desastre y organizar un movimiento popular envidiable, con guerrillas incluso. La Federación Anarquista Comunista de Bulgaria30, fue el único movimiento libertario importante de la época que se rigió por la Plataforma. Supo navegar a contracorriente, y organizar grandes organizaciones populares que rivalizaban con las comunistas (que estaban financiadas por la Unión Soviética). Sin embargo, tras la ocupación del país por el Ejército Rojo en 1944, los comunistas se hicieron con el control del país. Aún así los anarquistas aguantarían hasta 1948.

Es sobre todo todo necesario para los partidarios del anarquismo comunismo estar organizados en una organización ideológica anarquista comunista. Las tareas de estas organizaciones son: desarrollar, realizar y extender las ideas anarquistas comunistas; estudiar las cuestiones vitales de hoy que afecten a las vidas diarias de las masas trabajadoras y los problemas de la reconstrucción social; la lucha multifacética por la defensa de nuestro ideal social y la causa de la clase trabajadora; participar en la creación de grupos obreros al nivel de producción, profesión, intercambio y consumo, cultura y educación y todas las otras organizaciones que puedan ser útiles en la preparación de la reconstrucción social; preparación y organización de estos eventos; el uso de todos los medios para lograr la revolución social. Las organizaciones anarquistas comunistas son absolutamente indispensables para la total realización del comunismo libertario tanto antes de la revolución como después.31

El caso español

España siempre fue quedó descolgada de los debates anarquistas internacionales. El movimiento obrero ibérico (incluyendo a Portugal) se había orientado hacia el anarcosindicalismo y su fuerza en lugar de ser sobrepasada por la socialdemocracia o el comunismo incluso aumentó siendo hegemónica en varias zonas. Esta fuerza con la que contaban hizo que no prestaran mucha atención a los anarquistas extranjeros, que en los años 30, ya podían ser considerados representantes de un movimiento en declive.

Las necesidades organizativas del movimiento dieron lugar a la creación de una organización específica, la Federación Anarquista Ibérica (FAI), a partir de varios grupos y otras federaciones de grupos libertarios. También se fundó en una base de organización de síntesis anarquista, mezclando grupos con intenciones culturales, con otros más dedicados al anarcosindicalismo o al comunismo libertario.

En cambio, sí hubos grupos federados en la FAI con una visión más política. Por ejemplo el grupo de Los Solidarios, después llamado Nosotros era un grupo con una orientación politica y militar, que no dudaba en combinar ambos conceptos en cuanto tocara. Formaban parte del mismo (Buenaventura Durruti, Joan García Oliver, Francisco Ascaso, Gregorio Jover, Ricardo Sanz, etc.) Su influencia fue grande, aunque no terminara de arrastrar a toda la FAI. Otro de estos grupos era el grupo Nervio, que en Barcelona sí que consiguió arrastrar a otros grupos, y que de aquí salió la corriente colaboracionista de la guerra civil española. Otro grupo a destacar sería el grupo Renacer, el germen de Los Amigos de Durruti.

Al grupo Nosotros se debe una parte de las insurrecciones populares de 1932 y 1933. Precisamente, serían las mejor preparadas. En realidad la mayoría de las insurrecciones locales se producían por la represión de la Guardia civil y por la desesperada situación social en que se encontraba el campesinado y la clase obrera. El grupo Nosotros sirvió como instigador y coordinador de varios levantamientos, que por lo general estuvieron mal preparados. Sin embargo, su experiencia se trasladó a los comités de defensa que constituyeron los sindicatos durante los años 30. Gracias a estos comités el movimiento libertario comenzó a tener una rama militar que posteriormente sería capaz de derrotar al ejército en varias ciudades españolas.

Todos estos grupos estaban opuestos a otra tendencia libertaria. A los treintistas. Los treintistas eran firmantes del Manifiesto de los Treinta, que defendía que para llevar a cabo una revolución social triunfante era necesaria la consolidación de la organización obrera (la CNT) y la consolidación también de un régimen republicano en el que poder operar con tranquilidad. Se trataba de militantes obreros que habían dirigido a la CNT durante los años 20. Estaban, de alguna manera, de acuerdo con una especie de período de transición que pudiera fortalecer a las organizaciones revolucionarias. Los más destacados partidarios de esta línea fueron Joan Peiró, Juan López, Domingo Torres o Ángel Pestaña.

Somos revolucionarios, sí; pero no cultivadores del mito de la revolución. Queremos que el Capitalismo y el Estado, sea rojo, blanco o negro, desaparezca; pero no para suplantarlo por otro, sino para que hecha la revolución económica por la clase obrera pueda ésta impedir la reinstauración de todo poder, fuera cual fuere su color. Queremos una revolución nacida de un hondo sentir del pueblo, como la que hoy se está forjando, y no una revolución que se nos ofrece, que pretenden traer unos cuantos individuos, que si a ella llegaran, llámase como quieran, fatalmente se convertirían en dictadores al día siguiente de su triunfo.32

La corriente se organizaría mediante la Federación Sindicalista Libertaria, opuesta a la FAI. Sin embargo, a pesar de tener cierta influencia en la organización confederal no lograron ser seguidos, y quedaron en una pequeña minoría. Pestaña, por su parte pensando que había llegado el turno de los partidos políticos formó el Partido Sindicalista33, que estaba concebido para ser el partido de la CNT. Era una plataforma electoral que tenía la intención de conectar el movimiento obrero (a la CNT) con la pequeña burguesía y los profesionales liberales. Hubo muchos intentos de “partido de la CNT”. Por ejemplo el PCE o el POUM intentaron serlo, arrastrando consigo a algunos militantes. Pero en la mayoría de los casos los militantes confederales (de la CNT) se decantaban por apoyar a los partidos republicanos. Se podría decir que era una contradicción estar por un lado defendiendo ideas anarquistas, pero cuando llegaban las elecciones, votar a los republicanos y no apoyar partidos aparentemente más propios.

En la Revolución asturiana de 1934 se desarrollaron varias estrategias. Por un lado la de la huelga general revolucionaria, por otro lado la insurreccional. Pero fueron los socialistas quienes dirigieron en todo momento la insurrección, y quienes a pesar de ser superados por las bases pudieron capitalizar el movimiento. A pesar de todo los anarquistas sacaron valiosas lecciones prácticas de Asturias que adaptaron a sus tácticas militares.

Cuando llegó el levantamiento militar del ejército español, y el estado republicano se hundió, el movimiento obrero logró salvar la situación. Pero cuando tenía el poder en la mano, renunció a él, pactando con los partidos de la clase media (republicanos, nacionalistas y socialistas). Del movimiento anarquista se fue formando una tendencia nueva hasta entonces que surgía de los militantes de los barrios, de los comités de fábrica, de los sindicatos, de las milicias, que apoyaba la revolución y que hablaba de la supresión del estado mediante la toma del poder por parte de la clase obrera. Esta corriente cristalizó en la Agrupación de Los Amigos de Durruti34, en marzo de 1937. Y tendría un papel protagónico en los Hechos de Mayo de aquel año35.

Desde luego, hay mucho que explicar del tema, pero por espacio no podemos dedicarnos a ello. Nos quedamos pues con tres momentos: el de los treintistas que vieron claro que había que consolidar sus organizaciones antes de intentar cualquier movimiento insurreccional y que habían puesto en el imaginario colectivo del anarquismo ibérico de los años 20 el concepto de la “autogestión”, que como se vio durante la revolución española alcanzó cotas espectaculares; el del grupo Nosotros que supo organizar militarmente el movimiento libertario, cuyas raíces se encuentran también en los años 20 en medio de la guerra callejera entre la patronal y los sindicalistas; y finalmente el de Los Amigos de Durruti, cuya mayor aportación fue la de poner sobre el tapete una teoría revolucionaria pero que llegó desgraciadamente demasiado tarde.

Para que un movimiento revolucionario pueda tener opciones algún día, tiene que ser capaz de conjugar estas tres vertientes, la socio-económica, la militar-insurreccional y la política. En España los defensores de cada una de estas tres vertientes acabaron enfrentándose en lugar de complementar sus prácticas. Por ello la FAI a la hora de la verdad fue una organización política inoperante y dejó en manos de la CNT toda la resposabilidad en el campo político, asumiendo el doble papel de “partido-sindicato”.

Las revoluciones sin una teoría no siguen adelante. «Los Amigos de Durruti» hemos trazado nuestro pensamiento que puede ser objeto de los retoques propios de las grandes conmociones sociales, pero que radica en dos puntos esenciales que no pueden eludirse: un programa y fusiles.36

El anarquismo fuera del área europea

En los años 20 y 30 del siglo XX, en el perído de entreguerras, se desarrollaron movimientos poco conocidos de clara influencia libertaria. En aquellos años llega el anarcosindicalismo a nuevos territorios como Perú, Ecuador o Bolivia. Pero también tienen lugar diversas intentonas revolucionarias en Paraguay y en Corea.

En Paraguay, el movimiento anarquista a pesar de ser pequeño tuvo un intento de insurrección en 1931 que fracasó37. Los insurrectos buscaban la instauración de una «república comunera» bajo control sindical, algo así como la “socialización” del estado, y organizar la economía mediante la socialización o la nacionalización de los medios de producción. Su inspiración venía de la Comuna de París. Nos vemos en un caso muy similar al de las insurrecciones de Brasil en 1918. Al igual que las insurrecciones españolas de aquel momento, es muy probable que sobrevaloraran sus propias fuerzas. No todo es tener programa.

Otro de los grandes hitos del anarquismo, al par de las revoluciones mexicana, ucraniana o española, es la revolución de Corea en 1929-3238. Se trata de una lucha de liberación nacional que escoje el anarquismo como forma de lograr su libertad. A menudo se lo confunde con los movimientos nacionalistas, pero visto su pensamiento y su obra teórica y práctica nos encontramos ante un movimiento claramentet anarquista. Y como tal se reivindicaban.

Aquellos años de lucha anti-colonial contra el imperialismo japonés habían hecho del movimiento libertario una potencia política y militar a tener en cuenta. Su organización política de hecho era una organización de masas, con muchos miles de afiliados, cosa rara para una federación anarquista (con la excepción histórica de la época de la Rusia y la España revolucionarias, que tuvieron federaciones de decenas de miles de afiliados). A finales de 1929 la federación anarquista decide destinar sus recursos a crear una zona liberada en el norte de Corea y el sur de Manchuria (norte de China). Se trata de la Comuna Autónoma de Shinmin, en la que vivieron 2 millones de personas. Su sociedad declinó cuando los estalinistas fueron asesinando a sus militantes clave. Y también porque a finales de 1931 los japoneses van atacando Manchuria con el objetivo de anexionarla a su imperio, y pasan por encima de la sociedad liberada. Se trata de un bello ejemplo de la potencialidad estratégica de una organización libertaria, con mala suerte una vez más.

En China y en Japón a pesar de contar con grandes grupos anarquistas el movimiento no pudo desarrollarse con soltura. En Japón la represión fue feroz y lo hizo siempre permanecer a la defensiva, además el movimiento cayó en un purismo ideológico que lo fue separando del movimiento obrero. En China el movimiento no tuvo capacidad de organizarse a escala nacional y todo lo que había ganado a base de influenciar el Movimiento Cuatro de Mayo, lo perdió precisamente por no tener una política revolucionaria. Sus esfuerzos fueron poco a poco capitalizados por los comunistas que a lo largo de la década se atraerían a los anarquistas más válidos.

Conclusiones

El movimiento anarquista internacional vivió su apogeo entre 1910 y 1940. En estos años jugó un papel determinante en las revoluciones mexicana, rusa (y ucraniana), coreana y española. Además participó en, o instigó, muchas revueltas e insurrecciones que no lograron prevalecer (Brasil en 1918, Alemania en 1918-19, Shanghay en 1919, Paraguay en 1931, Asturias en 1934…) e innumerables movimientos huelguísticos (Semana Trágica de Barcelona de 1909, Semana Roja italiana en 1914, Semana Trágina de Buenos Aires en 1919, Italia en 1919-20, Patagonia en 1921…).

Antes de este período, el movimiento anarquista había participado también en otra larga lista de levantamientos contra la autoridad y el capitalismo (París 1871, Revolución cantonalista 1873, Florencia y Bolonia 1874, Benevento 1877, Chicago 1886, Jerez 1892, Macedonia y Tracia 1903, Rusia 1905…) que los preparó para la etapa siguiente. Aunque nunca olvidaron la experimentarción formando también parte del movimiento cooperativista y mutualista o creando comunas libertarias, colonias o escuelas libres.

El sindicalismo revolucionario se desveló como una gran idea a principios del siglo XX y fue impulsada entusiastamente por los anarquistas. Su dinamismo y sus tácticas lograron poner contra las cuerdas a los capitalistas. Sin embargo pronto llegó a su máxima extensión. Si era una vía para llegar a la revolución, ¿cómo sería ésta? Se podía organizar a los trabajadores, pero no se les daba un objetivo claro, un método para ir hasta el final. Una vez en plena huelga general, el comité no optaba por tomar el poder, sino que se quedaba a veces en reivindicaciones economicistas. Eran más amplios de miras cuando en las huelgas participaban otros grupos revolucionarios, normalmente socialistas, que entendían la cuestión de la toma del poder como esencial.

La acción sindical servía, y se ha demostrado así, como proceso de organización de la clase obrera, de cohesión, y de creación de un poder popular. Los obreros comenzaban a vislumbrar victorias gracias al hecho de estar organizados, y entraban en contacto con la concepción socialista de la gestión de los medios de producción. El sindicalismo es el proceso de preparación para la autogestión.

De todas las revueltas y construcciones de sociedades nuevas antes mencionadas, podemos extraer algunas enseñanzas útiles. Por un lado que las insurrecciones tienen que estar bien preparadas y desatarse en el momento justo. Por ejemplo, la insurrección del Benevento (sur de Italia) en 1877 recuerda a la de los barbudos cubanos del Granma en 1956. Los primeros eran 30 voluntariosos revolucionarios a caballo, y los segundos 18 guerrilleros subidos en un bote rumbo a Cuba. Pero los segundos escogieron un momento en el que el movimiento popular estaba en auge, y los primeros justo un momento de calma social en el territorio.

Las insurrecciones anarquistas de 1932 y 1933 en España resultaron experiencias fallidas, poco preparadas y mal dirigidas y fueron disueltas por la Guardia Civil. Y en cambio la huelga asturiana de 1934 se convirtió en un hito histórico internacional en el que tuvo que intervenir un ejército en pie de guerra durante dos semanas para derrotarlo. La práctica insurreccional tiene que estudiar el momento, contar con los aliados necesarios y tener unos objetivos claros. Como hemos visto, los bolcheviques ganaron en Petrogrado y los obreros libertarios brasileños fracasaron en Río de Janeiro en una insurrección que realmente no estuvo mal planteada a priori (los errores fueron otros) y que tuvo posibilidades de salir triunfante.

Un movimiento revolucionario debe tener en cuenta la correlación de fuerzas existente en cada momento antes de realizar actos insurreccionales. Debe ser capaz de dilucidar si esta insurrección, lo colocará en un escenario más propicio para sus intereses o la represión posterior lo hundirá. Debe ser capaz de elegir correctamente el momento de desatar la ofensiva. Debe ser capaz de escoger los aliados adecuados para una posible lucha larga. Son cuestiones con las que los movimientos insurreccionales se encuentran, y a menudo no se plantean previamente con claridad.

La constatación de que los comunistas han sabido ganar allí donde los anarquistas han fracasado ha hecho que durante décadas los espíritus rebeldes se acercaran a los primeros aceptando acríticamente su método revolucionario. Durante mucho tiempo la humanidad ha estado buscado caminos hacia la liberación y ninguno ha demostrado ser sencillo. Y a veces los atajos esconden peligros, como el que desveló la estrategia de la conquista del estado como forma de liberación. A pesar de los errores ajenos está claro que es necesario lograr victorias. El leninismo lo logró, y el anarquismo se quedó a las puertas, a veces por intentar competir con gigantes, pero en muchas otras por errores propios.

En Rusia las cosas cambiaron radicalmente. Al tomar el control del estado mediante la insurrección, los bolcheviques crearon una nueva tendencia. Pronto hegemonizaron el movimiento obrero, mediante sus partidos comunistas, que despreciaban el sindicalismo como método revolucionario. La Revolución rusa supuso el triunfo de la insurrección y de la guerra como medio para llegar al socialismo. Lamentablemente una vez en el poder, el “gobierno proletario”, se convirtió en un fin en sí mismo, en un sustituto de la clase. La etapa de transición al socialismo se alargaba indefinidamente produciendo monstruosas desviaciones.

Pero realmente estas tácticas ya las habían probado previamente los anarquistas; Bakunin varias veces, Malatesta otras más y después de 1917 se probaron varias veces más. Podríamos escribir auténticos catecismos o manuales de la insurrección y la revuelta, pero debemos reconocer que desde el anarquismo no se escribió una “teoría de la revolución”. Ricardo Flores Magón a pesar de encender la mecha de la Revolución mexicana no sistematizó su pensamiento revolucionario en una obra coherente y fácil de imitar. Los anarquistas europeos seguían a rajatabla la consigna del sindicalismo revolucionario (y del anarcosindicalismo). Y el fracaso de las insurrecciones y revoluciones en las que participaron anarquistas en los años 10 y 20 hizo que se llegara a los años 30 con pocas ideas concretas de cómo encarar un proceso revolucionario.

Un intento de solución de este problema fue la Plataforma del grupo Dielo Truda. Aportó mucha claridad, pero apenas pudo ponerse en práctica en una Bulgaria aprisionada entre dos poderosos ejércitos (los nazis y los estalinistas) – destino idéntico del del anarquismo italiano, del coreano o incluso el español. No haber llegado más lejos en 1917-1921 abrió el camino de esta situación reaccionaria en 1936-1945.

El otro gran hito teórico fue la conclusión a la que llegaron Los Amigos de Durruti durante el año 1937. Destaparon la carencia de una teoría revolucionaria en el anarquismo e intentaron generar un programa que la supliera. Desgraciadamente llegaron demasiado tarde y fueron ignorados y vilipendiados por la historia. La revolución española ya había perdido.

Concluyeron que la organización política del anarquismo tiene que ser capaz de compaginar una idea económica, es decir, de autogestión, con unas posiciones políticas, es decir, de disputa del poder a la burguesía. Y para disputarle la dirección del país a la burguesía, era necesario disponer de un programa y de un “ejército de la clase obrera”. Este fue el legado de Los Amigos de Durruti. Y también de la Plataforma, y de otros grupos anarquistas que fueron llegando a las mismas conclusiones.

Después de tener un planteamiento adecuado a priori, se puede hablar de escoger los momentos adecuados. Parece ser que la historia de los movimientos de liberación nacional – ya sea contra los fascismos nacionales (Italia 1924-1943, España 1936-1975, Chile 1973-1988) o ya sea contra los estados imperialistas coloniales (en Macedonia, China, Corea, Argelia, etcétera) – está tan llena de ejemplos de revoluciones sociales como la lucha del movimiento obrero.

Hay que tener en cuenta siempre que el anarquismo es una herramienta para logar la liberación colectiva. Hay que aprovechar todas las contradicciones del sistema para prevalecer. Esperemos que en las próximas oportunidades históricas se puede algún día poner en práctica todas estas valiosas enseñanzas.

@BlackSpartak

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3.- La enfermedad intantil del izquierdismo en el comunismo, pag. 15. Lenin, 1920

8.- Fragmento de la intervención de Kropotkin.

14.-La Revolución Desconocida, Volin. El libro en pdf

15.-Golos Truda, 20 de octubre de 1917.

25.- Revolución no es dictadura. La gestión directa de las bases en el socialismo. Luigi Fabbri, 1920

28.-Introducción a la Plataforma, Piotr Arshinov, París 1926.

31.-Fragmento de la Plataforma de La Federación Anarquista Comunista de Bulgaria, 1945.

32.-Fragmento del Manifiesto de los Treinta, Barcelona, agosto de 1931

36.-Fragmento del manifiesto que se puede leer en El Amigo del Pueblo, nº5. 20 de julio de 1937

Organización versus grupo de afinidad: el proceso de hiperautonomización y las debilidades estructurales de un colectivo anarquista

Tomando como marco de experiencia el complejo panorama del movimiento libertario heleno, el autor realiza un análisis del funcionamiento de los grupos de afinidad anarquistas que, de una manera más o menos generalizada, funcionan como base del movimiento libertario en Grecia. En el texto se repasan las limitaciones prácticas de este modelo organizativo, centrándose especialmente en el proceso de hiperautonomización derivado del progresivo aislamiento de muchos grupos de afinidad que operan en este país. Finalmente, el autor plantea la necesidad de mejorar la coordinación e integración de los frentes de lucha a través de la paulatina consolidación de una organización libertaria que contribuya, por un lado, a la federación de grupos ácratas y, por otro, a superar las debilidades organizativas del movimiento anarquista heleno.

«Por nuestra experiencia hasta el momento, creemos que la falta de acceso a la sociedad es lo que nos hace inofensivos para el poder estatal. Porque la revolución social no la hacemos nosotros y nuestro grupo de afi nidad, sino el conjunto de los explotados, convirtiendo en realidad el sueño anarquista. Esto significa que quien no ve la necesidad de estructurar y organizar nuestro ámbito –con los correspondientes golpes seleccionados contra el Estado– está poniendo, inconscientemente y con una práctica dogmática y corta de miras, obstáculos a la evolución del movimiento anarquista en Grecia y convirtiendo el sueño anarquista en una pesadilla cotidiana». Es cierto que, en la mayoría de los casos, y debido a las cortas edades imperantes en el movimiento griego anarquista, el proceso por el cual se forma un colectivo anarquista/ antiautoritario se realiza en términos de grupo de afinidad. Esto, en un primer momento, no se juzga de facto como algo negativo: nadie puede, por ejemplo, considerar una desgracia la creación de un colectivo a partir de un grupo de amigos ya existente que se politiza al mismo tiempo en una ciudad de provincias o un barrio de Atenas. Estructuralmente, pues, la creación de un colectivo político basado inicialmente en relaciones de confianza y amistad no es algo negativo. El problema se localiza en un estadio ulterior, en la evolución y la forma que el grupo experimenta a lo largo del tiempo.

Una vez formado todo colectivo, comienza el proceso de construcción de un espacio común entre sus miembros. Los miembros van tomando forma colectivamente, desarrollan su discurso político común y construyen una cotidianeidad colectiva, que en la mayoría de los casos se convierte en “su propia” realidad. En este último punto se encuentra, en nuestra opinión, la fuente del problema.A falta de un control exterior (nos referimos evidentemente al control colectivo en el marco de una Organización o Federación más amplia), el grupo crea una concepción exclusivamente suya sobre el acontecer social y político, por no estar comprometido con ningún otro colectivo, se hace más real a cada momento y con cada acción, al encarnarse en una experiencia vivida colectivamente (el proceso de hiperautonomizacion de la asamblea). Esta concepción aparece como una coordenada de diversos factores como las lecturas comunes, la cotidianeidad común, las experiencias comunes del movimiento y, por último, la infl uencia de personalidades destacadas de cada asamblea, que por diversos motivos dotan al grupo y a sus miembros de la terminología, las fuentes teóricas y la estructuración central de su pensamiento.

Los “capitanes invisibles” o “luchadores influyentes”, de acuerdo con el término más condescendiente son, en nuestra opinión, un fenómeno natural e inevitable, congénito a los principios de la organización colectiva y la evolución humana (edad, experiencia, agudeza, sustrato cultural), muy cerca de la microfísica del poder de Foucault. Pero el problema no es este fenómeno en sí, sino el marco informal en el que se desarrolla y la dinámica que adquiere.

La jerarquía informal no se afronta refunfuñando, sino mediante el control colectivo, democrático y político que emana no solo de la voluntad de algunos, sino de la propia estructura. El dirigismo político de algunas asambleas por parte de ciertas personas no es problema exclusivo de esas personas, sino sobre todo de la propia asamblea, de su propio sistema de funcionamiento.

Una personalidad ocupa el espacio que le dejan libre los demás; no es casual que haya grupos que, privados de una o dos personas, vegetan. Y ahí es donde llegamos a la cuestión de la acumulación de capital de experiencia y conocimientos (una especie de capital social al nivel pequeño de una asamblea).

Lo referido demuestra que los “luchadores influyentes” tienen cierto tipo de “conocimientos técnicos”. Conocimientos técnicos que, en lugar de ser compartidos con la asamblea, constituyen un monopolio en manos de ciertas personas que consiguen dominar en una relación de dependencia. Estos conocimientos técnicos no proceden exclusivamente de su capacidad retórica, sino de un proceso de acumulación de plusvalía intelectual: del capital experiencial acumulado de toda la asamblea que, en su redistribución, sufre un cortocircuito. Por decirlo más llanamente, todo colectivo acumula a través de sus acciones y experiencia un capital experiencial y de conocimientos. Inicialmente, este capital existe solo como producto colectivo, es decir, existe como capital colectivo del grupo, sin ser individualizado. Pero la inercia de muchos miembros, a falta de objetivación y posicionamientos políticos concretos a nivel de grupo (atribuimos la responsabilidad a las estructuras y no a las personas), en combinación con las capacidades naturales del “luchador influyente”, llevan este capital acumulado a manos de unos pocos, que se benefifician así (muchas veces sin querer) de las desigualdades estructurales del informalismo.

Lo que necesitamos, pues, no es expulsar a esos pocos, sino crear un mecanismo que distribuya igualitariamente el capital en cuestión entre todos los miembros de la asamblea. El informalismo es el libre mercado de un movimiento, y donde hay libre mercado, hay quienes dominan el capital.

El proceso de hiperautonomización descrito anteriormente no se ve interrumpido tampoco por los nuevos miembros de un colectivo que, en mayor o menor medida, se ven obligados a ser absorbidos por la microrrealidad del grupo y a velar por la preservación de la deseada autonomía.

Los nuevos miembros tienen que afrontar a su vez una serie de problemas: desde un sistema ya establecido de comunicación interna en el grupo (terminología, frases hechas, humor interno, cuestiones tabú, referentes políticos), hasta el respeto informal (espontáneo) a sus miembros más destacados/activos y, en defi nitiva, la aceptación o el confl icto con una estructurada concepción de su propia realidad, la “realidad” del colectivo antes mencionada.

Bajo el peso de la obligación de adaptarse a un nuevo microcosmos, estructurado sin ellos, estos nuevos miembros tienen tres opciones fundamentales: (a) adaptarse al marco existente y aceptar las normas, (b) intentar cambiarlo en mayor o menor medida, y, por último, c) rechazarlo y abandonar el grupo. El problema es que, entre las dos primeras opciones existe una desigualdad inherente que, en nuestra opinión, procede también de la falta de estructura.

En un examen más atento observamos que, en la inmensa mayoría de los casos, la balanza se inclina a favor de la primera opción (dejamos de lado la tercera). Es decir, un nuevo miembro se adapta antes o después a la ya configurada realidad del grupo, sin intentar siquiera cuestionar el marco existente. Esto se debe, principalmente, a la inseguridad que experimenta, no solo en relación con si tiene capacidad para hacerlo, sino con si ha entendido el propio marco, si ha entendido a qué se va a enfrentar. Dicha desigualdad reside en la debilidad estructural de los nuevos miembros para cambiar el marco existente. Una debilidad que se debe a dos razones fundamentales: (a) la diferencia de edad entre nuevos y “veteranos”, con lo que ello conlleva, y (b) la relatividad del marco político de cada colectivo.

De entrada, es bien sabido que nuestro “ámbito” atrae nuevos miembros casi exclusivamente de corta edad, especialmente de estudiantes y jóvenes. De este modo, para un chaval, la diferencia de edad, experiencia y sustrato teórico entre él mismo y los miembros más antiguos, se percibe enormemente, sobre todo por su parte. Además, en la mayoría de los casos, desgraciadamente, el nuevo miembro no se va a encontrar con un marco de posicionamientos políticos coherente, confi gurado por un conjunto de personas más amplio que supere los estrechos límites del colectivo. Por el contrario, se va a enfrentar a un conjunto de ideas y prácticas que conforman, como se ha dicho, la realidad de un grupo de veinte personas. La relatividad del objeto, pues, que potencialmente podría ser cuestionado, priva de sentido el cuestionamiento.

Para decirlo más claramente, esta relatividad reside en la falta de posicionamientos políticos formulados expresamente y en irresponsabilidad (política) que campa en los pequeños colectivos desconocidos, en ausencia de un ente político más amplio con nombre y reconocible. A consecuencia de esta relatividad, toda crítica choca con un funcionamiento casi ritual de cada grupo que, en la mayoría de los casos, tiene por consecuencia que no se puedan resolver políticamente las diferencias. A falta de posicionamientos políticos bien establecidos, estatutos, etc., toda crítica se produce exclusivamente sobre la “táctica” de un colectivo, y no en la correlación de esta táctica con sus posicionamientos. Además, mientras la necesidad de adoptar tal o cual acción se juzga siempre a partir de la percepción o la voluntad de las personas que forman un colectivo, y no viene determinada por la propia necesidad social o por el peso de una decisión más amplia para una acción a nivel de toda Grecia, la diferencia aflorará en términos de crítica personal dentro del colectivo, y no en términos de coherencia política y responsabilidad social. Lo que defendemos, pues, es que las presiones externas (en el marco de una Organización) no “someten” a un colectivo, sino que, por el contrario, lo ayudan a clarificar su marco político, a tomar distancia con respecto a los puntos ambiguos y a politizar sus diferencias y sus conflictos internos.

Por otra parte, su hiperautonomización lo convierte en un grupo de amigos que resuelve sus diferencias con el único criterio de su cohesión y la correlación cualitativa entre sus particulares aspiraciones políticas y el rendimiento de sus miembros. De acuerdo con el marco actual, si un colectivo consigue materializar sus anhelos políticos, con independencia de lo que las circunstancias políticas impongan, marcha bien. Es decir, su compromiso comienza y termina en las coordenadas de los deseos y aspiraciones de sus miembros.

En resumen

Por ejemplo, cinco colectivos que a veces se encuentran en procesos del movimiento y colaboran en un marco de nula responsabilidad política uno con respecto a otro (que no va más allá de la solidaridad y el apoyo mutuo), son en realidad cinco grupos diferentes, con un sustrato ideológico común, muy en general, que aportan en cada ocasión cinco realidades diferentes. Esto ocurre, como hemos dicho al comienzo, porque en el momento de su formación no había ningún compromiso, ninguna comunicación (política) esencial y ningún control colectivo por parte de un ente político superior (Organización, Federación), con el resultado de que la visión de la realidad no se ve “fi ltrada” colectivamente y no es directamente cuestionada por ninguna fuerza que no sea el propio colectivo.

El grupo de afifi nidad, de este modo, crece dentro de su propio mundo, a merced de las desigualdades naturales y sociales implícitas en las relaciones entre personas de diferente edad, clase social, vivencias, experiencia, tendencia, etc., y se queda luchando solo con sus propios demonios.

Sin el apoyo de un ente político, el colectivo aislado se percibe a sí mismo no como parte de un organismo que construye la revolución social, sino como un organismo independiente, que colabora con los demás por voluntad y no por necesidad. Como parte de un organismo, estás obligado a trabajar, a fin de que todo el organismo funcione en una relación de interdependencia, mientras que como organismo independiente basta desear colaborar con otros en un momento determinado, en un marco y bajo unos términos que nadie sabe cómo se van a determinar.

El organismo/colectivo/grupo de afinidad autónomo es el rey de su microcosmos. Tiene su propio territorio, su sede, su ejército, su consejo y el entorno de allegados que de vez en cuando refuerzan sus bloques y sus actos. Todos estos reyes juntos conforman el ámbito antiautoritario griego; un mundo dispersamente poblado con una fuerte comunicación interna formal, estructurado sobre un extraño principio: el informalismo y los conflictos internos que este conlleva es la base de su existencia, un medio de cohesión y armonía internas.

Por decirlo brevemente, el informalismo domina como un mal menor para evitar tempestuosos confl ictos en el interior del ámbito anarquista. Es decir, como un intercambio para mantener una amistad y una comunicación internas, basadas en la proximidad ideológica entre colectivos que conviven, estableciendo una solvencia ideológica abusiva no temporal, a costa de la responsabilidad social y política de su época.

La realidad del colectivo aislado, su visión global de las cosas, que a veces no es sino la visión de un solo individuo, la relatividad de su marco político y su hiperautonomización toman, a través del informalismo, elementos de absolutismo, alienación y heteronomía. Por otra parte, la organización en un ente político anarquista más amplio crea los imprescindibles mecanismos de control colectivo, basados en principios y posicionamientos decididos colectiva y públicamente por el conjunto de colectivos que la componen; desarmando así estructuralmente la arbitrariedad y el abuso y cimentando la verdadera autonomía de cada parte de ese cuerpo. Adoptando, en pocas palabras, el marco político de un “anarquismo social, que busca la libertad a través de estructuras y responsabilidades mutuas (…)”. Por tanto, mientras el informalismo siga desempeñando el papel de la metadona, el movimiento anarquista griego seguirá pareciendo un cuerpo enfermo, que se esfuerza conscientemente por mantener sus dependencias. Y como la historia, según parece por la práctica mantenida hasta ahora, se transmite más oralmente que por escrito para cada generación, la obsesión anti-organizativa conlleva el riesgo de que el anarquismo en Grecia acabe siendo una palabra “inofensiva desde el punto de vista político y social, un simple capricho que escandalice de manera divertida a los pequeñoburgueses de todas las épocas”. En estos tiempos en que el movimiento anarquista, como la parte más orgánica del mecanismo para dar la vuelta a lo establecido, está pagando un alto precio por su actitud, la estructura no se presenta ya como una simple posibilidad, sino como una necesidad para que el anarquismo siga siendo una palabra peligrosa política y socialmente.

Antonis Drakonakis. Traductor: Rafael Herrera, (SOV de Málaga de la CNT-AIT).

El modelo organizativo del nuevo movimiento libertario

Desde hace tiempo quienes desde el campo libertario estamos apostando por un modelo organizativo diferente al tradicional llevamos avisando que un movimiento político basado en colectivos no funciona como movimiento político. Casi todos los colectivos libertarios están formados por personas con diversas inquietudes que se traducen en distintas tendencias dentro del anarquismo. Así, encontramos colectivos que mezclan el comunismo libertario con tendencias individualistas, o el insurreccionalismo con la autonomía obrera y el comunismo antiautoritario. En pocos casos existen colectivos con una línea concreta de cara afuera, salvo algunos colectivos exclusivamente insurreccionalistas o bien el anarcosindicalismo en general. Por tanto la mayoría de los colectivos se dedican a temas culturales, sociales o de ámbito exclusivamente local.

Las nuevas organizaciones libertarias que poco a poco van floreciendo en el estado español planteamos que el movimiento debe evolucionar desde los colectivos hacia las organizaciones. No es un paso fácil de realizar, ya que los colectivos suelen ser por naturaleza afinitarios. Y aunque no lo fueran en un principio con el tiempo es lógico que surjan las afinidades personales que marcarán la línea política del grupo. Los liderazgos informales, el asamblearismo ad infinitum en el que toman las decisiones quienes más tiempo tienen, la falta de empoderamiento de personas por miedo a no pasar por la asamblea, la adscripción a unas ideas en base a una estética y un lenguaje estético… nos parecen problemáticas. Un movimiento libertario basado en colectivos y grupos de afinidad lo lógico es que se organice en base a federaciones en las que los grupos serán autónomos. Las federaciones son así una especie de suma de recursos entre grupos diferentes y realmente suponen un avance puesto que se supera el campo de visión basado en lo local.

Pero los colectivos libertarios son fuertemente celosos de su autonomía y no estarán dispuestos a renunciar a ella. Ni en cuanto a su manera de funcionar, ni a su identidad, etc. Por ello las federaciones de grupos autónomos no acaban de ser todo lo ágiles que debieran. Las federaciones se ven limitadas por la apuesta por la autonomía total o casi total de los grupos y dejan de ser ágiles por ello. Parte del colectivo no se siente parte integrante de la federación y le parece un freno para su trabajo local, otra parte del colectivo es la que se cree la federación y va asumiendo el rol de estar en contacto con el resto de los colectivos. Entre la pasividad de una parte y la delegación en la otra se produce un desequilibrio que a la larga dificulta cualquier evolución de las federaciones.

Por ello creemos que el movimiento libertario, o la parte de él que esté dispuesta, debiera caminar hacia un modelo como el que sigue:

Organización de militantes. Sería la base fundamental del modelo. Se basa en un grupo de personas que tienen las mismas líneas de actuación e inserción social. Habrán llegado a ellas en base a un debate sobre tácticas y estrategias y no tanto en base a la ideología. Esta organización requiere de una cohesión táctica y estratégica, y no vale una convivencia entre tendencias. Antes bien, es mejor formar dos organizaciones si las diferencias internas son demasiado grandes. Es más fácil colaborar entre organizaciones que vivir en una eterna pelea interna. La organización de militantes sirve para elaborar líneas estratégicas y para planificar una inserción social adecuada de las prácticas e ideas libertarias. Al fin y al cabo nos organizamos para proyectar mejor la acción libertaria.

Organización feminista. Dada la tendencia a marginar o impedir tácitamente la participación de las mujeres inherente a la mayoría de los
colectivos y movimientos, ocurre que la mujer no se anime a participar en colectivos y organizaciones libertarias. Por tanto es necesario un espacio político propio donde podamos desarrollarnos políticamente. Será una organización tanto de formación como de debate político. En nuestro caso su enfoque debería ser hacia el feminismo de clase, dado que hay que buscar hablarle a la mayoría de las mujeres. Enfocarse en cuestiones que afectan a una pequeña fracción de ellas es un error y de cierta manera contribuye a la atomización de las luchas y la especialización. Se pueden llevar a cabo luchas propias del feminismo típico como el tema del aborto, la lucha contra la violencia de género, la discrimininación laboral, los roles de género, crianza y maternidad, la presión de la estética, etc. Pero además en denunciar cómo le afecta el capitalismo a la mujer trabajadora. Se trata de que el feminismo traspase las barreras del activismo y llegue a los barrios obreros y sus entidades. En América Latina esto lo intentan a base de obras de Teatro del Oprimido, yendo a sindicatos a hacer educación popular, creando sindicatos de mujeres, concretando cómo le afectan a la mujer los problemas que crea el capitalismo…

Organización juvenil. Es necesaria una organización juvenil que vaya formando a la juventud en las ideas libertarias y en la forma de actuar que propone la organización de militantes. La organización debería enfocarse en los problemas que tiene la juventud (paro masivo, estudios, barrios y comunidades, cultura y ocio, etc.) y debería intentar generar organismos juveniles unitarios de barrio y de comunidad como asambleas de jóvenes y otras. La función de la organización es ir empoderando y preparando a la juventud para la acción política y social. Es un campo de experimentación en y de la militancia. Se puede complementar con la gestión de locales y espacios, la organización de eventos festivos y de jornadas de formación política. Nuestro punto de vista es que hay que crear un movimiento juvenil ajeno a las corrientes antiorganización y tendientes al ghetto de autoconsumo presentes en el anarquismo.

Las organizaciones deben ser entendidas como algo compacto, cohesionado. Y se subdividen en núcleos o grupos locales y territoriales compuestos por personas de la organización que viven en una zona determinada. No debería empezarse un grupo local cuando no lo conforma gente que comparte todas las estrategias y tácticas de la Organización. La función del núcleo es llevar a cabo las líneas de la organización adaptándolas a su realidad concreta. No se trata de un colectivo más, sino que el grupo es la Organización en ese territorio.

Los Frentes

Se trata de lo que hace la militancia cuando sus líneas políticas se aplican a un campo de acción. Normalmente no se tratan de organizaciones independientes, sino que se supeditan a las necesidades de inserción social del movimiento político y son orientadas por éste. Recordemos que no queremos construir un movimiento social bajo premisas libertarias desde cero sino ayudar a fomentar el movimiento social tal como es, y que éste una vez fuerte y consolidado sea políticamente autónomo y por sí mismo evolucione a líneas libertarias. Desde luego respetamos a quienes intentan hacer lo primero, pero nos parece que hay que priorizar esfuerzos.

Se pueden plantear una serie de frentes:

Frente Estudiantil. Es el campo de acción del estudiantado en su globalidad y pluralidad. Se trata de aplicar las líneas de actuación a lo estudiantil, que generalmente es un mundo que lleva una vida propia en paralelo a los ritmos de la sociedad en general. Por lo general debería haber una relación estrecha entre la organización juvenil y este frente. También tanto la organización política como la organización feminista deberían realizar tareas de formación entre el estudiantado.

Frente Laboral. Se trata del campo de actuación del movimiento político en el mundo del trabajo. Aquí hay que buscar una pluralidad en las formas de actuación ya que buscará la adecuación a los proyectos de la organización y no será un sindicato más.

La diferencia con el anarcosindicalismo, es que éste, debido a ser un Sindicalismo Revolucionario entiende que la sociedad Socialista a la que aspira deberá tener como columna vertebral el sindicato para poder funcionar. De esta forma entiende que los distintos sectores de la población (estudiantes, jubilados, amas de casa, inquilinos…) se deben organizar sindicalmente. El anarcosindicalismo de esta forma es a la vez una organización política. Por eso se ve a sí mismo como una sociedad paralela alternativa donde todo el mundo debería militar.

Nuestro punto de vista es que hoy por hoy la sociedad no se puede organizar entera de forma sindical. Por tanto hay que partir desde los distintos puntos de vista y conectarlos en una lucha hacia el socialismo libertario. Por ello tenemos que tener una inserción en las cooperativas, entre las asociaciones de parados y paradas, entre las pensionistas y también en los sindicatos (en el movimiento obrero en general). Pero no es nuestra idea crear otro sindicato más, sino que la clase obrera organizada vaya asumiendo poco a poco las líneas de nuestro movimiento político. Y por ello también hay que dirigirse a los barrios, a los institutos y a los espacios de relación y socialización de la clase. El anarcosindicalismo es por tanto aliado, pero no somos lo mismo.

El frente laboral se entiende a sí mismo como un organismo amplio de conexión de luchas que fomentan un poder popular obrero y una conciencia de clase, que contemplan avances económicos y mejoras materiales inmediatas como pasos a dar en busca del empoderamiento colectivo.

Frente Comunitario. Este frente va hacia el resto de ámbitos de actuación que afectan a la gente: salud, vivienda, educación, cultura, energía, medio ambiente, etc. La idea es conectar las distintas luchas entre sí hacia la generación de un movimiento popular comunitario capaz de tener voz propia a nivel político. Alguno de estos ámbitos se puede convertir en Frente en sí mismo, dependiendo de lo grande que sea la militancia o de las necesidades específicas. Por ejemplo:

Frente Municipalista. Si la militancia de los barrios decidiera llevarlo a cabo se podría realizar un frente municipalista que tuviera como objetivo dar la batalla en lo local para generar contrapoderes comunitarios. En este sentido se articularía a la militancia que está en asambleas populares, asociaciones vecinales, ateneos, etc. e incluso a las militantes que participen en las instituciones con programa similar al nuestro (y que asuman nuestras líneas – al fin y al cabo mejor tenerlas de aliadas que al servicio de otros movimientos políticos). Esos contrapoderes embrionarios se deberían coordinar y fortalecer para hacerlos mayores y más estables ya que serán medios de generar poder popular.

Los grupos de trabajo

El movimiento político necesitará de accesorios que faciliten o mejoren tanto su funcionamiento como su proyección pública. En este caso nombraré algunos aspectos que me parecen interesantes y que se pueden ir implementando.

Centro de Estudios. Todo movimiento político debería tener un lobby, Think tank o un organismo que sirva para engarzar la teoría y la ideología con las líneas políticas del mismo. Además servirá para elaborar un programa formativo para la militancia.

Medios de comunicación. Cualquier movimiento político tiene sus propios medios de comunicación, sean boletines o sean redes sociales. Hay que tener una estrategia mediática y comunicativa adecuada a las intenciones del movimiento. Los medios pueden ir desde boletines hasta una editorial propia de libros, revistas de pensamiento y teoría o bien publicaciones orientadas hacia la población en general.

Unidades culturales. En línea con lo anterior se puede tener de colaboradores o pertenenciendo al movimiento político algunos grupos culturales como pueden ser muralistas, teatro social, grupos de música, etc.

Línea gráfica. El movimiento en general, o sea, tanto las organizaciones como los frentes deberían tener una misma identidad visual o línea gráfica. De esta manera las ideas fuerza lanzadas por cada una de las partes del movimiento serán reconocibles rápidamente por parte de la población.

Organismo antirrepresivo. Sea una comisión, una organización o una caja de resistencia, el caso es que un movimiento político debe disponer de este tipo de organismos. En un principio se puede asumir el de otros movimientos populares, pero con el tiempo debería haber un grupo de personas que trabajen el tema y que cubran las necesidades de todo el movimiento así como el de los colectivos afines y los movimientos sociales y populares.

En resumen, puede haber todo tipo de grupos de trabajo o comisiones que lleven a cabo tareas concretas o cortas en el tiempo. Por ejemplo un grupo de sociología o antropología social puede llevar a cabo un informe. O un grupo de periodistas afines publicar alguna cosa concreta en consonancia con las necesidades comunicativas o las campañas. Se trata de ser flexibles en la medida de lo posible.

Organización amplia

Por último cabría hablar de posibles organizaciones o frentes «de masas» impulsadas por nuestro movimiento. En principio las organizaciones de masas que buscamos son las propias que crea el movimiento popular. Pero en un momento dado podemos querer crear una organización-movimiento. Se podría crear en base a sumar todas las partes componentes anteriormente descritas que deberían funcionar coordinadas. De esta manera se sellaría la pertenencia a este movimiento y se daría entrada a toda la gente simpatizante con el mismo y no sería ya un movimiento de militantes, sino de militantes y simpatizantes. O se podría crear en base a una organización que sigue las líneas políticas del movimiento pero que se creará en base a asambleas abiertas y públicas.

@BlackSpartak

Sociedades paralelas y poder popular

Seguramente en no muchas ocasiones hemos oído hablar de cooperativas integrales, de ecoaldeas, de proyectos de okupación (desde pueblos okupados hasta edificios abandonados en la ciudad), e incluso barrios autogestionados y comunidades enteras fuera de las redes mercantiles. Son espacios liberados dentro del sistema capitalista que demuestran que existen modelos alternativos de organización social y económica, que de alguna manera permiten experimentar, poner en práctica y dar ejemplo sobre alternativas al sistema capitalista. No obstante, muchos de estos proyectos no tienen una pretensión confrontativa contra el sistema, sino que más bien funcionan como vías de escape. Este tipo de pequeños espacios fuera de los centros de circulación de mercancías se conocen como sociedades paralelas. Ahora bien, ¿podrían estos proyectos ser una suerte de poder popular?

A diferencia de las sociedades paralelas, el poder popular lleva consigo la bandera de la confrontación contra el sistema dominante a través de la creación de un contrapoder que le desafíe. Este tipo de contrapoder supone la creación de movimientos populares los cuales articulan instituciones al margen del Estado que se traducen en asambleas de barrio, sindicatos, organizaciones estudiantiles, coordinadoras, etc… que pretenden sustituir y superar el orden establecido materializando un modelo de vida socialista libertaria. Esto quiere decir que el poder popular es una estrategia de confrontación y disputa en todos los niveles contra el dominio capitalista: social, económico, territorial y político. Otro matiz importante es que el poder popular también se articula a nivel político, es decir, que lleva un proyecto político de mayorías y se dotan de herramientas como los análisis de coyuntura, las hojas de ruta, las agendas, estrategias políticas y demás, que permitan el avance cualitativo de todo el movimiento popular. Esto por ejemplo, no se da en las sociedades paralelas, donde no existe una dirección política clara y se toma como fin la misma realización del proyecto, sin llevar ninguna política de confrontación. Sin embargo, podríamos apuntar que la línea entre sociedades paralelas y el poder popular no son bien marcadas, sino que hay ocasiones en que se ven difusas. Veamos algunos ejemplos.

En Grecia existen hospitales, clínicas y ambulatorios autogestionados debido a que el sistema de salud estatal está sufriendo ajustes muy agresivos. Por un lado, las experiencias autogestionarias pueden servir como parches ante la situación aguda de reestructuración neoliberal que vive el país. Pero por otro, podría suponer una salida hacia delante si estos proyectos se vinculan con otros sectores en lucha y sirvan como medios para crear un sistema de salud público no estatal. De manera similar, podríamos decir sobre la cuestión de las cooperativas integrales o la okupación de pueblos abandonados. Si bien estos modelos pueden servir para no tener que vivir del trabajo asalariado, y llevar una vida más sana, si carecen de vinculación con el conflicto de clases, no constituirían ningún problema para el sistema capitalista. De hecho, el capitalismo tolera las sociedades paralelas. No obstante, ¿y si se diese el caso de que las cooperativas integrales sirvieran como colchones para luchar contra el paro y tuviesen buenas relaciones con los sindicatos en las ciudades y vinculación con proyectos sociales en los pueblos y en los barrios? ¿Cuál sería entonces la delgada línea que los separa de ser sociedades paralelas o posibles instituciones de poder popular?

Las alternativas autogestionarias en las sociedades paralelas no son revolucionarias de por sí si no están vinculados a proyectos revolucionarios de confrontación a través de la lucha de clases. En Argentina en 2001 cuando ante el cierre masivo de empresas los y las trabajadoras se lanzaron a la autogestión, no se planteó el socialismo como proyecto político que supere el neoliberalismo que arruinó el país, aunque eso sí, gracias a la autogestión pudieron sobrevivir y se demostró que es una salida viable. Las zapatistas y el movimiento de liberación kurdo en Rojava serían los ejemplos más destacables de poder popular, puesto que, además de implementar una organización social distinta a la del capitalismo, llevan una orientación política por el cual crean sus propias instituciones que sustituyan a las del Estado en los territorios donde han declarado su autonomía.

Las sociedades paralelas son pues burbujas aisladas dentro del sistema capitalista que pueden funcionar con mayor o menor grado de independencia de los flujos mercantiles, lo que quiere decir también que carecen de cualquier vinculación con el conflicto de clases en los centros —entendiéndolos como no solo las grandes metrópolis, sino territorios donde el capital lanza sus ofensivas (desde las ciudades más grandes, pasando por pueblos, hasta las zonas donde se quieran hacer megaproyectos de extracción como megaminería, fracking, etc)—, en otras palabras, no tienen pretensión de disputarle terreno y espacios al sistema dominante donde mayores son los grados de conflictividad social y de clases. En cambio, el poder popular sí actúa en los centros del conflicto de clases y sí mantiene esa disputa al orden establecido, al contrario que las sociedades paralelas que actúan en las periferias, donde el capital no tiene tanto peso. Entonces, para que una cooperativa integral, un pueblo okupado, una clínica autogestionada o lo que sea, pase a ser una institución del poder popular, tendrían que romper la burbuja y orientarse como medios para crear un contrapoder efectivo al sistema dominante, asumiendo el papel de alternativas de confrontación en vez del de la evasión, o sea, crear vínculos entre diferentes sectores en lucha (multisectorialidad), pasar de verse como fin a verse como medios y dotarse de una orientación política cuyo fin sea el socialismo libertario.

Preguntas sin respuesta (y III): ¿hegemonía de qué proyecto en qué plazo?

Llegadas a este punto, se nos quedan cortos la crítica superficial al estado de las cosas y el moralismo, no menos superficial. No podemos decir que hay una supuesta, difusa, «casta» y que el sujeto político que puede cambiar las cosas es todo aquel que se oponga a ella. No podemos hacerlo porque, en el momento en que la dirigencia anticasta ocupe el Poder, si eso llega a ocurrir, y acuse la tremenda presión de la herencia recibida (véase el caso de Syriza en Grecia), de los acreedores y de la patronal, cualquier enfrentamiento entre facciones se puede convertir en una competición sobre quién es más o menos casta. No podemos porque a nadie se le escapa que ninguna dirigencia política, por muy sagaces que sean sus miembros y muy buenas sus intenciones, puede cambiar a quien no quiere cambiar. Aunque cambien otras cosas, las relaciones cotidianas en el trabajo, en los centros de estudio, en las asociaciones, los bares, las familias, parejas y cuadrillas de chavales de los parques y escaleras no superarán el «todas contra todas», la mezcla de egocentrismo, apatía y desconfianza que llamamos «normalidad».

Se nos puede decir que esta mezcla de valores, actitudes y posiciones políticas es complicada, que es querer abarcar demasiado. Sostenemos exactamente lo contrario. Tampoco es que digamos que de cada grupo, formal o informal, deban salir normas éticas que marquen qué es lo correcto y qué lo incorrecto. Más bien, defendemos un discurso –y, por tanto, un discurrir– que además de criticar lo inadmisible señale lo admisible y busque lo deseable y que, además de analizar el pasado, proponga un futuro desde el presente. Casi nada, ¿eh? En realidad, no entendemos que esto sea tan ambicioso como nos puede parecer por nuestra cultura política, sino que podría darnos cohesión, siempre que no nos empeñemos en tenerlo todo organizado desde el principio y sepamos tener paso corto y mirada larga.

Una de las cosas en que damos la razón a las podemitas, así como a las compas del Procés Embat, Aunar y Apoyo Mutuo es en que pensar con lógica no basta. De nada sirve nuestro discurrir si nuestro discurso es agresivo o incomprensible; no nos basta con tener la razón, queremos compartirla con el máximo posible de personas. En este sentido, como comunista libertario, este articulista saluda la evolución que ha visto en los últimos años, tanto en grupos informales como en la actual Federación Estudiantil Libertaria, en esta misma Regeneración o en el proceso de convergencia popular de Embat y compañía, evolución de un anarquismo más moral (más centrado en tomar posiciones) a otro más social (más centrado en ser motor de cambio social). No obstante, nos estamos dejando en el tintero explicar un poco más qué aclaración política (¿y ética?) estamos defendiendo e incluso de qué cambio estamos hablando todo el tiempo.

Cuando hablamos de cambio, hablamos de un cambio profundísimo y que implicará seguir esforzándonos a corto, medio y largo plazo. Se nos está diciendo que estamos ante una «ventana de oportunidad» que puede cerrarse en cualquier momento, ya que, según quienes lo dicen, la población no puede estar en estado de efervescencia permanente y, en lo económico, la crisis podría estar remitiendo, lo que podría fortalecer la idea de que el ciclo anterior se ha terminado y se entra en uno nuevo, cosa que favorecería cierta desmovilización masiva. No podemos estar de acuerdo con nada de esto. No podemos tomarnos en serio el supuesto final de la crisis porque: 1) un gran número de personas ya han descubierto que las grandes cifras de la economía (macroeconomía) no se corresponden con lo que ven en sus carteras y las de las personas cercanas, en el día a día (microeconomía), así que sería suicida rendirnos en este terreno; 2) algunos de los elementos más conocidos de la recuperación macroeconómica son el aumento de las exportaciones (España, dentro de su contexto, es un estado que produce barato y con una moneda, como es el euro, debilitada), las restricciones a las deslocalizaciones (o sea, que trabajamos tanto por tan poco dinero y exigiendo tan pocas garantías a las empresas multinacionales que hacemos mejor que antes la competencia a estados de Europa del este, Latinoamérica y África) y una nueva burbuja inmobiliaria, esta vez más ligada a la clase alta, pero no sólo a la española, sino de todo el mundo (que es como decir que nos estamos echando al cuello una de las sogas que empezamos a notar hace seis años, pero decimos que es una corbata para tranquilizarnos) y 3) dentro del mercado global, independientemente de que la posición española sea un poco mejor o peor, no hay ningún cambio significativo –como sí lo hubo con otras grandes crisis, por ejemplo, las dos últimas–: no hay manera de aumentar el consumo sin alimentar el endeudamiento o reducir el margen de beneficio de las empresas, todo ello mientras la gesta la crisis energética. En rigor, nadie se atreve a decir que la actual recuperación sea algo más que una pausa momentánea y, si alguien puede contar con que lo sea, no somos nosotras; no porque ser anticapitalistas nos obligue a ser agoreras en lo macroeconómico, sino por esta falta de motivos y por lo peligroso de hacerse esperanzas.

Vaya, que debemos confiar en nuestras fuerzas como clase social y no en un estado más o menos desfavorable de la economía y que, además, no debemos agobiarnos demasiado con la supuesta ventana de oportunidad. Es posible, ciertamente, que quienes más crean opinión pública –medios de comunicación y personajes con visibilidad en esos medios– consigan, pese a nosotras, extender dentro de un tiempo la idea de que la etapa de crisis económica y política se ha terminado para invitar a los sectores movilizados de la sociedad a volver a casa. No obstante, entendemos que es nuestra responsabilidad evidente oponernos a esta idea, tanto por el desmentido económico ya dicho como por la vertiente más claramente política: no sólo las demás hacen política, la hacemos todas. Si algo hemos aprendido en espacios de lucha como el actual movimiento por la vivienda, las redes de solidaridad popular o el sindicalismo de clase es el valor de lo colectivo en todo momento y lugar. Quienes se resignan a funcionar en base a ventanas que se abren un tiempo cada treinta o cuarenta años y entienden la desmovilización masiva como algo natural, parte de la historia que siempre vuelve, tendrán que asumir sus responsabilidades si consiguen convertir eso en una profecía autocumplida, como amenazan con hacer. Entendemos la inestabilidad como un ingrediente del momento presente, del funcionamiento del capitalismo e incluso de la vida misma, en menor medida, y no vemos tanta diferencia entre las perspectivas a corto, medio y largo plazo. No firmaremos ninguna paz social ni ningún cheque en blanco y nos gustaría creer que quienes hablan de asaltar las instituciones tampoco firmarán esa paz; si lo hacen, de nuevo, estaremos hablando de una decisión asumida y no de una especie de inevitable cambio meteorológico. No estamos en esto para cerrar ventanas y entendemos que uno de los mayores, en estos años de repunte de la resistencia por los derechos básicos (vivienda, alimentación, salud) es pasar de esa resistencia a un contraataque más ambicioso.

Y, aun entendiendo todo esto, ¿podemos, sin llevar el carnet de anarquista en la boca, intervenir como anarquistas? ¿Qué es lo que podríamos ofrecer a quienes no son anarquistas?

En primer lugar, no se trata de ofrecer una especie de nueva receta de algún producto, ni siquiera de recitarles definiciones de la Anarcopedia o pasajes de Errico Malatesta (por más que ambas sean fuentes de lo más interesante). Tampoco se trata de una invitación para que añadan «anarquista» a la lista de adjetivos con que se describen ni de una imposición apocalíptica para que se conviertan o, de no hacerlo, mueran en la apatía o la ingenuidad. El anarquismo, con este nombre o cualquier otro, puede y quizá deba ser un llamamiento. Sabemos que no inventamos nada, sólo subrayamos el planteamiento que, existiendo ya, nos parece que vale la pena conservar y potenciar.

En segundo lugar, quizá haya mucho que aprender del anarcosindicalismo. Probablemente lo más interesante de esta herramienta es que fue pensada en gran medida desde el anarquismo y por anarquistas, pero no necesariamente para anarquistas. El anarcosindicalismo ha tendido a definirse en base a tres ejes bastante sencillos: una finalidad (la instauración del comunismo libertario), presente como objetivo último; unos principios (apoyo mutuo, federalismo, solidaridad), que dan sentido a esa finalidad dentro de un concepto de las relaciones humanas, para hoy día y para cualquier época, y unas tácticas (acción directa, autogestión), que permiten abordar conflictos laborales, y no sólo laborales, aquí y ahora y, a la vez, avanzar hacia esa finalidad última.

En tercer lugar, entendemos, como ya se ha insinuado, que la intervención política no responde sólo a la resistencia contra problemas prácticos e inmediatos (conflictos en el trabajo, por la vivienda, por que no falte comida), sino que lucha contra esos problemas desde una cosmovisión que aporta ese horizonte y esos principios. Si en el primero de estos tres textos hablábamos del relato político que analiza el pasado reciente para explicar el presente y en el segundo lo relacionábamos con su contexto histórico para que ese pasado reciente no parezca una mera casualidad o un accidente, ahora nos atrevemos a ir un poco más lejos. La intervención política de cara a las elecciones necesita cierto relato político para ganárselas a quienes las han ganado en las últimas décadas; la intervención con voluntad revolucionaria puede buscar cierta cosmovisión para explicar por qué las elecciones no bastan y, sobre todo, para luchar contra la apatía y el derrumbe social que hemos visto y aún vemos: desprecio por la gente (así, en general), apatía, nihilismo (que lleva o bien a la apatía o, en el mejor de los casos, al rechazo anti-todo o, por compensación, a huir del propio nihilismo abrazando algún fanatismo tradicionalista o de otro tipo)… Habrá diferentes enfoques y cada cual tendrá sus matices, pero, en términos generales, el funcionamiento horizontal, sin dirigentes, no es sólo el más abierto a todo el mundo y el que más permite ahondar en lo colectivo –insistimos, el gran descubrimiento de los últimos años, algo tan antiguo como que no estamos solas con nuestros problemas y que la unión hace la fuerza–. Es además el funcionamiento inevitable si se está ensayando una cultura política donde las decisiones sean de todas, ya que de todas serán sus consecuencias. La autogestión, el apoyarnos sólo en nuestras propias fuerzas, no es una especie de ombliguismo o de elitismo político, ya que ese nosotras está abierto y depende de qué proyecto (acción, campaña, organización, etc.) estemos hablando; es parte del proceso por el que nos fortalecemos colectivamente y nos preparamos para hacer cada vez mejor las cosas y cada vez más cosas. Es el camino del autogobierno por el que, a la larga, podremos prescindir de los gobiernos. El apoyo mutuo, la cooperación, no es sólo que yo te apoye si te quieren desahuciar y tú lo hagas si mi patrón no me quiere pagar: es la razón de ser de la misma sociedad. No abandonamos a las personas ancianas, débiles o gravemente enfermas, quizá eso no sea rentable económicamente, pero ni lo sabemos ni lo queremos saber. Si vivir en sociedad tiene algún sentido es que quienes mejor se encuentren cuiden de las que en ese momento estén enfermas o sean ancianas y provean para ellas, es compartir en las duras y en las maduras. Somos una especie que nace en un estado de total dependencia, incapaz de comer por sí misma en meses, incapaz de andar hasta al cabo de aproximadamente un año, pero preparadísima para desarrollar lazos emocionales y mentales y comunicarse con otras humanas. No debería hacer falta decir más para aclarar que, contra la obsesión liberal por la competencia (Adam Smith, Darwin, …) que alimenta la desconfianza y generaliza la dependencia, el apoyo mutuo es parte de la vida misma (Kropotkin ya lo explicó largo y tendido) y promueve una generosidad que no es un contrato laboral ni un imperativo por decreto, sino la savia misma de la vida en sociedad.

Postulamos, pues, seguir dando respuesta a los problemas inmediatos y a cuantos vemos a corto, medio y largo plazo desde esa cosmovisión humanista y, en fin, disputando al Enemigo algunos de sus conceptos habituales para ampliar la resistencia a un contraataque a medida que el empoderamiento colectivo funciona y avanza.

En cuanto a esos conceptos habituales, el de ciudadanía, sin ir más lejos, está falseado. Ya dijimos por qué tiene más sentido hablar de personas que de ciudadanas en el primer texto, pero es que, además, a cada persona se le supone sometida a las leyes, cuando a nadie se le puede exigir que cumpla compromisos que no ha adquirido y apechugue con decisiones que no ha tomado. Mejor haremos en seguir reivindicando a la persona como primer sujeto político, base de la soberanía, y el pacto federativo, la asociación entre iguales sin amenazas ni chantajes, como base de la sociedad. Directamente relacionado con esto están los conceptos de responsabilidad y poder, que hay que disputar, sobre todo a los sectores más conservadores y a los reaccionarios. El hecho de que tengamos tan poco poder, limitados por los poderes del estado y los del mercado, nos ha enseñado a algunas a atacar al Poder, a las instituciones enemigas, pero no a distinguirlo del poder, que es tanto la capacidad pura de pensar, desear, actuar y demás como la de decidir y la de trazar y llevar a cabo planes a cualquier plazo, en lo personal y en lo colectivo. A veces nos olvidamos de que lo que queremos probablemente sea todo el poder para todas y que, en ese camino de empoderamiento, podemos llegar a hacer innecesarios todos esos parlamentos, gobiernos y demás conformados por gestores profesionales. Y que no tiene por qué ser fácil, porque estamos acostumbradas a considerarnos menores de edad que pueden dejar que otras tomen las decisiones y criticarlas desde la calle cuando las consecuencias no nos gustan. No obstante, esta búsqueda del autogobierno personal y colectivo es lo único que puede garantizar que los avances no sean sólo momentáneos ni los retrocesos, permanentes. El de liderazgo es otro concepto con el que no solemos estar cómodas, pero con el que tenemos que lidiar. Lo rápido es decir «abajo los líderes» o incluso «muerte a los líderes» y pasar al siguiente tema, pero sabemos que el que haya iniciativas es a menudo bueno, casi siempre necesario, y que tendemos a reproducir papeles de líderes y de seguidoras. No nos parece problemático el que ocurra esto en ningún momento, sino el ver que el liderazgo se instala y no sabemos salir de ahí: en el funcionamiento colectivo, a muchas les falta iniciativa e implicación y a otras, por compensación, les sobra. Eso, a veces alimentado por cualidades personales, lleva fácilmente a que algunas personas sean vistas en su entorno como líderes, no sólo por lo mucho que «tiran del carro» o guían –esa es la traducción literal del inglés leader, «guía»–, sino porque se les ve como tales y dan, incluso, ganas de seguirles. Todo esto ocurre a veces también entre personas con experiencia activista y personas sin ella, las primeras pueden convertirse en un incentivo de lucha para las segundas, sin embargo, nos parece una pieza clave el combinar esta iniciativa y valía personales con el discurso igualitario y nunca paternalista; animar a quienes empiezan a luchar y a quienes ni han empezado ni quieren empezar: en estos tiempos en que también existe una gran desconfianza hacia las organizaciones sistémicas, nosotras no pedimos el voto, no queremos subvenciones, no queremos liberadas, somos lo que parecemos y parecemos lo que somos. En el fondo, lo sabemos: lo que ofrece la lucha cansa y a veces aburre, pero es un camino de chifladas que apuestan por la honestidad, mucho más atractivo para quienes se han estrellado contra el sistema o han visto a otras hacerlo que la apuesta electoral.

De hecho, contra lo que parecen pensar los Iglesias Turrión y demás, un líder, en la historia de nuestra clase, no es un buen comunicador (aunque esto ayude) que aparece mucho en los medios y sube en los sondeos a fuerza de pulverizar a alguna cagarruta intelectual como F. Marhuenda o E. Inda, sino más bien alguien cuyas conductas van en consonancia con sus palabras y que, por esas acciones y actitudes, sostenidas en distintas circunstancias a lo largo del tiempo, encarna sus ideas y estimula a sus compañeras. Más que un funcionamiento sin líderes, probablemente nos interese ser todas líderes e intentar compensarnos mutuamente. Lo que sirve al comparar personas con inquietudes políticas con aquellas otras personas que se consideran apolíticas, insistimos, probablemente sirva al comparar a las más y las menos activistas. No pasa de moda la consigna, atribuida a Txabi Etxebarrieta, del «Demos todos un poco para que unos pocos no tengan que darlo todo».

Siguiendo con lo polémico, no vemos por qué no disputar los conceptos de democracia y poder popular. Sabemos que el modelo de la antigua Atenas no era muy envidiable y que, en general, asociamos «democracia» al actual sistema político, pero no nos consta que se haya acuñado ninguna otra palabra que permita sintetizar igual la idea de autogobierno colectivo, ni el fracaso de la democracia llamada «formal» o «indirecta». Si algo ha contribuido a generar malestar social y rechazo ha sido, precisamente, prometernos una soberanía, un poder, que en la práctica nos es a la vez negado. En este sentido, no entendemos que el poder popular consista en movilizaciones para apoyar a gobiernos más o menos progresistas, como algunas temen, sino en lo que vamos ganando durante todo un proceso de empoderamiento popular cuyo objetivo no sería intimidar a sectores adversos de nuestra clase, sino fortalecernos colectivamente al margen de las instituciones. Respecto a cuál es nuestra clase, nos parece interesante no definirla demasiado en función del trabajo. No es que queramos dejar de hablar de la clase trabajadora, pero sí matizar que este término ha ido muy de la mano de cierta moral del trabajo que, como ya apuntábamos, ha servido para enfrentar a quienes más seguían esa moral con quienes, en mayor o menor medida, no se la han creído, desde quien se cuela en el transporte público o roba en el lugar de trabajo, pasando por quien okupa o se niega a seguir pagando las letras de la hipoteca, hasta quien vive parcial o totalmente de un trabajo alegal o ilegal. Estas personas, de clase trabajadora en términos generales, son a veces rechazadas como vagas o antisociales, pese a que, si en algo consiste la conciencia de clase, no es sólo en tener consciencia de qué lugar ocupa una en la organización social, sino también en querer cambiarlo, querer acabar con la sociedad de clases en lugar de resignarnos a ser víctimas. De igual modo, no entendemos que la clase media tenga intereses opuestos, aunque muchos de sus miembros parezcan creerlo, ni vemos por qué habría que firmar cheques en blanco a quienes pretenden ser alcaldesas, diputadas o ministras procediendo de la clase trabajadora o de la clase media. Es por este tipo de motivos, como por los estados de tipo leninista –donde las dirigentes dicen serlo de la clase trabajadora–, por lo que algunas preferimos afirmarnos como clase dirigida, gobernada u oprimida, frente a la pequeña clase dirigente, gobernante u opresora. No sin relación con esto, el de economía es otro concepto que el Enemigo tiene casi acaparado. La economía, que podría ser la administración de los recursos, está convertida en un mundo misterioso, inaccesible y amenazante. Nos parece fundamental recordar la diferencia ya comentada entre macro- y microeconomía y recordar constantemente que economía también es lo que hacemos todas cada vez que vamos a trabajar o que compramos o consumimos algo, mientras la propiedad de sus medios más importantes está en manos de muy pocas personas y que la acción colectiva es posible y eficaz. En este sentido, cada huelga, cada okupación, cada desahucio parado, cada dación en pago y alquiler social arrancados son intervenciones en la economía y pasitos que damos hacia una democracia económica, sin la cual la democracia política es sólo un espejismo. No es menos fundamental recordar que toda actividad se da en la realidad, donde los recursos son limitados, y no en el mundo virtual del capitalismo, donde el mercado puede seguir funcionando con agujeros de deuda que superan toda la riqueza del mundo y donde entre la mitad y el 80% de las operaciones bursátiles las hacen ordenadores.

Los conceptos de ley y derecho también están en zona de contienda. Hemos aprendido a aceptarlos tal como funcionan en la práctica, pero es que, en la práctica, la supuesta ley es sobre todo la ley del más fuerte y el derecho, el derecho a competir en igualdad de personas y colectivos que no tienen recursos iguales, ni siquiera parecidos. Otras ya han hablado de este tema más y posiblemente mejor, así que no abundaremos mucho: no aspiramos a gobernar a nadie disimuladamente, a base de fuerza e iniciativa; si, al contrario, asumimos asambleas y debates que a veces parecen interminables es porque nuestra cultura política es de respeto, inclusión y acuerdo. Nuestras leyes no están en boletines oficiales o sentencias, sino en acuerdos respetados y en toda una cultura política que puede convertirse, en última instancia, en un pacto social en el sentido en que se ha entendido los últimos siglos. En este sentido, nunca nos cansaremos de decir que la anarquía que algunas defendemos es la ausencia de autoridad, lo cual no implica necesariamente el desorden o el caos y que, al contrario, en esa línea de pacto social, es la única fuente de orden que conocemos. «Orden» no quiere decir para nada que tenga que haber un funcionamiento social especialmente lleno de reglas ni especialmente estricto, pero es importante subrayarlo dada la capacidad del capitalismo de generar caos y dada la herencia estatal que finge cubrir el inmenso caos que genera el mercado con el relativo orden de las reglas emanadas de sus instituciones, la vigilancia de su aparato represivo y demás, rematado con la imagen de las dirigentes del sistema invocando una justicia que no llegará y un orden que ni saben ni quieren construir. En el estado de descomposición social en que nos encontramos, los sectores más conservadores, reaccionarios o directamente tradicionalistas buscan culpables en el dedo que señala la Luna, pero nunca en la Luna. La inmigración, el lumpen, el mestizaje étnico o el relativismo cultural tienen que ser culpables del desorden que perciben, incapaces como se ven de asumir la necesidad de otra cosa. Por ejemplo, de construir entre todas un nuevo orden económico y político desde el aquí y ahora.

Anarquismo y movida nacional

Anarquismo y movida nacional

Leo con sorpresa el último texto de @borjalibertario, sobre Anarquismo y Cuestión Nacional. Sorpresa porque frente al rigor de otros textos de este autor tengo que decir que en este texto se juntan una serie de supuestos pomposos en clave doctrinaria anarquista y que responden al enésimo intento de conciliar el sueño por parte de quién se mueve en la militancia libertaria catalana, algo que nos ha pasado a muchas. Sumarse a la ola de la autodeterminación, de los postulados más simplones del independentismo catalán y condimentar todo con la liberación de clase es un lugar muy común no solo de cierto anarquismo sino de gran parte del movimiento popular. La defensa del derecho de autodeterminación en abstracto para luego aplicarlo sin miramientos sobre el contexto inmediato en el que nos movemos no es suficiente. Por muy aguda que sea la contradicción que se vive en la sociedad catalana, la consigna de la «liberación nacional y de clase» se nos queda pesquera a la vista de los resultados y los riesgos de que haya planteamientos burgueses filtrándose en las contradicciones de ese discurso. Sirvan estas líneas para agitar el debate más allá de lo ya escrito.

Que la relación entre movimiento libertario y cuestión nacional ha tenido idas y venidas no es algo obvio para quienes consideran que existen unos principios anarquistas entre los que están la radical autodeterminación de cada individuo, sin más matices. En este texto defendí la idea basada en diversas fuentes de la existencia de una compleja relación entre un Internacionalismo propio de distintas corrientes socialistas que admiten el hecho nacional y un Cosmopolitismo de corte individualista que lo cuestiona, como forma de sintetizar las posturas que predominan ante la llamada cuestión nacional en nuestro ambiente. A mayores de esas posturas merece la pena subrayar las tesis al respecto que maneja el llamado «comunismo de izquierda» o «consejismo», cuyas tesis principales se pueden sacar de Lucha de Clases y Nación, de Pannekoek, donde se desprende la idea de la existencia de comunidades de destino que están completamente insertas y subordinadas al conflicto de clases y que por lo tanto, no hay liberación nacional a la vista que no sea una simple estrategia de la liberación de clase. Es importante contemplar esta postura porque combate la idea esencialista de la nación que está en el texto que motiva estas líneas.

Con esto tendríamos 3 posturas entre «los clásicos»:

  • un «cosmopolitismo» que abarcaría las posturas desde el individualismo al liberalismo y que parte de la radical universalidad existencia del individuo esencialmente humano

  • un «internacionalismo» que se bifurca entre quienes entienden las luchas nacionales como algo completamente dependiente de las luchas de clase o quienes señalan que la cuestión nacional tiene «cierta autonomía»

Salta a la vista para cualquiera que lo conozca que el texto de Borja nace del contexto catalán, no sólo por que se cite explícitamente sino porque las consignas que maneja son muy comunes para distintas vertientes de la izquierda, incluida la libertaria. La idea de que existe una “cuestión nacional”, paralela a la opresión de clase o de género y que todas se interrelacionan es el núcleo de esta interpretación, en contraposición a quienes –como Pannekoek y otras corrientes comunistas- defienden que la cuestión nacional está completamente subordinada a la contradicción de clase. La postura de Borja, predominante en las izquierdas catalanas, supone automáticamente asumir los presupuestos de la autodeterminación propia de la lucha anticolonial del siglo XX. Pero si la pregunta está mal planteada la respuesta difícilmente es correcta.

La complejidad del caso catalán en parte lo invalida para generar soluciones universales partiendo sólo de ese caso, si es que tales existen. El nudo catalán está profundamente atravesado por la historia de los últimos 50, que condiciona la percepción actual más que de los últimos 300. Es en estos últimos 50 años de desarrollismo, migraciones y transformaciones sociales profundas en las que se ha construido una visión de la realidad nacional catalana que ha afectado muy profundamente al resto de percepciones de las españas. En el caso catalán hay una fuertísima influencia de las posturas burguesas, que por cierto llegan tocar la caricatura. Aunque hay otras cuestiones que están en disputa entre las fuerzas vivas catalanas sobre el proyecto de país o la relación con el resto de pueblos, hay un elemento construido desde posiciones burguesas que desgraciadamente se ha hecho hegemónico y que se cita como ejemplo en el texto que motiva estas líneas. Es la contraposición entre nación española y nación catalana, entendidas como pueblos. Esta tesis es una auténtica trampa que si bien puede entenderse en términos de propaganda no puede tener ni un pase a la hora de hacer análisis serios sobre nuestra historia y menos sobre los conflictos de nuestra época.

Mal que les pese a los imperialiebers, el origen de la España rojigualda del siglo XX y XXI no está en las glorias imperiales del siglo XVI, aunque hayan servido de mito fundacional. Esa España surge en el siglo XIX, como forma de diferenciarse de La Gran Francia y como herramienta para el despliegue del dominio liberal en la península. Para ello no sólo se define en contraposición a lo de fuera -Francia, Portugal- sino a lo interior -las españas, lo diverso, lo atrasado. La construcción de esa nación española se hace desde entonces sumando las distintas fuerzas hegemónicas de los distintos pueblos y para finales del siglo ya había parido una configuración estable. Como bien teoriza Iñaki Gil de San Vicente se da una alianza entre las burguesías industriales vascas y catalanas con las oligarquías caciquiles rurales de Castilla y Andalucía, poniendo el tablero de la actividad política a su disposición mientras les dejen operar en sus respectivos territorios. Así es como se funda la España que surge de la desaparición del «sueño imperial». Esto provoca contradicciones en País Vasco y Cataluña por tener desarrollados estratos sociales intermedios entre la gran burguesía españolista y el proletariado migrante, que empezaron a poner en marcha sus propios intereses locales, construyendo a su alrededor una nación con perspectiva moderna.

Las intensas luchas populares de la primera mitad del siglo XX se articulan para disputar el marco nacional recién creado, aunque haya contradicciones en determinados territorios. Los grandes movimientos populares se movieron en torno al proyecto de país español y eso es algo que aunque hoy cueste hay que admitir. Sin hacer una radiografía muy extensa y quedándonos con el movimiento libertario de los años 30, resulta evidente:

a) que había proyecto de país
b) que ese país era España. Una.

Aunque en las declaraciones y acuerdos, como el del mítico congreso de Zaragoza de CNT, se hablara de península, Confederacion Ibérica, etc…esto en la práctica no tuvo ningún reflejo, siendo la relación del movimiento popular de las españas con el portugués igual o menor al mantenido con otros pueblos. Así se trasluce de la propaganda y los textos de entonces. Como máximo exponente de esta realidad habría que rescatar el texto de Los Amigos de Durruti del año 1938, «Hacia una nueva revolución«. En ese texto, lúcido con su época en general, se incluye un capítulo entero en defensa de «La independencia de España», donde se describe la épica española y refleja nítidamente la percepción del propio país que manejaba el movimiento popular en aquellos tiempos.

Lo cierto es que en paralelo a esto y como explica también Iñaki Gil, es en las luchas de aquellos años 30 en las que la conciencia nacional en el caso vasco empieza ya no a empapar desde fuera, sino a emerger desde dentro de las luchas obreras. Este proceso continuo casi sin ruptura durante el franquismo. Eso explica que tras 30 años de represión, exilio, autodestrucción y capitulación el tablero nacional hubiera cambiado sustancialmente en Cataluña y País Vasco, donde la lucha contra la dictadura se había vertebrado fusionando la idea de España a la idea de España de Franco, como se relata en el reciente libro de Emmanuel Rodriguez. Esa idea-fuerza del antifranquismo se adopta desde posiciones burguesas para plantear un nacionalismo construido como diferencia a esa España y se convierte en uno de los discursos más exitosos de los 70 por la extensión que adquiere, pero que entra en contradicción flagrante con la realidad histórica de los territorios donde ese planteamiento tiene éxito por ocultar que estos fueron parte fundadora y fundamental de esa España. Entonces toda una maquinaria intelectual empieza a construir mitos y relatos que expliquen las diferencias históricas entre España y Cataluña/País Vasco, que aunque se basen en realidades históricas indiscutibles, ocultan el hecho de que esa España Una es también hija de lo peor de sus pueblos: sus oligarquías.

El marco nacional actual se asienta sobre lo que ocurre en parte en los 70 y principalmente en los 80, porque a la vez que ese proceso de construcción de discursos y mitos para algunos pueblos, en otros se daba otro proceso que hoy se mantiene intacto porque es la piedra de toque del régimen del 78. Hay una gran variedad de casos entre los pueblos ibéricos que se han dado con el régimen del 78, donde por contraste se puede aprender mucho de cómo la construcción de relatos nacionales/regionales partiendo de una realidad institucional se utiliza como herramienta de domesticación -País Valenciano, Navarra, Comunidad de Madrid- o para la acumulación de fuerza popular -Canarias, Galicia, Asturias. Merece la pena detenerse en el caso andaluz y castellano, por su relevancia en la construcción de la España moderna y postmoderna, en el pasado y en el presente.

El caso andaluz nace de una leve conciencia regional en los 70 que con la creación de las autonomías y por equiparación, especialmente, con Cataluña va creciendo hasta convertirse hoy en una realidad indiscutible: Andalucía existe como pueblo y por lo tanto como marco de disputa de intereses de clase. Este hecho se aprecia en cualquier campaña política –sea electoral o no- que se dé donde Andalucía es el marco de referencia y sirve como entidad política que equilibra España frente a las otras entidades políticas de su mismo nivel en el Reino de España.

Por contra el caso castellano, país en el que operan las fuerzas más brutales del españolismo político y donde el franquismo fue especialmente quirúrgico con el fin de extirpar toda memoria rebelde, se desbarató como país y llegó al siglo XXI como una reliquia turística de museo. No es casualidad, y así se percibe cuando se analiza el proceso de descomposición en autonomías de lo que hasta entonces fueron las castillas. La segregación de lo que a partir de entonces fueron Cantabria, La Rioja y la Comunidad de Madrid, mientras se mantenía dentro de la tradicional diversidad de las castillas a La Mancha y a León hizo que las 5 comunidades autónomas haya generado o bien regionalismos sin fundamento ni capacidad ni movilización o bien en la idea de que las autonomías son simplemente como aparatos de «gestión» pública sin un contenido más que casual -lo que, por cierto, explica en parte la furia antiautonomías del cuñadismo. La desaparición de Castilla como realidad política, social y cultural hoy es un hecho cercano, la señal es que ya ha sido dada por muerta por todas las fuerzas políticas significativas que sin embargo la consideraban como tan en los 70/80. Esto se puede explicar por la enorme complejidad, y por tanto riesgo político, del caso castellano por su diversidad y sus conflictos «provincianos», cuya contradicción más estridente se da en las comarcas del País Leonés. Por otro lado en los 80 era imprescindible para las élites gobernantes que no se produjera en Castilla el fenómeno que ya empezaba a darse en Andalucía y a la vez que se aislara Madrid para una «gestión mas eficiente», de la que ya hemos visto resultados, siendo estas dos condiciones un elemento central para el régimen del 78, cosa que aún hoy quienes hablan de romper candados no han puesto en duda. Ese abandono por parte de toda fuerza política del marco castellano produce una asimetría que supone que varios millones de paisanos se vean sin más referente nacional ni territorial sólido que España, lo que dispara un conflicto irreal entre «nacionalistas periféricos» y «españoles del centro» cuando se plantea la cuestión nacional, lo que crea esa imagen de que Cataluña o el País Vasco se independizan de España como si esta fuera una metrópolis colonial, confundiendo ahí a España con Castilla y generando una situación incómoda que mira su reflejo en Yugoslavia. Esto le hace el caldo gordo tanto al españolismo político como a quienes han construido relatos nacionales que ocultan que un sólo empresario catalán tenía más intereses en la victoria de Franco que todo el proletariado agrario castellano junto.

Dicho esto quede por delante que analizar como se articula el régimen del 78 no supone entederlo como neutro e inevitable y señalar sus carencias no supone posicionarse del lado de un «modelo territorial» distinto. El hecho de que Portugal, Aragón o Andalucía sean hoy marcos políticos disputables por su movimiento popular y que Castilla no lo sea es una realidad que nos condiciona completamente a las Castellanas, pero también al resto de nuestra gente súbdita de los Reyes de España y eso es lo que aquí se quiere señalar. Que Castilla se convierta y se identifique con el bastión del españolismo no nos puede convenir a nadie y para ello, en ese puzzle de pueblos que es la península de los últimos 30 años, habrá que trazar estrategias para la «liberación nacional y de clase» contemplen esa realidad. Plantear cualquier “liberación” en Olot o Gerona que implique considerar que existe una España de la que separarse y que está compuesta por un magma de pueblos mesetarios desestructurados más alguna región anexa es un torpeza estratégica que nos tiene con los pies atados, porque no puede haber una solidaridad de tú a tú entre Cataluña y España porque efectivamente el hecho de que Cataluña haya sido parte fundamental de España la sitúa en otro nivel de referencia, otro marco mental, independientemente de la materialización institucional de estos procesos. Que se pretenda hacernos españoles a algunas para después decirnos que “una parte de nosotros se va” provoca esa desagradable contradicción en la que se nos sitúa y que tan bien manejan para tenernos jodidas los encorbatados de La Caixa y Bankia.

Siguiendo con el hilo temporal, hay que reconocer y asumir que en esta época de transición y conflictos esto de la «cuestión nacional» no es un campo inmutable donde nos sirvan las categorías del siglo XIX. Entonces el desarrollo de los mercados nacionales y del imperialismo -con una determinada capacidad técnica de producción, distribución y comunicación- generó unas lógicas y unas dinámicas de gobierno para la sociedad que necesitaban de las herramientas «nación» y «estado moderno». Hoy, con otra capacidad técnica, son otras las herramientas que se están poniendo en marcha. Que el proyecto neoliberal está superando los marcos estatales y por tanto, los proyectos nacionales e incluso el concepto de sociedad, el algo ampliamente sabido. Todas las descripciones apuntan a que el territorio se está reordenando en centros y periferias, haciendo del territorio capitalista una red de metrópolis hipercomunicadas y conectadas por grandes infraestructuras y un espacio fragmentado física y socialmente de periferias de donde extraer recursos. Estos análisis se pueden encontrar desde el mundo sindical a las «vanguardias» teóricas anticapitalistas. ¿qué espacio deja esto para la «cuestión nacional»? ¿de qué sirve conjurar la «liberación nacional y de clase» cuando las naciones dejan de ser territorios en disputa? Tener esta perspectiva es imprescindible para preveer estrategias, porque aunque las transiciones entre estadios de desarrollo nunca son perfectas hay que ser conscientes de en cual nos encontramos. Esto es, igual que hoy vivimos con una reliquia feudal como jefe de un estado moderno, mañana podemos vivir en el sueño neoliberal con gobernanzas nacionales.

Pero aparte de carencias en el análisis concreto de nuestra realidad y de cuales son los nudos a los que nos enfrentamos, es más estimulante cuestionar la idea de que «lo nacional» es un terreno de disputa preexistente sobre el que se da una lucha de clases que hay que ganar, que subyace en todo el texto de Borja. Esta es otra idea clásica, el esencialismo nacional, que cuestionarla abre un abanico de posibilidades para nuestros intereses. En el pequeño y supersimplificado resumen que hay unas líneas más arriba del desarrollo del tablero nacional actual de las españas se cita la idea de que en el caso vasco la identidad emerge de las luchas obreras, osea, que la nación vasca no es un sujeto histórico con miles de años de historia común, sino que es una comunidad que se ha forjado hace menos de cien años en torno a algunos mitos y rasgos comunes e históricos pero sobre todo, en torno a la lucha y el conflicto. Podríamos decir lo mismo en el caso catalán, en el que la lengua y la lucha en defensa de la lengua ha sido el principal eje de conflicto en la historia reciente y que de hecho es el nexo que fundamenta el proyecto de Paises Catalanes. Y lo mismo de la identidad asturiana y sus conflictos obreros o andaluza con los conflictos del campo. Si la identidad nacional surge en la lucha y no tanto en los mercados, textos académicos y en el revisionismo histórico, la pelota está en nuestro tejado. Si es el conflicto nuestra herramienta para poner el tablero político, de la misma forma que quien gobierna lo pone mediante instituciones, la lucha nacional y de clase se funden en una a medio plazo, aunque sea sin la consideración o la designación de nacional. Se le llame cuestión nacional o con el nombre que sea, son de plena actualidad las luchas «situadas», insertas en realidades territoriales, culturales y sociales concretas y no universales. Las llamadas «luchas en el territorio» son el mejor ejemplo de estas, pero los conflictos más llamativos de nuestro tiempo nos enseñan esto sin parar: desde Chiapas a Kôbane pasando por la defensa del territorio ante las grandes infraestructuras en Europa. El hecho de que haya justificaciones históricas, culturales o incluso étnicas o que no las haya -dicho de otro modo, que los elementos del conflicto sean modernos o postmodernos- son elementos a valorar en cada situación y a cada nivel, pero lo importante es que estamos en un tiempo en el que las luchas ceden cierta pretensión universalista para centrarse en su situación concreta, y ahí lo que en las izquierdas castellanoparlantes llamamos «cuestión nacional» se pone de plena actualidad para definir programas y proyectos rupturistas y revolucionarios, que a nivel país van a tener que cruzarse necesariamente con las identidades históricas de los pueblos peninsulares.

@botasypedales

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