Anarquismo de «Estado o algo parecido»

Sí, es un título chocante, incluso espero que sea polémico, y lo he elegido así para provocar la reflexión y el debate en el movimiento libertario cuestionando desde el librepensamiento el rechazo mayoritario, manifestado en demasiadas ocasiones sin matices, hacia dos conceptos clave de la ciencia política que en mi opinión no son correctamente interpretados: uno es el Estado como aparato de organización política, y con él toda la esfera institucional, y por otro lado, pero sin duda relacionado, el Poder.

Sobre éste último, como señalaba no hace mucho @blackspartak (en un artículo que supone el estímulo desencadenante de éste, que en líneas generales no pretende más que extender sus mismas tesis amplificando el debate; ciertas reflexiones de David Harvey en una entrevista para Roarmag también me sirven de basei), el problema es que se parte frecuentemente de una concepción errónea. El poder no debe ser entendido como un hecho social del que puedan realizarse apreciaciones morales genéricas -no puede ser bueno ni malo-, sino una dimensión de toda relación social que refleja la capacidad de influencia entre los diferentes agentes sociales, y la única cuestión moral posible reside en establecer cuál o cuáles de las múltiples configuraciones que puede tomar es/son aceptable/-s, es decir, atendiendo a cómo se distribuye entre ell@s. Trasladada esta misma confusión al plano físico, entenderíamos absurdo declaranos a favor o en contra de una propiedad de los objetos como es el color, pues lo valorable sólo puede ser un color en particular o, si quisiéramos hilar fino, una tonalidad concreta de alguno de los colores existentes. Tampoco puede entenderse en términos binarios, de si se tiene o no, sino que todo agente social, sea individual o colectivo, tiene determinado grado de poder en una situación dada; no es un concepto dicotómico sino continuo, en una palabra (y, más aún, difícilmente se dará en la práctica una situación en que alguien tengo absolutamente todo o absolutamente nada de poder).

Como tal concepto dimensional, debemos ser conscientes de que el poder inevitablemente forma parte de todo escenario social. Incluso en uno que cumpliera con el ideal anarquista o, dicho con más exactitud, en cualquiera de los escenarios ideales perseguidos por las diversas corrientes anarquistas; simplemente, sería una distribución del poder coherente con sus principios. En el nivel microsocial de nuestros entornos asamblearios, cualquier persona mínimamente observadora y experimentada en su práctica habrá caído en la cuenta de la existencia de factores que otorgan a quienes participan del acto asambleario una mayor o menor capacidad de influencia sobre las decisiones que hayan de adoptarse. Probablemente no será una desigualdad formal, una jerarquía establecida, pero no cabe duda que características personales como la experiencia o el conocimiento de la cuestión confieren de forma “natural” a quienes las poseen un mayor peso, una mayor relevancia, una mayor capacidad de influir en la opción que finalmente se elija. Si se trata de decidir, pongamos, con qué herramienta digital vamos a trabajar, probablemente la opinión con más opciones de imponerse será la defendida por la/-s persona/-s que mejor se maneje/-n con la informática; es decir, que ésta/-s tendrá/-n un mayor poder en tal decisión, poseerá -le será libremente reconocido por sus iguales, sería más correcto decir- cierta autoridad en la cuestión, sin que ello sea visto como una ruptura de la horizontalidad del grupo. E incluso independientemente de cual sea el tema tratado, en todo grupo humano existen diferencias en el “peso específico” de las personas que lo componen derivadas de sus rasgos de personalidad, el compromiso con el colectivo o con su objetivo u otras variables. Quizá leer esto soliviante a determinados sectores del movimiento anarquista, pero he de reconocer que la idea no es mía, sino de una figura con alguna… ejem… autoridad, justamente, dentro de su pensamiento:

¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese pensamiento. (…) Cada uno es autoridad dirigente y cada uno es dirigido a su vez. Por tanto no hay autoridad fija y constante, sino un cambio continuo de autoridad y de subordinación mutuas, pasajeras y sobre todo voluntarias. (…) Aceptamos todas las autoridades naturales y todas las influencias de hecho, pero ninguna de derecho”
(Mikhaïl Bakunin, “Dios y el Estado”, cap. 2)

Esta concepción naturalizada del poder nos debería llevar a abordar la cuestión de forma distinta al rechazo frontal a toda desigualdad en su distribución. Atender a las circunstancias que determinan las diferencias de poder existentes nos permitirá combatir aquellas que no consideremos legítimas pero también asumir aquellas que sí. Y, ascendiendo al plano macro de lo social, este mismo razonamiento debería orientar en nuestra actitud frente al complejo organizacional decisorio y gestor de todo aquello que tiene una dimensión política.

Subrayo esta última expresión porque ésa y no otra debería ser la esencia del concepto de Estado en cualquier sociedad neta y radicalmente democrática, y una que se pretenda libertaria necesariamente ha de serlo. Es ésta, y abro un inciso, otra consideración que puede generar controversia, pues la hegemonía cultural capitalista ha funcionado inoculándonos la idea de que sus sistemas políticos representativos constituyen la mejor operativización posible de la democracia, pero tal apropiación indebida debería llevarnos a desmontar la falacia (que comienza en su pretendida representatividad misma) y no a un rechazo del término que no resulta infrecuente en los círculos libertarios (pensemos en el título del conocido y criminalizado libro de los Grupos Anarquistas Coordinados “Contra la democracia”) aunque tal actitud, además de una flagrante incoherencia (¿o es que desde los principios anarquistas puede rechazarse la máxima expresión de la democracia, su forma directa?, cosa muy distinta son los sistemas liberales/burgueses/delegativos que reciben tal denominación), un rechazo, decía, que supone el enorme error estratégico de entregar al enemigo la más poderosa arma de legitimidad social. Y no hace falta decir quién va ganando la batalla en ese campo.

Pero volviendo a la línea discursiva que pretendo seguir, retomo la probablemente heterodoxa definición de Estado ya expuesta: complejo organizacional decisorio y gestor de lo político. Partamos de que ninguna corriente anarquista no individualista debería rechazar la idoneidad de establecer un entramado de organizaciones en diversos niveles jerárquicos; ¿o no es la propia C.N.T., paradigma histórico del anarcosindicalismo, una confederación de sindicatos y por tanto una entidad de nivel superior a cada uno de ellos? ¿o no posee una estructura escalonada la experiencia actual del Confederalismo Democrático en Rojava y otras localidades kurdas, inspirada en el ecologismo social de Murray Bookchin, reivindicada como “democracia sin Estado” y admirada por el mundo libertarioii?. La clave, entonces, para compatibilizar anarquismo y Estado (o algo parecido) reside en dónde se establezca dentro de éste el poder de decisión, y aquí no me saldré ni un milímetro del pensamiento anarquista más ortodoxo: sólo es democrático (y utilizo el término, recuerdo, atendiendo a sus principios y a su etimología, y no a sus supuestas “puestas en práctica”), sólo respeta la soberanía popular y, por tanto, sólo es legítimo aquel sistema político en que es su base, el pueblo (dḗmos) quien decide, es decir, quien tiene el poder (krátos).

Puede argumentarse con razón que esta concepción del Estado asumible desde la perspectiva anarquista no describe la realidad, que no encaja en ninguna de las formas de Estado que conocemos, y desde luego que así es, pero utilizar tal argumento supone una clara confusión entre la denotación y la connotación del término, entre su significado esencial, en abstracto, y la implementación más o menos fiel que de él se realice en un contexto sociohistórico determinado y determinante, con unos agentes sociales concretos como motor del proceso y por tanto con objetivos, propósitos e intereses concretos. De la misma forma que l@s anarquistas no individualistas no rechazamos, sino todo lo contrario, el concepto de socialismo por la experiencia del llamado “socialismo real” llevada a cabo en la Unión Soviética u otros lugares del planeta, no deberíamos condenar la idea de Estado por su aplicación de facto dentro de un sistema capitalista, impulsada por la burguesía, aceptada y defendida por una mayoría social víctima de la hegemonía cultural de aquélla (lograda mediante las instituciones de control mental: medios de comunicación, ciencia, escuela,… y en última instancia el poder estatal mismo) y con el fin último de proteger la propiedad privada.

De igual forma, decía, considero que un “organismo de tipo estatal” para administrar los asuntos públicos podría llegar a conformar una estructura de toma de decisiones compatible con los principios del anarquismo siempre que cumpliera una serie de condiciones que garantizaran la mínima distorsión posible en la traslación de las decisiones a su puesta en práctica. Y digo mínima distorsión posible y no absoluta fidelidad porque se ha de asumir que toda decisión (algo intencional, abstracto, que pertenece al mundo de las ideas y por tanto puro, nítido, diáfano) sufrirá en su implementación del choque con la realidad terrenal, intrincada, compleja, en la que unos factores contaminan otros haciéndola confusa y relativa. Por algo dice el refranero que los toros se ven muy bien desde la barrera (con perdón).

Así que la tarea sería definir ese conjunto de requisitos que evitaran el sesgo verticalizante de toda estructura compleja. En modo alguno me siento capaz de afrontar individualmente tal reto, pero con un propósito ilustrativo me atreveré a apenas esbozar unas pocas ideas e invito a complementarlas con aportaciones individuales que puedan servir de materia prima para una posterior construcción colectiva. Por ejemplo:

– toda acción de gestión de lo político deberá estar regida por las decisiones dictadas por la soberanía popular mediante estructuras asamblearias, que permiten la representación (minimizando la delegación pero también asumiendo que la complejidad de las cuestiones pueden requerirla en determinadas medida y circunstancias); lo que viene a ser a grosso modo el “mandar obedeciendo” en la hermosa terminología neozapatista;

– deberán establecerse mecanismos de control de las personas representantes que maximicen la correspondencia entre los acuerdos asamblearios y su implementación, como pueden ser entre otros la rendición de cuentas, la transparencia o la revocabilidad de los mandatos;

– deberá respetarse el principio de subsidiariedad, es decir, que las decisiones sean tomadas en el nivel jerárquico más bajo que abarque a todas las partes implicadas, dando la máxima autonomía posible a todo colectivo, pero teniendo en cuenta que en un asunto que también incumba a otros colectivos todos ellos deberán realizar solidariamente una cesión equitativa de su autonomía.

– y, como decía, otras muchas condiciones que habría que determinar colectivamente

Soy consciente de que la instauración de este modelo radicalmente democrático no supondría per se la consecución una sociedad libertaria, sino tan sólo el establecimiento de una base estructural que permitiera avanzar en esa dirección. Tendríamos tan sólo el hardware, la maquinaria que habrá que llenar de contenido libertarizante mediante el debate y la confrontación de ideas con quienes se sitúen en otras posiciones ideológicas, estableciendo normas que además de garantizar la libertad teórica pero vacua del capitalismo, nos doten de capacidad efectiva para ejercerla eliminando la desigualdad social, abordando así tanto la concepción negativa como la positiva de la libertad, respectivamente, en palabras de Isaiah Berlin.

Habrá quien considere que asumir la validez a priori de perspectivas no libertarias y aceptar con honestidad el resultado de la discusión de ideas en términos de convencer o no a una mayoría social supone una cobarde concesión al reformismo, falta de pureza ideológica o de convicción revolucionaria, u otras cosas por el estilo. Al respecto, invitaría a esas personas a responder si el fin de una sociedad libertaria puede conseguirse por medios que supongan la imposición del criterio de una minoría social. Y me refiero tanto a si puede conseguirse en el sentido de posibilidad, si se podría efectivamente lograr, pongamos, la colectivización de los medios de producción con la oposición de las “clases medias”, mayoritarias en nuestras sociedades y en términos generales de mentalidad aburguesada, como en el sentido de coherencia ideológica, si imponiendo esa colectivización se estaría realmente construyendo una sociedad libertaria u otra cosa más parecida a la experiencia soviética. Y es que si no es convenciendo, esto es, venciendo la batalla por la hegemonía cultural, la única forma de asegurar un estado de las cosas es hacerlo a través de la represión, y esa no será jamás una victoria absoluta ni eterna, como bien sabemos y afirmamos con orgullo (y razón) quienes nos situamos en el bando perdedor de las posiciones frente al sistema capitalista. Es decir, por más justa y liberadora que sea una medida, su imposición por parte de una parte minoritaria de la sociedad sólo podría realizarse a través de la represión a la disidencia, y eso nos convertiría en el monstruo que queremos combatir. Para vencer realmente, no nos queda otra que convencer, y la batalla dialéctica ha de confrontarse -tanto con el arma de la tradición de pensamiento anarquista como con el arsenal de la práctica cotidiana de nuestros espacios libertarios- en todos y cada uno de los ámbitos sociales pero también, y sobre todo, en el político-institucional, siempre que esas instituciones cumplan toda una serie de requisitos que he empezado a apuntar más arriba. Vamos, que un anarquismo impuesto por una minoría (convertida así en élite, en vanguardia) supondría la utilización de un poder ilegítimo, justamente contra lo que el anarquismo lucha.

Toni Yagüe

Notas:

i. La entrevista lleva por título Consolidating Power, (Consolidando el Poder), y de ella he traducido el fragmento que atañe al objeto de este artículo:

Roarmag (R.): Así que, mirando ejemplos del Sur de Europa -redes de solidaridad en Grecia, la auto-organización en España o Turquía-, parecen ser cruciales para la construcción de movimientos sociales en torno a la vida cotidiana y las necesidades básicas de estos días. ¿Usted ve esto como un enfoque prometedor?

David Harvey (D.H.): Creo que es muy prometedor, pero hay una autolimitación clara en ella, lo cual para mí es un problema. La auto-limitación es la renuencia a tomar el poder en algún momento. Bookchin, en su último libro, dice que el problema con l@s anarquistas es su negación de la importancia del poder y su incapacidad para tomarlo. Bookchin no va tan lejos, pero yo creo que es la negativa a ver el estado como un posible socio de transformación radical.
Hay una tendencia a considerar al Estado como el enemigo, el 100 por ciento enemigo. Y hay un montón de ejemplos de estados represivos fuera del control público donde este es el caso. No hay duda: el Estado capitalista tiene que ser combatido, pero sin dominar el poder del Estado y sin hacerse cargo de él estás cayendo rápidamente en la historia de lo que sucedió, por ejemplo, en 1936 y 1937 en Barcelona y luego en toda España. Al negarse a tomar el Estado en un momento en el que tenían el poder de hacerlo, l@s revolucionari@s en España permitieron al estado volver a caer en manos de la burguesía y el ala estalinista del movimiento comunista, y el estado consiguió reorganizarse y aplastó la resistencia.

R.: Eso puede ser cierto para el estado español en la década de 1930, pero si nos fijamos en el estado neoliberal contemporáneo y la retirada del Estado de bienestar, qué queda en el estado para conquistar, para aprovechar?

D.H.: Para empezar, la izquierda no es muy buena respondiendo a la pregunta de cómo construimos infraestructuras masivas. ¿Cómo construirá la izquierda el puente de Brooklyn, por ejemplo? Cualquier sociedad se basa en grandes infraestructuras, infraestructuras para una ciudad entera, como el abastecimiento de agua, electricidad y cosas así. Creo que hay una gran renuencia entre la izquierda para reconocer que por lo tanto necesitamos algunas formas diferentes de organización.
Hay partes del aparato del Estado, incluso del aparato estatal neoliberal, que por lo tanto son terriblemente importante -el centro de control de enfermedades, por ejemplo. ¿Cómo respondemos a las epidemias globales como el Ébola y similares? No se puede hacer de la manera anarquista del «hazlo tú mismo». Hay muchos casos donde se necesita formas de infraestructura tipo Estado. No podemos enfrentar el problema del calentamiento global solamente a través de formas de enfrentamientos y actividades descentralizadas.

Un ejemplo que se menciona a menudo, a pesar de sus muchos problemas, es el Protocolo de Montreal para eliminar gradualmente el uso de clorofluorocarbonos en los refrigeradores para limitar la reducción de la capa de ozono. Fue aplicado con éxito en la década de 1990 pero se necesita algún tipo de organización que es muy diferente a la que surge de la política asamblearia.

R.: Desde una perspectiva anarquista, yo diría que es posible reemplazar incluso instituciones supranacionales como la OMS con las organizaciones confederales construidas de abajo a arriba y que con el tiempo lleguen a la toma de decisiones a nivel mundial.

D.H.: Tal vez hasta cierto punto, pero tenemos que tener en cuenta que siempre habrá algún tipo de jerarquías y siempre vamos a enfrentar problemas como la rendición de cuentas o el derecho de recurso. Habrá complicadas relaciones entre, por ejemplo, personas que tratan con el problema del calentamiento global desde el punto de vista del mundo en su conjunto y desde el punto de vista de un grupo que está en el suelo, digamos en Hanover o en alguna parte, y que se pregunta : «¿por qué deberíamos escuchar lo que están diciendo?»

R.: Así que usted cree que esto requeriría alguna forma de autoridad?

D.H.: No, habrá estructuras de autoridad de todos modos, siempre habrá. Nunca he estado en una reunión anarquista donde no había alguna estructura secreta de autoridad. Siempre existe esta fantasía de que todo es horizontal, pero yo me siento allí y veo y pienso: ‘Oh Dios, hay una estructura jerárquica en todo aquí, pero es encubierta’.

ii. La estructura en diversos niveles queda descrita en un artículo de Dilar Dirik publicado originalmente en Roar Mag y traducido al catalán por la Plataforma per la Solidaritat amb el Poble Kurd Azadí:

[el Confederalisme Democrátic] posa “l’autonomia democràtica” al seu cor: la gent s’organitza per sí mateixa directament en la forma de comunes i creen consells. (…). La comuna es crea en un veïnat conscient i auto-organitzat i constitueix el més essencial i radical aspecte de la pràctica democràtica. (…).
Les comunes envien delegats escollits per als consells. Els consells de vila envien delegats al poble, els consells de poble envien delegats a les ciutats… Cada una de les comunes és autònoma, però estan vinculades les unes a les altres a través d’una estructura confederal amb l’objectiu de la coordinació i la salvaguarda dels principis comuns. Només quan les qüestions no poden ser resoltes a la base, o quan una qüestió transcendeix els assumptes dels consells “d’inferior” nivell, són delegades al següent nivell.
Els consells “superiors” són fiscalitzats i responen davant dels nivells “inferiors”, informant de les seves accions i decisions. Mentre les comunes són les àrees per a la solució de problemes i per a l’organització de la vida diària, els consells creen plans d’acció i polítiques per a la cohesió i coordinació.

Implicaciones políticas del término Naturaleza

Cuando hablamos de ecologismo, a menudo surge de manera recurrente el termino natural o naturaleza como una forma categórica de clasificar lo que está bien de lo que está mal, muchas veces simplificando y contaminando los debates éticos y políticos, usándose como un hecho, como un argumento de autoridad con el que zanjar las discusiones. Así por ejemplo, podemos oponernos a ciertas tecnologías como los transgénicos “argumentando” que van “contra natura”, porque modifican “el orden natural de las cosas”, o podemos realizar una critica construida y bien argumentada basada en las problemáticas ambientales y sociales que puede causar dicha tecnología (ver Transgénesis, ¿Sólo una herramienta?).

Asociamos naturaleza con orden, con equilibrio, con armonía, y vemos como natural aquello que es habitual y está aceptado en una determinada sociedad, y a menudo conforme con la clase dominante. De este modo, este término se puede usar y se ha usado frecuentemente como normalizador y represor de las conductas o acciones disidentes. Permite invalidar cualquier teoría evitando la argumentación y nos dota de una visión determinista e inmutable de las cosas. Este término no sólo se usa en los debates sobre temas ambientales, sino que se ha usado y se usa para justificar el neoliberalismo, el colonialismo, el racismo, el sexismo o el especismo.

La historia demostró que toda justificación del orden social por las leyes de la naturaleza, sirvió al totalitarismo (el nazismo se valió de la selección natural) (Simonnet, 1979; 76 apud Diegues 1994).

Así por ejemplo cuando se hace una descripción biologicista y dicotómica de los sexos, o cuando se critican temas como la homosexualidad, o a las personas transgénero, se suele recurrir al término naturaleza como a una Verdad científica irrefutable o se acusa a estas personas de transgredir unas supuestas “leyes naturales” que definen lo que está permitido, lo que es “normal”; o simplemente se utiliza este término para definir lo que debería ser, para lo que están destinadas las cosas o las personas (las mujeres estarían destinadas a procrear pues son definidas por el mero hecho de tener un útero).

Del mismo modo, para trazar la linea divisoria con la que se define que seres son los que merecen tener una consideración moral o ética, se basa en la dicotomía humanidad/naturaleza propia de la tradición judeo-cristiana-islámica, dotando a los seres pertenecientes a nuestra especie de un valor intrínseco:

Nuestra humanidad, parece tomar valor solamente en proporción al desprecio acordado a los animales. Se define enteramente por contraste con la “animalidad”, es decir con sus representantes más indicados de una Naturaleza a la cual se opone punto por punto: los humanes son individuos que poseen un valor intrínseco, tienen una historia, son racionales, conscientes y libres, han emergido del “estado natural”, mientras que los animales son mecanismos funcionales del orden (de la Naturaleza), especímenes de su especie, que actúan por instinto (1) y presos de su naturalidad sin esperanza de remisión (Yves Bonnardel).

El término naturaleza y sobre todo el cómo nos consideramos con respecto a esta (si formamos o no, lxs humanes y lo producido por ellxs, parte de la naturaleza) tiene una gran influencia tanto en la ecología como ciencia, como en los movimientos ecologistas y en las distintas vertientes ideológicas derivadas de ellos. Estas implicaciones no son sólo a nivel teórico, pues al fin y al cabo definen los objetivos, las prioridades y en definitiva las luchas de estos movimientos. Pero el análisis detallado de las implicaciones en el movimiento ecologista me las reservo para la próxima entrada.

Por lo tanto, haciendo un adelanto al próxima articulo sobre los distintos movimientos o ideologías ecologistas, propongo, deshacernos del término e idea de naturaleza, por que al final, las palabras y conceptos que usamos definen nuestra forma de pensar y por lo tanto de actuar.

Notas:

Humán o humanes: Miembro de la especie Homo sapiens

Bibliografía:

– Diegues A.C. 1994. O Mito moderno da natureza intocada. Editora Hucitec. P 28-53

– Yves Bonnardel. 2005. En finir avec l’idée de Nature, renouer avec l’éthique et la politique. Les Temps Modernes. (http://tahin-party.org/textes/finir-idee-nature_texte-seul_format-lettre.pdf). También se puede encontrar en castellano (no muy bien traducido) en: http://tahin-party.org/textes/terminar-idea-naturaleza_texto-solo_formato-a4.pdf

Autor: Un biólogo contestatario.

El fantasma del terror recorre Europa

No ha llovido mucho desde aquellos atentados en París del pasado 13 de noviembre de 2015, y ahora, otros dos atentados en Bruselas el pasado día 22 de marzo, uno en el aeropuerto y otro en el metro. Desde lo de París y la noticia de la huida del supuesto terrorista a Bélgica, casi todos los Estados europeos elevaron los niveles de alerta antiterrorista, y vimos cómo sacaban a pasear a los militares con sus metralletas por las calles de las principales ciudades belgas y francesas. Y todo esto despúes de que ocurriesen los atentados. Señores, ¿no les parece que están a un paso por detrás de los terroristas? Les cuelan las bombas cuando bajáis la guardia y llegaría a ser hasta ridículo —si no fuese porque los muertos lo pagamos los y las de siempre— que un espontáneo calificado de terrorista haga que un país entero como Bélgica entre en la paranoia y saque los tanques a las calles, como en el GTA. Ni aun así… Y señores, ¿tampoco encontráis explicaciones de que financiando y armando a grupos terroristas como el Daesh así como a sus colaboradores como Arabia Saudí y Turquía al final os acabaréis comiendo unos cuantos bombazos?

Qué bien, ahora se acojonan porque el Daesh ha engordado tanto que tienen potencial —y capacidad— para atentar en Europa, porque claro, cuando no ponían bombas ni pegaban tiros en suelo europeo, eran una preocupación menor. Total, se matan entre ellos por cuestiones religiosas. Qué malo es el fanatismo, oigan, que no vengan aquí a quitarnos las misas, la Semana Santa y la hostia bendita. ¿Cómo se le llamaba a eso de que si un fundamentalista cristiano comete un atentado y mata a unas decenas de personas no se diga «Stop Cristianismo» pero si lo hace un yihadista se dice «Stop Islam»? ¿Es comestible?

Cada vez se me hace más abstracto la palabra «terrorismo» cuando oigo la palabrería de los «líderes mundiales» y politicuchos varios hablando de «unidad contra el terror» o esa supuesta «lucha contra el terrorismo». Se me hace abstracto porque no se concreta qué es ese terrorismo del que hablan, si es el de la pancarta de los titiriteros; los cuadernos, cintas adhesivas y libros de las operaciones Pandora y Piñata; el petardazo en la Basílica del Pilar; los yihadistas del Feisbuk o los bazookas de los nazi.. uy, espera, ese igual no… Así que ahora terrorismo puede ser cualquier cosa, ¡hasta la caja misteriosa! La hipocresía, la doble moral y el cinismo de Europa se hace notar cuando de cara a la ciudadanía se llenan la boca de poner mano dura para luchar contra el terrorismo y defender los valores de la democracia, pero a nuestras espaldas se hacen amigos de los países que dan soporte al Daesh (qué guay la monarquía española vendiendo el AVE a los jeques sauditas y decir que están luchando contra el terrorismo). Otro puntazo que se marcan es que distinguen entre muertos de primera y de segunda. De poco o nada se habló de los atentados yihadistas en países africanos como Malí, Burkina Faso, Nigeria…, que también se suceden casi a diario en Siria, Afganistán e Iraq. Del mismo modo que ningún medio ha calificado de terrorista a la política de Netanyahu. Ni tampoco han derramado una sola lágrima por las muertes de miles de refugiados y refugiadas que huyen de la guerra y del Daesh, en cuya travesía se encuentran con fronteras cerradas y guardacostas turcos jugando a hundir barcazas.

Conviene que hagamos un poquito de memoria, que las heridas abiertas siguen sangrando y abriéndose más por las guerras que provoca el bloque occidental en Oriente Próximo. Desde que a EEUU se le ocurrió la genial idea de alimentar el salafismo y el yihadismo y a codearse con los wahhabíes, todo fue de mal en peor. En los años ’70, les venían como anillo al dedo entrenar a los muyahidines para desestabilizar a la antigua URSS. En la actualidad, les interesa tener zonas de conflicto para justificar las invasiones militares para saquear el petróleo principalmente, además de obtener beneficios para la industria armamentística, por las guerras causadas. La guerra de Siria es ya ahora un galimatías donde tanto las potencias regionales (Turquía, Irán, Arabia Saudí principalmente) como occidentales (EEUU y Europa), y por otro lado están Rusia y China, quieren pillar su trozo de pastel. Y en medio está el movimiento de liberación kurdo quienes realmente plantan cara al terror yihadista, pero con Ochalan en la cárcel y el PKK en la lista de organizacones terroristas.

¿Quiénes son realmente los terroristas? A nada que rasquemos un poco para encontrar el origen de los atentados, nos encontramos con que están detrás Europa y los EEUU alimentando al Daesh siempre y cuando no atenten en suelo europeo, y que si lo hacen, aprovechan para culpar al islam como origen del terror (aunque en realidad, el yihadismo se cobra más víctimas musulmanas que occidentales), pero sobre todo que los muertos no sean peces gordos.

Al fin y al cabo, son los intereses geopolíticos los que están detrás de este escenario en Oriente Próximo, ni tampoco dudarán en aprovechar este estado de shock tras los recientes atentados en suelo europeo para imponer toques de queda exhibiendo su monopolio de la violencia, tratando de que aceptemos los tanques y militares en las calles y en los controles en estaciones y aeropuertos como algo normal. Y a esto le añadimos la impunidad con la que actúa la extrema derecha atacando/quemando mezquitas y casas de refugiados, dejando mensajes xenófobos, racistas e islamófobos en las calles y justificar el cierre de fronteras precisamente a quienes huyen de la guerra. Pero lo preocupante es que da la sensación de que la izquierda en general está paralizada ante el auge de esta extrema derecha, que está ganando puntos en las encuestas de intención de voto y su discurso de odio y discriminación esté calando entre cada vez más gente.

Si lo miramos desde otro punto de vista, el tema del terrorismo es más bien un arma política donde la clase dominante lo utiliza, por un lado, como control socal mediante el discurso del miedo, y por otro, como justificación para eliminar la oposición interna (contrainsurgencia). Conocer esta base es el punto de partida para articular una respuesta tanto a nivel social como político con el fin de afrontar el auge de la derecha y el fascismo. Lo primero, señalar claramente que el pacto antiyihadista es una mentira porque ni Europa ni EEUU ni Israel están luchando contra el terrorismo porque son ellos los que entrenan, arman y financian a Daesh y otros grupos terroristas a nuestras espaldas, y hacen grandes negocios con monarquías petroleras y gobiernos opresores (que también dan apoyo al Daesh). Por último, dejar claro que el yihadismo no representa el islam y que la mayoría de víctimas de Daesh son musulmanes, añadiendo de que es imposible que entre los refugiados y refugiadas puedan ir terroristas del Daesh, ya que viajan en primera clase. A nivel social, unas pequeñas propuestas serían trabajar desde la multiculturalidad en el barrio a través de programas y actividades (como mundialitos antirracistas que ya vienen haciéndose, talleres de idiomas, actividades culturales, etc) que integren a colectivos migrantes, así como la defensa frente al terrorismo de baja intensidad de energúmenos fascistas que se dedican a apuñalar a quienes luchan contra sus ideas racistas, totalitarias, de odio y violencia, además de las acciones solidarias que ya se están realizando al ayudar a los y las refugiadas en Idomeni, Lesvos,… Y a nivel político, desde nuestras organizaciones políticas apoyar el proyecto político del movimiento de liberación kurdo en Rojava y Bakur (quienes por ahora son los únicos actores que llevan un compromiso real de acabar con el Daesh), exigir la eliminación del PKK de las listas de organizaciones terroristas, la apertura de las fronteras y puesta en marcha de programas de acogida, el cese de la venta de armas a las monarquías del Golfo y a Israel, entre otras.

Se nos avecina un clima de guerra creado por las clases dominantes, y el fascismo asomando tras el fantasma del terror.

Clase

 

El proletariado no es una cosa, ni una identidad, ni una cultura, ni un colectivo estadístico que tiene unos intereses de clase propios que defender. El proletariado se constituye en clase mediante un proceso de desarrollo y formación que sólo se da en la lucha de clases. El proletariado, reducido en el capitalismo al estatus de productor y consumidor en la sociedad capitalista, se convierte en una categoría pasiva, sin conciencia propia; es una clase para el capital, sometida a la ideología capitalista.  No es nada, ni aspira a nada, ni puede nada. Sólo en la intensificación y agudización de la lucha de clases surge como clase y adquiere conciencia de la explotación y dominio que sufre en el capitalismo y, en el proceso mismo de esa guerra de clases se manifiesta como clase autónoma y se constituye como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo, como COMUNIDAD DE LUCHA. Enfrentamiento total y a muerte, sin posibilidades ni aspiraciones reformistas o de gestión de un sistema hoy ya obsoleto y caduco

Esta noción de clase como “algo que sucede”, que brota y florece del suelo de los explotados y oprimidos, es clave. La clase no se refiere a algo que las personas son, sino a algo que hacen. Y une vez que entendemos que la clase es fruto de la acción, entonces podemos comprender que cualquier intento de construir una noción existencialista o cultural e ideológica de clase, es falsa y está condenada al fracaso.

El proletariado se define como la clase social que carece de todo tipo de propiedad y que para sobrevivir necesita vender su fuerza de trabajo por un salario. Forman parte del proletariado, sean o no conscientes de ello, los asalariados, los parados, los precarios, los jubilados y los familiares que dependen de ellos. En España forman parte del proletariado los seis millones de parados y los dieciséis millones de asalariados que temen engrosar las filas del paro, amén de una cifra indefinida de marginados, que no aparecen en las estadísticas porque han sido excluidos del sistema. ¿A qué intereses sirve esa aberración ideológica que considera que el proletariado es sólo el proletariado industrial, excluyendo a parados, jubilados, trabajadores precarios, marginados, estudiantes o jóvenes sin trabajo, mujeres discriminadas o sin derechos laborales, y a todos aquellos sometidos a decisiones políticas ajenas, que afectan profundamente a todos los aspectos de su vida cotidiana?

La clase obrera es una clasificación social OBJETIVA, que designa a todo aquel que mantiene una relación SALARIAL con un patrón (ya sea privado o estatal) al que vende su fuerza de trabajo (sus brazos y su inteligencia). La clase obrera forma parte del proletariado, que incluye además a parados, jubilados y marginados. Los proletarios no son propietarios de medios de producción. El salario es la principal forma de esclavitud moderna. LA RELACIÓN SALARIAL no es sólo de carácter social y económica, sino también política, puesto que determina el modo de existencia de quienes no tienen ningún poder de decisión sobre su propia vida.

La clase media incluye, hoy, a algunos trabajadores “autónomos”, esto es, trabajadores independientes y “autoexplotados”, algunos técnicos y profesionales altamente cualificados y a los empresarios sin asalariados. La alta clase media estaría formada por empresarios con algunos trabajadores asalariados, pero sin influencia política decisiva.

Capitalistas serían todos los propietarios de medios de producción, o altos gerentes con poder de decisión (aunque fueran asalariados) de grandes empresas privadas o estatales. Constituyen menos del uno por ciento de la población, pero su influencia política es absoluta, y determinan las líneas económicas que se aplican y afectan a la vida cotidiana de la totalidad de la población. Su lema sería: “Todos los gobiernos al servicio del capital; cada gobierno contra su pueblo”.

La democracia parlamentaria europea se ha transformado rápidamente, desde el inicio de la depresión (2008), en una partitocracia “nacionalmente inútil”, autoritaria y mafiosa, dominada por esa clase dirigente capitalista apátrida, que está al servicio de las finanzas internacionales y las multinacionales. Se produce una profunda y extensa proletarización de las clases medias, una masificación del proletariado y la erupción violenta e intermitente de irrecuperables colectivos, suburbios y comunidades marginadas, antisistema (no tanto por convicción, como por exclusión). Los Estados nacionales se convierten en instrumentos obsoletos (pero aún necesarios, en cuanto garantes del orden público y defensa armada de la explotación) de esa clase capitalista dirigente, de ámbito e intereses mundiales.

La sociedad capitalista actual, que nos permite la anterior clasificación social en tres clases fundamentales, aún admite en el seno de cada clase una infinita gradación de situaciones económicas, sociales, políticas y culturales, pero se identifica con la EXPLOTACIÓN de los trabajadores por los capitalistas, y tiende a una rápida polarización entre el proletariado (más la clase media proletarizada) y la ínfima minoría de los todopoderosos dirigentes (inferior al uno por ciento y apátrida).

Todo el mundo entiende que existe explotación cuando se habla del trabajo infantil esclavo en manufacturas de la India o China, que producen zapatillas o ropa de marca para multinacionales, con jornadas de 18 ó 20 horas, sin más paga que alimento y jergón en el mismo lugar de trabajo, que venden sus productos en USA o Europa. Y se escandalizan, con razón, ante esa explotación del trabajo infantil esclavo.

Hay que entender que la EXPLOTACIÓN del trabajo asalariado es la ESENCIA de la sociedad capitalista. Todos los asalariados padecen la explotación capitalista (no sólo los niños hindúes). Cuanto más desarrollada es la productividad del trabajo colectivo de una sociedad, mayor grado de explotación experimentan sus trabajadores, aunque puedan consumir más mercancías. La feroz lucha entre los capitalistas por superar y sobrevivir al competidor, impulsa el incremento de la explotación de los trabajadores, al margen de la buena voluntad o ética de cada empresario individual. Los capitales se fusionan y concentran, atacando sin límites las condiciones de vida y laborales de los trabajadores, amenazando con irse a otro país o con contratar más barato entre los millones de parados sin recursos. En cada país un puñado de transna­cio­nales efectúa ventas anuales que superan amplia­mente los presu­puestos nacionales y empuñan el poder de dar trabajo, o no, a millones de desposeí­dos.

El proletariado, que tiende a abarcar hoy a un 75/80 por ciento de la población española, se puede clasificar en asalariados, precarios, parados, prejubilados, jubilados y marginados. La clase media sufre una fortísima proletarización, con amplios sectores de profesionales (en el ámbito de la medicina, arquitectura, enseñanza, tecnologías y servicios sociales), funcionarios y medianos o pequeños empresarios (colectivos que hace cinco años percibían elevados ingresos) que se proletarizan, o incluso quedan marginados económica y socialmente.

El elevadísimo número de parados y el estadísticamente desconocido número de excluidos (por paro de larga duración y/o no percepción de ingreso alguno) hace que los asalariados, en su conjunto, se precaricen colectivamente en sus condiciones laborales y existenciales hasta extremos impensables hace unos años en España y Europa. Incluso desaparece la negociación de los convenios colectivos por sectores o empresas, que son sustituidos por condiciones mínimas y miserables de contratación. Los suburbios se convierten en guetos de excluidos del sistema, que el Estado intenta aislar entre sí, entregando su dominio a las bandas, la droga, las mafias, las escuelas, los trabajadores sociales, oenegés, etetés, prisiones y policía, para que conjuntamente impongan el control y/o sacrificio económico, político, social, moral, volitivo, y si hace falta también físico, de “todos los que sobran”, con el objetivo preciso y concreto de desactivar su potencial revolucionario, intentando convertir esos barrios periféricos en colmenas de muertos vivientes, a los que las instituciones estatales les han declarado una guerra total de exterminio y aniquilación.

La tesis neosituacionista y milenarista de la desaparición del proletariado muestra no sólo su irracionalidad y falsedad, frente al inmenso incremento CUANTITATIVO del proletariado en países como China, Sudáfrica, Brasil, Rusia o la India, por no hablar las maquilas centroamericanas, sino su falta de comprensión de la nueva realidad europea, y de la proletarización de las clases medias, surgida con la depresión iniciada en el 2008. Primitivistas y “pro-situs” se han quedado anclados en sus trasnochados análisis, tan desmovilizadores como artificiales e inútiles, confundiendo las características propias de las fases keynesiano/fordista (1945-1975) y neoliberal/toyotista (1976-2007) del capitalismo, con su esencia. Catastrofistas, ludditas, antidesarrollistas, profetas, tecnófobos e idealistas de distinto pelaje y orientación, coinciden en un punto fundamental, que nos desarma como clase revolucionaria en lucha contra el sistema capitalista: afirman que el proletariado ha desaparecido y/o ha dejado de ser el sujeto revolucionario. Identifican una parte con el todo. Confunden clase obrera industrial con proletariado. Creen que el proletariado es una cosa, una estadística o una comunidad de intereses, y no una comunidad de lucha. No comprenden que HISTÓRICAMENTE el proletariado aparece, y ha surgido siempre, de su acción autónoma en la guerra de clases, formándose en la lucha como proletariado antagónico y enfrentado al capitalismo. Desprecian como a bárbaros groseros y desclasados al proletariado de los guetos. Son reaccionarios brillantes y coherentes, muy útiles hoy al capital; pero que pronto desaparecerán en la nada de la necedad y la extravagancia.

Sostener que el proletariado ha desaparecido y que no existe, ni existirá ya nunca más como sujeto revolucionario, en el preciso momento en que empieza a resurgir y brotar del suelo de la lucha de clases, enfrentado a vida o muerte contra el partido del capital, no es sólo una gravísima ceguera teórica y política, sino que les sitúa del otro lado de la barricada. Esos milenaristas confunden una pasajera sequía con el desierto.

La lucha de clases no es sólo la única posibilidad de resistencia y supervivencia frente a los feroces y sádicos ataques del capital, sino la irrenunciable vía de búsqueda de una solución revolucionaria definitiva a la decadencia del sistema capitalista, hoy obsoleto y criminal, que además se cree impune y eterno. Revolución o barbarie; lucha de clases o explotación sin límites; poder de decisión sobre la propia vida o esclavitud asalariada y marginación.

Agustín Guillamón

Apuntes sobre el debate “De la crítica institucional a la práctica de la calle”

El pasado viernes 12 de febrero, el Banc Expropiat había invitado al colectivo Equilibrismos para realizar un debate que titularon “De la crítica institucional a la pràctica del carrer”.

La introducción fue a cargo de uno de los miembros del espacio, que nos explicaba el porqué: superar la crítica a los partidos que habían decidido hacer el asalto institucional, después de lo que marcó el 15M y los límites de este. Como en el texto del cartel que invitaba al debate, el objetivo era pasar página de este y demostrar que la mejor crítica, es la práctica.

Seguidamente hablaron los dos miembros de Equilibrismos. En primer lugar se señaló la importancia de cómo y para que hablar de las instituciones, tomando como punto de partida la superación de las lógicas del capitalismo, sin tomar un punto de vista cientifista y/o dogmático. Atendiendo a las necesidades y a las condiciones de cada momento, a la vez que entendemos que hay una distancia entre el deseo de cómo actuar y la realidad, que es diferente.

Tomando el 15M como un hecho muy relevante, por ser el fenómeno de acción colectiva más multitudinario en años, el colectivo entiende este no como un sujeto, sino como un proceso o conjunto de estos, que no empieza el 15 de mayo. Sobre cuando termina, depende de la perspectiva que se tome (con la formación de los nuevos partidos o con la descentralización de las grandes plazas, o aun no ha terminado, etc. También es importante el hecho de que, aunque las acampadas empiezan en Madrid, se replican por todo el Estado, reproduciéndose en varios focos.

Lo catalogan como un movimiento de aspiraciones y discurso de clase media (especialmente en sus inicios) si se recuerda a sus impulsores (Democracia Real Ya, Nolesvotes, Juventud Sin Futuro, etc.) que apuestan por medidas como la reforma en las leyes electorales, el rechazo a los “extremos”, etc. Un ejemplo es la típica crítica al trabajar en un establecimiento de comida rápida como precario: lo que se critica no es el hecho de que exista un trabajo así, sino que por los estudios propios acaban en este tipo de trabajo que no les corresponde.

Así que existe una ruptura con los sujetos de transformación social anteriores que luchaban por cuestiones inmediatas, como el movimiento obrero y se apela al ciudadano. El ciudadano es presentado como una persona con igualdad de obligaciones y derechos, en las que a partir de una crítica rápida, podemos ver como colectivos como las personas sin papeles quedan rápidamente excluidas. Por otro lado, lo que se pide es que el Estado cumpla sus obligaciones, en vez de cubrir las necesidades por si mismos.

En el 15M no existen análisis fundamentados, pero aparecen aspectos que los autores creen relevantes, pues el mismo acto nace como una protesta contra la represión, y se abren procesos colectivos muy fuertes. Reactiva y pone en marcha luchas como la de la vivienda. Se realizan acciones en la calle, asambleas, etc. no exentas de contradicciones, pero, ¿para qué? El colectivo resalto la importancia de no caer en un tradicionalismo de hacer las cosas por inercia. El hecho de funcionar de maneras concretas nos tiene que hacer argumentar el porqué funcionamos así. Por otro lado lo que supuso también fue la ruptura de la endogamia (permanecer en grupos cerrados) de los movimientos sociales y se innovó en debates antes muy estigmatizados como el campo de la ocupación. Algunos aspectos que subrayaron fueron los siguientes:

-Las marchas de la dignidad, en las que se coordinaron (y confrontaron) varios grupos, y en las que Podemos estuvo a punto de no participar.

-El discurso de la madurez política, en las que se justifico la entrada en las instituciones por una cuestión de madurez política vs la calle como un espacio infantil.

-La hegemonía cultural, que se pone en duda. Afirmaron que hacerlo desde las instituciones es inoperativo y que es más eficaz en un centro social de barrio. Las fuerzas políticas se adaptan a su electorado, que además se trata de una falsa mayoría electoral y una falsa capacidad de gobernar).

Entonces existen dos posibles ejes de debate: las oportunidades del fracaso del asalto electoral, y que posibilidad de cambios hay hoy en las instituciones (refiriéndose a forzar cambios desde fuera, como cambiar o tumbar una ley mordaza desde la calle, etc.)

El segundo ponente de Equilibrismos planteó que Podemos no era ajeno al 15M, y que en Madrid en sus inicios era muy obvio, criticando la visión de un anarquismo que vería estos partidos como una apropiación de un movimiento puro. La justificación del asalto institucional sería un techo de cristal en las movilizaciones desde la calle, que generarían frustración y entonces se intentaría poner estas al servicio de la gente. Comentó que lo que está intentando hacer Ahora Madrid* es una táctica similar a lo que se ha llamado “aguirrismo democrático”, usar la infraestructura de las instituciones para construir una sociedad civil afín.

El 15M surge de un vacio, de una cultura de la derrota en los grandes movimientos de contestación de las últimas décadas (así que es difícil pedir). No se salió de la OTAN, no se paro la guerra, no funcionaron el movimiento estudiantil ni las huelgas generales… Así que con el paso del tiempo, el 15M se erosiona y acaba siendo una cosa minoritaria y una identidad política más (están los rojos, los anarquistas, los quinzemayistas).

Pero lo importante, el análisis principal, es el sedimento. La perspectiva general dentro de los movimientos revolucionarios, especialmente el anarquismo, es que el objetivo es intentar aumentar el conflicto. Lo que pasa es que las luchas tienden a ser cíclicas, nacen, crecen, se estancan o mueren (habiendo ganado o no). Así que es importante estar en las diferentes luchas, para disputar el sedimento (los símbolos, las prácticas, etc.) porque existe un margen de lucha como por ejemplo demostrar que las asambleas sirven como método, luchar contra las separaciones ficticias que nos construye el capitalismo y el género, etc.

Del 15M, lo que ha durado han sido espacios físicos y luchas concretas, no la práctica de hacer grandes debates. No se estaba construyendo un movimiento con el que imponer y conseguir conquistas. Seguidamente el ponente recuerda que no están ofreciendo una visión de la ética de los medios sin los fines. Los métodos sirven si son capaces de ganar. Y lo que valoran es que el 15M no tenía una gran demanda (a diferencia de las primaveras árabes donde había luchas concretas como derrocar a uno u otro dictador). A corto plazo no agrupaba a la gente, iba desgastándose, pero a la vez su formato hizo que se expandiese en el tiempo y muchas plazas y espacios.

A partir de aquí plantean una visión pesimista en lo económico y social: las cosas van a ir a peor, y no vamos a recuperar nunca el pasado. De hecho ya se rumorea la posibilidad de una nueva crisis, si es que hemos salido de esta. También señalan que unida a la económica, existe una crisis de expectativas, que es lo que a nivel discursivo reproducía el 15M, una clase media empobrecida. Pero es que antes había gente que estaba jodida, y ahora lo esta mucho más. Entonces la pregunta es porqué la gente se ha articulado en la lucha de la vivienda y no en la laboral, ante un panorama donde aumentaran las “poblaciones superfluas”: aumentaran los guetos, suburbios, favelas, banlieues, el subempleo y el paro será crónico, los trabajos de mierda y aumentaran las deudas y los trapicheos. El Estado del Bienestar (si aquí hubo alguna vez) se ira retirando. Entonces el eje se va a desplazar del salariado a la reproducción social, más que un eje trabajador-patrón, y habrá una feminización de las luchas.

Por otro lado señalaron la situación actual como un contexto (salvando las distancias) con los años ’60 del siglo pasado, que precedieron al movimiento obrero de los ’70, que fue desactivado e integrado en la Transición, estando quizás delante de lo que serian unas nuevas comisiones obreras (en su espíritu original), pero esta vez a partir de la vivienda, en las PAH. También cabe plantearse el porqué de los discursos actuales de una “segunda Transición”. Así que imitando un poco los afectados por la hipoteca, una posible propuesta son las redes de solidaridad en el trabajo.

Hay que pensar también en la diferencia entre consciencia y politización (lo que el ponente llamó, el tremendo abismo), que no es un camino fácil. Ante el fracaso hablan de dos tipos de respuestas, “el vale todo” y porque nuestras aspiraciones están lejos, y el pesimismo en el que cualquier acto es inútil, y por lo tanto “no se hace nada” por luchar.

Las revoluciones, por lo tanto, son consecuencia de lazos políticos, vínculos, sociabilización. Estos no aseguran nada, pero son imprescindibles para estas, para poder conseguir las confrontaciones que buscamos y en situaciones de crisis, poder ir más allá y superar las estructuras dominantes. El comunismo/anarquismo/socialismo (etc.) es una forma de vivir, pero solo se puede vivir en este, y vivirlo ahora genera gueto y/o frustración.

Sin embargo, concluye el segundo ponente de equilibrismos, hay margen de conseguir modos de funcionar superar las condiciones existentes. A partir de entonces empezó el debate.

Se habló de la falta de acuerdo en el 15M era fruto de no haber un sujeto y un objetivo claro, cosa que si que hay en por ejemplo, la PAH. En otros campos, como el laboral es difícil organizar planteamientos similares. ¿Cómo hacerlo? Se comentó que la PAH genera lazos sociales muy potentes y que, según las experiencias del participante en el debate, en el mismo WhatsApp se podía ver un apoyo muto continuo en relación a necesidades (superando el tema de la vivienda, como por ejemplo arreglar electrodomésticos, según las diferentes habilidades y capacidades de las personas) que el neoliberalismo ha roto.

Otra persona opinaba que el sindicato no podrá reconstruirse tal y como lo tenemos en la cabeza (CNT histórica), y que se tenderá a redes de solidaridad.

Se habló del concepto de la tasa de ganancias en el contexto capitalista: si en una época los salarios no bajan, esta se mantiene obteniendo beneficios por otros lados.

Se formuló también la pregunta de cómo conseguir una sociabilidad densa, y se comento que quizás la clave es centrarse en luchas por necesidades específicas, en un espacio concreto (poniendo de ejemplo el mismo Banc Expropiat) pues la identidad se crea con la práctica. Se habló de recuperar las asambleas de “bocadillo”, aquellas que duran el tiempo de descanso entre las compañeras de trabajo y la importancia de crear redes de solidaridad. También se comentó que llegaremos a un punto en que casi cualquier lucha reformista tendrá que ser rupturista porqué el sistema será totalmente insostenible. El debate giró en torno a si era posible entonces trasladar el modelo de la PAH al mundo laboral.

Por otro lado una persona de sexo femenino comento que se había sorprendido en la charla por la presencia casi totalmente masculina (y los colores negros que vestíamos). Se hizo una crítica a la figura/sujeto del trabajador como una persona masculina, y se habló de la feminización de la pobreza. De hecho, el sujeto obrero industrial es una figura en desaparición, y aunque sigue existiendo, no podemos tomar sus luchas (Coca Cola, Panrico) como modélicas. También se debatió acerca de poner el foco en la reproducción social superando el ámbito laboral, citando la iniciativa de la Vaga de Totes, que finalmente no cuajo y no tuvo mucho apoyo de ningún sindicato.

Finalmente se habló de formación y comunicación. De la necesidad de adaptar el lenguaje a la gente que no se ha socializado en nuestros espacios y de la necesidad de la formación para la práctica. Se hablo aquí también de las experiencias en las luchas por la vivienda en el barrio de Gràcia (en la que no se había podido generar una red solidaria ya que una vez que la gente había okupado no se implicaba) y la OFIAM.

@a_bandazos

La izquierda que gobierna para la derecha

¿Cuánto ha llovido desde la toma de los ayuntamientos como los de Madrid, Zaragoza, Barcelona,…? La apuesta por el asalto institucional fue una salida hacia adelante frente al techo de cristal que alcanzaron los movimientos sociales, al ver la necesidad de generar discurso político frente a la hegemonía de la derecha. La movilización por la movilización, el activismo sin fin ni resultados a medio plazo, la frustración por los pocos resultados obtenidos a costa de invertir mucho trabajo provocó un gran desgaste entre muchos activistas. De allí la necesidad de articularse políticamente para escribir las demandas de los movimientos sociales en la realidad material. ¿Y por qué se puso sobre la mesa (o se puso de moda) la idea del asalto institucional? Porquela izquierda revolucionaria de entonces, en vez de estar asumiendo las demandas de los movimientos sociales, articularse como un agente político con legitimidad y capacidad para lograr cambios políticos en la coyuntura dada teniendo aspiraciones hegemonistas, se estaba mirando el ombligo y peleándose entre sí.

Pero lo pasado ya es pasado y ya nos hemos dado cuenta de nuestros errores. El asalto institucional fue una propuesta lo suficientemente atractiva como para que una buena parte de las activistas se ilusionaran para formar candidaturas ciudadanas como salida viable frente al estancamiento. Bien, es cierto que la irrupción en el escenario de estas nuevas candidaturas lograron arrebatar ayuntamientos al PP así como cambiar el mapa político del país, pero sigue sin ser suficiente. El triunfalismo con el que van esas candidaturas de la nueva política se hace añicos cuando se dan cuenta de que no es ganar unas elecciones y ya. No solo eso, sino que en algunas ciudades, como el caso de Huesca, la candidatura ciudadana Cambiar Huesca tuvo que hacer coalición con el PSOE y dándole encima el ayuntamiento. Y ni llegando a tener la llave del ayuntamiento las cosas son tan sencillas, como está pasando en Zaragoza, donde las medidas progresistas que iba proponiendo el equipo de Zaragoza en Común estaban siendo entorpecidas y boicoteadas por los partidos del régimen (PPSOE). Luego están las lamentables actuaciones de Ahora Madrid con respecto a las políticas de vivienda, abriendo una oficina antidesahucios que solo atiende casos hipotecarios y no de alquileres, dejando tiradas a la PAH, y cediendo ante el boicot de la derecha con respecto a las calles y monumentos franquistas. Finalmente, mencionar la caradura de Ada Colau con respecto a los y las huelguistas del metro, cargando contra la huelga en vez de enfrentarse a la directiva de TMB.

Podríamos decir que las anarquistas tenemos razón, pero no basta con tenerla. Ya lo dije en otras ocasiones. Si tenemos razón y no sabemos articular una alternativa política mejor, sería igual que no tenerla. Sabemos que han entrado en las instituciones del enemigo jugando con las reglas impuestas por el enemigo, y que es prácticamente imposible democratizar estas instituciones, con su Estado profundo arraigado en la herencia franquista. Sabemos que desde las instituciones burguesas es imposible lograr cambios estructurales en el sistema. No obstante, me parece que estamos pasando por alto que una cosa es gobernar y otra, tener el poder. En este caso, si bien hay candidaturas ciudadanas en los gobiernos municipales, realmente el poder lo sigue teniendo la derecha, que aun estando como oposición, saben cómo bloquear medidas progresistas y cargar contra cualquier movimiento, por muy pequeño que sea, hecho por la izquierda. Y es que no solo están en la oposición, están en los consejos de administración de grandes empresas, en los medios de comunicación, en los bancos y en las instituciones europeas. Fuera de nuestras fronteras, Syriza es otro ejemplo de que carecen de soberanía para poner en marcha medidas progresistas.

Así que, ¿quién dijo que fuese tan fácil como llegar al despacho y poner en vigencia todas las reivindicaciones de los movimientos sociales? Sí, han jugado con la ilusión de muchas personas que se dejaron la piel en las calles y plazas, y ahora estamos viendo cómo algunas personas que estuvieron en primera línea en las calles están ahora ocupando concejalías nos están dejando tirados. La decepción se hace todavía mayor cuando incluso esas candidaturas se achantan ante el boicot, el linchamiento mediático y judicial que está realizando la derecha de este país. Son gobiernos débiles, sin soberanía alguna, que sumado a la desmovilización tras el declive del 15M, son incapaces de realizar muchas de las demandas que se reivindican desde los movimientos sociales. Antes, la derecha solo temía la pérdida de su mayoría absoluta y el control de sus chiringuitos. Ahora, se están frotando las manos ante una nueva política que está envejeciendo prematuramente, que en vez de sacar pecho e imponerse, se echan atrás y agachan la cabeza.

Pero no es hora de lamentos. No es hora de quedarnos en el sofá con los brazos cruzados llevando como bandera el «os lo dije, teníamos razón y no nos hicisteis caso», porque, ¿dónde estábamos cuando las calles se llenaban de manifestantes, brotaban en cada ciudad asambleas de barrio, plataformas contra los recortes en Sanidad y Educación? Y cuando todas aquellas movilizaciones comenzaron a decaer, ¿dónde estábamos para sacar nuevas propuestas y trasladar todas las reivinidicaciones sociales al escenario político del país para construir un proyecto de poder popular? Sirvan estas cuestiones para mirar hacia adelante y mover ficha. El camino no es fácil, pero deberíamos tener claro que tenemos que dar el salto hacia el escenario político con propuestas, programas y hojas de ruta, articulándonos como agentes de cambio legítimos en esta actual coyuntura, en otras palabras, a construir el poder popular que aspire a arrebatarle el poder a la clase dominante y no a entrar en sus juegos para acabar gobernando para la derecha.

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