¿Revoluciones…?

Abrimos cualquier buscador. Cualquier diccionario. Y todas las acepciones que encontramos de la palabra revolución pueden organizarse en dos grupos. Uno de significados relacionados con dar vueltas y otro relacionado con cambios bruscos en distintas áreas. Si bien es cierto que el primero puede interpretarse como una continuación pesimista del segundo (todo lo que cambia vuelve a su posición inicial), también es cierto que por suerte el primer grupo de acepciones en principio sólo es aplicable a maquinarias o en matemáticas.

Evidentemente, el grupo de acepciones que me interesa es el segundo. Cómo relacionar revoluciones científicas con revoluciones sociales. Si bien en un principio parecen cambios en ámbitos que nada tienen que ver, podemos establecer ciertos paralelismos y una influencia directa de unas sobre otras.

Cuando ocurre una revolución en la ciencia o la tecnología (ocurrir, qué mal, las revoluciones las hacen las personas, no surgen de la nada), partimos de un sistema aceptado por un grupo de analizar e interpretar los datos. Aunque en los últimos dos siglos estos sistemas sean más o menos compartidos a nivel mundial, no todos los grupos están interesados en las mismas áreas, por lo que todos los grupos serán conscientes de una revolución en un área aunque no se vean afectados por ella. Y esto es aplicable a cualquier grupo humano. Una revolución en un territorio puede parecer tener una mínima influencia directa sobre otro, pero los estados la verán con recelo y actuarán de forma consecuente.

Otra característica de las revoluciones científicas e industriales es que surgen de un sistema obsoleto. En la ciencia, cuando el sistema de normas y paradigmas aceptados deja de explicar los nuevos experimentos se hace necesario otro sistema que los haga encajar. Antes de que un nuevo sistema sea completamente aceptado por toda la comunidad científica surgen distintas opciones, que durante un periodo (que puede perfectamente durar décadas) conviven siendo defendidas por distintos sectores de la comunidad. Hasta que una de ellas se impone sobre las demás, desterrando a las otras. Habitualmente se dice que los motivos para elegir esta nueva teoría son objetivos. La nueva teoría es aquella que mejor explica los nuevos experimentos. Pero, ¿es esto así realmente? En distintas ocasiones varias teorías podían explicar el mismo suceso con igual éxito. Pero la que prevalece es aquella que mejor encaja con la ideología dominante de la época, siendo que un cambio en la forma de ver la ciencia puede suponer un cambio en la forma de ver la sociedad (Darwinismo vs apoyo mutuo, geocentrismo vs heliocentrismo…). De modo que sí, estas revoluciones en la ciencia afectan directamente a la sociedad.

El problema al aplicar el paralelismo en el proceso es que no podemos ni siquiera fingir que el sistema que perdura tras una crisis es el más adecuado para resolver los problemas que surgen. Si definimos estas crisis como las situaciones en las que un sistema completamente decadente deja de ser útil como forma de organización, casi podemos decir que la humanidad ha vivido en crisis constante. Tenemos entonces que definir de otra forma esta obsolescencia.

Definir la situación de decadencia de un sistema previa al surgimiento de otro, hablando de sociedades, es complicado. El colapso de los sistemas sociales no se limita a la no concordancia de unos números en un cuaderno sino a las vidas de las personas en esa sociedad. Y el nuevo sistema que surja tendrá que abrirse paso entre otros posibles sistemas que no fingirán que su principal motivación es hacer cuadrar los números. Y las comunidades relativamente ajenas a este proceso no se limitarán a observar con curiosidad el nuevo modelo que surja por si pueden sacar provecho. Presionarán (más abierta o disimuladamente) para que el modelo ganador sea aquél que más se adapta a los intereses políticos de la clase dominante de estas comunidades «ajenas al proceso».

Por último, una similitud importantísima desde mi punto de vista entre todos los tipos de revoluciones es la forma de analizarlas en libros de texto de cualquier ámbito. Aprendemos, o nos hacen aprender, que estos cambios son siempre avances. La sociedad y el conocimiento siguen una dirección y un sentido invariables en el que los retrocesos no existen. Cada vez que un sistema cambia, el nuevo es más justo y nos acerca más a la verdad. Se ridiculizan los sistemas anteriores y a sus defensores, y no digamos ya a las nuevas ideas de sistema que no proliferan. Aprendemos que la humanidad avanza de manera incuestionable. ¿Pero es esto realmente así? Al principio del artículo digo que no me interesa la acepción de revolución como vuelta. Bien, no nos interesa volver al mismo punto después de un tiempo probando cosas nuevas. Pero seamos conscientes de que esto no es siempre así, al menos en la ciencia. Un nuevo sistema científico puede no acercarnos más a la realidad, sólo hacernos verla desde otro ángulo, dejando abiertas nuevas lagunas e incógnitas. Nos dicen que pasar de esclavitud, a feudalismo, a proletariado, suponen avances y cambios fundamentales. Vemos que como en las revoluciones científicas estos cambios en la sociedad suponen un cambio de prisma. Cambiamos nuestra forma de ver lo mismo, con nuevas contradicciones. Para que el cambio sea realmente fundamental tiene que cambiar la estructura real de lo que se está viendo. No vale con que una nueva estructura sustituya a la anterior cambiando el nombre de las cosas. Es necesario romper con esa rueda que parece cambiar cuando sólo estamos viendo el mismo objeto desde otro ángulo.

 

La cultura de la rebeldía

No ya únicamente desde las primeras elecciones al ejecutivo del Estado Español, sino incluso desde aquellas relacionadas a ese gran monstruo devorador e imperialista llamado “Unión Europea”, hemos sido testigos de un auténtico fenómeno inédito en nuestra historia reciente con la irrupción en el panorama institucional y político de PODEMOS. En todo el Estado Español, tal vez salvo en aquellas naciones cuyos movimientos populares están en gran medida involucrados en movimientos de liberación nacional, y cuyas claves a menudo responden a diferentes dinámicas, hemos podido ver como grandes sectores de la sociedad se han ilusionado con este circo mediático. Recientemente, incluso intereses de sectores concretos del PSOE nos han querido vender una faceta “guevarista” del ex candidato a la presidencia Pedro Sánchez. Irónicamente, los únicos auténticos y fieles a su idiosincrasia, cuya naturaleza es de sobra conocida, ha sido precisamente el PP que Mariano Rajoy representa.

Escucho a mi alrededor personas que miran, o han mirado, con expectación todo este espectáculo. Como si realmente esperaran que de todo ese embrollo pudiese surgir algo, lo que más me ha asustado es que entre esas personas también se encontraban gente en teoría formada e incluso con cierta experiencia en la praxis militante. Claro que… hablo desde la heterogeneidad política, no desde una corriente o familia concreta.

No niego que pueda ser interesante observar el devenir de las circunstancias entre la izquierda institucional y la demás fauna a la que estamos acostumbrados desde siempre, entre otras cosas por la demostración de la inviabilidad parlamentaria y los profundos límites que cualquiera puede ver en “este juego con cartas marcadas”. Tampoco niego que el enfrentamiento al que parecen conducirse la oligarquía central (estatal) con la oligarquía local, en el proceso de Catalunya, puede ser interesante de vigilar con cierta atención pendientes de que ciertas contradicciones sean incuestionables cuando éste enfrentamiento saque su lado más oscuro y represor y se abran brechas en Catalunya que canalicen el hartazgo social.

Pero aunque no niego estas cosas, tampoco puedo negar como todo este circo ha anestesiado a los movimientos populares y ha vaciado calles y asambleas. Se han colocado, como tantos clásicos han desaconsejado, los destinos de las personas en las manos de los “del sillón». Aquellos elementos que han seguido funcionando, si alguna vez tuvieron el apoyo de estos sectores de la izquierda política, ahora no los tienen. El propio Iglesias, tras su más que evidente derrota, reconocía que “había que retomar las calles” y en la misma línea hablaba Alberto Garzón. En sus propias propuestas de «a futuro» puede comprobarse la semilla de su vil confesión.

Hoy en día si en algo parece estar todo el mundo de acuerdo es en que las calles deben de ser ocupadas, regresar a la tensión social; “ahora toca el momento de luchar”. Da igual a qué punto del Estado me vaya, la máxima es esa… y yo me pregunto ¿es completamente cierto eso? ¿Realmente es el próximo paso?

Da igual si el estado es administrado por el PP, el PSOE o incluso PODEMOS. La configuración del Estado en muchos aspectos, y coincide que en los más importantes, es de carácter esencialmente supra electoral. El Estado, en todos pero en una monarquía aún más, está configurado categóricamente para sustentar el régimen y sistema económico que lo envuelve y por tanto, administre quien administre este Estado, su naturaleza impide la realización del socialismo. No te olvides de que, además de todo, el Estado tiene el monopolio de la violencia (en este punto y sobre este asunto, entieneo como recomendable la obra “La política como vocación” del economista Max Weber) y esto, además de lógicamente viabilizar su violencia por encima de la violencia popular, supone que si se diese la «iluminación” y el Estado se colocase en jaque, éste siempre podrá ejercer este monopolio a través de sus fuerzas armadas y aparatos represivos.

El Estado Español va a ofrecernos coquetas y danzarinas reformas, a lo largo de las mismas nos van a querer cautivar con innumerables renovaciones; van a legalizar el matrimonio homosexual, van a proteger a los animales (por cierto, un día escribiré sobre la infiltración de la extrema derecha en movimientos “animalistas”), la leyes comenzarán a ser más equitativas para hombres y mujeres; en otras palabras, maquillarán la monstruosa maquinaria que se esconde detrás. Y muchos podrán decir “¡Oh, son metas alcanzadas!”, más el Estado siempre, por naturaleza, estará edificado en su configuración más íntima para imposibilitar la realización del socialismo, día y noche elaborará formas y más formas de asegurar su esencia. En momentos donde la crisis sistemática se ha agudizado, como ocurre desde hace algunos años, y pueda considerar esa falsa «paz social» en peligro: rápidamente cesará esa inercia y coqueta danza para mostrarnos sus dientes: cadena perpetua revisable, ley mordaza, entre otras armas preventivas que dispondrá para afrontar cualquier eventualidad que pueda poner en peligro su naturaleza.

Debo decir que respeto la construcción “del partido” para aquellos que, en su corriente política, lo ven como indispensable. Pero no es mi caso. Ni me parece tampoco la formula, tanto por cuestiones de coyuntura así como históricas en referencia a la degeneración y burocratización de tantos proyectos de «estados socialistas».

No me parece que la lucha sea el primer paso. El primer paso es lo que, aquí llamaré, “cultura de la rebeldía”. Voy a lanzar una serie de puntos que deseo arrojar como ideas, no pretendo realizar un “manual” (las neuronas no me dan para tanto), pretendo lanzar una reflexión con puntos fácilmente eliminables, substituibles, y por supuesto espero toneladas de otros puntos añadidos.

  • La realidad es que podemos organizarnos. No necesitamos el permiso de nadie para empoderarnos. Al menos en mi experiencia personal, he descubierto que organizarse en pequeñas comunidades es más eficiente que hacerlo en grandes. Esto es debido a que cada pequeña comunidad experimenta necesidades muy específicas. No es lo mismo un barrio castigado por la droga y la pobreza extrema, que un barrio donde los problemas son el paro juvenil y algún desahucio esporádico. Ambos son diferentes a un barrio con presencia policial intensa por un auge político desorbitado que ha obligado al Estado a ejercer una suerte de «estado de sitio».
  • El nivel de organización debe de ser singular. Como he dicho, cada pequeña comunidad tiene sus necesidades particulares. Nadie mejor que la comunidad (barrios, pueblos) para saber qué metodologías aplicar a sus peculiaridades. Claro que difícil de proyectar una evolución eficaz sin principios de apoyo mutuo y horizontalidad.
  • La autoridad en la lucha. Esta no la otorga una nomenclatura política, mucho menos una persona o un conjunto de las mismas, ni ninguna organización que pretenda vampirizar estas comunidades. A través de la consecución de sus propias metas, la comunidad en su conjunto se verá empoderada y por ende ganará la experiencia necesaria para afrontar retos mayores.
  • Cultura. Es necesario que las comunidades se culturicen y serán necesarios grandes Ateneos, expresiones propias de medios de comunicación, debates, importación de pensadores y activistas extranjeros que relaten su experiencia a la comunidad y la ofrezcan su apoyo en forma de inspiración.
  • Dinámicas diversas en las que poseemos ya experiencia. Cooperativismo, ocupación, autoconstrucción de viviendas e infraestructuras comunales, vías alternativas de producción unilateral, organización para el rechazo de represión externa, rechazo al desahucio de viviendas. En definitiva, imponiendo la vía alternativa al sistema capitalista de manera unilateral, pese a que suponga la instauración de una subsociedad. Al menos en mi manera de pensar, aquellas personas ajenas a estas iniciativas no deberían de ser excluidas de los beneficios de las mismas debido a que, en muchos casos, estos elementos están atomizados por los medios y son drogadictos del capital. Su beneficio inmediato puede suponer su incorporación futura. Claro que debemos marcar en este sentido unas vías adecuadas de seguridad frente a la infiltración de elementos reaccionarios.
  • Coordinación. En vías avanzadas, estas células representadas en pequeñas comunidades, deberán evolucionar a metas conjuntas entre otras adyacentes, creando una red incluyente y cooperativa. Siempre se encontrarán elementos de interés común ¡pero cuidado! No caigamos en el error que algunos cayeron en Euskal Herria supeditando estrategias globales a aquellas esencialmente inmediatas y de clase: el resultado en Euskal Herria es una auténtica enfermedad que ha desactivado los sectores históricamente más combativos en barrios y pueblos conocidos por su trayectoria, verticalizando lo que hasta los 90 era horizontal en muchos sectores obreros y populares en general. Aprendamos de los errores.
  • Hegemonizar el proyecto. Llegará un momento en el que imperará la necesidad de la puesta en común de las líneas políticas, cara a definir la sustancia revolucionaria del proyecto. También la estrategia necesaria para alcanzar una gradual hegemonia.
  • No otorguemos alegrías. Grábate esto en la cabeza: el Estado vive deseando utilizar su monopolio sobre la violencia. Y no te estoy hablando únicamente de la violencia típica, los porrazos y los presidios, te hablo de multas, listas negras, ataques mediáticos. No es el momento de darles esa alegría con tus algaradas. Cada acción debe ser coherente con la situación y evolución en un proceso, las acciones prematuras son desaconsejables e infantiles.
  • Convencernos de que somos parte de la sociedad. Esto no podemos hacerlo permaneciendo en los lugares de siempre con personas que piensan como nosotros. Esto incluye a todos y supone “salir del armario” para hacer partícipe al conjunto social: desde abajo.

Hemos tenido a lo largo de los tiempos innumerables momentos históricos en los que hemos pretendido realizar socialismo a golpe de decreto o incluso a golpe de violencia. La experiencia griega es una de las más llamativas en un contexto similar al nuestro, por aquello de la proximidad y la coincidencia continental. Quedan en nuestras retinas grabadas las imágenes de Atenas ardiendo, pero también del fracaso y la traición de la socialdemocracia.

Las promesas de los partidos políticos son inviables, basta preguntar a PODEMOS por la hoja de ruta y fondos para realizar alguna cosa “super espectacular” prometida en su programa y no te sabrán tan si quiera responder. No es que “ahora sea el momento”, el momento siempre lo fue y siempre lo será, y el sujeto siempre hemos sido nosotros y no es sino nosotros los que debemos empoderarnos y comenzar a hacer socialismo. No existen manuales perfectos, ni formulas mágicas, ni tampoco garantes políticos o militares. La eterna movilización detrás de las pancartas a menudo nos conducen al desgaste, la vía rápida se agotará cuando, pasado un tiempo de paralización a causa de un triunfo revolucionario, sencillamente, nos demos cuenta de que no somos capaces de producir por nosotros mismos debido a una ausencia total de redes transformadoras que hayan acumulado la experiencia necesaria a través de un transcurso de metas alcanzadas. Si no fuese así, los sectores más débiles terminarán deliberando que, al menos, el viejo sistema aseguraba unos mínimos.

El socialismo debe de realizarse poco a poco, con tiento, aprovechando coyunturas y consiguiendo pequeñas conquistas. El socialismo se impone, no de forma abrupta, sino que es desarrollado de manera natural a golpe de permanente inercia empujada por una marea horizontal drogada de pueblo.

Algunas reflexiones en torno al poder y la institucionalidad a 80 años de la Revolución Española

Muchos compañeros caen en el error de considerar el movimiento como una escuela de propaganda en que se repiten los principios, y no como una oficina de investigación y experiencia, vuelta a la vida (…) Es necesario que todos los compañeros consideren el propio trabajo como un fecundo campo de observación y de reflexión…

(Camilo Berneri. “la Revue Internacionale Anarchiste” París, 1929)

Mucho se ha escrito, polemizado y reflexionado en torno a la gran gesta del proletariado español en estos 80 años desde sus inicios, pero la posibilidad que brindan los aniversarios “redondos” de retomar ciertas miradas, no sólo reivindicadoras o nostálgico-retrospectivas sino fundamentalmente crítico-analíticas es sumamente tentadora. Máxime cuando se trata de una experiencia tan rica y compleja que tanto tiene para aportar en función del desarrollo de una praxis emancipatoria para los tiempos que corren.

Este escrito intentará hurgar a modo de aproximación y desde una perspectiva libertaria amplia, sobre algunos temas que se desprenden del derrotero de la revolución española y en especial del proceder del anarquismo español y que pueden ser tomados como disparadores para analizar en nuestro contexto histórico actual. Cuestiones relacionadas a la composición y sustentación de los poderes contrahegemónicos y la relación entre institucionalidad dominante e institucionalidad de nuevo tipo, atraviesan este texto a modo de análisis, interrogantes e hipótesis, intentando generar algún aporte constructivo.

Del poder y sus configuraciones

Antes de meternos de lleno en el tema en cuestión, se nos hace necesario precisar algunas definiciones conceptuales a los fines de utilizarlas como insumo para el trabajo.

Si entendemos por poder a toda relación social que se ejerce entre sujetos o fuerzas sociales, que se presenta como dinámica, puesto que está todo el tiempo recreándose y que se manifiesta a través de prácticas sociales concretas, podemos concluir entonces, que toda práctica social que permite que el poder se construya y circule sin que sea apropiado o monopolizado opresivamente por nadie en particular y que extienda la reciprocidad de manera generalizada, constituye la base de lo que podemos denominar poder social. Por el contrario, prácticas sociales que impiden tal circulación, que concentran y se cristalizan en sujetos, instituciones, lógicas, mecanismos y dispositivos, que externalizan, alienan y producen asimetrías en las relaciones sociales, constituirían la plataforma de lo que conocemos como poder dominante o directamente dominio o dominación.

Estas nociones son importantes entre otras cosas para entender, repetimos, el carácter relacional del poder que determina a su vez, su carácter de ejercicio y no de objeto que se puede tomar o, dicho en términos foucaultianos, nos implica visualizar “la multiplicidad de relaciones de fuerzas inmanentes y propia del dominio en los que se ejercen y que son constitutivas de su organización.”[1] También para constatar su carácter productivo, estratégico y conflictivo y no meramente coercitivo, represivo y estático. Por supuesto no es intención de este trabajo agotar la profundidad de un tema tan multifacético, pero se hacía necesario dejar sentado, aunque sea a grandes rasgos, desde dónde nos vamos a situar para encarar las subsiguientes reflexiones.

Dicho esto, nos interesa ahora abordar las distintas configuraciones que se plantean desde la dimensión del poder social y ver cómo se manifestaron en la experiencia española, así como analizar a su vez, qué actitud tuvieron los anarquistas al respecto. Partiremos de tres categorías configurativas que nos parecen claves para entender los procesos revolucionarios, que vemos que pueden estar interrelacionadas, pero que a su vez tienen características distintas y específicas.

La primera de ellas es la de Poder Popular que implica la construcción por parte de las clases oprimidas y explotadas de su propia fuerza social alternativa y antagónica y que confronta al de las clases dominantes, instituyendo una cultura y una subjetividad, así como también, espacios, territorios, mecanismos y organismos que prefiguren y sustenten un proyecto de sociedad nueva, y libre… Así “el Poder Popular pone en marcha un nuevo ethos, un nuevo hábitat, una configuración alternativa de sentidos, significados, lenguaje, valores, normas y estructuras compartidas. En pocas palabras, este poder colectivo crea otro mundo posible, un mundo distinto que se enfrenta al que conocemos, al mundo de la mercancía y del dominio que genera miseria, exclusión, privilegios, discriminación, muerte. Por eso el Poder Popular es una praxis que en la misma medida en que va transformando los lugares de vida de las personas, crea un bloque contrahegemónico, un bloque que entra en confrontación directa con el orden imperante. Como proceso, el Poder Popular sabe que el camino es largo, pero tiene la fortuna de estar creando una nueva sociedad con cada conquista del pueblo.”[2]

Un aspecto importante a tener en cuenta es que el Poder Popular como tal, en tanto proceso, se constituye tanto antes, durante y después de un contexto de ruptura revolucionaria. Por lo tanto el Poder Popular o autogestivo en términos libertarios, acumula fuerzas, prefigura, disputa y construye un nuevo marco de relacionamiento y articulación social y se proyecta para intentar a llegar a ser lo más amplio posible, es decir para abarcar la totalidad social y no sólo ser un “islote de libertad”.

La otra configuración, la del Poder Local, resumidamente, se sostiene sobre la constitución de ámbitos concretos territoriales donde se desarrolle capacidad de autoactividad social de manera alternativa y en disputa con la institucionalidad dominante. Se trataría de las llamadas “zonas liberadas” pero que no se articulan a priori en tanto microespacio con un proyecto global contrahegemónico. En este sentido, podemos decir, que el Poder Local es abarcado por la idea de Poder Popular, pero como vimos, éste último, no se limita sólo a una localización territorial, aunque ésta sea importante.

Por último, el Doble Poder se nos presenta como el proceso en el que coexisten de manera conflictiva, transitoria e inestable dos estructuras de poder antagónicas e incompatibles que asumen para sí la legitimidad social y que entran en disputa, ahora sí, en una situación de crisis revolucionaria. Y justamente, por su carácter transitorio e inestable (dada la imposibilidad de coexistencia duradera y pacífica de las fuerzas y organismos en pugna) implicaría una resolución de corto plazo, sea por la reimposición del orden instituido dominante o por su desplazamiento por parte del organismo alternativo de las fuerzas revolucionarias. Podemos rastrear distintas experiencias de crisis sistémicas en la historia en donde se ha sustentado esta configuración de organismos antagónicos, aunque también distintas fueron las formas de su resolución.

Es importante agregar, al igual que lo hicimos con respecto al Poder Local, que el Doble Poder no es contradictorio al Poder Popular. El Doble Poder deviene o puede devenir de una construcción de Poder Popular previa, pero como dijimos, éste (el Poder Popular) abarca otros elementos y que en su constitución no necesariamente implica la conformación de un organismo articulador integral y totalizante, (desde otras corrientes y desde otras visiones de lo que esto implicaría, hablarían de Estado) aunque puede prefigurarlo, así como tampoco es necesaria una situación o crisis revolucionaria para su desarrollo.

Ahora bien, ¿para qué nos sirve visualizar estas configuraciones en el caso español? En principio para entender que todas, de manera combinada, se han manifestado de manera concreta, transitoria o en estado de latencia y que pocas veces se ha señalado su importancia conjunta a los fines de analizar de mejor manera los avatares que ha tenido esta experiencia, fundamentalmente en su etapa revolucionaria.

En esto tenemos que decir que históricamente el anarquismo ha tenido posiciones ambivalentes con respecto al tema del poder y sus derivados, aunque si nos remitimos a uno de sus clásicos referentes, bien vale señalar que se encuentra bastante en sintonía con lo que venimos esgrimiendo más arriba. Decía Mijail Bakunin: “es cierto que hay [en el pueblo] una gran fuerza elemental, una fuerza sin duda alguna superior a la del gobierno y al de las clases dirigentes tomadas en su conjunto; pero una fuerza elemental no es, sin organización, un poder real. Sobre esta innegable ventaja de la fuerza organizada respecto de la fuerza elemental del pueblo se basa el poder del Estado.”[3] Y en otro texto agrega; “sin una organización preparatoria, los elementos más poderosos, se vuelven impotentes y nulos.”[4]

Claramente Bakunin, con estas afirmaciones, no sólo toma en consideración la cuestión del poder, sino que además esboza una posición con respecto a la importancia estratégica de la organización y de la construcción de Poder Popular para una proyección revolucionaria.

Ahora, yendo al caso español, ¿tenían los anarquistas españoles una definición y una estrategia de este tipo? A pesar de lo que han indicado ciertos analistas e historiadores, diremos que sí la tenían, nada más que no la llamaban de esa manera. Efectivamente el anarquismo español, en años de construcción y lucha a través de su organización de base proletaria, la CNT, “logró que su cosmovisión, su cultura, fuera aceptada por grandes capas de la población obrera de la época. Y así fue creando una contrahegemonía, que la gente de la época entendía como una “sociedad paralela”, una sociedad en construcción, un pueblo en movimiento. Esta sociedad nueva se basaba en la acción sindical y social de los sindicatos y sociedades obreras, en la acción cultural de los ateneos y escuelas racionalistas, en la incansable propaganda de su prensa y sus revistas (…) que crearon un magma enorme de iniciativas libertarias”. [5]

Y todo esto sumado a las intensas luchas y movimientos insurreccionales que alborotaron todo el período previo al contexto de 1936 (enero de 1932 en Alto Llobregat y Cardoner, enero de 1933 en Casas Viejas, Noviembre de 1933 en Aragón, Rioja y Zaragoza, 1934 en Asturias) en donde en muchos casos se intentaron ensayos de comunismo libertario que fueron duramente reprimidos. Eduardo Colombo señala que: “Las luchas de este período refuerzan el arraigo popular, obrero y campesino del anarquismo pero al mismo tiempo polarizan contra él tanto a las instituciones de la República como a las clases dirigentes. (…) [Esto] determinará o al menos influirá fuertemente el destino del movimiento revolucionario que comienza el 19 de julio de 1936. (…) Así las realizaciones revolucionarias de los trabajadores españoles fueron el resultado del arraigue ideológico y organizacional del anarquismo. El pueblo en armas comienza a poner en acción un “proyecto” al cual el largo período insurreccional – lo que se llamó la “gimnasia revolucionaria”- había dado la dimensión imaginaria favorable para su concretización.” [6]

Entonces, construcción, lucha y reflexión fueron la antesala de lo que finalmente se terminó desarrollando en el contexto revolucionario que siguió a la derrota primaria del levantamiento golpista de las fuerzas fascistas. De hecho la CNT (a diferencia de lo que han planteado algunos autores) tenía un programa aprobado en un Congreso Confederal celebrado en Zaragoza dos meses antes del levantamiento militar de Franco (mayo de 1936), y en donde se establecen ciertas resoluciones que tocan cuestiones relativas a un proceso revolucionario que se veía como venidero y en donde se elaboran radios de acción muchos de los cuales fueron desarrollados en la lucha siguiente así como otros fueron modificados en el transcurso de la contienda.

Derrotada la primera intentona reaccionaria y comenzada la etapa revolucionaria, emergen de manera más clara las distintas combinaciones de poder social y según las distintas perspectivas, las distintas formas de sustentación y resolución…”Allí donde la insurrección (de las fuerzas golpistas) fue aplastada, no resultó la única vencida. Entre su ejército rebelado y las masas populares armadas, el Estado republicano había saltado en pedazos. El poder se había literalmente desmoronado y, en todos los lugares en que los militares habían sido aplastados había pasado al pueblo, donde grupos armados resolvían sumariamente las tareas más urgentes. (…) Cierto es que el gobierno republicano existía, y que ninguna autoridad revolucionaria se levantaba como rival declarado de la suya en esa zona que los corresponsables de izquierda bautizaron muy rápidamente con el nombre de “zona leal”. (…) Sin embargo poco a poco, entre las gentes que se habían lanzado a la calle y el gobierno fueron apareciendo órganos de poder nuevo que disfrutaban de una autoridad real y se apoyaban, a menudo, tanto en el gobierno como en la fuerza popular. Éstos fueron los innumerables comités locales y, en la escala de las regiones y de las provincias verdaderos gobiernos. En ellos residía el nuevo poder, el poder revolucionario que se organizaba apresuradamente para hacer frente a las enormes tareas inmediatas y remotas, la realización de la guerra y la reanudación de la producción en plena revolución social. (…) Todos los comités, cualesquiera que fuesen sus diferencias de nombre, de origen, de composición, presentaban un rasgo común fundamental. Todos, en los días que siguieron a la sublevación, se apoderaron localmente de todo el poder, atribuyéndose funciones lo mismo legislativas que ejecutivas, decidiendo soberanamente en su región (…) [y su] autoridad se apoyaba en la fuerza de los obreros armados y a los cuales de buen o mal grado obedecían los restos de los cuerpos especializados del antiguo Estado.” [7]

Esta larga cita que transcribimos del importante trabajo de Pierre Broué y Émile Temime, nos parecen fundamentales en este caso para observar la configuración de los poderes locales en el inicio de la situación revolucionaria y como posibilidad de sustentación del doble poder, dentro de los cuales la CNT y su denominada minoría activa, la FAI, tuvieron un rol protagónico en muchas zonas (particularmente en Barcelona) habida cuenta del peso mayoritario que representaba la central anarcosindicalista con respecto a las otras fuerzas político-sociales. Ahora bien, prosiguen los mencionados autores: “Lo que era verdad a escala local ya no lo era totalmente a escala regional, donde se enfrentaban o coexistían poderes de origen diverso.” [8]

Efectivamente, el proceso iniciado había generado una situación de dualidad de poderes, uno real, el de los comités, el pueblo en armas y el de los distintos organismos sostenidos por las fuerzas proletarias. Y uno “legal” de los todavía y aunque prácticamente desarticulados restos del Estado republicano. Pero la posibilidad de constitución de una estructura articuladora de esas iniciativas locales a nivel regional y luego a nivel nacional que pusiera en jaque definitivo y terminal a las instituciones del régimen burgués y que cuajara en una definición de doble poder revolucionario y de carácter superador se vio truncada por las posiciones de ciertos referentes anarquistas. Si bien en algunas regiones, particularmente en Cataluña se habían generado organismos que se podrían caracterizar como constitutivos de poder dual, por caso el Comité Central de Milicias Antifascistas (CCMA), después de un período corto de inestable equilibrio conflictivo, terminó amoldándose a una coexistencia “reconocedora” de la Generalitat ( de ahí que Broué y Temime lo caractericen como un organismo “hibrido”) que prácticamente determinó una semi integración con ésta última, para luego directamente terminar disuelto, fortaleciendo nuevamente el aparato estatal.

Dice Jesús Aller que en Cataluña “se da una situación paradójica de que los que controlan las calles y podían tomar el poder en sus manos rehúsan a hacerlo, mientras que los que anhelan gobernar carecen de medios para ello. Esta incongruencia se resuelve con un pacto que da lugar a la creación del CCMA formado con participación de todos los partidos y sindicatos, y destinado a encarar los graves problemas planteados. Desde el primer momento este organismo arrastra la tensión de ser considerado por unos un gobierno revolucionario y autónomo, y por otros un mero instrumento de la Generalitat. Ésta que sobrevive al estallido conserva atribuciones (…) y comienza a maniobrar para recuperar el poder. (…) La situación entraba en un callejón sin salida, (…) a finales de agosto [del `36] un pleno del movimiento libertario catalán admite participar en el gobierno y liquidar el CCMA, [que finalmente se concreta el 10 de setiembre]. (…)[Pocos días después] comienza a plantearse también la posibilidad de que la CNT entre en el gobierno de Madrid, [que se consumaría en noviembre con Largo Caballero] lo que refuerza los pasos que se daban en Cataluña. (…) Lo que en la prensa libertaria se publicita entonces como un golpe definitivo al Estado, que habría pasado a ser una simple fachada, significará en realidad el comienzo del fin, un estrangulamiento progresivo del poder de los comités y un robustecimiento paralelo de la maquinaria gubernamental”. [9]

Las líneas precedentes nos dan pié para formular nuevamente la idea de que si bien existió una construcción previa de poder popular confirmada en años de organización y lucha, que se sustentó en el contexto revolucionario con el poder de los comités locales, que a su vez configuraron una situación latente de doble poder, que para algunas regiones estableció la competencia conflictiva entre organismos adversarios; lo que no se logró (y particularmente ciertos referentes anarquistas no permitieron) fue resolver esta situación en los términos de la desarticulación de la estructura dominante y la puesta en dinámica de una nueva articulación instituyente de carácter revolucionaria e integral. Alguno, desde una perspectiva simplista diría, “no se tomó el poder”, ahora, si como venimos argumentando, sostenemos una visión no instrumental del poder y si no reducimos el poder simplemente a los aparatos del Estado, lo que podemos decir es que lo que no se resolvió finalmente fue la configuración superadora del ejercicio disperso de los poderes que efectivamente se ejercían en acto, en los hechos y de hecho como dijimos, a través de los comités, colectividades y otros organismos revolucionarios. Y esto no implicó una simple claudicación sin más, esto denotó, entre otras cosas, una mala caracterización del proceso que se estaba gestando así como una errada conceptualización por parte de los dirigentes cenetistas y faístas de la compleja relación entre poder e institucionalidad.

De la institución y las instituciones

Toda relación de poder implica, dijimos, su manifestación en determinadas prácticas sociales. Y esas prácticas instituyen formas, lógicas y mecanismos. También dijimos que de acuerdo a cómo se manifiesten o una vez más, a cómo se instituyan esas prácticas, sus formas y contenidos pueden hacer lugar a la posibilidad de un poder colectivo no monopólico ni opresivo o por el contrario puede configurar una instancia regida bajo los cánones de la dominación.

Ejemplos de la primera opción podrían ser los consejos y comités que fueron surgiendo al calor de las jornadas que se sucedieron a partir del 19 de julio de 1936 en España, así como la forma federativa de articulación, histórico bastión propuesto por el anarquismo. Y seguramente el ejemplo paradigmático de la segunda opción sea el Estado. Al respecto dice Eduardo Colombo: “El Estado existente, real e institucional, no es reducible (solamente) a la organización o al conjunto de los “aparatos de Estado” que lo componen.(…) Para existir el Estado exige la organización del mundo social y político sobre su propio modelo o paradigma que a su vez supone una cierta idea de poder como causa.(…) La sociedad se instituye como tal elaborando un mundo de significaciones en un proceso circular por el cual “el hacer” y el “discurso”, la acción y el símbolo, se producen mutuamente. En esta perspectiva, la organización del poder social bajo la forma Estado delimita el espacio de lo social en función de una “significación imaginaria central” (que nunca es neutra ni inerte) que reorganiza, redetermina, reforma una cantidad de significaciones sociales ya disponibles (en un contexto histórico determinado) y con esto mismo, las altera, condiciona la constitución de otras significaciones y acarrea efectos sobre la totalidad del sistema”. Y concluye: “Con la alienación del poder nace el poder político dominación que es, en realidad, el resultado de la expropiación de la capacidad simbólico-instituyente (del todo social) por una minoría, clase o grupo especializado. La instancia política se autonomiza”. [10] El Estado está ahí.

Tomando en cuenta esto, podemos llegar a los siguientes razonamientos; que toda relación de poder en tanto se manifiesta en prácticas sociales, instituye, de acuerdo a su configuración, determinadas formas sociales. Porque instituye, configura institución, por lo que, así como no podría existir sociedad sin poder (o sin relaciones de poder) porque éste es intrínseco e inmanente a lo social, tampoco existiría sociedad sin institución. Y a su vez, así como no toda relación de poder configura dominación per se, no toda institución configura necesariamente Estado.

Profundizando, dice Cornelius Castoriadis: “Lo que mantiene unida una sociedad es su institución, la compleja totalidad de sus instituciones particulares (en tanto instituciones explícitas de poder), lo que yo denomino la “institución de la sociedad como un todo”. El vocablo “institución” tiene aquí el sentido más amplio y más radical: normas, valores, lenguaje, útiles, procedimientos y métodos para afrontar cosas y para hacerlas, así como para hacer al individuo mismo desde luego”. [11] En otro texto agrega: “El ser social de la sociedad está constituido por las instituciones (en tanto creación social-histórica del colectivo anónimo) y las significaciones imaginarias sociales que esas instituciones encarnan y a las cuales dan existencia social efectiva”. [12]

Ahora, esto no necesariamente indica que una sociedad esté condenada a enajenarse en sus propias instituciones (como puede llegar a suceder con el Estado). Un proyecto revolucionario que se sostenga sobre una idea de una sociedad autogestiva en sus más amplias dimensiones, que rompa con el status quo de la dominación, implica, entre otras cosas, “la aspiración a una sociedad que sea capaz de renovar permanentemente sus instituciones (…) una sociedad que se autoinstituya explícitamente, de manara continua y no de una vez y para siempre”. [13] Y para eso, debe poner siempre en tensión la dimensión instituida y la dimensión instituyente de las configuraciones que lo constituyen, sin que una predomine sobre la otra, así como también la unión y tensión de la historia ya hecha y de la que se está haciendo.

En sintonía con esto podemos decir que el anarquismo (amén de lo que digan muchos de sus críticos e incluso también algunos anarquistas) nunca subestimó la necesidad de instituciones aunque claramente no desde un formato y una lógica que cristalice lo instituido y sea productor y reproductor de dominio como es el Estado. Sin ir más lejos, allá por 1924, Errico Malatesta decía lo siguiente: “La revolución es la creación de nuevas instituciones, de nuevos agrupamientos, de nuevas relaciones sociales, la revolución es la destrucción de los privilegios y de los monopolios; es un nuevo espíritu de justicia, de fraternidad, de libertad, que debe renovar toda la vida social, elevar el nivel moral y las condiciones materiales de las masas llamándolas a proveer con su trabajo directo y consciente a la determinación de sus propios destinos”. [14] Y unos años antes Bakunin ya planteaba que “las revoluciones siempre han sido preparadas por un largo trabajo de descomposición y de nueva formación”. [15]

Nuevas formaciones o nuevas instituciones de las cuales el anarquismo ha sabido dar algunas propuestas. Seguramente, como hemos dicho más arriba, el federalismo, desde un punto de vista socialista y revolucionario, haya sido uno de los aportes con el que más han insistido, tanto para una etapa prefigurativa, como para el momento de constituir una nueva forma de articulación social posrevolucionaria que coarte o limite lo máximo posible el desarrollo de la dominación en todas sus facetas. Federalismo que no comprende la mera descentralización fragmentaria como plantean sus críticos, sino que pone en relación dialéctica ésta dimensión, con la necesaria centralización organizativa a los fines de un proyecto común y orgánico y de una operatividad lo más óptima posible en el marco de una sociedad que se autoinstituye.

Todas estas referencias teórico-políticas, nos sirven para afirmar que el anarquismo en tanto corriente de praxis emancipatoria, si bien no comprende un corpus teórico-práctico uniforme, homogéneo y lineal, sí ha desarrollado a lo largo del tiempo y comprometido con éste, una serie de lineamientos que claramente lo distinguen de otras corrientes políticas. Y esos lineamientos por los cuales hemos intentado bucear, no fueron los que comprometieron el derrotero de la revolución española, como tampoco creemos que hayan sido los del anarquismo español en particular tomado en su conjunto. Claramente, reiteramos, ponemos el énfasis sobre la responsabilidad de ciertos referentes del anarquismo español sobre los caminos tomados que conllevaron al ocaso de una de las experiencias más importantes de posibilidad revolucionaria llevada adelante por las clases oprimidas y explotadas, teniendo al anarquismo como corriente hegemónica. Por supuesto que no somos necios, y sabemos bien que no fueron los únicos, y que otros factores y otros responsables (tal vez mayores) incidieron en los hechos; pero este trabajo, como planteamos en su principio, trata de indagar en las cuestiones relacionadas con el poder y la institucionalidad y el rol que los anarquistas (y en este caso algunos de ellos) han tenido con respecto a estas problemáticas.

Entonces, volviendo al proceso español, decíamos que los referentes cenetistas y faístas, partieron de presupuestos y caracterizaciones erradas y ello determinó en gran parte sus posicionamientos. En principio, una mala visualización sobre el carácter de la situación latente de doble poder y de su complejidad, dado que además del antagonismo entre el bando militar antifascista y el bando republicano, existía otro dentro de las fuerzas republicanas. Como dice Wayne Price: “La maquinaria del Estado oficial había sido dejada virtualmente sin poder alguno mientras que las organizaciones populares combatían al fascismo y dirigían la economía. La cuestión principal de la revolución era la relación entre las organizaciones populares y el Estado republicano. (…) Una situación de doble poder se debe resolver de una manera u otra”. [16] Derrotado el primer foco de la sublevación militar y cuando tuvieron cara a cara al Estado prácticamente hecho pedazos, se optó por dejarlo con vida a pesar de que tenían todo para desarticularlo e imponer en su lugar la confluencia unificada de los otros organismos que iban surgiendo. En palabras de García Oliver: “La elección era entre Comunismo Libertario, que significaba una dictadura anarquista y democracia, que significaba colaboración”. [17] Y efectivamente optaron por la colaboración, no entendiendo que el peso hegemónico no necesariamente podía constituirse en una dictadura si se optaba por la coordinación democrática con las otras fuerzas revolucionarias proporcionalmente al marco de influencia de cada organización.

Por otro lado la caracterización del contexto, también implicó serios reduccionismos, no coherentes con toda la construcción previa en términos multidimensionales y del análisis complejo del Estado y de los procesos histórico-sociales, cuando se afirmaba desde un boletín de la CNT-FAI en setiembre del `36: “Damos por descontado que la expropiación económica en vías de realización, acarrearía de hecho la liquidación del Estado burgués, reducido por asfixia”. Nada de eso sucedió, de hecho fue todo lo contrario. El Estado fue recuperando paulatinamente sus fuerzas, subordinando cada vez más a los organismos proletarios e integrando a los anarquistas dentro de su dinámica, mientras en paralelo, el proyecto revolucionario iba perdiendo densidad bajo los términos de la guerra sin más. El anarquista italiano Camilo Berneri que fue combatiente en el frente y luego ocupó importantes tareas en la retaguardia, en abierta discrepancia con las políticas llevadas adelante por la cúpula de la CNT-FAI decía en noviembre del `36: “Es necesario ganar la guerra. Pero no se ganará la guerra limitando el problema a las estrictas condiciones militares de la victoria. Es necesario antes que nada, tener cuenta de las condiciones político – sociales de la victoria. (…) Yo me he esforzado por conciliar las consideraciones actuales inherentes a las necesidades del momento histórico con las líneas de tendencia que no parecen apartadas de estas necesidades. (…) La política tomada en su acepción pura tiene sus necesidades propias, y el momento impone a los anarquistas españoles la necesidad de estudiar una política propia y adecuada. (…) Conciliar las necesidades de la guerra, con la voluntad de la revolución y las aspiraciones del anarquismo: he ahí el problema. Es necesario que este problema se resuelva”. [18]

Los referentes de la CNT-FAI, no sólo desatendieron estos lineamientos, sino que, como dijimos, por su caracterización del proceso, coartaron la posibilidad de transformar la situación latente de doble poder en la sustentación de un poder popular autogestivo con organismos diametralmente opuestos a la lógica instituida dominante. Y con esto fueron socavando el ímpetu y la efervescencia revolucionaria hasta llegar a los sucesos de mayo del `37 en Barcelona que muchos puntualizan como marco simbólico-práctico de entierro final del desarrollo emancipatorio y libertario para dar lugar a la guerra ya del Estado republicano prácticamente rearticulado y las fuerzas fascistas, que culminaría con el desenlace victorioso de las huestes del general Franco en 1939. “Sabíamos que no era posible triunfar en la revolución sino se triunfaba antes en la guerra, y sacrificamos todo por la guerra. Sacrificamos hasta la revolución, sin darnos cuenta que ese sacrificio implicaba también el sacrificio de los objetivos de la guerra”, [19] plantearía autocríticamente tiempo después, uno de los referentes de la CNT-FAI, Diego Abad de Santillán.

La mayoría de la militancia cenetista no estaba de acuerdo con las decisiones que venían tomando la cúpula confederal y por supuesto que ejercieron presión, pero como dice Josep Antoni Pozo González “esas presiones no tuvieron la fuerza suficiente”. [20] Y así, las decisiones de “arriba”, salvo por algunos decididos oponentes, terminaron llevándose puesta a la confederación entera. En este sentido, Gastón Leval señala el fiasco de la cima, de los “hombres conductores”: “Hablo de los militantes anarquistas notorios, de los que en el lenguaje corriente son llamados líderes. El anarquismo español los tenía, (…) estos militantes no han desempeñado ningún papel en la obra [constructiva revolucionaria]. Desde el principio fueron absorbidos por cargos oficiales que aceptaron pese a su tradicional repugnancia por las funciones de gobierno. La unidad antifascista les dictaba esta actitud. Era necesario acallar los principios, hacer concesiones transitorias. Permanecían al margen de la gran empresa reconstructora en la que el proletariado encontrará enseñanzas preciosas para el porvenir. Por cierto, les habría sido posible aportar algunos consejos útiles, exponer normas generales de acción y coordinación. No lo hicieron. ¿Por qué razón? Es que ellos fueron, sobre todo, demoledores. (…) No se improvisa una mentalidad constructiva capaz de discernir entre las contradicciones de una realidad fragmentada y armonizarlas con una visión de conjunto. (…) ¿Entonces cómo fue posible, a pesar de todo el éxito? [De las realizaciones revolucionarias, mientras duraron]. La razón (…) estuvo en la inteligencia positiva del pueblo. (…) Desde hacía largo tiempo los problemas de la reconstrucción social estaban a la orden del día. (…) La problemática de los hechos reales y la crítica de los sistemas económicos y políticos habían inducido permanentemente a la reflexión, en la que maduraban poco a poco ideas claras de revolución. (…) De todas estas actividades, de la lucha permanente que exigía hombres y mujeres llenos de voluntad para actuar, nació la capacidad del pueblo que ha permitido realizar la maravillosa obra de las colectividades agrarias y de las organizaciones industriales. En consecuencia, capacidad del pueblo. Es decir, inteligencia más voluntad, he ahí el secreto”. [21]

Una vez más suenan aquí los ecos, independientemente del nombre, de la idea del poder popular autogestivo como praxis autoinstituyente a la que el anarquismo español no le fuera esquivo. Sin embargo, y a través de las posiciones tomadas por sus “conductores” al decir de Gastón Leval, éste quedó sin resolver en términos de una nueva formación social de carácter integrador frente al alicaído Estado burgués en el contexto revolucionario iniciado el 19 de julio, planteando aquí también el déficit de cuadros revolucionarios de carácter integral.

¿Pero tenía la CNT algún lineamiento previo en este sentido? A pesar del ocultamiento en algunos casos y la ignorancia en otros, de parte de algunos investigadores, debemos decir que sí, y para eso nos remitimos a algunas de las resoluciones del ya mencionado programa de Zaragoza del 8 de mayo de 1936: “Hemos de pensar todos que estructurar con precisión matemática la sociedad del porvenir sería absurdo, ya que muchas veces entre la teoría y la práctica existe un verdadero abismo. (…) Al esbozar las normas del Comunismo Libertario, no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen. Aunque tal vez (…) creemos preciso puntualizar algún tanto nuestro concepto de revolución y las premisas más acusadas que a nuestro juicio pueden y deben presidirla”. Y luego de formular ciertas proposiciones tanto para un contexto revolucionario como para un nuevo marco de convivencia social establece: “En conclusión proponemos: La creación de la Comuna como entidad política y administrativa. La Comuna será autónoma y confederada al resto de las Comunas. Las Comunas se federarán comarcal y regionalmente, fijando a voluntad sus límites geográficos, cuando sea conveniente unir en una sola Comuna, pueblos pequeños, aldeas y lugares. El conjunto de estas Comunas constituirá una Confederación Ibérica de Comunas Autónomas Libertarias. Para la función distributiva de la producción y para que puedan nutrirse mejor las Comunas, podrán crearse aquellos órganos suplementarios encaminados a conseguirlo. Por ejemplo: un Consejo Confederal de Producción y Distribución, con representaciones directas de las Federaciones Nacionales de Producción y del Congreso anual de Comunas”. [22]

Se podrá estar o no de acuerdo, se podrá analizar sus posibilidades materiales, pero no se puede negar que programa había y resoluciones sobre cómo proceder ante una eventual situación revolucionaria y de qué manera instituir una nueva forma de articulación social también. Los anarquistas españoles tenían fuentes, simplemente sus referentes no las tomaron en cuenta. De hecho, acontecidos los sucesos que comenzaron a partir del 19 de julio (dos meses después de las resoluciones del Congreso) los anarquistas españoles, fundamentalmente en las zonas de su influencia, y en muchos casos conjuntamente con los trabajadores enrolados en la central obrera socialista UGT, fueron poniendo en ejecución parte de sus postulados aunque con algunas modificaciones, fruto de las características particulares del proceso y de las síntesis convergentes con otras líneas de intervención del mismo anarquismo español. Así “la socialización de la tierra y de la industria que siguió a la victoria revolucionaria del 19 de julio habría de apartarse sensiblemente de aquel idílico programa. Aunque en él se repetía continuamente la palabra “comuna”, el término adoptado para designar las unidades socialistas de producción fue el de colectividades. No se trató de un simple cambio de vocabulario (…)”. [23]

Efectivamente, “el principio jurídico de las colectividades era enteramente “nuevo”. No era el sindicato ni la alcaldía, en el sentido tradicional del término, como tampoco el municipio del Medioevo. Aún así, ellas estaban más cerca del espíritu comunal que del sindical. Las colectividades habrían podido llamarse con frecuencia comunidades (…) pues constituían realmente un todo en el que los grupos profesionales y corporativos, los servicios públicos, los trueques, las funciones municipales, quedaban subordinadas al conjunto, gozando no obstante de autonomía en su estructura, en su funcionamiento interno, en la aplicación de sus fines particulares. Pese a su denominación, las colectividades eran prácticamente organizaciones libertarias comunistas que aplicaban la regla: “de cada uno según sus fuerzas, a cada uno según sus necesidades”, fuese por la cantidad de recursos materiales asegurados a cada uno allí donde abolía el dinero, fuese por medio del salario familiar allí donde el dinero era mantenido. El método técnico difería pero el principio moral y los resultados prácticos eran los mismos. Esta práctica existía sin excepción en las colectividades agrarias; por el contrario, era poco frecuente en las colectivizaciones y socializaciones industriales debido a que la vida de la ciudad era más compleja y el sentido de la sociabilidad menos profundo. (…) La unificación comunal se completaba con la regional, de donde surgía la federación nacional”. [24]

Entonces, existió un programa, que sufrió algunas variables para llevarse a cabo, algo que incluso el mismo programa promovía cuando establecía que “no lo presentamos como un programa único, que no permita transformaciones. Éstas vendrán, lógicamente, y serán las propias necesidades y experiencias quienes las indiquen”. [25] Y así fue que materialmente fueron surgiendo colectividades y comités de diverso tipo, todo un abanico de construcciones instituyentes de poder revolucionario con distintos grados de integración, según el caso, dentro de una perspectiva general. Y sin embargo se optó por reforzar a la institucionalidad dominante y con ello sepultar las posibilidades de una nueva estructuración social. ¿Pero se plantearon otras alternativas?

Primero habría que puntualizar una característica específica del proceso español en la que concuerdan algunos analistas. Daniel Guérin dice que la revolución española, “a diferencia de la rusa, no tuvo necesidad de crear enteramente sus órganos de poder [soviéticos], La elección de soviets resultaba superflua debido a la omnipresencia de la organización anarcosindicalista (aunque podríamos agregar del sindicalismo en general), de la cual surgían los diversos comités de base”. [26]

Desde otra perspectiva, aunque coincidiendo en este punto, uno de los líderes del POUM, Andreu Nin, polemizando con sectores del trotskismo español y con León Trotsky en particular, planteaba en 1937: “En Rusia, con la creación de los soviets apareció la dualidad de poderes. De un lado los soviets, del otro el Gobierno Provisional. La lucha entre los dos poderes se terminó mediante la eliminación del Gobierno Provisional y la conquista del poder por los soviets. (…) La dualidad de poderes [en Rusia] apareció como resultado de la experiencia de unos soviets que, de simples comités de huelga que eran al principio, se convirtieron a causa de circunstancias particulares y específicamente rusas, en órganos embrionarios de poder proletario. ¿En qué consistían fundamentalmente estas condiciones particulares y específicas? En que el proletariado ruso, que no había pasado por una etapa de democracia burguesa, no poseía ninguna organización de masas, y por lo tanto, una tradición de ese tipo. Los soviets fueron los órganos creados por la revolución, en los que los trabajadores se agrupaban, y que se convirtieron automáticamente en un instrumento de expresión de sus aspiraciones. (…) En España la situación concreta es muy diferente. Los sindicatos gozan de un gran prestigio y una gran autoridad entre los trabajadores; existen desde hace muchos años, tienen una tradición y son considerados por la clase obrera como sus instrumentos naturales de organización. Esta circunstancia explica en gran medida que la revolución no haya creado organismos específicos de vitalidad suficiente para convertirse en órganos de poder. Por costumbre y tradición, el obrero de nuestro país se dirige al sindicato tanto en las situaciones normales como en los momentos extraordinarios. ¿Esto es bueno o malo? Es en todo caso la realidad. (…) Conviene señalar por fin que, incluso en los momentos de mayor esplendor de los comités, los sindicatos continuaron jugando un papel preponderante. No era [por ejemplo en Cataluña] el Comité Central de Milicias, sino los comités de las Centrales sindicales quienes trataban en primer lugar, las cuestiones más importantes”. [27]

Si bien estas definiciones dejan mucha tela para cortar, debemos decir que en España no podía vislumbrarse la posibilidad de constituir un organismo revolucionario que dispute y desplace al Estado al “museo de las antigüedades” sin tener en cuenta el arraigo de los sindicatos en la realidad del proletariado. Pero tampoco puede tenerse una visión mecánica en este sentido y dejar de lado cierta configuración dinámica por lo pronto en lo que respecta a las características de la CNT; siguiendo nuevamente a Daniel Guérin: “La doble base, industrial y rural, del anarcosindicalismo español, orientó el “Comunismo Libertario” por el propagado en dos direcciones un tanto divergentes, una comunalista y otra sindicalista (…) cuya simbiosis distaba de ser perfecta”. [28] De ahí, tal vez la heterogeneidad de los organismos que fueron surgiendo, fundamentalmente las colectividades.

Con respecto a estas últimas es interesante el análisis que hace el sociólogo francés René Lourau: “Las colectivizaciones constituyen un ensayo dinámico, un proceso de desinstitucionalización de la sociedad estatal por la acción de una forma alternativa que apunta a lo político a través de lo económico. (…) Desisnstitucionalización no es entonces sinónimo de un vacio, de una ausencia, de una carencia y aún menos de una renuncia a la lucha. Es la acción que apunta a la fuerza desnuda o arropada en legalismo de estado, a las formas creadas o garantizadas por la fuerza del Estado, y eso no “utilizando las armas del adversario”, sino forzando al Estado a aceptar las formas que destruyen al Estado: las formas de la socialización como proceso generalizado del conjunto de la vida social”. Aquí Lourau roza de alguna manera el concepto de poder popular autogestivo que venimos esgrimiendo, desde una idea de autogestión como hecho social general del que las colectividades en tanto institucionalidad alternativa, o como “contrainstitución” como él las denomina, serían su sustento; “la definición de contrainstitución se desprende de esta puesta en perspectiva histórica. Alternativa a las formas sacralizadas del orden existente (sagrado porque estatal), la colectivización gana en ímpetu al ser dirigida simultáneamente contra el capitalismo y contra el Estado. No es solamente una contrainstitución política, (…) tampoco es reductible a una unidad económica de base, (…) no es solamente ni principalmente municipalista o comunalista. (…) La colectivización se distingue no sólo por su amplitud macro-social, sino también por su carácter ofensivo, de ninguna manera pacifista. Las circunstancias, además no lo hubieran permitido”. Es cierto que en el corto plazo de su duración no lograron trascender todas las contradicciones inherentes al sistema capitalista pero “todo parece demostrar que las colectivizaciones eran en efecto, la respuesta ofensiva al desafío fascista, respuesta no ideológica o militar o económica o política en el sentido especializado de estas palabras, sino respuesta global, a la vez política, económica, militar e ideológica. La prueba más flagrante no es la desaparición de las colectividades a medida del avance del ejército fascista, sino la expedición destructiva de las tropas estalinistas del general Líster”. Y remata; “La desaparición gradual del Estado (…) bien puede afirmarse que no ha sido jamás constatada empíricamente. (…) La autogestión, por su parte, tiene el mérito de haber existido en forma de esbozo, como proyecto racional o movimiento revolucionario. Los dos conceptos que se han de confrontar no están entonces en pie de igualdad. (…) La desaparición gradual del Estado es, hablando en la vieja jerga filosófica, un concepto nominalista, que no hace existir la cosa por el simple hecho de ser producido intelectualmente. La autogestión en un concepto realista, existe, yo me he topado con ella”. [29] Lo concreto es, nuevamente, que estas construcciones (junto con las otras que fueron surgiendo) que pudieron haber prefigurado una situación de doble poder, no lo consolidaron al no haberse instituido un organismo de carácter general que las articule y que dispute claramente con el Estado republicano a los fines de su supresión y de la instauración de un organismo de nuevo tipo.

Ya para 1938 la organización “Los Amigos de Durruti”, agrupamiento iniciado por ex miembros de la columna Durruti, que fueron excomulgados del movimiento anarquista oficial por oponerse a la militarización de las milicias populares y por denunciar las políticas colaboracionistas de la cúpula de la CNT-FAI, lanzó un programa que se conoció como “Hacia una nueva Revolución” y que entre otras cosas establecía la constitución de una Junta revolucionaria o Consejo Nacional de Defensa en donde sus miembros serían elegidos democráticamente en los organismos sindicales, y que se encargaría de coordinar las milicias y las patrullas obreras para dirigir la guerra y de mantener relaciones internacionales, y siempre con control de las asambleas sindicales. Los sindicatos y sus federaciones a su vez se harían responsables de coordinar las actividades económicas a través de un Consejo Económico, así como se articularían con Municipios Libres que se encargarían de las funciones sociales que escapen de la órbita de los sindicatos.

Estos lineamientos, si bien toman en cuenta la primacía de los sindicatos como plantean Guérin y Nin, tratan de mixturar con planteo municipalista, aunque no deja de ser, según algunos analistas, todavía demasiado “sindicalista”. Así y todo al decir de Wayne Price, [30] es suficientemente cercano al programa de los consejos de obreros y campesinos que levantaba León Trotsky y los trotskistas españoles, (con los cuales Nin polemizaba aunque por cuestiones tácticas, no de fondo) pero con una gran diferencia. La defensa de Trotsky de los consejos/soviets era puramente instrumental, como herramienta para derrocar al Estado existente e imponer el “Estado de los trabajadores” (con todo lo que ello implica si tomamos en consideración la experiencia rusa donde los soviets terminaron totalmente subordinados a la lógica estatal sin que efectivamente se constituyeran en un organismo proletario posrevolucionario de nuevo tipo y para finalmente terminar desmantelados en los hechos) y no como la base para una nueva configuración social. En cambio Los Amigos de Durruti proponían una estructura democrática popular, no un Estado-Partido. Pero hacia 1938 ya era muy tarde. La revolución había sido derrotada políticamente y era sólo cuestión de tiempo hasta que los fascistas derrotaran a las fuerzas armadas republicanas en el campo de batalla.

Algunas conclusiones

Sea como fuere, lo que parece quedar claro, luego de todo el recorrido que intentamos hacer, es que el anarquismo español tuvo la posibilidad en tanto movimiento hegemónico, de torcer el rumbo del derrotero revolucionario hacia un panorama victorioso, si hubiera seguido sus propios paradigmas, contemplándolos de manera dinámica, de acuerdo a las circunstancias específicas de cómo se fueron desenvolviendo los hechos.

Dijimos que la CNT había elaborado un programa en el Congreso Confederal de Zaragoza de mayo del `36, en donde instituía como forma social de nuevo tipo una Confederación Ibérica de Comunas Libertarias. Dijimos además, que precipitados los hechos, luego del 19 de julio, el proceso revolucionario fue dando lugar a distintos organismos de poder que relegaban la idea unitaria y tal vez un tanto idealista de las Comunas Autónomas, proliferando en su lugar una heterogénea gama de colectividades, columnas milicianas, comités y consejos obreros-populares. Pero también vimos que a su vez, estas configuraciones instituyentes de poder social, no lograron sortear lo local o en el mejor de los casos lo regional, por lo que la situación latente de doble poder no pudo articularse en una real situación de dualidad, inestable, antagónica y efectivamente superadora de una institucionalidad estatal que se arrastraba por el piso.

Los anarquistas españoles, fundamentalmente sus referentes, pudieron haber echado mano de sus propios paradigmas y proyecciones en lo relacionado a la formación federativa, tomando el programa de Zaragoza y adaptándolo a las características del desarrollo del proceso, promoviendo una Confederación de Organismos Revolucionarios con representación democrática de acuerdo a la capacidad de influencia de las organizaciones que claramente buscaban una salida revolucionaria y que sienta las bases de una institucionalidad no estatal estructurada de abajo a arriba. Lamentablemente esto no ocurrió y ya vimos algunos de los por qué.

Lo que seguramente podremos extraer, luego de vislumbrar luces y sombras de esta gran gesta, y sobre todo para aquellos que en nuestros días nos situamos desde perspectivas libertarias de construcción y lucha emancipatoria, es la importancia de la confluencia entre la idea de construcción de poder en sus distintas combinaciones y de la materialización de ese poder en formas instituyentes, entendiendo que ni poder, ni institución son términos exclusivamente asociados a la dominación per se. En tanto ejercicio de relaciones sociales y en tanto constitución socio-histórica, no son escindibles de nuestro quehacer social. Por lo que para diseñar estrategias de intervención política con un horizonte transformador, necesariamente debemos articular estos conceptos y englobarlos en una praxis no dominante en donde subjetividad, imaginarios, acumulación de fuerzas y estructuras formen un todo coherente, de acuerdo al las claves del contexto del que se trate.

Para terminar y a modo de homenaje hacemos nuestras aquellas bellas palabras que en 1938 y ya promediando el desenlace de la guerra, exclamaba Emma Goldman: “La colectivización de las industrias y de la tierra se nos aparece como la más grandiosa realización de todos los periodos revolucionarios de la historia. Además, aunque Franco venza y los anarquistas españoles caigan exterminados, la idea que ellos han lanzado, seguirá viviendo”

Y tal es así que hoy, a 80 años, todavía seguimos levantando su legado como bandera.

Diego Naim Saiegh

Notas

[1] Michel Foucault. “Historia de la sexualidad 1. La voluntad del saber”. Siglo XXI Editores. Madrid, 1984.

[2] CILEP (Centro de Investigaciones Libertarias y Educación Popular) Colombia. “Anarquismo y Poder Popular” Extraído de anarkismo.net article/12227 (2009)

[3] Mijail Bakunin. Citado en “La filosofía política de Bakunin” de G.P. Maximoff. The free press, Glencoe, Illinois, 1953.

[4] Mijail Bakunin. “Oeuvres”, tomo VI, publicado por P.V. Stock. París, 1895/1913.

[5] “Sobre la hegemonía y la estrategia. Guía de acción para un colectivo anarquista” (M.G.) artículo aparecido alasbarricadas.org, Octubre 2013.

[6] Eduardo Colombo. “Historia del movimiento obrero revolucionario” (Compilación), Libros de Anarres, Buenos Aires, 2013.

[7] Pierre Broué y Émile Temime. “La revolución y la guerra en España” Fondo de Cultura Económica, México, 1973.

[8] Pierre Broué y Émile Temime. Op Cit.

[9] Jesús Aller. Reseña de “Poder legal y poder real en la Cataluña revolucionaria de 1936” de Josep Antoni Pozo extraído del portal rebelión.org el 2-09-2015

[10] Eduardo Colombo. “El Estado como paradigma de poder”. Revista Utopía, Buenos Aires, 1985.

[11] Cornelius Castoriadis. “Los dominios del hombre: Las encrucijadas del laberinto”, Barcelona, Gedisa, 1988

[12] Cornelius Castoriadis. “El avance de la insignificancia”, Buenos Aires, Eudeba, 1997.

[13] Cornelius Castoriadis. “La sociedad burocrática”, Barcelona, Tusquets, 1976.

[14] Errico Malatesta. “Pensiero e Volontá” 15 de junio de 1924. Reproducido en “Malatesta. Pensamiento y acción revolucionarios” Vernon Richards (compilador), Ed. Proyección, Buenos Aires, 1974.

[15] Mijaíl Bakunin. “Carta a los compañeros de la federación de las secciones internacionales del Jura (1872)” Reproducido en “The life of Michael Bakunin (…)” Max Nettlau, Edición Privada, Londres, 1896-1900.

[16] Wayne Price. “La abolición del Estado. Perspectivas anarquistas y marxistas” 1º edición. Buenos Aires, Libros de Anarres, 2012.

[17] Juan García Oliver, citado en “Enseñanzas de la Revolución Española” de Vernon Richards. Madrid, Campo Abierto, 1977.

[18] Camilo Berneri. “Cuidado con la curva peligrosa” articulo del 5 de noviembre de 1936 aparecido en la publicación “Guerra di clase”, Barcelona, 1936.

[19] Diego Abad de Santillán. “Por qué perdimos la guerra”. Buenos Aires, ed. Imán, 1940.

[20] Josep Antoni Pozo González. “Poder legal y Poder real en la Cataluña de 1936. El gobierno de la Generalitat ante el Comité Central de Milicias Antifascistas y los diversos poderes revolucionarios locales” Ediciones Espuela de Plata. Barcelona, 2012.

[21] Gastón Leval. “Ni Franco ni Stalin. (Las colectividades anarquistas españolas en lucha contra Franco y la reacción estalinista)”, Instituto Editorial Italiano, Milán, 1952.

[22] CNT. Congreso Confederal de Zaragoza, mayo de 1936. CNT, Toulouse, 1973.

[23] Daniel Guérin. “El anarquismo”, Ed. Proyección, Buenos Aires, 1973.

[24] Gastón Leval. Op. Cit.

[25] CNT. Op. Cit.

[26] Daniel Guérin. Op. Cit

[27] Andreu Nin. “Los órganos de poder y la revolución española” en Revue internationale du POUM, Nº 1, Barcelona-París, julio de 1937.

[28] Daniel Guérin. Op. Cit.

[29] René Lourau. “El Estado y el inconsciente. Ensayo de sociología política” Ed. Kairós, Barcelona, 1977.

[30] Wayne Price. “Por qué los anarquistas españoles perdieron la Revolución Española” Respuesta a “La Tradición Revolucionaria Anarquista” de Chris Day. Publicado en Love and Rage, Octubre/Noviembre de 1996. Traducción de José Antonio Gutiérrez D.

El makhnovismo y el anarquismo

Nota preliminar: Este es un fragmento del libro «Historia del Movimiento Makhnovista», escrito por Piotr Arshinov, que me pareció interesante rescatar ya que sigue siendo de actualidad, pese al contexto en que se escribió el libro. No obstante, en este fragmento se describen muchas semejanzas con el actual estado general del movimiento libertario y de buena parte del imaginario que hay en él. Sin más, os dejo que disfrutéis de su lectura.
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La idea del anarquismo abarca dos planos: el de las ideas propiamente dichas, la filosofía, y el de las realizaciones prácticas. Los dos están íntimamente ligados. La clase obrera en lucha está más cerca generalmente del lado concreto y práctico del anarquismo. Su principio esencial es el de la iniciativa revolucionaria de los trabajadores y su emancipación por medio de sus propias fuerzas. De este principio se siguen naturalmente el de la negación del Estado en la sociedad nueva y el de la autogestión de los trabajadores. Hasta el presente la historia de las luchas  proletarias no nos ha mostrado el ejemplo de un movimiento de las masas guiado por un espíritu anarquista puro. Todos los movimientos obreros y campesinos que se han desarrollado hasta aquí lo han hecho en los límites del régimen capitalista y no han estado más que superficialmente inspirados en el anarquismo. Esto es natural y comprensible. Las clases laboriosas viven, no en el mundo deseable, sino en el de la realidad y por ello están expuestas directamente a la acción física y psíquica de las fuerzas hostiles. Junto a la influencia de las ideas anarquistas, débil y limitada, los trabajadores sufren constantemente la influencia real y poderosa del régimen capitalista y de los grupos intermediarios.

Las condiciones de la vida moderna envuelven a los trabajadores de todas partes, como los peces son envueltos por las aguas del mar. Los trabajadores no pueden salir de ese ambiente. Por eso es natural que la lucha que sostienen lleve el sello de las diversas condiciones y particularidades de lo existente. Nunca ha podido nacer y manifestarse esa lucha bajo una forma anarquista claramente definida y corresponder a todas las exigencias ideales. Una forma semejante no seria posible más que en estrechos círculos políticos y aun entonces sólo en forma de planes y programas y no en la práctica. En cuanto a las masas populares, cuando entran en la lucha, sobre todo en una lucha de vastas dimensiones, cometerán, sin duda, errores que impliquen antinomias y desviaciones y sólo en el curso de la lucha podrán ajustar su línea de combate al ideal al que tienden. Ha sido siempre así. Lo mismo será en el porvenir. No importa con qué cuidado hayamos preparado las organizaciones y las posiciones de la clase obrera en tiempos de paz, desde el primer día de la lucha decisiva de las masas todo se hará en forma diferente a como lo hacía prever el plan elaborado de antemano; sucederá en ciertos casos que el hecho mismo de la acción de las masas desorganizará las posiciones preparadas; en otros casos las desviaciones y los choques inesperados harán necesario el cambio de las disposiciones tomadas. Y no será sino por grados que el vasto movimiento de las masas entrará en el camino que lleva al ideal.

Eso no quiere decir en modo alguno que la organización previa de las fuerzas y de las posiciones de la clase obrera no sea necesaria. Al contrario, es la condición esencial para la victoria de los trabajadores. Pero es preciso recordar que eso no es el coronamiento de la obra y que aunque haya sido realizado ese trabajo, el movimiento exigirá una gran perspicacia en todos los instantes y una facultad de orientación particularmente grande para acomodarse a las nuevas condiciones de la vida; en una palabra, será preciso dar pruebas de una estrategia revolucionaria de clase, la cual dependerá en un grado considerable el éxito del movimiento.

El ideal del anarquismo es grande y rico en su multiplicidad. Sin embargo el rol de los anarquistas en la lucha social de las masas es muy modesto. Su fin es ayudar a éstas a entrar en la vía justa de la lucha y de la edificación de la sociedad nueva. En tanto que el movimiento no haya entrado en la vía de la colisión decisiva, su deber es ayudar a las masas a darse cuenta de la significación de la lucha que les espera, a definir sus tareas y sus fines; deberá ofrecer su concurso para que éstas tomen las disposiciones de combate necesarias y organicen sus fuerzas. Si el movimiento ha pasado ya el período del conflicto decisivo, los anarquistas deberán entrar en él sin perder un minuto; deberán hacer todo lo que puedan para ayudar a las masas a liberarse de las desviaciones erróneas; deberán mantener su ímpetu en la dirección de los primeros ensayos creadores, servirles con el pensamiento, tratando de que la lucha entre en el verdadero camino que conduce a las aspiraciones esenciales de los trabajadores. En eso consiste el fin principal, por no decir único, del anarquismo durante la primera fase de la revolución. La clase obrera, en cuanto haya conquistado sólidas posiciones de lucha y de la edifcación social, no cederá a nadie la iniciativa del trabajo creador. Se dirigirá por su propio pensamiento, creará la sociedad nueva de acuerdo con su propio plan. Ese plan será anarquista o no, pero, lo mismo que la sociedad nueva, habrá surgido del trabajo libre, será modelado por el pensamiento y la voluntad del trabajo.

Al considerar el makhnovismo se destacan de inmediato dos aspectos esenciales del movimiento:

1) su carácter verdaderamente popular y su nacimiento proletario; el movimiento surgió de abajo, de la masa trabajadora; en su recorrido han sido sobre todo las masas populares quienes lo sostuvieron, lo desarrollaron y lo dirigieron;

2) a ello se debe el hecho de que desde sus primeros días se apoyó sobre algunos principios incontestables del anarquismo:

a) el derecho de los trabajadores a la iniciativa;
b) el derecho a la autogestión económica y social;
c) el principio del no estatismo en la edificación social.

En todas las fases de su desenvolvimiento, el makhnovismo ha mantenido esos principios con tenacidad y consecuencia. En nombre de esas ideas el movimiento ha soportado la muerte de doscientos mil o trescientos mil  de los mejores hijos del pueblo; ha rehusado entregarse a fuerza estatal alguna, ha sostenido durante tres años, en condiciones y en circunstancias difíciles y con un heroísmo poco común en la historia humana, la bandera negra de la humanidad oprimida, estandarte que simboliza la verdadera libertad de los trabajadores y la verdadera igualdad en el seno de la sociedad nueva. Vemos en el makhnovismo un movimiento anarquista de las masas laboriosas, no muy claramente definido, pero que aspira a cristalizar su ideal por la vía del anarquismo. Pero precisamente porque ese movimiento nació en las profundidades del pueblo no poseía los elementos teóricos indispensables en todo gran movimiento social. Esta carencia se manifestó entre otras cosas en el hecho de que el movimiento, frente a las condiciones generales, no llegaba a establecer a tiempo sus ideas y sus consignas, a elaborar sus formas prácticas concretas. Por eso avanzó lentamente y no sin esfuerzos, vistas las fuerzas enemigas múltiples que lo atacaron.

Era de esperar que los anarquistas, que habían hablado tanto de un movimiento revolucionario de las masas, que lo habían esperado durante años como la venida de un nuevo Mesías, se apresurarían a unirse al movimiento, a incorporarse y a fundirse en él. Pero fue de otro modo. La mayoría de los anarquistas rusos, que habían seguido la escuela teórica del anarquismo, permaneció en sus círculos aislados, sin razón alguna de ser en ese momento, discutiendo la naturaleza de ese movimiento sin hacer nada y tranquilizando sus conciencias con la idea de que el movimiento no parecía ser puramente anarquista. Sin embargo su aporte al movimiento insurreccional, sobre todo en el instante en que el bolchevismo no había tenido aún tiempo de obstaculizar su desarrollo normal, habría podido ser de un valor incalculable. La masa tenía una necesidad infinita de militantes que supiesen formular las ideas que la animaban, que supiesen definir y elaborar las formas y la marcha ulterior de la revolución. Los anarquistas no quisieron hacerlo. Causaron de ese modo un daño inmenso al movimiento y a sí mismos. Al movimiento porque no pusieron a su servicio sus fuerzas de organización y de cultura, lo que hizo que se desarrollara lenta y dolorosamente, con ayuda de los pobres recursos técnicos de que disponían las masas populares; a sí mismos porque perdieron mucho al quedar fuera de la actualidad y condenarse a la inactividad y a la esterilidad.

Nosotros nos creemos autorizados a decir que los anarquistas rusos, dormitando en sus círculos, dejaron pasar bajo sus ojos un movimiento grandioso de masas, el único hasta este día que, en la revolución actual, pareció realizar las aspiraciones históricas de la humanidad oprimida. Pero encontramos al mismo tiempo que ese hecho deplorable no tuvo lugar fortuitamente, que fue causado por razones determinadas que importa considerar con alguna atención. Una gran parte de nuestros teóricos pertenece por sus orígenes a la intelligentzia. Esa circunstancia es de una gran signifacación. Aun colocándose bajo el estandarte del anarquismo, muchos de ellos son sin embargo incapaces de romper definitivamente con el medio en que han nacido. Habiéndose ocupado de la teoría del anarquismo más que el resto de los camaradas llegaron gradualmente a convencerse de su rol de líderes del mundo anarquista y acabaron por creer que el movimiento anarquista mismo iría a la acción según sus indicaciones o al menos con su concurso dirigente inmediato. Ahora bien, el makhnovismo comenzó bien lejos de ellos, en una provincia lejana y en las capas más profundas de la sociedad moderna. Algunos solamente, entre los teóricos del anarquismo, tuvieron la sensibilidad y el coraje necesarios para reconocer que ese movimiento era precisamente aquel que el anarquismo había preparado desde hacia mucho, y se apresuraron a ir a su encuentro. Seria justo decir también que de todos los anarquistas “intelectuales” y teóricos, Volin fue el único que participó en el Movimiento Makhnovista con entera decisión, poniendo a su servicio todas sus aptitudes, fuerzas y conocimientos. El resto de los teóricos del anarquismo quedaron al margen.

Esto naturalmente no podría significar nada ni contra el makhnovismo ni contra el anarquismo, sino solamente contra los anarquistas y las organizaciones anarquistas que, en el momento histórico en que el movimiento social de los campesinos y de los obreros se manifestaba en todo su vigor, permanecieron pasivos y confundidos sin saber si acercarse o no a su propia causa, precisamente cuando se les presentaba revestida de carne y de sangre y llamaba a sus filas a todos aquellos a quienes eran caras la libertad del trabajo y las ideas del anarquismo. Otro rasgo aun más importante de la impotencia y la inactividad de los anarquistas es el desorden reinante en cuanto a las ideas y a la organización.

A pesar de que el ideal del anarquismo sea poderoso, positivo o incontestable, se encuentran en él muchos lugares comunes, y no pocas abstracciones y vaguedades y también desviaciones, permitiendo la posibilidad de que existan las más diversas interpretaciones de su pensamiento y de su programa práctico. Así muchos anarquistas derrochan hasta el presente sus fuerzas en tratar de resolver la cuestión de saber si el problema anárquico consiste en la liberación de las clases sociales, de la humanidad o de la personalidad. Ésta no es más que una vana cuestión de palabras, pero sin embargo tiene su base en algunas posiciones vagas del anarquismo y da libre curso a los abusos en el dominio de la idea anarquista primero y de la práctica anarquista luego.

La teoría anarquista de la libertad personal, lejos de estar aún sufi cientemente esclarecida, deja un vasto campo a los malentendidos. Evidentemente los hombres de acción, que poseen una voluntad firme y un instinto revolucionario fuertemente desarrollado, verán en la idea anarquista de la libertad personal ante todo la idea del respeto hacia la personalidad ajena, la idea de la lucha infatigable por la libertad anarquista de las masas. Pero los que no conocen la pasión de la revolución y los que piensan en primer lugar en las manifestaciones de su propio “yo” comprenden esa idea a su modo. Cada vez que se discute el problema de organización práctica, de responsabilidad, dentro de la misma organización se escudan en la teoría anarquista de la libertad personal y fundándose en ella, tratan de sustraerse a toda responsabilidad. Cada cual se retira a su oasis, imagina su obra y predica su propio anarquismo. Las ideas y los actos de los anarquistas son pulverizados así en átomos mínimos.

De tal estado de cosas resulta un gran número de diferentes sistemas prácticos preconizados por los anarquistas rusos. De 1904 a 1907 hemos visto los programas prácticos de los Besnachaltzy [los “Sin autoridad”] y de los Chernoznamentzy [“La bandera negra”] que predicaban las expropiaciones parciales (la toma individual) y el terror general como método de lucha anarquista. Es fácil ver que esos programas no podían significar nada más que la expresión de las inclinaciones particulares de personas que se encontraban mezcladas al anarquismo por casualidad y que no eran posibles más que a consecuencia del débil desarrollo del sentimiento de la responsabilidad hacia el pueblo y la revolución. Últimamente hemos visto aparecer una gran cantidad de teorías, en algunas de las cuales se nota cierta tendencia hacia la autoridad estatista y la dirección autoritaria y centralizadora de las masas, mientras en otras se rechaza todo principio de organización y se proclama la libertad absoluta de la personalidad y otras aun se preocupan de aspiraciones demasiado “universales” del anarquismo, que en realidad no son más que simulaciones para esquivar las arduas obligaciones del momento histórico.

He aquí por qué cuando el movimiento popular constituido por el makhnovismo brotó de las capas profundas del pueblo, los anarquistas se encontraban tan débiles y poco preparados. El anarquismo no significa misticismo, ni vanas palabras sobre lo bello, ni tampoco un grito de desesperación. Su grandeza depende ante todo de la consagración a la causa de la humanidad oprimida. Lleva en sí la aspiración a la verdad de las masas; su heroísmo y su voluntad representan en este momento la única doctrina social sobre la cual las masas pueden apoyarse con confianza para dirigir su lucha.

Pero para justificar esa confianza no basta que el anarquismo sea una gran idea y los anarquistas sus representantes platónicos. Es preciso que los anarquistas tomen constantemente parte en el movimiento revolucionario de las masas y eso en calidad de obreros. Sólo entonces respirará ese movimiento la atmósfera verdadera del ideal anarquista. Nada se consigue en el mundo gratuitamente. Toda causa exige esfuerzos y sacrificios constantes. El anarquismo debe encontrar una unidad de voluntad y una unidad de acción, obtener una noción exacta de su rol histórico. El anarquismo debe penetrar en el corazón de las masas, fundirse con ellas.

La esencia del makhnovismo resplandecía con el fulgor del anarquismo y sugería involuntariamente la idea de este último. Fue entre todas las doctrinas la que prefirieron los guerrilleros. Muchos de ellos se titulaban anarquistas, sin renunciar a ese título ni ante la muerte. Y al mismo tiempo el anarquismo dio al makhnovismo algunos militantes admirables que, con amor y abnegación, pusieron sus fuerzas y sus conocimientos al servicio de ese movimiento. Ese cruce de los destinos del anarquismo y del makhnovismo comenzó hacia mediados de 1919. Fue sellado en el verano de 1920 por el ataque simultáneo, que dirigían los bolcheviques contra los makhnovistas y los anarquistas en Ucrania y subrayado de una manera particularmente brillante en octubre de 1920 en el momento del acuerdo militar y político entre las autoridades soviéticas y las makhnovistas, cuando estos últimos exigieron, como condición absoluta del acuerdo, que todos los makhnovistas y anarquistas fuesen liberados de las prisiones de Ucrania y de la Rusia Central, y que se les concediese libertad completa para profesar y proclamar sus ideas y sus teorías.

Anotemos por orden cronológico la participación de los anarquistas en el Movimiento Makhnovista. Desde los primeros días de la revolución de 1917 se formó en Guliay Polié un grupo de anarquistas comunistas que desarrolló un trabajo revolucionario considerable en la región. De ese grupo salieron después los militantes y los conductores más notables del makhnovismo: N. Makhno, S. Karetnik, Marchenko, Kalachnikov, Liuty, Grigori Makhno, etc. Ese grupo estuvo íntimamente ligado con los comienzos del Movimiento Makhnovista. Hacia fines de 1918 y comienzos de 1919 se formaron otros grupos en la región y trataron de ponerse en relación con el makhnovismo. Sin embargo algunos de esos grupos, como por ejemplo en Berdiansk y en otras partes, no estaban a la altura de la situación y no podían ser sino perjudiciales al movimiento. Afortunadamente el movimiento era de tal modo sano que los pasó por alto.

En los primeros meses de 1919 Guliay Polié albergó ya, no sólo a los militantes campesinos del lugar, anarquistas tan notables como Makhno, Karetnik, Marchenko, Vasilevsky y otros, sino también a algunos que habían llegado de ciudades distantes y que representaban a ciertas organizaciones anarquistas: Burbyga, Mikhalev-Pavlenko, etc., trabajaban exclusivamente entre las tropas insurreccionales del frente o de la retaguardia. En la primavera de 1919 varios camaradas llegaron a Guliay Polié para entregarse principalmente a la organización de los asuntos de la cultura y de la instrucción en la región: crearon el periódico Put k Svobode, órgano fundamental de los makhnovistas y fundaron la Asociación de los Anarquistas de Guliay Polié que se dedicó a la propaganda en el ejército y entre los campesinos.

Al mismo tiempo se fundó en Guliay Polié un grupo anarquista asociado con la federación Nabat. Trabajó en contacto estrecho con los makhnovistas en el dominio cultural e hizo aparecer el periódico Nabat. Poco después esa organización se fundió con la Asociación de los Anarquistas de Guliay Polié en un solo cuerpo. En el mes de mayo, treinta y seis obreros anarquistas llegaron de Ivanovo-Voznesensk a Guliay Polié; entre ellos se encontraba Cherniakov y Makeev. Una parte de ellos se instaló en la comuna anarquista situada a siete kilómetros de Guliay Polié; otros se entregaron a trabajos de cultura en la región, otros entraron en el ejército insurreccional.

En el mes de mayo de 1919 cuando la Confederación Nabat,que era la más activa de todas las organizaciones anarquistas de Rusia, se dio cuenta que el flujo principal de la vida revolucionaria de las masas estaba en la región de los guerrilleros. A comienzos de junio de 1919 envió a Guliay Polié a Volin, a Mrachny, a Josif, El emigrado y a varios otros militantes más. Se tenía la intención de transportar a Guliay Polié las instituciones principales de la Confederación después de las sesiones del congreso extraordinario de los obreros y campesinos convocados por el Consejo Militar Revolucionario para el 15 de junio. Pero el ataque simultáneo contra la región por parte de Denikin y de los bolcheviques no permitió poner en ejecución este proyectó. Mrachny fue el único que pudo llegar en ese momento a Guliay Polié, pero se vio obligado, a consecuencia de la retirada general, a regresar al punto de donde había venido, uno o dos días después de su llegada.

En cuanto a Volin y sus compañeros, no pudieron abandonar Ekaterinoslav y sólo en agosto de 1919 lograron unirse cerca de Odessa al Ejército Makhnovista en plena retirada. Los anarquistas se mezclaron pues al movimiento tarde, cuando su desarrollo normal había sido ya interrumpido, cuando había sido arrojado violentamente de las bases del trabajo de edificación social y cuando, bajo la presión de las circunstancias, había entrado principalmente en la vía de la acción militar.

Durante el período que se extiende desde fines de 1918 hasta el mes de junio de 1919, las condiciones para un trabajo positivo en la región habían sido más favorables: el frente había quedado a doscientos o trescientos kilómetros de distancia, cerca de Taganrog, y la población de la región, de varios millones de habitantes diseminados a través de ocho o diez distritos, se encontraba abandonada a sí misma.

Pero a partir del verano de 1919 los anarquistas no podían trabajar ya más que sobre el terreno de las operaciones militares, bajo un fuego continuo, obligados a cambiar de lugar todos los días. Los anarquistas que se habían unido al ejército hacían todo lo que podían en ese medio. Unos, como Makeev y Kogan, tomaron parte en la acción militar; la mayoría se ocupaba de trabajos culturales entre los insurrectos y en las aldeas que atravesaban los makhnovistas. Pero ése no era un trabajo verdaderamente creador, en el sentido real y vasto de la palabra. La atmósfera saturada de combates la había reducido principalmente a una propaganda volante. Era imposible pensar en una obra de creación, en una obra positiva. En algunos casos, como por ejemplo después de la toma de Aleksandrovsk, Berdiansk, Melitopol y otras ciudades, los anarquistas y los makhnovistas tuvieron la posibilidad –por un tiempo por lo demás muy restringido– de plantear los esbozos de un trabajo más profundo y más vasto. Pero luego llegaba por una parte o por otra una ola militar que lo arrasaba todo; y de nuevo era preciso limitarse a una propaganda sumaria entre los guerrilleros y los campesinos.

Las condiciones en aquel momento eran claramente hostiles a un vasto trabajo creador entre las masas. Algunos individuos que no habían participado en el movimiento o que no lo hicieron más que durante un tiempo breve, llegaron a erróneas conclusiones fundadas en la experiencia de aquel período, de que el makhnovismo era de carácter militar, que se preocupaba demasiado por esos aspectos y muy poco por el trabajo creador entre las masas, pero, en realidad, el período militar en la historia del makhnovismo no fue de ningún modo el producto de su esencia misma, sino sólo de las condiciones exteriores, tales como las que se plantearon desde mediados de 1919.

Los bolcheviques han tenido en cuenta la significación del Movimiento Makhnovista y la situación del anarquismo en Rusia. Sabían que él, privado de contacto con un movimiento popular de una importancia tal como el makhnovismo, carecería de base y no podría ser más que un fenómeno inofensivo sin peligro para ellos. Y viceversa, comprendieron bien que el anarquismo era la única concepción social sobre la cual podía apoyarse el makhnovismo en su lucha implacable contra el bolcheviquismo. He ahí por qué no ahorraron esfuerzo alguno para separar un movimiento del otro. Y es preciso reconocer que persiguieron ese objetivo con gran energía: han puesto al makhnovismo fuera de toda ley humana. En Rusia y particularmente en el extranjero los bolcheviques se comportan como si ese hecho fuera natural y no debiera despertar ninguna duda y como si sólo los ciegos o los que nada conocen de Rusia pudieran vacilar en reconocer la justa y razonable medida adoptada.

En cuanto a la idea anarquista, no ha sido declarada oficialmente ilegal; pero los bolcheviques califican todo acto revolucionario de los anarquistas, todo acto de honestidad vehemente o cometido por ellos, como makhnovista y con un aire de naturalidad, como si no pudiera ser de otro modo, los arrojan al calabozo, o les cortan la cabeza. En suma, el makhnovismo y el anarquismo, que no consienten en humillarse ante los bolcheviques, son tratados de la misma manera.

Apuntes sobre el debate “De la crítica institucional a la práctica de la calle”

El pasado viernes 12 de febrero, el Banc Expropiat había invitado al colectivo Equilibrismos para realizar un debate que titularon “De la crítica institucional a la pràctica del carrer”.

La introducción fue a cargo de uno de los miembros del espacio, que nos explicaba el porqué: superar la crítica a los partidos que habían decidido hacer el asalto institucional, después de lo que marcó el 15M y los límites de este. Como en el texto del cartel que invitaba al debate, el objetivo era pasar página de este y demostrar que la mejor crítica, es la práctica.

Seguidamente hablaron los dos miembros de Equilibrismos. En primer lugar se señaló la importancia de cómo y para que hablar de las instituciones, tomando como punto de partida la superación de las lógicas del capitalismo, sin tomar un punto de vista cientifista y/o dogmático. Atendiendo a las necesidades y a las condiciones de cada momento, a la vez que entendemos que hay una distancia entre el deseo de cómo actuar y la realidad, que es diferente.

Tomando el 15M como un hecho muy relevante, por ser el fenómeno de acción colectiva más multitudinario en años, el colectivo entiende este no como un sujeto, sino como un proceso o conjunto de estos, que no empieza el 15 de mayo. Sobre cuando termina, depende de la perspectiva que se tome (con la formación de los nuevos partidos o con la descentralización de las grandes plazas, o aun no ha terminado, etc. También es importante el hecho de que, aunque las acampadas empiezan en Madrid, se replican por todo el Estado, reproduciéndose en varios focos.

Lo catalogan como un movimiento de aspiraciones y discurso de clase media (especialmente en sus inicios) si se recuerda a sus impulsores (Democracia Real Ya, Nolesvotes, Juventud Sin Futuro, etc.) que apuestan por medidas como la reforma en las leyes electorales, el rechazo a los “extremos”, etc. Un ejemplo es la típica crítica al trabajar en un establecimiento de comida rápida como precario: lo que se critica no es el hecho de que exista un trabajo así, sino que por los estudios propios acaban en este tipo de trabajo que no les corresponde.

Así que existe una ruptura con los sujetos de transformación social anteriores que luchaban por cuestiones inmediatas, como el movimiento obrero y se apela al ciudadano. El ciudadano es presentado como una persona con igualdad de obligaciones y derechos, en las que a partir de una crítica rápida, podemos ver como colectivos como las personas sin papeles quedan rápidamente excluidas. Por otro lado, lo que se pide es que el Estado cumpla sus obligaciones, en vez de cubrir las necesidades por si mismos.

En el 15M no existen análisis fundamentados, pero aparecen aspectos que los autores creen relevantes, pues el mismo acto nace como una protesta contra la represión, y se abren procesos colectivos muy fuertes. Reactiva y pone en marcha luchas como la de la vivienda. Se realizan acciones en la calle, asambleas, etc. no exentas de contradicciones, pero, ¿para qué? El colectivo resalto la importancia de no caer en un tradicionalismo de hacer las cosas por inercia. El hecho de funcionar de maneras concretas nos tiene que hacer argumentar el porqué funcionamos así. Por otro lado lo que supuso también fue la ruptura de la endogamia (permanecer en grupos cerrados) de los movimientos sociales y se innovó en debates antes muy estigmatizados como el campo de la ocupación. Algunos aspectos que subrayaron fueron los siguientes:

-Las marchas de la dignidad, en las que se coordinaron (y confrontaron) varios grupos, y en las que Podemos estuvo a punto de no participar.

-El discurso de la madurez política, en las que se justifico la entrada en las instituciones por una cuestión de madurez política vs la calle como un espacio infantil.

-La hegemonía cultural, que se pone en duda. Afirmaron que hacerlo desde las instituciones es inoperativo y que es más eficaz en un centro social de barrio. Las fuerzas políticas se adaptan a su electorado, que además se trata de una falsa mayoría electoral y una falsa capacidad de gobernar).

Entonces existen dos posibles ejes de debate: las oportunidades del fracaso del asalto electoral, y que posibilidad de cambios hay hoy en las instituciones (refiriéndose a forzar cambios desde fuera, como cambiar o tumbar una ley mordaza desde la calle, etc.)

El segundo ponente de Equilibrismos planteó que Podemos no era ajeno al 15M, y que en Madrid en sus inicios era muy obvio, criticando la visión de un anarquismo que vería estos partidos como una apropiación de un movimiento puro. La justificación del asalto institucional sería un techo de cristal en las movilizaciones desde la calle, que generarían frustración y entonces se intentaría poner estas al servicio de la gente. Comentó que lo que está intentando hacer Ahora Madrid* es una táctica similar a lo que se ha llamado “aguirrismo democrático”, usar la infraestructura de las instituciones para construir una sociedad civil afín.

El 15M surge de un vacio, de una cultura de la derrota en los grandes movimientos de contestación de las últimas décadas (así que es difícil pedir). No se salió de la OTAN, no se paro la guerra, no funcionaron el movimiento estudiantil ni las huelgas generales… Así que con el paso del tiempo, el 15M se erosiona y acaba siendo una cosa minoritaria y una identidad política más (están los rojos, los anarquistas, los quinzemayistas).

Pero lo importante, el análisis principal, es el sedimento. La perspectiva general dentro de los movimientos revolucionarios, especialmente el anarquismo, es que el objetivo es intentar aumentar el conflicto. Lo que pasa es que las luchas tienden a ser cíclicas, nacen, crecen, se estancan o mueren (habiendo ganado o no). Así que es importante estar en las diferentes luchas, para disputar el sedimento (los símbolos, las prácticas, etc.) porque existe un margen de lucha como por ejemplo demostrar que las asambleas sirven como método, luchar contra las separaciones ficticias que nos construye el capitalismo y el género, etc.

Del 15M, lo que ha durado han sido espacios físicos y luchas concretas, no la práctica de hacer grandes debates. No se estaba construyendo un movimiento con el que imponer y conseguir conquistas. Seguidamente el ponente recuerda que no están ofreciendo una visión de la ética de los medios sin los fines. Los métodos sirven si son capaces de ganar. Y lo que valoran es que el 15M no tenía una gran demanda (a diferencia de las primaveras árabes donde había luchas concretas como derrocar a uno u otro dictador). A corto plazo no agrupaba a la gente, iba desgastándose, pero a la vez su formato hizo que se expandiese en el tiempo y muchas plazas y espacios.

A partir de aquí plantean una visión pesimista en lo económico y social: las cosas van a ir a peor, y no vamos a recuperar nunca el pasado. De hecho ya se rumorea la posibilidad de una nueva crisis, si es que hemos salido de esta. También señalan que unida a la económica, existe una crisis de expectativas, que es lo que a nivel discursivo reproducía el 15M, una clase media empobrecida. Pero es que antes había gente que estaba jodida, y ahora lo esta mucho más. Entonces la pregunta es porqué la gente se ha articulado en la lucha de la vivienda y no en la laboral, ante un panorama donde aumentaran las “poblaciones superfluas”: aumentaran los guetos, suburbios, favelas, banlieues, el subempleo y el paro será crónico, los trabajos de mierda y aumentaran las deudas y los trapicheos. El Estado del Bienestar (si aquí hubo alguna vez) se ira retirando. Entonces el eje se va a desplazar del salariado a la reproducción social, más que un eje trabajador-patrón, y habrá una feminización de las luchas.

Por otro lado señalaron la situación actual como un contexto (salvando las distancias) con los años ’60 del siglo pasado, que precedieron al movimiento obrero de los ’70, que fue desactivado e integrado en la Transición, estando quizás delante de lo que serian unas nuevas comisiones obreras (en su espíritu original), pero esta vez a partir de la vivienda, en las PAH. También cabe plantearse el porqué de los discursos actuales de una “segunda Transición”. Así que imitando un poco los afectados por la hipoteca, una posible propuesta son las redes de solidaridad en el trabajo.

Hay que pensar también en la diferencia entre consciencia y politización (lo que el ponente llamó, el tremendo abismo), que no es un camino fácil. Ante el fracaso hablan de dos tipos de respuestas, “el vale todo” y porque nuestras aspiraciones están lejos, y el pesimismo en el que cualquier acto es inútil, y por lo tanto “no se hace nada” por luchar.

Las revoluciones, por lo tanto, son consecuencia de lazos políticos, vínculos, sociabilización. Estos no aseguran nada, pero son imprescindibles para estas, para poder conseguir las confrontaciones que buscamos y en situaciones de crisis, poder ir más allá y superar las estructuras dominantes. El comunismo/anarquismo/socialismo (etc.) es una forma de vivir, pero solo se puede vivir en este, y vivirlo ahora genera gueto y/o frustración.

Sin embargo, concluye el segundo ponente de equilibrismos, hay margen de conseguir modos de funcionar superar las condiciones existentes. A partir de entonces empezó el debate.

Se habló de la falta de acuerdo en el 15M era fruto de no haber un sujeto y un objetivo claro, cosa que si que hay en por ejemplo, la PAH. En otros campos, como el laboral es difícil organizar planteamientos similares. ¿Cómo hacerlo? Se comentó que la PAH genera lazos sociales muy potentes y que, según las experiencias del participante en el debate, en el mismo WhatsApp se podía ver un apoyo muto continuo en relación a necesidades (superando el tema de la vivienda, como por ejemplo arreglar electrodomésticos, según las diferentes habilidades y capacidades de las personas) que el neoliberalismo ha roto.

Otra persona opinaba que el sindicato no podrá reconstruirse tal y como lo tenemos en la cabeza (CNT histórica), y que se tenderá a redes de solidaridad.

Se habló del concepto de la tasa de ganancias en el contexto capitalista: si en una época los salarios no bajan, esta se mantiene obteniendo beneficios por otros lados.

Se formuló también la pregunta de cómo conseguir una sociabilidad densa, y se comento que quizás la clave es centrarse en luchas por necesidades específicas, en un espacio concreto (poniendo de ejemplo el mismo Banc Expropiat) pues la identidad se crea con la práctica. Se habló de recuperar las asambleas de “bocadillo”, aquellas que duran el tiempo de descanso entre las compañeras de trabajo y la importancia de crear redes de solidaridad. También se comentó que llegaremos a un punto en que casi cualquier lucha reformista tendrá que ser rupturista porqué el sistema será totalmente insostenible. El debate giró en torno a si era posible entonces trasladar el modelo de la PAH al mundo laboral.

Por otro lado una persona de sexo femenino comento que se había sorprendido en la charla por la presencia casi totalmente masculina (y los colores negros que vestíamos). Se hizo una crítica a la figura/sujeto del trabajador como una persona masculina, y se habló de la feminización de la pobreza. De hecho, el sujeto obrero industrial es una figura en desaparición, y aunque sigue existiendo, no podemos tomar sus luchas (Coca Cola, Panrico) como modélicas. También se debatió acerca de poner el foco en la reproducción social superando el ámbito laboral, citando la iniciativa de la Vaga de Totes, que finalmente no cuajo y no tuvo mucho apoyo de ningún sindicato.

Finalmente se habló de formación y comunicación. De la necesidad de adaptar el lenguaje a la gente que no se ha socializado en nuestros espacios y de la necesidad de la formación para la práctica. Se hablo aquí también de las experiencias en las luchas por la vivienda en el barrio de Gràcia (en la que no se había podido generar una red solidaria ya que una vez que la gente había okupado no se implicaba) y la OFIAM.

@a_bandazos

Sobre la cuestión del Poder y Estado

La concepción anarquista del poder, lejos de estar resuelta, deja una serie de lagunas cuando tratamos de aplicarla en los análisis de la realidad material. En concreto, cuando nos encuentramos con dilemas tales como Estado y Administración, poder y dominio o incluso entre tomar el poder y ejercerlo o abolirlo. Todos estos matices y dudas conllevan directrices poco claras y ambiguas dentro de los movimientos libertarios y autónomos que en los momentos de disputa revolucionaria salen a relucir ayudando a nuestra derrota.

El anarquismo a menudo ha tratado el poder como un ‘todo’, es decir, reduciéndolo a un concepto más al que añadir a la lista de cosas con la que hemos de estar automáticamente en ‘contra’, ya que si no dejaríamos de ser anarquistas. De esta manera se está reduciendo cualquier analisis crítico a una cuestión binaria de malo o bueno, que es de carácter moral más que táctico.

En la cuestión del poder, el anarquismo suele caer en el campo del ‘negacionismo’, negando a veces que eso pudiera darse entre anarquistas o que exista un poder propio, un poder ejercido por nuestras organizaciones y movimientos en los momentos de hegemonía libertaria. Pensamos que esto es una candidez, cuando no un auto-engaño, que lleva a no saber leer los momentos, y por tanto a no saber atajar los problemas y a no ofrecer soluciones que consigan llevarnos al socialismo libertario. La conclusión es que se está produciendo una confusión entre dominación y poder y que nuestro movimiento históricamente falló en aclarar y sistematizar para realizar una propuesta coherente con nuestros objetivos.

Este abandono de la teorización del poder dejaba el camino abierto para quien tuviera una teorización ya hecha sobre esos ‘momentos de poder’ (ya fuera en una revolución, una insurrección, una huelga, una toma de medios de producción, una guerrilla campesina, etc.) dándole una clara ventaja en caso de darse una de estas situaciones. Sin esa teorización no podemos esperar que la ideología resuelva todas las situaciones de realidades cambiantes. Tampoco debemos olvidar que la teoría bebe de la relación entre la realidad y la ideología. Sin hacer caso a la realidad que nos rodea, la teoría no sirve de nada. Cuando los principios ideológicos chocan con la realidad, lo que quiebran son estos principios. Si entendemos como referencia a la ideología, la teoría debe ser la parte complementaria que nos ayudará a actuar en esa realidad.

Asumir estas debilidades es un ejercicio de madurez política que nos puede hacer crecer como opción politica real para conseguir nuestro objetivo último de establecer una sociedad profundamente libertaria. Este es el objeto de este artículo que pretende abrir debate sobre el poder, su conquista y su administración, y los momentos de transición hacia la sociedad libertaria, que son básicos para una teoría revolucionaria.

La práctica histórica

De la experiencia socialista o de los socialismos del pasado siglo y medio podemos observar algunos rasgos característicos. El primero es que todos los movimientos partían de un movimiento popular organizado, que normalmente se trata de lo que conocemos como movimiento obrero, otras veces era el campesinado y otras veces una alianza entre el proletariado y las clases medias (estudiantes, artesanado, profesionales liberales, comerciantes, etc. que el marxismo denominaba «pequeña burguesía»). Estos grandes movimientos populares estaban impulsados, organizados y cohesionados por una fuerza político-social de tendencia socialista revolucionaria, ya fuera ésta un partido, un sindicato o incluso una guerrilla.

Desde la Comuna de París de 1871 hasta las huelgas obreras autónomas de los años 1970’s el llamado sujeto revolucionario fue inequívocamente el proletariado organizado. En la mayoría de los procesos revolucionarios las sociedades resultantes se parecían bastante entre sí, independientemente del tipo de socialismo que la impulsara. La excepción la conformarían las revoluciones impulsadas por los socialismos totalitarios (imponiendo un estado policial y un control social asfixiante). Así pues, la Comuna de París, los primeros Soviets en Rusia, Kronstadt, los Consejos obreros alemanes, las ciudades tomadas por las grandes huelgas generales (Ancona, Seattle, Limerick, Buenos Aires, Barcelona, Saint Denis…), la insurrección de Rio de Janeiro, el Consejo de Turín, la Revolución de Asturias o la españa de las colectivizaciones… (y si queremos podemos llegar hasta los años 70) todas tienen unos rasgos comunes que las hacen parte de la misma tradición. Son manifestaciones del movimiento obrero y no de una ideología en concreto. A pesar de la influencia libertaria la vida en una Barcelona de la revolución de 1936 no podría ser muy distinta de la vida en la Munich de 1919 o en la Turín de 1920 a pesar de su influencia socialista y comunista.

Igualmente las revoluciones del campo como la de la Ucrania Makhnovista o la Morelos de Emiliano Zapata se parecen bastante a las sociedades que producían otras fuerzas como la Antonovshina del Tambov, la Siberia de la insurrección de 1920-21 o a regiones de la revolución china y coreana, a las zonas liberadas por Sandino en Nicaragua o a Barrancabermeja en Colombia.  Es decir, que un movimiento popular que tiene las mismas bases produce revoluciones que se parecen entre sí. Trasladadas a hoy en día todas aquellas revueltas en el campo nos recuerdan de alguna manera a los municipios autónomos mexicanos, los de las kabilas argelinas o de la sociedad kurda de Rojava. En definitiva, el anarquismo y el anarcosindicalismo eran parte de un movimiento socialista internacional más amplio. 

En todas estas experiencias tanto industriales como campesinas se producen conflictos de clases entre el poder de la burguesía y el poder del pueblo organizado. A raíz del enfrentamiento se producen situaciones de doble poder que se desarrolla polítca y militarmente. 

Los problemas teóricos del anarquismo

Volviendo al origen del artículo en el movimiento libertario hay ciertos aspectos que aún no se han sabido resolver. No porque no existan, sino porque el movimiento no ha llevado a cabo el necesario reajuste en sus planteamientos.

En todos los procesos revolucionarios que hemos nombrado antes había una cuestión importante: la toma del poder. El anarquismo, como movimiento revolucionario entiende que para conseguir una sociedad libre necesitamos derrocar aquella que nos oprime. Lo que resulta problemático hoy en día es reconocer que para que nuestro movimiento llegue a su objetivo tendrá algún día que controlar o sustituir los mecanismos de poder que hoy está ocupando el Estado. Y esto otras tradiciones políticas no tienen problema en concebirlo como una conquista del poder.

Otro aspecto poco trabajado es la sociedad de transición hacia el socialismo completo. Poco importa el nombre que se le dé pero esta situación se dará inmediatamente al cambio revolucionario ya que dentro de esa nueva sociedad aún habrá muchos partidarios del antiguo régimen. También habrá que alimentar esta sociedad y habrá que montar una economía viable para mantenerla. Por último habrá que garantizar su defensa tanto ante agresiones externas como ante levantamientos contrarrevolucionarios internos. Esto los bolcheviques lo llaman dictadura del proletariado (aunque Karl Marx la entendia de modo diferente, queriendo decir más bien la hegemonía de la sociedad socialista frente a la burguesa). El modelo de sociedad revolucionario debe convencer a la mayoría de la sociedad, debe hacerse hegemónico no sólo política y militarmente, sino también culturalmente.

En caso de vencer el poder popular éste tendrá que organizar tanto la sociedad como su defensa. Por tanto debe levantar una administración. En este caso marxistas y anarquistas difieren en cómo denominar esta administración, ya que los marxistas entienden que esto es un «estado proletario» que ha sustituido al «estado burgués» mientras que el anarquismo no lo entiende así y opina que esta administración ya es la superación del estado en sí misma. Esta diferencia que puede parecer semántica ha dividido ambas corrientes durante muchas décadas. En este caso la ideología de cada cual impide acercamientos políticos dado que cada cual se enroca en sus posturas escudándose en las palabras.

En resumen, tenemos ya unos rasgos básicos: después del conflicto inicial estado capitalista vs. pueblo organizado hay una nueva administración revolucionaria que tiene el monopolio de la violencia (ya que no le vamos a permitir tener armas ni milicias a quien quiere que la sociedad revolucionaria sea derrocada), que es legítima (la apoya el pueblo) y que ya tiene todas las palancas del poder (tendrá su sistema de justicia, su milicia, sus medios de comunicación y sus administraciones) para ejercer un control sobre el territorio liberado. ¿Es esto la creación de un Estado o es la abolición del Estado?

Como vemos, el anarquismo confronta varios bloqueos morales. A tomar el poder, a garantizar la seguridad de la nueva sociedad revolucionaria (que además no es una sociedad totalmente comunista y libertaria sino que guardará algunos rasgos de la sociedad previa y será un régimen de transición) y a crear una administración estable los bolcheviques lo llaman tomar el poder y ejercer la dictadura del proletariado. Y todo esto es lo que el anarquismo hizo en la revolución mexicana, en la ucraniana o en la española, y en realidad es lo que haría el movimiento libertario actual de tener la ocasión. ¿Cómo tenemos que llamar a eso los anarquistas?

Conclusión

Puesto que nos encontramos ante una cuestión semántica, pensamos que hay que hablar el lenguaje que entienda la mayoría de la población, que al fin y al cabo es a quien nos dirigimos. No es útil emplear términos eufemísticos que nos confundan y que nos hagan repetir las dudas con las que se encontró el movimiento libertario en 1936. Tomar el poder en aquel momento (la propuesta de Joan García Oliver) era establecer una «dictadura anarquista» (según lo llamó Federica Montseny), puesto que se estaba en minoría y habría que imponerse a la fuerza. Por contra, colaborar con las demás fuerzas antifascistas era participar en la gestión de las instituciones republicanas y crear un nuevo tipo de estado influyendo en él con nuestras ideas (alejándonos a la vez de nuestros objetivos finalistas). Pero la diferencia entre los principios del anarquismo (y la terminología derivada de ellos) y las tácticas que se usaron a la hora de la verdad, constituyeron un desastre para el movimiento libertario español que es necesario ajustar definitivamente.

Si tomamos parte de una junta revolucionaria o un consejo, tenemos que entender que eso en la práctica es un gobierno. Si tomamos parte de la gestión de un municipio, eso es la toma de una institución estatal. Si creamos una administración nueva, estamos edificando unas estructuras que regularán la vida social y económica de nuestro pueblo.

En estos momentos, volviendo a nuestros días, tenemos que estar atentas a experiencias sociales avanzadas que están teniendo lugar en algunos territorios con procesos de transformación social avanzados. Se habla de un confederalismo democrático en el Kurdistán, de un incipiente movimiento internacional de «democracia sin estado», de un nuevo auge del municipalismo a través de ayuntamientos controlados por fuerzas de izquierda o de los cambios estratégicos de los movimientos de liberación nacional. El anarquismo debe tener una opinión al respecto adecuada al mundo en el que vive. Y sobretodo debe realizar propuestas válidas que puedan ser aceptadas e integradas por otros movimientos. De no hacerlo corremos el riesgo de volver a ser reliquias de un pasado glorioso pero ya olvidado. Incluso el marxismo está creando nuevas formas de denominar las etapas de transición dependiendo de las realidades locales. Por ejemplo en Bolivia se habla de un «estado plurinacional» que acoge a los diversos pueblos indígenas, o en Venezuela se acuña el término de «estado comunal», partiendo de las comunas socialistas que proliferan en aquel territorio. Son fórmulas que actualizan el pensamiento comunista.

La propuesta de fondo de este texto es denominar Administración a estas sociedades que surgen una vez el pueblo ha tomado el poder puesto que de momento sería ir demasiado lejos (y contraproducente) adoptar el lenguaje de movimientos que hemos rechazado durante décadas. Por ejemplo, si empleamos administración democrática ésta podría significar esencialmente lo mismo que «estado proletario», término que incluso cuesta de asumir por la propia clase obrera de nuestro tiempo y que por tanto está en desuso. Entonces a la pregunta final, ¿qué busca el anarquismo? ¿cuál es su objetivo? La respuesta podria ser que el anarquismo pretende eliminar el estado capitalista que hoy está al servicio de las minorías y sustituirlo por una administración democrática que entregue el poder de decidirlo todo a la sociedad. Esta frase puede levantar mucha más adhesión popular que muchos otros lemas manidos que no acaban de entenderse en la calle (por ejemplo, el clásico lema de «muerte al Estado»).

Entonces, ¿se está aceptando el Estado? Se trata de una pregunta reduccionista y mal enfocada. La cuestión debiera ser otra, y es que desde los tiempos en que Bakunin creaba juntas revolucionarias para gestionar un territorio ganado al enemigo de clase mediante una insurrección popular, el anarquismo ya estaba embarcado en la creación de estructuras para sustituir un estado burgués por una administración popular. Como hemos dicho antes, el marxismo lo llama crear un estado obrero y el anarquismo lo llama abolir el estado. En definitiva, es necesario llegar a un entendimiento en la forma de denominar los momentos clave de una transformación social revolucionaria.

Por último, ¿sería esta administración democrática el comunismo libertario? En cierta forma sí. Y también, en cierta otra forma podría ser entendida como una etapa de transición. Los matices vienen por cómo se gestione la cuestión fundamental que representa la economía. Si está socializada, se está en una sociedad socialista, y sino, pues no. Se entiende que sin que la economía no esté bajo gestión de la comunidad no se está ante una democracia real puesto que la parte más importante de la vida, que es la economía, queda fuera de nuestro control. Por tanto esta podría ser nuestra aportación a los movimientos arriba mencionados del confederalismo democrático, el municipalismo o la democracia sin estado para poder buscar una confluencia en un futuro en base a cuestiones concretas.

Todo esto, evidentemente, está por debatir y asumir. Pero plantearlo es un primer paso para poder avanzar.

@blackspartak

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