¿Es posible? Activismo y autocrítica

¿Es posible construir un proyecto, más social que político, que reagrupe a los sectores más jodidos del proletariado?

Esta pregunta es lanzada a través de la cuenta de Klinamen a través de la red. Y es que en pocas semanas he podido leer diferentes artículos que van en una línea autocrítica dentro del “activismo” motivados posiblemente por la insuficiente respuesta por parte de este a las problemáticas sociales, criticando un perfil y una manera de hacer, que parece que no ha cambiado durante la crisis.

No sé en que medida el debate a través de internet refleja la realidad, pero ciertamente algo debe manifestar: unas tendencias, un contexto social, una situación política… así que las ideas de estos textos creo que no deben pasar desapercibidas no sólo por lo que dicen, sino por las consecuencias que pueden tener hacia nuestras prácticas hacia el cambio social.

Y es que, ¿quién conforma la izquierda y los movimientos sociales? Personas con mucho tiempo libre. En los colectivos que he militado y cercanos a mi entorno abundamos los universitarios blancos y jóvenes, con curros esporádicos o ligeros, sin gente al cargo. Que con el paso de los años, se reduzca el número de personas militando es un síntoma de que algo va mal. Fallamos en algo. No sé si la manera en la que nos organizamos, nuestras actividades y nuestra estética es causa o consecuencia del perfil anterior, pero la cuestión es que asambleas interminables en las que sólo se debate, o fiestas en las que priman una cultura concreta (estética, música, relaciones sociales) limitan mucha la percepción sobre la utilidad de un colectivo o ideología determinada. Nuestro activismo se convierte en un estilo de vida que no sólo se ve inefectivo con los supuestos objetivos, sino que además alejado de los problemas de la cotidianidad de la clase trabajadora, hace que esta deje de identificarse con los símbolos y discursos de la “izquierda”.

Así que este texto va dirigido fundamentalmente a este extracto de población, pues dudo que otro perfil llegue a leer esto (o quizás sí). Un público que sus padres pudieron aspirar a una vida más o menos cómoda, a diferencia de los abuelos que vivieron las miserias de la guerra civil. Un público que quizás ha podido acceder a estudios universitarios, que participa de “entidades culturales” o que aun dispone de ciertas comodidades y en caso de emergencia aun puede disponer de un colchón familiar en el que podría satisfacer sus necesidades básicas. Los hijos de los trabajadores acomodadas y parte del funcionariado y profesiones liberales (profesores, médicos…) que ahora van hacia “precarios”.

Así que en los tiempos en que nos ha tocado vivir, en el retroceso del llamado Estado del Bienestar, aumenta el paro, la protección social y se reducen los sueldos. Gente que años atrás se había hipotecado, ahora ha tenido que recurrir a la PAH junto a un migrante, cosa totalmente impensable hace unos años. Se conforman dos polos, cuando antes todo el mundo creía que era “clase media”. Y aunque las desigualdades y las consecuencias del capitalismo nos afectan a todos, no lo hacen de la misma manera. Desde el activismo clásico la famosa frase de “ir a los barrios” es un buen ejemplo, que nos señala un error de partida pues establece un nosotros y ellos. Eso implica una superioridad moral (saber como se tienen que hacer las cosas y de manera mejor) a la vez que marca una distancia y expone el no formar parte de ese sitio o gente. También expresa una desconfianza hacia la clase trabajadora pues se puede caer en una actitud evangelizadora. Y en caso de que el proyecto marche bien se puede caer en el peligro del asistencialismo: solucionar problemas ajenos a corto plazo sin que esas personas adquieran un método para resolver estos a medio-largo plazo, causando dependencia.

Sin embargo, dicho argumento llevado al extremo (el no actuar por la diferencia) nos llevaría a cerrarnos a nosotros mismos. La propuesta va por otro camino: desde nuestras diferentes posiciones, caminar hacia un espacio. En otras palabras, luchar en las problemáticas comunes que sufrimos y no en la que otras sufren. Por ejemplo, para mi no tiene sentido que una persona que ha heredado una vivienda se meta en la PAH de manera activa. Eso no significa que pueda apoyar en las acciones o realizar donaciones, pero creo que tiene que tener un plano totalmente secundario.

¿Qué hacer pues? Suelo escribir que no existen recetas mágicas, y este no será una excepción. Sin embargo, si creo en alguna otra certeza más es en la metáfora que cita Emilio Santiago en su artículo “El tiro por la culata”: nada que no pueda contar con el apoyo decidido de tu madre es socialmente viable. Eso significa no realizar grandes castillos revolucionarios para el día del mañana. Es despejarse un poco de la radicalidad imaginaria y realizar curro en lo cotidiano, que nos defienda hoy y si puede ser nos ponga en mejor posición para afrontar el mañana. Las mismas dinámicas del capitalismo ya tensarán la cuerda lo suficiente para que la gente puede aspirar a cambiar dicho sistema, pero sin una base sólida, que hoy en día carecemos, no creo que vayamos muy lejos y las oportunidades se nos escaparán de las manos. O quizás serán otros movimientos los que cojan estas, como el fascismo.

Finalmente, un punto en el que parece que no hemos sabido articular una respuesta adecuada, ha sido en los espacios de trabajo. Aunque esto daría para otro artículo, habría que preguntarse si es posible generar un movimiento similar a la PAH en materia laboral, trascendiendo los sindicatos de clase y sus siglas. Sin pan y techo, no hay revolución.

Víctor A, con aportaciones de Adri

Artículos de referencia

Els set pecats capitals de les esquerres

Carta d’un pare a la CUP-CC

No me llames lumpen, imbécil

Lo mejor, vivir sin trabajar

Hostilidad horizontal: Cuando nos traicionamos a nosotros mismos

El tiro por la culata: nueve tesis sobre el fenómeno PODEMOS y la crisis civilizatoria

Anarquismo y marxismo, la asignatura pendiente

Parece que fue ayer cuando en una agitada I Internacional las diferencias entre Bakunin y Marx, radicadas básicamente en una interpretación del modelo a seguir por la clase obrera, que abrirían un cisma insalvable que permanece hasta nuestros días. Un cisma que nunca benefició a la clase obrera, sino que más bien la dividió. Creó un barranco en la lucha obrera, que ha sido un hándicap en la mayoría de luchas obreras, dinamitándose entre ellas, como por parte de los marxistas, como por parte de las libertarias.

Está claro. Este cisma es difícilmente salvable. Les anarquistas, siempre con sus aspiraciones contra el Estado, han sido siempre reprimidos, sea del color que sea el Estado, sea negro fascista, azul democristiano, rojo socialdemócrata o granate marxista. Las anarquistas, que ciertamente antaño han gozado de mayor aceptación entre la clase obrera que un marxismo que a menudo se antojaba intelectualista y bastante alejado de las masas y los centros de trabajo, no han tenido ni paz ni descanso hasta bien entrada la democracia burguesa y los modernos Estados de democracia burguesa, donde pueden gozar de la falsa libertad que ofrece el capitalismo, sin que se salven de los complots que éste organiza contra la disidencia, aunque ahora en un movimiento menguado, casi marginal y desorganizado, debido, entre otras cosas, a la decepción de la URSS y sus Estados satélites, que lejos de cumplir la utopía de hacer desaparecer el Estado, se recrearon en él, y en una especie de despotismo ilustrado, una cúpula del Partido gobernaba en nombre del pueblo, con resultados más o menos satisfactorios, y una progresiva invasión del socioliberalismo y la socialdemocracia alternativa que, en muchos casos, es heredera del marxismo pero que reniega de él.

Los Estados marxistas, como dije en el párrafo anterior, se gobernaban bajo una especie de despotismo ilustrado. Una cúpula del Partido que concentraba todo el poder gubernamental, unos consejos de trabajadores sin poder ni consultivo, verticales e inútiles para una correcta organización de la clase obrera. Un Estado que, lejos de tener un objetivo transitorio hacia una sociedad mejor, se recreaba en la mejora de la clase de vida de la clase obrera. Sí, puede que sea un Estado socialista. Pero completamente contrario a un Estado obrero y científico. Por si no fuera poco, los traidores de la clase obrera fueron escalando pisos en el Partido, y la clase obrera, inútil y fagocitada su voz en las instituciones, no pudo hacer absolutamente nada. La Perestroika llamaba a la puerta, y de repente, se encontraron con un hecho innegable: lo que aspiraba a ser una dictadura del proletariado, derivó en un Estado socialista represivo, en el que la voz de la clase obrera era más inútil que quizá la que podría haber tenido en una democracia parlamentarista. Se confundió, la dictadura del Proletariado, por la dictadura del partido en el que se suponía que debería de haber estado el proletariado, y no sólo eso, sino que, sin haber podido hacer absolutamente nada, la democracia burguesa estaba llamando a la puerta, entrando a través de un camión de CocaCola por Berlín Occidental. Seguir mirando atrás, y ver esos Estados como verdaderos logros de una revolución obrera, es, con todos mis respetos, el más vacuo y contrarrevolucionario de los análisis y opiniones, y la más folclórica de las actitudes.

Pero eso pasó hace ya 24 años. Y la verdad es, que en la penosa situación en la que nos encontramos la clase obrera hoy en día, las heridas de un pasado pseudomarxista marchito que minó las aspiraciones de la clase obrera siguen haciendo daño. Unas personas, marxistas convencidas que las anarquistas tenían la única y mera voluntad de dinamitar todo el movimiento que se había generado. Unas utópicas, idealistas personas que quieren frenar el imparable movimiento revolucionario que en ese momento gozaba de una imagen de desarrollo trepidante. Después, las anarquistas, convencidas de que una alianza con sus represoras, de que tender la mano a quién se la cortaba hace años, es un movimiento cuanto menos indeseable. Y razón no les falta.

Yo me defino como marxista-leninista. Sí, lo reconozco: soy marxista-leninista. Pero como tal me siento (y soy) responsable del cisma que ocurre en la actualidad. Pertenezco a un movimiento folclorista, empecinado en no aprender los errores que cometimos. Empecinados en seguir hablando de la URSS como un modelo, de ver a Stalin como un gran dirigente obrero, de seguir pensando que es más importante recitar el evangelio según san Lenin que de hacer verdadero materialismo dialéctico, que es más útil leerte cien páginas de análisis obsoletos del siglo anterior que conocer de primera mano las necesidades y las cuestiones de a pie de la clase obrera de hoy en día, que es más urgente reconstituir el Partido que actuar y concienciar, de seguir pensando que el lenguaje retórico de Lenin es más obrero que las quejas de un encargado de mantenimiento de una subcontrata. ¿Cómo pretendemos que la clase obrera se una en una lucha contra el capitalismo y sus condiciones sociales, si no aprendemos? Es normal, pues, que se reciba este rechazo de la bancada anarquista. Si yo lo fuera, y viera que esa gente, con una línea ideológica bastante indeseable, y que encima te descalifica sólo por no compartir un análisis para contigo, tampoco estaría por la labor de involucrarme en un, contiguo movimiento común.

Y me despido con un ruego. Por una parte, a mi grupo: dejemos de lado el folclore. Dejemos la teoría obsoleta. Salgamos a la calle, conozcamos a las masas. No las tratemos como ganado a las que hay que atraer al Partido. El objetivo no es aglutinar gente en una agrupación, el objetivo es concienciar. Que la gente se despierte. Dejemos también de tratar al resto de gente como dógmatas idealistas. Es contrarrevolucionario descalificar a la amiga, a la camarada, a tu compañera. A las anarquistas: sé que tenemos diferencias. Sé que, en los medios, en la base, nuestro mensaje a veces es complejo de unificar, de conciliar, o de compartir. Pero unámonos. La clase obrera combativa, tanto como la que tiene como objetivo arreglar lo más esencial e inmediato, como la que tiene por objetivo la emancipación obrera y la eliminación de las contradicciones de la sociedad opresiva en la que vivimos, debe estar unida. Siempre unida. Los dos grupos juntos, por una vez desde 1890, estoy seguro de que, tarde o temprano, podremos conseguir grandes cosas, dejar de, como dice mi compa Lus últimamente, ponernos palos en las ruedas.

Cito también a un amigo mío como despedida: Ya basta de hablar de lavanderías: hablemos del precio de las lavadoras.

Enrospv

Anarquía a pie de calle (I)

Dos anarquismos

“El anarquismo no es una fábula romántica, sino un duro despertar […]” (Edward Abbey, A Voice Crying in the Wilderness [Vox Clamantis en Deserto], 1990).

Periódicamente las dicotomías entre “anarquismos” se suceden. A finales del siglo XIX era entre colectivistas y comunistas, organizadores y anti organizadores, individualistas y sindicalistas, sindicalistas puros y anarcosindicalistas, etc. Actualmente esta reyerta teórica, que parece desarrollarse de forma cíclica, se ha establecido entre insurreccionalismo y anarquismo social.

En tiempos decimonónicos algunos anarquistas quisieron desatar el nudo gordiano hablando de “anarquismo sin adjetivos”, y ya avanzando el siglo XX de “síntesis”. Hoy día apremia evolucionar.

Las disputas, si no se enconan y enquistan, son positivas; el debate teórico es sano; lo que es insalubre y suicida es que el debate sustituya a la militancia. Ciertos anarquistas no tienen más problemas militantes que el propio anarquismo: o vigilar sus esencias o ponerlo al día, pero la disputa sigue fijándose en un marco erróneo, igual que en el XIX.

Sí, la disputa entre colectivistas y comunistas nos ayudó a vislumbrar cómo una parte del anarquismo de la época seguía ligado a cierta concepción de propiedad privada y salario y cómo otra quería transcender de eso y ser generosa; también cómo una parte trataba de ser realista y práctica y cómo otra podía pecar de optimismo exacerbado. Era una cuestión de fondo que dibujaba maneras y actitudes. Pero también era una disputa por algo que aún no se había producido: una revolución social que pusiera la economía en manos de los trabajadores. El debate quizás pudo ayudar a perfilar mejor lo que sucedería en situaciones revolucionarias como la del 36, pero el debate por el debate, sin transcender del plano teórico, puede dibujar el mejor de los futuros, pero no deja de ser una especulación, un discurrir sobre la nada, cuando falta crearlo todo. Puede también que el debate sobre las distintas concepciones sindicalistas tuviera una dimensión más práctica, pero seguía basándose en una premisa errónea: transformar la praxis ajena. Sólo nos es dado cambiar nuestra propia actividad; si algo no te gusta trabaja en sentido contrario y que la práctica demuestre si andas errado o acertado. En consecuencia, el debate no debe fijarse más –no desde luego prioritariamente– en el terreno ideológico; la validez de una idea debe medirse en el terreno práctico, en el terreno de los hechos.

No se puede discutir cual o tal teoría es mejor sobre el papel, cuál satisfará mejor nuestras necesidades sin transcender de la hipótesis; debe comprobarse empíricamente y que los resultados hablen. ¿Pero qué requiere esto? Trabajo de campo, duro trabajo de campo. Y es eso, y no otra cosa, lo que divide a los anarquismos en liza. Basta ya de supuestas divergencias en base a acuerdos, congresos, pensadores y modelos imaginarios.

Desde mi punto de vista sólo hay dos anarquismos: el contemplativo y el combativo. Ya pueden recibir el nombre de insurreccionalismo o anarquismo social, cualquiera de los dos puede representar a alguna de las dos tendencias en algún momento.

El anarquismo contemplativo vive a través de vidas ajenas, su terreno es el debate centrípeto. Se sienta a analizar y a discursar, a anatemizar enzarzado en eternas luchas internas. Su campo es el de la teoría y el quietismo, sea de comité, de asamblea, de manifestación, de red social o de quema de contenedor (un teórico del molotov no es menos contemplativo que un teórico de despacho). El inmovilismo como modus vivendi; la pontificación como modus operandi. Charlas y difusión de ideas es su terreno natural, el ambiente donde se siente cómodo; incapaz de transcender de ese hábitat y saborear los adoquines o el bancal. El propio anarquismo en su campo de batalla, su objeto de disección, el sujeto de su militancia. El anarquismo contemplativo es la etapa infantil e inmadura de la ideología anarquista; por muy seria, respetable y vetusta que parezca.

El anarquismo combativo, el que defendemos y practicamos desde la FAGC, es el anarquismo que se faja, el que está a pie de calle, el que lucha. Sea tensionando en una manifestación para evitar que la gente quede impasible ante una carga policial, sea forzando las circunstancias para que un conflicto laboral no acabe en armisticio. Es el anarquismo que se moja, el que se arremanga y se mancha las manos. El que lucha en la fábrica, en la asamblea de barrio, en la calle. Gamonal y Can Vies son ejemplos de esto, la Comunidad “La Esperanza” también. Es el que ha sobrepasado los límites de las tertulias y la militancia oral. Ya no cree que verbalizando algo se consiga cambiarlo. Su actividad es centrífuga, no va dirigida a complacer a los “iniciados”, a convencer a los “convencidos”; el circuito de los compañeros se le queda estrecho. El discurso de consumo interno se le antoja cacofonía. No milita para los anarquistas; milita para llevar la anarquía al suelo, para llevar la anarquía al pueblo. Diseña sus tácticas y su estrategia, su hoja de ruta, definiendo bien qué quiere y cuándo lo dará por conseguido, para poder avanzar a la siguiente etapa. Su hábitat es el barrio, la chabola, el parque, el tajo, el terreno abandonado, la casa expropiada. Es el anarquismo entendido como ideología adulta, por osada y audaz que sea su actitud, por nuevos que parezcan sus planteamientos.

En mi experiencia en estos últimos cuatro años en la FAGC, y especialmente en los dos últimos en la Comunidad “La Esperanza”, he llegado a concebir el anarquismo en esos términos, como una ideología adulta. El idealismo es necesario, pero no basado en irrealidades ni quimeras, sino en la capacidad real de aplicar las ideas pertinentes para transformar el entorno. Hay que descifrar los límites de los propios mitos, sean ideológicos, teóricos o de cualquier clase; descubrir la falsabilidad de los pensadores de referencia y tratar de aplicar las propias ideas teniendo en cuenta que por muchos antecedentes que tenga lo que te propones, y por más jugo que le saques a experiencias pasadas (la historia debe entenderse como pista, no como remanencia), la realidad es que esta experiencia, esta concreta, nadie la ha intentado antes; sólo tú y los que te acompañan. El discurso exclusivamente autorreferencial se diluye y queda la dura realidad. Es dura, pero es tuya.

Esta realidad lo es porque se asienta en algo tangible. En los siglos XIX-XX existía un anarquismo de fábrica, y esa fue su gran fuerza. Existió también en ese periodo fini/primisecular un anarquismo cultural que dotó de soporte teórico y literario la obra muscular. Nosotros proponemos un anarquismo de calle, un anarquismo callejero, de barrio, de exclusión social. El obrero salido del siglo XX y que despierta al siglo XXI se da cuenta, después de haber sobrevivido a la coartada capitalista de la crisis, que de obrero cualificado que fabricaba casas para otros ha pasado a ser un sin techo. Personas abocadas a la marginalidad porque sin apenas transición han sufrido un cambio: obreros ayer; indigentes hoy. Algunos no han mutado; de forma endémica han nacido condicionados socialmente para ser carne de asfalto. El discurso anarquista les complace en su utilidad: les es natural la hostilidad a la policía y el rechazo a la sacralidad de la propiedad privada; les es imprescindible sobrevivir a través de ciertas formas de apoyo mutuo, por lo menos en determinados estadios. Si este discurso se convierte en la práctica en un modelo eficiente de necesidades básicas plenamente satisfechas entonces la anarquía funciona, es útil para ellos, y con eso, sin necesitad de hacerse anarquistas, les basta.

No hace falta que se nos encuadre en el insurrecionalismo por nuestra radicalidad o el anarquismo social por nuestra labor. Somos anarquismo de combate y las etiquetas de ese tipo se nos quedan estrechas. Hemos recibido un baño de realismo y hemos descubierto que la anarquía llevada a la práctica funciona, que puede gestionarse una micro sociedad de 250 personas de manera eficaz siguiendo ese modelo. Pero también sabemos que ayudar a alguien no cambia necesariamente su mentalidad, y esto ya lo expondré en un futuro artículo.

Lo que importa ahora es saber que un anarquismo de barrio, sumergido en la marginación social, trabajando en el ghetto, es imprescindible; un anarquismo implicado en los problemas reales de la gente. Es imprescindible no porque suponga por sí mismo la “conversión de la gente”, sino porque es la mejor, si no la única, forma de llegar a ella. Para llegar a la gente no queda otra que tocar sus intereses y necesidades.

Pero si para esto no funciona la provocación vacua, que al menos remueve el avispero, menos funciona el discurso de reformar instituciones. En un momento en el que la gente está más desapegada de la política que nunca, nuestra misión es forzar la ruptura, no invitar a la conciliación con nuevas maneras dentro de las mismas estructuras. La situación es proclive para relanzar la organización popular desde abajo, para movilizar a la gente (movilizarnos con la gente) en base a sus necesidades y exigencias primarias, para estructurar el subsuelo, para dotar de cuerpo y músculo a los que no tienen (tenemos) nada. Enredarlos en promesas electorales, en aspiraciones de políticas locales, en la creación de instituciones, es un suicidio: primero, porque nunca se han sentido tan distantes de ellas; segundo, porque por fin son capaces de hacer otras cosas. A un enemigo herido que tiene que reestructurarse a toda prisa no se le refuerza, se le remata. Las instituciones deben ser vistas como el adversario al que se le arrebatan cosas por la fuerza, a través de la presión y el desgaste; el contrincante al que se mina hasta que se le pierda el temor y el respeto. No como el arma que es buena o mala en función de quién tenga la empuñadura. Más allá del maquiavelismo y el oportunismo de la hipótesis, tengo una cosa clara: también los ratones antes de ser devorados imaginan estar jugando con el gato. Eso es jugar a la política: creer que le estás dando cuartelillo al que está apunto de fagocitarte.

Yo no juego a juegos donde las reglas las imponen otros. Y hay un anarquismo que tampoco. Ese anarquismo sabe dónde está su lugar natural para incidir en la vida social, se aleja de las peleas de capilla y se une a las aspiraciones del pueblo para punzarlas, hostigarlas, y ver si pueden ir más lejos. Este anarquismo no se establece en unos parámetros de superioridad moral (y lamento si mi retórica lo da a entender, pero no es mi intención repartir sopas con hondas), no lo propongo porque sea “la última palabra” en revolución social; lo planteo por una simple cuestión de supervivencia. O nos abocamos a la endogamia de “la anarquía para los anarquistas” (cuando la anarquía debe ser para la gente de a pie) o nos dejamos matar metiéndonos en estructuras de poder que nos comerán y excretaran antes de darnos cuenta. Hasta ahora esas parecían ser las únicas opciones: o cerrarse en banda o entregarse con armas y municiones. No puede ni debe ser así, nuestra supervivencia y la de nuestro mensaje está en el combate, está en la calle, está en las necesidades más instintivas del pueblo. Es necesario detectar qué necesita, ver si nuestra praxis puede proporcionárselo, adaptar nuestras herramientas al momento, elaborar un programa que dé soporte teórico a nuestras conquistas y, una vez alumbrado el camino, compartir dichas herramientas y colectivizarlas (sabiendo cuándo hacerse a un lado).

No me importan las caricaturas; lo de “anarquismo barriobajero” o “anarco-lumpen” no es la primera vez que lo oigo. Me importan los resultados. El anarquismo callejero ha proporcionado la mejor carta de presentación de nuestra práctica en años. La mayor ocupación de inmuebles del Estado español no la ha conseguido un partido, una coalición electoral ni una organización pro-sistema; la ha iniciado una organización anarquista a través de herramientas anarquistas y haciendo funcionar un modelo anarquista sin necesidad de que los implicados lo fueran. Ese anarquismo de barrio ha dado 71 viviendas a 71 familias que equivalen a más de 250 personas. No habla la teoría; hablan los números, hablan los hechos, habla la tozuda realidad.

Ruymán Rodríguez | Federación Anarquista Gran Canaria

Lee aquí la segunda parte.

El futuro [CrimethInc]

Llegamos al final de esta serie de artículos sobre tiempo, relojes (y espacio) en el capitalismo. Me ha costado unos días decidirme sobre el último texto, pero creo que al final quedo contento con lo que os voy a presentar hoy. Qué mejor que poner punto y final a una serie sobre tiempo capitalista que hablar sobre el futuro. The future («El futuro») es el título de este texto que publicó CrimethInc en su libro Expect Resistance (de verdad, una de las mejores lecturas contemporáneas a la que podéis echar el guante). CrimethInc se define como un colectivo anarquista descentralizado formado por múltiples células independientes que actúan y publican cosas en la línea más rebelde. Sus textos, poesía en prosa irónica, tratan todos los temas imaginables, aunque hay un especial interés en la praxis anarquista de la acción directa. Si leéis inglés os recomiendo echar un vistazo a su web, en la cual (creo) también tienen alguna que otra cosa en castellano (sin estar seguro del todo sobre esto). Sin más, os dejo el texto.

El futuro [CrimethInc Ex-workers’ Collective]

Traducción del inglés al castellano por La Colectividad

El mundo está llegando a su fin. No tengas duda, los días están contados. Allí donde estés ahora no te puedes ni imaginar como acabará cuando se toque fondo.

O en otras palabras, el mundo está siempre llegando a su fin. Lo que venga después depende de nosotrxs. Cada mañana nos despertamos, sudamos, y sangramos para crear una dúplica exacta del mundo de ayer. No tenemos por qué hacerlo, pero lo hacemos por miedo, por desesperación, o por una psicótica, ilusa, y mezquina ambición. O por pura testaruda falta de imaginación. En cualquier momento podríamos dejar de pagar el alquiler y parar de trabajar (nadie nos podría parar si todxs abandonamos a la vez) y reconstruir la sociedad desde cero, sin caserxs y sin préstamos que pagar. Dios sabe que todxs hemos soñado alguna vez con ello. No es ni la policía ni lxs políticxs quienes mantienen la rueda girando y los cuerpos ardiendo; es nuestra propia complicidad y nuestra propia complacencia, por no mencionar la falta de fe en lxs demás.

No obstante, aunque insistamos en continuar con ello, el Desastre[1] no es sostenible. El capitalismo tal como lo conocemos no estará aquí dentro de cinco generaciones (cualquier medioambientalista lo puede confirmar). De la misma manera, no hay por qué discutir sobre la destrucción de la clase media porque ya está destruida. Es la clase de la gente desperdiciada por su propio materialismo y duplicidad, que sufre consecuencias emocionales y psicológica de las que cualquier psiquiatra puede dar fe. Ya no se trata de si el sistema en el que hemos crecido ha creado el mejor de los mundos posibles (todo el mundo sabe la respuesta a esto), sino de cómo vamos a tratar el berenjenal después de que lxs terroristas se salten los controles; después de que agotemos las reservas de petróleo; después de que los ordenadores y las centrales de energía colapsen. Considerar alternativas, probar esas alternativas, no es radical sino sentido común cuando lo obvio está delante de tus narices.

Pero, ¿vamos a vivir lo suficiente para ver algo nuevo? ¿Nos atrevemos a creer en un mundo nuevo?

A pesar de la seriedad de esta situación, el futuro no es una monolítica e inevitable perdición. Existen numerosos futuros por venir, de la misma manera que hoy día hay personas que viven hombro con hombro pero habitan mundos distintos. El futuro que presencies dependerá de lo que hagas hasta que éste llegue. Esta pesadilla existe en la medida precisa con la que nos dedicamos a ella: todos los días la trabajamos, la compramos, entregamos nuestras vidas, investimos en la mafia que la protege y la permite existir. Correspondientemente, el mundo de nuestros sueños existe en la medida en la que nos comportamos como si ya estuviéramos viviendo en él, no existe otra forma de hacerlo existir. El punto de inflexión de cada individualidad es el punto de inflexión de la sociedad en miniatura. No preguntes cuándo va a llegar, o si va a llegar. Pregúntate cómo puedes alcanzar tu propio punto de inflexión, porque si tú puedes llegar a él, todo el mundo lo puede hacer también.

Cuando te mueves realmente por ello, cuando tus acciones crean un portal auténtico hacia otra forma de vida, otrxs saldrán de su escondite para unirse. Qué pasa, ¿acaso pensabas que eras aquí la única persona volviéndose loca? Se necesita toda una nación subyugada para mantener la rueda girando, pero hay mucha gente en esa nación que sabe lo poco beneficioso que es esto. Ellxs son los millones que no son preguntadxs en las encuestas de opinión, lxs que pueden que te recojan cuando haces auto-stop pero que no salen en televisión. Diez mil células durmientes aguardan a la llegada de la masa crítica[2], preparadas para pasar a la acción con sus propias ansias por respirar libres y poner punto final a sus cuentas privadas, desesperadas por luchar en una guerra que realmente merezca la pena, enamorarse tanto que redirija su atención. Mientras tanto, ellas matan el tiempo (y a ellas mismas) con anorexia y alcoholismo, con matrimonios muertos y carreras penosas. Todos los días, todxs nosotrxs posponemos aceptando los riesgos que sabemos tenemos tomar, esperando el momento idóneo, o a otra persona que tire la primera piedra, o simplemente nos sentimos demasiado maltratadxs como para intentarlo. Nuestras manos están manchadas de la sangre de todos los suicidios de aquellxs que no pudieron aguantar más, de los romances arruinados que no pudieron perdurar en el vacío, de todxs lxs artistas forajidxs enterradxs en el cadáver de unx míserx trabajadorx del sector servicios.

La próxima vez que el fin del mundo llegue no nos quedaremos paralizadxs observándolo en la televisión. Estaremos ahí fuera, decidiendo qué viene después, cortando postes de comunicación con moto-sierras si hiciera falta para hacer que otrxs se nos unan.

No es tarde para vivir como si no hubiera mañana (toda la esperanza en el futuro depende de ello). Recita tus últimas palabras ahora, y empieza desde allí con cualquiera que se te una. Los sueños crean a lx rebelde y se hacen realidad.

Notas

[1] Nota de traducción: a lo largo del libro, con «Desastre», se quiere reflejar la situación catastrófica de nuestra sociedad capitalista actual. Bajo mantos y capas de normalidad, paz, y orden, se esconde un gran Desastre que arrastra a la humanidad a una vida de muerte aburrida, sin libertad para imaginar.

[2] Nota de traducción: «masa crítica» es un término físico. Según la Wikipedia en castellano: «. . . es la cantidad mínima de material necesaria para que se mantenga una reacción nuclear en cadena.»

Ofensiva y estrategia política

Anteriormente, hemos tratado la cuestión de los movimientos sociales, la multisectorialidad y la ofensiva. Ahora, finalizaremos esta improvisada y pequeña serie de artículos tratando la estrategia política. Para que cualquier movimiento popular pueda pasar a la ofensiva, es imprescindible también que tengan hojas de ruta y estrategia política. ¿Y qué es la estrategia política? La estrategia, en general, es un conjunto de tácticas orientadas a lograr un objetivo en un entorno complejo donde entran en escena multitud de factores. Y específicamente, la estrategia política tiene que partir del análisis de coyuntura, herramienta por el cual se extrae información detallada del entorno que nos rodea para poder intervenir en el escenario político y social con el fin de lograr una serie de cambios, permitiéndonos avanzar hacia la consecución de nuestras metas finales. Desde ese necesario análisis de coyuntura, podemos ver que nuestras metas finales son actualmente inalcanzables, siquiera en el medio y largo plazo, lo que lleva a plantearnos metas intermedias y más alcanzables, que nos permitan avanzar posiciones. Aquí es donde entra en escena la cuestión de la estrategia política.

La ausencia de estrategia polícia hace que los movimientos tiren por inercia, es decir, se muevan a la defensiva ante la necesidad de parar los ataques de la clase dominante sin saber contraatacar. En otras palabras, son forzados por la coyuntura y no impulsados desde una perspectiva de confrontación. La expresión «algo hay que hacer» ilustra perfectamente este problema, que se manifiesta en la realidad a través de las metodologías de acción-reacción, es decir, de responder solo cuando hay un ataque significativo, de propuestas vagas y muy generalistas o conservadoras de querer volver a una fase anterior o mantener el estado actual de las cosas. Las consecuencias principales de la falta de estrategias políticas son que los movimientos se encuentren desorientados y yendo a la deriva (esto en los peores casos), estando siempre influenciado por la coyuntura, encontrándose con callejones sin salida y llevando encima la volatilidad y vueltas a empezar de cero. Dentro del propio movimiento libertario, la dinámica es similar, aunque ya se está intentando superar con las nuevas iniciativas que surgieron recientemente. La falta de estrategia política nos ha condenado a la marginalidad y al aislamiento.

La necesidad de superar el «algo hay que hacer» pasa por tener una visión estratégica, esto es, superar los aires derroteros que suponen las movilizaciones por inercia y poner sobre la mesa estrategias de actuación e intervención en el escenario político y social. Por ello, hemos de preguntarnos algo que en su día lo hizo Lenin: «¿qué hacer?», que adaptándolo a nuestra coyuntura serían: ¿qué hacer con cada problema de ámbito sectorial (vivienda, servicios públicos, trabajo, educación, territorio…)? ¿Qué hacer ante la inoperancia y descrédito de otras fuerzas políticas rivales —que no enemigas porque las enemigas son las fuerzas políticas de la dominante que se haya en confrontación directa contra nosotras—? ¿Qué hacer ante los recortes en derechos sociales en general y la continua ofensiva neoliberal? ¿Qué hacer ante el oportunismo y el auge del fascismo?… cuyas respuestas serían las que sirvan de base para realizar hojas de ruta y programas enfocados en la intervención social. Desde esta visión estratégica, veremos las diversas opciones políticas como fuerzas, cuya fuerza real residirá en la legitimación que se les dé desde las bases. También hay que tener en cuenta que las fuerzas políticas tenderán a ocupar todo el espacio que puedan, o sea, que si una fuerza política abandona el espacio, será otra que lo ocupe. Así pues, si no se plantean alternativas fuera de las instituciones que apuesten por la autonomía, la confluencia y coordinación, y la radicalización de los movimientos sociales bajo discursos comunes que apunten a la superación del capitalismo y otras formas de dominación; no tardarán dichos movimientos en ser cooptados por partidos políticos que adecúen su discurso para llevar los movimientos sociales a las urnas, con su consiguiente desmovilización y asimilación por el sistema. Y esto es lo que está pasando actualmente.

Por ello, el planteamiento de la ofensiva no solo pasa por construir un movimiento multisectorial, sino también por adoptar estrategias políticas que permitan el avance de todo el movimiento popular. La ofensiva es inseparable de la estrategia política, de hecho, es desde la estrategia política lo que nos lleva a plantearnos estas premisas de ofensiva y multisectorialidad. E incluso añadiría que la visión estratégica debe partir desde el primer momento en que aspiramos a una transformación radical de la sociedad, que debe apuntar a construir, fortalecer y fomentar la autonomía de los movimientos sociales, que una vez realizado esta tarea aspire a la articulación de la multisectorialidad y por consiguente, construir una fuerza política con fuerza real capaz de conseguir cambios no solo en esta coyuntura, sino que aspire a transformar lo estructural (relaciones de producción capitalistas, neocolonialismo, heteropatriarcado, supremacismo blanco, etc…). En general, que esté enfocada en aumentar nuestra fuerza como clases sociales oprimidas.

Antes de terminar, para ilustrar mejor el concepto de estrategia política, podríamos tomar un supuesto práctico en el que, por un lado, los sindicatos mayoritarios pasen por un descrédito generalizado y vayan en decadencia por la pérdida de afiliaciones, de desencanto y desconfianza de la clase trabajadora, y su pérdida de capacidad de convocatoria; y por otro, el porcentaje de trabajadoras sindicadas sea relativamente bajo (alrededor del 10% vamos a suponer). Ante esta coyuntura en que una fuerza rival se esté debilitando, debemos aprovechar ese descrédito para llenar los huecos que han dejado. En este supuesto, sería acertado que los sindicatos de clase y alternativos se muestren como herramientas funcionales para la defensa de los intereses de la clase trabajadora, que fomente la participación de la afiliación y de simpatizantes, que sepa responder ágilmente ante la precariedad laboral, la temporalidad y la subcontratación en todos los sectores productivos, tanto desde la pequeña empresa como hasta la gran empresa y, sobre todo, que arranque victorias, aunque sean pequeñas, pero que las consigan, las mantentan y aspiren a otras mayores.

También podríamos escalar este supuesto práctico y llegar hasta la confluencia del movimiento obrero y el sindicalismo combativo con las luchas estudiantiles y las luchas por la vivienda digna así como con el movimiento okupa. Y otro supuesto práctico, ya dentro de los ámbitos libertarios, sería el aparcar en todo lo posible a un lado el enfrentamiento ideológico con otras tendencias políticas dentro de la izquierda y optar por salir de la marginalidad y superarles en fuerza real antes que las otras tendencias, lo que nos lleva a trabajar en el terreno social a través de la inserción en los movimientos sociales, responder ante los problemas sociales inmediatos e impulsar las luchas, para conseguir la necesaria base social que impulse realmente los movimientos populares y que éstos tengan un carácter lo más libertario posible, capaz de plantar cara al sistema capitalista a través de la creación de alternativas de confrontación.

En resumen, la estrategia política apunta a empujar mediante la creación de alternativas políticas que aspiren a superar el orden existente. La estrategia política además implica algo de astucia y mucha ambición, insertarnos en la realidad material, aprovechar las oportunidades que se nos presentan e intervenir o atacar, pero no atacar simbólicamente, sino de manera sistemática y planeada; tener constancia en nuestras actividades políticas y sociales, y no dejarlo todo a la improvisación; acumular las experiencias y no tener que empezar de cero; y no atacar a través de la fuerza bruta, sino con la fuerza emanada desde la autoorganización popular y su articulación política. En este sentido, la estrategia política es la que da contenido a la ofensiva.

[Traducción] La Revolución en Rojava I

Con este artículo doy comienzo a mi labor en este proyecto de comunicación social que es Regeneración Libertaria. Se trata de una traducción del artículo escrito por Meredith Tax y publicado originalmente en la página web de la revista Dissent: The Revolution in Rojava. Este artículo es un buen resumen de la situación revolucionaria actual en Rojava, así como de sus fundamentos, raíces y antecedentes, con lo cual se trata de una lectura totalmente recomendable para aquelles interesades en informarse sobre este acontecimiento social y que aún no tienen mucho conocimiento sobre el mismo.

Lo dividiré en tres partes para facilitar su lectura, pues es un texto ciertamente extenso.

Sin más, ahí va:


Desde el pasado agosto, cuando supe por primera vez de la lucha contra el ISIS en Kobane, me he estado preguntando por qué tan pocas personas en los Estados Unidos están hablando sobre los cantones de Rojava. Une pensaría que sería una gran noticia que existiese un área liberada en Oriente Medio liderada por socialistas-feministas de la hostia, donde el pueblo toma las decisiones a través de consejos locales y las mujeres ostentan el 40 por ciento de las posiciones de liderazgo en todos los niveles. Une pensaría que sería incluso una noticia más grande que sus milicias fueran lo suficientemente fuertes para derrotar al ISIS. Une pensaría que los análisis de lo que hizo posible esta victoria estarían por toda la prensa de izquierdas.

Pero muches en la izquierda de EE. UU. tienen que oír aún la historia de los cantones de Rojava –Afrin, Cizîre y Kobani– en el norte de Siria, o Kurdistán oeste. Rojava –la palabra kurda para «Occidente»– está compuesta por tres enclaves izquierdistas, constituyendo un área ligeramente inferior al estado de Connecticut, en un territorio dominado por el ISIS. A mediados de 2012, las fuerzas de Assad se retiraron masivamente de la zona, y la batalla fue dejada a las milicias kurdas: las YPG (Unidades de Protección del Pueblo) y las YPJ (Unidades de Defensa de Mujeres), las milicias autónomas de mujeres. Estas milicias no son las mismas que les peshmerga iraquíes, a pesar de que la prensa norteamericana use dicho nombre para ambos.

Las YPG y las YPJ, durante la mayor parte de los últimos tres años, han estado centradas en derrotar a los yihadistas, incluso aunque continúan combatiendo con el régimen de Assad (particularmente en y alrededor de la ciudad de Hasakah). El 27 de enero de 2015, lograron una enorme victoria cuando vencieron al ISIS en Kobane. Desde entonces han retomado las estratégicas ciudades de Tel Hamis y Tel Tamr (en los límites del cantón de Cizîre), pero, desde finales de abril, se están preparando para un ataque renovado del ISIS en la zona.

Mientras que la oposición siria está comprensiblemente resentida con que las YPG y las YPJ retiraran la mayor parte de su energía de la guerra con Assad, les izquierdistas de todo el mundo deben estar observando los extraordinarios esfuerzos que están siendo realizados por les kurdes siries y sus aliades para construir un área liberada donde pueden desarrollar sus ideas sobre socialismo, democracia, mujeres y ecología en práctica.

Elles han estado trabajando en estas ideas desde 2003, cuando el PYD (Partido de la Unión Democrática) fue fundado por miembros sirios del ilegalizado partido kurdo de Turquía, el PKK. Para enero de 2014, habían establecido un sistema de gobierno de abajo-arriba en cada cantón, con las decisiones políticas tomadas por consejos locales y con los servicios sociales y las cuestiones legales administradas por estructuras locales de la sociedad civil bajo el paraguas del TEV-DEM (Movimiento por la Sociedad Democrática). El TEV-DEM incluye a personas de todos los grupos étnicos en los cantones, que están representadas por más de un partido político, pero la mayoría de su liderazgo ideológico viene de parte del PYD.

Según Janet Biehl, que formó parte de una delegación académica al cantón de Cizîrê en diciembre de 2014, la comuna de distrito es el bloque de construcción de la estructura al completo. Cada comuna está compuesta por 300 miembros y dos copresidentes electes, un hombre y una mujer. 18 comunas constituyen un distrito, y les copresidentes de todos ellos se encuentran en el Consejo de Distrito del Pueblo, que también está formado por miembros elegidos directamente. Los Consejos de Distrito del Pueblo deciden en materias de administración y economía como la recogida de la basura, la distribución del aceite de calefacción, la propiedad de la tierra y las empresas cooperativas. Mientras que todas las comunas y los consejos están al menos compuestos por un 40% de mujeres, el PYD –en su determinación de revolucionar las relaciones tradicionales de género– también ha creado cuerpos paralelos autónomos de mujeres en cada nivel. Estos determinan la política en materias que conciernen particularmente a las mujeres, como los matrimonios forzosos, los crímenes de honor, la poligamia, la violencia sexual y la discriminación. Desde que la violencia doméstica es un problema continuo, también han construido un sistema de albergues-refugios. Si tiene lugar un conflicto en un asunto concerniente a las mujeres, los consejos de mujeres tienen potestad para sobrepasar y anular a los consejos mixtos.

En resumen, la Revolución de Rojava está cumpliendo los sueños de la Primavera Árabe –y algo más. Si sus ideas pueden sostenerse y prevalecer contra el ISIS, el nacionalismo kurdo y los estados hostiles que rodean a los cantones, Rojava afectará a las posibilidades disponibles para la región entera. Entonces, ¿por qué no está consiguiendo más apoyo internacional?

En octubre, David Graeber escribió un artículo de opinión en The Guardian comparando la lucha de Rojava contra el ISIS con la Guerra Civil Española y se preguntaba por qué la izquierda internacional estaba mostrando tan poca solidaridad en esta ocasión. La respuesta residía en parte en cómo uno define la solidaridad internacional –que en estos días usualmente parece estar limitada a oponerse a cualquier cosa que los Estados Unidos haga. En diciembre de 2014, un panel del In These Times sobre qué hacer respecto a Kobane encuadró la cuestión en términos puramente de una intervención militar de los EE. UU. Richard Falk respondió:

La difícil situación de les kurdes en Kobane y su coraje resistiendo al ISIS plantean un escenario trágico que pone en tela de juicio la especie de antiintervencionismo que siento que está justificado en general, particularmente en Oriente Medio. Pero para superar la presunción contra la intervención militar, especialmente desde el aire, uno precisa de una evidencia muy potente… La intervención del ISIS de hecho no parece diseñada para lidiar con el problema. Más bien parece una proyección del poder de los EE. UU. en la región.

Falk inmediatamente orienta la cuestión hacia los motivos de los EE. UU. más que hacia si Kobane necesita ayuda o si la ha pedido, y qué otros tipos de ayuda, además de los bombardeos, pueden prestarse.

Para Graeber, esta manera de encasillar el problema es tristemente unilateral; la crítica antiimperialista es insuficiente sin la solidaridad. Él visitó Rojava como parte de la delegación académica y, a la vuelta, la describió como “una revolución genuina”:

Pero de un modo que es exactamente el problema. Las principales potencias se han encomendado a sí mismas a una ideología que dice que las revoluciones reales no pueden nunca más tener lugar. Mientras tanto, muches en la izquierda, incluso en la izquierda radical, parecen haber adoptado tácitamente una política que asume lo mismo, incluso aunque elles todavía producen unos superficiales ruidos revolucionarios. Aceptan una especie de marco «antiimperialista» puritano que asume que los jugadores importantes son los gobiernos y les capitalistas, y que ése es el único juego que importa.

¿Cuál es el problema aquí? ¿Somos en Estados Unidos demasiado cínicxs o deprimides como para creer que cualquier cosa nueva puede pasar? ¿Estamos preparades para reconocer ideas revolucionarias cuando vienen de Grecia, España o Latinoamérica, pero no de Oriente Medio? ¿Somos tan sexistas que no podemos asumir la idea de una revolución feminista seriamente? ¿O el problema es simplemente ignorancia? Si es así, conocer la historia puede servir de ayuda. Empecemos con les yazidíes.


Hasta aquí la primera parte de La Revolución en Rojava. En la segunda parte se tratará el heroico rescate del pueblo yazidí en Sinjar en agosto del 2014; las relaciones con el régimen filotalibán de Turquía y el Kurdistán iraquí, y el feminismo en el Movimiento de Liberación Kurdo, así como la historia y características del PKK, el Partido de les Trabajadores de Kurdistán.

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