Manifiesto por una convergencia revolucionaria antiestatal

Es nuestra intención animar un proceso de convergencia revolucionaria previa definición de lo que consideramos Revolución.

Entendemos por Revolución el derrocamiento del Régimen vigente, económico, político y social, y su sustitución por un nuevo orden libremente acordado. Esto sólo puede venir por un proceso de lucha popular que mine la autoridad del Estado desde los cimientos, y para ello nos sobran los parlamentos, los ayuntamientos y los distintos gobiernos autonómicos y regionales. Este proceso debe ser impulsado por organismos populares horizontales autoorganizados que funcionen de manera asamblearia, que deben rechazar cualquier intento de absorción por parte de partidos y sindicatos si quieren continuar siendo libres a la hora de tomar decisiones y autónomos en la forma de funcionar. Entendemos pues que colaborar con las instituciones legitimando su función mediante las urnas y los mecanismos de participación acordados por el propio Sistema (como los partidos políticos y los sindicatos, sean éstos más o menos transparentes) es caminar en dirección opuesta a la de la Revolución Social.

Es absolutamente imprescindible que este proceso revolucionario tenga sus defensores, que la opción revolucionaria, rupturista, radical…. tenga voz propia, que exista, se manifieste y se dé a conocer enfrentándose dialécticamente con sus contrarios y enemigos, no ya el mismo Estado, el Régimen, el Orden, al que hay que denunciar y al que hay que enfrentarse a porfía con una estrategia meditada sino también a las diversas facciones que enmascaran y maquillan tras una apariencia más ó menos contestataria, asamblearia, opositora o antisistema, proyectos de legitimación de esta Dictadura Parlamentaria, de «regeneración democrática», de perfeccionamiento de la democracia, en resumen de apuntalamiento y sostenimiento del orden vigente. Esta es la labor de la izquierda del Capitalismo, parlamentaria ó extra-parlamentaria según convenga, más ó menos «extrema» y que ahora mismo cosecha éxitos en su programa de «reiniciar el Sistema», lema que no deja lugar a dudas sobre sus prístinas y aviesas intenciones, es un «volver a empezar», un «y vuelta la burra al trigo».

Por lo tanto, quienes tomamos partido por la Revolución hemos de criticar, denunciar y enfrentar el izquierdismo y a las izquierdas, sin complejos ni vacilaciones, con argumentos y públicamente. Debemos separarnos de la falsa oposición, la que sólo oposita al poder, quienes francamente nos oponemos a él y anhelamos no administrarlo sino combatirlo y eliminarlo, defendiendo la Revolución con vehemencia. Estar por la Revolución es estar contra el Capitalismo y contra el Estado, vístanse como se vistan. La denuncia de este régimen como una dictadura con la que hay que acabar y a la que hay que enfrentarse sin tregua, la defensa de su superación revolucionaria nos lleva a no aspirar a participar en sus instituciones y a boicotear y renunciar a la representación electoral y al entramado institucional no colaborando bajo ningún concepto en la gestión de este sistema de explotación, no justificándolo ni integrándolo.

La defensa de las asambleas como órganos soberanos de organización y poder popular es incompatible con la defensa del parlamentarismo, expresión máxima de la delegación. O auto-gobierno del Pueblo o dictadura del Estado. Quienes pretenden la coexistencia relajada de asambleas populares con las instituciones de la Dictadura Parlamentaria como proyecto de perfeccionamiento democrático, caricaturizando y reduciendo las asambleas a meros órganos consultivos y decorativos, son los defensores del Estado, son los mismos que las temen como instrumento de lucha y fortalecimiento popular, y de esta forma pretenden destruirlas como herramienta de combate y organización del pueblo. Las asambleas populares serán el legítimo auto-gobierno del Pueblo que ha de enfrentarse al gobierno dictatorial del Estado. Las asambleas no colaboran con el poder, lo deslegitiman, enfrentan y desprecian. La soberanía no puede ser representada, ninguna política es legítima democráticamente a menos que sea propuesta, discutida y decidida por el pueblo, no por representantes o sustitutos. Una democracia participativa no puede ser alcanzada por la sociedad en su conjunto mientras la vida pública esté disponible solo para aquellos con el suficiente tiempo libre para participar en ella.

Las soluciones dadas desde arriba se reducen a prometer trabajo, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y una dependencia absoluta. Desde la Izquierda la alternativa es mendigar trabajo, subsidio ó Renta Básica, una mínima estabilidad económica, cierta capacidad de consumo y unadependencia absoluta. Quienes sólo hablan el lenguaje económico del bienestar, de las necesidades materiales, de los derechos, son los que realmente no pasan de prometer una vida quizás materialmente aceptable pero ética e intelectualmente degradante y miserable. La carestía y el hambre, por sí mismas, no producen revoluciones sino enfermedad y muerte, la Revolución es un asunto de conciencia, de valores, de justicia social… no del monedero. Los revolucionarios hemos de hablar alto y claro contra el trabajo asalariado, contra la explotación y la legitimación del empresariado, en un momento histórico donde por primera vez han conseguido imponer el salariado generalizado y que éste no se viva como una imposición si no como la primera necesidad de la existencia. Desbaratar el maniqueismo de los defensores del Capitalismo que pretenden que solo se puede escoger entre trabajo asalariado o paro, derechas o izquierdas, monarquía o república…

Creemos que es urgente abandonar el lenguaje derechista que utiliza sobre todo la Izquierda, tener derechos, derecho al trabajo, a la educación, a la sanidad, al aborto…. es una perversión que los explotados y gobernados exijan serlo. Los pueblos, las comunidades, son capaces de ocuparse de lo suyo, de organizarse por su cuenta, de funcionar y satisfacer sus necesidades reales sin la tutela del Estado que vende cara su gestión y que como todo tutor administra los bienes del tutelado hasta su mayoría de edad, tratándonos a todos como incapaces, inútiles e inmaduros… y en este caso, la tutela del Estado es a perpetuidad.

Como enemigos del Estado lo somos del Estado del Bienestar. El bienestar del Estado es el bienestar del ganado. La humanidad que sueña con ser libre, con la igualdad y la justicia aspiramos a algo más que a un mejor establo. Se nos vende como el único freno a la sobreexplotación, el único capaz de controlar los
desmanes y excesos del “Capitalismo Salvaje” y de regalarnos derechos como la sanidad (sobremedicación, errores médicos, yatrogenia), educación (encierro forzoso desde temprana edad hasta la edad adulta para ser domesticados y encajar en el infame engranaje), … que en realidad nos salen muy, muy caros. El Estado del Bienestar funciona en una pequeña parte del mundo coyunturalmente, se construyó desde arriba y no es fruto de pretendidas luchas sino de «favores», concesiones unilaterales que compraron la paz social y la renuncia al cambio social y a la justicia integral a cambio de ciertas mejoras que ya sin presión revolucionaria, como vienen se van. Esto ha permitido gobernar y explotar sin apenas conflicto ni contestación. Los actores y métodos políticos necesarios para perpetuar este pacto son los partidos, los sindicatos y las elecciones que no sirven en absoluto para otra cosa que no sea para sostener el sistema de explotación. Si se pretende luchar contra y no sostener al, se tiene que abandonar la defensa del Estado del Bienestar y no ceder a la tentación de aspirar a ralentizar su desmantelamiento. Esto no ha de ser tenido como victoria de los de abajo y menos aún como un objetivo deseable.

La defensa del Estado, del bienestar o no, de sus ministerios, de lo público, o sea, de lo estatal, es la defensa cerrada del orden vigente, ya sea la defensa de la educación pública, de la policía pública ó de la sanidad pública. Quienes hoy hablan de lo público, lo hacen como sinónimo de lo estatal. Esto nada tiene que ver con lo común, lo popular, es más, son términos enfrentados. El Estado destruye y esclaviza al Pueblo, domina, somete, explota, ningunea mediante jueces, policías, profesores, asistentes sociales, funcionarios de prisiones, psiquiatras, etc. El Estado del Bienestar produce adicción e inacción en sus “beneficiarios”, acomodaticios e inútiles a la hora de resolver sus problemas, satisfacer sus necesidades por si mismos o en colaboración con sus iguales. El Estado Social aplasta al individuo como garante de su propia conservación y neutraliza a la comunidad como ámbito de la ayuda mutua y la autogestión.

El Estado es, según el derecho, el administrador de la única violencia legítima en Democracia y en los últimos tiempos algunos movimientos sociales han tenido mucho interés en respetar este estado de las cosas, criminalizando a los manifestantes que se defienden de la policía y tratando de que las movilizaciones no rompan el decorado de las buenas maneras, siendo éstas movilizaciones el complemento de la única vía legítima de cambio social para él: la que salga de las urnas. No respetamos este Estado de Derecho que, al contrario, definimos como Estado de Excepción permanente, donde la propia ley legitima la violación de sus principios de igualdad ante la justicia.

La totalidad de los defensores del orden defienden, justifican y aplauden el uso de esta violencia, las amenazas y la coacción estatal contra quienes les cuestionan: Asesinatos, palizas, cárcel, multas… además, otro tipo de violencia mucho más sutil, la estructural, hoy se hace sentir con toda su fuerza: el terror impuesto en las clases populares mediante el binomio paro/trabajo precario, los desahucios, la marginación, etc.Entendemos la violencia como una herramienta más de lucha y en ciertos momentos y lugares ha de ser estratégicamente utilizada. La violencia por la violencia, el exhibicionismo y su mitificación son despreciables. Su uso no es obligatorio (pero sí necesario en ocasiones), como no puede serlo su renuncia. Puede haber sectores revolucionarios que nunca participen de ella, por precaución, por falta de compromiso, de decisión, por no asumir los riesgos o por defender activamente la desobediencia civil no violenta. Siempre ha pasado y siempre sucederá. Al enemigo se le puede enfrentar de muchas formas pero quienes conformamos el bando revolucionario hemos de respetarnos mutuamente, diferentes estrategias y acciones no son incompatibles sino complementarias. La falta de respeto sí lo es.

Es un buen momento para iniciar este proceso de convergencia revolucionaria: hoy en día el Sistema Democrático está pasando por una seria crisis de legitimidad, los viejos partidos se contraen carcomidos por la corrupción, escándalo tras escándalo la reputación negativa de los políticos y hombres públicos se deteriora más y más ante el hastío y la indignación de la gente. Por momentos parece que la población despierta, debate, discute, se interesa, se inclina a la reivindicación…Y es precisamente en este momento cuando tras casi cuatro décadas de Dictadura Parlamentaria la Democracia, los partidos, los políticos, el Sistema, se encuentra más débil, más devaluado que nunca, en peor posición, más cuestionado por todos, es ahora cuando en vez de hacer leña del árbol caído las izquierdas ven su oportunidad y estas izquierdas de todo tipo, hasta hace poco “anticapitalistas” e incluso algunas antiparlamentarias, echan un flotador al Sistema y nos pretenden convencer de que no falla el Régimen sino las personas y de que, qué casualidad, son ellos los más indicados para salvarnos, es decir, para explotarnos y oprimirnos más suave y éticamente (eso sí). Nos quieren convencer de que no hay alternativa a las instituciones del Estado y al Capitalismo, que pueden ser a lo sumo algo mejoradas, perfeccionadas, vestidas con “rostro humano”, pero nunca superadas, abolidas.

Ante el frentepopulismo nacionalista, ante el irresistible atractivo de los nacionalismos disfrazados de alternativa y de solución a ciertos problemas insistir en que sólo pretenden perpetuar idéntico sistema de dominación, repartírselo entre nuevos reyezuelos ansiosos de su propia taifa. No perderemos el tiempo dividiendo estados capitalistas en otros más pequeños ni haciéndolos más grandes. Lo principal para nosotros sigue siendo la cuestión social, o sea, el trabajo asalariado, la explotación del hombre por el hombre, el sistema de clases, el monopolio del poder político y económico, y los nacionalismos no la resuelven, la Revolución sí.

Nuestra lucha no tiene fronteras y como antaño seguimos creyendo que los oprimidos de todos los países y regiones deben unirse por encima de los nacionalismos chovinistas y que debemos establecer fuera de pactos políticos partidistas con fuerzas reaccionarias la solidaridad de la acción revolucionaria. Buscamos la formación de una comunidad en lucha, que se reconozca a sí misma, por si misma y en sí misma frente al enemigo, en la que caben disparidad de formas de acción, compartiendo la misma tendencia revolucionaria. Hemos de ser irrecuperables para la Izquierda, o sea para el Sistema. La comunidad en lucha reconoce, ampara, protege y apoya a quienes en la pelea sufren el acoso ó caen en manos del enemigo y desconfía y desprecia a quiénes le defienden y justifican. Tratamos de unir esfuerzos para el desarrollo y fortalecimiento del único proceso constituyente que consideramos necesario e inaplazable, el de la construcción de esta comunidad en lucha contra el poder con aspiraciones de justicia, libertad y equidad, regida por el apoyo mutuo, lo común, que sabe que la unión hace la fuerza y que separados estamos perdidos y vendidos, que sueña con un porvenir diferente y mejor para los suyos.

Se ha de ir esbozando el futuro, no posponer la solución de todo al día siguiente de la Revolución. Elaborar un proyecto revolucionario creíble, proponer, perfilar, premeditar cómo el pueblo autogobernado hará frente en la práctica a los diferentes asuntos de la problemática social (administración de la justicia, sanidad, defensa, logística, reparto a las comunidades de los nuevos bienes comunes –tierras, infraestructuras, viviendas–, qué se desmantela y qué se mantiene…). Hay mucho sobre lo que discutir y acordar, mucho que aprender, y por fortuna o no, tenemos tiempo de hacerlo. Somos conscientes de que es éste un proyecto a largo plazo (aunque la historia siempre da sorpresas) pero es el único por el que merece la pena pelear.Divulgar, hacer pedagogía revolucionaria, exponer, defender y debatir públicamente, existir, combatir, hacerse oír, para lograr más pronto que tarde tener entidad propia, ser identificados como fuerza por la sociedad y por nuestros enemigos de todos los colores. Por nosotros hablarán nuestras palabras y nuestros actos, nos cuidaremos de no caminar junto a quienes no aspiran a más, a ser más, más conscientes, unidos y mejores para llegar más lejos.

El reto no es pequeño : ¿Seremos capaces de romper el silencio, de acabar con esta paz de cementerio, de poner fin a la docilidad y a la apatía social ? , ¿Capaces de iniciar un sincero movimiento revolucionario en estos tiempos de derrota, de rendición y traición ? ¿Capaces de conseguir que parte del descontento madure en crítica social radical, en ansias de cambio real, en ilusión, en esperanza, en ganas de pelear y no sea cíclica e inexorablemente reabsorbido y reintegrado al Sistema, o sea, liquidado, quedando fuera únicamente una presencia residual, atomizada, paralizada, descorazonada, sin ambición alguna?

Quienes apostamos por la vía revolucionaria vivimos también sumergidos en el mundo del sexismo, del dinero, del consumo, la propiedad privada, lo material, las necesidades creadas, las comodidades. Acostumbrados a lo fácil, a recibir, a pedir, a competir y a asumir, inmersos en el mundo que ansiamos superar, vivimos en la contradicción, no podemos cuestionar este mundo sin cuestionarnos a nosotros mismos, combatirlo sin combatirnos. Todos estamos de uno u otro modo involucrados en los mecanismos de reproducción del Sistema, sabotearlo y atacarlo es, en ocasiones, atacar nuestra propia subsistencia. Vivir en esta contradicción sin que nos paralice y atempere es un reto tanto personal como colectivo que no podemos pasar por alto. Partiendo de las bases expuestas en este texto, invitamos a todas las personas de libre conciencia que sinceramente deseen acabar con el Capitalismo y el Estado, y que crean necesario, imprescindible e ineludible propagar por doquier la necesidad de un cambio revolucionario, a contactarnos para poder encontrarnos y discutir directamente y en profundidad sobre como empezar a avanzar con paso firme en esta dirección.

Salud y Anarquía,
¡Viva la Revolución!

Madrid, noviembre 2014.
CONTACTO:
cra@riseup.net

Cuando el límite de x no tiende a infinito

Un día cualquiera me encontré con una pregunta de una servidora de Madrid bastante curiosa. No era de matemáticas, sino de política y en concreto son cuestiones acerca de las las limitaciones ideológico-políticas del anarquismo. Más específicamente, haciendo un balance de las distintas aportaciones teóricas a la actual coyuntura y sus limitaciones. Por un lado, estas cuestiones exigen mucho seso, pero por otro, me sabría mal dejarla plantada, dejando además, muchas cosas clave en el tintero. He aquí que me haya decidido responder, y el título precisamente es una parábola a dichos interrogantes.

Para contextualizarnos mejor, nos remontamos a los tiempos convulsos de la reestructuración del régimen franquista, llamado comúnmente como «Transición a la democracia», allá por los años ’77 del siglo XX. En esa época, comenzó a resurgir la CNT una vez ya en la legalidad y poco a poco comenzó a asmoar la cabeza otra vez el movimiento obrero y junto a éste, el movimiento libertario. Sin embargo, no estaban exentos de divisiones internas y pronto las excisiones y el caso Scala terminó por desmoronar el movimiento. Represión, cárcel, terrorismo de Estado y torturas, eso fue la cara oculta de la historia reciente de este país que no sale en los libros. Tras haber neutralizado el movimiento obrero, la historia desde finales de los ’80 hasta hoy ha sido la historia de los partidos políticos. El pueblo había dejado de ser protagonista. En ese período el anarquismo continuó como movimiento marginal, con aires nostálgicos de aquel pasado glorioso del ’36. En los años ’90, comenzó a aparecer tendencias insurreccionalistas que pretendían romper con el inmovilismo de entonces, aunque a falta de hojas de ruta y estrategia política, acabaron desentendiéndose del resto de las luchas y terminando por caer en mera literatura incendiaria. La crisis del anarquismo se hizo patente en ese momento, y se notó cuando estalló la crisis allá por el 2008 por una ausencia casi total de respuestas sociales desde el anarquismo.

Pero llegó el 15M y de allí, el punto de inflexión Si bien el 15M no supuso un impulso real al movimiento libertario, sí que preparó el terreno para la escalada de la movilización social y a la vez, en ese momento se visibilizó la inoperancia del anarquismo en general en el Estado español. Una de las mayores limitaciones dentro del movimiento libertario fue la incapacidad para transmitir nuestros mensajes al resto de la sociedad, concretamente, a gran parte de la clase trabajadora. Junto a ello, la falta de proyectos políticos y económicos claros unido al hermetismo del propio movimiento que llevamos arrastrando desde que se desmoronó tras el Caso Scala, hace del anarquismo algo opaco al resto de la sociedad, una suerte de utopía para soñadores incansables. Estos factores pueden tener raíz en la propia esencia del anarquismo: la diversidad. El anarquismo tiene multitud de interpretaciones, y hay ocasiones en que la diversidad degenera en atomización, que es la fragmentación de las ideas anarquistas en átomos en los cuales cada individuo se forja su propia concepción y se cierra en su burbuja. Por otro lado, la diversidad puede ser un punto fuerte. Para que fuese así, esta diversidad debería ser dialéctica y dinámica, que supere los viejos esquemas siguiendo el método científico y se adapte a las coyunturas donde se dan; una diversidad que admita la unidad teórica entre la diversidad de opiniones y se construya socialmente.

De la diversidad surgieron también diversas corrientes o tendencias dentro del mismo anarquismo. Así pues, podemos distinguir aquellas relativas a la finalidad: anarquismo individualista, mutualismo, colectivismo y comunismo libertario. De las cuales, han bebido las corrientes relativas a la forma organizativa o medios empleados: insurreccionalismo/anarconihilismo, anarcosindicalismo, anarquismo social, etc. Como tratar de detallar cada tendencia daría para escribir muchos artículos, voy a centrarme en aquellos relativos a la praxis inmediata que están más de actualidad y más determinante para los tiempos que corren. Aquí no trataré sobre las corrientes finalistas.

Comenzando con el insurreccionalismo, hemos de señalar que no es una tendencia exclusiva del anarquismo, sino que también puede ser del marxismo revolucionario. El insurreccionalismo no es más que un método que pretende transformar la realidad presente a través de la revuelta y con un claro discurso que apunta a la realización de un fin revolucionario en lo inmediato. Obviamente, esto tiene una gran limitación y viene dado por la omisión de dos importantes factores que determinan la posibilidad de creación y avance de un movimiento revolucionario: las comunidades en lucha y la acumulación de fuerzas. Si bien el insurreccionalismo podría ser una salida al estancamiento, si se desentiende de las problemáticas sociales y de sus procesos de movilización perdiendo así unas posibles bases que amplíen al movimiento, estará abocado al fracaso. Así lo demuestra, por ejemplo, la diferencia entre el anarquismo insurreccionalista griego y el ibérico, por mencionar las más destacadas. Resulta irónico que ciertos insurreccionalistas critiquen la idea de comunidad y de acción colectiva, cuando realmente, las tendencias insurreccionalistas que podrían tener posibilidades de ser actor revolucionario de cambio, son las que han sabido conectar con los problemas sociales inmediatos y crear comunidades. Exarchia, conocido barrio ateniense tomado por anarquistas, no está formado única y exclusivamente por anarquistas, sino también por numerosas personas que ven la autoorganización y la autogestión como alternativas factibles al sistema capitalista. Incluso la pequeña victoria arrancada por Nikos Romanós al ponerse en huelga de hambre, ha sido también gracias a las redes de apoyo y a la solidaridad del tejido social creado en Atenas (y también del resto del mundo), cosa que sin ella, no habría podido llegar hasta este punto y poder aspirar a victorias mayores. En resumen, el insurreccionalismo no tendrá éxito si no es capaz de conectar con la problemática social inmediata ni crear la base social que articule el movimiento. De hecho, es gracias a esa base social la que otorga contenido político y sentido a las luchas.

Hablando del anarcosindicalismo, aunque en el primer tercio del s. XX en el Estado español el anarcosindicalismo haya podido ser una fuerza mayoritaria, hoy no tiene mucha influencia en el panorama laboral, incluso entre el sector de la clase trabajadora sindicada. La principal limitación es su propia naturaleza de ámbito específico: el laboral. El anarcosindicalismo sirve como herramienta para la organización de la clase trabajadora, al margen de su ideología política, en los centros de trabajo en la coyuntura del sistema capitalista. En este sentido, a través del anarcosindicalismo se pretende articular una organización de clase que permita responder a las agresiones de la patronal, y que a su vez, sirva como punto de partida para la concienciación de la clase trabajadora, demostrando además, que mediante la acción directa podemos resolver los conflictos a nuestro favor y defender nuestros intereses inmediatos No obstante, el propio sindicalismo no va más allá de las luchas económicas al ser de ámbito específico y sectorial. Otro problema del anarcosindicalismo, al menos en el Estado español, ha sido la sobreideologización que ha obstaculizado y ha ocasionado que, en algunos casos, ciertos anarcosindicatos (no voy a tratar aquí ninguna sigla en concreto) se conviertan en ghettos y no en herramientas funcionales. Esto puede ser debido, en parte, a la influencia de lo que se podría llamar «anarquismo oficial», aquella corriente nostálgica con los años ’30 y que no supo conectar con la realidad social debido a la falta de análisis rigurosos y centrado únicamente en la pureza ideológica más que en una visión estratégica y de articulación de movimiento. En resumidas cuentas, el anarcosindicalismo debería, ahora más que nunca, constituir la alternativa real al sindicalismo de concertación y volver a impulsar el movimiento obrero de carácter autónomo.

Por último, no cerraría este artículo sin analizar el anarquismo social, de reciente importación al Estado español. La entrada de esta corriente supuso un soplo de aire fresco y una posibilidad real de salir del estancamiento y del estado languideciente del anarquismo actual en este país, para volver a levantar un movimiento libertario con capacidad para impulsar las luchas sociales a través de la organización popular. Otro punto importante a tener en cuenta es la necesidad de articular un movimiento libertario multisectorial, que conecten todas las luchas, tales como en el ámbito laboral-estudiantil, a nivel de barrio, comunitario y territorial, y a nivel político-ideológico. Posiblemente, la limitación residiría en la falta de tejido social en gran parte de la población de la península, tejido social que se perdió en el franquismo y por la «cultura de la Transición«. Aunque en estos últimos años, la movilización social ha ido in crescendo y, a falta de actores políticos revolucionarios que actúen fuera de las instituciones, podrían acaban como extensiones de partidos como Podemos y terminar vaciando las calles.

En general, al menos actualmente en el Estado español, al anarquismo le faltan proyectos políticos más concretos que apunten a finalidades cercanas nuestro alcance, que permitan el avance de las luchas inmediatas fortaleciendo la organización popular en vez de apuntar a la vía institucional y crear alternativas las cuales sean el propio pueblo trabajador y las clases oprimidas quienes sean los y las protagonistas. Una de las limitaciones son las pocas herramientas de análisis de coyuntura que tenemos, cosa que sí tiene el marxismo de los cuales nos podemos inspirar, y que nos permita conocer rigurosamente las distintas fuerzas políticas y sociales en el escenario político y determinar las estrategias adecuadas para impulsar la transformación radical de la sociedad. A pesar de todo, las experiencias históricas en las cuales se pudo materializar el anarquismo, así como las experiencias en Rojava, demuestran que es la única vía para la emancipación social y superar el sistema capitalista.

El anarquismo como herramienta y no como utopía

¿Qué es el anarquismo? Probablemente, a esta pregunta le sucederían un montón de respuestas. La particularidad del anarquismo es que cada anarquista tiene su propio concepto, pero compartiendo el común denominador que es una sociedad libre, sin Estado ni clases, basada en el apoyo mutuo y la cooperación, organizada a través de las comunas y éstas se agruparían en una confederación de comunas. Kropotkin lo definió como «principio o teoría de la vida y la conducta que concibe una sociedad sin gobierno, en que se obtiene la armonía, no por sometimiento a ley, ni obediencia a autoridad, sino por acuerdos libres establecidos entre los diversos grupos, territoriales y profesionales, libremente constituidos para la producción y el consumo, y para la satisfacción de la infinita variedad de necesidades y aspiraciones de un ser civilizado.» Pero esta definición, aunque válida, le falta más cosas. De hecho, incluso a muchas definiciones dadas al anarquismo actualmente les faltan. Muchas de ellas apuntan al fin, a esa lejana sociedad libre ideal, pero no concretan los medios. Esta es la cuestión que trataremos, pues aunque el anarquismo no sea una utopía, a partir de ciertas definiciones, da la impresión de que sí lo es.

Hablemos en presente. Actualmente, el sistema dominante es el neoliberalismo, y el anarquismo prácticamente ya no es una fuerza política y constituye en muchos sitios —que no en todos— un movimiento minoritario o casi marginal, aunque hay casos de realizaciones del anarquismo a muy pequeña escala a nivel local. Si algo es realizable quiere decir que no es utópico, pero es discutible, puesto que hoy por hoy, es absurdo pensar que en un período de tiempo relativamente corto, seamos capaces de materializar a mayor escala el anarquismo o socialismo libertario. Sin embargo, también es cierto que los principios antiautoritarios se pueden aplicar igualmente en el presente, y es aquí de donde tiene que partir las herramientas de transformación.

Si presentamos continuamente el anarquismo únicamente como sociedad ideal futura, estaremos diciendo que el anarquismo es utópico. De hecho, a día de hoy, materializar una sociedad anarquista a mediana o gran escala en el actual contexto neoliberal es imposible. Pero que sea imposible no impide que sigamos aspirando a ella. Esto no significa que nos convirtamos en apasionadas soñadoras tratando de ser lo más coherentes posibles con nuestras ideas, sino buscar medios materiales para llegar a los objetivos de largo plazo. Para ello, es imprescindible desde el anarquismo, crear las herramientas para ello sabiendo que la revolución no vendrá espontáneamente sino que será resultado de una acumulación de fuerzas en favor de la clase trabajadora. Lo primero de todo, es esencial conocer el entorno que nos rodea a través del análisis de la coyuntura, y actuar donde existan conflictos sociales, autoorganizándonos y utilizar nuestros principios para aplicarlos en la praxis inmediata. En este sentido, potenciar las estructuras asamblearias para la toma de decisiones colectivas, fomentar la acción directa como método efectivo para la resolución de conflictos, así como las estructuras horizontales en las organizaciones populares, y, en definitiva, poner a disposición de todas nuestros métodos y no hacerlos exclusivamente nuestros.

 Necesitamos más un anarquismo que sirva como herramienta de lucha, porque de lo contrario, por mucho que querramos lograr una sociedad libre sin clases ni Estado, si no tenemos los medios para ello, estaríamos continuamente soñando con utopías mientras vemos cómo continuamente el capitalismo se reestructura en cada crisis. Por ello, cabe añadir a las definiciones del anarquismo como que «no solo es un principio o teoría de la vida que concibe una sociedad sin gobierno cuya armonía se obtiene por el libre acuerdo, sino que también constituye una herramienta para la praxis social y política encaminada a la emancipación social de las clases oprimidas.»

Ante el típico reproche de «lo vuestro es imposible», responderíamos que no se trata de un proyecto de realización inmediata y espontánea ni tampoco se trata de un estilo de vida única y exclusivamente personal, sino que también el anarquismo constituye, a día de hoy, una herramienta de lucha al alcance de cualquiera que desee un cambio radical. Aspiramos a un mundo mejor, por supuesto, y esto nos impulsa a luchar contra todas las agresiones del capital y el Estado, pero no expresamente declarando una guerra abierta, sino pensando bien las estrategias y, partiendo del análisis de la coyuntura, crear las estructuras organizativas adecuadas para cada ámbito de lucha, potenciar los movimientos sociales de base para crear comunidad, buscar alianzas con otras tendencias políticas más afines y constituirnos como actor político revolucionario.

La acción directa como método de resolución de conflictos, el asamblearismo como vía para la toma de decisiones colectivas, la descentralización como estructura organizativa, la autogestión como independencia y autonomía económica, etc, constituyen métodos propios del anarquismo que pueden aplicarse perfectamente en las luchas actuales, los cuales se emplearían, no solo para ganar pequeñas victorias, punto muy importante para llevar la moral alta, atraer a nuevas personas, crear redes y lazos de solidaridad así como comunidades en lucha, sino también llevarnos a la posibilidad de dar un salto cualitativo. Así que, los y las anarquistas no vamos a ir al monte para vivir nuestras vidas, sino que constituiremos una alternativa de confrontación al sistema, dotando de contenido político a las luchas y poniendo sobre la mesa las herramientas necesarias para avanzar en ellas. No es momento para poner excusas escudándose en la coherencia o la libertad personal, es momento de volver a levantar la cabeza, repartir las herramientas y caminar.

El conflicto, la guerra y los refugiados del Kurdistán

Contexto histórico y geográfico

Kurdistán (كوردستان) es una región geográfica con una etnia (kurda) que posee un sentimiento de nación —cabe subrayar y tener en cuenta que la palabra «nación» está entendida bajo la definición histórica alemana y que es especialmente importante distinguirla de la palabra Estado o país— pero que no tiene Estado (a lo que aspiran). Dicho territorio comprende las regiones del noreste de Siria, norte de Irak, oeste de Irán y sureste de Turquía (y algunos también reivindican un pequeño enclave en el estado de Armenia).

La supuesta aparición de esta identidad nacional se remonta a los Medos de antes de Cristo. En la Edad Media ya tenían cierta libertad bajo el islam, aunque con la llegada del Imperio otomano la región quedó dividida en dos (otomanos y persas), donde la parte otomana gozó de bastante autonomía hasta casi el s. XIX y donde hubo conflictos políticos que desembocaron en dos rebeliones independentistas.

Tras la Primera Guerra Mundial, con la desintegración de los imperios y el “derecho de libre determinación” se preveía una creación del Estado kurdo, pero una insurrección kurda fue derrotada por las tropas turcas, por lo que Kurdistán quedó dividida en los países actuales que hemos citado anteriormente, exceptuando Armenia, pues era una república socialista soviética (URSS).

Después de la Segunda Guerra Mundial, el Kurdistán que pertenece al territorio iraní proclamó una república independiente de carácter comunista con el partido PDK hasta que la capital fue invadida por los iraníes. Durante la Guerra Fría se suceden revueltas kurdas en Iraq, Irán, Siria y Turquía, todas sin éxito, aunque se consigue crear el PKK (Partido de los trabajadores de Kurdistán). Desde el 2000 la tensión va en aumento con mayor actividad independentista kurda (manifestaciones, levantamientos…) lo cual produce una mayor represión hacia los kurdos. Empieza a haber divisiones del pueblo kurdo entre el PDK, el PKK y el nuevo UPK (Unión Patriótica del Kurdistán, escisión izquierdista del PDK). Tras la guerra de Iraq con EE.UU., la región kurda iraquí consigue una autonomía federal.

Actualmente, el territorio reivindicado por los kurdos es de casi 400.000 km², lo que representa, en esa región, una de las mayores reservas petrolíferas de Oriente Medio. Está situado entre el Tigris y el Éufrates, donde según el Antiguo Testamento de La Biblia (y por lo tanto, La Torá) se halla el paraíso terrenal, por eso es también un territorio importante para la religión.

El Kurdistán es además un territorio rico culturalmente con su propia lengua —el kurdo, que se diferencia del árabe, del turco, del armenio o del persa—, su historia, su música, su gastronomía… También en este territorio conviven distintas religiones que van desde el islam, el cristianismo hasta una religión propia del territorio denominado yazidismo. A partir de estos factores, se ha forjado la idea de la nación kurda, es decir, la identidad nacional.

Situación actual

Es un conflicto que sigue vigente hoy en día, y ya no es solo la lucha del pueblo kurdo por la independencia de su nación y la creación de un Estado propio, sino que ahora mismo, hay un suceso de mayor relevancia en el cual están invirtiendo sus esfuerzos: repeler la expansión del Estado Islámico sobre su territorio.

Como breve reseña, el Estado Islámico surge de la guerra de Irak con EE.UU. y la caída de Saddam Hussein (2003). Aparecieron en ese territorio muchas milicias para defenderse de las tropas extranjeras en su territorio. Una de ellas fue la facción de Al Qaeda en Irak, cuyo líder fue asesinado en 2006. Tomó el mando un egipcio llamado Abu Ayub quien en ese mismo año declaró la formación del Estado Islámico, arropado por Al Qaeda y unos 800 milicianos. En 2010 una nueva operación americana acabó con el antiguo dirigente, quedándose al mando Abu Bakr, que tras la retirada de tropas americanas, pudo reforzar la organización llegando hasta las 2.500 personas integradas, las cuales al participar en la guerra Siria, pasaron a denominarse ISIS (Islamic State of Irak and Siria). Al Qaeda quedó escindida entonces por ISIS al no aprobar su intervención en territorio sirio. Al conquistar la segunda ciudad más importante de Irak, Mosul, ISIS creó de la zona bajo su dominio un califato con Abu Bakr como califa. Los últimos éxitos del Estado Islámico le han hecho enriquecerse (al quedarse con los bancos de cada pueblo o ciudad conquistada) y multiplicar sus combatientes hasta llegar a los 15.000.

Tras el avance de ISIS por territorio sirio en dirección a Turquía, los kurdos residentes en Siria han puesto en manifiesto su contrariedad al Estado Islámico y, a pesar de haber formado numerosas milicias, han ido cayendo una a una todas las ciudades o pueblos por los que el ejército islamista iba pasando. Próximo a la frontera con Turquía, hay una pequeña localidad que sigue resistiendo hoy en día a las ofensivas del Estado Islámico por anexionársela, y que está en el punto de mira por el gobierno turco y estadounidense, el cual, lleva creando polémica en la prensa estos últimos días.

Kobanê

“Es una ciudad en la gobernación de Alepo, al norte de Siria (frontera con Turquía). Tenía una población de 44.821 habitantes en el censo de 2004. Es habitada mayoritariamente por kurdos (89%) y también por árabes (5%), turcos (5%) y armenios (1%).”¹

Es una ciudad peculiar que se ha hecho relativamente famosa en el mundo entero por oponer una resistencia eficaz al Estado Islámico. Mientras otros pueblos y ciudades eran anexionados en menos de 24 horas, Kobane lleva más de un mes (desde el 16 de septiembre) resistiendo y continúa a día de hoy sin estar plenamente conquistada por ISIS (el Estado Islámico penetró en la parte este de la ciudad el 6 de octubre). Una de las principales causas por las que están plantando una resistencia tan feroz es la extraordinaria gestión con la cual está trabajando el pueblo kurdo residente en Kobane, el cual, bajo la milicia del YPG (Unidades de Protección Popular, existentes desde 2012 en el Kurdistán sirio —cabe mencionar que fueron dichas unidades las que conquistaron la ciudad y llevan luchando desde ese momento para defender la autonomía política del territorio—), han conseguido organizar, movilizar y armar a una población civil que sigue resistiendo en las fronteras.

Lo curioso es que este ataque no sólo lo han retenido “los kurdos” en masculino, pues un factor esencial es la participación de las kurdas; el YPG está compuesto por un alto número de mujeres que hacen que no se deje de lado a la mitad de la población que quiere y puede luchar igualmente contra ISIS (de hecho, han creado una nueva y exclusiva sección de la milicia, llamada YPJ). Dejan un claro mensaje feminista de superación al mundo entero y demuestran cómo una población unida, independientemente del sexo que sea, puede frenar el avance del Estado Islámico a nivel militar.

Estos hecho sucedieron bajo la complicidad del gobierno turco que conoce las aspiraciones últimas del YPG (Brazo armado del PYD) y el PKK (Partido de Trabajadores del Kurdistán) de querer crear una autonomía kurda sin Estado. A esta autonomía kurda le pertenece un territorio que actualmente está dentro de las fronteras turcas y, por ello, el gobierno ha tomado la decisión de cerrar las fronteras para que, por una parte, no pueda huir la población incapacitada para luchar en Kobane a territorio turco y, también, para que no se pueda suministrar a Kobane con armas provenientes de Turquía. Finalmente, tras semanas de denuncia y mala prensa internacional sobre la actuación del gobierno turco y, es probable, que bajo la gran influencia de los EE.UU., se ha conseguido llevar a cabo bombardeos sobre Kobane en la parte ocupada por el Estado Islámico. Todo esto, ha hecho que no únicamente se frenase al Estado Islámico en esta ciudad, sino que ahora también, parece ser que el pueblo kurdo está volviendo a ganar terreno. Constancia de ello son esquemas militares de la zona, como muestran aquellos después del 14 de octubre, los kurdos han conseguido retomar algunas posiciones.

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Se observan los frentes de la ciudad de Kobane en ambas fotografías anteriores. El primer mapa corresponde al 14 de octubre (en amarillo YPG, en gris ISIS) y la segunda al 17 de octubre. La fotografía nos ayuda a entender el importante papel que juega el gobierno turco, ya que el norte de Kobane hace frontera directa con Turquía.

En esta última foto se puede apreciar la coalición de los ataques aéreos (los círculos, uno al sur de la ciudad y el otro al noreste, casi en la frontera con Turquía) y como el YPG/PKK/FSA (las diferentes milicias kurdas) están aprovechándolos para recuperar el terreno perdido en la zona. También, en la línea de puntos queda reflejada la línea del frente del día 15 de octubre y se puede apreciar cómo en el día que fue tomada la foto (18 de octubre) ha habido un avance generalizado de los kurdos y un retroceso del Estado Islámico.

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Gestión de la política en un territorio sin Estado

Recordamos que el pueblo kurdo es un pueblo que carece de Estado propio (así como de ejército regular) pero aun así está consiguiendo frenar a ISIS. ¿Cómo es posible esto? La respuesta pudiera darse por el novedoso régimen político que están llevando a cabo en Rojava, Kurdistán sirio. Cabe decir que el pueblo kurdo siempre ha tenido unas aspiraciones emancipadoras y revolucionarias para alcanzar a ser una nación política y perpetuar su identidad. También, el contexto material es muy importante: el Kurdistán ocupa un espacio muy rico en materias primas, sobre todo desde el punto de vista energético.

A nivel meramente político, el PKK siempre ha seguido una línea de ideología Marxista-Leninista que desde su creación ha intentado crear una república socialista del Kurdistán integrada en la antigua Unión Soviética. Tras el derrumbe de la URSS y la entrada del nuevo milenio, el PKK comenzó a alejarse del centralismo democrático del leninismo para abrazar una política que Abdullah Öcalan llamó Confederalismo Democrático, y que a partir de ello, se creó el KCK (Unión de Comunidades de Kurdistán), tiempo en que empezaron a desarrollar una organización económico-territorial de corte socialista libertario.

Es una idea de gestión política del territorio que no abandona los principios del marxismo pero que se actualiza incorporando características del municipalismo libertario-ecologista de Murray Bookchin (un historiador, profesor e ideólogo estadounidense que progresó desde una juventud de ideología marxista hasta un socialismo libertario ecologista, influido por las obras principales del conocido ideólogo anarquista Piotr Kropotkin). Esta evolución les llevo a adoptar unas nuevas ideas ecologistas, socialistas y feministas, que fueron decisivas para la incorporación de las mujeres a las milicias y la creación de las YPJ citadas anteriormente.

El régimen político aspira a implantar una democracia sin Estado. Para ello, han llevado a cabo una ‘comunalización’ de la economía, unas decisiones tomadas desde la base y un confederalismo que da autonomía propia a cada territorio sin que éste tenga que depender de un aparato central, como era en el caso del centralismo democrático. Bien es cierto que no todas las características implantadas en Kurdistán sirio y turco —zonas donde tienen mayor implantación la tendencia de Öcalan— obedecen a una lógica libertaria ni a la teorizada por Bookchin, por ello hay que resaltar que creen en la intervención institucional y participan en elecciones estatales.

A pesar de ello, no han alcanzado el poder político a nivel institucional en ninguno de los Estados en los que se encuentran, por eso, la política que les repercute directamente está basada en un entramado de autogestión de los distintos territorios, que queda plasmado en el asamblearismo para la toma de decisiones.

No hay que olvidar que este sentimiento emancipador del pueblo kurdo y de regenerar la política para lograr su emancipación viene de la idea de querer formar un Estado propio y de un arraigado y fuerte sentimiento nacionalista. Aunque parece ser, que con la implantación del confederalismo democrático, la idea de Estado-Nación va perdiendo fuerza entre los kurdos sirios y turcos, por ser esta misma idea anacrónica y acarrear valores que ahora no son bien vistos por la sociedad como el machismo o la modernidad capitalista, como así lo apuntó el antropólogo y periodista kurdo Dogan: “El Estado-Nación capitalista es un Estado que legitima la dominación en tres sentidos: en primera instancia, permite que una clase explote a las clases populares; en segunda instancia, a través del machismo; y, por último, tenemos la dominación sobre la naturaleza². Y que ve al PKK como la única fuerza democrática y revolucionaria que puede llevar al pueblo kurdo a la emancipación (como se ve, no abandonan los postulados marxistas en ciertos aspectos y siguen creyendo en la necesidad de un partido vanguardista de la clase obrera que guíe al pueblo para lograr la revolución emancipadora del proletariado).

Como conclusión política, el pueblo kurdo (como también el turco, con la aparición del Partido Democrático del Pueblo, un partido outsider de carácter izquierdista compuesto por más de 600 movimientos sociales que participaron en las protestas de la ocupación de la plaza Taksim) está viviendo una situación de gran cambio político a enormes zancadas y que algunas características podrán servir de punto de referencia para regenerar la política de países mediterráneos más occidentales. Para finalizar, como apunta también Mehmet Dogan en el final de la entrevista con Facundo Guillén: Se prevé un desarrollo político y unos años interesantes en este sentido.

@Matxapunga

[Recomendación] Lectura: Anarquismo y organización: El Debate en el Congreso Internacional Anarquista de 1907

El debate sobre la cuestión organizativa en el anarquismo ha estado presente desde la I Internacional hasta la actualidad. Incluso hoy en día no existe un consenso claro entre los y las anarquistas en general. Este texto recoge una parte del Congreso Anarquista de Amsterdam, celebrado entre el 23 y 31 de agosto de 1907. En este congreso se trataron muchos temas más como el sindicalismo revolucionario y los anarquistas, la cuestión del alcoholismo, entre otros. Pero aquí solo os traeré una recopilación de los ponentes Amédée Dunois, Errico Malatesta, Emma Goldman y Max Baganski tratando la cuestión organizativa.

En ese contexto, el anarquismo estaba en desarrollo y comienza a entrar en contacto con la vida de entonces, con la clase trabajadora. Aquí hay duras críticas al individualismo y las tendencias reacias a la organización con la razón de que el anarquismo no es una teoría filosófica para soñadores ni bellos ideales para satisfacción personal, sino una teoría revolucionaria para la praxis y la transformación radical de la sociedad. De hecho, Amédée niega que el anarquismo sea individualista, sino federalista, así como niega que la organización sea dañina para el individuo, aunque Malatesta matiza que los y las anarquistas sí son individualistas, pero diferencia entre un individualismo solidario, basado en el respeto a los demás y en la asociación cooperativa; con un individualismo egocéntrico y burgués que solo se preocupa de sí. Para Emma Goldman, la idea de organización no debería atentar contra la libertad individual.

Resulta curioso también la similitud entre los debates sobre la relación entre el sindicalismo y el anarquismo que se dieron un siglo atrás, con los actuales debates sobre la relación entre movimientos sociales y el anarquismo. El cómo aborda el sindicalismo como herramienta de lucha en aquellos principios del siglo XX tiene un cierto paralelismo con la actualidad respecto a los movimientos sociales, al igual que la idea de estar inserto en las luchas sociales , en no alejarse del pueblo. Además, Dunois defiende la necesidad de, no solo estar en dentro del sindicalismo y otros movimientos populares, sino también construir un movimiento específicamente anarquista. De igual modo, critica también la tendencia al autoaislamiento y a construir templos opacos donde solo se discuten lo ideológico pero rehúsan de la praxis alejándose de las luchas inmediatas.

Pese a todo, el debate sigue abierto hasta hoy, sabiendo que la organización anarquista debe partir de la descentralización y la cooperación. Sin más, invito a la lectura de este texto y quien quiera comentar, que por favor lea el texto primero y luego se exprese.

Anarquismo y organización

PD: Todo lo anterior es una reseña que no representa el contenido completo del texto, así que me abstendré de responder críticas a mi reseña.

Sobre el ‘anarcoestatismo’ y la creación de comunidad

En relación al artículo “Anarcoestatismo. Defendiendo lo público, destruyendo lo común” me gustaría realizar algunos apuntes adicionales a contestación publicada con el título “Construyendo comunidad, a partir de la lucha por lo público” que creo que podrían aportar algo a la cuestión propuesta, a pesar de que la contestación reseñada muestra los puntos clave de la respuesta al llamado “anarco-estatismo”(extraño vocablo que encierra una contradicción en sus términos bastante considerable y que sería interesante analizar).

En primer lugar, tengo que aclarar que lo que sigue se escribe desde el punto de vista de un anarcosindicalista y que por tanto, puede muy bien no coincidir en algunas de observaciones con lo que se podría afirmar desde un anarquismo estricto, si es que se admite que éste pudiera existir, ya que esa expresión “anarquismo estricto”, también esconde una grave contradicción. Porque si algo es el anarquismo, es una forma de entender el mundo y las relaciones humanas que no pueden abarcarse de forma cerrada y estricta. Cabría decir aquí, muy en relación con este tema, que no existe, afortunadamente, ninguna central de expedición de carnés de anarquismo. Más bien, habría que afirmar que existen tantos anarquismos como anarquistas y que ninguno, por separado, puede considerar que tiene el total de la razón, ni el total seguimiento de la ortodoxia (ya que por otra parte, ¿de qué “ortodoxia” podemos hablar? ¿somos capaces de convertir la parte de la historia que nos interesa en un manual de instrucciones obviando el resto? ¿podemos construir una ortodoxia con una sucesión de hechos históricos, que fueron en muchas ocasiones, circunstanciales y adaptados al momento?).

Creo que es preciso decir esto porque en el momento actual necesitamos (con urgencia) un proyecto libertario claro y amplio, que abunde en la confluencia de iniciativas e ideas, que necesariamente tendrán que tener sus diferencias, pero que apunten al mismo objetivo: la transformación social. En ese sentido, entender el concepto de anarquismo como un estrecho pasillo por el que solo se puede transitar mediante unos determinados “tics” históricos o pseudo-filosóficos, creo que va en el sentido contrario de esa idea.

A veces les ácratas (en sentido amplio) sufrimos crisis de hipercriticismo que nos llevan a ejercer de guardianes de esa supuesta ortodoxia. Como contrapeso, padecemos también crisis de extrema laxitud y podemos comulgar, no con ruedas de molino, sino con molinos enteros, sobre todo en esa parte de nuestras vidas que no está expuesta directamente a la política. Creo que es mejor, siempre que sea posible, instalarse una sana autocrítica, propia y de los demás, que nos permita no lanzarnos a dentelladas unos contra otros cuando nos parece que los demás se “desvían” del camino que creemos correcto. Como decía antes, es muy probable que no haya un solo camino correcto ni que siempre sea el mismo, por lo que, parece más útil e interesante ver al anarquismo y al movimiento libertario como una tendencia que, aun compartiendo unos principios esenciales, ha de presentar múltiples vías de desarrollo, más que como una posición fuerte y cerrada que defender.

Por otro lado, esas crisis a las que me refería antes, nos llevan a ver sólo lo negativo en la postura de los demás y sólo lo bueno, en las propias. Más allá de las contradicciones (que afortunadamente nos persiguen a les libertaries, porque nos hacen recrear el discurso y la práctica diariamente) creo que caemos en un reduccionismo de las posturas ajenas, en las que no vemos nada que salvar, ni encontramos ninguna intención positiva (lo que no quiere decir necesariamente que la creamos acertada) y detectamos sólo falsedades, digresiones y enemigos de la “idea”. Me parece necesario relajar esta tendencia, si se pretende de alguna manera llegar a construir un discurso libertario que, de alguna manera, nos permita luchar juntes guardando cada uno nuestras particularidades. En este sentido, me parece también excelente el artículo “las malas anarquistas”.

Ya en relación al objeto de este escrito, me gustaría aportar alguna reflexión sobre los servicios públicos y la posibilidad (o no) de que los que nos autodenominamos libertarios podamos ejercer su defensa en los momentos actuales.

Cuando se afirma que esa defensa no es posible por parte del anarquismo (identificando el servicio público con el estado) se suele poner en la balanza solo dos posiciones: estado y autogestión; es decir, los servicios públicos son administrados por el estado (y por tanto son indefendibles) o deben ser autogestionados (como único escenario defendible).

En primer lugar, creo que defender los servicios públicos no es defender a su administrador (el estado), sino defender el derecho de sus dueños (el pueblo). Es decir, los servicios públicos, todo lo público, ES NUESTRO. No es del estado, que mantiene usurpada su gestión, sino de la gente que lo ha construido con su esfuerzo y con el dinero que han aportado para ello. Todos los servicios públicos están construidos con el fruto del trabajo; no son, por tanto, del estado. Y desde un punto de vista libertario, cuando se hace defensa de lo público, no se defiende al administrador espurio de esos bienes públicos, sino su pertenencia al pueblo. Y defendemos que son de todes y que por tanto, no se puede excluir a nadie por su condición social o económica o de nacimiento o de ningún otro tipo de los beneficios de esos servicios. ¿Defendemos les libertaries a la administración como maquinaria ciega que ejecuta los designios políticos sin el menor miramiento? No. ¿Defendemos acaso, la corrupción, el nepotismo, la forma de funcionamiento de esos servicios públicos? No. ¿Defendemos la forma y los contenidos que tienen la educación o la sanidad públicas? No. Porque nosotros sabemos que hay otra forma de administrar lo público, que es la que nace de la conciencia social y de la responsabilidad de la sociedad de administrarse ella misma, sin intermediarios. ¿Podemos (y debemos) aclarar esos extremos cuando estamos junto a otros defendiendo “lo público”? Parece evidente. Porque cuando coincidimos con otras muchas organizaciones en esa defensa, no todes estamos diciendo lo mismo, ni probablemente, defendamos lo mismo hasta el mismo punto. Y ahí es donde nosotres, les libertaries, debemos intentar que nuestra voz surja clara (pero no como la única verdadera) y fuerte (pero no como excluyente de las demás). Porque aspirar que todos defiendan lo mismo que nosotres es una quimera; y de igual modo, no decir lo que pensamos porque al lado haya otres que piensan distinto, es un flaco favor a nuestras ideas.

En segundo lugar, para continuar con la dicotomía Estado-autogestión, que a veces parece la única posible a la hora de plantear la cuestión de los servicios públicos, habría que incluir un tercer factor a tener en cuenta. Que se convierten en privados. Esa defensa que hoy muchos plantean de los servicios públicos no es gratuita ni obedece a una voluntad de reinstaurar el llamado Estado del bienestar, sino que es la respuesta (tardía, si se quiere) al fenómeno privatizador que tanto gobiernos de presuntas izquierdas como de derechas comenzaron hace ya unas décadas. Respuesta tardía, porque muches anduvimos en solitario en la batalla contra la privatización de lo publico hace ya mucho tiempo, sin que nadie nos prestara demasiada atención; la sociedad ha tenido que sufrirlo directamente en sus propias carnes para alarmarse sobre ese ingente proceso de trasvase de bienes públicos a manos privadas y que representa un claro deterioro en los servicios que se prestan y un encarecimiento de los mismos, que somos obligados a pagar, si queremos acceder a ellos. No parece tener mucho sentido, por tanto, atrincherarse en la exclusiva defensa de su autogestión como lejana meta definitiva, sino en tomar también la iniciativa en esa lucha por evitar que nos roben lo que es nuestro. Es decir, la privatización de cualquier servicio público empeora considerablemente todo lo relacionado con éste, tanto en el servicio que se presta, como en la universalidad de las prestaciones y en el derecho de acceso de todos a todas las prestaciones posibles. No luchamos por el sistema escolar actual cuando defendemos la educación pública; luchamos para intentar impedir la irrupción del mercantilismo, de los bancos y las multinacionales en las escuelas y universidades y contra los recortes que empeoran aún más la situación; no luchamos por el actual concepto de salud que se promociona desde la sanidad pública ni por su criminal relación con las farmacéuticas, sino para intentar que cualquier persona, tenga los ingresos que tenga, pueda acudir al médico sin pensar si podrá pagarlo o no y para que tenga acceso a una prueba que pueda tener un coste que jamás podría permitirse si tuviera que sufragarlo ella. ¿Es verdad que dentro de esas luchas podemos ser altavoz de otra forma de salud y de educación? Es verdad y es necesario. Pero, ¿eso nos obliga a no luchar contra las privatizaciones? Creo que en absoluto.

A veces caemos, desde el punto de vista libertario, en el error de considerar de forma distinta al estado y al capital, como si fueran enemigos diferenciados, ajenos el uno al otro. Sucede con frecuencia cuando se les tiene en cuenta como “patrón”, es decir, como demandantes de mano de obra. No juzgamos de la misma forma a los trabajadores del sector público que a los del sector privado, cuando en realidad, lo que están haciendo los dos “tipos” de trabajadores es lo mismo: ganarse un sueldo para poder vivir. Pero de alguna forma, trabajar para un explotador privado tiene mejor “prensa” entre les anarquistes que trabajar para el explotador público. Dar por sentado que el trabajador del sector público tiene una mayor identificación con su patrón que cualquier trabajador de la empresa privada, es una suposición bastante absurda. Cuando hablamos de la abolición del capitalismo, estamos formulando la idea de que los trabajadores del sector privado han de renunciar a su condición de asalariados para pasar a autogestionar la economía… y cuando hablamos de la abolición del estado planteamos la idea de que los trabajadores públicos han de hacer lo mismo para pasar a gestionar esos servicios públicos. Y si no tenemos empacho alguno en criticar a la multinacional X por querer hacer un ERE a sus trabajadores y enviarlos a la miseria para ganar aun más dinero del que ganan, no sé porque vamos a tener que permanecer impasibles cuando la mayor empresa de este país (al servicio de las multinacionales y los bancos, por supuesto), que es el Estado, hace lo mismo con las personas que trabajan en los servicios públicos para procurar que las grandes empresas ganen aún más dinero en detrimento de les que menos tienen.

En algún caso ¿supone una defensa de lo público como la esbozada una defensa del estatismo? Me parece que no. Sobre todo, porque les anarcosindicalistas pretendemos (y debiéramos hacer algo más que pretenderlo) que la organización de les trabajadores sea la que se haga cargo de estos servicios, de forma que la sociedad autogestione estos y otros muchos más que son necesarios con los criterios de universalidad, racionalidad y participación social. Porque sin esta premisa, cualquier discurso que pueda venir desde nuestras filas queda en agua de borrajas. Ese es nuestro objetivo, pero hacer como que no existe nada más que requiera nuestra atención entre la situación actual y la que nosotros deseamos, es situarse fuera de la realidad. ¿Se supone que esa revolución de la que se habla se consigue del 0 al 100 de forma inmediata? Esa transformación social a la que aspiramos (con todas sus variantes) no puede construirse con un chasquido de los dedos, ni esperando a que les trabajadores “vean la luz”, sino encendiendo bombillas a nuestro paso. Y cuando se apagan, volviendo a encenderlas.

Sin estar un ápice a favor del Estado ni de su existencia, ni de su aceptación siquiera como el mejor mal menor posible, creo que es posible una defensa de lo público en la situación actual sin miedo a perder nada en ese camino y sí con posibilidades de ganar algo, aunque sólo sea eso: que la lucha construye comunidad.

Finalmente, y lo que creo más importante, es admitir que la acción libertaria, por su mismo significado intrínseco, no puede pasar por los cuellos de botella de cualquier ortodoxia real o supuesta, sino por la potenciación mutua de iniciativas que deben confluir en lo esencial y que deben ser multiformes en sus particularidades. Dejar de pisarnos el cuello unos a otros y ayudarnos en lo que sea posible, mientras que sea posible, hasta que sea posible. Algunos pensarán que les anarquistas son los únicos “buenos” de esta película. Otros pensamos que podemos ser les “más” buenos, pero no los “únicos” buenos. Porque, no sólo es imposible una sociedad formada exclusivamente de anarquistas, (ni tampoco deseable, tal vez), sino que lo prioritario es la presencia de les anarquistas en la sociedad. En cualquier caso, lo que es imprescindible plantearse, tanto por los que ven más claras unas vías como otras, o los que se ven más identificados con una formas de hacer que con otras, son las preguntas que se hacen al final del articulo citado:

«¿Cómo se está construyendo hoy “anarquismo”? Y ¿”qué” es lo que está construyendo el movimiento libertario?

Cuando tengamos una respuesta a esta pregunta, que nos sirva para actuar hoy, podremos acudir (sin que nos dé vergüenza la comparación) a la historia de les que nos precedieron.

Paco Ortiz, militante de CNT-Córdoba

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