Sociedades paralelas y poder popular

Seguramente en no muchas ocasiones hemos oído hablar de cooperativas integrales, de ecoaldeas, de proyectos de okupación (desde pueblos okupados hasta edificios abandonados en la ciudad), e incluso barrios autogestionados y comunidades enteras fuera de las redes mercantiles. Son espacios liberados dentro del sistema capitalista que demuestran que existen modelos alternativos de organización social y económica, que de alguna manera permiten experimentar, poner en práctica y dar ejemplo sobre alternativas al sistema capitalista. No obstante, muchos de estos proyectos no tienen una pretensión confrontativa contra el sistema, sino que más bien funcionan como vías de escape. Este tipo de pequeños espacios fuera de los centros de circulación de mercancías se conocen como sociedades paralelas. Ahora bien, ¿podrían estos proyectos ser una suerte de poder popular?

A diferencia de las sociedades paralelas, el poder popular lleva consigo la bandera de la confrontación contra el sistema dominante a través de la creación de un contrapoder que le desafíe. Este tipo de contrapoder supone la creación de movimientos populares los cuales articulan instituciones al margen del Estado que se traducen en asambleas de barrio, sindicatos, organizaciones estudiantiles, coordinadoras, etc… que pretenden sustituir y superar el orden establecido materializando un modelo de vida socialista libertaria. Esto quiere decir que el poder popular es una estrategia de confrontación y disputa en todos los niveles contra el dominio capitalista: social, económico, territorial y político. Otro matiz importante es que el poder popular también se articula a nivel político, es decir, que lleva un proyecto político de mayorías y se dotan de herramientas como los análisis de coyuntura, las hojas de ruta, las agendas, estrategias políticas y demás, que permitan el avance cualitativo de todo el movimiento popular. Esto por ejemplo, no se da en las sociedades paralelas, donde no existe una dirección política clara y se toma como fin la misma realización del proyecto, sin llevar ninguna política de confrontación. Sin embargo, podríamos apuntar que la línea entre sociedades paralelas y el poder popular no son bien marcadas, sino que hay ocasiones en que se ven difusas. Veamos algunos ejemplos.

En Grecia existen hospitales, clínicas y ambulatorios autogestionados debido a que el sistema de salud estatal está sufriendo ajustes muy agresivos. Por un lado, las experiencias autogestionarias pueden servir como parches ante la situación aguda de reestructuración neoliberal que vive el país. Pero por otro, podría suponer una salida hacia delante si estos proyectos se vinculan con otros sectores en lucha y sirvan como medios para crear un sistema de salud público no estatal. De manera similar, podríamos decir sobre la cuestión de las cooperativas integrales o la okupación de pueblos abandonados. Si bien estos modelos pueden servir para no tener que vivir del trabajo asalariado, y llevar una vida más sana, si carecen de vinculación con el conflicto de clases, no constituirían ningún problema para el sistema capitalista. De hecho, el capitalismo tolera las sociedades paralelas. No obstante, ¿y si se diese el caso de que las cooperativas integrales sirvieran como colchones para luchar contra el paro y tuviesen buenas relaciones con los sindicatos en las ciudades y vinculación con proyectos sociales en los pueblos y en los barrios? ¿Cuál sería entonces la delgada línea que los separa de ser sociedades paralelas o posibles instituciones de poder popular?

Las alternativas autogestionarias en las sociedades paralelas no son revolucionarias de por sí si no están vinculados a proyectos revolucionarios de confrontación a través de la lucha de clases. En Argentina en 2001 cuando ante el cierre masivo de empresas los y las trabajadoras se lanzaron a la autogestión, no se planteó el socialismo como proyecto político que supere el neoliberalismo que arruinó el país, aunque eso sí, gracias a la autogestión pudieron sobrevivir y se demostró que es una salida viable. Las zapatistas y el movimiento de liberación kurdo en Rojava serían los ejemplos más destacables de poder popular, puesto que, además de implementar una organización social distinta a la del capitalismo, llevan una orientación política por el cual crean sus propias instituciones que sustituyan a las del Estado en los territorios donde han declarado su autonomía.

Las sociedades paralelas son pues burbujas aisladas dentro del sistema capitalista que pueden funcionar con mayor o menor grado de independencia de los flujos mercantiles, lo que quiere decir también que carecen de cualquier vinculación con el conflicto de clases en los centros —entendiéndolos como no solo las grandes metrópolis, sino territorios donde el capital lanza sus ofensivas (desde las ciudades más grandes, pasando por pueblos, hasta las zonas donde se quieran hacer megaproyectos de extracción como megaminería, fracking, etc)—, en otras palabras, no tienen pretensión de disputarle terreno y espacios al sistema dominante donde mayores son los grados de conflictividad social y de clases. En cambio, el poder popular sí actúa en los centros del conflicto de clases y sí mantiene esa disputa al orden establecido, al contrario que las sociedades paralelas que actúan en las periferias, donde el capital no tiene tanto peso. Entonces, para que una cooperativa integral, un pueblo okupado, una clínica autogestionada o lo que sea, pase a ser una institución del poder popular, tendrían que romper la burbuja y orientarse como medios para crear un contrapoder efectivo al sistema dominante, asumiendo el papel de alternativas de confrontación en vez del de la evasión, o sea, crear vínculos entre diferentes sectores en lucha (multisectorialidad), pasar de verse como fin a verse como medios y dotarse de una orientación política cuyo fin sea el socialismo libertario.

¿Se puede estar en contra de toda autoridad?

«Contra toda autoridad… menos la de mi mamá»

A menudo se toca en los ambientes libertarios el concepto de autoridad entendido como imposición, que viene relacionado con el poder y el dominio. Temas en los que se han hecho correr ríos, e incluso mares, de tinta. Sobre la cuestión de la autoridad, Bakunin ya había expresado que se entienden dos tipos de autoridad:

¿Se desprende de esto que rechazo toda autoridad? Lejos de mí ese pensamiento. Cuando se trata de zapatos, prefiero la autoridad del zapatero; si  se trata de una casa, de un canal o de un ferrocarril, consulto la del arquitecto o del ingeniero. Para esta o la otra, ciencia especial me dirijo a tal o cual sabio. Pero no dejo que se impongan a mí ni el zapatero, ni el arquitecto ni el sabio. Les escucho libremente y con todo el respeto que merecen su inteligencia, su carácter, su saber, pero me reservo mi derecho incontestable de crítica y de control. No me contento con consultar una sola autoridad especialista, consulto varias; comparo sus opiniones, y elijo la que me parece más justa. Pero no reconozco autoridad infalible, ni aun en cuestiones especiales; por consiguiente, no obstante el respeto que pueda tener hacia la honestidad y la sinceridad de tal o cual individuo, no tengo fe absoluta en nadie. Una fe semejante sería fatal a mi razón, la libertad y al éxito mismo de mis empresas; me transformaría inmediatamente en un esclavo estúpido y en un instrumento de la voluntad y de los intereses ajenos.

En otras palabras, no es lo mismo una autoridad emanada de la experiencia que una autoridad que se erige como infalible e incuestionable. En el primer caso, esa autoridad es inevitable y se acepta voluntariamente a la vez que es susceptible de recibir críticas. Además, este tipo de autoridad no se erige como omnipresente ni omnipotente, lo cual solo posee razón de ser dentro de su propio campo. Pongamos como supuesto un accidente donde haya personas heridas y atrapadas, y acude al lugar de los hechos un equipo de rescate, como pueden ser los bomberos y protección civil. El plan de rescate necesita coordinación, no se puede hacer de cualquier manera y además requerirán personas con conocimientos médicos y de primeros auxilios. Estas laborales claramente muestran que no las pueden realizar cualquier persona, sino solo quienes tengan conocimientos y experiencias en estos campos y, por tanto, cualquiera que se preste a colaborar, tendrán que reconocer la autoridad de los equipos de rescate. Este supuesto ilustra además que este tipo de autoridad se muestra temporal, pues una vez terminen las labores de rescate, la autoridad se disuelve. Lo mismo ocurre cuando nos subimos a bordo de un barco de pasajeros, en donde la tripulación tiene autoridad sobre los y las pasajeras a la vez que el capitán o la capitana tiene autoridad sobre el resto de la tripulación. No obstante, una vez salimos del barco, la tripulación deja de tener autoridad sobre la gente, así como una vez el barco esté en el puerto y acabe la jornada, el o la capitana dejará de tener autoridad sobre la tripulación.

Ejemplos de autoridad emanada de la experiencia hay muchos más y están presentes en la vida cotidiana. Lo mismo que Bakunin escucharía al zapatero, al arquitecto y al médico, ocurriría igual en una futura e hipotética sociedad libertaria cuando tengamos que enganchar la luz, reparar cañerías, cultivar, construir casas, organizar la economía (producción, distribución, consumo…), etc… , tendríamos que acudir a electricistas, fontaneras, agricultoras, arquitectas, economistas, etc, respectivamente, porque «cualquier persona» no puede tener todos los conocimientos en todos los campos, disciplinas, saberes y oficios.

Sin embargo, al igual que un electricista no podría tener autoridad en la alfarería (por ejemplo) porque no posee los conocimientos necesarios para tener autoridad en ese campo, y que por ello si se impusiera erigiéndose como una autoridad infalible sobre el oficio de la alfarería terminaría por arruinarlo; no podemos reconocer como legítimo a quien impone su voluntad al resto de las personas para subordinarlas.

El anarquismo realmente no está en contra de toda autoridad, pues es absurdo estar en contra de la autoridad de la experiencia.

Principios y estrategia

Cuando el jefecillo de Recursos Humanos dijo a la nueva trabajadora que tiene que domiciliar su nómina para recibir el pago de su salario, ella se negó a hacerlo. El jefecillo, sorprendido, le preguntó por qué, que él no puede pagar en negro y además facilitaba la transacción. Ella le contestó que no, que rechaza tener cuenta bancaria por principios. Al poco rato, le pegaron la patada. Y en lo que había podido ser su primer trabajo, ahora le tocó volver con la familia. Su sufrida madre tendrá que mantenerla humillándose por encontrar un trabajo ya que con la prestación por desempleo a duras penas pasaba el mes. El padre no trabaja, tuvo un accidente gordo y está en silla de ruedas. La pobre madre que ya tiene que cargar con el marido, ahora tiene que cargar también con la hija, que por principios no quiso entrar a la Universidad, solo terminó el bachillerato y no encuentra trabajo ni aunque se lo ofrezcan. Ella, que tiene tres platos de comida al día y tiene todo el tiempo libre del mundo, da lecciones a su madre por estar afiliada a un sindicato que no es anarquista y dar guerra desde ese sindicato, le habla de libertad, de revolución y cosas de esas mientras la madre prepara las comidas, limpia la casa, cuida del padre, tiene que ir a trabajar, paga la hipoteca religiosamente y todos los gastos de la casa. Ah, y critica luego a su madre su autoritarismo y mal caracter sin saber el estrés que lleva ella sometida y que la lleva a llorar en silencio por las noches para desahogarse.

Con esa ficticia historia, introduzco este artículo para reflejar unas contradicciones típicas entre la dichosa coherencia y la triste realidad, contradicciones que se dan también cuando se habla de principios y estrategias. Vaya, otra vez este chalao que nos viene a dar la chapa con la maldita estrategia. Dicen. Y cuando dije que la estrategia tenía que estar por encima de los principios ya saltaron a mi cuello, obvio, porque fue una provocación algo sobrada. Pues resulta que fue un toque de atención para ciertas personas que practican la contemplación y juegan a ser Dios en su mundo teórico, y no ven que la realidad no es la que ellas interpretan. Me explico de otro modo viendo algunos casos prácticos;

Una de las afirmaciones que hice en las redes sociales fue El consenso y la unanimidad puede ser menos horizontal que el voto. Y me quedé más ancho que largo. Al poco rato llegó un ruido de fondo que sonó ¿EEEEEHH? Con muchas caras de sorpresa y asco mirándome. Antes de decir algo más, he de aclarar antes que las asambleas son órganos para tomar decisiones colectivamente y sacar adelante propuestas y acciones. Como tal, la asamblea debe ser tomada como una herramienta y no como un fin en sí, ni una especie de folclore o ritual tradicional que practican anarquistas. Esto se entiende si hablamos de tratar de llegar a una postura unánime o a un consenso entre más de cien personas. La dinámica es distinta cuando en una asamblea participan una gran cantidad de personas, pues es seguro que habrán distintas opiniones. ¿Qué ocurre entonces? Que como siempre, entrarán juegos de poder. Hay quienes hablan mejor en público y saben explicarse mejor. Hay otras que se cortan por vergüenza y se bloquean. Entonces la ventaja se la llevan aquellas personas con mejores dotes carismáticos. ¿Resultado? Eso es: liderazgos informales. A través de esto, las personas que más alto hablen, terminarán creando en la asamblea un consenso forzado, es decir, un consenso alcanzado por la incapacidad de oponerse a los argumentos de una parte discrepante, insistencia de aquellas que más hablan o el cansancio/desgaste. O las tres cosas a la vez. Lo mismo puede ocurrir con la unanimidad. Entonces, ¿dónde está la horizontalidad? ¿Serían operativas este tipo de asambleas? Rotundamente no. Ahora bien, imaginemos una asamblea de veinte personas. ¿Tendría sentido votar propuestas? Ninguno, sería completamente inoperante, absurdo y hasta antidemocrático, a no ser que haya un gran disenso y se necesiten sacar adelante decisiones importantes.

No me junto con Fulanito y Menganito porque son, o colaboran con, comunistas/refors/lo-que-sea-que-no-sean-anarquistas. Esto se suele oírse mucho en nuestros ambientes con la excusa de no querer colaborar con traidores, reformistas, ciudadanistas o cualquier otra etiqueta que se ponen a colectivos, grupos e individualidades que no sean anarquistas. En prácticamente todos los casos, esta posición termina con que las anarquistas se queden al margen de todo y acaben por hacer anarquismo para anarquistas, a veces siquiera eso, sino mantener una simple pose poniendo excusas a todo para no hacer nada. Aquí cabe mencionar el caso de Can Vies, donde un sector del movimiento anarquista de Barcelona se desvinculó totalmente del conflicto del CSO contra el ayuntamiento porque Can Vies había recibido apoyos de la CUP y algunas independentistas. El resultado de esto fue que ese sector que se dedicó a criticar la colaboración entre vecinas de Sants, anarquistas, la CUP y otros colectivos sociales, acabaron quedando en evidencia tras la victoria de Can Vies con la paralización del derribo.

En algunas ocasiones he leído críticas con sesgo ideológico a las milicias kurdas y al movimiento de liberación kurdo en general, tales como que las YPG/YPJ compran armas de contrabando. ¿Cómo pueden pensar en la paz si tienen armas y van a la guerra? EEUU y su coalición les ayudan, no son anarquistas, etc.. críticas que darían para artículos enteros para desmentirlas, pero aquí solo trataré de quitar ese sesgo ideológico. Situémonos primero en un contexto de guerra, lo que quiere decir que si tienes un proyecto político que implementar y careces de fuerzas armadas, acabarías sucumbiendo a las armas enemigas, tanto de grupos terroristas como de gobiernos reaccionarios. En este sentido, la única vía que les quedó a las YPG/YPJ es conseguir armas de donde sea para poder tener unas milicias que defiendan un proyecto político como es la revolución de Rojava. El confederalismo democrático es precisamente un proyecto para la paz en Oriente Próximo, pero no puede ser que en medio de la guerra reclames la paz con banderas blancas, porque te pasarán por encima a ráfaga de metralleta. Para mantener la paz en Rojava, es preciso mantener a raya los grupos terroristas y otras fuerzas armadas hostiles. EEUU les ayuda con apoyo aéreo de manera vaga, y porque le sale más barato que ayudar al ejército iraquí, además de servirles para lavar su imagen.

Las anarquistas no votan. Este posiblemente sea el punto más polémico. La abstención que es entendida como una postura, se convirtió en un dogma incuestionable, y cualquiera que se declare anarquista y se atreviese a votar, acaba automáticamente excomulgado de ser anarquista. Así, el voto se ve como si fuera el Pecado Capital con el pretexto de que votar legitima el sistema. Entonces, ¿no sería acaso legitimar el sistema denunciar una irregularidad o abuso en el trabajo ante Inspección de Trabajo, denunciar una agresión en comisaría, pedir un indulto, recurrir sentencias judiciales, etc? Podríamos acabar en el absurdo si nos quedamos en discusiones eternas, otra vez por principios y repitiendo una y otra vez los mismos argumentos. La cuestión para salir del círculo retórico pasa precisamente por poner sobre la mesa la visión estratégica, cosa que ya se habló aquí.

Cuando los principios se elevan a dogmas y fe, nos creamos losas y lastres impidiéndonos ser operativas y ágiles en la elaboración de estrategias. En los ejemplos anteriores, la asamblea debe ser una herramienta operativa y eficiente, no una suerte de ritual que se tiene que practicar para demostrar horizontalidad o que así funcionamos. Para ello hay que usar los medios adecuados en los momentos adecuados: usar el consenso cuando hay que usarlo, no usarlo porque sea más anarquista que el voto así como un acto de fe. Lo mismo ocurre cuando tenemos que compartir espacios de lucha con otras tendencias políticas y sociales, que cuando ponemos por delante los principios terminamos marginadas y fuera de los espacios de lucha. En el caso del movimiento de liberación kurdo, el sesgo ideológico impide que se realicen críticas fundamentadas y acaban por exigir que sigan unos principios universales ajenos a su movimiento, que luchen con piedras o sean directamente arrasados por el Daesh/ISIS, que no se alíen con ninguna otra guerrilla o grupo armado… terminando por dejar de apoyar una revolución social en medio de la guerra y las contradicciones por las que tienen que pasar y superar. Quizás a ciertos guardianes de las esencias les interese que, o satisfagan sus caprichos de coherencia y perfección, o se hundan cualquier revolución o cualquier iniciativa, proyecto o movimiento que no sea perfectamente anarquista como piensan.

La estrategia no se rige por principios, sino por eficiencia. No parte del vacío, sino del análisis de coyuntura con el fin de escoger los métodos adecuados a los momentos adecuados. A través de ella se pretende aprovechar el potencial y las fuerzas que tenemos, para así superar la improvisación y el ir siempre por inercia y forzadas por la coyuntura siguiendo el esquema de acción-reacción, para pasar a marcar agendas, hojas de ruta e implementar programas para poder avanzar. La estrategia también implica ambición y astucia, avanza en medio de las contradicciones para conseguir unos objetivos que permitan alcanzar otros más ambiciosos, siempre enfocado a ganar, a acumular fuerzas, disputar espacios y construir un anarquismo verdaderamente revolucionario: con capacidad de movilización, inserto en las luchas sociales, con proyectos políticos y vocación de mayorías. Mediante la estrategia se toman diferentes medios, los que más se adecúen a la coyuntura, se juega a la política de alianzas para conseguir objetivos inmediatos compartidos con otras tendencias políticas y sociales e intervenir en la realidad social dotando a los movimientos sociales, primero, de las herramientas para mantener su autonomía y, segundo, de una orientación política revolucionaria. Los principios solo son unas bases para que la estrategia política no se pierda en una suerte de pragmatismo extremo, sino para la articulación de movimiento y el avance de las luchas sociales, no para obstaculizarlas ni frenar propuestas estratégicas.

Una guerra no se gana con principios, se gana con estrategia.

Charla: apropiación capitalista de las luchas GSD (Géneros y Sexualidades Diversas)

El 26 de junio, nuestra compañera Pavli junto a otras del colectivo Revuelta Violeta, dieron una charla en el CSOA L’Horta para CNT-Valencia. Esta charla trataba sobre la mercantilización de las luchas de personas con géneros no normativos, que se redujeron a un día del Orgullo Gay enfocado al consumo y ocio homosexual. ¿Por qué se habla de géneros y sexuales diversas en vez de LGTQBi+? Porque estas siglas parecen no incluir otras identidades de género no normativas, pues se está viendo que existen muchísimos más géneros y sexualidades que las propias siglas. Por ello, desde los colectivos e individualidades con identidades de género diversas, se pretende introducir el término GSD (Géneros y Sexualidades Divesas/Gender and Sexual Diversity), que englobaría todas esas identidades no recogidas en las siglas LGTQBi+. Antes de pasar al texto, aclarar que la expresión cis de cisgénero significa la conformidad de la persona con el género asignado al nacer. Hasta aquí mi reseña y os dejo el texto de Pavli:

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Makhno, el insurreccionalismo y comedores veganos

«Si Makhno levantase la cabeza, os daba a las insus unas cuantas collejas.»
«El insurreccionalismo ibérico sigue siendo literatura incendiaria, riotporn y comedores veganos.»

Estos comentarios, a priori desafortunados y cuya autoría reivindico, fueron vertidas en las redes sociales por mí hace no demasiado tiempo que encendió la ira de ciertos personajes que se declaran insurreccionalistas. A estas alturas, muchas sabréis que soy muy crítico con esta tendencia dentro del anarquismo, ya que veo en el actual anarquismo insurreccionalista errores estratégicos garrafales. No obstante, que sea crítico no implica que quiera aportar una crítica con rigor al asunto, cosa que quiero dedicar en este artículo al margen del típico flame de Internet (comentario muy subido de tono y cargado de insultos, ad hominems y críticas destructivas). Sin querer caer en mitos e idealizaciones sobre el insurreccionalismo, aquí voy a aportar otra mirada que sirva para la crítica constructiva.

La tendencia insurreccionalista básicamente parte de tensionar los conflictos sin importar la coyuntura en que se encuentre ni cómo estén articulados las fuerzas sociales y políticas en el escenario, generando pequeñas insurrecciones cotidianas que se vayan extendiendo entre la población y que llegue finalmente a lograr una insurrección de masas. No obstante, aquí cabría distinguir entre insurrección e insurreccionalismo (la tendencia que propone las insurrecciones como estrategia), y que una insurrección no siempre es de caracter revolucionario. La propia definición de insurrección nos da unas pistas: un levantamiento violento contra el orden establecido. Esta definición abarca un gran abanico de tipos de levantamientos, que pueden tener detrás diversas tendencias políticas. Así pues, podemos hablar de levantamientos con carácter popular o levantamientos reaccionarios de tipo fascista, por ejemplo. De hecho, el insurreccionalismo no es exclusivo del anarquismo, sino que también esta táctica la pueden adoptar el marxismo-leninismo, como veremos más adelante.

Comenzando a aclarar el insurreccionalismo anarquista, miremos por un momento a Néstor Makhno. Las ideas de Makhno seguramente chocarían mucho con el pensamiento insurreccionalista actual, pues Makhno era un gran estratega y apelaba básicamente a la disciplina voluntaria, y la unidad teórica y de acción, valores con los que levantó un ejército bien estructurado en cuyas filas solo estaban formadas por combatientes de clase trabajadora (campesinos y obreros). Muy lejos del informalismo y los pequeños grupos de afinidad que pregonan hoy el actual insurreccionalismo. Makhno también encabezaría un movimiento que llevaría su nombre y su Ejército Negro era un ejército insurreccional que combatió entonces a la reacción aristocrática de la época, la naciente burguesía, también a la pequeña burguesía y al Ejército Rojo cuando trataron de liquidar el movimiento makhnovista. Sí, Makhno fue insurreccionalista, los guerrilleros y guerrilleras que combatieron en las filas del Ejército Negro también lo fueron. No obstante, el movimiento makhnovista no logró ser tal por la adoración al fuego de la revuelta y el caos, ni lo dejaron todo a la improvisación ni tuvieron como base los discursos incendiarios que acostumbramos ver en el insurreccionalismo actual, no. El movimiento makhnovista era la expresión de las masas campesinas por conquistar la organización de sus vidas en base a la libertad y la cooperación. El Ejército Negro era pues la fuerza armada que defendía esas conquistas.

Volviendo la mirada hacia casos más actuales, podemos ver que el insurreccionalismo del MIL (Movimiento Ibérico de Liberación) y los grupos autónomos se distancian de la rama nihilista actual de, por ejemplo, el FAI/FRI (Federación Anarquista Informal/Frente Revolucionario Internacional), ya que desde el MIL por ejemplo, sí buscaban una base social de apoyo en la clase trabajadora a través de acciones como expropiaciones de dinero a bancos para financiar las huelgas.

Luego, entre el insurreccionalismo de corte marxista-leninista encontramos a las Brigadas Rojas (Brigate Rosse) que operaron en Italia entre los años 1969 y 1987, y el MIR (Movimiento de la Izquierda Revolucionaria) fundado en 1985 en Chile y que actualmente siguen existiendo. En concreto el MIR, a parte de la lucha armada, siguen la estrategia del poder popular para tener bases sociales. Posiblemente existan otras organizaciones marxistas de cariz insurreccionalista, pero menciono estas a modo de ejemplo.

Como acabamos de ver, el insurreccionalismo puede tener detrás diferentes tendencias ideológicas, lo cual, no se puede hablar de insurreccionalismo como tendencia en sí. Respecto a los errores estratégicos en el insurreccionalismo, uno de los principales errores son el descuido de las base social al desvincularse de las luchas sociales, lo que en ocasiones llevaría a adoptar posturas vanguardistas, pretendiendo adelantarse a los procesos sociales que se dan en una determinada coyuntura. Sin embargo, este caso no es la regla, puesto que en el caso del MIR, su estrategia del poder popular les permitió sobrevivir, mientras que las Brigadas Rojas no pudieron al verse empujados hacia el terrorismo únicamente —sin olvidar que en aquella época en Italia la OTAN saboteó el auge del comunismo mediante atentados atribuidos falsamente al Partido Comunista—, lo cual hizo que se desvinculasen de las bases sociales y terminasen aislados y neutralizados. Otro de los grandes errores son sus análisis de la coyuntura, que tienen más de literatura que de información sobre la realidad material sobre el cual trabajar en la transformación social. Además de esto, la apuesta total por la improvisación y la destrucción en el ahora, sin tener estrategia política alguna ni hojas de ruta ni objetivos marcados y más o menos concretados más allá de la máxima de la libertad, así como la entrega total a la volatilidad de los grupos de afinidad informales, hacen que ciertas insurreccionalistas acaben invirtiendo muchas fuerzas para acabar yendo forzadas por la coyuntura tirando del «acción-reacción».

A pesar de estos errores, tengo que reconocer que el insurreccionalismo nacido de los años ’70 y ’80 fue una respuesta contundente y necesaria, como un toque de atención y una salida hacia delante ante la derrota generalizada de las izquierdas a la izquierda de la URSS, entre las cuales se incluye el anarquismo, estancadas en el burocratismo, incapaces de innovar y de adaptarse a la coyuntura de un neoliberalismo naciente. Es en aquella época en que el insurreccionalismo y las subculturas como el anarkopunk permitieron, de alguna manera, la supervivencia del anarquismo. No obstante, mucho ha llovido desde aquellas décadas de finales del siglo XX. Unos 30 años después, la coyuntura cambió y está cambiando rápidamente y estamos asistiendo a una época en que las subculturas están siendo asimiladas por el capitalismo y la reestructuración capitalista que no es más que otra vuelta de tuerca del neoliberalismo siempre a la ofensiva, además del acecho del fascismo como tendencia para captar sectores descontentos de la población. Por ello, nos urge cambiar de estrategias. Nos toca realizar de nuevo los análisis de coyuntura y articularnos como alternativa política seria que plante cara al neoliberalismo y se supere la mera resistencia para poder pasar a la ofensiva, pero no una ofensiva de disturbios y pequeñas insurrecciones, sino una ofensiva a partir de un proyecto de mayorías, del poder popular como fuerza política revolucionaria.

Volviendo al hilo, en cuanto al insurreccionalismo anarquista, hay casos y casos. En el caso de la región española, la afirmación de que el insurreccionalismo aquí no es más que literatura incendiaria, riotporn (darle más importancia a los disturbios y pajearse con el fuego, obviando el trasfondo de un conflicto social en cuyos acontecimientos hayan disturbios) y comedores veganos acierta bastante de lleno si lo comparamos con Atenas por ejemplo, donde las anarquistas insurreccionalistas, incluso de la rama nihilista, hacen cosas por el barrio liberando espacios (okupas), manteniendo a raya a la policía, los fascistas, el tráfico de drogas y protegiendo a la población inmigrante que ve en Exarchia un barrio seguro, así como la fuerte solidaridad que desatan por las militantes presas. A pesar de todo, hay que decir que no toda residente en Exarchia es anarquista, sino personas no expresamente ideologizadas que se volcaron hacia la autogestión como respuesta a la aguda crisis económica griega. En cambio, aquí en el Estado español siquiera podría decirse (según algunas compañeras) que existe el insurreccionalismo. No hace falta indagar mucho para encontrarnos con textos incendiarios en cualquier página web o en un panfleto insurreccionalista en el Estado español, ni qué decir de la estética del encapuchado, el fuego y las barricadas que acompañan a los textos y sus espacios. ¿Y qué hay de acciones más allá de montar comedores veganos para conseguir algo de financiación, que en vez de parecer medios, parecen convertidos en fines? Desde luego que no puede compararse con las compañeras insurreccionalistas griegas. Ni Gamonal ni Can Vies tienen que ver con las insurreccionalistas puesto que, en el caso de Gamonal, las respuestas fueron articuladas desde las asambleas vecinales y la victoria fue posible no gracias a los disturbios, sino a la movilización del pueblo y la solidaridad desatada en todo el territorio español. Y en el caso de Can Vies es similar, con más de 17 años de historia creando barrio y con diversos colectivos sociales y políticos articulando las protestas. Así que, que no se cuelguen medallitas solo porque hayan sido protestas violentas, que parece ser además lo único que valoran, obviando el tejido social creado. He aquí las razones por las cuales publiqué las frases aquí expuestas al principio del texto, pues además el pensamiento de Makhno dista mucho del imaginario insurreccionalista actual en el Estado español.

Como conclusiones finales  y apartir de todo lo dicho, puedo decir que el insurreccionalismo solo podrá tener cierto éxito si consigue tener una base social de respaldo (que permitiría resistir los golpes represivos que fácilmente neutralizan la actividad insurreccional al aislarla de la sociedad), que le dé contenido político y constituya así una fuerza real revolucionaria. De hecho, incluso desde el anarquismo social se tendrá que adoptar la estrategia insurreccional cuando nos hayamos constituido como fuerza política real, como pueblo articulado políticamente, cuando hayamos realizado nuestro proyecto de mayorías, y llevemos el conflicto de clases al nivel político-militar (revolución social o guerra popular), como está pasando en Rojava y como ha pasado con el movimiento makhnovista. Dicho de otra manera, las estrategias tienen que adecuarse en cada coyuntura. No se puede adoptar una estrategia insurreccional sin tener apenas inserción en movimientos sociales y populares amplios, sin haber un alto grado de conflictividad social en el cual estén en marcha procesos de creación de poder popular y, por tanto, su articulación política; ni tampoco podemos apostar únicamente por la estrategia de inserción social, estrategia que en la coyuntura inmediata es más que acertada pero que no lo será cuando se construya un contrapoder popular y haya que pasar a la ofensiva.

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