El ala izquierda de la revolución soviética (y III)

Viene del anterior.

Tercera y última entrega de la serie sobre los sectores políticos de izquierda y su papel en la revolución soviética. Examinaremos aquí el papel que tuvieron los socialrevolucionarios, especialmente en la asamblea constituyente, así como la rebelión de Kronstadt, último alzamiento revolucionario, por último, veremos que conclusiones podemos sacar de lo tratado en esta serie de artículos.

5. Los eseristas y la Asamblea Constituyente.
El Partido Social Revolucionario se fundó en 1901. Su ideólogo, Víctor Chernov, había creado un ideario socialista no marxista con puntos en común con el anarquismo, como considerar al campesinado una clase revolucionaria (Lo que en un país eminentemente rural lo hizo popular) y con el populismo tradicional ruso.
Dedicándose a un terrorismo antizarista inicial, participó en la revolución de 1905 y, tras la revolución de febrero, fue el principal partido en exigir al gobierno provisional de los liberales “kadetes” que se celebraran elecciones a la asamblea constituyente.
Este objetivo se logró tras la ruptura de la alianza con mencheviques y liberales. Las elecciones, en noviembre de 1917, dieron una mayoría al PSR, con 17 millones de votos. Chernov fue nombrado presidente de la Asamblea Constituyente y otro eserista, Kerensky, del Gobierno Provisional. El partido bolchevique quedaba como segunda fuerza, con apoyo del proletariado urbano y los soldados del frente occidental, cerca de 10 millones de votos. Los kadetes quedaron muy atrás, con solo 2 millones de votos, demostrando que la población era contraria a la formación de un gobierno liberal.
Ante este parlamentarismo con gran presencia de los partidos izquierdistas y en la que Lenin no había logrado triunfar, se erguía, como hemos visto, la democracia directa y obrera de los sóviets, con presencia bolchevique, eserista de izquierda (una escisión del partido principal que defendía la ruptura con el parlamentarismo liberal) y anarquista. Lenin reniega del parlamentarismo, anuncia que los sóviets, en los que ha empezado a erigir una estructura verticalisa, son una forma superior de democracia y suspende la Asamblea Constituyente.
Esta situación polarizó a la sociedad rusa. Por un lado, mencheviques y liberales no estaban dispuestos a que desapareciera el parlamento de tipo burgués; por otro, los bolcheviques y los sóviets, dando paso a los dos bandos de la guerra civil: El blanco y el rojo. Los eseristas, que se habían opuesto a los bolcheviques, no participaron en la guerra en ninguno de los dos bandos, sus líderes prefirieron el exilio. En 1918 se prohíben todos los partidos y grupos políticos, salvo el Partido Comunista, siendo los responsables eseristas condenados a muerte. Tras salir victorioso de la guerra civil, el Partido Comunista había convertido la política rusa en monolítica.

6. La rebelión de Cronstadt y la “Tercera Revolución”.
Ida Gilman “Ida Mett”, era una joven estudiante de medicina en Rusia durante la revolución, su militancia antibolchevique la hizo, como a muchos otros izquierdistas, exiliarse a Francia en 1924. Desde ese momento dedicó buena parte de su vida a analizar lo que había sido la revolución y a la sociedad rusa post-revolucionaria. En su obra La Comuna de Kronstadt: Crepúsculo sangriento de los sóviets, publicada en 1948 ofrece un enorme trabajo de análisis de la última rebelión contra el poder bolchevique, protagonizada por el sóviet de Kronstadt.
En Kronstadt se situaba la principal fortaleza naval rusa, de gran importancia estratégica. Según Ida Mett la marina rusa había sido tradicionalmente revolucionaria, debido a la extracción proletaria (y que aquella época el proletariado industrial estaba muy politizado) de sus marineros, que superaban en conciencia y cultura a unos oficiales de origen aristocrático venido a menos, una disciplina brutal y unas condiciones de vida insostenibles.
No era de extrañar pues que los marinos fueran “los primeros en comenzar la lucha y los últimos en dejarla”. La revolución de 1905 fue iniciada por un montín de la tripulación del acorazado Potemkin, y la marina de Kronstadt sería también el último bastión revolucionario.
En 1921 el Ejército Rojo, comandado por Lev Trotsky, se encontraba todavía combatiendo contra el Ejército Blanco, apoyado por potencias occidentales. El descontendo por la represión al resto de fuerzas izquierdistas y la hambruna producto de sequías y del “comunismo de guerra” fueron los principales motivadores de huelgas y rebeliones campesinas. La mayor, que agitó, instigada por el eserista Antónov, el óblast de Tambov, sería aplastada por el Ejército Rojo en 1921.
Cronstadt tenía, según Ida Mett, una buena reserva alimenticia, por lo que la hambruna no impactó tan duramente allí. Sin embargo, el sóviet, compuesto por marineros y trabajadores de tradición socialista revolucionaria y anarquista, no estaba dispuesto a consentir la hegemonía bolchevique y la pérdida de los logros conquistados tras años de revolución.
La marina, encabezada por el líder popular Stepán Petrichenko (un bolchevique reconvertido al anarquismo que ya había liderado el alzamiento de la marina en el 17), hizo llegar una serie de demandas, entre las que se encontraban la legalización de los partidos y organizaciones obreras, la libertad de expresión para los trabajadores, la igualdad de sueldos, libertad económica para campesinos y artesanos o la reelección de delegados de los sóviets, puestos que habían sido monopolizados por los bolcheviques. Estas demandas fueron desatendidas por el gobierno bolchevique, que acusó a Cronstadt de traición, de actuar bajo control de los enemigos imperialistas y de estar liderados por Kozlovsky, un exgeneral zarista (exgeneral que, curiosamente, había sido llevado a Kronstadt por los bolcheviques y que solamente ejercía de asesor en artillería).
Cronstadt se alzó en rebelión y demandó el apoyo de los trabajadores de Petrogrado, intentando provocar una tercera revolución contra los bolcheviques. Petrogrado se puso bajo la ley marcial, impidiendo cualquier apoyo a Kronstadt, a la que Trotsky mandó 50.000 hombres. Cronstadt resistió un tiempo, pero finalmente el ejército rojo entró en la ciudad, realizando una completa masacre, los que no fueron ejecutados fueron enviados a campos de trabajo.
Así se cerraba el último capítulo de los sóviets y, para Ida Mett, cualquier esperanza de una revolución verdaderamente obrera en Rusia.

7. Conclusiones.
De todo lo expuesto se deduce la gran complejidad social y política de la Rusia revolucionara, que no puede ser reducida solo al programa aplicado por el partido bolchevique; tampoco puede exagerarse la importancia de este partido respecto a otras fuerzas revolucionarias en los primeros años de la revolución y, desde luego, no puede reducirse la revolución a un simple enfrentamiento de los comunistas contra el Zar o de rojos contra blancos.
Si a las experiencias en Rusia añadimos la oposición que supuso la revolución en Ucrania, de línea anarcocomunista, con el ejército negro liderado por Néstor Majno, podemos sino caer en la cuenta de que la historia de la revolución soviética es mucho más, sobre todo mucho más compleja políticamente, que lo que cuentan las versiones oficiales.
En lo político, tras la eliminación del resto de partidos y organizaciones de la izquierda tardaría un tiempo en surgir una oposición izquierdista dentro del propio partido bolchevique, oposición que, sin embargo, no lograría encontrar la verdadera causa de la derechización de la revolución y del triunfo del capitalismo de Estado, culpando al estalinismo en lugar de a los procesos de burocratización, liberalización, des-socialización de la economía, persecución del movimiento obrero, y, en resumen, de reconstrucción del antiguo orden capitalista.
En definitiva, es necesario revisar la historia de Rusia para darnos cuenta de que va más allá de las visiones propagandísticas dadas por la Unión Soviética o sus enemigos y poder comprender cual fue la realidad experimentada por su protagonista, reitero: el pueblo ruso.

Bibliofrafía:
GILMAN, Ida “Ida Mett”, La Comuna de Cronstadt: Crepúsculo sangriento de los sóviets, Barcelona, Espartaco Internacional, 2006.

Respuesta a las Juventudes Libertarias de Madrid

(Este artículo es una respuesta a un anterior artículo de las JJLL publicado en este mismo blog, a su vez respuesta a un artículo del autor publicado en el blog Emancipación.)

Empezar disculpándome por no haber podido responderos hasta ahora. Han sido unas semanas bastante ajetreadas en cuestiones de estudios y de militancia y no he podido dedicar el tiempo que habría querido ni a responderos ni a participar en este blog. Por otro lado, quería tomarme un tiempo para analizar correctamente y sopesar antes de escribir, no me gusta hacerlo en caliente. El texto que ha generado este debate lo escribí, de hecho, en caliente y reconozco en él algunos errores.
Escribí ese texto «Escuela, despensa y siete llaves al sepulcro de Durruti», hace unos cuantos meses. Yo, al igual que vosotros, soy joven. Un joven que pasa buena parte de su tiempo formándose y el que además tiene la costumbre de revisar constantemente lo que sabe o cree saber, no soy amigo de los dogmas. De igual modo, mi experiencia como militante anarquista es mayor que entonces. Tampoco demasiado, no ha pasado tanto tiempo, pero si lo bastante como para que ciertas cosas hayan cambiado en mi forma de ver las cosas. No suelo releer mis propios textos, es uno de mis defectos que debería corregir. Así que no volví a releer el texto del que hablamos hasta que no volvistéis a sacarlo a la luz con vuestra respuesta. Solo por eso, os la agradezco. Esto me ha llevado a replantearme bastantes cosas. Sin embargo, sigo manteniendo buena parte del fondo que me motivó a escribirlo.
Si me lo permitís, responderé a las cuestiones que suscita vuestra respuesta según aparecen en la misma, por evitar andarme por las ramas.

Comenzáis hablando de que el título os da desconfianza. Una apelación al regeneracionismo burgués de Costa. Bien, es un simple símil. Creo que en mi exposición en ningún momento se deduce que pretenda darle un carácter burgués al anarquismo, nunca fuí amigo del liberalismo, pero me pareció en su momento una buena comparación. No soy dado a poner a mis textos títulos demasiado rimbombantes, éste ha sido una excepción. El lema de Joaquín Costa se adaptaba bastante bien a las ideas que quería transmitir en mi texto, simplemente eso. Jamás imaginé que tuviera que explicar algo tan evidente. ¿Cuantos ateneos (a los que vosotros mismos hacéis referencia) fundó el anarquismo sin rendir culto a diosa Atenea alguna (que conociéndo un poquito de mitología griega tampoco creo que fuera demasiado amiga de lo libertario)? Pues eso, un símil. Dejémonos pues de demagogia y buscarle tres pies al gato y sigamos con el debate, que es para lo que estamos aquí.

Sinceramente, no se a qué viene lo de Pestaña. No se en que parte de mi texto defiendo la acción mediada (de los comités paritarios en el caso de los tiempos Pestaña o de los comités de empresa en la actualidad) o la participación en las elecciones parlamentarias. Jamás he sido defensor ni de uno ni de lo otro, así que no puedo aceptar que se me critique por posibilista, cuando no lo soy. Aunque reconozco que el personaje de Pestaña, más allá de lo que pueda pensar de sus desviaciones reformistas, fue un sindicalista en toda regla que se jugó la vida ante la patronal y no pocas veces. Defiendo la acción directa y aborrezco del parlamento. así lo he defendido en mi militancia diaria y en algún que otro texto. Cuando yo hablaba de las siete llaves al sepulctro no me referí en ningún momento a enterrar las ideas de Durruti, jamás defendería algo así, sino a no fundamentar nuestro movimiento en el mito del 36, en lugar de en el presente, con los pies en la tierra. Pensé que me había explicado con claridad, pero no debió ser la suficiente.

Cierto, menciono muy de pasada tanto a la FAI como a la FIJL. No hay mala fé en ello, simplemente no tenía interés en escribir un artículo de historia. Fue, como digo, un artículo escrito en caliente, de opinión. Y, debo añadir, que incluso lo escribí antes para mí mismo que para el resto, un error. Como bién decís la FAI tuvo, como organización específica, una labor importantísima. Nace en plena dictadura y asume bien pronto distintos objetivos en su lucha. El primero, dotar al anarquismo ibérico de una cierta cohesión política (si bien nunca llegó a ser una organización plataformista ni a defender una unidad teórica, en ella convivían distintas corrientes). El segundo, actuar como fuerza de choque contra los ataques de la patronal. Grupos como Los Solidarios o Nosotros así lo hicieron. El tercero, como bien apuntáis, fue el contrarrestar el peso del posibilismo que pudiera pretender, al igual que hizo la UGT, participar en los comités paritarios propuestos por la dictadura de Primo de Rivera. Lo que en 1931 supuso la escisión de los treintistas de la Central Sindical Libertaria (también conocida como sindicatos de oposición), que no se reunifican hasta el congreso de Zaragoza en el 36. En ningún momento persiguió que hubiera gente no anarquista en la CNT. En ella siempre participaron militantes de diversas corrientes políticas (algunos incluso llegaron a ocupar importantes cargos organizativos) sin que ello comprometiera al anarcosindicato. Lo que se quería contrarrestar era una política determinada, no a unos militantes determinados. No olvidemos que estamos en los años de la política del Sindicato Único, en los que un mismo sindicato podía estar un año en la UGT y al siguiente en la CNT y viceversa. Se dan incluso casos como el de Mauro Bajatierra, militante de la FAI que siempre estuvo afiliado a la UGT por pertenecer el sindicato de panaderos de Madrid a esta sindical.
Como bien decís estas tareas no se perseguían como vanguardia, pretendiendo que la FAI dirigiera al sindicato, sino desde el ejemplo que daban unos militantes ejemplares en su entrega. El sindicalismo revolucionario es incompatible con los partidos políticos, incluso con los anarquistas. Aunque esto igual es cosa mía, siempre he creído aquello de que la revolución proletaria ha de ser obra de los trabajadores mismos…

En cuanto a la FIJL. En efecto, desarrolló una inmensa tarea de formación y concienciación a la juventud del proletariadio español, llegando a sumar más de 80.000 afiliados (¡Ahí es nada!). Su papel en la guerra fue también vital, siendo un componente importantísimo tanto en las milicias como en la retaguardia.

Sin embargo, si hablamos de esos años. Hay que contar también otras cosas. Primero que en la FAI había gente posibilista, no había tanta dualidad ni fueron tan guardianes de la pureza como solemos pensar, tales como Peiró o Melchor Rodríguez (Si, el que le paró los pies a Carrillo). Por otro lado, la FAI participa con ministros en el gobierno de Largo Caballero (De los cuatro ministros de la CNT, tres eran miembros de la FAI) y no solo allí, también en el de la Generalitat y en el gobiernín de Asturias junto al resto de fuerzas del Frente Popular. La FIJL se integra en la AJA (Alianza Juvenil Antifascista), con el resto de juventudes del frente popular (antes ya se había aliado, en Cataluña, con las del POUM). ¿Ésta gente eran traidores a la causa libertaria? Bien, para empezar diré que contaron con el apoyo de las bases (servían, de hecho, a esas bases) y que solo el minoritario grupo de los Amigos de Durruti quiso romper con la unidad republicana hasta las últimas consecuencias. Grupo que, por otra parte y si uno lee sus escritos, tenían unas ideas bastante de vanguardia, casi bolcheviques, que harían pasar a Archinov y su Plataforma por un sintetista. Sobre este tema tiene un trabajo bastante interesante Agustín Guillamón. Como persona que estudia la historia, considero que la situación de guerra los determinó y no pongo en tela de juicio su voluntad como libertarios. No creo que la FAI fuera copada por aspirantes a políticos, muchos ya estaban allí. Federica Montseny, Abad de Santillán… Llevaban muchos años de militancia, no fue algo que ocurriera en el 37.
Y sí, la revolución es derrotada en el 37, pero la CNT sigue ahí, ya como una fuerza marginal, lamentablemente, pero sigue estando y luchando contra el fascismo hasta después de la guerra. En los años cuarenta impulsa una guerrilla urbana en Cataluña, en la Segunda Guerra Mundial sus militantes lucharán en la guerrilla del maquis francés o liberarán París con el ejército de la Francia Libre. Y después impulsarán, pese a que Montseny y otros trataran de evitarlo, un anarcosindicalismo en Francia. Si, esa misma Montseny que después volvería a España endiosada. La CNT no acaba en el 37.
Vosotros os declaráis, con todo el derecho del mundo, herederos de la FIJL histórica. Pues bien, creo que cuando alguien reclama una herencia, lo hace asumiendolo todo, no solo lo que le gusta o lo hace sentir más anarquista.

Ya he mencionado algo sobre el exilio. Hubo en Francia una división en 1945. Una organización, con sede en París, que sigue creando sindicalismo en Francia y mojándose por los compañeros del MIL, aglutina (En su primer Pleno Nacional de Regionales) a 60.000 de los 80.000 cenetistas exiliados. La otra, con sede en Toulousse, donde se encuentra la ministra Montseny y su compañero Josep Esgleas, prefiere no llevarse mal con el régimen de De Gaulle. Estas dos corrientes se reunifican en 1960.
No dejé de mencionar esta etapa por incomidad, como ya he explicado más arriba, no se trataba ni mucho menos de un texto histórico.

El tema de la minoría… Eso hay que tratarlo. Para ello me voy a fundamentar en los datos que nos da el historiador Julián Vadillo (de la CNT y la FAI), sobre el proceso escisionista en su trabajo El anarquismo y anarcosindicalismo en la España de la transición. Según Vadillo en el V congreso de la CNT de 1979 (ya tras el caso Scala se está produciendo una bancarrota de afiliación) se desautoriza al Comité Nacional, saliéndose 100 sindicatos de los 420 que componían la Confederación. Estos formarían, un año más tarde, la CNT-Congreso de Valencia. Aquí no hubo, según Vadillo, cuestión de elecciones sindicales de por medio, sino el impedimento a un CN de gestionar el Congreso, un conflicto organizativo grave. Los no escindidos sufren, a partir de entonces según Vadillo, un recogimiento hacia sí mismos y una tendencia al ostracismo. En 1983 se celebra el VI Congreso en el que ya solo quedan 209 sindicatos de los 320 que permanecieron en el V. ¿Y los otros? Pues o se han pasado a los escindidos o han desaparecido. En este congreso no se llega a solucionar el tema de las elecciones sindicales, con lo que se celebra un congreso extraordinario en Torrejón y finalmente se decide rechazarlas. No sin antes salirse 45 sindicatos más (este dato no lo da Vadillo, sino El País) que convocan un Congreso de Unificación con los escindidos (al que acudieron 184 sindicatos), de nuevo según El País, formando en 1984 la CNT-Renovada. Haciendo el recuento podemos ver que en la CNT-RV tenemos a 184 sindicatos, frente a los 164 de la CNT-AIT. Si tenemos en cuenta que a los escindidos fueron a parar los sindicatos más grandes, especialmente los de zonas históricas como Barcelona, no es extraño que Vadillo afirme que las escisiones dejaron a la CNT-AIT en una situación residual. No es para menos, la mayoría de los sindicatos se habían escindido. Posteriormente el asunto de las siglas se dirime en un juicio, curioso que un juez tenga que decidir sobre el nombre de un anarcosindicato.
Con odo esto no quiero decir que me posicione a favor de una u otra de las partes, nada más lejos de mi intención. En mi opinión, la acción directa y no la mediación es y debe ser la herramienta de lucha de los trabajadores. Pero soy una persona a la que gusta investigar sobre historia, al igual que Vadillo que se posiciona claramente a favor de la CNT-AIT, pero que no manipula las cifras; y por ello prefiero no mentir sobre dónde estaba la minoría. Los datos de afiliación de unos y de otros y presencia sindical a lo largo de los 80 y 90 son también claros testimonios.

¡Buf! Me habría gustado alargarme bastante menos con eso. Hablar de cifras y de congresos sobre los que existen fuentes escasas es siempre muy farragoso, pero siempre es bueno acudir  a las fuentes y no a los mitos. Vamos ahora al meollo.

Sobre la coherencia entre medios y fines, soy de los que piensan que el fin no justifica los medios, sino que los medios deben adecuarse a los fines (una sociedad libre no puede conseguirse sino es mediante la libertad). Por eso mismo, cuando los fines a corto o medio plazo varían (pues a largo creo que estaremos de acuerdo en que el fín es la abolición del Estado y de la propiedad privada mediante una revolución social), también han de variar los medios para adecuarse a ellos.
Si, estoy de acuerdo con esos postulados que mencionáis. Y tampoco apoyo al anarquista que se comporta como un político profesional. El anarquismo no defiende el dirigismo de la vanguardia proletaria, ya hablamos de eso antes, no hace falta que lo repitamos. Pero hablábamos de formación, y hemos estado de acuerdo en que la formación política y social de la militancia anarquista es necesaria. Y añado, indispensable. Y lo es tanto para evitar que aparezcan santones y gurús como para desarrollar una acción militante acorde a los fines, encontrando los medios más coherentes para lograrlos.

Estoy de acuerdo, la organización es muy necesaria y es muy complicado extender el tejido organizativo. Pero es lo que tiene fundamentarse en el libre acuerdo y el federalismo, que cuesta alcanzarlo. Hay que luchar por ello. La organización es, a mi juicio, el único garante de la acumulación de experiencias y solo con acumulación de esperiencias podemos aspirar al cambio social.
Los clásicos. Error mío. Hay que conocerlos, sí. Pero se ha hecho mucho más después de ellos y se sigue haciendo actualmente. Estamos de acuerdo. Con todo, en ningún momento pretendí, tal y como afirmáis, elevar a los clásicos a santos y a sus palabras en sagradas. Ya mencioné que soy poco amigo de los dogmas. A los autores clásicos hay que examinarlos teniendo en cuenta su contexto y a todos, clásicos o no, hay que analizarlos de forma crítica. Y sí, estoy de acuerdo en que gran parte de la ideología anarquista emana de la acción de masas. Esto lo probó el sindicalismo  revolucionario al ser capaz de crear su teoría y praxis revolucionarias propias.
¡Si! ¡Estamos de acuerdo! Errores y aciertos del pasado deben servirnos para hoy. Al igual que las ideas deben servir a una praxis, o quedan vacías.

Bien, estamos de acuerdo también en lo siguiente. El anarquismo debe ser capaz de construirse como un proyecto político propio, sin hacer seguidismo al marxismo o a la izquierda burguesa. En cuanto al ciudadanísmo… ¡No, jamás lo defendería! Pero si con ello os referís a no actuar en aquellos espacios populares que se reclaman a sí mismos como ciudadanos, debo disentir. Los anarquistas deben estar donde esté la clase trabajadora, aportando sus alternativas, siempre con la honradez que debería caracterizarnos. Solo así puede que la clase trabajadora y sus estructuras dejen de ser ciudadanistas y localicen a sus enemigos de clase.

En lo de  Rodrigo Mora tampoco voy a entrar, que eso da para otro texto y ya bastante largo está quedando éste. Ya se ha escrito mucho sobre él y creo que está claro de que pierna cojea. Ahora, de revolucionario, poquito.

Si. Rectifico. Existen y han existido proyectos de formación en los últimos treinta años. Y en efecto, lamentablemente, no han logrado o no han sabido tener la repercusión que hubiera sido deseable. Es un asunto que los libertarios seguimos teniendo pendiente actualmente.

Bueno, vamos con el tema de la despensa, de la organización. Aunque ya hemos hablado antes de ello, intentaré ser lo más breve posible.
Aquí me habéis malinterpretado. Yo no quise decir en ningún momento que el anarquismo no deba organizarse con otra cosa que no sea federalismo. Lo que afirmé es que el federalismo se construye desde abajo y hacia arriba y no al revés. Cuando las organizaciones anarquistas se vieron vacías mantuvieron su estructura casi intacta, quedando en ciertos aspectos sobreorganziadas. También decir que aquí exageré, imagino que cuando escribí ese artículo me debió dar alguna clase de ramalazo autonomista, no están tan sobreorganizadas, ni de lejos, como defendí en ese momento. Con todo, si que pienso, entonces y ahora, que la estructura de una organización debe adecuarse a sus militantes y que el movimiento libertario español ha tenido problemas para volver a llenar esas «redes» federales ¿Cuántos sindicatos no son a la vez SOV, federación local y federación regional? Era ésto a lo que yo me refería, aunque de forma menos precisa a como lo estoy haciendo ahora, y no a que debamos organizarnos con otro medio que no sea el del federalismo y la libre asociación. Con lo que no estoy de acuerdo es con que el federalismo sea algo sencillo. Lo sencillo es lo piramidal, llegar a acuerdos entre distintas organizaciones y conseguir cohesión a través de ello es harto complicado.
Ojo, que sea complicado o complejo no signifca que sea negativo, o que genera burocracia. Una monarquía absoluta es algo bastante sencillo, bastante más que una organización sindical como fue la CNT en su momento de máxima expansión. Y, sin embargo, es algo sumamente indeseable y burocrático. Espero que estemos de acuerdo en este punto. El federalismo es complejo porque está basado en la libertad, y la libertad da lugar a múltiples posibilidades.

No. En absoluto aspiro a que el sindicalismo se convierta en lugar para empresas gestoras como son UGT y CCOO. ¡Me parta un rayo! Yo entiendo el sindicalismo como una herramienta de lucha de la clase trabajadora y al anarquismo como un conjunto de teorías al servicio de la liberación de la sociedad a través de la victoria de la clase trabajadora y la eliminación del Estado. Si los trabajadores no se acercan al anarquismo y al sindicalismo, han de ser éstos los que se acerquen a los trabajadores. No creo que pueda haber discusión respecto a esto último. Aspiro a sindicatos llenos de trabajadores, se sientan o no anarquistas, que luchen por sí mismos, sin tutelajes de ninguna clase.
No defiendo, como veis, esas fuertes bases ideológicas. El sindicalismo revolucionario no las tenía, fue asumiéndolas con el tiempo gracias a la acción de los anarquistas en su interior (la CNT misma no se fundó como anarcosindicato). Pero si defiendo una organización controlada por los propios trabajadores, sin intromisión de partidos políticos, de la burguesía o del Estado. Si defiendo, como ya he dicho, la emancipación de la clase obrera por sus propios medios.
No creo tampoco que los conflictos en el movimiento sindical los generen las luchas entre tendencias. ¿Cuantas tendencias convivían en el sindicalismo revolucionario del mundo entero en los años 20 y 30? ¿No gozaba entonces este movimiento de su mayor salud? Es la pérdida de presencia en los frentes en los que el capitalismo sufre contradicciones, la sobreideologización, lo que provoca auténticos problemas en el movimiento sindical y libertario.

A partir de aquí lo que decís no creo que vaya orientado hacia mí, más parece un alegato vuestro hacia el movimiento libertario. Intentaré, sin embargo, aclarar algunos aspectos.
Sobre el anarquismo como movimiento izquierdista… Yo sigo defendiendo que eso de «ni izquierdas ni derechas» salía de la boca de gente como José Antonio Primo de Rivera y Benito Mussolini. Hoy en día sale de Rosa Díez. Así que no entraré en ese juego.
Izquierda y derecha son términos, como imagino que sabréis, que se originan durante la revolución francesa y aluden a la Asamblea Nacional. A la derecha se situaban las tendencias más conservadoras y acordes con el viejo régimen (los monárquicos) y a la izquierda la más progresistas (los republicanos). Sin embargo ya entonces comienzan a originarse tendencias extraparlamentarias que van más lejos que los republicanos jacobinos en sus ansias de superación del viejo orden. De ellos se dicen que son izquierda extraparlamentaria. Son los antecesores del socialismo del cual el anarquismo es una importante rama. Cuando Kropotkin afirma que el anarquismo es precisamente el ala izquierda del socialismo en su definición para la enciclopedia británica lo que quiere decir es que el anarquismo es la tendencia del socialismo que más rompe con el viejo orden burgués. Izquierda es un término relativo, pero siempre significa la tendencia al progreso y mejora social. Y si, soy de izquierda, radical, antiparlamentaria y socialista libertaria.

En el siguiente párrafo, el de «estamos hartos», prefiero no entrar. No me toca a mí daros soluciones a esos problemas. Solo diré, que cuando surgen problemas, hay que buscar alternativas de actuación y llevarlas a cabo con madurez política, gritar al aire sirve de poco.

Lo del tutelaje no será por mí, ¿verdad? Soy joven, como vosotros, puede que más que alguno de vosotros. Y no, tampoco me gusta el paternalismo. Sin embargo, tampoco considero mierda todo lo que ha habido antes de que yo empezara a militar (no digo que vosotros lo hagáis). Soy consciente de que hay compañeros más experimentados de los que se puede aprender. Un poco como esa autoridad del zapatero cuando habla de zapatos, al que no se tiene por qué obedecer pero que siempre viene bien escuchar, de la que hablaba Bakunin. También diré, sin embargo, que cuando se construye, cuando se actúa en lo social, hay que hacerlo con la máxima madurez y responsabilidad social. No se que significa eso de adultismo, pero si algo distingue a ni niño de un adulto es la responsabilidad sobre sus acciones. Seamos pues responsables de nuestra acción como militantes.

No, para mi los principios del anarquismo tampoco son espectáculo. Yo soy defensor del anarquismo social, no del estético. Y repito, la teoría debe siempre servir a una praxis revolucionaria. Así, los principios deben servir a las personas y no las personas a los principios, tampoco nos olvidemos de ello.

He pretendido con este texto limar asperezas. Soy consciente de que en muchos puntos no alcanzaremos el entendimiento, puede que no lo alcancemos jamás, pero al menos habremos intercambiado impresiones y eso siempre enriquece. Y es el enriquecimiento el objetivo que ha de tener todo debate. Espero, sin embargo, que en algunos puntos nos hayamos entendido mejor y que me disculpéis por no haber sabido ser más breve.
Ésta es pues, Grupo Bandera Negra de las Juventudes Libertarias de Madrid, mi respuesta. Sigamos avanzando hacia la construcción del comunismo libertario.

El ala izquierda de la revolución soviética (II)

Viene del anterior.

Examinaremos, en esta segunda parte, el carácter de la facción bolchevique, así como su versión sobre la historia de la revolución rusa y, a continuación, el fenómeno de los sóviets a traves de la obra de Volin.

3. La versión oficial de los bolcheviques.
La configuración de la teoría y práctica del marxismo-leninismo tuvo lugar, especialmente, durante la revolución (si bien no llegaría a completarse hasta el gobierno de Stalin). La postura de Lenin y sus seguidores va evolucionando conforme el desarrollo de la misma.
Así, la postura inicial socialdemócrata y reformista en sus primeras obras dará paso, durante el periodo revolucionario y como se muestra en sus Tesis de Abril y su principal obra El Estado y la Revolución, ambas escritas entre la revolución de Febrero y la de Octubre, a una concepción del Estado que lo acercaría a la de los anarquistas, retratándolo como un instrumento opresor de una clase sobre otra y persiguiendo la revolución que instaure la dictadura del proletariado, con la forma de democracia obrera, con participación de los distintos partidos y formaciones socialistas, obreras y campesinas, tal y como se dará en las primeras fases de la revolución de Octubre.
Sin embargo, dos años más tarde, en plena guerra civil, una vez Lenin se ha desecho del resto de fuerzas de izquierda, volvería a cambiar su postura para adecuarla a sus acciones. En La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo Lenin defendería, en contra de la democracia obrera, una dictadura del proletariado con un poder centralizado en un solo partido muy disciplinado, el Partido Comunista, así como el fortalecimiento del Estado como paso inevitable para la llegada del comunismo.
No es de extrañar que se acabara por instalar en la mentalidad soviética, así como en la de los marxistas-leninistas del resto del mundo, la idea de que fue un partido fuerte, centralizado y disciplinado el que guió a las masas al triunfo durante la revolución. Sin embargo, tal cosa no se ajusta a la realidad. No solo el partido bolchevique era, durante la revolución, un partido recién salido de la clandestinidad, fragmentado e, involuntariamente, descentralizado, sino que solo era una de las muchas organizaciones socialistas que participaron en la revolución. La transformación del Partido Comunista en aquel partido centralizado y fuerte, tal y como lo comprende el marxismo-leninismo, no ocurrió hasta la guerra civil que sucedió a la revolución.
En 1936, años después de la revolución, cuando el Estado soviético se hubo transformado, bajo liderazgo de Stalin, en un monstruoso aparato burocrático, Lev Trotsky criticaría en su obra La Revolución Traicionada como el partido bolchevique había degenerado, aplastando la democracia obrera de los sóviets e imponiendo una rígida estructura burocrática. Sin embargo, veremos más adelante como el propio Trotsky se encontraba al mando del ejército rojo cuando ciertos sóviets fueron reprimidos por resistirse a la derechización de la revolución, convirtiéndose el stalinismo en consecuencia directa del leninismo defendido por Trotsky.

4. Volin: La revolución de los sóviets.
Vsévolod Eichenbaum “Volin” fue un revolucionario ruso, de buena formación académica, que vivió la revolución de 1905 como miembro del PSR para posteriormente abrazar el comunismo libertario y militar en un sindicalismo incipiente, participando en la creación de los primeros sóviets, en las revoluciones de febrero y octubre y, tras la consolidación del poder en manos de los bolcheviques, en la revolución campesina Ucraniana. Escribió, exiliado en Francia, La revolución desconocida (Publicada en 1947), obra en la que realiza un completo análisis de la revolución rusa, añadiendo además sus vivencias personales.
En esta obra señala como la revolución rusa no es comprensible sin atender a un desarrollo social y económico que comienza mucho antes y que marca la decadencia del sistema absolutista del Imperio de los zares. Estos cambios son un proceso largo que comienza a hacerse visible a partir de la Revuelta Decembrista (1825). Según él la revolución no es tanto un estallido guiado por un partido determinado como la culminación de un proceso de evolución social de casi un siglo.
Volin describía los sóviets como asambleas o consejos de trabajadores, campesinos y soldados (el pueblo en armas) para organizar la producción y cuestiones de la revolución como la defensa, la justicia o la distribución de bienes. Actuaban por democracia directa y en régimen federal, delegando a las provincias desde las bases hacia arriba, siendo el Congreso de los Sóviets el centro orgánico al que acudían las delegaciones sóviets de provincia. Los sóviets, organizados desde la base, constituyeron un fuerte contrapoder frente al Gobierno Provisional, que mantenía el sistema parlamentario burgués.
Tras el segundo congreso, que dio paso a la revolución de octubre, abandonan los soviets los mencheviques y el ala derecha del PSR, de forma que solo quedaron dentro los bolcheviques y dos fuerzas a su izquierda: Socialrevolucionarios de izquierda y anarquistas. Los bolcheviques, apoyándose en los sóviets, se convetirían en el principal partido de la revolución.
Sin embargo, se desarrollan ahora propuestas distintas: El sector más libertario, propone “todo el poder para los sóviets”, disolviéndose el gobierno centralizado en beneficio de una democracia directa a través de los sóviets; mientras, los bolcheviques recogerían ese lema para derribar el poder de un gobierno provisional en el que no habían obtenido una mayoría y una vez conseguido, verticalizarían el sistema de sóviets forzando al Congreso de los Sóviets a trasladar el poder ejecutivo al Consejo de Comisarios del Pueblo (órgano de gobierno cuyos miembros eran todos bolcheviques) y, en 1937, ya consolidada la contrarrevolución, sustituirían el Congreso de los Sóviets por el Sóviet Supremo, un gobierno centralizado similar al de cualquier país capitalista.
Así, el proyecto de democracia directa de los sóviets fue, según Volin, derribado por la influencia del partido bolchevique, producto de su buena organización frente a la de anarquistas o socialistas revolucionarios, que fueron reprimidos en cuanto comenzaron, tarde ya, a organizarse.

Bibliografía:
ULIÁNOV, Vladimir “Lenin”, Las tareas del proletariado en la presente revolución (tesis de abril),
Madrid, Fundación Federico Engels, 1997.
ULIÁNOV, Vladimir “Lenin”, El Estado y la revolución, España, Proyecto Espartaco, 2000.
ULIÁNOV, Vladimir “Lenin”, La enfermedad infantil del “izquierdismo” en el comunismo (Obras
escogidas), Moscú, Progreso, 1973.
BRONSTEIN, Lev “Trotsky”, La revolución traicionada, España, Marxismo.org, 2002.
EICHENBAUM, Vsévolod “Volin”, La revolución desconocida, Buenos Aires, Proyección, 1977.

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A vueltas con la cuestión nacional

«Trabajadores del mundo, ¡uníos!»
-El manifiesto comunista, Karl Marx

Vivimos en este país un auge de los nacionalismos: tanto de los llamados periféricos (como el vasco o el catalán) como del nacionalismo español y centralista. Es necesario examinar cuales son las consecuencias del fenómeno del nacionalismo para la clase trabajadora y qué intereses lo mueven.

Las candidaturas vasquistas, y aún las soberanistas, obtuvieron buenos resultados en las elecciones generales del año pasado, sumando entre el PNV y Amaiur más de 650.000 votos. De igual modo, este pasado once de septiembre, la «diada«, reunió a un millón y medio de catalanes en una convocatoria nacionalista de corte independentista. Pero ésta es solo una cara de la moneda, también crecen las posturas que desean una España centralizada y en la que no haya lugar para los nacionalismos periféricos.
Ante esta coyuntura, veo necesario realizar un análisis en profundidad del desarrollo del nacionalismo, del propio concepto de nación y de la postura obrera y libertaria al respecto de este movimiento.

¿Qué es nación?
Habitualmente se distingue nación de patria y nacionalismo de patriotismo.
Una nación se suele definir como un conjunto humano con una historia y cultura común, así como con unos intereses comunes. La patria suele denominar a la tierra natal de uno, aquella en la que se crió. Sin embargo, vemos que los llamados patriotas suelen reinvindicar con actitud nacionalista. Ese patriotismo español que defiende la unidad de España, su destino manifiesto, su lengua, sus tradiciones ¿En qué se distingue de lo que hemos dicho del nacionalismo? Consideraré pues que nacionalismo y patriotismo son términos perfectamente sinónimos, cuya única diferencia está en el uso político que se hace de ellos. Yo no soy patriota, soy nacionalista, dice el catalán. Yo no soy nacionalista, soy patriota, dice el español. Yo no soy patriota, soy abertzale (patriota), dice el vasco.
Quiero destacar que he dicho aquí que en la definición de nación suele incluirse que reune a un conjunto humano con unos intereses comunes. ¿Son los mismos intereses los del capitalista industrial catalán que los del obrero catalán? ¿Los del pescador gallego que los del patrón gallego? ¿Los del jornalero andaluz que los del terrateniente andaluz? No, en absoluto. El nacionalismo cumple aquí una función: La negación de la lucha de clases. Cuando capitalista y trabajador son reunidos bajo la misma bandera olvida el trabajador que pertenece a una clase con intereses contrarios.

El origen del nacionalismo.
Éste es un fenómeno de origen burgués. Se desarrolla en Francia durante su revolución burguesa con el objetivo de que las clases populosas supeditaran sus intereses a los de la burguesía revolucionaria, participando en sus procesos y en sus fuerzas militares «Aux armes, citoyens!». De tal forma, el político de la revolución Abate Sieyès consideraba que solo eran parte de la nación francesa los sectores no privilegiados (el tecer estamento: burguesía y clase trabajadora).[1] Así conseguía la burguesía que los trabajadores actuaran según los intereses de la nación, que no eran otros que los de la propia burguesía, dejando fuera a los estamentos privilegiados a los que se quería desplazar. Un fenómeno similar se daría en los Estados Unidos, donde la nación se crea durante su guerra de la independencia.
Durante las guerras napoleónicas el nacionalismo se desarrollaría como oposición al invasor, de nuevo para que los intereses de los trabajadores y campesinos se unieran a los de las oligarquías antinapoleónicas. Este es el caso por ejemplo de España, donde se dan procesos de construcción de una identidad española como oposición a «lo francés» (Si el francés era liberal, laico y republicano, el español debía ser tradicionalista, católico y monárquico).
Posteriormente se darían procesos de construcción nacional paralelos a la construcción de nuevos Estados. Es el caso de Alemania o de Italia. De nuevo encontramos aquí a un elemento popular participando de los intereses de la oligarquía de construir Estados desde los que explotar mercados nacionales.

Nacionalismo en España.
Hemos hablado ya de cómo surge el nacionalismo español como respuesta a la invasión napoleónica. Este nacionalismo iría evolucionando, teniendo como siempre al ejército español como garante, hacia una visión que ha podido ser, según variaba el componente dominante: liberal o conservador, monárquico o republicano, pero casi siempre centralista, pues a la oligarquía española nada le ha venido mejor que un Estado centralizado.
Pero no todo aquí es la oligarquía del centro de la península. Hay dos lugares donde se desarrollan rápidamente núcleos industriales: El país vasco y Cataluña. Es por ello que florece aquí una burguesía que, para defender sus intereses frente a la oligarquía española, se vuelve nacionalista y pretende construir naciones. ¿Quiere decir ésto que no existía la nación vasca o catalana antes de ello? Si, exactamente. Lo que si que existía era el pueblo vasco y catalán, con particularidades culturales y lingüísticas propias, pero como veremos posteriormente nación no es igual a pueblo.
En otros lugares como Galicia, Andalucía o Aragón se darían también estos procesos nacionalistas, aunque a una menor escala. El nacionalismo periférico llegaría a convertirse, a comienzos del siglo pasado, en el principal rival de las organizaciones obreras, enfocando a la clase trabajadora contra la burguesía española, en lugar de contra la burguesía en general.

Pueblos y naciones.
Decía Bakunin que el Estado había logrado confundirse con el pueblo, de tal forma que los intereses de un pueblo coincidieran con los del Estado.[2] Considero que decir esto es incompleto. Habiendo examinado los orígenes del nacionalismo no nos equivocaríamos si dijéramos que si el Estado es la herramienta de opresión estructural de la clase dominante, el nacionalismo o patriotismo es una herramientra de opresión ideológica de la misma forma que lo es la religión y que es utilizada por las clases dominantes de la misma forma.
Existen sin embargo formas culturales que podemos identificar como pueblos, y que en ocasiones coinciden con las construcciones nacionales. Así, por ejemplo, antes de que surgiera el PNV y el nacionalismo vasco, ya existía un pueblo vasco con una lengua propia, unas tradiciones propias y unas formas económicas y políticas propias, que abominaban de aquellos maquetos que venían de fuera a imponerles su idioma y legislación. Y ésto es aplicable a muchos otros pueblos.
Sin embargo, al contrario de las naciones, los pueblos no tienen fronteras. Las naciones, como construcciones ideológicas, son excluyentes y tienen unos límites marcados, que en el caso de los Estados-Nación corresponderán a los límites de esos Estados. Pero los pueblos, que son realidades culturales, no las poseen, pues la cultura posee graduaciones. ¿Tiene culturalmente más que ver un gallego con un portugués del norte o con un murciano? La respuesta para muchos es obvia y, sin embargo, el nacionalismo español quiere incluirlos en la misma nación. ¿Un habitante del valle de Arán, que habla lengua occitana, pertenece a la nación catalana o a la occitana? Es difícil decirlo, los pueblos no son compartimentos estancos y existe un intercambio cultural perpetuo entre ellos. Son los pueblos, y no las naciones, los que pueden hermanarse y llevar a cabo relaciones de igual a igual.
Queda clara con esto la diferencia entre los pueblos, producto de un desarrollo histórico, social y cultural, y las naciones, que son construcciones ideológicas.

Internacionalismo.
Identificando el problema de la división de la clase trabajadora en múltiples naciones, los padres del socialismo moderno (en sus vertientes marxista o anarquista) no tardaron en defender que la fuerza del proletariado radicaba en su unión internacional.
Marx participaba en 1864 en la AIT, primer proyecto de organización del proletariado mundial, en la que se defendía que «la emancipación del trabajo no era un proceso ni local ni nacional, sino social«[3] y que por ello comprometía a los trabajadores de todos los países. Bakunin, que también participó en la AIT, defendía por su parte que, al igual que los burgueses se agruparon internacionalmente (a través de la francmasonería) durante su periodo revolucionario, los trabajadores, la nueva clase revolucionaria, debían también unirse internacionalmente, superando el patriotismo local y alcanzando la fraternidad de los pueblos.[2][4]
Se crea pues la postura del internacionalismo proletario, que pone por encima de las naciones los intereses de la clase trabajadora internacional. El líder bolchevique Vladimir Lenin sostenía que, si bien es necesario realizar una lucha nacional, pues es a nivel de los Estados-nación como se organiza la burguesía, no deja por ello de ser igualmente necesaria la unión internacional del proletariado. Se hace de igual modo importante atender a las realidades nacionales de cada territorio, producto de «la correlación de fuerzas entre la burguesía y el proletariado locales [5]. Esto tiene especialmente relación con el fenómeno del imperialismo. Lenin analiza cómo el capitalismo, en sus últimas fases de desarrollo, se caracteriza por el surgimiento de la burguesía imperialista que derriba naciones para conquistar nuevos mercados a explotar[6], lo que provoca relaciones de sumisión económica de los pueblos que sufren el imperialismo por parte de aquellos que lo ejercen.
Llegados a este punto es donde entran en juego las luchas de liberación nacional, que no son otras que aquellas que buscan la liberación de estos pueblos del imperialismo que sufren. Sin embargo, estas luchas pueden estar encabezadas por la burguesía local, que impulsa a los trabajadores a seguir sus intereses. Es importante pues que éstas luchas de liberación nacional estén impulsadas por la clase trabajadora y vayan hacia la creación del socialismo. Destacarían, actualmente, la lucha de los indígenas de Chiapas encabezada por el EZLN o la lucha del pueblo kurdo que lleva el PKK y que ha adoptado los principios del confederalismo democrático, de inspiración libertaria.
Existe una postura que va más allá del internacionalismo proletario: el anacionalismo, también conocido por su nombre en esperanto: sennaciismo. Tal defiende que los trabajadores no deben atender a nacionalidades, sino únicamente a su hermanamiento como clase trabajadora internacional. Es una postura defendida clásicamente por el sector obrero del esperantismo[7], así como por ciertos anarquistas y otros socialistas.

Aquí y ahora.
Como decía a principios de este artículo, en España se están fortaleciendo las posturas nacionalistas (españolas o periféricas). Esto no es extraño si consideramos que vivimos en una época de reacción generalizada, en la que la burguesía está propinando fuertes golpes en forma de eliminación de las conquistas laborales y sociales.
Es muy conveniente para la burguesía catalana alzar la bandera de la independencia, presentando a España como el problema, consiguiendo que la clase trabajadora catalana, el pueblo catalán, olvide por un momento que su derecho a una sanidad pública es violado por esa misma burguesía. También le viene muy bien a la oligarquía española el señalar a Cataluña o a Euskadi, provocando odios xenofóbios entre los propios habitantes del Estado español (no hablar ya de su política contra los extranjeros) y la división de los trabajadores cuyas conquistas ataca a diario.
No debemos olvidar que pertenezcamos al pueblo catalán, vasco, aragonés o castellano nuestros intereses deben ser los mismos: La emancipación de los trabajadores como clase y que nuestra división es nuestra debilidad. Como dijo cierto personaje «debemos remar todos en la misma dirección» si, y esa dirección es justo la contraria a la que reman ellos.
En una época en la que la burguesía europea derriba las naciones (lo estamos viendo: la construcción de un nuevo Estado-nación europeo que ya ha absorvido al sur de Europa) construidas hace siglos, la división del proletariado en naciones solo puede ser contraproducente.

[1] SIEYÈS, J. Enmanuelle, ¿Qué es el Tercer Estado?, París, 1789.
[2] BAKUNIN, Mijail, La libertad, «Obras Completas», México, Grijalbo, 1972.
[3] Asociación Internacional de los Trabajadores, Estatutos provisionales, Londres 1864.
[4] BAKUNIN, Mijail, Sobre el patriotismo, «Le Progrès», Ginebra, Febrero-Octubre 1869.
[5] ILICH, Vladimir «Lenin», Notas críticas sobre la cuestión nacional, Moscú, Progreso, 1974.
[6] ILICH, Vladimir «Lenin», El imperialismo, fase superior del capitalismo, Pekín, Ediciones en lenguas extranjeras, 1975.
[7] Sennacieca Asocio Tutmonda (Asociación Mundial Anacional), http://www.satesperanto.org/

Historia de España para dummies

He visto este vídeo, publicado por el canal Mariano Superstar y no he podido evitar difundirlo: la historia reciente de España con monigotes, que explica cómo hemos llegado a donde estamos y quienes son los causantes y protagonistas.

Recuerda en su estilo a otros vídeos como Españistán, pero debo decir que es bastante más cañero en su análisis. Bravo por los autores.

No tiene desperdicio.


Ficha técnica.

Duración: 24 min.
Año: 2012.
Género: Documental/Animación.

El ala izquierda de la revolución soviética (I)

La pasada noche emitía la televisión estatal española (TVE) unos documentales sobre la revolución rusa (que podéis ver aquí). A pesar de su excelente calidad técnica (remasterizando y coloreando las imágenes de la época y combinándolas con recreaciones actuales), el documental reproduce una serie de mitos sobre la revolución. Por otro largo, otorga una visión sesgada de ella, centrada en los grandes hechos y personajes y no en su realidad social.

Por ello, y como la informacion es también un frente de combate social y en la guerra hay que aprovechar la mínima oportunidad, me dispongo a publicar un pequeño trabajo que realicé sobre la revolución rusa vista desde la oposición de los grupos políticos a la izquierda de Lenin, para ofrecer una mayor comprensión de la realidad revolucionaria. Aviso al lector o lectora que es un mero trabajo de síntesis, en el que sin embargo se comenta una serie de obras que considero clave. Pero, para un mayor conocimiento, no dejo de recomendar ir a las obras originales, que dejaré para su descarga.

1. Justificación y fuentes.
Es habitual que, a la hora de comprender la revolución rusa, predominen dos versiones oficiales: La primera, dada por el partido bolchevique, hegemónico tras la revolución y la segunda, su opuesta, proviene principalmente de las potencias enemigas de la Unión Soviética durante la guerra fría. Sin embargo, estas dos versiones oficiales de lo que fue la revolución rusa ofrecen una visión que no atiende a la realidad de aquel periodo revolucionario.
Por ello, pretendo reflejar la pluralidad de visiones dentro del bando revolucionario, aspirando a una perspectiva más completa de la realidad social y política del periodo y, especialmente, de como lo vivió su principal protagonista: El pueblo ruso.
Considero que esta cuestión se ha dejado a menudo apartada, cayendo en una sobreestimación del papel, sea éste positivo o negativo, del partido bolchevique en la revolución.
He recurrido a testimonios y reflexiones de los principales líderes del partido bolchevique (Lenin y Trotsky) y, para realizar la tarea de contraste, de revolucionarios influyentes de otras formaciones izquierdistas. Los autores de estos documentos vivieron la revolución en sus carnes, pero no son fuentes directas, sino trabajos y análisis historiográficos elaborados tras la revolución, lo que les da una mayor perspectiva, aunque también reflejan una mayor parcialidad.

2. La revolución rusa: causas, protagonistas y consecuencias.
Antes de lanzarnos a la tarea que nos ocupa es necesario comprender que lo que entendemos por revolución rusa corresponde a un importante cambio político y social que se desarrolló en Rusia a principios del siglo XX, dividido en dos etapas principales: La revolución de febrero, producida por la alianza de fuerzas entre liberales y socialistas que acabó con el derribamiento del zarismo y la formación de un gobierno provisional democrático-liberal; y la revolución de octubre, segunda fase en la que las fuerzas de izquierda llevan a cabo una segunda revolución contra el gobierno liberal, acabando con el auge del partido bolchevique y la formación de la URSS.
Muchas son las causas de esta revolución, más valdría la pena enumerar las principales: La debilidad de un régimen atrasado de tipo feudalista como el del Imperio Zarista, la aparición de una burguesía contraria al absolutismo, de un incipiente proletariado industrial urbano, el desgaste producido por una larga y costosa primera guerra mundial y la llegada implantación de las ideas marxistas, especialmente entre el proletariado urbano y los soldados sin rango.
Esta conjunción de causas, junto al malestar general producto de un sistema de producción en clara decadencia que mantenía a las masas rusas en la miseria y la ignorancia fueron, más que la influencia de un grupo político particular, las principales causas de la revolución.
Es necesario repasar los principales protagonistas, las principales facciones políticas y sus liderazgos, así como su papel en la revolución:
Por un lado la facción que apoyaba al zar Nicolas II. Ha sufrido ya un intento de revolución en 1905 y, tras unas tímidas e insuficientes reformas, un frente desmoronado y una situación económica grave le hacen perder el apoyo de su Estado Mayor. Abdica y se deja detener el 20 de marzo de 1917, siendo asesinado en julio de ese mismo año.
En segundo lugar, el Partido Democrático Constitucional, representa de los intereses de la burguesía. Liderado por Pável Miliukov, será el partido creador y dirigente del Gobierno Provisional tras la revolución de febrero. Defensor de una república liberal al estilo occidental, su apoyo a seguir en la guerra lo hizo muy impopular.
Encontramos a los socialistas divididos en dos partidos principales: El Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia, clásico partido marxista, se dividiría en 1917 en dos facciones, la menchevique, de Yuli Mártov (que apoyaba al gobierno provisional) y la bolchevique, encabezada por
Lenin, favorable a una revolución obrera y refundada en 1918 como Partido Comunista Ruso.
Y el Partido Socialista Revolucionario de Víctor Chernov, de implantación campesina y recogedor del populismo ruso. Los eseristas fueron los principales rivales de los bolcheviques durante la revolución de Octubre.
Por último, encontramos abundantes grupos anarquistas, aunque, como se lamentaban los más formados de ellos como Volin o Arshinov, muy fraccionados y desorganizados. A pesar de no haber sido capaces de levantar un anarcosindicalismo fuerte, darían un gran apoyo a los sóviets.
De entre todas estas tendencias acabaría por imponerse, tras las dos fases de la revolución, el partido liderado por Lenin. Antes de entrar a ver la visión de la oposición izquierdista veremos, en la próxima parte, que nos dicen los bolcheviques sobre la revolución en la que vencieron.

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